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miércoles, 16 de octubre de 2013

PRENSA. Entrevista a Malala. Rosa Montero


   En "El País":

"Hay que morir alguna vez en la vida"

Con solo 16 años es un icono global contra el integrismo. Los talibanes le arrebataron su infancia a balazos. Sin miedo. Sin rencores. Esta es su historia

 12 OCT 2013

Es diminuta pero posee una cabeza rotunda, una cabeza que destaca en la delicadeza de su cuerpo de elfo. Viste ropas tradicionales pastún de alegres colores y su cara está enmarcada en un bonito chal estampado de flores y colocado con gracia. Se le ve el cabello, detalle muy importante en la tremenda jerarquía de tocados musulmanes para mujeres, desde la siniestra y carcelaria burka hasta el ligero hiyab. Parece una figurilla de belén, una pastorcita de terracota. “Le voy a contar algo de mí”, le digo nada más sentarnos en la fea y burocrática sala privada de un hotel de Birmingham, que es donde se está celebrando el encuentro. “Verá, yo he hecho muchas entrevistas durante décadas, hasta que hace cuatro o cinco años me cansé y ya no hice más. Sin embargo, cuando me propusieron su nombre, inmediatamente dije que si. Así que usted es responsable de mi regreso a este género periodístico…” Malala me mira con una atención absoluta, con una concentración perfecta, una adolescente cautelosa y seria que lo controla todo. Empieza a darme las gracias, muy educada, como corresponde a lo que acabo de decirle. Le interrumpo: “En realidad no se lo digo para halagarle, aunque desde luego la admiro; se lo digo porque me quedé pensando en el enorme efecto que tiene usted en tantísima gente alrededor del mundo. ¿No le agobian las expectativas que todos parecemos tener sobre usted?”.
-No. Estoy entregada a la causa de la educación y creo que puedo dedicarle mi vida entera. No me importa el tiempo que me lleve. Me concentro en mis estudios, pero lo que más me importa es la educación de cada niña en el mundo, así que empeñaré mi vida en ello y me enorgullezco de trabajar en pro de la educación de las niñas, y la verdad es que es una gran oportunidad tener esta entrevista hoy con usted. ¡Gracias!
Ha contestado con firmeza, con seguridad y con tanta profesionalidad que la última palabra la ha dicho en español. Me la imagino aprendiendo a decir gracias en todos los idiomas de sus entrevistadores. Una niña aplicada. En su libro Yo soy Malala (Alianza Editorial) cuenta con gracia una anécdota reveladora: “Mi profesor de Química [en Paquistán], el señor Obaidullah, decía que yo era una política nata porque, al comienzo de los exámenes orales, yo siempre decía: ‘Señor, ¿puedo decirle que usted es el mejor profesor y que la suya es mi clase preferida?”. El nivel de autocontrol de Malala me parece increíble: ¡tiene dieciséis años! Pero, como se ve en su escalofriante y conmovedor libro, lleva viviendo una vida extremadamente adulta y anormal desde los diez. Lo talibanes no lograron ni matarla ni callarla cuando le metieron una bala en la cabeza, pero le robaron una buena parte de su infancia.
 -¿Ya está bien de salud?
-Estoy muy bien, y esto es por las oraciones de la gente, y también por las enfermeras y los médicos en el hospital, que me han atendido muy bien, y porque Dios me ha concedido una nueva vida. Hago fisioterapia una o dos veces al mes en el lado izquierdo de mi cara, porque el nervio facial que controla el movimiento de este lado fue cercenado por la bala y por lo tanto había dejado de funcionar, pero ya han cosido el nervio, ha empezado a reconstruirse y está recuperándose muy bien. Ha alcanzado un 88% de recuperación.
-¿Le han dado ayuda psicológica?
-Sí, los psicólogos del hospital me han ayudado. Vinieron y me hicieron muchas preguntas y a las dos o tres sesiones dijeron, Malala está bien y ya no le hace falta tratamiento… Además es muy aburrido.
La bala entró por debajo del ojo izquierdo y salió por el hombro. Le destrozó los huesos de media cara, cortó el nervio y rozó el cerebro, que se inflamó tanto que tuvieron que quitarle toda la tapa de la cabeza. Durante meses estuvo con el cerebro al aire y con el pedazo de cráneo metido, para su conservación, bajo la piel del abdomen (al final tiraron el hueso y le pusieron una pieza de titanio). También estuvo meses con medio rostro desplomado: no podía reír, apenas podía hablar, no podía parpadear con el ojo izquierdo y los dolores eran terribles. En su discurso a la ONU el pasado 12 de julio, el día que cumplió dieciséis años, se le notaban más las secuelas que ahora: la rehabilitación hace su efecto. Sigue siendo una chica guapa y sólo queda una ligera sombra de desequilibrio en su cara.
-Le pregunto todo esto porque usted ha pasado por una situación durísima, y ahora podría tomarse cierto tiempo para recuperarse. Pero no, inmediatamente ha sacado usted este libro, que le obliga a volver a dar entrevistas y a estar de nuevo en primera línea. Eso es una elección. Y parece dura.

Estar en primera línea es mi vida. Ya no puedo abandonar
-Es que esto ya es mi vida, no es sólo una parte de ella. No puedo abandonar. Cuando veo a la gente de Siria, que están desamparados, algunos viviendo en Egipto, otros en el Líbano; cuando veo a toda la gente de Paquistán que está sufriendo el terrorismo, entonces no puedo dejar de pensar, “Malala, ¿por qué esperas a que otro se haga cargo? ¿Por qué no lo haces tú, por qué no hablas tú a favor de sus derechos y de los tuyos?” Yo empecé mi lucha a los diez años.
-Lo sé. Cuando llegaron los talibanes.
-En aquel entonces vivía con mi padre en Swat, es nuestra región natal, y y los talibanes se levantaron y empezó el terrorismo, azotaron a las mujeres, asesinaron a las personas, los cuerpos aparecían decapitados en las plazas de Míngora, nuestra ciudad. Destruyeron muchas escuelas, destruyeron las peluquerías, quemaron los televisores en grandes piras, prohibieron que las niñas fueran a la escuela. Había mucha gente en contra de todo esto, pero tenían miedo, las amenazas eran muy grandes, así que hubo muy pocos que se atrevieron a hablar en voz alta en pro de sus derechos, y uno de ellos fue mi padre. Y yo seguí a mi padre.
El libro de Malala no es sólo sobre Malala sino, en gran medida, también sobre su padre. Un tipo singular y sin duda heroico, un maestro dispuesto a conquistar, por medio de la cultura, un futuro de justicia y de paz en un mundo en llamas. Y un hombre que, además, en una sociedad brutalmente machista como la pastún, apoyó a su hija mayor y le dio la misma libertad y la misma confianza que a un varón. El padre, Ziauddin, también está aquí, sentado al otro lado de la mesa. Bajito, de unos cuarenta años, con algo limpio y casi niño en su sonrisa. La gravedad de Malala contrasta con la ligereza juvenil de Ziauddin. Pero, claro, él no perdió su infancia ni tuvo que luchar contra todo su mundo para ser reconocida como persona pese a ser mujer. A los once años, en lo más negro del terror talibán, Malala empezó a escribir un blog para la BBC en urdú. En la primera entrada decía: “En mi camino a casa desde la escuela escuché a un hombre gritando: ¡Te mataré! Apresuré el paso… pero para mi gran alivio vi que estaba hablando por su móvil y que debía de estar amenazando a otra persona”. Aunque firmaba con seudónimo, todo el mundo acabó sabiendo que era ella. Además empezó a acudir a las televisiones y a las radios, junto con su padre, a protestar por los abusos. Fueron casi los únicos en hacerlo.
-El libro tiene una parte que es como un cuento de terror. Dice usted: “Tenía diez años cuando los talibanes llegaron a nuestro valle. Moniba [su mejor amiga] y yo habíamos estado leyendo los libros de Crepúsculo y deseábamos ser vampiras. Y nos pareció que los talibanes llegaron en la noche exactamente como vampiros"...
- Lo importante es que si preguntas a los niños aquí de qué tienen miedo, te van a contestar que de un vampiro, de Drácula o de un monstruo, pero en nuestro país tenemos miedo a los humanos. Los talibanes son seres humanos pero son muy violentos y hacen tanto daño que cuando un niño oye hablar de un talibán le entra miedo, igual que si fuera un vampiro o un monstruo.
-Es un sistema perverso y demencial; prohibieron la música, prohibieron cantar...
-Nos prohibieron todo y si oían barullo y risas en una casa, irrumpían por si estabas cantando o viendo la televisión, y rompían los televisores. A veces se limitaban a amonestar a la gente, a veces la pegaban o la fusilaban o la masacraban. No nos dejaban ni jugar a las peluqueras con las muñecas.
-Ustedes terminaron viendo la televisión dentro de un armario. Era la apoteosis del absurdo,


El presidente Barack Obama, Michelle Obama y su hija Malia reciben a Malala Yousafzai en el Despacho Oval, el 11 de octubre. / PETE SOUZA (AFP)
-Sí, y con el volumen muy bajo, para que nadie más la oyera. Con tanto temor por todas partes la vida se hacía muy dura y pensábamos desesperadamente en nuestro futuro, en cómo íbamos a vivir con ese miedo, en lo peligrosa que era la situación…. Y aún así nos quedaba cierta esperanza en un rincón del corazón.
-Luego los talibanes empezaron a matar. Primero a los policías, así que dejaron sus empleos y pusieron anuncios en los periódicos diciendo que ya no eran policías, para que no les asesinaran…. Después asesinaron a los músicos, y los músicos también pusieron anuncios diciendo que habían dejado el pecado de la música y que ya eran fervientes creyentes…. Eso de los anuncios me impresionó. Su propio padre, cuando le amenazaron, puso un anuncio que decía: “Matadme a mí pero no hagáis daño a los niños de mi escuela, que rezan todos los días al mismo Dios en el que vosotros creéis”.
-Sí, y luego estaba la radio de los talibanes, predicaban como dos veces al día. Y daban mensajes diciendo: “Felicitamos a Fulano, que se ha dejado crecer la barba y por eso va a entrar en el paraíso; felicitamos a Zutano, que ha cerrado su tienda de vídeo y se ha arrepentido; nos congratulamos de que la niña Tal y Cual ha dejado de ir a la escuela”... Y a las niñas que íbamos a clase nos insultaban todos los días de forma muy fea y nos decían que iríamos al infierno.
-En los últimos años ustedes estaban convencidos de que su padre, Ziauddin, iba a ser asesinado. E idearon todo tipo de estrategias para evitarlo… Sus hermanos pequeños querían construir un túnel…
-Sí, y también pensábamos esconder a mi padre en un armario. Mi madre dormía con un cuchillo debajo de la almohada, y también dejamos una escalera apoyada en el muro de atrás para que mi padre pudiera huir si venían a buscarle. Algún tiempo después se coló en nuestra casa un ladrón gracias a esa escalera y nos robó la tele.
-De hecho, --interviene el padre desde el otro lado de la mesa, -- nos alegró mucho que se llevara la tele, porque de haberse llevado la escalera nada más, habríamos tenido miedo de verdad.
-- ¡Cierto! De modo que era alguien que, como ustedes, ¡quería ver la televisión!
-¡Sí, sí! (Malala y Ziauddin ríen) ¡Gracias a Dios ha sido un ladrón!
-¿Cómo podían aguantar ese miedo todos los días?

Los talibanes, que tenían fusiles y explosivos, eran más débiles que la gente con lápices y libros
-En aquel entonces el miedo nos rodeaba. Fue todo tan duro. No sabíamos lo que el futuro nos deparaba, queríamos hablar pero no sabíamos que nuestras palabras nos conducirían al cambio, que nos escucharían en todo el mundo. No estábamos enterados del poder que encierra un lápiz, un libro. Sin embargo, se ha demostrado que los talibanes, que tenían fusiles y explosivos, eran más débiles que la gente con lápices y libros.
-En el libro cuenta que hace poco, en un centro comercial en Abu Dhabi, sintió un repentino ataque de terror. Un comprensible ataque de angustia. ¿Le ha vuelto a pasar?
-Sí, me ha pasado dos o tres veces. Cuando vi a la gente a mi alrededor en Abu Dhabi, a todos esos hombres alrededor, de pronto pensé que estaban al acecho, armados, que me iban a disparar. Y luego me dije, ¿y por qué te da miedo ahora? Ya le has visto la cara a la muerte, ya no debes tenerle miedo, se ve que ya ni la muerte quiere matarte; la muerte quiere que vivas y trabajes en pro de la educación. De manera que me dije, no tengas miedo, sigue adelante, que Dios y la gente te acompaña. Hay que morir alguna vez en la vida.
-Pero usted es demasiado joven…
-Demasiado joven, demasiado joven –repite dolorosamente el padre, como un coro griego.
-Hay otra cosa que me parece muy importante de usted, y es que es creyente. Una intelectual argelina me dijo hace años que la izquierda argelina había fracasado en su intento de modernizar el país porque se habían enajenado completamente de su pueblo y de su sociedad. Eran laicos, rupturistas, demasiado modernos, demasiado occidentalizados para ser aceptados por la mayoría. Usted, en cambio, sigue perfectamente integrada en su cultura y en su religión.

Clamo por los derechos de las niñas en nombre del mismo Dios de los talibanes
-Amo a Dios porque me ha protegido, y creo que me va a preguntar el día del juicio, “Malala, veías el sufrimiento de la gente en Swat, veías cómo sufrían las niñas, que masacraban a las mujeres, que asesinaban a tantos policías. ¿Qué has hecho tú para defender sus derechos?” Sentí que era mi deber clamar por los derechos de las niñas, por los míos, por el derecho de asistir a la escuela, y lo hago en nombre del Dios por el que los talibanes me tirotearon.
-Cuando tenía usted once años y estaba escribiendo el blog, The New York Times hizo un precioso documental de televisión sobre usted y su padre. Le diré que, cuando lo vi, pensé que su padre era como más idealista, más alocado, y que usted era la sensata de los dos. Vamos, usted me pareció la madre de su padre, y usted perdone, Ziauddin.
(Los dos se tronchan de risa)
-¿Me vio asi? En la sociedad pastún, si una chica es muy madura y empieza a hablar muy pronto de cosas de la familia, digamos a los once años, le dicen niyá o sea abuela.
-Pues no sé si será usted una niyá, pero desde luego tiene un gran sentido práctico. Las dos primeras cosas que dijo en el hospital de Birmingham, tras una semana de coma inducido, fue: “¿Dónde está mi padre?” y “No tenemos dinero para pagar todo esto”.
-Por entonces estaba todavía muy aturdida, muy confundida. Cuando un médico hablaba con una enfermera, creía que le estaba preguntando cómo íbamos a pagar el hospital, y pensaba que me iban a expulsar y que tendría que buscar un empleo.
-En ese mismo documental usted decía que su padre quería que fuera política, pero que usted quería ser doctora y que no le gustaba la política…. Ahora ha cambiado de opinión.


Malala Yousafzai, durante su visita a la sede de Naciones unidas el 12 de julio. /ANDREW BURTON (GETTY IMAGES)
-Amo a mi padre y él me inspira, lo cual no significa que siempre esté de acuerdo con él. Discrepo con él en muchas cosas, él cree que la política es buena y sirve para cambiar el mundo pero yo antes quería ser médico. Pero luego pasó el tiempo y fui dándome cuenta de que el Gobierno no estaba haciendo nada, que su deber elemental era conceder derechos básicos al pueblo, proporcionarles electricidad, gas, educación, buenos hospitales. Y entonces por eso de repente pensé que sí que quería ser política para conseguir un cambio grande en mi país. Para que un día Paquistán esté en paz, para que no haya guerra ni talibanes y todas las niñas vayan a la escuela. Y no sólo quiero ser política, sino líder también.
-Líder social.
-Sí, líder social, y guiar a la gente, porque el pueblo en Paquistán anda descaminado, están divididos en muchos grupos, y llega un líder y forma un grupo, llega otro y forma otro grupo distinto, pero nunca he visto a alguien que sepa unir a la gente. Quiero hacer que toda esa gente se una, quiero que Paquistán sea uno solo, quiero ver la igualdad entre todos y la justicia.
-¿Y cree que usted los puede unir?
-Para lograr ese objetivo tengo que conseguir poder, y el verdadero poder consiste en la educación y el conocimiento. Además nos hace falta un escudo, que es la unidad del pueblo. Cuando la gente me acompañe, cuando los padres de las niñas me acompañen, cuando estemos juntos, me apoyarán con su voz, con su acción, con su compasión. Cuando nos apoyemos los unos a los otros, cuando nos eduquemos, cuando logremos ese poder, podremos con todo. Y entonces volveré a Paquistán.
-En su libro dice que, a los trece o catorce años, veía los DVD de la serie norteamericana Betty la Fea “que era sobre una chica con una ortodoncia enorme y un corazón también enorme. Me encantó y soñaba con la posibilidad de ir algún día a Nueva York y trabajar en una revista como ella”. Me parece una afirmación conmovedora. ¡La revista de Betty la Fea es de moda! Esa añoranza por una vida normal y sin el peso sobrehumano que acarrea usted sobre los hombros…
-Me gustaba ver la serie, me gustaba pensar en otro mundo en donde el mayor problema era la moda, quien viste qué ropa, qué sandalias, qué color de lápiz de labios usa tal chica… Mientras por otro lado las mujeres se mueren de hambre, y los niños también, y azotan a las mujeres, y aparecen cuerpos decapitados…
-Pero, en cualquier caso, lo que indica este texto es que por ahí abajo hay ese anhelo comprensible de una existencia liviana y normal…
Malala me mira fijamente, se toma un par de segundos y luego dice que sí con la cabeza. Ni siquiera se atreve a verbalizar su añoranza de otra realidad. Es una niña atrapada entre las ruedas de una responsabilidad colosal. Imaginen la situación: una realidad de violencia y abuso insoportables, un padre heroico que señala el camino y una niña inteligentísima, evidentemente superdotada, consciente de su propia dignidad y con una gran capacidad de compasión. Todo se conjuró en la vida de Malala para encerrarla en su destino de Juana de Arco. Las balas de los talibanes la han catapultado a una visibilidad mundial y es posible que, cuando ustedes lean esta entrevista, le hayan concedido el Nobel de la Paz, que se hará público mientras esta revista esté en imprenta. Yo he firmado pidiendo el Nobel para ella, pero ahora casi me preocupa que se lo den: sería otro peso más, otra exigencia. Malala, enardecida por haber sobrevivido y todavía muy joven, pese a su madurez, tiene ensueños grandiosos para el futuro de su pueblo. Ensueños inocentes y difíciles de alcanzar pero que quizá ella logre poner en marcha, porque esta pizca de mujer es poderosa. Tanto el padre como la hija tienen algo limpio, el corazón en la boca, una luz que encandila. Pero la luz de Malala está llena de sombras, es una estrella oscura llena de dolor y de determinación. A los dieciséis años está dispuesta a sacrificar toda su vida por su proyecto.
-¿Se ha enamorado alguna vez? Me refiero a esos amores infantiles, de un actor, de un vecino mayor.
-(Risas) Me encantan los jugadores de cricket. Pero eso es sólo parte de la vida, cuando te encariñas con alguien, y tengo cariño a tanta gente. Hay un jugador que se llama Shahid Afridi, que siempre sale eliminado sin anotar, pero sin embargo todos le queremos mucho. Está también Roger Federer. Hay muchos, pero eso no significa que me case con ellos.
-¿Pero piensa casarse?
-¡Tal vez!
-Interesante, porque, en su parte del mundo, todas las líderes políticas tuvieron sin duda que casarse: Benazir, Indira… Es una buena respuesta.
-Es una respuesta diferente.
-Pues nada más. Muchas gracias, Malala.
-Gracias a usted por su amor y su apoyo.
Y al escuchar su primorosa contestación final me siento como el señor Obaidullah, su profesor de Química.

viernes, 19 de abril de 2013

PRENSA. "Los tribunales no bastan para erradicar la ablación". Reportaje

Al emigrar, algunas mujeres se encuentran con que lo que creían normal está considerado un crimen. / © CARMEN SECANELLA (EL PAÍS)

   En "El País":

Los tribunales no bastan para erradicar la ablación

La Audiencia Nacional condena a la madre de una niña que fue mutilada antes de emigrar a España

Los expertos inciden en que es crucial educar a las familias para acabar con estas agresiones

 Barcelona 16 ABR 2013

A Aminta le extirparon el clítoris en Senegal. Años después se instaló en Premià de Mar (Barcelona) con su madre y sus tres hermanos. Su padre había obtenido el permiso para reagrupar a la familia en 2010. La Audiencia Nacional ha condenado a la madre de la niña, de siete años, a dos años de cárcel por un delito de lesiones graves y a indemnizarla con 10.000 euros. Es la primera vez que se castiga a un progenitor por llevar a cabo —o consentir— esta práctica antes de emigrar a España con su hija.
La abogada de la condenada, Fatoumata D., presentará un recurso de casación ante el Supremo. En su opinión, la sentencia es contraria a derecho. “Parte de la premisa de que mi defendida es la autora, pero no hay ninguna prueba concluyente de que lo sea. Ni siquiera de que haya dado su consentimiento”, asegura Natalia Crespo. Además considera que es una resolución machista, dado que el padre resultó absuelto: “La han condenado por su condición de madre, porque omitió el deber de cuidado de su hija. ¿El padre no tiene el mismo deber?”, plantea. El marido de Fatoumata, que resultó absuelto, residía en España desde el año 1999.
La condena social de la ablación es prácticamente unánime en todas las democracias occidentales. Y su consideración como un delito contra la integridad física y moral que debe ser punible penalmente, también. En el caso de Fatoumata, las dudas de los expertos surgen por el hecho de que la agresión se produjo antes de que la menor residiese en España.
Los especialistas en la lucha contra la ablación están además convencidos de que la erradicación de esta práctica no vendrá solo de su persecución penal, sino sobre todo a través de las campañas de educación y concienciación de las familias. “Tenemos que hacer bastante más que dictar sentencias. Formar a las familias para evitar la mutilación es el camino”, asegura Imma Sau, pediatra en Santa Coloma de Farners (Girona).

140 millones de mujeres han sido sometidas a esta práctica
Julia Ropero, profesora de Derecho Penal de la Universidad Rey Juan Carlos, coindice: “La vía judicial no es la solución. Ni tan siquiera la primera opción, sino el último recurso. En este caso, aun admitiendo las lesiones graves y el deber de garante de la madre, los magistrados deberían haber actuado con la máxima cautela, porque es cruel, injusto y perpetuador de la discriminación. La niña mutilada pierde también a la madre”.
El abogado Manuel Ollé, experto en Derechos Humanos y Justicia Universal, matiza este punto: “Sin duda hay que concienciar allí donde se practica, pero es intolerable que en nombre de la cultura se cometan delitos que afecten a la integridad de las mujeres. Que sea una tradición no lo justifica, porque no solo es un trato degradante prohibido por la Convención de Derechos Humanos. Es una tortura y debe ser perseguido”.
La mutilación genital femenina (MGF), total o parcial, es una tradición ancestral vigente en 28 países de África y algunos de Asia. Naciones Unidas calcula que 140 millones de mujeres la han sufrido y tres millones de niñas están en riesgo cada año en el mundo. Adriana Kaplan, antropóloga de la Fundación Wassu-UAB, explica que “la madre cumplió las reglas de su país antes de emigrar. Para ella es lo normal. En la etnia mandinga, el 100% de las mujeres están mutiladas. Suelen ser las abuelas quienes lo hacen, porque custodian la tradición”.
En los años noventa se detectaron los primeros casos de mutilaciones genitales en territorio español con la llegada de familias subsaharianas. “Una madre”, recuerda Ropero, “fue al médico a pedir que le extirparan el clítoris a su hija”. Saltaron todas las alarmas y se modificó el Código Penal para castigar la práctica con penas de 6 a 12 años de cárcel. Como las familias aprovechaban los viajes a su país en vacaciones para zafarse de la ley, una nueva reforma legislativa permite a la justicia perseguir las mutilaciones cometidas en el extranjero desde 2005. Es la que ha aplicado la Audiencia para condenar a Fatoumata. “Como en los casos de genocidio, en virtud de la justicia universal, los tribunales españoles pueden perseguir delitos cometidos fuera”, dice Ollé.

“Será tradición, pero es tortura y debe ser perseguida”, dice un abogado
En la anterior resolución contra la ablación, dictada por la Audiencia Provincial de Teruel y ratificada por el Supremo, se probó que la amputación del clítoris de una menor de ocho meses se produjo cuando ya vivía en España. Ambos progenitores fueron condenados. Mientras al padre le impusieron seis años de cárcel, a la madre se lo rebajaron a dos, porque le aplicaron un “atenuante al concurrir un error de prohibición vencible”.
“Es decir, recién llegada a España, la madre ignoraba que su conducta era contraria a derecho, creía que obraba lícitamente”, dice Ropero. Al padre, en cambio, no se le aplicó porque llevaba 10 años residiendo en territorio nacional y sabía que “esto \[la ablación\] no se puede hacer en España”, dice la sentencia del Supremo.
La resolución de la Audiencia Nacional recoge el mismo principio y evitará, a priori, que la madre vaya a la cárcel, sostiene Ollé. “La propia sentencia justifica su conducta porque no tenía el suficiente conocimiento de lo realizado, y si lo hizo, fue por una motivación cultural”. Respecto a que el padre fuera absuelto por el mismo delito, sin conocer los detalles, el experto en derechos humanos considera que es una “cuestión de pruebas”.
En el caso de su mujer “es determinante la declaración del enfermero” que presenció el reconocimiento pediátrico y manifestó que los padres respondieron con indiferencia y jactancia al comunicarles las lesiones. Crespo, la abogada defensora, difiere: “La madre no habla ni una palabra de español, sino mandinga. Necesitó intérprete en el juicio y en esa primera visita al médico el traductor fue su esposo. Cuando comprendió de lo que hablaban se mostró abiertamente en contra de la ablación”.

Un médico apunta: “Lo importante es convencer, muchas madres son víctimas”
El movimiento en contra de la mutilación del clítoris arrancó hace 30 años. Unas 8.000 comunidades africanas y 15 países se han comprometido a erradicarla en los últimos tres. “No implica que no se lleve a cabo, porque cuesta mucho cambiar hábitos milenarios. Sin embargo, la implicación institucional es un primer paso importante”, sostiene Amalia Gómez, investigadora de la UAB.
En Gambia, por ejemplo, “esta misma semana, tres pueblos dejarán de mutilar”, asegura Modika Bah, portavoz de la Asociación de Mujeres Antimutilación (AMAM), con la que colabora desde hace tres años, cuando fue “consciente de lo que suponía la ablación”. El Gobierno de su país, donde el 80% de las mujeres sufren la extirpación de los genitales, está formando a profesionales de la salud y la educación y a estudiantes de Medicina para prevenir y atender a las afectadas. Un programa que impulsa Kaplan. “Es fundamental formar tanto en los países de origen como en España para contribuir al cambio. Cuando se hace, las niñas viajan a sus países de origen y regresan intactas”, dice.
Sau comparte esta visión. “Los médicos somos una pieza clave, al igual que la escuela, porque estamos en contacto con las familias. Lo importante es convencer, porque toman conciencia de lo que significa y cuáles son sus consecuencias. Muchas madres lo sufren. Ellas también son víctimas”.
Girona fue pionera en la prevención de la MGF en España. Sau forma parte de la mesa en Santa Coloma de Farners que reúne a especialistas sanitarios, educadores, mediadores sociales, técnicos de inmigración ymossos, para prevenir, detectar y abortar casos de riesgo desde hace ocho años. Solo en esta provincia hay otras 40 mesas. Siguen el protocolo elaborado por la Generalitat de Cataluña en 2002.

Algunos expertos creen que este fallo animará a dejar a las niñas en su país
Mangas considera que “el problema con el protocolo es que se incide más en evitar que las niñas viajen a sus países que en sensibilizar sobre un problema de salud. ¿Por qué las charlas en las escuelas las da la policía y no los médicos o los mediadores sociales?”, plantea. En su opinión la educación no es una competencia de los Mossos d’Esquadra, “pero las cifras de casos las suministran ellos”.
La policía catalana intervino el año pasado en 31 casos de riesgo en Cataluña, en seis de los cuales se produjo la extirpación. El Cuerpo Nacional de Policía no dispone de datos, puesto que no segrega la ablación del resto de delitos de lesiones. Según su portavoz, la problemática se da, principalmente, en Cataluña.
Ollé y Bah comparten que hay una parte positiva de la resolución como mensaje para todos los emigrantes con intención de vivir en España. Pero el gambiano teme que se haya llevado al extremo la ley, porque la niña no fue extirpada aquí. Ni sus padres aprovecharon las vacaciones para realizar la ablación. “Hay muchas en esta situación ¿Perseguirán a sus madres?”, plantea.
Aina Mangas, técnica de Salud Pública de Badalona, también ve este aspecto con inquietud. En su opinión, “la resolución supone un cambio de criterio radical” y, en el fondo, se trata de una medida antimigratoria que pretende “frenar los reagrupamientos familiares”.
En 2008 había en España 40.890 mujeres africanas y 10.451 menores llegadas de países donde se practica, según el Mapa de la mutilación genital femenina en España de 2009.
Bombo NDir, presidenta de la Asociación de Mujeres Inmigrantes Subsaharianas (ADDIS), cree que “la sentencia echa por tierra el trabajo realizado. Tememos que se produzca una nueva discriminación, porque las familias dejarán a las niñas en sus países de origen”. Sau, que apoyó la reforma de 2005, lo suscribe. Alguna madre ya le ha preguntado: “¿Si traigo a mi hija mayor iré a la cárcel?”. “Es una pena. Al menos hay un centenar con hijas nacidas aquí que han viajado a su país y han regresado íntegras”. “Una familia, más aún un padre convencido, es la mejor herramienta de prevención. Él tiene el poder de decisión. No solo deja de mutilar en España. También batalla en su país de origen”.
Bah también reivindica el papel del hombre africano para luchar contra la ablación. “Las cosas están cambiando deprisa. Hace 10 años era un tabú; ahora ya no. Se habla en público y los hombres participamos”. En una sociedad patriarcal y gerontocrática, “nosotros no mutilamos, pero sí tenemos la última palabra, al igual que el imam”.

Los daños de la mutilación genital

Se practican cuatro tipos de mutilaciones. La clitoridectomía es la resección parcial o total del clítoris y, en ocasiones, solo del prepucio. La excisión es la resección parcial o total del clítoris y los labios menores, con o sin excisión de los labios mayores. La infibulación, la más agresiva, consiste en el estrechamiento de la abertura vaginal para crear un sello mediante el corte y la recolocación de los labios menores o mayores, con o sin resección del clítoris. Además, hay otros procedimientos lesivos sin justificación médica tales como la perforación, incisión, raspado o cauterización de la zona genital.
Reconocida como una violación de los derechos humanos de mujeres y niñas, no aporta ningún beneficio para su salud, porque interfiere con la función natural del organismo femenino. Las afectadas sufren dolor intenso, choque, hemorragia, tétanos, sepsis, retención de orina, llagas abiertas en la región genital y lesiones de los tejidos genitales vecinos. A largo plazo las mujeres mutiladas sufren también infecciones vesicales y urinarias recurrentes, quistes, esterilidad, riesgo de complicaciones del parto y muerte del recién nacido, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

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miércoles, 17 de abril de 2013

PRENSA. "Las promesas rotas de la 'primavera árabe'". Reportaje

Manifestación de protesta contra el régimen de Hosni Mubarak, en febrero de 2011 en Alejandría, en el norte de Egipto. / DYLAN MARTÍNEZ (REUTERS) ("El país")

   En "El País":

Las promesas rotas de la ‘primavera árabe’

El integrismo y el desgobierno dejan aparcadas las esperanzas de avance para la mujer

Crecen las agresiones, pero también aumenta el activismo feminista

 13 ABR 2013

Había mucha esperanza para ellas en las revoluciones de la primavera árabe. En Egipto las mujeres se manifestaban contra un régimen autoritario mano a mano con sus compañeros varones. Parecía que un nuevo amanecer democrático traería libertad, igualdad y nuevas oportunidades. Más de dos años después, ante el avance de grupos islamistas por las vías legítimas de Gobierno y, ante la inestabilidad, la inseguridad y el desgobierno en el que han quedado las calles del país, las mujeres se encuentran en una situación mucho más compleja y delicada. Algunas, incluso, confiesan que bajo el régimen de Hosni Mubarak vivían mucho mejor.
El caso de Egipto es especialmente sensible, entre el resto de países de la primavera árabe. Allí, unas elecciones consideradas justas y transparentes han llevado a una situación de gran incertidumbre e inquietud en las calles. El 25 de enero, cuando se conmemoraba el segundo aniversario del inicio de las protestas que llevaron al derrocamiento de Mubarak, la plaza de la libertad se convirtió, en parte, en un lugar de violencia e indignidad. Al menos 19 mujeres fueron agredidas sexualmente en la icónica plaza de Tahrir, varias de ellas violadas por turbas de jóvenes descontrolados, según denunciaron varios grupos de defensa de los derechos humanos. La policía se hallaba en paradero desconocido. Quedaban solas esas mujeres para intentar defenderse a sí mismas.

El auge conservador en Egipto es el mejor ejemplo de la situación
Al desgobierno en las calles de Egipto se le ha añadido el avance de grupos, antes acallados o prohibidos por Mubarak, que ahora tratan de hacer de su interpretación conservadora del Corán la legalidad vigente en el país. Solo bajo esa luz se entiende que alguien como el legislador Reda Saleh al Alhefwani, del partido político afiliado a la sociedad de los Hermanos Musulmanes, se preguntara en una comisión parlamentaria recientemente: “¿Cómo le piden al Ministerio del Interior que proteja a una mujer cuando ella misma se mezcla con hombres?”.
En semejante contexto, hasta los elementos más radicales de la sociedad se han visto legitimados a decir lo que les place. El jeque Abu Islam, un predicador televisivo, ha comparado a las mujeres que se manifiestan con “ogros, sin vergüenza, educación, miedo o, incluso, feminidad”.
“Hay un clima de violencia contra las mujeres", explica la socióloga Imam Bibars, directora regional de la organización Ashoka Arab World. “Lo que se ve tras el ascenso al poder del presidente Mohamed Morsi no es un aumento del acoso sexual en las calles. Es violencia contra las mujeres, para eliminarlas de la vida pública, para dejarlas de lado. Es un movimiento planificado, pensado y acometido por los fundamentalistas, tanto en el Gobierno como en grupos más extremistas, como los salafistas. Lo que vemos es una campaña para asustar a las mujeres, para forzarlas a que callen y que no formen parte del movimiento que quiere avanzar la democracia”, añade.

Al menos 19 mujeres fueron violadas en la plaza de Tahrir en el aniversario del revolución
“Y si las mujeres en El Cairo están asustadas, las de las zonas rurales y remotas mucho más. Yo misma me lo pienso dos veces ahora antes de ir a cualquier sitio a solas, sin la compañía de amigos varones o mujeres. Sé que hay animales en muchos sitios”. Bibars lo tiene claro: “Si los que ahora mandan siguen en el poder, y se les deja hacer lo que quieran, Egipto acabará como Afganistán o como Irán. Quieren hacerlo y lo lograrán si se les deja”.
Las activistas egipcias citan un ejemplo reciente que ha confirmado sus temores. La rama en Egipto de los Hermanos Musulmanes, un grupo que ha extendido su poder en el mundo árabe tras las revueltas de la primavera árabe, y cuyos aliados controlan el Gobierno en ese país, criticó duramente el pasado mes de marzo una resolución de condena a la violencia contra las mujeres debatida en un comité de la Organización de Naciones Unidas.
“Esa declaración, de ser ratificada, llevaría a la desintegración de la sociedad y, sin duda, sería el paso final en la invasión intelectual y cultural de los países musulmanes, al eliminar la especificidad moral que ayuda a preservar la cohesión de las sociedades islámicas”, dijeron los Hermanos Musulmanes en un comunicado oficial. Entre otras cosas, critican que la ONU quiera “concederle la igualdad de derechos a las mujeres adúlteras y a los hijos ilegítimos de esas relaciones adultas”, “ofrecer protección y respeto a las prostitutas”, “la abolición de la poligamia” y, sobre todo, “anular la necesidad del consentimiento de un marido en asuntos como viajar, trabajar o emplear anticonceptivos”.

Las presentadoras de la televisión pública vuelven a llevar velo
“Ese es un comunicado muy útil, en realidad", opina Heba Morayef, directora de la oficina de Human Rights Watch en Egipto. “No proviene de un sector extremista y aislado, sino de la sociedad de los Hermanos Musulmanes en sí misma, difundido en su página web en inglés y en árabe. Ahora sabemos con quién tratamos, una plataforma islamista socialmente conservadora. No sorprende por lo que se dice en el comunicado, sino porque procede de una agrupación a la que están afiliados el partido mayoritario en el Congreso y el presidente de Egipto, y que está comprometida con el avance de la sharía, o ley islámica”, añade.
Ante esa perspectiva, muchas mujeres dicen algo ahora impensable durante los días de la revolución de 2011. “Con Mubarak, en este apartado, estábamos mejor”, asegura la activista Dalia Ziada, que fue candidata en las primeras elecciones parlamentarias libres del país. No lo duda. Lo repite, de hecho, varias veces. “Su mujer, Suzanne Mubarak, tuvo un gran papel en la aprobación de una ley de 2007 que prohíbe la ablación genital femenina. Ahora los salafistas quieren anular esa ley”, explica.
En mayo de 2012 el legislador Nasser al Shaker, del partido salafista Nour, pidió, de hecho, que se permitiera reinstaurar la práctica de extirparle el clítoris a las mujeres, de acuerdo con su interpretación de los preceptos del Corán.
“Este régimen promueve la violencia contra las mujeres para, de ese modo, asustarlas y apartarlas de las manifestaciones”, añade Ziada. “Si las familias ven que en las calles no hay seguridad, no dejarán acudir a las protestas a sus hijas. Las propias mujeres se lo pensarán dos veces antes de unirse a una manifestación. Son métodos a los que ya recurría Mubarak, pero ahora las cosas han cambiado a peor. Mubarak no era perfecto. El régimen tenía muchos problemas. Pero en lo que respecta a derechos de las mujeres, la situación ha empeorado notablemente”, añade.

“Hay en marcha un fuerte movimiento y no se rinden”, insiste una analista
Mucho se debatió sobre el futuro de la mujer en Egipto el pasado mes de septiembre, cuando la presentadora de televisión Fatma Nabil dio el parte en el Canal 1 de televisión tocada con un velo islámico que le cubría cabello y cuello. Fue toda una novedad. No porque el velo apareciera en televisión, algo que era común en cadenas privadas, sino porque el Canal 1 es público y hasta entonces las presentadoras que habían aparecido en él llevaban todas el pelo descubierto. La norma no escrita de que los asuntos confesionales quedaban fuera de los medios informativos públicos quedaba entonces rota.
Aquel incidente, sin embargo, fue una anécdota, un pequeño aparte comparado con los verdaderos problemas que vive Egipto dos años después de la revolución. La mayoría de mujeres en Egipto lleva velo y, para muchas, verlo en televisión no es un asunto de derechos civiles o no.
Las verdaderas amenazas se hallan en la calle. Muchas de las activistas entienden y asumen la contradicción que se vive en la resaca de la primavera árabe. Las mujeres se ven agredidas. Sus derechos se ven gravemente amenazados. Pero muchas de ellas han decidido que no van a ser acalladas, y toman un papel cada vez más protagonista en la vida civil y política de su país.

“Muchas más mujeres deciden denunciar las agresiones”, asegura una docente
“Hay más mujeres defendiendo sus derechos, y más mujeres activistas”, asegura Rabab el Mahdi, profesora de Ciencia Política en la Universidad Americana de El Cairo. “Con la primavera árabe se han roto muchos tabúes en ese sentido. Paralelamente ha habido un incremento en las agresiones a las mujeres. El problema de la agresión sexual en Egipto siempre ha estado ahí, no es algo nuevo. Pero con la revolución se ve más, y más mujeres han decidido protestar y denunciar a sus agresores. Por otro lado, antes había una gran presencia del aparato de seguridad del Estado, controlada por el régimen, que ahora ha desaparecido. Hay menos policía en las calles, y los agresores tienen más margen de maniobra, lo que ha llevado, también, a un aumento de las agresiones”, añade.
Ha habido mujeres valientes que han dado el paso de hablar públicamente de la lacra del acoso sexual en Egipto. La periodista Hania Moheeb fue una de las agredidas en la plaza de Tahrir el 25 de enero. Una turba la rodeó en la oscuridad, la desnudó y la violó durante tres cuartos de hora. Con gran coraje, el mes pasado la reportera decidió relatar ese calvario. En una entrevista en la cadena de televisión NBC contó que entre el grupo que la violó había hombres que fingían acudir en su ayuda. “Lo que sé es que mi cuerpo fue violado hasta el último segundo en que se me pudo poner en una ambulancia”, dijo.
Egipto se halla en una compleja y delicada situación social, política y económica. Los partidos salafistas han ganado fuerza en las calles, ejerciendo presión sobre el Gobierno de Morsi e incitando a las agresiones contra cristianos y musulmanes chiíes.

“Con Mubarak, en este apartado, estábamos mejor”, señala una activista
Las reservas de moneda extranjera están un 60% por debajo de los niveles de hace dos años. El país ha solicitado un préstamo por valor de 3.600 millones de euros al Fondo Monetario Internacional, que ha puesto como condiciones una serie de reformas de austeridad que, con toda seguridad, incrementarán el descontento en las calles.
En ese contexto, en marzo el presidente se apresuró a presentar una iniciativa nacional para proteger a las mujeres y sus derechos. Dijo que los principales problemas para las féminas de Egipto son el analfabetismo, el desempleo y el acoso sexual. “Esta iniciativa pondrá fin a cualquier intento de marginalizar a las mujeres, reducir sus derechos o suprimir su libertad o dignidad”, dijo el presidente en un discurso recogido por varios medios locales. No dio más detalles.
En su Ejecutivo hay solo dos mujeres. Tras las elecciones legislativas de hace más de un año, el Parlamento quedó conformado con apenas un pequeño 2% de féminas, muy por debajo del 12% de los últimos años de Mubarak.
“Por muchas trabas que pongan, no creo que puedan anular a las mujeres políticamente. La revolución ha puesto en marcha un movimiento muy fuerte, y las mujeres siguen muy activas en la oposición, y no se rinden”, asegura Fatemah Khafagy, analista egipcia experta en asuntos relativos a los derechos de las mujeres. “Creo que a los Hermanos Musulmanes les asustamos las mujeres, porque en cierto modo temen que votemos más que los hombres y que les podamos echar del poder. Y, de ese modo, van eliminando cuotas y van cambiando leyes, utilizando la religión para decirnos a las mujeres que nuestro lugar está en casa, no en la esfera pública. Pero no está funcionando”, opina.
Bajo el dominio de Hosni Mubarak, el régimen acallaba a los disidentes y silenciaba a los grupos islamistas. Con la democracia, estas activistas mujeres sienten que la mayoría política quiere enmudecerlas a ellas, con la excusa de una religiosidad, para ellas, debería limitarse al ámbito de la esfera privada, y no exhibirse desde el Gobierno. Para ellas, la lucha por sus libertades comenzó hace dos años, y dista mucho de haber acabado.

lunes, 4 de febrero de 2013

PRENSA. "Tombuctú sale del infierno yihadista". Reportaje

Alumnos de la escuela de Mahamane Fondogoumo, en el centro de Tombuctú, atienden a la profesora. / BENOIT TESSIER (REUTERS) ("El país")

   En "El País":

Tombuctú sale del infierno yihadista

Durante diez meses, los radicales se apropiaron de la histórica ciudad para su salvaje versión de la ley islámica

 Tombuctú 1 FEB 2013 

“Esta era la prisión de mujeres”. Abdoul señala un minúsculo cuarto de apenas un metro y medio de ancho por dos metros de largo. Es el antiguo cajero automático del banco BMS, que durante diez meses fue sede de la policía islámica de Tombuctú. “Aquí metían a las mujeres por no llevar el velo de manera correcta durante un par de días o incluso una semana. Ahí comían, dormían y hacían sus necesidades, una vez llegó a haber hasta 15, no se podían ni mover”. La puerta del cajero daba a la calle, así que todos las veían al pasar.
Tombuctú es una sombra de lo que fue. Más de la mitad de sus 45.000 habitantes se han ido en los últimos meses y todavía no han vuelto. Azahara Abdou, una joven de etnia songhay de 20 años, fue una de ellas. “Había salido a tender la ropa a la puerta de mi casa con mi hiyab puesto. Entonces apareció Mohamed Mossa y sus seguidores y me llevaron con ellos por no vestir de manera adecuada”. Mossa sale en muchas conversaciones.
Él se encargaba de que se aplicara la sharía, la ley que ha imperado diez meses en Tombuctú. “Me castigaron a estar en aquella prisión durante un mes y a diez latigazos cada día por la mañana. Pero me dio una crisis nerviosa y me corté con el vidrio de la puerta”. Azahara muestra una gran cicatriz en su pierna izquierda, “entonces me cogieron, me llevaron dentro y me violaron entre cinco porque, según dijeron, era muy arrogante”.
En la ciudad no hay ni Internet ni cobertura telefónica. Los yihadistas destrozaron todos los servidores antes de irse. Tampoco hay luz durante la mayor parte del día, solo unas pocas horas por la mañana, porque también robaron todo el combustible. Además, los comerciantes árabes huyeron de la ciudad por temor a represalias y sus negocios han sido saqueados y las pocas tiendas abiertas apenas tienen mercancía. Unos metros a la derecha de la prisión de mujeres está la tienda de Mohamed Ould Oumar, que fue saqueada hace dos días. A su puerta se sentaba a tomar el té Mojtar Belmojtar, uno de los líderes de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) a quien se considera responsable del reciente secuestro en la planta de gas de In Amenas, en Argelia, que causó decenas de muertos.
“Llevaba un turbante negro, mientras que los demás lo llevaban de color café con leche. Nos los cruzábamos a veces, pero no podíamos ni dirigirles la palabra”, añade Abdoul. Detrás, en un enorme panel donde antes había un logotipo de Cruz Roja, reza el siguiente eslogan: “La ciudad de Tombuctú fue fundada sobre el islam y no será juzgada sino por la legislación islámica (sharía)”. Aún nadie se ha molestado en quitarlo.
En el barrio de Abarayu está la casa de Sanda Ould Bounama, hasta hace solo unos días el todopoderoso líder local de Ansar Dine. Hoy, de su lujosa vivienda, envidia de todo el barrio, no queda sino la estructura, se han llevado hasta los cables de las paredes. Los vecinos aseguran que poco antes de que Tombuctú fuera recuperada por el Ejército francés el pasado fin de semana, este antiguo profesor de religión islámica y rico comerciante se esfumó como por arte de magia. Algunos dicen que le vieron irse, junto a otros radicales, montado en un burro para evitar ser detectado por los aviones franceses que bombardeaban sin parar.
El hotel La Maison, propiedad de una francomaliense llamada Hawa, está hoy cerrado a cal y canto. En los últimos tiempos se había convertido en el Palacio de Justicia de los radicales. Aquí era donde aplicaban su particular versión de la ley islámica, donde aprobaron el castigo de Azahara o donde le cortaron la mano a Hamdido Meïga por ladrón. A poca distancia, las ruinas de lo que un día fue la Gendarmería, el único edificio del centro de Tombuctú que fue bombardeado además del hotel Libia, situado en las afueras y construido por Gadafi.
Bagomni Tandina tiene 43 años. Era el guardián del hotel La Palmeraie y ganaba unos 60 euros mensuales que le daban para vivir bien con su mujer y sus dos hijos. Ahora se dedica a lavar ropa por las casas por unos cientos de francos CFA. Él decidió quedarse. “Llegaron y lo prohibieron todo. Ni fumar ni beber, ni que los móviles tuvieran música, ni ver la televisión, todo estaba prohibido”, asegura. “Lo hacían en el nombre del islam, pero no eran buenos musulmanes. Entraban en las mezquitas con sus armas y eran unos mentirosos y traficantes”.
En el cementerio de Los Tres Santos, en el centro de la ciudad, los mausoleos fueron destruidos a golpe de piqueta. Se aprecian aún las piedras y las hermosas puertas de madera. El nuevo edificio de la biblioteca Ahmed Baba, que albergaba valiosos manuscritos, fue durante meses alojamiento de los yihadistas, que, antes de partir, tuvieron tiempo de quemar varios cientos de documentos históricos. Otros, la mayoría, fueron salvados por vecinos y trabajadores de este organismo. Y en la mezquita Sidi Yahya, la famosa puerta del Fin del Mundo ya no está. Se la llevaron los radicales.
Moulaye Sayah, un periodista local, vive justo al lado del centro Ahmed Baba. “Lo más grave de todo lo que hicieron fue quemar los manuscritos. Los latigazos se curan y de los mausoleos tenemos fotos, se pueden reconstruir. Pero han borrado una página de la historia que no se podrá salvar, es un crimen contra el mundo entero”, asegura.
Son las heridas más visibles de una ciudad seriamente dañada, de calles vacías e inundadas de arena que poco a poco vuelven a la vida. Quisieron convertirla en capital de una forma radical e inhumana de extremismo religioso y solo consiguieron apagar, por unos meses, su brillo antiguo de gente sabia y tolerante. “Claro que nos rebelamos. Gritamos, lloramos y pataleamos. Pero, ¿qué íbamos a hacer? Ellos tenían armas y nosotros no, estábamos indefensos”, añade Tandina.
Aunque hundida y sufriente, Tombuctú sigue estando ahí, entre el desierto y el río Níger, con su misteriosa magia de siempre y su alegría recuperada. La gente está exultante. Paran a los periodistas occidentales y a los soldados franceses por la calle y los bendicen. Yaya Sanusi y Bacar Meïga toman té a las puertas de su casa en el barrio antiguo al lado de dos enormes altavoces de las que sale una música atronadora. Hace solo dos semanas esto era suficiente para que te castigaran a latigazos. “Han sido diez meses en el infierno”, explica Omar Dicko, profesor de inglés y guía, “ahora tenemos que mirar al futuro. Aquí casi todos vivimos del turismo y desde hace más de un año no viene ningún visitante. Pero pronto volverán”.

jueves, 18 de octubre de 2012

PRENSA. "El islam, Occidente y la doble intolerancia", por Ramin Jahanbegloo

Ramin Jahanbegloo

   En "El País":

El islam, Occidente y la doble intolerancia

Existen numerosas pruebas que permiten demostrar que, a la hora de atacar, los intolerantes de ambos bandos estarían encantados de utilizar casi cualquier mentira. Hay que tomar medidas contra los malentendidos

 15 OCT 2012

La agitación y la violencia recientes por la difusión de una película que ridiculiza al profeta Mahoma ha vuelto a agravar los malentendidos y las malas interpretaciones entre Occidente y el mundo islámico. Los grandes medios de comunicación acentúan esta mutua ignorancia e intolerancia al hacer hincapié en el falso relato del islam contra Occidente. Hasta tal punto que, para muchos de nosotros, se ha vuelto habitual pensar que la única relación posible entre el mundo islámico y Occidente consiste en un ciclo de conflictos políticos y culturales.
Es indudable que, durante siglos, los extremistas de ambas partes han cultivado este juego de agrupar y reducir a estereotipos a musulmanes y occidentales respectivamente, pero cualquier persona abierta que estudie el islam y Occidente comprende que la mayor fuente de equívocos no es religiosa ni cultural sino política. Las fricciones engendradas por la política exterior estadounidense en Oriente Próximo, los asuntos relacionados con la geopolítica del Golfo Pérsico, el conflicto israelo-palestino y la política de proselitismo islámico en Asia occidental invaden el terreno cultural y producen una polarización de las identidades en la que el valor esencial y las creencias del “otro” se consideran problemáticos y amenazadores. Como consecuencia, en la conflictiva relación entre algunos occidentales y algunos musulmanes, existe una convicción cada vez más extendida sobre la inutilidad y la ausencia de diálogo entre Occidente y el islam.
¿Pero cómo es posible que la generalización de la conocida tesis del “choque de civilizaciones” explique mejor las razones de ese enfrentamiento a los responsables políticos y la opinión pública sin repetir de manera incondicional los estereotipos provocadores y sensacionalistas popularizados por los propulsores de la “guerra contra el terrorismo islámico” y el lema “abajo los occidentales blasfemos”?

Un islam pluralista que esté perpetuamente marginado no sirve de nada para nadie
Existen numerosas pruebas que permiten demostrar que, a la hora de atacar el islam o a Occidente, los intolerantes de ambos bandos estarían encantados de utilizar casi cualquier mentira. Los occidentales que no conocen el islam no tienen ningún deseo de comprender ni tolerar a los musulmanes porque se imaginan el islam como una religión de violencia que acabará por destruir y devorar Europa. De lo que tal vez no son conscientes esos occidentales es de que la civilización islámica tuvo una influencia decisiva e irresistible en la cultura europea. La Divina Comedia de Dante contenía referencias al profeta Mahoma, Avicena y Averroes. Había libros como el Corán en las bibliotecas reales, por ejemplo la Bibliothèque Royale de Fontainebleau, y se pensaba que los manuscritos persas y árabes eran la clave para interpretar el conocimiento antiguo. La experiencia del islam en Andalucía constituye una culminación de las civilizaciones europea e islámica y un punto de referencia en el que se hicieron realidad muchos de los principios del diálogo interconfesional e intercultural, en un proceso de mutua comprensión que partía de un proceso de escucharse recíprocamente.
Hoy, sin embargo, tanto el islam como Occidente padecen un grave caso de intolerancia. En Occidente, muchos estereotipos y muchas informaciones falsas que contribuyen a la islamofobia tienen sus raíces en un miedo al islam que presenta esa religión como un bloque monolítico, estático, salvaje, irracional, amenazador y resistente al cambio. El miedo al islam se ha convertido en un fenómeno social en Occidente, y el 11-S convirtió la imagen del musulmán invasor en la del musulmán terrorista.
El miedo moderno al islam no es solo resultado de un anti-islamismo cristiano, sino de una relación laica con el islam y los musulmanes. La islamofobia, en el mundo contemporáneo, deriva de una visión culturalista y esencialista del islam que lo considera no como una forma de espiritualidad sino como una cultura totalizadora que representa una amenaza contra la cultura universalista de Occidente. La islamofobia es más fuerte en las culturas occidentales con una firme convicción de que tenemos la misión republicana, laica y universalista de excluir o asimilar todas las prácticas religiosas anticuadas. Por eso, los intentos de prohibir el hiyab y el niqab no son solo muestras de discriminación sino que alimentan el sentimiento antimusulmán que se extiende en determinados círculos de Europa y Norteamérica.
Pero esa falsa representación del islam va paralela a una falsa representación de Occidente. Es decir, la “islamofobia”, o miedo a la marea islámica, tiene el contrapeso de una “occidentofobia” permanente entre los musulmanes radicales. Desde que la globalización se convirtió en sinónimo de occidentalización, muchos musulmanes radicales sienten inquietud ante la cultura occidental.
Aunque las versiones apocalípticas, violentas y del otro mundo, que glorifican la muerte y viven solo en nombre de una utopía islámica, no representan más que a unas minorías diminutas entre los musulmanes de todo el mundo, la opinión pública mundial parece considerar sus actitudes hostiles en unos cuantos países musulmanes como lo más representativo del discurso islámico general, y eso crea un clima que lleva a la ausencia de diálogo y la violencia extrema.

Es preciso enseñar más sobre los musulmanes y sus culturas en las escuelas europeas
Es prematuro suponer que el islam pluralista se ha quedado sin fuerzas. Pero un islam pluralista que esté perpetuamente marginado no sirve de nada para nadie. ¿Cómo pueden distinguir las sociedades occidentales entre los musulmanes pluralistas que buscan sitio para sus creencias y tradiciones en un marco democrático y de diálogo y los seguidores de una corriente empeñada en la destrucción de ese marco?
Tal vez un buen punto de partida es reconocer que muchos musulmanes de todo el mundo han alzado su voz contra la violencia y a favor de soluciones espirituales y no violentas, el diálogo y la paz, pero comprender que con sus palabras no han logrado frenar el aluvión. Son voces que es necesario oír, amplificar y difundir en Occidente y en el mundo musulmán. Y también es preciso enseñar más sobre los musulmanes y sus culturas en las escuelas europeas, para acabar con la idea de que son un pueblo exótico y extraño. Además, tiene que haber más musulmanes pluralistas y no violentos visibles en la vida pública y los medios de comunicación de Occidente, con el fin de encontrar una tercera vía para resolver los choques entre las interpretaciones occidentales de la libertad personal y las interpretaciones islamistas de los derechos y deberes de los musulmanes.
Quizá ha llegado la hora de que las sociedades occidentales comprendan que lo que más interesa a todo el mundo es no solo encontrar el equilibrio entre las expresiones de la identidad musulmana y la idea laica y republicana de Occidente, sino tomar medidas concretas para eliminar los malentendidos y las interpretaciones erróneas que han contribuido a dar una imagen negativa de los musulmanes como gente violenta, hostil y culturalmente inepta para la democracia. Y asimismo, e igual de importante, mientras existan Gobiernos musulmanes deseosos de fomentar la ira contra Occidente por incidentes como una película que se burla del profeta Mahoma, las caricaturas en Dinamarca, unos soldados estadounidenses que profanan ejemplares del Corán y un pastor evangélico norteamericano que amenaza con quemar el libro sagrado, serán muchos los que en todo el mundo, incluidos musulmanes, sigan creyendo que la autocracia es un rasgo intrínseco del futuro político de las sociedades musulmanas.
Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní, es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.