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jueves, 18 de febrero de 2016

NOVELA DE LA TRANSICIÓN. "Entre la reflexión y la intriga". José María Pozuelo Yvancos

   En "revistamercurio.es":

Entre la reflexión y la intriga

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS  |  MERCURIO 178 · TEMAS - FEB 2016

La novela española durante la Transición vivió la coexistencia de dos líneas principales: la recuperación de la narratividad y la experimentación metaliteraria
© Astromujoff
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El concepto y vocablo Transición viene ocupando un lugar reconocido en la historiografía literaria. Proveniente de la política, ha sido adoptado con frecuencia para referirse a varias cosas al mismo tiempo. Con los conceptos historiográficos hay que ser preciso, porque se tiende a usarlos de manera demasiado amplia y vaga. Por fortuna, a diferencia de otros conceptos (como ocurre singularmente con el de posmodernidad, que ha terminado por no decir mucho, queriendo decir tanto) la Transición tiene un inevitable anclaje cronológico, derivado de la Historia política: se denomina Transición a la época que va desde la muerte de Franco (1975) al triunfo del Partido Socialista en las elecciones de 1982. Si queremos ser estrictos la Transición es eso, si bien hay quien la quiere extender a la “movida” (remoción de estructuras y hábitos sociales) de toda la década de los ochenta, lo que nos llevaría a desvirtuar un momento que merece ser estudiado sin rigidez pero con la necesaria acotación.
Un segundo concepto de Transición en narrativa evita la rigidez cronológica y quiere referirse a los evidentes cambios que la novela española sufre desde la que podríamos llamar novela social-realista del franquismo. Esos cambios operan fundamentalmente en dos direcciones por los cuales una novela de Transición (en este sentido estilístico) se reconoce. Son dos direcciones curiosamente contradictorias entre sí. Por un lado se evidencia una tendencia a la recuperación de la narratividad, de los géneros de la intriga, bien sea policiaca o de novela histórica. Pero por otro hay una tendencia casi opuesta: la que Gonzalo Sobejano llamó ensimismada queriendo apelar a un tipo de novela reflexiva, fundamentalmente metaliteraria, esto es, vertida sobre el propio proceso de creación, en pugna con la simple narración de historias. Un tercer sentido de novela de Transición, pero que nos llevaría cronológicamente hasta la frontera del nuevo siglo, es la manera como ciertas novelas han reflejado el tema de la Transición política. Esta última acepción quedará fuera de este breve recuento.
Hay consenso en situar La verdad sobre el caso Savolta (1975) de Eduardo Mendoza en el quicio de la transición novelística, puesto que reúne varios de los elementos que definen el cambio de rumbo. Tiene la felicidad de coincidir su publicación con el año 1975 que sitúa el inicio del nuevo periodo historiográfico, pero además convienen a su estilo dos rasgos que serán predominantes en la Transición: la recuperación de la intriga ligada al desarrollo de una historia de investigación criminal y un fondo social y político que no se deja de lado. Podría decirse que en esta novela Mendoza realiza una síntesis muy hábil entre lo culto y lo popular, puesto que su lector no deja de verse atrapado por la intriga del género policiaco, pero respecto del cual hay una mirada desarrollada en planos de estructura muy trabajada. Otro autor que sirvió para la recuperación de la novela policiaca insertándola en un discurso político fue Manuel Vázquez Montalbán, quien inicia en 1972 la serie protagonizada por el comisario Carvalho, envuelto en intrigas de investigación criminal que tienen un reflejo de la sociedad política del momento, serie que en estos años de la Transición va desde la novela La soledad del manager (1977) hasta Asesinato en el Comité Central (1981), en el que actúa de fondo social el denominado eurocomunismo. Juan Marsé desarrolla por aquellos años casi en solitario un tipo de novela en el que el realismo centrado en la sociedad de la posguerra y el franquismo se ve asaeteado por los sueños de personajes que tienden a salir de las atmósferas sociales opresivas. Durante la época de la Transición en la que nos hemos centrado publicó Si te dicen que caí, aparecida en México en 1973 y en España en los años que hemos elegido como marco, y La muchacha de las bragas de oro (1978). Carmen Martín Gaite publica durante estos años Fragmentos de interior (1976) y El cuarto de atrás (1978), y ambas suponen la incorporación de la intimidad reflexiva sobre etapas de la formación de una sensibilidad femenina. Emblema generacional de la Transición fue Bélver Yin (1981) de Jesús Ferrero. Ambientada en China, inicia una forma de integración de cauces narrativos en la que el cosmopolitismo canaliza una visión de temas simbólicos y antropológicos. Otra vez las vertientes cultas se nutren de estructuras convencionales en la forma de novela histórica.
Hay consenso en situar ‘La verdad sobre el caso Savolta’ (1975) de Eduardo Mendoza en el quicio de la transición novelística, puesto que reúne varios de los elementos que definen el cambio de rumboLa segunda dirección de la novela de la Transición, la conocida como experimental y metaliteraria, tuvo enorme desarrollo. Aunque se publica tres años antes de la muerte de Franco, hay que convocar La saga / fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester, que fue emblemática de los nuevos tiempos narrativos, donde una fantasía desbordante y en planos estructurales complejos encauza de manera paródica temas de la historia de España. Otro novelista que desarrolló una quiebra del realismo con fábulas que revisitan la historia de España fue Juan Goytisolo, que en los años de la Transición publica Juan sin Tierra (1975) y Makbara (1980), ambas una revisión de la relación con la España musulmana, pero en estructuras sintácticas casi poemáticas. Julián Ríos publica en 1983 Larva, novela antirrealista de inspiración joyceana, donde el juego lingüístico y las metamorfosis verbales sustituyen a la historia.
En una convergencia donde se cruzan la narración histórica y el desarrollo metaliterario cabe situar la tetralogía titulada Antagonía de Luis Goytisolo, puesto que Recuento (1973), una novela que reconstruye la primera resistencia franquista en la Barcelona de los sesenta, ve desarrollarse en las siguientes entregas de la tetralogía —Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y Teoría del conocimiento (1981)— toda una figuración intelectual y reflexiva sobre la propia creación novelística. También evoluciona hacia lo metaliterario Juan García Hortelano, que en estos años entrega Gramática parda (1982), una obra culturalista en el límite con el ensayo. Manuel Longares en La novela del corsé (1979) realiza una relectura con elementos de comentario e intertextuales de la tradición del folletín amoroso.
Libros Transición 2
Emerge como novelista de la Transición, en un plano intelectualista, la primera época de Juan José Millás, quien en Visión del ahogado (1977) reúne elementos de la novela policiaca y la simbología kafkiana. El José María Guelbenzu de El río de la luna (1981) supone la ruptura del realismo por el procedimiento de novela poética, puesto que es indagación simbólica en torno al tema amoroso en planos narrativos complejos. José María Merino en El caldero de oro (1981) imagina una novela como si fuera un palimpsesto en el que a modo de capas se superponen rescates de la memoria y elementos míticos.
Los años de la Transición asistieron finalmente al nacimiento para la novela de algunos de los autores de estilo más personal cuya obra ha continuado creciendo. Me refiero a Javier Marías, cuya primera novela, Los dominios del lobo, es de 1971 y que en los años que estamos siguiendo publica El monarca del tiempo (1978). Luis Mateo Díez aparece con Apócrifo del clavel y la espina (1977), sobre la pervivencia de una sociedad anacrónica, y con Las estaciones provinciales (1982) inicia una reconstrucción de la vida provinciana durante el franquismo. Álvaro Pombo publica en estos años Relatos sobre la falta de sustancia (1977) y El parecido (1979). Por último, Enrique Vila-Matas publica su primera novela, La asesina ilustrada, en 1977 y en 1982 reaparece con una colección de cuentos, Nunca voy al cine, donde se aprecia ya su visión irónica en la que la experiencia es metamorfoseada por la ficción.
Hecho un balance, podría decirse que la novela española durante la Transición no únicamente desarrolló un lenguaje narrativo preocupado por indagar nuevos ámbitos, sino que vivió la coexistencia de dos líneas principales: la recuperación de la narratividad y la experimentación metaliteraria.

martes, 9 de febrero de 2016

NARRACIONES DE LA TRANSICIÓN. "El 'vintage' como relato sentimental". Marta Sanz

   En "revistamercurio.es":

El ‘vintage’ como relato sentimental

MARTA SANZ  |  MERCURIO 178 · TEMAS - FEBRERO 2016

La Transición no es solo un tema visible en ficciones que la retratan desde abajo o desde arriba, son también las narrativas en las que cuajan los valores del periodo, su ideología
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1Me pregunto si podemos construir la memoria sin apelar al sentimiento o las sensaciones, y me respondo que no, que no podemos. A veces no podemos hacer ciertas cosas, aunque ahora se tolere mal la frustración y se vendan utopías de andar por casa. Pero no podemos resignarnos ni construir la memoria sin apelar al olor de las magdalenas o a la armonía de los himnos. No podemos construir la memoria colectiva sin apelar a las pequeñas conciencias individuales y esas conciencias individuales están llenas de liendres, dientes de leche, hematomas, orgasmos felices… Así operan la fría estadística, los datos que soportan el relato histórico y, desde luego, la literatura. No hay memoria sin relato. El relato es la memoria. No podemos narrar sin sentimiento, pero sí podemos hacerlo sin sentimentalismo. Tratando de reblandecer lo menos posible la narración de lo que nos concierne a todos, sin limar cierta aspereza que a veces es urgente, incidiendo en lo que nos une pero también en lo que nos separa. Es inevitable no deformar el relato y, si lo hacemos, retorciéndolo, tergiversándolo, falsificándolo con nuestros filtros y nuestro dar gato por libre incluso cuando no queremos, reconozcámoslo. No finjamos una pureza que siempre es de color blanco sucio. Del color que se quedan las blusas blancas que se han echado demasiadas veces a la lavadora.
2La mayoría de los escritores españoles nacidos entre las décadas de los treinta y los setenta tenemos nuestro propio relato sentimental de la Transición. Porque hemos escrito novelas autobiográficas o porque hemos enmascarado nuestro presente vital y, en nuestras máscaras, nos hemos delatado aún más que en nuestros desnudos. Hemos hablado de nuestra juventud o de nuestros padres y abuelos, de una madurez heroica en la que nos sentimos protagonistas del cambio o personajes heridos por el desencanto y la falta de energía. Hemos escrito novelas históricas y de detectives como las de Vázquez Montalbán que se inventa a Carvalho para repasar la actualidad desde las ficciones: Asesinato en el Comité Central. Pero también la España tardofranquista de Los alegres muchachos de Atzavara. Novelas de espionaje. Novelas de amor que descorrían la suciedad de la represión nacionalcatólica —Celia muerde la manzana— y novelas que celebraban el eslogan de que, aunque después llegase el pánico y los pulmones de acero, con la movida todos follamos más y mejor. Novelas costumbristas y novelas de aprendizaje que se iluminan con las bolas de cristalitos que transforman las pistas de baile en un sueño de LSD. Novelas como falsos documentales. Anatomía de un instante de Javier Cercas y otras autoficciones. Novelas que juegan con los filos de lo verdadero y lo falso para colocarnos ante las grandes preguntas de una supuesta moral universal que no sé si existe o coincide siempre con la moral del Imperio de turno. Novelas que desde lo pequeño pretenden hablar de lo grande y otras que adoptan como protagonistas a las personalidades estelares de la Historia como Francomoribundia de Cebrián. Hemos contado la Transición desde muchas de sus facetas y los límites del concepto se han emborronado cronológicamente: Belén Gopegui en La conquista del aire aborda una épica y ética del dinero que hubiese sido incomprensible sin las nuevas relaciones de clase, sin los valores que inaugura el capitalismo democrático o la democracia capitalista, expresiones que quizá no remiten a realidades idénticas; puede que siempre fuesen un oxímoron. A lo mejor las novelas de la crisis siguen siendo relatos de la Transición. Me lo temo, me lo estoy temiendo. La Transición es el gran eje en torno al que pivota todo. El momento culminante. El clímax de nuestra historia real y contada. Toda la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX y de la primera mitad del XXI podría interpretarse como una precuela o una secuela del gran relato de la Transición: Ramiro Pinilla, García Hortelano, Martín Gaite, los Goytisolo, Marsé, Pérez Andújar, Ovejero, Royuela, Martínez de Pisón, Mañas, El vano ayer de Isaac Rosa,Verano de Manuel Rico, las novelas de Almudena Grandes o los diarios y memorias de Laura Freixas, El comensal de Gabriela Ybarra… Precuelas o secuelas de la Santa Transición diseccionada como un cadáver hediondo en los libros de Rafael Chirbes. Y de Rafael Reig.
3Pero la Transición no es solo un tema —¿manoseado?— que cuaja en ficciones que la retratan desde abajo o desde arriba, a modo de flash back o flash forward, con mirada lírica o pornográfica, desde el intento de predicación o desde la democrática necesidad de procurar ponerles nombre a nuestras incertidumbres. Reconstruyendo al niño que cada adulto aloja en su barriga o anticipando al adulto que cada niño lleva cosido al ombligo, detrás de los ojos, muy dentro de él. La Transición también son las narrativas en las que cuajan los valores del periodo, su ideología. Y esas narraciones casi siempre hablaban de otro lugar y otro tiempo, de gente que no existía o, si existía, se encerraba en sus urbanizaciones, sus consultas psiquiátricas o sus palcos de la ópera. Estas historias tenían un trasfondo de felicidad constructiva, de confianza en el propio relato, que encajaba con la euforia por la defunción del Monstruo. Curiosamente las narraciones de la Transición destilan una gran confianza en el relato y sus mecanismos relojeros, en entramados y urdimbres, a la vez que empatizan con la desconfianza en las palabras y discursos. En los metarrelatos. Las narraciones de la Transición, que casi nunca tenían como tema la Transición, depositan su confianza en la sintaxis y se apartan de la semántica. Al menos de una semántica que no se base en una única relación de significado: la polisemia que tan bien combina con el prejuicio de ambigüedad que se le supone, por definición —¿de quién?— a toda la literatura.
4Relatos sentimentales de la Transición son una gran parte de los capítulos de Cuéntame. Y los anuncios de las cuentas bancarias que utilizan como icono a Vicky, el Vikingo. Relatos sentimentales de la Transición son los libros que reconstruyen nuestro pequeño mundo de la EGB y las muletillas con que nuestras madres nos regañaban en los setenta. Relatos sentimentales de la Transición son los programas de la 2, con voz en off de Santiago Segura, donde se recuperan las antiguas canciones —“Gloria, faltas en el aire…”— y el anuncio en el que un señor con micrófono aterriza en mitad del patio de un colegio para comprobar cuántas madres han untado margarina en el bocadillo de chorizo de sus hijos. Relatos sentimentales de la Transición son los recuerdos de tebeo y la idea genial de Carlos Portela y Purita Campos de inventar la historia de Esther en el siglo XXI: la niña de trece años que a finales de los setenta estaba enamorada de Juanito y vivía en una pequeña ciudad no muy lejos de Londres, se hace mayor, se divorcia, tiene una hija, se reencuentra con su amor de juventud… Tal vez deberíamos preguntarnos si los relatos sentimentales sirven para construir la historia o únicamente para tocarnos esa fibra que nos hace especialmente sensibles a la publicidad y nos mueve a comprar a quienes ya tenemos edad suficiente para ser compradores. El vintage es el relato sentimental de la Transición. Veo recortables con mariquitinas en las papelerías pijas. Veo Nancys, Scalextric, Airgam Boys. Veo bollitos Pantera Rosa en las grandes superficies comerciales. Siento un escalofrío cuando, al escuchar una canción de Las Grecas, me vuelvo loca en los karaokes.

lunes, 8 de febrero de 2016

NARRATIVA ACTUAL ESPAÑOLA. "La tendencia inconformista". Alejandro V. García

   En "revistamercurio.es":

La tendencia inconformista

ALEJANDRO V. GARCÍA  |  MERCURIO 178 · TEMAS - FEBRERO 2016

Un amplio grupo de escritores españoles ha coincidido en señalar que tras la crisis ni los valores ni los acuerdos de la Constitución de 1978 sirven para responder a las nuevas inquietudes
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En 2014 una pequeña editorial navarra, Alkibla, puso en marcha Te cuento, una colección que perseguía reescribir, a la luz de los nuevos y angustiosos tiempos, los cuentos clásicos. Ni la edulcoración ni los tópicos servían para dar la medida justa de la realidad. Tampoco en los cuentos. Sus directores, Carolina Martínez y el fotógrafo Clemente Bernard (autor de los excelentes reportajes que acompañan cada volumen), encargaron la revisión a autores comprometidos con el nuevo espíritu transformador inaugurado en 2008 tras la recesión mundial. En el catálogo están algunos de los principales escritores de esta tendencia inconformista.
Isaac Rosa (Sevilla, 1974) convirtió a El flautista de Hamelín en un político neoliberal que emprende la limpieza racial de su pueblo con argumentos que suenan familiares. Belén Gopegui (Madrid, 1963) se convierte en la “justiciera de los cuentos” y arremete contra el Andersen cruel de Las zapatillas rojas. Marta Sanz (Madrid, 1967) reinventa una Blancanieves en la que el espejo de la madrastra, harto de escuchar mentiras, se revuelve contra la tradición manida; José Ovejero (Madrid, 1958) revive la tragedia de los sin papeles en La Sirenita, y el poeta Juan Carlos Mestre junto al politólogo Juan Carlos Monedero, entre otros, recrean, en un estilo profundamente lírico, La Cenicienta.
La indignación, la resistencia y el inconformismo, representados en los movimientos populares que culminaron en el 15M, no solo alteraron los conceptos políticos y pusieron contra las cuerdas el bipartidismo alentado por la Constitución de 1978 sino que también cambiaron los postulados morales e ideológicos de buena parte de la cultura española. La literatura, en concreto, volvió a las barricadas. La resignación y la docilidad emanadas del estado del bienestar atribuido a la Transición no servían para afrontar los tiempos convulsos abiertos a partir de la quiebra de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, el estallido en España de la burbuja inmobiliaria y el río de víctimas que dejó a su paso.
La crisis económica, aliada a los intereses de las minorías y de los grandes grupos financieros, zarandeó muchos de los postulados pactados en la Transición. Fue una toma de conciencia colectiva que obligó a revisar los viejos axiomas. La extensión aniquiladora del desempleo probó que el derecho al trabajo era un deseo especulativo; los miles y miles de desahucios, que las atribuciones constitucionales de una vivienda digna eran pura filfa; que el derecho a la enseñanza y a la sanidad gratuita y universal corrían grave peligro por la tendencia indisimulada a la privatización de las políticas neoliberales. Y que las garantías constitucionales sobre la libertad y la seguridad, e incluso sobre la difusión libre de ideas y pensamientos, quedaban mermadas en la práctica si se convertían en principios vicarios de la economía.
Aunque no existe una novela crítica sobre la Transición, un amplio grupo de escritores españoles coincidió en que ni los valores ni los acuerdos de la Constitución de 1978 servían para responder a las nuevas inquietudes.
Pablo Gutiérrez (nacido en Huelva, precisamente en 1978) reconstruyó la fractura de la economía mundial y las consecuencias que desató sobre las clases medias en una novela clave, Democracia, publicada por Seix Barral en 2011. Gutiérrez reconstruye, a lo largo de cuatro años, la tragedia de un parado común, encadenado de por vida a una hipoteca que no puede pagar y golpeado por las fracturas de los derechos sociales.
La indignación y la resistencia representadas en los movimientos populares que culminaron en el 15M, no solo alteraron los conceptos políticos, sino que también cambiaron los postulados morales e ideológicos de buena parte de la cultura españolaNo fue el único que convirtió en material literario desde su origen el huracán de la crisis. Alberto Olmos, nacido en Segovia en 1975, el año en que los historiadores fijan el inicio de la Transición, se sumó también en 2011 a la corriente crítica con Ejército enemigo (Mondadori), un artefacto contra la impostura que esconde la solidaridad, que fue destacado como una de las novelas del año. Autor poco complaciente con las clasificaciones simplistas, Olmos volvió en 2014 a la carga con Alabanza, un relato que anticipa un mundo donde la literatura ya no existe.
Pero la llamada, con ánimo simplificador, literatura de la crisis no era nueva ni se circunscribía a una preocupación temporal. Tenía una procedencia identificada —la escritura del compromiso, representada por el gran Rafael Chirbes, cuya novelas Crematorio y En la orilla coincidieron en los escaparates con las de los autores más jóvenes— y las circunstancias que la hicieron reverdecer no eran transitorias. El inconformismo o la sublevación patentes en buena parte de la literatura española a partir de 2008 no eran una preferencia argumental o esteticista, sino un reflejo de la calle y de la pesadumbre que la crisis económica había incrustado en la sociedad. Había que rebelarse contra las ideas recibidas y contar lo que pasaba en la calle.
El citado Isaac Rosa es otro de los autores medulares del fenómeno. Escribió, entre otras, dos novelas de gran alcance: La mano invisible (Seix Barral, 2011), un relato sobre la deshumanización del mundo laboral favorecida por el desempleo, y La habitación oscura (Seix Barral, 2013), un recuento muy crítico de una generación, la del autor, desarbolada por los maremotos económicos.
“La Constitución”, reflexiona Rosa en uno de sus habituales artículos, “no era ni tan buena como dicen sus defensores, ni tan mala como sostienen sus detractores. Salvo algunos puntos blindados (la monarquía, por ejemplo, aunque ese es un tema que no contemplan hoy los principales partidos), era un texto muy abierto a interpretación. Lo decisivo estos años ha sido la correlación de fuerzas sociales y políticas. De haber sido otra, aquel texto del 78 servía para convertirnos en una Suecia sin cambiar una coma, pero no fue así, y lo que algunos creyeron un suelo, acabó siendo un techo en ciertos temas”.
Libros Transición 1
Libros Transición 1
Marta Sanz es otra de las grandes referencias de la novela del descontento con una bibliografía amplia y reconocida. En Daniela Astor y la caja negra (Anagrama, 2012) tomó el toro de la Transición por los cuernos y revisó con qué mimbres fue construido el nuevo modelo de mujer. Frente a los aspectos en apariencia liberadores —el fin de los antiguos y más opresivos tabúes— Sanz revela el coste de la transformación: la conversión de la mujer en una mercancía erótica al servicio de la mercadotecnia.
Daniela Astor… es una novela sobre la Transición que procura no usar la nostalgia como artefacto que reduce el pasado a eufemismo”, sostiene Sanz en una entrevista. “Estoy de acuerdo en que en esta novela hay una lectura crítica de la Transición española que, para ser eficazmente crítica, debía poner también en tela de juicio las formas ideológicas y los géneros de prestigio que se inauguran en dicho periodo histórico”.
Belén Gopegui no puede faltar tampoco en esta sintética enumeración que incumbe, aunque no se citen, a otros muchos autores que se han ido incorporando a la novela de las trincheras. Desde 2009 ha publicado Deseo de ser punk (Anagrama, 2009), Acceso no autorizado (Mondadori, 2011) y El comité de la noche (Penguin Radom House, 2014).
Rafael Reig, autor de Un árbol caído (Tusquets, 2015), un áspero relato sobre la Transición; el editor y crítico literario Carlos Pardo; el andaluz Daniel Ruiz García o Gonzalo Torné, autor de Divorcio en el aire, son otros nombres de la narrativa de la revuelta, que también ha puesto en circulación ensayos como No tan incendiario (Periférica, 2014) de Marta Sanz; La novela de la no-ideología (Tierradenadie, 2013) de David Becerra; Un pistoletazo en medio de un concierto (Editorial Complutense, 2008) de Gopegui, o El asco indecible (Pamiela, 2013) de Miguel Sánchez-Ostiz. Un movimiento (o como se llame) que habría sido diferente sin la colaboración de editores como Constantino Bértolo desde Caballo de Troya.
Pero la marea de la disconformidad continúa, no se ha agotado, quizá porque la crisis ya es un endemismo malsano, porque la literatura inconformista siempre ha estado viva o porque la rebeldía es consustancial al trabajo creativo.

martes, 14 de abril de 2015

PRENSA. "Cercas y el gran negocio de la 'memoria histórica'". Francisco Espinosa Maestre

Francisco Espinosa Maestre

   En "blogs.publico.es":

Cercas y el gran negocio de la “memoria histórica”

12abr 2015

Francisco Espinosa Maestre
Historiador
Nuestra literatura está plagada de mediocridades encumbradasCaballero Bonald, El País, 18/03/015
Harto está ya uno de ciertos novelistas que recurren a la historia falseándola, desde aquel Fernando Marías que fabuló sobre un Lorca que no habría muerto hasta un Trapiello que cree que la literatura está por encima de la historia. Dice Cercas que “memoria histórica” es un oxímoron, dos palabras que juntas expresan algo difícil o imposible  de unir. Con ello, consciente o no, se apunta a ese grupo de gente, algunos muy conocidos, que nunca ha investigado la represión franquista, pero se permite opinar sobre ella. La memoria constituye un recurso de la historia y hay reductos donde solo entra la primera. Al historiador documentado no lo engañará cualquier testimonio oral. Ni Antonio Pastor,  en Andalucía, que también se hizo pasar por deportado sin serlo, ni Enric Marco, en Cataluña, dieron el pego. Solo hicieron falta dos especialistas en deportación, Benito Bermejo y Sandra Checa, para que se cayera todo el tinglado. “No le va a gustar a mucha gente este libro”, dice Cercas, recordando a otro de la pandilla, Juan Eslava y su “Una historia de la guerra  civil que no va a gustar a nadie”.  Algo está claro: ni Eslava sabe de la guerra civil ni Cercas de los deportados. Yo comprendo que investigar la deportación resulta mucho más duro que escribir una “novela de no ficción” sobre uno que se hacía pasar por deportado por apasionante que esta pueda parecer (bastará echar un vistazo al Libro Memorial para saber de qué hablo). Una cosa es la literatura y otra la historia. También debe ser más fácil soltar el rollo de Salamina  que investigar qué fue realmente del fascista Sánchez Mazas. Este ya había ofrecido testimonio de lo ocurrido en Caudillo (B. Martín Patino, 1977), pero en su relato no hay rastro alguno de que un soldado republicano le salvara la vida.[1] Luego David Trueba convirtió la novela en una película y recurrió, no sin caer en cierto esperpento, al “Suspiros de España” que tanto sonó en Caudillo con otro sentido muy diferente. ¡Ya el colmo es que el soldado cantaó sea el que perdona la vida a Sánchez Mazas.
La impostura de Marco no equivale al fracaso de una sociedad. España está llena de Marcos pero diré por qué. La transición permitió a cada uno elaborar su propio pasado. Fue así como mucho asesino se presentó con las manos limpias, como si no hubiera roto un plato en su vida, y muchos héroes de papel se hicieron pasar por lo que nunca habían sido, como si la resistencia al franquismo estuviera representada por ellos. Otros, los verdaderos héroes, conscientes de la farsa, callaron en su mayoría. Como no se permitió la historia, cada uno hizo lo que le dio la gana. En otros países un Marco hubiera sido descubierto de inmediato. ¿Imagina Cercas lo que hubiera ocurrido si cuando Martín Villa estaba al frente de Gobernación (1977)  hubiera ordenado que se conservaran los archivos de Falange y que todo pasase al Archivo Histórico Nacional? Ahí debía estar el expediente de Marco. ¿Qué hizo Martín Villa? Seguro que lo sabrá Cercas: ordenó la destrucción de cientos de miles de documentos y expedientes. Todos los llamados Archivos del Movimiento fueron destruidos provincia por provincia. ¿No se da cuenta Cercas que Bermejo y Checa han tenido que viajar a Alemania y Francia para descubrir que gente como Marco o Pastor eran unos falsarios?  ¿A qué cree que se debe que diez mil documentos entre 1936 y 1968 no hayan sido desclasificados aún? Como vemos, la destrucción de los archivos de Falange y la ocultación de documentos clave, según Cercas, se debe a la sociedad. Debe hablar con los historiadores, que le contarán hechos que explican buena parte de lo ocurrido. Por lo pronto ya no será posible jamás filmar en España una película como “La historia de los otros”.
En el disparate raya la afirmación de Cercas en el sentido de que no se afrontó el pasado en los años 90 “porque se creó la industria de la memoria”. E insiste: “Se sustituyó lo objetivo por lo subjetivo. El problema es que se convirtió en un negocio”. Matiza más Cercas: “… no necesitábamos una ley de memoria histórica sino que el Estado se ocupara de cumplir con su obligación”.  Pero, ¿Cercas sabe de qué habla? Es que parece ignorar que fue el Estado precisamente el que impidió toda actuación en este campo,  obligando ante su pasividad a moverse a la gente por sí misma. Cercas acude al pasado para explicar el presente, otra cosa es que sus libros tengan algo que ver con la historia.  Para Cercas Marco representa la capacidad de impostura, no sabemos si de la sociedad española o del género humano.
Cercas nos lleva a otro terreno. Marco -¡vaya la comparación!– es “El Maradona o el Picasso de los impostores”. Luego, confiesa que antes de escribir,  dijo: “¡Dios mío, hazme digno de ese tío!”. No tendrán los dioses otra cosa mejor que hacer. Y las plegarias del autor fueron atendidas. Pues menuda evolución. En la de Salamina le ayuda Vargas Llosa y en esta le ayuda Dios. Sea quien sea, siempre El País detrás. Como bien saben Trapiello, Molina y Gracia entre otros, aquí en España, con El País de tu lado, tienes parte del trabajo hecho.  Al fin y al cabo El País,  es más fiable que Dios (al menos mientras dure; El País me refiero).
Para Cercas –vuelve con el tema– la expresión “memoria histórica” es “desafortunadísima”, y matiza, que es como decir “matrimonio feliz”. Estaba inspirado Cercas. No tiene duda alguna: “La historia es colectiva y la memoria personal”. Como es normal hay reductos donde solo se accede por la memoria, que no todo viene en los papeles, pero él lo ignora o le da igual. O las dos cosas a la vez. La obsesión de Cercas es que “la memoria se convirtió en un negocio” y España perdió “su última oportunidad” para que el Estado, con el dinero de todos, resarciera por completo a las víctimas. Según Cercas “los españoles éramos unos impostores de tomo y lomo. Esa ley no ha servido para nada salvo para réditos políticos”. De este caos solo nos librará, cómo no, la literatura, y la “buena historia”. O sea él y los historiadores que le gusten. Otro Trapiello. En sus contactos con Marco Cercas captó, según dice, que este era mucho mejor que los verdaderos deportados; todo el mundo se lo creía. Todo el mundo menos cuando se entraba en detalles. Entonces empezaban los problemas. Tuve oportunidad de coincidir con Antonio Pastor en un programa de Canal Sur y nunca salió del tópico. No obstante, para su desgracia, aunque se negara a aceptarlo, también fue descubierto por Bermejo y Checa. Pero la muerte de Pastor fue poco después del descubrimiento de la farsa e hizo que el asunto pasara pronto.
Cercas cree que escribe novela sin ficción: crónica, historia, biografía y autobiografía. A esto llama novela sin ficción.[2]  ¡Menudo gazpacho! Lo de Cercas se describe por lo negativo: no es simple crónica porque pretende ir más allá, no es historia porque no hay investigación de base alguna, tampoco hay biografía porque el autor tampoco ha investigado con ese fin y, finalmente, no es autobiografía porque no hay voluntad de tal cosa por parte del protagonista. Y añado yo: tampoco es novela. De serlo su autor se mostraría más humilde. Él quiere ser nada menos que Cervantes. El XIX se le queda corto. En todo caso sería una mezcla de Cervantes (libertad y pluralidad) y Flaubert (rigor geométrico). Vaya siempre la humildad por delante. Un periodista o un historiador no pueden recurrir a las conjeturas; un “novelista de no ficción sí”. Te puedes inventar lo que te dé la gana y no tienes ni que avisar. Sin duda, Marco es un personaje interesante pero, ¿no hubiera sido mejor hacer sobre él una simple biografía? ¿Se le queda corta a Cercas? ¿Acaso merece la pena perder el tiempo en una vulgar biografía? El problema es que una biografía lleva mucho trabajo. Donde pongas el invento ese de “la novela de no ficción” quita lo demás. Las novelas de Galdós eran magníficas, recurrió a situaciones y personajes reales, pero no dejaban de ser novelas. Pero era tan bueno que, cualquiera que conozca la historia del XIX, sabe que, aunque sus libros no sean de historia, constituyen una buena guía. ¿Acaso será menos por ser un “simple” novelista? Es posible que los protagonistas de “Las novelas de Torquemada” o el de “Miau” solo habitaran en la mente de Galdós. Da igual, sus novelas reflejan a la perfección el momento histórico que quería revelar. Pero mira por dónde Cercas lo supera.
Para Cercas “los testigos son fundamentales pero es un error creer que tienen la verdad absoluta. Un testigo es solo un testigo; sacralizarlo en un grave error”. De aquí extrae que todo fue una impostura, que luego la gente se inventó el pasado. El pasado era tan desagradable que nos inventamos otro. Si en la transición hubiéramos mirado el pasado con valentía… Para Cercas la memoria histórica se convirtió en una industria. No proporcionaba beneficios económicos sino morales, políticos y artísticos. El ejemplo de esto por lo visto es Marco. Necesitábamos que con el dinero de todos se asumiesen los gastos de sacar a todos los de las cunetas. Entonces, según Cercas, convertimos esto en una industria, en un negocio. Es decir que, más que los de la transición, los que fallamos fuimos nosotros. Culpar a la transición “me parece de un infantilismo bochornoso”. La transición fue una chapuza impresentable pero la prefiere “un millón de veces” a la otra chapuza, la de nuestros abuelos, que provocó una guerra de 500.000 muertos. Que solo fuera parte de los abuelos la que decidió a eliminar a la otra le da igual. Cercas volverá a Cervantes, a la “novela como género”. Marco viene a ser un Alonso Quijano. O sea que Marco es don Quijote y Cercas Cervantes con un toque de Flaubert. ¿Alguien da más? ¿Se pueden decir más barbaridades juntas?
Las teorías de Cercas, la defensa cerrada de la transición y el desprecio por la República lo incluyen de lleno dentro del grupo de la “tercera España”. Culpar “a los abuelos” de lo que fue un brutal golpe militar que acabó en guerra civil es propio de esta vía. Hacer pasar a las víctimas por culpables también. Es lo que hizo siempre el fascismo español y ahora los de la “tercera España”. Y si para eso hay que ocultar parte de la realidad, pues se oculta: en su biografía sobre Ridruejo Gracia se olvidó de contarnos la primera etapa, la fascista; otro ejemplo: cuando Trapiello habla de Chaves Nogales tiene buen cuidado de no mencionar a los periodistas que, militancia aparte, cumplieron su deber hasta el final por más que Madrid fuera una ciudad sitiada durante más de dos años, con lo que esto supone. Un factor común a esta gente (Cercas, Trapiello, Gracia, Molina…) es su odio a la “memoria histórica”. Cercas debe pensar que va camino del Nobel. Aunque quién sabe, hay tanta competencia: Muñoz, Trapiello, Eslava…
¿Para quién fue un negocio la transición? ¿Quién sacó beneficios morales, políticos y artísticos? Por lo pronto Cercas vendió, según quienes saben de estas cosas, más de un millón de ejemplares con Soldados de Salamina. Esto sí que es un gran negocio. Cervantes, Flaubert, Galdós, todos los de la “memoria histórica” y mucha gente que me ahorro de nombrar, lo envidiarían.  Que pregunte a Benito Bermejo y a Sandra Checa cuánto sacaron de su Memorial. ¿Qué hubiera sido de la novela sin Vargas Llosa y su artículo dominguero? Por otra parte no me deja de llamar la atención que la explicación en torno a que la “memoria histórica se convirtió en un negocio” nunca quedó clara en las entrevistas. Solo en Babelia, aunque el titular destaque que “la “memoria histórica” se ha vuelto una industria”, se lee luego que aunque “se convirtió en una industria, no proporcionaba beneficios económicos sino morales y políticos y artísticos también”. Un día antes, en El Diario, la cosa había quedado en que la “memoria histórica” se convirtió en un negocio. Y el ABC volvió a repetir lo mismo. Mi impresión es que, efectivamente, la “memoria histórica” para algunos fue un negocio. Sobre todo para ese grupo de “novelistas” que encontraron un filón que no imaginaban. Lo de los beneficios morales, políticos y artísticos nos lo debería explicar Cercas. La “memoria histórica” provocó un rechazo en el poder, en su acepción más amplia, del que Cercas debería enterarse. Lo que pasa es que si se enterara también cambiaría su opinión sobre el pasado reciente y tampoco hay que pedirle tanto a ver si se da cuenta de que ni es cronista, novelista, historiador, biógrafo y tantas otras cosas.[3] Finalmente una breve alusión a esa obsesión de Cercas por personajes falsarios, como Marco, o fascistas vocacionales como Sánchez Mazas. Este pertenece a la España más negra y carece de sentido alguno que un soldado republicano le salve la vida en aquel momento. Solo hubiera faltado que pusiera fin a la novela con la “Oración de Falange”, creada por Sánchez Mazas.[4]
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[1] EL testimonio de Sánchez Mazas que se recoge en “Caudillo” dice: “El día 30 de (..) me fusilaron con otros treinta compañeros. Sonaron las dos primeras ráfagas. Ni una bala me había tocado. Di un salto. Trepé por un camino descubierto. Caí en una hoya donde había un manantial. Me quedé quieto. Por un momento desistieron de la persecución. Oí los tiros de gracia. Poco después ordenaba el director de la prisión la batida del monte. Caía una lluvia torrencial y me fui guiando por los gusanos de luz para elegir alguna dirección. Durante tres días caminé por los bosques, mendigaba en sus masías. El día 8, por primera vez, volví a dar aquel “¡Arriba España!” que a mí me tocó crear para la Falange antigua o para la España futura. Allí me restituyo el servicio de España, de su caudillo victorioso, a la Hermandad de la Santa Falange”.
[2] Esto debe estar de moda. Hace poco (marzo 2015) escuché a Sánchez Dragó decir que la novela que ha escrito sobre Roldán, el ex director de la Guardia Civil que puso el PSOE, es una “novela de no ficción”. Desde luego el título es para enmarcarlo y muestra bien el nivel del autor: “La canción de Roldán. Crimen y castigo”.
[3] Las entrevistas consultadas son “El escritor Javier Cercas”, de Paula Corroto (El Diario, 13/11/14), “Entrevista con Javier Cercas”, Inés Martín Rodríguez (ABC, 14/11/14) y “Javier Cercas: la memoria histórica se ha vuelto una industria”, de Guillermo Altares (El País, Babelia, (15/11/14)./
[4] Como en el caso de Trapiello la cosa viene de atrás. En 1984 El País inicia una sección titulada “Volver a leer”. Veamos lo que dijo Cercas: “… por entonces se puso de moda entre los escritores españoles vindicar a los escritores falangistas. La cosa en realidad venía de antes, de cuando a mediados de los ochenta ciertas editoriales tan exquisitas como influyentes publicaron algún volumen de algún exquisito falangista olvidado, pero para cuando yo empecé a interesarme por Sánchez Mazas, en determinados círculos literarios ya se vindicaba a los buenos escritores falangistas, sino también a los del montón e incluso a los malos. Algunos ingenuos, como guardianes de la ortodoxia de izquierdas, y también algunos necios, denunciaron que vindicar a un escritor falangista era vindicar (o preparar el terreno para vindicar) el falangismo. La verdad era exactamente la contraria: vindicar a un escritor falangista era solo vindicar a un escritor; o más exactamente: era vindicarse a sí mismo como escritores vindicando a un buen escritor” (ver Becerra Mayor David, La guerra civil como moda literaria, Clave Intelectual, Madrid, 2015, pp. 218-219). Estamos ante lo que David Becerra ha llamado en esas mismas páginas “la redención fascista por la estética”. Sobre este asunto ver más en Espinosa Maestre F., “Literatura e historia. En torno a Manuel Chaves y la Tercera España”, en rev. Pasajes, Universidad de Valencia, nº 44, pp. 136-161.