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martes, 3 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. "1989-2014: las 25 mejores novelas"

   En "elmundo.es":


LITERATURA Los 25 años de EL MUNDO

1989-2014: las 25 mejores novelas





¿Qué grandes obras de ficción nos han acompañado mientras leíamos este periódico? La elección, por parte de siete especialistas, se ha hecho dentro del campo acotado de los novelistas nacidos en España y que escriben en castellano. 25 novelas para 25 años, un listado que provoca la curiosidad e invita a la polémica. No ha habido una lista previa sobre la que elegir y el orden de aparición responde, aunque con empates y pocas diferencias, al número de votos recibidos.
Han elegido: Nuria Azancot, Ángel basanta, Blanca Berasátegui, Pedro G. Cuartango, Manuel Llorente, Santos Sanz Villanueva y Ricardo Senabre]


1. EN LA ORILLA

RAFAEL CHIRBES (Anagrama, 2013).
Con ésta, su novela más reciente, el autor ganó el Premio Francisco Umbral de este año. Fiel a la que viene siendo su trayectoria, Chirbes, de reconocida estirpe galdosiana, presenta un descarnado retrato de la España actual, azotada por males como la especulación inmobiliaria y el arribismo. La voluntad de denuncia no está reñida aquí con la riqueza verbal, el respeto por el lenguaje, igual que por unos personajes a los que el autor deja expresarse libremente.

2. LA NOCHE DE LOS TIEMPOS

ANTONIO MUÑOZ MOLINA (Seix Barral, 2009).
Tras una fulgurante revelación y una trayectoria ascendente (culminada en 2013 con el Príncipe de Asturias), Muñoz Molina nos dio con ésta posiblemente su mejor novela: un ambicioso y extenso relato sobre la Guerra Civil, con manifiesta voluntad de eludir sectarismos, y subrayando no una discutible épica, sino la terrible noche que arrasó el sueño de modernidad de la República.

3. CREMATORIO

RAFAEL CHIRBES (anagrama, 2007)
Novela de éxito (fue Premio de la Crítica y dio pie a una serie televisiva) de un autor que ha llevado una trayectoria rigurosa, partido a partido, pertenece a una serie, no premeditada ni expresa, sobre el fracaso y la corrupción de una generación. Inconformista en sentido amplio, este enemigo declarado de la llamada literatura portátil huye de cualquier buenismo, aplica un sano perspectivismo, muy suyo, y emplea un lenguaje caudaloso y muy bien trabado.

4. RABOS DE LAGARTIJA

JUAN MARSÉ (Lumen, 2000)
Gran exponente (y superviviente) de la generación del medio siglo, la de Sánchez Ferlosio, Benet o García Hortelano, Marsé ganó el Premio de la Crítica con esta historia situada de nuevo en la posguerra, de fondo autobiográfico y en la que vuelve a jugar con las complejas relaciones entre verdad y mentira, apariencia y realidad. A esas marcas de la casa les añade algunos toques de fantasía, como un fantasma hamletiano, de humor e incluso cierto sentimentalismo.

5. JUEGOS DE LA EDAD TARDÍA

LUIS LANDERO (Tusquets, 1989)
Seguramente, la irrupción más contundente de los últimos 25 años. Landero ganó con esta novela los premios de la Crítica y Nacional y se reveló como un autor plenamente hecho (ya era cuarentón entonces). A través de un protagonista de clara estirpe cervantina, que se convierte en impostor de sí mismo, el autor, con notable dominio narrativo, indaga en los sueños incumplidos, en el contraste entre la realidad y el deseo.

6. EL HEREJE

MIGUEL DELIBES (Destino, 1998)
Con su última novela, Delibes, uno de los autores españoles indiscutidos, renovador de nuestra narrativa desde los 40, incurrió por una vez en el género histórico. Y lo dignificó al recrear la peripecia de un grupo de protestantes que acabaron quemados en el Valladolid de mediados del siglo XVI. Él mismo definió la novela como una defensa de la libertad de conciencia. Rica en incidencias y personajes, responde a su canon de «paisaje, personaje, conflicto».

7. VERDES VALLES, COLINAS ROJAS

RAMIRO PINILLA (Tusquets, 2004)
Monumental trilogía, compuesta por La tierra convulsa, Los cuerpos desnudos y Las cenizas de hierro, que reveló a un autor octogenario -un escritor literariamente autodidacta, cuyos maestros son Faulkner y García Márquez-, aunque había publicado varios títulos desde los años 50, ganando incluso el Nadal en el 60. Un ambicioso fresco sobre la transformación social del País Vasco desde el siglo XIX.

8. LA LARGA MARCHA

RAFAEL CHIRBES (Anagrama, 1996)
Novela de formación, según el propio autor, cuenta el largo proceso que va de la posguerra española, con sus humillaciones, silencios y difíciles supervivencias, al principio del fin del franquismo en el que una nueva generación («la joven guardia», según el irónico título de esa segunda parte) lucha contra el régimen sin poder liberarse de esa herencia del pasado. Grande y valiente novela con la complejidad y la falta de complacencia habituales en Chirbes.

9. EL DÍA DE MAÑANA

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN (Seix Barral, 2011)
Con una estructura caleidoscópica -son otros los que cuentan la historia del protagonista-, al estilo de ciertas películas clásicas (Martínez de Pisón es también guionista), esta novela que fue Premio de la Crítica nos cuenta la trayectoria de un escalador social, un pícaro que llega a confidente de la policía política franquista, y, a través de él, como espejo stendhaliano, la España de los años 60 y 70 en que se incubó la transición a la democracia.

10. EL MAL DE MONTANO

ENRIQUE VILA-MATAS (Anagrama, 2002).
Alto y multipremiado ejemplo de metaliteratura, muy en la línea exigente de su autor. El jurado del Premio de la Crítica (también ganó, entre otros, el Herralde y el Médicis en Francia) señaló la «calidad indiscutible» de «un escritor heterodoxo, distinto, con voz propia» y empeñado en un proyecto literario muy personal. Un estilo hipnótico para una novela autorreferencial capaz de fascinar a numerosos lectores (e irritar a otros pocos lectores y algún crítico).

11. LOS PECES DE LA AMARGURA

FERNANDO ARAMBURU (Tusquets, 2006)
Una de las raras incursiones de la narrativa española en el problema del terrorismo y sus consecuencias. Abiertamente comprometido con las víctimas y con su memoria, el autor plasma una amplia gama de situaciones: las víctimas, sus familias, el terrorismo de baja intensidad, el miedo y/o la cobardía de una sociedad, el callejón sin salida de las vidas de los asesinos...

12. CORAZÓN TAN BLANCO

JAVIER MARÍAS (Anagrama, 1992)
«No he querido saber, pero he sabido...». El arranque de la novela ya nos sitúa en un mundo típico de su autor, en el que profundizará en títulos siguientes: el secreto, la posibilidad o necesidad de saber o ignorar cosas. Con su elegante estilo habitual, en las antípodas del sonajero, digno heredero de su maestro Benet, Marías cuenta una historia de complejas relaciones sentimentales, envuelta en intriga y sutiles misterios que tienen que ver con el pasado.

13. EL METRO DE PLATINO IRIDIADO

ÁLVARO POMBO (Anagrama, 1990)
Autor esencial de la casa Herralde, el editor le reservó el número 100 de la colección (inaugurada también por él) en que apareció esta reflexión sobre la bondad que obtuvo el Premio de la Crítica. Centrada en un personaje femenino típicamente pombiano, el autor quiso demostrar que el bien también puede ser literario. Excelente muestra del mundo personal y profundo de Pombo, así como de su peculiar empleo del lenguaje.

14 GALÍNDEZ

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN (Planeta, 1991)
No todo Vázquez Montalbán es Carvalho, como no todo Chaplin es Charlot. Galíndez sólo comparte con la serie policiaca el interés político de fondo. Aquí, centrado en la peripecia de un personaje del PNV, el Jesús Galíndez del título, representante del Gobierno vasco en el exilio, secuestrado por la policía del dictador dominicano Trujillo en los años 50. Su historia se narra a través de la investigación que, en los 80, lleva a cabo la protagonista.

15. LA RUINA DEL CIELO

LUIS MATEO DÍEZ (Ollero & Ramos, 1999)
Segundo título de la trilogía de Celama -entre El espíritu del páramo y El oscurecer- con la que su autor encontró el espacio físico (mítico y simbólico a la vez) adecuado para unos personajes y tramas ya bien característicos y delimitados en su obra. Está aquí la Celama clásica, una cultura rural en trance de desaparecer, en una gran novela de la memoria comprometida, cuyo tema de fondo es una antropología de la muerte. Y con un estilo literario impecable.

16. EL EMBRUJO DE SHANGHAI

JUAN MARSÉ (Plaza & Janés, 1993)
Un Marsé de madurez, es decir, en plena forma y absolutamente genuino: Barcelona de posguerra, maquis legendarios y sueños juveniles deudores del cine y la cultura popular (lo que da pie a cierto juego metaliterario) confluyen en esta estupenda novela que fue Premio de la Crítica. Marsé vuelve a seducir con su estilo de apariencia sencilla y una historia agridulce que trata sobre la pérdida de la inocencia.

17. ESTATUA CON PALOMAS

LUIS GOYTISOLO (Destino, 1992)
Autor de una de las grandes novelas de la segunda mitad del siglo XX, Antagonía, Luis Goytisolo se caracteriza por la calidad del lenguaje, y unas estructuras hábilmente construidas en las que no se adivinan las costuras. Así es en este caso, en el que, con fondo autobiográfico, confluyen dos historias; una, en la Barcelona moderna, y otra en la Roma clásica. La obra mereció el Premio Nacional de Narrativa.

18. ROMANTICISMO

MANUEL LONGARES (Alfaguara, 2001)
Novela que lanzó a una merecidísima, aunque todavía discreta, popularidad a uno de esos autores que, como se ha dicho, desalojan menos espacio del que corresponde a su peso. La crítica, eso sí, reconoció con su premio anual a esta historia del final del franquismo, ambientada en el madrileño y franquista barrio de Salamanca, en la que, con ironía y un lenguaje de alta calidad, se cuentan los miedos y el aprendizaje democrático de esa burguesía salmantina.

19. LA LEYENDA DEL CÉSAR VISIONARIO

FRANCISCO UMBRAL (Seiz Barral, 1991)
Alto ejemplo de uno de los géneros más característicos de Umbral, el de la memoria del tiempo reciente, mezclando historia y ficción. Reconstrucción muy literaria, libérrima, llena de ese estilo suyo intransferible, de los años de la guerra civil en los ambientes de las dos capitales de la zona nacional, Burgos y Salamanca, entre realistas y míticas. Además, una fascinante galería de retratos de falangistas.

20. EL CORAZÓN HELADO

ALMUDENA GRANDES (Tusquets, 2007)
Quizá, la mejor novela de esta autora importante y de éxito, que le dio pie para iniciar una suerte de episodios nacionales centrados en la posguerra española. A través de dos historias paralelas, se reconstruye el devenir de dos familias desde los días de la guerra civil. Intensa, emocionante, galdosiana, bien documentada, con sólidos e inolvidables personajes y dosis de intriga, contiene también algo así como el árbol genealógico del Frente Popular.

21. SOLDADOS DE SALAMINA

JAVIER CERCAS (Tusquets, 2001)
El gran éxito de Javier Cercas, con múltiples premios y versión cinematográfica. La novela combina la narración de un hecho real, la supervivencia al fusilamiento, al final de la Guerra Civil, del escritor Rafael Sánchez Mazas, ayudado por unos milicianos en desbandada; y la investigación posterior por parte de un escritor. Historia con gancho (fue un éxito de ventas) que contenía una versión conciliadora.

22. LA SAGA DE LOS MARX

JUAN GOYTISOLO (Galaxia Gutenberg, 1993)
El desplome del comunismo, concretamente los abarrotados barcos de habitantes de un país excomunista (Albania), buscando un destino mejor en la Europa capitalista, están en el origen de esta novela. Con su estilo habitual, mezclando tiempos históricos y discursos, y rompiendo las estructuras narrativas tradicionales, Goytisolo mete una novela dentro de otra para contar la historia familiar de Marx, así como la de su controvertido legado teórico y político.

23. EL ESPÍRITU ÁSPERO

GONZALO HIDALGO BAYAL (Tusquets, 2009)
En este autor, pendiente de descubrir por los lectores, confluyen la creación de un mundo físico bien delimitado (la tierra de Murgaños, microcosmos que refleja a España) y un gusto por los juegos de lenguaje en una tradición que puede ir del barroco al OuLiPo. La historia transcurre entre los años 20 y los 40-50 del siglo XX. La erudición bienhumorada, el juego metaliterario, la riqueza verbal, son bazas de una novela muy por encima de la media.

24. EL CAZADOR DE LEONES

JAVIER TOMEO (Anagrama, 1989)
Kafka baturro, según una etiqueta tópica, maestro de la concisión y del absurdo, Javier Tomeo vuelve una y otra vez a sus relatos breves, de estructura teatral (muy dialogados), en los que disecciona a sus también pocos personajes con mirada de entomólogo. Éste es un buen ejemplo de ese modo de hacer. También del perfil inquietante y ominoso que pueden adquirir las situaciones cotidianas que creemos controlar.

25. LOS GIRASOLES CIEGOS

ALBERTO MÉNDEZ (Anagrama, 2004)
La posguerra, que ha dado lugar a novelas endebles y conformistas, adquiere una luz nueva en los cuatro relatos -relacionados entre sí, con personajes que reaparecen y situaciones que se reflejan- que forman este libro de aire unitario. La fuerza de las historias narradas está potenciada por un lenguaje de verdadera calidad, sin alardes efectistas. Supuso el descubrimiento póstumo de un autor importante.

jueves, 30 de agosto de 2012

PRENSA CULTURAL. "Leer y releer 'La muerte de Virgilio'", por Juan Goytisolo

Juan Goytisolo

   En "El País":

Leer y releer ‘La muerte de Virgilio’

La obra de Hermann Broch cautiva a la vez el oído literario y el oído musical

 18 JUN 2012

A Carlos Fuentes, in memoriam
Nuestra percepción literaria y humana de las grandes creaciones novelescas cambia con la edad. Cada relectura, conforme ascendemos al cenit de la vida y luego descendemos de él, descubre lo que no supimos ver en nuestra lectura anterior, y si el lapso transcurrido es de medio siglo, la diferencia entre lo leído y releído es proporcionalmente mayor. Lo que la obra dijo al joven que fui no interesa al viejo y curtido lector. Nuestro yo se ha transmutado y por eso leemos un libro nuevo. Así ha ocurrido con la novela de Hermann Broch, La muerte de Virgilio, a la que me asomé apenas cumplida la treintena, cuando la devoré en su reciente traducción francesa, en el mismo ejemplar marchito que ahora releo editado por Gallimard.
Mis recuerdos de la primera y segunda parte de la novela se habían borrado. Me deslicé sobre ellas para centrar mi interés en la tercera; la que describe la larga conversación didascálica de Virgilio con sus antiguos colegas y amigos y, sobre todo, con su protector César Augusto, a su llegada al puerto de Brindisi con el séquito de éste, lejos de su amada Atenas. Las reflexiones sobre el arte de escribir; las comparaciones contrastadas acerca del valor de la poesía, ciencia y filosofía; las referencias a Teócrito y Lucrecio, Catulo y Horacio, así como a sus maestros griegos (Homero, Esquilo, Sófocles, Eurípides y al “divino Platón”) y la evocación de Las Bucólicas, Las Geórgicas y de La Eneida que Virgilio dejó sin terminar y cuyo manuscrito —con la conciencia amarga de haber puesto la pluma ad majorem gloriam de César y no de la masa sufriente del pueblo— quiere destruir, me apasionaron. Hoy, por el contrario, me han parecido convencionales e incluso inverosímiles en boca de un moribundo -si cabe verosimilitud alguna en la a veces impetuosa, a veces mansa fluidez verbal de la obra- tras la portentosa audición de la agonía del poeta en las dos primeras partes.
El murmullo de la voz interior de Virgilio a la entrada de la flota romana en el puerto; mientras es llevado en andas por entre la exaltada multitud que aclama a César; durante el penoso trayecto por barrios miserables guiado por la antorcha del niño que encarna sus sueños, de ese muchacho casi transparente que surge y se desvanece, se funde con la imagen de un gigantesco esclavo y le conduce finalmente al pabellón de descanso con la preciosa caja de cuero que encierra el manuscrito de La Eneida, es el lento rumor de una marea que asciende y asedia su conciencia: la voz imperiosa (¿o diabólica?) que le ordena destruir el poema.
Su duda corrosiva en el valor cognoscitivo de la poesía —en esa invisibilidad melódica de la que brota la poesía—, pone en entredicho La Eneida. Los héroes de ésta son simples creaciones verbales, palabras perecederas como su propio autor, en busca de una inmortalidad inasible y ajena: la del universo nocturno que contempla “bajo la música de las estrellas”. El afán de abismarse en el vacío que le precedió y el que volverá sin remedio le exige la previa aniquilación de la obra, la renuncia al señuelo de lo imperecedero.
La destrucción como secuencia ineludible de la creación —mueren los hombres y mueren los dioses—, la contradicción ínsita al arte, condenado a crear lo perdurable con cosas perecederas, palabras, sonidos, colores, piedras, pues “la belleza no incide en la existencia del tiempo, solo la abole de forma simbólica”, le conduce al axioma de su condición precaria, de la desaparición inexorable de la forma material creada.

¿Cómo podía asimilarla el joven lector vanidoso que fui?
La voz interior que le acompaña, y acompaña al lector, suave como una marea, en su traslado en andas a la escucha de la oscuridad, a la escucha de la muerte ya cercana, es el compendio de su propia vida y del azar que la remata; “el poeta no puede nada, no puede evitar mal alguno. Se le aplaude si embellece el mundo, no si tal cual lo retrata”. Su manuscrito no evoca la inhumanidad de la esclavitud, la inutilidad de las guerras, la ferocidad de la masa circense sedienta de sangre. La mentira procura la gloria, el conocimiento no, le susurra al oído la voz en reiteradas variaciones sinfónicas. Tú has vivido en el círculo de quienes detentan el poder aunque nada en común tengas con ellos. No has logrado aunar, como Platón, poesía y conocimiento. Te has dejado mecer por la alabanza hipócrita de los que te rodean. ¡Libérate al fin de la mentira, destruye La Eneida!
La evocación fragmentada y acrónica del pasado, desde los recuerdos infantiles en el campo hasta el simulacro de la gloria y admiración mundanas, alterna con fogonazos de belleza deslumbrante: la imagen casi desvanecida, pero antaño real y bien real, de la mujer que amó sin compartir con ella el lecho, y hoy —en el presente narrativo novelesco— una mera silueta, apenas una sombra: “admirado, incluso en el recuerdo, de que tal belleza hubiera existido y de que posada en el rostro humano como un vapor ligero, nacida de la inmortalidad, del hálito de la inmortalidad, la luz emanase de él sin cesar, resplandor y extinción distantes y familiares, sonrisa nocturna próxima y lejana, marchitable como la alheña blanca, delicado tejido que vela su ausencia real”.
Vuelvo a mi incomprensión de “El agua” y “El fuego”, primera y segunda parte de la novela de Hermann Broch. ¿Cómo podía asimilarlas el joven lector vanidoso que fui, atraído como una falena por el brillo de la vida literaria y no asomado aún ni de lejos al acantilado de la vejez? La muerte de Virgilio cautiva a la vez el oído literario y el oído musical. Su relectura es la audición de una sinfonía cargada de símbolos, perturbadora pero serena. No la de Los adioses de Haydn, sino la de la Novena de Beethoven o del Requiem alemán de Brahms que solía poner de sobrecena, acompañado, hasta hace dieciséis años y que, desde entonces, me es imposible escuchar. Música, poesía y novela se superponen en ella sin confundirse, como una promesa liberadora que borra pasado y presente, suspendida en el hilo que nos lleva a la aurora de los tiempos y a su implosión final.
Juan Goytisolo es escritor

sábado, 9 de abril de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Emaús", novela de Alessandro Baricco.

Alessandro Baricco

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
En el filo del riesgo

JOSÉ LUIS DE JUAN 12/03/2011

   La mayoría de novelas que tienen interés suelen empezar bien, a la mitad desfallecen y pueden acabar sin pena ni gloria. Con Emaús sucede al revés: entramos en un discurso deslavazado, a veces irritante, avanzamos a trompicones y de repente se abre una luz, suceden hechos imprevistos que conmueven y finalizamos replanteándonos toda la lectura anterior. Los fallos detectados al inicio (una voz "holdeniana" sentenciosa y un tanto hueca; un personaje tópico, la sensual Andre; la aureola religiosa casi forzada) se vuelven aciertos plenos que encajan en un sistema narrativo consistente, quizá autobiográfico, que bucea entre lo real y lo imaginado. Alessandro Baricco logra su propósito a base de ensuciar el estilo en aras de una autenticidad que durante gran parte de la novela el lector pondrá en duda. Pero está ahí, pues al final recrea vivamente el mundo juvenil de los setenta. Un mundo de jóvenes aglutinados por el afán de crecer, la asfixia de la familia, y el brillo del secreto que contiene la vida, el difícil equilibrio entre hacer y soñar. Los cuatro amigos que tocan en las misas y ayudan en el hospital de pobres diablos quedan deslumbrados por el exotismo elegante de Andre, una chica rica. El narrador se refiere a "nosotros", a la banda, pero sobre todo a él y Luca, con el que tiene una relación más estrecha. Cada uno de ellos "conocerá" en el sentido bíblico a Andre. La conocerán y la perderán, etérea y volátil como la fe y la juventud. Ella habrá muerto y les seguirá apareciendo. Mientras sus tres amigos, Luca, el Santo y Bobby, se adentran en infiernos prematuros, el narrador parece salir indemne de la fatídica experiencia. Al menos nos deja con la inestimable virtud narrativa de imaginar cuál será su futuro. Fiel a Salinger, Baricco sentencia que "no tenemos ninguna posibilidad de comprender nada, sobre nada". Bueno, hemos comprendido que las novelas se pueden escribir en el filo del riesgo y acabar dejando una larga, perpleja resonancia.

Emaús
Alessandro Baricco
Traducción de Xavier González Rodríguez
Anagrama / Barcelona, 2011
160 páginas. 16,50 / 18 euros

sábado, 19 de marzo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Némesis", novela de Philip Roth

Philip Roth

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La culpa y el destino

JOSÉ MARÍA GUELBENZU 12/03/2011

   El afán de integridad engrandece y atenaza al protagonista de Némesis, la última novela de Philip Roth, ambientada en los años de la Segunda Guerra Mundial. El escritor compone una tragedia compleja, sugerente y precisa, a la altura de sus mejores creaciones.

   Philip Roth prosigue con su incansable labor de derrotar al tiempo escribiendo una novela tras otra. El resultado de este trabajo ha sido, a partir de La mancha humana, más bien irregular: ha dado obras soberbias, como Sale el espectro o Indignación y mediocridades como El animal moribundo o Elegía. Esta novela que comentamos, Némesis, la última aparecida, es, sin duda, una novela extraordinaria, a la altura de sus mejores creaciones.
   En esta ocasión, Roth se enfrenta al problema de la culpa, pero lo enfrenta desde un ángulo especialmente interesante: Eugene Bucky Cantor es un joven atleta de veintitantos años, monitor de deportes de un colegio en el barrio judío de Weequahic, en Newark, que no ha podido alistarse en el Ejército por su vista deficiente. Estamos en plena Segunda Guerra Mundial y él se siente disminuido con respecto a sus amigos que están en el frente. Al mismo tiempo, se declara una epidemia de polio en el barrio y empiezan a morir o enfermar algunos de los niños que tiene a su cuidado. En ese momento, su novia (un sueño para él, una promesa de vida futura y ascenso personal y social) le sugiere que se aleje de Weequahic y se contrate como monitor en Indian Hill, en el campamento juvenil en las montañas Pocono donde ella está trabajando. Bucky duda entre su responsabilidad en el barrio y la grata perspectiva de reunir el cuidado de niños con el reencuentro con su novia y, al final, tras muchas dudas, se decide por aceptar el trabajo que le ofrecen en Indian Hill.
   El ángulo de entrada al problema a que nos referíamos (la culpa) es el de abordar este sentimiento desde el sentido de la responsabilidad. Bucky es un chico honesto, con un desarrollado sentido del deber y del honor personal que se va a ver encerrado entre la sensación de traición por abandonar el barrio y la deseable y atractiva felicidad de instalarse en el campamento. Da constantemente vueltas a un hecho doble: que no ha podido ir a la guerra y que no se ha quedado a luchar contra la polio. Las mejores novelas de Roth son aquellas que plantean un dilema de conciencia de dimensiones dramáticas. Pero Némesis se parece más a una tragedia en la medida que el destino implacable actúa sobre el personaje. La epidemia de polio le lleva a preguntarse sobre el sentido de la existencia de Dios y este es uno de los dos leitmotiv sobre los que se balancea el libro; el otro es el contraste entre la vida sana en el campamento y la enfermedad en el colegio del barrio. Están continuamente presentes, tejiendo subrepticiamente la historia y acompañando al lector. La excusa que él se acaba dando para mantenerse en el campamento ("no era médico ni enfermero, no podía regresar a una tragedia cuya condición no estaba en sus manos cambiar") no satisfará a su conciencia, que sigue gruñendo. Y aquí nos detenemos para no adelantar acontecimientos al lector.
   Para poder relatar con todas sus consecuencias, Roth utiliza a un narrador que es uno de los chicos del colegio, atacado de polio, y que encuentra a Bucky muchos años después. El narrador se descubre a media novela y será decisivo -muestra de la gran sabiduría narrativa de Roth a estas alturas de su vida de escritor- para poder elevar el relato a su mayor altura y poder exponerlo en toda su dimensión trágica. El afán de integridad que engrandece a Bucky y lo atenaza a la vez, su dignidad de pobre también, que tiene una fuerte componente de orgullo obsesivo, su enfermizo sentido de la responsabilidad... es lo que sustenta la potencia del personaje. De él dice el narrador que era "una persona abrumada por un sentido del deber exacerbado, pero dotada de una mente poco poderosa". Bucky carece de humor, se toma todo demasiado en serio, logra el amor pero lo llena de ensoñaciones previas; la seguridad de sus principios es también la inseguridad de su vida (eso queda a la vista en su conversación con el doctor Steinberg, el padre de su novia)... La culpa lo mina, pero lo mina por ese exceso de responsabilidad: esta es la aportación original de Roth a un tema clásico que, en el fondo, no es otro que el de la santidad en un mundo laico.
   Los elementos que dan vida al escenario (la atmósfera del barrio y la progresiva angustia de las familias, la oprimente presencia de la polio, la descripción de la vida sana del campamento...) están admirablemente logrados con economía de medios y una calidad de sugerencia basada en la precisión que resulta inolvidable. Esta es una novela breve con una capacidad de concisión asombrosa: cuanto más sabio es el autor, más claro es su texto. Y, sin embargo, como el lector comprobará fascinado, no hay nada más complejo que la claridad.

Némesis
Philip Roth
Traducción de Jordi Fibla
Mondadori. Barcelona, 2011 224 páginas. 21,90 euros

sábado, 1 de mayo de 2010

LECTURA. NOVELA ESPAÑOLA. PRENSA. "Herrumbrosas lanzas", de Juan Benet (1927-1993)

                                                                                                                                       Juan Benet
Fragmento de artículo en "El País":
Juan Benet busca en 'Herrumbrosas lanzas' las raíces de la guerra civil española

FIETTA JARQUE, - Madrid - 23/03/1985

El escritor Juan Benet presentó ayer en Madrid el segundo volumen de Herrumbrosas lanzas, novela inspirada en la guerra civil española. Esta obra sobre el drama de la historia reciente de España lanza, en este nuevo volumen, una mirada hacia atrás en busca de las raíces de los conflictos íntimos de la familia Mazón, protagonista de la novela. Benet amplía e intensifica su visión de tal conflicto, a través de una indagación en las causas, de la guerra civil. "Aunque no pretendo con esto plantear la tesis de su incubación", afirma el autor.
Juan Benet resucita hechos y estados de ánimo en una reflexión sobre el tiempo con esta segunda entrega de Herrumbrosas lanzas, editada por Alfaguara. "Hace tiempo que quería hacer una novela decimonónica", confiesa el autor, que en estos momentos se encuentra terminando ya el tercer libro de esta serie. Según él, en el tercero estará el nudo de esta novela sobre la guerra civil, con el desarrollo de la campaña militar y sus primeros fracasos."Necesitaba tomarme un tiempo para abordar el tercer volumen de esta obra", afirma Benet. El escritor tenía proyectado en principio limitar su novela a tres volúmenes, y ahora calcula que serán cuatro, cinco tal vez. "Este libro es como una rama de las muchas que salen y representó para mí una posibilidad argumental colateral interesante. Los argumentos requieren a veces ciertas podas de estas ramas, pero en este caso la he permitido crecer porque encontré en ella valor narrativo per se. No pretendo exponer la tesis de una incubación del conflicto que desencadenó la guerra civil ni una metáfora. Me limito a una narración sin pretensiones hermenéuticas".

Ahora, las primeras páginas de la novela:

"La caballería ya no tiene sentido", comentó el capitán Arderíus al término de la reunión del 8 de febrero, martes. Así lo había afirmado en varias ocasiones a lo largo del debate y así lo repitió a un colega —a pesar de la expresa prohibición de comentar los asuntos tratados por el Comité fuera del marco de la reunión— al bajar las escaleras del Colegio de los Escolapios, en cuyo salón del claustro y a puerta cerrada había tenido lugar aquél. El debate resultó más breve de lo que esperaba la mayoría, y no muy entrada la noche se levantó la reunión tras ser tomado por unanimidad un acuerdo, que quedó resumido y expuesto en seis puntos, y emplazar la próxima convocatoria para las cuatro de la tarde del siguiente martes, 15 de febrero, en el mismo lugar.
El capitán Arderíus no era alto ni muy agraciado. Formaba parte del grupo de jefes, oficiales, consejeros políticos e instructores que, acompañando al teniente coronel Fernández Lamuedra, el Gobierno había enviado para colaborar con el Comité de Defensa en la planificación y el desarrollo de las próximas operaciones militares, y pronto acertó a distinguirse por la rotundidad de sus opiniones y por el carácter exclusivamente bélico de sus puntos de vista. Sin embargo, no era militar de carrera, era músico de profesión. Procedía de una conocida familia madrileña, había estudiado en el Conservatorio de París, había ampliado estudios en Viena y de nuevo en París, bajo la dirección de Baty, y el estallido de la Guerra Civil le había sorprendido cuando veraneaba en la casona familiar de la provincia de Santander. De la noche a la mañana se le despertó el fervor republicano y el instinto bélico y, sin pensarlo dos veces (para asombro, dolor y horror de su familia), se trasladó a Madrid vía Francia para unirse a sus amigos, casi todos intelectuales de izquierdas, y colaborar en la defensa de la capital. En contraste con la mayoría de sus amigos, no se limitó a intervenir en la redacción de manifiestos, la convocatoria de congresos de escritores y poetas y la publicación de literatura militante al servicio del pueblo, sino que marchó al frente con el Quinto Regimiento, al sector de Aravaca, donde se batió con tal brío que antes de que finalizara el año había obtenido el grado de capitán. En los primeros meses del año siguiente fue trasladado, a petición propia, al Ejército de Llano de la Encomienda, necesitado de gente fogueada y políticamente segura que pudiera aguantar en todos los terrenos la inminente ofensiva sobre Vizcaya que preparaba el Ejército del general Mola. En el Norte sirvió durante toda la larga campaña a las órdenes de Llano, Gámir Ulibarri y Fernández Lamuedra, hasta la caída de Gijón, de donde escapó por mar hacia Francia para volver seguidamente —no se detuvo en el trayecto cispirenaico sino para arreglar papeles y cambiar de trenes— a Barcelona, a ponerse de nuevo a disposición del Mando. No era militar de carrera ni tampoco de mentalidad; pese a obedecer ciegamente los dictados de su nueva vocación, pese a cierta arrogancia que venía de lejos y a la severa disciplina que se había impuesto (sobre todo en la manera de hablar) en tanto vistiera el uniforme, incluso cuando exponía sus más contundentes y draconianas opiniones no podía dejar de delatar su buena educación. La manera demasiado impecable con que ceñía el correaje y vestía aquel severo uniforme sin entorchados del Ejército de la República, evidenciaba que se lo había embutido por primera vez a los treinta años, no a los dieciocho. La gorra de plato sin ningún distintivo, demasiado ladeada sobre la oreja derecha, ¿era un rasgo más de su comunión con las actitudes populacheras, tan distintas de las castrenses, o reproducía su manera de ponerse el sombrero, adquirida en la rive gauche? Aquellos zapatos en punta, de tafilete negro, que apenas asomaban bajo las anchas bocas de unos pantalones con la raya bien trazada y cuidada, ¿acaso no respondían al tratamiento que su clase y su generación habían concedido a las diversiones a cielo abierto?
Gracias a su ejecutoria durante la campaña del Norte, Lamuedra —en compañía de sus consejeros y oficiales— se había convertido en un especialista en bolsas y acreditado como el hombre que más partido sabría sacar de una campaña local perdida de antemano. Pues si bien por aquellas fechas todavía algunas cabezas en el Gobierno y en el Ejército de la República seguían alimentando cierta confianza en la victoria final —o en la adquisición del necesario número de éxitos para negociar una paz honorable—, todo el mundo daba por seguro que aquel año terminaría por sucumbir la bolsa de Región. De ser un teatro de operaciones apartado y aislado, carente de toda importancia bélica y política, que jamás ejercería la menor influencia sobre el curso de la guerra en los demás frentes, el de Región pasó a ocupar —por espacio de unas efímeras semanas— un lugar preferente en los planes de los Estados Mayores de ambos bandos. Su importancia procedería de una ocurrencia, de una idea un tanto insensata que sólo podría prosperar si se producía una conjugación de anomalías, nunca de un análisis ponderado de las circunstancias que concurrían en aquel excéntrico sector. A veces un destino es independiente de las fuerzas antagonistas que lo dominan y empujan; y si esas fuerzas —en un momento de la historia dominado por la simplificación, por la servidumbre de todos los factores a uno prioritario— se reducen a dos bandos enemigos empeñados en el mismo y opuesto triunfo, es posible que entonces el destino se apareje a las intenciones ocultas de uno y otro para obtener una resultante muy diferente de los móviles y de los objetivos de cada uno de ellos. Y aquel destino quería que la guerra se prolongara, aunque fuera innecesaria; que se prolongara incluso más allá de sí misma, a lo largo de una rencorosa, sórdida y vengativa paz; y quería que hasta donde alcanzasen las vidas de los combatientes —y acaso las de sus hijos—se desarrollasen en un país diezmado y quimérico, en el que ni germinarían las semillas de las ideas nuevas y modernas ni volverían a cultivarse los antiguos jardines. Se trataba de un destino con la vista puesta en un limbo de himnos y colgaduras —un limbo de vocablos—donde hasta las rosas habían de florecer para tomar partido.

lunes, 8 de febrero de 2010

LECTURA. PRENSA CULTURAL. AVANCE EDITORIAL. "La humillación", novela de Philip Roth

En "elpais.com", esta información elaborada por Winston Manrique Sabogal:

¿El deseo erótico como salvación?


'Babelia' avanza en exclusiva la nueva novela de Philip Roth, 'La humillación' (Mondadori)

WINSTON MANRIQUE SABOGAL - Madrid - 08/02/2010

Philip Roth vuelve a cumplir la cita anual con sus lectores. Esta vez con La Humillación (Mondadori), donde continúa dando cuenta de las pasiones, incertidumbres, decepciones y temores que cercan a un hombre mayor de 60 años. Sobre todo de las rondas de la muerte. Y, de nuevo, a través de la historia de un derrumbamiento personal que encuentra en el deseo su salvación. El momento de ese resquebrajamiento es lo que hoy adelanta Babelia en exclusiva y que se puede leer en ELPAÍS.com. Una novela que ha suscitado todo tipo de críticas en Estados Unidos.
La Humillación, que llegará a las librerías españolas este viernes, es el trigésimo libro de uno de los escritores estadounidenses fundamentales desde la segunda mitad del siglo XX. Esta vez, Roth (Newark, New Jersey, 1933) narra la pérdida de magia que siente Simon Axler, un actor mayor, en el escenario, su descenso anímico y profesional en espiral y su reencuentro con las ganas de vivir que resultan ser un espejismo. El motivo: conoce a una mujer joven y lesbiana que él intenta seducir, sólo que aquello que al principio pudo ser una motivación deriva en...
La sombra de la muerte planea sobre esta historia junto a aspectos vitales como la ilusión, el éxito, la caída, el sexo, el deseo erótico, la reputación y cuanto sentimiento y deseo ha acompañado a Axler, que desde los cuatro años "tuvo la sensación de que se hallaba en una representación teatral". Y ahora en su ocaso logra ver la verdad.
Philip Roth, autor de libros como Indignación, Pastoral americana y El lamento de Portnoy, invita a reflexionar en su nueva novela sobre algunas ideas preconcebidas y echa por tierra algunas sobre el origen de la imagen y el talento, como un pasaje del capítulo que hoy avanza ELPAÍS.com: "En el pasado, durante su actuación no pensaba en nada. Lo que hacía bien lo hacía por instinto. Ahora pensaba en todo, y así mataba cuanto era espontáneo y vital, trataba de controlarlo con el pensamiento, y lo que hacía en cambio era destruirlo".

Consulta 'Papeles perdidos' el 'blog' de Babelia.

Aquí podemos leer un adelanto de la novela.

lunes, 4 de enero de 2010

BIBLIOTECA. "Desde mi cielo", de Alice Sebold



Cuando conocemos a Susie Salmon, sabemos que ya está en el cielo, en su nuevo hogar. Desde allí nos va a relatar, con la inconfundible voz de una adolescente de catorce años, una historia tan inquietante como alentadora: la de su propio asesinato a manos de un vecino y el proceso de recuperación por el que van a tener que pasar sus seres queridos.
Mientras Susie contempla cómo la vida continúa sin ella, también debe adaptarse a ese lugar llamado cielo, un refugio mágico donde halla todo lo que desea excepto lo más importante: reencontrarse con las personas a las que ama y viven en la Tierra.
Desde mi cielo es una historia asombrosa y de extraordinaria ternura que parte de una de las pruebas más dolorosas a las que, desgraciadamente, a veces tenemos que enfrentarnos: la pérdida de un ser querido. Pero es, también, un relato lleno de esperanza que nos habla del poder curativo del amor.

"Poética. Tierna. Terrorífica. Una novela que segrega de principio a fin un atmósfera mágica". LA VANGUARDIA
(Textos de la contracubierta)

Editada por Randon House Mondadori en su colección "DEBOLSILLO", tiene 327 páginas y está en la BIBLIOTECA.

En una entrada de este blog, del 1 de enero, podemos ver el tráiler de la película que va a estrenarse próximamente ("The Lovely Bones") y el principio del primer capítulo de la novela.
Añadimos aquí las líneas que anteceden a ese comienzo:

Dentro de la bola de nieve del escritorio de mi padre había un pingüino con una bufanda a rayas rojas y blancas. Cuando yo era pequeña, mi padre me sentaba en sus rodillas y cogía la bola de nieve. La ponía al revés, dejaba que la nieve se amontonara en la parte superior y le daba rápidamente la vuelta. Los dos contemplábamos cómo caía la nieve poco a poco alrededor del pingüino. El pingüino estaba solo allí dentro, pensaba yo, y eso me preocupaba. Cuando se lo comenté a mi padre, dijo: "No te preocupes, Susie; tiene una vida agradable. Está atrapado en un mundo perfecto".

BIBLIOTECA. "La mujer justa", de Sándor Márai



Tres voces, tres puntos de vista, tres sensibilidades diferentes para desentrañar una historia de pasión, mentiras, traición y crueldad concebida por Sándor Márai en los años cuarenta, los años de El último encuentro y Divorcio en Buda, la época más fértil y lúcida del gran escritor húngaro.
Compuesta de tres monólogos, correspondientes a los tres personajes que conforman la novela, esta edición de La mujer justa reúne las dos primeras partes, publicadas en 1941 en Hungría, y la tercera, escrita durante el exilio italiano de Márai y añadida a la versión alemana de 1949.
Márai inició su carrera literaria como poeta, y ese aliento pervive en La mujer justa. En esta novela están sus páginas más íntimas y desgarradas, las más sabias. Su descripción del amor, la amistad, el sexo, los celos, la soledad, el deseo y la muerte apuntan directamente al centro del alma humana.
(Texto de la contracubierta)

Editada por Salamandra, en la colección de bolsillo "Quinteto", tiene 415 páginas, y en la BIBLIOTECA tenemos cinco ejemplares.

lunes, 16 de noviembre de 2009

LECTURA. AVANCE EDITORIAL: "La noche de los tiempos", novela de Antonio Muñoz Molina



En "elpais.com", esta información de Winston Manrique Sabogal:

Muñoz Molina contra los fanatismos

El desgarro amoroso y las grietas que sufre el ser humano por los fanatismos ideológicos, en este caso de la Guerra Civil española, conforman la geografía de la esperada novela de Antonio Muñoz Molina: La noche de los tiempos (Seix Barral). Una obra que transcurre en las vísperas del conflicto fratricida que asoló el país entre 1936 y 1939, pero con una desoladora sombra, cuyo primer capítulo adelanta hoy en exclusiva Babelia en ELPAÍS.com, como hace cada lunes con el libro más destacado de la semana. La novela llegará a las librerías este jueves.
Los motivos y la esencia del libro los explica el propio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956): "Escribí la novela queriendo indagar en el modo en que la pasión amorosa trastorna no sólo las vidas de los amantes unidos por ella sino de la gente que hay alrededor, los que, sin conocer el deslumbramiento sufren sus efectos, con frecuencia incontrolables y crueles. Y también quería ponerme en el alma de un hombre que perteneciera a esa clase de soñadores pragmáticos que fueron tan importantes en medio de la gran crisis del siglo XX, y que en muchos casos sufrieron la persecución desde las dos formas de totalitarismo que se impusieron en Europa, que tenían entre sí muchas coincidencias, entre ellas el desprecio por la conciencia individual y por esos activistas del humanismo liberal a los que sin embargo se deben algunas de las mejores cosas que tenemos. ¿Pero qué fuerza puede hacer la conciencia racional, el compromiso cívico, cuando se desatan los delirios mesiánicos y en gran medida criminales de las ideologías? No había sitio para esas personas: ni para Stefan Zweig, ni para Juan Negrín, ni para Clara Campoamor, gente progresista que no creía que en nombre del progreso estuviera autorizado el crimen. Los dos desgarros, el sentimental y el político, son el eje de mi arquitecto inventado, aunque espero que también verosímil".
Junto a este hombre y otros seres de ficción conviven personas reales, algunas ya citadas por Muñoz Molina, además de Moreno Villa o Bergamín. Una narración a través de la historia de ese arquitecto que, en octubre de 1936, ya lejos del conflicto fratricida recién desencadenado, y dejando atrás a su mujer e hijos, recuerda un amor clandestino y las tormentas sociales y políticas que empezaron a envolver su mundo y a dejar atrapada a millares de personas.
Novela de sentimientos, emociones y reflexiones en torno al amor, la intolerancia y los fanatismos ideológicos; Muñoz Molina ha creado el retrato de una época donde se muestra la manera como se resquebraja el país, su sociedad y los afectos de su población. Un viaje a la noche de los tiempos y a la sombra larga del pasado, de lo cual hablará el escritor en una entrevista que publicará Babelia este sábado 21 de noviembre.
"En la cartera que abulta en el bolsillo derecho de su gabardina guarda una foto de Judith Biela y otra de sus hijos, Lita y Miguel, sonriendo una mañana de domingo de hace unos meses: las dos mitades rotas de su vida, antes incompatibles, ahora perdidas por igual". Es lo que cuenta el narrador de la novela que hoy se puede leer en la edición digital de este diario, y que continua así: "Ignacio Abel sabe que si se miran demasiado las fotografías no sirven para invocar una presencia. (...) Desde hace unos meses uno ya no puede estar seguro de ciertas cosas: uno no sabe si alguien que recuerda bien o a quien vio hace unos días o sólo unas horas está vivo aún. Antes la muerte y la vida tenían fronteras nítidas, menos movedizas...".

Aquí, el primer capítulo de La noche de los tiempos.

lunes, 14 de septiembre de 2009

LECTURA. "El tambor de hojalata", de Günter Grass


Ayer se cumplieron 50 años de la aparición de EL TAMBOR DE HOJALATA, novela del alemán Günter Grass.

Reproducimos el comienzo de la introducción que Mario Vargas Llosa escribió en 1987, titulada Redoble de tambor:

Leí por primera vez El tambor de hojalata, en inglés, en los años sesenta, en un barrio de la periferia de Londres donde vivía rodeado de apacibles tenderos que apagaban las luces de sus casas a las diez de la noche. En esa tranquilidad de limbo la novela de Grass fue una aventura exaltante cuyas páginas me recordaban, apenas me zambullía en ellas, que la vida era, también, eso: desorden, estruendo, carcajada, absurdo.
La he releído ahora en condiciones muy distintas, mientras, de una manera impremeditada, accidental, me veía arrastrado en un torbellino de actividades políticas, en un momento particularmente difícil de mi país. Entre una discusión y un mitin callejero, después de reuniones desmoralizadoras, donde se cambiaba verbalmente el mundo y no ocurría nada o luego de jornadas peligrosas, con piedras y disparos. También en este caso la rabelesiana odisea de Óscar Matzerath, su tambor y su voz vitricida fueron una compensación y un refugio. La vida era, también, eso: fantasía, verbo, sueño animado, literatura.
Cuando El tambor de hojalata salió en Alemania, en 1959, su éxito instantáneo fue atribuido a diversas razones. George Steiner escribió que, por primera vez luego de la experiencia letal del nazismo, un escritor alemán se atrevía a encarar resueltamente, con total lucidez, ese pasado siniestro de su país y a someterlo a una disección crítica implacable. Se dijo, también, que esta novela, con su verba desenfadada y frenética, chisporroteante de invenciones, injertos dialectales, barbarismos, resucitaba una vitalidad y una libertad que la lengua alemana había perdido luego de veinte años de contaminación totalitaria.
Probablemente ambas explicaciones sean ciertas. Pero, con la perspectiva actual, cuando la novela se acerca a la edad en que, figuradamente, su genial protagonista comienza a escribir —los treinta años— otra razón aparece como primordial, para el impacto que el libro ha seguido causando en los lectores: su desmesurada ambición, esa voracidad con que pretende tragarse el mundo, la historia presente y pasada, las más disímiles experiencias del circo humano, y trasmutarlos en literatura. Ese apetito descomunal de contarlo todo, de abrazar la vida entera en una ficción, que está tan presente en todas las cumbres del género y que, sobre todo, preside el quehacer narrativo en el siglo de la novela —el XIX— es infrecuente en nuestra época, de novelistas parcos y tímidos a los que la idea de competir con el código civil o de pasear un espejo por un camino, como pretendían Balzac y Stendhal, parece ingenuo: ¿no hacen eso, mucho mejor, las películas?
No, no lo hacen mejor (sino distinto). También en el siglo de las grandes narraciones cinematográficas la novela puede ser un deicidio, proponer una reconstrucción tan minuciosa y tan vasta de la realidad que parezca competir con el Creador, desmenuzando y rehaciendo —rectificado— aquello que creó. Grass, en un emotivo ensayo, ha reivindicado como su maestro y modelo a Alfred Dóblin, a quien, con algo de retraso, se comienza ahora a hacer justicia como el gran escritor que fue. Y, sin duda, en Berlín Alexanderplatz hay algo de la efervescencia protoplasmática y multitudinaria que da a El tambor de hojalata su carácter de amplio fresco de la historia humana. Pero en este caso no hay duda de que la ambición creadora del discípulo superó a la del maestro y que, para encontrarle una filiación, tenemos que remontarnos a los momentos más altos del género, aquellos en que el novelista, presa de un frenesí tan exagerado como ingenuo, no vacilaba en oponer al mundo real un mundo imaginario en el que aquél parecía capturado y negado, resumido y abjurado como en un exorcismo.
La poesía es intensa; la novela, extensa. El número, la cantidad, forman parte constitutiva de su cualidad, porque toda ficción se despliega y realiza en el tiempo, es tiempo haciéndose y rehaciéndose bajo la mirada del lector. En todas las obras maestras del género ese factor cuantitativo —ser abundante, múltiple, durar— está siempre presente: por lo general la gran novela es, también, grande. A esa ilustre genealogía pertenece El tambor de hojalata, donde todo un mundo complejo y numeroso, pletórico de diversidad y de contrastes, se va erigiendo ante nosotros, los lectores, a golpes de tambor. Pero, a pesar de su abigarramiento y vastedad, la novela nunca parece un mundo caótico, una dispersión animada, sin centro (como ocurre, en cambio, con Berlín Alexanderplatz o con la trilogía de Dos Passos, U.S.A.), pues la perspectiva desde la cual está visto y representado el mundo ficticio da trabazón y coherencia a su barroco desorden. Esta perspectiva es la del protagonista y narrador, Óscar Matzerath, una de las invenciones más fértiles de la narrativa moderna. Él suministra un punto de vista original, que baña de originalidad y de ironía todo aquello que describe —independizando, así, la realidad ficticia de su modelo histórico— al mismo tiempo que encarna, en su imposible naturaleza, en su condición de creatura anómala, a caballo entre la fantasía y lo real —una metáfora de lo que es, en sí misma, toda novela: un mundo aparte, soberano, en el que, sin embargo, se refracta esencialmente el mundo concreto; una mentira en cuyos pliegues se transparenta una profunda verdad.


Y ahora, el primer capítulo:


Las cuatro faldas

Pues sí: soy huésped de un sanatorio. Mi enfermero me observa, casi no me quita la vista de encima; porque en la puerta hay una mirilla; y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que no puede penetrar en mí, de ojos azules.
Por eso mi enfermero no puede ser mi enemigo. Le he cobrado afecto; cuando entra en mi cuarto, le cuento al mirón de detrás de la puerta anécdotas de mi vida, para que a pesar de la mirilla me vaya conociendo. El buen hombre parece apreciar mis relatos, pues apenas acabo de soltarle algún embuste, él, para darse a su vez a conocer, me muestra su última creación de cordel anudado. Que sea o no un artista, eso es aparte. Pero pienso que una exposición de sus obras encontraría buena acogida en la prensa, y hasta le atraería algún comprador. Anuda los cordeles que recoge y desenreda después de las horas de visita en los cuartos de sus pacientes; hace con ellos unas figuras horripilantes y cartilaginosas, las sumerge luego en yeso, deja que se solidifiquen y las atraviesa con agujas de tejer que clava a unas peanas de madera.
Con frecuencia le tienta la idea de colorear sus obras. Pero yo trato de disuadirlo: le muestro mi cama metálica esmaltada en blanco y lo invito a imaginársela pintarrajeada en varios colores. Horrorizado, se lleva sus manos de enfermero a la cabeza, trata de imprimir a su rostro algo rígido la expresión de todos los pavores reunidos, y abandona sus proyectos colorísticos.
Mi cama metálica esmaltada en blanco sirve así de término de comparación. Y para mí es todavía más: mi cama es la meta finalmente alcanzada, es mi consuelo, y hasta podría ser mi credo si la dirección del establecimiento consintiera en hacerle algunos cambios: quisiera que le subieran un poco más la barandilla, para evitar definitivamente que nadie se me acerque demasiado.
Una vez por semana, el día de visita viene a interrumpir el silencio que tejo entre los barrotes de metal blanco. Vienen entonces los que se empeñan en salvarme, los que encuentran divertido quererme, los que en mí quisieran apreciarse, restarse y conocerse a sí mismos. Tan ciegos, nerviosos y mal educados que son. Con sus tijeras de uñas raspan los barrotes esmaltados en blanco de mi cama, con sus bolígrafos o con sus lapiceros azules garrapatean en el esmalte unos indecentes monigotes alargados. Cada vez que con su ¡hola! atronador irrumpe en el cuarto, mi abogado planta invariablemente su sombrero de nylon en el poste izquierdo del pie de mi cama. Mientras dura su visita —y los abogados tienen siempre mucho que contar— este acto de violencia me priva de mi equilibrio y mi serenidad.
Luego de haber depositado sus regalos sobre la mesita de noche tapizada de tela blanca encerada, debajo de la acuarela de las anémonas, luego de haber logrado exponerme en detalle sus proyectos de salvación, presentes o futuros, y de haberme convencido a mí, al que infatigablemente se empeñan en salvar, del elevado nivel de su amor al prójimo, mis visitantes acaban por contentarse de nuevo con su propia existencia y se van. Entonces entra mi enfermero para airear el cuarto y recoger los cordeles con que venían atados los paquetes. A menudo, después de ventilar, aún halla la manera, sentado junto a mi cama y desenredando cordeles, de quedarse y derramar un silencio tan prolongado, que acabo por confundir a Bruno con el silencio y al silencio con Bruno.
Bruno Münsterberg —éste es, hablando ahora en serio, el nombre de mi enfermero— compró para mí quinientas hojas de papel de escribir. Si esta provisión resultara insuficiente, Bruno, que es soltero, sin hijos y natural de Sauerland, volverá a ir a la pequeña papelería, en la que también venden juguetes, y me procurará el papel sin rayas necesario para el despliegue exacto, así lo espero, de mi capacidad de recuerdo. Semejante servicio nunca habría podido solicitarlo de mis visitantes, de mi abogado o de Klepp, por ejemplo. Sin la menor duda, el afecto solícito hacia mi persona habría impedido a mis amigos traerme algo tan peligroso como es el papel en blanco y ponerlo a disposición de las sílabas que incesantemente segrega mi espíritu.
Cuando le dije a Bruno: —Oye, Bruno, ¿no querrías comprarme quinientas hojas de papel virgen?— Bruno, mirando al techo y apuntando con el índice en la misma dirección en busca de un término de referencia, me respondió: —Querrá usted decir papel en blanco, señor Óscar.
Yo insistía en la palabreja «virgen» y le rogué a Bruno que así lo pidiera en la tienda. Cuando regresó al anochecer con el paquete, me pareció que venía agitado por no sé qué pensamientos. Miró varias veces fijamente hacia el techo, de donde acostumbra derivar todas sus inspiraciones, y algo más tarde manifestó: —Me aconsejó usted la palabra correcta. Pedí papel virgen y la dependienta se puso colorada antes de traérmelo.
Temiendo una conversación prolongada a propósito de las dependientas de las papelerías, me arrepentí de haber llamado virgen al papel, guardé silencio, esperé a que Bruno saliera del cuarto, y sólo entonces abrí el paquete con las quinientas hojas. Durante un rato, pero no mucho, estuve levantando y sopesando el paquete poco flexible. Luego conté diez hojas y guardé el resto en la mesita de noche; la estilográfica la encontré en el cajón, al lado del álbum de fotos. Está llena, no me faltará tinta: ¿cómo empiezo?
Uno puede empezar una historia por la mitad y luego avanzar y retroceder audazmente hasta embarullarlo todo. Puede también dárselas uno de moderno, borrar las épocas y las distancias y acabar proclamando, o haciendo proclamar, que se ha resuelto por fin a última hora el problema del tiempo y del espacio. Puede también sostenerse desde el principio que hoy en día es imposible escribir una novela, para luego, y como quien dice disimuladamente, salirse con un sólido mamotreto y quedar como el último de los novelistas posibles. Se me ha asegurado asimismo que resulta bueno y conveniente empezar aseverando: Hoy en día ya no se dan héroes de novela, porque ya no hay individualistas, porque la individualidad se ha perdido, porque el hombre es un solitario y todos los hombres son igualmente solitarios, sin derecho a la soledad individual, y forman una masa solitaria, sin hombres y sin héroes. Es posible que en todo eso haya algo de verdad. Pero en cuanto a mí, Óscar, y en cuanto a mi enfermero Bruno, quiero hacerlo constar claramente: los dos somos héroes, héroes muy distintos sin duda, él detrás de la mirilla y yo delante; y cuando él abre la puerta, pese a toda la amistad y a toda la soledad, no por eso nos convertimos, ni él ni yo, en masa anónima y sin héroes.
Comienzo mucho antes de mí; porque nadie debería escribir su vida sin haber tenido la paciencia, antes de fechar su propia existencia, de recordar por lo menos a la mitad de sus abuelos. A todos ustedes, que fuera de mi clínica llevan una vida agitada, a vosotros, amigos y visitantes semanales que nada sospecháis de mi reserva de papel, aquí os presento a la abuela materna de Óscar.
Mi abuela Ana Bronski se hallaba sentada en sus faldas, al caer la tarde de un día de octubre, a la orilla de un campo de patatas. Por la mañana se habría podido ver todavía con qué destreza mi abuela se las arreglaba para juntar con un rastrillo las hojas secas en montoncitos regulares. A mediodía comió una rebanada de pan untada con manteca y endulzada con melaza, dio al campo una última escarbada con el azadón, y finalmente se sentó en sus faldas entre dos cestos casi llenos. Delante de las suelas verticales de sus botas, que casi se tocaban por las puntas, ardía sin llama un fuego de hojarasca que de vez en cuando se avivaba, como en espasmos asmáticos, y esparcía a ras del suelo ligeramente inclinado una humareda baja y perezosa. Era el año noventa y nueve. Estaba sentada en plena tierra cachuba, cerca de Bissau, pero más cerca todavía del ladrillar; allí estaba, delante de Ramkau y detrás de Viereck, en dirección de la carretera de Brenntau, entre Dirschau y Karthaus, teniendo a la espalda el negro bosque de Goldkrug; y allí sentada, iba empujando patatas bajo el rescoldo con una varita de avellano carbonizada por la punta.
Si acabo de mencionar expresamente las faldas de mi abuela y si dije con suficiente claridad, como espero, que estaba sentada en sus faldas; más aún, si pongo por título a este capítulo «Las cuatro faldas», es porque sé perfectamente todo lo que debo a esta prenda. Mi abuela, en efecto, llevaba no una falda, sino cuatro, una encima de la otra. Y no es que llevara una falda y tres enaguas, no, sino que llevaba cuatro verdaderas faldas: una falda llevaba a la otra, pero ella llevaba las cuatro juntas conforme a un sistema que cada día las iba alternando por orden. La que ayer quedara arriba venía a quedar hoy inmediatamente debajo; la que ayer fuera segunda era hoy tercera falda, y la tercera de ayer quedaba hoy junto a la piel. La falda que ayer le quedaba pegada al cuerpo exhibía hoy públicamente su muestra, es decir, ninguna; porque las faldas de mi abuela optaban todas por el mismo color patata. Es de suponer que este color le quedaba bien.
Además de este color uniforme distinguía a las faldas de mi abuela la profusión extravagante de tela que en la confección de cada una de ellas entraba. Redondeábanse ampliamente y se hinchaban cuando soplaba el viento, languidecían cuando éste aflojaba, rechinaban a su paso, y las cuatro juntas flotaban delante de nii abuela cuando tenía el viento en popa. Cuando se sentaba, recogía sus faldas a su alrededor.
Además de las cuatro faldas constantemente hinchadas o colgantes o haciendo pliegues, o bien quietas, rígidas y vacías, al lado de su cama, mi abuela poseía una quinta falda. Esta prenda no difería en nada de las otras cuatro color patata. Ni esta quinta falda era siempre la quinta. Lo mismo que sus hermanas —puesto que las faldas son del género femenino— hallábase sometida a la rotación, formaba parte de las cuatro faldas puestas y, lo mismo que las otras, había de pasar cuando llegaba su turno, o sea cada quinto viernes, al barreño de lavar, el sábado a la cuerda de tender delante de la ventana de la cocina y, una vez seca, a la tabla de planchar.
Cuando, después de uno de estos sábados de mucho asear, guisar, lavar y planchar, después de haber ordeñado a la vaca y haberle dado su ración, mi abuela entraba toda ella en la bañera, comunicaba algo de sí al agua jabonosa y la dejaba luego escurriendo para sentarse, envuelta en un trapo floreado, a la orilla de la cama, tras de alinear en el suelo, ante ella, las cuatro faldas en uso y la quinta recién lavada. Se apoyaba en el índice derecho el párpado inferior de su ojo derecho y, sin dejarse aconsejar por nadie, ni siquiera por su hermano Vicente, tomaba rápidamente su decisión. Se levantaba y apartaba con los pies descalzos aquella de las faldas que había perdido más su brillo color patata. Y la prenda limpia pasaba a ocupar el lugar vacante.
En honor de Jesús, del que tenía unas ideas muy precisas, el orden renovado de las faldas era inaugurado la siguiente mañana del domingo, en ocasión de ir a misa a Ramkau. ¿Dónde llevaba mi abuela la falda lavada? Como era no sólo una mujer limpia, sino además un tanto vanidosa, claro está que llevaba la mejor prenda a la vista y, si el tiempo era bueno, al sol.
Era pues un lunes por la tarde el día en que mi abuela estaba sentada detrás del fuego de hojarasca. La falda del domingo había avanzado el lunes un lugar, en tanto que la que su piel había caldeado el domingo colgaba ahora melancólicamente de sus caderas, por encima de las otras, en una disposición de ánimo muy propia de los lunes. Silbaba, sin silbar precisamente melodía alguna, y con la varita de avellano iba sacando fuera del rescoldo la primera patata a punto. Empujó el tubérculo bastante lejos del montón humeante para que el viento lo rozara y lo enfriara. Luego, con una rama puntiaguda picó la patata ennegrecida, costrosa y hendida, y se la acercó a la boca que ya no silbaba, sino que, con los labios resecos y agrietados, soplaba la cascara para quitarle la ceniza y la tierra.
Mientras soplaba, mi abuela cerró los ojos. Cuando creyó que ya había soplado bastante, los volvió a abrir, primero el uno y después el otro; dio un mordisco con sus incisivos un tanto separados pero por lo demás impecables y volvió a liberar sus dientes en seguida; mantenía la media patata, demasiado caliente todavía, harinosa y humeante, en la cavidad abierta de su boca, en tanto que sus ojos redondos miraban por encima de las aletas dilatadas de su nariz, que aspiraban el humo y el aire de octubre, a lo largo del campo; la línea del horizonte quedaba dividida por los postes del telégrafo, de entre los cuales sobresalía apenas el tercio superior de la chimenea del ladrillar.
Algo se movía entre los postes del telégrafo. Mi abuela cerró la boca, frunció los labios, entornó los ojos y empezó a mascar la patata. Algo se movía entre los postes del telégrafo. Algo saltaba. Tres hombres corrían entre los postes, los tres hacia la chimenea, luego la rebasaban y uno de ellos, dando una media vuelta, emprendía nueva carrera. Parecía bajito y fornido, rebasaba el ladrillar, en tanto que los otros dos, más delgados y altos, rebasaban también apenas el ladrillar, y ahora se dejaban ver otra vez entre los postes, pero el bajito y fornido corría en zigzag y parecía tener más prisa que los otros dos corredores altos y delgados, los cuales tenían que volver al ladrillar, porque el otro ya se había lanzado otra vez como una bola hacia allá cuando ellos, apenas a dos pasos, tomaban nuevo impulso y, de repente, desaparecían, abandonando al parecer el juego, y también el bajito caía, en medio de su salto desde la chimenea, detrás del horizonte.
Y allí se quedaban descansando, o mudándose de ropa, o haciendo ladrillos, y por ello les pagaban.
Pero cuando mi abuela, aprovechando la pausa, quiso picar su segunda patata, picó en el vacío. Porque he aquí que aquel que parecía bajito y fornido se encaramaba por encima del horizonte como por una empalizada, con la misma ropa de antes, como si hubiera dejado plantados a sus perseguidores detrás de la cerca, entre los ladrillos o sobre la carretera de Brenntau; pero seguía teniendo prisa, quería adelantarse a los postes del telégrafo, daba unos saltos largos y lentos por el campo, de sus suelas saltaba el barro, se esforzaba por salir del fangal; pero, por mucho que saltara, de todos modos se arrastraba tenazmente por el barro. Y unas veces parecía quedar pegado abajo, mientras que otras permanecía suspendido tanto tiempo en el aire, que hallaba manera de enjugarse la frente, bajito y fornido, antes de que su pierna libre volviera a posarse en el campo recién arado que, al lado de las cinco yugadas de patatas, tendía sus surcos hacia la cañada.
Y logró llegar hasta ésta; pero apenas el bajito y fornido había desaparecido en la cañada, cuando ya los otros dos altos y delgados que entre tanto habían visitado tal vez el ladrillar, se encaramaban a su vez por encima del horizonte y se metían con sus botas de tal manera en el barro, altos y delgados pero sin llegar a flacos, que una vez más mi abuela no logró ensartar su patata; porque no era cosa ésta que se viera todos los días, que tres adultos, si bien de talla diversamente adulta, saltaran alrededor de los postes del telégrafo, llegaran casi a tumbar la chimenea del ladrillar y luego a intervalos, primero el bajito y fornido y luego los altos y delgados, pero con igual fatiga los tres, arrastrando tenazmente cada vez más barro bajo sus suelas fueran brincando alegremente a través del campo labrado la antevíspera por Vicente, para luego desaparecer en la cañada.
Y ahora los tres se habían ido, y mi abuela pudo dedicarse de nuevo a picar una patata medio fría. Sopló superficialmente la ceniza y la tierra de la cáscara, se la metió en seguida entera en la boca y pensó, si es que pensaba: esos deben de ser del ladrillar; y estaba en plena masticación, cuando de pronto surgió uno de la cañada, miró con aire fiero por encima de un negro bigote, y se plantó en un par de brincos junto al fuego; estaba a un mismo tiempo delante, detrás y al lado de éste, y aquí juraba y allí temblaba, y no sabía para dónde tirar: atrás no podía, porque de atrás venían los delgados y altos por la cañada; daba manotazos, se golpeaba en las rodillas y tenía ojos en la cabeza que querían salírsele de ella, y el sudor le escurría por la frente. Y jadeante, con tembloroso bigote, se fue acercando hasta la abuela, hasta muy cerquita, hasta sus suelas, y miraba a mi abuela como un animalito bajito y fornido, lo que la hizo suspirar; y ya no podía ella masticar las patatas, y dejó que se separaran las suelas de sus botas, y ya no pensaba ni en el ladrillar, ni en los ladrilleros ni en los ladrillos, sino que se levantó la falda, qué digo, las cuatro faldas se levantó a la vez, tan alto, que aquel que no era del ladrillar, pero sí bajito y fornido, pudo meterse por completo debajo, y desapareció con su bigote, y ya no parecía un animalito ni era ya de Ramkau o de Viereck, sino que se hallaba con su miedo bajo las faldas y ya no se golpeaba en las rodillas, y ya no era ni bajito ni fornido, sino que ocupaba su lugar, olvidando el jadeo, el temblor de los manotazos en las rodillas; y se hizo un silencio como en el primer día, o en el último; sólo una brisa ligera acariciaba el fuego de hojarasca, los postes del telégrafo se contaban en silencio, la chimenea del ladrillar se mantenía erecta y ella, mi abuela, se alisaba debidamente la falda superior sobre la segunda y apenas lo sentía a él bajo su cuarta falda ni acababa de comprender, con su tercera falda, qué era aquello que a su piel se le antojaba nuevo y sorprendente. Y porque era en realidad sorprendente, aunque la falda superior se veía lisa y bien compuesta, en tanto que la segunda y la tercera no acababan de comprender de qué se trataba, sacó del rescoldo dos o tres patatas, cogió otras cuatro crudas del cesto que quedaba bajo su codo derecho, las metió una tras otra en el rescoldo, las cubrió de ceniza y hurgó hasta reavivar la humareda. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Apenas las cuatro faldas de mi abuela se habían sosegado, apenas la humareda espesa de la hojarasca, que a causa de los manotazos en las rodillas, de las evoluciones y del hurgar perdiera su dirección, volvió a fluir amarillenta a ras del suelo, tomando, con el viento, hacia el sureste, he aquí que cual una aparición surgieron los dos altos y delgados que iban tras el bajito pero fornido, el cual se encontraba ahora bajo las faldas; emergieron de la cañada, y pudo apreciarse ahora que los dos altos y delgados llevaban, por razón de su oficio, el uniforme de la guardia rural. Casi habrían pasado disparados junto a mi abuela. ¿No brincó incluso uno de ellos por sobre el fuego? Pero de repente sintieron sus tacones, y en éstos sus cerebros; frenaron, dieron vuelta, se acercaron con sus botas, se hallaron con sus uniformes provistos de botas en la humareda, sustrajeron tosiendo sus uniformes a ésta, y arrastrando algo de ella y tosiendo todavía preguntaron a mi abuela si había visto a Koljaiczek, porque tenía que haberlo visto, puesto que estaba sentada junto a la cañada y que Koljaiczek se había escapado por la cañada.
Pero mi abuela no había visto a ningún Koljaiczek, porque no conocía a ninguno. Si no sería del ladrillar, preguntó, porque ella sólo conocía a los del ladrillar. Y los uniformes le describieron a Koljaiczek cual uno que nada tenía que ver con el ladrillar, sino que más bien era bajito y fornido. Mi abuela recordó en esto que efectivamente había visto correr a uno que respondía a esas señas y, con una patata humeante al extremo de la rama puntiaguda, mostró en dirección a Bissau, hacia un punto que, conforme a la patata, quedaba entre el sexto y el séptimo poste del telégrafo, empezando a contar desde la chimenea hacia la derecha. Pero que dicho corredor fuera un Koljaiczek mi abuela lo ignoraba, y disculpaba su ignorancia con el fuego que tenía junto a las suelas: éste le daba ya bastante quehacer, porque ardía muy mal, de modo que no tenía tiempo para preocuparse por la gente que por allí andaba corriendo o permanecía en la humareda, y además, ella tampoco se preocupaba nunca por la gente que no conocía, y sólo sabía quiénes había en Bissau, en Ramkau, en Viereck y en el ladrillar.
Dicho esto, mi abuela emitió un pequeño suspiro, suficiente, sin embargo, para que los uniformes quisieran saber qué era lo que había allí que hiciera suspirar. Ella inclinó la cabeza hacia el fuego, lo que quería dar a entender que había suspirado a causa del fuego y también un poco por la mucha gente que permanecía allí en la humareda; a continuación, mordió de la patata la mitad, se entregó por completo al acto de englutirla y entornó los ojos hacia arriba a la izquierda.
Los de los uniformes de la guardia rural no pudieron sacar de la mirada ausente de mi abuela indicación alguna; no sabían si habían de buscar Bissau detrás de los postes del telégrafo y, por consiguiente, empezaron entretanto a hurgar con sus machetes en los montones de hojarasca vecinos, que no ardían todavía. De repente, obedeciendo a una súbita inspiración, volcaron casi simultáneamente los dos cestos de patatas bajo los codos de mi abuela y tardaron mucho en comprender cómo era que de los cestos sólo salieran rodando patatas ante sus botas y, en cambio, ningún Koljaiczek. Recelosos, empezaron a dar vueltas de puntillas alrededor del hoyo en que habían caído las patatas, como si en tan poco tiempo Koljaiczek hubiera podido enterrarse en él; pincharon también con sus machetes deliberadamente el montón y se extrañaron de no oír el grito de ningún herido. Sus sospechas no perdonaron matorral alguno, por raquítico que fuera, ni ratonera alguna, ni una topera que allí había, en tanto que mi abuela, que seguía sentada como si estuviera enraizada, iba lanzando suspiros y entornando los ojos, dejando de todos modos visible el blanco de los mismos, y evocaba en cachuba los nombres de todos los santos, todo lo cual, según lo daba a entender en voz alta y tono plañidero, se refería exclusivamente al fuego de hojarasca que no quería arder bien y a los dos cestos de patatas volcados.
Los uniformes permanecieron allí durante una buena media hora. Se alejaban del fuego y volvían a acercarse, se orientaban tomando como punto de referencia la chimenea del ladrillar y hablaban de ocupar Bissau, pero luego pospusieron el ataque y tendieron sobre el fuego unas manos rojas y amoratadas, hasta recibir cada uno de ellos de mi abuela, que no por ello interrumpía sus suspiros, una patata reventada. Pero a medio comérsela, los uniformes se acordaron de sus uniformes y corrieron cosa como de una pedrada a lo largo de la retama de la orilla de la cañada, ahuyentando a una liebre que de todos modos nada tenía que ver con Koljaiczek. Junto al fuego volvieron a hallar los tubérculos harinosos que olían a rescoldo y se decidieron pacíficamente, aunque también algo cansados de guerrear, a volver a juntar las patatas crudas en aquellos cestos que poco antes su deber les mandara volcar.
Y sólo cuando el anochecer exprimió del cielo de octubre una llovizna oblicua y un crepúsculo color de tinta la emprendieron una vez más, de prisa y sin gana, contra un mojón lejano que se anegaba en la oscuridad y, liquidado éste, abandonaron la partida. Un rato más de desentumecerse las piernas y de extender unas manos bendicientes sobre el fuego medio apagado por la lluvia, que desprendía abundante humareda; un poco más de toser en el humo verdoso, los ojos lacrimosos en el humo amarillento, y luego un alejarse de las botas entre toses y lágrimas en dirección de Bissau. Porque, puesto que Koljaiczek no estaba allí, había de estar en Bissau. Para los guardias rurales, en efecto, no se dan nunca más de dos posibilidades.
La humareda del fuego que se iba extinguiendo lentamente envolvía a mi abuela como en una quinta falda, tan espaciosa, que con sus cuatro faldas, sus suspiros y sus santos ella se encontraba, lo mismo que Koljaiczek, bajo la falda. Y no fue sino hasta que los uniformes ya no eran más que dos puntos oscilantes que se iban hundiendo lentamente en la noche entre los postes del telégrafo, cuando mi abuela se levantó, con tanta fatiga como si hubiera echado raíces e interrumpiera ahora, arrancando fibras y tierra, el crecimiento apenas iniciado.
Al encontrarse así de repente sin cofia bajo la lluvia, bajito y fornido, Koljaiczek sintió frío. Con gesto rápido se cerró la bragueta que, bajo las faldas, el miedo y un deseo infinito de refugio le habían hecho desabrocharse. Sus dedos manipularon con presteza los botones, temiendo un enfriamiento demasiado rápido de su émbolo, ya que el tiempo estaba lleno de peligros otoñales de catarro.
Fue mi abuela la que encontró todavía bajo el rescoldo cuatro patatas calientes. Tres de ellas se las dio a Koljaiczek, y la cuarta se la dio a sí misma, y antes de morderla le preguntó todavía si era del ladrillar, aunque a aquellas alturas había de saber perfectamente que Koljaiczek venía de cualquier parte, excepto de los ladrillos. Por lo que tampoco hizo caso de su respuesta, sino que, cargándole a él con el cesto más liviano y doblándose ella bajo el más pesado, con una mano libre todavía para el rastrillo y el azadón, se hizo a la vela con sus cuatro faldas, su cesto, sus patatas, su rastrillo y su azadón con rumbo a Bissau—Abbau.
Esto no era el propio Bissau, sino que quedaba un poco más hacia Ramkau. Dejando pues el ladrillar a la izquierda, avanzaron hacia el negro bosque, en el que queda Goldkrug y, más atrás, Brenntau. Y pasando el bosque, en una hondanada, allí queda Bissau—Abbau. Allí siguió a mi abuela, bajito y fornido, Koljaiczek, que ya no lograba despegársele de las faldas.