Mostrando entradas con la etiqueta Beckett Samuel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Beckett Samuel. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Un Beckett destructor". Enrique Vila-Matas

    En "El País":

Un Beckett destructor

Podrán algunos aprender de sus cartas porque asistimos a la creación de una poética radical Pensamos: eso sí que en verdad es un escritor joven


Samuel Beckett. / CORDON PRESS
En París, Gallimard ha editado el primero de los cuatro volúmenes que han de acoger una quinta parte de las más de quince mil cartas que Samuel Beckett escribiera y que inicialmente él prohibió publicar, aunque más tarde flexibilizó su decisión.
En Reino Unido, la editorial es Cambridge University Press, y ahí llevan ya dos volúmenes. El segundo, según me dijera este verano Daniel Gunn, especialista en esa correspondencia, es aún mejor que el primero, porque ahí está ya presente el Beckett que camina en una noche de tormenta hasta un último muelle y tiene una revelación que va a cambiar el curso de su escritura.
El primer tomo de Gallimard lo he ido leyendo a lo largo de estos últimos días y me ha convertido en sereno testigo alucinado de un violento y complejo proceso de extirpación de toda tiranía matriarcal, familiar, nacional, estatal, con el consiguiente abandono de la plomiza lengua nativa, también de la patria somnífera, de los grandes maestros espesos, de Irlanda misma en su totalidad, y de todo lo demás, incluida cualquier esperanza.
Ese primer tomo, que podría haberse llamado Inicio de partida, en guiño a Fin de partida (su famosa obra teatral), presenta las dudas de un artista incipiente que se va desembarazando de los dogmas más manoseados, y lo hace con su atracción por el silencio, pero también con su tendencia a ir hacia la palabra, aún sabiendo que “no hay narración, todo es falso, no hay nadie, no hay nada”.
Podrán algunos aprender de estas páginas porque asistimos a la creación de una poética radical por parte del primer Beckett. Pensamos: eso sí que en verdad es un escritor joven.

En el primer tomo están las dudas
de un artista incipiente,
atraído por el silencio
Sus destructoras cartas, que tumban con destreza todo tipo de estupideces solemnes, van revelando la formación de una voz propia. Asistimos en ellas a los sucesivos golpes que representaron los primeros rechazos editoriales de sus libros (“Estaría dispuesto a mutilar el texto, e incluso a cambiar el título”), al tiempo que nos impregnamos de su inagotable pasión por la lectura (“leo como un verdadero loco”), sus exasperadas visitas al Louvre o a la National Gallery, su amistad con los hermanos Van Velde, o con el pintor Jack B. Yeats y, esencialmente, con Thomas McGreevy (“Tom”), su principal confidente.
Leer estas cartas es ver a Beckett cruzar por diferentes escenarios culturales (Dublín, Londres, París, y hasta Kassel, donde vive su prima Maggie Sinclair, de la que se ha enamorado) y por pasajes y callejones extraños, hasta salir de ellos siempre rebotado hacia los más distintos exilios:
“Todos los grupos son horribles”.
“Que no. Que hay que huir de la provincia”
“Soy raro, no quiero a nadie”.
“No sabes cómo detesto Londres”.
En ocasiones aparece un Beckett con dudas excesivas sobre su penúltimo poema o su último amor, pero no es algo que angustie especialmente, porque le intuimos ya próximo a aquella epifanía que le alcanzó en el último muelle de una noche decisiva: aquella revelación que (continuará en el segundo tomo) transformaría radicalmente su vida.

domingo, 23 de mayo de 2010

PRENSA (2). 23 MAYO 2010

En suplementos de "El País":

1. "No teníamos elección. Mataban a los que trabajaban y a los que no". Entrevista a Shlomo Venezia, miembro de las brigadas que sacaban cadáveres de las cámaras de Auschwitz y los quemaban. Por Miguel Mora.  

2. Jesús como hipótesis. Lectura. El movimiento liderado por Jesús de Nazaret ha dejado una huella profunda en la cultura occidental. Extracto del nuevo libro del filósofo Jesús Mosterín, que ofrece una visión crítica del nacimiento y desarrollo de una de las religiones más extendidas en el planeta.

3. Algunas verdades sobre Polanski. Artículo del filósofo Bernard-Henri Lévy. El director de cine es víctima de la cesión del juez y del fiscal estadounidenses a las presiones de la opinión pública. Y la acusación de la actriz británica Charlotte Lewis no es más que un chantaje. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

4. Mentiras milagrosas. Columna de Elvira Lindo.

5. Fin de partida. Columna de Juan Cruz, sobre la obra de Beckett y nuestro tiempo.

6. Sobre la impunidad de los crímenes del franquismo. Columna de Santos Juliá.

martes, 22 de diciembre de 2009

LITERATURA. PRENSA. Samuel Beckett



En "El Día de Córdoba" aparece este artículo, firmado por Pablo Bujalance: Leer y escribir después de Beckett. Hoy se cumplen 20 años de la muerte del autor de 'Esperando a Godot', cuya semilla sembrada en la novela, el teatro y la poesía, difícil y radical como pocas, continúa dando frutos y abriendo puertas.

A continuación, reproducimos el principio de una de sus obras más conocidas: Esperando a Godot:

ACTO PRIMERO

Camino en un descampado, con árbol. Atardecer.
ESTRAGÓN, sentado en una piedra, trata de quitarse los zapatos. Se afana obstinadamente en la tarea, con las dos manos. Se detiene agotado, descansa; jadeando, vuelve a empezar. La misma operación. Entra VLADIMIR.


ESTRAGÓN.- (Renunciando nuevamente.) No hay nada que hacer.
VLADIMIR.- (Acercándose a pasos cortos y rígidos, separadas las piernas.) Empiezo a creerlo. (Queda inmóvil.) Durante mucho tiempo me he resistido a esta idea, diciéndome: "Vladimiro, sé razonable; aún no lo has intentado todo". Y reemprendía la lucha. (Se reconcentra, pensando en la lucha. A ESTRAGÓN.) ¿Así que otra vez ahí?
ESTRAGÓN.- ¿Te parece?
VLADIMIR.- Me alegra volver a verte. Creía que te habías ido para siempre.
ESTRAGÓN.- Y yo.
VLADIMIR.- ¿Cómo celebrar este encuentro? (Reflexiona.) Levántate que te abrace. (Tiende la mano a ESTRAGÓN.)
ESTRAGÓN.- (Irritado.) Luego, luego. (Silencio.)
VLADIMIR.- (Molesto, fríamente.) ¿Puede saberse dónde ha pasado la noche el señor?
ESTRAGÓN.- En una zanja.
VLADIMIR.- (Sorprendido.) ¡Una zanja! ¿Dónde?
ESTRAGÓN.-(Inmutable.) Por ahí.
VLADIMIR.- ¿Y no te han sacudido?
ESTRAGÓN.- Sí..., no mucho.
VLADIMIR.- ¿Los de siempre?
ESTRAGÓN.- ¿Los de siempre? No lo sé. (Silencio.)
VLADIMIR.- Cuando pienso..., todo este tiempo..., me pregunto... qué habría sido de ti... sin mí... (Con decisión.) Sin duda, no serías ahora más que un montón de huesos.
ESTRAGÓN.- (Herido en lo vivo.) ¿Y qué más?
VLADIMIR.- (Anonadado.) Es demasiado para un hombre solo. (Pausa. Con viveza.) Por otra parte, ¿por qué desanimarse en este momento? Es lo que yo me digo. Habría que haberlo pensado hace una eternidad, hacia mil novecientos.
ESTRAGÓN.- Basta. Ayúdame a quitarme esta porquería.
VLADIMIR.- Cogidos de la mano nos habríamos tirado de la torre Eiffel, de los primeros. Estábamos bien entonces. Ahora es demasiado tarde. Ni siquiera nos dejarían subir. (ESTRAGÓN se enfrasca en sus zapatos.) ¿Qué haces?
ESTRAGÓN.- Me estoy descalzando. ¿No lo has hecho tú nunca?
VLADIMIR.- Hace tiempo que te digo que es necesario descalzarse todos los días. Más te valdría escucharme.
ESTRAGÓN.- (Débilmente.) ¡Ayúdame!
VLADIMIR.- ¿Te encuentras mal?
ESTRAGÓN.- ¡Mal! ¡Me pregunta si me encuentro mal!
VLADIMIR.- (Acalorado.) ¡Tú eres el único que sufre! Yo no importo. Sin embargo, me gustaría verte en mi lugar. Ya me lo dirías.
ESTRAGÓN.- ¿Has estado malo?
VLADIMIR.- ¡Malo! ¡Me pregunta si he estado malo!
ESTRAGÓN.- (Señalando con el índice.) Eso no es una razón para que no te abroches.
VLADIMIR.- (Inclinándose.) Es verdad. (Se abrocha.) No hay que descuidarse en los pequeños detalles.
ESTRAGÓN.- ¿Qué quieres que te diga? Siempre esperas a última hora.
VLADIMIR.- (Ensoñadoramente.) A última hora... (Medita.) Tardará; pero valdrá la pena. ¿Quién decía esto?
ESTRAGÓN.- ¿No quieres ayudarme?
VLADIMIR.- A veces me digo que, a pesar de todo, llegará. Entonces todo me parece extraño. (Se quita el sombrero, mira dentro, pasa la mano por el interior, lo agita y vuelve a ponérselo.) ¿Cómo lo diría? Aliviado y, al mismo tiempo... (Busca la palabra adecuada.) . . espantado. (Con énfasis.) ES-PAN-TA- DO. (Se quita otra vez el sombrero y vuelve a mirar en el interior.) ¡Lo que faltaba! (Golpea encima como para que caiga algo, mira nuevamente al interior y vuelve a ponérselo.) En fin... (ESTRAGÓN, a costa de un esfuerzo supremo, consigue sacarse el zapato. Mira dentro, mete la mano, da la vuelta al zapato, lo sacude, busca por el suelo por si ha caído algo, no encuentra nada, vuelve a pasar la mano por el zapato, mirando vagamente.) ¡Bueno!, ¿qué?
ESTRAGÓN.- Nada.
VLADIMIR.- Déjame ver.
ESTRAGÓN.- No hay nada que ver.
VLADIMIR.- Trata de ponértelo.
ESTRAGÓN.- (Tras examinar su pie.) Voy a dejarlo que se oree un poco.
VLADIMIR.- He ahí un hombre de una pieza que la toma con su calzado cuando la culpa la tiene el pie. (Se quita el sombrero una vez más, mira el interior, pasa la mano, lo sacude, golpea encima, sopla dentro, vuelve a ponérselo.) Esto empieza a ser inquietante. (Silencio. ESTRAGÓN mueve el pie, separando los dedos para que circule mejor el aire.) Uno de los ladrones se salvó. (Pausa.) Es una proporción aceptable. (Pausa.) Gogo...
ESTRAGÓN.- ¿Qué?
VLADIMIR.- ¿Y si nos arrepintiéramos?
ESTRAGÓN.- ¿De qué?
VLADIMIR.- Pues... (Titubeando.) No hace falta entrar en detalles.
ESTRAGÓN.- ¿De haber nacido? (VLADIMIR suelta una carcajada, pero inmediatamente se contiene, llevándose la mano al pubis con el rostro crispado.)
VLADIMIR.- Ni siquiera nos atrevemos ya a reír.
ESTRAGÓN.- ¡Vaya privación!
VLADIMIR.- Sonreír solamente. (Su cara se distiende en una amplia sonrisa que al punto se hiela, dura unos momentos y después, súbitamente, se extingue.) No es lo mismo. (Pausa.) Gogo...
ESTRAGÓN.- (Molesto.) ¿Qué pasa?
VLADIMIR.- ¿Has leído la Biblia?
ESTRAGÓN.- La Biblia... (Reflexiona.) Le he echado un vistazo, seguramente.
VLADIMIR.- (Sorprendido.) ¿En la escuela laica?
ESTRAGÓN.- Cualquiera sabe si lo era o no.
VLADIMIR.- Debes confundirla con la cárcel.
ESTRAGÓN.- Quizá. Recuerdo los mapas de Tierra Santa. En colores. Muy bonitos. El Mar Muerto era azul pálido. Nada más mirarlo, me entraba sed. Pensaba: "Ahí iremos a pasar nuestra luna de miel. Nos bañaremos. Seremos felices".
VLADIMIR.- Tenías que haber sido poeta.
ESTRAGÓN.- Lo he sido. (Señalando sus harapos.) ¿Es que no se nota? (Silencio.)