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viernes, 15 de enero de 2016

CRISIS HUMANITARIA. "La próxima crisis de refugiados". Santiago Roncagliolo

   En "El País":

La próxima crisis de refugiados

Más de cinco millones de palestinos viven en campos de Siria; si un nuevo estallido de violencia les obliga a huir la cifra de quienes se dirigen a Europa se duplicará. Es urgente encontrar una solución política al conflicto palestino

 31 diciembre 2015
La próxima crisis de refugiados                                                                      RAQUEL MARÍN
"Yo nací aquí. Y he pasado toda mi vida aquí. Pero soy de otro lugar”.
 A sus 49 años, Hatim Mihjiz jamás ha salido de la franja de Gaza. Aun así, cuando le preguntan de dónde es, sigue respondiendo que del pueblo de Al Jiyya, cerca de Ashkelon.
En realidad, el que vivía ahí era su padre, Ibrahim, hasta la guerra árabe-israelí de 1948, cuando Israel ocupó la zona y echó a los palestinos. Ibrahim fue enviado al sur, al campo de refugiados de Beach, en la costa de Gaza, donde acabó sus días, y donde sus descendientes siguen esperando el momento de volver.
Para gran parte de la opinión pública europea, los refugiados son un fenómeno surgido este año, cuando la violencia empujó a centenares de miles de sirios hacia el Mediterráneo y hacia los titulares. En cambio, para Hatim, “refugiado” es casi una nacionalidad. Nació en esa condición. Quizá muera en ella.
Su barrio, Beach, no se parece a los campos que uno ve por televisión. En seis décadas y media, ha dejado de ser un campamento para convertirse en un conjunto habitacional de cemento y asfalto. De no ser por las pintadas en árabe de las paredes, se confundiría con cualquier chabola de Lima o Bogotá. Los refugiados tienen descendencia —hoy son más de un 1.300.000, dos tercios de la población de la franja—, y el espacio no crece por arte de magia. Gaza ostenta una de las mayores densidades humanas del mundo.
Cuando Hatim se casó, dividió con un tabique el piso familiar y se instaló ahí con su esposa. Trabajaba en una fábrica textil. Tenía expectativas. Pero el huracán de la historia se llevó su futuro. Cuando llegó su segunda hija, Ola, estalló la segunda Intifada. Mientras nacía el tercero, Waseem, Israel levantó muros alrededor de Gaza, y ya nadie pudo entrar ni salir sin permiso. Las dificultades para comprar y vender obligaron a cerrar la fábrica, dejando a Hatim sin trabajo. Tras el nacimiento de su quinto hijo, Lama, el grupo radical Hamas tomó el poder de la franja por la fuerza y el cerco israelí se endureció.
Hoy, Hatim, su esposa y sus siete hijos se amontonan en dos habitaciones. En la franja, el desempleo alcanza al 42% de la población, la mayor tasa del planeta. Entre la contaminación y el hacinamiento, Naciones Unidas calcula que Gaza será inhabitable en cinco años.

Como Hatim, más de cinco millones de refugiados palestinos viven en campos de Siria, Líbano, Jordania y la propia Palestina bajo gestión de la United Nations Relief and Works Agency (UNRWA). Estos parias no son aceptados como ciudadanos ni por Israel ni por los países árabes. Para ellos, UNRWA es lo más parecido a un Estado. La agencia ofrece educación, salud, alimentos, algunas infraestructuras y servicios sociales, como centros para mujeres y préstamos para microempresas. Además, es la principal fuente de empleo: 29.000 de sus 30.000 empleados son refugiados.Hoy, Hatim, su esposa y sus siete hijos se amontonan en dos habitaciones. En la franja, el desempleo alcanza al 42% de la población, la mayor tasa del planeta. Entre la contaminación y el hacinamiento, Naciones Unidas calcula que Gaza será inhabitable en cinco años.
El problema es que, tras 65 años —los últimos 15 de encierro a cal y canto—, la paciencia se agota y la presión aumenta. Aparte de Gaza, los asentamientos de Israel asfixian a los beduinos palestinos de Cisjordania: sus familias no pueden acceder al agua. Sus casas son sistemáticamente demolidas. Sus rebaños son confiscados cuando traspasan los límites —cada día más estrechos— de sus pueblos.
En este espeso pantano, la violencia cría sus larvas: periódicamente, adolescentes de los campos cisjordanos se rebelan y arrojan piedras o palos al otro lado del muro. Algunos acuchillan. En respuesta, los militares israelíes disparan. En dos años, el porcentaje de refugiados heridos de bala aumentó un 139%. En 2014 murieron así 53 palestinos, 21 de ellos refugiados. Y solo en octubre de este año, 71 palestinos y 8 israelíes han perdido la vida en ataques armados.
Hasta hoy, lo único que ha evitado una revuelta violenta o un éxodo de la población palestina es UNRWA. Con un presupuesto de unos 2.500 millones de dólares anuales, equivalente al de un país pobre, la agencia se las ingenia para crear oportunidades, proteger los derechos básicos de la población y mantener la paz social. Sin embargo, la guerra en Siria está reventando las costuras del statu quo. La violencia desestabiliza los campos sirios y encarece el mantenimiento de todos los demás. Este año, UNRWA necesitó un fondo de emergencia de 420 millones de dólares extra. Para el año que viene, faltan por cubrir 81 millones de dólares.
El último verano, los refugiados se asomaron al abismo: un déficit de 101 millones de dólares estuvo a punto de impedir que se abran los colegios en los campos de UNRWA. Aparte de cancelar el porvenir de millones de personas, el cierre habría dejado en la calle a cientos de miles de jóvenes sin nada que hacer excepto, por ejemplo, descargar su frustración contra los militares israelíes. O tratar de saltar los muros.
La situación se salvó in extremis con una inyección de fondos a cargo de la Unión Europea, Estados Unidos, algunos Estados europeos a título individual y varios países árabes. Gracias a ellos, el déficit quedó cubierto justo a tiempo. Los colegios abrieron. La bomba del tiempo detuvo el temporizador. Pero una nueva crisis es cuestión de tiempo. Los costos y la presión no paran de crecer.
¿Es eso un problema entre israelíes y palestinos? ¿Es una cuestión que debe resolver Oriente Próximo?
No. Desde este año es también, crucialmente, un problema europeo. ¿Es eso un problema entre israelíes y palestinos? ¿Es una cuestión que debe resolver Oriente Próximo?
La gran emergencia de refugiados hacia Europa estuvo cerca del millón de personas. Pero en los campos de UNRWA se acumulan cinco millones más. Si un estallido de violencia los obliga a huir, con que solo el 20% busque un futuro en la UE, la cifra de refugiados en el Mediterráneo se duplicará. La agencia calcula que 52.000 pobladores de los campos sirios pueden haber emigrado ya hacia Occidente. Y habrá que sumar a ellos los desplazamientos de población que produzcan los bombardeos contra el Estado Islámico.
Convertirse en refugiado es como saltar de un rascacielos en llamas: solo se hace si resulta peor quedarse. En Oriente Próximo, no es posible contener la huida de las zonas arrasadas por la guerra. Pero la comunidad internacional sí puede presionar a las partes para encontrar por fin una solución política al conflicto palestino. Un acuerdo de paz es la única forma de evitar un nuevo foco de violencia y éxodo en la región. Y permitiría reasignar enormes recursos a las nuevas emergencias.
La familia de Hatim lleva 65 años esperando esa solución. Hoy, Europa también la necesita.
Santiago Roncagliolo es escritor.

martes, 28 de abril de 2015

PRENSA. Sobre los inmigrantes que arriesgan su vida en el Mediterráneo

   En "El País":

“Arriesgué mi vida una vez en el Mediterráneo, en Alepo era a diario”

Las experiencias de Ahmed, un sirio que pudo llegar a Alemania y lograr asilo, y de Bilal, que busca 6.000 euros para partir, ilustran la esperanza que despierta Europa


Varios viajeros fotografiados por Ahmed durante la travesía en un buque entre Mersin (Turquía) y Sicilia (Italia).

Seis días y 12 horas es lo que tardó Ahmed en atravesar el Mediterráneo desde Turquía hasta Italia. Compartió embarcación con otras 209 personas junto a las que sobrevivió a una travesía en la que cada cual huía de su particular infierno. A los 25 años, el sirio Ahmed —nombre bajo el que pide ocultar su identidad— se lanzó solo al peligroso viaje, para el que contaba con la bendición de su familia. Hoy, otros jóvenes, como Bilal —también un seudónimo—, que vive en Líbano, reúnen los 6.000 euros para intentar cumplir el mismo sueño.
“Cuando ves que centenares de personas se quedan en el mar, te alegras de haber llegado vivo. Pero sinceramente, yo arriesgué mi vida una sola vez para cruzar el Mediterráneo. En Alepo la arriesgaba cada día. Me cansé de ver morir [a gente] a mi alrededor”, relata en una entrevista mediante Skype Ahmed, hoy a salvo en Berlín. Según Amnistía Internacional, más de 3.000 personas murieron en 2014 en el Mediterráneo durante la travesía hacia Europa en busca de refugio. Se estima que un millar y medio han fallecido desde enero. Ahmed dice no entender a esos 2.500 hombres y mujeres que han hecho el camino inverso, de Europa a Siria o Irak, para sumarse a la guerra.


Ahmed, fotografiado este martes en Alemania.
Al comienzo del conflicto sirio en 2011, este joven dejó los estudios de profesor de educación física, hizo el servicio militar y luego se quedó sin trabajo. Harto de guerra, de muertes y sin ingresos, decidió cruzar el Mediterráneo. Dedicó varias semanas a salvar los dos obstáculos que le separaban de su pasaje a Europa: negociar con el traficante (el pasador, que le llaman en árabe) y reunir los 6.000 euros requeridos. “Todo el mundo conoce a los pasadores, los hay más baratos, pero no son de fiar”, puntualiza Ahmed.
El 9 de noviembre de 2014 abandonó Alepo y cruzó ilegalmente por tierra a Mersin, en la costa turca. Allí esperó en un hotel a otros pasajeros durante 12 días. “El 21 de noviembre salimos unos 15 chicos en una embarcación pequeña. Tras cinco horas navegando bajo la lluvia y las arremetidas de las olas, nos trasladaron a una embarcación de unos 23 metros de eslora en pleno mar”, relata Ahmed. En el buque compartió viaje con otras 209 personas, entre las que había, asegura, unos 30 niños. Los pasajeros eran de nacionalidad palestina, siria y dos familias iraquíes. “Llevas tu propia comida y agua. Duermes sobre el de al lado, con la cabeza sobre sus piernas o sus hombros porque no hay sitio”.
“Los pobres tienen que arriesgar su vida en una patera para llegar a Europa. Los ricos lo hacen en avión, con un visado de turista para luego obtener una residencia a cambio de comprar una vivienda”, se lamenta en Beirut un diplomático europeo que prefiere no revelar su nombre. Ahmed acabó internado en un centro para extranjeros en Sicilia. De allí fue trasladado en avión a otro centro en Bolonia del que escapó con otros. Un tren le llevó a Milán y otro hasta Alemania, su destino final. Solicitó asilo en Berlín, donde tiene parientes. Hace cinco días que a Ahmed le concedieron el estatuto de refugiado, y en breve comenzará sus cursos de alemán. “No pienso volver a Siria porque la guerra no va a terminar. Aquí no te disparan, ni te insultan ni te cortan el paso. Puedo estudiar y trabajar. Necesito poner en orden mi vida”. Con su historia de éxito contagia a los primos y amigos que dejó en Siria.

Bilal, de 22 años, quiere seguir los pasos de Ahmed como otros miles de jóvenes árabes. Este palestino es uno de los 75.000 que viven en los dos kilómetros cuadrados que abarca el campo de refugiados de Ein El Helwe, en el sur de Líbano, donde viven descendientes de palestinos huidos o expulsados cuando Israel fue fundado. Nacido y criado entre los cuatro controles militares que delimitan el campo, sueña con emigrar. “Estoy a una hora en coche de Palestina y nunca podré ir. Vivo en un país en el que estudiar no me sirve para nada porque nunca podré tener un trabajo decente. Mejor emigrar y cuando tenga un pasaporte europeo iré a Palestina de vacaciones”, afirma.
Tras varios cursos de formación profesional, Bilal cobra 50 euros a la semana en una fábrica de aluminio. “Aquí no tengo futuro. Sé que el día de mañana será tan mierda como hoy, pasado, el otro”, murmura. Desde hace meses intenta lograr los 6.000 euros que le permitan cruzar el Mediterráneo. Su pasador, que cuelga el teléfono al oír la palabra prensa, le asegura que su visado falso para volar a Turquía está listo. Quiere dejar atrás su vida real por una idealizada. Incluso si ello implica perderla en el intento. “Mi madre me apoya. Tiene ojos, ve lo que hay”, se consuela Bilal, cuyos compañeros abandonan las fábricas para cargar con un Kaláshnikov porque los empleos en las milicias locales se pagan mejor.

miércoles, 22 de abril de 2015

PRENSA. "No dejar a nadie en el mar". Roberto Saviano

 
Roberto Saviano

   En "El País":

No dejar a nadie en el mar

El escritor italiano analiza el último naufragio en el Mediterráneo


EL MEDITERRÁNEO convertido en una fosa común. Más de 900 muertos. Muertos sin historia, muertos de nadie. Desaparecidos en nuestro mar y pronto borrados de nuestras conciencias. Ocurrió ayer: un pesquero que vuelca, unos inmigrantes —es decir, personas, hombres, mujeres y niños— engullidos que se convierten en fantasmas. Pero ya sabemos que volverá a pasar mañana. Y en una semana. Y en un mes. Llevando nuestras emociones hasta la indiferencia. Repite una noticia todos los días, con las mismas palabras, con el mismo tono, por triste y afligido que sea, y lograrás que ya no se escuche. Esa historia no recibirá atención, parecerá la misma de siempre. Será la misma de siempre. “Muertos en una barcaza”. Algo relevante para los encargados de los trabajos, historia para las asociaciones, desesperación invisible.

Si ahora hablamos del tema, es porque la cifra es desmesurada"
Si ahora, justo ahora, hablamos del tema, solo es porque los muertos son 900, quizá más: una cifra desmesurada, inhumana. Si es que esta palabra aún tiene sentido. Seguimos sin saber nada de ellos, pero estamos obligados a saldar cuentas con la tragedia. Saldar cuentas: porque hablamos de números y nada más. De haberle faltado dos ceros al parte de muerte, ni siquiera habríamos sabido de él. Porque ya no es más que una cuestión de números (o de detalles dramáticos como “inmigrantes cristianos arrojados al mar por musulmanes”) lo que supone la diferencia. No para los individuos, no para las sensibilidades privadas, sino para la comunidad que deberíamos representar, que debería representarnos. Porque a la indiferencia personal, acaso comprensible, la acompaña en el plano político una algarabía de declaraciones: disputas, acusaciones en tonos violentísimos. Nadie consigue hacer lo que necesitamos más que ninguna otra cosa: hacer que se comprenda. Pocos se dedican a ello: Médicos sin fronteras, con la campaña #millonesdepasos, intenta contar lo que ocurre, evitando reducir a estas personas a su problema. Es decir, a “expatriados, inmigrantes ilegales, clandestinos”: palabras que diluyen la esencia humana para que sintamos con menos intensidad la pérdida infinita ante la tragedia. Muchos políticos, incluso en estos momentos, gritan. Salvini habla de “invasión”, cuando en realidad la mayor parte de los que llegan no se queda en Italia, sino que se dirigen a Francia, Alemania o los países del Este. El Movimiento 5 Estrellas, que en sus propuestas había planteado un debate interesante, por desgracia ha caído en la tentación de cambiar el baricentro de la cuestión, del “salvar vidas” a “la expulsión”, asumiendo como cierta esa falsa lógica de que cuanto más difícil sea entrar en Italia de forma clandestina, menos intentos de llegar a nuestras costas se producirán. No es así; no se salvan vidas endureciendo las fronteras, y no solo lo demuestra la experiencia italiana, sino también la estadounidense. Basta leer el libro Los migrantes que no importan, de Óscar Martínez, para comprender que los flujos clandestinos de personas desde México hasta Estados Unidos rara vez se pueden gestionar y son imparables.
La cuestión es que el primer objetivo debería ser precisamente ese: salvar vidas, preocuparse por ellas. En cambio, se ha logrado convertir esa voluntad en algo ridículo, romántico, ingenuo. Cualquier reflexión sobre el dolor de los otros, de los que llegan de un “submundo”, ha de ser contenida. Hay una economía en el sufrimiento. Quien valora el dolor, quien calibra la tragedia humana, quien intenta despertarse del torpor de la cifra de ahogados es tildado e inscrito automáticamente en el movimiento de “los buenos de más”.
“Bueno de más” es la acusación de quienes no quieren dedicar tiempo a comprender y ya tienen la solución: devoluciones, arrestos, detenciones. Es la mezcolanza de frustración personal que busca a un responsable de nuestro desasosiego, la voluntad de considerar que la única solución realista y vencedora es la más autoritaria. Es la bondad considerada un sentimiento hipócrita por definición. Y, lo que es mucho peor, una cualidad moral que solo puede tener el hombre perfecto, inmaculado y puro: ergo nadie más que los muertos, cuya vida queda transfigurada y cuyas acciones ya son pasado. Todo el que intente actuar de otra forma desde su imperfección humana será marcado con un juicio único: falso. Y así la bondad se convierte en un sentimiento sin ciudadanía, ridículo, precisamente porque no puede sentirse más que desde la perfección rotunda. He ahí el cinismo miope, que lo destruye todo con diligente sarcasmo.
Es obvio que, racionalmente, resulta imposible imaginar una acogida universal y desmesurada, sin reglas; sin embargo, la estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene. A Italia no se le reconoció el peso político que debería haber tenido al ser un país bisagra. Teníamos que aspirar a enfrentarnos al resto de Europa por el tema de la inmigración. Teníamos que aspirar a que nos escuchasen, sin que nos endilgaran, sin que delegaran “el problema” en nosotros.
La perenne campaña electoral de Renzi, que en el plano internacional parece estar más interesada en adquirir credibilidad diplomática que en plantear e imponer temas, no nos están ayudando, aunque parece injusto atribuir a este Gobierno toda la responsabilidad. Europa calla, culpable, pero podemos intentar cambiar las cosas. Podemos comprometernos a interpretar, a contar, a no permitir que estas vidas sean aplastadas y desperdiciadas así. Que se queden atrás, tan atrás que desaparezcan de nuestra vista. Convirtiéndose en un fantasma, en un estereotipo, en un incordio.

La estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene"
Inventarnos caminos alternativos, reunir toda la creatividad posible. Hablar del tema en televisión y en Internet, pero de otra forma: como decíamos, “expatriado” o “ilegal” son términos que diluyen la esencia humana construyendo una distancia irreal, que baja el volumen de la empatía.
Tenemos que pedir a los partidos que presenten a candidatos que hayan vivido la experiencia; abrir las universidades a esos hombres y mujeres. ¿Disminuirá todo eso el consenso político, con la cantilena del “primero nosotros y luego ellos”? Probablemente sí, sucederá. Pero solo en primera instancia; pronto nos daremos cuenta del enorme beneficio que supone. La historia de los desembarcos y de los flujos de inmigrantes tiene que convertirse en un tema que el Gobierno considere fundamental dado su consenso.
Renzi y su Gobierno responden con diligencia cuando un tema se vuelve mediático y popular: si perciben que el juicio sobre ellos estará determinado por el problema de la inmigración, empezarán a diversificar, a buscar nuevas estrategias y dar nuevos enfoques. El semestre italiano en Europa ha supuesto una profunda decepción, por lo que respecta tanto a las propuestas sobre los flujos de capital criminal (era una buena ocasión para plantear el tema del blanqueo) como sobre inmigración. Pero ahora es inútil lamentarse de lo que no se ha hecho; es necesario que Europa decida de manera diferente. Dar a los inmigrantes un espacio que no sea esporádico. Que la televisión los reciba, empezando a pronunciar bien sus nombres y los de sus países, contando su día a día y su resistencia.
Los únicos que a esta hora representan lo que Europa debería ser son los italianos; los muchos italianos que salvan vidas todos los días corriendo el riesgo de violar las leyes. La figura que mejor describe a estos italianos honrados es la del pescador Ernesto, en la preciosa película Terraferma de Emanuele Crialese, que viola la orden de la Capitanía de mantener su pesquero alejado de una patera respondiendo con un sencillo, humano y potente: “Yo nunca he dejado a nadie en el mar”.
Traducción de News Clips.

viernes, 6 de marzo de 2015

PRENSA. "La memoria rescatada de los mexicanos linchados"

   En "El País":

La memoria rescatada de los mexicanos linchados

EE UU, en pleno cambio demográfico y social, redescubre la historia de las víctimas latinas de la violencia ‘anglo’

 Washington 1 MAR 2015  

  • Los cadáveres de los mexicanos Arias y Chamales cuelgan de una horca de Santa Cruz (California), en mayo de 1877.


    “Un deporte al aire libre”. Así definió la práctica de linchar mexicanos en California el periodista Carey McWilliams. McWilliams, autor de North from Mexico (Al norte de México, 1948), un libro de referencia sobre los mexicanos de Estados Unidos, fue uno de los pocos en preservar la memoria de un episodio vergonzoso en un país que nunca deja de revisar su joven historia.
    El recuerdo de la muerte, a manos de las turbas anglosajonas, de centenares, seguramente miles, de ciudadanos de origen mexicano entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX, quedó esparcida en canciones populares, en leyendas que contaban de padres a hijos, en un puñado de westerns y novelas de género. Era un recuerdo vago, una historia remota, medio olvidada.
    Pero jamás, hasta que los historiadores William Carrigan y Clive Webb se pusieron a investigar, se desvelaron las dimensiones de los linchamientos a mexicanos, superados solo por los linchamientos de negros en el Sur hasta mediados del siglo XX.
    EE UU se transforma y también se transforma la manera de contar la historia, más allá de la mitificación del patriotismo más superficial. Cambia la demografía: los latinos —la mayoría, de origen mexicano— son la minoría más pujante. Y cambia el pasado, que nunca es estático: Estados Unidos incorpora otros traumas al acervo común.

    Visiones divergentes del pasado

    “Los blancos y los mexicanos recuerdan el pasado de manera distinta”, dicen los historiadores William Carrigan y Clive Webb en un correo electrónico. “Mientras que es posible que los blancos vean la violencia en la frontera contemporánea como algo conectado solo al presente, a las tensiones tras el 11-S por la inmigración, los mexicanos sitúan la violencia en un contexto histórico más amplio y lo conectan a episodios pasados de nativismo violento y prejuicios”, explican los autores del libro Muertos olvidados.
    Las diferentes visiones del pasado, las memorias múltiples, pueden complicar el diálogo. Carrigan y Webb ven más diferencias que similitudes entre los episodios que estudian en su libro y casos actuales de xenofobia o abusos: no hay un vínculo directo. Pero para muchos, la asociación es inevitable. “La cuestión”, dicen, “es que las autoridades no entienden por qué tantos mexicanos sí ven conexiones”.
    Muertos olvidados: violencia en grupo contra mexicanos en Estados Unidos 1848-1928 es el título del libro de Carrigan y Webb, publicado hace dos años. Los hechos quedan lejos y son incomparables con cualquier discriminación del presente. La publicación reciente de un informe que amplía en 700 el número de muertes conocidas por linchamiento de afroamericanos, sumada al goteo de noticias sobre arbitrariedades policiales, y a los debates sobre la inmigración, coloca la tragedia bajo otra luz: los negros no fueron las únicas víctimas del racismo.
    Farmington (Nuevo México), 16 de noviembre de 1928. Cuatro hombres enmascarados irrumpen en el Hospital del Condado de San Juan y se llevan al paciente Rafael Benavides. Benavides es un pastor ingresado tras agredir a una niña mexicana, asaltar a una mujer anglosajona y quedar malherido por los disparos de los agentes del sheriff. Los enmascarados se lo llevan en un camión a una granja abandonada. Le atan una soga al cuello y lo cuelgan de un árbol. Los asaltantes nunca serán juzgados.
    Benavides, cuya muerte reconstruyen Carrigan y Webb, disfruta del raro privilegio de ser la última víctima mexicana de la violencia en grupo y extrajudicial documentada. Los historiadores han documentado 547 víctimas mexicanas (inmigrantes y estadounidenses de origen mexicano), pero el número total de personas “ahorcadas, quemadas y tiroteadas” es superior. Fueron miles, según la estimación de Carrigan y Webb.
    Con el ahorcamiento de Rafael Benavides terminó una era que había empezado en 1849, tras la derrota de México en la guerra contra Estados Unidos, la anexión de Texas por EE UU y la transferencia a este país, por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, del actual suroeste del país. La frontera política se desplazó centenares de kilómetros, pero los mexicanos siguieron allí; los anglosajones eran los recién llegados, los inmigrantes, pero unos inmigrantes que intentaban imponer su ley en un medio hostil. Las tensiones eran inevitables.
    Existía una justificación racional para el llamado vigilantismo —el mantenimiento del orden público por parte de individuos o grupos civiles— y los linchamientos. En el Oeste, un territorio donde el Estado era débil y la justicia lenta, ineficiente o directamente ausente, muchos veían en los procesos y ejecuciones informales la única opción para combatir el crimen en ese territorio.
    Carrigan y Webb cuestionan que la persecución de mexicanos fuera una mera reacción de las carencias del sistema judicial en las tierras de frontera. La violencia no se explica sin los prejuicios raciales y la competición económica. “El trasfondo de tanta violencia entre anglos y mexicanos puede ligarse a la pugna por el oro, a conflictos aparentemente constantes por la tierra y el ganado o a la batalla por los términos y las condiciones laborales”, escriben.
    El 3 de mayo de 1877 de madrugada, Francisco Arias y José Chamales se hallaban en la prisión de Santa Cruz (California) cuando una muchedumbre se los llevó. Les acusaban de robar a un carpintero, recuerdan Carrigan y Webb. Les ahorcaron sin juicio y nadie respondió por el crimen: un deporte al aire libre, como dijo McWilliams.
    En 1990, el poeta de Brooklyn Martín Espada describiría en un poema los rostros, “descoloridos como peniques de 1877”, de la muchedumbre que se acercó para ver a los muertos. Arias y Chamales presentaban “la mueca dormida de los cuellos rotos”. En la fotografía de aquel linchamiento, que ilustra esta página, la mirada del público y la mueca de ajusticiados cruzan los siglos.

    Negros y latinos

    1. Los historiadores Carrigan y Webb documentan 547 casos de muertes de mexicanos por linchamiento entre mediados del siglo XIX y 1928, aunque el número total puede elevarse a miles. El número documentado de negros linchados en el sur de EE UU es de 3.959, según un recuento reciente.
    2. Una diferencia entre negros y mexicanos ante la violencia blanca fue la resistencia. Los negros, tras el fin de la esclavitud, volvieron a ser una clase subyugada. Los mexicanos, en cambio, eran dominantes en partes del Oeste y disponían de ayuda en la diplomacia de México.
    3. Los mexicanos linchados, a diferencia de los negros, raramente eran acusados de violencia sexual contra sus mujeres: los anglos no veían a los mexicanos como una amenaza en este sentido, como sí les ocurría con los negros. En el caso de los mexicanos, los motivos de los linchamientos eran sobre todo económicos.

    domingo, 16 de noviembre de 2014

    PRENSA. "El escaparate de la modernidad de Marruecos muestra su lado oscuro"

       En "El País":

    El escaparate de la modernidad de Marruecos muestra su lado oscuro

    El degollamiento de un senegalés en Tánger evidencia los problemas de integración en la urbe


    Inmigrantes subsaharianos, en las afueras de Tánger. / ANDRES KUDACKI
    “Tenemos que aprender a vivir juntos como hermanos o moriremos juntos como tontos”. La cita es de Martin Luther King y figura en uno de los últimos mensajes que colgó este verano en su Facebook Charles Paul Alphonse Ndour, un senegalés de 26 años que murió degollado en la madrugada del sábado pasado en el conflictivo barrio de Bujalef, a las afueras de la ciudad de Tánger. El asesinato de Ndour, supuestamente a manos de jóvenes marroquíes que irrumpieron en su casa con cuchillos y a gritos, reproduce algunas pautas de un suceso similar que ocurrió en el mismo barrio a mediados de agosto, y otro hace ya un año con otro inmigrante que fue lanzado desde lo alto de un edificio.
    El perfil en las redes de Charles Ndour, que tenía permiso de residencia en Marruecos, retrata a un joven preocupado con la integración y los valores sociales. Su muerte dio lugar a una violenta ola de protestas de cientos de subsaharianos indignados. El asesinato aún no ha sido aclarado (tres marroquíes permanecen encarcelados) pero evidencia el problema que vive Tánger con la inmigración, tanto la de los subsaharianos que se ocultan en ella esperando saltar a Europa, como la de los propios marroquíes que llegaron en aluvión del campo para nutrir el sueño grandilocuente de una ciudad en decadencia que pretende convertirse en el escaparate de la modernidad marroquí.
    No se ven muchos subsaharianos por el centro de Tánger. Sí se encuentran, en algunos semáforos y cruces, niños sirios que enseñan su pasaporte de refugiados para pedir alguna limosna. Los subsaharianos acuden a la parroquia católica del arzobispado que dirige el gallego Santiago Agrelo a reclamar ayuda o medicinas, y cuentan casi siempre la misma historia: llevan años vagando por África, padeciendo todo tipo de males en el camino hacia la meca del Estrecho, dicen que tienen buena formación y no se sienten integrados en Marruecos. No se atreven a emplear la palabra racismo. Intentan no llamar la atención ni hacer ruido. Hasta que revientan, como sucedió tras el asesinato de Ndour.
    Sí llama la atención la cantidad de mujeres jóvenes con velo por la calle de México, una zona muy comercial en el centro de una villa que disfrutó a mediados del siglo pasado de un estatuto internacional tan abierto que le confirió un paisaje urbano cosmopolita muy atrayente. Ahora bastantes jóvenes pasean o compran luciendo diferentes tipos, tamaños y combinaciones de pañuelos. Las lugareñas de toda la vida ni lo entienden ni lo comparten.
    Amal Boussouf, que lleva 15 años al frente de la Cámara de Comercio española y recibió de su madre una educación abierta y moderna en su juventud, constata esos problemas: “Yo ya no paseo. No salgo si no es en coche. A veces notas mucho acoso. Sí, es verdad, se han dado pasos atrás en el tema de la integración de la mujer. Hay mucho velo que no es de Marruecos. Son de gente que ha vivido fuera, en la emigración o en el campo, que han llegado atraídas por las oportunidades y quieren imponer sus leyes y se sorprenden de ver a una mujer sola, vestida a la manera occidental y conduciendo su propio coche”. Ha recibido algunos insultos y no es la única. Inass Slimati, traductora local, cuenta la misma experiencia. Algunas tangerinas se sienten desubicadas.
    Lo que sí se ve por toda la ciudad son obras, zanjas, grúas, hormigón fresco y enormes hoteles en construcción. La cornisa marítima se está renovando, las avenidas se van ajardinando y proliferan los paneles que anuncian proyectos relucientes. Se llama Tánger Metropole y es el objetivo estrella del país. Se trata de renovar del todo una ciudad mitificada, pero también abandonada durante el reinado de Hassan II.
    Para ejecutar esa visión, el propio rey Mohamed VI, con la implicación de 12 ministerios y ocho organismos públicos, impulsó un plan hace justo un año para desarrollar en un lustro más de 100 proyectos con una inversión inicial de 800 millones de euros. La meta es remozar la villa y duplicar la población hasta casi dos millones de personas.
    Esa ebullición, evidente en todas las esquinas, tiene muchos atractivos y algunas fugas que de vez en cuando estallan. Tánger, su presente y futuro turístico, su zona franca y el puerto Tánger Med son un polo de atracción para todo el país. Los jóvenes marroquíes más formados, con carrera, que dominan idiomas y han vivido un tiempo fuera, vuelven para instalarse alrededor de las grandes firmas multinacionales que pagan mejor sus talentos. Es el caso de Ilham Jalil, directora de la Zona Franca: “Estudié en Barcelona pero me vine aquí muy animada porque hay mucha diversidad de gente, estás en avión a una hora de Madrid y a dos de París, y la calidad de vida y la oferta son muy interesantes”. Jalil es joven, dispuesta y preparada, y habla estupendamente cuatro idiomas.
    Los obreros de ese orgulloso sueño no disfrutan del mismo Tánger. Malviven en Bujalef y Bani Makada, el barrio más duro de la ciudad, con fama de ser el campo de cultivo para las bandas de narcotráfico y el salafismo más radical. Marcel Amyeto, secretario general del sindicato de trabajadores inmigrantes, introduce ese factor al apuntar que los agresores del senegalés degollado hace una semana procedían de Bani Makada.
    El Gobierno sostiene, en boca del administrador urbanístico de Tánger Metropole, Abdellatif Brini, que ha hecho mucho por la integración de esos barrios pobres, con grandes iniciativas de viviendas sociales, y que ahora debe ocuparse de mejorar las zonas donde reside la clase media que sostendrá el futuro de la ciudad.


    Deportación masiva en respuesta al crimen

    Charles Ndour era senegalés, una colonia muy nutrida en Tánger, pero podría haber sido camerunés o marfileño. De hecho, los jóvenes marroquíes que irrumpieron con cuchillos y machetes la madrugada del sábado pasado en la casa donde pasaba las vacaciones con su hermana gritaban, según diversas fuentes, “a por el marfileño”.
    Ndour suplicó pero fue degollado y fue hallado luego aún con vida en la vía pública. Cuando sus compatriotas en Tánger se enteraron de lo ocurrido salieron a la calle y empezó la refriega. A las tres de la mañana la policía cargó y se llevó a comisaría a decenas de personas detenidas. Charles Ndour murió en el hospital Mohamed V de la ciudad.
    Hubo otros 14 heridos graves en los enfrentamientos. Desde el hospital, los senegaleses improvisaron una manifestación de protesta no autorizada que fue duramente reprendida. El procurador (fiscal) de la ciudad decretó numerosos ingresos en prisión, aunque luego tuvo que dejar en libertad provisional a 26 subsaharianos.
    El suceso tuvo una enorme repercusión social y las autoridades entraron en pánico y desconcierto. Primero quisieron silenciar lo ocurrido al no comentar ni facilitar ninguna información. Luego, el martes, anunciaron la detención de tres marroquíes por el asesinato.
    Pero ese mismo día y el miércoles procedieron a una extraña deportación masiva de decenas de senegaleses, cameruneses y nigerianos, teóricamente a sus países. Los metieron en autobuses y, tras 11 horas, los intentaron expulsar en avión desde el aeropuerto de Casablanca. Sin alertar a sus embajadas, a ACNUR (la agencia de Naciones Unidas para los refugiados), ni al Consejo Nacional de Derechos Humanos, un organismo público que ha reconocido las expulsiones. Ante la presión policial, la mayoría aceptó subir a diversas naves sin destino claro. Otros seis siguen, posiblemente porque están enfermos, en alguna dependencia del aeródromo.
    Desde las asociaciones especializadas en el trato con los inmigrantes sí se habla abiertamente de “racismo” o “integración utópica”, como hace Hicham Rachidi, secretario general de Gadem, grupo antirracista de acompañamiento y ayuda a los extranjeros y los inmigrantes, que lamenta además que el Gobierno haya arremetido contra las víctimas del ataque justo cuando presume de tener en marcha el primer proceso de regulación de inmigrantes de todo el continente africano.
    Un estudio jurídico sobre las deportaciones encargado por ese grupo de defensa de los derechos humanos a la abogada Asmaa Farahat, concluye que en las deportaciones no se cumplieron los requisitos legales.
    Charles Ndour, admirador de Sergio Ramos, Benzemá, Bob Marley y los Boston Celtics, es ahora un símbolo de la lucha contra el racismo en Senegal, donde se han producido manifestaciones de protesta del Gobierno y en la calle en Dakar.

    martes, 28 de octubre de 2014

    PRENSA. Inmigrantes menores centroamericanos en EE.UU.

       En "El País":

    “Ahora estoy en las manos de Dios”

    Los menores acuden sin abogado a los juzgados buscando la posibilidad de quedarse en EE UU


    Stefany Marjorie, salvadoreña de ocho años, posa tras cruzar de México a EE UU, el 24 de julio. / JOHN MOORE (AFP)
    —Hola, mi nombre es Elizabeth Lamb y soy juez. ¿Qué idioma quieres utilizar, Ana? Lo siento, pero yo no hablo español. [Un intérprete realiza la traducción simultánea].
    —Español.
    —Muy bien. ¿Quién es el caballero que se sienta a tu lado?
    —Mi tío.
    —Bien. Mira, ese señor de ahí es el fiscal de inmigración. ¿Vienes sin abogado, verdad? Te voy a citar para el 21 de octubre. Y tienes que venir con un abogado. ¿Imagino que vas a ir a la escuela, no? Pues si estás en clase no hace falta que vengas, pero tu abogado tiene que traer un justificante. Gracias, Ana, que tengas un buen día.
    Y Ana Gladys, de 13 años, salvadoreña, tímida, asustada, abandona la sala. Después de ella entran Jocilyn , Guilder, Elder, Dixon, Mayra, Dafny Xiomara, Yoel, Jonathan, Melquisedic, Celia Marleny, Jason Vladimir, Jaime... y así hasta 35. El mayor tiene 20 años; la menor, cuatro. Son una mínima parte de los más de 60.000 menores llegados solos a EE UU desde Centroamérica en algo menos de un año, tras arriesgados viajes de semanas o meses, que suelen concluir con un arresto en la frontera y el ingreso en un centro de refugiados hasta que son entregados a sus padres o a algún familiar.
    Es el caso de Óscar, de 16 años, que salió de El Salvador por miedo a la violencia de las pandillas. Tardó 13 días en llegar a la frontera con México. Tuvo suerte. No le atracaron, ni le violaron, ni cayó en manos de los carteles de la droga. Simplemente le detuvieron en Texas. Hoy está confiado. “Ahora estoy en las manos de Dios”, dice, mientras su padrastro le acaricia el pelo. O el de Katty y Minnie, de seis y cuatro años. Salieron de Guatemala solas, viajaron de furgoneta en furgoneta a través de rutas establecidas, de la mano de gente de confianza, según narra Mario, su padre, indocumentado como ellas. “La vida aquí es mejor que allá. Con un poquito de fortuna, se quedarán”, afirma.
    O Jaime y Jonathan, de 15 y 20 años. Huyeron de la violencia de las maras salvadoreñas en busca de sus respectivos padres, inmigrantes sin papeles en EE UU desde hace años. “Allí, o te matan, o matas”, señala Jonathan, que tardó dos meses en cruzar el río Grande.

    Sin derecho a abogado de oficio, los jóvenes tienen letrados voluntarios
    Todos ellos han sido citados esta mañana de martes en el edificio federal del 26 de Federal Plaza, en Lower Manhattan, que acoge los juzgados de inmigración, para iniciar el procedimiento de expulsión acelerado decretado por el presidente Barack Obama. La mayoría de los chicos acude sin abogado, ya que el sistema judicial estadounidense no contempla el derecho a letrado de oficio a los inmigrantes irregulares.
    Si no consiguen un abogado capaz de dar con un motivo legal que les retenga (asilo político, ser víctima de violencia doméstica, tráfico de humanos, maltrato o de un crimen grave cometido en Estados Unidos…) serán deportados en menos de un año. Ese es el mensaje de Obama: cruzar la frontera no garantiza la permanencia. Aunque el tono es amable y los funcionarios se afanan por tratar bien a los niños, la tensión y el desconcierto se palpan en el ambiente.
    Una nube de ángeles intenta calmarles, ayudarles, orientarles. Son los abogados de las organizaciones que, sin ánimo de lucro, trabajan en los juzgados: Catholic Charities, American Immigration Lawyers Association, Legal Aid, Safe Passage Project y The Door, entre otras. Les dan la bienvenida, les acompañan, entrevistan a los niños para ver qué resquicio legal se puede explorar. Impresionan las escenas de 10 o 15 letrados voluntarios, sentados por los pasillos, en cualquier parte del edificio, interrogando dulcemente a niños de corta edad. “Estamos muy desbordados. Ya lo estábamos antes, pero ha ido a más”, explica Jojo Annobil, responsable de Legal Aid Society. A su lado, Tina Ramos, de la ONG The Door (La Puerta), reparte folletos y aclara dudas.
    Jackson Chin, consejero de Latino Justice, una organización de asistencia legal a latinos, se ha pasado esta mañana por la sala de la juez Lamb. Quiere ver si el proceso es correcto. Sentado junto a los niños y padres que esperan su turno, Chin toma notas. “Creo que la juez está adoptando plazos razonables. Donde habrá que estar vigilante es en las vistas individuales, donde realmente se sustancian los casos. Si el procedimiento no es el adecuado, actuaremos”, explica Chin.

    Allí o te matan o matas”, dice uno de los inmigrantes que huyó de El Salvador
    A escasos metros, en otra sala de vistas convertida en improvisada clase escolar, actúa Elvis. No canta, pero es un ángel. Se llama Elvis García Calleja y tiene 24 años. Llegó con 15 a Estados Unidos tras recorrer miles de kilómetros desde Honduras, un país violento como pocos. Su familia quedó atrás.
    Nadie mejor que Elvis conoce lo que sienten los menores llegados estos meses. Como case manager de Catholic Charities, Elvis acude cada mañana a los juzgados del Lower Manhattan con una misión: explicar a las familias y a los niños cómo funciona el sistema legal de Estados Unidos. Antes de que comiencen las vistas, Elvis recorre los pasillos y pregunta: “¿Están aquí para su primera vista? Vengan, yo les explico”. Poco a poco, reúne a unas 50 o 60 personas, adultos y niños, en una sala de juicios vacía, donde imparte su clase.
    “Estén tranquilos. Sobre todo, tengan en cuenta que si vienen aquí, podrán pelear por su caso; si no, les expulsarán. Así que escuchen. Ahora van a ver al juez, y al fiscal… No se pongan nerviosos”.
    Y Elvis les explica los tipos de visa a los que pueden aspirar, qué defensa pueden contratar —“un abogado, no un notario; los notarios no pueden venir a la corte”—, les describe cómo es la sala de vistas... “No se me casen, porque si se casan no les serviría la visa juvenil”, advierte a los presentes. “¿Si uno está amenazado por las maras puede acogerse al asilo político?”, pregunta un padre. “Mis sobrinas no tienen mamá ni papá. ¿Qué podemos hacer?”, inquiere una mujer. Y Elvis responde a todo. Y bromea. Y ofrece cariño, tal vez lo único bueno que de momento pueden recibir los niños en una corte estadounidense.
    Los abogados temen que muchos niños no sean capaces de encontrar una representación legal competente. “Esos niños afrontan la amenaza de ser deportados y acabar en un país donde su vida corre peligro. Forzarlos a defenderse por sí mismos ante fiscales experimentados viola cualquier procedimiento legal”, proclama Ahilan Arulanantham, de la American Civil Liberties Union, en una nota. “El Gobierno ha construido una cinta transportadora de deportación para niños”, remacha Eve Stotland, de The Door.

    EE UU acelera la expulsión de menores

    V. JIMÉNEZ
    Los tribunales de Nueva York han comenzado este mes de agosto a aplicar procedimientos urgentes para deportar a miles de menores sin papeles llegados solos a EE UU desde Centroamérica. De acuerdo con la orden del Gobierno de Barack Obama, los “expedientes cohete”, como los denominan los abogados, se colocan por delante del resto, para que los chicos comparezcan ante el juez tres semanas después de su detención. Unos 40 tribunales en todo el país están aplicando los nuevos métodos. En total, unos 3.500 menores sin papeles, de los más de 60.000 llegados a EE UU en menos de un año, pasarán por los tribunales de Nueva York. El Estado de la gran metrópoli es el segundo, después de Texas, en número de menores acogidos. Le siguen Florida y California.
    La preocupación por garantizar los derechos de los menores ha movilizado a las asociaciones de asistencia legal sin ánimo de lucro. Letitia James, Defensora del Pueblo (Public Advocate) de Nueva York, hizo un llamamiento público para convocar abogados dispuestos a representar a los chicos de forma altruista. “Como Defensora del Pueblo y abogada, anteriormente trabajé para Legal Aid Society. Ahora no puedo hacer otra cosa que colaborar”, declaró recientemente en una conferencia de prensa ante el Ayuntamiento de Nueva York, acompañada de representantes de otras organizaciones.
    “Imaginen mi horror, nuestro horror, cuando nos encontramos con que el Gobierno federal había ordenado a la corte de aquí al lado que acelere los casos de los niños más vulnerables, los que huyen de las condiciones más horribles en Centroamérica, los que cruzan la frontera por sí solos”, denunció en el mismo acto Eve Stotland, de la ONG The Door (La Puerta).
    El gobernador de California, Jerry Brown, anunció este jueves que el Estado proporcionará tres millones de dólares (2,26 millones de euros) a las organizaciones que defiendan a niños indocumentados. “Ayudar a estos jóvenes a navegar por nuestro sistema legal es lo correcto y está en consonancia con el espíritu progresista de California”, dijo Brown.