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lunes, 24 de junio de 2013

PRENSA. "Muere Javier Tomeo, un monstruo literario"

Tomeo, fotografiado en 2012. / MARCE-LÍ SÁENZ ("El país")
   En "El País":

Muere Javier Tomeo, un monstruo literario

El autor ha sido un inclasificable de las letras españolas, creador de un extraño imaginario

 Barcelona 22 JUN 2013

La mujer tuerta a la que su marido le recrimina que se ponga el ojo de cristal, el despertador que funciona como un cangrejo, el niño de las dos cabezas y esa bestial unión del bien y el mal que era el gallitigre, cruce del felino enamorado del ave, entre otras muchas criaturas aberrantes, están desde ayer huérfanos después de que el corpacho de su padre, Javier Tomeo, no pudiera resistir más las múltiples complicaciones de una diabetes que en los últimos meses le llevaban a dormir mal y a moverse “como un caracol” (de nuevo su amado mundo animal) y falleciera por una grave infección en el hospital Sagrado Corazón de Barcelona, a los 80 años.
Esos seres que poblaron una de las obras más inclasificables del último medio siglo de las letras españolas no surgieron de la infancia de ese niño nacido en el pueblo oscense de Quicena en 1932. Entonces solo había lecturas de Verne y Salgari, aunque en la genética debía haber algo de la tierra. “Soy aragonés, no puedo escribir más que negro y Buñuel es mi Dios; quizá tuvo la culpa la pintura de Goya”, se parapetaba el escritor. Luego, al poco tras un ligero silencio y una mirada más allá del interlocutor, la confesión: “En parte, mis personajes son nacidos de mis carencias”.
Esa dualidad, una dureza que provenía de una notable estatura y una voz grave pero que hacía de baliza de unos sentimientos nobles y tiernos, marcó tanto la vida como la obra del escritor, pronto afincado en Barcelona tras la emigración de sus padres. Ahí cursó Derecho y, más tarde, Criminología (“para saber más del alma humana”), que no sepultaron una vocación que arrancó con novelitas de quiosco bajo el pseudónimo de Frantz Keller. “Te pagaban de 10 a 25 pesetas y firmabas con nombre extranjero porque si no, en este país, no te compraban”, justificaba.
En esa cultura pulp castiza y en el despacho de la multinacional Olivetti se fue forjando una escritura personalísima, de literatura del absurdo, de regusto kafkiano y, lo más inquietante, que se daba en espacios y situaciones bien normales. Así surgiría en 1967 su primer libro, El cazador, donde un hombre se encierra en su habitación para no ver nunca a nadie más. Se lo había editado Tomás Salvador desde el pequeño sello Marte, como torna por lo poco que pagaba a aquel joven que trabajaba horas allí. El camino estaba trazado. Pronto llegaría El unicornio (1971), donde los espectadores a una función son aniquilados uno a uno. Nada, algo normal. O El castillo de la carta cifrada (1979). Muchos de esos títulos ya estarían poblados por esos seres extraños, a mitad del animal y del hombre, que le caracterizaron. “El monstruo permite señalar defectos y moralizar; el lector, más que nunca, necesita hoy ser moralizado”.
Ese mundo de Tomeo no encajaba entonces. Eran tiempos del realismo social. Él lo intentó con la historia de un limpiabotas emigrante… “Pero me cansé de mi mismo a las 20 páginas y me acordé de que Pereda lo había hecho antes mucho mejor cien años atrás; por suerte, me dio entonces por leer a Kafka, a Sartre, a Hansum, a Poe…”. Se desmarcó del realismo e impuso a sí mismo y a su literatura su fuerte personalidad, lo que provocó aquel comentario de Juan Benet, que aseguró que sus novelas eran simples croquetas de idéntico sabor. “Bueno, fui una víctima de Kafka, al que llegué por Freud. Mi mundo y mis personajes han sido el Ello freudiano, lo inconsciente, las pulsiones”…
Debió esperar Tomeo hasta mediados de los ochenta para que esa trayectoria fuera reconocida. Ocurrió en 1985, con Amado monstruo, inocua entrevista de trabajo que va desvelando la extraña personalidad (y también la morfología) del aspirante. De pronto, todo encajaba: ese surrealismo y una fraseología breve fruto de una destilación del lenguaje poco usual acabó, en pleno momento Tomeo, siendo representada como obra teatral en París en 1989, el mismo año que aparecía su libro preferido, Historias mínimas, un prestigio que apuntalarán El gallitigre (1990), El crimen del cine Oriente (1995). Sus obras empiezan a representarse hasta en Alemania. El eco es tal que incluso desde su tierra se impulsó su candidatura al Premio Nobel.
En un reflejo de su propia vida sincopada, su luz parece languidecer y él, con casi medio centenar de obras, fue encerrándose en sí mismo, acentuando su manía de corregir y corregir sus textos. El mundo cultural y literario pareció haberlo olvidado, como si su tiempo hubiera pasado. Nunca obtuvo un gran premio. “No, no se ha sido injusto conmigo; puedo vanagloriarme de tener lectores de culto cada generación”, se defendía. Y las ediciones de sus Cuentos completos el año pasado y hace unos meses de Constructores de monstruos parecen darle la razón. Un rato después, la confesión: “Me he ido apartando del mundo literario; una novela mía hoy es como tirar una piedra al agua. En muchos premios me veo rodeado por escritores mediáticos y me pregunto: ‘¿Qué hago yo aquí?’. Es un agravio comparativo constante”.
Poco amante de la televisión (“solo me sirve para ponerme de mala leche, pero eso me ayuda a escribir”, admitía), parecía él mismo uno de sus entrañables monstruos, incapaz de encajar en el mundo. Seguía escribiendo a diario, riguroso, sin tregua consigo mismo (“si puedo decir algo en cuatro palabras no uso ocho”), en particular por las mañanas cuando, decía, “oigo cantar a los pájaros y al alguna vecina por el patio interior; eso infunde optimismo: por las mañanas todo parece posible”.
Vivía solo, no tenía hijos y ya hacía tiempo que se dedicaba casi exclusivamente a releer, “libros-herramientas”, decía él, como el Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Si se le forzaba mucho, soltaba los nombres de Shakespeare, de Dante y el Quijote de Cervantes.
No citaba contemporáneos porque no leía nada de nadie para, en realidad, no contaminarse. Para ser un monstruo en estado puro.

LITERATURA. JAVIER TOMEO. De "Historias mínimas"

Javier Tomeo

Los dos esqueletos, con los huesos blanqueados por el sol, conversan sentados al socaire de la pared del cementerio.

ESQUELETO A. Oye.
ESQUELETO B. Dime.
ESQUELETO A. Lo peor que podemos hacer es desanimarnos.
ESQUELETO B. Sí, eso sería lo peor.
ESQUELETO A. Vendrán tiempos mejores, estoy seguro de eso.
ESQUELETO B. ¡Oh, desde luego! ¡ Vendrán tiempos mejores!
ESQUELETO A. Se trata de saber esperar.
ESQUELETO B. Sí, se trata de eso.
ESQUELETO A. Los árboles volverán a ser verdes.
ESQUELETO B. Eso es: verdes. Y cantarán otra vez los pájaros.
ESQUELETO A. ¡Ah, qué agradable será entonces vernos regresados a la carne!
ESQUELETO B. ¿Crees que regresaremos también a la carne?
ESQUELETO A. ¿Quién lo duda?
ESQUELETO B. (Nostálgico.) Eso sería estupendo.
ESQUELETO A. (Tras una breve pausa.) ¿Cómo te llamabas antes?
ESQUELETO B. Juanito.
ESQUELETO A. ¡Anda pues, Juanito! ¡Levanta el corazón!
ESQUELETO B. (Mirando a través de sus costillas.) ¿Qué corazón?
ESQUELETO A. (Reconsiderando la situación, con acento súbitamente desesperanzado.) La verdad es que hicimos mal muriéndonos.
ESQUELETO B. Sí, hicimos mal.
ESQUELETO A. Perdimos el corazón.
ESQUELETO B. Sí, lo perdimos.
ESQUELETO A. Eso fue, sin duda, lo peor.

Silencio. El ESQUELETO B sopla a través de su propia tibia y brota una suave melodía, que ondula apenas la cabeza de las ortigas. Al conjuro de la música, las serpientes de hace cien años – apenas un rosario de menudas placas óseas – tratan inútilmente de erguirse como en los viejos tiempos de la ponzoña fulminante. (Tomeo 1996).

martes, 2 de junio de 2009

PRENSA. 2 junio 2009

En "El País":

1. El segundo rapto de Europa. Artículo de Blanca Vilà, profesora de la Autónoma de Barcelona.

2. Sobre 'patiperros' y manzanas. Artículo del escritor Ariel Dorfman sobre los chilenos.


En "El Día de Córdoba":

3. "No escribo para hacer reír, sino para señalar dónde aprieta el zapato". Entrevista a Javier Tomeo, que publica 'Pecados griegos', un tributo lúdico aunque pesimista a la cultura helénica en el que reflexiona sobre las pasiones y la naturaleza absurda del poder.

4. La imposibilidad del héroe. André Malraux se acerca en 'El demonio del absoluto' a la figura de Lawrence de Arabia, personaje con el que el autor comparte una biografía errante y aventurera.

5. El universo fantástico de Guillermo del Toro salta del cine a la literatura. El director lanzó ayer en todo el mundo "Nocturna", su primera novela, en la que reinventa el mito de los vampiros. En "elpais.com" podemos leer sus primeras páginas.