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martes, 10 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre "Los caprichos de la suerte", novela de Pío Baroja. José-Carlos Mainer

Pío Baroja
   En "El País":

Rescoldos de la hoguera

El escritor hizo con la Guerra Civil lo que con otros conflictos: contarla a su público


Pío Baroja hizo con la Guerra Civil lo que siempre había hecho con las grandes conmociones del país que le toco vivir: contarla a su público. Lo hizo con la guerra carlista, que fue una vivencia casi intrauterina; con la desmoralización de 1898 y el nacimiento del proletariado madrileño; con el atentado de Mateo Morral y la mala simiente del terrorismo; con la Europa que sobrevivió a 1918; con la España de la República. La novela Los caprichos de la suerte es el remate de una trilogía, Las saturnales,que escribió febrilmente entre 1949 y 1951, cuando contrastó su opinión y sus recuerdos con las muchas cosas que le contaron sus contertulios, las criadas de casa y los amigos libreros. No vio nada bueno en su balance: incompetencia de los políticos, doctrinarismo en todos los partidos, turbios deseos de venganza en las masas; cerrilismo en gentes más influyentes.
Su previa exploración de la república recibió su nombre —La selva oscura— del temeroso paraje en que se encontró Dante al inicio de la Divina Comedia. Las saturnales eran las fiestas romanas del solsticio de invierno que consagraban la vuelta al desorden primitivo y al derroche, seguramente para celebrar el final del ciclo anual de los cultivos. Se celebraban con un banquete en que esclavos y amos llegaban a intercambiar sus funciones. Baroja siempre creyó que de aquella sangría suelta de 1936 sólo vendría el final de la clase media, la suya, menos culpable que ninguna de aquel desastre. De eso trata Los caprichos de la suerte: de un periodista republicano desazonado que huye a París, de una historia amorosa tardía a la que pone fin el egoísmo, de un París vivaz sobre el que ya planea la negra sombra de otra guerra y de una desesperanzada huida final a América (que Baroja tentó sin decidirse a la postre).
Ya no hay nada más de relieve en la gaveta de Itzea… Y esta última obra tiene ecos de otras: el personaje de Procopio Pagani viene de El hotel del Cisne, que es la novela de los españoles que vivieron en París la Segunda Guerra Mundial y que abrió la trilogía inacabada Días aciagos; un capítulo entero fue removido de nuestro relato para integrarse en Aquí París, y una trama parecida se había esbozado en la novela corta Los caprichos del destino, ya publicada en 1948. Restos de un naufragio, rescoldos de un fuego: “Serán ceniza, mas tendrá sentido", dijo Quevedo del fin del amor constante.

jueves, 5 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "'Los caprichos de la suerte', el testamento literario de Pío Baroja

   En "El País":

La publicación actual y el original de 'Los caprichos de la suerte', de Pío Baroja. / JAVIER HERNÁNDEZ

Una carpeta gris anudada con dos cintas rojas guarda el testamento literario, sentimental e ideológico de Pío Baroja, que este miércoles se ha presentado en Itzea, casa de los Baroja en Bera (Navarra). Se titula Los caprichos de la suerte (Espasa). Los valores de este obra son múltiples: fue la última novela que escribió el autor donostiarra, es la última novela inédita, es la historia en la cual el escritor recrea su experiencia del comienzo de la Guerra Civil española (su detención, huida a Francia e intención de viajar a América) y con la que cierra su trilogía sobre la Guerra Civil titulada Las saturnales, compuesta por El cantor vagabundo (1950) y Miserias de la guerra (2006), donde aparece por primera vez el personaje protagonista de esta novela inédita y acontecimiento literario.
Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) se centra, esta vez, en la posguerra y los albores de la Segunda Guerra Mundial en París con tintes muy autobiográficos. Narra la travesía que emprende Luis Goyena y Elorrio, un periodista y escritor, una especie de alter egosuyo, para huir de los jirones de vida en que ha quedado convertida España. Primero hace el camino a pie de Madrid a Valencia, hasta que logra llegar a París, con el sueño de terminar en América. Pero luego, en París, aparecerá Pío Baroja, identificado como “un señor viejo del hotel Palais Royal”, que dará su opinión sobre temas como la Alemania de la época, el nazismo o Francia, y se verá su cambio de percepción frente a estas cuestiones.


Retrato de Pío Baroja, sin fecha y sin autor.
Es una novela con pasajes muy barojianos, como ese arranque donde presenta a los personajes de manera muy real y describe el paisaje desolador que él ve a medida que cruza el país. También es una novela de ideas donde en las diferentes conversaciones de los personajes, sobre todo del protagonista, Baroja deja traslucir sus teorías literarias y opiniones sobre el comunismo, lo español y los españoles, la sociedad, los pueblos de la época, el optimismo, la amistad, la mediocridad y el amor y el desamor.
“Los caprichos de la suerte siempre ha estado localizada en mi familia, pero no se había publicado por varios motivos: primero por temor a la censura franquista; luego en 1972 empezamos la edición de toda su obra hasta que apareció en 2006 Miserias de la guerra, censurada por la dictadura a comienzos de los años 50, hasta que hace tres años, cuando José-Carlos Mainer preparaba la biografía de Baroja, le propusimos la edición de esta obra que cerraba Las saturnales”, cuenta Pío Caro-Baroja Jaureguialzo, sobrino nieto del escritor de clásicos del siglo XX como El árbol de la ciencia. Lo hace en la biblioteca que tenía Pío Baroja en el caserón de Itzea, a orillas del arroyo de Xantelerreka. La novela llegará a las librerías el 5 de noviembre.
El original de Los caprichos de la suerte tiene 276 páginas más apéndices, que en la edición de Espasa son 190 páginas más una introducción de José-Carlos Mainer. Es la tercera versión: la primera es el manuscrito perdido, la segunda es la obra mecanografiada con tinta azul y la tercera es esta misma pero con docenas de tachaduras, correcciones, añadiduras y adendas hechas de puño y letra de Pío Baroja con pluma negra. En realidad, las tres primeras páginas están escritas a mano y el resto de folios están mecanografiados de manera apaisada, que era como Baroja solía hacerlo, con lo cual cada línea era más larga y permitía avanzar rápidamente al girar menos el rodillo de la máquina. La transcripción la ha hecho Ernesto Viamonte y la edición e introducción Mainer, editor de las obras completas de Baroja, en Galaxia Gutenberg.

Diferentes ideas de Baroja en 'Los caprichos de la suerte'

Entre las ideas del testamento literario de Pío Baroja se encuentra algunas sobre sus compatriotas: “El español actualmente está cerrado en su utopía y no acepta nada de los demás. Haga lo que haga y diga lo que diga. Así es muy difícil que puedan entenderse”.
Sobre la sociedad: “Vivimos en una época mediocre y cruel. Cuando se llegue a una época mediocre y apacible, la gente estará contenta. Ahora puede suceder que este pobre ideal mediocre no se pueda alcanzar y se repita en la sociedad la historia del anillo de Polícrates”.
Sobre el comunismo: “En Rusia parecer ser que han suprimido todos los leprosos. Cuando supriman los tuberculosos, los escrofulosos, los sifilíticos y con ellos los escritores individualistas que se burlan de Karl Marx o de cualquier otro profeta mesiánico y judaico, entonces Stalin comenzará a edificar su verdadero paraíso soviético. Y quizá en esa época habrá mucha gente que encuentre demasiado aburrido este planeta nuestro”.
Sobre la amistad: “Había muchas clases de amistad, pocas que no tuviesen algún interés egoísta encubierto, más o menos inconsciente. No era fácil creer que hubiera un sentimiento humano que no tuviese su fondo de utilidad”.
Sobre el amor y el desamor: “La canción decía así: ‘Buena suerte en el amor / Elorrio ya no tendrá; / queriendo ser seductor / Elorrio fracasará. / Que vaya al norte o al sur / es lo mismo para él; / honrado, caco o tahúr / no tiene suerte ni ley”.
Baroja escribió esta novela, y el proyecto de Las saturnales, entre 1949 y 1951, en su casa madrileña de la calle Ruiz de Alarcón, número 12. “Allí vivió su exilio interior tras la Guerra Civil que pasó fuera del país. En 1950 publicó El cantor vagabundo, luego pecó de ingenuo y presentó Miserias de la guerra que fue censurada y tal vez por ese motivo decidió no exponerse con Los caprichos de la suerte”, explica Caro-Baroja.
La novela está en Itzea porque es allí donde está todo lo concerniente a los Baroja. Una casa tapizada de unos 40.000 libros en la que los armarios no guardan ropa sino más libros. Impregnado del desencanto de la España de la guerra y posguerra, Pío Baroja solo volvió a su paraíso de Itzea de manera muy esporádica y puntual. La última vez fue en 1955, un año antes de su fallecimiento. Sus caminatas por el campo navarro las sustituyó por las del Parque del Retiro, en Madrid, cercano a su casa.
En Itzea sorprendió a Baroja el alzamiento del 18 de julio de 1936. Quedó en zona nacional. El escritor fue detenido, casi fusilado, pero al final fue puesto en libertad. El 22 de julio, con su sobrino Julio, se fue andando cinco kilómetros hasta cruzar la frontera con Francia. Luego volvería. Pero se instalaría, básicamente, en París. Esa travesía física, intelectual y espiritual es la que novela en Los caprichos de la suerte. Allí están tres de sus temas capitales: su obsesión por el conflicto español y las teorías de sus causas, la presencia de un amor frustrado y su estilo directo, claro y libre de retórica. Y un deseo: viajar a América. “Ese es el debate central de la novela, y que vive el protagonista entre viajar o quedarse”, señala Caro-Baroja.
Los caprichos de la suerte confirma y amplía, según Mainer, “la visión absolutamente negativa de la Guerra Civil. Baroja consideraba que fue una barbaridad y que la culpa la tuvo en buena medida la democratización de la política, y la politización de la sociedad española, incluso la República, donde la gran víctima fue la burguesía”.
Esta novela inédita, dice Mainer, nace y procede de Los caprichos del destino, una novela corta de comienzos de los años cuarenta; se desarrolla y finalmente se hace grande en el libro ahora hallado, Los caprichos de la suerte. De éste nacerán, además, dos nuevas obras barojianas: El hotel del cisne y Aquí, París. Según Caro-Baroja no hay más inéditos de ficción. Quedan algunas semblanzas y ensayos.
Esta obra que cierra Las saturnales, en clara referencia mitológica a Saturno devorando a sus hijos, se abre con un prólogo: “Hay quien sospecha –los emborronadores de papel somos suspicaces- que el que escribió este libro, medio en serio medio en broma, fue Luis Goyena y Elorrio. Se dice que primero le dio el título de la Danza de la muerte…”.

domingo, 1 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre Pío Baroja. Por Fernando Savater

Fernando Savater

   En "El País":

 3 SEP 2012 

Se da por supuesto que Gran Bretaña cuenta con una estupenda literatura de aventuras porque los ingleses fueron navegantes, colonialistas y bastante piratas en sus días de gloria. Pero es curioso que los españoles, que también pensaron un día que navegar era más necesario que vivir, sólo hayan aportado al género -lo que desde luego no es poco- las magníficas crónicas de Indias. La decadencia del Imperio arrastra también el final de los relatos de aventuras exóticas bajo soles lejanos. En el siglo XIX y primera mitad del XX, la novela en español se aburguesa y se hace urbana con muy pocas excepciones: algunas historias de Valle Inclán protagonizadas por el Marqués de Bradomín, Ramón J. Sender…y desde luego Pío Baroja, a quien José-Carlos Mainer ha dedicado una biografía (Pío Baroja, ed. Taurus) que también es un estudio realmente magnífico de su obra.
Resulta lógico que sea un vasco quien haya escrito la mejor narrativa de aventuras contemporánea en español. Desde antes de los tiempos del descubrimiento de América, como pioneros de la pesca de altura y la caza de la ballena, los vascos fueron navegantes arriesgados e impávidos. Luego se convirtieron en expertos insustituibles en el manejo de la tecnología punta de la época, como el pilotaje de las recién inventadas carabelas, la cartografía, etc… Y después, gracias al ímpetu misionero de los jesuitas, fueron colonizadores en el nuevo continente y también en el orienta más lejano. Todo lo contrario, por cierto, al actual modelo de vasco acuñado por el nacionalismo, encerrado en los límites de su caserío mental y definido solo por su oposición a esa España cuya leyenda colectiva tanto contribuyeron antaño a forjar.
Sin embargo, los aventureros de Pío Baroja son de una índole especial, diríamos que mucho más desencantada y por tanto más moderna. Lo que para ellos cuenta no es el triunfo institucional, el botín ni la gloria, sino el dinamismo de una peripecia que toma su propia inquietud como objetivo y recompensa (precisamente una de sus mejores novelas se titula Las inquietudes de Shanti Andía). Para el escritor, la acción por la acción es la meta de todo hombre sano. No tanto la empresa colectiva sino la apuesta que gana hasta cuando pierde por lo que cada cual tiene de irrepetible: "lo individual es la única realidad en la Naturaleza y en la vida", afirma en César o nada. Aquí, como en otras ocasiones en Baroja, suena un eco de Nietzsche: "Lo que importa no es la vida eterna, sino la eterna vivacidad".
Para privilegiar lo dinámico, Baroja busca sus protagonistas no solo entre marinos y guerrilleros sino también en toda forma de marginales, vagabundos y anarquistas por doctrina o vocación: el escombro social para los bienpensantes, inadaptado e inconformista. Don Pío fue una persona de orden a la que sólo le interesaban literariamente los propagadores de desorden… Elogió la energía bárbara de quienes rajan la costra de la sociedad para alcanzar el aire libre. Ortega, que sintió una mezcla de fascinación y repulsión por su obra, reconoce que el rumor de enjambre de sus personajes, su vaivén ("entran y salen de la novela como la gente sube y baja del autobús"), reproduce el paso veloz de la vida misma, su contingencia, su mudanza constante y vulgar. Sin embargo, aunque sus tramas a veces desconciertan, jamás aburren. Es el narrador puro, que cuenta de corrido como sin entender del todo a dónde va y por eso mantiene también abierta en el lector la intriga existencial que palpita en cuanto ocurre. Crea adicción: por ejemplo Antonio Regalado convierte en autobiografía su pasión por el donostiarra (Leyendo a Pío Baroja, ed. Renacimiento).
Pío Baroja se definió a sí mismo como "hombre humilde y errante". Un planteamiento modesto, de perfil bajo, que contrasta con lo rotundo de los improperios, dictámenes inapelables e impertinencias feroces (lo que Ortega llamó "opiniones de ametralladora") que jalonan su obra. Se le ha reprochado el descuido de su estilo y la desatención casi provocativa a las normas del buen gusto literario. Pero nadie puede regatearle la eficacia de su prosa, que ha envejecido mucho menos que la de cualquiera de sus contemporáneos, rivales o críticos.

viernes, 20 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Barojiana 2012", por Manuel Rodríguez Rivero

Manuel Rodríguez Rivero

   En "El País":

 17 JUL 2012

Año de Londres y de Dickens. A menos de 10 días de la inauguración de los Juegos Olímpicos, los primeros que alberga la capital británica desde los muy austeros de 1948, cuando todavía estaban presentes los destrozos y las heridas de la guerra, no me resisto a recordarles la más londinense de las novelas de nuestro autor más dickensiano: La ciudad de la niebla.
Baroja la publicó en 1909, como segunda parte de lo que sería la trilogía de La raza. Había “rodado exteriores”, es decir, tomado nota de ambientes y personajes, en el viaje que realizó a la capital británica en 1906, movido, entre otras cosas, por su entusiasmo hacia la literatura inglesa, “especialmente por las novelas de Dickens”. En la sección correspondiente de sus memorias Desde la última vuelta del camino, Baroja deja constancia, a su modo sentimentalmente minimalista, de la impresión que le produjo aquella monstruosa urbe (“la mayor y más grande de la tierra”, como la definió Conrad en El corazón de las tinieblas, 1902) en la que se daban la mano el lujo extremo y la tremenda miseria de los slums obreros. El Londres eduardiano prefiguraba en el imaginario de las gentes lo que serían las megalópolis del futuro: impresionantes muelles a los que llegaban mercancías de todos los lugares de la tierra, gigantescos hoteles para acoger a visitantes de todo el mundo, ciclópeos almacenes (Harrod’s, Whiteley’s) rebosantes de toda clase de productos, trenes subterráneos, calles resplandecientes de luz eléctrica, cinematógrafos, tranvías, tráfico infernal en las calles. Una moderna Babilonia en la que podían ambientarse todas las historias.

Baroja tomó nota de ambientes y personajes en un viaje a Londres, movido por su entusiasmo hacia la literatura inglesa
Baroja guardó buen recuerdo de todo lo que vio y lo plasmó posteriormente en La ciudad de la niebla. Sus protagonistas —el radical, pero cobarde doctor Aracil y su intrépida hija María— han recalado allí tras una complicada peripecia que se inicia en La dama errante (1908), primera parte de la trilogía. Son tránsfugas de un Madrid en el que la policía aún investiga las complicidades del frustrado regicida Mateo Morral. María y su padre viven primero en un hotelito de Bloomsbury, un barrio que todavía carecía del aura de glamour escandaloso que le conferirían Virginia Woolf y sus amigos. Luego, cuando el egoísta Aracil la abandona, María se traslada a la hoy desaparecida Little Earl Street, muy cerca de la actual plazuela de Seven Dials, en uno de los extremos del Soho. Desde allí, deambula por ese Londres (iluminado —en el mejor de los casos—, por un “disco pálido y acatarrado”) y se relaciona con una abigarrada galería de personajes, incluyendo una abundante porción de difusos conspiradores y pintorescos anarquistas, lo que le permite a Baroja mostrar la evolución (pesimista) de una de sus heroínas más independientes y, de paso, bosquejar con muy pocos trazos una estupenda nómina de tipos dickensianos, entre los que destaca el excéntrico Samuel Cobb, el anarquista Baltasar, el judío Jonás o el “quijotesco” criado Percy Damby.
Además de por su interés literario, la novela todavía puede leerse como una guía muy personal de aquel Londres parcialmente sepultado por sucesivas remodelaciones urbanas, pero en el que aún subsisten no pocos de los rincones dickensianos que buscó y, luego, plasmó Baroja. Si pueden permitirse el lujo de viajar estos días a la capital del Támesis y olvidar por un rato los bochornosos recortes veraniegos, no olviden incluir la novela de Baroja en su equipaje.

viernes, 13 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de la biografía de "Pio Baroja", por José-Carlos Mainer

Pío Baroja

   En "Babelia", suplemento cultural de "El País":
BIOGRAFÍAS
Pío Baroja desde su obra
   La perspectiva que ha adoptado José-Carlos Mainer en su biografía del autor de 'César o nada' parte de sus escritos para llegar a desentrañar la intimidad del ser humano. Autor incómodo tanto para los demócratas como para el franquismo, requiere hoy una nueva valoración.
José María Ridao 7 ABR 2012

'Pío Baroja'
José-Carlos Mainer
Taurus. Madrid, 2012
462 páginas. 20 euros (electrónico: 10,99)

   La figura y la obra de Pío Baroja no han dejado nunca de despertar interés, tanto entre los lectores como entre los críticos literarios o los historiadores de las ideas. Más allá del valor de sus ficciones, objeto de una recepción tan desigual entre sus contemporáneos como entre quienes se asomaron y se siguen asomando a ellas después de su muerte en 1956, la razón tal vez haya que buscarla en su condición de narrador obsesivo y, al mismo tiempo, de atento testigo de la historia de España desde la pérdida de las colonias hasta los primeros años del franquismo. Sobre Baroja y sobre el tiempo crucial que le tocó vivir se ha acumulado durante más de medio siglo una abundante bibliografía que ha permitido incrementar el conocimiento pero que también ha acentuado el riesgo de la redundancia. En la nueva biografía del escritor, titulada, escuetamente, Pío Baroja, e incluida en una colección sobre “españoles eminentes”, José-Carlos Mainer ha conseguido conjurarlo al invertir la perspectiva habitual en este tipo de trabajos: no va de la vida a la obra sino de la obra a la vida, desarrollando hasta sus últimas consecuencias la idea de que los autores del 98 personalizan la escritura además de profesionalizarla.
   Mainer comienza estableciendo un sugerente paralelismo entre la obra de Baroja y la del sudafricano Coetzee, quien, como el autor de La busca, se vale de su propia experiencia en sus novelas autobiográficas, Infancia, Juventud y Verano. Al igual que en Baroja, la ficción de Coetzee no recae tanto sobre los hechos como sobre el punto de vista desde el que se narran, como si el empeño de ambos escritores fuera imaginar una galería de personajes desde la que contemplarse a sí mismos. Mainer subraya el recurso a las técnicas del folletín y de la novela de aventuras y de viajes en el caso de Baroja, lo que, en principio, debería alejarlo de la personalización de la escritura. Pero, incluso en esa parte de su obra que más parece entregarse a la fantasía, Baroja se mantiene fiel a su experiencia y a su propósito de dar cuenta de ella: Mainer suscribe y hace suya la definición de “aventurero pasivo” con la que lo describe Miguel Sánchez-Ostiz. La indagación en el yo que Baroja comparte con otros autores de la generación del 98, además de con Coetzee, estará también en el origen de “un género a medio camino entre el reportaje y la ficción” que, señala Mainer, “estaba inventando” cuando se decide a escribir sobre el atentado contra Alfonso XIII perpetrado por Mateo Morral.
   En el trayecto de la obra a la vida, Mainer no evita dar cuenta de las ideas de Baroja que autores como Giménez Caballero invocaron para incorporarlo a las filas del fascismo y que, desde otros ámbitos ideológicos, despertaron los recelos o el abierto rechazo de Ramón J. Sender, Luis Martín-Santos o Manuel Vázquez Montalbán en periodos sucesivos. A lo largo de Pío Baroja, Mainer no intenta ningún género de exculpación pero tampoco de condena, enfática de puro obvia: el autor de El árbol de la ciencia mantuvo una actitud favorable a la colonización de Marruecos basada en argumentos racistas, asumió con crudeza los tópicos antisemitas, se manifestó contra la democracia y a favor de las salidas dictatoriales, mostró su admiración por “la tendencia de la Alemania actual”, refiriéndose a la de 1933. En contrapartida, nunca dejó de proclamar un irreductible laicismo y un individualismo radical, en todo punto incompatible con el totalitarismo comunista, contra el que Baroja se pronunció de forma expresa en repetidas ocasiones, y con el fascista, que, en palabras de Mainer, “tardó en entender en los mismos términos de repudio”. Si una cara de su ideología resultaba grata al franquismo, la otra hacía de él un escritor incómodo. Y precisamente esta condición de escritor incómodo fue la que, en estricta simetría, lo avaló entre los opositores a la dictadura, lo mismo que sucedió con otras figuras relevantes que regresaron a España después de la Guerra Civil.
   La rigurosa indagación de Mainer en la vida y la obra de Pío Baroja tiene, entre otras virtudes, la de reiterar una de las más importantes tareas que sigue pendiente en la historia de las ideas en España: filiar correctamente la tradición liberal. El indiscutible valor literario de la obra de algunos autores entre los que Baroja ocupa un lugar destacado nada dice de sus actitudes civiles y políticas. De la misma forma que sus actitudes civiles y políticas no sirven para negar el valor literario de sus obras. No es una paradoja que solo se produzca en la literatura española; lo que sí parece más característico de España es la inercia de seguir considerando como partidarios del liberalismo a unos escritores, incluso, a unos magníficos escritores, que poco o nada tuvieron que ver con él.

viernes, 7 de enero de 2011

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "Mala hierba", de Pío Baroja (1872-1956)

Pío Baroja
                                                    I
El taller / La vida de Roberto Hasting / Alex Monzón

   Roberto se había levantado de la cama y, vestido con su traje de calle y sentado a una mesa llena de papeles, escribía.
   El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran ventana a un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de tamaño mayor que el natural, descomunales y estrambóticas, que estaban solamente esbozadas, como si el autor no hubiera querido acabarlas; eran dos gigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada, pecho hundido y vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos parecían agobiados por el abatimiento profundo. Frente a la ventana, ancha, había un sofá tapizado con una percalina floreada; en las sillas y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos; en un ángulo aparecía una caja llena de pedazos secos de escayola, y en un rincón, un lebrillo con barro.
   De cuando en cuando, Roberto miraba a un reloj de bolsillo colocado sobre una mesa entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el cuarto. Por la ventana, en las galerías de la casa de enfrente, se veía pasar mujeres desarrapadas y sucias; de la calle subía una barahúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores ambulantes.
   A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.
   Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en busca de Roberto Hasting.
   Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de vida; se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto a seguirla hasta el fin.
   Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raída. Además, añadió a la donación una gorra de forma y de color absurdos, un sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes, como el caballo es el más noble de todos los animales, y la ociosidad, la madre de todos los vicios.
   Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido a estos buenos y vagos consejos, a esta gorra de forma y color absurdos, a la chaqueta vieja, al sombrero anciano, a la bufanda raída y a los pantalones rotos, una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata o en billetes.
   La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede más valor a los bienes materiales que a los espirituales, sin comprender en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia, y las dos cosas pueden perderse, y, en cambio, un buen consejo ni se gasta ni se pierde, ni se reduce a calderilla, y tiene, además, la ventaja de que, sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento ni deterioro. Prefiriese una cosa u otra, hay que confesar que Manuel tuvo que contentarse con lo que le dieron.
   Con el lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir, sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que, de todos, el único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.
   Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó a buscar a su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña Casiana, la de la casa de huéspedes, a quien Manuel encontró en la calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizá el Superhombre las supiera.
   —¿Sigue viviendo en su casa de usted?
   —No; estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le encontrará en El Mundo, un periódico de la calle de Valverde, que tiene un letrero en el balcón.
   Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en seguida; subió al piso principal de la casa y se detuvo ante una puerta cerrada con un cristal en donde había grabados dos mundos: el antiguo y el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso a repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que llegaba de la calle.
   —¿Qué haces aquí? —le dijo el periodista, mirándole de arriba abajo—. ¿Quién eres tú?
   —Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se acuerda usted?
   —¡Ah, sí!... ¿Y qué quieres?
   —Quisiera que me dijese usted si sabe en dónde vive don Roberto, que creo que ahora es periodista.
   —¿Y quién es don Roberto?
   —El rubio..., el estudiante amigo de don Telmo.
   —¿El niño litri aquél...? ¡Yo qué sé!
   —¿Ni dónde trabaja tampoco?
   —Creo que da lecciones en la Academia de Fischer.
   —No sé en qué sitio está esa academia.
   —Me parece que en la plaza de Isabel Segunda —contestó el Superhombre de un modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y entraba.
   Manuel fue a la academia; aquí, un ordenanza le dijo que Roberto vivía en la calle del Espíritu Santo, en el número 21 o 23, no sabía a punto fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.
   Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esa parte de Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila a los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates a voz en grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales blancos; los horteras, recostados en la puerta de la tienda, echaban un párrafo con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con la cesta en equilibrio en la cabeza, y el ir y venir de la gente, el gritar de unos y de otros, formaban una barahúnda ensordecedora y un espectáculo abigarrado y pintoresco.
   Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates, preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y enterarse allí.
   Después de varias ascensiones dio con el estudio del escultor. En el extremo de una escalera sucia y oscura se encontró con un pasillo en donde charlaban unas cuantas viejas.
   —¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?
   —Será ahí, en esa puerta.
   La entreabrió Manuel, se asomó y vio a Roberto escribiendo.
   —¡Hola! ¿Eres tú? —dijo Roberto—. ¿Qué hay?
   —Pues venía a verle a usted.
   —¿A mí?
   —Sí, señor.
   —¿Qué te pasa?
   —Que me he quedado parado.
   —¿Cómo parado?
   —Sin trabajo.
   —¿Y tu tío?
   —¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!
   —¿Y cómo ha sido eso?
   Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo rápidamente, se calló.
   —Puedes seguir —murmuró Hasting—, te oigo mientras escribo; tengo que concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.
   Manuel, a pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró a los dos gigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:
   —¿Qué te parece eso?
   —Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?
   —El autor los llama "Los explotados". Quiere dar a entender que son los hombres a quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.
   Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus asuntos.
   Roberto echó una rápida mirada a su reloj, dejó la pluma, se levantó y paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable del cuarto.
   —¿Quién te ha dicho dónde vivía? —preguntó.
   —En una academia.
   —¿Y quién te ha indicado la academia?
   —El Superhombre.
   —¡Ah! El divino Langairiños... Y dime, ¿desde cuándo estás sin trabajo?
   —Desde hace unos días.
   —¿Y qué piensas hacer?
   —Pues estar a lo que salga.
   —¿Y si no sale nada?
   —Creo que algo saldrá.
   Roberto sonrió burlonamente.
   —¡Qué español es eso! Estar a lo que salga. Siempre esperando... Pero, en fin, tú no tienes la culpa. Oye: si estos días no encuentras sitio donde dormir, quédate aquí.
   —Bueno; muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?
   —Marchando poco a poco. Antes de un año me ves rico.
   —Me alegraré.

martes, 28 de diciembre de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "Aurora roja", de Pío Baroja (1872-1956)

Pío Baroja

Prólogo.
Cómo Juan dejó de ser seminarista

   Habían salido los dos muchachos a pasear por los alrededores del pueblo, y a la vuelta, sentados en un pretil del camino cambiaban a largos intervalos alguna frase indiferente.
   Era uno de los mozos alto, fuerte, de ojos grises y expresión jovial; el otro, bajo, raquítico, de cara manchada de roséolas y de mirar adusto y un tanto sombrío.
   Los dos, vestidos de negro, imberbe el uno, rasurado el otro, tenían aire de seminaristas; el alto grababa con el cortaplumas en la corteza de una vara una porción de dibujos y de adornos; el otro, con las manos en las rodillas en actitud melancólica, contemplaba, entre absorto y distraído, el paisaje.
   El día era de otoño, húmedo, triste. A lo lejos, asentada sobre una colina, se divisaba la aldea con sus casas negruzcas y sus torres más negras aún. En el cielo gris, como lámina mate de acero, subían despacio las tenues columnas de humo de las chimeneas del pueblo. El aire estaba silencioso; el río, escondido tras del boscaje, resonaba vagamente en la soledad.
   Se oía el tintineo de las esquilas y un lejano tañer de campana. De pronto resonó el silbido del tren; luego, se vio aparecer una blanca humareda entre los árboles, que pronto se convirtió en neblina suave.
   —Vámonos ya —dijo el más alto de los mozos.
   —Vamos —repuso el otro.
   Se levantaron del pretil del camino, en donde estaban sentados, y comenzaron a andar en dirección del pueblo.
   Una niebla vaga y melancólica comenzaba a cubrir el campo. La carretera, como cinta violácea, manchada por el amarillo y el rojo de las hojas muertas, corría entre los altos árboles, desnudos por el otoño, hasta perderse a lo lejos, ondulando en una extensa curva. Las ráfagas de aire hacían desprenderse de las ramas a las hojas secas, que correteaban por el camino.
   —Pasado mañana ya estaremos allí —dijo el mocetón alegremente.
   —Quién sabe —replicó el otro.
   —¿Cómo quién sabe? Yo lo sé, y tú, también.
   —Tú sabrás que vas a ir; yo, en cambio, sé que no voy.
   —¿Que no vas?
   —No.
   —¿Y por qué?
   —Porque estoy decidido a no ser cura.
   Tiró el mozo al suelo la vara que había labrado, y quedó contemplando a su amigo con extrañeza.
   —¡Pero tú estás loco, Juan!
   —No; no estoy loco, Martín.
   —¿No piensas volver al seminario?
   —No.
   —¿Y qué vas a hacer?
   —Cualquier cosa. Todo menos ser cura; no tengo vocación.
   —¡Toma! ¡Vocación!, ¡vocación! Tampoco la tengo yo.
   —Es que yo no creo en nada.
   El buen mozo se encogió de hombros cándidamente.
   —Y el padre Pulpon, ¿cree en algo?
   —Es que el padre Pulpon es un bandido, un embaucador —dijo el más bajo de los dos con vehemencia—, y yo no quiero engañar a la gente, como él.
   —Pero hay que vivir, chico. Si yo tuviera dinero, ¿me haría cura? No; me iría al campo y viviría la vida rústica, y trabajaría la tierra con mis propios bueyes, como dice Horacio: Paterna rura bobis, exercet suis; pero no tengo un cuarto, y mi madre y mis hermanas están esperando a que acabe la carrera. ¿Y qué voy a hacer? Lo que harás tú también.
   —No; yo no. Tengo la decisión firme, inquebrantable, de no volver al seminario.
   —¿Y cómo vas a vivir?
   —No sé; el mundo es grande.
   —Eso es una niñada. Tú estás bien, tienes una beca en el seminario. No tienes familia. Los profesores han sido buenos para ti..., podrás doctorarte..., podrás predicar..., ser canónigo..., quizá obispo.
   —Aunque me prometieran que había de ser Papa no volvería al seminario.
   —Pero ¿por qué?
   —Porque no creo; porque ya no creo; porque no creeré ya más.
   Calló Juan y calló su compañero, y siguieron caminando uno junto a otro.
   La noche se entraba a más andar, y los dos muchachos apresuraron el paso. El mayor, después de un largo momento de silencio, dijo:
   —¡Bah!... Cambiarás de parecer.
   —Nunca.
   —Apuesto cualquier cosa a que eso que me dijiste del padre Pulpon te ha hecho decidirte.
   —No; todo eso ha ido soliviantándome; he visto las porquerías que hay en el seminario; al principio lo que vi me asombró y me dio asco; luego, me lo he explicado todo. No es que los curas son malos; es que la religión es mala.
   —Tú no sabes lo que dices, Juan.
   —Cree lo que quieras. Yo estoy convencido; la religión es mala, porque es mentira.
   —Chico, me asombra oírte. Yo que te creía casi un santo. ¡Tú, el mejor discípulo del curso! ¡El único que tenía verdadera fe, como decía el padre Modesto!
   —El padre Modesto es un hombre de buen corazón, pero es un alucinado.
   —¿Tampoco crees en él? Pero ¿cómo has cambiado de ese modo?
   —Pensando, chico. Yo mismo no me he dado cuenta de ello. Cuando comencé a estudiar el cuarto año con don Tirso Pulpon todavía tenía alguna fe. Aquel año fue el del escándalo que dio el padre Pulpon con uno de los chicos del primer curso, y, te digo la verdad, para mí, fue como si me hubiesen dado una bofetada. Al mismo tiempo que con don Tirso, estudiaba con el padre Belda, que, como dice el lectoral, es un ignorante profeso. El padre Belda le odia al padre Pulpon, porque Pulpon sabe más que él, y encargó a otro chico y a mí que nos enteráramos de lo que había pasado. Aquello fue como meterse en una letrina. ¡Yo, qué había de sospechar lo que pasaba! No sé si tú lo sabrás; pero si no lo sabes, te lo digo: el seminario es una porquería completa.
   —Sí, ya lo sé.
   —Un horror. Desde que me enteré de estas cosas, no sé lo que me pasó; al principio sentí asombro; luego, una gran indignación contra toda esa tropa de curas viciosos que desacreditan su ministerio. Luego leí libros, y pensé y sufrí mucho, y desde entonces ya no creo.
   —¿Libros prohibidos?
   —Sí.
   —Últimamente, en la época de los exámenes dibujé una caricatura brutal, horrorosa, del padre Pulpon, y algún amiguito suyo se la entregó. Estábamos a la puerta del seminario hablando, cuando se presentó él: "Quién ha hecho esto?", dijo, enseñando el dibujo. Todos se callaron; yo me quedé parado. "¿Lo has hecho tú?", me preguntó. "Sí, señor". "Bien, ya tendremos tiempo de vernos". Te digo que con esa amenaza los primeros días que estuve aquí no podía ni dormir. Estuve pensando una porción de cosas para sustraerme a su venganza, hasta que se me ocurrió que lo más sencillo era no volver al seminario.
   —Y esos libros que has leído, ¿qué dicen?
   —Explican cómo es la vida, la verdadera vida, que nosotros no conocemos.
   —¡Malhaya ellos! ¿Cómo se llaman esos libros?
   —El primero que leí fue Los Misterios de París; después, El judío errante y Los Miserables.
   —¿Son de Voltaire?
   —No.
   Martín sentía una gran curiosidad por saber qué decían aquellos libros.
   —¿Dirán barbaridades?
   —No.
   —¡Cuenta! ¡Cuenta!
   En Juan habían hecho las lecturas una impresión tan fuerte, que recordaba todo con los más insignificantes detalles. Comenzó a narrar lo que pasaba en Los Misterios de París, y no olvidó nada; parecía haber vivido con el Churiador y la Lechuza, con el Maestro de Escuela, el príncipe Rodolfo y Flor de María; los presentaba a todos con sus rasgos característicos.
   Martín escuchaba absorto; la idea de que aquello estaba prohibido por la Iglesia, le daba mayor atractivo; luego, el humanitarismo declamador y enfático del autor, encontraba en Juan un propagandista entusiasta.
   Ya había cerrado la noche. Comenzaron los dos seminaristas a cruzar el puente. El río, turbio, rápido, de color de cieno, pasaba murmurando por debajo de las fuertes arcadas, y más allá, desde una alta presa cercana, se derrumbaba con estruendo, mostrando sobre su lomo haces de cañas y montones de ramas secas.
   Y mientras caminaban por las calles del pueblo, Juan seguía contando.
   La luz eléctrica brillaba en las vetustas casas, sobre los pisos principales, ventrudos y salientes, debajo de los aleros torcidos, iluminando el agua negra de la alcantarilla que corría por en medio del barro. Y el uno contando y el otro oyendo, recorrieron callejas tortuosas, pasadizos siniestros, negras encrucijadas...
   Tras de los héroes de Eugenio Sue, fueron desfilando los de Víctor Hugo, monseñor Bienvenido, Juan Valjean, Javert, Gavroche, Fantina, los estudiantes y los bandidos de Patron Minette.
   Toda esta fauna monstruosa bailaba ante los ojos de Martín una terrible danza macabra.
   —Después de esto —terminó diciendo Juan—he leído los libros de Marco Aurelio y los Comentarios, de César, y he aprendido lo que es la vida.
   —Nosotros no vivimos —murmuró con cierta melancolía Martín—. Es verdad; no vivimos.
   Luego, sintiéndose seminarista, añadió:
   —Pero, bueno; ¿tú crees que habrá ahora en el mundo un metafísico como santo Tomás?
   —Sí —afirmó categóricamente Juan.
   —¿Y un poeta como Horacio?
   —También.
   —Y entonces, ¿por qué no los conocemos?
   —Porque no quieren que los conozcamos. ¿Cuánto tiempo hace que escribió Horacio? Hace cerca de dos mil años; pues, bien, los Horacios de ahora se conocerán en los seminarios dentro de dos mil años. Aunque dentro de dos mil años ya no habrá seminarios.
   Esta conjetura, un tanto audaz, dejó a Martín pensativo. Era, sin duda, muy posible lo que Juan decía; tales podían ser las mudanzas y truecos de las cosas.
   Se detuvieron los dos amigos un momento en la plaza de la iglesia, cuyo empedrado de guijarros manchaba a trozos la hierba verde. La pálida luz eléctrica brillaba en los negros paredones de piedra, en los saledizos, entre los lambrequines, cintas y penachos de los escudos labrados en los chaflanes de las casas.
   —¡Eres muy valiente, Juan! —murmuró Martín.
   —¡Bah!
   —Sí, muy valiente.
   Sonaron las horas en el reloj de la iglesia.

lunes, 4 de octubre de 2010

CUENTO. "Mari Belcha", de Pío Baroja (1872-1956)

Pío Baroja
Mari Belcha

Cuando te quedas sola a la puerta del negro caserío con tu hermanillo en brazos, ¿en qué piensas, Mari Belcha, al mirar los montes lejanos y el cielo pálido?
Te llaman Mari Belcha, María la Negra, porque naciste el día de los Reyes, no por otra cosa; te llaman Mari Belcha, y eres blanca como los corderillos cuando salen del lavadero, y rubia como las mieses doradas del estío...
Cuando voy por delante de tu casa en mi caballo te escondes al verme, te ocultas de mí, del médico viejo que fue el primero en recibirte en sus brazos, en aquella mañana fina en que naciste.
¡Si supieras cómo la recuerdo! Esperábamos en la cocina, al lado de la lumbre. Tu abuela, con las lágrimas en los ojos, calentaba las ropas que habías de vestir y miraba el fuego pensativa; tus tíos, los de Aristondo, hablaban del tiempo y de las cosechas; yo iba a ver a tu madre a cada paso a la alcoba, una alcoba pequeña, de cuyo techo colgaban trenzadas las mazorcas de maíz, y mientras tu madre gemía y el buenazo de José Ramón, tu padre, la cuidaba, yo veía por las ventanas el monte lleno de nieve y las bandadas de tordos que cruzaban el aire.
Por fin, tras de hacernos esperar a todos, viniste al mundo, llorando desesperadamente. ¿Por qué lloran los hombres cuando nacen? ¿Será que la nada, de donde llegan, es más dulce que la vida que se les presenta?
Como te decía, te presentaste chillando rabiosamente, y los Reyes, advertidos de tu llegada, pusieron una moneda, un duro, en la gorrita que había de cubrir tu cabeza. Quizá era el mismo que me habían dado en tu casa por asistir a tu madre...
Y ahora te escondes cuando paso, cuando paso con mi viejo caballo. ¡Ah! Pero yo también te miro ocultándome entre los árboles; ¿y sabes por qué?... Si te lo dijera, te reirías... Yo, el medicuzarra que podría ser tu abuelo; sí, es verdad. Si te lo dijera, te reirías.
¡Me pareces tan hermosa! Dicen que tu cara está morena por el sol, que tu pecho no tiene relieve; quizá sea cierto; pero en cambio tus ojos tienen la serenidad de las auroras tranquilas del otoño y tus labios el color de las amapolas de los amarillos trigales.
Luego, eres buena y cariñosa. Hace unos días, el martes que hubo feria, ¿te acuerdas?, tus padres habían bajado al pueblo y tú paseabas por la heredad con tu hermanillo en brazos.
El chico tenía mal humor, tú querías distraerle y le enseñabas las vacas, la Gorriya y la Beltza, que pastaban la hierba, resoplando con alegría, corriendo pesadamente de un lado a otro, mientras azotaban las piernas con sus largas colas.
Tú le decías al condenado del chico: "Mira a la Gorriya.., a esa tonta.... con esos cuernos.... pregúntale tú, maitia: ¿por qué cierras los ojos, esos ojos tan grandes y tan tontos?... No muevas la cola".
Y la Gorriya se acercaba a ti y te miraba con su mirada triste de rumiante, y tendía la cabeza para que acariciaras su rizada testuz.
Luego te acercabas a la otra vaca, y señalándola con el dedo, decías: "Ésta es la Beltza... Hum..., qué negra..., qué mala... A ésta no la queremos. A la Gorriya, sí".
Y el chico repitió contigo: "A la Gorriya, sí"; pero luego se acordó de que tenía mal humor y empezó a llorar.
Y yo también empecé a llorar no sé por qué. Verdad es que los viejos tenemos dentro del pecho corazón de niño.
Y para callar a tu hermano recurriste al perrillo alborotador, a las gallinas que picoteaban en el suelo, precedidas del coquetón del gallo, a los estúpidos cerdos que corrían de un lado a otro.
Cuando el niño callaba, te quedabas pensativa. Tus ojos miraban los montes azulados de la lejanía, pero sin verlos; miraban las nubes blancas que cruzaban el cielo pálido, las hojas secas que cubrían el monte, las ramas descarnadas de los árboles, y, sin embargo, no veían nada.
Veían algo; pero era en el interior del alma, en esas regiones misteriosas donde brotan los amores y los sueños
Hoy, al pasar, te he visto aún más preocupada. Sentada sobre un tronco de árbol, en actitud de abandono, mascabas nerviosa una hoja de menta.
Dime, Mari Belcha, ¿en qué piensas al mirar los montes lejanos y el cielo pálido?

domingo, 3 de octubre de 2010

CUENTO. "Olaberri, el macabro", de Pío Baroja (1872-1956)

Pío Baroja
Olaberri, el macabro
Olaberri era un pesimista jovial. No encontraba en el mundo más que vanidad y aflicción de espíritu. No tenía fe más que en la cal hidráulica y en el cemento armado. Para él, detrás de toda satisfacción venía algo negro y doloroso, que eran principalmente las facturas.
-¿Ve usted esa chica que se ha casado con el carabinero? -me preguntó hace tiempo con aire de profunda conmiseración.
-Sí.
-¡Qué infelices! Ahora mucha alegría, ¿eh?, y de viaje, pero luego ya vendrán las facturas.
A Olaberri le preocupaban las facturas. Para Olaberri, que era contratista en pequeño, las facturas eran como la sombra de Banquo, que aparece en el banquete de la vida.
Si Olaberri hubiera tenido el sentido estadístico de nuestro amigo Berecoche, ya difunto, diría que en la vida hay un 75 por ciento de facturas.
-Ya le he dicho al párroco -me contó una vez-: usted, con un cubo de agua y un hisopo, ya tiene para todo el año, y a vivir bien; nosotros, en cambio, pobres contratistas, siempre a vueltas con las facturas.
Olaberri tenía gustos macabros. Había construido en el cementerio varios sepulcros y trasladado cadáveres y huesos y algunos cuerpos recién muertos.
Al hacer la descripción de estos traslados sentía, sin duda, un ardor explicativo de artista medieval y macabro. Los huesos, las calaveras revueltas con tierra, los trozos de hábito o de ropa, la madera podrida de los ataúdes, todo daba pábulo a su charla pintoresca.
Al relatar el traslado de algún cuerpo recién enterrado, se lucía; entonces los detalles realistas eran tan terribles que a cualquier persona sencilla se le ponían los pelos de punta.
Salían a relucir los gusanos blancos y las gurgujas verdes, y al último la gente no sabía si temblar de asco o echarse a reír.
Él no tenía repugnancia por nada.
-Los mejores caracoles que hay comido -solía decir-, los hay cogido en la tumba del difunto párroco. Nunca los hay comido mejores.

lunes, 24 de mayo de 2010

PÍO BAROJA. CUENTO. "Médium"

Pío Baroja
Médium
Soy un hombre tranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.
Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar, no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.
La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.
Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa… ¡Ah!
¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:
Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.
Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.
A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.
La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia.
No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.
Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.
Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.
Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.
La madre, con voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara…
—Hay que estudiar —dijo, a modo de conclusión, la madre.
Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.
Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.
Cuando concluimos el curso va no veía a Román; estaba tranquilo; pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara…, tan rara.
Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.
—¿Qué tienes? —le pregunté.
Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.
Luego, en voz baja, murmuró:
—Ha sido mi hermana.
—¡Ah! Ella…
—No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.
Días después me contó, temblando de terror que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera se abría la puerta y no se veía a nadie.
Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta…, llamaban… abríamos…, nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida…; llamaban…, nadie.
Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó…, y los dos nos miramos estremecidos de terror.
—Es mi hermana, mi hermana —dijo Román.
Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica:
"Abracadabra".
Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.
Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica.
Todos los días íbamos a pasear juntos, llevábamos la máquina en nuestras expediciones.
Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.
Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.
Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro
terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.
Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.
¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo… ¡Ah!
¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.