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miércoles, 9 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "Marguerite Duras, la incorrecta". Patricia de Souza

   En "El País":

Marguerite Duras, la incorrecta

Sus libros han ido a contracorriente, se han mantenido fieles a su autora y han trazado una línea clarísima, una intensa vida de escritora en medio de lugares completamente distintos


La escritora Marguerite Duras en su juventud.
Quién hubiese pensado que en sus primeros libros, Los caballos de Tarquinia o Un dique contra el pacífico y La vida tranquila, Marguerite Duras escribía bajo la influencia de Hemingway y de Faulkner, autores que formaban parte de las lecturas, ella, que leyó muchísimo, la que se había imaginado escribiendo, desde niña, frente a su madre, sentada a una mesa, sin hacer caso a su indiferencia. Que una niña de doce años dijese que iba a escribir no tendría mayor importancia, eso importaba para los hijos hombres, pero para ella será una manera de extraer cosas que se "quedan en el cuerpo sin enunciarse", una forma de nacer de nuevo al mundo, de emerger hasta parecerse a ese rostro destruido de sus últimos años. Conocemos esa frase que alguien le dice en un vestíbulo de su libro El amante: "Me dijeron que usted era bella, pero ahora me parece mucho más hermosa, con ese rostro devastado".

Duras también reconoció en el cine otras formas de  alimentar su temperamento de autora
Nada más absurdo que intentar separar vida y ficción en Duras, que nació en Indochina y sitúa varias novelas en Saigón, Un dique contra el pacífico, libro sobre esa madre obsesiva, pobre y decidida a luchar contra el mar de China, poniendo barreras para impedir su paso. Esa madre que aparece también en El amante como figura central, la que representaba para la autora "el sufrimiento, el amor, la ley y el dolor", sentimientos abismales donde la identidad se destruye y se atreve a mirar el vacío. Todos son de alguna forma libros fundamentales, de ese avance hacia la lo que se llama escritura, equilibrio absoluto entre el cuerpo y la cabeza, entre el movimiento del mundo y el interior, como ese instante en que alguien se suicida en el barco de Saigón y la joven Duras comprende que ha amado al hombre chino.
Duras también reconoció en el cine, con Hiroshima mi amor o India Song, otras formas de poner en escena piezas que alimentarían su temperamento de autora, Los viaductos de Seine-et-OiseSavannah Bay, espacios inmensos, concretos, que se unen a otras tantas novelas importantes, El arrebato de Lol. V SteinLe navire nightEl dolorLa impudicia. Diría que todos sus textos son partituras de una música mayor, de una música interior que se puso a sonar desde sus primeros libros casi enloquecida, con ganas de salir de aquella minúscula persona que era Marguerite Duras, nacida Marguerite Donadieu en el año de la I Guerra Mundial, la mujer que hablará de su madre, de sus hermanos, de sus amantes con ese tono sin moral, directo, personal. Sobre todo, desde el "rostro del goce" y en el terreno de la transgresión para un reordenamiento del mundo, de una mujer libre, al fin de cuentas.

Ese espacio inmenso de Indochina o París, Duras lo llenaba con la fuerza de su lenguaje
Ella decía que había decidido "no ordenar su frases", dejarlas fluir y "emerger como crestas", idea que no está lejos de la Nathalie Sarraute que argumentaba dejarse "invadir por la sensación". En Duras, en cambio, hay un ritmo de respiración que se inicia con la lectura de sus textos. La primera vez que lei uno de ellos, El dolor,ya había conseguido el premio Goncourt (1984). Era evidente que su respiro me llegaba al rostro, que su ritmo interno estaba ahí, pegado al papel como una piel que podíamos tocar y sentir con todo el cuerpo. Estaba frente a una autora que dejaba atrás la idea de "la muerte del autor" tan querida por Barthes, como alguien que desaparece en el gesto de escritura. En el caso de Duras, no, ella estaba allí, clavada. Su respiración era constante, intensa, sin demora sobre la vida, en el rostro de la mujer joven de El amante de la China del Norte, en el de El arrebato de Lol. V. Stein, o de El mal de la muerte, en plena pelea por imponerse, diciendo lo imposible desde un cuerpo que se mostraba dócil con las pasiones, sometido, incluso, poco importaba: la respiración, el silencio del mundo obervado y recorrido estaban allí.
Un día Alain Robbe-Grillet me lo confirmaba: ella había integrado el silencio a la escritura. Un silencio prolongado, imposible de imaginar en plena época de fascinación por la velocidad, el silencio del barco pasando por el río Mékong, por ejemplo. Ese espacio inmenso de Indochina, y también ese espacio inmenso de París, Duras los llenaba con la fuerza de su lenguaje, lleno de picos y de vértigos; en sus personajes, ni una sombra de desidia, ni de aburrimiento. El ritmo de su frase nunca revistió novelas, nunca contó una historia como "debía contarse", ella las ocupó como en una guerra, configurando un mapa, una cartografía. No es describiendo que ella logra moldear un mundo, es hurgando en el interior, raspando esa materia viva de su lenguaje cargado de memoria, incluso en Moderato cantabile y El vicecónsul esa temeridad para enfrentar a la memoria no decaerá.

Duras navega sola, se aleja, no se deja enlatar en el 'noveau roman'
Aunque formase parte de una generación que ha marcado su tiempo, un poco menor que Nathalie Sarraute, otro hito de la literatura francesa, y contemporánea de Claude Simon (premio Nobel 1985), ella navega sola, se aleja, no se deja enlatar en el noveau roman, tampoco lo harán Simon ni Samuel Beckett. El cordón umbilical se había roto solo, cuando ella decide que tendrá que pelearse con la sintaxis para oír su propia música y el público se sorprende, muy pronto, la adora, no quiere salir de ese universo exótico, tan vasto, tan impúdico, tan literalmente expuesto. Con Berbard Pivot ella reconocía no sentir ninguna "vergüenza de haber sido esa adolescente ávida de dinero", de "deseo sexual por el amante chino", en una clara coherencia con sus personajes, con el deseo y esa moral del deseo que no conoce límites.
¿Pasado neocolonial, nostalgia de una Francia que se fue? Ahora que lo pienso, no sé, tal vez ese paisaje tan cargado de experiencias concretas, su capacidad para recrear sensaciones en medio de espacios inmensos, sea una de sus influencias de la novela americana, su realismo, a pesar de todo. Lo cierto es que sus libros han ido a contracorriente, se han mantenido fieles a su autora y han trazado una línea clarísima, una intensa vida de escritora en medio de lugares completamente distintos, ya sea el París de la II Guerra Mundial, Hiroshima, o la Indochina de su infancia, esos mundos están ahí, girando a su propio ritmo, lento, sin seguir el frenesí vacuo de nuestra época.
Patricia de Souza es escritora y colaboradora habitual de EL PAÍS. Su última novela es Vergüenza (Barataria, 2012).

martes, 8 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "Marguerite Duras, año 100"

   En "El País":

Marguerite Duras, año 100

La novelista, dramaturga, guionista y cineasta de las mil caras y compromisos sigue fascinando

En su centenario, La Pléiade publica todos sus libros y los teatros reestrenan sus obras


Marguerite Duras, en su casa de París en 1965. / BRUNO BARBEY / MAGNUM
Le Square es una novelita corta y una función de teatro, o más bien un diálogo largo, de una sola escena. Duras la escribió en 1955. Trata sobre la gente corriente. Una señora de mediana edad, que cuida a un niño en una de esas maravillosas plazas con jardín de París, se encuentra con un viajante de comercio. Los dos parecen grises, perdidos, sin atributos. Hablan de esto y aquello con palabras sencillas. De la soledad y el desamor, de los viajes hechos y no hechos, de la pequeña ambición de mejorar y lo mucho que cuesta cambiar, de la posibilidad de beberse la vida aunque los sueños no se cumplan.
Hace unos días, dos grandísimos actores, Clothilde Mollet y Didier Bezace, han representado en el teatro L’Atelier de París esa obrita de Marguerite Duras. Un escenario desnudo, unas sillas de bar apiladas, un banco, un niño que de vez en cuando vuelve de sus juegos y dice “tengo sed”. El resto es diálogo, palabras hermosas saltando de boca en boca con gracia y soltura, una lengua que parece música.
La acción es casi inexistente hasta que la pareja de desconocidos se anima de repente a echarse un bailecito sin música, porque descubren que los dos podrían pasar la vida bailando, pobres, felices y solitarios, ajenos al abrumador ruido de la Historia.
Pero lo más chocante de la pieza es la actitud del público en la platea; la gente contenía el aliento como si aquello fuera una película de suspense, nadie podía desviar un momento la vista, aunque no había rastro de tensión, sorpresas, efectos…
La vida, simplemente, tal cual era hace cincuenta años, conversada, improvisada, sin móviles ni tabletas en las que refugiarse: dos almas que se encuentran, conectan y se separan. Los aplausos del final, tranquilos, compactos, sostenidos, explicaban lo visto: ese era el universo de Marguerite Duras, su fascinante mundo interior; y a la vez, el tejido sentimental de un país, de un continente donde la gente amaba hablar con el otro y no tenía miedo a nadie más que a sí mismo; de una Europa que salía del horror y se conformaba con muy poco, o quizá con todo lo importante: el amor, la amistad, la comunicación, vivir.

Según su biógrafa, Laure Adler, “Duras inventó una nueva forma de escritura cantada y hablada”
Ayer hizo 100 años que Marguerite Duras nació en la Conchinchina. El lugar se llamaba Gia Dinh, cerca de Saigón, en lo que hoy es Vietnam y entonces era la Indochina francesa. Escritora, dramaturga, guionista y directora y productora de cine, Marguerite Germaine Marie Donnadieu fue quizá la mujer más activa e inquieta y la autora más plural y diversa de su época, una renovadora del teatro, la novela y el cine de su tiempo, una agitadora política y cultural que se atrevió a romper las cadenas y las convenciones mucho antes de que los cachorros de Mayo prohibieran prohibir.
“Era encantadora, ingeniosa, valiente, divertida, brillante, fascinante y, aunque dicen que le gustaban los excesos, no necesitaba tomar nada para colocarse. Marguerite estaba siempre colocada de forma natural y era imposible aburrirse con ella, seguramente es la persona más libre que he conocido nunca”. Más o menos así recuerda a su amiga el cineasta español Adolfo Arrieta, que la conoció en una playa de Pesaro (Italia) en 1969, cuando él era un joven exiliado y presentaba su película El juguete asesino, y Duras presentaba su segundo filme, Détruir dit-elle. “Su película me encantó; la actriz era Catherine Sellers, que había sido novia de Albert Camus. Hablamos mucho de cine, nos hicimos muy amigos y nos bañamos en el mar. Marguerite nadaba muy bien, me acuerdo de que había muchas olas, y las olas nos tapaban y nos descubrían. Fue como una metáfora de nuestra relación. Unas épocas nos veíamos mucho y de repente nos dejábamos de ver”, recuerda Arrieta.
Después del encuentro en la playa, el cineasta underground frecuentó a Duras en París con otros jóvenes españoles huidos del páramo franquista. Arrieta recuerda que Duras “tenía una buhardilla vacía en su casa de la calle de Saint-Benoît y se la prestó a Javier Grandes (su actor fetiche y tío de Almudena Grandes) para que pintara allí. Luego llegó Enrique Vila-Matas y se quedó a vivir una temporada, de gorra, claro. “Marguerite me prestó su casa de París y otra que tenía en el campo, en Neaufles, para que rodara Pointilly. Ella adoraba montar con Enrique en una barca en el estanque misterioso de la casa de Neaufles”.
“Duras pasaba el tiempo escribiendo en su casa, muy cerca del café de Flore y del Hotel des Pyrénées, donde nos alojábamos Grandes, el pintor Miguel Ángel Irazazábal y yo. Era muy gracioso ver a Duras, tan bajita, caminar con Miguel Ángel, que era altísimo. Marguerite lo adoraba”.
Unos años más tarde, en plena madurez pero siempre inquieta e insatisfecha, Duras conoció un éxito formidable: en 1984 ganó el Premio Goncourt con El amante, una autoficción sobre su adolescencia oriental que se haría todavía más célebre por su adaptación al cine. La versión de Jean-Jacques Annaud batió récords de taquilla, pero Duras renegó por completo: “No tengo nada que ver con esa película. Es un fantasma de un tal Annaud”, dijo. En 1991, reescribiría el libro con el título El amante de la China del Norte.
Allí estaba su infancia, cosmopolita, colonial y precoz, transcurrida en la escuela de Gia Dinh, que dirigía su padre, Henri Donnadieu, mientras su madre trabajaba como maestra: el principio de la sensualidad, la primera regla, las primeras violaciones de las reglas, las escapadas, el río de la vida, el sexo, el arrobo… El mismo espíritu transgresor que recrearía de forma más explícita en Hiroshima mon amour, la película de Alain Resnais, que Duras escribió en 1959, con la presencia de ánimo suficiente para conectar sexo y muerte —su padre había muerto en la metrópolis cuando ella tenía siete años—.
Las fotos la traen del pasado con el cigarrillo entre las manos, menuda y esquiva, las gafas gordas de pasta. Su biografía estuvo hecha de idas y vueltas, y su obra de mundos lejanos e íntimos, muy poco transitados por la literatura, especialmente por la literatura escrita por mujeres. Duras eligió su seudónimo en homenaje a la ciudad francesa donde vivió brevemente en los años veinte, pero enseguida su madre nómada decidió volver a Camboya, y de nuevo a Vietnam, antes de meterse a terrateniente, arruinarse y dejar a sus tres hijos en la miseria. Marguerite lograría hacer el bachillerato de Filosofía, volvió a Francia, empezó Derecho, terminó Ciencias Políticas y en 1938 se colocó de secretaria en el Ministerio de las Colonias.

Era encantadora, ingeniosa, valiente, divertida, brillante, fascinante y, aunque dicen que le gustaban los excesos, no necesitaba tomar nada para colocarse
Un año después, se casaría con el poeta Robert Antelme, y juntos lucharon en la Resistencia contra la ocupación nazi, aunque ella no tardaría en echarse un amante y en publicar su primera novela, Les Impudents (1943), ya con el seudónimo Duras. En 1944, su grupo de resistentes cayó en una emboscada; la heroína consiguió escapar gracias a Jacques Morland (el nombre de guerra de François Mitterrand). Antelme fue deportado a Buchenwald y Dachau. Allí lo encontraría Mitterrand en 1945, enfermo de tifus. A su regreso, Antelme escribiría un libro de referencia sobre los campos de concentración nazis, La especie humana (1947).
Duras también contaría esa etapa en su relato El dolor. La pareja se hizo militante comunista y se divorció en 1946. Duras tuvo un hijo –Jean— con su nueva pareja, el escritor Dionys Mascolo, en 1947. Antelme fue comunista hasta 1956. Duras lo dejó un año antes. Más tarde, los dos compartirían otra causa noble: la oposición a la guerra de Argelia. Antelme moriría en 1990.
Antes de eso, en 1984, Duras se encontró con Mitterrand una noche en un restaurante. Acababa de ganar el Goncourt y le dijo al presidente: “¡Ahora soy más célebre que usted!”.
También dijo que nunca había mentido en un libro, y que “lo que está en los libros es más verdadero que lo que el autor ha vivido”. Según su biógrafa, Laure Adler, “Duras inventó una nueva forma de escritura cantada y hablada”.
Pero inventó también una forma de vida nueva, libre, femenina y feminista, solitaria y colectiva, divertida y polémica, hecha de excesos, renuncias y libertad, de militancia y agitación.
Su historia y su obra múltiple han llegado al centenario de su nacimiento con la fuerza contenida que siempre tuvieron. Una decena de obras teatrales se representarán este año; el 13 de mayo La Pléiade publicará sus obras completas, y el Ayuntamiento de París ha organizado debates y conferencias en su honor.
Después de escribir docenas de novelas que guiaron los pasos del nouveau roman, de convertirse en una heteredoxa de la nouvelle vague y de influir en escritores y artistas de todas las disciplinas posibles, Duras se apagó el 3 de marzo de 1996, en el tercer piso de su casa del número 5 de la Rue Saint-Benoît.
Adolfo Arrieta recuerda que un día antes sintió la necesidad de ver a Duras. “Fue tremendo, llevaba años sin verla y de repente tuve la sensación muy intensa de que debía ir a verla enseguida. Agarré un avión en Madrid y me fui a París. Fui hasta la casa, vi la luz encendida pero no me atreví a llamar. Al día siguiente, me enteré de que se había ido a otro planeta”.
Sobre su tumba, en el cementerio de Montparnasse, sus amantes y seguidores siguen depositando todavía hoy flores y recuerdos. En la lápida se puede leer su nom de plume, Marguerite Duras, dos fechas y sus iniciales: M. D.