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miércoles, 24 de abril de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre la literatura noruega

Fábricas en Heroya, Posgrunn (Noreuga) / PAAL HERMANSEN (ZUMA PRESS) ("El país")

   En "El País":

“Hay un capitalismo sin frenos que está construyendo una sociedad disfuncional”

Askildsen, Wassmo, Solstad, Loe, Petterson... Nombres de un pujante grupo de autores del país nórdico leídos en 60 lenguas

Kjartan Flogstad retrata en ‘Gran Manila’ la debacle de dos siglos de derechos adquiridos en Europa

Una entrevista con este escritor nos sirve de invitación a una serie de reportajes en torno al Día del Libro el 23 de abril

 Oslo 19 ABR 2013

En una esquina de Oslo empezaron a leer antes que nadie gran parte de las raíces del destino emboscado de incertidumbres que vive hoy el mundo. Fue hace siete años, en la casa de tres plantas que colinda con el Palacio Real de Noruega.
La puerta se abre y el olor a café explota en una pirotecnia de aromas al colisionar con el frío polar que se cuela de la calle. Es el recibimiento de la Casa de la Literatura de Oslo a sus visitantes. Ahora, a Kjartan Flogstad, uno de los escritores noruegos más importantes y leídos del país, y autor de esa novela que es memoria y presagio de Europa y el mundo contemporáneo titulada Gran Manila (Lengua de Trapo). Son las diez de la mañana y avanza hacia la mesa del rincón. No hay nadie, solo los tres camareros acompañados de la omnipresencia del café recién hecho.
Flogstad (Sauda, 1944) forma parte de un grupo de escritores noruegos que siguen sorprendiendo al mundo por su alta calidad literaria y temática, acompañada de una crítica reflexiva. Reconocen que Jostein Gaarder, con El mundo de Sofía, puso a Noruega en el mapa literario mundial. Herederos de Henrik Ibsen y Knut Hamsun, están dotados de una gran sensibilidad para transparentar la belleza, el enigma y los desvelos en los micromundos íntimos del ser humano actual y de las resonancias de lo personal en lo colectivo y viceversa.
Gran Manila forma parte de ese universo, además de haber logrado presagiar este presente desbocado. Es una obra con latidos y memoria social, política, histórica y sentimental sobre el derrumbamiento de casi dos siglos de derechos adquiridos por los trabajadores y la clase media sobre la cual se levantó un paraíso que resultó ser prestado. De utopías ya desérticas que Kjartan sobrevuela con voz calma y acerada.

Autores 

“Hay un capitalismo sin frenos que está construyendo una sociedad disfuncional e injusta”.
“Hay quienes dicen que la clase obrera ya no existe, pero no es verdad: la han desplazado al Tercer Mundo y es más grande que nunca, solo que está en peores condiciones, como en el siglo XIX; y debería tener los derechos que tuvimos nosotros en el XX”.
“La clase política no tiene contacto con los trabajadores ni con la sociedad. La gente reacciona poco y está mal organizada”.
Denuncias, reivindicaciones y alertas de Flogstad que no le impiden tener esperanzas en un cambio. De lo contrario no hubiera escrito Gran Manila, porque este tema ya lo había abordado en El camino del dólar yCara y cruz.
Flogstad sabe de lo que habla porque fue obrero de una industria extranjera en su país y conoce el nacimiento, desarrollo y agonía del estado de bienestar en el continente. Sus obras reflejan las transformaciones del capitalismo potenciadas en el resto de Europa. Gran Manila desanda los pasos del pasado noruego, hasta entrecruzar el traslado y relevo de su destino obrero con el traslado de la fábrica a India, debido a la deslocalización. Una novela en la cual está cristalizada una memoria esencial de la historia del siglo XX y el universo literario, ideológico y emocional de su autor.

Sus autores transparentan los desvelos de los micromundos íntimos y colectivos
“El siglo pasado fue el del movimiento obrero, de solidaridad práctica, y eso me formó como persona. Ahora vivimos en otro tipo de sociedad”.
“Todo explotó con la exportación de la mano de obra y del producto al Tercer Mundo. Oslo era una ciudad industrial pero ya no queda nada. Y así eran muchas ciudades de Occidente”.
“Las empresas se llevaron todo al Tercer Mundo menos los derechos adquiridos por los trabajadores”.
Ese giro del destino y sus distintas reglas del juego en el primer mundo y los países subdesarrollados es uno de los aspectos más críticos de la novela. Mismas empresas, mismos fines; pero distintos países, distinto tratamiento a la gente. En Gran Manila hay un pasaje clarificador: “Karl Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial, y Walter Benjamin añadió que tal vez sean más bien el agarre del freno de emergencia”. Flogstad estira el cuello y sus ojos pequeños se entristecen:
“Estamos en la época de Benjamin. En el horizonte no hay ningún proyecto revolucionario posible. Se trata de defender derechos ganados en dos siglos de lucha”.
“…No sé qué va a pasar. Es una pregunta muy grande para mí. Solo intento advertir, alertar”.
“Lo que está claro es que el sistema funciona mal. Falta un movimiento obrero fuerte que haga contrapeso al capitalismo”.

Hay un capitalismo sin freno que crea una sociedad disfuncional e injusta
El compromiso social de Flogstad se trasluce en obras que son retratos de la realidad que intentan explicar la evolución que ha vivido y vive Noruega, un país de cuatro millones y medio de habitantes con raíces obreras e industriales que conoce la verdadera libertad e independencia desde hace relativamente poco (fue colonia de Dinamarca, Suecia…); a la vez que afronta un gran cambio al aumentar cada día su riqueza gracias al gas y al petróleo. Y lejos de los temblores del primer mundo porque, aunque solo participa del Espacio Económico Europeo, no está en el euro.
“Los políticos han estado a favor de entrar en la moneda única, pero la gente ha votado no”.
“Somos un país solidario por nuestro pasado y no es contradictorio el hecho de que no estemos en el euro, tal vez porque a la gente le parece que Europa tiene leyes que favorecen demasiado al capitalismo”.
“Sería clave reconstruir la sociedad con un socialismo modernizado”.
Estudiante. Obrero. Lector. Marinero. Poeta. Narrador.
Son las estaciones telegráficas de sus 69 años de vida. Cuarenta y cinco de ellos como escritor tras debutar en 1968 con el poemarioValfart (Peregrinación). Luego viajó en barco a América Latina, y si llegó como poeta salió como novelista. En ese periplo confirmó su vocación como escritor al leer a un grupo de autores que le ensancharon alegremente la vida: Borges, García Márquez, Cortázar, Arlt, Vargas Llosa o Neruda, de quien es traductor en su país.
Años después volvió a Noruega y siguió escribiendo para contar los cambios sociales a medida que ganaba lectores. En 1977 obtuvo el premio literario Concejo Nórdico por El camino del dólar.

Se llevaron todo al Tercer Mundo menos los derechos adquiridos por los trabjadores
En Gran Manila, esa historia reciente de la humanidad, sus raíces, sus sueños, sus frustraciones, su perseverancia, sus miedos, las sitúa en un lugar que es trasunto de su pueblo y a través de Helge Hidle. Ella es más de medio mundo. Representa resignación y utopía secreta: sus padres solo pudieron darle estudios al hermano mayor y ella debió conformarse con trabajar en la fábrica. Se encadenó a ella para poder vivir. Hasta que se propuso rebelarse a aquel destino: cogió el diccionario finés-inglés y cada día se propuso aprender palabras. Una vez sabidas cientos de palabras sueltas, de ideas... ¿Qué hacer con ellas?
“Es mi heroína. Quiere otra vida. El aprendizaje de otro idioma es su metáfora. Sabe que es difícil, pero insiste. Ese es el drama del ser humano del siglo XXI”.
Un par de minutos después, Kjartan Flogstad se levanta, abre la puerta y su cara recibe el soplo renovador del frío. Lo respira suave mientras baja los nueve escalones en media luna que una hora antes lo habían llevado hasta la Casa de la Literatura. En el aire ha quedado su última respuesta al porqué de esa coincidencia de alto nivel literario en su país: “... la mejor literatura de los últimos años viene de las poscolonias...”.

Autores imprescindibles

Un repaso a los autores noruegos contemporáneos más relevantes:
Akjell Askildsen: Un vasto y desierto paisaje, Últimas notas de Thomas F. a la humanidad yLos perros de Tesalónica (Todos en Lengua de Trapo) y Todo como antes (Debolsillo)
Dag SolstadPudor y dignidad y Novela once, obra dieciocho (Lengua de Trapo)
Herborg Wassmo: La trilogía de Tora (Nórdica Libros)
Per PettersonA Siberia, Yo maldigo el río del tiempo y Salir a robas caballos (Mondadori)
Ingvard Ambjörnsen: Elling (Nórdica Libros)
Karl Ove Knausgaard: La muerte del padre ( Anagrama)
Linn Ullmann: Retorno a la isla (Lumen)
Roy Jacobssen: El despertar (Grijalbo)
Lars Saabye ChristensenEl Hermanastro,Beatles (Maeva)

sábado, 24 de septiembre de 2011

PRENSA. "El loco de Oslo", por Samí Naïr

Samí Naïr

   En "El País":
El loco de Oslo

SAMI NAÏR 30/07/2011

   El odio extravía; mata cuando cae en manos de individuos psíquicamente perturbados, como es el caso de la horrible masacre ocurrida en Noruega. Otrora afiliado al partido de extrema derecha curiosamente llamado "Partido del Progreso", el asesino es hoy condenado por ese mismo partido. ¿Pero es ello suficiente para disculpar a la ideología que ha hecho posible un acto semejante? No pasa ni un día sin que en alguna parte de esta Europa que da en todas partes lecciones de derechos humanos al mundo asistamos a agresiones, ataques, persecuciones contra los extranjeros, los "no comunitarios", aquellos cuya presencia, por una razón u otra, parece ilegítima a ojos de poblaciones europeas cada vez más desestabilizadas por la terrible crisis económica y social actual.
   El aumento de una extrema derecha racista, xenófoba, cada vez más decidida a utilizar la violencia para hacer prevalecer su ideología, se ha vuelto una realidad en Europa. Eco espeluznante, en verdad, de los años treinta del siglo XX. Y sabemos cómo acabó aquello. Creíamos que aquella extrema derecha había desaparecido para siempre después de la II Guerra Mundial; la vimos sin embargo reaparecer a partir de los años ochenta, primero en Francia, luego, poco a poco, en todas partes de Europa. La crisis económica, que hace estragos desde la puesta en marcha de la construcción liberal de Europa, es la razón principal, de fondo, del aumento de esa extrema derecha. Unas sociedades que estaban acostumbradas a asegurar el empleo y la estabilidad profesional a las más amplias capas de la población se han visto desarmadas ante los estragos del liberalismo económico defendido tanto por la derecha como por la izquierda social-liberal en Europa. La crisis de confianza ideológica que derivó de él condujo a las clases populares a alejarse de los partidos tradicionales. En Francia, en Italia, en Bélgica, en Holanda, en todos los países del norte de Europa han visto así grupúsculos minoritarios de extrema derecha recuperar a esas capas y transformarse en partidos electoralmente decisivos. Su apoyo, directo o indirecto, se convierte cada vez más en una condición de gobernabilidad de las democracias.
   Los partidos tradicionales, en vez de oponerse frontalmente a esos partidos extremistas, de declararles la guerra ideológica, de combatirlos con unas políticas sociales integradoras, se inclinan en realidad ante ellos; condenan moralmente los actos y palabras de la extrema derecha, pero no hacen nada para luchar contra las causas profundas del "malestar europeo" que beneficia a esa extrema derecha. La cruda verdad es que derecha e izquierda son responsables del paso del "bienestar social" al malestar identitario. Esos partidos han aceptado como una evidencia natural el liberalismo económico, se han convertido en sus vectores dóciles. La extrema derecha ha dado la vuelta a esta situación social en el tema identitario, en el de los valores, en el de la raza y la nación. Y ni la derecha conservadora ni la izquierda liberal pueden responder a este cambio ideológico, porque no quieren comprender que la causa reside en la inseguridad social y profesional, y la pauperización provocadas por las políticas económicas que ellas defienden. La señora Merkel acusa al "multiculturalismo" de querer desestabilizar las identidades nacionales, cuando es la desestabilización social, económica, profesional, promovida por el Gobierno que ella dirige, la que provoca los choques identitarios y culturales entre los distintos grupos sociales. Transformamos a conciencia unos problemas sociales en problemas identitarios, de la misma manera que en ciertos países musulmanes se explica el desempleo por el no respeto a los versículos del Corán. Estas son las manipulaciones que preparan el terreno para el extremismo ideológico.
   No saldremos de esta crisis con votos piadosos o simplemente apelando a los valores morales. Hay que combatir ideológicamente a la extrema derecha en todas partes, convertir en penalmente condenable la xenofobia, el racismo, el antisemitismo, pero también hay que acabar con esa economía basada en la lucha de todos contra todos, en el desempleo, en la destrucción del interés general. El jefe del Gobierno noruego ha respondido a ese ataque monstruoso reclamando más tolerancia, más libertad, más solidaridad. Tiene razón. ¡Pero que desconfíe! Convertiremos la tolerancia, la libertad, la solidaridad, en evidentes para todo el mundo cuando hayamos reinstaurado una sociedad del empleo, de la seguridad profesional, de la identidad común para todos. El acto del loco de Oslo no es un accidente aislado. Es posible que sea la señal anunciadora de tiempos turbulentos por venir.

sábado, 3 de septiembre de 2011

PRENSA. "Del antisemitismo a la islamofobia", por Javier Valenzuela

Javier Valenzuela

   En "El País":
Del antisemitismo a la islamofobia
JAVIER VALENZUELA 27/07/2011

   En El cementerio de Praga, Umberto Eco, a través del personaje Simonini, novela la génesis en el siglo XIX de las ponzoñosas mentiras que volvieron a convertir a los judíos en el chivo expiatorio de todos los males de Europa y que condujeron al horror del Holocausto. Como recuerda Umberto Eco, los individuos, movimientos y servicios secretos que fabricaron ese enésimo renacer del antisemitismo europeo tenían en común un rechazo visceral de la Ilustración y lo que conlleva de libertad, tolerancia, pluralismo y cosmopolitismo. Desacreditado y hasta criminalizado hoy el odio al judío, la islamofobia lo ha sustituido en los movimientos reaccionarios occidentales del siglo XXI como nutriente de las ideas y los sentimientos de odio al otro, al diferente, al extranjero.
   La doble matanza perpetrada en Noruega por el ultraderechista Breivik no es un suceso aislado, es una espantosa manifestación del ascenso en Europa y Estados Unidos del odio al musulmán como bandera de enganche de los que reivindican la mítica pureza de la aldea primigenia occidental, aquella dominada por el campanario. Heredera de la reacción del siglo XIX y el fascismo del siglo XX, esta visión va acompañada, por supuesto, del rencor contra la izquierda ilustrada y universalista, "cómplice" hoy de los musulmanes como ayer lo fue de los judíos.
   No es solo que partidos de ultraderecha obtengan buenos resultados electorales en Noruega, Dinamarca, Finlandia, Holanda, Austria, Francia, Hungría e Italia; es que su agenda de satanización de los inmigrantes musulmanes impregna crecientemente a los partidos conservadores del establishment. Incluso en España, los avances de grupos abiertamente islamófobos en Hospitalet, Santa Coloma, Mataró, Silla o Alcalá de Henares, la simpatía por el populismo xenófobo de votantes de las derechas españolista y catalanista tradicionales y los ladridos matamoros de esos que José María Izquierdo llama cornetas del Apocalipsis, siembran serias dudas sobre el dogma de que nuestra democracia está inmunizada contra la ultraderecha. Es significativo que diarios españoles presenten estos días a Breivik como "un loco aislado", a la par que piden que "no se criminalicen sus ideas".
   Al igual que el antisemitismo, la islamofobia tiene viejas y profundas raíces en Europa. Se remontan a la propaganda de guerra de las Cruzadas y la Reconquista, fueron irrigadas durante la ocupación colonial del norte de África y Oriente Próximo e identifican sumariamente al moro, el árabe, el sarraceno, el turco, el musulmán, todos juntos y revueltos, con la barbarie y el fanatismo. En nuestro tiempo, cierto es, el ominoso Bin Laden y los atroces atentados de Al Qaeda han dado alas a estereotipos que afirman que el islam es en sí mismo incompatible con la democracia y los derechos humanos, y todos los musulmanes, unos terroristas o, como mínimo, unos fundamentalistas en potencia.
   En la primera década de este siglo, el miedo provocado por el 11-S fue explotado para reducir libertades y derechos en Occidente y para estigmatizar como sospechosos de oficio a los inmigrantes musulmanes. Estos no son presentados como seres humanos que hacen muchos de los trabajos que los nativos no quieren, ni como gente que, según todos los estudios y sondeos, acepta mayoritariamente los principios y valores de la democracia, incluidos el laicismo y la igualdad de géneros, sino como la quinta columna de una conspiración para islamizar nuestros países y terminar prohibiendo el alcohol, haciendo festivo el viernes y estableciendo la obligatoriedad del velo femenino. Y así, en sociedades con gravísimos problemas económicos, sociales y políticos, se exageran hasta el disparate asuntos como el del chador que solo afectan a unas decenas de personas.
   En la existencia de un plan secreto para islamizar Europa, toda una versión contemporánea de los Protocolos de los Sabios de Sión, cree el asesino Breivik y creen millones de europeos. "Es como Hitler, pero con los musulmanes", declaró ayer en este periódico el sociólogo noruego Johan Galtugn. Tiene razón: estas ideas, como las del Mein Kampf, el nacionalismo totalitario de ETA o el milenarismo yihadista de Bin Laden, matan.
   La vida es móvil y los análisis de hace una década ya no sirven hoy. Lo sensato es decir que los desafíos violentos a nuestras democracias son múltiples y que unos crecen mientras otros reculan. En España, por ejemplo, aún sufríamos el azote de ETA cuando el yihadismo nos golpeó brutalmente el 11-M. Así que, sin descartar que una Al Qaeda en reflujo aún pueda matar en cualquier momento y lugar, una fiera surgida del seno de nuestras sociedades acaba de mostrar en Noruega sus fauces sangrientas.
   Diez años después del 11-S, la nueva amenaza para nuestra libertad y seguridad no viene de fuera, sino de dentro: es el renacimiento de una ideología que, aunque en la mayoría de las ocasiones ya no exhiba esvásticas, haga el saludo romano y vista correajes de cuero, ha sustituido el antisemitismo por la islamofobia y sigue aborreciendo el Siglo de las Luces, al que ahora llama Mayo del 68. Los Breivik y compañía, sus pelotones de choque, creen que deben exterminar al enemigo -los infieles musulmanes y los herejes progresistas- para salvar la civilización blanca y cristiana. Estremece descubrir que la estrategia antiterrorista de la Unión Europea ni tan siquiera es consciente de la existencia de la nueva peste parda.

miércoles, 31 de agosto de 2011

PRENSA. "No perderemos nuestro paraíso noruego", por Asne Seierstad

Asne Seierstad

   En "El País":
No perderemos nuestro paraíso noruego

Hay una forma de claudicar frente a un ataque como este: dejando de confiar los unos en los otros, permitiendo que la sospecha se instale donde antes vivía la confianza. Se ha atacado a nuestra actitud abierta e inocente.

ÅSNE SEIERSTAD 27/07/2011

   Nos quejamos con frecuencia de que nuestra sociedad es aburrida, pero estamos dispuestos a luchar con fuerza para defender nuestros valores de tolerancia.
   Hasta el pasado viernes, Utøya tenía un sabor dulce para la mayoría de los noruegos. Pero esta isla de rocas y pinos, en la que crecen flores silvestres entre los caminos, era, en particular, un paisaje fundamental para los políticos que gobiernan Noruega.
   En nuestras conversaciones sobre cotilleos políticos es frecuente oír anécdotas sucedidas en Utøya en el pasado. En esa isla recibieron nuestros ministros socialistas sus primeros besos, tuvieron noviazgos adolescentes y debates de los de "quedarse levantados toda la noche salvando el mundo". "Esta isla es el paraíso de mi juventud", dijo el primer ministro, Jens Stoltenberg, en el discurso que dirigió a la nación la noche del ataque. "Ahora se ha convertido en un infierno".
   La isla, en la que murieron al menos 68 jóvenes a manos de un loco, fue un regalo de una poderosa confederación de sindicatos a las juventudes del Partido Laborista tras la Segunda Guerra Mundial. Y este año, por 60ª vez, los jóvenes socialistas de la Liga Juvenil de Trabajadores estaba celebrando allí su campamento político de verano.
   El ala juvenil del Partido Laborista ha estado siempre enfrentada a la dirección del partido. Los jóvenes militantes son más verdes y más rojos y, sobre todo, defienden el multiculturalismo y una política de inmigración más abierta y liberal en Noruega.
   De ahí que Anders Behring Breivik los considerara sus principales enemigos. Quería herir al Partido Laborista y su capacidad de reclutar gente de la peor forma posible, dice su abogado.
   Breivik se proclama salvador de la nación y quiere restablecer una Noruega blanca como aquella en la que crecimos él y yo. En los años setenta y ochenta, era muy poco frecuente ver a una persona de piel oscura, tanto para mí, que crecí en una ciudad de provincias, como para él, en un barrio de clase alta de Oslo. Breivik es un cristiano extremista de esos que planean un "martirio de masas" en una iglesia. Pero nos recuerda a los extremistas musulmanes que, con sangre fría y cegados por la religión, escogen la yihad.
   En Noruega, como en el resto de Europa, la inmigración es un tema controvertido. En los países del norte, que no suelen ser el primer punto de entrada y que carecen de pasado colonial, las comunidades de inmigrantes tardaron mucho tiempo en aparecer. Pero ahora, a medida que crecen, lo hace también el racismo. En los últimos años han surgido grupos nacionalistas y páginas web extremistas. Breivik intervenía de forma activa en varias de ellas, y veía sus ideas alimentadas y reforzadas por los elogios de personas con las mismas opiniones, si bien la mayoría de sus amigos cibernéticos se sentirán hoy asqueados.
   Si su locura asesina ha aportado algo al debate sobre la inmigración, es probablemente que, a partir de ahora, será más difícil expresar opiniones violentas, y más fácil que otros las refuten. Esperemos que quienes viven en esa zona gris entre la pura derecha y el nacionalismo extremista, avergonzados, rechacen esos foros racistas, después de saber adónde conduce el lenguaje desatado.
   Breivik afirma que cuenta con seguidores, pero la reacción del pueblo noruego ha sido uniforme. En Twitter, Facebook e innumerables blogs, todos escriben que quieren luchar por los valores que hacen que Noruega sea Noruega. En la gasolinera de mi calle, o cuando hablo con un vecino con quien, hasta ahora, apenas había intercambiado una palabra, el mensaje es el mismo: no dejaremos que el terror nos cambie.
   La respuesta de Jens Stoltenberg es típica del estilo de la sociedad noruega. Mientras que George Bush, al referirse a los terroristas del 11-S, dijo que Estados Unidos iba a "perseguirlos y atraparlos", nuestro primer ministro declaró: "Responderemos a este ataque con más democracia y más apertura". Porque no se ha atacado solo a nuestro Gobierno o nuestro sistema político, sino también a nuestro modo de pensar, nuestra actitud abierta, inocente y confiada. Hay una forma de perder frente a un ataque como este, y es dejando de confiar unos en otros, permitiendo que la sospecha se instale donde antes vivía la confianza.
   Mi editorial tiene las oficinas junto a la zona de la explosión, en el corazón de Oslo. Mi editor estaba en la calle esperando a sus hijas cuando estalló la bomba. "Que le den un buen abogado, un juicio largo y justo y un castigo humanitario", escribió esa misma noche en su blog. "Entonces haremos frente a esta situación como una sociedad civilizada. Así venceremos".
   Un colega escritor, consciente de que, en ocasiones, le pasaban por la cabeza ideas despectivas sobre sus vecinos inmigrantes, ha dicho que quizás ha llegado el momento de que todos examinemos el virus del racismo que llevamos en nuestro interior, lo saquemos a la luz y los estudiemos desde todos los ángulos.
   Los noruegos, a veces, pensamos que nuestro Estado socialista, con su sanidad gratuita y su educación para todos, es más bien aburrido; tal vez nos parece que los impuestos son demasiado altos, pero nos encanta cuando lo necesitamos. Sin embargo, este viernes maldito nos enteramos de que había una persona para quien este Estado y la gente que lo forma no eran aburridos, ni mucho menos; eran, éramos, el enemigo.
   Nuestro Gobierno de coalición entre rojos y verdes ha sufrido críticas cada vez más duras de la extrema derecha por ser demasiado blando en materia de seguridad. Noruega es un país en el que hay que buscar mucho para encontrar a un policía armado. Es un país en el que uno puede pasear por los jardines del Rey a todas horas. Hasta el viernes por la tarde, en que saltó por los aires, también se podía entrar sin más hasta la recepción del edificio que alberga las oficinas del primer ministro.
   Si el atentado hubiera sido obra de extremistas musulmanes, las críticas a la ingenuidad del Gobierno se habrían disparado. Se habrían oído sonoras exigencias de más vigilancia, más seguridad, más policía, más verjas y puertas, menos acceso a nuestras autoridades e instituciones y más distancia entre los gobernantes y los gobernados. La página web en la que intervenía Anders Behring Breivik se apresuró a acusar a terroristas musulmanes. Dos horas después del primer atentado, el responsable escribió: "Noruega está en guerra. El Gobierno ha fracasado. ¿Por qué no dice nada el primer ministro?".
   Su exigencia no tuvo eco. Por el contrario, el líder de la Liga Juvenil dijo ayer, tras la pérdida de tantos de sus amigos: "Nuestras ideas siguen vivas. Volveremos a Utøya".
   Utøya, esta isla de rocas y pinos, es un lugar que el asesino nunca volverá a pisar. Aunque la pena máxima en Noruega para cualquier delito es de 21 años, para obtener la libertad, el criminal debe demostrar que ha cambiado verdaderamente y no va a volver a delinquir. Noruega tiene una política liberal en materia de crimen y castigo, pero existe otra pena más que a Breivik le resultará especialmente severa: tendrá que permanecer, probablemente el resto de su vida, en el más multicultural de los lugares: una prisión noruega.

   Åsne Seierstad es una periodista residente en Noruega. Es autora de El librero de Kabul y El ángel de Grozni. © 2011, Åsne Seierstad Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

miércoles, 24 de agosto de 2011

PRENSA. "El horror de Noruega y la libertad de expresión", por Timothy Garton Ash

Timothy Garton Ash

   En "El País":
El horror de Noruega y la libertad de expresión
TIMOTHY GARTON ASH 01/08/2011

   Podemos ignorar la yihad, pero no podemos evitar las consecuencias de ignorar la yihad". Esa fue la primera reacción de la bloguera antiislámica estadounidense Pamela Geller tras la noticia de los atentados terroristas en Noruega, y en su página web, Atlas Shrugs (Atlas se encoge de hombros), colocó el enlace a un vídeo anterior de una manifestación a favor de Hamás en Oslo. Cuando nos enteramos de que el asesino de masas no era un terrorista islámico sino un terrorista antiislámico, cuyo manifiesto de 1.500 páginas estaba lleno de citas de escritores como ella, Geller se encogió de hombros como Atlas: "Es un maldito asesino. Punto. Es responsable de sus actos. Él y solo él. No ha habido nada de ideología".
   "Nadie ha explicado ni puede explicar qué tienen que ver las supuestas opiniones antiyihad de este individuo con el hecho de que haya asesinado a unos niños", protestó Robert Spencer, de Jihad Watch, otro bloguero al que Breivik citaba y elogiaba. A los "luchadores de la libertad" como él mismo, decía Spencer, no había que meterlos en ese mismo saco.
   Bruce Bawer, un estadounidense residente en Oslo que escribió una jeremiada sobre la toma de Europa (Eurabia) por parte de los musulmanes, se mostró más considerado. Tras tomar nota de que, en su manifiesto de los Neocaballeros Templarios, Anders Behring Breivik "cita de forma elogiosa y con detalle mi trabajo y menciona mi nombre 22 veces", Bawer reflexiona, con una desolación que le honra: "Es escalofriante pensar que esas notas que yo había escrito para el blog en mi hogar del oeste de Oslo a lo largo de los dos últimos años las estaba leyendo y copiando un futuro asesino en su hogar del oeste de Oslo".
   ¿Qué relación hay, pues, entre sus palabras y los actos cometidos por Breivik? ¿Qué consecuencias debe tener para la forma de tratar a unos escritores a los que este asesino de masas citaba en términos tan elogiosos?
   En primer lugar, las personas como Geller y Spencer, y mucho menos Bawer, más atento, no son responsables de lo que hizo Breivik. Es un error tan grande declararles cómplices de asesinato de masas como proclamar que los escritores musulmanes no violentos (aunque a veces autoritarios y extremistas) son cómplices de los terroristas musulmanes que atentaron en Nueva York, Londres y Madrid. Dado que ellos llevan muchos años haciendo precisamente eso, sería tentador sentir cierta pizca de satisfacción al ver que a Geller y compañía les ha salido el tiro por la culata. Pero no debemos actuar como ellos. No son cómplices. Punto.
   Sin embargo, si es ridículo sugerir que no existe ninguna relación entre la ideología islamista y el terrorismo islamista, también lo es decir que no hay ninguna conexión entre la visión alarmista de la islamización de Europa que difunden estos autores y lo que Breivik creía estar haciendo. ¿"Nada de ideología"? Por supuesto que sí. Una parte importante del manifiesto de Breivik es una evidente repetición -con frecuentes citas sacadas y recortadas de Internet- de las historias de horror que escriben sobre Eurabia, tan debilitada por el veneno del multiculturalismo y otras enfermedades izquierdistas que se somete sin lucha a una situación de dimitud bajo la supremacía musulmana. Su mente, claramente desequilibrada (otra cosa es que esté loco en sentido legal), salta de ahí a la conclusión de que el 'Caballero Justiciero' (él mismo), en su soledad, debe dar un toque de atención heroico y brutal que despierte a esta sociedad debilitada, una señal aguda, como explicó a los investigadores noruegos.
   ¿Qué hay que hacer con esas palabras tan inflamatorias? Una respuesta, muy popular en algunos sectores de la izquierda europea, es: "¡Prohibirlas!". Si la idea engendró el hecho, impidamos la idea. Habría que añadir una nueva serie de términos y sentimientos ofensivos y extremistas a la ya larga lista de palabras dentro del "discurso de odio" que son procesables en uno u otro país de Europa. Hace unos años, la entonces ministra de justicia alemana, Brigitte Zypries, logró que la UE aprobara una "decisión marco" para la multiplicación paneuropea de esos tabúes; por suerte, no se ha llevado a la práctica todo lo que ella pretendía.
   Por suerte, digo, porque es una vía equivocada. No va a hacer desaparecer esas ideas, solo hacer que pasen a la clandestinidad, donde se enconarán y se harán más venenosas. Congelará el debate legítimo sobre temas importantes: la inmigración, la naturaleza del islam, los hechos históricos. Dará a gente tan repugnante como David Irving la oportunidad de proclamarse mártires de la libertad de expresión. Llevará a los tribunales a personas fantasiosas como Samina Malik -una vendedora de 23 años procesada en Reino Unido por escribir unos pésimos versos en los que glorificaba el martirio y los asesinatos de los yihadistas-, pero no a los hombres que de verdad ejercen la violencia.
   Contra la incitación directa a la violencia debe caer, siempre y en todas partes, todo el peso de la ley. Los textos ideológicos que alimentaron la locura de Breivik, en mi opinión, no cruzaron esa línea. Permitir la manifestación de las fantasías militantes de los extremistas, tanto islamistas como antiislámicos, es el precio que pagamos por tener libertad de expresión en una sociedad abierta.
   ¿Quiere eso decir que no hay que darles respuesta? Por supuesto que no. Precisamente porque el precio de prohibir esas palabras es demasiado alto, y de todas formas sería imposible hacerlo en la era de Internet, es por lo que debemos hacerles frente en combate abierto. Un campo de batalla fundamental es la política, y los políticos de los grandes partidos europeos, viendo el éxito electoral de los partidos populistas y xenófobos, están dedicándose a apaciguar, en vez de levantar la voz contra los mitos extremistas. Otro terreno es el de los medios llamados convencionales. En un país como Noruega -y en Reino Unido-, la radiotelevisión pública y la prensa de calidad responsable son la garantía de que, aunque se difundan opiniones radicales, los peligrosos mitos que proponen estén acompañados de datos, reflexión y sentido común. Para quienes aún leen y escuchan esos medios, claro está.
   ¿Pero qué sucede cuando uno se informa a través de los periódicos sensacionalistas y demagogos, como los que tanto le gustan a Rupert Murdoch? ¿O en una cadena de televisión que siempre es sectaria, como las de Silvio Berlusconi en Italia o 'Fox News' (también de Murdoch) en Estados Unidos? La noche de los asesinatos de Oslo, la presentadora invitada en el programa de 'Fox News' The O'Reilly Factor, Laura Ingraham, informó de "dos atentados mortales en Noruega, que parecen ser obra, una vez más, de extremistas musulmanes". Después de contar lo que se sabía de los ataques, continuó: "Mientras tanto, en Nueva York, los musulmanes que desean construir la mezquita en la Zona Cero han logrado una victoria legal...". Malditos musulmanes, que ponen bombas en Oslo y mezquitas en Nueva York.
   ¿Y si uno obtiene sus informaciones de lo que ocurre en el mundo, sobre todo, a través de Internet? El caso de Breivik vuelve a mostrar que la red es un recurso fantástico para quienes quieren buscar con la mente abierta. En solo unas horas, se obtiene una cantidad de información para la que antes hacían falta semanas e incluso seguramente un viaje al país en cuestión. Ahora bien, cada vez existen más pruebas de que el funcionamiento de Internet puede contribuir también a cerrar las mentes, reforzar los prejuicios y alimentar las teorías de la conspiración.
   En Internet es demasiado fácil encontrar a las otras 1.000 personas que comparten tus opiniones pervertidas. Y entonces entras en una espiral viciosa de pensamiento de grupo que refuerza el peor tipo de ideología: una visión del mundo sistemática y coherente que está totalmente alejada de la cotidianeidad humana. El manifiesto de Breivik, con sus interminables citas sacadas de la Red, es ejemplo perfecto de ese proceso.
   No hay soluciones fáciles. "¡Prohibidlo!" es la respuesta equivocada. El verdadero reto es descubrir cómo aprovechar al máximo la extraordinaria capacidad de Internet para abrir las mentes y reducir al mínimo su tendencia a cerrarlas.

   Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

martes, 23 de agosto de 2011

PRENSA. "Murciélagos en la mezquita", por Luis Fernández-Galiano

Luis Fernández-Galiano

   En "El País":
Murciélagos en la mezquita

   Las matanzas cometidas en Noruega son otra manifestación de un terrorismo cristiano al que alimenta una copiosa literatura islamófoba. La crisis anima a buscar en los inmigrantes un chivo expiatorio.

LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO 05/08/2011

   El imán de la Gran Mezquita de Djenné tiene un problema. En las alturas sombrías de la colosal construcción de tapial abundan los murciélagos, y la sangre menstrual de las hembras se vierte sobre los fieles, tornándolos impuros. Djenné es la más antigua ciudad del África subsahariana, y su mezquita el símbolo de Malí. Patrimonio Mundial de la Unesco como el resto del casco histórico, ha sido restaurada por el Aga Khan Trust for Culture, y ahora el imán expone sus tribulaciones al director del Trust, el español Luis Monreal, ante un grupo de notables locales que se agolpan en los angostos espacios en penumbra de su interior.
   Tras los raptos de europeos llevados a cabo por Al Qaeda del Magreb Islámico, el Ministerio del Interior francés desaconseja formalmente viajar a Malí, y muy especialmente al norte del país, donde en el delta interior del Níger se suceden la histórica Djenné, sobre una isla entre los brazos del río; la veneciana Mopti, próxima a los acantilados del país Dogón; y la mítica Tombuctú, destino final de las caravanas que cruzaban el desierto del Sáhara. Pero Monreal ha hecho caso omiso de las advertencias de la embajadora española en Bamako, que le ha rogado no salir de la capital, y escucha en Djenné las quejas del imán. Cuando se inició la restauración de la mezquita, los arquitectos del Trust tuvieron que ser rescatados por las tropas malienses de una turba de jóvenes airados que querían castigar, machete en mano, la presencia de infieles en el lugar sagrado, así que ya conoce bien la capacidad incendiaria de las creencias religiosas.
   La inmigración islámica en Europa nos ha hecho a todos conscientes del potencial volcánico de un universo simbólico que creíamos haber dejado atrás con la Ilustración, pero al que las caricaturas de Mahoma o las ofensas al Corán han devuelto a un convulso primer plano, despertando al continente de su sueño multicultural.
   Las matanzas de Noruega no han sido producto de una infancia infeliz o de una mente alucinada, sino una manifestación de terrorismo cristiano, alimentado por una copiosa literatura islamófoba que entra en resonancia con la ansiedad de muchos sectores de la población europea ante el desvanecimiento de su identidad, en el contexto de una crisis económica que anima a buscar en el inmigrante un chivo expiatorio, y con unas élites gobernantes que han acabado aceptando el fracaso de sus políticas multiculturales.
   Lo hizo Angela Merkel en octubre del año pasado provocando una tormenta de reproches, pero tanto David Cameron en su discurso inaugural como primer ministro el pasado febrero -donde condenó la tolerancia pasiva, que fomenta el extremismo- como Nicolas Sarkozy en una intervención televisada pocos días después, han terminado dando la razón a la canciller alemana.
   Si Europa ha perdido la fe en su propia civilización, como argumenta en The Wall Street Journal el excomisario europeo Frits Bolkestein, descomponiéndose en un lento suicidio cultural impulsado por el sentido cristiano de la culpa, que ya no sabemos cómo expiar, el terrorismo es una respuesta esperable, que por desgracia rinde beneficios a los que lo emplean. Las piadosas declaraciones de los líderes noruegos asegurando que la tragedia inhumana del exterminio de adolescentes en Utoya no va a modificar en nada sus políticas de apertura y sus actitudes confiadas resultan emocionalmente inteligibles e intelectualmente hueras. Mal que nos pese, el terrorismo consigue alterar el clima ciudadano en los países que lo sufren: el 11-S transformó Estados Unidos como el 22-J cambiará Noruega.
   La novela negra escandinava ha documentado las mutaciones sociales que están agrietando el paraíso nórdico, pero estos seísmos locales se inscriben en un más amplio tapiz de cambios que han hecho turbulenta la primera década del siglo. En estos años, las catástrofes económicas y climáticas han restado visibilidad a la onda larga demográfica que opone el declive europeo a la explosión africana, y que hace inevitable el incremento de los flujos de población del Sur hacia el Norte, con la primavera árabe como un factor añadido de estímulo.
   Auguste Comte pensaba que "la demografía es el destino", y acaso el de Europa no sea otro que esa Eurabia aborrecida por el fundamentalismo cristiano, a la que el terrorismo del mismo signo intenta desesperadamente oponerse. Se ha descrito con frecuencia el terrorismo islámico como un fenómeno vinculado a la frustración y el resentimiento del fracaso colectivo, y es verosímil juzgar el incipiente terrorismo cristiano como un producto de la crisis de Occidente, que ha puesto en cuestión sus raíces clásicas y cristianas de forma simultánea al declive de su hegemonía material e ideológica.
   Tanto en Europa como en Estados Unidos, las actuales crisis de gobernanza económica -del rescate griego a la deuda americana- traducen la impotencia de las élites, pero también desvelan una gigantesca estafa generacional. Como escribe Thomas Friedman en The New York Times, "mi generación será mayormente recordada por la increíble prosperidad y libertad que recibió de sus padres, y por la increíble carga de deuda y limitaciones que dejó a sus hijos", un sentimiento que sin duda comparten los indignados de la Puerta del Sol o de la plaza Syntagma, y que el analista resume con una cita lapidaria de David Rothkopf: "Cuando acabó la guerra fría, pensamos que íbamos a enfrentarnos a un conflicto de civilizaciones, pero ha resultado ser un conflicto de generaciones". Esta tensión entre jóvenes y adultos debilita la cohesión social interna de los países, al igual que la pugna entre el centro y la periferia europea -sobre todo meridional, evidente en el apodo de Club Med que parece ir desplazando poco a poco al ofensivo PIGS- debilita la cohesión continental, y las dos hojas de esa tijera van implacablemente segmentando un proyecto visionario de integración que, no se olvide, nació para hacer imposible el conflicto bélico en una Europa escarmentada por su historia.
   El homicida noruego parece estar obsesionado con la moral sexual, y en eso se une a todos los que ven en la promiscuidad y la corrupción de costumbres un signo seguro de la decadencia política y militar sufrida por tantos imperios. Su empeño en ser juzgado de uniforme demuestra que quiere para su causa el aura de los gudaris o los muyahidin, y lo emparenta paradójicamente con sus enemigos salafistas, que desprecian igualmente la debilidad corrupta de la molicie occidental, y aspiran a la pureza ascética del guerrero santo. La espectacular propaganda mediática que el crimen masivo ha conseguido para sus tesis -laboriosamente redactadas en un manifiesto de 1.500 páginas- lo vincula inevitablemente con Osama bin Laden, aunque en este caso la policía noruega le haya concedido el segundo altavoz judicial que los Navy Seals se preocuparon de negar al líder de Al-Qaeda.
   En ambos casos, el terrorismo es segregado por un pensamiento religioso o mítico que rechaza las incertidumbres y ambigüedades de la conciencia crítica, y que al anestesiar la razón da libre vuelo a los monstruos que Goya representó como lechuzas y murciélagos. Por cierto, los de la mezquita de Djenné fueron finalmente atraídos hasta una casa abandonada por una especie de flautista de Hamelin africano, y es posible que también aquí debiéramos contratar sus servicios de duende musical para sacar de nuestras cabezas y de nuestras vidas los murciélagos de horror que periódicamente nos habitan.

   Luis Fernández-Galiano es arquitecto.

jueves, 18 de agosto de 2011

PRENSA. "¿Qué hubiese dicho Wallander?", por Guillermo Altares. (Sobre la matanza en Noruega)

   En "El País":
¿Qué hubiese dicho Wallander?

GUILLERMO ALTARES 24/07/2011

   Si hay un fenómeno que ha marcado el mundo editorial mundial en los últimos años es el boom de las novelas negras nórdicas. Son países muy diferentes y también son autores muy diferentes; pero tienen características en común, los países y los escritores. Los Estados nórdicos han sido siempre un ejemplo envidiable de sociedades avanzadas: en los derechos de las mujeres o en la acogida de refugiados, en la justicia social, en sus sistemas de salud... Sin embargo, las novelas negras publicadas en los últimos años por autores suecos, noruegos, islandeses o finlandeses, que han arrasado en las librerías, reflejan una profunda inquietud, un sentimiento extremo de que algo va mal. Los autores más famosos, los suecos Henning Mankell y su detective Kurt Wallander, y el fallecido Stieg Larsson y su mundo de hackers, periodistas, asesinos y sádicos de todo pelaje, reflejan en sus libros ese mal que ha aparecido el viernes en Oslo y en Utoya. Incluso, el noruego Jo Nesbo escenificó un atentado de la ultraderecha en su novela Petirrojo (RBA).
   Los países nórdicos perdieron su inocencia el 28 de febrero de 1986 cuando, a la salida de un cine de Estocolmo, el primer ministro Olof Palme fue asesinado. Ni siquiera llevaba escolta. Utoya y Oslo representan un paso más en el alejamiento del sentimiento de utopía. Pero muchos de nosotros ya lo habíamos leído, en Larsson, en Mankell, en Anne Holt (que fue ministra de Justicia noruega), en Arnaldur Indridason o en Maj Sjöwall y Per Wahlöö, en la historia de aquel muchacho que se disfrazaba de indio y cometía asesinatos (La falsa pista). La cultura, las obras de ficción, ofrecen a veces una explicación de la vida más allá de la propia realidad. "Escribo en la tradición literaria más antigua, la que utiliza el espejo del delito y del crimen para reflejar la sociedad. ¿De qué hablaban las tragedias griegas sino de crímenes?", señaló Mankell en una entrevista con este diario. El cansado inspector sueco, que se alimenta de comida basura y de tragarse los malos rollos del mundo, simboliza la lucha contra las pulsiones oscuras de una sociedad solo aparentemente perfecta. Una de las cosas que más chocan al lector español cuando se entra por primera vez en la serie Wallander (Tusquets) es que todo el mundo se trata de tú. No puede haber un símbolo más potente de una sociedad igualitaria.
   Uno de los fenómenos políticos preocupantes que se han producido en los últimos años en ese rincón nórdico de Europa es el auge de los partidos de ultraderecha. Un personaje como Anders Behring Breivik, de 32 años, el presunto asesino, podría haber aparecido en muchas de estas novelas, sobre todo en las de un periodista de investigación, Stieg Larsson, que murió antes de conocer el impacto que iban a tener sus libros. Milenium, tres volúmenes de casi mil páginas cada uno, refleja incluso con más oscuridad que Mankell ese malestar en el paraíso del frío: torturas, magnates siniestros, asesinatos, venganzas nunca olvidadas, ultras. Pero Larsson, que como reportero conoció muy de cerca los círculos de la ultraderecha nórdica, describió sobre todo una sociedad que se alejaba de la utopía para sumergirse en la realidad de un mundo herido y violento. En el fondo, nos cuentan que no existen sociedades perfectas, solo seres humanos imperfectos.

PRENSA. "presagios siniestros desde la novela negra", por Luis Matías López. (Sobre la matanza en Noruega)

   En "Público":
Presagios siniestros desde la novela negra

LUIS MATÍAS LÓPEZ 24 julio 2011

   En La falsa pista, Henning Mankell crea a Stefan Fredman, un adolescente de 14 años que se reinventa como la fusión entre el jefe apache Jerónimo y el ex jefe del FBI Edgar Hoover. Él se ve como "un temible policía con el valor de un guerrero indio", invulnerable y dispuesto a una venganza que cristaliza en varios asesinatos, a golpes de hacha, seguidos del escalpelo a sus víctimas. Una violencia irracional que el inspector Kurt Wallander no entiende y que se niega a considerar como síntoma del cambio a peor de la sociedad sueca. Sólo se trataba, creía, de "una excepción que nunca tendrá una réplica" pero, pesimista al fin, estaba"preocupado por el futuro, por las fuerzas ocultas a todas las miradas".
   Mankell escribió La falsa pista en 1995, a los nueve años del asesinato del primer ministro Olof Palme cuando salía del cine con su esposa y sin escolta. Esa réplica que temía Wallander y que ha superado con creces al terremoto de la ficción ha tardado en llegar 16 años, pero es coherente con el retrato de las sociedades escandinavas trazado por Mankell y sus compañeros de una prodigiosa generación de autores escandinavos de novela negra.
   Con todo, las matanzas de Oslo y de la isla de Utoya superan lo que inventaría cualquier novelista. Que un pistolero mate a tiros a más de 90 personas puede ocurrir (ha ocurrido), pero sería inverosímil en la ficción. Sobre todo en Noruega, apacible por definición (como Suecia en 1986), donde la Policía patrulla desarmada, los políticos suelen ir sin escolta y esas cosas no pasan. Ahora habrá que saber si ese sonriente y rubio asesino (por ahora presunto), de mirada inocente, se parece al chaval asesino en serie y armado con un tomahawk ideado por Mankell.
   Esta no es la Noruega que un día imaginamos. Tampoco lo son Suecia, Finlandia, Dinamarca o Islandia, teóricos paraísos levantados por la socialdemocracia en los que la alta tasa de suicidios se explicaba más como fruto del aburrimiento que de la desesperación. Y los autores de novela negra Mankell, Stieg y Asa Larsson, Arnaldur Indridason, Camilla Läckberg, Anne Holt nos han revelado esa otra y más real Escandinavia en la que también florecen la xenofobia, la marginación, la desigualdad, la violencia de género, la corrupción y el fanatismo.
   Stieg Larsson e Indridason mostraron la violencia contra las mujeres en Suecia e Islandia; la noruega Anne Holt reflejó en La diosa ciega la corrupción de policías y jueces; y la sueca Asa Larsson ilustró en Aurora boreal y Sangre derramada la violencia ciega que puede desatar el fanatismo religioso. Saben de qué hablan. El autor de la trilogía Millenium investigó durante años las tramas de extrema derecha. Holt fue ministra de Justicia. Y Asa Larson creció pensando que su madre se abrasaría en el infierno porque era lesbiana. Su terapia fue abandonar su iglesia y escribir unas novelas que constituyen auténticos alegatos contra la intolerancia.

lunes, 7 de junio de 2010

PRENSA. 7 junio 2010

En "El País".

1. La última araña de Louise Bourgeois. Por Milena Fernández. Venecia expone la producción más reciente de la artista, fallecida el 31 de mayo a los 98 años - La muestra se convierte en un homenaje a la escultora de todo un siglo. Análisis de Francisco Calvo Serraller, en Enorme y subjetiva.

2. Querido lector, besos y abrazos. Por Tereixa Constenla. Arturo Pérez-Reverte vuelve a firmar en la Feria del Libro tras 13 años de ausencia - Cerca de 150 autores dedicaron ayer sus obras a pie de caseta.

3. No quiero ser médico de familia. Reportaje de Elena G. Sevillano. Es la especialidad menos demandada por los MIR - La precariedad y el desprestigio han dejado plazas vacantes durante años - Los extranjeros cubren el hueco.

4. Noruega, el paraíso vikingo. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Facts are Subversive: Political Writing from a Decade Without a Name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

5. La muerte ronda las escuelas chinas. Reportaje de José Reinoso. Quince niños son asesinados en una ola de ataques a colegios en cuatro meses - Los expertos atribuyen la violencia a la desigualdad social y la corrupción.