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sábado, 18 de octubre de 2014

PRENSA. "Alarma". Almudena Grandes

Almudena Grandes

   En "El País":

Alarma

Todo lo malo que hayamos sido capaces de pensar alguna vez, se va cumpliendo sin remedio

 Nos sobran motivos para el miedo. Como vivimos cercados por la mentira y el silencio, al temor por la suerte de Teresa Romero se suma el de los aún desconocidos desastres que los recortes en sanidad provocarán mañana, y hasta la posibilidad de que, en el colmo del cinismo, el Gobierno aproveche la ocasión para liquidar lo poco que queda de cooperación y ayuda al desarrollo. Todo lo malo que hayamos sido capaces de pensar alguna vez se va cumpliendo sin remedio. Por eso quiero llamar hoy su atención sobre el TTIP, siglas que probablemente desconocen aunque pesan como una amenaza silenciosa sobre su futuro. EE UU y la UE negocian desde hace año y medio el Tratado Transatlántico de Libre Comercio e Inversión en una opacidad casi absoluta. Lo poco que han declarado sobre sus intenciones —que pretenden eliminar las barreras reguladoras que limitan los beneficios potenciales de las multinacionales a ambos lados del Atlántico— es ya temible. Los acuerdos que se están negociando en secreto pueden ser mucho más peligrosos que el ébola. Si lo que temen las organizaciones de la sociedad civil que han dado la voz de alarma llegara a cumplirse, las multinacionales tendrían derecho a cuestionar las decisiones que tomen Estados soberanos y a ser indemnizadas cuando éstas les perjudiquen. Para colmo, el tribunal que dirimiría estos conflictos no sería público, sino privado. Tres abogados con intereses en la disputa fijarían la sentencia y la multa correspondiente, sin derecho a recurrir por parte del Estado sancionado. A partir de ahí, la soberanía democrática será una cáscara hueca y el sometimiento de la política a los poderes económicos, la norma de nuestra vida. Recuerden estas siglas: TTIP. Porque lo peor que hayan temido al leer esta columna se cumplirá mañana si no somos capaces de evitarlo.

martes, 7 de octubre de 2014

PRENSA. "Bla, bla, bla". Almudena Grandes

Almudena Grandes

   En "El País":

Bla, bla, bla

España se está rompiendo dentro de cada uno de nosotros, está arrasando con nuestra identidad y, lo que es peor, con nuestra integridad individual y colectiva

Cuando una soga no aguanta más, se rompe poco a poco. No es una ruptura limpia, como la que lograría un golpe de hacha, sino un proceso más lento, más sucio. Los cabos de cuerda se van rompiendo de uno en uno, exhaustos de contribuir al esfuerzo de conformar la soga, de resistir con ella. Cada rotura en sí misma no es grave, lo grave es la suma de los cabos sueltos, y aquí ya se han roto demasiados. No hablo de la unidad del Estado, ni de los atracos legalizados, ni de la actualidad judicial, sino de algo más. España se está rompiendo dentro de cada uno de nosotros, está arrasando con nuestra identidad y, lo que es peor, con nuestra integridad individual y colectiva. Para quienes sienten que no pertenecen a este país, es un problema menor. Para quienes no tenemos otro, una tragedia incomparable. Cada día resulta más difícil mirarse en el espejo. Cada día cuesta más desayunar con los escándalos de las ocho de la mañana. Pero lo más duro es escuchar a esos dirigentes que afirman con una sonrisa que esto ha pasado siempre, que pasa en todas partes, que lo sabe todo el mundo. Esos dirigentes que repiten como loritos el cuento de nuestra admirable Transición, de nuestra maravillosa Constitución, de nuestra heroica entereza y, más difícil todavía, de nuestra formidable capacidad para salir juntos, unidos aunque diferentes, de cualquier cosa. Ese bla, bla, bla es el peor insulto, la ofensa más grave entre las muchas que recibimos a diario. Si se pararan a pensar en lo que dicen serían, en el mejor de los casos, unos ineptos, y en el peor, unos cínicos. No llegan ni a eso, porque hablan sin pensar, recitando de carrerilla una lección falsa, anticuada en su falsedad. Incapaces de solucionar nuestros problemas, ni siquiera se dan cuenta de que ellos mismos se han convertido en el peor de todos.

lunes, 17 de marzo de 2014

PRENSA CULTURAL. Reseña de "Las tres bodas de Manolita", novela de Almudena Grandes

   En "Babelia":

Diez años de infamia

'Las tres bodas de Manolita' nos transporta a los días más crueles y vengativos del franquismo

Con esta nueva obra, Almudena Grandes confirma su dominio de todos los registros de la novela


Fiesta de la Merced en la cárcel de Porlier, el 28 de septiembre de 1940. / EFE / CORTÉS
Almudena Grandes retoma en Las tres bodas de Manolita, el tercer volumen de sus Episodios de una guerra interminable, la fibra narrativa y el largo aliento galdosiano que atesoró el primero, Inés y la alegría (2010). En el segundo volumen, El lector de Julio Verne (2012), Grandes situaba el punto de vista de la narración en el corazón de la represión franquista contra el maquis. Una novela de aprendizaje entre las tinieblas de la clandestinidad y el miedo, un relato más lírico que épico. Ahora, el tercer volumen, cuyo subtítulo es ‘El cura de Porlier, el Patronato de Redención de penas y el nacimiento de la resistencia clandestina contra el franquismo, Madrid, 1940-1950’, abarca la descripción de una década de infamia física y moral bajo la etapa más cruel y vengativa del nacionalcatolicismo franquista.

El romance entre Manolita (lectora de Galdós) y Silverio, me recordó las mejores páginas de la Mercé Rodoreda de ‘La plaza del diamante’
Trato de hacerme una idea de cómo Almudena Grandes ha construido esta novela, cómo ha organizado los elementos psicológicos, espirituales y físicos de la narración, cómo los ha jerarquizado para que cumplieran con uno de los cometidos esenciales de esta novela: transportarnos hasta esos terribles días de degradación moral y social y comunicarnos esa sensación de dolorosa resignación y a la vez silenciosa rabia como el que transmiten, por ejemplo, este fragmento de la novela: “Como los recuerdos dolían, no recordaban. Como las lágrimas herían, no lloraban. Como los sentimientos debilitaban, no sentían”. En una entrevista que le hicieron hace ya unos cuantos años a Antonio Tabucchi, el escritor italiano contestaba, cuando se le preguntó quién establece la estructura en sus novelas, si el personaje o el tema, contestó lo siguiente: “Para mí siempre nace primero el personaje, la voz del personaje. No creo en la literatura de un tema particular”. Pues bien, en esta novela (se podría decir de casi todas las suyas), la autora de Las edades de Lulú hace fluir su relato, la novela que leemos compartida con otras voces de manera indirecta, de la voz de su protagonista, Manolita, de su relato en primera persona. Como si toda novela sobre la memoria histórica e intrahistórica, no solo se proveyese de esas memorias sino también de otras no menos decisivas: la memoria visual, la auditiva, la táctil, ese conjunto de memorias carnales que otorga a una novela su trascendencia histórica y estética. Manolita, la chica de menos de veinte años, a la que le fusilan su padre, que tiene que sobrevivir a una pobreza inédita en su vida y a todas las penas inimaginables con sus hermanos más pequeños y, sobre todo, urdir casamientos de mentirijillas para cumplir una tarea política, esa chica no puede ser el producto de una elección temática o ideológica, tiene que tener la madera literaria, ese rumor de la imaginación encendida y quirúrgica para hacerla material y a la vez tan plena de literatura. Esa mezcla que pocos novelistas españoles hoy en día alcanzan cuando lo intentan: novela, romance, folletín, ópera y poema, todo en una sola amalgama de literatura en estado de gracia. En otra entrevista, esta vez al escritor y ensayista argentino Ricardo Piglia, leemos: “Más que grandes temas hay grandes formas de narrar”. Podríamos decir que para registrar lo que se propone la escritora madrileña, su elección no es el tema sino la forma novela galdosiana. Como si ésta pidiera un tema a su altura artística. La abyección franquista de la década de los cuarenta tiene tantas caras, tantos territorios todavía hoy intransitados, que solo una gran forma narrativa puede aproximarse a su realidad más dantesca para representarlo.
No voy a contar la novela. Pero sí señalaré algunas pistas. Manolita es la protagonista y su narradora. A su lado compiten otros personajes que no se nos olvidarán fácilmente. Por ejemplo, la monja Carmen y su deslumbrante encarnación de las “amistades particulares”. Por ejemplo, Eladia, la chica que baila y canta de noche en un tablao flamenco. No se pierda el lector su relación con un pervertido funcionario franquista y su inolvidable casta de heroína folletinesca. En la entrevista que cité más arriba de Tabucchi, este señala la importancia de papel del traidor, no solo en sus novelas, sino, dice, como figura patológica incrustada en la propia condición humana. Bien, también ponga atención el lector al traidor que nos presenta Grandes en la figura del Orejas, trasunto literario del tristemente célebre comisario Conesa. El romance entre Manolita (lectora de Galdós) y Silverio, me recordó las mejores páginas de la Mercé Rodoreda de La plaza del diamante. (Y a propósito de Silverio, me llamó la atención unas palabras suyas: “No tienen imaginación, no confían en sí mismos y no han leído Robinson Crusoe”.En una novela del escritor inglés Wilkie Collins, colega de Dickens, hay un personaje que siempre esgrime una cita del Robinson Crusoe, no hay cuestión enigmática que una cita de Defoe no le aporte un rayo de luz).
Las tres bodas de Manolita vuelve a confirmar el dominio de Almudena Grandes de todos los registros de la novela. El ritmo ineludible, la pausa necesaria y una lengua literaria que asume todos los retos de la trama que se desenvuelve solo para representar con exactitud descarnada la gran trama de la vida en condiciones extremas de supervivencia. Y con apenas muy pocos resquicios para la esperanza.

Las tres bodas de Manolita. Almudena Grandes. Tusquets. Barcelona, 2014. 768 páginas. 22,90 euros

jueves, 13 de marzo de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a la novelista Almudena Grandes

   En "El País Semanal":

“Si Freud me hubiera conocido, el complejo de Edipo se llamaría complejo de Almudena”

Almudena Grandes lleva la escritura en su ADN

En su casa, enfrentada al ordenador en el que escribe sus novelas, encuentra la calma

Cotilla confesa por necesidad profesional, publica este mes ‘Las tres bodas de Manolita’

Es la tercera novela de las seis que configuran ‘Episodios de una guerra interminable’

–Hablemos primero sobre la calma…
–Esa desconocida…
Quise plantearle esa cuestión a Almudena Grandes porque es muy difícil asociar a esta mujer grande, de risa asaltada por el humo del tabaco y de ojos inquisitivos y cariñosos, con la palabra calma. Su casa, donde escribe “desde que los demás se van a clase o al trabajo”, respira sosiego y recuerdos, pero ella misma solo se calma cuando escribe. “Para mí la escritura es como una vida paralela”.
Así que ahí se serena, en ese escritorio que hubiera envidiado Galdós, aunque quién sabe qué hubiera hecho su admirado novelista canario ante este ordenador inmenso que mira Almudena desde que se queda sola.
Su nueva obra, que sale ahora publicada por Tusquets, se titula Las tres bodas de Manolita y es el tercero de seis episodios en los que se propuso contar la interminable posguerra española. Cuando lo abres y comienzas a leer esta escritura minuciosa y calma, en seguida te viene a la mente aquella Almudena activa, que no para ni en la casa ni en el mercado ni en la calle ni en los bares, donde habla e inquiere con una velocidad que ya lleva su nombre, la velocidad de Almudena.


Un dibujo de Rafael Alberti preside este rincón de recuerdos en casa de Almudena Grandes. / SOFÍA MORO
Pues aquí se apacigua, y de ahí proceden estos volúmenes. Alrededor del ordenador están sus cajas estrujadas de tabaco, hay fotos de amigos (el poeta Ángel González es como uno de los santos laicos de estos altares) y hay abundante material gráfico de los libros que ya publicó, sobre todo de estos Episodios de una guerra interminable al que corresponde Las tres bodas de Manolita.
Es una casa (en la que vive con su marido, el poeta Luis García Montero) de la que ahora se van los hijos (“van y vienen, viven cerca”), pero donde hay sillones y sillas por doquier, y mesas, y rincones que, cuando se hace de noche (sobre todo si hay partido y juega el Atlético de Madrid, su equipo), se llenan de amigos, entre los que estuvo Ángel González y entre los que siguen viniendo Joaquín Sabina, Chus Visor, Benjamín Prado… Es un hogar, por así decirlo, de familia numerosa, acaso como estos propios libros de Almudena Grandes.
Así que es dos Almudenas, la que vive en el barullo y la que se queda sola en casa. “Aprendí hace mucho tiempo que para escribir novelas tenía que aislar mi vida verdadera de la vida de la novela… Lo que no puede pasar es que cuando seas feliz, todo lo que pase en la novela sea estupendo, y que cuando estés mal, todo lo que ocurra en el libro resulte un horror”.
Para que se concentre en la obra, “el escritor ha de gestionar la soledad”. Esa respiración solitaria es la que confiere sosiego: “Cuando me levanto, entro en mi despacho, enciendo el ordenador y me enfrento a lo que he escrito, entro en un espacio que es exclusivamente mío y en el que no dejo que nada me preocupe”.
Va sola, escribe sola, pero en la cabeza hay un volumen de hechos, de diálogos y personajes. Como en Las tres bodas de Manolita. Me la imagino dando manotazos a la vida cotidiana para encerrarse al fin con toda esa enorme familia de ficción. “Me da vergüenza contar estas cosas, sobre todo en los institutos, porque los chicos me miran como si fuera una médium con experiencias paranormales… La verdad es que tengo un sistema de trabajo que me permite saber mucho de la novela antes de empezarla; antes de escribir la primera palabra, trabajo durante meses en un cuaderno”.

Cuando escribo, entro en un espacio exclusivamente mío y en el que no dejo que nada me preocupe
En los cuadernos se cuenta la historia a sí misma, traza los personajes por separado, cómo son, qué les ha pasado… Es como si construyera un edificio en el que hay cronologías, sucesos, gente, y todo eso está en la cabeza que al fin se sienta delante del ordenador que hubiera envidiado Galdós… Pero cuesta imaginar que tuviera ya las seis novelas de la serie en la cabeza. “Me enganché a la historia contemporánea de España cuando estaba empezado a escribir El corazón helado (2007). Desde entonces solo leí libros relacionados con la posguerra, solo veía cine de posguerra, y vi fotos, todas las fotos que pude de esa época… Un día ya me imaginé las seis novelas y vi que era capaz de contármelas a mí misma… Supongo que porque tengo la suerte de mezclar memoria y cotilleo, las condiciones que debe tener un novelista según Juan Marsé”.
Muy cotilla “porque con la propia vida no vas a ninguna parte, necesitas nutrirte de la de los demás”, y además has de tener mucha memoria “para almacenar y poder contar cuando te conviene”. Un día llamó a su editor en Tusquets: “Juan Cerezo estaba en Londres, y se quedó de piedra cuando le dije que iba a empezar a escribir una serie de seis novelas. ‘¿Por qué seis?’, me dijo”. Se acordó de don Benito Pérez Galdós y de sus Episodios nacionales.


La escritora en el salón de su domicilio. /SOFÍA MORO
–Pero ímpetu y Almudena es lo mismo, ¿no?
–Bueno, sí; ímpetu cuando acierto, pero también cuando me equivoco. Es verdad que soy enérgica…
–Y habrá tenido momentos lánguidos…
–Que han sido normalmente buenos; pero también he tenido episodios de desactivación. Es verdad que soy muy tenaz, es un rasgo de mi carácter: nunca doy una causa por perdida.
Una vez escribió (Castillos de cartón, 2004): “Estábamos en 1984 y teníamos veinte años, Madrid tenía veinte años, España tenía veinte años y todo estaba en su sitio”. Ahora el tiempo lo ha roto todo, ¿o lo hemos roto nosotros? “No creo que haya sido el tiempo; aquel fenómeno era verdadero, yo lo vi, era adolescente en una ciudad y en un país adolescente. Como todos los momentos de gran felicidad en la vida de las personas, de las naciones, tenía un porcentaje importante de ilusión; era real porque las ilusiones y las fantasías son reales, pero esa exaltación tenía bases frágiles. Y ahora vivimos, como decía José Álvarez Junco, en una democracia hermética, en un país anonadado”.
Como observadora de las heridas que quedaron, ¿cuándo acabó la guerra? “Cuando llegó la democracia… ¿Sabes por qué mi protagonista se llama Manolita y por qué en todas partes hay una Manolita? Son homenajes distintivos de los que te das cuenta después de poner ese nombre a la Manolita de Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán-Gómez. Al final de esa obra, el niño le dice al padre: ‘Pero, papá, ahora que se ha acabado la guerra, el verano que viene me podré comprar una bicicleta porque ya estaremos en paz’. Y el padre le dice: ‘Hijo, no ha llegado la paz. Ha llegado la victoria’… Es lo que creo que pasó en España, y en Manolita… se repite mucho: una joven muy desarmada, que no es de buena familia ni tiene dinero, de repente observa que la paz se ceba con ella, la echan de casa, encarcelan a su padre, se queda con unos niños pequeños, y en seguida empieza a sentir que la paz ha traído otra guerra a su vida. Para esta gente, la guerra se terminó cuando llegó la democracia, cuando se cerró el paréntesis de aquella guerra prolongada por la paz, que no fue una paz, sino una victoria, como decía Fernán-Gómez”.
Todos los libros de Almudena pueden contar la historia de Almudena, la de sus padres, la de sus barrios madrileños… En sí misma, la historia de su padre, Manolo, es una novela: ferretero, vividor, mujeriego, obsesionado “porque me fuera bien en la vida, porque me dieran premios”… Y la de la madre, Benita (todos la llamaban Moni), que murió cuando la escritora tenía 22 años…

Soy muy tenaz, es un rasgo de mi carácter, nunca doy una causa por perdida
Bisabuelos y abuelas excéntricas o desaparecidas, historias familiares que parecen habitantes de los cuadernos de sus ficciones, y cuyo enunciado solo sería otra novela de Almudena Grandes. De todo ello, una curiosidad: ¿por qué se enfadó con su madre? “No fue enfado exactamente. Ocurre que una persona te puede querer mucho, pero no comprenderte en absoluto… Lo que sucedió con ella pasó con todas las mujeres de mi generación… Cuando las madres de las mujeres italianas, por ejemplo, eran feministas y quemaban el sujetador, mi madre vivía en el siglo XIX, en un país donde el estatuto jurídico de las mujeres era decimonónico, y el código penal, ni te lo cuento… Esa diferencia producía un elemento inconsciente de hostilidad hacia nuestras madres. Había un océano de incomprensión muy grande que las mujeres que han tenido la suerte de no perder a su madre tan pronto han podido resolver. Después de haber llorado a mi madre, lloré un montón con la dedicatoria de Usos amorosos de la posguerra española, de Carmen Martín Gaite, que dice: “A los hijos de las mujeres de mi generación con la esperanza de que entiendan mejor a sus madres”.
Manolo, el padre, fue un cómplice, sin embargo. Vivió hasta 2005. “Era un trueno, un señor muy inclasificable. Tenía 73 años cuando murió, mi madre había muerto con 47… Si Freud me hubiera conocido a mí, el complejo de Edipo se hubiera llamado Almudena porque estaba enamorada de mi padre y del padre de mi padre. Era un francotirador total, un trueno…”.


Detalle de uno de sus cuadernos. /SOFÍA MORO
–Mi padre siempre temía que yo fracasara. Ahora, cuando me dan un premio u ocurre cualquier cosa que le hubiera halagado, yo digo: “¡Qué putada, papá, qué putada…, si en realidad te lo habrías pasado mejor que yo!”.
–La calma, pues…
–La calma hubiera sido que él estuviera aquí todavía, que estuviera mi madre… Pero la vida es así de cabrona. Ya no están ellos, pero en general me siento una persona afortunada.
En la puerta de salida hay unos papeles con versos de Cernuda, de Ángel González, de Bécquer. Los deja la hija de Luis, Irene, que hasta hace nada vivía con ellos. Y con ellos se ha quedado Elisa, la hija de ambos. “Sí, la vida es sabia y cabrona, pues te acaba jugando la pasada habitual, y ahora me encuentro diciéndole a mi hija adolescente las cosas que mi madre decía, haciendo lo que ella hacía… Es normal, es así, solo que yo tuve la mala suerte de perder a mi madre a los 22 años”. La oyes hablar y entiendes que después del trueno de la vida y de las nostalgias que esta deja, la escritura calme el semblante de Almudena Grandes.

viernes, 7 de marzo de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre la nueva novela de Almudena Grandes

   En "El País":

La posguerra del héroe cotidiano

Almudena Grandes recrea la supervivencia de las republicanas en el Madrid de la posguerra

‘Las tres bodas de Manolita’ destapa los trabajos forzados de menores por órdenes religiosas

 Madrid 5 MAR 2014 -

  • Almudena Grandes, acompañada por Isabel Perales y Alexis Mesón Doña, en Madrid. / ÁLVARO GARCÍA
    Muchos años después Almudena Grandes (Madrid, 1960) volvió al Valle de los Caídos para experimentar cómo el lugar casi neutro de la infancia se había tornado sombrío. “De pequeña veraneaba en Becerril de la Sierra y fui varias veces porque era la típica excursión que hacías con las visitas. Ahora, como experiencia estética, no transmite absolutamente nada, pero además de muy feo tiene una presencia siniestra”.
    Para escribir Las tres bodas de Manolita (Tusquets), la tercera entrega de su ambicioso proyecto literario sobre la guerra y la posguerra (Episodios de una guerra interminable), regresó sola en varias ocasiones con el propósito de documentarse sobre el lugar donde culmina la novela. En los años cuarenta el espacio era conocido como Cuelgamuros, el campo de trabajos forzados que los republicanos recibían como un destino de gracia después de haber sobrevivido a alguna calamitosa cárcel del régimen.
    Grandes ha cambiado el campo abierto de los guerrilleros por los mundos confinados de los presos. Y también el perfil de sus protagonistas: de resistentes armados y quijotescos como los invasores del valle de Arán (Inés y la alegría) o los maquis de las sierras de Jaén (El lector de Julio Verne) a héroes del montón, como Manolita Perales, una chica corriente que aspira a tener un marido al que llevarle la comida a diario, una tibia a quien la vida enfría y recalienta sucesivamente, una alérgica al compromiso que acaba enredada entre la oposición comunista que se está fraguando en el Madrid posbélico.

    “Los personajes que me gustan son los supervivientes, ni héroes ni villanos”
    Manolita, ni guapa ni fea; ni valiente ni cobarde; ni lumbrera ni tonta, se encuentra en abril de 1939 con algo peor que perder una guerra: perder la inocencia y convertirse en la madre de cuatro hermanos pequeños y único puntal de los presos de la familia con 16 años. “Los personajes que me gustan son los supervivientes, ni héroes ni villanos. Esta es una historia de resistencia ligada a la vida cotidiana. La felicidad era una manera de resistir y desafiar al régimen. Los personajes son más pequeños y las redes son más pequeñas. Es también un homenaje a las mujeres de las colas de las cárceles, que fueron muy importantes en la creación de redes de resistencia”, explica la escritora poco antes de reencontrarse en Madrid con Isabel Perales y Alexis Mesón, seres reales de vidas increíbles (donde se mezcla la crudeza con la aventura) que ella ha incorporado a su ficción.

    “Los niños pagaban el pecado original de ser hijos de rojos”
    Alexis Mesón Doña guardó muchas colas. “En la novela están exactamente como fueron en realidad. Cada muerte era la de todos y cada alegría, también”. Su padre, Eugenio Mesón, permaneció en la prisión de Porlier hasta que fue fusilado en el cementerio del Este en 1941. Era secretario general de la JSU, cuya cúpula fue detenida por los golpistas de Casado, trasladada a una prisión valenciana y entregada a los vencedores a modo de morbosa ofrenda: los carceleros huyeron sin abrir las celdas. Su madre, Juana Doña, una de las presas más longevas (1939-41 y 1947-73), escribió enQuerido Eugenio la microhistoria de aquellas esperas en las que se hacían amistades, se transmitían consignas y se contaban chistes.
    En ese libro halló Almudena Grandes una historia “sucia y romántica a la vez” que se erigió en una de las piezas centrales de la novela: el verídico caso del cura de Porlier que cobraba sobornos (una tarifa fija en dinero, tabaco y pasteles) por permitir vis a vis con los presos a un ritmo regular que debió enriquecer a varias generaciones de su familia. “Desconocemos aún muchos episodios de la época. En 2002, cuando trabajaba en El corazón helado, yo creía, como la mayoría de los españoles, que sabía lo suficiente de la Guerra Civil. Me enganché a leer historia contemporánea durante diez años, de todas las épocas, bandos y géneros, fue un proceso íntimo, leía para aprender y comprender y no para documentarme y descubrí que no sabía nada”.
    Isabel Perales, a la que conoció en un homenaje a los republicanos en Rivas en 2008, la obsequió con el relato de una vida que pedía a gritos una novela. En 1941 un decreto permitió que los hijos de presos republicanos pudiesen internarse en colegios religiosos. Isabel, que tenía 14 años, y su hermana Pilar ingresan en el colegio de Zabalbide, que pertenecía a la orden de los Ángeles Custodios. Mientras la pequeña sí es escolarizada, Isabel descubre que es rehén de una comunidad que esclaviza a las adolescentes para lavar a destajo la mantelería de buena parte de los restaurantes de Bilbao. “No habría podido escribir la novela sin su tenebrosa revelación de que en la España de la posguerra, los hijos de los presos —las niñas de Zabalbide al menos— estaban sometidos a un régimen de trabajos forzados para redimir las penas de sus padres, el pecado original de ser hijos de rojos”, expone la escritora en una nota al final de su obra.

    La novela es la tercera entrega de la saga que inició con ‘Inés y la alegría’
    En un encuentro en un hotel madrileño, hace pocas semanas, Isabel Perales, de 87 años, revivía aquellos días: “Tardé en salir a la calle y en bañarme dos años y medio. Teníamos piojos blancos en el cuerpo, aparte de los de la cabeza. Desayunábamos los posos del café que iban a recoger las niñas cada dos días al Arriaga”. En la novela están sus penalidades y sus salvavidas. En sus manos, solo las primeras. Con el tiempo Isabel entró a trabajar en el cine como doble y, más tarde, de sastra. Fundó la sección de cine de Comisiones Obreras. Cantó La Internacional enRojos para Warren Beatty y trabajó en producciones con Sigourney Weaver, Alain Delon o Dustin Hoffman. Pero esto encajaría en otro argumento.
    Hay otro personaje real sobre el que se asienta Las tres bodas de ManolitaRoberto Conesa, comisario franquista laureado en democracia que tuvo como alumno aventajado a Juan Antonio González Pacheco, Billy el Niño, torturador perseverante, ahora reclamado por la justicia argentina. Fue Conesa quien encarceló a Alexis Mesón en Barcelona en 1973. “Dirigió la operación para detener a un comité del FRAP, estuvo en los interrogatorios y me dio las primeras hostias. A camaradas de esa época los sometieron a torturas similares a las de los años cuarenta. Pero cuando logras pasar de las palizas sin hablar y sabes que vas a ir a la cárcel aumenta la autoestima de saber que no han podido doblegarte ni humillarte”, reflexiona.
    “Conesa es otro de esos casos en los que la ficción se supera por la realidad”, apunta Grandes. “Jugó siempre al límite. Fue muy listo. Se manchó las manos de sangre lo imprescindible. Su gran momento fue la Transición”, añade. “No voy a arremeter nunca contra la Transición frontalmente porque creo que hubo una generación que hizo lo que creía que tenía que hacer en un esfuerzo honesto, pero ese camino que debía llevar a alguna parte se ha desvirtuado. Fue un éxito institucional pero tiene una fragilidad congénita: España es la única democracia europea que no ha reprendido el fascismo y no tiene una política de memoria”.