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lunes, 6 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Gopegui escribe la novela contra la casta"

   En "elconfidencial.com":


AA
Eran las once y media de la noche y los manifestantes, sitiados frente al Ministerio de Sanidad eslovaco, esperaban cualquier cosa. Amenazas, gases lacrimógenos, una manguera con espuma, pero nunca creyeron que sus reivindicaciones provocarían que la ministra terminara asomándose a la ventana y anunciando que habían ganado. Pura ficción.
Escribir contra los relatos que escribe el poder. Escribir contra los estereotipos y los prejuicios. Escribir hasta tumbar las mayúsculas y hacer del Estado un estado, una comunidad accesible. Porque lo común se escribe en minúsculas, Belén Gopegui (Madrid, 1963) ha montado una historia sobre la denuncia y la renuncia, El comité de la noche (Literatura Random House).
Belén Gopegui explica que uno de los mayores enemigos en la novela y en la realidad es la resistencia de quienes tienen el poder a perder sus privilegios
“La vida que nos toca es una vida de pelear, de correr contra los demás, separarnos y construir nuestra fortificación privada, más o menos endeble como la mayoría”, le dice Álex a Carla, las dos protagonistas de esta ruta contra el miedo. Álex acaba de perder su trabajo y regresa a vivir a casa de sus padres con su hija, desde donde escribe los motivos que le llevan a formar parte de un comité clandestino que trata de resistir al orden de la barbarie. Básicamente, una España fotocopiada de nuestros días, a la deriva pero con la esperanza de la regeneración.
Manifestación en madrid en el tercer aniversario del 15mManifestación en madrid en el tercer aniversario del 15m
Probablemente haya sido la novela más cosida a la realidad de todas las que ha zurcido la autora más real. “No sé si la realidad iba más rápido que la novela, pero desde luego ha sido como escribir en compañía”, explica a este periódico. En el relato de la sublevación Álex escribe sus pensamientos, que apelan a la acción y a la reflexión (casi a la emoción): “Lo imposible es una provincia de lo posible, la más remota, pero existe y a veces se alcanza”. “Querida autocompasión, lo siento pero me dispongo a prenderte fuego”. “Dicen que no es mucho lo que está pasando. O, en realidad, dicen que no es suficiente. Dicen que de la inercia capitalista no se sale sólo con buena voluntad”. La revolución se puede entrecomillar.
Sangre de ricos y pobres
Cuenta Gopegui que ha conocido, leído, hablado, visto, callado, escrito y participado de la calle, de los movimientos, que ha aprendido a mirar a otras generaciones más jóvenes mientras estaban organizándose y definiéndose.
Carla, la otra pata de la historia, trabaja en una empresa de hemoderivados en Bratislava, donde se está privatizando la sangre donada. “Sangre de los países pobres fluyendo hacia los países ricos, sangre de personas pobres alimentando a personas ricas”. Hasta que se rebela contra la corrupción, a pesar de todo lo que perderá en el camino.

“Quizá el primer prejuicio contra el que he escrito sea la idea de que esto es lo que hay y que cualquier cambio será para peor y traerá inseguridad y caos”, cuenta. “La otra idea es que es posible unirse y trabajar en común y desde la comunidad construir. La mayoría de los relatos tienden a contar la parte en la que la comunidad te cercena y te limita y pocos cuentan lo que da”.
De la oscuridad a la luz
El libro parte del anonimato, de una primera persona que escribe, que da su primeros pasos contra “lo que hay” desde su teclado. Se cuenta, se pregunta, se investiga, se confirma, desde donde se reivindica contra la indiferencia. “Contar que no son los genes los que nos escriben, ni la carne y la sangre, es lo que nos hicieron. Lo que nos hacen”, escribe Álex sobre lo que, en realidad, nadie quiere contar. La historia desemboca en la luz pública, el comité sale de sus pantallas, de sus reuniones, se enfrenta al enemigo y toma la calle.
La autora se siente más arropada que hace unos años, en los que escribir sobre política y comunidad resultaba tan extraño como hacerlo de feminismo
“Uno de los mayores enemigos en la novela y en la realidad es la resistencia a perder sus privilegios de quienes ahora tienen el poder. Creo que es un enemigo del que se habla poco, pero forma parte de esa nueva estructura de sentimientos que ha nacido con el 15M”. ¿Se refiere a “la casta”? “Bueno, las palabras queman”, sonríe y se explica. “La casta es una expresión con una estrategia, pero esta novela no está escrita con ese concepto en la cabeza, pero sí contra lo que antes se llamaba clase dominante”.
Es probable que la literatura no limpie todas las cosas feas de la realidad, pero es cierto que la pequeña montaña de novelas políticas ha ido creciendo en los últimos años. “Si pienso en cuando empecé a escribir y ahora, creo que algunas cosas han mejorado mucho. Hace unos años simplemente hablar de política y comunidad resultaba extraño. El discurso feminista también se ha hecho público”, dice la autora. “Hay más tejido y me siento más protegida”.

“Por otra parte, seguimos en un sistema capitalista donde la dureza cada vez es más visible y no hay forma de salirse a no ser que pases al enfrentamiento directo. Yo todavía no estoy en ese punto, por lo tanto estoy como todos y todas: intentando sobrevivir. Que lo que cuente sea fiel a lo que yo quiero contar y no lo que el discurso dominante te propone. A veces te sale mejor y otras, peor”, asegura a El Confidencial.
Internet, ¿comunidad o individuo?
Gopegui ha vuelto a desmontar la dualidad de los estereotipos dominantes. No al luchador frío, capaz de vender a su padre y a su madre para defender la causa. No al luchador sentimental que se deja llevar por las emociones y que termina traicionando la causa porque es más sentimental. La escritora ha convocado a los dos fusionados.
La escritora y sus personajes conceden a internet la capacidad de reunión de la comunidad
Uno de los lados más polémicos es la capacidad de reunión que los personajes de la autora conceden a internet en la reunión de la comunidad. “Yo entiendo internet como una ampliación del espacio, que ayuda a conectarte a personas como uno, para arroparse. En el caso  de mis personajes sí es un lugar de ayuda, desde el que fortalecerse para luchar fuera”, explica. La colisión es frontal con pensadores como César Rendueles, quien explica en el ensayo Sociofobia (Capitán Swing) que internet “no fomenta los proyectos en común, en todo caso hace que nos importe menos su ausencia”.
Curiosamente, la reivindicación de lo común está hecha desde la primera persona. Algo muy personal para expresar lo común. Prefiere no hablar de ese discurso mágico de la escritura, pero reconoce que ha convivido durante este tiempo con la voz, con el tono, la presencia de esos personajes. Siempre al margen de la moral individual, arañando las condiciones subjetivas de los personajes y cruzándose con la cruda actualidad de los periódicos, mucho más novelesca que las novelas. “Al final, parece que los políticos cuentan relatos y que los narradores…” 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. LIBROS. "Belén Gopegui, contra el silencio de la sociedad"

   En "elconfidencial.com":

AA
Cuesta transmitir el insólito placer que suscita la lectura de este libro. Insólito en primer lugar porque dicho placer no procede de un intento de resultar “divertido” o “humorístico” ni siquiera “entretenido” (aspiración suprema de tantos colegas), sino del esfuerzo sostenido de su autor por abordar de manera íntegra y coherente los asuntos estéticos y sociales que más le preocupan incardinándolos en una interpretación de la historia reciente y del mundo actual.
El principal beneficiado de esta manera tan coherente de intervenir en público es el propio libro. Rompiendo algo no es un ensayo escrito para la ocasión, sino un compendio de textos que van desde el prólogo a la conferencia, pasando por el coloquio o el artículo. Si tenemos en cuenta el azaroso rumbo de esta clase de solicitudes (por no hablar de los peregrinos temas que suelen proponerse) el riesgo de que a fin de cuentas las “pedradas” no encontrasen ninguna ventana que romper eran elevadas. Este peligro queda conjugado (además de la hábil selección y montaje de las piezas) por la resolución con la que Gopegui consigue mantener todas las piezas en la amplia órbita de los temas que le preocupan.
Si bien “rompiendo algo” no llega a constituirse en una “poética” (algo que posiblemente tampoco le interese a la autora), funciona como una caja de herramientas que aclara y desactiva las reticencias que sigue despertando la obra de Gopegui en un clima literario predispuesto a refunfuñar cuando el trato con una “novela política” le impone abandonar la mandorla de la exquisitez “estética” (pese a que: “Toda literatura es, se sabe, política; preguntarse sobre si la literatura es política en las actuales condiciones significa preguntarse si la literatura, como la política, puede hacer hoy algo distinto de traducir, acatar o reflejar el sistema hegemónico).
'Rompiendo algo' funciona como una caja de herramientas que aclara y desactiva las reticencias que sigue despertando la obra de Gopegui
¿No son las novelas políticas ideológicas, no tuercen la vida para defender una tesis previamente establecida? ¿Qué mal hay en escribir bien?¿Pero cómo vamos a “cambiar el mundo” en España cuando sólo hay cinco mil “lectores literarios” y posiblemente ninguno es político? ¿No tiene una novela sobre Cuba que es una dictadura y metía a los homosexuales en los campos de concentración? ¿No “mancha” ya la política bastante el mundo como para invitarla ahora a que invada también el campo de la imaginación?
Libros que modifican la piel de una sociedad
Corresponde al lector localizar aquellas respuestas que más le intriguen pero hay dos que me parecen especialmente útiles. La primera se refiere a las dudas de que una novela pueda “transformar el mundo”. Aunque se podrían citar casos de libros que han modificado sustancialmente la piel de una sociedad, lo que persigue la novela es denunciar falsas e interesadas visiones del mundo, mantener vivas historias y maneras de pensar y sentir posibles, preservar activo el sentido crítico y una esperanza combativa. Cuando le entre el desánimo al lector le bastaría con interrogar a sus propia experiencia sobre cómo la literatura alteró su mirada y sus expectativas vitales.
John Ashbery aseguraba que no estaba interesado en leer poesía política porque le hablaba de cosas que ya sabía y con las que, además, estaba de acuerdo. Una manera de animar a Ashbery pasaría por defender que la dimensión política de una novela no se limita a recitar cosas ya sabidas o a reiterar una tesis, sino que se impone la responsabilidad de contar por primera vez la historia de cómo la política y la sociedad presente “rozan” nuestras vidas, y a visualizar posibilidades futuras, “a fundar visiones de mundo”.

La otra herramienta que parece de utilidad inmediata es la que discute el dogma según el cual el novelista apenas es un hombre que se hace multitud de preguntas, que trata de ofrecer desde su sensible estupor una visión lo más compleja posible de la realidad, repartiendo las culpas y tratando de ampliar al máximo el campo de una comprensión, la suya, colonizada por la compasión. Si dejamos de lado el deseo de ser “complejo”, el resto supone exigirle al novelista que se esfuerce en negar su capacidad de juicio y en atrofiar su sensibilidad moral, en sustituir sus propia mirada sobre el mundo por una suerte de cofoïsme universal: una absolución de toda responsabilidad humana en tanto que humana; en otras palabras: que se esfuerce en alelarse.
Ninguno de los escritores que pasan por ser “estilistas supremos” hubiese tolerado una reducción de esta clase (con toda la complejidad y sutileza de la que son capaces ni Proust con el “caso Dreyfus”, ni Flaubert con “la idiotez de la burguesía” ni Joyce “con el nacionalismo y el catolicismo irlandés” ni Kafka “con la exclusión racial” tuvieron la más mínima intención de ser moralmente compasivos ni tampoco de ofrecerle al lector una “mirada” neutra). Esta actitud beatífica encuentra su correlato en las novelas dedicadas a escandalizarse por la persistencia del mal radical en la tierra, en rasgarse las vestiduras por lo malos que somos “por naturaleza”. Son dos caras de la misma moneda, y suponen una renuncia al discernimiento intolerable en un novelista a menos que se dedique (iba a escribir que se “entregue”) exclusivamente al “entretenimiento”.
Romper convicciones
Como el lector habrá comprendido ya las cosas que aquí se rompen no son escaparates, lunas de autobuses o containeres, sino convicciones sin airear, prejuicios, ideas atascadas y miradas impuestas sobre alguna zona de la realidad. Y se hace a sabiendas de que se “está rompiendo algo. Algo que no podrá pegarse otra vez. Y querría ser cuidadoso y obrar con dulzura, pero hay en el acto de romper una dureza seca, inevitable, necesaria”.
Los lectores de Gopegui admiramos sus numerosos talentos estrictamente literarios
Hace mucho tiempo que los lectores de Belén Gopegui admiramos (incluso cuando discutimos con personajes, ideas y pasajes de sus libros) sus numerosos talentos estrictamente literarios: el suave encaje del pensamiento en la acción, la laboriosa dedicación a los aspectos materiales de la trama, la polifonía afebril de voces o la capacidad de modular líricamente los temas principales…
Y este libro puede ser una oportunidad para que el lector que desconoce sus novelas empiece a convencerse de que la preocupación por el nervio político de un libro no supone renunciar a competir en otros registros. Como se dice en algún momento los novelistas ambiciosos “lo queremos todo”. La propuesta y el despliegue de esta ambición es la otra fuente del placer insólito que suscita este libro.

martes, 10 de noviembre de 2009

BIBLIOTECA. "Deseo de ser punk", novela de Belén Gopegui



Algo le ocurrió a Martina el 4 de diciembre. Desde entonces busca la furia, la actitud o cualquier otra cosa que le permita no traicionar su código. Tiene dieciséis años y ningún lugar al que pertenecer, pero encuentra en el rock el principio de una historia mientras Alice Cooper la mira desde el tejado, cuando el punk es un estado de ánimo y herirse no significa dar la razón a los responsables de todo esto sino, al contrario, decir que existen quienes no temen perder algo para poder vivir...
(Texto de la contracubierta)

DESEO DE SER PUNK está editada por Anagrama. Narrativas hispánicas. Tiene 187 páginas y está en la BIBLIOTECA.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

PRENSA. ENTREVISTA DIGITAL. LECTURA. Belén Gopegui



Desde la publicación de La escala de los mapas, a Belén Gopegui se la ha considerado una de las escritoras más punteras de su generación. Muchos años y varias novelas después, la madrileña vuelve a sorprender con su nuevo libro, Deseo de ser punk, una novela generacional con vocación de convertirse en canción.

Aquí, sus primeras páginas.

sábado, 5 de septiembre de 2009

PRENSA. LECTURA. "Deseo de ser punk", novela de Belén Gopegui



Hoy, en el suplemento cultural Babelia, de "El País", aparece la crítica de Deseo de ser punk, la nueva novela de Belén Gopegui (ver entrada más abajo), junto con sus primeras páginas; ahí podemos enlazar, pero, para más facilidad, las reproducimos aquí:

1
Odiaba su música. Normalmente son los padres
los que odian la música de los hijos. Pero es que: uno,
yo no tenía música; dos, a ellos les daría igual que la
hubiera tenido porque yo no iba vendiéndoles a ellos
lo que me gustaba. A lo mejor no debía contártelo.
¿Qué importa? Tener dieciséis años y no tener música.
Hay chicas de mi edad que no tienen padres ni
familia, ni cama, yo qué sé. Vale, ¿y para qué sirve
comparar? Las cosas tienen que estar bien porque lo
están, no porque sean mejores o peores que ninguna
otra. Mi bolígrafo es perfecto. Plateado, de los que
aprietas para que baje la punta. Y tiene recambios.
Me gustan los recambios. Hacen que sepa que mi bolígrafo
es único, lleva cinco recambios puestos por
mí, dos de tinta azul y tres de tinta negra. Y ya está.
No lo comparo, no me da la gana. Estoy escribiéndote
con él y es todo lo que necesito. Creo que tener
dieciséis años, llamarse Martina y no haber tenido
música es un asqueroso desastre. Porque si la hubiera
tenido sentiría que pertenezco a algún sitio, supongo.
Tener música es como tener un código. Y es extraño
porque yo creo que sí tengo un código.
«You, who are on the road, must have a code,
that you can live by»: tú, que estás en la carretera, debes
tener un código según el cual puedas vivir. En inglés
suena mejor, y rima un poco. Es la letra de una
de las canciones que les gustan a mis padres. Creo
que me dan grima porque gastan frases que me importan.
O sea, desprecio, por ejemplo, a La Oreja de
Van Gogh
. Pero no les odio, no se lo merecen, ¿sabes?:
«Mi corazón lleno de pena, y yo una muñeca de
trapo», puagh, es una estupidez, babosa, me imagino
a cualquiera oyéndolo mientras espera con el carro rebosante
de yogures, detergente y jamón york en la
cola del supermercado. Mi corazón, saco los yogures,
lleno de pena, cojo el detergente, y yo una muñeca de
trapo, saco la cartera. En realidad, no es música. Son
sonidos empaquetados, como esos juguetes de bebés
con pilas que dicen «pruébame» y aprietas y suenan
cosas. La música, la de verdad, no suena: te atraviesa
el cuerpo de parte a parte.
Es raro, mientras te escribo estoy viéndome escribirte
y no me veo desde la puerta, sino más bien como
si estuviera en la casa de arriba y el suelo fuera de cristal.
Me tumbo en el suelo de los vecinos para ver
cómo te escribo, con un codo apoyado en la mesa y el
pelo tapándome la cara. Aquí arriba no hay nadie. Ni
los vecinos, ni el perro de los vecinos. Y al mismo
tiempo sigo abajo, en el cuaderno, contigo. Creo que
me pasa esto porque desde hace unos días me he sali-
do de la historia: la de mis padres, la del instituto, la
de mi vida; la de lo que se supone que es mi vida,
quiero decir.
Yo al principio pensaba que la vida era una de
esas fiestas con piscina donde todo el mundo se baña
desnudo pero alguien se queda vestido, o sea, yo.
Pero últimamente he estado sintiéndome al revés: me
había quitado la ropa, me había tirado al agua en bolas
tan confiada y resulta que todos seguían vestidos,
y alguno como mucho parecía dispuesto a venirse al
agua conmigo pero con un superbañador bermudas o
un bikini blanco. Así que me he largado, ¿sabes? O
sea, no he vuelto a salir y he pedido una toalla y he
puesto cara de pues qué buena el agua y aquí estamos.
No. Lo que he hecho ha sido coger mis cosas,
secarme sí, vestirme, pero luego coger mis cosas y pirarme;
ahora voy por ahí con el pelo mojado y el verano
en el cuerpo aunque nieve.
Mis padres hace tiempo que decidieron que yo era
rara, igual que, según ellos, la mayoría de los adolescentes
y un poco más. Creen que suspendí por eso,
por una adolescencia mal llevada o algo parecido. Pero
mi historia tiene un principio, fue el día 4 de diciembre,
me acuerdo muy bien. Dejé de estar en clase. O
sea, como yo iba, rellenaba los exámenes, no hacía
barbaridades, todo el mundo tranquilo. Premio: es
como si dijeran hoy es martes, así que siempre va a ser
martes. No era martes. Yo iba pero no estaba ahí. Puedes
mirar y escuchar y haberte ido, eso lo sabe cualquiera.
Llega un momento en que las cosas dejan de
importarte. Cuando los que te hablan no tienen acti-
tud, oyes llover todo el rato. Como no la tienen, ya
pueden venirte con el día de mañana, la materia interestelar
o con la historia mundial del hip-hop, no me
lo creo. Me parece que si me acerco a cualquiera de
esos profesores o profesoras y les pongo un dedo en el
hombro, mi dedo índice en su hombro, y empujo un
poco, así, y otro poco, pues van y se caen. Y lo mismo
mis padres: hablan y oyen canciones pero luego, cuando
algo pasa, no se mantienen de pie, se piran o corren
a esconderse detrás de una frase. Así que, bueno,
resulta que aquí no hay nadie, unos hacen que hablan,
otros hacen que escuchan, pero ¿dónde estamos?
La semana siguiente al día 4 hubo exámenes y me
suspendieron. Aprobé dos exámenes, no sé ni cómo,
la verdad; en los demás tuve un 2, un 1, un 2,5, un
4,3 y un 3,9. Yo siempre sacaba buenas notas. Crisis.
Primero llega mi padre y me pregunta qué me ha pasado:
–Pues que he suspendido. Me han salido mal.
–Martina.
Esto del nombre me mosquea, ¿sabes? Es como
una especie de conjuro: miras a alguien y sólo dices
cómo se llama. Es fuerte, pero debería usarse muy pocas
veces. Malgastan las frases, malgastan la música,
es que lo pierden todo. Recojo mi nombre del suelo,
y de paso el de mi padre, que también se le ha caído,
y se lo doy:
–Juan.
Le sentó fatal. Yo no sé si quería que le sentara
tan fatal. Pero tengo dieciséis años. A mi edad los perros
están para el asilo. Y dicen que en Estados Uni-
dos te dejan conducir. Llevar un coche es como llevar
una pistola cargada. Te da un ataque de rabia: bang,
disparas a alguien que te está molestando. Pues con el
coche puedes hacer lo mismo: estás ahí, en el paso de
cebra, y ves al típico padre de familia con un paquete
de pasteles y cara de que sus hijos han ganado todos
los torneos y han sacado las mejores notas, o sea, con
cara de no haberles mirado a los ojos en toda su vida,
y sueltas el freno y aceleras: se acabó, lo has arrollado
junto con sus pasteles, adiós. Con dieciséis años, si él
dice Martina, yo digo Juan.
–¿Quieres perder el curso? Te parecería divertido
repetir.
No le contesté. Te juro que no quería hurgar en
la herida. Sólo me quedé mirándole como si siguiera
esperando a que me dijera algo y es que realmente estaba
esperando. Porque hablar es decir algo, ¿no? La
Oreja de Van Gogh
no canta aunque cante, no tiene
música ni letra ni nada dentro. Y hay veces que las
personas tampoco hablan, aunque hablen. Así que
me quedé callada, esperando a que dijese algo que saliera
de él y llegara a mí, no algo que se quedara flotando
como el hilo musical en una sala de espera. Seguimos
así, mirándonos. Él estaba muy enfadado, se
le notaba. Pasó como medio minuto y se fue. Pero yo
no me moví ni un milímetro. En vez de a mi padre
ahora veía un trozo de estantería y medio sillón rojo.
Me fijé en que una parte de la oreja del sillón estaba
muy gastada, parecía de color naranja claro y se veían
las rayas de los hilos horizontales y verticales que la
atravesaban, como cuando hay un archivo de vídeo
defectuoso y en la pantalla se ve una parte con píxeles
rectangulares.
Estuve unos diez minutos en mitad del salón. Al
cabo de dos o tres ya no esperaba que mi padre me
dijera algo, pero es que no tenía ni puta idea de adónde
ir. ¿A mi cuarto? La verdad es que últimamente mi
cuarto me parece una caja de zapatos y estoy cogiendo
complejo de gusano de seda. ¿A la cocina? Ahí
igual me encontraba con mi padre otra vez, o con mi
madre. ¿A la calle? Alguna vez ya lo he hecho. Me he
ido de casa porque nada encajaba, porque habría querido
«soplar y soplar y la casa derribar». Pero luego,
en la calle, ¿qué? Cruzo, voy de una calle a otra, las
que están cerca me las sé de memoria. Una vez cogí
un autobús que no sabía bien dónde paraba. Y todo
es igual aunque sea distinto. Te bajas en cualquier calle
y vuelves a ver bares, tiendas y puertas cerradas. Es
lo que más hay, puertas y más puertas y más puertas,
todas cerradas. Hasta me habría metido dentro de
una iglesia si no tuviera la sensación de que detrás, en
algún sitio, siempre hay un cura mirando que tarde o
temprano se me acercará para preguntarme si estoy
bien.
Pues ahí me quedé, de pie. Que me haga invisible,
que me haga invisible. Y luego me fui al ascensor.
Me dio por ahí. Me gustan los ascensores. Suben y
bajan. O están quietos. Son como un cuarto que no
pertenece a nadie. Me puse en cuclillas, la espalda
apoyada contra la pared. Lo llamaron una vez. Entonces
me levanté e hice que estaba subiendo. Saludé,
sonreí, buenas tardes, hola. ¡Qué frío hace, eh! Adiós,
adiós. Y otra vez me metí dentro. Como a la media
hora ya estaba más tranquila, así que volví a casa.
Pero, claro, imagina, ahora le tocaba a mi madre. Poli
malo, poli bueno. ¿No es todo asquerosamente triste?
Yo me había metido en mi cuarto. Me puse a mirar
por la ventana. Como nuestra calle es estrecha, las
casas de enfrente están bastante cerca. Y vivimos en
un tercero. Pisos de la casa de enfrente, un poco de
cielo si me inclino y estiro el cuello, y si miro para
abajo las aceras y una fila de coches aparcados: gris,
verde oscuro, azul, negro, gris, blanco. Estaba contando
los colores de los coches cuando los nudillos de
mi madre golpearon con suavidad la puerta. Es educado,
llamar. Es civilizado, se supone que yo podría
estar haciendo de todo, ¿no?, y si abre de golpe... Patada
en la puerta, como los policías de las pelis: no
habría sido educado, pero habría sido sincero. Bah,
no quiero decir esto. Normalmente me gusta que llame
a la puerta. Pero hoy no me ha gustado. Supongo
que es por todo lo que dijo luego.
–¿Hablamos un rato, Martina?
–Ya estamos hablando.
–Sentadas.
Me senté en la silla. Toda la cama para ella, lo
que no quería era que se sentara a mi lado. ¿Por qué?
Pues no sé, pero no quería.
Ella se sentó en la cama.
–Si no tienes ganas de hablar ahora, dímelo.
Vale, no tengo ganas. Tenía que habérselo dicho.
Pero lo malo de los padres es que encima les tienes
que consolar.
–Me han suspendido. Casi siempre apruebo y no
hemos hablado de que he aprobado. A lo mejor también
teníamos que hablar cuando apruebo. «Martina,
has aprobado, vas a pasar de curso, ¿te divierte la idea?
Luego vas a tener un horrible trabajo y te pasarás la
vida diciendo que sí. ¿Te das cuenta? ¿Eres consciente
de ello?»
–Muy agudo. Pero ahora me gustaría que me explicaras
por qué has suspendido.
–Los exámenes me han salido mal, a todo el
mundo le pasa alguna vez.
–¿Hay algo que te preocupe?
No contesté.
–A lo mejor prefieres hablarlo con otras personas,
no con nosotros. Pero si necesitas ayuda, sabes que
estamos aquí. Y todo eso de que vas a tener un horrible
trabajo es una excusa. Ahora tu deber es aprobar.
Más adelante, ya podrás elegir qué haces con tu vida.
En la parte que puedas. Porque no todo se elige.
–Vale.
No lo digas, no lo digas, no lo digas. Pues lo dijo:
–Martina.
–Vale, mamá. Si necesito ayuda os aviso. No
todo en la vida se elige. Desde luego, ya puestos, yo
habría elegido medir quince centímetros más. ¿Qué
quieres? ¿Que te diga que voy a estudiar y voy aprobar
y que sólo ha sido una mala racha? Pues te lo
digo. Es más. Voy a empezar a estudiar ya. Ahora
mismo. ¿Puedes salir, por favor?
Me levanté y empecé a sacar los libros de la mochila.
Mi madre se fue de la habitación sin decir
nada. Supongo que le hice daño. Supongo que antes
también había hecho daño a mi padre. ¿Cómo se coloca
todo bien? ¿Cómo lo consiguen las personas? Porque
si te callas demasiadas cosas, un día estallan o se
pudren. Pero si las dices, haces daño. Y a veces mueves
la mano y sin querer tiras el vaso y se rompe y hay
agua y cristales; dicen que eso es fácil de arreglar con
una bayeta y barriendo cristales. Lo que no se arregla
es que te gustaría clavarte uno, que saliera sangre y no
llorar.
En vez de estudiar, me he puesto a escribirte. No
eres un puto personaje inventado ni eres mi puto
amor platónico. Te he encontrado y tú sí tienes música.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". 5 septiembre 2009


En Babelia, suplemento cultural de "El País":

1. Beevor viaja al Día D. El gran historiador británico de la II Guerra Mundial investiga el desembarco de Normandía en 1944, la batalla más famosa del siglo XX. El autor ofrece novedades sobre el tremendo sufrimiento de los civiles y sobre la actitud de los aliados. Entrevista de Guillermo Altares. Podemos leer las primeras páginas de El día D.

2. CRÍTICA DE LIBROS. J. Ernesto Ayala-Dip reseña Deseo de ser punk, la nueva novela de Belén Gopegui. También podemos leer sus primeras páginas. Javier Goñi reseña El hombre que amaba a los perros, novela de Leonardo Padura sobre el asesinato de Trotski.

3. En busca de pronombres. Reportaje de Amelia Castilla. Las mujeres son más sensibles a los cambios lingüísticos y en las aldeas se mantiene vivo el castellano vulgar. Son datos recogidos del Corpus Oral y Sonoro del Español Rural que dirige la académica Inés Fernández Ordóñez.

4. Desolación de volver. Artículo de Muñoz Molina sobre Úbeda.

5. Cono Sur, 'mon amour' (diario de viaje). Artículo del escritor Andrés Neuman, sobre Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile.

6. "La ficción ocurre en el vientre". Entrevista de Rocío Ayuso a Isabel Allende, con motivo de la aparición de su novela La isla bajo el mar, de la que podemos leer sus primeras páginas.