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jueves, 26 de noviembre de 2015

LITERATURA. "Cómo escribir 'Crimen y castigo' en cinco pasos"

   En "jotdown":

Cómo escribir «Crimen y castigo» en cinco pasos

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Fiódor Dostoievski. Foto: Gallimard (DP)
Fiódor Dostoievski. Foto: Gallimard (DP)
Todos hemos querido ser Dostoievski alguna vez. Sí, ya sé que la Rusia de los zares es un sitio muy chungo, repleto de gobernantes autárquicos y vodka de garrafón. Pero ¿quién no ha deseado desde el sofá de su casa, con una cerveza en la mano y el mando de la televisión en la otra, verse ahí, rodeado de tipos potencialmente revolucionarios, explorando los recovecos más oscuros de la mente humana? ¿Quién no ha querido vivir en un suburbio del San Petersburgo del siglo XIX, rodeado de ratas, para poder decir que conoció el germen bolchevique de Petrogrado en primera persona?
Todos hemos querido ser Dostoievski alguna vez. Y, sobre todo, hemos querido serlo para poder sentir aquello que sintió Fiódor, fuese lo que fuese, al escribir Crimen y castigo. Porque tan magna obra no se redacta al estiloFaulkner, desnudo frente a una Hispano Olivetti con un cohiba entre los labios. No. Para llegar a la sordidez humana como llegó Dostoievski hace falta más. No basta con esa barba hipster que ahora le copiáis. No bastan las partidas de póker con los colegas. Hay que dar un paso más.
Para ello vamos a exponer en este artículo los pasos que ha de seguir el lector para convertirse en un novelista ruso capaz de idear esta obra de arte. Para aquellos que no lo hayan leído, procuraremos no spoilear demasiado, a pesar de que la propia obra lleva el spoiler en el título. Por ir avisando, diremos que hay un tío que se limpia a sus víctimas con un hacha. También diremos que el nombre del asesino se conoce en el momento mismo del asesinato, poco después del comienzo de la obra y sin suspense al respecto, pero que incluso así mantiene la tensión psicológica hasta el final. Dicho esto, es hora de comenzar a trabajar.
Ponte del lado de los asesinos de tu padre
Para escribir Crimen y castigo, esta condición es indispensable. Dostoievski cumplió la orden al pie de la letra. Su padre fue un hombre déspota y agresivo, amargado, entre otras cosas, por la muerte de su mujer por tuberculosis. Bebía como un cosaco (perdonen el juego de palabras) e incluso atizaba a sus hijos casi a diario. No obstante, les había proporcionado una educación exquisita, en escuelas de prestigio y con acceso a lecturas como CervantesShakespeare o Dickens. De familia noble, el padre también intentó traspasarles su fuerte creencia religiosa, algo que calaría posteriormente en Fiódor. Pero la brutalidad con la que actuaba afectaba especialmente a sus mujiks, humildes trabajadores del campo a los que Mijhail Dostoievski explotaba sin piedad. Por este motivo, en 1839 torturaron y asesinaron a su jefe.
Dostoievski se alegró al enterarse de lo sucedido, celebrando la victoria interiormente y desarrollando un gusto por el socialismo y la clase obrera que más tarde le traería problemas. Por si fuera poco, años después sintió que la culpabilidad de este asesinato recaía sobre él y se deprimió por el recuerdo de aquella pérdida paternal plagada de alegría. Es en esta época, además, cuando se producen sus primeros ataques epilépticos. El sentimiento de culpa no se marcharía hasta escribir Los hermanos Karamazov, una obra que, conociendo ya este primer apartado, se podrá descifrar mejor.
Sálvate de un fusilamiento cuando ya estás contra la pared 
De nuevo, otra condición sin la cual nos resultará imposible redactar una obra como la que aquí nos ocupa. Como ya se ha dicho, Dostoievski fue desarrollando una conciencia de clase y un cariño por el socialismo que, en la Rusia imperial, eran inviables. Por eso, cuando ya se había convertido en un habitual de las tertulias en las que el socialismo utópico brillaba por su presencia, fue detenido junto a varios de los integrantes de dichas tertulias. Eran tiempos recios. Varias revoluciones habían aflorado en Europa y el zar no podía permitir que la historia se le fuera de las manos.
Después de ocho meses encerrado, Dostoievski fue condenado a muerte junto a sus compañeros. De esta manera, una mañana cualquiera fueron conducidos al paredón, sentenciados y colocados en su correspondiente fila. Sin embargo, cuando los soldados ya habían encañonado a los reos, un mensajero detuvo la ejecución. El tipo leyó en alto la misiva: «El zar conmuta la pena de muerte por cuatro años de trabajos forzados».
Sobrevive a cuatro años de trabajos forzados en Siberia 
En este punto, todavía eres un escritorzuelo de tres al cuarto. De hecho, Dostoievski, que ya había publicado algunos textos con cierto éxito, es en este tercer paso cuando realmente se encuentra consigo mismo y se convierte en el escritor que más tarde fue. Para empezar, su pasión por la lectura se ve reducida a la revisión constante de su obra preferida: la Biblia. Esto desarrolla en él una fuerte creencia religiosa, alimentada por el recuerdo de su padre y aderezada con el episodio del fusilamiento (qué no rezaría el bueno de Fiódor la mañana del fusilamiento).
Las condiciones del presidio, además, no eran las más adecuadas para un tipo como él, enfermo y acosado por la epilepsia. Del sufrimiento constante y de su amor por la Biblia desarrolla una pasión por Cristo que se vería reflejada en todas y cada una de sus obras. Sus personajes son personajes atormentados, sufridores. Pero, a la vez, luchadores que no cejan en su empeño de buscar el bien, por mucho que se hayan equivocado en el pasado. ¿Y de dónde podía sacar Dostoievski el ejemplo del mal que busca la redención? Solo habría que echar un vistazo a los barracones siberianos en los que había sido encerrado. Aquello estaba plagado de delincuentes, ladrones, asesinos. Fiódor empatizó con ellos. Los exploró y los comprendió. Es el comienzo de su verdadera literatura.
Abandona a tu pareja para ponerle los cuernos de viaje por Europa
Si has llegado hasta aquí, enhorabuena, tienes pinta de poder ser alguien en el mundo de la novela. Esto le pasó a Dostoievski. Al salir de Siberia, fue obligado a seguir cumpliendo condena enrolado en el ejército ruso. Es en esta época cuando conoce a su mujer, María Dimítrievna, con la que no tuvo una relación, por decirlo así, demasiado estable. Incluso el día de la boda tuvieron que suspender la ceremonia unos minutos, pues Fiódor había sufrido un ataque epiléptico repentino y se había desplomado en pleno altar. Ya de vuelta a San Petersburgo y dado su escaso poder adquisitivo, decidió largarse de viaje por Europa para explotar otra de sus pasiones: el juego. Hay que dejar claro que no se puede ser un santo para escribir Crimen y castigo. Dostoievski dejaba en Rusia una mujer muy enferma (sufría tuberculosis) postrada en una cama y sin nadie que esperara a los pies de la misma.
Durante este viaje se despendola. Cierra los casinos de media Europa y conoce a una mujer de la que se enamorará pasionalmente llamada Paulina Suslova. Entre el dinero que había tomado prestado en Rusia y las pingües ganancias que se había proporcionado gracias al juego, los dos enamorados abusaron de su atracción erótica. Pero el dinero no cae de los árboles, así que Dostoievski se vio obligado a recurrir a su medio de supervivencia favorito. Con Paulina esperando en París, durante meses intentó rentabilizar su depósito sin suerte hasta que liquidó todo su patrimonio. Hay que decir que Fiódor creía poseer dotes adivinatorias, estaba seguro de poder intuir dónde caería la bola. Aunque, a juzgar por los resultados, no parece que su creencia estuviera fundada sobre una sólida base. Al volver a París, por supuesto, Paulina se había largado con el primero que había pasado, un médico bastante bohemio. Como curiosidad, déjame apuntar la nacionalidad del matasanos: no podía ser otra que la española.
Cuando mueran tu hermano y tu mujer, hazte cargo de sus deudas sin devolver un rublo 
Perfecto. Ya eres un escritor que pasará a la historia. Pero si quieres dar el último paso y publicar tu obra magna, necesitas cumplir con este requisito. Dostoievski también redondeó el proceso, y lo hizo al volver a San Petersburgo. Allí vio morir finalmente a su mujer, después de una penosa enfermedad, y también a su hermano. El papel de este es indispensable en la vida de Fiódor. Se habían retroalimentado culturalmente, habían publicado muchos textos juntos e incluso habían fundado revistas juntos. Dostoievski lo quería tanto que al morir asumió todas sus deudas (que no eran pocas) y decidió que se haría cargo de su familia, que quedaba desvalida sin la figura del padre.
Las malas lenguas dicen que Fiódor no devolvió ni un solo rublo de los que debía su hermano, aunque estas deudas lo perseguirían de por vida. Las revistas que fundó también quebraron sin que pudiera ser capaz de reflotarlas. Para colmo, los ataques epilépticos se habían multiplicado. Solo y agobiado, decidió volver a coger la carretera para adentrarse de nuevo en el Viejo Continente. Allí se reencontró con Paulina, que había sido abandonada, como no podía ser de otra forma, por el doctor español. Pero ni despechada quiso retomar su relación con Dostoievski, así que este decidió volver a Rusia y sostener por fin la pluma con la que habría de escribir Crimen y castigo. Por el camino, se volvió a fundir lo poco que tenía en cualquier casino.
Si has llegado al final del camino, mereces toda clase de alabanzas. Eres un novelista de talla mundial y has escrito uno de los mejores libros de la literatura universal. No obstante, tienes cuarenta y cinco tacos y bastante vida por delante. De acuerdo, estás destrozado, eres un ludópata y un enfermo, pero todavía podrás cumplir otras tantas calamidades hasta escribir Los hermanos Karamazov. Si no has conseguido llegar, no te preocupes. Recoge tu cerveza y tu mando a distancia. Olvida tus sueños imperiales y deja que la gloria, con un poco de suerte, la sufran otros.
Raskolnikov y Marmeladov, de Crimen y castigo. Ilustración: Mijaíl Petrovich Klodt (DP)
Raskolnikov y Marmeladov, de Crimen y castigo. Ilustración: Mijaíl Petrovich Klodt (DP)

lunes, 8 de noviembre de 2010

PRENSA. 8 noviembre 2010

En "El País":

1. Mahagonny. Columna de Almudena Grandes.

2. Los correos del zar Dostoievski. Reportaje de Tereixa Constenla. 'Diario de un escritor' reúne por primera vez todos los artículos periodísticos del novelista - "Los europeos no entienden el carácter del pueblo ruso", lamenta.

3. De la canción del útero a Mahler. Reportaje de Jesús Ruiz Mantilla. 'La imaginación sonora' concluye el díptico de música y filosofía de Eugenio Trías.

4. El gran cine cabe en la pequeña pantalla. Reportaje de R. García y R. G. Gómez. Las figuras del séptimo arte ya no miran la televisión como algo menor y se decantan por producciones ambiciosas. La reivindicación del guionista. Análisis de Manuel Gutiérrez Aragón.

sábado, 17 de julio de 2010

PRENSA. "Los juegos de Dostoievski", por Marta Rivera de la Cruz


Los juegos de Dostoievski

El escritor ruso Fiódor Dostoievski descubrió en los balnearios europeos el placer de la ruleta. El juego le atrapó y con esta obsesión recorrió las ciudades termales preso de su adicción, un vicio que le llevó a la ruina y que él reflejó en su novela ‘El jugador’.

MARTA RIVERA DE LA CRUZ
EL PAIS SEMANAL - 10-07-2005

Como otros contemporáneos, el escritor Fiódor Dostoievski encontró en los balnearios europeos el camino a los placeres y miserias del juego. Convertido en un ludópata confeso, el autor de Crimen y castigo narró el drama de su vicio en la novela El jugador, que transcurre en la ciudad imaginaria de Roulettenburgo. La villa es una recreación de las ciudades termales en las que Dostoievski recorrió su particular ruta de la ruina.
Los balnearios de Europa central conocieron su edad de oro durante la segunda mitad del siglo XIX. El germen de las ciudades termales hay que buscarlo siglos atrás, cuando los ejércitos romanos descubrieron los beneficios que tenían aquellas aguas (a veces malolientes) para la salud del cuerpo. Una de las primeras ciudades balneario fue la localidad belga de Spa (que hoy da nombre genérico a los establecimientos termales), pues existe como tal desde el siglo XVI. En Spa, como en otros lugares, las sencillas fuentes de agua carbogaseosa empezaron a protegerse con suntuosos edificios, y junto a ellas se levantaron establecimientos hoteleros para dar servicio a los agüistas.
Con el correr del tiempo, las villas se transformaron en verdaderos centros de ocio. Se suponía que eran paraísos salutíferos, pero pronto las aguas y sus efectos benéficos se convirtieron en la base para hacer de los balnearios el epicentro de la vida mundana centroeuropea. Alrededor de las fuentes y los sanatorios se construyeron teatros, hoteles y villas, jardines magníficos y, sobre todo, casinos y salas de juego. La cura termal era la perfecta excusa para justificar un momentáneo alejamiento del hogar. Ningún marido, por celoso que fuera, se extrañaba que su mujer viajase kilómetros en busca de una cura para el reúma o los problemas digestivos, y no había esposa que encontrara extraño el que un padre de familia pasase dos semanas lejos de casa en beneficio de su ciática. Se viajaba a los balnearios para recuperar la salud, para descansar y reponerse, y también para hacer un paréntesis vital entre baños de lodo, sorbos de agua ferruginosa y veladas musicales.
La afición al juego de Dostoievski se fraguó de forma casi fortuita y durante un viaje por Europa en 1863. Era un autor sólo medianamente reconocido, que luchaba por salir de la penuria y que ya había publicado títulos que hoy se consideran obras maestras –Humillados y ofendidos, Pobres gentes–, pero que entonces sólo servían para sostener malamente la autoestima y el bolsillo del escritor, hambriento de éxito y enfermo de epilepsia.
Fiódor viaja desde Moscú a París, donde espera reunirse con su amante, la voluble Paulina Suslova, y pasa unos días en la ciudad balneario de Wiesbaden. Para buscar los orígenes termales del lugar hay que remontarse casi dos mil años atrás, cuando algunas de las 28 fuentes que dan servicio en la actualidad fueron descubiertas por los antiguos pobladores de la villa. Las primeras casas de baños empezaron a funcionar en 1370, y la ciudad vivió durante el medievo una época de total esplendor. Lamentablemente, dos grandes incendios, en 1547 y 1561, arrasaron los bellos edificios de la urbe, que a raíz del suceso cambió su fisonomía y vivió una segunda belle époque a mediados del siglo XIX, coincidiendo con la popularización del termalismo en Centroeuropa. Fue entonces cuando se construyeron coquetos hoteles y mansiones ajardinadas, parques frondosos y fuentes con surtidores que convirtieron la ciudad, situada a orillas del Rhin, en el mejor lugar para unas vacaciones.
Mucho antes que Dostoievski, en 1814, Goethe hizo en Wiesbaden una cura de aguas que le dejó muy satisfecho: "Regreso y fresco y joven como no me había sentido en mucho tiempo", escribió al terminar el tratamiento. Goethe vivía en el lujoso hotel Bären. Pasaba las mañanas tomando baños, y por la tarde, tras almorzar ligeramente en el Kursaal, paseaba por el parque o escribía en su habitación.
Dostoievski pasaba en Wiesbaden un par de días de reposo antes de continuar viaje a París. Alojado en un hotel sencillo (su economía no le permitía otra cosa), una mañana se inclinó por curiosidad sobre la mesa de la ruleta. Por pura diversión jugó un par de monedas, y el destino quiso que la suerte le sonriera. En unas horas, Dostoievski cayó víctima de la fiebre del juego. El propio autor describe en una carta a su hermano aquel proceso fulminante que lo convertiría en ludópata: "En Wiesbaden inventé un sistema propio de juego; lo apliqué y de inmediato gané 10.000 francos. A la mañana siguiente, exaltado, cambié de sistema y perdí. Por la noche volví de nuevo a mi sistema, siguiéndolo rigurosamente, y pronto gané de nuevo 3.000 francos. Dime, ¿cómo era posible, después de esto, no entusiasmarse?". Esa misma tarde, el autor perdió todas sus ganancias, y aun parte de sus reservas para el resto del viaje. Años más tarde, recordando el paso del escritor por Wiesbaden, su hija Alma escribiría: "Allí, mi padre jugó con pasión a la ruleta, fue feliz ganando y experimentó una sensación no menos deliciosa perdiendo". Sólo la falta de fondos y las cartas apremiantes de Paulina desde París arrancan al escritor de la mesa de juego. Volverá a Wiesbaden, y lo hará para entregarse sin reservas al vicio recién nacido.
Ya con Paulina, el autor se detiene esta vez en la estación de Baden-Baden, la preferida de los aristócratas rusos, que han construido mansiones esplendorosas rodeadas de jardines que rivalizan con los parques públicos, salpicados de estatuas de faunos y de Venus, de grutas románticas y cascadas artificiales. La galería de la fuente –Trinkhalle–, construida por Hübner en 1840, es, por su belleza, el lugar preferido por los visitantes. La armonía de las casas de baños, de estilo neoclásico, atenúa el suplicio de los chorros de agua fría y la ingestión de litros de agua que sabe a podrido.
Baden-Baden se convierte en la meca del juego cuando, en 1809, se inaugura el primer casino. Es un edificio fastuoso, decorado con porcelanas, lámparas de cristal checo y colgaduras de terciopelo. Pero Dostoeivski no reparará en la decoración: sólo quiere jugar. Las horas previas a su llegada le tiemblan las manos ante la perspectiva del contacto con la ruleta. Y Fiódor juega, asegurando haber descubierto el secreto del éxito en las apuestas: "Es de lo más simple y tonto: únicamente es preciso ser dueño de uno mismo y, sean cuales sean las peripecias de una partida, evitar quemarse". Pero el autor juega sin control. Gana a ratos, y eso le lleva a un estado de excitación que le empuja a perder los beneficios obtenidos.
En Baden-Baden, Dostoievski coincide con otro escritor: el aristocrático Iván S. Turguénev, que como tantos rusos pudientes tenía allí una casa propia. En una carta a su hermano Mijaíl, Fiódor cuenta: "En Baden vi a Turguénev (…). En parte es un fatuo. No le he ocultado que juego. Me dio a leer sus Fantasmas, pero yo, a causa del juego, no la leí". Dostoievski llegará a pedir dinero a Turguénev para saldar sus muchas deudas. En ocasiones, el escritor ni siquiera responde a sus requerimientos. Otras le envía una parte de la cantidad que ha solicitado: está seguro de que, en cualquier caso, el dinero acabará en la mesa de la ruleta. Quizá por haber sido testigo de la ruina de muchos, Iván Serguéievich despreciaba profundamente a los ludópatas, y así lo demuestra en su novela Humo, que se desarrolla enteramente en Baden-Baden: "En los salones de juego, en torno de los verdes tapetes, se amontonaban las mismas caras de siempre, con la misma expresión estúpida, avariciosa, consternada, casi feroz, con ese aspecto de ratero que la fiebre del juego presta a las facciones más aristocráticas".
El mismo escenario, dos prototipos humanos: el frío, correcto y exquisito Turguénev; el pequeñoburgués, enfermo y materialmente limitado Dostoievski. Como telón de fondo, el Baden-Baden de mediados del siglo XIX, los parques por los que paseaban las princesas rusas y los embajadores destinados en San Petersburgo que habían elegido la ciudad como destino de sus vacaciones. A diferencia de Dostoievski, éstos no iban a Baden-Baden a encontrarse con la fiebre del juego ni la amenaza de la ruina: iban a jugar por diversión, a perder alegremente unas migajas de las fortunas heredadas, a enamorarse, a burlar la vigilancia de los doctores con cenas pantagruélicas y veladas que se prolongaban hasta el amanecer. El edificio del casino –construido por Friedrich Weinbrenner en 1821 y evocado por Alfred de Musset en el poema Una buena fortuna– es el marco de conspiraciones políticas, rupturas sentimentales y dramas menores que se olvidarán de un plumazo en cuanto el viajero regrese al mundo real. Porque eso es el balneario: un particular microcosmos que detiene el reloj, que paraliza la vida. Esa es la clave del singular negocio que supusieron las ciudades termales durante el siglo XIX: el visitante debe tener la sensación de que, mientras pemanezca allí, todo lo que necesita (el bienestar material, el espiritual y el físico) está al alcance de la mano.
Baden-Baden recibía cada año la visita de decenas de europeos elegantes. Por allí pasaron Nijinski, Napoleón III y Eugenia de Montijo, Julio Verne o la emperatriz Elizabeth de Austria, la célebre Sissi. De frágil salud y eternamente obsesionada por su figura, Sissi pasaba varias semanas al año en diferentes balnearios europeos. En Baden-Baden, los otros termalistas la veían dando largos y extenuantes paseos a caballo para mantenerse en forma. La emperatriz intentaba huir de los compromisos sociales, pero la presencia de Sissi era un imán demasiado poderoso y las invitaciones se multiplicaban. Cuando el padre del rey de Bulgaria estuvo a punto de provocar un conflicto diplomático ante su negativa a recibirle, Sissi aceptó cenar con él… y no dijo una sola palabra en toda la cena.
Dostoievski y Paulina Souslova no conocieron esa faceta frívola de la ciudad de su ruina. Sólo salían de su cuarto para entrar en el casino… o en la lóbrega casa de empeños, donde, entre lágrimas, Paulina Suslova tiene que deshacerse de unas cuantas joyas para pagar sus deudas y seguir viaje. La situación de la pareja es insostenible. El poco amor que queda se acaba, Paulina quiere escapar de la miseria y del propio Fiódor. Tras algunos tumbos por otras ciudades europeas, los caminos de ambos se separan. En su regreso a Rusia, el autor hará una breve parada en Hamburgo, que contaba con una sala de ruleta. Dostoievski juega, pierde y envía cartas desesperadas a media docena de familiares y amigos solicitando auxilio: ha empeñado hasta su reloj para seguir jugando. Con la llegada de algunos fondos, el autor vuelve a San Petersburgo. Allí le esperan los acreedores, una esposa enferma y algunos compromisos laborales cuyos emolumentos ha gastado por anticipado. La muerte de su mujer, la desdichada María Dimitrievna, le llena de remordimientos. Es en estos días cuando acaba de redactar Memorias del subsuelo, donde el protagonista dice de sí mismo: "Soy un hombre enfermo, soy un hombre malo, soy un hombre desagradable".
La pasión por el juego es superior a todas las otras, y meses después Dostoievski regresa a Wiesbaden a buscar una buena suerte que no existe. En su correspondencia y sus diarios deja el autor un patético documento de aquellas jornadas. Vive encerrado en su habitación, y los dueños del hotel se niegan a servirle la comida, pues hace tiempo que no paga ninguna cuenta. Enfermo, solo, desesperado, traza el argumento de una nueva obra: "Quizá lo que estoy escribiendo sea superior a todo lo que he escrito hasta ahora", confesaba en una carta. Tenía razón. Porque en aquellos días, Fiódor había encontrado el germen de Crimen y castigo.
Quizá fueran los aires de Wiesbaden: otros autores concibieron en la villa algunas obras maestras. Brahms escribió allí su tercera sinfonía, que es llamada de Wiesbaden, y Richard Wagner compuso Los maestros cantores. Es curioso que, según él mismo cuenta en sus memorias, a su paso por Wiesbaden, Wagner trató de apartar de su vicio a algunos jugadores que pasaban las noches en blanco ante las mismas ruletas que dieron el pistoletazo de salida a la ruina de Dostoievski. La labor antivicio del compositor tiene una explicación sencilla: él mismo, en su época de juventud, había sido ludópata. Sucedió cuando era estudiante y participó en una partida de cartas en un mesón de Leipzig: "Permanecí en el mesón por espacio de tres días, porque desde la primera noche el juego me había envuelto en sus redes diabólicas. (…) al cabo de tres meses estaba tan poseído por la fiebre del juego que no alentaba ninguna otra pasión". La influencia de su madre y su propia voluntad apartaron al autor de un vicio que amenazaba con anular su talento. Pero como no hay nada peor que un converso, Wagner no perdía la ocasión de hacer proselitismo en contra del juego, y muchos jugadores de Wiesbaden se vieron abordados por herr Wagner, que pretendía que otros aprovechasen su experiencia.
Durante casi toda su vida, el compositor fue un adepto del termalismo: fue huésped frecuentes de ciudades como Toeplitz, Kissingen, Marienbad o Albisbrunn, donde tuvo lugar una curiosa anécdota: un médico, el doctor Brunn, estaba empeñado en curar mediante la hidroterapia su mala salud de hierro. Así, preparó para el paciente un complejo programa de actividades: Wagner se levantaba a las cinco de la mañana, y se ponía un maillot empapado en agua helada, en el que permanecía varias horas. Luego, un baño a cuatro grados, seguido de un paseo por los jardines… pero sin secarse. La comida era casi inexistente, el alcohol y el tabaco estaban proscritos… Así, no es raro que el autor definiera aquella experiencia como "una existencia llena de privaciones en una detestable habitación con muebles hostiles".
En Wiesbaden buscó la paz la emperatriz Sissi tras el suicidio de su hijo. Ella y el emperador Francisco José se instalaron en una de las villas de la localidad para rumiar a solas su tristeza, pero los consejeros imperiales recomendaron otra cosa a la pareja: los rumores sobre la locura de la emperatriz estaban arreciando, y era necesario que se mostrara en público. Sissi fue obligada a pasear por los jardines de Wiesbaden envuelta en sus crespones de luto, y a acudir cada mañana a tomar las aguas y a darse baños para el reúma.
La ciudad de Wiesbaden experimentaría un notable cambio años después de la muerte de Dostoievski. Ocurrió en 1907, cuando un puñado de nobles rusos decidieron instalarse para siempre en la que había sido una de sus ciudades de veraneo favoritas. Lo cierto es que demostraron un notable sentido de la anticipación al poner tierra de por medio entre ellos y su país natal antes de la Revolución, que hubiese precipitado su salida del país en circunstancias bastante menos cómodas. El caso es que la llegada de aquellos rusos cargados de oro hizo de Wiesbaden el paraíso de los millonarios: sus mansiones sirvieron de imán para otros favorecidos por la fortuna. El lugar se convirtió en una milla de oro, y se ganó el nombre de la Niza del norte.
A sólo 30 kilómetros de la ciudad de Francfort, los habitantes de Wiesbaden presumen de vivir en uno de los lugares más caros del mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial, la ciudad tuvo que reciclarse para recobrar el esplendor de otros días, y es posible que la etapa de prosperidad que vive actualmente esté relacionada con la progresiva implantación de algunos consorcios empresariales que, para satisfacción de sus 250.000 habitantes, no parecen perturbar la paz legendaria del lugar. Algunas de las docenas de mansiones que salpican sus bien cuidadas calles han sido adquiridas por banqueros de la cercana Francfort, que han fijado allí su residencia para escapar de la ruidosa metrópoli.
Pero volvamos al juego y a Dostoievski. Después de su última estancia en Wiesbaden, agobiado por las deudas, aceptó el encargo de escribir una novela en tiempo récord mientras seguía trabajando en el borrador de Crimen y castigo. Sus amigos le dan un consejo: para ganar tiempo debe contratar a alguien que pueda tomar la obra al dictado. Es así como conoce a Anna Grigorievna. Gracias a su ayuda acabará en tres semanas la gran novela sobre la ludopatía: El jugador, terrible síntesis de sus experiencias frente a la mesa de juego. Sólo unas semanas después, Anna se convertirá en su segunda esposa y en su infeliz compañera en un nuevo descenso a los infiernos de la ruleta.
Llevan sólo unas semanas casados cuando el autor propone a su esposa hacer un viaje por Europa. En realidad se trata de una forma de escapar de los acreedores. A su paso por Hamburgo jugará de forma desenfrenada, perdiéndolo todo. La madre de Anna les envía algo de dinero, y el autor decide tentar a la suerte en Baden-Baden. A requerimiento de Fiódor, Anna coloca una postura en la mesa de juego. Pierde, por supuesto, pero será incapaz de compartir el vértigo que experimenta su esposo a cada vuelta de ruleta. Escribirá en su diario: "Fedia se ha ido a la sala maldita. Yo prefiero quedarme en casa en una habitación a oscuras y no moverme". En esos días van a parar a manos de los usureros las escasas joyas de Anna, algunos de sus vestidos y hasta las alianzas de boda de ambos. Tras dejar Baden-Baden, Fiódor instala a su esposa en Ginebra…, y se va, solo, a jugar a la estación suiza de Saxon-les-Bains.
La ciudad de Saxon aparece mencionada por primera vez en un texto a mediados del siglo XII, pero el primer establecimiento termal no se construyó hasta 1830, y funcionó a medio gas hasta que, en 1847, el alcalde de la ciudad obtuvo permiso para abrir un pequeño casino. En 1855, un ciudadano de origen dálmata llamado Joseph Fama toma las riendas de la casa de juego, y más adelante acaba auspiciando la construcción del lujoso Hotel des Bains, una sala de conciertos y un nuevo casino, además de mejorar las instalaciones termales. Uno de los huéspedes más ilustres del balneario será Giuseppe Garibaldi, que hará una entrada triunfal en la ciudad bajo una lluvia de flores. Saxon fue un destino de moda hasta que en 1877 las autoridades suizas prohibieron el juego. Las fuentes siguen manando agua saludable, pero los visitantes llegan con cuentagotas, y la ciudad termal acaba por desaparecer.
La visita de Dostoievski a Saxon, según deducimos por la correspondencia que envía a su esposa, cobra tintes desesperados: se hospeda en un hostal de mala muerte en cuya habitación permanece recluido, cuando no está en el casino, para evitar que le reclamen los atrasos en el pago de sus facturas. En sus cartas está expresado el profundo drama que vive el autor: pide perdón a su mujer por cada pérdida, le implora el envío de dinero, a veces demuestra un tímido optimismo que será seguido por otra misiva desgarradora.
Aunque en una carta a Anna Grigorievna el autor asegura haber vencido por sí mismo el vicio del juego, fueron las circunstancias las que apartaron a Dostoeivski del tormento de la ludopatía: en 1877, el juego quedó prohibido en Alemania y Suiza. El autor no puede permitirse un viaje a Montecarlo, que en 1856 se convierte en el nuevo templo de la ruleta en Europa. Es posible, aunque no queda constancia documental, que Dostoievski jugara en el casino de Montecatini, tan próximo a Florencia, donde Fiódor pasó unas semanas.
Situado en la región de la Toscana, Montecatini cuenta con varias fuentes termales ricas en cloruro sódico sulfuroso. Aunque en el siglo XV ya se conocían las bondades de estas aguas, no es hasta 1733 cuando el lugar se transformó en centro termal gracias al impulso del gran duque Pietro Leopoldo di Lorena. En los siglos XIX y XX, Montecatini se convirtió en destino vacacional de una pléyade de músicos italianos: durante 20 años, las termas fueron el lugar de descanso favorito de Giuseppe Verdi, y allí compuso el tercer acto de Otelo y preparó la orquestación de Falstaff. Puccini ideó en el lugar una parte de La fanciulla del West, y Rossini fue huésped habitual del Locanda Maggiore, donde se conserva todavía una habitación dedicada al compositor. Enrico Carusso y Alfredo Toscanini se regalaban periodos de reposo en los hoteles termales después de alguna gira triunfal.
La ciudad tuvo su papel en el cine, y no sólo porque fuese uno de los lugares de descanso favoritos de Mary Pickford y Douglas Fairbanks. Fellini filmó allí algunas escenas de su película Ocho y medio, y Nikita Mijalkov recreó en Montecatini un balneario de Yalta en su película Ojos negros. Es imposible olvidar la figura de Marcello Mastroianni dignamente embarrado después de recuperar el sombrero de su amada en una repugnante piscina de fango.
Pero el barro de Marcello podía limpiarse. Dostoievski murió en 1881 con la conciencia de estar sumido en la degradación: sólo unas semanas antes de su muerte, ya gravemente enfermo, el autor recibió en su casa la visita de un caballero desconocido: era un enviado de Turguénev, que quería reclamar un dinero que se le debía desde hacía más de 15 años y que Dostoievski había quemado, a su paso por Baden-Baden, en la mesa de la ruleta.

miércoles, 14 de julio de 2010

ENSAYO. LECTURA. "Desde los bosques nevados. Memoria de los escritores rusos" (fragmento), de Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1929)

Juan Eduardo Zúñiga
El doble Dostoyevski

El joven escritor Fiódor Dostoyevski va a ser fusilado en la plaza Semiónovski de San Petersburgo. Está de pie cerca del patíbulo, vestido con un blusón blanco de burda tela y espera la imprevisible sensación de la muerte. Sus ojos se han clavado en el reflejo lejano de la cúpula de una iglesia y en esfuerzo inconsciente para eludir la angustia que le trastorna, su conciencia, por unos momentos, queda paralizada y vacía.
El sol de invierno resplandece sobre los soldados, los funcionarios y la multitud allí reunida para presenciar el castigo impuesto a unos liberales; tres de ellos ya están atados a los postes con la cabeza cubierta.
Fiódor Dostoyevski murmura: "Si fuera posible no morir. Si fuera posible recuperar la vida...". Tiene veintiocho años y apenas conoce el torrente de iniquidades, de gozos y dolores que constituyen la existencia humana, pero está allí, a punto de ser ajusticiado, junto a veinticinco más cuyo delito fue conspirar contra el Estado. En verdad, él solamente se reunía con unos jóvenes en la casa de un tal Petrashevski para hablar de democracia y libertades. Tras ocho meses de detención en la sombría fortaleza Pedro y Pablo han sido conducidos a aquella plaza, lugar habitual de ejercicios militares, les han hecho arrodillarse, les han roto sobre la cabeza una espada, en señal de degradación, y les han leído la sentencia.
Mientras esperan el fusilamiento, Dostoyevski se despide de los dos amigos que están a sus lados; se han preguntado qué habrá en un carro cubierto con una lona que ven cerca y comprenden que son los ataúdes destinados a sus cuerpos. Estos minutos, que miles de hombres vivieron pero no sobrevivieron, devastan la conciencia más serena, son uno de esos "momentos estelares de la humanidad" que forjan la atribulada historia de los hombres como lo consideró Stefan Zweig: "este momento hace envejecer, tiene la duración de un siglo".
En la plaza Semiónovski todo está preparado y, el oficial que manda la patrulla ante el patíbulo grita "¡Apunten!" y los tambores redoblan pero no se oye la descarga. Hay un instante de extrañeza y uno de los atados a los postes levanta su capuchón para ver qué ocurre. En un coche llega un mensajero que trae el perdón del zar conmutando el fusilamiento por trabajos forzados en Siberia. Uno de los acusados no puede resistir la emoción y enloquece. Los demás comprenden que todo ha sido una cruel comedia, una ejecución fingida para así castigarles duramente destruyendo sus nervios. Unas horas más tarde, Dostoyevski, en su celda de nuevo, escribe a su hermano Mijaíl una de las cartas más emocionantes que haya escrito un mortal: pocas culturas contarán con algo parecido a sus páginas en las que se sigue la marcha enfebrecida de un ser que acaba de regresar a la existencia: "Hoy, durante tres cuartos de hora he vivido con la idea de que eran mis últimos momentos y ahora ¡aún estoy vivo!". Sobrevive, y tras la terrible prueba se siente arrebatado por la jubilosa conciencia de vivir: "Hermano, no estoy triste ni desesperado. La vida es vida en todas partes, la vida está en nosotros, no fuera de nosotros". Acaba de sentir el roce de la muerte pero ésta se ha retirado dejando tras de sí un vacío que él deberá llenar con todo a lo que hace unas horas había renunciado. Regresa así a la vida, descubre como nueva la sinfonía que la constituye y se esfuerza en definirla como una mayor vinculación a la condición humana: "Junto a mí habrá seres humanos y ser hombre entre estos seres y seguir siéndolo siempre, a pesar de cualquier desgracia que ocurra, no decaer, no hundirse, he aquí lo que es la vida, he aquí su objetivo".
En la carta aparece su irrenunciable vocación de escritor aunque teme las dificultades que encontrará: "¿Será posible que no vuelva a coger la pluma? Creo que dentro de cuatro años tendré posibilidad de hacerlo. Te enviaré todo lo que escriba, si escribo. Dios mío, cuántas imágenes creadas por mí se extinguirán en mi cabeza, perecerán o, como un veneno, se mezclarán con mi sangre. Sí, pereceré si no puedo escribir. Más vale quince años de reclusión pero con la pluma en la mano".

Aquí, más información sobre la presentación del libro.

lunes, 28 de junio de 2010

PRENSA. "La casa de Dostoievski", de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa
En "El País":
La casa de Dostoievski

Aunque nació en Moscú, San Petersburgo es la ciudad que más le marcó como escritor. Y aún hoy, los barrios y casas están impregnados de sus historias y personajes, mezcla de drama y espiritualidad

MARIO VARGAS LLOSA 27/06/2010

Fíodor Dostoievski vivió en muchas casas y lugares -nunca más de tres años en una misma vivienda- y tuvo siempre la obsesión de que sus pisos estuvieran en una esquina, con ventanas a las dos calles y cerca de una iglesia de modo que pudiera oír las campanas, música que sosegaba su espíritu. La última casa en que vivió, y donde murió en 1881 meses antes de cumplir los 60 años, entre la Perspectiva Kuznechny y la antigua calle Yamskaya, ahora llamada Dostoievski, cumple con todos estos requisitos y, mientras el visitante la recorre, puede oír doblar a las campanas de la vecina iglesia ortodoxa de Vladímir, convocando a los fieles.
Esta zona de San Petersburgo, conocida como el "barrio de los mercados", está ahora llena de chechenos y otros forasteros pobres y, por esa razón, se la considera riesgosa para los turistas. Cuando yo visité esta casa por primera vez, hace 40 años, el lugar era más bien triste y solitario, muy distinto de lo que es ahora, bullicioso, popular, promiscuo, muy vital. No existía aún el Museo donde se han reconstruido los seis cuartos a los que Fíodor Dostoievski y Anna Grigorievna, con sus hijos Liubov y Fíodor, se mudaron en octubre de 1878 huyendo del apartamento donde había muerto el pequeño Alexei, una de las tragedias que más hizo sufrir al atormentado autor de Los demonios.
Es una casa modesta, aunque menos ascética que las anteriores, e incluso hasta con algunos lujos, como el juego de tazas de té de porcelana que luce una de las alacenas y el confortable inglés del escritorio donde Dostoievski podía echarse a descansar un rato en medio de las interminables y afiebradas sesiones nocturnas en que escribía, en estado de trance casi siempre, Los hermanos Karamazov, una de sus obras maestras. Alcanzó a verla publicada exactamente un mes antes de morir. Estaba ya muy enfermo. La casa se halla en el segundo piso y, cada vez que subía, el ilustre inquilino tenía que pararse un rato, en el descanso de la escalera, para recuperar el aliento. El médico le había prohibido fumar, pero él sólo respetaba la prohibición durante el día; en la noche fumaba sin descanso mientras escribía y ahí está todavía, sobre su mesa de trabajo, la cajita de cigarrillos que liaba con sus manos nerviosas mientras iba releyendo las cuartillas recién escritas.
A fines de enero de 1881 tuvo la primera hemorragia de garganta. Pidió a su mujer que le leyera uno de sus pasajes preferidos en el ejemplar de la Biblia que llevaba siempre consigo desde que se lo regalaron las mujeres de los "decembristas", 31 años atrás, en la estación de Tobolsk, cuando pasó por allí, como convicto, rumbo a su exilio de cuatro años en Siberia. Anna era su segunda esposa, 25 años menor que él. Llevaban 11 años de casados y ella, con su energía, devoción y talento, había puesto algo de orden en la vida siempre atolondrada y al borde de la catástrofe de Fíodor. Gracias a esa mujer joven y luchadora, sus finanzas andaban mejor, ella ganaba algo de dinero distribuyendo libros y él ya no tenía que inmolarse escribiendo como un forzado. Se había quitado el vicio del juego que le causó tantos infortunios. Poco después de ese primer desfallecimiento, le sobrevinieron otras dos hemorragias. La segunda puso fin a su vida. Su propia viuda o alguna visita atinó a detener el reloj del escritorio en el mismo instante de su muerte: las 8.38 de la noche. Ahí está todavía ese reloj, 130 años después, marcando la hora siniestra.
Lo enterraron en el cementerio Tikhvinskoe, del monasterio de Alexander Nevsky, en las afueras de San Petersburgo. Es un hermoso lugar, y la tumba de Dostoievski, rodeada de árboles y de flores, con una hermosa estatua que refleja fielmente sus rasgos adustos y su mirada profunda y afiebrada, colinda con las de otros exponentes del genio creativo ruso: Rimski Kórsakov, Alexander Borodin, Modest Mussorgski, Ilich Tchaikovski, Glimka. La mañana que pasé a ver la tumba llovía y algunos visitantes reverentes depositaban en ella manojos de flores. Yo le llevé media docena de rosas rojas.
Aunque Dostoievski no nació en San Petersburgo, sino en Moscú, esta ciudad es la que más lo marcó. Aquí se formó como escritor y en ella se hizo conocido, luego famoso, y fue aquí donde, luego de los 10 años del silencio literario que padeció por haber pertenecido al círculo revolucionario de los "decembristas", debió reinventarse como escritor. En San Petersburgo fue donde más tiempo vivió. De otro lado, no hay ciudad que parezca más impregnada de sus historias, personajes y la mezcla de truculencia, drama, espiritualidad, desgarro intelectual y misterio de su obra que ésta, sobre todo cuando uno camina por las destartaladas callecitas del barrio de Sennaya, a orillas del Canal de Griboedova, donde ocurren los principales episodios de Crimen y castigo, novela que Dostoievski terminó de escribir no muy lejos de aquí, en una casa de la calle Kaznacheiskaya de este barrio, que también puede visitarse.
Es la más "realista" de sus historias, al menos en el sentido de que los lugares que ella describe están casi todos identificados y algunos de ellos con placas que lo recuerdan. La casa donde Raskólnikov asesina a la anciana Alíona Ivánovna, en el número 104 del Canal de Griboedova, se conserva tal cual la narró, con sus baldosas desiguales, sus paredes descoloridas y sus rejas herrumbrosas, así como sus gentes melancólicas y derrotadas. Hasta la mañana grisácea, lluviosa e impregnada de premoniciones sombrías, parece dostoievskiana. Pero todavía más impresionantes son los lugares asociados a la vida de Raskólnikov, que parecen recién salidos de las páginas de la novela, como la sofocante taberna donde éste confiesa su crimen a Zamíotov o la casa donde el asesino vivió. Hace esquina también y un busto de un Dostoievski calvo y giboso adorna su fachada. El mal tiempo ha borrado la pintura y todo el edificio -en verdad, todo el barrio pobretón y sórdido- parece a punto de descalabrarse. El largo vestíbulo de piedras tiene un techo combado donde el eco repite los ruidos y el patiecillo interior, en torno al cual se aglomeran los apartamentos, es estrecho y tan desangelado como la empinada escalerilla que conduce a las habitaciones. Harta de los visitantes, una vecina que arrastra pesadamente su gordura y su odio a la vida, nos echa de imprecaciones. Un gato maúlla en alguna parte. Es imposible no tener la sensación de que algún asesino devorado por inquietudes metafísicas anda suelto por los alrededores.
La casa museo de Dostoievski insiste en que, contrariamente a la leyenda, el autor de El doble estaba lejos de ser una persona sombría y amargada. Le gustaba jugar con los niños y les inventaba y les leía historias. Y les mostraba su colección de fotografías de escritores y artistas famosos, que, ahora, se exhiben en el cuarto donde Anna almacenaba los libros que vendía. La mayoría de las fotos son de escritores rusos. Entre los europeos, figuran un Quijote eslavizado, unos libros de Charles Fourier y de Hoffman y unas efigies de Victor Hugo joven y de George Sand, escritora que, por un sorprendente malentendido, llegó a ser inmensamente popular entre los jóvenes liberales rusos de la generación de Dostoievski, no tanto como escritora de novelas, sino como ideóloga progresista y luchadora social. Aquí se pueden ver, por fragmentos de la correspondencia, las opiniones que merecieron al dueño de casa algunas ciudades de la Europa occidental durante los viajes que hizo por ellas. La más inesperada: que París era una ciudad aburridísima donde no había nada que hacer.
Después de esta peregrinación dostoievskiana es poco menos que obligatorio que termine el día en el Teatro Mariinsky, viendo una ópera adaptada de El jugador, con libreto y música de Sergei Prokofiev. Aunque la historia y los personajes son los mismos, lo que ocurre en el escenario tiene poco que ver con la novela de Dostoievski, por lo menos lo que de ella recuerdo, pues abundan las situaciones farsescas, los enredos y las caricaturas y el drama se disuelve entre sonrisas. Pero la música es espléndida, las voces magníficas, la orquesta de primera y el vertiginoso barroquismo del local calza como un guante con el espectáculo. Lo único dostoievskiano de la noche es el conductor de la orquesta, Valeri Gergiev, con sus ojos enloquecidos y su gesticulación que pasa de lo templado a lo convulso, de la delicadeza a la brutalidad, del sobresalto al éxtasis, sin transición, dando protagonismo a todos los instrumentos y manteniendo a espectadores, músicos, cantantes (y hasta acomodadores) en un estado de pasmo e inseguridad frenética. La última vez que vi a Gergiev, en Salzburgo, llevaba unos pelos largos y una barba de varios días; ahora, tiene los ralos cabellos bien cortados y se rasura, pero sigue siendo, a la hora de dirigir la orquesta, un poseído, que va siempre más allá de la partitura, un ser ctónico, conectado con las profundidades inquietantes del abismo humano, capaz de convertir un concierto o una ópera en una ceremonia genial y aterradora. Alguien que lo conoce me aseguró que el resto del día es un ser normalísimo, que le gusta empujarse, en los dos restaurantes que posee en San Petersburgo, unos salmones blancos de chuparse los dedos.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2010. © Mario Vargas Llosa, 2010.

domingo, 27 de junio de 2010

PRENSA. 27 junio 2010

En "El País":

1. Bailar. Columna de Manuel Vicent.

2. En busca del Santo Grial de la música. Por Quino Petit. La catedral de León alberga un valioso códice medieval que los musicólogos intentan descifrar - Un congreso de expertos estudiará el alcance del manuscrito.

3. Retrato del éxito y el fracaso. Reportaje de J. A. Aunión. EL PAÍS visita y busca las razones de los resultados opuestos de Castilla y León y Valencia en Primaria - El factor socioeconómico y la gestión son determinantes. 

4. En tiempos de crisis sálvese quien pueda. Artículo de Loretta Napoleoni, economista italiana. Traducción de Juan Ramón Azaola.

5. La casa de Dostoievski. Artículo de Mario Vargas Llosa. Aunque nació en Moscú, San Petersburgo es la ciudad que más le marcó como escritor. Y aún hoy, los barrios y casas están impregnados de sus historias y personajes, mezcla de drama y espiritualidad.

6. "Italia es un país malvado para vivir". Entrevista al escritor Roberto Saviano. Por Lola Galán.

7. Los dioses. Columna del escritor Luis Manuel Ruiz.

domingo, 13 de junio de 2010

DON QUIJOTE, visto por Dostoievski

Dostoievski
Un día Don Quijote, el caballero tan conocido, el más magnánimo caballero que jamás haya existido, vagabundeando con su fiel escudero Sancho, tuvo un ataque de perplejidad. Había leído que sus predecesores de los tiempos antiguos, por ejemplo, Amadís de Gaula, habían tenido a veces que luchar durante años enteros con cien mil soldados enviados contra ellos por las potencias infernales o los magos. Ordinariamente, un caballero que tropieza con semejante ejército de réprobos saca su espada, invoca en su ayuda el nombre de su dama y se lanza solo en medio de sus enemigos, a los que extermina, sin dejar uno. Todo esto estaba bien claro; pero aquel día, Don Quijote permaneció pensativo. ¿Cómo querían que un caballero, por fuerte y valiente que fuese, exterminase a cien mil adversarios en un solo combate de veinticuatro horas? Se necesita tiempo para matar a cada hombre; para matar a cien mil hace falta un tiempo inmenso. ¿Cómo podía ocurrir todo aquello?
"Ya he salido de mi perplejidad, amigo Sancho, dijo al fin Don Quijote; esos ejércitos eran diabólicos; por lo tanto, imaginarios; los hombres que los componían no eran más que una creación de la magia; sus cuerpos no se parecían a los nuestros; tenían más analogía con los de los moluscos, los gusanos o las arañas. De tal modo, que la espada de los caballeros los cortaba de un solo golpe sin encontrar más resistencia que la del aire. Y siendo así, podían matar tres, cuatro y hasta diez de esos guerreros de una sola estocada. Así es como resultaba fácil deshacerse, en algunas horas, de ejércitos de ese género".
En esto, el autor de Don Quijote, gran poeta y profundo observador del corazón humano, ha comprendido uno de los aspectos más misteriosos de nuestros espíritus. Ya no se escriben libros como aquel. Veréis en Don Quijote, en cada página, revelados los más secretos arcanos del alma humana. Notad que ese Sancho, el escudero, es la personificación del buen sentido, de la prudencia, de la astucia, y que, sin embargo, se ha convertido en compañero del hombre más loco del mundo; ¡precisamente él, y ningún otro! A cada instante engaña a su amo, lo engaña como a un niño pequeño; pero al mismo tiempo se siente lleno de admiración por la grandeza de su corazón y cree reales todos sus sueños fantásticos; no duda ni un minuto el que su amo no llegue a conquistarle una ínsula.
Es de desear que nuestra juventud adquiera un serio conocimiento de las grandes obras de la literatura universal. Yo no sé lo que les enseñan hoy a los jóvenes como literatura, pero el estudio de Don Quijote, uno de los libros más geniales y también de los más tristes que haya producido el genio humano, es muy capaz de educar la inteligencia de un adolescente. Verá allí, entre otras cosas, que las más hermosas cualidades del hombre pueden llegar a ser inútiles, excitar la risa de la Humanidad, si el que las posee no sabe penetrar el sentido verdadero de las cosas y hallar la "palabra nueva" que debe pronunciar...
Aparte de eso, yo no he querido decir más que una cosa; a saber: que el hombre que puso en acción los sueños más locos, los más fantásticos, llega de pronto a la duda y a la perplejidad. Toda su fe ha desaparecido, y no porque lo absurdo de su locura le haya sido revelado, sino porque una circunstancia secundaria aclara momentáneamente su inteligencia. Este hombre de ideas de otro mundo experimenta súbitamente la nostalgia de lo real. Si libros que él venera como verídicos le han engañado una vez, pueden engañarle siempre; quizá todo lo que contienen es mentira. ¿Cómo volver a la verdad? Cree volver a ella imaginando un absurdo mayor que el primero. Los centenares de miles de hombres evocados por los magos tendrán cuerpos de moluscos, y la espada del buen caballero trabajará diez veces más deprisa en su faena. Su necesidad de semejanza quedará satisfecha. Tendrá derecho a creer en el primer sueño gracias al segundo, mucho más ridículo.
Interrogaos a vosotros mismos y ved si cien veces no os ha ocurrido lo mismo. ¿Os habéis sentido enamorados de una idea, de un proyecto, de una mujer? ¿Habéis tenido una duda? Os habéis cuidado de crearos una ilusión más engañosa que la primera, que os habrá permitido continuar estando enamorados y desprenderos de la duda.

Fiodor Dostoievski: La mentira se salva por otra mentira (1879), Diario de un escritor

(Fuente: http://www.ucm.es/info/especulo/bquijote/q_dostoi.htm)