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martes, 14 de junio de 2016

MEDITERRÁNEO, MAR LITERARIO. "El Egeo polifónico". Aurora Luque

   En la revista "Mercurio":



El Egeo polifónico

AURORA LUQUE  |  MERCURIO 182 · TEMAS - JUNIO-JULIO 2016

El mar de los griegos nunca pudo reducirse a una sola voz, contado y cantado durante generaciones en una lengua que sigue siendo la misma de los antiguos aedos
© Óscar Astromujoff
ÓSCAR ASTROMUJOFF
En los años treinta, el diario local de la isla de Andros se llamaba La voz del Egeo, como recuerda Ioanna Karystiani en su novela Pequeña Inglaterra (nombre por el que también se conocía a dicha cíclada). Pero el Egeo es polifónico: nunca pudo reducirse a una voz. Muchas han sido sus bocas y muchos sus portavoces. Pocos mares tan conversadores, tan desbordantes de historias, relatos y mitos como este. Antes y ahora. Aunque el Egeo ha hablado y habla en griego casi siempre. Toda la literatura griega está penetrada por el mar de Grecia, poblado de criaturas poéticas. Como escribí en Aquel vivir del mar (2015) a propósito de la poesía de la antigüedad, “la imaginación helénica del mar es copiosa y tonificante. Nos surte de una memoria entrecruzada de barcos, de hombres y de dioses; de delfines miríficos, de vientos húmedos, de mástiles que no olvidan su destino amparador de árbol en el mar, de cadáveres semidevorados de marineros, de conchas ofrecidas como exvotos, de redes exhaustas, de puertos saludados”.
La primera aparición del mar en la literatura griega ocurre en el verso 34 del canto primero de la Ilíada: el sacerdote Crises, humillado por Agamenón, que se niega a devolverle a su hija Criseida, se aleja de los campamentos aqueos caminando por la orilla: “Y se marchó en silencio por la arena del mar lleno de rumores”. A partir de este hexámetro melancólico, el mar no cesará de salpicar de salitre y espuma toda la invención y producción literaria de los griegos. Hostiles a los dogmas, los poetas formularon varios génesis, incluso del mar: Hesíodo dijo que Gea, la Tierra, “sin ayuda de cópula gozosa”, engendró al Mar. Distinta es la explicación de la cosmogonía que Apolonio de Rodas pondrá en boca de Orfeo: el mar formaba una masa indiferenciada con la tierra y el cielo, y la discordia desunió los elementos. El mar inspiraba temor. Por eso Hesíodo presumía de haber embarcado una sola vez, cuando asistió a un concurso poético. Y Teognis aborrecía las incomodidades y peligros de la navegación:“Feliz aquel que, estando enamorado, del mar no sabe nada / ni le importa la noche que cae en alta mar”. El mar separa a Safo de la amada que marchó de Lesbos a las costas de enfrente, hoy turcas. Los refugiados ya cruzaban despavoridos los mares hace milenios: Esquilo, en Las suplicantes, evoca a las Danaides, que huían de sus violentos maridos egipcios y pedían asilo en una predemocrática Hélade. Y Eurípides denuncia el tráfico de las troyanas humilladas que embarcan como esclavas en las naves de los vencedores. En sus comedias, Aristófanes pinta con gracia el bullicio del Pireo y a los hambrientos ciudadanos del Ática, que sueñan con una chisporroteante fritura de pescado.
En la época helenística se calman y ensanchan las rutas marinas; se inicia incluso una especie de prototurismo: Meleagro de Gádara (en Siria) evoca viajes fructíferos para las aventuras amorosas en apetecibles ciudades costeras. Y Arquéstrato de Gela fue una especie de posargonauta sibarita que compuso en el siglo III a. C. un libro original titulado Hedypatheia oVoluptuosidad, un tratado de “gastrología” que daba cuenta de las mejores especialidades gastronómicas del Mediterráneo. Sorprende ver la similitud de las técnicas culinarias de ayer y de hoy.
¿El relevo de la antigua tripulación? El espacio sólo permite a citar casi al azar a unos pocos autores de los siglos XX y XXI: Cavadías, Elitis, Tsircas, Karystiani.
Pocos mares tan conversadores, tan desbordantes de historias, relatos y mitos. La imaginación helénica del mar es copiosa y tonificante. Nos surte de una memoria entrecruzada de barcos, de hombres y de diosesLa poesía de Odiseas Elitis (Premio Nobel en 1979) se edifica en torno a una especie de mística marina: el Egeo “era el ombligo de aquello que llamamos el espíritu helénico. Existen lugares que son bellos, simplemente. Existen otros que adquieren un significado especial, porque en su suelo se ha desarrollado una determinada civilización. El Egeo reúne esas dos características. Es único porque creo que no existe en ningún otro sitio esta continua interrelación del mar y de la tierra y esta pureza. Por consiguiente, es lo que da, por un lado, ese carácter único a nuestra fisonomía y sustenta, por el otro, una inmensa civilización”. La poesía de Elitis es de una enorme potencia visual. Supo capturar la intensidad de la luz del Egeo, de sus rocas, conchas, gaviotas y olas, con una nitidez y plasticidad insuperables desde el primer poema de su primer libro, Orientaciones (1996): “El amor / El archipiélago / Y la proa de sus espumas / Y las gaviotas de sus sueños / En la vela más alta el marinero hace ondear / Una canción”.
El reverso del idealismo elitiano lo cifra Nicos Cavadías, que, nacido en Manchuria en 1910 de padres griegos, se dedicó a profesiones relacionadas con el mar, desde trabajador del puerto a radiotelegrafista. Sus libros de poemas Marabú (1933), Bruma (1947) y Navegación de través(1975) son muy apreciados (y cantados) por los griegos. Escribió una novela, La guardia (1994) que, como cabía temerse de un poeta viajero metido a narrador, es más bien un diario de a bordo que desemboca en libro de memorias, construido a partir de las vívidas conversaciones de los marineros durante las guardias en el buque Pytheas. Su literatura es la de alguien que ha observado continuamente el mundo y las peripecias de los hombres y las suyas propias desde un mar riguroso. Los barcos son casi humanos: “Hay barcos con nombre masculino y son femeninos. Y a la inversa. […] ¿Quién ha oído quejido más humano que el de la chimenea al copular con la bruma?” Cavadías consigue hacer brotar de sus páginas un fluido de sensaciones intensas: los limones podridos en el Mar Rojo, la humedad que apaga los cigarrillos o el frescor de las uvas sobre hielo en un bidet. En todas sus páginas el griego Cavadías dejó (como el viejo Hiponacte) su contrabando de palabras, las toscas, duras y todavía exóticas palabras de todos los puertos.
A su vez, el reverso del mundo activo y masculino de Cavadías lo podría cifrar Mikrá Anglía(Pequeña Inglaterra, Ioanna Karystiani, 2002), una novela coral de mujeres de marinos en la isla de Andros. El mar omnipresente es amado y aborrecido hasta los límites. Las viudas de los náufragos odiaban el azul y una de ellas arranca los bordados del ajuar para bordar escenas de naufragios. Unos niños ingleses se acercan al mar para chupar la espuma que está dulce porque acaba de hundirse un barco cargado de azúcar y la protagonista, Orsa, llevará siempre consigo tres cucharas devueltas por el mar.
Hay una mirada anglosajona que ha relatado el Mediterráneo novelándolo sobre arquetipos tardorrománticos lastrados de colonialismo inocultable. El fascinante Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell sería un ejemplo de ese relato escorado; aquella fascinación primera deviene incluso en irritación si le contraponemos la trilogía Ciudades a la deriva (2011), un descarnado panorama trazado por Stratís Tsircas, griego nacido en El Cairo, en los años turbulentos de la II Guerra Mundial cuando Atenas era ocupada por los nazis y en Alejandría y El Cairo pululaban espías, aventureros, refugiados, soldados, en un mundo en disolución más complejo y real que el durreliano. La trilogía “proclama el papel de la literatura en la construcción de la memoria histórica”.
Sí: el Mediterráneo (y su Egeo), contado y cantado en las literaturas de todas las Grecias sucesivas, es historia, memoria, palestra, puente, camino, espejo, espejismo, foso, fosa, inundación castálida, madriguera de piratas, residencia de dioses, texto de los filósofos, despensa, interlocutor, cómplice, amigo, enemigo, amado. Un destino. Seguimos caminando en silencio por la orilla llena de rumores.

sábado, 15 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "La oscura historia del Partenón"

   En "elmundo.es":

HISTORIA Ensayo

La oscura historia del Partenón

  • La vida en la Atenas de Pericles era religión, miedo y violencia y una renovada lectura de los relieves del friso del Partenón así lo demuestra





El Partenón de Fidias tiene alguna extraña cualidad que hace que todos veamos en él lo que vamos buscando: Cecil Rhodes, el señor feudal de la antigua Rhodesia, encontró una prueba de virilidad militarista; los fascistas y los nazis apreciaron una promesa del mundo nuevo que habrían de traer; los comunistas, más o menos llegaron a la misma conclusión. Los nacionalistas griegos del XIX celebraron en él la coronación de sus primeros reyes porque en la Acrópolis estaba el molde de su identidad frente a los otomanos, los bábaros. Le Corbusier, claro, vio en el templo un tratado de geometría y de abstracción, y Virginia Woolf, cuando lo visitó por segunda vez a los cincuenta y tantos, se dio con el espíritu de sí misma "con 23 años, llena de vida, con todo por delante".
Pero la imagen que se ha impuesto ha sido la interpretación liberal-burguesa, por llamarla así, acuñada por primera vez por el alemán Johann Winckelmann en el siglo XVIII: la idea que conecta el Partenón con la república de Pericles, con la democracia, la noción de la libertad individual y el refinamiento intelectual. El lugar que alguna vez habitó el ser humano y al que todos querríamos volver.
Las pruebas del éxito de esa interpretación están repartidas por todo el mundo: el Museo Británico de Londres, el Wallhalla de Regensburg, la Casa de Aduanas de Wall Street en Nueva York, la National Portrait Gallery de Washington DC, el Panteón del Barrio Latino de París, el Capitolio de La Habana... Edificios que remiten a la Acrópolis para atribuirse la dignidad de la democracia y el conocimiento, la certeza y la quietud. "Una vez fui a Atenas, a la Acrópolis, y no sé cómo, me colé en una zona junto al Partenón en la que no debía entrar", contó el arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura en una entrevista publicada por EL MUNDO en 2012. "Me vi ahí y pensé: si ahora viene el diablo, le vendo mi alma si me deja meter mano. Así que me puse a pensar: ¿Qué haría? ¿Le daría más altura? No, está bien así. ¿Meto otro cuerpo? No. ¿Más fondo? No. ¿Las gradas? No. Es perfecto. Así que, al final, no vendí mi alma".
El Partenón es perfecto, si lo dice Souto de Moura, ¿quién podría pensar lo contrario? Pero también es mucho más complicado de lo que tendemos a pensar. Un ensayo recién publicado en inglés, 'The parthenon enigma' (de Joan Breton Connelly, profesora en la NYU de Nueva York), cuenta la historia del templo de Atenea a partir de esa idea de complejidad. Y trae alguna sorpresa.
Básicamente, el gran asunto de 'The parthenon enigma' consiste en la reinterpretación de la escena central del friso oriental (el lado de la fachada principal) del templo. La lectura tradicional del friso, explica Breton Connelly, habla de la ofrenda de un peplos (una túnica) a Atenea, en lo que suponía el punto culminante del festival que celebraba la diosa. Sin embargo, la autora sostiene que el friso representa un mito divino mucho menos reconfortante: el relato del rey Erecteo, que, de acuerdo a lo que le había indicado el oráculo, entregó a su hija menor en sacrificio para salvar Atenas de una invasión. Lo más conmovedor y terrible de la historia es que la otra hija del rey, atormentada por su fortuna, quiso acompañar a su hermana en la muerte. Atenea, según esta lectura, "no está recibiendo la túnica sino las mortajas que llevan los cuerpos de las hijas de Erecteo". La diosa de la sabiduría, por tanto, no sería la amiga sabia y comprensiva de los atenienses que solemos tener en la cabeza.

Relato de un sacrificio

Ése es el gancho periodístico del libro de Breton Connelly. Pero que nadie piense en un novelado del Partenón al estilo de 'El nombre de la rosa', de Umberto Eco. Para empezar, porque la teoría de que el friso oriental del Partenón es el relato de un sacrificio existe desde 1675, cuando un viajero inglés llamado Francis Vernon visitó el templo, que entonces era una iglesia latina (12 años después llegaron los turcos e instalaron un depósito de armas y, algo después, una mezquita), dibujó e inventarió los frisos, y vio en ellos una procesión de animales camino de la ofrenda. Su teoría nunca cayó en el olvido pero claudicó ante la lectura de Johann Winckelmann: Atenea, la razón, la democracia, la libertad, etcétera, etcétera.
¿Cuál es la novedad, entonces? Que esta vez, hay información arqueológica y antropológica que nos permite tener un relato más preciso de lo que pudo ser el Partenón.
A todos nos gusta pensar en los atenienses del siglo V antes de Cristo como en unos ciudadanos sabios, tolerantes, libres e iguales entre ellos. Hacían deporte, eran apuestos, tenían buen clima y discutían sobre lo real y lo ideal mientras paseaban por un paisaje encantador de olivos y arroyos.
"Silencio, y escúchame", le dice el urbanita Sócrates a Fedro en pleno paseo de cortejo campestre, según el relato de Platón. "Porque en verdad este lugar tiene algo divino, y si en el curso de mi exposición las ninfas de estas riberas me inspiran algunos rasgos entusiastas, no te sorprendas. Ya me considero poco distante del tono del ditirambo". "Nada más cierto", le contesta Fedro. Y el maestro termina: "Tú eres la causa. Pero escucha el resto de mi discurso, porque la inspiración podría abandonarme. En todo caso, esto corresponde al dios que me posee, y nosotros continuemos hablando de nuestro joven" (Fedro, 230b).
La imagen de esa Atenas romántico-racionalista es irresistible pero no muy real. Así lo demuestra Breton Connelly en su libro, al recordar que la vida en la república de Pericles "era mucho más oscura y primitiva de lo que se ha planteado a partir de la Ilustración".
Donde oscura y primitiva significa "un mundo lleno de ansiedad, dominado por una obsesión egocéntrica por definir su lugar en el mundo, saturado de espiritualidad y marcado por la necesidad de estar en buenos términos con los dioses". Un mundo, según se lee unas líneas más adelante, "permanentemente amenazado por la violencia, la guerra y la muerte". Hasta Pericles, según se cuenta en el libro, fue un hombre marcado por sus supersticiones y por sus amuletos. La particularidad de Atenas, según explica Breton Connelly, no era el gusto por la razón sino cierta cultura de la excelencia que hoy nos parecería muy moderna.

La importancia de la religión

La república, por tanto, era una sociedad en la que la religión no era un entretenimiento novelesco, ni un conjunto de fábulas (con dioses en vez de animales) que transmitían el conocimiento y hacían de la vida algo más divertido. La religión era en Grecia, en contra de lo que solemos pensar, un tema central que lo llenaba todo. También llenaba la Acrópolis, que era un recinto sagrado y no un monumento a la razón, por si alguien lo había olvidado. Y así había sido, según se ha sabido durante los últimos 30 años de investigaciones plenamente científicas, desde tiempos del Neolítico.
En este punto, Breton Connelly se apoya en el trabajo del arqueólogo griego Manolis Korres, que ha completado, o casi, la información que faltaba del templo de Atenea. Por ejemplo, el modo en el que el mármol llegó desde el monte de Pentelikon, a 19 kilómetros al noreste de Atenas. O cómo Fidias y su equipo fueron cambiando sus planes iniciales durante la construcción de la obra. O cuáles fueron los trazos que dejaron los bizantinos, los cruzados y los otomanos a medida que fueron ocupando el templo. Eso, además de observaciones que de tan obvias habían pasado de largo. Por ejemplo, que el friso del Partenón mide un metro de ancho y está a 14 metros de altura.
Es decir: que los relieves que envolvían el templo estaban hechos para que los vieran los dioses y no los hombres.
"Cuánto más sabemos de la Acrópolis, más lejos estamos de entenderla", explica la helenista estadounidense. Cuanto más perfecto veamos el Partenón, más insondable nos parecerá.

martes, 27 de noviembre de 2012

PRENSA. "Cuando Alemania adoraba a Grecia", Rafael Argullol

Rafael Argullol

   En "El País":

Cuando Alemania adoraba a Grecia

Hubo un día en que el arte y la filosofía unieron a ambas naciones en un destino común

 25 NOV 2012 

Si uno se queda con lo que lo “griego” significa actualmente para la prensa popular (e incluso no tan popular) alemana, las consecuencias no pueden ser más desoladoras. Lo “griego” es sinónimo de lo peor, y lo peor se traduce en corrupción, vagancia e incapacidad para el esfuerzo. Se hace difícil encontrar en las páginas de los periódicos una palabra amable para Grecia. La gran paradoja, sin embargo, es que ninguna cultura, en el pasado inmediato, se ha dirigido tanto a lo helénico como la alemana. Es verdad que se trataba de la Grecia antigua pero, en su momento, lo “griego” aludió a lo más elevado que se pudiese concebir. También en Francia y en Gran Bretaña el culto de la Grecia clásica fue muy intenso en los siglos XVIII y XIX, aunque en ningún país europeo, como en lo que ahora llamamos Alemania, fue tan decisivo. Lo “griego”, ahora tan denostado, pareció imprescindible a la cultura alemana para cohesionar una nación que permaneció fragmentada en múltiples territorios hasta hace siglo y medio. No es nada seguro que los alemanes actuales sean conscientes del agravio a su propia raíz espiritual cuando utilizan peyorativamente el término “griego”; claro está que a los políticos europeos de nuestros días, y entre ellos a los alemanes, poca finura intelectual se les puede pedir: la cultura europea parece completamente ausente de la política que se hace en Europa.
Y, sin embargo, por raro que suene a los consumidores de información de nuestros días, Alemania amó apasionadamente a Grecia. Hasta tal punto que, en lo que en toda escuela se enseña como la obra cumbre de la literatura germana, el Fausto de Goethe, la boda del protagonista con Helena de Troya quiere simbolizar, entre otras cosas, la unión de la antigua Grecia con una nación en ciernes llamada Alemania. Con su insuperable capacidad de síntesis, Goethe culminaba en ese matrimonio simbólico una de las principales operaciones de apropiación mental que se haya realizado en la historia de la cultura: dos mundos, el griego y el germano, quedaban vinculados por una suerte de destino común que se atestiguaba mediante el arte y la filosofía. Durante dos siglos los escritores y filósofos alemanes vivieron en el convencimiento de que ellos eran los herederos naturales de los griegos en la época moderna, creencia, fértil y catastrófica al mismo tiempo, que condujo a extravagancias —por decirlo de un modo suave— como la opinión de Heidegger de que solo se podía pensar verdaderamente en alemán y en griego (es de suponer, vista la consideración que merece la Grecia moderna, que Heidegger se refería a la lengua griega antigua).
La boda del alemán Fausto con la griega Helena es, casi, la consecuencia de una necesidad histórica. A lo largo del siglo XVIII, y hasta mediados de la centuria siguiente, se suceden tres generaciones para las que lo “griego” cimenta el futuro de la civilización: Winckelmann y Lessing; Goethe y Schiller; Hegel, Hölderlin y Schelling. Desde el punto de vista de una asimilación espiritual el resultado es prodigioso. Alemania es convertida en sucesora de Grecia. Por primera vez en la cultura europea se trataba de un radical proceso de sublimación y purificación. Hasta entonces los escritores y pensadores europeos habían buscado guía y refugio en la entera Antigüedad, como si Grecia y Roma hubiesen sido una continuidad sin fisuras. Dante se hace acompañar en su viaje a los ultramundos por Virgilio, en tanto que representante de todo el mundo antiguo. Shakespeare pone sobre el escenario, sin muchas diferencias, a héroes helénicos y romanos. Montaigne, en sus Ensayos, cita indistintamente fuentes griegas y latinas como si dieran lugar a un caudal único.

Antes del siglo XVIII el modelo de los escritores y pensadores de Europa había sido la entera Antigüedad
Sin embargo, esta tendencia unificadora, grecorromana, mediterránea si se quiere, cambia drásticamente, de Winckelmann a Schiller, en el clasicismo alemán. En su Historia del Arte de la Antigüedad, Winckelmann proclama la superioridad indiscutible de la expresión griega, frente a la cual la arquitectura y la escultura romanas adquieren un papel notable, pero secundario. El modelo no es la Antigüedad grecorromana; el modelo, exclusivo, es Grecia. La diferencia, a este respecto, con Francia es palpable, si tenemos en cuenta que la liturgia y la estética de la Revolución Francesa atendieron bien claramente a principios inspirados en la República romana, como muestra con maestría la pintura de David. Winckelmann popularizó en Alemania, y progresivamente en Europa, la visión de la Grecia antigua como un ideal absoluto, indiscutible, al que toda la cultura del porvenir debía dirigirse para alcanzar su madurez. Las artes visuales eran, por tanto, en su significado más elevado, una creación griega.
Paralelamente, la literatura alemana que, no lo olvidemos, aunque se aproximó rápidamente a su edad áurea, estaba en sus inicios, realizó una operación similar. De Lessing a Schiller modificó el referente grecorromano para centrarse únicamente en el helénico. Virgilio, el guía de Dante, dejó de ser el protagonista en el escenario de los sueños de perfección de los escritores alemanes para dar paso a Homero. Hay un maravilloso poema de Schiller, Los dioses de Grecia, que atestigua este viraje, además de servir, en nuestros días, como antídoto contra el veneno de la prensa amarilla contra lo “griego” (tal vez no sería una mala lectura, tampoco, para la señora Merkel). En una vuelta más de tuerca, la siguiente generación idealista y romántica, la de Hölderlin, Hegel y Schelling, apuntaba definitivamente la filiación griega de la cultura alemana, si bien en el caso del primero, cuyo fervor filohelénico no tiene parangón, para advertir de los peligros de la concepción germana. No deja de ser curioso que al leer hoy El archipiélago, de Hölderlin pueden apreciarse con nitidez ciertas proféticas advertencias sobre la arbitrariedad a la que se expone una Alemania ensimismada en el egoísmo productivo. Medio siglo después otro alemán, Nietzsche, acusará a su país de ese mismo “olvido de la grandeza de Grecia”. El amor por lo “griego” de los escritores alemanes les llevó con frecuencia a resguardarse frente a lo “alemán”.

Es curioso que un mismo vocablo designe al mismo tiempo las virtudes y los vicios más peligrosos
Como quiera que fuese, Grecia —como idealidad, como entidad metafísica, como simbolización— jugó un papel extraordinario en la consolidación de la cultura alemana, sin posible comparación con lo ocurrido en ningún otro país, pese a que los clasicismos fueron fundamentales en toda Europa. Tal vez la explicación hay que encontrarla en la debilidad del alemán como lengua de cultura hasta la segunda mitad del siglo XVIII, y en el retraso histórico de la unidad alemana. Por ambas razones la apropiación espiritual de una Grecia idealizada fue determinante. En Gran Bretaña y en Francia este proceso no fue necesario. En Italia, cuya lengua tenía una larguísima tradición de cultura, el Risorgimento se apoyó, con naturalidad territorial, en la antigua Roma.
Únicamente Alemania se consideró de forma tan apasionada y exclusiva la hija espiritual de Grecia (filiación algo incestuosa en el caso de los amores entre Fausto y Helena de Troya). En consecuencia, la cultura germana encontró su matriz, su razón de ser, su destino en lo que supuestamente fue su Grecia onírica, la de los templos y estatuas de Winckelmann, la de los dioses de Schiller y los héroes de Hölderlin. En cierto sentido Grecia fue, a través de los escritores y artistas, el sueño de Alemania.
Ahora, pesadilla. Claro está que el mundo es otro, y Goethe o Hölderlin no pueden competir con el veneno de los medios de comunicación que se llaman a sí mismos populares o con la sistemática ignorancia de los políticos. Tampoco, claro está, los griegos son —ni han sido nunca— aquellos magníficos habitantes que moran en los versos de Los dioses de Grecia. Pero no deja de ser curioso —y, en cierto punto, espantoso— que un mismo vocablo, lo “griego”, sirva en la universidad para aludir a lo mejor de las virtudes y en la calle, para resumir el más peligroso de los vicios.
 Rafael Argullol es escritor.

POESÍA. "Los dioses de Grecia". Friedrich Schiller (1759-1805)

Retrato de Friedrich Schiller (1759-1805) por Gerhard von Kügelgen


Los dioses de Grecia

Cuando aún gobernabais el bello universo,
estirpe sagrada, y conducíais hacia la alegría
a los ligeros caminantes,
¡bellos seres del país legendario!,
cuando todavía relucía vuestro culto arrebatador,
¡qué distinto, qué distinto era todo entonces,
cuando se adornaba tu templo,
Venus Amazusia!

Cuando el velo encantado de la poesía
aún envolvía graciosamente a la verdad,
por medio de la creación se desbordaba la plenitud de la vida
y sentía lo que nunca había sentido.
Se concedió a la naturaleza una nobleza sublime
para estrecharla en el corazón del amor,
todo ofrecía a la mirada iniciada,
todo, la huella de un dios.

Donde ahora, como dicen nuestros sabios,
sólo gira una bola de fuego inanimada,
conducía entonces su carruaje dorado
Helios con serena majestad.
Las Oréadas llenaban las alturas,
una Dríada vivía en cada árbol
de las urnas de las encantadoras Náyades
brotaba la espuma plateada del torrente.
(...)

La seriedad tenebrosa y la triste resignación
fueron desterradas de vuestro alegre servicio,
todos los corazones debían latir felices,
pues estabais emparentados con la felicidad.
No había entonces nada más sagrado que lo bello,
el dios no se avergonzaba de ninguna alegría
donde las inocentes musas se ruborizaban,
donde las Gracias se ofrecían.
(...)

Hermoso mundo, ¿dónde estás? ¡Vuelve,
amable apogeo de la naturaleza!
Ay, sólo en el país encantado de la poesía
habita aún tu huella fabulosa.
El campo despoblado se entristece,
ninguna divinidad se ofrece a mi mirada.
De aquella imagen cálida de vida
sólo quedan las sombras.

Todas aquellas flores han caído
ante el terrible azote del norte,
para enriquecer a uno entre todos
tuvo que perecer ese mundo de dioses.
Con tristeza te busco en el curso de los astros,
a ti Selene, ya no te encuentro allí,
por los bosques te llamo, por las olas,
pero resuenan vacíos.
(...)

Ociosos retornaron los dioses a su hogar,
el país de la poesía, inútiles en un mundo que,
crecido bajo su tutela,
se mantiene por su propia inercia.

Sí, retornaron al hogar, y se llevaron consigo
todo lo bello, todo lo grande,
todos los colores, todos los tonos de la vida
y sólo nos quedó la palabra sin alma.
Arrancados del curso del tiempo, flotan
a salvo en las alturas del Pindo;
lo que ha de vivir inmortal en el canto,
debe perecer en la vida.

Friedrich Schiller: Los dioses de Grecia - Der Götter Griechenlandes-
Traducció castellana de Daniel Innerarity. Poesía filosófica, Ed. Hiperión, Madrid,
(2ª ed. 1994).

miércoles, 29 de agosto de 2012

PRENSA CULTURAL. "Arqueología del ahora mismo", por Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

   En "El País":

 16 JUN 2012

Que todo suceda tan rápido será un signo de estos tiempos angustiados. Afilada por la expectación de lo inminente y lo casi siempre temible la conciencia no tiene más remedio que mantenerse más alerta que nunca. El sábado por la noche, en una cena familiar en la que se discuten las últimas noticias alarmantes, escucho por primera vez el nombre de un helenista español que vive en Atenas y que escribe desde allí un blog sobre Grecia. El domingo, en la feria del Retiro, un librero me pregunta si conozco a Pedro Olalla y cuando le digo que no me regala Historia menor de Grecia, diciéndome que no puedo dejar de leerlo: entonces caigo en la cuenta de que su autor es el mismo del que oí hablar por primera vez la noche del sábado. Como el libro es de Acantilado incita en seguida a que las manos lo abran y entra por los ojos. En el taxi de vuelta a casa ya lo voy hojeando mientras la radio salta del fútbol a las noticias sobre el rescate financiero de España. Esa noche me quedo leyendo hasta que se me cierran los ojos. Solo he interrumpido la lectura para buscar por Internet el rastro de Pedro Olalla, que resulta ser un hombre joven y enjuto que habla y escribe con la misma solvencia sobre la Grecia clásica y la Grecia de ahora, sobre el fundamento griego de casi todas las cosas mejores que tenemos y sabemos y sobre el desastre de una Europa subordinada a los grandes poderes económicos, deshabitada de ciudadanía, estragada por clases políticas incapaces y corruptas.
Soy más proclive a pensar en la tradición de los griegos porque hace solo unos días he estado en el lugar donde la descubrí. He visitado el instituto donde hace cuarenta años oí hablar por primera vez de Homero, de Sócrates, de Pericles, de la idea de la democracia y del pensamiento racional, del individuo como ciudadano, del héroe trágico que ejerce su libertad y ha de hacer frente a las consecuencias de sus actos. Ante un grupo de adolescentes bastante burdos y con frecuencia desganados, un profesor entonces mucho más joven de lo que nos parecía a nosotros explicaba los enigmas de la lengua griega y hablaba apasionadamente de dioses y héroes, de la guerra de Troya y la ceguera de Edipo y la condena injusta de Sócrates. Aquel profesor, don Francisco Navarro, habría merecido que le hiciéramos más caso. Y aunque uno andaba trastornado por sus efervescencias hormonales y por su hosca y confusa rebeldía algunas cosas se le quedaron para siempre de aquellas clases de Griego: el gran arquetipo narrativo del viaje de Ulises, por ejemplo; la idea de la resistencia frente a la tiranía, representada heroicamente por las ciudades griegas que se unen contra la invasión de los persas; la noción del individuo que somete a duda los dogmas acatados por todos y que en nombre de su soberanía personal está dispuesto a morir. Si teníamos la capacidad de imaginar un sistema político en el que se pudiera respirar más anchurosamente que en aquel país eclesiástico y cuartelario en el que habíamos nacido era gracias a que unos griegos de veintitantos siglos atrás habían inventado la palabra y la idea de la democracia.
Mucho más habría podido aprender si hubiera prestado atención, pero una palabra que le escuché por primera vez a mi profesor de Griego la he tenido siempre presente: hubris. La hubris era la desmesura en la ambición o el exceso de confianza en las propias fuerzas que ciega a los soberbios y los empuja al desastre. En todo empeño humano hay un límite, una medida que la embriaguez del poderío o del éxito anima a traspasar. El soberbio es el único responsable de su propia perdición, pero las consecuencias de su insensatez arrastran también a los inocentes y a los débiles. No es un mal dictamen para comprender estos tiempos.
El aula de instituto en la que yo aprendía estas cosas a los quince y dieciséis años podría formar parte de la trama del libro de Pedro Olalla. Por su título y su portada parece que trata en exclusiva de la Grecia clásica, pero va mucho más allá, y llega mucho más cerca de nosotros. Cada breve capítulo es como una polaroid en la que la imaginación literaria se combina con el conocimiento histórico más serio para ofrecer un episodio de los orígenes o de la larga cadena de transmisiones y resonancias de la actitud humanista hacia el mundo, que es el legado específico de los griegos. En las costas de Jonia, en torno al año 750 antes de Cristo, un poeta decide que además de los hechos de guerra y las proezas de los héroes contará sus debilidades humanas, su capacidad de ternura o de sufrimiento; en Atenas, el año 431, todavía en los principios de la guerra del Peloponeso, Pericles pronuncia un discurso fúnebre en el que celebra la libertad personal y el respeto a las leyes de todos como rasgos de la ciudadanía; en Alejandría, dos siglos después, un poeta llamado Dioscórides copia sobre un papiro unos versos celebrando la belleza y la sensualidad de su amante Doris; el año 10 de nuestra era Pítilo, ciudadano de Antigonia, dedica en un templo la inscripción en piedra en la que conmemora la liberación de sus esclavos. Todo sucedió hace mucho tiempo y ayer mismo: Eratóstenes calcula con precisión asombrosa el diámetro de la Tierra; se funda la biblioteca de Alejandría y al cabo de unos siglos ya está incendiada y no quedan ni ruinas de ella; la filósofa Hipatia es martirizada por una chusma de cristianos fanáticos; Petrarca recibe unos códices recién llegados de Bizancio que contienen la Ilíada y la Odisea y apenas puede descifrar unas palabras, porque no sabe griego; solo en su torre, en 1571, Montaigne decide que irá tomando apuntes de sus lecturas de los maestros griegos y latinos, y nutriéndose de ellos funda la conciencia moderna. En 1955, en la isla de Ischia, un arqueólogo descifra en los fragmentos recién excavados de una copa de barro la que bien podría ser la inscripción más antigua en griego…
Pedro Olalla dice que aspira a ser rigurosamente histórico en cuanto al contenido y rigurosamente literario en cuanto a la forma. En ese propósito se parece al inmenso Gibbon, que en los miles de páginas de su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano junta la potencia narrativa de varias docenas de novelas. Y también me recuerda las melancólicas evocaciones de la historia antigua de Cavafis, y esas viñetas históricas insuperables en las que Borges mezcla la erudición de Gibbon con las visiones fantásticas de Marcel Schwob. La trama abarca milenios y sus ramificaciones son casi ilimitadas, pero la médula de lo que Pedro Olalla quiere contar es el devenir de la noción ilustrada del individuo autónomo y la sociedad libre gobernada por la ley. En cada ser humano y en cada momento de la historia se está debatiendo siempre la primacía de la racionalidad o de la barbarie oscurantista, la de la libertad o la sumisión. El ahora mismo es un capítulo en esa Historia menor que Pedro Olalla podría seguir escribiendo.
Historia menor de Grecia. Una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos. Pedro Olalla. Prólogo de Nikos Moschonas. Acantilado. Barcelona, 2012. 384 páginas. 24 euros. pedroolalla.com.

martes, 10 de noviembre de 2009

BIBLIOTECA. "Homero", de Jasper Griffin



La biografía de Homero se ha perdido en el esplendor de su fama hasta el punto de que ese nombre es ya sólo una referencia mítica y un sinónimo de la creación épica. Aunque los griegos atribuyeran a una misma persona la gloria de la Ilíada y la Odisea, los especialistas contemporáneos afirman que los dos poemas, separados al menos por una generación, tienen autores diferentes y muestran cambios apreciables en sus concepciones sobre la moralidad y el heroísmo. El propósito fundamental de Jasper Griffin, sin embargo, no es realizar un análisis comparativo, sino hacer aflorar el pensamiento y los valores que subyacen a estos dos prodigiosos textos que siguen transmitiendo aún hoy ideas y sentimientos imperecederos.
(Texto de la contracubierta)

Publicado por Alianza Editorial, en su colección Clásicos de Grecia y Roma, de "El libro de bolsillo", tiene 141 páginas y está en la BIBLIOTECA.

viernes, 30 de enero de 2009

BIBLIOTECA. "Termópilas", de Paul Cartledge



Este libro de divulgación histórica (publicado en bolsillo, en la colección Booket, de Ariel) lleva como subtítulo La verdadera historia de la batalla de los 300. Esta batalla fue un auténtico choque de civilizaciones, y la leyenda del heroísmo y sacrificio de la élite de guerreros espartanos en defensa de la libertad de su patria fue esencial para definir la identidad de la Grecia clásica.

Paul Cartdledge nos brinda una deslumbrante aproximación a la verdad histórica y a las leyendas de este trascendental acontecimiento.

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