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lunes, 23 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. Reseña de "Historia mínima de la literatura española", de José-Carlos Mainer

   En "Babelia":
Mientras el concepto de historia literaria era cuestionado, sin proponer una alternativa posible verosímil, José-Carlos Mainer se embarcó en la empresa casi titánica que supone concebir y dirigir una Historia de la literatura española para la editorial Crítica, cuyos nueve volúmenes se completaron recientemente con éxito. Este nuevo libro podría considerarse descendiente directo de aquel magno empeño, aunque a la vez tenga su origen remoto en la contribución de nuestro autor a la Breve historia de la literatura española de Alianza.
En esta ocasión, Mainer no solo nos proporciona una visión panorámica de la literatura, teoría, historia y crítica estrechamente unidas, como debe ser, sino que además lleva a cabo una reflexión sobre cómo construirla hoy, sin los vicios que venían repitiendo otros manuales al uso. Así, baraja con tino conceptos capitales, épocas, corrientes, temas y procedimientos, autores, colecciones, obras significativas, antologías, editoriales, tertulias, revistas culturales y literarias, poniendo de manifiesto la estrecha relación que mantiene con la ficción hispanoamericana y con hitos fundamentales de la literatura universal. De igual modo, se ocupa de los géneros clásicos (épica, luego novela, lírica y dramática), sin olvidarse del papel que desempeñan los epistolarios, junto a los diarios, los libros de memorias, el poema en prosa, la novela corta o el aforismo, e incluso los sueños como revelación de la verdad, a la manera clásica. De casi todo ello se nos proporcionan muestras abundantes, sin que se eche de menos nada realmente significativo (quizás El público, de Lorca; eImán, para mi gusto la mejor novela de Sender), pues describe la función y el desarrollo que ha experimentado la lengua literaria, al tiempo que cita siempre que es oportuno a los historiadores y filólogos más relevantes.

Claro que conforme vamos acercándonos al presente, podemos sentirnos tentados a disentir, bien apostando por diferentes autores u obras, bien echando de menos alguna mención al auge del microrrelato, deseando la incorporación de nombres concretos: Manuel Chaves Nogales, Ángel Crespo, José Jiménez Lozano o Alberto Méndez; o un comentario, por breve que sea, sobre el reconocimiento que algunos narradores actuales, sobre todo Javier Marías, Rafael Chirbes y Enrique Vila-Matas, están cosechando en otros países, sin ser los únicos.
Cuando se ocupa de las últimas décadas, el periodo más difícil de solventar, cada nombre y título aducido pueden valer su peso en oro, por ello creo que no deberían faltar Los santos inocentes, de Delibes;Mortal y rosa, de Umbral; los últimos libros de Valente, en especialFragmentos de un libro futuroLas bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán Gómez; Olvidado rey Gudú, de Ana María Matute; la trilogía completa de Celama o las Fábulas del sentimiento, de Luis Mateo Díez; los cuentos de Merino; Arde el mar, de Gimferrer; La ciudad de los prodigios, de Mendoza; Corazón tan blanco y los relatos de Marías. Y cerrarse, probablemente, con El viajero del siglo (2009), novela de Andrés Neuman. Pero se trata de minucias si valoramos el libro en su conjunto, en el cual —por cierto— no se elude del todo la polémica sobre el posible autor del Lazarillo, la existencia de un romanticismo español temprano defendido por Sebold, o la añeja antinomia romanticismo/realismo (les recomiendo, al respecto, la sugestiva lectura que hace de Larra, página 144), e integra a los escritores del exilio republicano en el conjunto de la literatura de posguerra, como es preciso realizar, aunque apenas se haga; además de tener el acierto de olvidarse de tantos ruidosos vendedores de humo como han pululado por la novela en los últimos tiempos.
Las 15 páginas finales, oro molido, aparecen bajo el engañoso título de ‘Bibliografía’, pues ofrecen mucho más de lo que su genérico título anuncia, al repasar aquellas historias de la literatura que presentan “un relato coherente y atractivo”; aportando diversas observaciones sobre los “límites y caminos de la historia literaria” y sobre “los hitos (y conflictos) del legado literario español”, en donde se plantea de manera somera cuestiones capitales.
Los que hayan leído otros trabajos de Mainer, escuchado sus conferencias o asistido a sus clases, conocen su capacidad de síntesis, su agudeza lectora y su concepción del sistema literario entendido siempre en relación con el complejo entorno histórico y cultural, nacional y global. Por si lo dicho fuera poco, la aparición de este apetitoso libro dirigido a un público amplio, no necesariamente español, ni estrictamente experto, nos resuelve más de un problema, pues a partir de ahora sabremos qué recomendar a quien le interese hacerse con una historia manejable de nuestra literatura. El libro de Mainer aparece bien armado, escrito en ese estilo ameno y elegante que le es tan propio.
Historia mínima de la literatura española. José-Carlos Mainer. Turner / El Colegio de México. Madrid / México DF, 2014. 273 páginas. 14,90 euros

viernes, 28 de febrero de 2014

PRENSA CULTURAL. "Mainer reivindica la literatura española del medievo y del XVIII"

   En "El País":

Mainer reivindica la literatura española del medievo y del XVIII

El catedrático escribe la 'Historia mínima de la literatura española' como un relato que muestra el rumbo tomado por la escritura y la historia del país en ocho siglos

En este "presente incierto y vivaz" encajan dentro del hilo argumental narradores como Javier Marías, poetas como José Manuel Caballero, ensayistas como Fernando Savater y dramaturgos como Juan Mayorga

Entre los más jóvenes están narradores como Ray Loriga y poetas como Juan Antonio González Iglesias

Millones de palabras en 50.000 palabras. Infinitas páginas en 201 páginas. Centenares de nombres de escritores, temas, corrientes y tendencias en nueve capítulos. 800 años de creación literaria para leer en unas... cuatro horas. Millares de libros asomados en un libro: Historia mínima de la literatura española (Turner), de José-Carlos Mainer. Un ensayo que se lee como un relato de la creación literaria en España y de la vida del país en el cual destacan las luces reivindicadoras que lanza sobre periodos más o menos eclipsados por la Historia oficial y el imaginario colectivo, como son la Edad Media y el siglo XVIII, mientras arriesga con el presente.

No se trata de un canon sino de una especie de vademécum, una guía para facilitar una lectura razonada de las letras españolas que recoge los cambios producidos a lo largo de su historia
¿Qué hay entre las jarchas de la Edad Media, pasando por el Cantar de mio Cid y José Ángel Mañas? Son el comienzo y el penúltimo nudo de un hilo literario de ocho siglos unido por la misma lengua. Mainer (Zaragoza, 1944) ha creado una narración ágil que empieza con una reflexión sobre qué es la literatura y su función, salta de inmediato a los orígenes de esta historia con las hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar y termina, por ahora, con las corrientes y temas de la creación literaria más contemporánea: la presencia de la Guerra Civil, el auge de la autoficción, la mezcla de novela y ensayo, la vuelta del tono más personal en la escritura, la autobiografía y la generación del desencanto hasta llegar a la literatura del desasosiego desencadenada en esta década.
“No se trata de un canon sino de una especie de vademécum, una guía para facilitar una lectura razonada de las letras españolas que recoge los cambios producidos a lo largo de su historia”, explica el catedrático. El libro reivindica y hace justicia sobre momentos desdeñados o reprobados por estudios tradicionales y se une a una corriente intelectual que reconoce los valores y aportaciones a la humanidad y a las artes de épocas como la Edad Media (entre los siglos V y XV) y el siglo XVIII, en el caso concreto de España. Si la Edad Media no existiera, aclara Mainer, el mundo moderno no existiría, “los grandes cambios que se viven después vienen de allí en muchos órdenes, incluida la vida intelectual”. Un periodo que aún se ve oscuro e improductivo a pesar de que los románticos fueron de los primeros en empezar a iluminar aquellos mil años.
El siglo XVIII en España es singular. Atrapado entre el esplendor del Siglo de Oro y su estela y la literatura del XIX. Se ve como una especie de paréntesis estéril cuya idea Mainer borra. Lamenta que haya habido “una especie de repugnancia política venida en parte por Menéndez Pelayo. O sea visto como el siglo traidor y de influencias externas venidas, por ejemplo, de Francia”. Cuando la verdad es que, agrega el catedrático, si se dejan de lado ideologías y prejuicios, es allí donde se cuajan varios cambios y en la literatura se producen obras de alto valor. Ahí están, recuerda, los autos sacramentales y "figuras admirables" como el poeta Juan Meléndez Valdés o los dramaturgos y poetas Nicasio Álvarez de Cienfuegos y Leandro Fernández de Moratín, con piezas como El sí de las niñas.

El siglo XVIII es importante, ahí están los autos sacramentales y "figuras admirables" como  Meléndez Valdés, Álvarez de Cienfuegos y  Moratín
Se trata de un ensayo que se lee como un relato escrito casi de un tirón y de manera lineal del que solo una cosa hubiera preferido no escribir José-Carlos Mainer: de sus coetáneos. Pero el formato de esta colección de Turner lo exigía: recordar el origen de la literatura en español y cerrar con el pulso actual. “Un presente incierto y vivaz”, es el subtítulo del último capítulo del libro para referirse al periodo posterior a la muerte del dictador Francisco Franco en 1975. Sus claves, afirma Mainer, son la “nueva concepción de la cultura” que modifica el panorama desde el propio germen hasta su divulgación y promoción. Un segundo aspecto es el nuevo enfoque de una escritura más creativa, literaria y autónoma. Una herencia del periodo justo anterior donde se empieza a vivir o a recuperar un cierto exhibicionismo, como se aprecia, por ejemplo en los Novísimos, que dejó sobre el periodo anterior “la sensación de que se había hecho una literatura fracasada”.
Siempre es más difícil valorar la creación contemporánea porque no se sabe qué dirá el tiempo, asegura Mainer. Pero aceptó el reto. No como un diccionario ni una lista de nombres ni de obras, sino dentro del hilo argumental del relato que empezó en la Edad Media. Entre los autores contemporáneos presentes en dicha línea argumental de Historia mínima de la literatura española figuran Fernando Savater, Javier Marías, José Manuel Caballero Bonald, Ana María Matute, Juan Marsé, Antonio Muñoz Molina, Antonio Gamoneda, Cristina Fernández Cubas, Juan Eduardo Zúñiga, Enrique Vila-Matas, Álvaro Pombo, Luis Mateo Díez, Eduardo Mendoza, Juan y Luis Goytisolo, Francisco Brines, Félix de Azúa, Rafael Chirbes, Pere Gimferrer, José María Merino, Antonio Colinas, Juan José Millás, Almudena Grandes, Andrés Trapiello, Ignacio Martínez de Pisón, Luis Landero, Jon Juaristi y Fernando Aramburu. De las últimas generaciones figuran autores como Juan Antonio González Iglesias, Ray Loriga, Isaac Rosa, y José Ángel Mañas, el más joven de todos.
Como siempre, el problema no son las presencias sino las ausencias. Una de ellas es la de autores como Arturo Pérez-Reverte que no encajaba dentro de la estructura de corrientes o temáticas más características del momento. "Él y todos los demás que no aparecen en el libro, al igual que otras tendencias literarias", añade Mainer, "deben sentirse incluidos porque la idea del volumen es la de un presente incierto, abierto". Siempre en construcción.
Este es el penúltimo acercamiento que José-Carlos Mainer hace a este tema. En 2010 fue el coordinador de los nueve tomos de la monumental Historia de la literatura española, editado por Crítica, un compendio de 6.500 páginas desde la Edad Media hasta hoy.

jueves, 2 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. "Caperucita, doctora en Manhattan". Sobre Carmen Martín Gaite

La escritora Carmen Martín Gaite. / ANA TORRALBA ("El País")

   En "El País":

Caperucita, doctora en Manhattan

Carmen Martín Gaite se ha convertido en un clásico de la literatura española en Estados Unidos

 Madrid 29 ABR 2013

¡Miranfú! Carmen Martín Gaite dijo la palabra mágica de su Caperucita en Manhattan, se abrió la alcantarilla y una corriente gustosa de aire tibio la ascendió hasta la corona de la estatua de la Libertad. Allí sigue, reinando como si no hubiera muerto. En Estados Unidos, donde aman a los reyes con vehemencia republicana, la han entronizado como el gran clásico de la literatura española contemporánea. El único autor de España presente en 56 universidades al norte del Río Grande.
Ni Benet, encumbrado entre la élite como el más singular de su generación y amadrinado por la escritora —como evidencia la correspondencia entre ambos editada recientemente por el profesor José Teruel—, ni Sánchez Ferlosio, su exmarido, han permanecido indemnes al paso del tiempo. “Ella es imprescindible. El cuarto de atrás es una novela canónica. Nadie puede doctorarse en Estados Unidos sin haberla leído, sin embargo ya casi nadie enseña a Benet ni El Jarama”, explica la catedrática de la Universidad de Delaware Joan L. Brown.
Y Brown no le dice por admiración —escribió en los setenta la primera tesis sobre Carmiña de su país— ni nostalgia —lo anterior, desde 1974, las convirtió en grandes amigas—. Esta catedrática ha dedicado dos estudios (1998 y 2008) a fijar el canon académico de la literatura española a partir de la investigación del programa de 56 universidades. Después de un complicado proceso de recopilación de datos, descubrió con placer el lugar que ocupaba su amiga escritora. Ni entre visillos, ni envuelta en nubosidad variable, Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000) presidía el frontispicio, a la cabeza de los programas de estudio.
Tal vez sea la secuencia lógica al fenómeno que se había fraguado en vida de aquella autora que en sus últimos años tenía aspecto de reina de las nieves. “EE UU le dio antes que España tres cosas muy importantes: la fama, el dinero y un cuarto propio para escribir”, sostiene Joan L. Brown. No solo el mundo académico se rindió a sus pies, también lo hizo la crítica, incluida la del The New York Times, que celebró sin remilgos El cuarto de atrás. “Los norteamericanos aficionados a lo ibérico han desarrollado una pasión excepcional por Carmen Martín Gaite y, quiéralo o no ella, también se ha convertido en una de las figuras más importantes en el terreno de los estudios feministas actuales”, escribió John W. Kronik, de la Universidad de Cornell, dos años antes de la muerte de la autora de Lo raro es vivir. Los trabajos no cesan. Roberta Johnson, de la Universidad de Kansas, se ha sumado recientemente con un estudio sobre los paralelismos entre dos obras que María Zambrano y Carmen Martín Gaite escribieron enfermas.


Carmen Martín Gaite.
En 1980 la novelista había reflexionado: “Los críticos y estudiantes norteamericanos repartidos por las más distantes universidades le vienen dedicando a mi obra, a pesar de no estar aún traducida al inglés, una atención mucho más seria y rigurosa de la que ha merecido nunca entre mis compatriotas”. También ella experimentó la recurrente historia del profeta contra su tierra. Sin embargo, no cayó en el resquemor. Pasaba estancias en los campus americanos sin desarraigarse. “No tuvo el menor interés en convertirse en americana, tenía un gran sentido patriótico”, subraya Joan L. Brown.

Brown: "EE UU le dio antes que España fama, dinero y un cuarto propio"
Lo tuvo pese a que, durante años, pagó el peaje de tener aspiraciones en una sociedad nada tolerante hacia las mujeres que rompían lo convencional. “Había mucho machismo y mucho clasismo. Carmiña era feminista, no estaba bien considerada. Para mí fue un gran estímulo, yo estaba muy atrasada. El verano que compartimos fue muy importante porque me abrió cauces”, recuerda Ton Carandell, viuda de José Agustín Goytisolo, en referencia a unas vacaciones en Cataluña con la escritora y Sánchez Ferlosio.
Con el tiempo, Martín Gaite se convertiría en una de las más populares de la generación de los 50, como evidenciaban las colas que desfilaban ante ella en la Feria del Libro, y reconocidas (Nacional de Literatura y Príncipe de Asturias, entre otros). Y, a diferencia del olvido editorial que ha engullido a escritores fallecidos como Ignacio Aldecoa, ella sigue viva. “Acabó dando el salto de novelista buena a novelista popular, que la gente lee en el metro”, afirmó el catedrático de la Universidad de Zaragoza José-Carlos Mainer, en la conferencia que inauguró el congreso internacional Un lugar llamado Carmen Martín Gaite, organizado por la Universidad Autónoma. “No la considero una escritora olvidada, se me escapan las tesis que hay sobre ella. Lo que sí observo son ciertos prejuicios, como si fuera una autora para mujeres, y son erróneos, machistas y revelan el profundo desconocimiento de su obra”, observa el profesor de la Universidad Autónoma y codirector del congreso, José Teruel.
Tanto él como la italiana Maria Vittoria Calvi, editora de Cuadernos de todo, consideran que está pendiente el reconocimiento de su labor ensayística, que incluye más de una decena de títulos, algunos tan exitosos como Usos amorosos de la postguerra española (y su precedente sobre el XVIII) y otros tan documentados como El proceso de Macanaz. Historia de un empapelamiento. La publicación póstuma de Cuadernos de todo ha abierto un nuevo mundo a sus investigadores para indagar en la personalidad de Martín Gaite, alguien que se veía cabalgando perpetuamente entre el caos y el equilibrio. Se lo recordaba a sí misma con dos grandes fotografías de James Dean y Greta Garbo en su dormitorio. Queda la incógnita de si viajaban con ella a Estados Unidos, el país que antes la quiso. Un amor sorpresa. Algo diferente. ¡Miranfú!

El Boalo, corazón literario de los 50

Desde su casa de la sierra, Carmen Martín Gaite podía ver que las nieves daban un último suspiro sobre la cima de La Maliciosa, uno de los picos de la sierra que bordea El Boalo (Madrid), la localidad de 7.100 habitantes que su padre, un notario culto y feminista, eligió para jubilarse. Con el mismo granito de la finca que compró, se construyó una casa amplia, sólida y luminosa rodeada de fresnos. Las dos hermanas Martín Gaite, Ana María y Carmen, también se retiraron por temporadas a El Boalo, donde se ha ido concentrando el legado familiar. Tras el fallecimiento de la escritora en 2000, Ana María ofreció su archivo a la Universidad de Salamanca, donde Carmen estudió Filosofía y Letras. Pero no suscitó interés (“No lo quiso, no tenía sitio, ellos ya tienen a Unamuno”, ironiza Ana María), así que los documentos descansan hoy en el Archivo de Valladolid.
Antes de morir, Carmiña —su única hija, Marta, falleció joven— le encargó a su hermana que preservase la memoria. Ana María, de 88 años, tiene una voluntad tan granítica como su casa. Ha concentrado en El Boalo la biblioteca y los objetos que la autora de Irse de casa tenía en otros domicilios. Ahora confía en que alguna institución —la Universidad Autónoma ha mostrado interés— asuma su proyecto para transformar la residencia en un centro de estudios sobre la generación de los cincuenta, en la que se agrupó a autores dispares cuya infancia coincidió con la posguerra (Ferlosio, Laforet, Aldecoa, Benet, García Hortelano, Caballero Bonald, Goytisolo, Matute...). Nada mejor en un lugar consagrado a la esencia de una autora que exploró narrativa, novela y ensayo y que un día se preguntó: “¿Qué haré para escribir, para estrellar todo lo que me bulle? ¿Contra qué muro? ¿Dónde dejar la marca?”.

martes, 25 de septiembre de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre el epistolario entre Américo Castro y Marcel Bataillon. Por Juan Goytisolo

   En "El País":

Un epistolario de obligada lectura

La correspondencia entre Américo Castro y Marcel Bataillon no solo revela el alcance de estas figuras. sino que da pie a profundizar en la lectura del 'Quijote', 'La Celestina' y otras obras


Américo Castro (en el centro), durante una visita al frente italiano en 1917 con Santiago Rusiñol, Manuel Azaña, Luis Bello y Miguel de Unamuno.

La publicación del Epistolario (1923-1972) de Américo Castro y Marcel Bataillon, con una excelente introducción de Francisco José Martín, nos depara la inapreciable oportunidad de conocer los acuerdos y desacuerdos, sintonías y divergencias existentes entre dos grandes figuras cuyas obras, La realidad histórica de España y Erasmo y España, ejercieron una influencia decisiva en mi formación cultural y literaria a comienzos de los años sesenta del pasado siglo. Sus cartas trazan dos vidas paralelas, en las que la amistad forjada por la estima recíproca no excluye enfrentamientos metodológicos y conceptuales sobre el ser y el vivir de la historia.
Marcel Bataillon, elevado tras sus magistrales estudios a la cima del hispanismo francés, gozó del consenso de lo que su corresponsal denomina, no sin ironía, ritualidad nacional: “Un universitario francés es como un miembro de las antiguas órdenes religiosas. Hacía falta un especial modo de ser para echarlo todo a rodar. Yo me salí del convento hace años. No creo que usted lo haga”.
La publicación de España en su historia en 1948, más allá de la sonada polémica con Sánchez Albornoz, concitó contra Castro la casi unanimidad hostil de sus colegas del ramo, desde los representantes más conspicuos del rebaño nacional-católico y de los defensores de la milenaria identidad hispánica sin moros ni judíos de Menéndez Pidal y sus discípulos, a las de los hispanistas franceses de enfoques tan diversos como los de Braudel, Révah y Pierre Vilar, con la notable excepción de Baruzi y Sarrailh. Conforme Castro documentaba y añadía nuevos argumentos a su concepción de una España de “occidentalidad matizada” por el mudejarismo de los primeros siglos de las literaturas castellana y catalana y por el papel fundamental de las castas en el vivir y desvivirse de nuestros compatriotas a lo largo de los siglos XV, XVI y XVII (Aspectos del vivir hispánico, Origen, ser y existir de los españoles, De la edad conflictiva), la brecha abierta entre él y quienes, “eruditos a secas”, veían amenazadas las bases de su saber (el de una España ibérica, romana y visigoda), se convirtió en un abismo insalvable.
Don Américo —así lo llamábamos quienes tuvimos la suerte de tratarlo— vivía en una “situación de fortaleza asediada”, “aplastado por los de acá, los de allá y los de acullá” (desde Eugenio Asensio y Leo Spitzer a Otis Green) y, a momentos, sus cartas son casi una llamada de socorro a un amigo cuya honradez y amplitud de miras le convierten en su salvavidas en medio del oleaje encrespado de los profesionales del gremio. Exiliado total, enfrentado a los divulgadores del credo católico o del dogmatismo marxista, recuerda a su amigo que “lo que para usted es fuente de conocimiento, para mí es vida total, mi vida”. Ha tenido la mala suerte, le escribe, de descubrir una verdad que contradice la fundada tan sólo en leyendas o esquemas abstractos, de reflexionar “sobre cosas que esperan ser escritas desde hace mucho”, pero que nadie ha tenido el valor de plasmar en una nueva visión de lo que fuimos y de algún modo somos aún. Aferrado a la validez de sus pensamientos —“los hechos y documentos valen como meros síntomas o indicios de una realidad vital más profunda, la forma de la vida de la historia, de cada historia particular”—, don Américo había asumido con heroísmo —aunque a menudo con enfado o cólera— su condición de oveja negra: “Cuanto más solo me dejen, más densidad y madurez adquirirán las realidades de mi historiografía”. Semejantes a un movimiento sísmico del que es el epicentro o a una piedra arrojada en la lumbre quieta del agua, sus ideas se han ido abriendo paso en el mundo hispánico y en el hispanismo europeo y americano pese a la tenaz resistencia y ninguneo de nuestros programadores culturales, para quienes no corre el tiempo. Como resume con precisión Francisco José Martín en su prólogo, “la publicación de España en su historia fue como las 95 tesis clavadas por Lutero a la puerta de la catedral de Wittenberg. No había vuelta atrás. Los grandes sacerdotes de la historia oficial del nacionalismo español y los principales oficiantes del canon del hispanismo cerraron filas y condenaron sin apelación posible”.

A momentos, las cartas de Américo Castro son casi una llamada de socorro a un amigo cuya honradez y amplitud de miras le convierten en su salvavidas
Las respuestas de Bataillon a Castro —pasado el periodo lejano de su relación de discípulo a maestro, del joven hispanista de los años veinte al autor de El pensamiento de Cervantes— muestran la grandeza y honestidad de un intelectual que, más allá de las diferencias entre sus planteamientos historiográficos, advierte la fuerza innovadora de las ideas de su amigo, “de un autor, como usted, cuyo pensamiento está en constante elaboración” y cuyo ejemplo “es una incitación a sacudir los mortales hábitos de repetición que trae consigo la segunda enseñanza especializada”.
En el momento en que arrecian las descalificaciones y ataques a don Américo, ya por parte de historiadores más o menos relacionados con Bataillon, ya por meros plumíferos del servicio del franquismo como Gonzalo Fernández de la Mora, el autor de Erasmo y España y de tantos aguijadores ensayos sobre El Lazarillo y El viaje de Turquía, o Las Casas, le aconseja ahorrar energías en vez de replicar a quienes no lo merecen pues, como dijo Manuel Azaña, “a partir de cierta edad se aprende a dejar en paz a los necios”.
Ello origina un intercambio de cartas que es para mí el momento culminante del Epistolario. Al argumento pro domo de Castro:
“En cuanto mi necesidad de enfrentarme con tanta mala gente, es probable que nuestro diferente modo de ver provenga de no partir del mismo punto de vista. Ud., perteneciente a un país con una historia hecha, quizá no comprenda lo que es formar parte de una comunidad humana sin noción de quién es. Se trata de ver si es posible que un pueblo se despierte, se trata de poner historia en un lugar de mentira y mitología”.
Bataillon responde con una comprensión admirable, a la altura de su persona y saber:
“A fin de cuentas sufro con ud. cuando le reprochan que demuestra mal, con textos que no son tan españoles como ud. piensa, o con hechos no tan específicamente españoles como ud. cree, sus grandes teorías de la España de las tres castas. Estas ideas para mí no son tan sólo las de un viejo amigo que las defiende heroicamente sino que son verdaderas de una verdad profunda que todavía es necesario aclarar, pero que no se podía difundir sin un talento y un genio como el suyo”.
Para el creciente número de seguidores de don Américo o sensibles a sus ideas fecundas —de Ferrater Mora a Gaos, de un arrepentido Laín Entralgo a Paulino Garagorri, pasando por el núcleo de historiadores o amantes de nuestra literatura, sin las anteojeras de la grey agrupada en torno al canon, como Márquez Villanueva, Sicroff, Gilman, Jiménez Lozano, Rodríguez Puértolas y otros que no cabe citar aquí—, la resistencia a aquellas de los medios universitarios de la Península son el mejor ejemplo de “los mortales hábitos de repetición” antes citados y del hecho de que en nuestras aulas las ideas se heredan sin ponerlas en tela de juicio. El “lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir” planea todavía sobre el alma mater.
No obstante, el goteo incesante de actas y documentos que muestran la justeza del planteamiento castriano, cuando sus denostadas “intuiciones” acerca del origen converso de Vives y Teresa de Ávila se ven corroboradas por pruebas documentales fehacientes, el negacionismo no cede o se reduce, Le Pen dixit, a mero “detalle”. Pero quienes pensamos por nuestra cuenta y no ocultamos lo que contradice la norma inmutable del gremio, gracias a don Américo podemos leer hoyLa Celestina “fuera de la dehesa de las moralizaciones sin belleza” y elQuijote, como la obra desestabilizadora de todas las creencias y géneros de un cristiano nuevo cuyo héroe come “duelos y quebrantos” los sábados y cuyo supuesto cronista es un morisco. Han dejado de ser la papilla insulsa que nos hicieron ingerir y se han convertido en obras vivas que nos esclarecen en medio del “caos y mucha canallería (que) rigen este mundillo de hoy”: el de la supuesta Creación divina tildada por Celestina, la Vieja, de Feria y Mercado —¡el dios Mercado que nos gobierna!— y a la que el asno del que nos habla Mateo Alemán rocía desdeñosamente “con lo suyo”. ¿No fueron ellos acaso los precursores de nuestros actuales indignados? Quien sepa leer con provecho nuestras mejores obras responderá que sí.
Epistolario. Américo Castro y Marcel Bataillon (1923-1972). Edición de Simona Munari. Introducción de Francisco José Martín. Biblioteca Nueva. Madrid, 2012. 448 páginas. 22 euros.


Gracias a don Américo podemos leer hoy La Celestina “fuera de la dehesa de las moralizaciones sin belleza”

miércoles, 11 de mayo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica del volumen 7 de "Historia de la literatura española": "Derrota y restitución de la modernidad: 1939-2010"

Un receso de las Conversaciones Literarias de Formentor, de izquierda a derecha: Juan Goytisolo, una persona sin identificar, Italo Calvino, Monique Lange, Luis Goytisolo y Jesús López Pacheco.- Fotos tomadas del libro. ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País".
Los renuevos del viejo Humanismo

ÁNGEL L. PRIETO DE PAULA 26/03/2011

   Así como las traducciones de los clásicos deben renovarse periódicamente para sacudirles las polillas, la historia de la literatura requiere ser reescrita de tanto en tanto, aunque sin caer en el adanismo consistente en partir de cero. Al cabo, la historia cultural construye el pasado desde un presente que obedece a valores contingentes y fungibles, ellos mismos históricos, y registra "un proceso continuado de cambios pero también una tendencia a la solidificación de estructuras", según recuerda José-Carlos Mainer en un preliminar a la Historia de la literatura española que dirige. Este toma y daca se inclina unas veces a la consolidación de estructuras, como cuando se estudia el siglo XVI, y otras al dinamismo del cambio, como cuando se analiza la literatura actual. Esto es lo que sucede en el volumen 7 de dicha 'Historia', cuyo título, Derrota y restitución de la modernidad, resume la idea que sus autores, los profesores Jordi Gracia y Domingo Ródenas, tienen de la evolución estética entre 1939 y 2010. La guerra supuso un "atroz desmoche" de la vida intelectual -la derrota del título-, como escribió Laín a propósito de la universidad en Descargo de conciencia (más una justificación exculpatoria, muy a toro pasado, que una retractación); pero muchos escritores salieron de la humillación franquista -la restitución- bastante antes de que pudieran hacerlo del franquismo.
   De los nueve volúmenes proyectados, algunos ya publicados, este es el que presentaba dificultades mayores. El estado líquido de lo contemporáneo exige del historiador, cuando no exista doctrina incontestable, vigilancia crítica para no dejarse arrastrar por las ocurrencias, las complicidades amicales, el prejuicio ideológico, el prurito de originalidad a toda costa o los lugares comunes. Pero también se precisa responsabilidad, pues lo que aquí se ofrece es el esbozo del canon futuro. Cabría cuestionar la pertinencia de tratar, con el mismo patrón que el usado para la literatura precedente, la de los últimos... digamos cinco años, cuyo conocimiento es por fuerza más limitado y tributario del azar. Por lo demás, y salvados esos ultimísimos años, contamos con ediciones y análisis fiables. Por fortuna, tras el engrudo estructuralista y posestructuralista de hace cuatro décadas, la situación de los estudios filológicos ha cambiado apreciablemente. Ahora el peligro es la ausencia de jerarquías, y ya se sabe que los espacios vacíos tienden enseguida a ser ocupados: si la historia no la hacen los historiadores, la harán los publicistas, los periodistas, los conciliábulos de escritores, los premios, los intereses editoriales o, qué sé yo, el ministerio del ramo.
   Ante la imposibilidad de leerlo todo, es imprescindible escoger bien las autoridades en las que apoyar el juicio propio; y eso lo han hecho admirablemente Gracia y Ródenas. Dicho lo cual, los firmantes de este volumen, entre cuyos méritos no es el menor el que parecen escribir con una sola pluma, conocen por menudo las letras contemporáneas; pero no hacen corvetas ni floreos, y se tientan la ropa antes de emitir sus juicios, siempre medidos. Mucho más descriptivo que prescriptivo, este libro no pretende imponer un orden, sino hallarlo, establecer la secuencia de los movimientos artísticos y su vinculación con el modelo cultural, y examinar la especificidad de los textos para proporcionar al lector los elementos adecuados para el discernimiento.
   Sus más de mil páginas tienen una organización tripartita: una sección para el sistema literario, otra para autores y obras, y una tercera de textos de apoyo. Cada una se dispone, a su vez, en tres estratos temporales: posguerra, años sesenta y setenta, periodo democrático. Los múltiples subapartados recorren las épocas cronológicamente, y la fluencia ensayística no se interrumpe cada poco con dilatados paréntesis monográficos sobre los autores cuya obra se desarrolla a lo largo de mucho tiempo. Así, escritores longevos como Cela y Torrente, o Delibes y Buero, están tratados en varios apartados distantes entre sí, según la ubicación de sus tramos de escritura, lo cual implica la prevalencia de los valores mudables de la época sobre los engañosamente inmutables de la poética individual; y, al paso, permite entender las obras en el caldo en que se cocieron, en detrimento de anaqueles generacionales y de fechas fundacionales (1939, 1975...) o incluso de las barreras de los géneros. De este modo se nos muestra un cuerpo vivo, con constantes contaminaciones verticales y horizontales entre viejos y jóvenes, exiliados y escritores del interior, obras de juventud y de madurez, cultivadores de un género y de otro (anótese la importancia del ensayo y del memorialismo). Y añádase la atención a las obras en lenguas distintas del castellano, por la ósmosis evidente entre sus respectivas producciones literarias. Un índice de nombres facilita la consulta puntual y consiente la reorganización mental de los contenidos según determine el lector.
   Frente al discurso almidonado de tantas publicaciones doctas, el de este volumen es vivaz y jugoso, alejado de todo envaramiento. Claro que esta tampoco será la historia definitiva -vuélvase al comienzo de estas líneas-, pero sí indispensable para ulteriores "historias", que previsiblemente excluirán a muchos de los que hoy figuran aquí (aun si incorporaran a alguno que no figura): en los panoramas de materias contemporáneas hay que optar entre arriesgarse a incluir alguna ganga, que tenderá con el tiempo a desaparecer, o renunciar a alguna perla, que podría no recobrarse nunca. Los autores han elegido, creo que atinadamente, lo primero. En cualquier caso este libro, excelente por tantos conceptos, es ya una ineludible aguja de marear para orientarse en la literatura reciente, y ejemplifica como pocos los renuevos del viejo Humanismo.

Cambios de rasante
   La abundantísima información sobre escritores en Derrota y restitución de la modernidad dista de dar en mero catálogo erudito, como las numerosas citas de textos no convierten el libro en una casa de citas. Lo impide un criterio rector que se resiste a la tentación igualitaria o indiscriminada. Algunos autores aparecen tratados como si su contextura singular, o dígase su genio, convocara razones morales y estéticas colectivas, con las que dialogan confirmándolas, modulándolas o refutándolas enconadamente. Entre esos nombres destacan los del ausente omnipresente Juan Ramón Jiménez, Sánchez Ferlosio (cuya literatura es "la forma más acre del pensamiento trágico del último medio siglo"), Juan Benet (renovador de un estilo que, en sus palabras, desde el XVII solo había salido de la taberna para ir a la iglesia) y otros varios. Y aunque el libro transita con agilidad por un camino de casi tres cuartos de siglo, hay ciertos cambios de rasante que merecen y encuentran un seguimiento minucioso y de notable calor crítico. Así, el primer retorno de los exiliados hacia 1947, cuando España estaba empezando a acostumbrarse a su propia excepcionalidad y comienza el blindaje internacional del franquismo, ya irreversible en 1953: el poema 'Desembarco', de Carlos Sahagún, lo constata con desolación. Así también la matizada decadencia de las fórmulas realistas en los años sesenta, entre la costra del sistema y la restitución de la modernidad europeísta, mientras la conciencia perpleja se debatía agustinianamente entre lo que no se terminaba de ir y lo que no acababa de llegar. De todo ello han dado cuenta Jordi Gracia y Domingo Ródenas sin dejarse los pelos en la gatera; y eso que la tarea parecía, por ciclópea, imposible: quien lo probó, lo sabe.

Historia de la literatura española 7. Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010
Jordi Gracia y Domingo Ródenas
Crítica. Barcelona, 2011
XVI + 1.184 páginas. 39,50 euros

Otros volúmenes de Historia de la literatura española, dirigida por José-Carlos Mainer, que cuenta el proceso histórico de casi mil años de literatura en España, que ya han salido: 3. El siglo del arte nuevo: 1598-1691, de Pedro Ruiz Pérez. 5. Hacia una literatura nacional: 1800-1900, de Cecilio Alonso. 6. Modernidad y nacionalismo: 1900-1939, de José-Carlos Mainer.

miércoles, 4 de mayo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". LITERATURA ESPAÑOLA. "De la posguerra a la generación X" (y 2)

Juan Ramón Jiménez, María Zambrano, Juan Benet, Rafael Sánchez Ferlosio, Miguel Delibes y Fernando Savater en una ilustración de Fernando Vicente. ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
De la posguerra a la generación X (y 2)

    Abecedario de los últimos 70 años de la literatura en España. Ese es el periodo que cubre el nuevo volumen del proyecto Historia de la literatura española. Derrota y restitución de la modernidad: 1939-2010.

LITERATURA
   En un poema contra Franco, León Felipe daba por sentado que los exiliados se habían llevado la canción. En parte fue así. Y nada se diga de las literaturas en lengua no castellana, que no tuvieron cauce normalizado hasta el fin de la longa noite de pedra (Ferreiro). En el erial franquista comenzaron a emerger algunos islotes existenciales, en versión espasmódica (Dámaso Alonso) o apagada (Laforet). El agonismo de los cuarenta, que hablaba directamente con Dios o con la Nada, bajó un día de las nubes a la calle. Se inauguraba así el socialrealismo, que a menudo supeditó el arte a su función testimonial. Pero no siempre: en ese tiempo de silencio Martín Santos mostró la inconsecuencia de subvertir el orden con el lenguaje del orden. La literatura del tardofranquismo se sacude el costumbrismo y su dependencia excesiva de la tradición española. Muerto Franco y abolida la censura, no salieron en tropel del armario obras geniales de autores amordazados, como se había supuesto. Viejos o jóvenes, los escritores hubieron de relacionarse con un lector ya no por fuerza cómplice. Al apuntar el tercer milenio, con el lector había cambiado también el entorno de la escritura, y solo parecía quedar en pie aquella pregunta de Sartre: ¿qué es la literatura?
                                               Ángel L. Prieto de Paula

MERCADO
   La actividad editorial no se detuvo durante la guerra ni en la posguerra. En 1939 llegó a Barcelona con las tropas nacionales un capitán de la Legión, José Manuel Lara, que fundaría con el tiempo el imperio Planeta. En 1944 regresó del exilio el gran editor José Janés y ese mismo año, la editorial Destino, fundada por catalanes de Burgos, creó el 'Premio Nadal'. La editorial se convirtió en la más importante de la posguerra y su premio fue fundamental para dar a conocer autores: Delibes, Sánchez Ferlosio, Matute, Martín Gaite... Bruguera fue refundada y los quioscos se llenaron de colecciones del Oeste (Marcial Lafuente Estefanía o Silver Kane). En los años cincuenta y sesenta surgió un estimulante mercado negro del libro impulsado por las editoriales españolas de América Latina (Losada o Sudamericana). José Ortega Spottorno, el hijo del filósofo José Ortega, se puso al frente de la editorial 'Revista de Occidente' en 1940 y fundó años más tarde Alianza Editorial. En ella Javier Pradera y Jaime Salinas, que había sido el factótum de Seix Barral, lanzaron la colección 'El Libro de Bolsillo', que tuvo un éxito arrollador y que se mantiene. Como Austral, de Espasa Calpe, que llegó a vender un millón de ejemplares de la edición en bolsillo del Quijote. Taurus, que habría de ser una de las editoriales más importantes de pensamiento, fue creada en 1955. Ese año, Víctor Seix y Carlos Barral crearon Seix Barral. Una década después llegaron Lumen, Alfaguara (la de las tapas azules) y un poco después Anagrama y Tusquets, todas ellas imprescindibles para la modernización de la España literaria. Los años ochenta fueron los de la concentración. El paradigma es el Grupo Planeta, que hoy es propietario, entre otras editoriales, de Seix Barral, Destino, Crítica, Espasa, Ariel, Minotauro, Temas de Hoy, Backlist, el grupo francés Editis, las cadenas de librerías Casa del Libro y Bertrand, y un largo etcétera. Random House Mondadori agrupa, entre otros sellos, Mondadori, Lumen Grijalbo y Plaza & Janés. El Grupo Santillana posee Alfaguara, Taurus, Aguilar, Suma, Ediciones Generales, Educación y los brasileños Editora Moderna, Editora Objetiva, Editora Fontaner y Uno Educaçao, entre otros. Una de las últimas grandes operaciones es el acuerdo entre Planeta y Enciclopèdia Catalana para quedarse con la veterana Edicions 62. La primera década del siglo XXI está marcada por el contraste entre grandes grupos, editoriales pequeñas-medianas (Pre-Textos, Renacimiento, Quaderns Crema/Acantilado, Páginas de Espuma o DVD) y el florecimiento de pequeñas y combativas editoriales (Minúscula, Periférica, Menoscuarto o Libros del Asteroide, Barril y Barral o Funambulista). España es un país de premios, de premios a obras inéditas y con una calculada estrategia comercial, inaugurada con el 'Premio Nadal' y el 'Planeta', luego. Ha habido premios fundamentales, como el 'Biblioteca Breve' (Seix Barral) en su primera etapa; y otros más como el 'Herralde de Novela' o el 'Alfaguara', ahora en su segunda etapa. El 'Anagrama de Ensayo' canalizó el nuevo pensamiento español. En el apartado de memorias y biografías destaca el 'Premio Comillas', de la editorial Tusquets. En poesía están el 'Adonais', durante toda la posguerra, y más recientemente el 'Hiperión' y el 'Loewe'. Entre los premios institucionales están los nacionales, los de la 'Crítica'. El debate actual gira en torno al libro electrónico y las futuras formas de lectura.
                                             R. Mora

NOBEL
   Contraste lacerante entre el momento de amargura en que Juan Ramón Jiménez recibió el Nobel, en 1956, y el jaleado (en España) galardón a Camilo José Cela, en 1989. El poeta de La estación total, En el otro costado o Dios deseante y deseado estaba en el exilio y poco se celebró en España. Su mujer, Zenobia Camprubí, estaba gravemente enferma y murió cuatro días después de que le fuera comunicado el premio. Juan Ramón no le iba a sobrevivir mucho más de un año. Cela, al que muchos aún le recordaban como censor y cuya literatura producía ya un cierto cansancio, lo recibió en olor de multitud. El Nobel le pareció poco y en 1994 ganó el suculento 'Premio Planeta' con La cruz de San Andrés, escrita con ciertas prisas y que fue acusada de plagio. También lo recibió en este periodo el poeta Vicente Aleixandre (1977), que se sumaría a los ya otorgados a José de Echegaray (1904) y Jacinto Benavente (1922).
                                                 R. Mora

NOVÍSIMOS
   Nueve novísimos poetas españoles (1970), de Josep Maria Castellet, nació, como alguna otra antología suya, con cierto aire de provocación. Hecha con el concurso de Pere Gimferrer, incluyó a poetas y memorialistas como Antonio Martínez Sarrión y José María Álvarez; a escritores como Félix de Azúa, Vicente Molina Foix y Ana María Moix, que progresivamente dejaron la poesía; a poetas como Guillermo Carnero y Leopoldo María Panero, y a autores de varios registros, como Manuel Vázquez Montalbán y el propio Gimferrer. El libro es estupendo y da tristeza que algunos autores no continúen escribiendo poesía. Como era de prever, hubo polémica: ¿por qué no estaban José-Miguel Ullán, Clara Janés o Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena, por ejemplo? La crítica más articulada llegó del grupo 'Claraboya' (Luis Mateo Díez, Agustín Delgado o José María Merino). De todos modos la generación del setenta -que tuvo su versión narrativa en los primeros libros de José María Guelbenzu, Julián Ríos, Germán Sánchez Espeso, Mariano Antolín Rato- no fue toda tan experimental, ahí están nombres como Eloy Sánchez Rosillo, Miguel D'Ors o Juan Luis Panero.
                                                 R. Mora

Ñ DE ESPAÑOL
   Ha sido la reconquista dentro del universo literario.
   Un idioma de mil años cuya presencia e importancia han crecido paralelas a su número de hablantes y a la calidad de su producción literaria. Si en los años sesenta los autores latinoamericanos pusieron en el mapa internacional la literatura en castellano del siglo XX, desde los ochenta esa presencia se ha reafirmado con los nombres surgidos a partir de la llegada de la democracia española a mediados de los setenta. Tras el paréntesis de la dictadura franquista, España empezó a recuperar el gran espíritu y momento creativo que vivió antes de la Guerra Civil, al pasar de las sombras del franquismo a la restitución de la modernidad. La diversidad y pluralidad de la creación literaria en el extranjero, tanto en América Latina como en traducciones, es un reclamo en aumento con nombres como Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Enrique Vila-Matas o Arturo Pérez-Reverte. Dentro del valor literario, también está el comercial y popular que lo ha llevado a entrar en el mercado de los superventas internacionales con escritores como Carlos Ruiz Zafón.
                                                W. Manrique Sabogal

OBSERVATORIO
   Descifrar el mundo, hacerle las preguntas correctas, expresar de manera adecuada sus derroteros. La distancia de otros tiempos, ese observatorio distante e impoluto, ya casi queda como una referencia inalcanzable: el pensador de nuestro tiempo ha tenido que afanarse con sus ideas en medio de las contradicciones y batirse con las sombras. Algunos han explorado en la tradición filosófica (Emilio Lledó), otros se han mezclado con el arte o la literatura (Rafael Argullol, Félix de Azúa), han sufrido la tentación de la política (Xavier Rubert de Ventós), de las letras o la filología (Claudio Guillén, Francisco Rico) o incluso han pensado a partir de los Beatles (José Luis Pardo). Hay quienes han sido más sistemáticos, como Eugenio Trías, que ha centrado su filosofía en la idea de límite, y quienes han disparado a distintas dianas, como Miguel Morey o José María Ridao. Caminos muy distintos para una riqueza inagotable.
                                                J. A. Rojo

POESÍA
   P de poesía y también de péndulo. Pintada con brocha gorda, la lírica de la posguerra -"un arma cargada de futuro"- vio cómo, junto al clasicismo oficialista, triunfaba el compromiso social. Sus representantes no siempre estuvieron a la altura de Blas de Otero y Gabriel Celaya y la generación del 50 -Ángel González, José A. Goytisolo- elevó el listón y trufó la ética de estética para dar dignidad al tono conversacional. Alrededor de 1968, los novísimos cambiaron conversación por experimentación hasta que la poesía figurativa de los ochenta -Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes- volvió a poner los pies en la tierra de lo cotidiano. Los poetas de hoy no quieren matar al padre sino comer en la mesa del hermano mayor. Con todo, el péndulo, de vez en cuando, se da un paseo por el ya centenario repertorio de las vanguardias. La actualidad siempre ha sido ecléctica.
                                                    J. Rodríguez Marcos

POSGUERRA
   La posguerra duró 20 años, con dos etapas diferenciadas. La primera se vivió bajo la asfixiante coacción del fascismo nacional católico, una idea dogmática de la hispanidad y un férreo control ideológico, del que ni siquiera pudieron escapar algunos de los vencedores. El objetivo básico fue erradicar las ideas de la 'Institución Libre de Enseñanza', el laicismo y restituir el pensamiento de Menéndez Pelayo. La universidad fue descabezada. Como diría tardíamente Pedro Laín Entralgo, se produjo un "atroz desmoche". El proceso de modernización se inició en los años cincuenta. Referentes como Unamuno, Ortega, Baroja, Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado se sentían próximos. Carmen Laforet ganó el primer 'Premio Nadal' en 1944 con Nada, y en 1948 Miguel Delibes con La sombra del ciprés es alargada. Escritores como Matute, Sánchez Ferlosio, Fernández Santos, Martín Gaite o Valente hablan con un lenguaje nuevo. Josep Maria Castellet publica Notas sobre la literatura española contemporánea en 1955. La larga posguerra tiene muy buenos relatores. Prácticamente toda la obra de Juan Marsé narra la Barcelona derrotada. Si te dicen que caí, Un día volveré, Ronda del Guinardó, El embrujo de Shanghai, Rabos de lagartija y la reciente Caligrafía de los sueños son algunos de sus títulos sobre esos tiempos oscuros. Antonio Rabinad, que mereció un mayor reconocimiento, nos legó dos buenas historias de Barcelona de la posguerra: Los contactos furtivos y Memento mori. Juan Eduardo Zúñiga centra su espléndida trilogía sobre los desastres de la guerra (Largo noviembre en Madrid, La tierra será un paraíso y Capital de la gloria) en el Madrid republicano de la Guerra Civil, pero también trata la posguerra, tema que aborda en El coral y las aguas, una novela simbólica, de episodios casi independientes. Luis Mateo Díez cuenta la vida en una ciudad de provincias en los años cincuenta en La fuente de la edad.
                                             R. Mora

QUIJOTE
   El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha no solo es la obra más importante del español y uno de los libros esenciales de la literatura universal, sino una de las obras con la que permanentemente dialogan los escritores. Acaso por ser una de las cunas de la novela moderna y contener muchas de las claves de la narrativa actual. En estos setenta años su categoría de clásico se ha desempolvado y acercado más a la gente. La reivindicación de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra y su influencia en la segunda mitad del siglo XX es notoria y los escritores reconocen que pertenecen, como dijera Carlos Fuentes, a ese territorio de 'La Mancha'.
                                              W. Manrique Sabogal

REVISTAS
   De la extensa pero a veces efímera hemeroteca literaria, 'Escorial' (1940-1947/ 1949-1950) merece el primer recuerdo, por su esfuerzo en recuperar el espíritu de 'Revista de Occidente' o de 'Cruz y Raya' de antes de la guerra: cierto liberalismo intelectual de alto vuelo. Ella y 'Destino' (1937-1980), con un longevo tono más informativo, disimularon el erial de posguerra. Por contra, seis números bastaron a 'Revista Española' (1953-1955) para afrontar las nuevas realidades de los cincuenta, por eso fue la primera que sintieron como propia la generación de Ignacio Aldecoa, Fernández Santos y Sánchez Ferlosio. Para sus colegas poetas la cabecera decisiva sería durante décadas 'Ínsula'. Labor notable también entonces la de 'Papeles de Son Armadans' (1956-1979) que dirigió Cela, primer gran puente entre la vanguardia del interior y el exilio. Por su parte, el vínculo entre las letras españolas y latinoamericanas sería 'Cuadernos Hispanoamericano's. Ya en el tardofranquismo, 'Camp de l'Arpa' (1972-1981), editada por José Batllo (creador de 'El Bardo') y con Vázquez Montalbán de director, abrió desde Cataluña mensualmente una ventana que permitió el canon del momento. También desde la periferia (Asturias) llegaría la posmodernidad del crisol temático en los 59 números de 'Los Cuadernos del Norte' (1981-1990) que dirigió Juan Cueto. 'Quimera', 'Revista de Libros', 'Clarín', 'Turia' y 'Letras Libres' toman, de algún modo, el relevo hoy. Creada ya en 1980, 'Quimera' es la primera revista literaria para jóvenes de la democracia, de una cultura democrática que ya no es antifranquista. La segunda, de matriz mexicana, abrió redacción en España en 1999 y, ya centenaria en números, es un ensayo de revista cultural de formato claramente combativo en lo político e intelectual. Con vocación más popular surgió a finales de los noventa la revista 'Qué Leer'.
                                                C. Geli

SANCHÉZ FERLOSIO, RAFAEL
   Empezó por una novela de la que luego renegó, El Jarama, pero que lo colocó entre los maestros de la palabra. Después se entretuvo con las andanzas de Alfanhuí, y atrapó el aire de los mitos y las viejas narraciones. Más adelante fue abducido por otros intereses que acaso resumen bien el narrador de El testamento de Yarfoz: "Dio primero en volver a sus veleidades de gramático y pseudo-filósofo y después en meterse a periodista". Se enfrascó en cosas del lenguaje y empezó a transitar por los asuntos relacionados con la actualidad: la guerra, las razones de Estado, los medios de comunicación, el deporte, la moda... Todo lo tocó con una escritura compleja y rigurosa, atenta a cada argumento, y con la fiereza de un pensamiento radical, que va al fondo: a mover las aguas turbias sobre las que se sostiene la pulcra apariencia de la realidad.
                                                J. A. Rojo

SAVATER, FERNANDO
   Tener los sentidos enchufados al ruido del mundo y la artillería de las palabras dispuesta para intervenir han sido dos de las marcas con que Fernando Savater ha estado al lado de los lectores desde que publicó su primer libro. Filósofo, por servirse de ideas y conceptos para desentrañar los hechos y los embrollos de las gentes en su lucha con la muerte; ciudadano ilustrado, por servirse de argumentos para intervenir en los asuntos de la polis; novelista, por el gusto de contar, y hombre de teatro (amén de otras cosas), por el afán de que sus palabras toquen al público desde un escenario, Savater ha hecho de la alegría un emblema y de la inteligencia, su arma más eficaz para agitar las conciencias, y se ha servido del entusiasmo para contagiar su pasión por sus lecturas y sus maestros, una de sus mayores y más gratificantes habilidades.
                                                 J. A. Rojo

TRANSICIÓN
   Empieza a restituirse la modernidad. El 23 de abril de 1975, pocos meses antes de la muerte de Franco (el 20 de noviembre), se publicó La verdad sobre el caso Savolta, primera novela de Eduardo Mendoza. Parecía el pistoletazo de salida de una nueva narrativa española. Pero, en lo literario, la transición había empezado antes. Con el precedente de Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín-Santos, tres novelas muy significativas se publicaron en la segunda mitad de los años sesenta: Señas de identidad (1966), de Juan Goytisolo; Últimas tardes con Teresa (1966), de Juan Marsé, y Volverás a Región (1967), de Juan Benet. En la Transición los lectores españoles empezaron a leer cada vez con mayor interés a autores españoles. Se recuperó el paréntesis de la guerra, había nacido la 'Nueva narrativa española'. Javier Marías, Álvaro Pombo, Soledad Puértolas, Antonio Muñoz Molina, Julio Llamazares, Luis Mateo Díez, Juan José Millás, José María Merino, Jesús Ferrero, Alejandro Gándara, Ignacio Martínez de Pisón, Almudena Grandes, Rafael Chirbes, Luis Landero y un largo etcétera conquistaron al público. Paulatinamente fue disminuyendo el gusto por los textos políticos, que tanto habían interesado en los años setenta. Jorge Herralde, fundador de Anagrama en 1969, fue el primero en advertirlo y dio un giro importante a su editorial.
                                                 R. Mora

URGENCIA
   De Azorín a Ortega, las letras españolas no serían las mismas sin los periódicos. Por un lado, porque hay periodistas como Manuel Chaves Nogales, Josep Pla o Julio Camba que merecen su propio capítulo en los manuales. Por otro, por los cientos de páginas que han publicado en la prensa autores como Miguel Delibes, Francisco Umbral, Juan Goytisolo, Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Montero o Juan José Millás.
                                               J. Rodríguez Marcos

VANGUARDIA
   La literatura española ha contado en cada decenio con nombres que abrieron brecha, una especie de vanguardias, nunca numerosas ni pronunciadas. Entre los años cuarenta y cincuenta el neorrealismo que permitirá una interpretación de la guerra y sus crudas consecuencias desde una cierta ética e independencia vendrá facilitado por Rafael Sánchez Ferlosio y su reconocida (premio Nadal 1956) El Jarama. El otro gran nombre será Carmen Martín Gaite, quien, por ejemplo, en Entre visillos (1957), mira las cenizas de la guerra de forma muy distinta. La punta de lanza, ya en los sesenta, de la reinstauración de la modernidad literaria europea en España será para Luis Martín-Santos. En Tiempo de silencio hay retazos de Kafka, Proust, Faulkner..., pero sobre todo del Joyce triturador de Ulises. Junto a él, Juan Benet aunará complejidad, sutileza y estilo que cederá generoso a la nueva novela española. Esta será ya absolutamente homologable con la tercera oleada, cercanos los ochenta. Tres conquistadores: Álvaro Pombo, Javier Marías y Javier Cercas.
                                                 C. Geli

WHISKY
   A medida que pasa el tiempo, el whisky, el tinto y la ginebra van quedando recluidos en el anecdotario de la generación de los años cincuenta. Niños durante la guerra y, a la altura del medio siglo, bebedores y vividores -"partidarios de la felicidad"-, los miembros de esa galaxia policéntrica forman el gran grupo clásico de la posguerra española, los maestros de hoy. Como narradores (los Aldecoa, García Hortelano, Juan Benet, Luis Martín-Santos, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé, Ana María Matute, Juan Goytisolo); como poetas (Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Francisco Brines, María Victoria Atencia, Antonio Gamoneda) o como dramaturgos (Alfonso Sastre, Lauro Olmo). O como narradores y ensayistas (Ferlosio) o poetas y narradores (José Manuel Caballero Bonald). La distancia, además, permite comprobar que la amistad que unió a muchos de ellos no impidió que cada uno explotara su singularidad: del socialrealismo al hermetismo y de la ironía a la metafísica.
                                                  J. Rodríguez Marcos

X, GENERACIÓN
   La eterna incógnita. El triunfo de la sociedad de consumo abrió paso con la democracia a la primera generación que estaba en primaria cuando murió Franco. Ya lo habían hecho los autores del 68, pero ellos radicalizaron sin complejos la promiscuidad entre alta y baja cultura, biblioteca y discoteca. Además, autores como Ray Loriga demostraron en los noventa que de aquella mezcla podía salir buena literatura (y un ejército de epígonos). Una década después, el pop se convirtió en afterpop cuando Agustín Fernández Mallo publicó su trilogía Nocilla, demostrando que toda cultura -incluida la de masas- es susceptible de generar su propio culturalismo.
                                               J. Rodríguez Marcos

YO
   Aunque España no gozaba de una gran tradición de libros de memorias, diarios o autobiografías en el último medio siglo no han faltado escritores que han cultivado este género. Una de las mejores autobiografías españolas es Automoribundia (1948), de Ramón Gómez de la Serna, mientras La arboleda perdida, de Rafael Alberti, recorre todo el siglo XX, relatado también a su modo por compañeros suyos de generación como Francisco Ayala, Rosa Chacel y Max Aub. Con el tiempo, los escritores se han ido uniendo a la corriente literaria de la autoficción (Jorge Semprún, Carlos Barral, Juan y Luis Goytisolo, José Manuel Caballero Bonald, Antonio Gamoneda y Antonio Martínez Sarrión). La reelaboración y potenciación de la primera persona tiene importantes registros en Carmen Martín Gaite, Esther Tusquets, Enrique Vila-Matas y Juan José Millás. En cuanto a diarios contemporáneos destaca Andrés Trapiello con su proyecto Salón de pasos perdidos. Y a su lado la obra de José Jiménez Lozano, Miguel Sánchez Ostiz y José Luis García Martín. Una vuelta de tuerca es la mezcla de géneros narrativos y ensayísticos como en Visión desde el fondo del mar, de Rafael Argullol.
                                              W. Manrique Sabogal

ZAMBRANO, MARÍA
   Fue antes que nada pensadora, porque venía de la tradición de los filósofos, pero tuvo siempre una pata metida en la poesía, así que su obra está llena de resonancias. Se sirvió de la imaginación y de la metáfora para proponer un conocimiento que, más allá de los sistemas, supiera atrapar las minúsculas y sutiles transformaciones de las cosas.
                                               J. A. Rojo