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sábado, 21 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. "La literatura reescribe el Nuevo Testamento"

   En "El País":

La literatura reescribe el Nuevo Testamento

Ricardo Menéndez Salmón y Colm Tóibín abordan las historias de Jesús (infancia) y María (vejez)

Con 'Niños en el tiempo' y 'El Testamento de María' desafían la leyenda bíblica que sigue inspirando en el siglo XXI

Se suman a una tradición de autores que han abordado la Biblia como Kazantzakis, Graves, Mann, Borges, Saramago…


Maia Morgenstern y Jim Caviezel, como María y Jesús, en 'La pasión de Cristo', de Mel Gibson. /EL PAÍS
¿Sabría ese niño Dios que sobrevivió a su hermano mellizo que su madre lo abandonaría en el momento de su paso a la eternidad, y que por ello moriría asediada de remordimientos? Todos son voces alrededor de la leyenda bíblica. Una historia que no descansa en paz.
Veintiún siglos después las voces siguen alrededor de Jesús y María. Voces que van y vienen, que entran y salen del mito para agrandarlo y volverlo más enigmático. Aunque sea desde la desacralización. Los últimos en hacerlo han sido Ricardo Menéndez Salmón en Niños en el tiempo (Seix Barral), con un capítulo clave de la infancia de Jesús, y Colm Tóibín en El testamento de María (Lumen), con una ancianidad de la virgen que “va contra el mito”, según el propio autor irlandés.
Dos novelas aplaudidas por la crítica que reescriben el Nuevo Testamento al añadir episodios y coincidir en un Jesús y María (respectivamente) en uso del mayor regalo dado por su Dios: la racionalidad. Hijo y madre en los laberintos de la mortalidad y enfrentados de verdad a la muerte. El amor. El tiempo. Y en ambas obras el amor y la creación literaria imbricadas para cuestionar “destinos” y verdades, a la vez que se muestran como salvadoras. Y, de paso, confirmar al cristianismo como eterna fuente de inspiración.
Silencio y ruido milenarios. Soledad y murmullo perpetuo.

Las nuevas versiones de viejos personajes bíblicos o semibíblicos no son desmitificadoras, sino todo lo contrario
Lo cierto “es que las nuevas versiones de viejos personajes bíblicos o semibíblicos no son desmitificadoras, sino todo lo contrario”, asegura Félix de Azúa; “gracias a ellas se mantiene vivo el mito. Jesús es inagotable y seguirá dando pie a la escritura mientras el cristianismo tenga la función de simular una religión occidental”.
Menéndez Salmón y Tóibín entran así en la tradición literaria de llevar luz a zonas oscuras de la Biblia, a crear pasajes negados, hurtados o ignorados de las escrituras; o para completar o complementar los conocidos de aquel mundo lleno de sombras.
Aquí los juegos de un niño mellizo cuyo hermano mayor murió al nacer...
...Allí, media vida después, una virgen que hace oír su voz...
Miradas impensables hace un par de siglos pero hoy con nombres que van desde Nikos Kazantzakis hasta José Saramago, desde Robert Graves hasta Jorge Luis Borges, desde Thomas Mann hasta Normal Mailer.

Hay partes tanto de la vida de Jesús (la infancia en este caso) como de su carácter (sus afectos o su sexualidad, por ejemplo) que no eran relevantes para esa transmisión, bien porque resultaban incómodas o incluso porque eran heréticas
El principio y el final de esas vidas no se conocían así. La infancia hurtada a Jesús forma parte de un pasaje clave de la novela de Menéndez Salmón (Gijón, 1971) que trata sobre la ruptura de un matrimonio y la muerte de su hijo. El motivo de ese ocultamiento bíblico, según el escritor asturiano, podría estar en que era algo que no interesaba para los fines últimos. “Jesús es una construcción más o menos afortunada de una personalidad puntual… Hecha por una serie de narradores, desde los evangelistas a Pablo, que realmente es quien inventa el cristianismo, se orienta a la implantación de una fe y a la consolidación de determinada visión del mundo. Supongo que hay partes tanto de la vida de Jesús (la infancia en este caso) como de su carácter (sus afectos o su sexualidad, por ejemplo) que no eran relevantes para esa transmisión, bien porque resultaban incómodas o incluso porque eran heréticas”.
Pasadas las orillas religiosas, Menéndez Salmón reconoce la fuerza y el primer orden literario de una figura como Jesús, “nacido de distintas plumas y sensibilidades, y cuya vida se organiza con vistas a un fin propagandístico. Que esa aventura careciera de una infancia propia, de una narración que se asomara a ese instante en el tiempo” fue lo que le pareció más sugestivo al escritor.
Rodeado de tentadores demonios literarios, Menéndez Salmón prefirió “pecar de ingenuo antes que beber de otras fuentes”. Conocía los libros de Saramago, Kazantzakis, Bauer, Renan o Mailer sobre Jesús, pero no siente que hayan influido en el resultado final.
La novedad y esencia diferenciadora del cristianismo, explica el autor, “es el amor al prójimo. Es decir, el Sermón de la montaña”. Lo demás, un mosaico de creencias judías o paganas.
En Niños en el tiempo aparece la PALABRA escrita como elemento verdaderamente creador del mundo y de la vida, que, incluso, aspira a enmendar. Y Menéndez Salmón se pregunta: “¿En qué puede creer un escritor con más fuerza que en la palabra? La palabra es capaz de destruir mundos y de salvar vidas. La palabra puede conducir a la locura o a la felicidad. En ese sentido, las religiones han sido siempre muy sagaces. Han sabido del poder consolador pero también del poder manipulador de la palabra”.
Esa misma palabra que también ha servido a Colm Tóibín (Enniscorthy, Irlanda, 1955), en El testamento de María (nominada al Booker y en audiolibro con la voz de Meryl Streep), para darle voz a la madre de Jesús en su ancianidad. Y, a su vez, mostrar cómo la palabra sirve para manipular. Junto a María, mientras ella cuenta y evoca, están dos de los evangelistas que escriben el Nuevo Testamento. A su antojo. Sordos a los verdaderos hechos presenciados y sentidos por ella en los últimos días de Jesús que, definitivamente, habrían alterado la historia que ha atravesado 21 siglos.
Nada.
Hay algo que ella no hizo. Ese hueco en su tiempo la desvela. Siente culpa, remordimiento. María habla, y habla, y en ese torrente conmovedor de palabras pone a personas, sentimientos, ideas y creencias en su sitio. Se lamenta. Desafía.
Pide un milagro. Todo es en vano. Dios solo hace milagros para su propio beneficio.
El origen de la novela es una obra de teatro que Tóibín escribió y se representó en Dublín en 2011. Todo se remonta al día en que vio a Fiona Shaw como Medea. También, hace 15 años, en Nueva York, asistió a un curso en la Escuela Nueva que incluía Medea, Electra y Antígona. Fue el chispazo y se interesó en la idea de “insertar un tono griego, lleno de ira y dolor reprimido en la figura de María”. Una voz, enraizada, también, en La Pasión según San Juan, de Bach, algunas cantatas de Bach, el canto de la mezzosoprano Lorraine Hunt Lieberson, y varios textos sobre el trauma. Y, “tal vez la novela de J. M. Coetzee La Edad de Hierro, por su tono”.
Silencio, grito y susurro. Soledad en duelo.

La idea de él como Dios estaba más allá de ella. La idea del futuro no le interesaba. Ella está encerrada en el pasado
La María de Tóibín es completamente humana: “Lo que ella vivió fue algo personal. Era su hijo. Ella lo conocía como un ser humano. La idea de él como Dios estaba más allá de ella. La idea del futuro no le interesaba. Ella está encerrada en el pasado”.
El testamento de María, o algo así como “el legado de María”, también habla de la forma como se escribe la Realidad o la Historia. Aquí con unos evangelistas escribiendo la vida de Jesús a su acomodo. Para Tóibín, “la tarea del novelista es crear drama”. Y el drama para él fue la creación de una María inédita “con voz desafiante, con una mente racional, inteligente y una aguda forma de darse cuenta de las cosas. Era consciente de que esto iba contra el mito de su suavidad, su sufrimiento pasivo”.
Su novela, afirma, “es realmente acerca de la narrativa en sí, de dos tipos de narrativa, una que se ordena, escrita de manera estructurada. Eso es lo que escriben los hombres en la novela. Por otro lado, el discruso de María es toda voz, es urgente y espontánea, se trata de su cuerpo, se trata del silencio y de la necesidad de romper el silencio”.
Un misterio. Eso es para Colm Tóibín, uno de los autores contemporáneos más importantes, la fuerza del mito bíblico en el siglo XXI “donde el cristianismo se sigue propagando con fuerza en lugar de otras religiones o sectas”. Tal vez se deba“al hecho de que no tuviera sacrificios humanos y que incluyó milagros y habló sobre el amor. Además, la forma en que el Nuevo Testamento fue escrito como historia”.
Veintiún siglos después, ni los dioses ni sus sombras dejan en paz a los mortales.

sábado, 12 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre el ensayo "Nuevas maneras de matar a tu madre", de Colm Tóibín

Thomas Mann, su esposa Katia y su hija Erika. / GETTY / AP. ("El país")

   En "El País":

La gloria literaria gracias a los demonios familiares y a los secretos íntimos

Colm Tóibín retrata en 'Nuevas maneras de matar a tu madre' las tortuosas relaciones de parentesco de 20 grandes autores

Austen, James, Mann, Yeats, Beckett, Williams, Borges, Cheever...

El lado oscuro y los secretos íntimos que han servido para hacer grande a grandes escritores que ayudan a comprender mejor sus obras

 Madrid 8 JUL 2013 

Cada escritor tiene un campo en cuyas tierras ha enterrado sus secretos más oscuros y preciados que no cesan de refulgir en las noches como guacas, como enterramientos indígenas que ellos saquean a su antojo. La gran literatura suele estar enraizada en crímenes artísticos, estar levantada sobre desdichas propias y ajenas.
¡Benditas infelicidades! ¡Benditos guaqueros!
Uno de esos guaqueros es Colm Tóibín, escritor irlandés hoy convertido en explorador de guacas ajenas. Ha rastreado los campos de los demonios tutelares de 20 grandes autores y puesto sus tesoros a los ojos de todos en Nuevas maneras de matar a tu madre (Lumen). Cuatrocientas y un páginas con joyas secretas de toda índole: incestos, traiciones, duelos sentimentales y económicos, envidias, amores frustrados o vanidades diversas, cuyos fulgores suelen ser de tres clases: poder, reconocimiento y sexualidad. "Las obras de los genios surgen de fuentes insólitas", afirma el autor de títulos como Crónica de la noche, El faro de Blackwater, El maestro y Brooklyn. El escritor desvela cómo conflictos con la madre, el padre u otros miembros de la familia influyen en la decisión de alguien a la hora de convertirse en escritor.
Hoy es un día de guacas. Hoy el recorrido es por los campos sagrados, de sagrados secretos de Jane Austen, Henry James, W. B. Yeats, Thomas Mann, Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Tennessee Williams, John Cheever o V. S Naipaul. El libro es un asomo a la vida y a sus semillas de autores. "Ellos son como todos nosotros. Son una muestra pequeña de cualquier familia", aclara Tóibín, profesor de la Universidad de Columbia. Todo a través de diarios, cartas, autobiografías y biografías que conforman una especie de predio literario de El jardín de las delicias, de El Bosco.


El joven Jorge Luis Borges junto a su madre Leonor, su padre y su hermana. /EL PAÍS
Tóibín arroja luz sobre la humanidad de los autores y ayuda a entender mejor sus obras. Narra vidas, conecta lazos, escarba y encuentra semillas, se asoma al origen del big bang de algunos maestros. Muestra la necesidad que tienen ellos de dar forma a sus verdades sobre el mundo.
¡Benditas infelicidades! ¡Benditos guaqueros!
De las tías a la soledad
Lo primero que surge en el libro es que las madres fueron prácticamente desaparecidas en las novelas de los siglos XVIII y XIX. James y Austen son dos de los autores que más desconfían de ellas en la ficción, y en su reemplazo pusieron a las tías, incluso en el papel de malas y/o como guías de los protagonistas-héroes o heroinas que debían enfrentarse al mundo y conquistar libertades. Un personaje sustituido, hasta hoy, por la soledad del individuo y su mundo interior, porque, según Tóibín, “estar solo es fundamental, al igual que sentirse solo en un grupo. La mitad de tu vida eres un solitario, hay una mitad en sombra, no necesitas a nadie que te guíe porque ya eres libre, las novelas contemporáneas hablan de la conquista de sí mismo”.
Madres para olvidar
Si la madre de Borges podría ser el prototipo de mujer controladora, las de J. M. Synge y Samuel Beckett eran conflictivas y su semilla está esparcida en sus obras porque ellos las utilizaron como fuente de material creativo. Pero hay una decisiva en lo personal y creativo: May Roe, la madre de Beckett. El Nobel irlandés tenía, según Tóibín, “un problema, simple y nada fácil de resolver: consistía en cómo vivir, qué hacer y quién ser”. Llegó a tener dos psicoanalistas que visitaba hasta tres veces por semana, en busca del origen de todas sus sombras. En una carta escribió: “con un dolor específico acudí a Geoffrey, y luego a Bion, para averiguar ‘el temor y el dolor específicos’, los síntomas menos importantes de una enfermedad que se inició en una época que no podía recordar, en mi ‘prehistoria’. Beckett sabe dónde está el origen de todo y lo plasma en otra carta de 1937, cuando su madre lo dejó solo en la casa familiar: “Y no podría desearle nada mejor que la posibilidad de sentir lo mismo cuando no estoy. (…) soy lo que su amor salvaje ha hecho de mí, y está bien que uno de los dos lo acepte por fin. (…) Sencillamente no quiero verla ni escribirle ni saber de ella.”
Padres para retar
Varios escritores surgen o se hacen fuertes gracias al duelo sostenido con sus padres que un día quisieron ser escritores pero fracasaron. Es el caso de lo vivido por Henry James, Borges, Yeats y Naipaul. Un duelo soterrado. Padres que nunca acababan las cosas que empezaban, y, tal vez, aventura Tóibín, precisamente eso es lo que llevó a que sus hijos fueran perfeccionistas.
Si los hermanos James, Henry y William, cometieron el parricidio literario enmascarado de generosidad permitiendo la publicación del libro de su padre que no valía nada, el protagonizado por los Yeats es de novela:
En una carta John, el padre, le dice a su hijo William Butler: “Nunca eres más feliz ni son más oportunas tus palabras que cuando en la conversación describes la vida y haces comentarios sobre ella. Pero cuando escribes poesía es como si te pusieras el frac, por así decirlo, y te obcecaras y olvidaras qué resulta vulgar en un hombre con frac. Estoy seguro que algún día escribirás una obra sobre la vida real donde la poesía será la inspiración”. Luego le pedía opinión a su hijo, ya famoso, sobre un libro suyo, a lo que este respondía con silencio e indiferencia. Y, poco a poco, se produce el asesinato más humillante: “El anciano es como un niño, todo inocencia con su orgullo y su esperanza, y el hijo se muestra distante, endiosado y todopoderoso, dispuesto a ignorar, criticar y machacar discretamente. El hijo es frío y despiadado; el anciano está desesperado por que lo asesinen. Es como si Edipo, Herodes y alguna tercera fuerza salida del oscuro laboratorio de Freud se hubiesen unido”.


William Butler Yeats y su mujer. / EL PAÍS
Cómo malograr a la familia
Ser insensibles con los tuyos para crear sensibilidad en las obras. Esa parece ser la premisa de algunos autores, quienes utilizan la vida de sus familias como fuente y material de inspiración. “A veces”, reconoce Tóibín, “ser escritor es como ser un niño con un lápiz. Juegas con fuego, con la vida de otros, pero más importante porque lo haces con los sueños de tu vida. El proceso es lento, los autores no son malos ni buscan hacer daño adrede, pero si conocen o descubren un secreto familiar que les pueda servir para la obra eso es como el diablo”. Lo utilizan en función de crear una obra, de crear belleza.
Eso lo han hecho casi todos. Pero él habla aquí de Tennessee Williams, J. M Synge o de John Cheever, que muestra su vida emocional cotidiana porque “su obra es la sombra de su vida, o con más vida, destilada, y malogra a su familia”.
Aunque el ejemplo por antonomasia es el de la familia Mann. Un ecosistema único en el cual convergen múltiples tipos de familias: el padre, Thomas, poderoso dentro de la casa y admirado fuera y con un secreto inspirador para su obra: su homosexualidad; la madre, Katia, que quiere rodearlo todo pero bajo la sombra del marido; la hija mayor, Erika, favorita del padre (veló por él sus últimos años), escritora, homosexual; el segundo hijo, Klaus, el favorito de mamá y quien despertó en el padre una atracción sexual, se haría escritor con obras clave como Mephisto, aunque sin llegar a eclipsar al padre, muy unido a su hermana Erika a quienes se acuso de incesto, y que al final se suicidó; luego están Golo (homosexual), Monika y Michael, que también se suicidó. Son solo hebras de luz en una familia de miembros muy talentosos, pero como recuerda Tóibín, citando un pasaje de Muerte en Venecia, de Thomas Mann: “Es, sin duda, positivo que el mundo solo conozca la obra bella y no sus orígenes”.
Desveladas o no las semillas que forjan a un autor, con sus diversas sombras, demonios y traumas, los escritores, en el fondo, quieren que se sepa todo, de lo contrario, dice el escritor irlandés, no dejarían los diarios o cartas al alcance de sus familiares.
Escondan las guacas lo que sea, con sus enterramientos de los tesoros más oscuros, secretos y preciados de dolores familiares, y escondan sus fulgores los verdaderos motivos de los escritores, para Tóibín, "la imaginación es más grande que la familia y el mundo, porque los genios ven lo que los demás no vemos".

lunes, 21 de enero de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "El Evangelio de María", de Colm Tóibín. Félix de Azúa

Félix de Azúa

   En "El País":

El final de una madre

Colm Tóibín publica el monólogo teatral ‘The Testament of Mary’

El escritor imagina una historia alternativa y pagana para la madre de Cristo tras la crucifixión

 Madrid 19 ENE 2013

Si bien todos coincidimos en que Colm Tóibín es uno de los mejores escritores vivos, solo quienes lean su último libro se percatarán de que, además, es un soberbio poeta. O dramaturgo, porque este reciente monólogo de María, la madre de Jesús de Nazaret, está pensado para ser representado en un teatro. Me refiero, claro está, a The Testament of Mary,recién aparecido inglés y posiblemente ya en trance de traducción al español. No sé si los traductores optarán por traducir testament por Testamento a la manera bíblica (como en Antiguo Testamento), o por Evangelio, que es el sentido más cabal: el Evangelio de María, o según María.
El monólogo de la madre del sacrificado es muy sorprendente. Como es lógico, María no podía ser cristiana, pero su rechazo de las instituciones judías, del poder rabínico, pero también de los seguidores de su hijo, la empujan hasta “el otro Templo” de modo que, con el escaso dinero que le queda, compra una estatuilla de Artemis que le sostiene el ánimo. Una María pagana es algo digno de consideración, aunque es cierto que estaba viviendo sus últimos años en Éfeso, vigilada y mantenida por unos pocos discípulos de su hijo, cuyo fanatismo la exaspera. Ella sabe que alguno de los discípulos está escribiendo mentiras sobre lo que sucedió en Jerusalén y que la odian porque ella sabe la verdad, razón por la cual procede a contarnos lo que realmente sucedió.

Ella vive atormentada por la última escena que vivió con su hijo
Lo más conmovedor es que María vive atormentada por la última escena que vivió con su hijo y que nadie excepto ella va a contar. Aun cuando los signos del amor entre ambos son indudables, María expone su desconcierto ante el cambio repentino del hijo, cuando se convierte en predicador público, factor de milagros o hechicero que resucita a Lázaro (una de las figuras más escalofriantes del relato), sin que ella entienda absolutamente nada de lo que está proponiendo. Esta incomprensión llega hasta su raíz cuando, en la última disputa con sus protectores (o secuestradores), María pregunta por la razón de tan espantoso sacrificio. “Ha sido para salvar al mundo y para darnos la vida eterna”, responden los discípulos. “¿A todo el mundo?”, pregunta la anciana. “Sí, a todo el mundo”, responden. “No merecía la pena”, concluye María.
Esta incomprensión radical está ligada al espanto con el que hubo de asistir a la crucifixión de su hijo, a la atmósfera siniestra y amenazante que soportó en el Gólgota, y al terror que acabó por hacerla huir del escenario. Contra lo que luego contarán los evangelistas, contra la imaginería cristiana posterior, María no recogió en su regazo el cuerpo del hijo muerto. No lavó el cadáver, como repite una y otra vez, obsesionada por su traición, sino que escapó antes de que Jesús entregara su espíritu.

Será Fiona Shaw quien estrenará la pieza en Broadway esta primavera
Tóibín muestra una emocionante comprensión de la culpabilidad de María. Entiende que es una pobre mujer, ignorante y dolorida, a la que ha sucedido algo desmesurado, pero la desmesura no consiste en que su hijo resucite muertos o transforme el agua en vino, sino en que muriera sin el auxilio de su madre.
Esta es la tragedia de María: ella se ve a sí misma como una madre que ha abandonado a su hijo cuando más la necesitaba. Por eso en un momento de desesperación grita: “¡Si el agua puede volverse vino y los muertos regresar a la vida, entonces yo quiero que el tiempo retroceda!”. No sabemos a quién se lo está pidiendo, ¿a su hijo, a Artemis?, pero exige un milagro que le permita reparar la traición, la cobardía, y acoger en sus brazos al hijo muerto.
Tóibín cree en la posibilidad de que este fabuloso monólogo se ponga en escena a pesar de su duración. ¿Aguantaría un espectador actual las tres o cuatro horas que puede llegar a durar, con un solo personaje en escena? Tengo entendido que su primera opción era Vanessa Redgrave, pero que la actriz hubo de rechazarlo porque se veía incapaz de memorizar un texto tan extenso. Finalmente será Fiona Shaw quien estrenará la pieza en Broadway esta primavera. También sé que hay una opción en castellano. Ojalá podamos asistir a un drama que, entre otras virtudes, sobresale por su audacia, algo realmente infrecuente en lo que llevamos de siglo.
Yo querría ver ese final. Antes de que los focos se apaguen, María nos confía que está dirigiendo sus palabras “a las sombras de los dioses” y que lo hace sonriendo, smiling as I say them. Ella, que está rogando a los dioses que el mundo retroceda para poder reparar su traición, lo hace sonriendo, como una suplicante de Sófocles. La madre del Salvador transformada en heroína griega. Me parece una de las escenas más difíciles de la historia del teatro. Ojalá podamos aplaudirla.