miércoles, 5 de septiembre de 2012

PRENSA. "Adolescentes sin título de ESO y sin retorno", reportaje

82.000 alumnos han sido orientados en sus centros hacia la formación profesional el curso pasado / MONICA TORRES (EL PAÍS)

   En "El País":

Adolescentes sin título de ESO y sin retorno

Dirigir a los jóvenes antes de los 16 años hacia la inserción laboral enciende el debate entre padres, alumnos y especialistas

 Madrid 3 SEP 2012 

“Me dio la rebeldía, con 13 y 14 años. Aprobé hasta 2º de la ESO, pero suspendí 3º. Repetí y lo dejé a mitad de curso. Me pelaba todas las clases. No quería ir al instituto. No quería”, recuerda Sara Romero Olmedo con 17 años y recién graduada con su título de ESO debajo del brazo y su matrícula formalizada para estudiar bachillerato de Humanidades. Sara ha superado con éxito dos años en el Programa de Cualificación Profesional Inicial (PCPI) en un instituto de Paiporta (Valencia). “Quiero ir a la universidad”, afirma con entusiasmo.
 Su satisfacción no es para menos. Se ha graduado, y con nota. Ha sacado tres matrículas de honor y dos sobresalientes. El instituto le ha reconocido su “esfuerzo” con un Premio al Conocimiento. “No entiendo que quieran quitar la oportunidad de sacarse el título de ESO a través del PCPI. Con la que está cayendo, deberían facilitar las cosas”, se queja Sara. “Es que no lo veo normal. Ir a un PCPI no quiere decir que no quiera estudiar”.
“Todos, o muchos, pasamos momentos malos en la adolescencia. Momentos de locura”, reflexiona en voz alta Sara. “Los jóvenes tienen una mala época, se juntan con gente que no es conveniente y dejan los estudios”, corrobora Amparo, su madre, desde el taller donde trabaja. La mujer está preocupada con el proyecto de reforma educativa que elimina la opción de obtener el título de ESO a través de los estudios de PCPI. Solo servirá para obtener un certificado laboral de nivel 1. “Creo que es un error enorme, no pueden fastidiarles quitándoles esa vía”, insiste Amparo, que no elude repasar los momentos malos vividos en la adolescencia de Sara. “Yo he pasado muchísimo con mi hija… No iba al instituto, tenía que ir a buscarla por la calle, se juntaba con gente que no quería estudiar… Y en dos años que ha hecho un PCPI y ya está matriculada para estudiar bachillerato”.
Como esta estudiante, durante el curso 2011-2012 un total de 82.939 alumnos han sido orientados en sus centros educativos hacia la vía formativa de los PCPI. La mayoría son jóvenes entre 16 y 21 años. Pero a su corta edad ya saben lo que es la crisis. La crisis personal. Muchos de los adolescentes que pueblan los institutos españoles a esas edades ya han hecho trabajetes para pagarse los gastos. Otros han pateado bancos, calles y barrios. Otros incluso han sufrido algún internamiento en un centro de reeducación de menores. No siempre tienen dificultad de aprendizaje, sino de adaptación social o familiar. No les interesa lo que la ESO les ofrece. Tienen “la cabeza llena de pájaros”, como dice la madre de Sara.

“Tenemos derecho a una segunda oportunidad”, pide Sara, de 17 años
Los PCPI son una modificación de los extintos Programas de Garantía Social introducida en la Ley Orgánica de Educación (LOE), aprobada en 2006. El objetivo era “recuperar en 2011, al menos, a 80.000 jóvenes” que abandonan los estudios sin título, para que se graduaran y pudieran engancharse a la Formación Profesional de grado medio o al Bachillerato. Aunque solo un tercio de esos más de 80.000 estudiantes de PCPI acaba sacándose el título de ESO, otros consiguen luego acceder a la FP; pocos abandonan.

Amparo: “Mi hija no iba a clase. Y en dos años de PCPI va a ir a Bachillerato”
Los PCPI fueron concebidos como programas “flexibles” y “nada teóricos” orientados a jóvenes sin interés en el sistema reglado. “El perfil de estudiante de PCPI es variado, los hay con capacidad y los hay con capacidad limitada. Pero se esfuerzan mucho, mucho, por aprender”, explica Pilar Pérez, psicóloga y orientadora del instituto público La Sènia de Paiporta. “La vida de todas las personas da muchas vueltas, y la de los adolescentes, mucho más”, analiza esta psicóloga. “El mundo de los adolescentes se circunscribe a sus amigos, su grupo, su móvil y el Tuenti. Y no ven el futuro. Consiguen que sus padres se angustien enormemente porque ven cómo dilapidan su futuro”.
Con el esquema provisional, en las propuestas para el anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), se pretende “adelantar la elección de las trayectorias que pueden escoger los estudiantes a los 14 y 15 años”. Y, según el documento, empieza una retahíla de itinerarios desde 2º de ESO y 3º de ESO con una vía hacia “programas de mejora del aprendizaje y rendimiento de dos años para alumnos con dificultades en el aprendizaje”; y otra vía “hacia los PCPI que pasan de un año (y el segundo voluntario) a dos años para los alumnos con dificultades de adaptación o grave riesgo de abandono escolar”. El ministerio asegura que “su objetivo ya no es obtener el título de ESO, sino preparar al alumno para el mercado de trabajo y ofrecerle una mínima cualificación profesional”.

“Si no aprueban la reválida, entrarán en vía muerta”, afirma Pérez Esteve
Este aspecto es, quizá, el que más polémica ha generado del documento, junto con las tres reválidas que deberán aprobar todos los alumnos para continuar los estudios al final de cada etapa: a los 12 años, a los 16 y a los 18. Si no aprueban la reválida no tendrán título de ESO o de bachillerato. “Entrarán en vía muerta”, sostiene Pérez.
Para Miguel Soler, que ha sido el responsable del diseño de los PCPI con el anterior Gobierno socialista y director general de FP del Ministerio de Educación en la última legislatura, “incorporar a un alumno en 2º o 3º de ESO a un PCPI que no conduce al título de ESO es una barbaridad”. “Desde dentro de la educación obligatoria y antes de los 16 años se va a incorporar a un sector del alumnado a una vía que lleva a la expulsión del sistema educativo sin posibilidades de obtener el título de graduado”, observa. “Si han cursado un PCPI —aunque lo hayan aprobado— solo podrán intentar incorporarse al mercado laboral, teniendo un certificado de profesionalidad de nivel 1 como única titulación. Si quieren acceder a un ciclo de FP de grado medio, tendrán que superar una prueba específica. Es decir, desde fuera del sistema. Exactamente igual que si se quieren presentar por libre como las pruebas para adultos”, concluye Soler.
En la actualidad, los alumnos que superaran todo el PCPI (una parte obligatoria de oficio y formación general, y otra voluntaria de contenidos académicos) obtenían el título de graduado y podían seguir estudiando bachillerato o FP de grado medio. Según una modificación del año pasado (que no ha llegado a entrar en vigor), superando solo la parte obligatoria podrían entrar directamente a la FP, sin necesidad de prueba de acceso.
José Manuel Boquet, presidente de Federación de Centros de Enseñanza de la Comunidad Valenciana (Feceval), señala: “Actualmente, el certificado de cualificación profesional de nivel 1 que se expide se puede considerar como la no cualificación. Si la Unión Europea reclama que en 2020 el porcentaje de alumnos con bachillerato o FP sea del 85%, al menos en este punto hay que reflexionar que no conduzcan a la obtención del título de ESO”. Boquet, que a mediados de julio se reunió en Madrid con la patronal CECE a la que pertenece para analizar la reforma, es partidario de que “los PCPI continúen siendo una opción de recuperación” dentro de la ESO. “La reforma enfoca demasiado pronto al mercado laboral al alumno. Este debe de permanecer en el sistema el tiempo requerido”, sostiene Boquet.
El presidente de la patronal valenciana propone, además, “limitar mucho la entrada de alumnos menores de 16 años a los PCPI. Esta medida tiene que ser excepcional, para alumnos que no tengan ninguna posibilidad”. “Y hay que llevar mucho cuidado con lo de adelantar las vías de los alumnos a los 14 y 15 años”, advierte. La patronal, sin embargo, ve con buenos ojos las reválidas.

Boquet: “Los PCPI tienen que seguir siendo una opción de recuperación”
No lo comparte Alejandro Tiana, experto en evaluación de los sistemas educativos y director general del Centro de Altos Estudios de la Organización de Estados Iberoamericanos. “Una reválida a los 12 años es contraria a todo en lo que está de acuerdo la comunidad internacional respecto a lo que hay que hacer para tratar el retraso educativo. Cuando uno estudia lo que se hace en otros países hay una coincidencia absoluta en que hay que detectar las dificultades de aprendizaje desde muy temprano, después tratarlas, e impedir que los alumnos salgan del sistema”, explica Tiana. “Si de verdad se ha actuado así desde infantil y primaria, hasta los 9 años, el proceso de detección debería de ser anterior y el tratamiento, por tanto, también”, añade el ex secretario general de Educación. “Tal y como está planteada la reválida al final de primaria, con 12 años, es la prueba la que decide si el alumno repite o no. Eso es una aberración educativa”, concluye Tiana.

Tiana: “Una reválida a los 12 años choca con lo que se hace a nivel internacional”
En la misma dirección se pronuncia la psicóloga Pilar Pérez Esteve: “En toda Europa se realizan estas pruebas internacionales a los 9 años, al acabar el primer ciclo de primaria. ¿Por qué? Porque te permite ajustar el proceso de enseñanza y de aprendizaje en los siguientes cursos”. “Si hacemos las pruebas de evaluación diagnóstica como ahora, al final del segundo ciclo de primaria con 9 años, puedo tomar medidas. Pero si la hago a los 12 años, cuando termina la primaria, ¿para qué les hacen la prueba? ¿Para tirarlos a la calle?”, se pregunta esta orientadora.
Pérez sostiene que este tipo de “pruebas externas” que el ministerio quiere introducir “son de carácter conceptual. De marcar la casilla con una cruz. Y no podemos formar niños solo para este tipo de testcitos.Los niños tienen que aprender para seguir aprendiendo. Enseñarles esa dinámica, para aplicarla a lo largo de la vida. Porque no hay ningún fontanero hoy que ponga grifos como hace 50 años. Esto no tiene sentido, y menos en la era digital”.
La tesis de esta psicóloga y orientadora de que “un Gobierno, como un profesor, tiene que atender a todos los alumnos. Acompañarlos en todo y poner medidas de apoyo” es compartida por todos los actores consultados. Además de reseñar “la importancia de la participación de la familia en la educación de sus hijos”, como defiende Luis Carbonell de la Confederación Católica de Asociaciones de Padres de Alumnos (Concapa).
Carbonell, no obstante, defiende la reforma propuesta con energía. “Las evaluaciones nos permiten a los padres saber antes si los niños van bien o van mal y poner remedio”. Pero rechaza que la eliminación del título de ESO de los PCPI sea un problema y que tampoco puedan pasar de etapa si no se aprueban las reválidas. “Se interrumpe el proceso, pero siempre pueden volver a presentarse. Pero mientras no apruebes la reválida, no pasas”.
Respecto a la propuesta de la LOCME de “adelantar la elección de las trayectorias que pueden escoger los estudiantes a los 14 y 15 años”, Carbonell afirma: “No me preocupa porque nuestros jóvenes son más maduros que en Europa” y compara la medida con “lo que se hace en Alemania”.
No lo ven así otros jóvenes como Sara, que han pasado lo suyo. “Todos en general pasamos malos momentos. Momentos de locura. Y me arrepentí. Pero todos tenemos derecho a una segunda oportunidad. Si nos la quitan (la posibilidad de obtención del título de ESO) es como si unos fuéramos tontos, y otros buenos”.
El Ministerio de Educación, consciente de que las reformas educativas levantan debates encendidos, precisa que solo “se está trabajando sobre un borrador. No hay conclusiones”, precisan, por tanto: “Esto puede cambiar mucho”.

El último intento

LOGSE (1990). Se crean los Programas de Garantía Social para alumnos a punto de dejar los estudios sin ninguna titulación. Se accede a partir de 16 años. En un curso, se enseñan los rudimentos de un oficio y unos hábitos básicos para la inserción laboral. No hay titulación.
LOE (2006). Los Programas de Cualificación Profesional Inicial (PCPI), de dos cursos, sustituyen a la Garantía Social. Se puede acceder en algunos casos a los 15 años. Aprobando unos módulos voluntarios se consigue el título de ESO. Solo con la parte obligatoria se recibe un certificado de profesionalidad más básico que da el Ministerio de Trabajo. Una reforma de 2011 que no ha llegado a entrar en vigor dice que también da acceso directo a la FP de grado medio sin necesidad de un examen de acceso como hasta entonces.
Proyecto actual. Los PCPI no darán la posibilidad de sacarse la ESO; se vuelve a la idea única de la inserción laboral. Para reengancharse después a la FP habrá que aprobar un examen de acceso.

PRENSA. "La edad de las usurpaciones", por Jesús Ferrero

Jesús Ferrero

   En "El País":

La edad de las usurpaciones

En plena falsificación de identidades, tratar de desbaratar las mentiras que circulan por Internet es una batalla perdida

 23 JUN 2012 

Vivimos en una época en la que se están llevando a cabo usurpaciones de los espacios sociales y las personalidades que invita a pensar.
Pondré para empezar el ejemplo de los cafés. La clase de establecimiento que aún llamamos café fue un invento de los fumadores del siglo XVIII, que se reunían en ellos para tomar café, por supuesto, pero sobre todo para fumar un buen puro o una buena pipa, lejos de las narices a las que ofendía el olor a trópico. Y así continuó siendo durante todo el siglo XIX (Baudelaire y Rimbaud sabían mucho de eso).
Pero ahora los no fumadores han conseguido arrojar a los fumadores de un espacio estrechamente vinculado al tabaquismo desde su origen, instaurando en ellos la prohibición de fumar. Como si prohibiesen bañarse en unas termas o narcotizarse en un fumadero de opio o conducir en una carretera o follar en un prostíbulo o rezar en una iglesia, desvirtuando el fundamento específico del lugar. Amén y sigo.
Las ferias de libros de nuestro tiempo también muestran otra forma de usurpación de lo más pintoresca. Si uno escucha la lista de nombres que expanden los altavoces de la Feria del Libro de Madrid, observa que casi todos son nombres de estrellas mediáticas o de otra naturaleza más o menos espuria, si bien de vez en cuando, y como por casualidad, aparece el nombre de algún escritor. De modo que podemos decir que actualmente la Feria del Libro es sobre todo la feria de los que escriben libros recurriendo a negros, que han colonizado la fiesta de la cultura como entrañables parásitos, usurpando un espacio que no les pertenecía, y en el que capean con más autoridad que Julio César en la Galias cuando dijo aquello de Vini, vidi, vinci.
Otro ejemplo de usurpación de espacio social es el que se está llevando a cabo en las mismas calles. La calle ha sido siempre en Occidente el espacio público por excelencia, y toda revolución y toda involución se han hecho fuertes o débiles sobre todo en las calles: lugares de todos y para todos por los que poder pasear, curiosear, sentarse… Sin embargo es observable como van desapareciendo los bancos de las calles y las plazas. Dicen que lo piden los comerciantes, entre otras corporaciones filantrópicas. Hay que consumir, y colocar bancos confortables en las aceras no incita al consumo. También son enemigos de esos bancos, antes tan numerosos, los dueños de establecimientos con terraza. Si quieres sentarte, paga y consume algo, que las calles ya no son lo que eran. Como detalle arcaico, en algunas calles de Madrid han colocado sillas aisladas, como patos perdidos en un inmenso garaje. Por ejemplo, en la calle Fuencarral han colocado dos o tres sillas, allí, en medio de la riada de transeúntes y la explosión de comercios. Nadie para mucho tiempo en ellas. Los que allí asientan sus posaderas se notan observados como monos de parque zoológico por los peatones que circulan en las dos direcciones y que los ahogan con sus cuerpos y sus alientos y sus pedos. También en Nueva York, en el centro de Times Square, han puesto algunas sillas. La gente aguanta en ellas como mucho cinco minutos. Te rodean por todas partes anuncios luminosos y transeúntes. Es como estar en el centro de un mandala sofocante. Ni puedes leer el periódico ni mantener con nadie una conversación razonable. Así que te largas de allí rápidamente, como quien se libra de un potro de tortura, y hasta entiendes por qué en Nueva York están prácticamente prohibidos los bancos callejeros.

García Márquez tendrá que cargar con la falsa carta que le convertía en un devoto cristiano
En líneas generales, casi todos los espacios sociales están siendo usurpados por las particularidades. Lo particular se impone a lo social ahogando toda posibilidad de reacción colectiva. Los cines eran espacios claramente sociales y asistir a ellos fue, en la edad de oro del cinematógrafo, una ceremonia social de bastante envergadura y que funcionaba como sistema de cohesión al ser generadora de muchos mitos, y los mitos sirven para cohesionar y crear tejido social, entre otras cosas. Ahora el cine se ve en casa, desde la cama o el sofá. Sigue habiendo cine, pero su antiguo espacio social se ha desvanecido. Asombrosamente, ver una película se ha convertido en un asunto individual. La cama y el sofá le han usurpado el cine su espacio social y ceremonial.
A la usurpación de espacios sociales se ha añadido, en los últimos tiempos, la usurpación de personalidades y la falsificación de identidades al por mayor. Una caso muy ilustrativo fue el de de la carta que García Márquez le dirigía a Dios cuando ya veía cercana su hora, y que circuló por Internet como Pedro por su casa. El texto es de una cursilería prácticamente infinita, y en ella vemos a Márquez convertido en un devoto cristiano que le habla con íntima pastosidad a Dios. Era como usurparle a Márquez su personalidad atea y laica. Algunos amigos del colegio que me han salido al encuentro de Facebook han alabado largamente esa carta tan emotiva y entrañable, tan llena de humildad cristiana. Hace tiempo hice algún esfuerzo por desbaratar, al menos ante ellos, esa mentira, pero ya vi que era una batalla perdida. Lo siento por García Márquez, que va a tener que cargar con una cruz que nadie se merece.
Otro buen ejemplo a ese respeto es el de la falsificación de la figura de Roberto Bolaño. En la historia de Bolaño que circula por ahí como un mithos, Bolaño figura como un alcohólico en México y como un heroinómano en Blanes. Fui amigo de Bolaño y puedo asegurar que ni probaba el alcohol ni ninguna otra droga blanda o dura, y los que lo conocieron en México aseguran que apenas si tomaba una cerveza de vez en cuando. Esa es la verdad, por más que se disgusten los amantes de las vidas malditas y peregrinas. Y diré algo más, a pesar de la enfermedad hepática que le seguía los pasos como cien espadas de Damocles con patas, era un hombre tremendamente feliz a ratos y no solo a ratos. En blogs dedicados a su figura, glosan su vida y su obra, y algunos acaban diciendo que, de todas formas, no envidian la vida de Bolaño, tan alcohólico, tan yonqui y tan tirado.
También con Bolaño me planteé desbaratar tantas mentiras, pero en mi última estancia en Nueva York me di cuenta de que se trataba una vez más de una batalla perdida. Allí el mito de Bolaño maltratado por las drogas es más duro que el granito, y está perfectamente asentado. Ya no creo que haya forma de matarlo, porque se puede matar a una persona pero no se puede matar un mito. Y la fábula de Bolaño que más triunfa es la de monje drogadicto y perdido en una oscura calle de Blanes a la que nunca llegaba la luz, como aquella de la canción de Lone Star de mi adolescencia.

El mito de un Roberto Bolaño maltratado por las drogas está más asentado que el granito
Para completar la función, otro espacio que está siendo usurpado, y que atañe paradójicamente a la personalidad y la individualidad, es el de la soledad en sí, donde la individualidad se hace fuerte y la imaginación se torna más musculosa, en parte porque la gente se ha acostumbrado a estar siempre conectada: necesita estarlo. De modo que te encuentras en una cita galante, hablando con un posible candidato a tu cama en un bar, y de pronto empieza a sonar el móvil: intromisión del otro, o de los otros en general, en un espacio antes más cerrado que una campana de cristal: el espacio de la seducción. También puede sonar el móvil en medio de un coito. Probablemente no contestes, pero eso no ha impedido que el otro o los otros interrumpan una ceremonia vinculada a la intimidad más soberana y animal, y más relacionada con los espacios cerrados y las sombras.
Es imposible escribir la historia del presente, si lo hiciéramos, empezaríamos a dudar de nuestra misma existencia. ¿No seremos como fantasmas luchando por distinguirse en medio de una maraña cada vez más densa de espacios usurpados y personalidades modificadas por la ley de la ficción fácil y truculenta? Yo juraría que sí y que ya todos danzamos alegremente en este carnaval que dura todo el año y que es algo así como la imagen de una nueva eternidad: la eternidad de los simulacros.
Jesús Ferrero es escritor.

martes, 4 de septiembre de 2012

POESÍA. "Un rostro en el otoño", de Olga Orozco (Argentina, 1920-1999)

Olga Orozco

Un rostro en el otoño

La mujer del otoño llegaba a mi ventana
sumergiendo su rostro entre las vides,
reclinando sus hombros, sus vegetales hombros, en las nieblas,
buscando inútilmente su pecho resignado a nacer y morir entre dos sueños.

Desde un lejano cielo la aguardaban las lluvias,
aquellas que golpeaban duramente su dulce piel labrada por el duelo de una vieja estación,
sus ojos que nacían desde el llanto
o su pálida boca perdida para siempre, como en una plegaria que inconmovibles dioses acallaran.

Luego estaban los vientos adormeciendo el mundo entre sus manos,
repitiendo en sus mustios cabellos enlazados
la inacabable endecha de las hojas que caen;
y allá, bajo las frías coronas del invierno,
el cálido refugio de la tierra para su soledad, semejante a un presagio,
retornada a su estela como un ala.

Oh, vosotros, los inclementes ángeles del tiempo,
los que habitáis aún la lejanía
-ese olvido demasiado rebelde-;
vosotros, que lleváis a la sombra,
a sus marchitos ídolos, eternos todavía,
mi corazón hostil, abandonado:
no me podréis quitar esta pequeña vida entre dos sueños,
este cuerpo de lianas y de hojas que cae blandamente,
que se muere hacia adentro, como mueren las hierbas.

PRENSA. "La ocupación del lenguaje". VV.AA.

Eva Vázquez ("El País")

   En "El País":

La ocupación del lenguaje

La derecha no solo disfruta de un poder político y económico indiscutible sino que también busca la hegemonía cultural. Para hacerlo, procura desacreditar el progresismo valiéndose muchas veces de su discurso

 /  /  1 SEP 2012 

Actualmente la derecha acapara un inmenso poder político y económico. Pero además de imponer en toda su radicalidad el modelo neoliberal, trata de operar un cambio de mentalidades que lo normalice y con ello ejercer la hegemonía cultural mediante el control de las representaciones colectivas. Este proyecto se sustenta en una campaña sistemática de autolegitimación y descrédito de los argumentos progresistas, en coordinación con la derecha mediática mayoritaria, cuyas estrategias discursivas fundamentales son:
La creación y propagación de conceptos.Propias o prestadas, las nuevas nociones trazan un mapa de la vida pública, sus actores y sus conflictos: competitividad, moderación salarial, dar confianza a los mercados, privilegios (para denominar derechos), copago. Se exponen como verdades incuestionables pero su sentido y alcance nunca se explicitan, pues parecen lograr mayor eficacia práctico-política cuanto menor es su precisión semántica. Por ejemplo, “libertad” asume un significado muy cercano a “seguridad”. El eslogan de la BESCAM en Madrid lo ejemplifica: “Invertir en seguridad garantiza tu libertad”. Como en la “neolengua” de Orwell, las nuevas nociones son a menudo “negroblancos”, inversiones del significado común de los vocablos. El “Plan de Garantía de los Servicios Sociales Básicos” es el programa de recortes del gobierno de Castilla-La Mancha. El “proceso de regularización de activos ocultos” de Montoro es una amnistía fiscal.
Klemperer narra que la población alemana no hizo suyo el lenguaje de los nazis a través de sus tediosas peroratas, sino por medio de expresiones repetidas de modo acrítico en los contextos de la vida cotidiana. Las palabras de los actuales líderes de la derecha no son menos letárgicas. Sus muletillas (“no se puede gastar lo que no se tiene”; la sanidad “gratuita” es insostenible; solo nosotros tenemos “sentido común”) contrarían cualquier prueba de verdad o validez normativa: el capitalismo financiero se basa en el crédito, o sea, en “gastar más de lo que se tiene”; la sanidad pública no es gratuita, sino financiada colectivamente; y es una inversión ideológica y un dislate suponer que cabe sentido común en el hecho de reclamarlo como propio y exclusivo, es decir, como no común. Pero por su simpleza, su fuerte arraigo en la doxa y su apariencia no ideológica, tales expresiones consiguen adhesión.
La usurpación de la terminología del oponente. Nadie es dueño del lenguaje, pero las expresiones se adscriben legítimamente a tradiciones, relatos e identidades políticas determinadas. Al usurpar los términos de la izquierda, la derecha neutraliza y a la vez rentabiliza su sentido contestatario. Esperanza Aguirre afirma que las políticas de los sindicatos “son anticuadas, reaccionarias y antisociales”. Palabras como “cambio” o “reformas”, antes vinculadas a proyectos progresistas, disfrazan ahora contrarreformas. Rajoy dijo en la conmemoración oficial de la Constitución de 1812: “Los gaditanos nos enseñaron que en tiempo de crisis no solo hay que hacer reformas, sino que también hay que tener valentía para hacerlas”. Sustentándose en la reputación de espacios y tiempos institucionales, los actuales recortes se invisten del valor simbólico de reformas históricas.

Los actuales recortes se presentan subrayando su valor simbólico de reformas históricas
La estigmatización de determinados colectivos. Médicos, enseñantes, funcionarios, estudiantes y trabajadores fijos son descalificados. Al disfrutar de supuestos “privilegios”, parecen co-responsables de la situación actual. Desprestigiándolos se puede activar un malestar social basado en el rencor, la envidia y el miedo, y socavar la reputación de lo público para justificar su liquidación. Se alude a los desempleados como beneficiarios de la reforma laboral, pero se les supone holgazanes que deben redimir su inutilidad con labores sociales. Un empresario farmacéutico, Grifols, propone como solución donar sangre: “En épocas de crisis, si pudiéramos tener centros de plasma podríamos pagar 60 euros por semana, que sumados al paro son una forma de vivir”. El parado se convierte así en un desecho cuyo cuerpo puede ser mercantilizado. El siguiente paso podría ser la venta de órganos o de los hijos a los que no se pueda mantener. Los primeros ajustes en la sanidad pública penalizan a un nuevo apestado, el enfermo, lo señalan como causante del déficit, y exigen que (re)pague por su debilidad. Si la estigmatización es el paso previo a la expulsión, como ya ocurre con los sin papeles, otros muchos colectivos podrán ser excluidos.
Un método de argumentación basado en la simpleza y la comprensión inmediata. De nuevo, el “sentido común”, ritornellofavorito de Rajoy, sustenta este procedimiento. Formas de razonamiento y esquemas mentales al alcance de todos hacen posible que las ideas y soluciones impuestas sean aceptadas como conclusiones propias, expresiones de un pragmatismo irrefutable y del interés colectivo. Se apela así a espacios imaginarios de consenso de los que el oponente no puede autoexcluirse: “No es una cuestión de izquierdas o de derechas, sino de sentido común”, afirma Alicia Sánchez-Camacho.
El eufemismo, la atenuación y la exageración, el defender premisas contradictorias, se han normalizado en el repertorio retórico derechista: Rajoy afirma que hará “cualquier cosa que sea necesaria, aunque no me guste y aunque haya dicho que no la iba a hacer”. La reducción de profesores interinos “no se puede plantear en términos de despidos —alega el ministro Wert—, sino de no renovación de contratos”. Beteta generaliza burdamente: los funcionarios “deben olvidarse de tomar el cafelito, deben olvidarse de leer el periódico”.
La construcción de marcos de sentido. La acción del gobierno de Zapatero era tachada de improvisada, mendaz e insensata. Establecido ese marco, cualquier medida gubernamental corroboraba la imputación general y así se lograba una incontrovertibilidad que desconocen las fórmulas dialogantes. En el espacio público se tiene más poder cuando se controla el marco de lo decible y discutible. La derecha es magistral utilizando esta estrategia, pero tras una prolongada degeneración de la vida pública, de la que el PSOE es corresponsable, se ha consolidado una visión consensual indistinta de la lógica del sistema: no hay más que una realidad y ninguna opción para interpretarla.

El parado puede llegar a convertirse en un desecho cuyo cuerpo puede ser mercantilizado
Una táctica de “orquestación”. La reiteración machacona de una consigna (y no de un argumento, como sugiere la equívoca noción de “argumentario”) a varias voces, en momentos y lugares distintos, es habitual: “los interinos han entrado a dedo”, “los sindicatos viven de las subvenciones”, “los profesores trabajan poco”, etcétera. “Lo que digo tres veces es verdad”, afirmaba el Bellman de Lewis Carroll. La derecha saca partido de esa “performatividad” que rige la economía de los enunciados públicos: cuando un comportamiento es reiteradamente reputado de normal, se tiende a normalizarlo; o a estigmatizarlo, si se le ha tildado repetidamente de anómalo.
La fijación de estos mecanismos gracias al poder amplificador de los media. Los medios funcionan como laboratorios discursivos que difunden las nuevas expresiones y consignas, y los asesores preparan declaraciones inmediatamente traducibles a un titular. Inversamente proporcional al impacto de estos mensajes resulta la capacidad de contestarlos: los análisis críticos se disuelven en un aluvión de artículos, columnas y editoriales que logran una difusión e influencia mucho menor.
La moralización del discurso público. La política contemporánea se desvía hacia un registro moral, explica Rancière. Pero el moralismo de la derecha desconoce las razones del otro: bueno o malo, normal o aberrante, son calificativos atribuidos de modo categórico y sin margen de discusión, apropiándose la universalidad de la noción en disputa, como señala Zizek. Las “personas normales, sensatas…, españoles de bien” a que apela Rajoy son indudablemente de derechas. Cuando encubre su integrismo moral la derecha incurre en la paradoja política: Ruiz Gallardón pretende asumir la defensa de los derechos de las mujeres y la lucha contra la “violencia estructural” que padecen con una contrarreforma de la ley de aborto limitadora de derechos y que refuerza la violencia legal.
Muchos ciudadanos nos sentimos justamente indignados por lo “descarado” de estos procedimientos. Y quizá sea en esa desfachatez, pérdida del rostro, donde podría cifrarse tanto su fragilidad como la inquietante capacidad de contagio de sus postulados.
Gonzalo Abril (UCM), Mª José Sánchez Leyva (URJC) y Rafael R. Tranche (UCM).

PRENSA. Viñeta de Forges


   En "El País" (29 agosto 2012):

PRENSA CULTURAL. "Cuéntame qué cuento leer"

Dos grandes cuentistas en español: Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, vistos por Eulogia Merle ("El País")

   En "El País":

Cuéntame qué cuento leer

Seis grandes cuentistas hispanohablantes dan pistas sobre el género

Merino, Fernández Cubas, Shua, Peri Ross, Hidalgo Bayali y Marsé

Eligen autores que van desde los clásicos a los emergentes, del español a cualquier idioma.

 Madrid 26 JUN 2012 

"El cuento es una iluminación: o lo ves o no lo ves", aseguraba José María Merino en una reciente entrevista con este periódico. Para arrojar luz que aclare el camino de los lectores en su elección entre los numerosos autores, títulos, estilos y épocas por los que discurre el género, el escritor y académico, junto a otros cinco grandes nombres del cuento en español, habla aquí de sus clásicos favoritos y sus más recientes descubrimientos.
Para Merino, que acaba de publicar la antología de cuentos La realidad quebradiza (Páginas de Espuma), La corista, del maestro ruso Anton Chéjov compone un ejemplo paradigmático del género. “Un cuento que parece muy claro, pero en el que, por muchas veces que lo leamos, siempre quedan aspectos no desvelados por el autor que despiertan nuestro desasosiego”. Entre los creadores contemporáneos en español, el escritor destaca la obra de Guillermo Busutil: “Acabo de leer su libro Vidas prometidas (Tropo editores). Se trata de un ciclo de cuentos con personajes contemporáneos, palpables, en un escenario que es a la vez realista y simbólico, con una atmósfera muy conseguida y con historias inquietantes por su aparente cotidianidad, donde la síntesis nunca excluye el detalle significativo”. De lo último que ha caído en sus manos, una antología ha capturado su atención: Los nuevos nombres del cuento español (Menoscuarto, 2010). “Yo creo que es muy ilustrativa de la situación estimable del cuento español actual, con nombres como los de Oscar Esquivias, Patricia Esteban Erlés, Manuel Moyano, Ángel Olgoso...y muchos más”.
La uruguaya Cristina Peri Rossi, autora de títulos como Habitaciones privadas (Menoscuarto), traza una línea divisoria con Edgar Allan Poe, quien, en su ensayo de 1846 La filosofía de la composición estableció un decálogo del buen cuentista, además de marcar una analogía entre la poesía y el cuento basada en la economía de la escritura. “Antes de Poe se creía que el cuento era una novela abreviada, y él habla de una unidad de efecto por la que el cuento ha de tender a la sorpresa. Él cambió la concepción del cuento”, asegura. De los EE UU natales de Poe, el nuevo cuento pasó a principios del siglo XX a Latinoamérica a través de los periódicos, que reservaban espacio para la publicación de relatos. “En Argentina destaca Roberto Artl”, señala. En España, explica la autora, el franquismo puso freno al género, dejando el país “anquilosado” hasta hace pocos años: “Ahora el microrrelato está de moda, pero en Argentina y Uruguay ya lo estuvo hace 40 años”. Entre los nombres reconocidos, subraya los del mexicano Juan José Arreola (“Su libro Confabulario es una combinación de Kafka con Papini, con puntos de contacto con Borges”) y del estadounidense William Saroyan (“Influyó mucho en Juan Carlos Onetti”). De la escena emergente, se queda con la obra de la también estadounidense Lydia Davis: “Es la mejor cuentista del mundo. Un portento de lucidez y crueldad psicológica”.
“Poe, Maupassant, Kafka, Borges, Cortázar... ¿Cómo elegir? Y, sobre todo, ¿por qué elegir, si puedo tenerlos todos?”, responde Ana María Shua a la pregunta sobre su clásico básico. Prolífica autora de cuentos y microrrelatos, con títulos como la colección Que tengas una vida interesante (Emecé), la escritora argentina acaba de cruzarse con la obra de tres autores que, en breve tiempo, han sido capaces de imprimir una huella en su memoria: “Edgar Keret, el israelí loco que inventó otra manera de contar; Alice Munro, una vieja canadiense que se cree que un cuento se puede contar como si fuera una novela, ¡y lo consigue!, y Eloy Tizón, el cuentista español que toma al lector de sorpresa y lo derriba en cada párrafo”. Entre los jóvenes talentos que despuntan en lengua castellana, señala dos nombres: “En España, Isabel González, sin duda, con su libro Casi tan salvaje, escrito a estocadas salvajes sin el casi. En Argentina (pero publicada también en España), Samanta Schweblin, una genio, no se la pierdan, nieta literaria de Dino Buzzati. Con menos de 35 años, las dos ya son más que promesas”.
A Cristina Fernández Cubas, cuya producción se centra fundamentalmente en el cuento y el relato, la cuestión de los descubrimientos recientes le pilla con la memoria fresca. “Hace solo dos días he acabado de leer Al este de occidente, del búlgaro Miroslav Penkov”, cuenta la autora de, entre otros títulos, Parientes pobres del diablo (Tusquets). “Y hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien”. ¿Los imprescindibles de toda la vida?: Maupassant, Poe, y en español, Emilia Pardo Bazán.
Solo en el caso de verse en la tesitura de tener que elegir –que es el caso- Gonzalo Hidalgo Bayal se decantaría, entre los abundantes títulos en español, por Vidas sombrías de Pío Baroja y Los caballos azules de Ricardo Menéndez Salmón. “Los relatos de Vidas sombrías son a un tiempo tradicionales y de autor, barojianos (valga la redundancia), es decir, contienen por lo general un episodio que se justifica en sí mismo y merece por ello ser contado, por muy tenue que sea en algunos casos la trama, y, además, se ve tras ellos la mano o el sello de Baroja. Muestran, en suma, a un escritor joven (el libro es de 1900) intentando hacerse, a su primera manera, con una tradición narrativa. Los relatos de Los caballos azules, por su parte, tienen varios de los ingredientes que más me atraen en los libros de narrativa breve: tramas perfectas, hondura intelectual y exigencia estilística, algo, por lo demás, evidente en todas las invenciones de Ricardo Menéndez Salmón, sean breves o de extensión media”. En otros idiomas, y dejando de lado a los “obvios” –“Maupassant, Chéjov, Cheever, Carver, Munro, etc…”- un libro al que el autor de Conversación (Tusquets) regresa de cuando en cuando es Centuria, de Giorgio Manganelli. “También por alguna de las razones que apuntaba antes: la exploración ejemplar de los recursos, la eficacia estilística y cierta reflexión intelectual, para mi gusto, envidiable”.
Al cuentista, novelista y Premio Cervantes Juan Marsé, de entre los clásicos le atrae, sobre todo, John Cheever. ¿El cuento que le parece más reseñable? El sueño realizado, extraído de Cuentos Completos(Alfaguara), de Juan Carlos Onetti, un libro que comparte título con su más grato hallazgo en los últimos tiempos, una obra del estadounidense Bernard Malamud publicada por El Aleph.

lunes, 3 de septiembre de 2012

POESÍA. "Con esta boca, en este mundo...", de Olga Orozco (Argentina, 1920-1999)

Olga Orozco

Con esta boca, en este mundo...

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta  dura nieve
donde solo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo con la lengua cortada.

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?

PRENSA. Viñeta de Forges

   En "El País" (31 agosto 2012):

PRENSA. OBITUARIO. "Carlo María Martini, la voz del diálogo en la Iglesia", por Lucia Magi. LECTURA. Fragmentos de "¿En qué creen los que no creen?", diálogo epistolar entre Carlo Maria Martini y Umberto Eco

   En "El País":


Carlo Maria Martini, de rojo cardenalicio, durante un acto religioso en 2004. / REUTERS ("El País")
“He llegado al tiempo en el cual la edad y la enfermedad me envían una clara señal de que es hora de apartarse de las cosas de la Tierra para prepararme a la próxima llegada del Reino. Prometo mis oraciones para todas vuestras preguntas irresueltas. Pueda Jesús responder a los interrogantes más profundos en el corazón de cada uno de vosotros”. Hablaba así, abierto y paternal, el cardenal Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán durante dos décadas, muerto ayer de Parkinson con 85 años. Con estas frases, el 24 de junio, se despedía de los lectores del Corriere della Sera, desde cuyas columnas cada domingo contestaba a sus cartas llenas de observaciones y dilemas éticos y de fe. Lo hizo durante tres años, y hasta que tuvo fuerzas, con palabras humanas y sencillas. Culto, exégeta del Antiguo Testamento, autor de numerosos libros, traducciones y escritos, supo hablar a las personas, católicas y no, visitaba habitualmente las cárceles y, a pesar de que a menudo no llevara el gorro purpúreo, conquistó una autoridad tal que cuando, en 1984, las Brigadas Rojas quisieron reanudar el diálogo con el Estado, fueron a entregar las armas en su curia.
 Italia acogió conmovida la noticia del fallecimiento de una de las voces más valientes y rompedoras en el seno de la Iglesia contemporánea. Una voz que siempre se levó para fomentar el diálogo entre las religiones, la judía y la musulmana, justo en la ciudad clave de la retórica xenófoba de la Liga Norte. Las campanas de su antigua Diócesis sonaron al unísono para anunciar su fallecimiento y el lunes, día del funeral en el Duomo, será luto ciudadano.
Martini se retiró en su vida íntima para prepararse ante la muerte, y cuando estaba cerca, la eligió digna y natural: “Rechazó cualquier encarnizamiento terapéutico y se mantuvo lúcido hasta el último momento”, contó su neurólogo. “Tras una última crisis, en agosto, no podía engullir. Pero rehusó la alimentación forzada con tubitos y sondas gastrointestinales”, contó el doctor.
Martini nació en Turín en 1927, con 17 años entró en la Compañía del Jesús para estudiar Filosofía y Teología. Fue ordenado sacerdote en 1952. Paolo VI le nombró Rector de la Pontificia universidad Gregoriana. Giovanni Paolo II, lo destinó a guiar la diócesis de Milán y el día de Reyes de 1980, en San Pedro, le ordenó obispo. En febrero, Martini toma las riendas de su Diócesis. Enseguida puso en marcha una serie de meditaciones —la Escuela de la palabra— sobre la Biblia que conducía en público en la catedral, con el objetivo de acercar las Escrituras a las personas. La iniciativa tuvo mucho éxito y resonancia. En 1983, Woytila le hizo cardenal. Tres años más tarde, en Varsovia, fue elegido presidente del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas. Luego, lanzaría la cátedra de los no creyentes: ciclos de charlas donde dialogaba con laicos del mundo de la cultura, la política y las instituciones: “Cada uno guarda en sí a un creyente y a un no creyente que se interrogan recíprocamente”, dijo en la primera cita. Martini recibió en 2000 el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.
En abril de 2002 obtuvo de Juan Pablo II el permiso de jubilarse, a pesar de que el Pontífice le invitara a quedarse un tiempo más. Su deseo era irse a Jerusalén para profundizar en sus estudios bíblicos. Y se fue. En 2005 iría a Roma para elegir en la silla de San Pedro a Joseph Ratzinger, el actual papa Benedicto XVI. En aquellos días de Concilio, algunos observadores especulaban que el mismo Martini fuera uno de los posibles sucesores de Woityla. No fue así. Volvió a Italia en 2008, ya anciano y bastante afectado por la enfermedad. Se retiró en una residencia de jesuitas a las afueras de Milán, donde pasó los últimos años estudiando, dando charlas y escribiendo.
Hace pocos meses salió Creer y conocer, fruto de una conversación con el exponente del Partido Democrático (centro izquierdas) Ignazio Marino. Un último libro que encendió el debate en Italia. En esas páginas, suerte de testamento ético, Martini encara con la valentía y humanidad que le caracterizaban los temas más espinosos que parecen contraponer la Iglesia a la sociedad contemporánea: el aborto y el principio de la vida; la fecundación asistida y la donación de los embriones; el uso del preservativo y la homosexualidad; la eutanasia. “Nunca, en él, el dogma venció sobre la vida real —comentó el teólogo Vito Mancuso—. Nunca la letra mató al espíritu. Martini fue uno de los ejemplos más límpidos del catolicismo liberal y no dogmático”.

En la BIBLIOTECA se encuentra un ejemplar del libro "¿En qué creen los que no creen? Un diálogo sobre la ética en el fin del mundo".
El diálogo epistolar entre el cardenal Carlo Maria Martini y Umberto Eco dio comienzo en el primer número de la revista Liberal —aparecido el 22 de marzo de 1995— y prosiguió con ritmo trimestral. Las ocho cartas de este epistolario público —intercambiadas y contestadas con admirable puntualidad por los dos corresponsales— aparecen aquí con la fecha de su redacción efectiva. 
   Este es un fragmento de la primera carta de Umberto Eco:
Querido Carlo María Martini:
   Confío en que no me considere irrespetuoso si me dirijo a usted llamándole por su nombre y apellidos, y sin referencia a los hábitos que viste. Entiéndalo como un acto de homenaje y de prudencia. De homenaje, porque siempre me ha llamado la atención el modo en el que los franceses, cuando entrevistan a un escritor, a un artista o a una personalidad política, evitan usar apelativos reductivos, como profesor, eminencia o ministro, a diferencia de lo que hacemos en Italia. Hay personas cuyo capital intelectual les viene dado por el nombre con el que firman las propias ideas. De este modo, cuando los franceses se dirigen a alguien cuyo mayor título es el propio nombre, lo hacen así: «Dites-moi—, Jacques Ma-ritain», «dites-moi, Claude Lévi-Strauss». Es el reconocimiento de una autoridad que seguiría siendo tal aunque el sujeto no hubiera llegado a embajador o a académico de Francia. Si yo tuviera que dirigirme a San Agustín (y confío en que tampoco esta vez me considere irreverente por exceso) no le llamaría «Señor obispo de Hipona» (porque otros después de él han sido obispos de esa ciudad), sino «Agustín de Tagasta».
   Acto de prudencia, he dicho además. Efectivamente, podría resultar embarazoso lo que esta revista ha requerido a ambos, es decir un intercambio de opiniones entre un laico y un cardenal. Podría parecer como si el laico quisiera conducir al cardenal a expresar sus opiniones en cuanto a príncipe de la Iglesia y pastor de almas, lo que supondría una cierta violencia, tanto para quien es interpelado como para quien escucha. Es mejor que el diálogo se presente como lo que es en la intención de la revista que nos ha convocado: un intercambio de reflexiones entre hombres libres. Por otra parte, al dirigirme a usted de esta forma, pretendo subrayar el hecho de su consideración como maestro de vida intelectual y moral incluso por parte de aquellos lectores que no se sienten vinculados a otro magisterio que no sea el de la recta razón.
   Superados los problemas de etiqueta, nos quedan los de ética, porque considero que es principalmente de estos de los que debería ocuparse cualquier clase de diálogo que pretenda hallar algunos puntos comunes entre el mundo católico y el laico (por eso no me parecería realista abrir en estas páginas un debate sobre el Filioque). Pero a este respecto, habiéndome tocado realizar el primer movimiento (que resulta siempre el más embarazoso), tampoco me parece que debamos adentrarnos en una cuestión de rabiosa actualidad, sobre la que quizá surgirían de inmediato posiciones excesivamente divergentes. Lo mejor, pues, es alzar la mirada y plantear un argumento de discusión que, aun siendo en efecto de actualidad, hunde sus raíces lo suficientemente lejos y ha sido causa de fascinación, temor y esperanza para todos los componentes de la familia humana en el curso de los dos últimos milenios.
   Acabo de pronunciar la palabra clave. En efecto, nos estamos acercando al final del segundo milenio, y espero que sea todavía «políticamente correcto», en Europa, contar los años que cuentan partiendo de un evento que tan profundamente —y estarán de acuerdo incluso los fieles de cualquier otra religión o de ninguna— ha influido en la historia de nuestro planeta. La cercanía de esta fecha no puede dejar de evocar una imagen que ha dominado el pensamiento durante veinte siglos: el Apocalipsis.
   La vulgata histórica nos dice que en los años finales del primer milenio se vivió obsesionado por la idea del fin de los tiempos. Es verdad que hace mucho que los historiadores descartaron como legendarios los tan cacareados «terrores del Año Mil», la visión de multitudes gimoteantes aguardando un alba que no habría de llegar, pero al mismo tiempo establecieron que la idea del final había precedido en algunos siglos a aquel día fatal y, lo que es aún más curioso, que lo había sobrevivido. De ahí tomaron forma los varios milenarismos del segundo milenio, que no fueron únicamente movimientos religiosos, por ortodoxos o heréticos que fueran, porque hoy en día se tiende a clasificar también como formas de milenarismo a muchos movimientos políticos y sociales, y de matriz laica e incluso atea, que pretendían acelerar violentamente el fin de los tiempos, no para construir la Ciudad de Dios, sino una nueva Ciudad Terrena.
   Este es el principio de la respuesta de Carlo Maria Martini:
Querido Umberto Eco:
   Estoy plenamente de acuerdo en que se dirija usted a mí utilizando mi nombre y apellido, y por ello yo haré lo mismo con usted. El Evangelio no es demasiado benévolo con los títulos («Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "Rabbí"... ni llaméis a nadie "Padre" vuestro en la tierra... ni tampoco os dejéis llamar "maestro"», Mateo 23, 8-10). Así resulta, por otra parte, más claro, como usted dice, que éste es un intercambio de reflexiones realizado entre nosotros con libertad, sin corsés ni implicaciones de cargo alguno. Espero, en todo caso, que se trate de un intercambio fructífero, porque me parece importante poner de relieve con franqueza nuestras preocupaciones comunes y buscar la manera de aclarar nuestras diferencias, sacando a la luz lo que verdaderamente es diferente entre nosotros.
   Estoy asimismo de acuerdo en alzar la mirada en este primer diálogo nuestro.
   Entre los problemas que más nos preocupan se cuentan sin duda los relacionados con la ética. Pero los acontecimientos diarios que más impresionan a la opinión pública (me refiero en particular a los que afectan a la bioética) son, a menudo, eventos «fronterizos», ante los que se impone, en primer lugar, comprender de qué se trata desde el punto de vista científico antes de precipitarse a emitir juicios morales que sean fácilmente causa de polémica. Lo importante es determinar antes que nada los grandes horizontes entre cuyos límites se forman nuestros juicios. Y sólo a partir de ellos podremos discernir también los porqués de las valoraciones prácticas en conflicto.





PRENSA CULTURAL. "Un lugar donde vivir", por Gustavo Martín Garzo

Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

Un lugar donde vivir

El tiempo de la lectura es el tiempo intenso de la ‘kairós’ griega, con sus momentos irrepetibles y sus epifanías.

 1 JUL 2012

“¿En qué libro te gustaría vivir?”, tal es la pregunta que, a través de Winston Manrique, este periódico ha hecho a un grupo de escritores durante la Feria de Libro de Madrid. Es una pregunta compleja, pues suele ocurrir que los libros que más nos gustan no sean demasiado aconsejables para vivir en ellos. Los dolorosos cuentos de Katherine Mansfield, las inquietantes parábolas de Franz Kafka, las oscuras historias de William Faulkner, son algunos de los textos indiscutibles de la literatura reciente y sin embargo ¿por qué habríamos de elegirlos para vivir en sus páginas si en ellos sólo hay tristeza, angustia y dolor? Augusto Monterroso recogió en su Antología del cuento triste una selección de los cuentos más tristes de la literatura occidental del pasado siglo. Y para justificarse escribió en su prólogo: “Si es verdad que un buen cuento se concentra toda la vida y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste”.
No hay un personaje femenino más cautivador que Fortunata, pero ¿querríamos enamorarnos como ella de un patán como Juan de Santa Cruz? Es imposible no adorar a Colometa, la protagonista de La plaza del diamante, pero su testimonio habla de un tiempo tan lleno de injusticias que nadie en sus cabales querría vivir en él para estar a su lado. En El esclavo, la novela de Singer, se nos cuenta una de las más bellas historias de amor que se han escrito nunca, sin embargo sus protagonistas, Wanda y Jacob, no hacen sino sufrir en un entorno dominado por la violencia social, las supersticiones y la rígidas reglas religiosas, y aunque envidiamos su pasión inagotable nos espanta la magnitud de su pena. La obra de Carson McCuller nos dice que no hay salvación en el amor; y es mejor no enamorarse de las leves y encantadoras muchachas de Scott Fitzgerald porque suelen terminar como esas mariposas que se queman las alas en los farolillos de las fiestas del verano. Y qué decir de Billy Bud, el marinero protagonista de la novela de Herman Melville, o de Catherine y Heathcliff, los amantes de Cumbres borrascosas. ¿De verdad querríamos parecernos a ellos? Nos gustan las historias tristes, porque nos permiten conjurar nuestros propios temores y realizar a través suyo lo que tal vez en nuestra propia vida no nos atrevimos a hacer, pero algo muy distinto es querer que nos pasen a nosotros.
Charles Dickens escribió un cuento en que un fantasma elegía invariablemente para volver al mundo los lugares en los que fue desgraciado. Sus apariciones solían ser terroríficas, pues estaba cargado de antiguo odio, hasta que alguien sensato se lo recriminó. Su argumento no pudo ser ni más delicado ni más concluyente. “Puesto que puedes regresar de la muerte, ¿por que no lo haces a los lugares y a los instantes en que fuiste feliz, en vez de hacerlo a aquellos en que fuiste maltratado?”

Cuando leemos elegimos visitar ese bosque donde todo puede suceder
¿Por eso nos gustan los libros tristes: porque nos permiten volver a los lugares en que fuimos desgraciados? La desdicha es mucho más literaria que la felicidad. Basta recordar el famoso dictamen de Tolstoi, en el arranque de Anna Karénina: “Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. No es cierto sin embargo que los libros hablen solo de esa desgracia que es vivir. Por ejemplo, Las Mil y una noches o las gozosas comedias de Shakespeare o de Lope de Vega no lo hacen. Es la ventaja de las comedias, donde nada es irreparable y hasta las mayores desgracias contienen el germen de nuevos e imprevistos comienzos.
Las mil y una noches es un libro lleno de historias oscuras y terribles, pero también de encuentros sorprendentes e inesperadas maravillas. Un libro en que los relatos se suceden sin solución de continuidad, y en que la desgracia que nos espera en uno de ellos a menudo se transforma en el umbral que nos lleva a la felicidad del siguiente. El lector pasa de unos a otros como esos peces que en los ríos van de los rápidos a los remansos, o de la fría profundidad de las grutas a la tibia superficie del agua. Es lo que nos pasa con el mundo de los libros, cada uno nos lleva a un lugar nuevo. Alistair Macleod lo hace a esos mares helados del Canadá donde un caballo o un perro pueden robarte el corazón; Flannery O’Connor a las calles donde deliran sus santos oscuros; Alice Munro, a ese mundo cotidiano donde un recuerdo inesperado puede iluminar o arruinar la vida; Truman Capote, a esos pisos solitarios donde la desgracia suele arruinar la vida de los que han recibido un don.
El mundo de la literatura se parece al bosque de Sueño de una noche de verano, la comedia de Shakespeare. Chesterton afirma que es la obra maestra del autor inglés, la más audaz y alegre, la más perturbadora y honda. En ella, dos parejas de jóvenes se esconden en el bosque para vivir sus amores. Es una noche de verano y el bosque se puebla de hadas y duendes que deciden jugar con ellos cuando se quedan dormidos. Un duende, Puck, pone en sus párpados el jugo de una flor mágica, que hace que se enamoren de la primera persona que ven al despertarse. Y el azar hace que se fijen en aquel o aquella que no les corresponde, dando lugar a todo tipo de malentendidos. La locura alcanza a la reina de las hadas, que se enamora de un cómico que lleva una cabeza de un burro. Pero todo se resuelve al final y cada uno encuentra la pareja que merece, y en el mundo vuelve a reinar la armonía de los amores correspondidos.
La obra de Shakespeare nos enseña que no debemos mantener separados el mundo real del de la fantasía. La realidad necesita de la fantasía para volverse deseable; la fantasía de lo real para poderse compartir con los demás. El bosque hechizado bien podría confundirse con el mundo de los libros. Cuando leemos elegimos visitar ese bosque donde todo puede suceder. En él nos esperan los senderos misteriosos, las llamadas del deseo, las metamorfosis, las sabias mentiras del amor. Esa vida dormida que hay en cada uno de nosotros y que solo el hechizo de la literatura, como la flor mágica del duende Puck, puede despertar. El tiempo de la lectura es el tiempo intenso de la kairós griega, con sus momentos irrepetibles y sus epifanías.

La obra de Shakespeare nos enseña que no debemos mantener separados el mundo real del de la fantasía
Ingman Bergman hizo una divertida película inspirada en la comedia de Shakespeare. En ella, varias parejas se reúnen en una casa de campo, y bajo el embrujo de la noche intercambian sus palabras, sus anhelos y sus engaños. En una de las escenas, un personaje dice que el amor es un malabarista capaz de mantener tres pelotas en el aire. Una de esas pelotas es el cuerpo; otra, las palabras: y la tercera, el corazón. Al leer somos ese malabarista, y así nuestro cuerpo encendido por el deseo, las palabras que lo pueblan de sueños y el corazón que niega la muerte permanecen milagrosamente suspendidos en el aire mientras el libro está en nuestras manos. Y ese milagro nos llena de felicidad, aunque se trate de un libro lleno de desdichas.
Gustavo Martín Garzo es escritor.