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viernes, 30 de octubre de 2015

PRENSA. "Cerdos y zorras". Luz Sánchez-Mellado

Luz Sánchez-Mellado

   En "El País":

Cerdos y zorras

Maldita la gracia que tiene una lacra que solo acabará cuando ellos, todos ellos, entiendan que “no” significa no. Que no. Ni de coña


Qué prieta vienes hoy, qué buena te estás poniendo, que no me entere yo de que ese culito pasa hambre. Cualquier mujer que haya trabajado con una muestra representativa de hombres ha recibido u oído recibir a otras parecidas perlas de galantería masculina de boca de algún colega y/o jefe en algún momento. Ayer mismo, sin ir más lejos. Oficinas y fábricas, por muy de inteligentes que se las den últimamente, no son un mundo aparte limpio de polvo y paja. Son la misma jungla de relaciones que la calle y la casa, solo que sus moradores están obligados a permanecer en ella las horas reglamentarias y a acatar la autoridad de la especie dominante si desea conservar el trabajo, o sea la bolsa, o sea la vida. Ocurre, todavía, que la mayoría de sujetos alfa de la selva son machos. Y que aún demasiados, aunque solo sea uno, creen que todo monte de Venus es orégano a su disposición absoluta.
Las mujeres aprendemos desde niñas a espantar moscones, driblar babosos y torear cerdos. Eso, aunque no debiera, entra en las reglas del juego, y jugamos cuando nos da la gana. Si nos ponemos igualitarias, nosotras también decimos lo bueno que está el becario, lo mazas que se está poniendo el gerente y el polvazo que tiene el segurata. También ponemos a parir trillizos a la calientabraguetas que va por los despachos pechuga en bandeja. También actuamos según cómo y con quién, solo faltaba. Pero, personalmente, veo claras las líneas rojas. No tengo un abusómetro, pero sí estómago, sentido común y vergüenza. Ayer mismo una presentadora mexicana abandonó un plató porque un baboso la manoseó en directo pese a sus protestas. El cerdo la disculpó ante la audiencia diciendo que su colega debía de estar “hormonal”, o sea menstruando, o sea viva, para tomarse en serio la broma. Maldita la gracia que tiene una lacra que solo acabará cuando ellos, todos ellos, entiendan que “no” significa no. Que no. Ni de coña.

lunes, 1 de junio de 2015

PRENSA. ""El racismo y el machismo se pueden borrar del cerebro"

   En "El País":

El racismo y el machismo se pueden borrar del cerebro

Psicólogos eliminan el sesgo racial o de género durante el sueño o con descargas eléctricas, aunque el efecto es temporal


Fotograma de 'La Naranja Mecánica' donde someten a su protagonista a una cura de buen ciudadano. / WARNER BROS/ COLUMBIA PICTURES

En la película La Naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), el protagonista es Alex, un joven violento y sádico interpretado por un genial Malcolm McDowell. Harta de sus palizas, robos y violaciones, la policía del Estado lo pone en manos de unos siniestros médicos que le inyectan una especie de suero del buen ciudadano. Para activarlo, someten al chico a eternas sesiones de imágenes violentas. Al final consiguen que Alex sienta aversión ante la simple posibilidad de matar una mosca. Pero los científicos reales no son tan retorcidos: les bastan 90 minutos de siesta o suaves descargas para borrar el machismo o el racismo del cerebro.
Son pocos los que, conscientemente, se declaran hoy machistas o racistas. Sin embargo, el rechazo hacia el otro está en la base de la biología humana. Entre los humanos, el recelo hacia los que no son del grupo es un extra de supervivencia. Hoy, la cultura ha matizado este sesgo, pero, aunque inconsciente, sigue estando ahí. Lo demuestra la tendencia a contratar a un hombre antes que a una mujer o los continuos casos de violencia policial contra las minorías étnicas.
Para medir ese sesgo, psicólogos estadounidenses crearon hace más de una década el Test de Asociación Implícita (TAI). Se trata de un juego en el que hay que relacionar imágenes con palabras, como una imagen de una persona de raza negra con términos positivos o negativos. Y hay que hacerlo lo más rápido posible, sin pensar. Su objetivo es liar al cerebro para que debilitar su grado de respuesta consciente y aflorar lo que realmente siente uno hacia los otros. En la edición española, por ejemplo, se puede jugar a Negro-Blanco, Madrid-Cataluña, Joven-Viejo... Una advertencia, sus resultados puede que no le gusten.
Ahora, investigadores de la Universidad Northwestern (EE UU) han usado una versión del TAI con 40 estudiantes, la mitad chicos y la mitad chicas, todos blancos. Pero su objetivo no era comprobar su sesgo social contra los negros o de género, sino comprobar si ese sesgo se podía desaprender. Primero confirmaron la validez del test. A la mitad de los estudiantes les mostraron imágenes de negros y blancos asociadas con palabras negativas o positivas. A la otra mitad, les enseñaron fotos de chicos y chicas emparejadas con términos relacionados con la ciencia o arte y literatura. En una escala del cero (sin sesgo) al 1 (máximo sesgo), la puntuación media fue superior a 0,55.

Los participantes del estudio realizaron un test anti estereotipos racistas o de género
Tras este entrenamiento, los psicólogos hicieron ver el sesgo a los participantes y les pidieron que repitieran la prueba, pero con cabeza, pensando la relación entre imágenes y palabras y eligiendo las no discriminatorias. Cuando acertaban, el programa emitía un sonido. Al acabar la tarea, los voluntarios fueron invitados a echarse una siesta de 90 minutos. No buscaban su descanso, sino aplicar lo que la ciencia llama consolidación de los recuerdos mediante el sueño. Además de reparar, el sueño es el mecanismo que usa el cerebro para fijar en la memoria o descartar las experiencias y aprendizajes del día.
Cuando los chicos se encontraban en la fase de sueño de ondas lentas, o sueño profundo, a la mitad de ellos, los investigadores comenzaron a emitirles el mismo sonido que habían reproducido cuando asociaban a negros con palabras buenas o a mujeres con términos de ciencia. Al despertar, tal y como explican en la revista Science, les hicieron repetir el TAI. Comprobaron que sus puntuaciones de sesgo habían bajado hasta el 0,17, pero solo aquellos que habían sido acunados con el sonido. Los demás mostraron la misma puntuación.
"Lo llamamos reactivación dirigida de recuerdos, porque los sonidos reproducidos durante el sueño pueden mejor memoria para la información reforzada con estímulos que sin estímulos", dice en una nota el director del Programa de Neurociencia Cognitiva de Northwestern, Ken Paller. Anteriores estudios habían demostrado que, durante el sueño, se podía estimular el cerebro para fijar conocimientos y que esta fijación se podía asociar a estímulos sensoriales, como olores o sonidos. Pero en esta ocasión lo que han borrado son sesgos de género o raza.

Durante la siesta, los investigadores reforzaron la fijación de los recuerdos positivos hacia negros y mujeres
Lo más sorprendente es que este lavado de cerebro parece persistente. Al cabo de una semana, los jóvenes repitieron ambos exámenes. Los que no fueron estimulados con el sonido, no variaron sus resultados. Pero a los que les reforzaron sus recuerdos durante el sueño con el sonido, mostraban aún una reducción de los estereotipos, aunque menor que cuando estaban recién levantados de la siesta.
"Es sorprendente que la intervención basada en el sueño pueda tener aún un impacto claro una semana después", comenta el principal autor del estudio, Xiaoqing Hu. "Se podría esperar que una única y breve intervención no fuera lo suficientemente fuerte para tener un impacto duradero y que sería mejor recurrir a más sesiones y entrenamiento, pero nuestros resultados muestran cómo el aprendizaje, incluso de este tipo, depende del sueño", añade.

Descargas contra el racismo

El estudio no entra en explicar qué ocurre en el cerebro para reducir el sesgo hacia los otros. Pero otro trabajo publicado este mismo mes puede dar algunas pistas. Usando el mismo Test de Asociación Implícita, psicólogos del Instituto para el Cerebro y la Cognición de la Universidad de Leiden (Países Bajos) midieron el sesgo hacia los magrebíes entre un grupo de estudiantes holandeses. Pero en este caso, les curaron el racismo con descargas eléctricas.
Tal y como explican en la revista Brain Stimulation, a los 60 participantes, los dividieron en tres grupos. Todos tuvieron que hacer un TAI en el que tenían que relacionar nombres holandeses o magrebíes con palabras de signo positivo (paz, amor...) o negativo (dolor, tristeza...). Los investigadores les hicieron creer que el objetivo del estudio era evaluar la toma de decisiones durante la estimulación transcraneal de corriente directa, una técnica que activa o apaga determinadas zonas cerebrales aplicando corriente eléctrica de baja intensidad que, a lo más, provoca cierta quemazón o cosquilleo.

Las descargas de baja intensidad en el cerebro activan el área que controla el inconsciente
En realidad, solo la mitad de los participantes recibieron las descargas mientras realizaban el test durante 20 minutos. Al resto les aplicaron la corriente durante unos segundos aunque les hicieron creer que seguían enchufados el resto del tiempo. Los psicólogos les colocaron los electrodos en el córtex prefrontal, área del cerebro implicada en el control cognitivo, como una puerta a lo inconsciente.
Comprobaron que, comparados con los que recibieron la estimulación falsa, los participantes cuyo cerebro recibió la estimulación eléctrica, mostraban una reducción significativa de su sesgo racial. Para los autores, esto sugiere que al excitar el córtex prefrontal, los individuos pueden controlar sus actitudes implícitas y pensamientos más profundos. Sin embargo, este mecanismo contra el racismo solo funciona con los electrodos puestos.

viernes, 29 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Más creadoras que musas"

   En "El País":

Más creadoras que musas

Mujeres como Camille Claudel fueron eclipsadas por la fama de sus parejas


Robert Schumann y Clara Wieck, en un retrato de 1847.

Sylvia Plath (1932-1963), autora de uno de los grandes poemarios del siglo XX (Ariel) y ganadora de un Pulitzer póstumo, se encargaba de pasar a máquina los versos de su marido, Ted Hughes (1930-1998). En la Universidad de Cambridge se conocieron, se apasionaron y se casaron casi a la par. Tuvieron dos hijos. La cooperación inicial se resquebrajó con la convivencia, el éxito de él y la crisis de creatividad de ella. “Sylvia es la que limpia la casa, la que ejerce de secretaria de su marido. Y lo hace por miedo a perderlo, porque piensa que si no lo hace, él encontrará a alguien que sí lo hará”, sostiene la escritora Laura Freixas, que ha profundizado sobre la relación del matrimonio, al que dedicará una conferencia el 2 de junio dentro del ciclo Ni ellas musas, ni ellos genios, que se celebra en Caixaforum, en Madrid, a lo largo de mayo para abordar historias de parejas de creadores, donde el papel femenino ha sido oscurecido por su cónyuge.
Una cuestión que la propia Sylvia Plath constató en su diario. “Tengo celos de los hombres. Una envidia profunda y peligrosa que puede corroer, imagino, cualquier tipo de relación. Una envidia nacida del deseo de ser activa y hacer cosas, no ser pasiva y sólo escucharlas”, escribió en unas páginas donde conviven varias pugnas a un tiempo: “¿Puede una mujer autosuficiente, excéntrica, celosa y con poca imaginación escribir algo que valga realmente la pena?, y ¿puede formar una pareja?”.


Ted Hughes y Sylvia Plath.
Mientras la carrera de Hughes despega, la vida de Plath se desmorona. Le asaltan la bestia de la depresión (“Tienes miedo de quedarte sola con tu propia mente”, confiesa) y el monstruo de los celos. Finalmente Hughes la abandona -y a sus hijos- para irse con Assia Wevill. Durante los dos años siguientes Plath escribe los poemas "que me harán famosa”, confía a su madre. El 11 de febrero de 1963, con 30 años, metió la cabeza en el horno y abrió el gas. De su muerte nació su mito. Y la leyenda negra de Hughes, visto como el detonante del suicidio y censor confeso de sus diarios, con la excusa de proteger a sus hijos pequeños.
“Una mujer con ambiciones artísticas es muy vulnerable porque se enfrenta, por un lado, al techo de cristal, y por otro, a la soledad. A medida que ellos triunfan, les resulta más fácil encontrar una pareja sumisa. A medida que ellas triunfan, les resulta más difícil encontrar a alguien igual”, sostiene Freixas, una de las escritoras que más ha reflexionado sobre la desigualdad en el ámbito de la cultura  y que dirige la asociación Clásicas y Modernas, dedicada a combatir la discriminación. La autora, además, acaba de publicar El silencio de las madres (Aresta), donde se recopilan 32 artículos sobre el tema.

Amores y colaboraciones

John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill. A él le habían educado para ser un reformador social. Ella era autodidacta, socialista y feminista, casada con John Taylor y madre de tres hijos. Se casaron cuando Harriet Taylor enviudó. Juntos escribieron obras fundamentales para el feminismo, como La sujeción de la mujer (1869), Ensayos sobre el matrimonio y el divorcio (1831-1832) y La emancipación de la mujer (1851), firmado por Harriet Taylor. Un caso atípico, ya que Stuart Mill (1806-1873) defendió con ardor los derechos de las mujeres —fue un pionero en pedir el sufragio femenino desde su escaño en la Cámara de los Lores—, un aspecto poco resaltado por los estudiosos de su obra.
Sonia Terk y Robert Delaunay. Dos figuras fundamentales de las vanguardias artísticas del siglo XX, militantes del orfismo, una variante del cubismo cercana a la abstracción. Sobre su relación hablará mañana, martes 26, Marian López Fernández Cao, profesora de Educación Artística en la Universidad Complutense y presidenta de Mujeres de Artes Visuales (MAV), una de las organizadoras del ciclo junto a la asociación Clásicas y Modernas.
La relación de Camille Claudel (1864-1943) y Auguste Rodin (1840-1917), que compartieron 10 años de intensa creatividad, acabó en el hundimiento físico, psíquico y artístico de la escultora, que solo en las últimas décadas está recibiendo el reconocimiento que no tuvo en vida. Claudel, que a los 12 años ya llamaba la atención con sus esculturas, se convirtió en amante, modelo y ayudante de Rodin al poco de llegar a París. Él tenía 44 años y estaba casado. Ella tenía 19 y nunca se liberó del rol de amante.
En esa década, dieron lo mejor de sí, aunque uno entre aplausos y otra entre silencios. En opinión de Rosa Montero, que ha escrito en varias ocasiones sobre esta relación,asegura que la invisibilidad “terminó siendo tan asfixiante que la escultora se separó de él para intentar sacar adelante su propia obra. Fue la lucha final, desesperada e inútil”. Se hundió en la pobreza y en el delirio. En 1913 su familia la internó en el psiquiátrico de Montdevergues, donde permaneció tres décadas. Nunca más volvió a esculpir.
La vida de Clara Wieck Schumann (1819-1896) y Robert Schumann (1810-1856) no alcanzó las cotas trágicas de las anteriores, aunque encarna “el ejemplo paradigmático del patriarcado”, en opinión de Marisa Manchado, compositora y vicedirectora del conservatorio Teresa Berganza de Madrid, que abordó en este ciclo la relación entre ambos. “Clara fue la gran pianista del siglo XIX, con un unánime reconocimiento como virtuosa, pero también fue una grandísima compositora y todavía hoy se dice que fue menor”, expone Manchado, que considera que el Trío para Piano en sol menor Opus 17 compuesto por ella en 1846 está "a la altura de los tríos canónicos de Beethoveen”.
Clara Wieck, que había sido educada por su padre, el reconocido profesor de piano Friedrich Wieck, debutó como pianista a los 11 años. Su carrera no cesó de crecer desde entonces. “A los 15 es recibida en la corte de Viena, donde le dan el título de virtuosa, algo rarísimo siendo tan joven, extranjera y mujer”, recuerda Marisa Manchado.
Después de casarse con Robert Schumann, pese a la oposición familiar, prosigue su carrera de intérprete, comienza la de madre de familia numerosa y la de devota defensora de la música de su marido, al que ella introduce en los circuitos de la elite europea y al que difundirá con ahínco tras su muerte. “Era la actual superwoman. Y puso siempre su talento al servicio de los hombres. Primero de su padre, luego de Liszt, su marido y Brahms”, sostiene Manchado. La propia Wieck minimizó la creatividad que llevaba dentro: “Una mujer no debe desear componer. Nunca ha habido alguna capaz de hacerlo. ¿Debería creer que yo seré capaz?”, inquiría en 1839. Años después escribiría el Opus 17.

sábado, 31 de mayo de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre el lenguaje sexista. Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

Jugamos tranquilas, ¿eh?

Algunos varones empiezan a incluirse en los términos femeninos sin forzar el idioma

 19 OCT 2012

Cierto político proclamó una vez en un acto electoral, hace unos 15 años: “Compañeros y compañeras, lo que defendemos nosotros y nosotras...”.
Y claro, ese “nosotras” sonó raro. Porque “nosotras”, con arreglo a la gramática, es un pronombre inclusivo del sujeto que habla; de modo que quien lo pronuncia se sitúa dentro del grupo que menciona. Así que un hombre no puede decir “nosotras”, en puridad; sino sólo “nosotros”. Quizás aquel político debió elegir para tal frase “nosotros y vosotras”, y nadie le habría tomado el pelo.
Sin embargo, algo está sucediendo en nuestra lengua, porque algunos varones empiezan a incluirse en los términos femeninos con toda naturalidad. Es decir, sin forzar el idioma y probablemente sin darse cuenta.
El 5 de agosto, a las 20.22 horas, dijo el periodista Francisco José Delgado, en la Cadena SER, al transmitir un partido de waterpolo femenino en los Juegos Olímpicos:
- ¡Si ganamos, estamos clasificadas!
Podría parecer anecdótico, fruto de la buena voluntad de un periodista educado en la tolerancia y en el espíritu de igualdad; o tal vez consecuencia de su deseo de implicarse en la victoria de la selección nacional. Pero no se quedó eso en un ejemplo aislado, porque el entrenador del equipo femenino de balonmano aconsejó pocos minutos después a sus jugadoras durante un tiempo muerto, en el minuto 28 de partido y cuando vencían 24-20 a Noruega:
- ¡Jugamos tranquilas, ¿eh?!
Y a partir de ese momento, todos empezamos a jugar tranquilas.
Todavía más. A las 23.25 del mismo día, Manu Carreño, director delCarrusel Olímpico, aventuraba en la misma emisora:

Me parece un avance formidable
- Si estamos entre las siete primeras vamos a ser oro.
(Se refería a las posibilidades de la regatista española Marina Alabau enwindsurf, que iba camino de la medalla).
Disfrutábamos así de tres ejemplos significativos en solamente una hora de radio y televisión (confieso que veo la televisión mientras oigo la radio y ojeo el As). Eran tres casos reales de varones que utilizaban genéricos femeninos incluyéndose ellos en el grupo.
Y aún se añadiría un cuarto ejemplo, el día siguiente, 6 de agosto, a las 20.44 horas: el periodista de la SER José Antonio Ponseti anunciaba, un tanto decepcionado, pues tenía mejores expectativas para las nadadoras de la sincronizada:
- Somos terceras después de las rusas.
Uno se imagina de inmediato a Ponseti siendo tercera después de las rusas, y enseguida se apunta al grupo en solidaridad con él. Yo también era tercera, y me parecía una injusticia que a las nadadoras españolas de sincronizada nos hubieran dado una puntuación tan inferior a nuestros méritos.
¿Un quinto ejemplo? Lo hay, y muchos más que ya dejé de anotar. Jesús Gallego, a las 0.13 del viernes 10, hablando de la derrota en la final de waterpolo: “Hemos pecado un poco de inexpertas”.
Y sí, creo que los españoles fuimos un poco inexpertas en ese partido.
Bienvenida sea esta evolución (por supuesto muy incipiente), que acierta a coincidir en este caso con el criterio de quienes sostienen que la lengua se adapta a la realidad como el agua a la vasija; y que si cambiamos la realidad y fomentamos la presencia de la mujer en todos los órdenes de la vida donde antes estaba discriminada, cambiaremos con el mismo esfuerzo el lenguaje; frente a quienes defienden, con idéntica buena voluntad, que primero hay que cambiar el lenguaje porque así se cambiará más fácilmente la realidad.
Sea como fuere, viene a cuento aquí esa diferencia entre género y sexo tan explicada antes por los gramáticos y tan despreciada ahora por ese lenguaje oficial que habla de la violencia machista como “violencia de género” (la violencia siempre fue “de género femenino” —decimos “mucha violencia” o “violencia innecesaria”, pero no “mucho violencia” ni “violencia innecesario”—; violencia de género femenino aunque la perpetren generalmente hombres y la combatamos todos): el género era un fenómeno gramatical, y existían tres géneros: masculino, femenino y neutro (el, la, lo; él, ella, ello; este, esta, esto); y el sexo, un fenómeno biológico (una silla tiene género, pero no sexo); y sólo hay dos: mujer y hombre. (Para mejor información y mayor precisión, véase el Diccionario Panhispánico de Dudas, entrada “género”). No estoy seguro de que esa antigua diferencia entre género y sexo vaya a sobrevivir, pero permítanme usarla al menos en el siguiente párrafo.
Lo cierto es que en estos tiempos, y por fortuna, ya hay hombres que, cuando se hallan ante una idea que refleja la presencia predominante de mujeres, empiezan a incluirse voluntaria y espontáneamente en el género femenino... sin por ello haber cambiado de sexo. Me parece un avance formidable. Sobre todo porque las españolas hicimos unos sensacionales Juegos Olímpicos.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

PRENSA. Sobre la tecnología como instrumento de control.

Funciones como el 'doble check' del 'whatsappa' alimentan la especulación y la desconfianza entre las parejas. (Corbis). ('El Confidencial')

   En "elconfidencial.com":
LA TECNOLOGÍA COMO INSTRUMENTO DE CONTROL

"¿Pero qué hacías conectado hasta las tres?" Las parejas y la nueva 'prueba' del Whatsapp

El control entre los miembros de una pareja o, al menos, la posibilidad de ejercerlo, se intensifica a medida que aparece un nuevo avance de las tecnologías de la información y la comunicación. El ciberespacio está cambiando la forma en la que nos comunicamos (y vigilamos), y sus efectos en las relaciones de pareja no siempre tienen un cariz positivo. Como dicta la sabiduría popular: “todo en exceso es malo” y, precisamente, las herramientas digitales sirven para potenciar actitudes censurables en el mundo real, como es el caso del cyberbullying o el sexting.
La violencia de género es otra de esas lacras que pueden encontrar nuevos y más potentes modos de expresión a través de las redes sociales. “Si a través de WhatsApp te pregunta todo el tiempo dónde estás y con quién, si se enfada cuando no contestas inmediatamente a sus mensajes, si en sus mensajes a veces hay insultos, si te pide que le mandes una foto para controlar cómo vas vestida, si dice sentir celos y te acusa de provocárselos… No creas que te quiere, lo que quiere es controlar tu vida, son síntomas de un machismo que puede ser peligroso, sal de ahí o busca ayuda”. Esta era la advertencia que la vicesecretaria general del PSOE, Elena Valenciano, dirigía ayer a las jóvenes aprovechando el Día Internacional contra la Violencia de Género.
La posibilidad de control puede generar desconfianza y convertirse en una peligrosa obsesión que será fuente de conflictos en la pareja“La red es una gran oportunidad para la libertad de las mujeres, pero también puede ser una auténtica cárcel. Hay que aprender a detectar los síntomas de la violencia psicológica que, muchas veces, se convierte en violencia física”, explicaba a renglón seguido la socialista en su cuenta de Facebook. Para Enrique Dans, considerado uno de los mejores gurús de las nuevas tecnologías y profesor de Sistemas de Información en el IE Business School, “internet no genera nuevos problemas, sino que maximiza los que ya teníamos, hasta el punto de convertirlos en situaciones absurdas y cada día más insostenibles”. Una reflexión que se aleja de las visiones apocalípticas de las tecnologías, y llama la atención sobre el diagnóstico que provoca su mal uso: la condición humana.
"Hasta que el WhatsApp nos separe"
En este sentido, la educación sigue siendo básica para construir una sociedad mejor y, por ende, para erradicar la violencia de género. Un tipo de violencia que suele comenzar en el plano psicológico, y es aquí donde la hipervigilancia consustancial a las redes se convierte en un terreno abonado para ejercerla. WhatsApp es quizá una de las herramientas que más visible hace esta perniciosa tendencia entre las parejas, pues se puede saber con exactitud cuándo se está online, cuál es la hora y minuto a la que se recibe un mensaje y cuándo se deja de estar conectado.
Luis Muiño, psicólogo y colaborador de El Confidencial, explicaba en un artículo divulgativo, titulado Cariño, a mí no me engañas, sé bien lo que estás haciendo, que “la hipercomunicación y la hipervigilancia son los fenómenos que más impacto están teniendo en las relaciones amorosas”.
Las herramientas digitales pueden potenciar actitudes que en el mundo real son totalmente reprobablesDiversas investigaciones han relacionado el uso de redes sociales, principalmente Facebook, con un aumento de los problemas de celos entre las parejas jóvenes. Cuanto más tiempo pasan los miembros de la pareja en la red, más paranoicos se vuelven con respecto a lo que pudiera estar haciendo el otro.
“Esta red social nos permite seguir todas las relaciones de nuestra pareja: sabemos si siguen hablándose con sus ex, cómo es aquel amigo con el que se supone que nunca ha habido nada y en qué fotos (incluso anteriores al inicio de nuestro romance) está etiquetada”, apunta Muiño. Una situación a partir de la cual, añade, “viene lo peor: las especulaciones”. Como resultado, surge la obesión por incrementar el control y la vigilancia. Actitudes ambas que son fuente constante de conflictos en la pareja.
Educación para la convivencia en el cibermundo
La especulación es la base de la desconfianza mutua, que se puede potenciar, por ejemplo, con la famosa función del del doble check de WhatsApp, cuyos riesgos para las parejas describe a la perfección el cortometraje de “Rebúscame TV” que se reproduce a continuación.


Las especulaciones son una de las actitudes más insalubres para una relación de pareja. El “¿qué haciendo conectada a las 3 de la mañana?” o el “¿por qué no me responde al mensaje si estoy seguro de que lo ha recibido y leído?” pueden dinamitar la confianza mutua y ser perjudiciales para las relaciones amorosas. Sobre todo, cuando la desconfianza se convierte en un problema endémico y uno de los miembros de la pareja se obsesiona por controlar la hora a la que se conecta o se desconecta el otro, el tiempo de demora en las respuestas o la conexión a una cierta hora en la que se presuponía que estaba ocupado. Es entonces cuando acecha la paranoia por la infidelidad y se deteriora la relación de pareja hasta acabar en ruptura.
Como concluía Muiño en su reflexión, “en estos momentos de cambio, nosotros seguimos llevando las riendas. Nosotros decidimos estar o no estar en ellas (las redes sociales) y qué nivel público queremos mantener. Lo característico del mundo moderno es la posibilidad de diversidad: podemos montar el modelo de pareja que más nos llene, algo que en otras épocas más encorsetadas resultaba imposible”. Educarse, y formarse en las redes y en la cibercultura que moldea el mundo de hoy en día, se vuelve imprescindible para que, al menos, internet no maximice los problemas que ya teníamos.

PRENSA. "La culpa es de ellas". Augusto Klappenbach

Augusto Klappenbach

   En "blogs.publico.es":
La culpa es de ellas
Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo
Años después de la aprobación de la ley contra la violencia de género y de innumerables campañas de opinión sobre el tema, teléfono de asistencia a las víctimas, casas de acogida y manifestaciones ciudadanas, los resultados no parecen cambiar demasiado. Siguen los homicidios semanales e incluso se habla de un aumento de actitudes machistas y de violencia contra las mujeres en grupos de edad cada vez más jóvenes.
Hace algo más de treinta años las mujeres casadas no podían firmar contratos ni abrir cuentas bancarias sin permiso del marido. El número de mujeres dedicadas a la política o a la dirección de empresas importantes era insignificante. En la administración de justicia y en la medicina las mujeres eran una excepción. El papel de la mujer, aceptado por muchas de ellas, consistía en el cuidado del hogar y de los niños, y su poder se limitaba a la presión afectiva y la gestión de la culpa, aspectos compatibles con su papel de sumisión en la vida familiar y pública.
Todo comenzó a cambiar con la llegada de la democracia, y aunque aún se está lejos de la equiparación con los hombres en muchos aspectos, la mujer ha penetrado muy rápidamente, en términos históricos, en el mundo político y los cargos de gestión de la sociedad. Ha aumentado el número de mujeres en puestos de poder, su presencia en el mundo de las principales profesiones e incluso su poder de decisión en muchas familias donde antes solo contaba la palabra del marido.
¿Nos podemos extrañar de que este cambio provoque una reacción violenta en muchos hombres acostumbrados a considerar a la mujer como una posesión suya? ¿Quién tiene interés en matar a una persona que se ocupa de las tareas de la casa y se somete dócilmente a las exigencias de su marido? Mientras no se cuestionaron los papeles femeninos tradicionales, no estuvo en peligro la vida de las mujeres. La violencia, aunque muy presente en estos casos, no suele tomar la forma de un homicidio y ni siquiera suelen presentarse denuncias por agresiones físicas o violencia verbal.
Pero cuando las mujeres comienzan a reivindicar su papel en la sociedad y a tomar sus propias decisiones las cosas cambian, y mucho más si deciden separarse de su pareja. Se activan en algunos hombres los mismos mecanismos que se disparan cuando se les priva de una propiedad a la que suponen que tienen derecho: si no va a ser para mí que no sea para nadie.
Es difícil saber si la violencia machista ha aumentado en los últimos tiempos; hace cuarenta años no se llevaban estadísticas que discriminaran los crímenes machistas de los otros y las denuncias por violencia física o psíquica eran prácticamente inexistentes. Es posible que la diferencia radique en la falta de publicidad de antaño. Pero también es probable que al menos las agresiones físicas graves y los homicidios hayan crecido en la misma medida en que aumentó el número de mujeres que han decidido tomar las riendas de su propia vida. La mentalidad primitiva de muchos hombres no cambia al mismo ritmo que aumenta la autonomía femenina. Por supuesto que son indispensables las leyes, y sobre todo los servicios sociales de apoyo y los esfuerzos en la educación de los jóvenes. Pero me temo que el precio de esa autonomía femenina implica un aumento de la resistencia por parte de quienes no terminan de aceptarla. Y esto tiene difícil solución, porque esos hombres comparten la tesis del libro recientemente publicado por el arzobispado de Granada: la culpa es de ellas, por negarse a ser sumisas.

martes, 26 de noviembre de 2013

PRENSA. "Menos sexismo en el nuevo Diccionario"

Fernando Vicente. ("El País")

   En "El País":

Menos sexismo en el nuevo Diccionario

La Real Academia Española suprime acepciones contestadas por su machismo en 2014

Algunas definiciones son inexactas pese a haber sido incorporadas en el siglo XX

 Madrid 24 NOV 2013

Borges se burló del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) con su característica inclemencia: “Cada nueva edición hace añorar a la anterior”. No parece que vaya a ocurrir con la versión vigésimo tercera, que saldrá a finales de 2014. Al menos desde el punto de vista del sexismo. Algunas de las acepciones más denostadas por su sesgo machista desaparecerán. Ya no será más huérfano quien pierda al padre que a la madre. Lo femenino no equivaldrá a débil y endeble, ni lo masculino a varonil y enérgico. Tampoco babosear tendrá entre sus variadas definiciones la de “obsequiar a una mujer con exceso” (aunque esta se enmendó durante una de las cinco actualizaciones realizadas desde 2001, cuando se publicó la 22ª edición del DRAE).
En las casi 93.000 entradas que recogerá la nueva obra (5.000 más que la actual) se incorporarán enmiendas en los nombres de profesiones o actividades que desempeñan mujeres. Entre otras, tendrán lema doble: alfarero, -ra, camillera, -ra, cerrajera, -ra, enterrador, -ra, herrero, -ra, picapedrero, -ra, costalero, -ra o soldador, -ra. Otras pasan a ser un nombre común en género, esto es, un término con masculino y femenino según el contexto, que sirve para unas y otros sin necesidad de alterar la terminación (el/la concertino, el/la submarinista o el/la guardabosque).

Gozos y 

“La edición de 2014 tendrá miles de novedades, algunas tan minúsculas que los lectores no las van a captar”, precisa su director, el académico y catedrático de Lengua española, Pedro Álvarez de Miranda. “Se trata de que el Diccionario sea mejor, no menos machista, sino de que lo que diga sea verdad. Parece que solo actuamos a instancias de parte y no es así… no se cambia por protestas sino porque no es verdad. Lo que no se puede pretender es cambiar la realidad a través del Diccionario. Si la sociedad es machista, el Diccionario la reflejará. Cuando cambia la sociedad, cambia el Diccionario”, añade.
Eulàlia Lledó, una catedrática de Lengua y Literatura de secundaria que lleva años investigando los sesgos sexistas en el lenguaje, solo comparte con el académico un aspecto: el retrato de la realidad. En su opinión, la casa es refractaria a incorporar usos igualitarios que están en la calle. “El DRAE está a años luz de la sociedad. Arrastra una inercia que parece que les gusta. Una de las misiones del Diccionario es reflejar la realidad. Si lees las definiciones de madre, padre o huérfano verás que no la reflejan. El androcentrismo y el sexismo son tópicos que contravienen la realidad”.
Convengamos que les cuesta. Retrocedamos hasta 1992, un año en el que ocurrieron tantas cosas en la sociedad española que no había tiempo para palabras. Para sumarse a la fiesta la RAE publicó la vigésimo primera edición del Diccionario, la segunda que se corregía en democracia y solo ocho años después de la anterior, sin enmendar ninguna de las definiciones que la realidad estaba sobrepasando a toda prisa, como periquear (“disfrutar de excesiva libertad la mujer”) o gozar (“conocer carnalmente a una mujer”), que había figurado en la versión de 1780 (“gozar de una muger: tener congreso carnal con ella, consintiendo ella o padeciendo violencia”) y luego desaparecido. Y aunque en su haber figuraron entradas como jueza, concejala o machismo, siguió resistiéndose a incluir médica. Un término con una extraña evolución: se registra en el canon lexicográfico de 1925 (“mujer que se halla legalmente autorizada para profesar y ejercer la medicina”) y se destierra de ediciones posteriores hasta 2001.

Álvarez de Miranda: "Se trata de que el DRAE sea mejor, no menos machista"
En algunos aspectos, el DRAE retrocedió en el XX. En el siglo que se consagran los derechos de la mujer como un pilar básico de las sociedades modernas —claro que en España se obstaculizó la igualdad (y no solo) durante cuatro décadas—, el Diccionario incorpora acepciones que proclaman el sometimiento de las mujeres como la citada babosear o las ningunean como ocurre con huérfano. Hasta la versión de 1925, la definición es impecable y mantiene con mínimos matices la introducida en el siglo XVIII por los primeros redactores: “La persona que ya no tiene padre, o madre, o le falta uno y otro”. Es en el siglo XX cuando se añade la coletilla que convierte a alguien en más huérfano si pierde al padre que a la madre.

Eulàlia Lledó: "El androcentrismo es un tópico que no refleja la realidad"
A la RAE, que ahora desterrará estas definiciones de su principal obra, le ha costado dar el paso, a pesar de que ya en la década de los ochenta encargó a tres expertas (entre ellas Eulàlia Lledó) un informe para detectar sesgos sexistas con vistas a mejorar la edición de 2001. “Del trabajo que hicimos, apenas recogieron cosas. Creo que cuando vieron la envergadura, decidieron cambiar poco. Pagaron por un trabajo que tiraron”, recuerda la filóloga. En el estudio no se limitaban a revisar definiciones, también analizaban ejemplos, donde detectaron una clara hegemonía de los masculinos y una sobreabundancia de casos peyorativos en los femeninos. “Les cuesta menos introducir cambios que tienen que ver con las profesiones que con aspectos relativos a lo físico, lo moral o lo sexual”, concluye Lledó. De las difíciles relaciones entre la Academia y las feministas da fe el debate generado el año pasado tras un informe del académico Ignacio Bosque sobre las guías de lenguaje no sexista en el que afirmaba: “Nadie niega que la lengua refleje, especialmente en su léxico, distinciones de naturaleza social, pero es muy discutible que la evolución de su estructura morfológica y sintáctica dependa de la decisión consciente de los hablantes o que se pueda controlar con normas de política lingüística”.

Médica figuró en femenino en la versión de 1925 y se suprimió después
El sexismo del lenguaje comenzó a combatirse a nivel internacional en la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en México en 1975. No es exclusivo de las lenguas latinas. El inglés arrastra sus prejuicios. En un artículo de hace unos años, Deborah Cameron, profesora de Lengua y Comunicación en la Universidad de Oxford, citaba fireman (bombero), gestada a partir de la palabra man (hombre), y sustituida por el integrador firefighter tras presiones de movimientos femenistas. Dicho lo cual avisaba de que la lengua corre libre: “Las instituciones pueden legislar sobre el lenguaje, pero las reformas solo funcionan si la mayoría de los hablantes las aceptan. La gente nunca consulta a las autoridades antes de abrir la boca”. A estas alturas nadie comparte lo que un día espetó Leopoldo Alas: “Somos los amos de la lengua”. Las palabras nacen, mueren o se transforman por voluntad de todos en general y de nadie en particular (salvo excepciones: mileurista tiene una madre reconocida que acuñó el término en una carta a este diario que corrió como la pólvora). En esto conciden los hacedores de diccionarios y quienes los someten a auditorías externas. “Las lenguas dependen de la gente y las cosas van a su cauce”, concede Eulàlia Lledó.
“El Diccionario tiene que reflejar la realidad y toma nota de lo que pasa del uso al desuso. Pero el Diccionario no puede acelerar el proceso”,defiende Álvarez de Miranda. Por ejemplo, sexo débil “podría estar cerca de la necesidad de tener una marca de vigencia porque probablemente hoy se usa poco, pero en la próxima versión saldrá sin marca”. En 2014 se conservarán las acepciones de sexo débil como “conjunto de las mujeres” y sexo fuerte o feo como “conjunto de los hombres”. Otra herencia sexista del siglo XX.

Gozos y sombras del DRAE

Algunas de las siguientes acepciones del Diccionario de la Real Academia Española serán modificadas en la edición, que se publicará a finales de 2014.
Huérfano. Dicho de una persona de menor edad: a quien se le han muerto el padre y la madre o uno de los dos, especialmente el padre.
Gozar. Conocer carnalmente a una mujer.
Cocinilla. Hombre que se entromete en cosas, especialmente domésticas, que no son de su incumbencia.
Periquear. Dicho de una mujer: disfrutar de excesiva libertad.
Cancillera. Cuneta o canal de desagüe en las lindes de las tierras labrantías.
Edén. Paraíso terrenal, morada del primer hombre antes de su desobediencia.
Hombre. Ser animado racional, varón o mujer. / Individuo que tiene las cualidades consideradas varoniles por excelencia, como el valor y la firmeza.
Mujer. Persona del sexo femenino. / Que tiene las cualidades consideradas
femeninas por excelencia.
Femenino. Débil, endeble.
Masculino. Varonil, enérgico.
Padre. Varón o macho que ha engendrado. / Cabeza de una descendencia, familia o pueblo. / Padre de familia: jefe de una familia aunque no tenga hijos.
Madre. Hembra que ha parido. / Madre de familia: mujer casada o viuda, cabeza de su casa.

jueves, 21 de noviembre de 2013

PRENSA. "Sexismo a golpe de WhatsApp".

Las nuevas tecnologías también sirven para vigilar y recortar la libertad en las relaciones de pareja, sobre todo entre los jóvenes. / SANTI BURGOS. ("El país")

   En "El País":

Sexismo a golpe de WhatsApp

Los adolescentes replican los patrones machistas que pueden conducir a situaciones de violencia

Las redes y el móvil facilitan las situaciones de control

 19 NOV 2013

Un 21% de los adolescentes españoles está de acuerdo con la afirmación de que los hombres no deben llorar. Uno de cada cinco cree que está bien que los chicos salgan con muchas chicas, pero no al revés. El 12,8% no considera maltrato amenazar —o recibir amenazas— en caso de que su pareja quiera romper la relación. El sexismo y los estereotipos de género perviven entre los adolescentes españoles. Y el retrato robot de cómo son y cómo viven sus relaciones muestra que, además, no son conscientes de ello. Conocen el discurso y la información sobre violencia de género, pero no la trasladan a su vida. La radiografía es llamativa: el 4% de las adolescentes de entre 14 y 19 años han sido agredidas por el chico con el que salen o salían; y casi una de cada cuatro confiesa que su novio o exnovio las controla hasta el punto de fiscalizar con quién hablan o como visten. Control, relatan, a golpe de Tuenti y WhatsApp.
Los adolescentes españoles, como muestra el estudio Evolución de la adolescencia española sobre la igualdad y la prevención de la violencia de género, empiezan sus relaciones sentimentales cada vez antes. Las inician a los 13 años frente a los 13,5 de hace tres. Y mantienen y alimentan sus relaciones, sobre todo, gracias al contacto a través de las redes sociales o por teléfono. El plan común ya no es bajar a la calle, sino quedar en la Red. El estudio, realizado por investigadores de la Universidad Complutense de Madrid con las entrevistas online a 8.000 menores, muestra que efectivamente se ven menos. Y eso, apunta María José Díaz-Aguado, coordinadora del estudio, les hace estar menos satisfecho con sus relaciones. Y mucho más inseguros.

Un 25% de las chicas dice que su novio o exnovio la vigila a través del teléfono
Esa forma de vivir el noviazgo, creen psicólogos y educadores, unida a que los estereotipos que dibujan al hombre dominante y agresivo como alguien con atractivo y a la mujer como la sumisa, puede derivar en un incremento de las situaciones de control y, con el tiempo, de violencia.

Casos que, a la larga, los chavales terminan normalizando. “Los adolescentes no perciben las relaciones de alarma que muestran esas relaciones abusivas y ese patrón termina alimentándose”, apunta Ana Bella Estévez, presidenta de una fundación de supervivientes a la violencia de género que lleva su nombre. La realidad se percibe en las cifras: el 25% de las chicas asegura que su novio o exnovio la controla a través del móvil; el 23,2% confiesa que su pareja la ha tratado de aislar de sus amistades. Comportamientos y situaciones que Estévez asegura encontrarse muy habitualmente. Su fundación imparte desde hace 10 años talleres en colegios e institutos de Andalucía, y esos seminarios son un buen termómetro para medir el problema. De ahí que esta mujer, que sufrió desde la adolescencia los malos tratos de la que fue su pareja, estime que se ha dado pocos pasos a la hora de frenar la violencia de género en adolescentes.
El estudio de la Complutense, encargado por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género y hecho público ayer, le da la razón. La investigación, que es la continuación de otra realizada en 2010, muestra que en tres años, la situación no ha mejorado. El porcentaje de chicas que afirma haber sufrido agresiones físicas se mantiene. Sin embargo, aumenta en un 7% el número de adolescentes que afirman haber sufrido situaciones de control extremo por parte de su novio o exnovio. Algo más preocupante aún si se analiza que más de un 12% de los adolescentes (chicos y chicas) no consideran como maltrato conductas como que un chaval le diga a su novia con quien puede hablar, dónde ir o qué hacer. También es esclarecedor que a los chicos les cueste más reconocer que ejercen estas acciones y que no las vean tan censurables.

“No identifican estas formas de control como violencia de género hasta que llegan a un punto grave”, explica Susana Martínez, presidenta de la Comisión de Estudios de Malos Tratos a Mujeres. Y la percepción del riesgo o del carácter nocivo de estas acciones es aún menor cuando este comportamiento se mantiene a través de las redes sociales. “Cuando se utilizan mal y de manera inconsciente, las nuevas tecnologías son un elemento de riesgo, porque hay casos en los que, inconscientemente, las víctimas están permitiendo actitudes que se pueden llegar a convertir en armas contra ellas”, sigue Martínez.
Naida S. se ve reflejada en ese caso. Esta joven de 18 años cuenta que hace un año y medio mantuvo una relación con un chico de su barrio. Relata, como muchas otras mujeres que se ven envueltas en la espiral de la violencia o el acoso, que al principio era “la relación ideal”. “Después, cuando los celos y la agresividad me tiraron para atrás y quise dejarlo las cosas se pusieron feas”, relata. Cuando lo dejó, él entró en su cuenta de una red social y se dedicó a mandar mensajes insultantes a conocidos y amigos. “Yo le había dado mis claves, pero nunca pensé que me haría esto. Tampoco que enviaría a gente las fotografías algo comprometidas que nos habíamos hecho”, se lamenta. Finalmente, Naida pidió ayuda a su madre. “Habló con los padres de él y la cosa está calmada, pero yo sigo muy mal”, dice. Ahora participa en un taller de jóvenes que han vivido situaciones similares. No son pocas: el 14,8% de las adolescentes afirma que su novio o exnovio utilizó sus contraseñas para acciones similares.

Pero si la percepción del riesgo es baja cuando se trata de situaciones vividas con las parejas o exparejas, no es mucho mayor si los insultos o amenazas proceden de fuera de la relación; incluso de desconocidos. Un ejemplo: uno de cada cuatro adolescentes no considera arriesgado responder a un mensaje de alguien que no conocen y les ofrece cosas; tampoco ven peligro en responder a un mensaje insultante. Además, un 4,9% de las chicas y un 16,1% de los chicos no creen que haya riesgo en colgar en la Red una fotografía suya de carácter sexual. Es más, el 1,1% de ellas y el 2,2% de ellos afirman haberlo hecho en dos ocasiones o más, según una investigación sobre ciberacoso también hecho público este martes.
La ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Ana Mato, reconoció ayer el problema y apuntó que las nuevas tecnologías son “un arma de doble filo”. “Ayudan a combatir la violencia de género [el Ministerio ha puesto en marcha una aplicación especial para ello: Libres] pero también pueden promoverla”, apuntó. Mato, sin embargo, evitó en la presentación de ambos informes entrar en detalles sobre la radiografía social de los adolescentes. No ofreció ningún dato. Tampoco la comparación de la evolución en la sociedad.

Uno de cada cuatro jóvenes publicaría una foto que no aprueben sus padres
Una evolución, sin embargo, que no ha conseguido en absoluto erradicar los estereotipos que alimentan las situaciones de abuso y de maltrato. Siguen justificando la violencia. Casi el 8% de los adolescentes creen, por ejemplo, que si una mujer es maltratada por su compañero y no le abandona es porque no le disgusta del todo esa situación. Y el 12,4% se muestra algo o muy de acuerdo con la afirmación de que para tener una buena relación de pareja es deseable que la mujer evite llevar la contraria al hombre. “Los estereotipos que creíamos superados se reiteran. Los patrones alimentados por la televisión, la literatura, el cine o las relaciones que ven en el entorno, terminan por sumir a muchas adolescentes en el papel de la mujer sumisa y al hombre en el de alguien dominante que debe hacer oír su voz por encima de las de los demás”, analiza la psicóloga Rosa López. “Y eso construye relaciones desequilibradas y nocivas”, concluye. López realiza terapias con adolescentes que han vivido maltrato. También ella cuenta que, desde hace unos años, las nuevas tecnologías juegan un papel de protagonismo creciente en las conversaciones de sus grupos. “Las chicas cuentan por ejemplo que sus novios les leían todos los mensajes del móvil o el correo para saber con quien hablaban o que vigilaban su cuenta de redes sociales”, apunta. “Algunos llegan hasta un punto tal que le piden a su pareja que les hagan una videollamada para ver dónde están o les envíen un localizador de donde se encuentran”, incide. Es lo que los propios menores llaman pruebas de amor. Dar al otro la llave de la vida y la intimidad.
Para la presidenta de la Comisión de Malos Tratos a Mujeres lo peor de esta realidad es que los propios menores no la ven nociva. “Cuando hablamos y tratamos a jóvenes percibimos que si las haces reflexionar te pueden hacer un discurso bien armado sobre por qué no consideran correcto estos comportamientos sexistas, controladores o violentos. Sin embargo, después observamos que de manera inconsciente están asumiendo esos roles”, dice.
Los propios adolescentes explican que los mensajes sexistas les llegan desde su entorno. El 54,3% de los chicos y chicas de entre 14 y 19 años afirman haber escuchado a menudo o muchas a los adultos de su entorno la idea de que para tener una buena relación de pareja deben encontrar a su media naranja para “llegar a ser como una sola persona”. Es decir, la idea de amor romántico que, según los expertos, contribuye a crear relaciones de dependencia. Además, el 36,3% asegura que los adultos de su entorno les han dicho con frecuencia que los celos son “una expresión de amor”.
Ana Bella Estévez se revuelve con la idea. “Hay que ser tajante. Los celos no son amor, son lo contrario al amor”, dice. Esta mujer, que se define como una “agente del cambio para acabar con la violencia machista” apunta que hay que observar, además, los celos en su amplio sentido. “Puede haber celos de las relaciones con los amigos, la familia. Todo ello va conformando una situación de abuso emocional”, explica. ¿Cómo? De nuevo a través del control: de la ropa que las chicas se ponen, de si van a hacer deporte, de qué estudian, de cuánto tiempo dedican a los demás.

“Le di mis claves, pero no pensé que me haría esto”, dice una chica acosada
A Estévez y el resto de expertos les preocupa la radiografía que muestra el comportamiento adolescente. También que se alimenten de mensajes que les llegan de su entorno. Desde los adultos que les rodean hasta las películas o las series de televisión que contribuyen a perpetuar el estereotipo de género. “Muchas veces, las madres o los padres no nos hemos educado en igualdad y somos los primeros que inconscientemente contribuimos a que los roles sexistas permanezcan. Es importante que analicemos qué pasa en nuestra familia, que hablemos con nuestros hijos abiertamente del amor, de las relaciones, de las amistades”, dice.
Todos hablan de la importancia de la educación para frenar el fenómeno. Pero los jóvenes revelan que reciben pocos mensajes en la escuela. El 55,7% afirma que nunca ha trabajado en clase contenidos relacionados con cómo corregir el machismo; el 55,2% cuenta que nunca o casi nunca ha analizado en el instituto las relaciones entre hombre y mujer y cómo resolverlos. Y eso, apunta la presidenta de la Comisión de Malos Tratos a Mujeres, es un paso atrás. “Puede existir un retroceso ideológico o educacional en el combate de la violencia machista, porque lo cierto es que no hay ninguna asignatura que compile contenidos de igualdad. Algo importantísimo”, dice. Lo cierto es que algunas Administraciones e instituciones —como el Instituto de la Mujer— tienen proyectos. Pero o son minoritarios y ceñidos a una determinada región —como los de Andalucía— o están dando sus primeros pasos.
La catedrática de Psicología María José Díaz-Aguado considera que una de las herramientas para erradicar estos comportamientos es hacer un diagnóstico de lo que ocurre para determinar dónde se puede actuar y con qué medios. “La violencia de género no es una fatalidad biológica con la que nos tenemos que conformar. Podemos cambiarla”, añade.