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jueves, 10 de marzo de 2016

CINE Y DERECHOS DE LA MUJER. "Cinco cosas que te preguntarás sobre Turquía cuando veas 'Mustang'"

   En "eldiario.es":

Cinco cosas que te preguntarás sobre Turquía cuando veas 'Mustang'

Este viernes 11 de marzo se estrena Mustang, la historia de cinco Vírgenes Suicidas turcas atrapadas en La Casa de Bernarda Alba
De la película, candidata al Oscar por Francia a la Mejor Película Extranjera y ópera prima de Deniz Gamze Ergüven, surgen algunas cuestiones sobre la situación de las protagonistas que hemos intentado responder
“Una de las cosas que más me molesta en Turquía es la sexualización constante y horrible de la mujer”. Así expresaba Deniz Gamze Ergüven el origen de su ópera prima, Mustang. Una mezcla entre Las Vírgenes Suicidas y  La Casa de Bernarda Alba con sello turco (de francesa sólo tiene la producción y la candidatura al Oscar), que toma esa raza de caballo como metáfora de la “belleza salvaje” de cinco hermanas oprimidas por el sistema patriarcal tradicional que intentan buscar una vía de escape.
"Todo el pueblo habla de vuestra obscenidad", les dice su abuela después de que una vecina las vea jugar en las olas del Mar Negro con unos niños. Hemos intentado responder algunas dudas que se plantean tras el shock que supone su visionado. Para ello, la investigadora en Estudios Turcos Contemporáneos Carmen Rodríguez comienza con una aclaración: “en Turquía hay muchas Turquías. Depende del ámbito regional, de la clase; hay mujeres que llevan una vida totalmente laboral y personal plena, y otras en situación de indefensión, de discriminación de género, explotadas fuera y dentro de casa”. La zona rural oriental, donde se desarrolla la película, es sin duda “muy tradicional, conservadora; es normal que haya chicas bajo presión social”.
Mustang, las Vírgenes suicidas turcas
Mustang, las Vírgenes suicidas turcas

¿Cuál es la situación de la mujer en Turquía?

Rodríguez nos explica, para comenzar, algo de historia del feminismo turco. “Los movimientos feministas ya existían en el Imperio Otomano. Cuando se proclama la República, en 1923, se desarrolla el conocido como feminismo kemalista (por el dirigente Mustafa Kemal Atatürk). Se producen importantes avances en el ámbito público, laboral y educativo. En 1930 las mujeres consiguen el derecho al voto local; en 1934, el general. Pero en el ámbito doméstico, continúa la cultura patriarcal”, explica.
Después del Golpe de Estado de 1980 encabezado por el general Kenan Evren, "Turquía se sumerge en la segunda ola del feminismo. Hay acento en los derechos políticos, pero también en conseguir igualdad en lo privado. Entran entonces en juego cuestiones como la violencia machista, la identidad de género o el cuerpo”, continúa. Desde entonces, en Turquía se han desarrollado movimientos feministas muy potentes.
En 2001, gracias en parte a la presión de esos grupos, se modifica el Código Civil, "otorgando igualdad dentro de la casa a esposas y esposos". En 2005 también consiguieron que desapareciera el lenguaje patriarcal del Código Penal, “como las referencias al honor”.
Sin embargo, con los gobiernos de la AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo, fundado por el ahora presidente Erdogan) se han producido “un giro autoritario que se ha reflejado en un retroceso de la función de la mujer”. En la mañana de este martes, el Primer Ministro abogaba por un cambio constitucional y una igualdad de género “a la turca, lo que sus críticos sospechan que significará una visión muy conservadora del papel de la mujer”, opina Rodríguez. Anteriormente, ya había amenazado con imponer  leyes más rígidas contra el aborto y la anticoncepción.

¿Sigue habiendo matrimonios forzosos?

En Turquía el único matrimonio reconocido es el civil, “pero es verdad que en determinadas zonas existe el matrimonio religioso clandestino. La AKP no ha evitado que se mantenga esa situación, que coloca a la segunda mujer en un lugar de indefensión”, explica esta experta.
En la última década, según este reportaje de El País, más de 500.000 niñas menores de edad han sido desposadas con ese tipo de enlaces. La mayoría de edad son los 18, el matrimonio está permitido desde 17 (en casos excepcionales, desde los 16). En 2008,  una investigación realizada por el departamento de Estudios de la Población de la Universidad Hacettepe aportó el dato de que cerca del 40% de las mujeres turcas entre 15 y 49 años se habían casado siendo menores de edad.
En la misma línea, otro estudio presentado en la Conferencia sobre el Matrimonio Forzado, celebrado en diciembre de 2015 en la Universidad de la provincia occidental de Izmir, indicaba que la causa principal de muerte de mujeres entre los 15 y 19 años está relacionada con el embarazo o el parto, y el 94,7% de jóvenes que abandonan sus estudios son mujeres y lo hacen por motivos vinculados al matrimonio.
Además, en muchos casos los deseos de escapar que tienen las protagonistas deMustang desemboca en consecuencias terribles que el film no llega a reflejar: los crímenes de honor. En abril del pasado año, una participante del Operación Triunfo turco fue tristemente célebre por recibir un disparo en la cabeza como castigo a sus aspiraciones en el mundo de la canción. Anteriormente, ya había denunciado amenazas de muerte por parte de la familia de su padre.
Las protagonistas de 'Mustang'
Las protagonistas de 'Mustang'

¿Qué pasa con la virginidad?

En la película, una de las hermanas no sangra tras la primera noche de bodas. Su nueva familia política decide enviarla al hospital para comprobar si lo que ocurre es que les ha mentido y no es virgen.
No se especifica en qué momento se sitúa la trama, pero podemos adivinar que es en algún momento de los 90 o 2000, el tiempo de adolescencia de esta directora nacida en Turquía y emigrada a Francia. En esa época, esa situación podía ser viable. Los 'tests de virginidad' se abolieron  con el mencionado cambio del Código Civil del gobierno de Bülent Ecevit, basado en las exigencias de la Unión Europea en materia de Derechos Humanos. Sólo un año antes, el mismo gobierno aprobó la realización forzosa de esa prueba a estudiantes de secundaria. Cinco jóvenes prefirieron suicidarse antes que pasar por ese trance.

¿Hay tanta diferencia entre Estambul y el resto de Turquía?

Estambul es desde el principio el objetivo en el plan de huida de estas niñas. Rodríguez lo entiende perfectamente: “es una ciudad que le da diez mil vueltas a Madrid en cosmopolita. Ahí están las mejores universidades de Turquía, el lugar donde puedes vivir una vida anónima e independiente. En Turquía hay una correlación total entre la educación y la independencia”. Quizá por eso no sea casualidad que la maestra de las protagonistas tenga un papel fundamental en el filme.
Con motivo del Día de la Mujer, la Fundación por la Investigación de Política Económica de Turquía (TEPAV) ha publicado un estudio que revela que la de Estambul es con diferencia la provincia que mejor puntuación obtiene en lo que a igualdad de género se refiere.  Los factores que se tuvieron en cuenta para el estudio fueron el campo de la salud y el laboral y la representación política y económica de la mujer. Turquía, de manera global, ha tenido avances en cuanto a igualdad de género estos últimos años, pero el último índice global de Naciones Unidas, de 2014, todavía la sitúa en el puesto 71 mundial. 

¿Existen los partidos de fútbol sólo para mujeres?

Uno de los momentos más tiernos y esperanzadores del filme se produce cuando las protagonistas logran acudir a un partido de fútbol con entrada limitada a mujeres tras una penalización a los espectadores masculinos. Y sí, efectivamente, esto ocurrió. Los encuentros futbolísticos turcos eran conocidos por el ambiente de extrema violencia en sus gradas. En el año 2011, después de que los aficionados al Fenerbahçe llegaran a invadir el campo de manera agresiva, la Federación turca tomó la medida drástica de cerrar su estadio y que el encuentro se disputase sin público.
Pero más tarde se modificó con una medida pionera que consistió en prohibir la entrada a los partidos de equipos sancionados a hombres y niños mayores de 12 años. El primer partido en el que se aplicó la norma fue entre el Fenerbahce y el Manisaspor en septiembre de 2011. Entre el público, 41.000 mujeres y niños. Los jugadores lanzaron flores a la grada.

lunes, 6 de abril de 2015

PRENSA. "Armenia: el primer genocidio del siglo XX". Antonio Elorza

   En "El País":

Armenia: el primer genocidio del siglo XX

Todavía siguen vigentes las ideas de dos destacados intelectuales turcos, Pamuk y Dink, que ponen en cuestión la negativa oficial a reconocer un horrible crimen contra la humanidad cometido hace ahora cien años


EVA VÁZQUEZ

"¿Quién habla hoy aún del exterminio de los armenios?”. La frase de Hitler, pronunciada el 22 de agosto de 1939, aludía a la inminente campaña de Polonia y anunciaba la dimensión genocida de su política de guerra, culminada con la Shoah. Años atrás, la matanza de los armenios había herido la sensibilidad de un joven judeopolaco, Rafael Lemkin, quien en lo sucesivo empleará todos sus esfuerzos para crear una normativa internacional dirigida a impedir la repetición de tales crímenes. Más aún tras subir Hitler al poder. No lo consiguió y ello supuso que en Núremberg los crímenes nazis fueran condenados desde la inseguridad de normas establecidas ex post facto. Y a pesar de que Lemkin obtuvo la sanción por la comunidad internacional del crimen de genocidio, tampoco ese logro personal significó la puesta en marcha de una jurisdicción universal efectiva para su castigo, salvo en casos de debilidad del Estado culpable (Ruanda, Serbia).
La tragedia armenia de 1915 responde puntualmente a la definición del genocidio por Lemkin. Fue la puesta en práctica de un conjunto de acciones criminales, con el propósito logrado de destruir un pueblo, a partir de un plan preconcebido desde supuestos ideológicos racistas y con medidas complementarias del aniquilamiento físico, tales como una expropiación generalizada. El procedimiento empleado consistió en conjugar la eliminación sistemática de la población masculina con una deportación masiva de ancianos, mujeres y niños, obligados a recorrer a pie cientos de kilómetros, en verano y en el secarral anatolio, sin apenas recursos y sometidos a las agresiones de paramilitares, bandas kurdas y de los propios guardianes. Para acabar en campos de concentración (Alepo) o de exterminio (Deir-es-Zor). El balance más aceptado habla de 1,2 millones de muertos sobre una población previa superior a dos millones. Al término de la Guerra Mundial, con el Imperio derrotado, las autoridades otomanas hacían una estimación de 800.000 víctimas. Mustafá Kemal admitió la cifra y condenó “el exterminio de los armenios”.
La determinación del genocidio correspondió al Gobierno nacionalista de los jóvenes turcos, quienes en la revolución constitucionalista de 1908 parecieron compartir la idea de una ciudadanía igualitaria con las minorías étnico-religiosas (griegos, armenios, judíos). Hasta entonces, estas convivían bajo la autocracia del sultán en una situación de pluralismo subordinado. Subordinado, porque del mismo modo que existía la superioridad del estamento militar (askari) sobre la masa civil (reaya, literalmente “el rebaño”), en el plano jurídico la población musulmana (turca) prevalecía sobre las minorías, calificadas peyorativamente hasta hoy como yaurs, infieles. La tolerancia otomana tenía además la contrapartida de que cualquier disidencia frente a su dominación desencadenaba una acción punitiva implacable. Las insurrecciones nacionalistas del siglo XIX en los Balcanes fueron ocasión de comprobarlo, y generaron de paso una creciente desconfianza frente a los armenios, cuyo núcleo principal de asentamiento, al margen de Constantinopla, se encontraba aislado en Anatolia oriental. De ahí que cuando el Congreso de Berlín, por el artículo 61, conminó al sultán Abdulhamid II a otorgar reformas a los armenios y protegerles de kurdos y circasianos, el resultado acabó siendo el contrario. Allí donde se esperaban reformas, lo que hubo en 1894-1896 fueron matanzas con decenas de miles de víctimas, repetidas en 1909.
Además el proyecto de modernización política de los jóvenes turcos pronto rechazó el pluralismo, para imponer, desde un nacionalismo militarista, una sociedad turca racial y culturalmente homogénea. Turquismo e islamismo eran los dos pilares en la concepción del ideólogo del movimiento, Ziya Gökalp, autor citado por Erdogan. Las minorías habían de aceptar la superioridad del hombre turco; en caso contrario, la “nación dominante” se liberaría de “elementos cuya deslealtad era evidente”, protegiéndose así de “los pueblos extranjeros” habitantes del Imperio. El principio de la política genocida quedaba asentado. Únicamente faltaba que la derrota otomana por los Estados balcánicos en la guerra de 1912-1913 provocase un éxodo de musulmanes a Anatolia y la consiguiente frustración del vértice militar joven turco, para que el odio al yaur se tradujese en voluntad de aniquilamiento. Así fue cómo sus líderes, Enver Pachá y Talât Pachá, en el Gobierno tras la derrota y fieles a la ideología racista, vieron en la entrada del Imperio en la gran guerra la oportunidad para su ejecución.

“¿Quién habla hoy aún de aquel exterminio?”, se preguntaba Adolf Hitler en 1939
Tras “largas y serias deliberaciones” (Talât) la dirección joven-turca, el Comité de Unión y Progreso (CUP) resolvió definitivamente en marzo de 1915. Siguió la detención de cientos de notables armenios en Constantinopla —de 200 a 650—, la noche del 24 de abril, deportados o asesinados. La única mujer en la lista, la escritora Zabel Yesayan, logró huir; murió en 1940 en el Gulag. La comunidad quedaba descabezada. El 27 de mayo, por iniciativa de Talât, ministro del Interior, el Gobierno decide la deportación general para los armenios en Anatolia oriental. Pero el proceso se inicia mucho antes, en enero-febrero de 1914, cuando Enver Pachá, ministro de la guerra, crea la Organización Especial (OE), formación paramilitar antiseparatista. Los griegos serían sus primeros blancos. En agosto de 1914, el CUP activa la OE para ocuparse de “las personas a eliminar en la patria”, cometido que queda verosímilmente perfilado para los armenios en objetivos y procedimientos desde diciembre, con Talât y el responsable de la OE, Bahettin Shakir, al frente. A partir de fines de 1914 se suceden hechos precursores de un aniquilamiento masivo en el marco de las deportaciones, del cual han quedado abrumadores testimonios de misioneros y cónsules neutrales, incluso de los aliados alemanes. Talât Pachá se lo explicó al embajador norteamericano Henry Morgenthau: “Hemos liquidado ya la situación de las tres cuartas partes de los armenios”; “No queremos ver armenios en Anatolia; pueden vivir en el desierto, pero no en otra parte”.
El 24 de mayo de 1815, Inglaterra, Francia y Rusia habían anunciado al Gobierno otomano su propósito de castigar los crímenes cometidos “contra la humanidad y la civilización”. Llegó la hora con la derrota otomana. Como consecuencia, tras el armisticio de octubre de 1918, los aliados se propusieron establecer un tribunal internacional para dichos crímenes, ahora incrementados en número exponencialmente, pero los desacuerdos en composición y base jurídica, anuncio de lo que ocurrirá en Núremberg, anularon el intento. Tocó a la justicia otomana reconocer el carácter criminal de las matanzas, su terrible volumen, y castigar a los culpables. Ya huidos, fueron condenados a muerte en ausencia Enver, Talât, Çemal y Nazim Bey, y ejecutado un responsable local, el llamado “verdugo de Yozgat”. Poca cosa, compensada por una importante documentación probatoria, hoy en la Library of Congress.
Más tarde no faltó el epílogo de los miles de griegos y armenios asesinados y deportados tras la ocupación de la yaur Esmirna, en septiembre de 1922, una vez vencida la invasión griega. Kemal fue aquí testigo pasivo.

El Gobierno nacionalista fue el responsable de la decisión que condujo a la masacre
Dos destacados intelectuales, el novelista Orhan Pamuk y el periodista turco-armenio Hrant Dink, se preguntaban hace una década por la inexplicable negativa de la Turquía democrática a reconocer el exterminio armenio. Admitirlo en 1920 hubiese sido suicida, puesto que equivalía a legitimar la desmembración de Turquía, pero esa razón no era válida un siglo más tarde. ¿Por qué identificarse con los crímenes de unos antepasados, que además no fueron todos los antepasados, ya que la primera condena de las matanzas y de sus culpables corrió a cargo de consejos de guerra otomanos, e incluso Mustafá Kemal la refrenda en octubre de 1919 al exigir la exclusión “de los unionistas y personas que se mancharon con los actos depravados de la deportación y de la matanza?”. Pero Dink fue asesinado en 2007, y Pamuk sufrió acusaciones y una durísima campaña como enemigo de “la dignidad de la nación”. Sus ideas, no obstante, avanzaron. El alcalde de Kars, hoy turca, antes armenia, levantó una “estatua de la humanidad” por la reconciliación de ambas naciones. Erdogan impulsó su demolición, y ahora remite el tema a unos archivos depurados desde 1918.
Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

jueves, 27 de junio de 2013

PRENSA. "La crisis siria se desborda hacia Turquía". Hugh Pope

Hugh Pope

   En "El País":

La crisis siria se desborda hacia Turquía

En el centro de la estrategia de Erdogan de combinar islam y democracia más crecimiento e influencia regional estaba una íntima relación con el régimen de Bachar el Asad. Ahora la catástrofe llega a sus puertas

 21 JUN 2013

Durante este mes de junio, el malestar en Turquía no solo han zarandeado la fama de todopoderoso del primer ministro Tayyip Erdogan sino que también han desviado la atención de un costoso y en ocasiones violento problema que se cierne sobre el país: el de su frontera meridional con Siria.
En el último tramo de la década de 2000, Turquía se pasó el tiempo esperando que el boom económico, el prestigio de su combativo primer ministro Erdogan y la oleada de admiración regional que despertaba la exitosa combinación de islam y democracia le reportaran influencia y beneficios en Oriente Próximo.
En el centro de esta estrategia estaba una íntima relación con el régimen sirio de Bachar el Asad, paradigma de la política de “cero problemas” turca. Los dos países firmaron acuerdos modélicos sobre exención de visados para viajar, libre comercio e integración de infraestructuras. En las cumbres, sus mandatarios se presentaban con la mitad de sus Gobiernos. Los Asad llegaron incluso a almorzar con los Erdogan en vísperas de sus vacaciones de 2008 en lariviera turca.
Ahora la catástrofe siria ha caído de lleno a la puerta de Turquía: hay 450.000 refugiados y la ONU pronostica que serán el doble al finalizar este año; atender a esa marea conlleva una factura —creciente— de mil millones de dólares, de la que solo una décima parte está cubierta por los donantes extranjeros, y las tensiones en la frontera aumentan. A comienzos de mayo, las explosiones de coches-bomba en una localidad fronteriza turca, importante por ser centro de acogida de refugiados sirios y por alojar oficinas de la oposición del país vecino, causaron 52 muertos. Desde abril, las fuerzas aéreas de Siria han bombardeado en dos ocasiones posiciones cercanas a un importante paso fronterizo turco, segando la vida de siete sirios, hiriendo a otras 100 personas y causando daños en un almacén y una base de la oposición. En mayo, en otro paso fronterizo, los sirios se amotinaron cuando se les impidió el paso, dispararon y mataron a un policía turco, hirieron a otras once personas y quemaron edificios y vehículos.
El incremento de la inestabilidad regional desde 2010 también ha perjudicado a la posición de Turquía en Oriente Próximo. La guerra en Libia afectó muy negativamente a los contratos que Turquía había firmado en el país. Para los mercados regionales, la pérdida de las rutas que utilizaban los camiones en Siria ha venido a unirse a la inutilización de las rutas iraquíes. El respaldo de Ankara a los grupos de oposición armada sirios ha alimentado una percepción negativa: la de un país que no solo actúa como un aspirante a potencia hegemónica suní sino que también toma partido dentro del mundo árabe no chií. Para los analistas árabes e iraníes, Ankara, con una actitud soberbia, está intentando imponer un modelo de dominio regional de cuño otomano.
Está claro que la culpa principal del embrollo en Oriente Próximo no la tiene Turquía, aunque algunas de su políticas sí han empeorado las cosas. Cuando sus esperanzas en la región alcanzaban su punto culminante —acompañadas verdaderamente de un incremento sustancial del comercio con una zona que absorbe un cuarto de las exportaciones turcas-, Turquía desairó sistemáticamente a su mayor inversor y principal socio comercial: la UE, con la que desde 2005 negocia para poder formar parte de ella. En busca de popularidad interna y regional, Erdogan lanzó apasionados ataques contra Israel, pero de camino perdió su valiosa imagen de árbitro regional. Además, la intensidad con la que cambió de política para pedir en agosto de 2011 la destitución de Asad dejó a Turquía en un callejón sin salida.
En la actualidad, Ankara está cambiando de rumbo en algunos aspectos. Al iniciarse la guerra en Siria, Turquía se apresuró a calmar la inquietud popular aceptando que sus socios de la OTAN le proporcionaran misiles Patriot. Después de años de marear la perdiz en sus relaciones con la UE, ahora Erdogan visita con más frecuencia sus Estados miembros, impulsando suavemente unas negociaciones de acceso empantanadas desde 2007. Ha dado a entender que ve una “oportunidad” de avanzar hacia un acuerdo sobre el dividido Chipre y sus ministros han alabado la posibilidad de que se construya un gasoducto entre Israel, Chipre y Turquía. En vísperas de su viaje a Washington del 16 de mayo, y bajo presiones estadounidenses, Erdogan también remendó parcialmente su relación con Israel, aceptando sus disculpas por el asesinato en 2010 de ocho ciudadanos turcos y turco-estadounidenses que intentaban llevar ayuda a los palestinos de Gaza.
Sin embargo, mucho queda por hacer para solucionar el desbordamiento hacia las fronteras turcas de la crisis siria. Los principales donantes occidentales deberían ser mucho más generosos con Turquía y colaborar eficazmente con sus organizaciones humanitarias. Pero Ankara también tiene que racionalizar los trámites para permitir el trabajo de acreditadas ONG internacionales. Poco puede quejarse Turquía de falta de apoyo occidental, porque, dos años después de iniciarse la crisis, solo ha permitido actuar legalmente a tres organizaciones.
También resulta difícil llegar a los muchos necesitados que hay dentro de Siria cuando las potencias extranjeras no están dispuestas o no pueden crear una zona de seguridad. Damasco se niega a permitir la provisión de mercancías que no haya controlado y ha puesto muchas dificultades burocráticas a las organizaciones humanitarias. Las zonas controladas por la oposición tampoco son seguras para los extranjeros, ya que el régimen sirio ataca objetivos civiles.
Hay iniciativas innovadoras de envío de ayuda al “punto cero” de la frontera turco-siria que merecen atención y que habría que ampliar. Los expertos en atención humanitaria destacados en la región informan de que en cierta medida los sirios se están especializando en documentar y filmar situaciones que demuestran que la ayuda llega a las manos adecuadas. Sin embargo, el sistema sigue siendo limitado e insuficiente para por los menos tres millones de sirios que habitan zonas controladas por los rebeldes.
Otro de los problemas de Turquía es la insistencia de su Gobierno en la religión. No cabe duda de que Turquía es un importante Estado suní y también progresista, pero la pretensión de convertir ese credo en un elemento político esencial es ahora un factor de tensión y polarización, para la región y para el diez por ciento de alevíes heterodoxos que incluye la población turca. El miedo que suscita la amenaza islámica también ha sido un importante catalizador para que los turcos laicos se lanzaran a las calles durante los incidentes de junio. Turquía ya tiene una larga experiencia de rivalidad regional con Irán, pero debería esforzarse por evitar una innecesaria agudización de tensiones, que podría derivar en enfrentamientos por poderes en Siria o Irak. Los nuevos campos de refugiados deberían estar bastante alejados de la frontera para no dar la impresión de que se utilizan como bases en la retaguardia.
Siria es ya un Estado fallido y Turquía, al margen de los errores que haya cometido durante los recientes disturbios, es una pujante y próspera democracia que necesita defender todo lo que podría perder. Puede que el conflicto sirio entre en una escalada todavía mayor y hasta ahora la crisis ha demostrado que Turquía no tiene capacidad para imponer una solución, ni diplomática ni militar. Aunque el mundo haga más por armar a la oposición de Siria, no parece probable que de ese modo se derroque a Asad. Por eso, Ankara haría bien en abandonar las ilusiones que alberga sobre una rápida resolución de la catástrofe siria y pasar a defender sus intereses vitales con una retórica más sosegada, seguir reconstruyendo sus deshilachadas relaciones con sus aliados occidentales tradicionales y adoptar una estrategia realista para el medio plazo, que la sitúe equilibradamente en su posición natural entre el este y el oeste.
Hugh Pope es director del proyecto Turquía / Chipre del International Crisis Group. Ha escrito, entre otros libros, Turkey Unveiled: A History of Modern Turkey.
Traducción de Jesús Cuéllar Menezo

martes, 18 de junio de 2013

PRENSA. "Contra la actitud intimidatoria de Erdogan". Timothy Garton Ash

Timothy Garton Ash

   En "El País":

Contra la actitud intimidatoria de Erdogan

Debemos apoyar a quienes defienden los mismos valores que nosotros en la plaza de Taksim en Estambul, pero no se puede esperar que Turquía se convierta de pronto en una Francia en el Mediterráneo oriental

 17 JUN 2013

Otro año más, otro país más, otra plaza más: después de la plaza de San Wenceslao en Praga, la plaza de la Independencia en Kiev, la plaza Azadi en Teherán, la plaza Roja en Moscú y la plaza de Tahrir en El Cairo, ahora nos encontramos con la plaza de Taksim en Estambul. Todas ellas se muestran al mundo entero a través de unas imágenes fotográficas icónicas. Aquí, es esa joven con un vestido rojo, Ceyda Sungur, profesora de la Universidad Técnica de Estambul, mientras un policía antidisturbios le arroja gas lacrimógeno desde cerca. Los símbolos nacionales, las banderas y los colores cambian —verde en Irán, naranja en Kiev, rojo en Estambul—, pero la esencia de la imagen es la misma. Una joven moderna, urbana, seguramente laica, se enfrenta al hombre armado, con casco, sin rostro. Él representa a las fuerzas de la reacción, el autoritarismo y la dominación, ya sea al servicio de los ayatolás, el presidente Vladímir Putin o ese sultán frustrado que es el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan.
Vemos esta iconografía de la protesta pacífica, y sabemos de inmediato de qué lado estamos. Estamos con ellos. Ellos son de los nuestros; nosotros somos su gente. Influidos por el poder de sugestión de las imágenes visuales seleccionadas por las televisiones y los responsables de fotografía de los periódicos, así como por las preferencias colectivas espontáneas de las redes sociales, tenemos el sentimiento semiconsciente de que estamos ante una misma y larga lucha.
En cierto modo, ese sentimiento no está del todo descaminado. Existe hoy en el mundo entero una especie de Quinta Internacional de hombres y mujeres jóvenes, más preparados, que en su mayoría residen en ciudades, que se reconocen y se entienden en todas partes, desde Shanghái hasta Caracas y desde Teherán hasta Moscú. Como la generación de 1968, tienen algo en común, pero esta vez se extiende a todo el planeta. En parte, porque viajan mucho, viven y estudian en varios sitios. Aquí, en Berlín, acabo de ver a una estudiante turcoalemana o germanoturca que participó en las protestas, llamada Ebru Dursun, explicar con calma a los teleespectadores, en un alemán impecable, qué está ocurriendo y a qué aspiran los manifestantes como ella.
En otro aspecto, este sentimiento nos puede arrastrar a una deriva peligrosa. Cada una de esas plazas representa un momento distinto en un contexto muy diferente, y los resultados también han sido de lo más variado. En la plaza de Taksim, hasta que la limpiaron de forma brutal con cañones de agua, gas lacrimógeno y porrazos de la policía, había también gente de la minoría aleví del país, “musulmanes anticapitalistas”, hinchas de fútbol de tres clubes rivales, sufíes, anarquistas y yoguis. Todos estaban unidos en una misma causa: impedir que Erdogan sea un nuevo sultán, como sucedería si el año que viene logra convertirse en un presidente ejecutivo y reforzado.

El líder turco ha pasado de ser un modelo de esperanza para la región a un símbolo del miedo
Cuando el primer ministro regresó a Turquía, después de un viaje al extranjero, se subió a su autobús de dos pisos y proclamó a sus partidarios: “Desde aquí saludo a las ciudades hermanas de Estambul: Sarajevo, Bakú, Beirut, El Cairo, Skopje, Bagdad, Damasco, Gaza, Ramala, La Meca y Medina”. Vaya lista. La mayoría de los dirigentes políticos sucumben a la soberbia cuando llevan más de 10 años en el poder. Erdogan, que siempre tuvo una personalidad autoritaria, lo ha hecho desde su reelección en 2011, tras la cual apartó a sus asesores más independientes, pero su soberbia está adquiriendo dimensiones gigantescas. Una consecuencia es ya innegable: aunque permanezca en el poder, su reputación internacional nunca se recobrará. Con sus diatribas sobre “el fin de la tolerancia” y sobre los “vándalos”, “provocadores” y “terroristas”, ha pasado de ser un modelo de esperanza para la región a un símbolo del miedo.
También debemos dejar claro lo que no es este fenómeno. Una pancarta improvisada en la zona que los manifestantes llamaban “Resistambul” decía “Ahora, Tahrir es Taksim”. Pero Taksim nunca ha sido Tahrir, ni mucho menos Tiananmen, porque Turquía no es una dictadura. Es una democracia electoral. Una democracia muy imperfecta, desde luego, con un Estado de derecho debilitado, insuficientes derechos para las minorías y unos medios de masas intimidados o manipulados —Turquía ha encarcelado a más periodistas que China—, pero una democracia. Y en las últimas elecciones, Erdogan obtuvo el 50% del voto popular.
Otra cosa que tampoco es la protesta en Turquía, es lo que sugiere en tono siniestro Erdogan: una especie de conspiración occidental. Puede que los manifestantes a los que nos gusta enfocar con las cámaras asuman los valores que consideramos europeos y occidentales, pero no como resultado de ninguna política de Europa ni Occidente. Hace 10 años, cuando la gente en Turquía creía todavía que la Unión Europea pensaba verdaderamente cumplir su promesa de negociaciones para su entrada, habría podido parecer que unas manifestaciones de ese tipo eran parte de un largo recorrido nacional “hacia Europa”. Pero ahora esa fe en el atractivo de la pertenencia a la UE está muy desvaída. De modo que, si los turcos adoptan esos valores, lo hacen por los principios, no como medio para lograr ningún fin geopolítico o económico. Lo irónico es que ese cambio puede ser positivo, porque entonces lo que estamos viendo es una batalla turca por las libertades turcas, nada más y nada menos.

Esa fe en el atractivo de la pertenencia a la Unión Europea está ahora muy desvaída
Hace unos días pregunté a un astuto observador político turco, recién llegado de Estambul, qué debían hacer los dirigentes europeos como reacción a “Taksim”. Su respuesta fue: nada. Que sean los propios turcos. Me mostré de acuerdo con él, pero hoy ya no puedo estarlo. Ante la arrogancia con que Erdogan intimida a su pueblo, los líderes europeos deben alzar la voz, aunque, como le sucedió al comisario de Ampliación de la UE, Stefan Füle, el aspirante a sultán se quite los auriculares de la traducción simultánea mientras está oyendo el mensaje.
No obstante, debemos encontrar un justo medio. Tenemos que mostrar una solidaridad total con quienes están defendiendo unos valores que compartimos, con esas jóvenes de las fotos a las que reconocemos de manera instintiva como parte de “nosotros”. De hecho, hay algunos que son verdaderamente “nosotros”, en el sentido estricto de que viven al menos parte del tiempo en Europa y son ciudadanos europeos.
Ahora bien, al mismo tiempo, debemos reconocer que no son ellos quienes ganaron las últimas elecciones ni probablemente ganarán las próximas. Desde el punto de vista político, un resultado realista es que venza el presidente actual, Abdullah Gül, junto con los moderados pertenecientes a su corriente del partido en el Gobierno. Incluso en una democracia liberal más genuina, el “modelo turco” no sería una especie de República Francesa en el Mediterráneo Oriental. En el mejor de los casos sería una combinación de laicismo y democracia, con el reconocimiento del islam como religión mayoritaria. Entonces podría volver a ser un polo de atracción para gran parte de Oriente Próximo, además de candidato serio a la Unión Europa. Si Turquía avanza en esa dirección en los próximos años, en parte como consecuencia de este momento en Taksim, los manifestantes reprimidos con gas no habrán derramado sus lágrimas en vano.
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde dirige www.freespeechdebate.com, e investigador titular de la Hoover Institution, Universidad de Stanford. Su último libro es Los hechos son subversivos: Ideas y personajes para una década sin nombre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

jueves, 20 de diciembre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Los objetos viajan por rutas misteriosas". Orhan Pamuk, Nobel de Literatura.

En su juventud el Nobel Orhan Pamuk sacaba fotos de Estambul, sede de su Museo de la Inocencia, abierto hace medio año. / RICHARD KALVAR (MAGNUM). ("El país")

   En "El País":

Los objetos viajan por rutas misteriosas

Una nueva generación, "tan moderna como no occidental", ha creado la forma de contar historias

 17 NOV 2012

Los museos que visité en mi infancia, no solo en Estambul, sino incluso en París, adonde fui por primera vez en 1959, eran lugares desprovistos de alegría, insuflados de la atmósfera de una oficina gubernamental. En consonancia con esa misión sancionada por el Estado, y compartida por la escuela, de contarnos la "historia nacional” en la que se supone que debemos creer, estos grandes museos contenían exposiciones autoritarias de objetos diversos cuyo propósito no terminábamos de comprender, y que pertenecían a reyes, sultanes, generales y líderes religiosos cuyas vidas e historias estaban muy alejadas de las nuestras. Era imposible establecer una conexión personal con ninguno de los objetos expuestos en estas instituciones monumentales. Aun y con todo, sabíamos perfectamente lo que se suponía que debíamos sentir: respeto por lo que se conoce como “historia nacional”; miedo del poder del Estado, y una humildad que ensombrecía nuestra propia individualidad.

El rico protagonista de la novela colecciona cualquier objeto tocado por su amada 
La idea del Museo de la Inocencia ya estaba formada en su totalidad en mi mente a finales de los años noventa: se trataba de crear una novela y un museo que contaran la historia de dos familias de Estambul, una adinerada y la otra de clase media baja, y del romance obsesivo de sus hijos. La novela iba a girar en torno a un hombre rico que se enamora de su prima, más pobre, en el Estambul de los años setenta, cuando la intimidad sexual fuera del matrimonio era tabú incluso entre la burguesía más próspera y occidentalizada. Esta joven, la hermosa hija de un profesor de historia jubilado y una costurera, corresponde al amor de su pariente rico, en parte porque está buscando la manera de abandonar su empleo como dependienta y convertirse en estrella de cine, pero también porque le ama de verdad. El rico protagonista de la novela, enamorado de su prima, aplaca su desesperación coleccionando cualquier objeto que su amada haya tocado, y a medida que su triste historia alcanza su final, decide que todas estas cosas han de ser expuestas en un museo. Yo creo que si los museos, como las novelas, se centraran más en historias privadas y personales, serían más capaces de extraer y mostrar nuestra humanidad colectiva.
La colección de objetos que yo había empezado a reunir en torno a esta época sería el vehículo, en el museo, de la historia de las familias y de los amantes apasionados. Por un lado, la novela ofrecería un relato realista de la emocionante historia de los amantes —como la historia de Leyla y Mecnum, la versión otomana de Romeo y Julieta— y, por otro, el museo iba a ser un lugar donde objetos de la vida cotidiana en Estambul en la segunda mitad del siglo XX serían desplegados en una atmósfera especial. La novela se publicó en 2008 (y en español en 2009). El Museo de la Inocencia en sí abrió en Estambul hace medio año. Yo llevaba 15 años con este proyecto en mente y tengo toda la intención de seguir trabajando en él durante el resto de mi vida; aquí lo que quiero hacer es explorar adónde ha llegado esta historia hasta el momento, y comentar algunas de sus consecuencias no buscadas.


Una de las vitrinas del El museo de la inocencia.
A principios de 1999 compré una casa en Çukurcuma, no lejos de mi estudio. Empecé a imaginar que Füsun, la heroína de mi novela, viviría en ese edificio con sus padres, y al mismo tiempo me puse a pensar en cómo convertir ese hogar en un museo.
En los años sesenta, cuando yo era un estudiante de bachillerato, cuando todavía pensaba que quería ser pintor, solía venir por estas calles deprimidas para sacar fotos preparatorias para las estampas de Estambul al estilo de Pisarro y Utrillo que me gustaba pintar. Desde que, una noche de 1964, el Gobierno había obligado a emigrar a Grecia a toda la población originaria de allí, la zona se había ido asemejando a una ciudad fantasma. Cada vez que mis padres tenían una de sus incontables, interminables discusiones, nos trasladábamos temporalmente a un piso cercano, en un edificio propiedad de mi abuelo que nos había legado. Cada vez que me tocaba a mí, mi madre me daba un enorme tambor de plástico y me enviaba a la tienda de la esquina a traer gasóleo para la cocina, porque en las ventas de este barrio, en el que los edificios que se erguían a ambos lados de las calles estrechas y oscuras no tenían ni ascensores ni calefacción central, todavía se vendía carbón y gasóleo para las cocinas hasta los años noventa, como seguía siendo normal en las ciudades de provincias. Las pilas de carbón y de madera llegaban al barrio en carretas tiradas por caballos, y se descargaban en las aceras. Por allí no circulaban muchos coches, así que los niños jugaban a la pelota cómodamente en las callejuelas. Las calles menos transitadas estaban salpicadas de antros baratos y burdeles.
A mediados de los años setenta, tras aparcar mis planes de hacerme pintor y arquitecto, estaba intentando terminar mi novela, y, por ese motivo, me había trasladado a uno de los pisos que habíamos heredado de mi abuelo. A veces, las peleas entre los borrachos que visitaban a las chicas de los clubes y los matones que hacían de guardaespaldas de las chicas se alargaban tanto que nosotros, los residentes de aquellas habitaciones frías y oscuras, esperando en vano a que el ruido de la calle se apaciguase para poder dormir, recurríamos al lanzamiento de botellas vacías, bombillas y mandarinas. Después del golpe militar de 1980 se cerraron los burdeles de las callejas de Beyoglu y Cihangir, y la policía se volvió menos tolerante con los carteristas, ladrones y robabolsos; el destino del barrio cambió. Otro elemento que fue decisivo para la evolución de la zona fue, como pude atestiguar de primera mano, el influjo de una nueva generación de coleccionistas de clase media que venían a comprar al pequeño mercadillo de segunda mano cerca del edificio del museo.

Del mercadillo al museo


Si los museos, como las novelas, se centraran más en historias privadas, serían más capaces de extraer y mostrar nuestra humanidad colectiva
Hacia finales de los noventa, con mi novela y mi museo firmes en mi cabeza, empecé a comprar un gran número de objetos en el puñado de tiendas que componían el mercadillo en esta época. En lugar de escribir sobre los objetos (la taza de té, el par de zapatos amarillos, el rallador de membrillo) que utilizaban los personajes de mi novela, y solo entonces salir a buscar sus réplicas físicas, hice lo contrario, lo que entrañaba un proceso más lógico: salía de compras antes, o me llevaba, de las casas de amigos que aún los conservaban, muebles viejos, papeleo diverso, pólizas de seguros, documentos variados, extractos de cuentas bancarias y, por supuesto, fotografías (“para mi museo y mi novela” era la excusa), así que escribí mi libro basándome en todas estas cosas compradas o conseguidas y recreándome a placer en su descripción. Un viejo taxímetro encontrado en una tienda o el triciclo de un niño de casa de un conocido funcionaron como inspiración para nuevas peripecias que estaban aún por escribir. Algunos objetos, en cambio, se quedaron sin usar y no encontraron hueco ni en la novela ni en el museo simplemente porque la historia nunca se movió en una dirección adecuada. Fue lo que pasó, por ejemplo, con el farol de un viejo coche de caballos y con el contador de gas de cuando la ciudad tenía calefacción central, dos objetos comprados con gran entusiasmo. Para 2008, cuando terminé el libro y se publicó en Estambul, mi oficina había sido tomada por toda esta parafernalia, para gran preocupación de mis amigos.
En la novela, la historia del personaje principal, Kemal, sigue la plantilla de un melodrama del cine turco: se enamora de una chica de un ambiente menos privilegiado y sufre un enorme tormento cuando ella se casa con otro. Durante años, él colecciona las cosas que ella haya tocado (una amplia gama de objetos, de colillas a horquillas, de zapatos a informes escolares) para luego exponerlas en un museo. Como él mismo deja claro al final de la novela, el objetivo de Kemal al hacer todo esto es redimir de algún modo su triste y vergonzosa historia y convertirla en algo de lo que pueda sentirse orgulloso. “Entendemos lo que Kemal está haciendo en la novela”, me decían mis amigos, “¿pero por qué estás tú haciendo un museo acerca de lo mismo sobre lo que ya has escrito todo un libro? ¿Es que no crees en el poder de las palabras y de la imaginación de la gente? ¿Es que no crees en la literatura?”.
Quería responder a mis amigos recordándoles algo sobre lo que había escrito en mi libro Estambul: entre los 7 y los 22 años me entregué al arte y soñaba con convertirme en pintor, y desde entonces el artista que yace dormido en el fondo de mi alma ha estado buscando una oportunidad para volver a la vida. También sentía la necesidad de señalar que aunque las novelas apelan a nuestra imaginación verbal, el arte y los museos estimulan nuestra imaginación visual; la novela y el museo se ocupaban, por tanto, de aspectos completamente diferentes de la misma historia. (Precisamente por esto, quienes visitan el museo, ahora que ha abierto, comparten las mismas reacciones, independientemente de si han leído o no la novela). Muchas veces me limitaba a confesar que en realidad no sabía lo que estaba haciendo, y que de hecho ni siquiera me interesaba saberlo —por lo menos no todavía—. Tal vez, les decía, comprenderé el verdadero significado de ese proyecto de novela —y— museo dentro de un par de años, después de inaugurar el museo, y tal vez incluso lo revele a mis estudiantes en la Universidad de Columbia. Pero sí sabía ya una cosa: lo que dispara la mente creativa, en el arte tanto como en la literatura, no es solo la voluntad de transmitir la energía de las ideas, sino un deseo de relacionarte físicamente con determinados temas y objetos.


Orhan Pamuk durante la presentación en 2008 de su libro 'El museo de la inocencia'. / REUTERS
Como parte de mi investigación tanto para la novela como para el museo, pasé mucho tiempo visitando los pequeños museos de las calles menos conocidas de las metrópolis occidentales. Y así, como visitante procedente de un país relativamente pobre y no occidental, fue como me di cuenta por primera vez de que los museos personales y a pequeña escala de las callejas de Europa son mucho más adecuados de lo que puedan serlo los grandes y monumentales museos del Estado para contar la clase de historia que se centra en los seres humanos que nos interesa a los novelistas. También sentía una profunda empatía con las historias personales de coleccionistas obsesivos y en general olvidados. Y finalmente, ojeando los mercadillos de ciudades no occidentales (Bombay, Buenos Aires, San Petersburgo) en los años 2000, me di cuenta de que exactamente los mismos viejos saleros, relojes y cachivaches variados que veía en las tiendas de segunda mano de una Estambul cada vez más próspera podían en realidad encontrarse fácilmente por todo el mundo. Como aves migratorias, los objetos también viajaban por rutas misteriosas. Tal vez se necesite un nuevo campo de estudio (¿modernidad comparada?) para desarrollar y poner por escrito estas observaciones, que seguro han hecho también muchos otros.

Debemos concebir un nuevo tipo de museo que se centre en las historias de los seres humanos como individuos
La vida de mi personaje, Kemal, es la demostración de una verdad: el corazón humano es igual a lo largo y ancho del mundo. Todos nosotros —o por lo menos la mayoría— nos enamoramos, de una u otra manera; la mayoría de nosotros, frente a una pérdida traumática en la vida o en el amor, encontramos consuelo aferrándonos a objetos. Pero el modo como experimentamos el amor o el impulso de acumular cosas cambian de una cultura y de un país a otro. El Museo de la Inocencia se centra en esos coleccionistas con el corazón roto que viven en el medio cuasi-moderno de un país musulmán en el que hombres y mujeres solteros tienen pocas ocasiones para interactuar, y en el que la comunicación a través de miradas, el regalo de objetos, los silencios cargados de significado y los juegos que establecen los amantes para probar obstinadamente la voluntad del otro son tan refinados que alcanzan la categoría de arte.
Los primeros “coleccionistas modernos”, en el sentido occidental, de Estambul surgieron a mediados de los años noventa, justo al tiempo que la ciudad experimentaba un aumento inesperado de su prosperidad. Estos coleccionistas de nueva generación eran más racionales y tenían más confianza en sí mismos que sus predecesores, que ni sabían ni tenían verdadero deseo de entender por qué sentían la necesidad de coleccionar cosas viejas, y a menudo llegaban al final de sus vidas en casas tomadas por los trastos. A la nueva generación le interesaban, entre otras cosas, los pósteres de las películas, las fotografías promocionales de sus estrellas, las figuritas coleccionables de deportistas que venían con los chicles o con las chocolatinas, las cerillas, las postales viejas y las tarjetas telefónicas. Vi las mismas cosas expuestas por coleccionistas de mediana edad y clase media en sus tiendas de Singapur, Hong Kong, El Cairo, México y Brasil. La creciente expansión de Internet a lo largo de la pasada década ha hecho que coleccionar sea más fácil y más habitual, y ha dado pie al surgimiento de una generación de coleccionistas más centrados y más decididos, con base en estas economías en crecimiento. Entre mis amigos con interés por las ciencias políticas y económicas se usa de vez en cuando la expresión “economías emergentes”; mi instinto siempre se inclina hacia la idea de “humanidades emergentes”.
El crecimiento económico que hemos visto en países no occidentales durante los últimos 10 años está permitiendo la aparición de una nueva generación de humanidad, tan moderna como no occidental, cuyas historias estoy seguro de que figurarán, pronto y de forma habitual, en la literatura que leamos. El tema no es demostrar la riqueza de la historia y la cultura china, india, mexicana, iraní o turca —es algo que también hay que hacer, está claro, pero no es una labor difícil—. El verdadero reto estriba en contar, con la misma brillantez, profundidad y potencia, las historias de los seres humanos individuales que están viviendo ahora en esas naciones. Y por eso debemos concebir un nuevo tipo de museo: en lugar de instituciones sancionadas por el Estado albergadas en edificios monumentales que dominan barrios enteros (como el Louvre o el Metropolitan) y que intentan contar una historia nacional, necesitamos imaginar un tipo de museo más humilde, más modesto, que se centre en las historias de los seres humanos como individuos, que no arranca objetos del entorno al que pertenecen, y que es capaz de convertir los barrios y las calles en los que están situados, así como las casas y las tiendas de alrededor, en parte integral de sus exposiciones. Todos ganaremos una comprensión más profunda de la humanidad cuando los comisarios modernos desvíen la mirada de la rica “alta” cultura del pasado —como aquellos primeros novelistas que se cansaron de escribir sagas sobre reyes— y observen, en cambio, las vidas que llevamos y las casas en las que vivimos, especialmente fuera del mundo occidental. El futuro de los museos está dentro de nuestras propias casas. 
Museo de la Inocencia. Estambul. www.masumiyetmuzesi.org/.
El Museo de la Inocencia. Orhan Pamuk. (Mondadori, Bromera, Círculo de Lectores, Galaxia, Debolsillo).
Traducción de Eva Cruz.