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sábado, 23 de enero de 2016

LENGUA. "Catástrofes que dejan muertos". Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

Catástrofes que dejan muertos

Parece que los periodistas rellenasen cada lunes una plantilla donde sólo hubiera que actualizar los datos


El abuso del verbo “dejar” como equivalente de “causar” está colonizando los titulares que dan cuenta de catástrofes. Leemos a menudo oraciones como “el terremoto dejó 26 muertos”, “el accidente dejó ocho muertos”, “la explosión deja 10 muertos”… Y cada lunes, “el fin de semana deja X muertos en las carreteras”.
Si uno escribe en un ciberbuscador esta última oración sin comillas y sin la equis, obtendrá como respuesta decenas de titulares iguales en los que solamente varía la cifra: como si los periodistas rellenasen cada lunes una plantilla de palabras en la que sólo hubiera que actualizar los datos con el número de heridos y fallecidos.
La entrada del Diccionario académico correspondiente al verbo “dejar” desgrana 22 acepciones. Y ni una de ellas parece equivaler ni remotamente al verbo “causar”. Tampoco las 20 que recoge el Diccionario del Español Actual (Seco, Andrés y Ramos). Y aun en el caso de que ambas obras amparasen el uso (y creemos que no), podríamos criticar el abuso.
Los significados más usuales de “dejar” se refieren al hecho de terminar algo, o desprenderse de una persona o cosa. Se deja de fumar, se deja un trabajo, se deja un lugar, se deja al novio, se deja una herencia… Y también se permite algo (“le dejó gritar”), se obtiene un beneficio tras una acción acabada (“el negocio le deja 100.000 euros al año”) o se provoca un cambio de estado (“lo dejará perplejo”).

Los terremotos y otros desastres matan, desuelan, destruyen, dañan. Éstos no son verbos prohibidos, sino precisos, ricos, descriptivos
De ese modo, el vendaval que deja los árboles derribados los altera (antes se hallaban de pie). Pero no es lo mismo “los dejó derribados” que “dejó derribados”; ni “nos dejó muertos a los tres” (al darnos una mala noticia) que “nos dejó tres muertos” (lo cual puede equivaler a que “tres muertos fueron dejados”. Quizás por la inundación).
Estamos acostumbrados a que el verbo “dejar” se refiera a objetos o personas a los que se pone en un sitio o de los cuales nos alejamos, y para ello hace falta haberlos tenido cerca antes. Nos suena bien que el río deje un muerto sobre la orilla, porque lo arrastraba en su corriente; pero resulta de difícil comprensión que cualquier fenómeno natural o artificial deje 20 muertos en una ciudad y 30 en otra, como si se tratara de un ser animado que los fuese desperdigando distraídamente.
Los desastres causan víctimas, provocan desolación, ocasionan la destrucción de bienes, producen daños, Es decir, matan, desuelan, destruyen, dañan. Éstos no son verbos prohibidos, sino precisos, ricos, descriptivos, y por tanto periodísticos. Sin embargo, “dejar” ocupa tan a menudo su lugar en los titulares que se ha convertido en un verbo muy pesado, incluso si fuera correcto (quién sabe). Pero sólo por variar un poco, habría que dejar de dejar tanto.

domingo, 12 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. LENGUA. "El gusto por lo corto". Luis Magrinyà

   En "El País":

El gusto por lo corto

Hoy: el estilo no está en las preposiciones (tercera y última parte)

Hay una serie de preposiciones que, no sabemos por qué, aunque seguro que no es por el principio de economía, solemos evitar en la lengua diaria, decantándonos por locuciones de significado equivalente pero con mayor número de sílabas. Normalmente, cuando hablamos, no decimos trasbajo ni ante a no ser en usos fijos o específicos, sino otras fórmulas compuestas de tres o más sílabas (detrás de; después de, al cabo de, dentro de; debajo de; delante de) que, no nos pregunten tampoco por qué, suelen incluir la preposición de, sin duda una de nuestras favoritas.
Cuando decimos lengua diaria no nos estamos refiriendo realmente a la lengua coloquial. Éste es un nivel que establece oposición efectiva con el nivel formal, culto o literario: si coloquialmente decimos “p’alante”, o nos olvidamos el “de” cuando “nos damos cuenta que” o el “en” cuando “nos fijamos que”, o llamamos a nuestro interlocutor cada dos por tres “tío” o “tía”, o no terminamos las frases, o nos liamos “mogollón”, del mismo modo evitamos este tipo de abandonos cuando nos ponemos a escribir o a hablar en público o en situaciones formales. No es el caso de las locuciones preposicionales mencionadas en el párrafo de arriba: no hay en ellas nada que nos reprima de utilizarlas en contextos no familiares. Podemos perfectamente decir debajo de y ni siquiera pensar que estamos salvando el honor. Y, sin embargo, algo se activa en nuestra conciencia y de pronto nos ponemos a decir bajo.
No nos referimos, evidentemente, a casos en los que no sea posible la variación: “bajo cero”, “bajo seudónimo”, “bajo amenaza”, “bajo el efecto” etc. son siempre bajo, y no debajo de, en casa o fuera de ella. La elección se presenta cuando tenemos que referirnos literalmente a un espacio situado a nivel inferior que otro. Es entonces cuando nos acecha ominosamente ese bajo, más corto y al mismo tiempo tan seductor. Por supuesto no es incorrecto utilizarlo, pero a veces parece que la corrección puede crear extrañas distorsiones estilísticas. El efecto es tanto más acusado cuanto más casera sea la realidad a la que nos referimos en el enunciado:

Con ‘bajo’, la elección se presenta cuando tenemos que referirnos a un espacio situado a nivel inferior que otro
“… el periodista recogió los documentos, miró a su alrededor y, levantándose con presteza, fue a meterlos bajo el sofá” (Arturo Pérez Reverte, El maestro de esgrima (1988), Alfaguara, Madrid, 1995, p. 200).
“Said ha depositado bajo la silla una palangana llena de carbones encendidos e incienso” (Alejandro Jodorowsky, La danza de la realidad, Siruela, Madrid, 2001, p. 330).
“Los fogones: No deben estar bajo la ventana ni cerca de los grifos” (Mariano Bueno, El libro práctico de la casa sana, RBA, Barcelona, 2004, p. 84).
“Tengo que poner las zapatillas bajo la cama, comprobar que las persianas cierran, que la ducha tiene un chorro decente” (Margaret Mazzantini, La palabra más hermosa, Lumen, Barcelona, 2010, trad. de Roberto Falcó Miramontes, Google Libros).
En un pequeño universo de muebles y enseres domésticos, ¿quién dice que pone una cosa bajo el sofá, bajo la silla, bajo la ventana? ¿Pone alguien las zapatillas bajo la cama? Nos tememos que no. Solemos poner todas esas cosas debajo de. El efecto suena incluso más violento, independientemente ahora de la realidad designada, cuando la preposición se inscribe en un contexto (ahora sí) claramente coloquial:

¿Quién dice que pone una cosa ‘bajo el sofá, bajo la silla, bajo la ventana’? Solemos poner esas cosas ‘debajo de’
“Pues a ti te toca resolver la papela, que yo voy a esconderme bajo el piano” (Miguel Romero Esteo, El vodevil de la pálida, pálida, pálida, pálida rosa, Fundamentos, Madrid, 1979, p. 100).
“Después ya nada me importará y si el casero me pone la maleta en la calle iré a dormir bajo un puente, si llega el caso” (Francisco Miranda de Rojas, Amarillo limón, Huerga y Fierro, Madrid, 2002, p. 79).
“El Gobierno acusa al PP y a CiU de ‘hacer manitas bajo la mesa’” (titular, Diario de Mallorca21/IX/09).
O hablamos coloquialmente, o no lo hacemos. Estas mezcolanzas resultan algo sospechosas: ¿por un lado resolvemos “la papela” pero por otro nos escondemos “bajo el piano”? ¿Todo en la misma frase? Y… ¡las manitas se hacen (por) debajo de la mesa!
Otra preposición, más breve aún, que es víctima del mismo proceso, es tras. Nuevamente debemos decir que no nos referimos a usos obligados como “día tras día” o “tras la pista”, sino a aquellos en los que se permite variación, es decir, a aquellos en que podemos elegirdespués de o al cabo de cuando encabeza un complemento circunstancial de tiempo, o detrás de cuando el complemento es de lugar.

Otra preposición, que es víctima del mismo proceso, es‘tras’.  Y no nos referimos a usos como “día ‘tras’ día”
Tiempo:
 “Corta el calabacín en rodajas y, tras pasarlas por harina, fríelas en abundante aceite” (Karlos Arguiñano, 1069 recetas, Asegarce/Debate, Barcelona, 1996, p 221): después de.
“Ahí se inmutó un poco, pero tras un segundo contestó con naturalidad” (Alicia Giménez Barlett, Serpientes en el Paraíso, Planeta, Barcelona, 2002, p. 69): al cabo de.
“… me acosté tras escribir la última línea y he dormido como ninguna de las noches pasadas” (Gregorio Salvador Caja, El eje del compás, Planeta, Barcelona, 2002, p. 342): después de.
“Felicítate tras cada esfuerzo, tras cada logro importante, anímate a ti mismo” (Bernabé Tierno, Vivir en familia. El oficio de ser padres, San Pablo, Madrid, 2004, p. 128): después de.
“España es tras Japón el país más ruidoso del mundo” (Mariano Bueno, El libro práctico de la casa sana, RBA, Barcelona, 2004, p. 126): ¡después de, detrás de, por el amor de Dios!
Y ahora lugar (detrás de):
“… y tras la ropa apareció el cuerpo de ella, desnudo y con mil heridas” (Ramón Ayerra, La lucha inútil, Debate, Madrid, 1984, p. 81).
“Andamos por caminos de tierra y a los costados, tras las alambradas, los campos se suceden altos y bajos” (Yuyu Germán, El país de las estancias, Emecé, Buenos Aires, 1999, p. 135).
“Si bien la fachada no era del todo visible tras la vegetación, las puertas y ventanas parecían estar siempre cerradas” (César Aira,Varamo, Anagrama, Barcelona, 2002, p. 84).
“Escondida tras unos helechos vio la silueta de la doctora en la tenue luz de la luna” (Isabel Allende, La Ciudad de las Bestias, Montena, Barcelona, 2002, p. 270).

Sorprende la cantidad de ‘tras’ que pueden aparecer en un escrito una vez le ha picado a uno el gusanillo
Así, aisladamente, no parece que haya demasiado que reprochar a la mayoría de estos ejemplos literarios. Pero sorprende la cantidad detras que pueden llegar a aparecer en el curso de un escrito una vez le ha picado a uno el gusanillo. Si ya no es frecuente decir tras en la lengua diaria, leerlo repetidamente a lo largo de un texto crea un efecto general de pretenciosa violencia, pues uno vuelve a preguntarse por qué querrá marcar el autor las distancias −es decir, marcar su estilo− sirviéndose precisamente de una preposición.
Ya que estamos con tras, no queremos dejar pasar la oportunidad de invocar una de nuestras redundancias favoritas, que no puede faltar en ninguna novela que se precie:
“Julio cerró la puerta tras de sí y dejó sobre la mesa el original de Orlando Azcárate” (Juan José Millas, El desorden de tu nombre(1988), Alfaguara, Madrid, 1994, p. 65).
“Cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie con la luz apagada sin saber qué hacer” (Rosa Regás, Azul, 1994, Destino, Barcelona, p. 190).
“Hola, Cristina −dice, y besa a su suegra en la mejilla, tras cerrar la puerta tras de sí” (Jaime Bayly, La mujer de mi hermano, Planeta, Barcelona, 2002, p. 70).
Bueno, ya oímos la voz de los partidarios del “matiz”. Es que es posible cerrar la puerta ante sí, dirán. ¿De veras? Bueno es saberlo.

Vamos finalmente con ‘ante’. Es ésta una preposición que se ha especializado en los usos menos literales
Vamos finalmente con ante. Es ésta, curiosamente, una preposición que creemos que se ha especializado en los usos menos literales, es decir, cuando no significa físicamente delante de y no puede cambiarse por dicha locución. Los ejemplos siguientes nos parecen completamente normales:
“… sus víctimas viven tan apegadas a su mal que no pueden prescindir de él y, ante el peligro de sentir su carencia, lo acrecientan” (Anna Maria Moix, Vals negro, Lumen, Barcelona, 1994, p. 196).
“No retroceden ante nada, son valientes” (Isabel Allende, La Ciudad de las Bestias, ed. cit., p. 87).
“España dice que su posición ante la entrada de una Escocia independiente en la UE dependería de Londres” (titular, Europa Press, 16/XII/13).
En cambio, estos que vienen ahora suenan totalmente anormales:
“Nadie se detuvo ante la casa” (Juan Benet, Saúl ante Samuel (1980), Cátedra, Madrid, 1994, p. 243).
“Me esperaba ante una mesa del café-terraza en compañía de su ayudante” (José Revueltas, Dios en la tierra, Era, México D. F., 1981, p. 20).
“Biralbo se puso ante él y lo obligó a detenerse” (Antonio Muñoz Molina, El invierno en Lisboa (1987), Seix Barral, Barcelona, 1995, p. 146).
“… erró dando vueltas por la ciudad y hasta permaneció bastante rato ante la puerta del cine” (Luis Melero, La desbandá, Roca, Barcelona, 2005, Google Libros).
“Rochelle estaba ante el ordenador” (John Grisham, Los litigantes, Plaza & Janés, Barcelona, 2013, trad. de Fernando Gari Puig, Google Libros).

Uno de los comunes errores del estilista es crear oposiciones allí donde no las hay
¿Realmente alguien “permanece” ante, y no delante de, la puerta del cine? (Bueno, la verdad es que si “permanece”, podemos esperarnos cualquier cosa.) ¿Se detiene ante, y no delante de, la casa? ¿Estáante, y no delante de, el ordenador? Frente a también podría haber valido en alguno de estos casos: los autores tenían realmente dónde elegir. Pero una pulsión irresistible los ha arrastrado al ante.
¿Es posible que en nuestra conciencia delante de, después de, debajo de, detrás de, que tanto se oyen en la vida diaria, se hayan ganado una infame reputación de coloquialismos? Uno de los comunes errores del estilista es crear oposiciones allí donde no las hay. Que una palabra sea de uso frecuente y ordinario no significa que sea un coloquialismo ni mucho menos una vulgaridad. Ni “agua” ni “dormir” ni “bueno” ni “ayer” son coloquialismos por mucho que formen parte del vocabulario de todos los días; tampoco nos cortamos de decir esas palabras cuando la situación exige formalidad… o literatura. Son neutras y polivalentes, nunca nos hacen quedar mal. Pero quizá ese concepto de neutralidad sea el que más les cueste entender a los estilistas: ellos siempre parecen preguntarse para qué va uno a tener estilo si no se va a notar.

sábado, 4 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Siete errores comunes que cometemos en español"

   En "El País":

Siete errores comunes que cometemos en español

María Irazusta, autora de un bestiario de desafueros linguísticos, selecciona un puñado de frecuentes patadas al diccionario

¿Por qué la RAE acepta aberraciones como almóndiga y asín y, sin embargo, destierra negrísimo para defender nigérrimo? Esta es una de las cuestiones que se plantea la periodista María Irazusta en el libro Las 101 cagadas del español (Espasa). A lo largo de sus páginas, la madrileña repasa, a menudo con humor, asuntos de este tipo, pero sobre todo incide en los errores que conforman nuestros bestiario de desafueros linguísticos. Le pedimos que seleccione para ICON las meteduras de pata más frecuentes en castellano, hoy que es el Día del Libro y alguno se puede ver impelido a escribir su primera obra literaria. Tomen nota.
1. La coma de nuestros saludos epistolares. "La modalidad de poner coma para terminar los encabezamientos de cartas, correos electrónicos y similares, es anglosajona (Dear Peter,). En nuestro idioma, las fórmulas de saludo van seguidas de dos puntos y no de coma, tanto si se trata de documentos formales como informales. Y si se pone un nombre al ser vocativo, debe añadirse una coma. Ejemplo: Hola, Lola:".
2. Este agua que nunca deberíamos beber. "Nunca digas De este agua no beberé, porque además de arriesgado es incorrecto. En cambio, sí puedes decir: El agua que no has de beber, déjala correr. Este extraño fenómeno de travestismo tiene una explicación: los sustantivos femeninos que van precedidos de un determinante masculino (el agua, el arma…) cumplen dos requisitos: comienzan por ‘a’ y el acento recae sobre la primera sílaba".
3. Adolece. "Su uso incorrecto como sinónimo de carecer está muy extendido. Pero su verdadera acepción es tener o padecer algún defecto o enfermedad. Si alguien asegura que la Unión Europea adolece de liderazgo o que José María adolece de simpatía, lo que en realidad está asegurando es que esta o aquel no son más que defectos o enfermedades".
4. En base a, un error sin base ni perdón. "En base a que, a pesar de figurar en los ficheros de las incorrecciones comunes más buscadas, sigue campando a lo largo y ancho de nuestras conversaciones y escritos. En español (hablamos de la lengua de 500 millones de personas, no solo del castellano de España) para expresar que aquello de lo que se habla tiene su fundamento en algo, hay muchas posibilidades: sobre la base de, en función de, basándose en, a partir de, de acuerdo con, con base en o según".
5. Preveer. "Es un verbo tan difundido como inexistente. Es un engendro producto de la mezcla de prever y proveer".
6. Esas redundancias. "Al escribir o hablar, sobre todo en los medios de comunicación, caemos en el empleo enfático de términos similares: nexo de unión, aterido de frío, accidente fortuito, ambos dos, deambular sin rumbo, puños cerrados… Cuidado".
7. Manda uebos. "Contra lo que pudiera parecer, los huevos no tienen nada que ver con el origen de esta expresión tan mal utilizada. Proviene del latín, mandat opus, y significa la necesidad obliga. Opus derivó en uebos".

sábado, 31 de mayo de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre el lenguaje sexista. Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

Jugamos tranquilas, ¿eh?

Algunos varones empiezan a incluirse en los términos femeninos sin forzar el idioma

 19 OCT 2012

Cierto político proclamó una vez en un acto electoral, hace unos 15 años: “Compañeros y compañeras, lo que defendemos nosotros y nosotras...”.
Y claro, ese “nosotras” sonó raro. Porque “nosotras”, con arreglo a la gramática, es un pronombre inclusivo del sujeto que habla; de modo que quien lo pronuncia se sitúa dentro del grupo que menciona. Así que un hombre no puede decir “nosotras”, en puridad; sino sólo “nosotros”. Quizás aquel político debió elegir para tal frase “nosotros y vosotras”, y nadie le habría tomado el pelo.
Sin embargo, algo está sucediendo en nuestra lengua, porque algunos varones empiezan a incluirse en los términos femeninos con toda naturalidad. Es decir, sin forzar el idioma y probablemente sin darse cuenta.
El 5 de agosto, a las 20.22 horas, dijo el periodista Francisco José Delgado, en la Cadena SER, al transmitir un partido de waterpolo femenino en los Juegos Olímpicos:
- ¡Si ganamos, estamos clasificadas!
Podría parecer anecdótico, fruto de la buena voluntad de un periodista educado en la tolerancia y en el espíritu de igualdad; o tal vez consecuencia de su deseo de implicarse en la victoria de la selección nacional. Pero no se quedó eso en un ejemplo aislado, porque el entrenador del equipo femenino de balonmano aconsejó pocos minutos después a sus jugadoras durante un tiempo muerto, en el minuto 28 de partido y cuando vencían 24-20 a Noruega:
- ¡Jugamos tranquilas, ¿eh?!
Y a partir de ese momento, todos empezamos a jugar tranquilas.
Todavía más. A las 23.25 del mismo día, Manu Carreño, director delCarrusel Olímpico, aventuraba en la misma emisora:

Me parece un avance formidable
- Si estamos entre las siete primeras vamos a ser oro.
(Se refería a las posibilidades de la regatista española Marina Alabau enwindsurf, que iba camino de la medalla).
Disfrutábamos así de tres ejemplos significativos en solamente una hora de radio y televisión (confieso que veo la televisión mientras oigo la radio y ojeo el As). Eran tres casos reales de varones que utilizaban genéricos femeninos incluyéndose ellos en el grupo.
Y aún se añadiría un cuarto ejemplo, el día siguiente, 6 de agosto, a las 20.44 horas: el periodista de la SER José Antonio Ponseti anunciaba, un tanto decepcionado, pues tenía mejores expectativas para las nadadoras de la sincronizada:
- Somos terceras después de las rusas.
Uno se imagina de inmediato a Ponseti siendo tercera después de las rusas, y enseguida se apunta al grupo en solidaridad con él. Yo también era tercera, y me parecía una injusticia que a las nadadoras españolas de sincronizada nos hubieran dado una puntuación tan inferior a nuestros méritos.
¿Un quinto ejemplo? Lo hay, y muchos más que ya dejé de anotar. Jesús Gallego, a las 0.13 del viernes 10, hablando de la derrota en la final de waterpolo: “Hemos pecado un poco de inexpertas”.
Y sí, creo que los españoles fuimos un poco inexpertas en ese partido.
Bienvenida sea esta evolución (por supuesto muy incipiente), que acierta a coincidir en este caso con el criterio de quienes sostienen que la lengua se adapta a la realidad como el agua a la vasija; y que si cambiamos la realidad y fomentamos la presencia de la mujer en todos los órdenes de la vida donde antes estaba discriminada, cambiaremos con el mismo esfuerzo el lenguaje; frente a quienes defienden, con idéntica buena voluntad, que primero hay que cambiar el lenguaje porque así se cambiará más fácilmente la realidad.
Sea como fuere, viene a cuento aquí esa diferencia entre género y sexo tan explicada antes por los gramáticos y tan despreciada ahora por ese lenguaje oficial que habla de la violencia machista como “violencia de género” (la violencia siempre fue “de género femenino” —decimos “mucha violencia” o “violencia innecesaria”, pero no “mucho violencia” ni “violencia innecesario”—; violencia de género femenino aunque la perpetren generalmente hombres y la combatamos todos): el género era un fenómeno gramatical, y existían tres géneros: masculino, femenino y neutro (el, la, lo; él, ella, ello; este, esta, esto); y el sexo, un fenómeno biológico (una silla tiene género, pero no sexo); y sólo hay dos: mujer y hombre. (Para mejor información y mayor precisión, véase el Diccionario Panhispánico de Dudas, entrada “género”). No estoy seguro de que esa antigua diferencia entre género y sexo vaya a sobrevivir, pero permítanme usarla al menos en el siguiente párrafo.
Lo cierto es que en estos tiempos, y por fortuna, ya hay hombres que, cuando se hallan ante una idea que refleja la presencia predominante de mujeres, empiezan a incluirse voluntaria y espontáneamente en el género femenino... sin por ello haber cambiado de sexo. Me parece un avance formidable. Sobre todo porque las españolas hicimos unos sensacionales Juegos Olímpicos.

sábado, 18 de enero de 2014

PRENSA. LENGUA. "Las banderas no se ofenden". Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

Las banderas no se ofenden

Un objeto no puede sentirse ofendido. Tampoco una idea

 12 ENE 2014

Un objeto no puede sentirse ofendido. Tampoco una idea. Por mucho que lo intentemos, ni una mesa se dará por injuriada ni el concepto “libertad” creerá que lo hemos menospreciado.
“Ofender” se define en el Diccionario como “humillar o herir el amor propio o la dignidad de alguien, o ponerlo en evidencia con palabras o con hechos”. “Ultrajar” equivale por su parte a “ajar” o “injuriar”, donde “ajar” se corresponde con la acepción de “tratar mal de palabra a alguien para humillarle”; y donde “injuriar” equivale a “ultrajar”; y “ultrajar”, a “despreciar o tratar con desvío a alguien”. Definiciones todas ellas en las que el indefinido “alguien” solo puede referirse a personas.
“España” es una palabra que representa una cosa o una idea: o bien un territorio físico o bien el concepto espiritual de una nación. “España” no tiene emociones, ni ojos, ni boca, ni brazos ni axilas, ni rodillas ni corvas. ¿Cómo se podría entonces ofender a España, según señala un proyecto de ley, si España no es “alguien”, sino “algo”? España o la bandera son algo que amamos, algo que nos une o nos separa, no son alguien que sufre, que hace o deshace (salvo en usos metafóricos que representen a unas personas; por ejemplo, si decimos: “España es alguien en el fútbol mundial”).

Algunos se molestan con facilidad, pero otros piensan que la palabra 'perro' nunca muerde
Los sentimientos de España, como el fútbol de España, solo se pueden residenciar en los españoles (y en los futbolistas españoles). Está claro que “España” somos los españoles. Pero los españoles mostramos gran variedad de pareceres tanto a la hora de pedir los cafés (“yo quiero un cortado descafeinado con leche fría, en vaso y con azúcar moreno”) como en todo lo que concierne a los asuntos públicos (“yo me siento más de mi región que de mi pueblo, pero más de mi pueblo que español, y un poco más español que de mi provincia”).
Entre esos tipos de españoles se encuentran los que se molestan con facilidad y también los que, por el contrario, piensan que la palabra perro nunca les muerde.
Entonces, ¿cómo se pueden regular las ofensas y los ultrajes a España, a la bandera, a las comunidades y, ya puestos, también a los ayuntamientos, las diputaciones, las comarcas, las vegas y los valles?
Malamente.
El filósofo británico John Austin (1911- 1960) nos enseñó que una cosa es decir palabras; otra hacer con palabras, y una tercera hacer al decir palabras.
En los tres casos decimos palabras, pero las consecuencias difieren. Si pronunciamos “te felicito”, hacemos con palabras, pues en la oración “te felicito” va el mismo acto de felicitar. Pero si nos dicen “te regalo este libro”, se precisan la palabra y el libro para hacer al decir, porque lo uno sin lo otro no completa la acción.
Así que no todas las palabras consiguen por sí mismas lo que se proponen. Puedo pronunciar “te doy las gracias”, y en ese momento estoy agradeciendo. Pero si digo “te persuado”, tal vez no esté logrando persuadir a nadie, porque para ello hace falta que el receptor dé sentido al verbo.
Está en marcha una ley que se prevé incluya palabras desviadas de su significado, como “ofender” o “ultrajar”; verbos que tampoco se realizan por sí mismos, sino que necesitan la contribución del complemento que recibe la acción. Y los complementos de esta ley no pueden contribuir a ello porque no son personas.
La bandera, la palabra “España” (o “Cataluña”, o “Galicia”) representan ideas, y como ideas reciben ataques que no son en sí mismos injuriosos contra nadie, no son personales. Quien se envuelva en la bandera se estará arrogando como ultraje personal lo que solamente se expresó como desacuerdo democrático, por desagradable que nos parezca. Pero esa futura ley no defiende la bandera ante las ofensas, sino más bien determinadas ideas ante las críticas.
Ni el término “gato” araña ni la palabra “hielo” enfría. Y quemar una bandera es quemar una bandera, no quemar a quienes amamos una bandera. Así es la libertad de expresión, así es la democracia, así es el lenguaje. Y si usted discrepa, queme este artículo. No será ninguna ofensa

lunes, 16 de diciembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "La Real Academia se echa a la calle"

El académico Gregorio Salvador, entrando ayer en el salón de actos de la RAE. / SANTI BURGOS. ("El país")

   En "El País":

La Real Academia se echa a la calle

La RAE busca una relación más estrecha con el usuario y aprovechar el ‘tirón’ popular del idioma

‘El buen uso del español’, presentado ante 300 estudiantes

 Madrid 12 DIC 2013 

Como nacientes estrellas del rock&roll, micrófono en mano y cruzando el estrado con esa energía propia de los subidones de adrenalina, los académicos de la Real Academia Española coquetean sin complejos con un lenguaje nuevo y quizá algo impropio: el del espectáculo de masas. Imposible no invocar ayer en la presentación del libro El buen uso del español (Espasa) la emoción de Bola de fuego, esa obra maestra de 1941 de Howard Hawks que celebraba el feliz cruce de dos mundos al poner a un grupo de anticuados y tranquilos profesores bajo el mismo techo que una pícara cabaretera, aquella inolvidable Barbara Stanwyck que tumbaba a golpe de vida y habla coloquial todo el saber enciclopédico.
Evidentemente, las lentejuelas no han tomado las salas del viejo edificio de la calle Felipe IV pero ayer 300 jóvenes llegados en autobuses desde León y Madrid asistieron a un acto que pretendía no solo anunciar al nuevo bebé de la casa sino una nueva fórmula de comunicación entre los científicos de la lengua y los usuarios de la calle: el ciclo Conversaciones en la Academia. José Manuel Blecua, director de la RAE, Salvador Gutiérrez, académico responsable del nuevo volumen, y tres escritores-académicos, Soledad Puértolas, Luis Mateo Díez y José María Merino, ofrecieron un aperitivo sobre cómo se puede compartir la norma, su juego y sus reglas, con el gran público. “Los creadores somos francotiradores”, explicó Luis Mateo Díez al referirse a cómo a veces no queda más remedio que traicionar la hoja de ruta para encontrase a uno mismo. “Nuestra relación con la lengua es desatada”, aseguró.
Pero la lengua, y lo confirmó la directora general de Espasa, Ana Rosa Semprún, es hoy el verdadero best seller. “Los libros de la RAE lo son siempre. Con El buen uso del español salimos con una tirada de 20.000 pero llegaremos pronto a la segunda edición. De la Ortografía vendimos más de 60.000 solo en España y de la Gramática más de 40.000”. Un interés sorprendente pero que se ilustraba bien con la caras de atención de los jóvenes llegados de la Universidad de León, del Colegio Nuestra Señora del Buen Consejo y de los institutos Ágora, Ramiro de Maeztu, Cervantes, Margarita Salas, Atenea, Severo Ochoa, Luis Vives, Ortega y Gasset y Luis García Berlanga, todos de Madrid. Desde el estrado arengaban a las filas: el futuro de palabras como pagafantas o after está en sus manos. Vigilantes, descubrían una deliciosa anécdota del fallecido José Hierro. Al salir de la cárcel le preguntaron: “Y usted ¿de qué vive?” y el viejo poeta y académico respondió: “De milagro”.
Imposible no contagiarse de la electricidad de las palabras. Tres estudiantes de filología (dos de hispánica y una de inglesa) explicaban que a la “cruzada” por el español que capitanea desde hace años la RAE se suman hoy gran parte de profesores y estudiantes. “En primero de carrera, nosotros y los de las otras facultades de letras tenemos una nueva asignatura que se llama Español Correcto y que se encarga de enseñarnos las reglas básicas. La verdad es que muchos llegamos a la universidad con las típicas dudas sobre el leísmo pero sin saber que hablamos bastante peor que eso”, admiten sobre una asignatura común y obligatoria en la que, sin ir más lejos, están aprendiendo a usar correctamente un diccionario.

Los libros de la RAE lo son siempre 'best sellers", afirma la editora Ana Rosa Semprún
Pero percatarse de lo que ocurre intramuros de la RAE no se limita al mundo académico y una rueda de prensa con su director, José Manuel Blecua, y uno de sus miembros, Salvador Gutiérrez, puede resultar sorprendentemente vibrante. A bordo de eufemismos se habla del mal uso del lenguaje por parte de las supuestas élite sociales en sus correspondencias privadas (“internet no te hace despreciar las normas de le lengua sino no haberlas aprendido en su día”, apunta Salvador Gutiérrez); de la maltratada educación (“el gran problema es que quien no sabe leer de manera profunda con 13 y 14 años ya no aprenderá nunca”) o de ese apasionante pulso entre el léxico y lo políticamente correcto. Llegados a este punto Blecua echó mano de Marx. “Una sociedad antiesclavista de Uruguay nos ha pedido que quitemos la expresión trabajar como un negro. ¿Para qué? ¿Para poner trabajar como un chino? Hay que tomarse las cosas con más calma y relativismo. Las sociedades no se modifican desde el léxico. Si vivimos, como decían los marxistas, en la contradicción, tenemos que asumir esa contradicción. El diccionario no es un remediador social y querer que lo sea es una utopía”.
Blecua, defensor de los principios lexicográficos, recordó el complejo equilibrio de un futuro diccionario que, acabado desde el pasado mes de julio, con 20 millones de matrices y 200.000 definiciones, está ahora en pleno proceso de revisión para llegar a manos editoriales la próxima primavera, y al público, seguramente, en un año. Justo a tiempo para poder repetir lo que Salvador Gutiérrez, micrófono en mano, aclamó ayer con entusiamo publicitario: “Aunque estamos en la primera semana de adviento, en la Academia tenemos una nueva criatura y por eso en la Academia ya es Navidad”.

lunes, 24 de agosto de 2009

BLOG EDUCATIVO. El castellano: la Página del Idioma Español


La Página del Idioma Español, inaugurada el 23 de abril de 1996 en el dominio web www.iis.com.br, es la revista digital pionera en la promoción del idioma español en la Internet y en la busca de nuevos espacios para nuestra lengua en la red mundial. Sostenida por la organización no gubernamental Asociación Cultural Antonio de Nebrija, mantiene el Foro Cervantes de discusiones sobre el idioma español y el boletín de semántica y etimología «La palabra del día».

Cuenta con colaboradores en América Latina, España, Francia y Estados Unidos, quienes contribuyen periódicamente con sus artículos sobre normativa, lenguajes profesionales, traducción, enseñanza de español, prensa y radio en castellano que alimentan un banco de datos en el que ya se acumula un trabajo de siete años en la Red.

Entre sus secciones, nos encontramos con DICCIONARIOS, PRENSA, ARTÍCULOS, GRAMÁTICA, ETIMOLOGÍA, HISTORIA DE LA LENGUA...