Mostrando entradas con la etiqueta Cruz Juan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cruz Juan. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre Onetti. "¿Qué fue de la señora Síntesis?". Juan Cruz

Juan Carlos Onetti, en 1989

   En "El País":

Archivado en:


Recostado en la cama, Onetti se preguntaba el 6 de enero de 1993 (a punto de publicar Cuando ya no importe) qué demonios había pasado “con la Señora Síntesis”. En un artículo se había preguntado por qué los periódicos no tenían en su nómina “al señor Fuentes”, habida cuenta de lo que lo usábamos los periodistas, a los que él llamaba reporteros. “Fuentes, siempre están citado fuentes, y quién será el señor Fuentes?”.
“Los reporteros son tan tontos”, decía. “¿Y qué me vas a preguntar? Los reporteros siempre preguntan lo mismo: ¿para qué escribes, para quién escribes?”. Es evidente que usted se divierte escribiendo, al menos. “Ya. Se puede decir así. El placer de escribir es muy grande. Ahora escribo una cosa, recuerdos, inventos. Hago el descubrimiento del cadáver de la Señora Síntesis? ¿De qué murió Síntesis? Todos los periodistas, para no tragarse todo un discurso de un ministro, damos la apretada Síntesis. ¡La apretaron tanto que la pobre se murió! Hay cantares de ciego sobre la muerte de la Síntesis, ¡cosa grave!”.
Se tomaba a broma. A una chica que lo miraba le dijo: “¿Te fijas en que tengo un solo diente? Te advierto que tengo una dentadura perfecta, pero se la he prestado a Mario Vargas Llosa”.
Ahí recibía; delante estaba el jardín que le había hecho Dolly, una mujer inteligente y risueña, la paz de Onetti. Serio como Bogart, él hacía reír; se reía de sí mismo, primero, y luego se burlaba de los reporteros. “Son tan tontos”. ¿Y los escritores? “Hay una cosa que me molesta, y trato de tomar en broma: los lugares comunes. Hay cosas que me irritan, sobre todo en gente joven, el empleo de lugares comunes. Yo no sé…, por ejemplo, esto…, bueno, es un amigo mío, un colega, mejor no hablar… Leí un fragmento y está todo hecho con lugares comunes, con frases hechas. Si a mí se me ocurre una frase hecha, en ese momento siento como un golpe en la mano, en el cerebro, un rechazo, no puedo hacerlo”.
La literatura la mantenía “con interés, con cariño… He escrito tanto, tal vez demasiado, dirán algunos. No hay ningún personaje sobre el cual yo haya escrito al que yo no le tenga cariño, aunque sea un canalla, aunque sea un bandido. Si no lo tuviera, yo no podría escribir”.
A veces los personajes vienen “de tantos libros que leí”; se produce luego “una selección inconsciente tal vez…”. Hay palabras, decía, del castellano castizo, ese castellano de los peninsulares (excluía a gallegos y canarios) “que me matan, que no soporto”. Se reía de lo que decían sobre su cuerpo de escritor, “que para mí escribir era como hacer el amor… Bueno, no sé lo que sientes tú cuando haces el amor, te hablo de lo que siento yo, lo que sentía yo: una entrega total, fuera del mundo”. En momentos así surgen los personajes, “cuando dudo de mi estado mental; los quiero vivos a los personajes”. Los doblega, “somos muy amigos”.
Para todo tenía un sucedido. Jorge Amado, por ejemplo. El escritor brasileño le pidió prestado su apartamento de Montevideo; estaba el novelista exiliado, era 1941. Onetti le dejó las llaves al portero, y le advirtió: el señor Amado tiene una cita clandestina con el secretario general del Partido Comunista brasileño. Días después regresó a buscar la llave. ¿Y vino el señor Amado?, preguntó Onetti al conserje. “Sí, ¡y qué tetas tenía el secretario general del Partido Comunista brasileño!”. A Julio Cortázar no le perdonó que tratara mal al peruano José María Arguedas. A Cela no le perdonó que tratara mal a Antonio Muñoz Molina, de quien fue ferviente admirador. Y en esa conversación del 6 de enero de 1993 (en la que estaba la poeta y novelista Dulce Chacón; Dolly iba y venía, su presencia era la casa misma), este hombre memorioso y simpático, acaso el más simpático de los escritores que conoció este reportero, relató un encuentro que otros hicieron célebre por lo que le dijo a Mario Vargas Llosa, quien años después escribiría un libro extraordinario sobre la literatura de Onetti, El viaje a la ficción.
Contó Onetti: “Una vez nos encontramos con Mario y con Patricia, su esposa, en San Francisco. Terminaba el plazo de su habitación, y pasaron a la nuestra, yo estaba con [el escritor uruguayo Carlos] Martínez Moreno. Después ellos tomaban no sé si avión o tren para ir a Los Ángeles. Mario me contó que trabajaba en ese tiempo en la radio francesa, y empezaba a las diez de la noche, que luego volvía a casa y se ponía a trabajar de tal hora a tal hora, eso leí también que hacía García Márquez, que decía que tenía unos horarios fijos para escribir. Yo eso no lo concibo, me parece admirable tener eso. Entonces yo le dije a Mario: mira, lo que pasa es que tú tienes un amor conyugal con la literatura, tú estás obligado a cumplir con tu señora esposa y yo tengo un amor de pasión, absolutamente no conyugal, y entonces hago el amor porque me da la gana, cuando tengo ganas. De la misma manera escribo cuando me da la gana. Yo no podría escribir de tal hora a tal hora, yo escribo, yo qué sé, estoy leyendo un bodrio policial y de golpe me viene el ataque y agarro y escribo”.
Sobre agendas viejas escribía. Con ritmo musical, como si de su cerebro partiera la existencia de personajes que no conoció nunca, pero que vivían con él en aquella cama de hospital en la que pasó los últimos tiempos de su vida, hasta que murió en la ciudad que le dio exilio. El reportero (“Son tan tontos los reporteros”) le apuntó al final de aquella conversación que en su literatura no se nota el paso del tiempo. Él dijo, con la ironía de la que estaba lleno: “Bueno, me alegro. Que siga así”. Era, otra vez, su homenaje a la Señora Síntesis.

jueves, 16 de enero de 2014

PRENSA CULTURAL. "El poeta de los ojos tristes". Juan Cruz

Juan Gelman, en 2013. / PRADIP J. PHANSE. ("El país")

   En "El País":

El poeta de los ojos tristes

La vida de Juan Gelman estaba marcada por la muerte de su hijo y su nuera a manos de la dictadura y la búsqueda de su nieta

 15 ENE 2014

Juan Gelman, el poeta de los ojos tristes, era capaz de arrancarse de madrugada a rasguear la guitarra; en tiempos en que su pesadilla era más grande, pues buscaba con ahínco pero sin esperanza a su nieta secuestrada en 1976 por los golpistas de Videla, la poesía y esos instantes de la noche le devolvían a la vida, como si se la prestaran. Esa larga historia que lo convirtió en huérfano de su hijo y en abuelo en perpetuo estado de incertidumbre lo llenó de pena, y “la pena”, dijo una vez con su enorme capacidad para la melancolía y el sarcasmo, “es un territorio muy amplio, probablemente argentino”. Él nunca se quitó de veras la pena.
Cuando en 2000 apareció la nieta, una joven que había vivido hasta entonces con un matrimonio al que se la entregaron los militares, se alivió la pesadumbre pero mantuvo su rastro. Fue mucho pesar, él lo llevó con la dignidad personal de un combatiente. A veces, cuando recitaba en público y aún existía esa sombra en su vida, cada verso era un esfuerzo y una rasgadura, como si llorara en voz baja. Por eso asombraba en esos instantes en que le robaba a alguien la guitarra que riera y cantara como si fuera otro.
Esa búsqueda de la nieta fue la razón mayor de su tristeza, pero nunca fue un hombre vencido. Ahora, consciente de la enfermedad que acabó con su vida, tuvo energía aún para desear a sus amigos un año menos difícil. Volvió del hospital, donde entró y salió desde el último noviembre, porque quiso que fuera en su casa donde dijera adiós a todo esto.
Nació en Argentina en 1930. El golpe de Estado de Videla lo condujo al exilio en México, de donde jamás quiso volver a su país. Su nuera esperaba una criatura cuando la secuestraron; de ella y del hijo de Gelman no se supo nunca más; el poeta estaba seguro de que la criatura vivía en alguna parte. La movilización mundial a favor de su lucha por encontrarla chocó durante años contra la inepcia del Vaticano, al que acudió, y de los gobiernos uruguayo y argentino, pero contó con el apoyo de sus escritores, periodistas y activistas. Sus amigos José Saramago y Eduardo Galeano presidieron una campaña mundial a favor de la búsqueda de la nieta; esa campaña se intensificó cuando por fin hubo noticias que daban fe de que la muchacha existía, y en 2000 al fin se produjo ese encuentro. Macarena Gelman tiene ahora 35 años y vive en Uruguay. Esa noche del reencuentro su amigo Mario Benedetti dijo: “Hablé con Juan y está de lo más feliz”.
Esa noticia fue para él la emoción más grande de su vida. Su poesía, irónica y secreta, escrita desde la melancolía, vivió momentos más claros; pero él siguió siendo el poeta de los ojos tristes que a veces ocultaba la risa tras el bigote poblado. Alto, desgarbado, Gelman caminaba dejando atrás, siempre, la estela del humo de su cigarrillo. Su voz tenía la cadencia del silencio; podía recitar ante miles, pero jamás levantó la voz. Últimamente había adelgazado mucho, de modo que cuando se desplazaba parecía que iba a volar tras el humo.
En el último mes de abril, cuando publicó su libro Hoy, de prosa poética, como muchos de los suyos, explicó aquí qué sintió cuando fue condenado uno de aquellos verdugos de su hijo. “Entre los culpables del asesinato de mi hijo había un general que fue condenado a prisión perpetua. Pero cuando dictaron la sentencia yo no sentí nada. Ni odio, ni alegría. Y me pregunté por qué, y eso me llevó a escribir, para preguntarme qué había pasado”. En esa conversación, Gelman resumió su disgusto con el papa Francisco, a quien había acudido cuando éste era el obispo Bergoglio en busca de ayuda para encontrar a su hijo. El obispo le dijo que no podía hacer nada, “pero ante la justicia declaró otra cosa, que había hecho gestiones sin éxito”.
Esa larga lucha (35 años buscando rastros de la vida de los suyos) no sólo lo marcó como persona, sino que llenó de amargura y sarcasmo su escritura. Él tenía, decía, “la confianza lastimada”. También con respecto al porvenir del mundo. Ese hombre está en sus versos.
Ganó los principales premios de la literatura en español: el Rulfo, el Reina Sofía de poesía, el Cervantes (en 2007). Para él, la poesía era “una forma de resistencia”, pero ese compromiso civil no alteró su manera de ser poeta. ¿Hermético?, se preguntaba. “No, lo que hago es respetar al lector, obligarlo a que lea por dentro”. En el Ateneo de Madrid, en uno de sus tumultuosos recitales, siete años después del hallazgo de la nieta, leyó su poema padre de entonces como si fueran a temblar sus manos, sus ojos, él entero: “Así que has vuelto / como si hubiera pasado nada / como si el campo de concentración no / como si hace veintitrés años / que no escucho tu voz ni te veo / han vuelto el oso verde tú / sobre todo larguísimo y yo / padre de entonces / hemos vuelto a tu hijar incesante / en estos hierros que nunca terminan / ¿Ya nunca cesarán? / ya nunca cesarás de cesar / vuelves y vuelves / y te tengo que explicar que estás muerto”. La ovación compungida de la gente fue la confirmación de que el público y el poeta se leyeron por dentro.
Esa historia fue su vida: el hijo muerto, la hija muerta, la nieta en un paradero sobre el que él arañaba. Todo eso seguía vivo en su mirada, por tanto en esos versos, padre de entonces. Fue comunista, periodista y resistente, la sombra de esa historia no le permitió jamás olvidar esa militancia contra el olvido.
Fue un resistente comprometido también con los cambios habidos en su país para revertir los efectos de la ley de punto final que había proclamado el presidente Alfonsín. Esa “impunidad espantosa” fue anulada por el presidente Kirchner y dio paso a las condenas de los represores, entre ellos los represores de su familia. Y desde ese punto de vista defendió aquí al juez Garzón cuando éste trató de perseguir el franquismo y restituir la dignidad de los perseguidos durante la dictadura. “No entiendo”, dijo entonces, “el castigo a Garzón por rastrear la memoria”.
Un día le pregunté quién era. Y él dijo:
--Quién sabe. Yo, no.

miércoles, 8 de enero de 2014

PRENSA. "Cuestión de palabras". Juan Cruz

Juan Cruz

   En "El País":

Cuestión de palabras

No estamos acostumbrados a hablar, a hablarnos, y ese fue nuetro fallo en el siglo XX

 5 ENE 2014

Ningún tiempo pasado fue mejor que este, sobre todo porque este se puede arreglar aún, o enmendar, o enderezar, y el pasado no lo arregla ni Dios, que diría Blas de Otero. Pero lo que sí es cierto es que si no conoces el pasado, o por lo menos si no te acercas a él con cierto ánimo de comprenderlo, jamás vas a entender nada.
Ahora estamos, otra vez, en el grado uno, o cero, del entendimiento, y corremos el riesgo de adentrarnos en el año, y en lo que queda de esta parte del siglo que viviremos, dándonos de garrotazos cada vez que el otro alza su voz.
Porque no estamos acostumbrados a hablar, a hablarnos, y ese es el fallo más terrible de nuestra vida en el siglo XX. En el centro mismo de ese siglo, por razones que están en los libros y, todavía, en la memoria de mucha gente, este país se peleó, en su vecindad, en los campos de batalla, en las escaleras de la casa, entre las familias, y al final se impuso una dialéctica que durante más de 40 años marcó el territorio, se hizo con las escuelas y con los periódicos, controló la palabra hasta extremos de cuyo ridículo hizo crónica, por ejemplo, el No-Do, y barrió, durante un tiempo muy largo, cualquier signo de diálogo, de disensión, de controversia. Fueron tan duros esos tiempos que diálogo se convirtió en una palabra peligrosa. Eso tiene que quedarse en la mente de la gente, es evidente que se ha quedado.
Fue un tiempo ominoso, verdaderamente, que aún pesa sobre los hombros de la educación española. En otros países, en Reino Unido, por ejemplo, en ese tiempo (y desde mucho antes) estaban enseñando a los chicos en las escuelas a honrar la palabra del otro, asumiendo en los diálogos y las controversias la dialéctica del respeto como una forma de entendimiento, también, de lo que era el pensamiento ajeno o contrario. Esa era una asignatura obligatoria en las escuelas, en los institutos y en las universidades: discutir, defender también el argumento del adversario.
Mientras tanto, a nosotros nos administraron el ricino del acuerdo total, que se inauguraba cada mañana con la visión inevitable del Caudillo mirándonos desde la altura del mapa en la clase en la que el maestro cumplía la obligación del adiestramiento, cantando. Formábamos filas, estábamos como soldados juveniles defendiendo la idea de la patria, que ya para entonces había arrojado a las tinieblas a los enemigos que ya habían sido vencidos (¿y convencidos?) en los campos de batalla. Ese fue, digamos, el núcleo de nuestra educación, la interrupción del aprendizaje para armarnos de otra manera: la estrategia del que tiene razón, del que la impone, del que tiene los símbolos de la autoridad metidos en el tuétano de la inteligencia.
Ahora tengo sobre la mesa un libro, Las misiones pedagógicas 1931-1936, editado en 2006 por la Residencia de Estudiantes y la Sociedad de Conmemoraciones Estatales. Es como la arqueología de aquella intención: convertir la palabra en una posibilidad de entendimiento. Ya se sabe qué ocurrió después, ya se conoce la naturaleza ominosa de esa herida. Pues de ese silencio dictado que siguió a la palabra que se empezaba a enseñar entonces nace este momento en el que vivimos hoy, en el que, otra vez, parece que hablar no sirve para entender, sino para desentender, al otro, para anularlo y para burlarlo.
jcruz@elpais.es

domingo, 24 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Estas páginas torpes" de Albert Camus. Juan Cruz

En la carnicería del tío de Albert Camus en Argelia, 1920. Sentado en el centro, vestido de negro, el escritor a los siete años. / FOTO: RUE DES ARCHIVES/PVDE ("el país")

   En "El País":

“Estas páginas torpes” de Albert Camus

'El revés y el derecho', primer libro del escritor, es una visita anónima a los manantiales de los que procede la metáfora mayor de su literatura: su madre omnipresente, la pobreza, la luz de la infancia… La ternura y el desvalimiento, la sinrazón y la violencia, la perplejidad y el crimen, que recorren la obra del Nobel, están ya presentes en esa obra publicada en Argelia en 1937

 3 NOV 2012

Hacía un año que había ganado el Premio Nobel, que obtuvo en 1957, y Albert Camus sintió la pulsión de volver a visitar la casa literaria de su adolescencia, su primer libro. Era El revés y el derecho. Lo escribió entre 1935 y 1936, trataba sobre el mundo que lo rodeaba en Argelia cuando era niño y había circulado entre muy pocos lectores en 1937, cuando se publicó. Veinte años más tarde, aquel joven escritor que alguna vez soñó con ese instante se hallaba en lo más alto de la fama literaria, había escrito algunas obras que lo habían convertido en uno de los escritores más importantes del siglo XX y decidió que podía rescatar “estas páginas torpes” que ya vivían tan solo en las manos de algunos privilegiados.
Debió ser muy conmovedor ese reencuentro de Albert Camus con lo que aquel muchacho de veinticuatro años había dado a la estampa porque el autor, que en ese momento disfrutaba de los salones literarios que deploraba pero que formaban parte del éxito que alcanzó, sintió que lo más importante de su vida había sucedido entonces. “Brice Parain había dicho con frecuencia que en este libro está lo mejor que he escrito”. “Quiere decir, y está en lo cierto”, subrayaba Camus, “que hay más amor verdadero en estas páginas torpes que en todas las que vinieron después”. Y después vinieron La peste y El extranjero, por citar, tan solo, dos de sus obras culminantes, en las que conviven (como en estas páginas) la ternura y el desvalimiento, la sinrazón y la violencia, la perplejidad y el crimen.
Pero El revés y el derecho era muy especial, mucho más, acaso, que todo lo que vino después. Por eso, creía el propio Camus, había sido guardado como un espejo en el que no se quería mirar mientras progresaba su incursión por los caminos de la risa y el olvido que constituía la vida literaria de la que en ese momento, a pesar del éxito, o quizá por su culpa, abominaba. La vida le había devuelto risa y desconsuelo, la carcajada en los saraos; había conocido la envidia, la había practicado a veces, se había tratado de alejar de ella; y había conocido la diatriba y el odio, la compasión pero también el desprecio, y todas esas desventuras de los sentimientos lo habían alejado del “primer hombre”, por decirlo con el título de un libro que dejó inédito cuando el coche en el que viajaba de copiloto (junto a su editor, Gallimard) se estrelló contra un árbol.
Poco antes de ese accidente, Camus había dicho que su obra “aún no ha empezado”. Dos años antes, “de pelo ya ralo y seco, cubierto de bálago”, el artista “está maduro para el silencio, o para los salones, que es como decir lo mismo”, así que se enfrenta, como si viviera el epílogo de una autocrítica, a la vieja edición de su primera obra y afirma: “En cuanto a mí, sé que mi manantial está en El revés y el derecho, en ese mundo de pobreza y de luz en el que viví tanto tiempo y cuyo recuerdo me ampara aún en los dos peligros contrarios que amenazan a todo artista, el resentimiento y el contento”.

“La pobreza nunca me pareció una desgracia: la luz derramaba sobre ella sus riquezas. Iluminó incluso mis rebeldías”, afirmaba Camus
La obra es una visita anónima (está escrita en tercera persona, los personajes a los que se refiere son obviamente seres cercanos, entre ellos, su madre omnipresente, poderosa imagen en la que se mira toda la vida) a los “manantiales” de los que procede la metáfora mayor de su literatura, la perplejidad ante el mal y ante la injusticia y el olvido; pero el prólogo es un resumen maduro de esas contingencias de las que abomina y de las que él asegura que se vacunó en sus primeros años. En primer lugar, dice, “la pobreza nunca me pareció una desgracia: la luz derramaba sobre ella sus riquezas. Iluminó incluso mis rebeldías”.
En su libro Camus. A contracorriente (Galaxia Gutenberg), Jean Daniel, que fue su amigo, considera inexcusable para entender a Camus ese regreso a la infancia como motor de su gira a veces atormentada por el mundo en el que ya no tenía el amparo de la madre. “¿Es posible llegar a curarse de la propia infancia? La suya, bañada de sol y sueños, fue también una infancia de pobreza y enfermedad”. En su biografía, citada por Daniel, Herbert R. Lottman hace esta descripción de la casa que es la residencia literaria de El revés y el derecho y en la que Camus vivió en sus años de colegial: “El domicilio se halla en la primera y la última planta de un edificio del barrio obrero de Belcourt. Entre esas plantas hay otros dos pisos, y los retretes de los pasillos sirven para las tres viviendas. No hay baños (…). Tampoco electricidad ni agua corriente. (…) Al anochecer, su madre vuelve agotada del trabajo y se deja caer en un asiento con la mirada clavada en el suelo”.
Esa es la madre de El revés y el derecho; en cierto modo, es todas las mujeres de esa obra, y es también todas las mujeres que sufren dolor en la obra de Camus. Pero ese sufrimiento (el de su madre, el suyo, el de su clase) es el punto de referencia para expresar la convicción de un gozo: si no hubiera existido ese pasado, que en él siempre está presente, las tentaciones de la envidia y del resentimiento, tan frecuentes en el mundo que ahora es su mundo, el mundo del arte, lo hubieran envuelto en fango. La vida entonces, sin embargo, se portó sabiamente: “La miseria me impidió creer que todo es bueno bajo el sol y en la historia; el sol me enseñó que la historia no lo es todo”.
Pero el sol le enseñó algo más, que es cumbre en la reflexión que le provoca la relectura de ese libro que entonces, 1958, estaba devolviéndolo a él a la juventud: “En cualquier caso”, explica, “aquel calor hermoso que imperó en mi infancia me vedó cualquier resentimiento”. La pobreza, la carencia en general, no era carencia en realidad, pues proporcionaba dones que otros mejor situados no tendrían nunca, quizá. “Vivía con apuros, pero también en algo así como el deleite. Sentía en mí fuerzas infinitas: solo hacía falta encontrar un punto en donde aplicarlas”.
El revés y el derecho le da pretexto a Camus, y nos da pretexto a los que hemos aprendido de él, a sentir que la desgracia es un azar a cuya puerta se toca inevitablemente alguna vez, para explicar por qué “nunca” fue picado por el más terrible insecto, “me estoy refiriendo a la envidia, auténtico cáncer de las sociedades y de las doctrinas”. No quiere ser arrogante, aunque entre sus virtudes la modestia se quedó tan solo en el origen, así que concede que “el mérito de esta afortunada inmunidad” se lo debe, “ante todo, a mi gente, que carecía de casi todo y no envidiaba casi nada”.
Sobre la obra de Albert Camus hay mucho sol, y de hecho esa circunstancia ha sido materia de mucho estudio camusiano; el sol procede de esta obra, y el resplandor tiene su residencia mejor calibrada en ese prólogo, que ahora se lee como una declaración de principios. Pero el origen de la salud que desprende es lejano, físico y, para él, inolvidable: “Viví, hace mucho, durante ocho días colmado con los bienes de este mundo; dormíamos al raso en una playa, me alimentaba con fruta y me pasaba la mitad del día en unas aguas desiertas…”. El sol y el aire son gratis en África. Cuando fue a Estocolmo, a recoger el Nobel (discurso que completa la edición de este librito, con el que viajo siempre, por eso he querido titular El revés y el derecho los artículos de esta serie que comienza hoy), Camus evocó esos tiempos como la esencia de su escritura: el latido de la madre, el sol que habitó sobre su infancia, “las dos o tres imágenes sencillas a las que se le abrió el corazón una vez primera”.
El revés y el derecho. Discurso de Suecia. Albert Camus. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Miguel Salabert Criado. Alianza Editorial. Madrid, 2010. 144 páginas. 8 euros.

lunes, 10 de junio de 2013

PRENSA CULTURAL. "La raíz literaria de Antonio Muñoz Molina". Juan Cruz

Antonio Muñoz Molina

   En "blogs.elpais":

La raíz literaria de Antonio Muñoz Molina

Por:  08 de junio de 2013
Vale para describir la raíz literaria de Antonio Muñoz Molina, desde esta semana premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013, aquello que dijo Samuel Beckett sobre la raíz y el destino del hombre isleño: la isla siempre va con él, porque él, además, es la isla, lo será siempre, vaya donde vaya. Y Antonio Muñoz Molina es su isla personal, la que va con él, la que nació con él en Úbeda y la que vivió, en el principio de su dedicación a la ficción, frente a la sierra de Mágina.
En el triunfo y en la espera, en la melancolía y en los árboles de la memoria que ha ido tejiendo, ese lugar, la casa, la calle, el barrio, la biblioteca, el maestro, los padres, la familia, el eco de aquel tiempo así como el encuentro de esa época con el tiempo nuevo, con Elvira, con Madrid, con Nueva York y con la época que vive ya mirando por las ventanas de un universo que le gusta y que le disgusta sucesivamente, ha sido la raíz geográfica y humana que lo ha impulsado.
Hasta ahora y siempre. Ese sitio que ha sido sucesivamente muchos sitios y el mismo sitio es el sustento de su pura alegría de leer, y de escribir, y es evidentemente el sustento de su memoria, la que sigue asomando, como en Proust o como en el propio Beckett, a sus libros aunque en ellos no toque ese filamento del que por otra parte surgen algunos de sus textos más hermosos, y sobre todo el emocionante El viento de la luna.
       Esa es, me parece, la raíz de su literatura; esa raíz viene a mi mente cada vez que pienso en él, y por eso antes que La Alhambra, adonde me llevó cuando lo conocí, a finales de los años 80, después de que publicara Beatus Ille, lo recuerdo algún tiempo después caminando con Elvira y con sus padres por el territorio de Úbeda, las calles empedradas, las casas viejas, los recodos que fueron, quizá, los escenarios de sus primeros ejercicios de ficción. Allí y después lo vi mirar hacia el suelo, ensimismado y risueño, como en Madrid a veces, y como en Nueva York, buscando acaso en la propia identidad de los pies sobre el camino la metáfora de la que viene todo: de mirar, de mirar a la raíz, y de mirarlo todo.
       La otra raíz está ligada a esos tiempos y es la lectura, los comienzos de Muñoz Molina como lector, su libro imprescindible y su imprescindible cuaderno. Su letra formada para quedar y para ser legible: si un día él abandona en el metro uno de esos cuadernos un calígrafo diestro, un lector atento que lo hubiera encontrado escribiendo en alguna biblioteca, sabría que esa es la letra de Muñoz Molina. Y lo iría a buscar a otra biblioteca. Ahí vive su corazón, fuera de las tinieblas, acogiéndose a la luz brillante de los libros. De ahí viene. De Úbeda y de los libros. Esas son las sombras que lo acogen y que lo alientan como escritor.
Así pues, no puede concebirse esa obra que ha hecho hasta ahora sin señalar lo más puro y decisivo de su formación de lector. A lo largo del tiempo esa experiencia que no cesa se ha convertido en el trasunto metafórico de su manera de mirar, en los ensayos sobre pintura o sobre música, en su interpretación de lo que ocurre en la calle (aquellos reportajes sobre el 11S en Nueva York, aquellos paseos del Robinson urbano que fueron la raíz de su periodismo literario en Granada…) e incluso en sus más serenos pero rabiosos ensayos sobre lo que le pasa a este país para que en un momento determinado se adscribiera a la locura.
La obra de Antonio Muñoz Molina es la obra de un lector. Y de un hombre que mira la pintura o que escucha la música o que camina precedido por el aprendizaje que viene de los libros. Pura alegría se llama su libro de lector feliz, su apuesta por el libro como principio de toda aventura y de cualquier compromiso. El escenario de la batalla de las ideas. Hasta su libro más combativo hasta ahora, Todo lo que era sólido, que ha sido leído como una carta de batalla, es una narración que mira al suelo del que viene y a la raíz literaria de la que procede. “El presente era una niebla de palabras arcaicas”. No hay en esa literatura, por muy contingente que sea, ni una línea que no sea consecuencia de la cultura que le fue comunicando el libro incesante y del cuaderno con el que convive.
En 1981 ganó el primer premio Príncipe de Asturias de las Letras el poeta José Hierro. Si ahora se rastrea lo que escribió aquel autor combativo de Réquiem, y se ve asimismo lo que le dijo al Príncipe que le da nombre a estos premios en circunstancias francamente anormales en la historia democrática de España hallaremos, me parece, que esa metáfora por la que ahora transita la preocupación civil de Muñoz Molina no se aleja demasiado de la que entonces estaba en el aire y que Hierro empuñó como una declaración de principios. Por eso, y por la literatura que el galardón celebra, me ha alegrado tanto el premio que un jurado del que me gustó formar parte le concedió al escritor que desde hace más de medio siglo vive desde su raíz en Úbeda. 

miércoles, 23 de enero de 2013

PRENSA CULTURAL. "La conspiración contra el libro". Juan Cruz

Juan Cruz

   En "El País":

La conspiración contra el libro

Los que están matando la lectura alegan que esta muere por sí sola

 10 ENE 2013

De manera natural, sin otro aspaviento que ese ruido insoportable que hace el tiempo, se produce una conspiración subterránea contra el libro, y a ella asistimos, algunos aterrados y otros complacidos, creyendo que ese supuesto cadáver sigue muriendo.
Es curioso: lo están matando y dicen que muere. Dicen, por ejemplo, que la gente ya no lee, y entonces desnaturalizan la lectura misma, quitan de los presupuestos de las bibliotecas el dinero que solía haber para que estos templos laicos del saber se nutrieran de novedades o, simplemente, de los libros que harían falta para que esos edificios cumplieran con la finalidad implícita en su noble nombre.
Dicen, también, que el libro es caro, y se dice tanto, y desde tantos sitios, que ya es lugar común. Claro, en la crisis, dicen, la gente está pensando en otras cosas y primero hay que comer y después pensar, o leer. No se les ocurre que pensar, leer y comer se puede hacer al mismo tiempo, y no todos esos términos de la ecuación tienen por qué darse por separado.
Hay una conspiración contra el libro; pero tendrán que matarlo muchas veces para que deje de existir, y de hecho a lo largo de la historia quisieron matarlo por la vía de la cremación o por la de la persecución de los heréticos que los escribían o editaban. Pero la conspiración existe. Hay quienes creen que el libro desaparecerá como consecuencia del éxito de las tabletas y de los otros artículos de consumo que también contienen libros. Pero no es cierto; el libro tal como se conoce más popularmente, el libro de papel, el que aún nutre millones de bibliotecas públicas o privadas, millones de librerías, estanterías escolares, universitarias o personales, durará aún mucho más de lo que dicen los agoreros.
Pero lo quieren matar. Y no lo quieren matar las tabletas o los libros hechos o divulgados por otros instrumentos; al contrario, las nuevas tecnologías están ahí para que los libros crezcan. No existe la lucha, ni existe la dicotomía; la muerte del libro afectará por igual a las tabletas y a los libros de papel. Al libro lo quiere matar la sociedad que asiste a su ejecución sin moverse para hacer que la gente sepa que leer es mejor que dejar de leer.
Como en las novelas de misterio, puede intuirse desde el minuto uno quién puede ser el asesino más probable del libro, pero no hay que adelantar acontecimientos. Puede morir de inanición, puede sucumbir tras una enfermedad lenta e inducida por los que han decidido que es mejor hablar del final de los libros que de los libros mismos. Puede morir de descuido, provocado por las Administraciones, que han decidido que pueden recortar la nutrición de doble efecto a que obliga la existencia del libro: el apoyo a las bibliotecas y el apoyo a las editoriales para abaratar el precio del libro propiciando tiradas más amplias y alentando la compra de más ejemplares de cada edición por parte de organismos públicos obligados a hacer del libro la materia central de la educación de la gente.
En este ámbito, hace falta, para atajar esta conspiración contra la supervivencia del libro, que autores, editores, libreros, distribuidores y agentes se junten en otra conspiración de signo diferente: el libro es caro, y en estas circunstancias de la economía nacional, europea y mundial, es cierto que puede resultar carísimo. Pero no insólitamente caro, no mucho más caro que la cerveza o el vino o cualquier otro producto que también produce placer, como la entrada del cine o el tique para acceder a un museo…Como en las novelas de misterio, puede intuirse desde el minuto uno quién puede ser el asesino más probable del libro, pero no hay que adelantar acontecimientos. Puede morir de inanición, puede sucumbir tras una enfermedad lenta e inducida por los que han decidido que es mejor hablar del final de los libros que de los libros mismos. Puede morir de descuido, provocado por las Administraciones, que han decidido que pueden recortar la nutrición de doble efecto a que obliga la existencia del libro: el apoyo a las bibliotecas y el apoyo a las editoriales para abaratar el precio del libro propiciando tiradas más amplias y alentando la compra de más ejemplares de cada edición por parte de organismos públicos obligados a hacer del libro la materia central de la educación de la gente.
Depende de cómo lo mires, todo es caro o todo es barato. Pero sí es cierto que ese tópico (el libro es caro) se ha abierto paso en la sociedad donde no se habla de la carestía del whisky o de la ginebra o de las puertas de cristal doble… Y como existe el tópico y es imparable, editores, autores y el resto de los que se hallan en la trinchera ahora asediada tienen que ponerse de acuerdo para renunciar a algunos de sus porcentajes si así recortan, esa palabra, el precio de los libros…
El mundo del libro no se ha dedicado a fondo, o no se ha dedicado en absoluto, a confrontar esa realidad, la evidente conspiración contra el libro. Y ya es hora de que se arme esa lucha, que se junten los distintos factores, los autores, los editores, los distribuidores, los libreros, los bibliotecarios y también los lectores, a deshacer los lugares comunes que han amenazado al libro con su muerte prematura.
Los datos recientes sobre la venta de libros han parido un ratón: autores siempre bienvenidos han visto disminuidas sus ventas, qué será, pues, de los que no venden tanto. No es un incidente propio de la crisis, únicamente, ni es consecuencia de las obras propiamente dichas. Es la sorda consecuencia de la conspiración que, con artes más o menos disimuladas, están alejando a la gente de las librerías y de las bibliotecas y las están sumiendo en una idea que corre el peligro de ser el lugar más común de la cultura de nuestra época: leer al fin y al cabo no es tan sustancial para vivir…, y además es caro. Les corresponde a autores, editores, libreros, etcétera, recuperar el libro de las garras de esta artera conspiración que actúa calificando de inevitable lo que ella misma produce.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

PRENSA. "Cocina y República". Juan Cruz

Juan Cruz

   En "El País":

Cocina y República

La enseñanza es religiosa, otra vez, la Educación para la Ciudadanía se ha quemado en la nueva hoguera

 9 DIC 2012

Lo bueno de entrar en las cocinas es que allí está la verdad (la verdad de la vida, como decía mi madre). Mi madre me enseñó, en una cocina, además, lo que dijo el enseñante laico Ferrer i Guardia cuando lo iban a ajusticiar por sus ideas: “¡Vivan las escuelas laicas, vivan los niños! ¡No tengo miedo a la muerte!”. Ella debió escucharlo en su escuela de los tiempos de la República. No lo dijo para que yo lo repitiera, pues por menos de eso no solo te echaban de la escuela, sino de la vida, así que yo me lo guardé en la memoria como quien guarda un tesoro que en aquel momento era también un misterio. Qué serán las escuelas laicas, qué será la muerte. Ella debió contarme lo que pasó con Ferrer, que lo fusilaron, pero entonces yo no sabía qué significaba la palabra fusil. Se fue supiendo.
Lo cierto es que ahora cada vez que escucho la palabra cocina me acuerdo de mi madre contando esas historias, y sobre todo me acuerdo de la palabra laica referida a escuelas, a Ferrer y, ay, a fusil. Este 6 de diciembre, fecha de la Constitución que enterró (casi) el franquismo, me pasé casi toda la mañana hablando con un niño de la República, Emilio Lledó, filósofo que nació en 1927. Él vio los bombardeos, supo lo que era un fusil (lo tenía en casa, el padre era militar republicano) y aprendió bajo la metralla que asoló Vicálvaro y luego el Madrid gravemente asediado por las tropas franquistas.
En algún momento de ese jueves último don Emilio me llevó a la cocina, para ver cómo da la hora (con letras, no con números) un reloj alemán que le regaló su hija Elena, poeta. Mientras él iba señalando en el minutero las letras Verweiledoch (“Quédate”, que fue lo que le dijo Fausto a Mefistófeles en la obra de Goethe), yo me fijé en un afiche que tenía clavado en una estantería. Era, por las banderas, un homenaje a la República en la que creció hasta 1939, y resaltaba un aspecto vital de aquella Constitución tricolor, cómo debía ser la enseñanza bajo el régimen instaurado el 14 de abril de 1931, cuando Emilio Lledó Íñigo tenía cuatro años. Copié el texto del afiche y me lo llevé luego bajo el brazo, como quien se lleva un sueño imposible.
Dice el texto:
“La enseñanza será laica, hará del trabajo el eje de su actividad metodológica y se inspirará en ideales de solidaridad humana”.
A veces lo digo en estos textos dominicales: eso dice el texto, sin vuelo en el verso, que es como el poeta José Hierro (otro muchacho de la guerra) quería que fueran las crónicas de lo dramático y de lo sencillo.
Antes, yendo a casa de Lledó, vi a muchas mujeres (sobre todo mujeres, díganme por qué) con las banderas españolas, con sus nietos al brazo o de la mano; los hombres iban detrás (díganme por qué) sin banderas, como cuando ellos se quedan por fuera en misa. Los periódicos que llevaban en las manos iban llenos de la proclama actual, la enseñanza es religiosa, otra vez, la Educación para la Ciudadanía se ha quemado en la nueva hoguera, ya los chicos (esos que iban con sus abuelas) no sabrán qué es la palabra laica sino en lejanos textos que habría que buscar en lugares aún más recónditos que la cocina de este iluminado profesor que tiene ahí esa proclama como quien guarda un tesoro. Vivan las escuelas laicas. Vivan los niños. 

viernes, 6 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "El libro de nunca acabar", por Jusan Cruz

Dibujo de Raquel Marín ("El País")

   En "El País":
El libro de nunca acabar
   Al libro lo han estado matando casi desde que nació. Ahora la disyuntiva no es solo papel o Red; la pregunta que se hace el sector editorial es si la cultura del libro, tal como se ha ido conociendo, puede sobrevivir.
   Juan Cruz 29 FEB 2012

   Leamos: "Antes de que se acabe este siglo, el periodismo será todo lo que se imprima, abarcará todo el conocimiento humano. El pensamiento se expandirá por el mundo a la velocidad de la luz, concebido al instante, instantáneamente escrito, entendido de inmediato. Cubrirá la Tierra de un polo al otro: súbito, instantáneo, inflamado del fervor del alma que lo alumbró. Será el reino de la palabra humana en toda su plenitud. El pensamiento no tendrá tiempo de madurar, acumularse en la forma, morosa y tardía, de un libro. Hoy el único libro posible es un periódico".
   Hasta el penúltimo punto, parece que el autor habla de la Red, esta bendición tan mal interpretada por los que no la desean y tan bien pregonada por los que la consideran el centro del porvenir de toda la cultura escrita. Pero ese largo excurso acerca del porvenir de lo que se imprime se refiere pura y exclusivamente al enorme porvenir que se le concedía en el primer tercio del siglo XIX al invento de los inventos: el periódico impreso, que después de años de experimentación más o menos afortunada al fin tomaba la forma que han ido teniendo los diarios.
   Y quien escribió eso fue el poeta y político francés Alphonse Lamartine en 1831; fue recogido en su libro ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? por el profesor norteamericano Nicholas Carr, empeñado en hallar encuentros entre las nuevas tecnologías y las viejas tecnologías de las que venimos. Carr encontró otras advertencias sobre el final del libro tal como lo concibió Gutenberg; desde entonces hasta ahora, los más diversos gurús han tenido la certidumbre de que el formato libro, tal como lo hemos conocido, estaba herido de muerte.
   Cuando están más cerca de acertar estos gurús es ahora mismo, pues cada vez es más inmediata la evidencia de que la tecnología sustitutiva del libro, los iPads, Kindles y otros aparatos de distribución de lo impreso, ha alcanzado un nivel de desarrollo que ya es imposible de parar. Al contrario de lo que pasaba en tiempos de Lamartine, esta invasión tecnológica que va a suceder está aquí para quedarse y para sustituir al papel como vehículo del pensamiento o la ficción.
   Lo que sucede empezó a suceder hace nada, pero ha sido tan imparable como inesperada la virulencia con la que esta novedad se ha impuesto. Y ya es irreversible, algunos pensarán que para bien, otros dirán que para regular, pero ya no importa nada: ahí está, supone una revolución, nadie podrá con ella. Lamartine creía que los periódicos eran la letra impresa que serviría de correa de transmisión del pensamiento, que dejaría de ser reposado para convertirse en instantáneo; eso que iba a ser el periódico es ahora Internet; la Red es instantánea, expresa lo que ha sido instantáneamente escrito, y es "súbito, instantáneo, inflamado del fervor del alma que lo alumbró".
   El hombre siempre ha buscado esa instantaneidad, y para eso inventó primero la radio y luego la televisión, para saber de todo en seguida. La radio cumplió el propósito que sigue cumpliendo. ¿La tele? Ese es otro cantar de los cantares.
   En su voluntad profética, Lamartine cometió un único error: lo que él creía que iba a hacer el periódico (de papel) que entonces venía a revolucionar la materia escrita lo está consiguiendo la Red. Y en esa lucha ahora desigual es la propia prensa impresa la que, con el libro que conocíamos, corre la probable suerte de pasar a otra vida, o quizá a mejor vida; en todo caso, a otra vida.
   El porvenir es ese; lo dicen los gurús y lo conceden los que hasta el momento se resistían a entender que el papel sería virtual, y va a ser virtual. ¿Cuándo? Hace dos años, el veterano periodista francés Jean Daniel me dijo en París que "probablemente este periódico [Le Monde era el diario que mostraba] será un día un suplemento de una web de Internet". Y su colega y coetáneo Eugenio Scalfari (el fundador de La Repubblica), me dijo en Roma, cuando le advertí que sabios norteamericanos auguraban una fecha exacta para el final de los diarios de papel, si acaso esos gurús decían a qué hora se podría observar ese fenómeno…
   Bromas aparte, ya ha pasado lo que auguraba Daniel, no exactamente con Le Monde, pero sí con diarios (como The Guardian) cuyos directivos han expresado su deseo de convertirse en medios casi exclusivamente dedicados a servir a sus lectores a través de la Red.
   Y al libro le está aguardando el mismo porvenir, aunque hasta ahora, como dice Beatriz de Moura, la directora de Tusquets, muchos editores analógicos están quedándose un rato atrás para observar con serenidad los movimientos que hace la industria para despojarse de las virtudes de su pasado y adentrarse en la Red como fórmula habitual para sacar adelante sus productos.
   Los últimos tiempos han sido frenéticos; desde 2008 se sucedieron, en Estados Unidos, los cierres de grandes librerías, a favor de instrumentos mucho más eficaces y agresivos de distribución y venta; muchas editoriales potentes anunciaron entonces a autores que les fueron rentables que ya no les servían sus manuscritos, e incluso dieron por concluidos los contratos de lectores de lo que recibían en sus abrumadores correos (postales) de antaño. Y, además, Amazon (y agentes y autores) están pensando seriamente en abandonar los raíles habituales de edición, distribución y venta para confiar a la Red todas esas tareas que antes conocían un proceso lento pero seguro: el autor escribía, el agente representaba sus intereses ante el editor, y el editor se agenciaba los distribuidores más adecuados ante libreros cuya tradición era (lo es aún) sacrosanta.
   Esa estructura ha saltado por los aires, y el sector anda en un revoltillo mental que acentúa su incertidumbre y hace aún más oscuro el porvenir de la crisis. En ese revoltillo se está divulgando una profecía que es tan peligrosa (para el futuro del libro) como cualquier desafío industrial o económico. Y es la previsible desfiguración de la personalidad del editor. El editor cuida los textos, trabaja a fondo el material que recibe y a veces hace tanto por un libro que cuando este sale de las plantas de impresión (¡y ya no será de las planchas, eso es seguro!) el autor siente el orgullo de haberlo hecho, pero también la gratitud (probable) a quien se lo ayudó a hacer…
   El libro ya no es lo que era, ya va siendo otra cosa; es probable que no lo sepamos ver o que no lo queramos ver aquellos que seguimos practicando la romántica teoría de que las dos fórmulas (el papel, lo virtual) van a coexistir; de una serie de entrevistas con algunos de los más importantes, e interesantes, editores del mundo, salí con la impresión de que el editor de siempre va a seguir siendo posible, y que coexistirá con el editor (o con la edición) del futuro…
   Esa coexistencia tendrá matices culturales o no será posible; la nueva estructura que viene propone nuevas aventuras económicas que han de enfrentarse a una creciente piratería en la Red, contra la que es muy difícil luchar; afecta a los derechos de autor, que ya no se pueden contrastar con el precio (más o menos elevado) del producto de papel, pues la Red obliga a abaratar los contenidos, y por tanto va a afectar a anticipos y a derechos de autor. Y el editor puede quedarse, si los autores lo estiman oportuno, sin la materia prima principal de su oficio, los originales, pues los creadores pueden optar por publicar por su cuenta y riesgo en canales que ahora pueden ser individuales, ajenos a la red tradicional editorial por la que Lamartine lloraba en 1831. Y ese es un riesgo que no tiene que ver con las cuentas…, de momento.
   Hay otros desafíos por delante; el tema está muy abierto; tanto que parece un lago de reflejos, dorados a veces y oscuros tantas veces más. Lo cierto, y esto lo tendría que decir otro Lamartine de esta época, es que al libro lo han estado matando, en cualquiera de sus formas, y siempre se ha sostenido. Porque el único libro posible es el libro, y libro se quedará, en las manos de Gütenberg o en las manos de Steve Jobs, por citar a dos de sus inventores muertos.

sábado, 9 de octubre de 2010

PRENSA CULTURAL. Sobre MARIO VARGAS LLOSA, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2010. "Zavalita conquista el Nobel, de Juan Cruz

Mario Vargas Llosa
En "El País":
Zavalita conquista el Nobel

Mario Vargas Llosa obtiene la máxima recompensa literaria del mundo - La Academia sueca destaca su retrato del poder y de la resistencia individual

JUAN CRUZ - Madrid - 08/10/2010

Mario Vargas Llosa ha ganado el Nobel de Literatura el año en que nadie le había llamado para preguntarle si se sentía favorito. Todos los años por las fechas en que la Academia sueca está a punto de conceder el principal galardón literario del mundo, el autor de La ciudad y los perros recibía esas llamadas, y esta vez, cuando al fin lo ganó, el escritor peruano, que también es español de nacionalidad, no estaba ni siquiera en las quinielas. Cuando le llamaron desde Estocolmo, su mujer, Patricia Llosa, creyó que era una broma. La evidencia luego llenó de júbilo al autor, a la familia y a los numerosos lectores de su obra.
La Academia sueca ha resumido con exactitud la enorme importancia de la obra del escritor que una vez aspiró a ser presidente de su país y que, para fortuna de sus lectores, fue apeado de su ilusión por Alberto Fujimori, alguien que luego pasaría a la historia como un delincuente. Dice el jurado que se le concede el Nobel a Vargas Llosa, de 74 años y cuya obra está publicada por la editorial Alfaguara (Grupo Santillana), "por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota".
Ese es su asunto, el poder, y también la resistencia al poder, la revuelta contra el poder, la derrota. De eso habló con José Saramago en Lanzarote, en un encuentro que organizó Pilar del Río; el portugués, que fue Nobel en 1998, hizo augurios para que el peruano que acababa de cenar con él un pescado tuviera también ese cetro como ya tenía los premios 'Príncipe de Asturias' (1986) y 'Cervantes' (1994). El azar ha querido que la muerte de Saramago y el Nobel de Vargas llegaran el mismo año.
Quiso ser presidente, quizá para conocer de cerca la miseria, la impostura y también la grandeza del ejercicio del poder. Y conoció la derrota. Pero era un escritor; en medio de las excursiones electorales a las que le obligaba la campaña, Vargas Llosa leía el Polifemo de Góngora, se adentraba en una literatura central pero complejísima, como si en ese instante fuera dos: el aspirante adulto a ocupar un sitio en la historia de la política y también el adolescente que devoraba versos a escondidas de su madre y luego a escondidas de su padre, que consideraba que leer eso eran "mariconadas".
Para entender esos dos Vargas Llosa hay que leer El pez en el agua, un libro capital en su bibliografía en el que está la sustancia de lo que ahora dicen los suecos: el Vargas Llosa que mira al poder desde dentro o desde sus orillas, y el Vargas Llosa que sigue maravillado y aterrado ante algunos de los elementos más sobresalientes de su niñez y de su juventud. El padre ausente (¿o muerto?), el despertar de su vocación ya irrefrenable, el encuentro complejísimo con el padre (¿el poder?), las clases en el colegio militar Leoncio Prado, las amistades literarias, los maestros que le impulsaron, el viaje decisivo a París...
Mientras esa campaña electoral tenía efecto, y en la que le ayudaron su mujer, Patricia, sus hijos y cientos de amigos, Vargas Llosa no solo leía a Góngora, sino que escribía ese libro que ahora parece la caja negra de la poderosa llamada de la literatura. Como si estuviera purgando el pasado, haciendo examen de lo que fue. Cada día, con el mismo bolígrafo, del mismo color granate, en cuadernos que rellenaba con su letra picuda y avanzada. Parecía que Vargas Llosa, que ya era uno de los grandes escritores del mundo, se preparara para decir adiós a su vocación para dedicarse de lleno al servicio público. Una decisión que era un desgarro al que se entregó como hace siempre ante un proyecto o una novedad: con el entusiasmo a veces atolondrado de un chiquillo.
Ahí, en ese libro, está la descripción minuciosa de su origen; sobre esos fundamentos edificó una obra en la que combina también los rasgos de su autobiografía con su capacidad de fabulador, de contador de historias. Es minucioso, no perdona ni un día de su trabajo; desde que era el trasunto de Zavalita (el periodista juvenil de Conversación en La Catedral) hasta ahora mismo, Vargas Llosa no se ha perdonado un día de trabajo, y así se comportó en el colegio, en la universidad, en casa, en los trabajos, y así va desarrollándose ese libro que debería ser central en los análisis de su vida y de su obra. Ahí están, como están en Conversación en La Catedral o en La Fiesta del Chivo, las imágenes que él fue viendo en su propio país cuando era un joven poseído por el estupor ante los excesos del poder.
Todas sus fábulas (La guerra del fin del mundo, La casa verde, El paraíso en la otra esquina, hasta la última novela, El sueño del celta, a punto de aparecer) nacen de esa capacidad para combinar mundos, para tener en cuenta los materiales de la realidad y para contar esta con los instrumentos de la ficción. La primera época de su escritura es una búsqueda incesante de un estilo; luchó para romper los esquemas habituales de la novela, y aunque su raíz es Faulkner, por ejemplo, rompió los moldes y alumbró novelas que eran ejemplo de su afán por mostrar su rebeldía literaria, su pasión por tener una voz propia. Cuando ya dominó esos materiales y dejó ejemplos de sus dotes de fabulador (Pantaleón y las visitadoras, El hablador, La tía Julia y el escribidor, Los cuadernos de don Rigoberto), se decidió por un asunto que sería decisivo en su bibliografía y en su manera de ser: La Fiesta del Chivo.
Los lectores de EL PAÍS (y de muchos diarios donde se publican los artículos que este diario sindica) saben que Vargas Llosa es un gran periodista, minucioso, al que le cuesta (aunque no se note) muchísimo escribir sus notas quincenales. Para hacer esos textos indaga, investiga, pregunta, corrige; a veces lo hace en cafés o en bibliotecas; lee toda la prensa diaria, española e internacional, cuando está aquí, va a la Academia, de la que es miembro, interviene en actividades culturales, pasea todas las mañanas para mantenerse en forma, va a la clínica de Marbella donde se somete a regímenes de los que sale con el hambre que le hace saludable... Pero tiene (como decía de él Juan Carlos Onetti, uno de sus grandes maestros) una relación conyugal con la literatura, y cumple como si estuviera pendiente de un examen en el colegio militar. Su agente, Carmen Balcells, que ayer decía que era como si Vargas hubiera ganado la Copa del Mundo, vio el genio y la disposición del escritor, al que rescató de sus oficios alimenticios, le asignó un sueldo y le gritó: "¡A la literatura!".
De esa manera escribe los artículos, y de esa manera escribe las novelas, siguiendo el mismo régimen. Como si fuera un periodista que, urgido por sus jefes, cumple en territorio difícil el primer encargo complicado de su vida. Y La Fiesta del Chivo, sobre el régimen brutal del dictador dominicano Trujillo, fue la piedra de toque (por citar el título de sus columnas quincenales) de esa característica insólita de su investigación literaria, que surge de nuevo, con enorme vitalidad, en El sueño del celta y como sucedió en la aún no bien leída El paraíso en la otra esquina. Ahí actúa Vargas (o Varguitas, o Zavalita, pues con esos nombres fue conocido el primitivo periodista en Perú) como si fuera un enviado especial, un hombre obligado por su ansiedad por el rigor a acopiar datos, a rellenar cuadernos, a hablar con todos aquellos que pudieran darle luz acerca de los sucesos que luego convierte en materia narrativa.
El esfuerzo no es su único leitmotiv; su motivación literaria principal es esa que apunta la Academia sueca: toda su obra (la periodística y la literaria, incluidos sus ensayos aquí) está marcada por la búsqueda, en los recovecos del alma y del poder, de aquellos elementos que hacen malvadas o excelsas a las personas. En El sueño del celta, la ascensión y el descenso a los infiernos convierten la novela en un vademécum de las obsesiones narrativas de Vargas Llosa; constituye, en cierto modo, su poética.
Aunque donde está ese Vargas Llosa ingenuo y vital que entra en las librerías y en las bibliotecas como si buscara el libro que va a cambiarle la vida es en La verdad de las mentiras; si en El sueño del celta está el balance (por ahora) de su escritura exigente y comprometida con la historia desigual de los hombres, en ese conjunto de ensayos sobre obras maestras (Camus, Thomas Mann, Faulkner) está el autorretrato literario del Zavalita que ganó ayer el Nobel en medio de su sorpresa, porque él es siempre el más sorprendido por sus propios éxitos. En 1990 le preguntaron en París por qué escribía. Era el momento en que digería la derrota peruana. Y respondió: "Escribo para huir de la pena". Ahora que le leerán más, muchos entenderán al fin esa respuesta, y sobre todo se quitarán las legañas de los tópicos con los que han querido ensombrecer el poderío de su ejercicio literario.

Pequeña biblioteca de un escritor total

- NARRATIVA
Los jefes, 1959
La ciudad y los perros, 1963
La casa verde, 1966
Los cachorros, 1967
Conversación en La Catedral, 1969
Pantaleón y las visitadoras, 1973
La tía Julia y el escribidor, 1977
La guerra del fin del mundo, 1981
¿Quién mató a Palomino Molero?, 1986
El hablador, 1987
Elogio de la madrastra, 1988
Lituma en los Andes, 1993
Los cuadernos de Don Rigoberto, 1997
La Fiesta del Chivo, 2000
El paraíso en la otra esquina, 2003
Travesuras de la niña mala, 2006
El sueño del celta, 2010

- ENSAYO Y MEMORIAS
García Márquez: historia de un deicidio, 1971
La orgía perpetua. Sobre Flaubert, 1975
La verdad de las mentiras, 1990
El pez en el agua. Memorias, 1993
Diario de Irak, 2003

- La obra de Vargas Llosa está publicada por Alfaguara