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viernes, 24 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Adela Cortina: "Competir o convivir"

Adela Cortina, en su casa de Valencia. / JESUS CISCAR ("El país")

   En "El País":

Competir o convivir

Adela Cortina publica '¿Para qué sirve realmente la ética?' y 'Neurofilosofía práctica'

"Si nos hubiéramos comportado éticamente, no tendríamos una crisis como la actual"

 18 MAY 2013

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Valencia, ciudad en la que nació en 1947. Acaba de publicar ¿Para qué sirve realmente la ética? (Paidós), título que coincide en las librerías con el volumen colectivo Neurofilosofía práctica (Comares) del que es editora. El primero es un paseo por las propuestas más urgentes para la convivencia, con una voluntad, a la vez, divulgadora y provocadora. El segundo, en cambio, es un texto académico en el que se ofrece un panorama clarificador de las principales tendencias en neuroética, así como una selección de los textos más citados en las discusiones al respecto.
PREGUNTA. El primero de los libros citados trata de ética. Pero también de política.
RESPUESTA. El libro pretende responder a la pregunta de para qué sirve la ética. He tratado de dar respuesta a las diversas posibilidades, con formulaciones claras: “sirve para”, y así hasta en nueve ocasiones, que son los nueve capítulos. El punto de partida es que todos los seres humanos somos necesariamente morales. Podemos ser morales o inmorales, pero no amorales. Y lo mejor que podemos hacer es sacar partido de esa manera de ser moral del modo más inteligente posible. De hecho, eso es lo que se ha intentado desde Grecia. De ahí que en el libro haga un recorrido por una gran cantidad de aspectos en los que la ética resulta fecunda. He intentado hacer ver que hay algo muy claro en este momento: si nos hubiéramos comportado éticamente, no tendríamos una crisis como la actual; si la gente se comporta éticamente no se producen crisis como la que estamos viviendo. En este sentido, claro, ética y política están estrechamente relacionadas. El ser humano es persona en sociedad. No hay individuos aislados. La afirmación liberal según la cual hay individuos aislados que un buen día deciden sellar un contrato no deja de ser una hipótesis ficticia. No existen esos individuos aislados, sino personas vinculadas a los demás seres humanos, es decir, en relación política.
P. ¿Dice usted que con más ética no habría crisis?
R. Una sociedad en la que las gentes actuasen con responsabilidad y atendiendo al bien común estaría mucho más preparada para evitar crisis como esta. De ahí que ya en el primer capítulo se afirme que la ética sirve para abaratar costes y crear riqueza, pero no solo en dinero, sino sobre todo en sufrimiento. Si se vive éticamente, se reducen los gastos, sin necesidad de recortes: hay relaciones de confianza, hay relaciones de construcción común, todo resulta mucho más barato en dinero y el excedente puede invertirse en lo que realmente importa.
P. Pero desde una ética capitalista, lo que vale es el máximo lucro en el mínimo tiempo.
R. Las propuestas éticas pueden estar equivocadas. Una propuesta como la capitalista, según la cual la base de la conducta humana es solo el afán de lucro, está radicalmente equivocada. Lo que se muestra cada vez más, desde la biología evolutiva y desde las neurociencias, es que los seres humanos estamos biológicamente preparados para cuidar y para cooperar.

La ética sirve para abaratar costes y crear riqueza, no solo en dinero, sino sobre todo en sufrimiento
P. Será, pero hay quien sigue sin enterarse.
R. Pues ese alguien se equivoca. Optar por el máximo lucro es poco inteligente. Consiste en forzar uno de los lados del ser humano, el del egoísmo, cuando en realidad estamos preparados de una manera natural para la cooperación y el cuidado. Los padres cuidan de los hijos, cuidamos de los parientes y cercanos. Por eso es importante insistir en que el individualismo es falso. Es una abstracción, una creación, que ha resultado muy perjudicial, porque los seres humanos no somos solo maximizadores racionales, sino seres fundamentalmente cooperativos y reciprocadores. Son los chimpancés los que son maximizadores. Por eso cuando las personas persiguen solo su beneficio, se equivocan: están más preparadas para cuidar y cooperar, no se mueven solo por el afán de lucro. El asunto es ¿qué triunfará: el impuso egoísta o el cooperativo?
P. ¿Usted qué cree?
R. Depende de lo que cultivemos.
P. En España, en Occidente, la tendencia es que el cuidado es algo que se compra y se vende. Sea el cuidado sanitario, el de los ancianos o la educación.
R. La crisis actual del Estado de bienestar demuestra una vez más que esas cosas no se compran ni se venden, no pueden quedar sólo al juego del mercado, porque son bienes básicos que tienen que estar al alcance de todos. Y se puede ver en la actitud de una población convencida de que atender a los ancianos, a los dependientes, es esencial. Entre otras cosas, porque valen por sí mismos.
P. La población, sí; pero los Gobiernos van a los suyo.
R. Efectivamente, los primeros recortes han sido para la dependencia, la sanidad, las pensiones. Justo para el mundo de los más desprotegidos, de los que precisan mayor cuidado. En mi opinión, se trata de medidas absolutamente injustas, porque los más necesitados tienen que ser la primera preocupación de una sociedad, precisamente porque son los más vulnerables. La ética sirve, entre otras cosas, para recordar que hay que saber priorizar y que los peor situados han de estar en el primer lugar.
P. En el segundo de los títulos citados, queda claro que no todos los éticos piensan igual.
R. Siempre ha habido distintas propuestas éticas que suponen diversas perspectivas. Nuestro equipo defiende una línea ética, que muestra también tener apoyo neurológico, científico. Es la tradición del reconocimiento, que ha sido defendida por autores como Hegel, Mead, Apel o Habermas. Lo interesante es ahora que estamos viendo que la neurociencia la avala. Que existen en los seres humanos esas propensiones de las que hablamos. Que el individualismo no se sostiene, que el cerebro es social, que el individuo se hace con los otros, que cuando el niño no es suficientemente atendido se ve mermado en sus capacidades. Es decir, la idea de que el apoyo mutuo nos constituye no es una idea abstracta, surgida sólo de la tradición filosófica, sino que tiene también bases científicas.

La educación no puede consistir en formar personas competitivas, sino en educar ciudadanos justos
P. Entre los valores éticos destaca usted la confianza. Hoy se diría que está rota. La ciudadanía no confía en sus dirigentes y, a juzgar por la proliferación de rejas en los edificios, tampoco en el vecino.
R. Sin embargo, la confianza es uno de nuestros más importantes recursos morales. Cuando se establece entre ciudadanos y políticos, empresarios y consumidores, personal sanitario y pacientes, las sociedades funcionan mejor también desde el punto de vista político y desde el económico. Y, por supuesto, en una sociedad impregnada de confianza es mucho más fácil que las gentes puedan desarrollar sus proyectos de vida feliz. La confianza es un recurso moral básico y la ética sirve, entre otras cosas, para promover conductas que generen confianza.
P. Pero hoy no se da.
R. Efectivamente, la confianza nos falta. Se ha perdido por las alcantarillas de los escándalos de corrupción, el hábito de mentir, la perversa costumbre de crispar los ánimos. Pero creo que hay que conquistarla solidariamente, igual que hay que conquistar solidariamente la libertad.
P. Su libro termina con un canto a la esperanza. Se puede cambiar. ¿Cómo se llega a un cambio colectivo?
R. En primer lugar, porque seguimos siendo libres y, por lo tanto, cambiar a mejor es posible. Pero no se puede hacer en solitario, sino trabajando codo a codo. Hemos de construir solidariamente un mundo justo. Hay que decirlo y hacerlo. Y hay muchas gentes, muchas voces en la sociedad civil, tratando de contribuir a que se llegue a una sociedad justa.
P. Hace usted un elogio matizado del 15-M. La indignación, dice, es la base de la lucha por la justicia, pero faltan propuestas.
R. Yo creo que éste es el momento de las propuestas positivas. Cuando se inició el movimiento, muchos nos alegramos de ver que al fin aparecía la gente que criticaba el estado de cosas. Ahora toca pasar a muchas más propuestas concretas y a convertirlas en obras. Necesitamos un consenso social en determinados puntos indiscutibles.
P. ¿Por ejemplo?
R. Es inadmisible que en España haya gente por debajo de los límites de la pobreza, que personas que viven en nuestro país queden sin atención sanitaria, o que hayamos olvidado la ayuda a la cooperación. Acabar con injusticias de este calibre es un objetivo que debe generar un consenso, porque son claramente inmorales. Hace falta un compromiso claro y decidido que señale los caminos para solucionar estos problemas. Y, hoy, en España, o dialogamos y alcanzamos un acuerdo o estamos perdidos.

Cuando las personas persiguen solo su beneficio, se equivocan: están más preparadas para cuidar y cooperar
P. ¿Cómo se consigue un acuerdo sobre lo positivo y cómo se logra que lo cumplan quienes no los reconocen?
R. En primer lugar, fomentando una reflexión social sobre qué valores valen la pena, en cuáles creemos realmente. Porque parece que hay acuerdo en que es mejor la libertad que la esclavitud, la igualdad que la desigualdad, la solidaridad que la insolidaridad, el diálogo que la violencia, pero a la hora de la actuación la realidad es muy otra. Es preciso decidir si realmente, queremos esos valores, legislar para defenderlos e incorporarlos a través de la educación. Esto es crucial.
P. Eso es a largo plazo.
R. Por supuesto. Hay que trabajarlo a medio y a largo plazo, como todo lo importante en la vida humana, pero es preciso empezar. Lo urgente es percatarse de que estamos yendo por un camino equivocado, que hay que cambiar de tercio. Y la educación es uno de los asuntos en los que hay que ponerse de acuerdo. Lo que no se puede es educar sólo en valores economicistas, sino educar para ser ciudadano.
P. Este Gobierno afirmaba, en el proyecto de ley de educación, que había que educar para el mercado.
R. Sí. El primer borrador abogaba desde el comienzo por educar en la competitividad para propiciar la prosperidad del país. Después se modificó el texto. Desde luego, el sentido de la educación no puede consistir en formar personas competitivas, sino en educar ciudadanos justos, buenos profesionales y personas capaces de proponerse metas vitales felicitantes.
P. ¿Debe fomentar lo que los griegos llamaban la excelencia, la virtud de la convivencia?
R. La excelencia política tiene que ser cosa de todos los ciudadanos. En caso contrario, no funciona la democracia. Pero la educación debe ayudar también a cada persona a desarrollar sus mejores capacidades, a empoderarle para que pueda llevar adelante una vida feliz.
P. La soledad, sugiere usted, es un mal a evitar porque el hombre es social.
R. La soledad no querida, porque a veces necesitamos estar solos para reflexionar. Algo que se ha perdido bastante. Pero sí, creo que el individuo aislado es una verdadera desgracia. De hecho, es imposible llevar la vida adelante y crear una sociedad feliz desde el aislamiento.
P. Sin embargo, buena parte de los deberes éticos son de carácter negativo.
R. Tradicionalmente hay una diferencia entre deberes negativos y positivos. Se dice que los primeros no admiten excepción, como, por ejemplo, “no matarás”, mientras que en el caso de los positivos es el sujeto quien ha de calibrar hasta dónde debe llegar, por ejemplo, en la ayuda a otros. En una sociedad alta de moral se trabaja activamente por respetar la dignidad ajena y la propia dignidad.
¿Para qué sirve realmente la ética? Adela Cortina. Paidós. Barcelona, 2013. 184 páginas. 16 euros.
Neurofilosofía práctica. Varios autores. Coordinación: Adela Cortina. Comares. Granada, 2013. 344 páginas. 27 euros.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

PRENSA. "Ética en la escuela". Adela Cortina

Adela Cortina

   En "El País":

Ética en la escuela

Formar ciudadanos responsables es el único modo de contar con buenos profesionales

 2 DIC 2012

Dicen algunos expertos en estos temas que las gentes formulamos juicios morales por intuición, que no tenemos razones y argumentos para defenderlos, sino que tomamos posiciones en un sentido u otro movidos por nuestras emociones. Tratan de comprobarlo, por ejemplo, con lo que llaman “males sin daño”, como es el caso de una persona que promete a su madre moribunda llevarle flores al cementerio si muere y, una vez muerta, no cumple su promesa. ¿Ha obrado moralmente mal? La madre no sufre ningún daño y, sin embargo, la mayoría de la gente está convencida de que está mal obrar así, pero no saben por qué. Y esta es la conclusión que sacan los expertos en cuestión: las gentes asumimos unas posiciones morales u otras sin saber por qué lo hacemos, nos faltan razones para apoyarlas. Cuando lo bien cierto es que en nuestras tradiciones éticas podemos espigar razones más que suficientes para optar por unas u otras, aunque se trate de cuestiones nuevas. Conocer esas tradiciones y aprender a discernir entre ellas es, pues, de primera necesidad para asumir actitudes morales responsablemente, para poder dialogar con otros sobre problemas éticos y para innovar.
Esto no se consigue en un día, por arte de birlibirloque, sino que requiere estudio, reflexión, diálogo abierto. Ese era el propósito de una asignatura, presente en el currículum de 4º de la Enseñanza Secundaria Obligatoria desde hace casi un par de décadas. Se llamó primero Ética. La vida moral y la reflexión ética, ahora lleva el nombre de Educación ético-cívica, y en su honor hay que decir que ha permanecido en su lugar a través de los cambios políticos. Sólo antes de que naciera se planteó el problema de si la ética era una alternativa a la religión, o si más bien era común a todos los alumnos, mientras que la religión quedaba como optativa. Afortunadamente, esta segunda fue la solución, y desde entonces ningún grupo social y ningún partido político han puesto en cuestión su presencia en la escuela.
Es lamentable, pues, que desaparezca en el Anteproyecto de ley orgánica para la mejora de la calidad educativa, cuando la calidad debería consistir sobre todo en formar personas y ciudadanos capaces de asumir personalmente sus vidas desde los valores morales que tengan razones para preferir, no solo en que los alumnos adquieran competencias y conocimientos para posicionarse en el mundo económico. Si se trata de “lograr resultados”, como dice a menudo el anteproyecto, ayudar a formar una ciudadanía responsable es un resultado óptimo y además es el único modo de contar con buenos profesionales.
Un buen profesional no es el simple técnico, el que domina técnicas sin cuento, sino el que, dominándolas, sabe ponerlas al servicio de las metas y los valores de su profesión, un asunto que hay que tratar desde la reflexión y el compromiso éticos. Justamente la crisis ha sacado a la luz, entre otras cosas, la falta de profesionalidad en una ingente cantidad de decisiones, el exceso de profesionales que utilizaron técnicas como las financieras en contra de las metas de la profesión, en contra de los clientes que habían confiado en ellos.
En un sentido semejante se pronuncia el economista Jeffrey Sachs al afirmar al comienzo de su último libro, El precio de la civilización, que “bajo la crisis económica americana subyace una crisis moral: la élite económica cada vez tiene menos espíritu cívico”. Y lleva razón, nos está fallando la ética, esa dimensión humana que no solo es indispensable por su valor interno, sino también porque ayuda a que funcionen mejor la economía, la política y el conjunto de la vida social. Hace falta, pues, en la educación una asignatura que se ocupe específicamente de reflexionar sobre los problemas morales, conocer las propuestas que nuestras tradiciones éticas han aventurado, y argumentar y razonar sobre ellas para acostumbrarse a adoptar puntos de vista responsablemente.
Claro que una modesta asignatura no basta, que no es la píldora de Benito que resuelve todos los problemas, pero una sociedad demuestra que una materia le parece indispensable para formar buenos ciudadanos y buenos profesionales cuando le asigna un puesto claro en el currículum educativo, no cuando la diluye en una supuesta “transversalidad”, que es sinónimo de desaparición. Y más si ese puesto es el que ahora tiene, 4º de la ESO, un momento crucial en el proceso educativo.
Una sociedad no puede renunciar a transmitir en la escuela su legado ético con toda claridad para que cada quien elija razonablemente su perspectiva, porque es desde ella desde la que podemos juzgar con razones sobre la legitimidad de los desahucios en determinadas ocasiones, sobre la obligación perentoria de cumplir los objetivos de desarrollo del milenio, sobre la injusticia de que las consecuencias de las crisis las paguen los que no tuvieron parte en que se produjeran, sobre la urgencia de generar acuerdos en nuestro país para evitar una catástrofe, sobre la indecencia de dejar en la cuneta a los dependientes y vulnerables. Es desde esa dimensión de todo ser humano llamada vida moral desde la que se decide todo lo demás, una dimensión que es personal e intransferible, pero tiene que ser también razonable.
Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

lunes, 3 de septiembre de 2012

PRENSA. OBITUARIO. "Carlo María Martini, la voz del diálogo en la Iglesia", por Lucia Magi. LECTURA. Fragmentos de "¿En qué creen los que no creen?", diálogo epistolar entre Carlo Maria Martini y Umberto Eco

   En "El País":


Carlo Maria Martini, de rojo cardenalicio, durante un acto religioso en 2004. / REUTERS ("El País")
“He llegado al tiempo en el cual la edad y la enfermedad me envían una clara señal de que es hora de apartarse de las cosas de la Tierra para prepararme a la próxima llegada del Reino. Prometo mis oraciones para todas vuestras preguntas irresueltas. Pueda Jesús responder a los interrogantes más profundos en el corazón de cada uno de vosotros”. Hablaba así, abierto y paternal, el cardenal Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán durante dos décadas, muerto ayer de Parkinson con 85 años. Con estas frases, el 24 de junio, se despedía de los lectores del Corriere della Sera, desde cuyas columnas cada domingo contestaba a sus cartas llenas de observaciones y dilemas éticos y de fe. Lo hizo durante tres años, y hasta que tuvo fuerzas, con palabras humanas y sencillas. Culto, exégeta del Antiguo Testamento, autor de numerosos libros, traducciones y escritos, supo hablar a las personas, católicas y no, visitaba habitualmente las cárceles y, a pesar de que a menudo no llevara el gorro purpúreo, conquistó una autoridad tal que cuando, en 1984, las Brigadas Rojas quisieron reanudar el diálogo con el Estado, fueron a entregar las armas en su curia.
 Italia acogió conmovida la noticia del fallecimiento de una de las voces más valientes y rompedoras en el seno de la Iglesia contemporánea. Una voz que siempre se levó para fomentar el diálogo entre las religiones, la judía y la musulmana, justo en la ciudad clave de la retórica xenófoba de la Liga Norte. Las campanas de su antigua Diócesis sonaron al unísono para anunciar su fallecimiento y el lunes, día del funeral en el Duomo, será luto ciudadano.
Martini se retiró en su vida íntima para prepararse ante la muerte, y cuando estaba cerca, la eligió digna y natural: “Rechazó cualquier encarnizamiento terapéutico y se mantuvo lúcido hasta el último momento”, contó su neurólogo. “Tras una última crisis, en agosto, no podía engullir. Pero rehusó la alimentación forzada con tubitos y sondas gastrointestinales”, contó el doctor.
Martini nació en Turín en 1927, con 17 años entró en la Compañía del Jesús para estudiar Filosofía y Teología. Fue ordenado sacerdote en 1952. Paolo VI le nombró Rector de la Pontificia universidad Gregoriana. Giovanni Paolo II, lo destinó a guiar la diócesis de Milán y el día de Reyes de 1980, en San Pedro, le ordenó obispo. En febrero, Martini toma las riendas de su Diócesis. Enseguida puso en marcha una serie de meditaciones —la Escuela de la palabra— sobre la Biblia que conducía en público en la catedral, con el objetivo de acercar las Escrituras a las personas. La iniciativa tuvo mucho éxito y resonancia. En 1983, Woytila le hizo cardenal. Tres años más tarde, en Varsovia, fue elegido presidente del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas. Luego, lanzaría la cátedra de los no creyentes: ciclos de charlas donde dialogaba con laicos del mundo de la cultura, la política y las instituciones: “Cada uno guarda en sí a un creyente y a un no creyente que se interrogan recíprocamente”, dijo en la primera cita. Martini recibió en 2000 el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.
En abril de 2002 obtuvo de Juan Pablo II el permiso de jubilarse, a pesar de que el Pontífice le invitara a quedarse un tiempo más. Su deseo era irse a Jerusalén para profundizar en sus estudios bíblicos. Y se fue. En 2005 iría a Roma para elegir en la silla de San Pedro a Joseph Ratzinger, el actual papa Benedicto XVI. En aquellos días de Concilio, algunos observadores especulaban que el mismo Martini fuera uno de los posibles sucesores de Woityla. No fue así. Volvió a Italia en 2008, ya anciano y bastante afectado por la enfermedad. Se retiró en una residencia de jesuitas a las afueras de Milán, donde pasó los últimos años estudiando, dando charlas y escribiendo.
Hace pocos meses salió Creer y conocer, fruto de una conversación con el exponente del Partido Democrático (centro izquierdas) Ignazio Marino. Un último libro que encendió el debate en Italia. En esas páginas, suerte de testamento ético, Martini encara con la valentía y humanidad que le caracterizaban los temas más espinosos que parecen contraponer la Iglesia a la sociedad contemporánea: el aborto y el principio de la vida; la fecundación asistida y la donación de los embriones; el uso del preservativo y la homosexualidad; la eutanasia. “Nunca, en él, el dogma venció sobre la vida real —comentó el teólogo Vito Mancuso—. Nunca la letra mató al espíritu. Martini fue uno de los ejemplos más límpidos del catolicismo liberal y no dogmático”.

En la BIBLIOTECA se encuentra un ejemplar del libro "¿En qué creen los que no creen? Un diálogo sobre la ética en el fin del mundo".
El diálogo epistolar entre el cardenal Carlo Maria Martini y Umberto Eco dio comienzo en el primer número de la revista Liberal —aparecido el 22 de marzo de 1995— y prosiguió con ritmo trimestral. Las ocho cartas de este epistolario público —intercambiadas y contestadas con admirable puntualidad por los dos corresponsales— aparecen aquí con la fecha de su redacción efectiva. 
   Este es un fragmento de la primera carta de Umberto Eco:
Querido Carlo María Martini:
   Confío en que no me considere irrespetuoso si me dirijo a usted llamándole por su nombre y apellidos, y sin referencia a los hábitos que viste. Entiéndalo como un acto de homenaje y de prudencia. De homenaje, porque siempre me ha llamado la atención el modo en el que los franceses, cuando entrevistan a un escritor, a un artista o a una personalidad política, evitan usar apelativos reductivos, como profesor, eminencia o ministro, a diferencia de lo que hacemos en Italia. Hay personas cuyo capital intelectual les viene dado por el nombre con el que firman las propias ideas. De este modo, cuando los franceses se dirigen a alguien cuyo mayor título es el propio nombre, lo hacen así: «Dites-moi—, Jacques Ma-ritain», «dites-moi, Claude Lévi-Strauss». Es el reconocimiento de una autoridad que seguiría siendo tal aunque el sujeto no hubiera llegado a embajador o a académico de Francia. Si yo tuviera que dirigirme a San Agustín (y confío en que tampoco esta vez me considere irreverente por exceso) no le llamaría «Señor obispo de Hipona» (porque otros después de él han sido obispos de esa ciudad), sino «Agustín de Tagasta».
   Acto de prudencia, he dicho además. Efectivamente, podría resultar embarazoso lo que esta revista ha requerido a ambos, es decir un intercambio de opiniones entre un laico y un cardenal. Podría parecer como si el laico quisiera conducir al cardenal a expresar sus opiniones en cuanto a príncipe de la Iglesia y pastor de almas, lo que supondría una cierta violencia, tanto para quien es interpelado como para quien escucha. Es mejor que el diálogo se presente como lo que es en la intención de la revista que nos ha convocado: un intercambio de reflexiones entre hombres libres. Por otra parte, al dirigirme a usted de esta forma, pretendo subrayar el hecho de su consideración como maestro de vida intelectual y moral incluso por parte de aquellos lectores que no se sienten vinculados a otro magisterio que no sea el de la recta razón.
   Superados los problemas de etiqueta, nos quedan los de ética, porque considero que es principalmente de estos de los que debería ocuparse cualquier clase de diálogo que pretenda hallar algunos puntos comunes entre el mundo católico y el laico (por eso no me parecería realista abrir en estas páginas un debate sobre el Filioque). Pero a este respecto, habiéndome tocado realizar el primer movimiento (que resulta siempre el más embarazoso), tampoco me parece que debamos adentrarnos en una cuestión de rabiosa actualidad, sobre la que quizá surgirían de inmediato posiciones excesivamente divergentes. Lo mejor, pues, es alzar la mirada y plantear un argumento de discusión que, aun siendo en efecto de actualidad, hunde sus raíces lo suficientemente lejos y ha sido causa de fascinación, temor y esperanza para todos los componentes de la familia humana en el curso de los dos últimos milenios.
   Acabo de pronunciar la palabra clave. En efecto, nos estamos acercando al final del segundo milenio, y espero que sea todavía «políticamente correcto», en Europa, contar los años que cuentan partiendo de un evento que tan profundamente —y estarán de acuerdo incluso los fieles de cualquier otra religión o de ninguna— ha influido en la historia de nuestro planeta. La cercanía de esta fecha no puede dejar de evocar una imagen que ha dominado el pensamiento durante veinte siglos: el Apocalipsis.
   La vulgata histórica nos dice que en los años finales del primer milenio se vivió obsesionado por la idea del fin de los tiempos. Es verdad que hace mucho que los historiadores descartaron como legendarios los tan cacareados «terrores del Año Mil», la visión de multitudes gimoteantes aguardando un alba que no habría de llegar, pero al mismo tiempo establecieron que la idea del final había precedido en algunos siglos a aquel día fatal y, lo que es aún más curioso, que lo había sobrevivido. De ahí tomaron forma los varios milenarismos del segundo milenio, que no fueron únicamente movimientos religiosos, por ortodoxos o heréticos que fueran, porque hoy en día se tiende a clasificar también como formas de milenarismo a muchos movimientos políticos y sociales, y de matriz laica e incluso atea, que pretendían acelerar violentamente el fin de los tiempos, no para construir la Ciudad de Dios, sino una nueva Ciudad Terrena.
   Este es el principio de la respuesta de Carlo Maria Martini:
Querido Umberto Eco:
   Estoy plenamente de acuerdo en que se dirija usted a mí utilizando mi nombre y apellido, y por ello yo haré lo mismo con usted. El Evangelio no es demasiado benévolo con los títulos («Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "Rabbí"... ni llaméis a nadie "Padre" vuestro en la tierra... ni tampoco os dejéis llamar "maestro"», Mateo 23, 8-10). Así resulta, por otra parte, más claro, como usted dice, que éste es un intercambio de reflexiones realizado entre nosotros con libertad, sin corsés ni implicaciones de cargo alguno. Espero, en todo caso, que se trate de un intercambio fructífero, porque me parece importante poner de relieve con franqueza nuestras preocupaciones comunes y buscar la manera de aclarar nuestras diferencias, sacando a la luz lo que verdaderamente es diferente entre nosotros.
   Estoy asimismo de acuerdo en alzar la mirada en este primer diálogo nuestro.
   Entre los problemas que más nos preocupan se cuentan sin duda los relacionados con la ética. Pero los acontecimientos diarios que más impresionan a la opinión pública (me refiero en particular a los que afectan a la bioética) son, a menudo, eventos «fronterizos», ante los que se impone, en primer lugar, comprender de qué se trata desde el punto de vista científico antes de precipitarse a emitir juicios morales que sean fácilmente causa de polémica. Lo importante es determinar antes que nada los grandes horizontes entre cuyos límites se forman nuestros juicios. Y sólo a partir de ellos podremos discernir también los porqués de las valoraciones prácticas en conflicto.





lunes, 15 de junio de 2009

BIBLIOTECA. "Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía", de José Antonio Marina

A estas alturas de mi vida, he llegado a ser un experto en miedos. Los he vivido, los he estudiado, y he soñado con la valentía como otros sueñan con el poder, la riqueza o la salud. De todas las emociones que amargan el corazón humano -y son muchas-, la gran familia de la angustia, la timidez, la inquietud, el terror, la vulnerabilidad, es la que más me ha preocupado, y la experiencia me dice que no es una rareza mía. Así comienza este nuevo libro de José Antonio Marina.
En este viaje al país del miedo, que comienza en la neurología y termina en la ética, aparecen los miedos normales y los patológicos; se investiga por qué unas personas son más miedosas que otras; se analizan los miedos domésticos, los políticos y los religiosos; y, por último, se revisan las terapias más eficaces. El lector irá acompañado en esta exploración no sólo por neurólogos y psicólogos, sino también por escritores que fueron expertos en miedos: Kafka, Rilke, Camus, Greene, Bernanos.
(Texto de la contracubierta)

Editado en COMPACTOS ANAGRAMA , tiene 255 páginas y se encuentra en la BIBLIOTECA.

jueves, 11 de junio de 2009

BIBLIOTECA. "Aventuras filosóficas: ATRAPADOS EN EL MISTERIO", de Mª José Molina Mestre

Aventuras filosóficas: ATRAPADOS EN EL MISTERIO es una obra cuya originalidad radica en dar formato de novela al método socrático del diálogo a través del cual, y de manera divulgativa, se pretende esquematizar la historia de la ética y tratar los temas principales de las corrientes filosóficas.
Sus protagonistas son dos personas muy distintas, que comparten una aventura apasionante a través de la comunicación personal y el diálogo sincero.
Cierto misterio y alguna dosis de intriga permiten atrapar al lector más joven y lograr su interés por cuestiones esenciales en la vida.
(Texto de la contracubierta)

Publicada por la editorial BRIEF, en su colección "Juvenil. Historias con miga", incluye en sus últimas páginas unas llamadas Actividades inteligentes, que pretenden ser un "Estudio sobre temas sugeridos en la novela": ÉTICA, FILOSOFÍA, RELIGIÓN, DIGNIDAD HUMANA, PROBLEMAS DE LA EXISTENCIA HUMANA.

Está en la BIBLIOTECA.

martes, 26 de mayo de 2009

BIBLIOTECA. "Génesis", de Bernard Beckett

En un futuro no muy lejano, una estudiante llamada Anaximandro se presenta al riguroso examen de ingreso en la Academia, el órgano de gobierno de la utópica sociedad en la que se ha criado. A lo largo de varias sesiones extenuantes, las preguntas del tribunal, que suscitan importantes cuestiones éticas y filosóficas, la llevarán a descubrir una verdad que hará tambalear los cimientos sobre los que se asienta su mundo.
Poco más conviene revelar sobre el argumento sin correr el riesgo de arruinar la lectura. Génesis atrapa al lector desde las primeras líneas y lo conduce, con una lógica contundente y un ritmo de progresiva intensidad, hasta un desenlace impactante. Llegado a ese punto, el lector sólo deseará una cosa: comenzar a leer la novela de nuevo.
Emocionante fábula especulativa, thriller filosófico y meditación humanista, Génesis es una obra fuera de lo común, que escapa de toda etiqueta. Ambientada en la segunda mitad del siglo XXI, recurre a los pensadores griegos más relevantes, en una estimulante reflexión sobre la fragilidad de nuestra civilización occidental.
(Texto de la contracubierta)

Su autor, Bernard Beckett, es neozelandés (n. en 1967). Esta novela será objeto de un gran lanzamiento en Gran Bretaña, y será traducida a veinte lenguas.

Aquí tenemos un fragmento (págs. 108-109):

"Yo no soy una máquina. ¿Qué puede saber una máquina del olor a hierba mojada por la mañana, o del llanto de un recién nacido? Yo soy la sensación del calor del sol en mi piel; soy la sensación de una ola fría rompiendo sobre mí. Soy los lugares que nunca he visto, y que sin embargo imagino cuando cierro los ojos. Soy el sabor del aliento de otro, el color de su pelo.
Te burlas de mí por la brevedad de mi vida, pero es precisamente ese miedo a morir lo que me infunde vida. Soy el pensador que piensa en el pensamiento. Soy curiosidad, soy razón, soy amor y soy odio. Soy indiferencia. Soy el hijo de un padre, quien a su vez era hijo de otro padre. Soy la razón por la que mi madre reía y la razón por la que lloraba. Sí, el mundo puede pulsar tus botones cuando pasa por tu sistema de circuitos. Pero el mundo no pasa a través de mí. Yo soy el medio a través del cual el universo se ha conocido a sí mismo. Soy eso que ninguna máquina podrá fabricar nunca. Soy el significado".

Editado por Salamandra, tiene 158 páginas, y la puedes encontrar en la BIBLIOTECA.

sábado, 21 de febrero de 2009

BIBLIOTECA. "El lector", de Bernhard Schlink


Hace una semana que se estrenó la película. La novela, sin embargo, ya tiene unos años; se publicó por primera vez en 1995. Como suele ocurrir, la película pone de moda el libro, y descubrimos que es magnífico.

Aquí tenemos la crítica que el escritor José María Guelbenzu hace hoy en "Babelia":

Esta hermosa y dramática historia se inicia con la relación entre un muchacho de 15 años y una mujer de 36. Estamos en la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial. Los encuentros amorosos se alternan con la lectura de novelas que él lee en voz alta para ella. La relación se rompe el día en que la mujer desaparece de su vida. Años después, el muchacho, a la sazón estudiante de Derecho, acude a uno de los juicios de Nuremberg, donde descubre que una de las personas encausadas es aquella mujer. El joven, perteneciente a la generación de los hijos de quienes encubrieron o participaron en aquel horror, se encuentra ante el dilema de entender quién era aquella mujer y por qué participó en tan terribles crímenes contra la Humanidad. El conflicto entre su experiencia emocional y el peso de la culpa que gravita sobre el reciente pasado se vuelca en la causa que está siendo juzgada. El planteamiento de Schlink es impecable y anuda sobre sí elmeollo de aquella barbarie inexplicable. Ahora, el conflicto que no le pertenecía por edad se convierte en un conflicto personal que se introduce de lleno en su conciencia. Schlink cuenta con estilo ligero e inmediato un asunto que entra directamente en el territorio del mal. Es un relato que se asemeja a la crónica, que aparentemente carece de intensidad emocional, que casi parece un recuento, pero que justamente tras esa apariencia esconde una verdad que la propia levedad del relato levanta a una altura dramática extraordinaria por el efecto de contraste. Comprensión y condena son los dos términos entre los que semueve la acepción de la experiencia del protagonista. Éste es un relato esencial en la medida en que enfrenta al ser humano con un problema decisivo de la existencia: la relación entre lo que es y lo que debe ser.

AUNQUE CON ALGUNA ESCENA UN TANTO SUBIDA DE TONO, LA NOVELA DA QUE PENSAR. PODRÍA SER UNA BUENA LECTURA MOTIVADORA, TANTO PARA FILOSOFÍA Y ÉTICA, COMO PARA LITERATURA E HISTORIA CONTEMPORÁNEA (por supuesto, para el alumnado de Bachillerato).

ESTÁ EN LA BIBLIOTECA.