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lunes, 16 de mayo de 2016

LITERATURA. "Carlos Fuentes y su novela póstuma..."

   En "El País":

Carlos Fuentes y su novela póstuma sobre Carlos Pizarro, líder guerrillero

'Aquiles o El guerrillero y el asesino', es el título de la obra del escritor mexicano en la que trabajó más de 20 años. EL PAÍS te avanza en primicia un capítulo de la novela

Carlos Pizarro, líder del M-19, envuelve su pistola en una bandera colombiana en el acto de entrega de armas del grupo guerrillero, en marzo de 1990.

Carlos Pizarro, líder del M-19, envuelve su pistola en una bandera colombiana en el acto de entrega de armas del grupo guerrillero, en marzo de 1990.  / REUTERS

“No mates, por favor”, fue la petición del padre, antes de que el hijo cogiera las armas y se echara al monte y luego a la ciudad con el sueño de cambiar la historia de Colombia.
“No mates”, insistió el padre militar a su hijo Carlos Pizarro Leongómez delante de sus cuatro hermanos que prometían seguirlo.
“Ríete de todo lo que te pido, llámame cobarde, anticuado, pero toma en serio esto: no mates”, suplicó el padre, por tercera vez. Pero el muchacho no hizo caso, afanado por cumplir su cita con el destino. Alborotó el avispero colombiano en los setenta y ochenta con la guerrilla urbana Movimiento 19 de abril (M-19). Su presencia fulgurante lo llevó con 38 años a cambiar las armas por la paz y los votos como candidato a la presidencia. Siete semanas después, el 26 de abril de 1990, un adolescente de 16 años, su misma edad cuando asomaron sus primeras ideas revolucionarias, lo mató en un avión.
Aquiles, lo llamó Carlos Fuentes. Aquiles o El guerrillero y el asesino tituló el escritor mexicano la historia de este hombre en la que estuvo inmerso más de 20 años. Un proyecto investigado a fondo; varias veces empezado en sus diferentes máquinas Olivetti; varias veces desechadas sus diferentes versiones. Nada le convencía. Ni estructura, ni enfoque, ni voz. Un desvelo para alguien sin miedo a experimentar, como lo hacía con otros libros que publicó entre medias y con obras imprescindibles como La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra nostra o La Silla del Águila. Fuentes parecía devorado por la vorágine de la propia historia de Pizarro y de Colombia… Hasta que halló el feliz mecanismo que lo llevaría a escribir una de sus mejores novelas de los últimos tiempos, aunque no alcanzó a revisarla y la dejó con muchas anotaciones e indicaciones de cómo armarla. Murió el 15 de mayo de 2012. Tenía 83 años, los números invertidos de la edad de su Aquiles.


Carlos Fuentes, en Cartagena de Indias, en 2011. Daniel Mordzinski


“Fuentes no quiso entregar el manuscrito mientras el conflicto armado más antiguo de América Latina no llegara a su fin”, cuenta Silvia Lemus, viuda del autor, en el prólogo del libro. Lemus lo ha entregado ahora, siguiendo el deseo de Fuentes porque “coincide con la que parece ser la última negociación entre la guerrilla y el gobierno colombiano: la hora de la verdad, el fin de las cuentas pendientes, el comienzo de la paz”. La novela, que se publicará este jueves, 19 de mayo, en España y América Latina, sale bajo el sello de Alfaguara y el Fondo de Cultura Económica, con edición de Julio Ortega. Es el testamento de un autor que, explica el experto, “nunca escribió dos libros iguales". "Pero esta novela descubre el tema central de toda su obra: el hombre enfrentado a su destino, en lucha entre la voluntad y la fortuna, cuyo sacrificio es el altísimo precio que demanda una historia que no logra hacer la paz consigo misma”.
Fuentes desanda los pasos que condujeron al destino trágico de su Aquiles. Encuentra el camino cuando él mismo entra en esa historia y se convierte en testigo de los últimos minutos de Pizarro en el avión que lo llevaba de Bogotá a Barranquilla, aquel jueves soleado de abril. Su voz, como pocas veces lo hizo en sus libros, adquiere un tono entre lírico, confidencial y épico para contar el lado más personal que político del guerrillero, a la vez que deambula por la historia de Colombia y sobrevuela la de América Latina. Esa voz revelada en la novela es la suma de las voces de familiares, amigos, testigos y noticias de prensa, radio y televisión durante más de 20 años sobre la vida del guerrillero colombiano que tanto le conmovió.
La historia está situada en algún lugar entre la realidad y la imaginación, entre el sueño y la pesadilla. La novela es un híbrido de géneros literarios, crónica, cuento, lírica, ensayo, monólogo, reflexión. “Convierte a sus personajes en lenguaje, dialoga con el lector”, afirma Ortega. “Donde la historia resuelve el luto civil, y donde la lectura busca hacer sentido para que los héroes no abandonen el lenguaje y sigan actualizando sus demandas”. El resultado es una mezcla de fábula y alegoría llena de simbolismo sobre el curso de la vida de Carlos Pizarro, mientras se cruzan pasajes históricos de la violencia de Colombia como ánimas en pena.
Si Pizarro es Aquiles, otros tres comandantes guerrilleros del M-19 asumen aquí nombres de héroes homéricos salidos del polvo del campo de batalla de Troya: Jaime Bateman, uno de los fundadores, es Diomedes; Álvaro Fayad, cofundador, es Pelayo; e Iván Marino Ospina, fundador, es Cástor.
Y Fuentes hace las veces de Hermes. No salda cuentas, es notario, relata, describe. No justifica por qué se hicieron guerrilleros, ni por qué crearon dolor amparados en el sueño del cambio, pero da los argumentos de ellos. Esboza un retrato de la realidad colombiana sembrada de injusticias de toda calaña, esparcida de enemigos agazapados de la paz y contaminada de una “corrupción que como el espíritu santo está en todas partes, pero nadie la ve”.

Claroscuros de un héroe

Este Hermes muestra lo que hay dentro de la coraza de esos hombres, lo que protege las manos que agarran en una el escudo y en otra la espada. Retrata los claroscuros y pliegues de esos “héroes por fuera, niños por dentro” y el aliento revolucionario en sus mentes a costa de muchas cosas al margen de la ley.
En la novela no aparece la parte más política ni del arrepentimiento por asuntos como el secuestro de la Embajada de República Dominicana, en 1980; ni de la toma del Palacio de Justicia en 1985 (con 43 civiles, nueve magistrados de la Corte Suprema de Justicia, 11 soldados y 33 combatientes muertos y 11 desaparecidos y un edificio en llamas). ¿Por qué? “La lógica de la novela renuncia al juicio de la historia tanto como a la agonía de las cuentas pendientes”, explica Ortega. Y añade: “La tragedia convoca, más bien, la piedad que restañe las heridas”. A cambio, la novela es, también, el testamento sentimental y crítico de Fuentes sobre América Latina.
Laura Restrepo, la autora colombiana que lo conoció, dice en el prólogo del libro de cartas De su puño y letra, publicado por una hija del guerrillero, María José: “¿Se equivocó Pizarro en su vocación guerrera, superó sus posibles desvíos al convertirse hacia el final de sus días en adalid de paz, o por el contrario, marcaba el guerrero el ritmo del futuro, y fue el hombre de paz el que apagó la llama? Puede ser. Tanto lo uno como lo otro. La convulsa marea de la Historia no se deja juzgar. Pero aquí lo extraordinario, lo que queda alumbrado con luz sobrenatural, es que en seres como Carlos Pizarro las contradicciones se entreveran para crear leyenda. En él se reproduce una vez más la parábola del héroe clásico”. Restrepo recuerda que “Pizarro solía decir que él, como el coronel Aureliano Buendía, había peleado cien batallas y no había ganado ninguna. Podría decirse más bien que supo caminar de derrota en derrota hasta la victoria final. ¿Pero cuál victoria, para cuándo, a favor de quién y contra quién? Difícil saberlo en tiempos como estos, desdibujados y apáticos”.
Aquella mañana del 26 de abril de 1990, cuando todo parecía recomponerse, el tiempo se detuvo en Colombia. Por cuarta vez en los últimos tres años, por lo nunca visto: cuatro candidatos a la presidencia asesinados: Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Luis Carlos Galán Sarmiento y este guerrillero que quiso ser Aquiles. En la hora de Pizarro, Colombia estaba en el vórtice de la violencia infernal creada por las diferentes guerrillas, los paramilitares, el narcotráfico, el narcoterrorismo, la delincuencia común y la corrupción política. Incluso algunos policías y militares habrían estado involucrados en el asesinato del líder guerrillero.
Antonio Navarro Wolff, uno de los compañeros de batallas e ideales de Pizarro y que lo sucedió como candidato a la presidencia y actual senador de la República, asegura que "fue un formidable comandante militar y al mismo tiempo un romántico incorregible. Vio primero que nadie la necesidad de firmar la paz en la América Latina contemporánea y condujo a nuestra organización, el M-19, a la firma de ese primer acuerdo el 9 de marzo de 1990. Además, tenía una manera de hablar muy especial. Cuando se firmó la paz dijo que era 'para que la vida no fuera asesinada en primavera', pero no pudo evitar que eso le pasara a él. Lo mataron 46 días después de que juntos firmáramos ese pionero acuerdo de paz".
Todo eso conmovió a Fuentes. El rumbo inevitable de un sino. Su historia, dice Julio Ortega, formaba parte de una trilogía titulada Crónicas de Nuestro Tiempo, que integraban Diana o La cazadora solitaria (sobre las ilusiones y desilusiones de los años 60), Prometeo o el precio de la libertad (sobre un estudiante de Chiloé torturado y asesinado que no llegó a escribirse) y Aquiles... Era el tomo 15 de toda su biblioteca organizada bajo el nombre de La Edad del Tiempo que tenía como colofón este Aquiles o El guerrillero y el asesino narrada en un tiempo sin tiempo. No hay horas, no hay días; solo acciones, solo hechos, solo sueños, solo deseos, solo discusiones, solo promesas, solo preguntas, solo súplicas, como las del padre: “No mates”.
En Colombia hay un dicho que dice que nadie se muere la víspera. Carlos Fuentes lo confirma al desandar la vida del hijo de un militar y una profesora, conocido como el Comandante Papito, que tras hacer caso a la súplica de su padre de no matar, después de varios años, el destino lo encontró en un niño que mataba para vivir.

lunes, 26 de noviembre de 2012

LITERATURA. 1962: año grande para la literatura hispanoamericana (6). "Aura", de Carlos Fuentes



PRINCIPIO DE LA NOVELA:

   LEES ESE ANUNCIO: UNA OFERTA DE ESA NATURALEZA no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de té que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato. Tú releerás. Se solicita historiador joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial. Capaz de desempeñar labores de secretario. Juventud, conocimiento del francés, preferible si ha vivido en Francia algún tiempo. Tres mil pesos mensuales, comida y recámara cómoda, asoleada, apropiada estudio. Solo falta tu nombre. Solo falta que las letras más negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, historiador cargado de datos inútiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyeras eso, sospecharías, lo tomarías a broma. Donceles 815. Acuda en persona. No hay teléfono.
   Recoges tu portafolio y dejas la propina. Piensas que otro historiador joven, en condiciones semejantes a las tuyas, ya ha leído ese mismo aviso, tornado la delantera, ocupado el puesto. Tratas de olvidar mientras caminas a la esquina. Esperas el autobús, enciendes un cigarrillo, repites en silencio las fechas que debes memorizar para que esos niños amodorrados te respeten. Tienes que prepararte. El autobús se acerca y tú estás observando las puntas de tus zapatos negros. Tienes que prepararte. Metes la mano en el bolsillo, juegas con las monedas de cobre, por fin escoges treinta centavos, los aprietas con el puño y alargas el brazo para tomar firmemente el barrote de hierro del camión que nunca se detiene, saltar, abrirte paso, pagar los treinta centavos, acomodarte difícilmente entre los pasajeros apretujados que viajan de pie, apoyar tu mano derecha en el pasamanos, apretar el portafolio contra el costado y colocar distraídamente la mano izquierda sobre la bolsa trasera del pantalón, donde guardas los billetes.
   Vivirás ese día, idéntico a los demás, y no volverás a recordarlo sino al día siguiente, cuando te sientes de nuevo en la mesa del cafetín, pidas el desayuno y abras el periódico. Al llegar a la página de anuncios, allí estarán, otra vez, esas letras destacadas: historiador joven. Nadie acudió ayer. Leerás el anuncio. Te detendrás en el último renglón: cuatro mil pesos.
   Te sorprenderá imaginar que alguien vive en la calle de Donceles. Siempre has creído que en el viejo centro de la ciudad no vive nadie. Caminas con lentitud, tratando de distinguir el número 815 en este conglomerado de viejos palacios coloniales convertidos en talleres de reparación, relojerías, tiendas de zapatos y expendios de aguas frescas. Las nomenclaturas han sido revisadas, superpuestas, con-fundidas. El 13 junto al 200, el antiguo azulejo numerado «47» encima de la nueva advertencia pintada con tiza: ahora 924. Levantarás la mirada a los segundos pisos: allí nada cambia. Las sinfonolas no perturban, las luces de mercurio no iluminan, las baratijas expuestas no adornan ese segundo rostro de los edificios. Unidad del tezontle, los nichos con sus santos truncos coronados de palomas, la piedra labrada de barroco mexicano, los balcones de celosía, las troneras y los canales de lamina, las gárgolas de arenisca. Las ventanas ensombrecidas por largas cortinas verdosas: esa ventana de la cual se retira alguien en cuanto tú la miras, miras la portada de vides caprichosas, bajas la mirada al zaguán despintado y descubres 815, antes 69.
   Tocas en vano con esa manija, esa cabeza de perro en cobre, gastada, sin relieves: semejante a la cabeza de un feto canino en los museos de ciencias naturales. Imaginas que el perro te sonríe y sueltas su contacto helado. La puerta cede al empuje levísimo de tus dedos, y antes de entrar miras por última vez sobre tu hombro, frunces el ceño porque la larga fila detenida de camiones y autos gruñe, pita, suelta el humo insano de su prisa. Tratas, inútilmente de retener una sola imagen de ese mundo exterior indiferenciado.
   Cierras el zaguán detrás de ti e intentas penetrar la oscuridad de ese callejón techado — patio, porque puedes oler el musgo, la humedad de las plantas, las raíces podridas, el perfume adormecedor y espeso—. Buscas en vano una luz que te guíe. Buscas la caja de fósforos en la bolsa de tu saco pero esa voz aguda y cascada te advierte desde lejos:
—No... no es necesario. Le ruego. Camine trece pasos hacia el frente y encontrará la escalera a su derecha. Suba, por favor. Son veintidós escalones. Cuéntelos. Ahí.
   Trece. Derecha. Veintidós.
   El olor de la humedad, de las plantas podridas, te envolverá mientras marcas tus pasos, primero sobre las baldosas de piedra, enseguida sobre esa madera crujiente, fofa por la humedad y el encierro. Cuentas en voz baja hasta veintidós y te detienes, con la caja de fósforos entre las manos, el portafolio apretado contra las costillas. Tocas esa puerta que huele a pino viejo y húmedo; buscas una manija; terminas por empujar y sentir, ahora, un tapete bajo tus pies. Un tapete delgado, mal extendido, que te hará tropezar y darte cuenta de la nueva luz, grisácea y filtrada, que ilumina ciertos contornos.

   UNA RESEÑA.

viernes, 23 de noviembre de 2012

LITERATURA. 1962: año grande para la literatura hispanoamericana (5). "La muerte de Artemio Cruz", de Carlos Fuentes



COMIENZO DE LA NOVELA:

   Yo despierto... Me despierta el contacto de ese objeto frío con el miembro. No sabía que a veces se puede orinar involuntariamente. Permanezco con los ojos cerrados. Las voces más cercanas no se escuchan. Si abro los ojos, ¿podré escucharlas?... Pero los párpados me pesan: dos plomos, cobres en la lengua, martillos en el oído, una... una como plata oxidada en la respiración. Metálico, todo esto. Mineral, otra vez. Orino sin saberlo. Quizá —he estado inconsciente, recuerdo con un sobresalto— durante esas horas comí sin saberlo. Porque apenas clareaba cuando alargué la mano y arrojé —también sin quererlo— el teléfono al piso y quedé boca abajo sobre el lecho, con mis brazos colgando: un hormigueo por las venas de la muñeca. Ahora despierto, pero no quiero abrir los ojos. Aunque no quiera: algo brilla con insistencia cerca de mi rostro. Algo que se reproduce detrás de mis párpados cerrados en una fuga de luces negras y círculos azules. Contraigo los músculos de la cara, abro el ojo derecho y lo veo reflejado en las incrustaciones de vidrio de una bolsa de mujer. Soy esto. Soy esto. Soy este viejo con las facciones partidas por los cuadros desiguales del vidrio. Soy este ojo. Soy este ojo. Soy este ojo surcado por las raíces de una cólera acumulada, vieja, olvidada, siempre actual. Soy este ojo abultado y verde entre los párpados. Párpados. Párpados. Párpados aceitosos. Soy esta nariz. Esta nariz. Esta nariz. Quebrada. De anchas ventanas. Soy estos pómulos. Pómulos. Donde nace la barba cana. Nace. Mueca. Mueca. Mueca. Soy esta mueca que nada tiene que ver con la vejez o el dolor. Mueca. Con los colmillos ennegrecidos por el tabaco. Tabaco. Tabaco. El vahovahovaho de mi respiración opaca los cristales y una mano retira la bolsa de la mesa de noche.
—Mire, doctor: se está haciendo...
—Señor Cruz...
—¡Hasta en la hora de la muerte debía engañarnos!
   No quiero hablar. Tengo la boca llena de centavos viejos, de ese sabor. Pero abro los ojos un poco y entre las pestañas distingo a las dos mujeres, al médico que huele a cosas asépticas: de sus manos sudorosas, que ahora palpan debajo de la camisa mi pecho, asciende un pasmo de alcohol ventilado. Trato de retirar esa mano.
—Vamos, señor Cruz, vamos...
   No, no no voy a abrir los labios: o esa línea arrugada, sin labios, en el reflejo del vidrio. Mantendré los brazos alargados sobre las sábanas. Las cobijas me llegan hasta el vientre. El estómago... ah... y las piernas permanecen abiertas, con ese artefacto frío entre los muslos. Y el pecho sigue dormido, con el mismo hormigueo sordo que siento... que... que sentía cuando pasaba mucho tiempo sentado en un cine. Mala circulación, eso es. Nada más. Nada más. Nada más grave. Hay que pensar en el cuerpo. Agota pensar en el cuerpo. El propio cuerpo. El cuerpo unido. Cansa. No se piensa. Está. Pienso, testigo. Soy, cuerpo. Queda. Se va... se va... se disuelve en esta fuga de nervios y escamas, de celdas y glóbulos dispersos. Mi cuerpo, en el que este médico mete sus dedos. Miedo. Siento el miedo de pensar en mi propio cuerpo. ¿Y el rostro? Teresa ha retirado la bolsa que lo reflejaba. Trato de recordarlo en el reflejo; era un rostro roto en vidrios sin simetría, con el ojo muy cerca de la oreja y muy lejos de su par, con la mueca distribuida en tres espejos circulantes. Me corre el sudor por la frente. Cierro otra vez los ojos y pido, pido que mi rostro y mi cuerpo me sean devueltos. Pido, pero siento esa mano que me acaricia y quisiera desprenderme de su tacto, pero carezco de fuerzas.
—¿Te sientes mejor?
   No la veo a ella. No veo a Catalina. Veo más lejos. Teresa está sentada en el sillón. Tiene un periódico abierto entre las manos. Mi periódico. Es Teresa, pero tiene el rostro escondido detrás de las hojas abiertas.

   UN ANÁLISIS DE LA NOVELA.

lunes, 21 de mayo de 2012

PRENSA CULTURAL. "Las últimas palabras de Fuentes"

Un mural con el rostro de Carlos Fuentes / GETTY IMAGES. ("El País")

   En "El País":
Las últimas palabras de Fuentes
   ‘Federico en su balcón’ es uno de los dos libros póstumos del escritor mexicano.
   EL PAÍS avanza el comienzo de la novela donde salda cuentas con Nietzsche.

Winston Manrique Sabogal 20 MAY 2012

   Sesenta y seis. Esos son los años que estuvo atrapado Carlos Fuentes por la verdadera pasión de la literatura. Sesenta y seis años que hay entre el descubrimiento que hizo de El conde de Montecristo, a la edad de 17 años, y la escritura de sus dos últimos libros: Personas y Federico en su balcón que dejó a los 83 años, antes de morir el 15 de mayo. El primero son unas memorias sobre los personajes que conoció y el segundo una novela en la que salda cuentas con Nietzsche.
   No es solo el legado póstumo de uno de los escritores e intelectuales más relevantes del mundo hispanohablante del último medio siglo. “El significado de Federico en su balcón”, explica Pilar Reyes, editora de Alfaguara que publicará la novela a finales de año, “es que Fuentes nunca pensó que fuera el último. Pero ahora cobra una gran dimensión simbólica. Resume dos aspectos: el Fuentes ciudadano y el literario e intelectual. Es una reflexión sobre el poder y la decisión moral en las pequeñas cosas de la vida. Una especie de combate entre lo público o el poder que incide en la vida de todos y las decisiones pequeñas y privadas”.
   La novela empieza envuelta en la luz donde se encuentran la noche y el día, una “aurora lenta y despiadada”. Lo vive Dante Loredano, trasunto de Fuentes, que ve cómo en el balcón de al lado un hombre mira la noche “con un vasto sentimiento de ausencia”. Asomado a esa calle literaria de una ciudad que afronta una revolución social contra la oligarquía del poder económico y social, Carlos Fuentes traza el círculo de su vida.

Federico en su balcón
Carlos Fuentes
                    A VALENTÍN FUSTER, MÉDICO.

                   I De la paz el arcángel divino
                                 Federico (1)

   Lo conocí por casualidad. Era una noche más que caliente, pegajosa, enojosa, inquieta. Una de esas noches que no alivian el calor del día, sino que lo aumentan. Como si el día acumulase, hora tras hora, su propia temperatura sólo para soltarla, toda junta, al morir la tarde, entregársela, como una novia plomiza y mancillada, a la larga noche.
   Salí de mi cuarto sin ventilación, esperando que el balcón me acordase un mínimo de frescura. Nada. La noche externa era más oscura que la interna. A pesar de todo, me dije, estar al aire libre pasada la medianoche es, acaso psicológicamente, más amable que encontrarse encerrado sobre una cama húmeda con el espectro de mi propio sudor; una almohada arrojada al piso; muebles de invierno; tapetes ralos; paredes cubiertas de un papel risible, pues mostraba escenas de Navidad y un Santaclós muerto de risa. No había baño. Una bacinica sonriente, un aguamanil con jarrón de agua –vacío–. Toallas viejas. Un jabón con grietas arrugado por los años.
   Y el balcón.
   Salí decidido a recibir un aire, si no fresco, al menos distinto del horno inmóvil de la recámara.
   Salí y me distraje.
   Y es que en el balcón de al lado, un hombre se apoyaba en el barandal y miraba intensamente a la gran avenida, despoblada a esta hora. Lo miré, con menos intensidad que su visión nocturna. No me devolvió la mirada ¿Quién sabe? Unas espesas cejas caían sobre sus párpados. ¿Qué decía? Unos bigotes largos y tupidos ocultaban su boca. Sólo que entre ambos –cejas, bigote– aparecía una desnudez que al principio juzgué impúdica, como si el solo hecho de ser áreas limpias las hiciese tan desnudas como un par de nalgas al aire. Lo limpio de ese rostro cubierto de cejas y bigotes conducía a una idea perversa de lo lampiño como lo impuro, sólo por ser distinto de la norma, pues la abundancia de cejas y bigote parecían, en este hombre, ser la regla.
   Sólo que al verlo allí, en el balcón vecino, mirando a la noche con un vasto sentimiento de ausencia, sentí que mi primera impresión, como toda primera impresión, era falsa. Aún más: yo difamaba a este hombre; lo difamaba porque me atrevía a caracterizarlo sin conocerlo. Deducía de un par de signos externos lo que el hombre interno era. Mi vecino. ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era su ocupación? ¿Su estado civil? ¿Casado, soltero, viudo? ¿Tenía hijos? ¿Tenía amantes? ¿Qué lengua era la suya? ¿Qué había hecho para ser memorable? ¿O se resignaba, como la mayoría de todos, al olvido? ¿Se dejaba llevar por un cómodo anonimato de la cuna a la tumba, sin ninguna pretensión de durar o ser recordado? ¿O era este ser humano, mi vecino, portador de una vida secreta, valiosa por ser secreta, no manoseable por el mundo? ¿Una vida propia vestida de anonimato pero portadora, en su seno, de algo tan precioso, que mostrarlo lo disolvería?
   Pensaba en mi vecino. En realidad, pensaba en mí mismo. Si estas preguntas venían a mi ánimo, ¿se referían al pensativo y ausente vecino? ¿O eran las preguntas sobre mí mismo que me hacía a mí mismo? Y de ser así, ¿por qué ahora, sólo ahora, en la distante compañía del hombre próximo, me hacía preguntas sobre él que en verdad era una manera de cuestionarme a mí mismo?
   Mis preguntas fueron sorprendidas por el amanecer. De la noche que evadí en mi recámara, salí a una aurora que duraba más en mi memoria que en mi imaginación. ¿Era más breve que mi recuerdo? ¿Era más duradera que mi imaginación? Hubiese querido comunicarle estas preguntas, que no tenían respuesta solitaria, a mi vecino. La luz se avecinaba. Precedía al día. No lo aseguraba. Tuve, por un instante, la sensación de vivir un amanecer interminable en el que ni la noche ni el día volvían a manifestarse. Sólo ocurría esta incierta hora, que yo sabía pasajera, convertida en eternidad.
   La jornada se avecinaba, renovada y ajena a nosotros. Vivos o muertos, estuviésemos o no aquí, despoblada la tierra y suficiente a su retorno eterno. Nada en el mundo salvo el mundo mismo. Ignoro si la tierra dejada a su propio circular, pensaría en sí misma, sabría que era “tierra”, entendería que era parte de un sistema planetario, y si el universo mismo dudaría entre ser infinito, idea inconcebible, sin principio ni fin. Otra realidad. La realidad.
   Que en este momento era yo con mi vecino el bigotón, mirando el amanecer.
   El eterno amanecer. La noción me llenó de pavor. Si el día no llegaba aunque la noche hubiese terminado, ¿en qué limbo de las horas quedaríamos suspensos para siempre? Quedaríamos. Mi vecino y yo. Quise adivinar su mirada, imprevisible debajo de las tupidas cejas. ¿Cerraba los ojos, dormitaba acaso, ajeno a mi presencia aguda aunque inquisitiva? O miraba, como yo, esta aurora lenta y despiadada. Sin piedad: ajena a nuestras vidas. Desinteresada en nuestra necesidad de contar con noche y día a fin de arreglar… ¿Qué cosa? ¿Necesitamos de verdad día y noche para despertar o asearnos, desayunar, salir al trabajo, frecuentar colegas y amigos, almorzar por segunda vez, leer, mirar al mundo, tener amores físicos, cenar, dormir? La vuelta impenitente –imperturbable– de nuestras vidas, dictada por un ciclo en todo ajeno a nuestros propósitos, en todo indiferente a nuestras actividades (o falta de ellas).
   ¿Tendría, yo, el valor de despojarme de horarios, funciones, deseos y someterme a un amanecer sin fin que me liberase de cualquier ocupación? Quizás así sería el paraíso: una aurora interminable que nos eximiese de toda obligación. Aunque, mirando al hombre silencioso en el balcón de al lado, imaginé que así, también, sería el infierno: un amanecer jamás concluido. Liberación. O esclavitud. Vivir para siempre en el amanecer del mundo. Cautiverio. O liberación. Ser un ave que sólo vive un día. O un águila eterna que vuela sin destino buscando lo que ya no existe: el día para volar, la noche para desaparecer. Ni siquiera un meteoro, a esta hora temprana, para hacernos creer que todo, muy pronto, se moverá…
   Él me miró desde su balcón. Medio metro entre el suyo y el mío.
   Me miró como se puede mirar a un extraño. Descubriendo, de súbito, a un reconocido. Quiero decir que el hombre mi vecino me miró primero como a un desconocido. Enseguida, descubrió una semejanza. Sus ojos me dijeron que si no me conocía, reconocía en mí una identidad olvidada. Yo hice un esfuerzo, no demasiado penoso.
   ¿Dónde había visto antes a este hombre?
   ¿Por qué me parecía tan familiar este desconocido? ¿Tan reconocible, por lo visto, como yo a él?
   ¿Ya leíste la prensa? –me preguntó de repente–.
   No –le contesté, un poco sorprendido por el tuteo más que por la pregunta misma–.
   Aarón Azar –dijo entonces, como si recordase lo previsible–.
   ¿Qué…? –exclamé o pregunté, no sé…–.
   ¿Lo mataron? ¿Logró huir? ¿Está escondido? ¿Lo escondieron? –las preguntas de mi vecino se disparaban como balas–.
   No sé… –fue mi débil excusa–.
   Por lo menos, ¿sabes si Dios ha muerto? –concluyó antes de retirarse del balcón–. ¿Qué sabes?
   Nada ¿Cómo te llamas?
   Federico. Federico Nietzsche.

PRENSA CULTURAL. "Una autobiografía literaria (de Carlos Fuentes) en diez libros", reportaje

Carlos Fuentes

   En "El País":
Una autobiografía literaria en diez libros
   Carlos Fuentes evocó, el verano pasado, su trayectoria personal y creativa en un recorrido por sus libros más emblemáticos.


Winston Manrique Sabogal 16 MAY 2012
 
   A los 11 años, Carlos Fuentes recibió el premio del Instituto Nacional de Chile, en Santiago. Para entonces ya había escrito pequeños ensayos, cosas breves y, cuando tenía 18 años, participó en su escuela de México en un concurso de literatura. Ganó el primero, el segundo y el tercer premio. “Así decidí que mi destino estaba hecho. Y el de mis amigos también, porque se dedicaron a la política, no teníamos otra salida”, dijo mientras subía las cejas con risa burlona en la playa de Formentor, en Mallorca, donde el verano pasado recibió el Premio 'Formentor de las Letras'. Allí desandó sus 82 años de vida por medio mundo. Gracias, primero, a la labor diplomática de su padre y después a los caminos por los cuales lo reclamó su propio éxito literario, hasta convertirlo en uno de los autores e intelectuales hispanohablantes clave de la segunda mitad del siglo XX y XXI y uno de los pilares del boom latinoamericano junto a Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. Allí, a orillas del Mediterráneo, trazó su arco personal y literario y evocó algunos de sus libros.
 
   ‘LA REGIÓN MÁS TRANSPARENTE’
   México habla al escritor (1958)
   “Pertenecía yo a una tradición, era muy amigo de Rulfo. Admiraba mucho su obra y me parecía que El llano en llamas y Pedro Páramo eran obras definitivas que cerraban un capítulo de estilo, de temática; y quedaba otra parte de la ciudad que no estaba escrita. Yo viví mucho la ciudad: fui muy parrandero, iba a cabarets, a burdeles, a los bailes, conocía mucho a la gente. Salía con Salvador Elizondo, éramos compañeros de parranda, y él se admiraba de mí y, a veces, cuando estábamos en alguno de estos sitios, me decía: ‘¿Por qué mejor no ves a las muchachas en lugar de estar tomando notas?’. Pero yo lo hacía, sin saberlo, para La región más transparente. De manera que cuando me senté a escribir la novela tenía una cantidad de elementos ya guardados inmensa, y la ciudad misma que estaba clamando por ser escrita. Yo sentía eso, que la ciudad me gritaba: ‘¡Escríbeme, por favor!, ¡Escríbeme, ¿por qué nadie me escribe?!’. Cuando salió decían que esa novela no valía la pena”, recordaba Carlos Fuentes. Así surgió una gran novela urbana cuyos retratos siguen vigentes.
 
   ‘AURA’
   La luz y Maria Callas (1962)
   “Estando en casa de una amiga en París vi que ella salía de la recámara y al pasar por el tragaluz, ella, de tan solo 20 años, se transformó en una vieja por la luz que le cayó de repente. Así nació Aura, que escribí en cinco días en un café de París en 1962. Creyendo, como puede uno creer, que la obra era muy original, que no tenía antecedentes, la verdad es que no es así. Uno de ellos lo recordé más tarde, cuando vi en México, en los años cincuenta, La Traviata con María Callas. Ella hacía algo extraordinario al final de la ópera; mientras todas las sopranos echan el Do de pecho y se despiden con un aria enorme, María Callas no. Ella iba apagándose como una llama y cantando más levemente. Se apagaba la voz, se apagaba la vida. Eso me impresionó, y tiene que ver con Aura”. Esa historia de la joven que vive con su tía anciana y viuda y que Felipe Montero quiere liberar hasta que en su empeño entra en la confusión de la realidad.
 
   ‘LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ’
   Pasado, presente y futuro (1962)
   “Entre tanto escribí La muerte de Artemio Cruz, que me faltaba como novela de mí país, de la revolución mexicana. Pero también era yo muy consciente del antecedente realista de otros autores españoles y pensé en la manera de darle otra forma a esta novela. Imaginé que habría tres personas que la contaban: un moribundo Artemio Cruz, en primera persona; la conciencia de Artemio Cruz, en segunda persona; y la vida de Artemio Cruz, en tercera persona. Presente, pasado y futuro”. Con esta novela empezó a adentrarse en la historia, el pasado mexicano, que sería uno de sus pilares literarios.
 
   ‘CAMBIO DE PIEL’
   Para Julio Cortázar (1967)
   “Empezado los años sesenta iba muy bien, pero fue muy problemático porque uno no espera a los 30 años tener tanto éxito. Eso es antes de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Entonces sí tenía nervios, dudas, desorientaciones. Publiqué en 1967 Zona sagrada y Cambio de piel, pero no me sentía a gusto en mi propia piel”. La escribe y la dedica a Julio Cortázar, cuyo mundo late en sus páginas. Cholula es el pueblo mexicano en el que cuatro personas, que iban rumbo a Veracruz en un coche, desvelarán sus personalidades. De nuevo, las sombras de la historia, pero aquí en lo personal, sobre todo de Javier, que sacrificó sus sueños políticos e intelectuales por el amor.
 
   ‘TERRA NOSTRA’
   Un proyecto de 10 años (1975)
   “No me sentí bien en mi propia piel y me preguntaba: 'Después de este éxito qué voy a hacer yo ahora? ¿Acaso voy a ser de esos escritores que escriben dos libros y se quedan en silencio, como Rulfo, o acaso voy a tener una existencia literaria más larga? No lo sabía. Entonces me embarqué en un proyecto literario que duró diez años: Terra nostra. Eso me dio aliento para seguir. Es una novela en la que tuve que investigar a fondo la época. Iba escribiendo poco a poco y la novela iba creciendo como una planta, como un arbolote. La terminé un año nuevo en Washington. Para muchos de mis lectores es mi mejor novela. Es para una minoría, no es una novela popular, de ninguna manera”. Es su obra más experimental. Trata del poder trasplantado de la corona española a sus colonias y para eso se remonta a los orígenes.
 
   ‘GRINGO VIEJO’
   Un cruce de fronteras (1985)
   “Es un continuo cruce de fronteras en toda clase de ámbitos”, decía de Gringo viejo. La vida del periodista y escritor Ambrose Bierce, que un día cruza la frontera mexicana y busca unirse a las tropas de Pancho Villa, le sirve para decir que la vida no es una línea recta, y que no es solo el factor político el que determina destinos.
 
   ‘EL ESPEJO ENTERRADO’
   La edad del tiempo (1992)
   La historia, el tiempo, la memoria y la imaginación están imbricadas en sus narraciones. Pero, ¿en qué momento reflexionó sobre eso?: “Fue a comienzo de los años ochenta. Era un momento blanco. No había más que nieve alrededor mío. No podía ni salir a la calle. Estaba muy encerrado y pensaba en el trópico, en las palmeras, en el mar. Y también en mi obra, entonces pensé en darle un título general y un orden. De ahí salió el nombre de todo mi ciclo literario: La edad del tiempo”. Entonces surge El espejo enterrado. De nuevo las relaciones entre España y América. El mirar atrás. La búsqueda de identidad de una metamorfosis continua. Un ensayo pormenorizado desde el punto de vista sociocultural. Un mundo que es ahijado de la tragedia de una vida utópica y real al tiempo.
 
   ‘LOS AÑOS CON LAURA DÍAZ’
   La mirada de la mujer (1999)
   “Las mejores novelistas del mundo son nuestras abuelas y a ellas, en primer lugar, les debo la memoria en que se funda esta novela”, escribe. Es la reivindicación femenina en la historia de México. Narra de manera paralela la historia de una mujer y la de su país durante una centuria: de 1868 a 1968. Independencias, guerras, revoluciones, guerras cristeras, PRI, modernidad… y los conflictos del mundo.
 
   ‘LA SILLA DEL ÁGUILA’
   México, el enigma (2003)
   “México es un enigma para mí. Un país que se desborda y al que he buscado, tratado de entenderlo desde sus orígenes pero una de las respuestas y señas de identidad es que todo siempre se complica”. Y aquí lo hizo a través de una obra de corrupción política y de la ambición desmadrada que parecen sostener a toda una sociedad.
 
   ‘ADÁN EN EDÉN’
   La última cruzada (2009)
   Es el comienzo de la última cruzada de Carlos Fuentes por radiografiar, descifrar y denunciar los males de la sociedad de su país: el narcotráfico y su capacidad para pudrir el tejido social.

PRENSA CULTURAL. "Carlos Fuentes: la pasión diaria", por Ángeles Mastretta

Carlos Fuentes

   En "El País":
Carlos Fuentes: la pasión diaria


ÁNGELES MASTRETTA 16 MAY 2012
 
   Siempre me asombró Carlos Fuentes. Libre, inteligente, apasionado. Yendo de un lado a otro, acompañando hasta que para todos nombrarlo era un talismán y andar cerca contagiarse de su fervor por la literatura.
   ¿Cuántos personajes de los creados por la imaginación aventurera y despiadada de Carlos Fuentes se han vuelto parte de la imaginación colectiva?
   Al cabo de leer uno de sus libros se aparecían en sueños sus mujeres desbordadas, sus hombres incandescentes.
   Las mujeres y los hombres. El paisaje, las casas, los patios, los caminos, el polvo y los amores de cada una las historias que hacían sus libros, siempre se acomodan en nuestro ánimo y nuestra memoria.
   Pero no sólo el polvo y el aire de México, no sólo muchos de sus hombres y mujeres, no sólo su idioma, sus palabras vertiginosas, son personajes inolvidables, sino Fuentes mismo, el narrador como testigo incansable, como el más ávido de los escuchas, como el más vehemente de los que hablan, terminó por convertirse en su mejor personaje.
   Casi siempre, en el fondo mismo de la historia, igual en los detalles y en los guiños, aparecía tramado, con toda claridad, el escritor, el hombre Carlos Fuentes con su voz como una espada, como una alegoría, como un ruego: aquí estoy, este soy yo, esto quiero decirles porque me duele y me arrebata, de estas urgencias estoy hecho y con estas historias quiero acercarme al mundo para tratar de comprenderlo y mejorarlo.
   Para muchos fue una alegría y un privilegio convivir con Carlos Fuentes. Compartir, con él y Silvia, años de plenitud y valor.
   Era fácil querer a Fuentes. Verlo ir por el mundo y por la literatura con su mejor audacia.
   No puedo olvidar la tarde en que conversando en torno al tiempo, detuvo el gesto de avidez con que acostumbraba mirar el mundo y dijo como si hablara consigo mismo:
   —Yo lo que temo del tiempo es que no me alcance para escribir todo lo que me falta.
   —¿Pero cuánto te falta?— le pregunté.
   —Muchísimo— contestó.
   Para entonces él ya había escrito más de diez mil cuartillas y las había puesto en libros que contaban la vida de una manera de una manera ferviente, intrépida, inagotable.
   —Ya no recuerdo lo que he escrito— dijo. Sólo pienso en lo que me falta escribir.
   Casi siempre los libros de Fuentes invocan su obsesión por el tiempo, pero yo sólo hasta esa tarde me di cuenta de qué manera cargaba él un reloj sobre los hombros.
   “El talento se mide en cuartillas” decía Jules Renard para torturarse porque no era prolijo. Fuentes no podía hacerse tal crítica ni de chiste, sin embargo, hasta el último día estuvo seguro de que le faltaba escribir mucho. No sólo no se le habían acabado los temas, sino que guardaba muchos apretando su corazón.
   Sus libros, estuvieron siempre como escritos por un joven muy joven, por alguien urgido de contar el mundo todo, como si fuera la primera vez que lo contaba.
   Carlos era dueño de un cuerpo que parecía tan incansable como el de un adolescente.
   ¿Cuál de sus personajes ha sido capaz de una fortaleza comparable? No Artemio Cruz y eso que fue de piedra, ni Aura que en su afán por asir el tiempo es capaz de matar lo que más ama, ni siquiera Ixca Cienfuegos que era eterno. Quizás, a ratos, Laura Díaz: incandescente, iluminada por la curiosidad, los amores, la urgencia de rendirle tributos a la vida.
   Los personajes son seres reales o imaginarios que se graban en la esperanza y fecundan los recuerdos de otros. Nos dio muchos y, sin duda, se dio a sí mismo.
   Para conseguir esto supo estar cerca, como están cerca de nosotros los hombres y mujeres que duermen o reviven en los libros.
   Yo creo que Carlos Fuentes fue el más bravío de sus personajes, creo que su pasión por las palabras es la más intensa de todas las pasiones que ha sabido contarnos Fuentes, creo que ha recorrido con celo y avidez cada círculo de su tiempo, creo que ha logrado quedarse como un lujo en el ímpetu y la memoria de otros.
   Fuentes era un hombre que no podía separar su trabajo literario de su intensa aventura personal. Leerlo arraigaba en nuestro ánimo la certeza de la ineludible alianza entre el Fuentes creador y el Fuentes ser humano. Por eso tantos, lo quisimos y admiramos tanto.

martes, 8 de noviembre de 2011

Carlos Fuentes
   En "El País":
Las proféticas palabras de Obama

CARLOS FUENTES 07/11/2011

   El 4 de junio de 2009, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, habló en la Universidad de El Cairo. Dijo tener fe en que "todos los pueblos anhelan... decir lo que piensan y determinar cómo son gobernados; confianza en el Estado de derecho y la administración equitativa de la justicia; un Gobierno transparente y que no le robe a la gente". Estas, añadió Obama, no son solo ideas americanas, "son derechos humanos". "Los Gobiernos que protegen estos derechos son más estables y seguros". "El poder", dijo por último, "se mantiene con el consentimiento, no con la coerción".
   En 2009, estas palabras -dichas en el Egipto de Hosni Mubarak- fueron tildadas de idealistas. Egipto, Túnez y Libia estaban dominadas por dictaduras personales, en el extremo opuesto de lo enunciado por Obama. Pero hoy, Mubarak, depuesto, es exhibido en una jaula. El dictador tunecino, Ben Alí, ha huido. Y el sátrapa libio, Muamar el Gadafi, es un cadáver expuesto a la curiosidad ciudadana en una tienda de pollos en Sirte.
   Lo dicho por Obama hace dos años es hoy la realidad del África del norte. No una realidad perfecta, como no lo fue la de México entre la caída de Porfirio Díaz (1911) y el Gobierno de Lázaro Cárdenas (1934). Pero una realidad irreversible. Por más conflictos de sucesión que se den en Libia, Túnez y Egipto, el pasado no regresará. Habrá, sin duda, nuevos conflictos, nuevas realidades, nuevos actores. Pero las dictaduras personales de Mubarak, Gadafi y Ben Alí no se repetirán. ¿Por qué?
   Los crímenes de Gadafi, durante un reinado de 40 años. Las cerca de 50.000 víctimas (acaso más) de su terror, los hombres y mujeres asesinados, encarcelados, torturados, junto con el crecimiento espectacular de las fortunas privadas de Gadafi y su familia... El petróleo hacía perdonables muchos crímenes del dictador, aunque revelase la hipocresía de sus clientes.
   La muerte del tirano fue horrible. Hitler se suicidó, convencido de que, si lo capturasen vivo, sería paseado en una jaula. Stalin murió en paz. Pero Mussolini, fusilado primero, fue colgado de los pies junto con su amante Claretta Petacci, en la Plaza Loreto de Milán. Gadafi fue capturado en un túnel de Sirte, befado, insultado mientras se defendía débilmente: "¿Quiénes son? ¿Por qué hacen esto?". Y, al tocarse la sangre en el rostro, "miren lo que han hecho".
   ¿Se preguntó alguna vez Gadafi: "Miren lo que he hecho yo"? Tremendo ejemplo el de Gadafi, el déspota absoluto. Sobre esa Hubris, orgullo desmedido del poder que tan finamente analiza Carmen Aristegui en un reciente artículo, citando al excanciller inglés David Owen: "Los actos de Hubris son mucho más habituales en los jefes de Estado y de Gobierno, sean democráticos o no, de lo que a menudo se percibe... el autoengaño es un factor que desempeña un papel notablemente grande en el Gobierno". El lector mexicano -y el latinoamericano- puede buscar y encontrar las comparaciones que guste. Sin excluir a nadie, creo que Lázaro Cárdenas, grande como era, jamás cayó en la tentación del orgullo y abandonó la presidencia al cabo de seis años, para cumplir con la ley y con su propio carácter. En México, Álvaro Obregón quiso romper la ley de la no-reelección en 1928, y le costó la vida.
   Gadafi, un ejemplo siniestro del afán de perpetuarse en el poder, fue ejecutado por la muchedumbre en medio de la confusión y el odio. Muchos opinan que debió ser juzgado, como Milosevic, en La Haya. Otros creen que Gadafi habría organizado una hábil defensa que, además, habría comprometido a los Gobiernos occidentales que, de una u otra manera, lo apoyaron. El tirano libio cayó por un movimiento de oposición apoyado por fuerzas aéreas, sobre todo, de Francia y Reino Unido. La ausencia primordial de Estados Unidos en esta operación le ha valido a Obama recriminaciones de derecha e izquierda. La derecha republicana le acusa de no haber intervenido con fuerza contra Gadafi. La izquierda demócrata, de no haber buscado soluciones pacíficas.
   Barack Obama, simplemente, se ha situado en una nueva realidad que pocos norteamericanos pueden o quieren comprender. George W. Bush se lanzó a una guerra perdida en Irak. Obama ha retirado a sus tropas de Irak. No tiene allí los intereses petroleros de Dick Cheney y compañía. En Afganistán, la retirada es más difícil pero inevitable: Hamid Karzai no representa a nadie salvo algunos intereses locales. ¿Y cómo controlar a la corrupta y ambigua aliada fronteriza, Pakistán, refugio de rebeldes?
   No son temas fáciles. Obama parece buscar soluciones nuevas, diferentes a las fracasadas acciones de su predecesor, y algo más. En ocho años, Bush no pudo eliminar al jefe de Al Qaeda, Osama bin Laden. Obama lo cercó y mató, descabezando al movimiento. Es solo un ejemplo de nuevas situaciones a las que Obama, con inteligencia, busca nuevas soluciones. Y tiene que hacerle comprender a la opinión política norteamericana que los días de la hegemonía han pasado para siempre. Que Brasil, China y la India emergen. Que corresponde a Francia e Inglaterra ocuparse de Libia, y no a Estados Unidos, que no tiene por qué meter la mano en todos los pasteles.
   Obama quisiera analizar cada situación de acuerdo con los méritos y deméritos de cada una. Ya no caben las reacciones de violencia automática. La política internacional de Obama parece dispuesta a analizar cada caso, actuar de manera distinta para situaciones diferentes, dejarles algunas tareas a los aliados de Estados Unidos, como en Libia, respetar los movimientos autóctonos, como los de Egipto y Túnez.
   Y tiene la satisfacción de que las palabras pronunciadas en El Cairo en 2009, no fueron en vano, fueron proféticas.

   Carlos Fuentes es escritor mexicano.

martes, 21 de junio de 2011

PRENSA. 21 junio 2011

   En "El País":

1. Malos y violentos. Columna de Rosa Montero.

2. Esperar trescientos años. Por Enrique Vila-Matas.

3. Márgenes para mejorar el sistema electoral. Reportaje de Bernardo Marín. El modelo español ha dado estabilidad política, pero perjudica a las minorías estatales y distorsiona el peso de la población - Quienes podrían cambiarlo, PP y PSOE, son sus máximos beneficiarios.

4. De hoy para mañana. Artículo del escritor Carlos Fuentes.

5. El súbdito adulado. Artículo de Antonio Valdecantos, catedrático de Filosofía en la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro publicado es La fábrica del bien. Los ajustes de la crisis van a ser un estado de excepción permanente. Las decisiones cruciales ya no las toman los ciudadanos ni sus Gobiernos, sino esos agentes económicos transnacionales llamados "los mercados".

domingo, 1 de mayo de 2011

PRENSA (1). 1 mayo 2011

   En "El País":

1. Interior. Columna de Manuel Vicent.

2. Ernesto Sábato, al otro lado del túnel. Por Soledad Gallego-Díaz. El autor de 'Sobre héroes y tumbas' muere en Santos Lugares, cerca de Buenos Aires, a dos meses de cumplir 100 años - Fue la conciencia política contra la dictadura. CON ENLACES A OPINIONES SOBRE EL NARRADOR ARGENTINO.

3. El bulo se convierte en el quinto poder. Reportaje de José María Ridao. Millones de norteamericanos han creído las mentiras orquestadas por Trump acerca del origen de Obama - ¿Puede la democracia acabar siendo rehén de políticos y periodistas sin escrúpulos?

4. Historia y espectáculo. Artículo de Carlos Fuentes sobre EE.UU. y otros países de América Latina.

5. No me hables de Oxford. Artículo del filósofo José Luis Pardo. Los cacareados 'rankings' de universidades son como las listas de éxitos populares. Pero la excelencia no es lo mismo. Los criterios de evaluación basados en la rentabilidad son toda una amenaza.

lunes, 18 de abril de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Vargas Llosa, premio Nobel", por Carlos Fuentes

Mario Vargas Llosa

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Vargas Llosa, premio Nobel
CARLOS FUENTES 19/02/2011

   Un análisis de la obra del escritor peruano a través de La fiesta del Chivo, retrato el horror de la opresión de Trujillo en República Dominicana. "Es novela, novedad, y también nivola, nube y niebla unamunianas gracias a una presencia que comunica los hechos".

   En el otoño de 1967, coincidí en Londres con Mario Vargas Llosa. Ambos habíamos leído, recientemente, y con admiración, la colección de retratos de la guerra de secesión norteamericana Patriotic Gore, por Edmund Wilson. Sentados en un pub de Hampstead, se nos ocurrió que no estaría mal un libro comparable sobre la América Latina: una galería imaginaria de retratos. En ese instante, varios espectros entraron al pub londinense reclamando el derecho a encarnar. Eran los dictadores latinoamericanos.
   Vargas Llosa y yo invitamos a una docena de autores latinoamericanos. Cada uno debería escribir una novela breve -no más de cincuenta páginas por dictador- sobre su tirano nacional favorito. El volumen colectivo habría de llamarse Los padres de las patrias. Nuestro editor francés, Claude Gallimard, se convirtió en el padrino del proyecto. Por desgracia, a la postre resultó imposible coordinar los múltiples tiempos y las variadas voluntades de los escritores que, si mi memoria es tan buena como la de El Supremo de Augusto Roa Bastos, incluían, además de Vargas Llosa y yo mismo, al propio Roa, el argentino Julio Cortázar, el venezolano Miguel Otero Silva, el colombiano Gabriel García Márquez, el cubano Alejo Carpentier, el dominicano Juan Bosch, a los chilenos José Donoso y Jorge Edwards (Donoso prometió ocuparse de un dictador boliviano; su mujer, María Pilar, nació en ese penthouse de las Américas). Al fracasar el proyecto, tres de los escritores mencionados decidieron seguir adelante y concluir sus propias novelas: Carpentier (El recurso del método), García Márquez (El otoño del patriarca) y Roa Bastos (Yo el Supremo).
   Vargas Llosa, a partir de entonces, ha publicado una serie de grandes novelas que culminan, las más recientes, con La fiesta del Chivo (2000) y El sueño del celta (2010). Destaco Conversación en La Catedral (1969) y La guerra del fin del mundo (1981) para concentrarme en La fiesta del Chivo, toda vez que rememora el propósito de aquella vieja conversación en un pub londinense y culmina la preocupación literaria con el tirano genérico en García Márquez y en Carpentier. En El otoño del patriarca (1975), los modelos son Franco y Salazar primordialmente, aunque no quedan fuera resabios de dictadores latinoamericanos del pasado, del presente y del futuro. En El recurso del método (1974) el modelo es el hombre fuerte Venezolano Antonio Guzmán Blanco, un contradictorio personaje que confiscó los bienes de la Iglesia, creó el sistema de educación primaria y apoyó la educación superior... pero también gobernó con mano dura, no frenó a la corrupción y padeció de una vanidad tan ancha como el río Orinoco. Carpentier enfoca un rasgo semicómico de Guzmán Blanco: sus periódicas retiradas del poder para gozar de la vida en Francia y decorar, nostálgicamente, su piso parisino como una selva tropical, con cacatúas y todo. Aunque el poder le importaba más que París: apenas estallaba una rebelión en Venezuela, Guzmán Blanco regresaba -lenta pero seguramente, en barco- a retomar el poder y acentuar la tiranía.
   Roa Bastos, en contraste, escoge a un tirano individual -el doctor Francia- y Vargas Llosa a otro más contemporáneo, Rafael Leónidas Trujillo, el sátrapa dominicano. Sólo que Roa Bastos puede hallar elementos de redención en la figura de Francia y Vargas Llosa no los admite en la de Trujillo. Si Francia es explicable a la luz de la inestabilidad post-independiente del siglo XIX, Trujillo no es explicable, ni admisible, en pleno siglo XX: Es una sangrienta anacronía.
   Iniciado por Valle-Inclán en Tirano Banderas (1926) el tema del abuso del poder, el autoritarismo despótico y la distancia entre la ley y la práctica, se continúa, con los Ardavines de Gallegos, el don Mónico de Azuela, el Pedro Páramo de Rulfo, el Caudillo de Guzmán y ya citados, los dictadores de Roa Bastos, García Márquez y Carpentier. La diferencia en Vargas Llosa es que no apela a un seudónimo literario o a una figura simbólica, sino que nos refiere a un dictador concreto, personalizado, con nombre, apellido y fechas certificables de nacimiento y muerte: Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor de la Patria Nueva, Restaurador de la Independencia Financiera y Primer Periodista de la Nación, aunque los dominicanos, para no meterse en aprietos, lo llamaron "Mr. Jones" o "Mr. Jackson".
   Esta salubre denominación -las cosas por su nombre- no significa que Vargas Llosa se limite a un ejercicio periodístico acerca de los treinta años de la dictadura trujillista. Los datos están ahí, biográficos, exactos, lúgubres, pero el marco novelesco los reduce (o eleva) a testimonios de una realidad atroz, en tanto que la misma realidad es cercada (y revelada) por la imaginación narrativa, que se propone, a su vez, como parte de una realidad más ancha, que incluye a la realidad de la invención literaria.
   De esta manera, conocemos al detalle el horror de la opresión trujillista. A los enemigos "los echamos a los tiburones, vivos como usted mandó". Las prisiones son hoyos de tortura en los que la sevicia del tirano es ampliada por la sevicia y los rencores de cada torturador. Los enemigos del régimen son fusilados por doce bandidos que a su vez serán fusilados para que no queden testigos. Racimos de hombres desnudos son vejados, torturados, asesinados... Trujillo cuenta con una corte de aduladores, asesinos y subordinados. Johnny Abbes, a quien se le puede atribuir todo lo malo: "Para que un gobierno dure treinta años, hace falta un Johnny Abbes que mete las manos en la mierda". Ladrón de cadáveres ayer, asesino de sospechosos hoy, maricón, casado con una "horrible y aguerrida mexicana", Lupita, "que andaba con pistola en la cartera".
   "Soy el perro de usted", le dice a Trujillo.
   Henry Chirinos, llamado "el constitucionalista beodo", "la inmundicia viviente", come atragantado, dueño de una "insolente fealdad", autor de poemas, acrósticos y oraciones fúnebres. Es el-hombre-que-nunca-suda: no necesita ventilador. Sus labios son del color de la ceniza; sus palabras exhalan vaho.
   Y está, al cabo, Agustín Cabral, "experto en imperdonables": trampas, triquiñuelas, intrincadas traiciones. Le atribuye a Trujillo que "los dominicanos descubrimos las maravillas de la puntualidad". Es el padre de Urania. Y está, más allá del bien y del mal, Joaquín Balaguer, que sabe lo conveniente y no se entera de lo inconveniente. Sabe callar. Es más jesuita que los jesuitas: actúa como si creyera...
   Trujillo veja a sus colaboradores. Se especializa en humillar a quienes, cultos, universitarios, le sirven. Atiza la lucha de facciones trujillistas, neutralizando a sus colaboradores. ¿Ha leído a Maquiavelo? Como Hernán Cortés en la Conquista de México, ni falta que le hace. Su instinto lo conduce a ejercer un principado vengativo, sangriento, que sin embargo, como lo dijo El Príncipe, sangra a su vez por varios costados. Como todos los tiranos patrimonialistas Trujillo es el benefactor, no sólo de la Patria, sino de su familia. Su madre "la excelsa matrona", "madre del perínclito varón que nos gobierna" y la Prestante Dama, mujer de Trujillo, una vieja "gorda y pendeja", mujercita de "medio pelo y dudoso vivir, apodada La Españolita".
   ¡Ah! Y faltan los hijos del dictador, Radhamés y Ramfis, así nombrados, en honor de la Aída de Verdi. Radhamés es "brutito" y Ramfis el niño mimado, nombrado coronel a los siete años, elevado a general a los diez, enviado a la Academia militar de Fort Leavenworth, donde no recibe el trato que se merece ("general Trujillo") y regresa a la patria a ser festejado como héroe: nombrado Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Crece rodeado de "dos o tres amigos que lo festejan, adulan, sirven y medran a su costa". Hace regalos a las actrices que seduce -Kim Novak, Zsa Zsa Gabor- equivalentes a la ayuda militar de los EE UU a la República Dominicana. Y el propio benefactor, Padre de la Patria Nueva, ¿qué hace?, ¿qué no hace? Nunca suda. Disimula. Controla sus corajes. Se blanquea la tez mulata. Tiene centenares de uniformes, casas grandes y casas chicas multiplicadas. Le gusta "hacer chillar a las hembritas". Confía en que su régimen será eterno, ¿o no lo ha bendecido el propio Cardenal Primado de Nueva York, Francis Spellman? ¿No cuenta con el apoyo norteamericano? Luego de servir como mandadero, entra a la Guardia Nacional durante la ocupación norteamericana y es elevado a Coronel, protegido por el Mayor Watson: "¡Trujillo piensa como un marine!". Golpe de Estado mediante, llega al poder desde 1930 y ya no lo suelta. Asesina impunemente a siete mil trabajadores haitianos en 1937 y a decenas de miles de ciudadanos dominicanos hasta el fin de la Dictadura. Sin él, la República Dominicana sería "país horda, tribu, caricatura". ¡Qué pena, para un gobernante tan superior, tener una familia, "el error de mi vida", la calamidad incomparable, "sin otro horizonte que el trago, las penas y tirar"! Es a pesar, no gracias a ellos -la horda, la tribu- que el régimen se sabe eterno. "¿Quién iba a pensar que un día la Tierra podría dejar de girar alrededor del Sol?".
   Esta "fe" le permite al dictador sobrellevar sus propias miserias personales. La próstata infectada. La incontinencia. Mearse en los pantalones. No controlar el esfínter. No poder "hacer chillar a una hembrita".
   Y no poder evitar, tampoco, la muerte.
   La muerte del tirano: la anticipan los valientes, impacientes, mal preparados opositores que preparan la celada final para asesinar a Trujillo. Y lo consiguen de manera desorganizada, bravos, dispuestos, ellos mismos, a morir en el intento. Del país de "pijoteros, vampiros y pendejos" despreciado por el dictador, surgen los locos justicieros que lo matan y lo mandan a un lecho de hielo, como si el frío pudiera resucitarlo. Ha perseguido a los curas, ha perdido el respaldo de Washington, ha dejado un vacío que llena el hombrecito Balaguer y la transitoria posición de Ramfis como jefe del ejército. Todo es apresurado, todo es pasajero. Lo entendió desde siempre la Prestante Dama "la terrible, la vengadora" y la astuta dama, que fue acumulando millones de dólares en los bancos suizos, últimos beneficiarios de la rapiña trujillista. La Dama nunca reveló los millones de las cuentas suizas. Murió en la pobreza, en Panamá, y llevaron a enterrarla en un taxi.
   La novela de Vargas Llosa no es periodismo: no revela nada que no se haya publicado sobre la tiranía trujillista. Tampoco es historia: demasiados dominicanos sufrieron o se aprovecharon de las tres décadas de Trujillo como para esfumarlas en el pasado.
   Es novela, novedad, y también nivola, nube y niebla unamunianas gracias a una presencia que comunica los hechos, la distancia, los humaniza, los vuelve novedosos y novelables. La presencia es la de Urania, hija del senador Agustín Cabral, el "cerebrito" del régimen y ahora un vegetal humano, despojado de voluntad, a quien su hija abandonó, protegida por las monjas, para salvarse del destino de Rosalía Perdomo, de tantas otras muchachas violadas por Trujillo, por los Trujillos, por las bandas de los Ardavines, los Pedro Páramo, los hijos de patriarcas y los descendientes del tirano Banderas: las legiones del poder sin ley de la América Latina.
   Urania Cabral se salva. Se va a Nueva York a llevar una vida propia, como profesionista independiente, lejos de la fatalidad de la fuerza bruta. Regresa a reconocer a su padre inválido. Regresa a contar esta novela a su tía Adelina, a sus primas Lucinda y Manolita, es decir, a todos nosotros, los lectores de una novela de Mario Vargas Llosa que no sólo cuenta lo que ya sabíamos sino lo que no sabíamos: el efecto de esta historia en el alma de una mujer, Urania, que escapa de la historia para poder contar la historia, desde el marco de una personalidad hecha por la historia pero salvada de la historia para contarla -Urania Cabral- dándole un marco personal, protagonista, que renueva y hace inteligible a la historia.