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martes, 16 de abril de 2013

PRENSA CULTURAL. "Kertész: 'No he dejado la literatura'".


   En "El País":

Kertész: “No he dejado la literatura”

Imre Kertész, superviviente húngaro del Holocausto y premio Nobel en 2002, escribe una novela sobre la creación en la vejez, publica sus diarios en Hungría y 'Cartas a Eva Haldimann' en España

 12 ENE 2013

Muchas llamadas ha recibido Imre Kertész en estos últimos días. Han sido para felicitarle por el acto que se celebró el día 15 de noviembre, poco después de que cumpliera los 83 años, en la Academia de las Artes de Berlín, a la que el premio Nobel húngaro ha cedido sus manuscritos y que ha creado en consecuencia el Archivo Imre Kertész. También lo llama su traductor español, su “yo español”, como él dice. “¿Y qué contiene ese Archivo?”, le pregunto. “Muy sencillo”, responde, “toda la obra de una vida dedicada a la literatura, un montón de papeles, ni siquiera yo sé lo que hay allí dentro”, añade riendo. Y la Academia ha organizado, además, una exposición con ese material que se ha ido depositando en la institución desde el año 2001. Allí se encuentran, pues, los manuscritos de Sin destino, Fiasco, Kaddish por el hijo no nacidoLiquidación, Dossier K., Yo, otro, con sus trabajos previos y sus variantes, allí está la correspondencia del autor, así como un particular tesoro: los diarios a partir del año 1961. Según cuenta su esposa Magda, que también se pone al teléfono, habían recibido peticiones de instituciones de Estados Unidos para acoger ese legado en vida, pero él prefirió que el material permaneciese en Europa, donde se había gestado y adonde pertenecía. “Allí”, dice Kertész refiriéndose a la Academia de las Artes berlinesa, “están preparados para trabajarlo, pues se necesitan personas competentes, especialistas, eruditos, filólogos, estará, por tanto, en buenas manos. Así tiene que ser”, añade, “ya que se trata de una vida y de una obra muy especiales, profundamente relacionadas con el Holocausto”. El acto oficial de apertura del Archivo resultó sumamente emotivo: el público en pie ovacionó al escritor, que siguió la ceremonia sentado en la silla de ruedas. Kertész se alegra también de que en Alemania “empiecen a valorar sus ensayos”, y de que se haya fundado un Instituto Imre Kertész (Imre-Kertész-Kolleg) en la Universidad de Jena con el propósito de fomentar el estudio y el análisis de los acontecimientos del siglo XX en Europa del Este.
Lo llamaba también, como tantas veces en los últimos años, para interesarme por su salud. Su enfermedad, Parkinson, ha ido avanzando de manera implacable, reduciendo sus movimientos; le cuesta hablar, siente dolores intensos, en la espalda, en la columna, en todo el cuerpo, la medicación ayuda, pero al mismo tiempo aletarga. Mientras hablamos, lo imagino en su piso en Berlín, donde reside desde principios de nuestro siglo, un dúplex en Charlottenburg, un barrio que ama, cercano al Kurfürstendamm, en la parte occidental de la ciudad.

Hungría jamás se ha preguntado por qué ha estado siempre en el lado equivocado de la historia”
Son muchos los cambios que vivió Kertész desde el comienzo del nuevo siglo, uno de ellos, fundamental, su traslado de Budapest a Berlín, donde se siente más a gusto que en la capital húngara, más comprendido, más querido, donde no vive la irritación, la degradación, lo que él llama la mala educación. Berlín le parece un lugar culto, civilizado, “por el que se puede andar”. A la pregunta de si estar en Berlín es para él estar en Occidente, responde que sí, “es que yo nací occidental, soy un europeo occidental”, aunque luego matiza, como tantas veces: conceptos como “Occidente” no tienen en el fondo mucho significado. En cambio, sí lo tienen para él otros como “cultura, civilización, comprensión, tolerancia”, palabra que repite, “tolerancia y también paz”. Eso es lo que él percibe en Berlín, “que es mi mundo”.
No así Budapest, ciudad en la que aún se escuchan sesudas disquisiciones sobre por qué no es Kertész un escritor verdaderamente húngaro, ya que en un país en el que rige el nacionalismo más virulento y cerril las energías se dedican a determinar quién es y quién no es, quién pertenece y quién no pertenece. Kertész reprocha a Hungría el no haber aprovechado la gran oportunidad del cambio de régimen, lo cual se debe quizá, afirma, a que no conoció, de hecho, la democracia en curso de los siglos, a que no participó en los momentos de liberación y de emancipación en el continente europeo, a que no ha afrontado con claridad y valentía los lados oscuros de su historia y también a que no ha asumido y reconocido su papel en la deportación masiva de una parte de su población, la judía, a los campos de exterminio. Como suele decir: “Hungría jamás se ha preguntado por qué ha estado siempre en el lado equivocado de la historia”. En los últimos años ha crecido en su país la nostalgia por el régimen de Horthy (1920-1944), precisamente el que llevó a la nación a la mayor quiebra moral y política al aliarse con Alemania en la Segunda Guerra Mundial. El antisemitismo y el odio a los gitanos están en auge en Hungría, donde “campan por sus fueros los antisemitas y la ultraderecha”, dice Kertész, y donde poco o nada se hace para ponerles coto.

Desde hace un tiempo, me dice, “me siento como un actor que ha de representar el papel de Imre Kertész
De hecho, Imre Kertész siempre vivió en una situación de cierta marginalidad en su país, donde instalado en una quasi inexistencia escribió Sin destino, Fiasco, Kaddish por el hijo no nacido, en una situación de aislamiento que en los últimos años, los de su fama, a veces incluso ha añorado. Desde hace un tiempo, me dice, “me siento como un actor que ha de representar el papel de Imre Kertész y que para colmo lo hace mal”. En su periodo de iniciación literaria no leía a los autores húngaros de la época, sino a los clásicos, leía a los grandes escritores del siglo XX, a Thomas Mann, a Albert Camus; luego leyó también a Canetti, a Wittgenstein, a Freud, autores a los que tradujo al húngaro, así como muy especialmente a Nietzsche. Esas décadas de marginalidad absoluta lo marcaron, hasta que se produjo el cambio de régimen, la caída del Muro, y él comprobó que a pesar de todo Hungría seguía empantanada, que sus advertencias no se escuchaban, que su marginación seguía. “En los últimos años la situación se ha deteriorado mucho”, asegura.
Como oigo por el teléfono que tiene música de fondo, le pregunto qué está escuchando: “El último concierto de Alfred Brendel”, responde. “¿Y qué escuchará después?”. Béla Bartók, al que considera “uno de los grandes clásicos”. “No es un vanguardista”, dice, “pero, ojo, modernidad y vanguardia no siempre son lo mismo”. La música ha sido una de las fuentes de la que brota su literatura. “De hecho”, señala, “siempre me acompaña y ha sido decisiva, además, en mi vida, pues mi primera gran experiencia artística fue la música, la literatura vino después”. Así como en las primeras obras, en Sin destino, en Kaddish por el hijo no nacido,estaba presente de forma invisible como elemento estructurador, en los últimos trabajos ha aflorado, se ha vuelto visible y son muchas las páginas que el escritor le dedica. En los diarios que han empezado a publicarse en húngaro —y que por supuesto están ya en la agenda de la editorial Acantilado— escribe sobre Wagner, Mahler, Schönberg, Debussy, Beethoven, Bach, y hay muchas alusiones a amigos músicos como el compositor György Ligeti o como el pianista András Schiff (siempre recuerda con alegría que Schiff tocó, como sorpresa, la sonata opus 111 de Beethoven, “su obra preferida”, en un acto relacionado con el Premio Nobel).

En 'La última fonda' (la novela que quizá quede inacabada) y en los diarios, espejo de un espíritu atormentado y lúcido a la vez
En los últimos años mencionaba a menudo lo que estaba escribiendo: una novela titulada A végs? kocsma [La última fonda], que era “algo sobre la muerte” y estaba “inspirada en los últimos cuartetos de Beethoven”. La idea era trasladar a la literatura aquello que él llama “obras de la senectud”. Hay en los diarios numerosas referencias a esas obras, las pinturas de Turner, por ejemplo, las composiciones del propio Beethoven; referencias a la pregunta de si existe un arte específico de la vejez en el que se desdibujan las líneas y aparecen con más intensidad los matices. Y numerosas reflexiones también sobre el arte en general y sobre lo que Kertész llama el “gran arte” (se refiere, por ejemplo, a la tragedia griega, pero igualmente a las novelas de Thomas Mann). Según él, está desapareciendo, porque “el tipo de hombre que lleva ahora las riendas del mundo ni lo entiende ni lo necesita”. Ese gran arte, dice Kertész sin embargo, forma parte de la civilización europea, no se extinguirá del todo y él, señala, “procura que esté recogido en su obra”.
Una parte de estos diarios se ha publicado ya en su lengua original y existe asimismo una traducción francesa. La recepción de Mentés másként, que recoge sus apuntes entre 2001 y 2003 y cuyo título se debe a que por esas fechas empezó a escribir en ordenador, ha sido, por fin, muy positiva en Hungría, aunque Kertész considera también que todavía “no se ha entendido la construcción”. En estos últimos trabajos, en La última fonda (la novela que quizá quede inacabada) y en los diarios, espejo de un espíritu atormentado y lúcido a la vez, de un espíritu que ve enseguida nuestras trampas e ilusiones, abundan las reflexiones sobre la vejez, la degradación física, la enfermedad y la muerte.


Imre Kertész fotografiado en Berlín en 2007. / SANTOS CIRILO
Sí, se nos van los testigos de Auschwitz. “¿Significa eso que acaba la labor testimonial de quienes sobrevivieron y que hay que pasar del plano de la experiencia al plano del espíritu?”. “Sí, exactamente esa es la esencia de mi obra”, dice Kertész, “trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización”, añade, “y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero mira la crisis económica”, continúa, “una crisis así dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto, deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en la conciencia de los políticos europeos”. Muchas veces ha repetido Imre Kertész que Auschwitz puede volver a producirse en cualquier momento, porque aquello que lo hizo posible no ha desaparecido. No ha desaparecido, por ejemplo, el antisemitismo (“algunos países lo demuestran”), que en casos se disfraza de odio a Israel. En su obra de los últimos años, en La última fonda, en los diarios, abundan las reflexiones sobre el ser judío. Él se considera un judío no judío, “como Jean Améry”, dice, que no siente un vínculo religioso con el judaísmo, que no piensa sobre “cuestiones judías”, pero cuyo judaísmo está determinado por Auschwitz y por su desarraigo cultural. Kertész, de hecho, se considera perteneciente a esa literatura judía de Europa del Este, “que empieza por Kafka, que pasa por Celan”, que llega también a él y que nunca ha formado parte de las literaturas nacionales.

La obra ya está hecha, lo que escriba ahora será un regalo del destino”
Kertész pierde a veces el hilo de la conversación. No quiero insistir, no quiero molestarlo, no quiero cansarlo. Sé que le cuesta levantarse, le cuesta moverse, le cuesta hasta el más mínimo gesto. De pronto recuerdo un encuentro hace pocos años en Viena. Kertész, ya enfermo, se sentía débil, estaba agotado. Venían de Budapest y al día siguiente partían para Madeira. Cenamos juntos; éramos cinco, él, Magda, Cristina —mi mujer—, Violeta —mi hija— y yo, su traductor. La conversación fluía con afecto y naturalidad como siempre, aunque a él se le notaba el cansancio. En un momento dado mencioné lo que estaba traduciendo:Don Carlos, de Schiller. Y Kertész se animó entonces rápidamente y empezó a recitar de carrerilla el comienzo del drama del clásico alemán. Se aferra a la literatura; la pasión literaria lo mantiene vivo.
El escritor se encuentra en una situación difícil, inconcebible: el cuerpo le ha ido cerrando poco a poco las posibilidades de escribir. Berlín, el escenario de su gusto por los buenos modales, por la elegancia, es también el de la progresiva enfermedad, de los esfuerzos por apuntar simplemente unas líneas. En estas circunstancias, Kertész ve la entrega de su legado a la Academia de las Artes berlinesa como un cierre. “La obra ya está hecha, lo que escriba ahora será un regalo del destino”, dice. Y luego añade: “No he abandonado la literatura. Ahora mismo estoy revisando la edición alemana de los diarios, que se publicará el año que viene”. Son tantos los hilos que lo unen a la escritura que nunca llegarán a cortarse todos.
Adan Kovacsics es traductor de Kertész al español.

sábado, 8 de mayo de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (fragmentos): "Sin destino", de Imre Kerstész

Imre Kertész
Imre Kertész nació en Hungría, en 1929. En 2002 fue galardonado con el Nobel de Literatura. En Sin destino narra la vida de un niño en diversos campos de concentración nazis.
Éstas son sus primeras páginas:

Hoy no he ido a la escuela; mejor dicho, sólo fui para pedir permiso a la tutora y volver a casa. Le entregué la carta de mi padre, en la cual pedía que me dispensaran, alegando "razones familiares". Ella me preguntó cuáles eran esas razones familiares, y yo le contesté que a mi padre lo habían asignado a trabajos obligatorios. Dejó de incordiarme.
Al salir de la escuela, no fui a casa sino al almacén. Mi padre me había dicho que me esperarían allí. También dijo que debía darme prisa porque podían necesitarme. Por eso pidió que me dejaran faltar a la escuela. Quizá quería que estuviera "a su lado en el último día", cuando tenía que "abandonar a la familia", eso también lo dijo en otro momento. Habló con mi madre, si mal no recuerdo, por la mañana cuando le llamó por teléfono. Hoy es jueves, y mis tardes de los jueves y de los domingos, en realidad, le corresponden a ella. Mi padre le comunicó: "No te puedo dejar a György esta tarde", y entonces dio esa explicación. O tal vez no fue así. Yo tenía un poco de sueño esa mañana, debido a la alarma aérea de anoche, y a lo mejor no me acuerdo bien. Sin embargo, estoy seguro de que lo dijo, si no a mi madre, a otra persona.
Yo también intercambié algunas palabras con mi madre, aunque no recuerdo qué le dije. Creo que hasta se enfadó un poco conmigo, porque fui muy parco con ella, por la presencia de mi padre: al fin y al cabo hoy tengo que complacerlo a él.
Cuando salía para la escuela, también mi madrastra se sinceró conmigo. Estábamos a solas, en la entrada de casa y me dijo que en aquel día tan triste para todos nosotros esperaba "contar con un comportamiento adecuado" por mi parte. No sabía qué responderle, así pues no dije nada. Quizá haya interpretado mal mi silencio, porque continuó diciéndome que no había querido herir mi sensibilidad y que sabía que su advertencia era, en realidad, innecesaria. Estaba segura de que yo, un muchacho de quince años, era perfectamente capaz de calibrar la "gravedad del golpe que habíamos recibido"; ésas fueron sus palabras. Asentí con la cabeza y vi que con eso le bastaba. Entonces, hizo un gesto con la mano, y temí que fuera a abrazarme. No lo hizo, se limitó a soltar un largo y profundo suspiro entrecortado. Me di cuenta de que sus ojos se ponían húmedos; me sentí incómodo. Después, me dejó ir.
Fui andando desde la escuela hasta el almacén. Era una mañana limpia y tibia para ser el principio de la primavera. Hubiera podido desabrochar mi abrigo, pero desistí: la ligera brisa podía haber hecho que las solapas hubieran ocultado de manera antirreglamentaria mi estrella amarilla. De ahora en adelante tengo que cuidar más ciertos detalles. Nuestro almacén de maderas está cerca, en una de las calles laterales. Unas escaleras empinadas llevan a la oscuridad. Encontré a mi padre y a mi madrastra en la oficina, una pequeña cabina de vidrio, iluminada como los acuarios, justo al lado de la escalera. También estaba el señor Sütő a quien conozco bien, porque fue nuestro contable y administrador de otro almacén que teníamos al aire libre y que luego él nos compró. O por lo menos eso decimos. El señor Sütő no tiene problemas de tipo racial ni lleva estrella amarilla y, de hecho, nos ayuda en nuestra situación legal, según yo sé, porque es él quien sigue administrando nuestros bienes para que nosotros no tengamos que prescindir de la totalidad de los beneficios.
Lo saludé con más consideración que de costumbre, puesto que de alguna manera ahora estaba por encima de nosotros: mi padre y mi madrastra también eran más amables con él. Él, sin embargo, se empeñaba en tratar a mi padre como su jefe y a mi madrastra la seguía llamando "mi señora", como si nada hubiese ocurrido, y continuaba besándole la mano cada vez que la veía. Aquel día a mí también me recibió con su tono campechano de siempre; no hacía caso de mi estrella amarilla. Me quedé de pie al lado de la puerta, y ellos continuaron con lo que habían interrumpido por mi llegada. Estaban intentando llegar a un acuerdo sobre algo, según entendí. Al principio no sabía de qué hablaban. Cerré los ojos por un momento, puesto que todavía estaba medio cegado por la intensa luz de la cabina. Entonces mi padre dijo algo que me sorprendió, y abrí los ojos. Observé el rostro redondo y moreno del señor Sütő, en el que destacaban un fino bigote, unos dientes grandes, muy blancos y ligeramente separados, y unas pequeñas manchas rojizas y amarillas, que parecían abscesos abriéndose. Mi padre dijo entonces algo sobre una "mercancía que convenía que el señor Sütő se llevara inmediatamente". El señor Sütő no tenía inconveniente, por lo que mi padre sacó un paquetito del cajón del escritorio que estaba envuelto en papel de seda y atado con un lazo. Entonces supe de qué mercancía se trataba: por su forma reconocí la caja que había en el paquete. La caja en la que guardábamos los objetos de valor y las joyas. Creo que lo llamaban mercancía para que yo no supiera de qué hablaban. El señor Sütő guardó enseguida el paquete en su cartera. A continuación, se enzarzaron en una pequeña discusión: el señor Sütő sacó su pluma estilográfica e insistió en firmar un recibo a mi padre por la mercancía. Mi padre respondió que se dejara de tonterías y que no necesitaba ningún papel. El señor Sütő estaba muy agradecido. "Ya sé que tiene usted confianza en mí, jefe, pero en la vida hay que seguir un orden y conservar ciertas formas", dijo. Después se dirigió a mi madrastra: "¿No opina usted lo mismo, mi señora?", preguntó, pero ella se limitó a sonreír y repuso que, por su parte, confiaba plenamente en las decisiones que ellos tomasen.
Cuando ya empezaba a aburrirme, el señor Sütő por fin se decidió a guardar su estilográfica y empezaron a hablar del tema del almacén. Debían tomar una decisión sobre el destino de todas aquellas tablas de madera. Mi padre opinaba que tenían que actuar inmediatamente, antes de que las autoridades "echaran mano al negocio", y le pidió al señor Sütő que con su experiencia profesional ayudara y aconsejara a mi madrastra en el asunto. "Naturalmente, mi señora. De todas formas, estaremos en contacto permanente por las cuentas", dijo el señor Sütő dirigiéndose a mi madrastra. Creo que se refería a nuestro antiguo almacén que ahora le pertenecía.
Finalmente, se despidió de nosotros. Retuvo la mano de mi padre durante un largo rato; la expresión de su rostro era seria y triste. Sin embargo, opinó que "no eran momentos para palabrerías".
"Hasta pronto, jefe", se despidió el señor Sütő. "Eso espero, señor Sütő", respondió mi padre con una leve sonrisa.
En ese momento, mi madrastra abrió su bolso de mano, extrajo un pañuelo y se lo llevó a los ojos, sollozando. Se produjo un silencio. La situación me resultó molesta, porque tuve la impresión de que yo también debía decir algo. Pero todo había acontecido con tanta rapidez que no se me ocurrió nada sensato. También el señor Sütő se sentía visiblemente incómodo. "Pero, mi señora, no haga esto, por favor. No debe hacerlo, de verdad que no", dijo, asustado.
Después se inclinó y casi dejó caer su boca en la mano de mi madrastra, para proceder a besarla como siempre. Corrió luego hacia la puerta y yo apenas tuve tiempo para hacerme a un lado. Se olvidó de despedirse de mí. Permanecimos en silencio escuchando sus lentos pasos por las escaleras de madera, hasta que mi padre dijo: "Bueno, ya está, otro peso que nos hemos quitado de encima".
Entonces, mi madrastra le preguntó, en un tono velado, si no habría sido mejor aceptar aquel recibo del señor Sütő. Mi padre le respondió que aquel recibo carecía de "valor práctico" e incluso sería más peligroso tenerlo escondido que guardar la caja. Le explicó que estábamos obligados a jugarlo todo a una sola carta y a tener plena confianza en el señor Sütő, puesto que, a esas alturas, no nos quedaba otra solución. Mi madrastra permaneció callada por un momento, pero luego continuó diciendo que, aunque mi padre tuviera razón, ella estaría más tranquila con "un recibo en la mano". No supo explicar bien por qué.
Mi padre estaba obsesionado por el tiempo, porque aún tenían muchas cosas que hacer. Quería entregar a mi madrastra los libros de cuentas del almacén para que pudiera controlar y mantener el negocio mientras él estuviera en el campo de trabajo. También intercambió unas palabras conmigo. Me preguntó si había tenido problemas en la escuela. Después me dijo que me sentara y que estuviera tranquilo hasta que ellos terminaran con los libros.
Claro, ese trabajo requería mucho tiempo. Al principio no lo tomé con tranquilidad. Pensaba en mi padre y en que se iría al día siguiente, y probablemente no volvería a verlo durante mucho tiempo. Al cabo de un rato me cansé de pensar en eso y, puesto que nada podía hacer por mi padre, empecé a aburrirme. Cansado de estar sentado en la misma posición, me levanté y, sólo por hacer algo, bebí agua del grifo. No me dijeron nada. Más tarde me fui a la parte trasera, entre las tablas de madera, para hacer pis. Regresé y me lavé las manos en la pila de azulejos y de grifo oxidado. Saqué el bocadillo de mi cartera y me lo comí. Volví a beber agua del grifo y tampoco me dijeron nada. Regresé a mi sitio, y allí permanecí mortalmente aburrido durante largo rato.
Era más de mediodía cuando salimos a la calle. Otra vez se me cegaron los ojos, me molestaba la luz tan brillante. Mi padre echó la llave a los dos cerrojos de hierro gris. Tuve la impresión de que se demoraba ex profeso en hacerlo. Le entregó las llaves a mi madrastra, diciéndole que él ya no las necesitaría. Mi madrastra abrió su bolso. Asustado, pensé que otra vez sacaría el pañuelo, pero se limitó a guardar las llaves. Nos dispusimos a caminar con muchas prisas. Pensé que regresaríamos a casa pero primero fuimos de compras. Mi madrastra tenía una larga lista de todo lo que mi padre podía necesitar en el campo de trabajo. La víspera había comprado ya una parte, pero aún faltaban algunas cosas. Yo me sentía un poco incómodo caminando a su lado: los tres llevábamos nuestras estrellas amarillas. Cuando iba solo, no me importaba llevarla e incluso me divertía, pero cuando ellos me acompañaban, me molestaba. No podría explicar por qué. En todas las tiendas que recorrimos había mucha gente, excepto donde compramos la mochila, allí éramos nosotros los únicos clientes. El aire estaba cargado del fuerte olor de las tinturas utilizadas en la preparación de las telas. El tendero —un anciano de tez amarillenta y dientes postizos níveos que llevaba una codera en un brazo— y su mujer se mostraron muy amables con nosotros. Amontonaron gran cantidad de mercancías sobre el mostrador. Advertí que el tendero llamaba a su esposa —también anciana— "hija" y que la mandaba a ella en busca de los artículos. Yo ya conocía aquella tienda porque estaba cerca de nuestra casa pero hasta aquel día no había entrado en ella. Era una tienda de artículos de deporte, en la que también vendían otras cosas. Desde hacía un tiempo vendían incluso estrellas amarillas de fabricación propia debido a la escasez de tela amarilla. (Mi madrastra había conseguido las nuestras a su debido tiempo.) Las estrellas de la tienda, de tela amarilla, estaban fijadas a una cartulina recortada, con lo que resultaban mucho más bonitas que las caseras, que a menudo tenían las puntas desiguales. Observé que ellos también llevaban las mismas estrellas que vendían, como si desearan animar a los posibles compradores.

Copyright: Editorial "Acantilado". Traducción de Judith Xantus.