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domingo, 24 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "¿Mantiene hoy su vigencia la tragedia griega?". Carlos García Gual/ Aurora Luque

   En "Babelia":

¿Mantiene hoy su vigencia la tragedia griega?

Seguimos hallando en las viejas tragedias de Atenas un enorme caudal de estímulos para la reflexión cívica, ética y política


De izquierda a derecha, Manuela Paso, Aitana Sánchez-Gijón, Juan Antonio Lumbres y Carmen Machi, protagonistas de las tragedias que se representan actualmente en el Teatro de La Abadía de Madrid. / GORKA LEJARCEGI


Violencia doméstica

Por Carlos García Gual

Las mejores tragedias griegas, como escribió Aristóteles, tratan de crímenes en la familia. Un joven que mata a su padre y se casa con su madre y así llega a ser rey; una madre que para vengarse del marido que la abandona asesina a sus dos hijos; un regente que condena a muerte a su sobrina porque ella quiso enterrar a su hermano, son muy buenos ejemplos. Los estragos contra ese lazo afectivo que los griegos llamaban philía y consideraban la base de una existencia digna y feliz producían siempre una conmoción profunda en el público ateniense. Los patéticos sucesos suscitaban “compasión” y “espanto” (éleos y phóbos) por empatía con la catástrofe sufrida por los protagonistas del drama. Y, de propina, cierta purificación emotiva (kátharsis).
Edipo, Antígona, Medea, nombres resonantes de figuras gloriosas de relatos míticos, en el teatro de Dioniso de la democrática Atenas cobraron un sentido renovado. La mitología provee la materia, pero el dramaturgo da una forma nueva a los arcaicos relatos, al resucitar en escena a los héroes y darles la palabra a ellos, sus anhelos y sus quejas, y no ya como figurones lejanos de la épica. Venían del pasado heroico y épico, de cuando los dioses parecían cercanos y se inmiscuían en asuntos humanos. Ahora en la escena revisten profunda humanidad, impulsados por la pasión y su noble carácter al exceso (hybris) y la perdición. El arrojo magnánimo los lleva al error y a la postre al sufrimiento. Esa es la sabiduría trágica discutida desde los románticos y Nietzsche.

La mitología provee la materia, pero el dramaturgo da una forma nueva a los arcaicos relatos
Hay que destacar la originalidad que los grandes dramaturgos logran imponer sobre los temas heredados. El mito de Edipo era muy conocido y podía entenderse como un ejemplo de una fatalidad cumplida. Nada fatal hay en Sófocles, que da a su drama la estructura de un relato policiaco. En la investigación sobre el antiguo crimen, la muerte oscura del rey Layo en la encrucijada de Delfos, Edipo actúa en diversas funciones: es el investigador, el juez, el verdugo y el asesino. Todo funciona con precisión maquinal para revelar quién es él: bajo la máscara de gran rey sabio aparece su figura de criminal, y su empeño por sacar a luz la verdad lo destruye, y acaba ciego, maldito y desterrado. Víctima de su afán de verdad, ¿quién más noble que Edipo?
En Antígona, Sófocles escenifica el conflicto entre dos leyes: la de la ciudad, defendida por Creonte, y la no escrita de la sangre y el amor familiar, la de Antígona. Un conflicto paradigmático, según Hegel, porque ambos tienen razón, y el agón trágico entre tío y sobrina es inolvidable. En Medea, la princesa bárbara que salvó a Jasón, actúa como una fiera herida —en su amor propio más que por anhelo erótico— al matar a sus hijos para castigar al esposo traidor. Sus razones impresionan tanto como sus manos sangrientas. Al hacerla tan razonable como cruel, Eurípides escandalizó a los atenienses. El teatro humaniza el relato mítico y lo expone así a incesantes y modernas relecturas.
Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) es catedrático de Griego de la Universidad Complutense. Premio Nacional de Traducción, sus últimos libros son Sirenas (Turner) y El mito de Orfeo (Siglo XXI).

De Antígona al juez Garzón

Por Aurora Luque
¿Que si tiene vigencia la tragedia griega? Si consideramos candentes asuntos como la desesperación de los refugiados que se arrojan al mar, el destino de las víctimas civiles de un conflicto, la protesta ante la sepultura indigna dada a los vencidos, la soberbia ciega de los muy poderosos que les distancia de las sociedades que gobiernan o la búsqueda de una justicia civil racional frente a ajustes de cuentas tribales, entonces seguiremos hallando en las viejas tragedias de Atenas un enorme caudal de estímulos para la reflexión cívica, ética y política. Las suplicantes de Esquilo huyen en barco (“una casa cosida con cordajes”) de un matrimonio indeseado y piden asilo en Argos; la asamblea decidirá sobre la acogida. Son las primeras refugiadas políticas. En Las troyanas (Guernica de su siglo), el pacifista Eurípides pintó el horror de todas las guerras en ese hijo de Héctor arrojado de los muros de una Troya humeante. Hace bien poco asistíamos a reclamaciones semejantes a la de Antígona: los fusilados de la Guerra Civil merecen, como Polinices, un enterramiento justo, una memoria; el juez Garzón, como la heroína de Sófocles, perdió elagón, de momento. La hybris del presidente Aznar en las Azores ya nos la habían contado tanto Eurípides en su Ifigenia en Áulide, con la historia del caudillo Agamenón, que sacrificó lo más valioso a cambio de triunfar en sus expediciones, como Esquilo en Los persas,con la derrota del sobrado y altanero Jerjes. En Las Euménides asistimos a la fundación de un tribunal civil en Atenas para resolver los delitos de sangre que envenenaban a familias durante generaciones. Y en Los persas se relata la invención del amor a la libertad: no es pequeño argumento para los europeos venideros.

La hybris del presidente Aznar en las Azores ya nos la habían contado tanto Eurípides como Esquilo
Los trágicos hicieron desfilar a hombres y mujeres al borde de precipicios de dolor y desgracia, bajo las tempestades del destino: los dioses los hacían caer y el poeta canta, a pesar de todo, que “nada existe más maravilloso que el ser humano”. Y estos cantos se entonaron sin hablar en necio a los necios para darles gusto, mezclando la poesía más volcánica con el diálogo más vivo y con la reflexión ponderada del coro de la colectividad, en aquella ciudad en la que andaba inventándose la filosofía por las calles como conversación y búsqueda exigente.
A lo largo del siglo, la escena ática se pobló de mujeres intrépidas: junto a Antígona, coherente y solitaria, subieron la airada Clitemnestra y la despechada Deyanira; Hécuba, reina dignísima y mater dolorosa; Casandra penetrante, Ifigenia manipulada y Helena manipuladora; Medea, colaboradora del héroe y luego loba herida que argumenta contra Sócrates, y Fedra, que batalla contra un fiero enemigo interior, su pasión amorosa. La tragedia nos sirve conflictos de amor y poder: lo personal y lo político intrincados en la escena, mujeres en los palacios abiertos a la plaza, en los nudos de la vida de la polis (de los tratados de los historiadores quedarán casi ausentes). Otro motivo refrescante para asomarse de nuevo a aquellos palcos. Y una última lección, ésta para ministros: el Estado costeaba, con dinero público, los certámenes teatrales. Aquellos griegos eran serios. Sabían lo que hacían: cuidaron en vida a sus tres Shakespeares.
Aurora Luque (Almería, 1962) es poeta y traductora de griego. Personal & político es su último libro.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Los mitos siguen vivos". Carlos García Gual

Carlos García Gual

   En "El País":

Los mitos siguen vivos

En la antigüedad se crearon relatos fabulosos que terminaron dando fondo a las diversas culturas.

El libro 'Imagen del mito' recupera en todo su esplendor el universo simbólico recopilado por Joseph Campbell. Mitos que hoy subsisten transformados.

 24 NOV 2012 

Es difícil dar una definición del Mito, como término unívoco y digno de letra mayúscula. Me parece que situar el “pensamiento mítico” como una forma simbólica singular y oponer el Mito a la Razón como incompatibles simplifica demasiado el enfoque. “No hay ninguna definición del mito. No hay ninguna forma platónica del mito que se ajuste a todos los casos reales”, escribió G. S. Kirk, helenista experto en el tema. Evitemos enredarnos en la retórica y la metafísica. Es más claro enfocar “lo mítico” como una vasta región de lo imaginario y tratar de “los mitos” como resonantes relatos que configuran lo que llamamos la mitología. Partamos de un trazo claro: los mitos no son dominio de ningún individuo, sino una herencia colectiva, narrativa y tradicional, que se transmite desde lejos (a veces unida a la religión, en los ritos o en la literatura).
Toda cultura alberga una tradición mítica. Según Georges Dumézil: “Un país sin leyendas se moriría de frío. Un pueblo sin mitos está muerto”. Desde siempre, “los mitos viven en el país de la memoria” (Marcel Detienne). Es decir, pertenecen a la memoria comunitaria y, como señaló el antropólogo Malinowski, ofrecen a la sociedad que los alberga, venera y difunde “una carta de fundación” utilitaria. Son, en sus orígenes, las fundamentales “historias de la tribu”; ofrecen a sus creyentes una interpretación del sentido del mundo.
Partiendo de esa consideración de la mitología, podemos proponer una definición sencilla y funcional. Con la venia del escéptico Kirk, tomemos, modestamente, esta: “Un mito es un relato memorable y tradicional que cuenta la actuación paradigmática de seres extraordinarios (dioses y héroes) en un tiempo prestigioso y lejano”. El insistir en lo narrativo y no en las vacilantes creencias que los individuos pueden tener al respecto nos permite aceptar como “mitos” no solo a los mitos religiosos, sino también a los “literarios”. Ese aspecto narrativo es el rasgo esencial del mito ya en la palabra griega mythos, que los sofistas y Platón opusieron al vocablo logos (palabra, razón, razonamiento), en el sentido de “narración tradicional, relato antiguo”. (Antes, en Homero, mythos y logos eran sinónimos). Una frase famosa define el progreso filosófico en Grecia como avance “del mito al logos”; pero ese avance —en términos absolutos— está hoy muy cuestionado. La contraposición sirve para señalar el claro progreso histórico de la razón en la Grecia antigua, en la filosofía, la historia y las ciencias, ideas y no creencias, que explican el mundo, marginando las creencias míticas. Sin embargo, ya el mythosera una búsqueda de verdad, ya el mito ofrecía, en su estilo, una ilustración (Hans Blumenberg). Hay “mito en el logos y logos en el mito”, dice Lluís Duch, que apunta la conveniencia de una ágil combinación “logomítica” para la comprensión cabal del mundo y la condición humana.

Ofrecen a la sociedad que los alberga “una carta de fundación"
Nuestra mitología clásica viene de la antigua Grecia, aunque solo persiste como brumosa herencia cultural, desde hace siglos desvinculada de su fundamento religioso. (Cómo el cristianismo la sustituyó y desterró a sus dioses es una historia bien conocida y que podemos dejar de lado ahora). Pero cualquier religión tiene su propia mitología, es decir, su oferta narrativa, que puede adquirir pretensiones dogmáticas, reforzada por los rituales y la espiritualidad personal. La cristiana se recoge en la Biblia. Con todo, la mitología griega (y su versión romana) se nos ha transmitido en la literatura europea con una belleza poética que le ha permitido una pervivencia fantasmal a través de los siglos. Recordemos que la gran poesía griega (la épica, la tragedia y gran parte de la lírica) se fundaba en la evocación de los mitos: las acciones de los famosos héroes y los dioses, y su celebración y reinterpretación constante en los poemas y los teatros. Esos mitos, que suelen designarse con el nombre de sus protagonistas, perduran así como ejemplos y enigmas (como los de Prometeo, Odiseo, Edipo, Medea, Orfeo, Casandra y otros). Y los poetas, transmisores por excelencia de los mitos, fueron, en Grecia, populares “maestros de verdad” antes de ser desplazados en esa tarea educativa por los filósofos. Pero, sin embargo, no lo olvidemos, Platón es un gran narrador de mitos, metidos en sus Diálogos. Lo que no deja de ser una admirable paradoja: el gran filósofo, tan crítico con las opiniones ajenas, tan duro con los poetas, resulta luego un fabuloso mitólogo.

Un mito no se inventa, sino que se cuenta como un saber acreditado
Pero no solo los griegos; toda cultura tiene sus mitos, como ya sabemos. Y su, más o menos fantástica, brillante tradición mitológica. Que se caracteriza, por doquier, por ese carácter memorable, en gran medida educativo. Pues un mito no se inventa, sino que se cuenta como un saber acreditado. Ya estaba antes; como una creencia, como un enigma, como lección de sabiduría, una reliquia de las “historias de la tribu”. Podemos preguntarnos qué lo hace duradero y ubicuo, ¿cómo persiste así, arcaico, y, tal vez, reactualizado? Sin duda es su temática. Los mitos hablan de los grandes temas de la existencia. Y dan respuesta. De por qué existimos, de quién hizo el mundo, cuál es nuestro destino, qué hay tras la muerte, qué significa vivir en un tiempo breve, y en una condición de dudosa justicia. Los filósofos —desde los sofistas griegos— han ofrecido respuestas varias: según unos, fueron el espanto y el agradecimiento ingenuo ante los prodigios naturales los que les crearon los dioses; según otros ilustrados, fue la codicia y astucia de los sacerdotes. Me parece más convincente la tesis de Hans Blumenberg: los mitos animan y dan sentido profundo a lo real. Frente al “absolutismo de la naturaleza”, los seres humanos ansían vivir en un albergue benévolo, un mundo humanizado y con sentido trascendente, donde, más allá de la inevitable muerte, quede algo perdurable, respondiendo al anhelo humano de pervivir y no ser un absurdo accidente disuelto en la nada. Según Blumenberg, el ser humano anhela esperanza y consuelo. El mito lo da. En otras versiones, como en la de Jung, los temas de los mitos están en la propia alma de forma innata, y tienen, como arquetipos, honda relación con el mundo de los sueños.


'El estado de Adán, representando el aspecto masculino'.
El caso es que los mitos están ahí, desde muy antiguo y en todas partes. Aunque, desde luego, hay épocas y culturas que los cuidan más y los tienen de mejor calidad. Y, por otra parte, parece que conviene distinguir entre los grandes y fundamentales (como los de la creación, del mundo divino, de las almas y sus viajes de ultratumba) y mitos menores, por ejemplo, los de tipo político o nacionalista más o menos manipulados. En fin, los mitos se insertan en la cultura y suelen recurrir a símbolos propios y expresarse de modo vivaz en imágenes impactantes. El código simbólico que usan con frecuencia los relatos míticos viene requerido por su propia temática, fabulosa y trascendente. El símbolo remite a algo ausente, difícil de representar por los signos de la comunicación habitual; sugiere más que dice e invita a ir más allá de lo real aparente y objetivo. Sobre todo en los símbolos religiosos. Las imágenes mitológicas actúan en el mismo sentido. Invitan a la imaginación de ese universo fabuloso de dioses, monstruos y seres extraños y prodigiosos con más fuerza que las palabras. Cada cultura, luego, elabora imágenes y símbolos propios, aunque la mitología comparada puede revelar entre mitos, imágenes y símbolos de lugares muy lejanos coincidencias sorprendentes. (Acaso porque la imaginación humana tiene sus límites). El repertorio de símbolos e imágenes resulta, en la mirada comparatista, fascinante.

El personaje literario deviene mítico tan solo cuando pasa a la memoria colectiva
He apuntado ya que hay mitos de primera instancia y mitos de segunda fila. En el mundo griego, los relatos de los dioses contados por Hesíodo evocan los orígenes del cosmos, los mitos de la épica heroica nos hablan de un mundo más cercano. Y también hay, en esa mitología y en otras, frente a los mitos religiosos y cósmicos (los de los orígenes, de los que tanto escribió Mircea Eliade), mitos literarios, esto es, productos míticos de prestigio más limitado y pedigreemás moderno, ya que se inscriben en una tradición libresca. A esos mitos literarios (como el de Don Juan o el de Fausto) se les puede encontrar un primer autor —lo que va en contra de lo que hemos dicho antes—. Pero el personaje literario deviene mítico tan solo cuando pasa a la memoria colectiva y no es necesario recordar quién los inventó. En ese sentido, creo, la mayoría de la gente que los conoce no sabe quién fabricó a Frankenstein o a Carmen, o a Robinsón, no menos que quién, antes de Homero, relató las aventuras del griego Ulises; los héroes se han mitificado al perdurar en el imaginario colectivo, sin que la gente necesite el texto original. Y también hay —descendiendo de nivel— héroes del cómic que pueden revestir un tono mítico (son la calderilla del fondo, para el consumo popular y más mediático). Son “superhéroes” de papel; pero conservan algunas chispas del fulgor de los clásicos, ya desconocidos para el público juvenil. (Grant Morrison subraya bien, en Supergods, su impacto social, y apunta sagazmente que “Supermán es un héroe apolíneo y Batman un héroe dionisiaco”).
Es usual calificar de “míticos” o “mitos” a las grandes estrellas del espectáculo, a futbolistas y atletas, y ahora también a algunos cocineros. “Mito” es así un sinónimo de “ídolo adorado por las masas”; “ídolo” es, en cambio, vocablo pasado de moda. Para sus fans son seres mitológicos, tan de fábula como los superhéroes, glorificados por los focos de la actualidad.
Si bien entró bastante tarde en nuestra lengua —último tercio del XIX—, la palabra “mito” tuvo un éxito enorme: hoy, “el mito se dice de muchas maneras”. En el sentido de “lo fabuloso”, el término “mito” apunta a lo irreal, y se confunde con “lo falso”, y con esa fuerte connotación negativa se usa para descalificar exageraciones, bulos, y creencias ajenas. En ese sentido, los “mitos” son vanas “ilusiones” de los otros. A las “creencias” se contraponen “ideas”, como dijo Ortega, y antes los sofistas griegos. Pero los mitos perviven, se prestan a relecturas y a manipulaciones, a veces perversas.


viernes, 8 de julio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Rentabilidad y educación", por Carlos García Gual

Carlos García Gual

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Rentabilidad y educación

CARLOS GARCÍA GUAL 02/07/2011

   Cuando se habla, y se habla mucho, de la rentabilidad y se propone lo "rentable" como el objetivo de una empresa o el criterio para evaluar su validez, se piensa siempre en rentabilidad económica o comercial. Lo "auténticamente rentable" se define por producir un beneficio más o menos inmediato, que en último término puede evaluarse en dinero. Lo rentable redunda en "incrementar el producto bruto interno per cápita". No es que tan loable objetivo me parezca mal (sobre todo en momentos de crisis); pero tengo muchas dudas de que ese criterio económico deba convertirse en un fin último de la sociedad humana, o que sirva como criterio decisivo y pretexto válido para recortar la educación y la enseñanza en general. Sobre todo en las enseñanzas de más alto nivel, como las universitarias, como algunos políticos airean. Pero no voy a entrar aquí en una discusión a fondo de la cuestión, tan política como ética, que podría derivar en una inagotable polémica sobre medios y fines, valores humanos y presupuestos ideológicos. (La vida es breve y el asunto demasiado oscuro, como diría Protágoras). Me limitaré a destacar la inteligencia con la que trata el tema Martha Nussbaum en su reciente Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades.
   Insisto: que no es éste un problema que afecte sólo a los planes de educación y enseñanza del país y sus periferias, ni a una determinada maquinación política, sino a una tendencia cada vez más universal a despreciar las enseñanzas humanísticas y verlas como un gasto inútil. "La educación para el crecimiento económico se opondrá a la presencia de las artes y las humanidades como ingredientes de la formación elemental mediante un ataque que, hoy en día, se puede observar en todo el planeta", advierte Martha Nussbaum al analizar la situación de la enseñanza en Estados Unidos y la India actual. (Eso vale también para otros países). Y añade otra advertencia: "Producir crecimiento económico no equivale a producir democracia, ni a generar una población sana, comprometida y formada que disponga de oportunidades para una buena calidad de vida en todas las clases sociales".
   Aunque sea sin duda un síntoma inquietante la mala salud democrática que supone el aumento de una masa inculta y acrítica (algo que suele resultar muy rentable para ciertos Gobiernos que aprovechan esa deriva), me preocupa más ese progresivo empobrecimiento cultural para la vida personal. Aplicada sin escrúpulos y con estatal contundencia, esa "educación para el crecimiento económico" que renuncia a la cultura no utilitaria degrada muy pronto la enseñanza pública cuando a todos los niveles educativos prioriza lo "rentable" y va eliminando lo de dudoso rendimiento inmediato, viendo la tradición cultural como un lujo. La renuncia a la cultura humanista significa un deterioro a la larga no sólo para la democracia (cada vez menos reflexiva y más gregaria y fanática), sino para la formación íntegra de los seres humanos, al descuidar aspectos de la educación que hacen la vida más cultivada y feliz. Es bueno, sin duda, aprender una profesión de manera exhaustiva y especializarse. Pero es triste limitar la educación a las destrezas profesionales; la educación es mucho más que prepararse para el éxito económico. (Y más cuando ni siquiera garantiza éste). Las enseñanzas de arte y de las humanidades (en el sentido más amplio del término) ayudan a entender y valorar no sólo el contexto inmediato, sino que abren horizontes y brindan libertad y crítica frente al opresivo entorno económico y las presiones mediáticas.
   Sobre esto había ya escrito Nussbaum en El cultivo de la humanidad hace unos años. Allí insistía en la importancia que tiene para la vida la "imaginación narrativa" y el "autoexamen socrático" para ser "ciudadanos del mundo". Y el papel educativo de la literatura, el arte y lo lúdico. Escribía más a fondo, pero con el mismo trasfondo, sobre educación universitaria y ética. Insistía en cómo la educación debería cultivar al máximo nuestra imaginación e inteligencia personal sirviéndose de la tradición y del presente. Deberíamos releer esos consejos. Porque acaso la sociedad y convivencia democrática mejorarían si quienes se ocupan de dictaminar y organizar la educación se preocuparan, sin prejuicios, de lo que es más humano y, a la larga, de verdad rentable.
  
   Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Martha C. Nussbaum. Traducción de María Victoria Rodil. Katz. Madrid-Buenos Aires, 2010. 199 páginas. 16,50 euros. El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal. Martha C. Nussbaum. Traducción de Juana Pailaya. Paidós. Barcelona, 2005. 338 páginas. 24 euros. Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) es autor, entre otros, libros, de Prometeo: mito y literatura y Encuentros heroicos. Seis escenas griegas (ambos en Fondo de Cultura Económica).

domingo, 31 de octubre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Los cínicos griegos como preludio anarquista", de Carlos García Gual

Carlos García Gual

En Babelia, suplemento cultural de "El País":

Los cínicos griegos como preludio anarquista

CARLOS GARCÍA GUAL 30/10/2010

Bajo el emblema del perro (kúon) los filósofos cínicos aparecieron en la vieja Atenas como un movimiento de oposición radical a la cultura y la política de la época. Con su actitud irreverente despreciaban la civilización y todas las convenciones sociales en su audaz invitación a la anarquía, rechazando el orden, con libertaria desvergüenza. Proclamaron la igualdad de todos los seres humanos, sin distinción de clases, naciones ni sexos. Eran cosmopolitas, no participaban en los asuntos de la ciudad, aborrecían los lujos y comodidades, se burlaban de los ritos y las creencias religiosas, prescindían de los placeres refinados, gustaban del amor libre, y consideraban el trabajo y el esfuerzo fundamento de la virtud. Todo ello, como es obvio, resultaba muy provocativo en el mundo griego, incluso en una democracia como la de Atenas; y muy en contra de lo que pensaron Platón y Aristóteles. Por otra parte, no ambicionaban el poder ni pretendían cambiar la sociedad insensata de la época proponiendo un nuevo modelo antiburgués. Por más que imaginaron curiosas fantasías utópicas de diseño igualitario y anarquista. Fueron, por lo tanto, más rebeldes que revolucionarios, pensadores individualistas, sin grandes ilusiones respecto a la aceptación de sus puntos de vista por la gran mayoría de sus convecinos. (Si el sabio Bías dijo que "los más son malos", muchos filósofos pensaban que la mayoría de la gente son necios). Los cínicos fueron una secta filosófica callejera y sin escuela fija. Perduraron como alegres vagabundos de mantos burdos, alforja mínima y bastón de peregrino. A través de Antístenes conectaban con Sócrates, y después, gracias al amistoso Crates, inspiraron a Zenón y los estoicos, filósofos más respetables y predicadores virtuosos. El tipo más famoso de la secta fue Diógenes, apátrida y mordaz, que no tenía nada, vivía en una tinaja, se burlaba de todo, y escandalizaba a menudo. De él circularon pronto estupendas anécdotas, como la famosa de que, cuando Alejandro le visitó y dijo que le pidiera un deseo, le repuso que se apartara del sol y no le hiciera sombra. El buen cínico no espera nada, no desea nada; austero, apático, libre, busca una vida natural, como la del perro. En su "regreso a la naturaleza" anticipa la conocida tesis de Rousseau acerca del "buen salvaje", y resulta un evidente precursor de los afanes ecológicos modernos. Crates imaginó una isla ideal poblada de cínicos, Pera (la de la Alforja), "sin necios, ni parásitos, ni glotones, ni culos prostituidos; que produce tomillo, ajos, higos y panes; cosas que no invitan a guerras ni honores, y donde no hay armas ni dinero". Como señaló Peter Sloterdijk, el cínico antiguo es muy distinto del tipo que ahora llamamos "cínico" (para su distinción utiliza la consonante: Kynikós frente a Zynikós). El cínico moderno es más bien un hipócrita: no cree en nada y desprecia en su interior las convenciones sociales; pero disimula y se somete por comodidad y afán de medro. El anarquismo moderno es una doctrina revolucionaria y de empeño político. Surge de un anhelo de una sociedad mejor, más justa e igualitaria; es filantrópico y compasivo, si rechaza el orden actual (anarquía viene del griego an-arché "desorden") es porque confía construir otro, mejor para todos, donde reine la libertad y no la opresión, en un mundo feliz. En ese ideal pueden percibirse todavía algunos ecos de la utopía antigua.

jueves, 9 de septiembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Novela histórica (4)

Carlos García Gual
En Babelia, suplemento cultural de "El País":

La historia hecha palabra

CARLOS GARCÍA GUAL 07/08/2010

Las grandes novelas que hacen vivir al lector en distintas épocas.

Quo vadis? (1896). Henri Sinkiewicz
Desde Los mártires de Chateaubriand hasta Ben-Hur el tema más popular de la novela histórica del XIX fue el de cristianos perseguidos. Quo vadis? corona la serie, con todos los tópicos del género: jóvenes amantes -bella y virtuosa cristiana frente a fogoso guerrero romano-; y tipos secundarios memorables: el voluble y cruel Nerón, el elegante y simpático Petronio, el gigantón Ursus, y los apóstoles Pablo y Pedro (a quien el propio Cristo dirige la inquietante pregunta del título). Impactante dramatismo y escenarios espectaculares: la Roma imperial, catacumbas, casas patricias, el circo con sus fieras, diálogos vibrantes, banquetes y catástrofe final: el gran incendio de Roma. Happy end romántico y suicidio teatral de Nerón. Sinkiewicz, experto en relatos históricos, mereció el premio Nobel. Las versiones del cine lo hicieron un clásico.

La gran marcha (2005). E. L. Doctorow
Narración vibrante de fulgores épicos, arrolladora por su tema y por su estilo. Por un lado, la famosa marcha de la caballería del general Sherman (1864) desde Atlanta por Georgia y las Carolinas, arrasando ciudades y campos de los confederados. De otro, una narración rápida, cinematográfica, que da vida y color a diversas figuras en escenas de intenso dramatismo. Ciudades en llamas, desastres, muerte, gestos heroicos, lastimera turba fugitiva de damas sureñas y esclavos errantes tras las tropas y ruinas, en el torbellino poco heroico que dirige el implacable Sherman, un personaje más en el elenco de sus emotivas figuras. Doctorow es genial en la creación de tipos y caracteres, y en los diálogos vivaces, continuos e impresionantes por su fuerte tensión dramática. En definitiva, una novela histórica impactante, por su rigor, estilo y diseño clásico.

La marcha Radetzky (1932). Joseph Roth
En Solferino el teniente Trotta salvó la vida al joven emperador. Ese gesto heroico determinó su destino, el de su hijo y el de su nieto. Que morirá al fin bajo las balas del frente ruso medio siglo después en otra guerra. Al tiempo que agoniza, ya viejísimo y solo, Francisco José, y se desmorona el universo al que los tres Trotta sirvieron. Un mundo de orden, fantasmagórico, de uniformes, guarniciones de frontera, duelos de honor, deudas de juego, vino y amoríos furtivos, viejos criados, lealtades y calladas ternuras. Las músicas militares puntúan con fugaz ironía unas vidas pautadas por la rutina y la desesperanza: "El mundo en que todavía merecía la pena vivir estaba condenado a desaparecer". Roth, que recuerda a Chéjov y Schnitzler, es un maestro de la melancolía. La marcial marcha de Radetzky suena como un Réquiem por el Imperio.

Espartaco (1951). Howard Fast
La rebelión de los esclavos y gladiadores contra Roma en el siglo I antes de Cristo era un tema histórico muy atractivo, vista como la primera gran rebelión proletaria. Espartaco derrotó cinco veces a los ejércitos romanos; luego Craso y Pompeyo aniquilaron a los rebeldes con ejemplar ferocidad. Howard Fast y Arthur Koestler, marxistas y libertarios ambos, escribieron a la par dos novelas apasionantes sobre esa revolución de trágico final. Koestler insiste más en esa audaz aurora precomunista y su utopía traicionada; Fast subraya la grandeza humana del gladiador protagonista (ahora tiene ya la cara de Kirk Douglas) con emotivas figuras y vivaces diálogos. La novela se editó pese a censuras políticas al comienzo, pero alcanzó, como el oportuno filme, un éxito impresionante.

De noche bajo el puente de piedra (1953). Leo Perutz
Ved aquí la Praga misteriosa y mágica de la época de Rodolfo II, evocada a través de los 15 episodios fantásticos de la novela De noche bajo el puente de piedra. Leo Perutz, un maestro del relato de intriga, describe su antiguo barrio judío, de oscuras callejas, sinagogas, hechizos y fantasmas, y, al otro lado, la corte del enigmático y enloquecido Rodolfo, con su intrigante tropel de alquimistas, bufones, sirvientes y astrólogos. El emperador, y su amor desdichado, protagoniza sorprendentes escenas mágicas; el rico judío Mordecai Meisel, otras. Sus destinos se cruzan en esa ciudad prodigiosa, la misma del Golem y el rabino Loew, y del belicoso Wallenstein, donde todo puede suceder. Lo histórico y lo fantástico se dan la mano en esta trama "de buscadores de oro y buscadores de Dios".

Yo, Claudio (1934). Robert Graves
¡Menuda familia la de los Julio-Claudios! Superior al más dramático culebrón telefílmico, con intrigas, pasiones turbulentas y crímenes taimados. Más allá de los sabios cotilleos de Suetonio y Tácito, la crónica cruel y escandalosa de los primeros emperadores de Roma llega aquí en las memorias del escurridizo y puntual narrador, el viejo Claudio, ya no el torpe erudito elevado a la púrpura por azar, según contaron los antiguos, sino un cronista implacable, irónico y mordaz, según Robert Graves, experto en clásicos, de chispeante imaginación y admirable estilo. Con mano maestra evoca escenas y personajes estupendos (la cruel Livia, el turbio Tiberio, el loco Calígula, etcétera). Y sus diálogos son de una frescura teatral. Con buenos remakes en cine y televisión.

Memorias del imperio (1987). Fernando del Paso
Como en un colosal y abigarrado mural mexicano, aquí se pinta en fragmentos la catástrofe de un imperio fulgurante y fugaz, concluido en el fusilamiento esperpéntico de Maximiliano en Querétaro, en 1867. En la narración alternan diversas voces; es una trama polifónica, un gran mosaico barroco y patético. La narradora principal es la emperatriz viuda y loca, Carlota, que monologa en su vieja Bélgica, sesenta años después del gran desastre, su amor y su reino perdidos. Pero hay otros relatores, cada uno con acento propio: Maximiliano, un soldado raso, un médico, un historiador, Juárez, etcétera. La prosa zigzagueante, el contraste de diversas perspectivas, los tonos carnavalescos y la heteroglosia dan un aire casi surrealista a esta imponente "sinfonía bajtiniana" (según S. Menton), la más inolvidable ficción histórica latinoamericana.

La muerte de Virgilio (1945). Hermann Broch
En vibrante prosa lírica de tonos filosóficos, el autor exiliado evoca la angustia del poeta latino enfrentado a la gran duda: ¿a qué sirve la poesía y la épica? Virgilio llega a Brindisi de noche muy enfermo, en la nave del emperador Augusto. Viene de Grecia; presiente su pronta muerte. En sus últimas horas, febril, lo acosa un torrente de fantasmales sueños, y decide quemar el penoso poema de sus últimos años. Augusto, mecenas tenaz, batalla por salvar esa Eneida para gloria de Roma. Discuten -durante más de cien páginas- del poder y la poesía. Vence Augusto; el poeta cede y se resigna: quizás, en fin, su voz perdure más que la propaganda imperial y conserve su dolorido sentir. Larga novela y poética, mínima acción, densa elegía de trascendentes ecos.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Novela histórica (3)

Carlos García Gual
En Babelia, suplemento cultural de "El País".

El mito se renueva

CARLOS GARCÍA GUAL 07/08/2010

A la par de la Historia, la Mitología ofrece al novelista atraído por relatos antiguos un formidable repertorio de héroes, viajes, monstruos, pasiones e increíbles aventuras. (Solo los dioses quedarán al margen, olvidados: no encajan bien o acaso no caben en las prosas modernas). El acervo mítico, con sus imponentes figuras, deviene materia estupenda para recuentos renovadores, incluso en temas ya relatados en la épica antigua. Desde El vellocino de oro, de Robert Graves (sobre el mito de los Argonautas), y los dos libros sobre Teseo de Mary Renault hasta Casandra y Medea, de Christa Wolf; Troya, de G. Haefs, o Troya al atardecer, de A. Sarabia, o Ariadna en Naxos, de Javier Azpeitia, por ejemplo, las tramas míticas y sus héroes resucitan con aires renovados. No solo, desde luego, los helénicos. También la fascinante mitología artúrica (que ya en el Medievo inspirara novelas) aporta sus héroes y gestas fabulosas a novelistas de gran estilo, como J. Steinbeck, en Los caballeros del Rey Arturo, o T. H. White, en Camelot, gran saga caballeresca de chispeante humor. Esos relatos admiten diversos acentos y enfoques. Cabe, como en las históricas, darles la palabra a los vencidos y silenciados, como hizo de manera ejemplar C. Wolf. En su Casandra, es la profetisa cautiva quien ante los muros de Micenas -una escena que viene de Esquilo- narra su versión de la guerra de Troya, antiheroica y feminista, y en Medea, la maga aparece como víctima de la cruel xenofobia de los corintios. Al ser noveladas las figuras míticas se prestan a modernos matices psicológicos o a guiños irónicos -como los estupendos de Steinbeck y White-.
Existe un cierto contraste de fondo entre las tramas históricas y las míticas: en las primeras se evoca la atmósfera de un pasado, distante, pero preciso y real; pero al novelar un relato mítico lo fabuloso deriva hacia lo fantástico, en un escenario fingido impreciso, pero al que la novela da tonos realistas. Aquí los decorados importan menos que las pasiones violentas y los encuentros prodigiosos. (Por eso en el cómic y el cine quedan bien las recreaciones míticas). Pero en ambos casos autor y lectores recurrimos a la memoria colectiva y nos sumergimos en ese imaginario ahora novelado, donde los fantasmas de la historia y del mito conviven, y dialogan entre sí, y con nosotros.