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lunes, 18 de abril de 2016

LITERATURA. "Shakespeare y Cervantes, esa es la cuestión". Alberto Manguel

   En "Babelia":

Shakespeare y Cervantes, esa es la cuestión

La coincidencia hace 400 años de la muerte de estos dos grandes de la literatura universal alienta la búsqueda de una identidad compartida




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Ilustración de Ana Juan.

Nuestra aptitud para ver constelaciones de estrellas distantes entre sí y por lo general muertas se vuelca en otras áreas de nuestra vida sensible. Agrupamos en una misma cartografía imaginaria hitos geográficos disímiles, hechos históricos aislados, personas cuyo solo punto común es un idioma o un cumpleaños compartido. Creamos así circunstancias cuya explicación puede ser encontrada solamente en la astrología o la quiromancia, y a partir de estos embrujos intentamos responder a viejas preguntas metafísicas sobre el azar y la fortuna. El hecho de que las fechas de William Shakespeare y Miguel de Cervantes casi coincidan hace que no solo asociemos a estos dos personajes singulares en obligatorias celebraciones oficiales, sino que busquemos en estos seres tan diferentes una identidad compartida.
Desde un punto de vista histórico, sus realidades fueron notoriamente distintas. La Inglaterra de Shakespeare transitó entre la autoridad de Isabel y la de Jaime, la primera de ambiciones imperiales y la segunda de preocupaciones sobre todo internas, calidades reflejadas en obras como Hamlet y Julio César por una parte, y en Macbeth y El rey Lear por otra. El teatro era un arte menoscabado en Inglaterra: cuando Shakespeare murió, después de haber escrito algunas de las obras que ahora universalmente consideramos imprescindibles para nuestra imaginación, no hubo ceremonias oficiales en Stratford-upon-Avon, ninguno de sus contemporáneos europeos escribió su elegía en su honor, y nadie en Inglaterra propuso que fuese sepultado en la abadía de Westminster, donde yacían los escritores célebres como Spencer y Chaucer. Shakespeare era (según cuenta su casi contemporáneo John Aubrey) hijo de un carnicero y de adolescente le gustaba recitar poemas ante los azorados matarifes. Fue actor, empresario teatral, recaudador de impuestos (como Cervantes) y no sabemos con certeza si alguna vez viajó al extranjero. La primera traducción de una de sus obras apareció en Alemania en 1762, casi siglo y medio después de su muerte.
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El español del autor de Don Quijote es despreocupado, generoso, derrochón. Le importa más lo que cuenta que cómo lo cuenta

Cervantes vivió en una España que extendía su autoridad en la parte del Nuevo Mundo que le había sido otorgado por el Tratado de Tordesillas, con la cruz y la espada, degollando un “infinito número de ánimas,” dice el padre Las Casas, para “henchirse de riquezas en muy breves días y subir a estados muy altos y sin proporción de sus personas” con “la insaciable codicia y ambición que han tenido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo”. Por medio de sucesivas expulsiones de judíos y árabes, y luego de conversos, España había querido inventarse una identidad cristiana pura, negando la realidad de sus raíces entrelazadas. En tales circunstancias, el Quijote resulta un acto subversivo, con la entrega de la autoría de lo que será la obra cumbre de la literatura española a un moro, Cide Hamete, y con el testimonio del morisco Ricote denunciando la infamia de las medidas de expulsión. Miguel de Cervantes (nos dice él mismo) “fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo. Perdió en la batalla de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa”. Tuvo comisiones en Andalucía, fue recaudador de impuestos (como Shakespeare), padeció cárcel en Sevilla, fue miembro de la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento y más tarde novicio de la Orden Tercera. Su Quijote lo hizo tan famoso que cuando escribió la segunda parte pudo decir al bachiller Carrasco, y sin exageración, “que tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aún hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca”.




Don Quijote dibujado por Robert Smirke para una traducción inglesa de 1818. El pintor británico ilustró tanto la novela de Cervantes como los dramas de Shakespeare.


La lengua de Shakespeare había llegado a su punto más alto. Confluencia de lenguas germánicas y latinas, el riquísimo vocabulario del inglés del siglo XVI permitió a Shakespeare una extensión sonora y una profundidad epistemológica asombrosas. Cuando Macbeth declara que su mano ensangrentada “teñiría de carmesí el mar multitudinario, volviendo lo verde rojo” (“the multitudinous seas incarnadine / Making the green one red”), los lentos epítetos multisilábicos latinos son contrapuestos a los bruscos y contundentes monosílabos sajones, resaltando la brutalidad del acto. Instrumento de la Reforma, la lengua inglesa fue sometida a un escrutinio severo por los censores. En 1667, en la Historia de la Royal Society of London, el obispo Sprat advirtió de los seductores peligros que ofrecían los extravagantes laberintos del barroco y recomendó volver a la primitiva pureza y brevedad del lenguaje, “cuando los hombres comunicaban un cierto número de cosas en un número igual de palabras”. A pesar de los magníficos ejemplos de barroco inglés —sir Thomas Browne, Robert Burton, el mismo Shakespeare, por supuesto—, la Iglesia anglicana prescribía exactitud y concisión que permitiría a los elegidos el entendimiento de la Verdad Revelada, tal como lo había hecho el equipo de traductores de la Biblia por orden del rey Jaime. Shakespeare, sin embargo, logró ser milagrosamente barroco y exacto, expansivo y escrupuloso al mismo tiempo. La acumulación de metáforas, la profusión de adjetivos, los cambios de vocabulario y de tono profundizan y no diluyen el sentido de sus versos. El quizás demasiado famoso monólogo de Hamlet sería imposible en español puesto que este exige elegir entre ser y estar. En seis monosílabos ingleses el Príncipe de Dinamarca define la preocupación esencial de todo ser humano consciente; Calderón, en cambio, requiere 30 versos españoles para decir la misma cosa.


El maestro de Avon logró ser milagrosamente barroco y exacto, expansivo y escrupuloso al mismo tiempo

El español de Cervantes es despreocupado, generoso, derrochón. Le importa más lo que cuenta que cómo lo cuenta, y menos cómo lo cuenta que el puro placer de hilvanar palabras. Frase tras frase, párrafo tras párrafo, es en fluir de las palabras que recorremos los caminos de su España polvorienta y difícil, y seguimos las violentas aventuras del héroe justiciero, y reconocemos a los personajes vivos de Don Quijote y Sancho. Las inspiradas y sentidas declaraciones del primero y las vulgares y no menos sentidas palabras del segundo cobran vigor dramático en el torrente verbal que las arrastra. De manera esencial, la máquina literaria entera del Quijote es más verosímil, más comprensible, más vigorosa que cualquiera de sus partes. Las citas cervantinas extraídas de su contexto parecen casi banales; la obra completa es quizás la mejor novela jamás escrita, y la más original.
Si queremos dejarnos llevar por nuestro impulso asociativo, podemos considerar a estos dos escritores como opuestos o complementarios. Podemos verlos a la luz (o a la sombra) de la Reforma uno, de la Contrarreforma el otro. Podemos verlos el uno como maestro de un género popular de poco prestigio y el otro como maestro de un género popular prestigioso. Podemos verlos como iguales, artistas ambos tratando de emplear los medios a su disposición para crear obras iluminadas y geniales, sin saber que eran ilumi­nadas y geniales. Shakespeare nunca reunió los textos de sus obras teatrales (la tarea estuvo a cargo de su amigo Ben Jonson) y Cervantes estuvo convencido de que su fama dependería de su Viaje del Parnaso y del Persiles y Sigismunda.


El riquísimo vocabulario del inglés del siglo XVI permitió a Shakespeare una extensión sonora y una profundidad epistemológica asombrosas

¿Se conocieron, estos dos monstruos?Podemos sospechar que Shakespeare tuvo noticias del Quijote y que lo leyó o leyó al menos el episodio de Cardenio que luego convirtió en una pieza hoy perdida: Roger Chartier ha investigado detalladamente esta tentadora hipótesis. Probablemente no, pero si lo hicieron, es posible que ni Cervantes ni Shakespeare reconociese en el otro a una estrella de importancia universal, o que simplemente no admitiese otro cuerpo celeste de igual intensidad y tamaño en su órbita. Cuando Joyce y Proust se encontraron, intercambiaron tres o cuatro banalidades, Joyce quejándose de sus dolores de cabeza y Proust de sus dolores de estómago. Quizás con Shakespeare y Cervantes hubiese ocurrido algo similar.

martes, 26 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "'Alicia' cumple 150 años". Alberto Manguel

  En "El País":

‘Alicia’ cumple 150 años

Leídos de niño, los libros de Alicia reflejan el asombro y el miedo de la infancia; leídos en la adolescencia, la indignación ante la idiotez e hipocresía de los adultos


Representación teatral de 'Alicia en el País de las Maravillas', en Londres hacia 1900. /CORBIS

El 4 de julio de 1862, el reverendo Charles Lutwidge Dodgson, profesor de matemáticas en Oxford, anotó en su diario que, acompañado de su amigo, el señor Duckworth, había llevado a las tres niñas Liddell en una pequeña barca a tomar el té a orillas del Támesis cerca de Godstow. Las niñas —Lorina, Edith y Alicia— eran hijas del decano de Christ Church, y a las tres les encantaba escuchar las historias que el reverendo Dodgson les contaba, armando argumentos estrafalarios a partir de las interrupciones, comentarios y sugerencias de las niñas. Esa tarde, Dodgson decidió que la protagonista de la historia fuese Alicia, quien acababa de cumplir los diez años. A medida que iba desarrollándose el argumento, el asombro del señor Duckworth ante el maravilloso cuento fue tal, que le preguntó a su amigo si en verdad estaba improvisando. “Sí”, le respondió Dodgson, también él sorprendido, “lo estoy inventando paso a paso”. En tales milagrosas circunstancias nace Alicia en el País de las Maravillas.
A pedido de la niña, Dodgson volcó la historia al papel con el título de Las aventuras de Alicia bajo tierra acompañándola de sus dibujos. En 1865, la editorial Macmillan de Londres publicó el libro bajo el título con el cual es conocido, firmado por “Lewis Carroll” y con las ilustraciones del dibujante satírico John Tenniel. Seis años más tarde, en la Navidad de 1871, apareció el segundo volumen de las aventuras de Alicia, A través del espejo. Los dos libros forman parte de la pequeña biblioteca de obras esenciales de la humanidad y, como casi todas las otras —la Epopeya de Gilgamesh, la Odisea, la Divina Comedia, el Quijote, Moby Dick— son la crónica de un viaje.
Si creemos la versión de los hechos narrada por el mismo Dodgson, y también por el señor Duckworth y Alicia (ya mayor contó muchas veces las circunstancias del nacimiento), podemos preguntarnos de dónde surge y en qué consiste la inspiración poética que da a luz una obra maestra de una invención tan asombrosa y una lógica tan impecable. Nada conocemos de la composición de Gilgamesh y de la Odisea pero podemos imaginar que generaciones de recitadores pulieron estos poemas y los alteraron; suponemos (la sugestión es de Ossip Mandelstam) que Dante, privado de sus libros en su largo exilio, garabateó y destruyó docenas de esbozos de su obra antes de enviar los cantos acabados a su protector, Can' Grande della Scala; sabemos (o creemos saber) que Cervantes quiso escribir una novela ejemplar más, pero que ésta se empeñó, contra los deseos de su autor, en ser otra cosa, más ambiciosa y arriesgada; conocemos las muchas etapas de la laboriosa invención de la ballena blanca y su perseguidor, antes de que Melville se decidiera a dar a la imprenta la versión que juzgó satisfactoria.
Pero en el caso de Alicia, ¿en qué selva oscura —como la del bosque sin nombres— halló Dodgson los seres que habitan sus mundos? ¿Qué voces secretas —como la del melancólico jején en A través del espejo— dictaron al reverendo Dodgson su extraordinaria pesadilla? Dante confiesa a sus lectores que no es sino el “escriba de Dios” y que Apolo es quien lo guía, pero del misterioso espíritu que soñó para Dodgson las aventuras de Alicia no sabemos nada, salvo que la obligó a lanzarse en un viaje espiritual en el que lo absurdo se une a lo trágico, como en todas nuestras vidas.

Espíritu burlesco

En la literatura española, los viajes espirituales encuentran sus manifestaciones en la poesía mística y en la novela picaresca. En la literatura inglesa (quizás por la obligación de ser explícito impuesto por la Reforma) estos viajes son por lo general didácticos. El Pilgrim's Progress de Bunyan, el Ancient Mariner de Coleridge, los Viajes de Gulliver de Swift, son obras maestras que no ocultan su voluntad de impartir una lección y acaban con una moraleja. Es quizás para evitar esa trampa, que Dodgson no se propuso a sí mismo como protagonista de su Comedia si no que cedió ese lugar a Alicia; es como si Dante, en lugar de declararse el peregrino de su crónica otorgase ese rol a Beatriz, su inspiradora.
Los libros de Alicia, más que enseñar, se burlan de los rituales de la enseñanza, como en el examen al que Alicia es sometida por las Reinas Blanca y Roja (“¿Cómo se dice turulululú en francés?”. “Turulululú no es una palabra española”, Alicia responde con toda seriedad. “¿Quién dijo que lo era?”, contesta la Reina Roja.) Y en cuanto a extraer una moraleja de la historia, la reductio ad absurdum de la Duquesa (“Todo tiene una moraleja, con tal de poder descubrirla”) aniquila para siempre toda voluntad literariamente dogmática que un crítico intentase hallar en las obras de Carroll.
Leídos de niño, los libros de Alicia reflejan el asombro y el miedo de la infancia; leídos en la adolescencia, la indignación ante la idiotez e hipocresía de los adultos. Luego vienen las Alicias mayores que se rebelan ante la injusticia (como cuando el Mensajero del Rey es condenado por un crimen que quizás no cometerá nunca), ante la codicia y el despotismo de los que gobiernan (como cuando la Reina afirma que “habrá mermelada ayer y mermelada mañana, pero nunca mermelada hoy”), ante el egoísmo de nuestros congéneres (como cuando el Sombrerero Loco se rehúsa a hacer lugar en la mesa para muchos comensales), ante la aparente insensatez del mundo (“No puedes evitar andar entre locos”, le dice a Alicia el Gato de Cheshire. “Somos todos locos aquí”.)
Hay obras que nos guían, nos iluminan, nos fortalecen, nos hacen más inteligentes, sin decirnos jamás cómo lo hacen ni por qué. Estas obras existen, en medio de nuestras infamias y fracasos, como una milagrosa prueba del poder de la inteligencia humana. Entre ellas se destacan, resplandecientes, los libros de Alicia.

viernes, 12 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. LITERATURA. "Autores únicos que iluminan el siglo". Alberto Manguel

El crítico Harold Bloom

   En "El País":

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No me parece que en la literatura contemporánea, ya sea en inglés, en Estados Unidos, en español, catalán, francés, italiano, en las lenguas eslavas, haya nada radicalmente nuevo”. Las palabras de Bloom tampoco son nuevas. Ya el autor del Eclesiastes declaraba: “¿Hay algo de que se pueda decir: Mira, ¿esto es nuevo? Ya existía en los siglos que nos precedieron”. Sólo la idea de novedad es novedosa, un concepto inventado por los modernistas para justificar sus experimentos artísticos. Cervantes deliberadamente imitó la novela pastoral y de caballerías, y Shakespeare tomó varios de sus argumentos de autores italianos.
Si bien el tema y las maneras de narrarlo son parte de una costumbre ancestral, hay en ciertos autores (CervantesShakespeare) un tono, un cambio de punta de vista, una revisión de las ideas consabidas que los convierten en algo único, notable. Esas voces singulares, que repiten de un modo inesperado historias ya contadas, aparecen en todas las épocas y en todas las culturas, y en todas se alzan voces como la Bloom y la del autor del Eclesiastes para decir que ahora no hay nada nuevo bajo el sol.
Los catálogos nunca convencen, y sin embargo en casos como éste pueden ofrecer a quienes creen compartir la opinión de Bloom materia para contradecirla. Es cierto que la voz de Cees Nooteboom tiene ecos de Ibn Battuta y Diderot; que en W. G. Sebald hay vestigios de Sir Thomas Browne y de Heine prosista; que Enrique Vila-Matas es heredero de Laurence Sterne; que Ismail Kadaré continúa la tradición de Herodoto y de Homero; que Jean Echenoz ha aprendido la lección de los novelistas franceses del XVIII; que Tom Stoppard debe mucho al teatro de Wilde y de Pirandello; que Tomas Tranströmer ha leído al Virgilio de las églogas y a Wordsworth; que Cynthia Ozick ha estudiado la obra de Henry James; que Pascal Quignard tiene una deuda con Montaigne. Todo esto es cierto, pero cierto es también que estos autores son únicos, y sus obras iluminan nuestro siglo como Cervantes y Shakespeare iluminaron el suyo.
Dante condena al infierno a aquellos que fueron tristes “en el dulce aire que del sol se alegra”, es decir, aquellos que no saben reconocer en el propio mundo la felicidad de lo creado bajo el sol del día presente. Como en todas las épocas, nuestros anaqueles están repletos de inmundicias, y seres que se llaman a si mismos escritores producen objetos que se parecen a libros para el consumo dirigido. (Pensemos en los autores condenados por el cura y el barbero en la biblioteca de Alonso Quijano). Pero también hay creadores auténticos, inspirados autores que, no sabemos ni porqué ni cómo, nos dan viejas palabras en permutaciones nuevas para nombrar aquí y ahora nuestras ancestrales angustias, temores y esperanzas.

lunes, 22 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Cinco pistas sobre Adolfo Bioy Casares". Alberto Manguel

Bioy Casares

   En "Babelia":

Adolfo Bioy Casares

Guía urgente para celebrar al escritor argentino, autor de la novela "perfecta", en su centenario

1. Un cuento. En 1944, después de publicar La invención de Morel (novela que Borges famosamente calificó de "perfecta"), Bioy escribió El perjurio de la nieve, una historia sobre el tiempo detenido, como en La Bella Durmiente. Hablando del cuento, Bioy hizo un listado de textos que trataban de este tema: el Rip Van Winkle de Washington Irving, la leyenda del emperador Barbarroja, el Huis clos de Sartre. Y agregó: “Detener el tiempo, repetir el instante sería para mí no tanto demorar la muerte, sino prorrogar la sorpresa de los primeros momentos de una pasión amorosa”.
2. Una novela. Un año después, Bioy escribió una novela quizá más profunda, más extraña, más lograda. Plan de evasión es la gran novela moderna sobre la ilusión de la libertad. Los prisioneros imaginados por Bioy, que no saben que lo son, reflejan el ilusorio libre albedrío que el universo nos permite imaginar.
3. Una confesión. "Yo escribí para que me quisieran; en parte para sobornar y, también en parte, para ser víctima de un modo interesante; para levantar un monumento a mi dolor y para convertirlo, por medio de la escritura, en un reclamo persuasivo".
4. Una lista. Una tarde de 1939, Bioy, junto con Silvina Ocampo (su mujer) y Borges, imaginó una historia acerca de un escritor cuya gran fama no coincide con su escasa obra. Después de su muerte, un joven admirador descubre una suerte de arte poética que el escritor ha compilado bajo el título "En literatura hay que evitar…". La lista incluye las precauciones siguientes:
— Las curiosidades y paradojas psicológicas: homicidas por benevolencia, suicidas por contento. ¿Quién ignora que psicológicamente todo es posible?
— Las interpretaciones muy sorprendentes de obras y de personajes. La misoginia de Don Juan, etcétera.
— Parejas de personajes burdamente disímiles: Quijote y Sancho, Sherlock Holmes y Watson.
— Diferenciación de personajes por manías. Cf.: Dickens.
— Méritos por novedades y sorpresa: Trick-stories. La busca de lo que todavía no se dijo parece tarea indigna del poeta de una sociedad culta; lectores civilizados no se alegrarán en la descortesía de la sorpresa.
— En el desarrollo de la trama, vanidosos juegos con el tiempo y con el espacio: Faulkner, Priestley, Borges, etcétera.
— El descubrimiento de que en determinada obra el verdadero protagonista es la pampa, la selva virgen, el mar, la lluvia, la plusvalía.
— La enumeración caótica.
— Poemas, situaciones, personajes con los que se identifica el lector.
— Frases de aplicabilidad general o con riesgo de convertirse en proverbios o de alcanzar la fama (son incompatibles con un discours cohérent).
— Personajes que pueden quedar como mitos.
— Metáforas en general. En particular, visuales; más particularmente, agrícolas, navales, bancarias. Véase Proust.
— Libros que fingen ser menús, álbumes, itinerarios, conciertos.
— Lo que puede sugerir ilustraciones. Lo que puede sugerir filmes.
— La vanidad, la modestia, la pederastia, la falta de pederastia, el suicidio.
5. Una frase. En su Breve diccionario del argentino exquisito(1971) puede leerse:
"El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez".

martes, 19 de agosto de 2014

PRENSA CULTURAL. LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL. "Subversión y moraleja". Alberto Manguel

   En "El País":

Subversión y moraleja

Los héroes virtuosos convivieron en los libros infantiles con personajes osados que desafiaban la autoridad.

Hoy esa rebeldía pierde sentido al estar avalada por los padres


Hacia 1900 el Vaudeville Theatre escenifica la ceremonia del té de 'Alicia en el País de las Maravillas'. / [AUTFOTO]HULTON-DEUTSCH COLLECTION / CORBIS
Mis primeros compañeros de juegos fueron Noddy, el muñeco de Enid Blyton, y el Pequeño Muck, un descendiente alemán de Las mil y una noches, soñado por Wilhelm Hauff. Más tarde, a estos personajes supuestamente correctos y pulcros se agregaron otros de la misma especie: la tan atenta Hormiguita Viajera de Constancio C. Vigil y Narizinha, la niña respingada de los cuentos de Monteiro Lobato. Luego vinieron Pinocho, el títere de Collodi que aspira a la condición humana; Bomba, el musculoso niño de la selva copiado por un tal Roy Rockwood del Tarzán de Edgar Rice Burroughs, la servicial Jo de Mujercitas de Louise May Alcott, y también los lacrimógenos y empalagosos héroes deCuore de Edmundo d’Amicis que con devoción y arrojo salvan la vida de la abuela, defienden el honor de la patria y atraviesan el mar en busca de una madre supuestamente desaparecida. Todos parecían bien educados, más o menos obedientes, responsables, y si bien varios se mostraban a veces traviesos y aventureros, al final de la historia reconocían sus faltas y eran recompensados con los aplausos de sus mayores.


Sandokan visto por Marisol Calés.
Poco a poco, a estos paragones fueron sumándose otros que, si bien seguían siendo perfectamente ejemplares, se permitían ciertos deslices y travesuras. La conducta de Mowgli, el niño adoptado por los lobos, emblema del amor que Kipling sintió por los paisajes de la India, no es irreprochable, como tampoco lo es la de Ana de las Tejass Verdes, a través de quien Lucy Maud Montgomery inmortalizó su Isla del Príncipe Eduardo. Algo en la naturaleza rebelde de estos lugares tan diversos contamina a los dos protagonistas. Lo mismo sucede con el pirata Sandokán y la Malasia de Emilio Salgari, y con los místicos aventureros de ciertas novelas orientales de Karl May. Robinsón Crusoe, en cambio, a pesar de la descorazonadora isla, que le atribuyó Daniel Defoe, sigue hasta la última página siendo nada más que un caballero inglés. De niño, sus desventuras y quejas me aburrían, y no terminé de leer el libro hasta muchos años después.
Pero en vísperas de mi adolescencia, pasé a admirar a otros personajes más arriesgados, individuos que misteriosamente viven al margen de la sociedad. El embustero Till Eulenspiegel, el astuto Huckleberry Finn, el drogadicto Sherlock Holmes me sedujeron (y siguen seduciéndome) porque sospecho que yo adivinaba, en sus artimañas y artificios, estrategias para sobrevivir en un mundo que empezaba a parecerme de más en más despiadado.

El mundo real, tangible, de reglas coherentes y mágicas, era para mí el de las páginas del libro
Mis lecturas infantiles tuvieron esto de diferente de las que las sucedieron: el mundo real, tangible, de reglas coherentes y mágicas, era para mí el de las páginas del libro, y no el de los inconvenientes rituales cotidianos de mi casa y de mi escuela, por lo demás absurdos y contradictorios. Me daba un placer enorme reconocer en las aventuras de Jim Hawkins en La isla del tesoro, o de Alicia en el País de las Maravillas, una desobediencia, una mínima rebeldía. Cuando Jim roba el mapa al espantoso ciego Blind Pew, o cuando Alicia se pone de pie en la corte de los reyes de naipes y desmantela el ridículo juicio, yo me regocijaba secretamente. Quizás ni Stevenson ni el reverendo Dogson (al menos bajo su identidad carrolliana) se hubiesen escandalizado al descubrir que sus cuentos infantiles fueron para mí las primeras lecciones de anarquismo.
Sin bien, sobre todo en el siglo XIX, los editores trataron de alimentar las bibliotecas infantiles con obras moralizadoras y crónicas de vidas ejemplares, los autores más inspirados minaron esas endebles redacciones dogmáticas y permitieron que, siempre dentro de un marco socialmente aceptable, sus pequeños protagonistas pudiesen cuestionar de vez en cuando las autoridades supremas y vivir peligrosamente, al menos hasta la redención final, las deseadas aventuras. Si bien Mowgli acaba rindiéndose a la sociedad de los hombres, Alicia regresa al mundo victoriano y Pinocho acepta la mentirosa promesa del Hada Azul (“sé bueno y honesto y serás feliz”) y se vuelve un niño de carne y hueso, ningún niño cree verdaderamente que la historia acaba así. Otro es el final que buscamos.


El capitán Nemo sobre el Nautilus en el Sena,
En 1914, el escritor inglés Hector Hugh Munro firmó, bajo el seudónimo de Saki, un cuento llamado 'El narrador', en el que un hombre joven, encerrado en un compartimento de tren con dos hermanitas inquietas y su desesperada tía, intenta calmar a las pequeñas salvajes contándoles un cuento acerca de una niña “horriblemente buena”, tan “horriblemente” buena que ha recibido numerosas medallas por su excelente comportamiento. El novedoso adverbio es todo lo que las hermanas necesitan para quedar embelesadas con el cuento que acaba, después de numerosos e ingeniosos apartes, cuando la heroína, que al contrario de Caperucita no se desvía nunca del camino recto, es devorada por un lobo que la oye acercarse gracias al tintineo de sus medallas. No desviarse del recto camino no es una estrategia que asegura la sobrevivencia: eso quiso hacer explícito el marqués de Sade al narrar las interminables desventuras de la virtuosa Justine. Los niños secretamente saben que plegarse a los hipócritas requisitos de la sociedad de adultos no los ayudará a sobrevivir en un mundo de lobos ni a encontrar su propia senda en el mundo de Caperucita. Desvíos, artimañas, astucias, invenciones taimadas es lo que los verdaderos héroes requieren. Ulises, el ingenioso embustero, sobrevive y vuelve a casa. Héctor, el noble guerrero que obedece las reglas, no.


Exposición sobre Caperucita, en la Biblioteca Nacional.
Pero para poseer el vigor de un personaje que logra sobreponerse a la estupidez del mundo, los ardides del argumento deben ser sutiles, los motivos ocultos, la subversión casi invisible. La historia debe aparentar respetar las reglas de civilidad y buenas maneras, sostener sin reservas los códigos de conducta tradicionales, someterse al poder de la autoridad, y todo esto sin dejar ver que, en realidad, lo que el autor se propone es cuestionar la autoridad de tal poder, infringir las reglas, oponerse a la tradición. Así los libros de Alicia fueron leídos por los victorianos sin percibir (o sin confesar que percibían) los meticulosos e implacables ataques contra el absurdo cotidiano, y el viaje submarino del Capitán Nemo fue disfrutado por generaciones de complacidos burgueses sin adivinar (o sin querer adivinar) que las acciones del personaje de Julio Verne anticipaban los estragos terroristas de nuestro tiempo. Los niños, en cambio, incapaces de lecturas inocentes, sospechan que algo innombrado se oculta en la sombra de sus héroes.

Los héroes de la literatura infantil de nuestro tiempo son por esa razón mayormente inconsecuentes: publicitados y explicados como objetos de consumo
Hoy en día, temo que gran parte de esta enseñanza secreta, de este fortalecedor placer en los prohibido, haya sido recuperado y emasculado, como tantas otras cosas íntimas y esenciales, por el mundo comercial. Los mercaderes que Cristo, con tanta razón, echó a patadas del templo, han vuelto y se han instalado en cada una de las áreas de nuestra existencia. Las canciones de protesta forman ahora parte del catálogo de las grandes compañías de música, los harapientos uniformes revolucionarios desfilan en las más costosas casas de moda, las series de televisión más contestatarias son producidas por cadenas reaccionarias como la Fox, los libros infantiles más subversivos son publicados por editoriales multinacionales y exhibidos sin temor en listas de best sellers. Así, convertido en producto de consumo, el panfleto más inflamatorio se hace inocuo y banal. Los héroes de la literatura infantil de nuestro tiempo son por esa razón mayormente inconsecuentes: publicitados y explicados como objetos de consumo, se han vuelto inofensivos y obvios puesto que los adultos los han aceptado con todos sus excesos y atrevimientos, desenmascarándolos desde el “érase una vez”. Harry PotterAdrian MoleGreg y los otros son audaces aventureros que se oponen a la sociedad pero sólo entre las cubiertas de sus libros. Un niño entiende que no tiene gracia sentirse, junto a su héroe, fuera de la ley si los adultos aprueban la supuesta transgresión y hasta la juzgan divertida. La imaginación no caza en jaurías: para imaginar eficazmente, el niño necesita la soledad mental absoluta; saber que únicamente entre las páginas del libro, si tiene suerte y si el libro lo interpela, descubrirá por sí mismo el hilo de una historia secreta contada únicamente para él. A esa singular lección aspira toda la literatura.