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domingo, 24 de enero de 2016

PRENSA. "La tiranía de la imagen"

   En "El País":

La tiranía de la imagen

Los recuerdos son más traicioneros que las imágenes, pero también más dinámicos e interesantes. La fiebre por retratar todo con el móvil obedece a algo más que a la necesidad de registrar nuestras vivencias. Es un nuevo lenguaje


Soldados estadounidenses fotografían al presidente Barack Obama con sus móviles en una base militar en Seúl (Corea del Sur). / REUTERS

La semana pasada subí al Teide por primera vez y tuve la suerte del novato. Lo que había dejado allí abajo como un cielo nublado era desde aquí un borbotón de nubes con todos los matices de la luz, una marea como un catálogo de formas compilado por la bruja artista, y entre las estribaciones de aquella cordillera blanca pude ver las otras tres islas occidentales, sacando la cabeza para respirar un aire anóxico más cercano a la Luna que a la vida diaria. Mi primera reacción, como parece natural, fue echarme la mano a la cartuchera y sacar el móvil para fotografiar aquel espectáculo majestuoso. De pronto, sin embargo, algo detuvo mi mano.
¿Se han fijado en la publicidad del iPhone6? No vende megas ni decibelios: vende píxeles, como si el aparato no fuera un teléfono que hace fotos, sino una cámara que hace llamadas. El publicista hizo bien. Toda persona es un fotógrafo en nuestros días. Desde la invención de la fotografía siempre ha habido unos cuantos fotógrafos muy buenos, pero es sabido que no hay venenos sino dosis. La facilidad con que la tecnología actual nos permite disparar ha generado una pesadilla irritante de imágenes anodinas y sopor que casi nos hace añorar a los cuñados y sus sesiones de diapositivas al volver de la playa. Una sobredosis que aburre y no dice nada, que nos reduce a todos al grado cero de las artes plásticas.
Los cuñados, loado sea Dios, están de capa caída: la mayoría de la gente (55%) prefiere ya compartir fotos en formato digital en vez de ponérselas en diapositiva a los invitados de la fiesta; más allá de Facebook hay redes dedicadas exclusivamente a enseñar fotografías, como Flickr y la rabiosamente moderna Instagram; el 35% de los usuarios de smartphones hace una foto de los artículos que va a comprar y se la manda a los amigos para pedir consejo antes de comprarlos; el 63% utiliza solo el formato digital para las fotos.
Ni siquiera hay ya que preocuparse de disparar en el mejor momento: la nueva minicámara Narrative Clip lo hace por ti tomando una foto cada medio minuto. Según los datos de Digital Marketing Stats, la web para guardar y compartir fotos Instagram tiene 400 millones de usuarios activos al mes, incluyendo al 28% de la población estadounidense: está barriendo, sobre todo entre los menores de 35, y es solo el último grito de este tipo de webs fotográficas, después de Flickr, PhotoBucket y Picasa.

En un estudio, los niños recordaban más detalles de los cuadros que observaban que los que fotografiaban
“El mayor número de selfies tomados en una hora es de 1.449 y fue alcanzado por Patrick Peterson”, informaba hace poco una web asociada de algún modo a los récord Guinness. Hay también premios para imágenes tomadas con el móvil, y a algunos los saca la mujer del tiempo en el telediario. Los Homo sapiens hemos caído gradualmente en la fiebre de la instantánea, y solo nos queda preguntarnos: ¿cuándo empezó todo a ir mal?
Y ahora: ¿qué paró mi mano en el Teide? Bien, aquella puesta de sol asombrosa iba a durar solo 10 minutos, y créanme, pensé que sería mejor aprovecharlos mirándola que fotografiándola, grabándola en mi memoria y no en la de mi teléfono. En la semana y pico que ha pasado, no me he arrepentido de ello. La memoria es más traicionera que la fotografía, pero también más dinámica e interesante. Seguro que esto cambiará algún día, pero ese día no ha llegado.
La psicóloga Linda Henkel, de la Universidad de Fairfield en Connecticut, publicó el año pasado una investigación que resulta iluminadora. A los estudiantes que se presentaron voluntarios —basta ofrecerles unos créditos para que lo hagan por docenas— se les pidió que fotografiaran ciertos cuadros de un museo de artes plásticas, y que se limitaran a observar otros. El resultado se midió al día siguiente: los estudiantes recordaban menos objetos, y menos detalles de cada objeto, entre los que habían fotografiado que entre los que se habían limitado a observar. El mero hecho de tomar una foto de un cuadro parece, por tanto, una buena receta para olvidarse de él.

Enviar una foto, por ejemplo, del Teide a un amigo significa “estoy aquí” con un “te fastidias” implícito
“Los resultados”, dice Henkel, “destacan que hay diferencias clave entre la memoria de la gente y la memoria de la cámara”. Curiosamente, este efecto negativo de la fotografía se revierte si, en vez del cuadro entero, lo que se pide fotografiar es algún detalle de él. Esto ya no puede resolverse con el piloto automático —requiere fijarse en la obra y tomar la decisión consciente de cuál de sus partes merece la pena— y el sujeto recuerda el objeto igual de bien que si solo lo hubiera observado. No hay, pues, ningún efecto maligno de la cámara sobre el cerebro de quien la usa: es sustituir el cerebro por la máquina, delegar en ella el registro de las experiencias, lo que estropea las cosas, como parece lógico, si se mira bien.
Estos fenómenos de interferencia con la memoria no son tan específicos de la fotografía como se podría suponer, ni en el fondo tan nuevos. Hace 30 años, cuando yo era un estudiante de doctorado, una parte regular del trabajo era ir a la biblioteca a buscar las últimas publicaciones científicas que tocaran tu tema. Pero la mayoría no íbamos allí a leer, sino a fotocopiar los artículos. De alguna manera, el mero hecho de tener una copia en tu mesa venía a eximirte de la penalidad de leerlo. Los científicos de hoy ya no tienen que ir a la biblioteca, porque los papers llegan directamente a su ordenador. Pero, dejando aparte el cambio de la fotocopia por la impresora, sospecho que siguen haciendo lo mismo.

Recarga el carrete

  • La película fotográfica, el carrete de toda la vida, está siendo rescatado por una generación de fotógrafos jóvenes, algunos nacidos cuando la imagen digital ya era una realidad insoslayable. La resurrección reviste los ecos de la obrada por ciertos amantes de la música con el vinilo, frente al mp3.
  • La tendencia ya tiene hasta su propio día; el 11 de abril es desde este año, paradojas de la vida digital, el día de la película fotográfica. Sus defensores la ven como un signo de distinción, pues consideran que los móviles además de democratizar la fotografía, la han vulgarizado.
  • La primera imagen virtual data de 1975, cuando Steve Sasson, de Kodak, construyó la primera cámara digital en un eureka que acabaría siendo una condena para la marca.
  • El 11 de enero de 2012, la firma, acosada por la generalización del uso de los teléfonos inteligentes, se declaró en bancarrota, anunció “la reorganización de su negocio y la presentación de una demanda contra Apple y HTC por violar cuatro de sus patentes por tratamiento de imágenes”.
  • La compañía resucitó en 2013. Hoy, cuenta con 8.000 trabajadores en todo el mundo, frente a los 145.000 que llegaron a emplear en los buenos y analógicos tiempos. En 2014, la empresa perdió 114 millones de dólares.
El experimento puede recordar, siquiera vagamente, a una realidad cotidiana; el aluvión de mensajes de correo y WhatsApp que nos sepultan un minuto tras otro bajo estratos de ingenio ajeno y actividad aparente, hasta casi no dejarnos hacer otra cosa en todo el día. De forma análoga a las fotos, tampoco es que estos mensajes sean un problema en sí mismos —al menos no necesariamente—, sino que nos impiden concentrarnos en una lectura sostenida, o sustituyen la reflexión profunda por un chisporroteo superficial de ocurrencias no solicitadas. La atención es una sustancia demasiado valiosa para desperdigarla de esa forma sin ganar nada a cambio.
Pero con la fotografía ocurre algo peculiar. Algo que no tienen las lecturas pendientes. La gente, sobre todo el público joven, la utiliza no ya como registro gráfico, o como sustituto de la memoria —que también— sino como un lenguaje de comunicación. La foto del Teide (esa que yo no hice) significa “estoy aquí”, con un “te fastidias” implícito, y el primer plano del chuletón es un “te fastidias” explícito, redondo, que no se lo salta un poeta. Y es verdad que hay cosas que se dicen más pronto con una imagen que con un mensaje, sobre todo si el corrector automático tiene uno de esos días didácticos.
Este es un cuento del que es difícil extraer una moraleja, pero intentemos cocinar una. ¿Hacemos demasiadas fotos? No: pensamos demasiado poco.

miércoles, 24 de junio de 2015

PRENSA. "Lo reciente queda antiguo". Luis Goytisolo

   En "El País":

Lo reciente queda antiguo

En los hábitos cotidianos, Internet y las redes sociales suponen un cambio de mayor transcendencia del que en su día representó la máquina de vapor. Equivale al tránsito de la Edad Media y la Edad Moderna en poco más de dos décadas


EULOGIA MERLE


La gente, según va entrando en años, tiende a comparar el mundo presente con el de su propia juventud. “Cuando yo era joven…”. Por lo general, una realidad más positiva que la conocida por la juventud actual: antes había más seriedad, más conciencia, más educación, etcétera. Y cuando la evocación es negativa —la guerra, la posguerra, los rigores del sistema educativo de entonces—, el hecho de haberla superado la convierte en un triunfo personal. El resto, curiosidades para amenizar la tarde, tanto más chocantes cuanto más remotas: apenas había coches, el Atlántico solo se cruzaba en barco, etcétera. Curiosidades que han ido cambiando de generación en generación a lo largo de los últimos 200 años.
Claro que a veces los cambios son más bruscos, y a eso responde la tradicional división de la Historia en Edades.
Con todo, en el curso del pasado siglo, esa sucesión de cambios, esa constante evolución perfeccionista así en lo bueno como en lo malo, era más de lo mismo. Había un progreso social y económico interrumpido de vez en cuando por una revolución o una guerra, y la técnica no dejaba de incrementar sus aplicaciones, desde el avión a reacción hasta el aire acondicionado o el frigorífico. Y esa progresión en los ámbitos más diversos era lo que recogían los abuelos al destacar ante sus nietos las diferencias entre el ayer y el ahora. Cosas que hoy a los menores de 20 años les parecen poco menos que irrelevantes, simples aspectos de ese más de lo mismo antes mencionado. Y es que, en poco más de dos décadas la realidad circundante parece haberse diluido en sus contornos. Las crisis económicas y financieras se producen casi sin saber cómo por más que se les busque un referente concreto. A las guerras entre bloques han sucedido los enfrentamientos entre milicias de difícil identificación. La clase obrera ha sido sustituida por simples trabajadores y los títulos universitarios no han hecho más que perder relieve. Los Estados semejan cada vez más una empresa y las empresas, un Estado. Vamos, un mundo fluido, de consistencia desdibujada, en contraposición a la firmeza de los bloques enfrentados hace tan solo poco más de dos décadas. Una realidad en la que la única referencia válida acaba por ser Internet. Solo que la Red, y en especial las redes sociales que propicia, no es el espejo en el que se reflejan y visualizan esos cambios, sino una realidad estrechamente ligada al origen de tales cambios.

A diferencia de otros inventos, la Red establece una relación íntima con el usuario
En efecto, la consolidación totalizadora de Internet y las redes sociales supone, en la vida y hábitos cotidianos, un cambio de mayor trascendencia que el que en su día supuso la máquina de vapor o el motor de explosión, en la medida en que afecta directamente a la sociedad considerada en su conjunto, individuo por individuo; en la medida en que ese individuo interioriza su uso de forma similar a como se pueda asumir una ideología o una creencia religiosa. Algo no comparable, por ejemplo, a tener un coche o a viajar en tren, en avión o en barco; ni siquiera al acto de darle a un interruptor y que se encienda una luz, una luz que ilumina el entorno más inmediato de quien la ha encendido. Lo propio de la Red es su capacidad de introducirse en todos los órdenes de la vida del individuo, de cada individuo. Y ese cambio, que por su carácter generalizado produce en los hábitos sociales creando así un antes y un después, da pie a empezar a pensar que tal vez nos encontremos ante un cambio de Edad similar al que se creó en el Renacimiento, en el tránsito de la Edad Media y la Edad Moderna.
La importancia de los hábitos sociales, de un cambio en esos hábitos es, a este respecto, decisiva: cuando se produce, la vida de los ciudadanos es otra. Y es que, a diferencia de otros inventos, la Red establece una relación íntima con el usuario puesto que, a la vez que este entra en ella, sea para resolver un problema o una duda, sea por puro placer adictivo, en justa reciprocidad, la Red entra en el usuario tocando o afectando sus puntos más sensibles, trazándole o configurándole un carácter, un perfil —como suele decirse—, al tiempo que ofreciendo a los otros, al mundo entero, la posibilidad de que le conozcan tal cual es o como quisiera ser. Algo que no le sucede, como decíamos, a quien se compra un nuevo coche, por ilusión que le haga conducir un ejemplar de tal o cual marca; ni emprender un vuelo intercontinental, por no hablar ya del tren o el metro. Para el usuario —y aunque no sea consciente de ello— más estimulante que utilizar la Red es la posibilidad de ser él quien se vuelque en ella.
El epicentro de ese volcarse es el selfie o, mejor dicho, el intercambio de selfies. Una adicción que si comienza con el propósito de dar a conocer su actividad cotidiana al tiempo que recibe la de los otros, termina impulsándole a hacer tal o cual cosa sin otro objetivo que introducir sus ocurrencias en ese intercambio de selfies.
Así, cuando las vacaciones, al emprender un viaje, lo de menos es ya el viaje en sí, las peculiaridades de los lugares que se visita. Lo importante es poder ir mandando imágenes de esas peculiaridades o curiosidades a las que se va accediendo, a la vez que a las ideas ingeniosas que tales peculiaridades puedan suscitar aunque poco o nada tengan que ver con el viaje. Lugares o monumentos famosos junto a los que fotografiarse. O las vicisitudes de un crucero marítimo. O de un hotel de ensueño en una isla paradisiaca. O de un imprevisto cualquiera de lo más chocante. Más que el disfrute de la cosa en sí lo que interesa es el resultante proceso de integración propio de un chat. El resto es lo que a una obra de teatro el decorado.

El epicentro es el intercambio de ‘selfies’, esa adicción a dar a conocer la actividad cotidiana
La repercusión de ese cambio radical en los hábitos sociales terminará afectando a todos los aspectos de la vida cotidiana. Por el momento, los más perceptibles se revelan en los ámbitos más mediáticos de la realidad circundante. La prensa, los libros, las salas de cine. Y es que, ¿por qué ir al cine, por ejemplo? Trasladarse hasta él, hacer cola, comprar entrada, conseguir un asiento aceptable… ¿No es mucho más sencillo bajarse la película? Y en cuanto a la prensa y los libros, ¿por qué someterse a esa tarea de ir pasando páginas y más páginas? O sea que si cierran cines y librerías, ¡pues que cierren!
Por suerte, desde la época de los papiros al libro actual, la lectura, acompañada a veces de la imagen, ha traspasado todas las Edades, adaptándose siempre su formato a las características del momento. Y el que no haya sido nunca una afición mayoritaria permite pensar que va a seguir subsistiendo, al margen de su siempre más evanescente versión digital. Por algo es una afición minoritaria. Como la caza o la pesca. O el ajedrez. Eso sí: cuando se le cuente a un niño cómo era el mundo hace poco más de dos décadas no acabará de entender que la gente pudiese apañárselas sin la Red.
Luis Goytisolo es escritor.