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viernes, 31 de octubre de 2014

PRENSA. "'Yo sé leer': vida y muerte en Guerrero". Juan Villoro

   En "El País":

“Yo sé leer”: vida y muerte en Guerrero

En este territorio bipolar, el carnaval coexiste con el apocalipsis. El emporio turístico de Acapulco y la riqueza de los caciques contrasta con la pobreza de la mayoría, y el narcotráfico no es la principal causa de su deterioro

El pasado 17 de octubre el cadáver de Margarita Santizo fue velado en la calle Bucareli de la Ciudad de México, frente a la Secretaría de Gobernación. Así se cumplía la última voluntad de la difunta, que había buscado sin éxito a su hijo desaparecido. La escena sirve de alegoría para un país donde la política amenaza con transformarse en un rito funerario.
La espiral de violencia alcanzó un grado superior el 26 de septiembre con el asesinato de seis jóvenes y el secuestro posterior de 43 estudiantes normalistas en Ayotzinapa. Ese día me encontraba en la Universidad Autónoma Guerrero para dar una conferencia sobre José Revueltas. Mi anfitrión era un alto funcionario de la Universidad que en su juventud perteneció a la guerrilla de Lucio Cabañas. Hablamos del escritor comunista tantas veces encarcelado por sus ideas. Esto permitió que el académico repasara su propia trayectoria: “Lucio Cabañas me salvó la vida”, comentó con una peculiar mezcla de admiración y tristeza: “Me obligó a bajar de la sierra antes de que mataran a su gente: ‘No tienes aspecto de campesino’, me dijo: ‘Si te encuentran acá, no podrás decir que andabas sembrando; tienes que continuar la lucha donde vales más: el salón de clases”.
La exigencia del guerrillero significó la pérdida de una ilusión. Al mismo tiempo, el solitario camino de regreso a la vida civil permitió que un luchador social siguiera con vida.
La gran paradoja del Estado de Guerrero es que ser maestro también es un oficio de alto riesgo. Cabañas nació en un pueblo que refutaba su nombre (El Porvenir) y se dedicó a la enseñanza primaria. Muy pronto descubrió que era imposible educar a niños que no podían comer. Al igual que otro maestro, Genaro Vázquez, creó un movimiento para mejorar la vida de sus alumnos y se topó con la cerrazón oficial. Con el tiempo, quienes enseñaban a leer radicalizaron sus métodos de lucha.
La cultura de la letra ha sido un desafío en una zona que dirime discrepancias a balazos. En los años sesenta del siglo XX, dos terceras partes de los pobladores de Guerrero eran analfabetas. La Normal de Ayotzinapa surgió para mitigar ese rezago, pero no pudo ser ajena a males mayores: la desigualdad social, el poder de los caciques, la corrupción del gobierno local, la represión como única respuesta al descontento, la impunidad policiaca y la creciente injerencia del narcotráfico. Esas lacras no son ajenas a otras partes del país. La peculiaridad de Guerrero es que el oprobio ha sido continuamente impugnado por movimientos populares.
En México armado, libro fundamental para entender este conflicto, Laura Castellanos narra el tránsito de los maestros a la guerrilla. Genaro Vázquez fundó una Asociación Cívica que recibió el repudio de las autoridades y el mote despectivo de “Civicolocos”. Por su parte, Lucio Cabañas creó el Partido de los Pobres, pero no logró incidir en la política local. El Gobierno ofreció a los cabecillas dinero y puestos políticos (en Guerrero, suelen ser sinónimos). Los líderes rechazaron esa salida "negociada" y optaron por un camino sin retorno en la montaña.

La cultura de la letra ha sido un desafío en una zona que dirime las discrepancias a balazos
La salvaje represión de la guerrilla se conoció con el redundante eufemismo de “guerra sucia”. Después de la muerte de Cabañas, hubo 173 desaparecidos. Castellanos cuenta la historia de la base aérea en Pie de la Cuesta, Acapulco, donde los aviones despegaban para arrojar disidentes al océano, inclemente recurso que también usarían las dictaduras de Chile y Argentina. En los años setenta, durante la presidencia de Luis Echeverría, México fue el país esquizoide que daba asilo a perseguidos políticos de Sudamérica y sepultaba a sus inconformes en altamar.
Hablábamos en Acapulco de José Revueltas y Lucio Cabañas cuando supimos que seis jóvenes habían sido asesinados en el municipio de Iguala. Esta noticia del infierno venía agravada por una certeza: el horror no era nuevo; llegaba de muy lejos. En Guerrero, la violencia ha sido sistemáticamente alimentada por las masacres cometidas por el ejército y grupos paramilitares. Luis Hernández Navarro, autor de un libro crucial sobre el tema (Hermanos en armas), señala que todos los movimientos insurgentes de la región han surgido después de matanzas (la de Iguala, en 1962, produjo el levantamiento de Genaro Vázquez; la de Atoyac en 1967, el de Lucio Cabañas; la de Aguas Blancas en 1995, el del Ejército Popular Revolucionario).
¿Cuál será el saldo de 2014? El narcotráfico ha ganado fuerza en la región con la presencia rotativa de los cárteles de La Familia, Nueva Generación, los Beltrán Leyva y Guerreros Unidos. Pero no es la principal causa del deterioro. En ese territorio bipolar, el carnaval coexiste con el apocalipsis. El emporio turístico de Acapulco y la riqueza de los caciques contrasta con la pobreza extrema de la mayoría de la población. La indignante desigualdad social justifica el descontento y explica que muchos no encuentren mejor destino que sembrar marihuana o matar a sueldo.
En 2011, el Partido de la Revolución Democrática llevó a la gubernatura a Ángel Aguirre, que había pertenecido al PRI y fungido como gobernador interino en 1999, sustituyendo a su jefe, Rubén Figueroa, responsable de la matanza de Aguas Blancas. Su elección fue un giro oportunista para sumar intereses políticos con el engañoso mensaje de una alternancia en el poder. Como los barcos que utilizan la insignia de Panamá, el PRD se ha convertido en una entidad que alquila su bandera. En la búsqueda del poder por el poder mismo, apoyó a un personaje que jamás combatiría la corrupción ni la injusticia. Al amparo de esa gestión, surgieron figuras dignas de Los Soprano, como el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, también del PRD y hoy fugitivo. De manera inverosímil, la cúpula partidista respaldó a Aguirre después de la desaparición de los estudiantes. Sólo la presión social llevó a su renuncia, que en modo alguno mitiga el eclipse del “Partido del Sol”.

La indignante desigualdad social conduce a muchos a sembrar marihuana o matar a sueldo
En la búsqueda de los normalistas desaparecidos se han encontrado fosas con otros muertos. De 2005 a la fecha han aparecido 38 criptas de ese tipo. Excavar la tierra en Guerrero es un inevitable acto forense.
Durante medio siglo, los abusos de las autoridades han sido repudiados por una población pobre pero politizada. La Escuela Normal representa un centro neurálgico de la discrepancia. Conviene recordar que en los años sesenta uno de sus activistas se llamaba Lucio Cabañas.
El 26 de septiembre hubo cuatro balaceras distintas y un solo blanco: los jóvenes. Con el apoyo del crimen organizado, el alcalde Abarca sembró el terror para amedrentar a los normalistas que se movilizaban para recordar a las víctimas de la matanza de Tlatelolco. Una vez desatado el mecanismo represivo, también fue acribillado un equipo de fútbol. ¿Su delito? Ser jóvenes; es decir, posibles rebeldes.
“Hay una tensión entre leer y la acción política”, escribe Ricardo Piglia. Interpretar el mundo puede llevar al deseo de transformarlo. En ocasiones, la letra, y la ortografía misma, son un gesto político que desafía un orden bárbaro: “Podríamos hablar de una lectura en situación de peligro. Son siempre situaciones de lectura extrema, fuera de lugar, en circunstancias de extravío, o donde acosa la amenaza de una destrucción. La lectura se opone a una vida hostil”, argumenta Piglia en El último lector.
El Che Guevara pasó su última noche en una escuela rural. Ya herido, contempló una frase en la pizarra y dijo a la maestra: “Le falta el acento”. La frase era “Yo sé leer”. Ya derrrotado, el guerrillero volvía a otra forma de corregir la realidad.
Hace años, maestros acorralados por el Gobierno decidieron tomar las armas en Guerrero. Lucio Cabañas decidió salvar a uno de los suyos para que volviera a la enseñanza, instrumento de lucha en un país sin ley.
43 futuros maestros han desaparecido. La dimensión del drama se cifra en una frase que se opone a la impunidad, el oprobio y la injusticia: “Yo sé leer”. El México de las armas teme a quienes enseñan a leer.
A ese país le falta el acento. Llegará el momento de ponérselo.
Juan Villoro es escritor. Acaba de publicar ¿Hay vida en la Tierra? (Anagrama).

jueves, 21 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Elena Poniatowska, todas las vidas rotas". Juan Villoro

La escritora Elena Poniatowska, en la estación mexicana de Buenavista. / MARCO ANTONIO CRUZ. ("el país")

   En "El País":

Elena Poniatowska, todas las vidas rotas

El gran galardón de las letras en español honra la literatura de la escritora y periodista mexicana

 19 NOV 2013

Ante las torrenciales conferencias de Karl Kraus, Elias Canetti descubrió que pocas tareas intelectuales son tan demandantes y ricas como la de saber oír. “Moriré el día en que no me interese escuchar a alguien hablando de sí mismo”, escribió el autor de La antorcha al oído. Elena Poniatowska pertenece a esa estirpe y ha registrado con minucia las voces de los otros. Nacida en París en 1932 en el seno de la aristocracia francopolaca (desciende del general Poniatowski, que acompañó a Napoleón en la campaña de Rusia), llegó a México a los diez años. Al asumir su vocación literaria, no intentó una visión mexicana de En busca del tiempo perdido. Se interesó por la gente a la que nadie tomaba en cuenta y quiso escuchar historias soslayadas.
Cuando una sirvienta contesta el teléfono en una casa donde los patrones han salido, suele decir: “No hay nadie”. Ella está ahí, pero no representa vida alguna. ¿Quiénes son esos fantasmas que sirven el café y desaparecen? En el libro de cuentos Domingo 7, Poniatowska registra a la gente que vive como si se desconociera y a la que solo le puede suceder algo en su día libre. Las historias de quienes solo tienen vida por excepción narran el singular asueto de los descastados.

Siempre se interesó por aquella gente a la que nadie tomaba en cuenta
El oído de Poniatowska se adiestró en el periodismo y ha dependido de una singular empatía con sus informantes. Armada de la sonrisa de niña que conserva hasta ahora, hace preguntas de falsa inocencia. Sus interlocutores entran en trance, bajan la guardia, y se confiesan. “No es la voz sino el oído lo que guía una historia”, comenta Italo Calvino a propósito de lo que Marco Polo le cuenta al gran Khan en Las ciudades invisibles.
Las entrevistas de Poniatowska —reunidas en los diversos volúmenes de Todo México— representan una historia dialogada de nuestra vida intelectual. El procedimiento le ha permitido lograr excepcionales retratos hablados del pintor Juan Soriano y del fotógrafo Gabriel Figueroa, y un trazo maestro de la vida interior de Octavio Paz. También la llevó a una temprana novela sin ficción, Hasta no verte, Jesús mío,acerca de una indígena oaxaqueña que participa como soldadera en la Revolución y luego tiene una mística. Los monólogos de la protagonista, Jesusa Palancares, integran un tejido donde el habla popular roza la metafísica.

Sus entrevistas son una historia dialogada de nuestra vida intelectual
Su obra más influyente ha sido, sin lugar a dudas, La noche de Tlatelolco, retrato coral del movimiento estudiantil reprimido por el presidente Gustavo Díaz Ordaz en 1968. Durante dos años, Elena visitó a los estudiantes y maestros presos en la cárcel de Lecumberri (el mismo sitio donde años antes Álvaro Mutis y el líder ferrocarrilero Demetri Vallejo le habían contados sus historias). Ahí conoció a la generación más discursiva de México, capaz de diseñar el futuro a fuerza de palabras. Oyó con paciencia a líderes que podían hablar cuatro horas de corrido y entresacó las frases que nuestra memoria volvería célebres. No solo armó el libro con pluma; lo hizo con tijera. Siguiendo la técnica de Rulfo en Pedro Páramo, construyó un tapiz de voces sueltas. Las palabras que alguien escribió de prisa en un muro o cantó en una manifestación se mezclaron con las declaraciones de los presos. El resultado fue la gran caja negra de una ignominia. En el momento en que el gobierno del PRI silenciaba lo ocurrido, Elena ejercía el oficio que aprendió desde niña: oía a quienes no tenían derecho de expresión. Si Carlos Monsiváis entendió la crónica como una oportunidad de editorializar la historia y combinar los hechos con las opiniones, Elena Poniatowska la entiende como un radar de voces que no deben perderse.
La noche de Tlatelolco se ha leído por entero en público al modo de La relación de Michoacán, creada para recitar la historia del pueblo purépecha. Ahí se preservaron las palabras amenazadas de la tribu. Su impronta se advierte en numerosos cronistas contemporáneos, del peruano Julio Villanueva Chang al colombiano Alberto Salcedo Ramos, pasando por los mexicanos Fabrizio Mejía Madrid, Marcela Turati y Diego Enrique Osorno.

Es descendiente de un general que acompañó a Napoleón en Rusia
El talento de Poniatowska para hacer biografías-entrevista llega a su obra de ficción más reciente, Leonora, que aborda la vida y la mente de la pintora, escultora y escritora surrealista Leonora Carrington. En forma excepcional, la novelista investiga el inconsciente y aun los delirios de su protagonista. No busca la escabrosa intimidad a la que aspiran ciertos retratos de celebridades, sino ser fiel a una estética que creyó en la libertad del pensamiento más allá del trabajo censor de la consciencia.
En su errancia por las más variadas zonas de la realidad, Poniatowska ha documentado abusos sufridos por niñas violadas, discapacitados y damnificados del terremoto. También ha escrito la hagiografía de una militante de inolvidable belleza (Tinísima), investigado el microcosmos de los astrónomos (La piel del cielo) y recuperado para los niños una fábula que se le olvidó contar a Esopo (El burro que metió la pata).
Con el nombre de Elena Poniatowska, el Premio Cervantes honra a los miles de chismosos, indignados, desesperados y denunciantes que le han dicho algo. Ninguna bibliografía contiene en forma tan extensa la sinceridad ajena.
Al modo de las Entrevistas imposibles que el dibujante mexicano Miguel Covarrubias hacía en Vanity Fair (y que le permitió acostar a la diva Jean Harlow en el diván del Dr. Freud), sería sugerente pedirle a Poniatowska que entrevistara al soldado que participó en guerras sin gloria, perdió los dientes, recaudó impuestos y decidió narrar variados descalabros con el comprensivo humor de quien entiende la realidad como literatura.
El oído de Poniatowska merece declaraciones exclusivas de Cervantes. A fin de cuentas, el primer novelista moderno confiaba más en las palabras de los otros que en la suya. No se veía como padre sino como padrastro del Quijote. Ante la imposibilidad de ese encuentro ultraterreno, celebremos que Elena Poniatowska también merezca el Premio Cervantes.
Juan Villoro es novelista, autor de cuentos, ensayista y periodista mexicano. 

viernes, 7 de agosto de 2009

PRENSA. LECTURA: "Fruta prohibida", relato de Juan Villoro


(Juan Villoro fotografiado por Claudio Cruz)
En "El País", este relato del narrador Juan Villoro: FRUTA PROHIBIDA:

Los narcos tienen estómago delicado. Lo sé porque comen mis platillos. Es posible que después de probar mis guisos reciban quince disparos en el intestino, pero a ellos les preocupa el perejil.
Soy dueño y lavaplatos de Mi Bella Ilusión. Con el mismo nombre, el negocio fracasó como peluquería y tienda de abarrotes. Esas bellas ilusiones permitieron la nuestra. Los mariscos no fallan. No en este desierto. Cuando los dedos se adormecen de disparar una AK-47, se antoja un cóctel de pulpo.
"Es nuestro ecosistema", dice el Ñato, que estudió Oceanografía y puede conferenciar sobre un ostión.
Al Ñato le gustan las frutas. En mi infancia sólo los afeminados comían frutas. No sugiero que el Ñato sea puto. Si un hombre come papaya, allá él. Respeto los prejuicios de cada quien. A fin de cuentas vivimos en la era de Internet.
Las frutas me inquietan por otro motivo. Mis dedos están cubiertos de pellejo rojizo por el caldo de camarón que les ha caído encima; cortamos callo de hacha con machete, respiramos humos, cerramos el horno a patadas. No es sitio para vegetales.
Nada de esto importaría si no existiera el Vinagre. Los capos más crueles han tenido apodos engañosos: el Panda, la Muñeca, el Fleco Rubio. El Vinagre es peor, y es vegetariano. Su apodo tiene que ver con su dieta y con su carácter. Despelleja a sus víctimas mientras un chef le prepara "caviar de mango".
Ningún Jefe de Jefes había sido vegetariano. Un borracho se atrevió a insinuar que al Vinagre le gustan las zanahorias, pero no en la boca. El Ñato salió de la cocina a gritar que se puede ser vegetariano y ser cabrón: "¡Ahí está Hitler!". Le pregunté si había aprendido eso en Oceanografía. "En Wikipedia", contestó con desprecio. El Vinagre es delicado con el tema de las zanahorias. El borracho que lo insultó amaneció en un breñal. Tenía la cabeza en las manos y el pene en la boca. La firma del Vinagre.
Así supe que el Ñato le pasaba información. Tal vez el capo lo vio comer fruta y le cayó bien. Como dos alcohólicos que se encuentran en un pueblo de menonitas.
Una mañana vi al Ñato hundir un termómetro en un líquido verde. Pensé que preparaba una droga. Su respuesta me desconcertó: "Es té verde".
Había dejado de trabajar para mí.
A los pocos días, tres capos llegaron a Mi Bella Ilusión con su gente de confianza. Pidieron pescado relleno y preguntaron si el ajo "hacía repetir". El guiso era un poco más fuerte. El Ñato rellenó los huachinangos de explosivos y huyó por la ventana de la cocina. Me salvé de la explosión porque había ido a orinar. Cuando abrí la puerta, una llamarada me quemó las piernas. Ahora tengo los pies peor que las manos.
Tal vez el Vinagre es vegetariano por estrategia. Nadie busca a un capo en una frutería.
Ahora el Ñato trabaja en un barco atunero. Detecta los cambios de temperatura en el agua y las zonas donde hay plancton. Ayuda a la pesca y a meter cocaína en la pesca. Le dicen el Wikipedia.
Mi Bella Ilusión fracasó por tercera vez. Nadie ha querido comprarla. Me jodí, pero tengo un consejo que dar: En el desierto, desconfía de la fruta.

Juan Villoro es autor de De eso se trata (Anagrama).