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miércoles, 22 de abril de 2015

PRENSA. "No dejar a nadie en el mar". Roberto Saviano

 
Roberto Saviano

   En "El País":

No dejar a nadie en el mar

El escritor italiano analiza el último naufragio en el Mediterráneo


EL MEDITERRÁNEO convertido en una fosa común. Más de 900 muertos. Muertos sin historia, muertos de nadie. Desaparecidos en nuestro mar y pronto borrados de nuestras conciencias. Ocurrió ayer: un pesquero que vuelca, unos inmigrantes —es decir, personas, hombres, mujeres y niños— engullidos que se convierten en fantasmas. Pero ya sabemos que volverá a pasar mañana. Y en una semana. Y en un mes. Llevando nuestras emociones hasta la indiferencia. Repite una noticia todos los días, con las mismas palabras, con el mismo tono, por triste y afligido que sea, y lograrás que ya no se escuche. Esa historia no recibirá atención, parecerá la misma de siempre. Será la misma de siempre. “Muertos en una barcaza”. Algo relevante para los encargados de los trabajos, historia para las asociaciones, desesperación invisible.

Si ahora hablamos del tema, es porque la cifra es desmesurada"
Si ahora, justo ahora, hablamos del tema, solo es porque los muertos son 900, quizá más: una cifra desmesurada, inhumana. Si es que esta palabra aún tiene sentido. Seguimos sin saber nada de ellos, pero estamos obligados a saldar cuentas con la tragedia. Saldar cuentas: porque hablamos de números y nada más. De haberle faltado dos ceros al parte de muerte, ni siquiera habríamos sabido de él. Porque ya no es más que una cuestión de números (o de detalles dramáticos como “inmigrantes cristianos arrojados al mar por musulmanes”) lo que supone la diferencia. No para los individuos, no para las sensibilidades privadas, sino para la comunidad que deberíamos representar, que debería representarnos. Porque a la indiferencia personal, acaso comprensible, la acompaña en el plano político una algarabía de declaraciones: disputas, acusaciones en tonos violentísimos. Nadie consigue hacer lo que necesitamos más que ninguna otra cosa: hacer que se comprenda. Pocos se dedican a ello: Médicos sin fronteras, con la campaña #millonesdepasos, intenta contar lo que ocurre, evitando reducir a estas personas a su problema. Es decir, a “expatriados, inmigrantes ilegales, clandestinos”: palabras que diluyen la esencia humana para que sintamos con menos intensidad la pérdida infinita ante la tragedia. Muchos políticos, incluso en estos momentos, gritan. Salvini habla de “invasión”, cuando en realidad la mayor parte de los que llegan no se queda en Italia, sino que se dirigen a Francia, Alemania o los países del Este. El Movimiento 5 Estrellas, que en sus propuestas había planteado un debate interesante, por desgracia ha caído en la tentación de cambiar el baricentro de la cuestión, del “salvar vidas” a “la expulsión”, asumiendo como cierta esa falsa lógica de que cuanto más difícil sea entrar en Italia de forma clandestina, menos intentos de llegar a nuestras costas se producirán. No es así; no se salvan vidas endureciendo las fronteras, y no solo lo demuestra la experiencia italiana, sino también la estadounidense. Basta leer el libro Los migrantes que no importan, de Óscar Martínez, para comprender que los flujos clandestinos de personas desde México hasta Estados Unidos rara vez se pueden gestionar y son imparables.
La cuestión es que el primer objetivo debería ser precisamente ese: salvar vidas, preocuparse por ellas. En cambio, se ha logrado convertir esa voluntad en algo ridículo, romántico, ingenuo. Cualquier reflexión sobre el dolor de los otros, de los que llegan de un “submundo”, ha de ser contenida. Hay una economía en el sufrimiento. Quien valora el dolor, quien calibra la tragedia humana, quien intenta despertarse del torpor de la cifra de ahogados es tildado e inscrito automáticamente en el movimiento de “los buenos de más”.
“Bueno de más” es la acusación de quienes no quieren dedicar tiempo a comprender y ya tienen la solución: devoluciones, arrestos, detenciones. Es la mezcolanza de frustración personal que busca a un responsable de nuestro desasosiego, la voluntad de considerar que la única solución realista y vencedora es la más autoritaria. Es la bondad considerada un sentimiento hipócrita por definición. Y, lo que es mucho peor, una cualidad moral que solo puede tener el hombre perfecto, inmaculado y puro: ergo nadie más que los muertos, cuya vida queda transfigurada y cuyas acciones ya son pasado. Todo el que intente actuar de otra forma desde su imperfección humana será marcado con un juicio único: falso. Y así la bondad se convierte en un sentimiento sin ciudadanía, ridículo, precisamente porque no puede sentirse más que desde la perfección rotunda. He ahí el cinismo miope, que lo destruye todo con diligente sarcasmo.
Es obvio que, racionalmente, resulta imposible imaginar una acogida universal y desmesurada, sin reglas; sin embargo, la estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene. A Italia no se le reconoció el peso político que debería haber tenido al ser un país bisagra. Teníamos que aspirar a enfrentarnos al resto de Europa por el tema de la inmigración. Teníamos que aspirar a que nos escuchasen, sin que nos endilgaran, sin que delegaran “el problema” en nosotros.
La perenne campaña electoral de Renzi, que en el plano internacional parece estar más interesada en adquirir credibilidad diplomática que en plantear e imponer temas, no nos están ayudando, aunque parece injusto atribuir a este Gobierno toda la responsabilidad. Europa calla, culpable, pero podemos intentar cambiar las cosas. Podemos comprometernos a interpretar, a contar, a no permitir que estas vidas sean aplastadas y desperdiciadas así. Que se queden atrás, tan atrás que desaparezcan de nuestra vista. Convirtiéndose en un fantasma, en un estereotipo, en un incordio.

La estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene"
Inventarnos caminos alternativos, reunir toda la creatividad posible. Hablar del tema en televisión y en Internet, pero de otra forma: como decíamos, “expatriado” o “ilegal” son términos que diluyen la esencia humana construyendo una distancia irreal, que baja el volumen de la empatía.
Tenemos que pedir a los partidos que presenten a candidatos que hayan vivido la experiencia; abrir las universidades a esos hombres y mujeres. ¿Disminuirá todo eso el consenso político, con la cantilena del “primero nosotros y luego ellos”? Probablemente sí, sucederá. Pero solo en primera instancia; pronto nos daremos cuenta del enorme beneficio que supone. La historia de los desembarcos y de los flujos de inmigrantes tiene que convertirse en un tema que el Gobierno considere fundamental dado su consenso.
Renzi y su Gobierno responden con diligencia cuando un tema se vuelve mediático y popular: si perciben que el juicio sobre ellos estará determinado por el problema de la inmigración, empezarán a diversificar, a buscar nuevas estrategias y dar nuevos enfoques. El semestre italiano en Europa ha supuesto una profunda decepción, por lo que respecta tanto a las propuestas sobre los flujos de capital criminal (era una buena ocasión para plantear el tema del blanqueo) como sobre inmigración. Pero ahora es inútil lamentarse de lo que no se ha hecho; es necesario que Europa decida de manera diferente. Dar a los inmigrantes un espacio que no sea esporádico. Que la televisión los reciba, empezando a pronunciar bien sus nombres y los de sus países, contando su día a día y su resistencia.
Los únicos que a esta hora representan lo que Europa debería ser son los italianos; los muchos italianos que salvan vidas todos los días corriendo el riesgo de violar las leyes. La figura que mejor describe a estos italianos honrados es la del pescador Ernesto, en la preciosa película Terraferma de Emanuele Crialese, que viola la orden de la Capitanía de mantener su pesquero alejado de una patera respondiendo con un sencillo, humano y potente: “Yo nunca he dejado a nadie en el mar”.
Traducción de News Clips.

domingo, 8 de marzo de 2015

PRENSA. "Gomorra, la maldición de Nápoles"

   En "El País Semanal":

Gomorra, la maldición de Nápoles

El barrio de Scampia es el símbolo de una sociedad, la napolitana, asfixiada por el crimen organizado y el negocio de la droga.

'El País Semanal’ entra en el escenario impenetrable de la obra de Roberto Saviano, visita sus casas y contempla el azote de la delincuencia mafiosa.

Hablan los pequeños héroes diarios que luchan para que este barrio de película pueda un día escapar a su destino.


En el centro, el comisario Michele Spina, impulsor de un plan de lucha contra la delincuencia. / GIANFRANCO TRIPODO
La ciudad de Italia con peor reputación es Nápoles. El barrio de Nápoles con un estigma más profundo se llama Scampia. Los bloques más temidos de Scampia son Las Velas. Al llegar aquí, el zoom de la mala fama sigue adentrándose a través de cristales rotos, montañas de desperdicios, ascensores que hace años dejaron de funcionar, escaleras pintarrajeadas con palabras de amor o de venganza y restos de las fortalezas de hierro construidas por las feroces familias de la Camorra hasta detenerse en unas sombras que se mueven por el sótano con una jeringuilla clavada en el brazo. Esto, más decenas de tiroteos y de muertos, es lo que todo el mundo ha conocido a través de Gomorra, primero el librodespués la película y ahora la serie de televisión inspirada en la investigación del periodista Roberto Saviano sobre la Mafia napolitana.
Pero cuando, en medio de este paisaje de la desesperanza todo parece predestinado a la derrota continua, se oyen unos pasos subiendo y a alguien que canturrea en napolitano, esa bella versión del italiano que lleva dentro, como una caja negra de la historia, el recuerdo de griegos, normandos, españoles y hasta de los yanquis que desembarcaron en la II Guerra Mundial y todavía no se han marchado. Es Vincenzo, un joven expresidiario que como cada día viene a venderle el pan a Carmela Imparato, madre de dos hijas pequeñas, separada de un marido que no le pasa la pensión y limpiadora ocasional de casas ajenas. El único trabajo fijo que, un día sí y otro también, le ofrecen a Carmela algunos de sus vecinos es el de cajera de las ganancias de la droga. “Me darían 50 euros al día si guardase el dinero en mi casa, y mucho más si escondiese algún alijo de vez en cuando”. Pero Carmela, aunque más de una noche tenga que mandar a sus hijas a la cama sin cenar, siempre dice que no. Y de su negativa, de su no rotundo y de sus razones tan sencillas como el agua limpia, arranca un nuevo zoom que, partiendo de las sombras del sótano y atravesando la memoria atroz de varias décadas de guerras de Mafia, intenta superar trabajosamente la maldición de la mala fama.
No es fácil. El barrio de Scampia está ligado al destino de Nápoles, y esta ciudad –la más poblada del sur de Italia, la que registra las mayores tasas de desempleo de todo el país– también es “la capital mundial del estereotipo, hasta el punto de que cuando el equipo de fútbol va a jugar a cualquier otra ciudad de Italia, la afición rival no se mete con los jugadores, sino con los napolitanos”. La reflexión, pronunciada a modo de irónica bienvenida, pertenece al profesor de Filosofía Moral Giuseppe Ferraro. Nadie como él, cuya vocación es encender la mecha de la curiosidad tanto en las aulas como en las prisiones, para explicar por qué el barrio de Scampia, además de por las guerras de la Mafia y por los efectos mediáticos de la obra de Saviano, se ha ido convirtiendo con el paso de los años en el prototipo de la degradación. La conversación se desarrolla durante un paseo por las callejuelas del Barrio Español, un lugar donde el peligro y la belleza llevan siglos felizmente casados.

Para ser sincero, cuando falto de esta ciudad lo que más echo de menos es el mar… y el lío”
Giuseppe Ferraro, profesor de Filosofía moral
“Lo primero que hay que tener en cuenta”, explica Ferraro, “es que los edificios llamados Las Velas por su semejanza con el perfil de un velero fueron construidos a principios de la década de los setenta para descongestionar otros barrios de la ciudad. Se pretendía que el interior de los bloques fuese una reproducción moderna del casco histórico, con sus callejones y sus plazoletas, pero desde el principio se convirtió en un barrio de deportación. Los vecinos que fueron enviados allí o que ocuparon las casas a raíz del terremoto de 1980 sufrieron enseguida el desarraigo, la pérdida de identidad. Y esto fue especialmente grave en una ciudad donde, por poner un ejemplo, en cada barrio se habla el napolitano con un acento distinto. La diversidad de acentos te ayuda a situar a las personas dentro de una ciudad que es el reino de la estratificación. Si nos metemos en esa iglesia verás que debajo existe una ciudad idéntica, con las mismas callejuelas que en la superficie, herencia viva de los griegos, de los españoles… La misma mezcla y el mismo lío de arriba perviven también abajo. Yo, si quiere que le sea sincero, cuando falto de la ciudad lo que más echo de menos es el mar… y el lío”.
Las calles del Barrio Español van marcándole el compás a las palabras del profesor Ferraro. Magníficos palacios del siglo XVII divididos en pisos de renta antigua o inexistente, habitados por vecinos que jamás han sentido la necesidad de salir del barrio y que se pasean por la calle en pijama, entre el estruendo de los ciclomotores sin tubos de escape ni matrícula, cabalgados por muchachos sin casco que se santiguan delante de una hornacina de la Virgen adornada con flores de plástico. “Esta ciudad”, dice el profesor para explicar esa rebeldía que se hace patente en cada esquina, “nunca se ha gobernado a sí misma. Desde su historia griega o romana o española o incluso en los tiempos modernos, jamás tuvo un Gobierno presidido por alguien de aquí. Y esto ha resultado cómodo porque así cada napolitano ha interiorizado que las instituciones están siempre en contra, que son el adversario, que hay que combatirlas”. Giusep­pe Ferraro trae a colación que, a su paso por la ciudad, el escritor estadounidense Herman Melville se maravillase de que los cañones de Fernando II de las Dos Sicilias, el Rey Bomba, no estuviesen apuntando hacia el mar, sino hacia la ciudad: “Era la prueba de que el enemigo estaba dentro”. La cultura de la Camorra viene de una estructura antiquísima de clanes ya existentes en el tiempo de los Borbones, donde cada zona tenía un capo y donde existía la alta y la baja Camorra, la aristocrática y la popular, con la misma mentalidad aunque con intereses distintos. Es algo que, como otras muchas cosas en Nápoles, no ha cambiado a través de los siglos. Ya sea desde el borde de fuera de la ley o desde el borde de dentro, el napolitano siempre ve en la autoridad un sinónimo de opresión, de ahí su inclinación –que acompaña de un cierto placer– por circular a contramano de los semáforos y las reglas.
–Ah, y otras dos cosas antes de que vaya a Scampia.
–Dígame, profesor.
–La primera es que debe tener en cuenta que en esta ciudad solo existe el presente. El pasado es presente e incluso la muerte está incluida en el presente. Cuando el Nápoles venció el segundo scudetto [el campeonato de liga 1989-1990, con Maradona de capitán], los muchachos fueron al cementerio y colgaron una pancarta: “Queridos abuelos, no sabéis lo que os habéis perdido”. Al día siguiente, apareció otra pancarta en el mismo lugar que respondía: “¿Quién os lo ha dicho…?”. No lo olvide, esta ciudad está siempre al límite de su propia locura.
–¿Y la segunda cosa que no debo olvidar?
–El hecho terrible de que Nápoles es una ciudad bella. Demasiado bella. Y ya dijo Rilke en una de sus elegías que “la belleza no es si no el principio de lo terrible”. La belleza genera violencia.


Durante casi veinte años el barrio de Scampia careció de comisaría. / GIANFRANCO TRIPODO
De camino a Scampia, Nápoles va despojándose de la belleza y aun de la picaresca cotidiana –el taxista pacta un precio para apagar el taxímetro y no tener que pagarle al patrón, un muchacho pide a la salida del metro los billetes usados para revenderlos a otros viajeros– para zambullirse en la fealdad de los barrios de aluvión y de los delitos con mayúsculas. Dice Michele Spina que Scampia ya no es lo que era cuando él llegó en 2007 para ponerse al frente de la comisaría de Policía y que, incluso ya entonces, había dejado de ser el mayor supermercado europeo de la droga. La terrible faida –guerra interna– que enfrentó en 2004 y 2005 al poderoso clan de Paolo Di Lauro con un grupo de disidentes dirigidos por Raffaele Amato y llamados los “Scissionisti” o “los españoles” –porque Amato había permanecido un tiempo refugiado en España– dejaron más de un centenar de muertos en las calles de Scampia y del vecino barrio de Secondigliano.
“Hay que tener en cuenta”, explica el comisario Spina a bordo de un coche patrulla camino de Scampia, “que, por culpa del terremoto de 1980, un barrio que había sido proyectado para 80.000 habitantes se vio invadido de repente por más de 100.000 personas, muchas de ellas sin trabajo y bastantes con antecedentes policiales. Y, sin embargo, hasta 1997 no se creó la comisaría del barrio. El resultado era previsible: Scampia, y en especial Las Velas, se convirtieron en un gueto desde el primer momento. Durante aquellos 17 años sin ley, la Camorra se hizo con el control absoluto ante la impotencia de la gente de bien, mucho más numerosa, pero incapaz de reaccionar ante la fuerza intimidatoria del grupo organizado y de las armas. El férreo sistema de control del territorio aún continuaba intacto cuando yo entré en Las Velas por primera vez. Ahora se lo voy a explicar sobre el terreno”.
La fisonomía de Las Velas es inconfundible. Una parte se debe al proyecto en sí del arquitecto Franz Di Salvo: siete edificios gigantescos –de los que ya fueron demolidos tres– pintados cada uno de un color, de forma triangular, de tal manera que por fuera se asemejaran al velamen de una embarcación y por dentro recrearan los callejones de Nápoles, donde las voces de los vecinos y los olores de la comida recién hecha se confunden hasta el punto de que barrios enteros se encierran sobre sí mismos hasta convertirse en un solo patio de vecindad. Pero la razón de su incorporación al imaginario colectivo –su aterrizaje definitivo en la mala fama– se lo debe a la televisión y al cine. Las Velas sirvieron de decorado para la película Gomorra, dirigida en 2008 por Matteo Garrone, y para la actual serie televisiva, producida en Italia y vendida a más de cincuenta países.

Mi mensaje al capo era claro: si tu quieres vender droga escóndete. No lo puedes hacer como un negocio más”
Michele Spina, comisario de policía de Nápoles
“Los grupos mafiosos”, explica el comisario Spina ya sobre los pasillos míticos de Gomorra, “ocupaban las casas de forma militar, expulsaban a sus inquilinos y se metían dentro. A continuación cambiaban la puerta original y la sustituían por una blindada. Luego, practicaban un pequeño agujero, una especie de taquilla, de tal modo que desde el exterior no se pudiera identificar a quienes desde el interior iban vendiendo las bolsas de estupefacientes a la fila de drogadictos que esperaban en el pasillo. Dentro y fuera del edificio, en las azoteas, en los balcones, en las entradas, los centinelas permanecían alerta ante la eventual aparición de la Policía o de los Carabinieri. Ante cualquier sospecha, daban la señal de alarma con una palabra que en los últimos tiempos era “vattene”, un grito breve, sonoro, inmediato, ¡vattene, vattene, vattene!”. La voz del comisario se multiplica por unos edificios que, aun devorados por la suciedad y el abandono, siguen alojando todavía a unas cuatrocientas familias, los últimos náufragos –y algún que otro pirata– de unas naves que jamás llegaron a flotar.
“A la voz de alarma”, continúa el comisario Spina, “el que estaba vendiendo la droga escapaba y hacía desaparecer la mercancía, a veces por los sistemas –así les siguen llamando, “sistemas”— más sofisticados o más burdos, desde un falso escalón en la escalera que se activaba con un mando a distancia a un desagüe falso colocado en una casa libre de sospecha. El problema era que, cuando daban la voz de alarma y cerraban los portones de hierro con los que habían blindado el edificio, nosotros nos quedábamos fuera, pero también el resto de los vecinos. Solo ellos tenían la llave. Para eso eran los dueños. No se me olvidará una vez que, durante una operación, con ellos encerrados dentro y nosotros esperándoles fuera, llegó una señora mayor, con las bolsas de la compra en la mano. Hacía frío. El telefonillo no funcionaba porque ellos lo habían quemado del mismo modo que estropearon los ascensores para que no pudiéramos subir. Su marido, anciano, no la oía y no podía bajar a ayudarla”. La situación estaba bloqueada como en una partida de ajedrez en la que cualquier movimiento implicaba la pérdida de una pieza, pero la señora seguía allí, de pie, pasando frío. El comisario Spina –uno de esos italianos capaces de convertir el relato de la guerra en algo más interesante que la guerra misma– decidió levantar el operativo para que la señora pudiese subir, pero se juramentó regresar. Tenía que hacer lo que fuese para quebrar aquella escena grotesca, el Estado y la ciudadanía impotentes, pasmados, ante el poder de la Camorra.
–Vamos, ragazzi


La Vela Rossa es una de las primitivas edificaciones construidas en los setenta que hoy escenifica lo peor de Scampia. / GIANFRANCO TRIPODO
El comisario Spina, todo un personaje en Nápoles, es ahora el inventor y responsable de un proyecto llamado Aracne –“por el mito griego de Aracne, aquella brava muchacha a la que la diosa Minerva convirtió en araña por tejer mejor que ella”– para combatir, y sobre todo prevenir, la delincuencia en toda la ciudad de Nápoles. Spina comanda “las gacelas” –los coches patrulla– y “los halcones” –las parejas de policía de paisano, sin casco, sobre potentes motocicletas– que han logrado rebajar las estadísticas de tirones, atracos, butrones a bancos y joyerías. Desde la jefatura, las patrullas reciben el apoyo de un sistema de cámaras que incluye el subsuelo de la ciudad. Pero esta mañana de sábado el dottore Spina –así lo conocen todos, a un lado y otro de la ley– ha regresado a la comisaría de Scampia para acompañar a sus viejos compañeros en una inspección de los puntos de venta de droga. Un helicóptero sobrevuela la zona. La situación parece tranquila. “Cuando yo llegué aquí”, recuerda el comisario, “las filas de drogodependientes rodeaban el edificio. La gente que llevaba a sus hijos al colegio tenía que pasar sobre ellos porque muchos se pinchaban aquí mismo. No es que el problema haya desa­parecido [las jeringuillas usadas que vamos pisando dan fe de ello], pero la situación ha mejorado radicalmente”.
Después de aquella tarde en que la señora y el comisario se quedaron plantados en la puerta de una de las velas, la forma de combatir a los grupos de la Camorra que controlaban la zona –y que en aquel entonces dirigía el clan Abbinante– sufrió un giro, digamos, poco ortodoxo. “Me di cuenta”, recuerda el jefe policial, “de que por muchas operaciones que hiciéramos, nada ponía en peligro las plazas de venta. El ejemplo lo tiene en la Operación Morena, por el pez. Fue una gran operación. Hicimos una irrupción muy ruidosa en uno de los edificios, practicamos registros sin resultado, y luego nos fuimos haciendo más ruido del que habíamos provocado al entrar. En cuanto ellos volvieron a sentirse seguros, gritaron la palabra habitual, ¡taposto!, que quería decir tutto a posto [todo en orden], pero habíamos dejado a algunos de los nuestros dentro –subidos al techo de los ascensores– y varias cámaras colocadas. Vimos en directo cómo vendían la droga y la cantidad de dinero –80.000 euros al día en un solo punto de venta– que lograban manejar. El caso es que logramos filmarlos y grabar sus llamadas telefónicas. Una mañana, antes del amanecer, caímos sobre ellos y detuvimos a 33”. Antes de marcharse del barrio, un agente de la brigada de Spina escribió en una pared un mensaje desafiante a los clanes: “-33”. El otro día, aquella pintada aún seguía allí, pero alguien la había retocado hasta convertirla en un mensaje de vuelta: “+88”. El juego continua.
“Por eso hice lo que hice”, concluye el relato el comisario Michele Spina, “no era una cosa muy ortodoxa, no se trataba siquiera de una acción propia de la Policía. Me dediqué a romper los puntos de venta. Mientras mis hombres seguían haciendo las investigaciones y las operaciones de rigor, yo me presentaba con los bomberos en los edificios que les servían de puntos de venta y destruía las barricadas de acero que los clanes habían levantado. Tirábamos las puertas blindadas, serrábamos las rejas, secuestrábamos los perros de vigilancia que tenían sueltos por los patios… El mensaje era claro: si tú quieres vender droga, escóndete. No lo puedes hacer de modo patente, como si fuese un negocio más y aquel fuese tu edificio. Mi mensaje al jefe del clan quedaba claro: no estoy dispuesto a tolerar que aquella señora, u otras como ella, tengan que esperar con las bolsas, bajo el frío, a que tú quieras abrir la puerta”.


La vecina Carmela Imparato, que representa la dignidad del barrio. / GIANFRANCO TRIPODO
El aspecto de Las Velas sigue siendo un muestrario del infierno. Los cuatro edificios que siguen en pie y que sirvieron de plató a Gomorra siguen acumulando basura, cañerías rotas por las que cae el agua constantemente, pasarelas podridas que amenazan con desplomarse. Los apartamentos más altos –vacíos porque no hay quien suba allí sin ascensores y con las escaleras cada vez más melladas– son un triste monumento a lo que pudo haber sido y no fue. Los pisos de más de cien metros cuadrados con chimenea en el salón y grandes terrazas enfocadas al Vesubio ya solo sirven de contenedores de colchones viejos, ropa inservible y escombros. En los pisos más bajos sí continúan viviendo los vecinos que no lograron levantar el vuelo. Rosaria y su hija Annalisa, que tiene 27 años y nació aquí y creció aquí y se enamoró aquí y, después de un noviazgo largo como los de antes, dentro de dos meses dará a luz a su primer hijo. Ellas no salieron en Gomorra. Ni en la película ni en la serie. “Nosotros somos gente corriente”, casi se disculpa Rosaria en medio de su piso limpio y ordenado, “como la mayoría de nuestros vecinos. Vivimos aquí porque no podemos vivir en otro lado. No pagamos la luz ni el agua porque no tenemos con qué pagarla. Cuando mi madre, que en paz descanse, pudo hacerlo, la pagó. Durante años, durante toda una vida, hemos oído los disparos, las redadas de la Policía, las peleas de los yonquis en la escalera”. Cuentan Rosaria y Annalisa –“¿quieren un café, un vaso de agua?”– que juntas desde su sofá vieron la película y la serie, sorprendidas, con los ojos muy abiertos, casi de la misma forma con que el comisario Spina veía por primera vez en directo a través de sus microcámaras la venta de droga. La violenta, lujosa, trepidante vida de los otros a los que ellos ni fueron invitados ni quisieron sumarse, honrados extras sin sueldo ni guion. “Lo que la película cuenta es verdad”, se atreve a decir Rosaria, “pero no toda la verdad”.
La otra verdad es menos fotogénica, pero no menos importante. De un tiempo a esta parte, personajes tan dispares como el profesor Ferraro, el comisario Spina, Ivo Poggiani, el líder de un colectivo antiCamorra llamado (R)esistenza que trabaja los terrenos confiscados a la Mafia, o Vittorio Passeggio, el portavoz del Comité de Las Velas de Scampia –cuyo local tiene un dibujo de Hugo Chávez en la puerta–, están empeñados en que Vincenzo, el panadero, no vuelva a caer en los delitos que lo llevaron a prisión, y que los chavales que cada tarde juegan al fútbol al pie de los bloques, Luigi, Massimo, Salvatore y Angelo, no caigan en las redes de los clanes, o que Rosaria y Annalisa puedan seguir el ejemplo de Carmela Imparato, la madre de dos hijas pequeñas que una vez y otra le da con la puerta en las narices a los dueños de la droga: “Te damos 50 euros al día por guardarnos el dinero. Mucho más por los alijos”. Carmela apenas habla en italiano, pero con el napolitano se basta y sobra para explicar sus razones: “Es una cuestión de principios. Yo nací aquí y de aquí no he logrado salir, pero me educaron en la dignidad y eso es lo que yo quiero para mis hijas. Me ofrecen el dinero por mi buena fama, porque saben que la Policía –que también sabe que soy una persona honesta– nunca buscaría ni dinero ni droga en mi casa” .
La importancia está en la fama, en la buena o en la mala. Y de ahí que todos los entrevistados tengan una espina clavada con Gomorra, el libro, y luego la película, y más tarde la serie… Luigi de Magistris, un exmagistrado que desde 2011 es alcalde de Nápoles, les da la razón: “Todo el mundo reconoce el mérito de Roberto Saviano al denunciar a la Camorra, e incluso yo, cuando algunos se opusieron a que diera el permiso para rodar la película, me negué a cualquier tipo de censura. Pero es verdad que hay un cierto pecado de omisión cuando se cuenta una y otra vez lo que hacen los mafiosos y nunca la rebelión continua, cada vez más potente, de la gente corriente por salir adelante. La verdad es que no logramos quitarnos de encima el peso de la mala fama”. El comisario Spina, de regreso en el coche patrulla, con el puro apagado en la boca, se queda mirando las siluetas imponentes de Las Velas: “Me recuerdan al cuento de Monterroso: ‘Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. El peso de la mala reputación. La maldición de Nápoles.

lunes, 3 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "La casa de Boccaccio". Mario Vargas Llosa

   En "El País":

La casa de Boccaccio

PIEDRA DE TOQUE. Los cuentos del ‘Decamerón’, quizá escritos en el pueblecito de Certaldo, donde nació el escritor, inventan la prosa narrativa italiana e inauguran la riquísima tradición del cuento en Occidente

El pueblecito toscano de Certaldo conserva sus murallas medievales, pero la casa donde hace siete siglos nació Giovanni Boccaccio fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Ha sido reconstruida con esmero y desde su elevada terraza se divisa un paisaje de suaves colinas con olivares, cipreses y pinos que remata, en una cumbre lejana, con las danzarinas torres de San Gimignano.
Lo único que queda del ilustre polígrafo es una zapatilla de madera y piel carcomida por el tiempo; apareció enterrada en un muro y acaso no la calzó él sino su padre o alguno de los sirvientes de la casa. Hay una biblioteca donde se amontonan los centenares de traducciones del Decamerón a todas las lenguas del mundo y vitrinas repletas con los estudios que se le dedican. El pueblecito es una joya de viviendas de ladrillos, tejas y vigas centenarias, pero minúsculo, y uno se pregunta cómo se las arregló el señor Boccaccio papá para, en lugar tan pequeño, convertirse en un mercader tan próspero. Giovanni era hijo natural, reconocido más tarde por su progenitor y se ignora quién fue su madre, una mujer sin duda muy humilde. De Certaldo salió el joven Giovanni a Nápoles, a estudiar banca y derecho, para incrementar el negocio familiar, pero allí descubrió que su vocación eran las letras y se dedicó a ellas con pasión y furia erudita. Eso hubiera sido sin la peste negra que devastó Florencia en 1348: un intelectual de la elite, amante de los clásicos, latinista, helenista, enciclopédico y teólogo.
Tenía unos 35 años cuando las ratas que traían el virus desde los barcos que acarreaban especias del Oriente, llegaron a Florencia e infectaron la ciudad con la pestilencia que exterminó a 40.000 florentinos, la tercera parte de sus habitantes. La experiencia de la peste alejó a Boccaccio de los infolios conventuales, de la teología y los clásicos griegos y latinos (volvería años más tarde a todo ello) y lo acercó al pueblo llano, a las tabernas y a los dormideros de mendigos, a los dichos de la chusma, a su verba deslenguada y a la lujuria y bellaquerías exacerbadas por la sensación de cataclismo, de fin del mundo, que la epidemia desencadenó en todos los sectores, de la nobleza al populacho. Gracias a esta inmersión en el mundanal ruido y la canalla con la que compartió aquellos meses de horror, pudo escribir el Decamerón, inventar la prosa narrativa italiana e inaugurar la riquísima tradición del cuento en Occidente, que prolongarían Chaucer, Rabelais, Poe, Chéjov, Conrad, Maupassant, Chesterton, Kipling, Borges y tantos otros hasta nuestros días.

Gracias a esos relatos irreverentes y geniales se convirtió en un escritor inmensamente popular
No se sabe dónde escribió Boccaccio el centenar de historias del Decamerón entre 1348 y 1351 —bien pudo ser aquí, en su casa de Certaldo, donde vendría a refugiarse cuando las cosas le iban mal—, pero sí sabemos que, gracias a esos cuentos licenciosos, irreverentes y geniales, dejó de ser un intelectual de biblioteca y se convirtió en un escritor inmensamente popular. La primera edición del libro salió en Venecia, en 1492. Hasta entonces se leyó en copias manuscritas que se reprodujeron por millares. Esa multiplicación debió de ser una de las razones por las que desistió de intentar quemarlas cuando, en su cincuentena, por un recrudecimiento de su religiosidad y la influencia de un fraile cartujo, se arrepintió de haberlo escrito debido al desenfado sexual y los ataques feroces contra el clero que contiene el Decamerón. Su amigo Petrarca, gran poeta que veía con desdén la prosa plebeya de aquellos relatos, también le aconsejó que no lo hiciera. En todo caso, era tarde para dar marcha atrás; esos cuentos se leían, se contaban y se imitaban ya por media Europa. Siete siglos más tarde, se siguen leyendo con el impagable placer que deparan las obras maestras absolutas.
En la veintena de casitas que forman el Certaldo histórico —un palacio entre ellas— hay una pequeña trattoria que ofrece, todas las primaveras, “El suntuoso banquete medieval de Boccaccio”, pero, como es invierno, debo contentarme con la modesta ribollita toscana, una sopa de migas y verdura, y un vinito de la región que rastrilla el paladar. En los carteles que cuelgan de las paredes de su casa natal, uno de ellos recuerda que, en la década de 1350 a 1360, entre los mandados diplomáticos y administrativos que Boccaccio hizo para la Señoría florentina, figuró el que debió conmoverlo más: llevar de regalo diez florines de oro a la hija de Dante Alighieri, Sor Beatrice, monja de clausura en el monasterio de Santo Stefano degli Ulivi, en Rávena.
Descubrió a Dante en Nápoles, de joven, y desde entonces le profesó una admiración sin reservas por el resto de la vida. En la magnífica exposición que se exhibe en estos días en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia —Boccaccio: autore e copista—, hay manuscritos suyos, de caligrafía pequeñita y pareja, copiando textos clásicos o reescribiendo en 1370, de principio a fin, veinte años después de haberlas escrito, las mil y pico de páginas del Decamerón que poco antes había querido destruir (era un hombre contradictorio, como buen escritor). Allí se ve a qué extremos llegó su pasión dantesca: copió tres veces en su vida la Comedia y una vez la Vita Nuova, para difundir su lectura, además de escribir la primera biografía del gran poeta y, por encargo de la Señoría, dictar 59 charlas en la iglesia de Santo Stefano di Badia explicando al gran público la riqueza literaria, filosófica y teológica del poema al que, gracias a él, comenzó a llamarse desde entonces “divino”.

Descubrió a Dante en Nápoles, de joven, y desde entonces le profesó una admiración sin reservas
En Certaldo se construyó hace años un jardín que quería imitar aquel en el que las siete muchachas y los tres jovencitos del Decamerón se refugian a contarse cuentos. Pero el verdadero jardín está en San Domenico, una aldea en las colinas que trepan a Fiesole, en una casa, Villa Palmieri,que todavía existe. De ese enorme terreno se ha segregado la Villa Schifanoia, donde ahora funciona el Instituto Universitario Europeo. Aquí vivió en el siglo XIX el gran Alejandro Dumas, que ha dejado una preciosa descripción del lugar. Nada queda, por cierto, de los jardines míticos, con lagos y arroyos murmurantes, cervatillos, liebres, conejos, garzas, y del soberbio palacio donde los diez jóvenes se contaban los picantes relatos que tanto los hacían gozar, descritos (o más bien inventados) por Boccaccio, pero el lugar tiene siempre mucho encanto, con sus parques con estatuas devoradas por la hiedra y sus laberintos dieciochescos, así como la soberbia visión que se tiene aquí de toda Florencia. De regreso a la ciudad vale la pena hacer un desvío a la diminuta aldea medieval de Corbignano, donde todavía sobrevive una de las casas que habitó Boccaccio y en la que, al parecer, escribió el Ninfale fiesolano; en todo caso, muy cerca de ese pueblecito están los dos riachuelos en que se convierten Africo y Mensola, sus personajes centrales.
Todo este recorrido tras sus huellas es muy bello pero nada me emocionó tanto como seguir los pasos de Boccaccio en Certaldo y recordar que, en este reconstruido local, pasó la última etapa de su vida, pobre, aislado, asistido sólo por su vieja criada Bruna y muy enfermo con la hidropesía que lo había monstruosamente hinchado al extremo de no poder moverse. Me llena de tristeza y de admiración imaginar esos últimos meses de su vida, inmovilizado por la obesidad, dedicando sus días y noches a revisar la traducción de la Odisea —Homero fue otro de sus venerados modelos— al latín hecha por su amigo el monje Leoncio Pilato.
Murió aquí, en 1375, y lo enterraron en la iglesita vecina de los Santos Jacobo y Felipe, que se conserva casi intacta. Como en el Certaldo histórico no hay florerías, me robé una hoja de laurel del pequeño altar y la deposité en su tumba, donde deben quedar nada más que algunos polvillos del que fue, y le hice el más rápido homenaje que me vino a la boca: “Gracias, maestro”.
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martes, 5 de noviembre de 2013

PRENSA. "Europa empieza en Lampedusa". Bernard Henry-Lévy

Bernard Henry-Lévy

   En "El País":

Europa empieza en Lampedusa

La patria de lo universal se niega a sí misma si se convierte en una fortaleza

 3 NOV 2013

Lo más sorprendente y, en cierto modo, terrible de la interminable tragedia que simboliza hoy Lampedusa es la indiferencia con la que nosotros, ciudadanos de la Europa opulenta, la estamos tratando.
En efecto, nuestros jefes de Estado la incluyeron en la agenda de su última Cumbre de Bruselas.
Pero era evidente que el tema venía después de la “unión bancaria”, el “paquete telecom” o el asunto de las escuchas ilegales y —claro está— completamente escandalosas, a las que los habían sometido sus aliados estadounidenses.
La opinión pública, por su parte, no parece mucho más sensibilizada, pues apenas se ha dado por enterada, como si fueran el resultado de un desastre natural más, de esos cadáveres rescatados del fondo de lo que está a punto de convertirse en el cementerio más grande de Europa: unos se deshacen de la cuestión diciendo que hay que ayudar a los países de partida a controlar mejor sus costas; otros añaden que hay que militarizar los mares y declarar una guerra total a los traficantes que comercian con la miseria de esos hombres y mujeres dispuestos a todo para escapar del infierno en que se han convertido sus países natales; otros abogan por una globalización más equilibrada, menos desigual, lo que, además de no costar nada, tiene la ventaja de posponer hasta el día del Juicio final la búsqueda de posibles respuestas y animaría a los emigrantes a quedarse en sus casas.
Pero lo que más llama la atención es la indiferencia, la ligereza, el embotamiento de las inteligencias y las sensibilidades que provoca este drama inédito, si no en su forma, al menos en su amplitud. El colmo de la estupidez lo alcanzó ese senador francés que recientemente declaraba que al menos Muamar el Gadafi era un buen guardacostas; olvidando precisar que, antes que nada, el antiguo dictador libio era un chantajista que abría y cerraba su grifo de inmigrantes en función de los miles de millones de euros de la mordida anual que Europa aceptaba, o no, pagar por sus servicios...
No creo que haga falta aclarar que yo no sé mejor que los demás lo que se puede hacer concretamente.

Los que iban al mar de China a rescatar
‘boat people’ no se mueven ahora que están aquí, en el Mediterráneo
Pero permítanme recordar algunas ideas sencillas que habrá que tener presentes el día —que yo espero cercano— en que nos decidamos a abordar este problema de frente.
Primera idea sencilla: lo que está ocurriendo ante las costas de Lampedusa no es solamente una cuestión de lógica humanitaria, sino de derecho; y para empezar, de derecho marítimo, que obliga a socorrer a esos hombres y mujeres que, antes que inmigrantes o futuros clandestinos son sujetos de derecho sobre los que, queramos o no, tenemos una imprescriptible responsabilidad (eso por no hablar del derecho de asilo, que, aunque luego les sea concedido o no, tenemos el deber de evaluar caso por caso, candidato tras candidato, y con toda serenidad, si jurídica y políticamente procede concederlo o no; lo cual está lejos de ser así).
Segunda idea sencilla: este es, también, un drama humanitario y es esencial que todas las asociaciones humanitarias que tan admirable trabajo han venido haciendo, durante décadas, en Eritrea, Tigré y los otros países desheredados de África de los que parte la mayoría de los candidatos al éxodo, encuentren el medio para desplegarse ante las costas de esa nueva isla del diablo en que se ha convertido Lampedusa. (Hace semanas que lo repito: ¿cómo es posible que los mismos militantes por los derechos humanos que, incluido yo, hace treinta años encontraban normal ir al mar de China a rescatar a los boat people sean incapaces del más mínimo gesto de solidaridad ahora que los boat people están aquí, en el Mediterráneo, a nuestras puertas?).
Y, finalmente, la tercera idea, tal vez menos sencilla, pero tan clara, tan evidente: Europa, tal y como la concibieron todos sus padres fundadores, desde Husserl a Jean Monnet, sin excepción, es un continente abierto al mundo que se niega a sí mismo si se convierte en una fortaleza. Porque es la patria de lo universal, es decir, de esa posibilidad ofrecida a los individuos, a todos los individuos, de rebasar la triple ley de lo nacional, lo natural y lo natal para acceder a una libertad superior anclada, no en el suelo, sino en la Idea.
La travesía de los inmigrantes de Lampedusa no deja de recordar a la de la princesa Europa que, según la mitología fundadora de nuestro Viejo Continente, partió de las costas de Oriente Próximo para llegar, a lomos de un toro alado no mucho más fiable que esos cascarones improvisados en los que se embarcan los desesperados de hoy, no exactamente a Lampedusa, sino a Creta...
Por todas estas razones, lo que está en juego aquí es el destino de Europa; lo que está a prueba es la definición de Europa; lo que se tortura y se mortifica en cada uno de esos pequeños cuerpos horriblemente alineados y, a menudo, sin nombre, es el alma de Europa.
Así que, una de dos:
O se decreta inmediatamente en la isla el estado de urgencia europea —y digo bien: europea, pues, evidentemente, la búsqueda de soluciones no incumbe solo a Italia—; o bien nos acostumbramos a la idea de una humanidad a dos velocidades, según se nazca a un lado u otro de las puertas de la ciudadela, y damos la espalda para siempre a esta Europa que pretendemos construir pero que tal vez esté naufragando ante nuestros ojos.
Bernard-Henri Lévy es filósofo.
Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

viernes, 18 de octubre de 2013

PRENSA. "No hay diques para tanto mar". Reportaje


   En "El País":

No hay diques para tanto mar

Los cientos de muertos en Lampedusa resucitan el debate sobre cómo ordenar los flujos migratorios en medio de un clima político contrario a la apertura de fronteras

 10 OCT 2013

“¡Esto hay que pararlo! ¡Esto hay que pararlo!”. La alcaldesa de la isla italiana de Lampedusa, Giusi Nicolini, desesperada ante la llegada a sus costas de bolsas llenas de cadáveres de inmigrantes, no encuentra consuelo. Nueve días han pasado y más allá de condenas y lamentos no hay sobre la mesa soluciones capaces de salvar vidas y poner orden en la gestión de los flujos migratorios. En parte, porque no hay una receta única y mágica. Pero, también, porque lejos de exigir soluciones, los electorados sintonizan cada vez con mayor facilidad con los discursos antiinmigración que han encumbrado a partidos extremistas en toda Europa en tiempos de crisis.
Por un lado están aquellos que exigen fronteras herméticamente cerradas, por otro los que solicitan mayor apertura tanto para refugiados políticos como para inmigrantes económicos. En lo único que hay un verdadero consenso es en que las barreras físicas no bastan. Que el actual modelo no funciona. Y que, como dice Nicolini, algo hay que hacer.

Los bienes circulan con fluidez por el mundo, no como las personas
El dilema que los más de 300 muertos de Lampedusa ha reavivado con brutalidad persigue a los países desarrollados desde hace décadas. No es sencillo, porque en la inmigración se cruzan caminos infinitos. Los conflictos armados, la desigualdad, la solidaridad internacional. Casi nada. Son grandes temas a resolver a largo plazo. En el corto, urge parar la sangría y encontrar un modelo que permita ordenar el tránsito de personas y que ofrezca salidas tanto para las sociedades empobrecidas como para las envejecidas y faltas de mano de obra.
De momento, la experiencia acumulada no ha bastado para aliviar la situación. Al contrario. Las cifras de muertos no dejan de crecer, mientras que las proyecciones de flujos de desplazados de conflictos como el sirio alertan de un serio agravamiento de la situación. “Si nos fijamos en los acontecimientos históricos en el mundo árabe, la Unión Europea necesita acometer cambios profundos en sus políticas con sus vecinos del Mediterráneo”, reconocía hace meses en Harvard la propia Cecilia Malmström, comisaria europea de Interior.
¿Ha llegado el momento de un cambio radical de las políticas migratorias? Es una de las preguntas que cobran nueva fuerza después de Lampedusa. ¿Ha llegado la hora de abrir las fronteras a las personas y no solo a las mercancías y a la tecnología? O al revés. ¿Es Lampedusa la señal definitiva de que ha llegado el momento de cerrar a cal y canto las fronteras para eliminar expectativas y evitar lo que algunos llaman efecto llamada? ¿O cuánto debe restringirse el flujo para preservar la cohesión social y el progreso económico en tiempos de crisis?
Mientras que las mercancías y las empresas circulan con creciente fluidez en el mundo global, las personas no son capaces de traspasar las barreras de los Estados-nación. Los muros, las patrullas marítimas y los controles fronterizos crecen en altura y densidad, pero no consiguen disuadir a los indocumentados. Tampoco logran impedir la muerte de las decenas de miles de personas que tratan de alcanzar las costas. Para algunos expertos, el efecto es justo el contrario. “La situación actual es inhumana. Centrarse en el control físico de las fronteras y en las barreras no resolverá el problema. Es fundamental comprender que la violencia y la guerra no van a desaparecer y que la gente va a seguir intentando escapar. Cuanto más se cierren las fronteras, más peligrosas resultarán las vías clandestinas. Por eso, yo creo que el planteamiento actual solo contribuye a poner más vidas en peligro”, sostiene Nicolas Beger, director de Amnistía Internacional en Europa. Hasta ahí, lo que según Beger no se debe hacer. Pero, ¿qué es lo que sí se puede y debe hacer? “Para empezar, cada país debe responsabilizarse de una cuota justa de inmigrantes en relación con su tamaño. Las disparidades entre unos países y otros son descomunales”.

Los electorados sintonizan cada vez más con el discurso antiinmigración
Para Vittorio Longhi, lo que está sucediendo ante las costas europeas cobra dimensiones bélicas. Autor de un libro titulado La guerra de la inmigración. Un movimiento global contra la discriminación y la explotación, cree que las cifras de inmigrantes muertos bien podrían ser las de una guerra, y piensa que “esto no funciona”. “Por pretender que no existe, el problema no va a desaparecer. No hacen falta 200 muertos para darse cuenta. Un solo cadáver debería bastar para reconocer que algo va mal”, afirma. En los últimos 20 años, al menos 20.000 personas han muerto en el Mediterráneo.
Qué hacer es evidentemente la clave del asunto que nos ocupa. Puede que las desigualdades y la guerra siempre vayan a existir y que no vaya a faltar gente dispuesta a jugársela en busca de un futuro mejor. Hay que decidir, pues, quién entra y cómo lo hace y, sobre todo, evitar que se maten por el camino. Son casi testimoniales los entendidos que defienden la apertura total de fronteras y la soberanía de los Estados para decidir quién entra y quién sale del país apenas se cuestiona.
Longhi sí opina, sin embargo, que entre una posición y otra hay mucho margen para mejorar. Que parte del problema se solventaría si se amplían los canales de emigración legal —ya sea ampliando los sectores laborales o a través de un mayor número en sectores ya existentes—, algo en lo que coinciden no pocos expertos. “Hay que adecuar la demanda migratoria a las necesidades reales de los mercados laborales. Las cuotas de entrada podrían ser mayores en muchos países. La prueba es que los inmigrantes sin papeles encuentran empleo —ilegal y en condiciones terribles—, pero lo encuentran porque hay trabajo. El problema es que el debate migratorio ha estado dominado tradicionalmente por la propaganda y la xenofobia. No es un debate sereno en el que se tenga en cuenta, por ejemplo, la aportación de los inmigrantes a la economía. Los políticos a menudo se limitan a tratar de demostrar a los votantes que hacen todo lo posible por evitar la entrada masiva de inmigrantes”.
Uno de esos políticos es Philip Claeys, europarlamentario del Vlaams Belang, partido de la extrema derecha belga, que, como muchas otras formaciones de la UE, ha forjado su identidad en el cierre de fronteras y el rechazo al inmigrante. Piensa que a los europeos les preocupa mucho este tema y que el problema es que “durante años se ha tratado como un tabú político”. “La gente está harta. Los inmigrantes vienen de manera ilegal y se benefician de los servicios sociales. Inscriben a sus hijos en las escuelas, utilizan los hospitales y no se integran. No queremos más guetos en Europa”, dice Claeys, para quien la solución es relativamente fácil. “Mire, los sin papeles vienen a Europa porque en el fondo saben que hay una cierta posibilidad de que acaben entrando. Muchos países de la UE son demasiado laxos y acaban permitiendo la entrada de gente que no son refugiados políticos. Si supieran que no tienen ninguna posibilidad de entrar, no se tirarían al mar”, dice este hombre que recientemente ha visitado Algeciras y Motril y que muestra su asombro por el, a su juicio, abultado número de indocumentados que consiguen quedarse en España. Claeys, como la alcaldesa, también clama que “¡esto tiene que acabar!, ¡hay que hacer algo!”.

Parte del problema mejoraría si se amplían los canales de emigración legal
Puede que Claeys represente a un segmento extremo del arco político europeo. Pero sus ideas y las de partidos como el suyo llevan años calando como una lluvia fina en el resto de formaciones, que ven cómo sus votantes se dejan seducir por el discurso antiinmigración.
Elizabeth Collet, directora para Europa del Migration Policy Institute, estima que cunde un nerviosismo generalizado azuzado por las crisis financieras. “Las percepciones son clave en este asunto. Cuando a la gente se le pregunta en encuestas qué porcentaje de inmigrantes hay en su país, invariablemente dan un número mucho más elevado del real”. Collet es de las que piensa, sin embargo, que las tornas pueden cambiar. Que “las fronteras son un concepto en evolución continúa. Que hace 40 años nadie pensaba que en la zona Schengen la gente pudiera viajar sin pasaporte y que países como México o Turquía pasarían a ser receptores de inmigrantes”. Y se atreve incluso a hacer proyecciones de futuro. “Los cambios demográficos de los próximos 20 años serán cruciales. Habrá que ver el impacto del ascenso económico de Asia, si se convierte en un imán para emigrantes. Tal vez los europeos caigamos en la cuenta en poco tiempo de que en el fondo ni siquiera resultemos tan atractivos para los inmigrantes como nos creemos”.
Más allá de las grandes cuestiones filosóficas, si se cumplieran las leyes existentes y se modificaran ligeramente otras, la mejora sería sustancial, defiende Judith Sunderland, investigadora de Human Rights Watch para Europa Occidental. “El derecho internacional del mar no se está cumpliendo. La obligación de socorro se interpreta de manera restrictiva y hay países como Italia en los que se penaliza a los patrones que ayudan o se les pone trabas para que desembarquen a los náufragos”.
Otro de los pequeños cambios con una potencial gran repercusión es, según Sunderland, la mejora de la reunificación familiar. Muchos de los que se suben a las pateras son familiares de inmigrantes con papeles que en teoría tendrían derecho a emigrar, pero que, en la práctica, les resulta casi imposible hacerlo por medios legales. “En determinados países se les pide una vivienda, nómina, seguros…”.
Luego están las leyes de asilo. Existe un cierto consenso acerca de la necesidad de garantizar a los que huyen de la guerra y las persecuciones un refugio seguro. El problema es que ni siquiera la seguridad de esas personas está resuelta. El acuerdo de Dublín II obliga a las demandantes de asilo a hacerlo cuando físicamente estén en el país de acogida. Son legión los refugiados que se tiran al mar para alcanzar unas costas en las que pedir asilo. Es lo que los expertos llaman “flujos mixtos”, que viajan en pateras en las que conviven todo tipo de personas desesperadas; solo que la desesperación de algunos tiene más reconocimiento legal que la de otros. Algunos expertos defienden la necesidad de abrir oficinas en los países de origen para tramitar las solicitudes de asilo.

“Si no pudieran entrar no se tirarían al mar”, afirma un político
Y, por último, está el debate de la importancia de ir a las causas del problema. Hace años que Gobiernos e instituciones cayeron en la cuenta de que la mejor manera de evitar que la gente tenga que emigrar es invertir en el desarrollo de los países de origen y evitar así que tengan que huir. Sostienen los que creen que los esfuerzos deben centrarse en esta vía que, en realidad, la tendencia natural de las personas es la de vivir en su país, donde tienen a su familia y conocen el idioma; que deciden emigrar, sobre todo, por necesidad. “Pero, claro, esos son proyectos a largo plazo. Los países no se cambian de un día para otro”, explica Sunderland. La ayuda financiera, además, resulta con frecuencia insuficiente en ausencia de cambios políticos en los países de origen.
Volker Turk, director de Protección Internacional de la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados, repasa desde Washington el abanico de propuestas y medidas que como primera medida puedan ayudar a salvar vidas. Duda por ejemplo de la viabilidad de la propuesta de que se abran oficinas de la ONU en los países de origen de los demandantes de asilo, porque piensa que tramitar cualquier posible papel de salida del país podría poner en peligro la vida del propio demandante.
Pero para Turk hay un tema mucho más importante. Cree que en la actualidad hay instrumentos legales, disposiciones y acuerdos marco más que suficientes a disposición de los Gobiernos para lograr que la situación mejore. “Ahora lo que hace falta es ponerlas en marcha, y eso solo es posible con voluntad política y solidaridad”. Explica, por ejemplo, que la inmensa mayoría de los 2,1 millones de refugiados sirios que han escapado de la guerra en los últimos dos años han acabado en países vecinos como Líbano, cuyas costuras amenazan con estallar. Europa apenas ha acogido a 60.000. “Necesitamos mucho más”, asegura. ¿Agitará Lampedusa lo suficiente las conciencias como para lograr despertar la voluntad política y la solidaridad internacional? “Esperemos”, dice con cierta resignación.