martes, 26 de abril de 2016

POESÍA. "Buenas noches, tristeza". Ángeles Mora (Rute, Córdoba, 1952). Premio de la Crítica


Buenas noches, tristeza

La vida siempre acaba mal.
Siempre promete más de lo que da
y no devuelve
                         nunca el furor,
el entusiasmo que pusimos
al apostar por ella.
Es como si cobrase en oro fino
la calderilla que te ofrece
y sus deudas pendientes
-hoy por hoy-
pueden llenar mi corazón de plomo.

No sé por qué agradezco todavía
el beso frío de la calle
esta noche de invierno,
mientras que me reclaman,
parpadeando,
sus ojos como luces de algún puerto.
Por qué espero el calor que se fue tantas veces,
el deseo
por encima de todas las heridas.

Pero acaso me calma una tibia tristeza
que ya no me apetece combatir.

Todo sucede lejos o se apaga
como los pasos que no doy.

La vida siempre acaba mal.
Y bien mirado:
¿puede terminar bien lo que termina?

Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (12 abril 2016):
El Roto

LITERATURA. ENTREVISTA. "Limpiando el 'Quijote'"

   En "infolibre.es":

Limpiando el ‘Quijote’

  • Emilio Pascual es responsable, junto a Pollux Hernúñez, de la edición de las aventuras del hidalgo en el sello Reino de Cordelia
  • Su versión apuesta por un texto fiel al original, desbrozado de errores arrastrados durante siglos, para que nada se interponga entre el lector y Cervantes
  • Publicada 22/04/2016


Ilustración para el 'Quijote' editado por Reino de Cordelia.  MIGUEL ÁNGEL MARTíN

IluIlustración para el "Quijote" editado por Reino de Cordelia. MIGUEL ÁNGEL MARTÍN


A Emilio Pascual el Quijote le cambió la vida. El niño de nueve años que fue se topó un día con una edición adaptada. El recuerdo es tan fuerte que aún recuerda las ilustraciones del volumen. Ese fue seguramente el germen de su amor por la literatura. Y, de forma más concreta, de su amor por Cervantes. 

Su nombre está asociado al del príncipe de los ingenios a través de libros (como La última dedicatoria a Cervantes), conferencias (el centenario le tiene pluriempleado, de una a otra), o incluso la radio, adonde ha llevado la lectura en directo del Quijote (en El ojo crítico de Radio Nacional). Hasta que su amor por el hidalgo y su creador le ha arrastrado, inevitablemente, hasta el final: la edición. 

Junto a Pollux Hernúñez, se ha hecho cargo de los dos volúmenes publicados por Reino de Cordelia, con ilustraciones de Miguel Ángel Martín. Ambos tenían un propósito, además de aspectos más académicos, como la división del texto en versículos para facilitar la localización de citas, o recuperar la b con las que Cervantes escribía su apellido: que el lector disfrutara de la novela en sí, sin adulteraciones, pero sin verse sepultados o disuadidos por un millar de notas al pie. Su empeño es un eslabón más en la larga cadena de editores delQuijote que se dan el relevo (y la bronca) desde hace más de 400 años. 

Pregunta. ¿Cuáles eran las principales dificultades a la hora de preparar una nueva edición del Quijote?

Respuesta. Las que se han encontrado todos los editores. Cuando se dice que el Quijote es muy difícil, no es porque lo sea en sí, sino porque es un texto del siglo XVII, y no hay más que ver una edición de esa época para ver cómo eran. Sin puntos y aparte más que a final de capítulo, con la tipografía de la época, con una ortografía que no existe, que es potestad de los propios editores… Eso es con lo que se encuentra cualquier editor que parta de una edición prínceps. Todo el mundo que edita hoy el Quijote sabe que eso es el a, b, c, y que es una tarea que sustancialmente ya está hecha. 

Nosotros hemos hecho esta edición consultando las siete primeras ediciones, las cuatro de la primera parte y las tres de la segunda, y otras 15 posteriores, las que han ido poniendo un hito en la edición del Quijote. 

P. Mirando estas ediciones, ¿cuáles eran las carencias que detectaban?

R. No son carencias textuales, sino una cuestión de forma. Teniendo en cuenta que, sobre todo la primera parte tiene capítulos larguísimos, es muy difícil encontrar una cita de una línea, y decidimos que había que dar un tratamiento de localización similar al de la Biblia o la Divina comedia. AunqueEusebio Aranda ya propuso versicular el Quijote, nadie lo había hecho aún. Así podemos encontrar citas que se citan mucho, como aquel: “No es un hombre más que otro si no hace más que otro”. 

En cuanto a la parte textual, había que revisar unas cuantas lecturas. Por extraño que parezca, hasta 2005 todavía existía una palabra como lercha: “Oh, malaventurados encantadores, quién os viera a todos ensartados por las agallas como sardinas en lerchas”. Pollux Hernúñez resolvió entonces que eso era un hápax, una palabra que no existe más que una sola vez en toda la historia de la literatura. ¿Qué significa eso? Que hace sospechar que es una errata. Este hápax, lercha, fue resuelto en beneficio depercha. Todavía queda alguna otra, como pantalia, a la que se le había dado la acepción de pantalla, que era difícil de aceptar. Aquí, después de mucha investigación, hemos propuesto fantasía.

P. Es un problema, entonces, común a todas las ediciones. 

R. Cualquier editor de la época se daba cuenta de que el Quijote tenía muchas, muchísimas erratas. Los editores posteriores también vieron que había que limpiarlo, había que corregirlo. A finales del siglo XVIII, Pellicer ya descubrió que aquella palabra,lercha, no podía ser. Pero Clemencín, primer comentarista del Quijote, dijo: “¡Eso es imposible!”. Y ahí empezó la idolatría por la primera edición del Quijote. Hasta el punto de que llegó un momento, sobre todo a mediados del siglo XX, se intentó justificar lo injustificable. Hasta los errores más flagrantes se han editado porque estaba en la prínceps. Era idolatría pura. Hasta que llegó la edición de Francisco Rico, que dice: “Vamos a ver, este es un texto cualquiera, como todos los que se editaban en la época”. Y ahí empieza esa labor de intentar subsanar esos errores.

P. Hay autores que critican que el Quijote ha sido raptado por la Academia, que se ha convertido, más que en una novela de la que disfrutar, un objeto literario, de estudio. En su edición han optado por no abundar en las notas explicativas. 


R. El texto del Quijote, contra todo lo que se está diciendo por ahí, es un texto sencillo. El propio Cervantes, que sabía ponerse retórico cuando quería, en el Quijote adopta la narración oral. Aquello que decía Juan de Valdés: “Escribo como hablo”. Hasta el punto de que hay construcciones sintácticas que un escritor no habría dejado si se hubiera fijado. Al principio del capítulo VI, dice: “Pidió el cura las llaves a la sobrina del aposento”. Todos lo entendemos, pero si lo analizas, ves que no es correcto. Cervantes hacía una literatura nada alambicada. Nada que ver con Góngora, que sí había que traducirlo. 

En este Quijote, lo que hemos hecho es poner a pie de página un sinónimo de diccionario, para entendernos, de algunas palabras que no es que sean difíciles, sino que han caído en desuso por el cambio brutal que ha sufrido la sociedad. Nos hemos distanciado enormemente del paisaje rural de don Quijote y Sancho. Y también con algunas fórmulas, como el puesto que por aunque. 

P. Decía que el Quijote es un texto sencillo. Pero hemos visto en estos años diversas ediciones que versionan o adaptan el texto. ¿Qué piensa de esta apuesta?

R. Andrés Trapiello ha elevado al texto las notas que estaban a pie de página. Y con algunas curiosidades. “Salpicón las más noches”, por ejemplo. Traducción: “Ropavieja la mayoría de las veces”. Yo la palabra ropavieja no la conocí hasta que no tenía más de 30 años. Entiendo que ciertas frases de época se cambien. Pero si nos ponemos a traducir el vocabulario, diré que es bastante más difícil Tirano banderas, que lo tenemos a la vuelta de la esquina, que el Quijote. 

Es cierto que la argumentación será: “Si fuese tan sencillo no habría que ponerle 4.000 notas”. Yo creo que es un exceso: como todo el mundo lo ha anotado ya, hay que decir lo que es salpicón o lo que es palomino. Porque hay otra traducción, de De Paula, que cambia palomino por pollo de paloma. Si palomino no se entiende, y pollo de paloma es más difícil, ¿para qué? El que quiere leer el Quijote, lo entiende perfectamente. Y el que no quiere leerlo, no lo leerá. 

P. Solo 2 de cada 10 españoles han leído el Quijote completo. ¿Por qué parece antipático para la mayoría de los lectores?

R. La dificultad de leer el Quijote no es un motivo, es una excusa. Yo recuerdo haber leído con 9 años un Quijote escolar, reducido. No me pasó nada, y no soy más listo que los demás. Luego está el que te guste o no, el que quieras o no. Pero alguien, siendo incluso licenciado, que diga que no ha leído el Quijote porque le parece difícil, pero que con la versión sí ha podido… Hay un proverbio en Las mil y unas noches que dice: “No eches las culpas a las flores si estás acatarrado”. Aunque no estoy en contra de nada, con tal de que el Quijote se difunda. 

P. ¿Cómo se puede recuperar para esos lectores que se han perdido?


R. Hay lecturas que están totalmente institucionalizadas en sus países, como La divina comedia o Fausto, que son infinitamente más difíciles. No se le puede echar la culpa al libro, si el libro se enseña mal. Sé que hay profesorado que echa los libros a los niños como los huesos a los perros. Sé perfectamente que el Quijote no se escribió para niños. Pero sé que hay versiones, y sé que yo lo leí de niño y estoy aquí, y al Quijote le debo la mayor parte de lo que soy. Que alguien me diga “Yo leí el Quijote de niño y lo aborrecí toda la vida” me parece muy bien, pero yo leí el Quijote de niño y lo amé toda la vida. Lo que sí puede ocurrir es que hay que saber qué alumnos tienes entre manos y cómo dárselo a leer.

P. ¿Qué confianza tiene por que la celebración del centenario vaya a renovar el interés de los lectores por Cervantes y su obra?

R. Si he de ser pesimista, poca. Pero está bien que se hable. Hay gente que lo oirá por primera vez, por meras razones cronológicas, de edad. Y otros dirán: “Hombre, ¿qué tendrá esto que todo el mundo habla de ello?”. El clásico no surge porque alguien diga: “Este libro es el mejor del mundo”. Un clásico, ya lo decía Borges, se hace cuando mucha gente en muchos lugares y muchas épocas distintas llegan a una conclusión, y es "este libro es mío". No porque lo diga un académico o un centenario. 
IGUEL ÁNGEL MARTÍN

lunes, 25 de abril de 2016

POESÍA. "Times New Woman", de Carmen Camacho (Alcaudete, Jaén, 1976)




TIMES NEW WOMAN

Puede ser,

que esta prisa la haya contraído yo en tu presencia, que toda tú me descalces el ánimo, que me prometas que vas a cambiar y mañana nada, y mañana otra vez, este truco atroz de quedar por siempre atrapada en ti. Por lo menos nosotras nos lo planteamos, me dices, como si esa frase tuviera algún significado descifrable, y no. No sé por qué nos hemos permitido el lujo de perder la vida, de caminar cada día sobre los desechos de nuestros pasos de ayer, de astillarnos la memoria con saxos en emepetrés. No sé.

Pero este pálpito hace lo propio,
nos
c
h
o
r
r
e
a
,

salgo de la oficina con las pulsaciones
aquí así
es
el pulso
en la boca
del estómago,
la carne olvidada,
la prisa a cuestas,
sangre en las corvas,
los ojos
incapaces
de
posarse
en
algo
que tenga

s o s i e g o.

No queda en mis actos ya nada de mí, me salpico sin calma en cada cosa, me impaciento ante al agua a punto de hervir, tras del autobús que no llega, junto al móvil que no cesa, contra el tiempo en armas,

y ya en la cama

toda esta caja de madera mala me revienta de pensares. De pesares. Dicen que esta ciudad se repite dentro de cada uno de nosotros, como si fuéramos un souvenir de esos de urbes dentro de una esfera. Y no, nosotros somos… joder, iba a decir que ciudadanos, ciudadanos americanos. Tú y yo qué, qué vamos a ser ciudadanas. Nosotras no habitamos las calles, paso por ellas sin rozarlas ni mojarme. Sé que los muchachos que se bañan con las bocas de agua reventadas serán en la canícula de la noche más ciudadanos que tú y que yo; sé que los dos hombres afilados que se besan con sus bocas reventadas de agua serán más esta noche ciudadanos que tú y que yo. Y qué. Estas pastillas de horas muertas ya no me aplacan.

Y soñarás conmigo, mujer que te echas en los quicios, náyade que va al cine este sábado, tipa del flequillo que algo esperas. Llegaré a ti sin querer desde el escaparate con fotocopias de ofertas de vuelo para dos personas, seis noches, cuatrostrellas; subiré a tus sueños desde el cartel del autobús, por la revista arriba y desde los anuncios de tus medias, por los codos de todos los clarinetes, en la serie de más éxito de tu canal satélite, entre todas las estampas rotas de Manhattan. Llegaré a ti, qué remedio, atravesada por Lorca poco a poco hasta hacerme la puñeta. Insensata que imaginas que en mi casa tengo indolencia y contestador, entradita recoleta, ganas de algo, una copa de vino junto al libro, sábanas chulas, lamparitas de lectura, perfumadores eléctricos:

A mí tú ni me pienses.

Date a otra. Date a otra que al menos viva, que tenga ganas, que ande entera, que no sea un túnel, que pueble, que se deje habitar las caderas, que le sobren horas, que nazca a veces, que se rasque y ya no quiera entender más, que te folle con algo más que con la mirada, que saque aquí a su cristo en procesión, que esté harta de guisar, que sepa odiar. Que su primer pensamiento no fuera, aquella mañana, para los documentos desordenados al estrellarse el avión contra la segunda torre. Muda tu anhelo a otra, con otra gracia, de otro barrio, cruza el puente, colecciona fronteras, actualiza tus mentiras, entra donde la carne te apriete, encuentra tu casa, busca la ventana del tendedero, abre este abanico, date al azar. Pero no a mí, pero no a esta prisa.

Encomiéndate a ella. Ancha es.

Oh, Nueva York, orbe de urbe, ciudad sin disculpa, tú, que todo lo representas.

Viñeta de Forges

   En "El País" (23 abril 2016):
Forges

POESÍA. Sobre Eduardo García, poeta (1965-2016), "in memoriam"

   En "El Día de Córdoba":

Un hombre mira el mundo en sus poemas

La muerte, el pasado martes en Córdoba, de Eduardo García priva a la poesía española de una de sus voces más auténticas, la de un autor que lograba la identificación del lector con una obra honda y rigurosa
BRAULIO ORTIZ | ACTUALIZADO 24.04.2016 
zoom
El poeta Eduardo García, en una imagen de archivo.
"Reivindico para la poesía, para el hombre y la mujer contemporáneos, los resortes emocionales del misterio", escribía Eduardo García (São Paulo, 1965 - Córdoba, 2016) en su ensayo Una poética del límite, editado por Pre-Textos hace ya una década. "A medida que dependemos -anotaba en ese trabajo- cada vez más de la tecnología y su mentalidad pragmática, que entroniza el dinero como máximo valor; según la oferta de la industria cultural se hace cada vez más superficial y niveladora a la baja; cuanto más parecen imponerse el individualismo y la incomunicación... más necesaria se revela la poesía. Necesitamos devolver la magia a nuestras vidas, de donde nunca debió haber sido expulsada". A esos propósitos, indagar en el misterio, devolver la magia, entablar comunicación con nuestro yo más íntimo y rastrear en lo que no sabemos -no escuchamos- de nosotros, consagró García una producción literaria extrañamente reveladora. "Vengo a hablar del insomne que enumera los sueños que no ven la luz del día, / de ese duende que brota de no sé sabe dónde, con destino a lo más insospechado", apuntó en Duermevela, el libro por el que se hizo con el Premio Ciudad de Melilla en 2014. Unos poemas antes, en ese mismo volumen, el poeta declaraba: "No hay reserva que valga, es preciso escribir con las manos / tendidas al vacío, como el ciego se interna en la espesura, / convocar a las sirenas y a los equilibristas, / desterrar a geómetras, jerarcas y contables".

El autor registra el pulso de su tiempo, pero lo hace desde la luz de la inventiva, en esa adscripción al realismo visionario que defendía. "En la frontera entre realidad e imaginación, pensamiento consciente e inconsciente, brota el poema. Un espacio mítico, psicológico, donde habita una verdad", argumentaba. García se adentraba en la espesura del alma, en propuestas que no eludían el registro coloquial pero a menudo estaban cargadas de simbolismo, aunque su voz nunca resultara opaca o hermética, del mismo modo que su afán de trascendencia y su ambición formal -un estilo que su artífice sometía a una constante renovación- sabían sortear lo solemne. Bendecido por una inusual humanidad, el verso del poeta acababa siendo cristalino, esclarecedor. En Un hombre mira a otro en la ventana, el fragmento con el que arranca su libro No se trata de un juego, el creador describe el proceso de reconocimiento entre dos personajes, tal vez el poeta desdoblado, tal vez el poeta y el lector: "Un hombre mira a otro en la ventana. / Escribe unas palabras. No sospecha /-más allá de la sangre y los caballos / y el viento y la mujer y aquel latido- / que los trazos que araña en el papel / son los versos que el otro lee ahora". Esa escena representa en cierto modo la poética de Eduardo García: su obra siempre acaba llegando al otro, transmitiendo. Quien se acerca a sus páginas se siente reflejado y conmovido en ese corazón que encierra su penumbra -"a pleno sol camino, como todos: / acarreo mi propia oscuridad"-, en el individuo que se sabe un extraño y teme "este allanamiento indumentario, este ocupar las huellas de un desconocido", en ese amante que discierne en su pasión un tránsito a la sabiduría: "Conocí el huracán, la madreselva. / Conocí el ancho cielo interminable. / Conocí las espadas y el enigma, / la boca del dolor, la del deseo, / la súplica que anuncian los labios no besados, / qué tibio el corazón cuando se precipita. / Cuantas mujeres hay en este mundo / las conocí por ti. En ti dormían". La identidad, el amor, la existencia: en el legado que deja Eduardo García centellea, ante todo, el fuego de lo humano.

La vida nueva, el poemario que le valió el Premio Nacional de la Crítica en 2009, pone de manifiesto esa capacidad de este cordobés de origen brasileño para propiciar el encuentro con sus lectores: uno termina sus páginas con la certeza de haber acompañado a un hombre en un viaje. Una travesía al interior, emocionante, serena. Un individuo al que contemplamos, al inicio, en la vulnerabilidad más absoluta, poseído por el hastío y el descontento. "Se ha instalado en mi vida la carcoma (...) Es una masa / turbulenta de herrumbre y asco y grasa / manchándome los pasos (...) Ha vencido por fin, no acepta tratos. / Quiere mi corazón en su salmuera". Pero el periplo que aguarda es el de un alumbramiento, un renacimiento. Como un jardinero que aparta las malas hierbas, García invoca en su libro a la fertilidad. "Absorto en el oficio de ser hombre / también yo ahueco tierra pecho adentro, / arranco las raíces, podo la vieja rama, / arrojo al fuego el miedo y la costumbre: / voy talando la muerte en mi camino / para aguardar el don, las aguas de la vida, / para que el tiempo siga cantando su canción".


Ese hombre nuevo en el que ha prendido la esperanza se entrega a la utopía: será del mundo, de todo lo que nace. "Prometo abandonarme a las mareas, / incorporarme al caos, ser yo en la multitud, / y desde allí asomado prometo contemplar / tantas cosas que crecen y germinan". Una voluntad que se reafirmará en poemas sucesivos: "Para ser el hervor la levadura / y no el cemento gris que repta por los muros / pan crujiente en el horno del sol del mediodía fruta madura vértigo / y nunca más sedientos de imposible" será necesario "soñar despiertos siempre, / para no renunciar al entusiasmo, / y que el hombre no olvide su vocación de nube".

domingo, 24 de abril de 2016

Viñeta de Forges

   En "El País" (23 marzo 2016):
Forges

LITERATURA. "El caballero de la triste figura cabalga solitario". Ruth Zauner

   En "infolibre.es":

El caballero de la triste figura cabalga solitario

  • Los actos del centenario de la muerte de Cervantes buscan ensalzar su figura, pero la enseñanza de su obra sigue siendo la gran asignatura pendiente
  • Los profesores creen que el problema radica en el diseño de los planes de estudio y en la marginación creciente de todo lo que no se considere utilitario
  • Ruth Zauner | tintaLibrePublicada 22/04/2016

Fotograma de 'Lost in La Mancha'.
Fotograma de "Lost in La Mancha"

“A ver, Clavileño, el caballo de madera que el Quijote monta junto con el aterrado Sancho para vencer al gigante Malambruno, como acabamos de leer, ¿a quién os recuerda?”, pregunta Alicia, la profesora de Lengua y Literatura. Varias voces entre la veintena de adolescentes que asisten a su clase responden casi al unísono “al caballo de Troya”. “Muy bien”, afirma ella con entusiasmo, intentando por todos los medios arrancar a los chavales del letargo de la última clase de un viernes de un invierno casi primaveral, en el Instituto de Enseñanza Superior Valdebernardo, de Madrid. 

Recurre a numerosos juegos y referencias para intentar atraer la atención de unos chicos cuyos tics nerviosos con las piernas, los coqueteos infantiles con bolitas de papel incluidos, o el interminable bostezo existencial denotan dificultades para concentrarse y un cierto desinterés. 

Aun así, sus esfuerzos se ven recompensados con la participación activa de otro grupo dentro de la clase, más crítico, provocador en ocasiones. Van a leer el poema de Gabriel Celaya dedicado a Sancho Panza. Ella pregunta si han traído el libro. Hay varios que no, así que se vuelve hacia un joven embutido en una camiseta de Motorhead, Jonás, que se atropella leyendo los versos: “Los señoritos Quijano siguen viviendo del cuento,/ y tú, Sancho, les toleras y hasta les sigues el sueño/…/ Cabalgando en tus espaldas se las dan de caballeros/ y tú, pueblo, les aguantas…”.

Entre las voces críticas que han surgido para denunciar el desinterés de las actuales administraciones públicas por la celebración del IV Centenario de la muerte de Cervantes, quizá las más descarnadas son aquellas que vuelven la mirada hacia la enseñanza de la magna obra del manco de Lepanto en los institutos públicos. Una de las reivindicaciones más pertinentes y también más difíciles de poner en práctica pese a su aparente sencillez —recogiendo un sentir muy extendido entre los defensores de la Literatura—, la ha manifestado el poeta y profesor de Filología Clásica de la Universidad de Salamanca Juan Antonio González Iglesias, quien considera que el auténtico homenaje pasaría por recuperar la asignatura de Literatura, independiente de la de Lengua en los grados elemental y medio, pues es a través de la pedagogía como se alienta el amor a la cultura y a los clásicos y se mantiene viva su existencia. Idea que defiende también el cineasta y miembro de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) Manuel Gutiérrez Aragóncuando señala que es a través de enseñanzas de los maestros como poco a poco nos vamos adentrando en estas obras.

Arrinconar a la literatura


Cuando se les pregunta a estos jóvenes por qué es tan importante Cervantes en la cultura universal, las respuestas se diluyen en afirmaciones vagas. Jaime señala que es el mejor escritor de la literatura en español de todos los tiempos. Pero después no sabe explicar por qué. Sofía reconoce directamente que no lo sabe. Y Kevin, el más contestatario, con una mirada penetrante bajo su pelambrera rosa, afirma retador: “A mí no me gusta el Quijote. No me atrae. No me identifico”. Después, a pesar de cursar el bachillerato de Humanidades, reconoce que no lee demasiados libros. Busca la información y la distracción en Internet. Este airado adolescente, que manifiesta en cada gesto su deseo de independencia, no ha encontrado el camino para llegar a uno de los adalides de la libertad individual, la del soñador loco de La Mancha. Los compañeros que le rodean en los bancos asienten dándole la razón. A este libro de humor y entretenimiento en su época no le ven la gracia. Reconocen que el texto les resulta lejano. ¿Por qué? ¿Habría que encontrar nuevos modos de transmitirlo, más acordes con la realidad que viven estos jóvenes, tan fragmentada por los móviles, el Whatsapp, los tuits y Facebook?

Eduardo, profesor de Lengua y Literatura en el instituto Severo Ochoa, en Alcobendas, declara que le parece muy lógico que los chicos reaccionen así, porque “es una lectura muy difícil. Y como a los chicos cada vez les cuesta más leer, pienso que tal vez habría que hacer su lectura obligatoria. Galdós, cuando yo era joven, lo leía cualquiera. Ahora es sólo una asignatura de Literatura”. Requiere mucho tiempo y dedicación. Precisamente algo de lo que carecen estos esforzados enseñantes, que lidian más con los problemas que genera la disciplina en las aulas y con la incomprensión de las autoridades pedagógicas que desarrollan planes de estudio de imposible aplicación, que con los textos en sí.

Benito, jefe del departamento de Lengua y Literatura en el mismo instituto, insiste en que los estudiantes están más distanciados del texto. “Es una aventura entender un párrafo, hay que concentrarse, y ellos no están dispuestos a hacer el esfuerzo. Son perezosos porque todo lo quieren entender a la primera”. Otro profesor, Agustín, recalca que incluso los alumnos a los que les gusta leer sienten que la estética del Quijote está muy alejada de la actual, y “no encuentran un enganche con el Quijote”. Antes, desde muy temprano, se les introducía en la literatura y llegaban al bachillerato y ya les sonaba. Ahora sienten menos curiosidad. Manifiestan incluso rechazo”.

A estos profesores, esforzados paladines de una causa que parece también perdida, como es la enseñanza de la Literatura, les parece que el problema radica sobre todo en el diseño de los planes de estudio y en la marginación cada vez mayor de todo aquello que no se considere utilitario. Pero también con la sensación de estar maniatados y carecer de autonomía para diseñar la enseñanza que tienen que impartir. “Los profesores carecemos de libertad para tener iniciativa, porque no disponemos de margen, porque todo es utilitario y busca cumplir un currículo”, asevera Benito, “necesitamos espacios de libertad y parece que eso es inimaginable en la actualidad”.

La situación que sufren, como amantes de las humanidades y de la literatura en particular, ya la anticiparon algunos intelectuales. Uno de los que más claramente ha denunciado la exclusión de las humanidades del universo pedagógico, a través de un perverso proceso de mutilación de todo lo que está ligado a ellas, es Jordi Llovet, poco antes de retirarse prematuramente de su cátedra de Teoría de Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona, en 2008. Lo hizo a través de una obra ácida, divertida y desolada:Adiós a la Universidad: El eclipse de las Humanidades. Como muchos estudiosos han señalado ya, a modo de advertencia, la fama del Quijote se produjo mucho antes en Inglaterra, Francia o Alemania que en nuestro país, muestra de que tal vez España no se merezca a un autor tan grande, inventor de la novela moderna y cuya influencia se puede rastrear en numerosos autores posteriores, desde Flaubert, Dickens y Dostoievski a Thomas Mann, Kafka, Foucault o Borges. La mercantilización indiscriminada del poder y la proletarización de la universidad, que tan certeramente diagnostica Llovet, destierran el humanismo de la Universidad, pero el mal alcanza también a la enseñanza secundaria. Eso explica que tan sólo dos de cada 10 españoles manifieste haber leído el Quijote. A pesar de ser Cervantes el autor del libro más editado y traducido de la historia después de la Biblia.

Isabel, otra profesora, considera que una buena forma de introducir a los chicos en la lectura es a través de adaptaciones, porque se trata de “fomentar la cultura de la lectura”. Antaño, en primaria, los escolares lo leían completo en una adaptación y “lo encontraban ameno, entretenido, les gustaba”. Benito apunta a los cambios en la sociedad, a la invasión de las nuevas tecnologías, una revolución que conduce a una disminución de la lectura. Y recuerda que, efectivamente, antes, en tercero de BUP, se llevaban a cabo lecturas completas, y de ese modo entre un 15% y un 20% “se enganchaba”.

Marginar la creatividad 

Si la crisis económica de los últimos años ha resultado devastadora en general, en particular para los segmentos más vulnerables pero también para la llamada clase media, dada la endémica desidia de los gobiernos con respecto a la pedagogía, sus efectos han resultado devastadores en la enseñanza pública. Los recortes no sólo han constreñido y generado una enorme inquietud y malestar entre un profesorado ya de por sí poco reconocido en este país. Les han condenado a una difícil supervivencia que se explicita en el alto índice de enfermedades ligadas al estrés, como la ansiedad y la depresión, cuyo índice, según las estadísticas, crece en este colectivo profesional por encima de los demás. Eso, naturalmente, afecta también a la enseñanza de las humanidades. Al hablar, pues, de Cervantes resulta irremediable referirse también a la situación de este colectivo.

Según el director del departamento de Lengua y Literatura, los recortes han resultado aniquiladores. Y Eduardo le da la razón cuando explica que el incremento del número de estudiantes por clase así como el del número de clases, que no va aparejado con el incremento de profesorado “apenas  dejan margen para corregir, cuando además el alumnado es cada día más difícil. Los planes son casi de imposible cumplimiento. Hay un intento —tal vez legítimo— de controlar a los profesores. Pero el programa no se puede dar”. A lo que Javier apostilla que ello se debe también a una “idea acumulativa de la cultura. La idea de que la enseñanza debe servir para formar personas ha desparecido”. Ahí se suma Belén, la más reciente entre los enseñantes, aseverando que “dada la actual ley de Educación, no hay manera de ampliar el programa con otras iniciativas, no hay tiempo para hacer talleres o imaginar actividades paralelas. Sólo enseñamos conceptos en lugar de formar ciudadanos”. Los profesores se quejan de que en tan sólo dos cursos la materia abarque desde la Edad Media hasta el Romanticismo, con lo que queda un tiempo mínimo para Cervantes.

Surge pronto el meollo de la cuestión: el perjuicio para la literatura que ha supuesto su desaparición como asignatura independiente y su integración con la de Lengua. “Ha salido perjudicada la literatura, porque ha quedado relegada frente a la lengua. Todo lo relacionado con los aspectos más creativos de la cultura quedan marginados”, sentencia Benito, cuyas opiniones apoya Nereida, otra profesora del Severo Ochoa: “Todo lo marcan las pruebas externas, que llevan a incidir más en la lengua”. “Eso” afirma Eduardo, “las pruebas externas condicionan la preparación y nos convierten en academias, porque a los estudiantes lo único que les preocupa es el temario del examen. Así, por ejemplo, Cervantes les preocupa poco porque no entra en el temario. Y no digo que los textos no estén bien elegidos, pero resulta cuando menos chocante que no incluyan a este autor”.

Ello lleva a que la percepción que de la literatura tienen los estudiantes también esté sesgada por el utilitarismo. Cuando se les pregunta para qué creen que vale responden vagamente que “para expresar sentimientos”, “para conocer cómo vivían en el pasado”, pero “no para ganar dinero”. Y sin embargo se muestran críticos con la situación actual, manifiestan desacuerdo con la política económica, muestran sensibilidad frente a las desigualdades y aseguran que ellos darían prioridad a “las escuelas, las causas sociales, a los bancos de alimentos y a los refugiados”, como afirman Kevin y Javier en nombre de la mayoría.

Este árido panorama, que llevará a Benito a exclamar que los profesores “nos estamos convirtiendo en seres tristes” o a Javier a disculparse porque “todo lo que tenemos en la boca es una queja”, no mejora cuando se les pregunta tanto a los chicos como a los profesores por la coordinación entre Cultura y Educación de las diversas administraciones, de si se han puesto en contacto con ellos, si les han requerido de cara al IV Centenario… El primer gesto es de asombro en todos los interlocutores. “¡Aquí con los recortes que van a darnos nada! ¡Si no tenemos Internet, y a veces falta la tiza! ¡Si la profe no lo hubiera dicho, ni siquiera nos habríamos enterado del centenario!”, resume Jonás el sentir general del grupo.

Huesos en lugar de actos

Los reproches cruzados en los medios de comunicación entre el Ministerio de Educación y Cultura, la RAE, el Instituto Cervantes y otras múltiples voces individuales en el campo de la cultura han puesto de manifiesto la desidia del Gobierno y de las distintas administraciones con respecto al IV centenario. El Ayuntamiento de Madrid, por deseo de la anterior regidora, Ana Botella, del PP, ni siquiera entró a formar parte de una comisión organizadora que no se constituyó hasta la primavera de 2015. A lo único que se dedicó con ahínco el Consistorio fue a buscar los huesos del escritor en el convento de las Trinitarias de la calle Lope de Vega donde murió Cervantes, en un gesto muy claro del significado que para este partido tiene la cultura. Tras las críticas que le llovieron, finalmente la comisión presentó el pasado mes de febrero una lista de 229 actividades para la conmemoración: exposiciones —la de la Biblioteca Nacional ha dado el pistoletazo de salida—, charlas, conferencias, talleres… El ramillete de fuegos de artificio habitual, sin un objetivo claro más allá del ruido mediático que se pueda obtener y que el tiempo borrará con suma rapidez, salvo honrosas excepciones. 

Y eso a pesar de que las exenciones fiscales llegan a alcanzar el 90% para el patrocinio privado. Un asunto que resulta todavía más sangrante al coincidir con el IV Centenario de la muerte de Shakespeare, que ha arrancado con un artículo del propio Cameron, y al que Reino Unido se ha entregado con un proyecto que abarca a 140 países y que se plantea unas metas que aseguren la pervivencia del otro gran titán de las letras universales: volcarse en los jóvenes, aprovechar las nuevas tecnologías e incluso convertir su obra en un motor de cambio social en barrios deprimidos.

Mientras tanto, en nuestro país, en el que parece que la cultura es un enemigo más que el vehículo para el crecimiento de ciudadanos críticos y libres, los esforzados caballeros y damas de la triste figura que luchan en solitario en los centros de enseñanza siguen intentando que la llama de ese conocimiento no se apague.

Alicia, a punto de terminar la clase, le pide a Olga, una muchacha decidida, que recite la Letanía de nuestro señor don Quijote del poeta Rubén Darío. Ella arranca con un tono monocorde. La profesora le interrumpe y comenta: “Tienes una voz muy bonita. Creo que lo puedes hacer muy bien si te da la gana. ¿Te da la gana?” Tras carraspear, la voz de la joven se eleva en medio del aula: 
“… Por nos intercede, suplica por nos,/ pues casi ya estamos sin savia, sin brote,/ sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,/ sin piel y sin alas, sin Sancho y sin Dios”.

*Ruth Zauner es periodista, editora y traductora.  

sábado, 23 de abril de 2016

Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (5 abril 2016):
El Roto

LITERATURA. "Para leer el 'Quijote'". Juan Carlos Rodríguez

   En "infolibre.es":

Para leer el ‘Quijote’

  • El profesor, uno de los referentes de la crítica literaria española, hace una propuesta de lectura sobre la verdad en la obra cumbre de Cervantes
  • "¿Qué es lo que leemos nosotros en los dos libros del Quijote?", se pregunta, frente a la visión de la novela como un libro de burlas

Juan Carlos Rodríguez   22 abril 2016
Voy a intentar contar algo sobre dos historias. Especialmente cómo y por qué esas dos historias se cruzaron un día y ya no volvieron a separarse nunca. Hasta hoy.

La primera historia es la de Miguel de Cervantes, un nombre y un solo apellido. Años después, sin que sepamos por qué, se añadió el apellido Saavedra, tal como aparece en la portada de la primera edición del Quijote, la que lleva la fecha de 1605.

Escritor que compró su propio libro
Quedan aún miles de puntos oscuros en la historia de Cervantes. Pero a nosotros nos interesa resaltar esta cuestión de los apellidos porque en el XVII obviamente los apellidos suponían la clave ideológica para mantener el orden simbólico y de poder en una sociedad tan vertical, tan jerarquizada de arriba abajo, como era la España de la época. Las sociedades verticales o nobiliarias se mantienen, entre otras cosas, gracias a esa presencia brutal, esa imagen frontal del linaje que legitima al de arriba para poner su pie sobre los de abajo. Los apellidos son, evidentemente, la memoria del pasado. Y esa memoria “viva” del pasado es el eje que sostiene todo el edificio de los linajes, del mundo de los ancestros. La sangre hereditaria que vampiriza a los demás para perpetuar la existencia de condes, duques, marqueses, reyes, etc. (y además todo sacralizado). La memoria del pasado es, pues, fundamental en el XVII, y sin embargo el Quijote se escribe desde una perspectiva completamente distinta y nueva: no desde la memoria del pasado sino desde la memoria del presente.

O, al menos, esa es la cuestión básica que pretendo plantear aquí.

Claro que hay más cuestiones en esta historia. De los primeros años de Cervantes sabemos muy poco, y desde luego nada que permitiera augurarle una “carrera literaria”. Sabemos, sí, que la mala suerte le acompañó siempre. ¿Qué más sabemos? Que con veinte años huyó de la península a Italia por haber herido a un tal Segura en un duelo. La orden de detención implicaba cortarle la mano derecha a Cervantes. Nada menos. Cuatro años después lo encontramos enrolado en los famosos Tercios que constituían la columna vertebral del Imperio hispánico y luchando contra los turcos en Lepanto. Allí perdió el uso de la mano izquierda. ¿No es un espejo borgiano? Huye para que no le corten la mano derecha y en Lepanto pierde el uso de la mano izquierda. A mí siempre me ha fascinado esa imagen fantástica (en cualquier sentido) que, repito, parece de Borges: salva la mano derecha pero pierde el uso de la izquierda. Cinco años de soldado fueron muchos años y Cervantes siempre se sintió orgulloso de ese “oficio profesional” del que continuamente alardeó.

Luego otros cinco años largos cautivo en Argel. ¿Qué fue Cervantes en aquel nido de piratas? Sólo pudo ser una “cosa con precio”, y con un precio elevado además. El resto son suposiciones y nebulosas. Es liberado con 33 años y como se le niega el “paso a Indias”, ingresa en el otro gran Aparato nuevo (junto con el Ejército profesional) del nuevo Estado: es decir, ingresa en la Burocracia estatal como recaudador de Hacienda. Casi 15 años recorriendo Andalucía de parte a parte. Como la alta nobleza, la auténtica “sangre azul” no pechaba, es decir, no pagaba impuestos, Cervantes se las tuvo que ver con los ricos, con los campesinos y con la Iglesia. Fue excomulgado y estuvo en la cárcel. La mala suerte le seguía persiguiendo y Hacienda le estuvo pidiendo cuentas durante algún tiempo más. No debió quedarle un buen recuerdo andaluz puesto que Cervantes impide que don Quijote pase de Sierra Morena. Literariamente lo “despeña” en Despeñaperros. No sé si fui muy afortunado al escribir esta frase, pero vale como ejemplo plástico. 

¿Qué hace Cervantes entre 1598, el año en que se supone que ya está libre de la cárcel sevillana y en el que escribe el fabuloso soneto Al túmulo de Felipe II  —“honra principal de mis escritos”, nos dice él— y 1603 en que se presenta en la Corte de Valladolid para reunirse con su familia compuesta exclusivamente de mujeres? Lo único que podemos decir es que se buscó la vida, esa frase tan española, en pequeños y dudosos negocios, que siempre debieron salirle mal pues llegó a la Corte arruinado y viviendo de alquiler en una casa de vecinos. Y otra vez la mala suerte: en la puerta de esa casa es asesinado una noche el caballero navarro Ezpeleta. El jefe de la policía vallisoletana durante unos días encerró como acusados a Cervantes y su familia femenina: su mujer, Catalina de Palacios y Salazar, sus dos hermanas (Andrea y Magdalena), su hija natural, su sobrina, su prima… Lo que me fascina es el interrogatorio policial y la respuesta de la hermana Andrea. Cuando se le pregunta quién es Cervantes su hermana apenas puede balbucear: Es un hombre que escribe y que trata negocios.

Un hombre que escribe… Como de los negocios ya hemos hablado es ahora cuando nuestra historia cervantina se cruza inesperadamente con la otra historia, la del Quijote. En un interrogatorio policial. También nosotros podemos actuar de detectives a través de algunas preguntas. Primera: ¿qué significaba ser escritor en el XVII? Evidentemente en el XVII ser “escritor” era un ornatus más en las casas de los ricos, los nobles o la alta Iglesia. La poesía era el punto más alto de ese ornatus, de ese decorado palaciego; era igual que “la mitra de un obispo”, como nos dice literalmente don Quijote en el segundo libro. El mecenazgo o la protección cortesana resultaba, pues, algo decisivo para los literatos. Por el contrario, ser escritor sin más, ser un escritor solitario, ni era un oficio reconocido ni tenía el menor valor social. Y eso aunque la literatura se considerara un arte liberal y no mecánica, como la pintura o la medicina donde había que pringarse mucho las manos. Y aquí lo increíble: Cervantes, entre los 57 y los 58 años, intenta iniciar (o reiniciar) su carrera de escritor en solitario, sin la menor protección y sin el menor apoyo. ¿Cómo fueron posibles estos diez años últimos de su vida —aproximadamente hasta los 70— en los que Cervantes intenta ganar dinero y fama como escritor solitario? Quizá sea este asombro el que quisiera transmitir ahora. Shakespeare estaba protegido no sólo por algún gran noble sino por su propia empresa teatral; Lope de Vega estuvo protegido también por el teatro, pero muy en especial por la alta nobleza y por la Iglesia (pese a su dudosa vida como sacerdote). Pero ¿por quién estaba protegido Cervantes? Absolutamente por nadie, salvo por la memoria del presente, ese matiz básico que habíamos señalado al principio. La nueva realidad presente era la aparición del primer mercado capitalista; la aparición, pues, del espacio público y del público; la consolidación, en fin, de la Imprenta como “negocio de masas”, con sus libreros y editores. 

O de otro modo y para decirlo drásticamente: ha aparecido la lectura laica; ha aparecido la lectura como nueva forma de entender la vida, la lectura solitaria o la lectura en común. Y por eso Cervantes nos dirá que lee hasta los papeles rotos tirados en la calle. 

Los materiales que utilizó Cervantes eran las dos mejores salidas que había para que su libro se vendiera en el mercado. La imprenta era ya un comercio como cualquier otro. Y lo mejor que encontró Cervantes fueron dos géneros que se vendían como rosquillas. Quiero decir las caballerías y las vidas cotidianas de la picaresca. Las caballerías habían perdido su aura de dignidad y las leía todo el mundo. Eran un género interclasista, eran una literatura de “masas”. Pero a la vez a lo largo del siglo XVI había aparecido un tema literario inesperado y que también leía todo el mundo. Este nuevo tema inesperado era la vida cotidiana, el nuevo tiempo del reloj y del salario; del sexo y del hambre; la vida de los pobres en la ciudad que se han convertido en un problema social básico. Esas vidas son las que se venden. La gente ahora se aburre leyendo las vidas de los nobles, que sólo eran hazañas guerreras y se aburren leyendo las vidas de los santos, que sólo eran hagiografías o milagros. Lo dice muy bien en el Quijote Palomeque el zurdo (el ventero): a él y a sus segadores les aburren hasta las vidas del Gran Capitán o de García de Paredes (que es un falso guerrero histórico). Lo único que les divierte son los libros de caballerías, que les “quitan canas”, como a la gente de ciudad lo único que le divertía eran las picardías de la picaresca. La vida común y cotidiana se ha impuesto en los libros. Es lo que la gente quiere leer. Y ahí es donde precisamente radicaba el secreto que estaba buscando Cervantes. Un libro que se leyera por todos y en cualquier parte. Un libro que se vendiera suficientemente como para que su editor le pagara el dinero que estaba necesitando. Por eso Cervantes intenta mezclar las cosas, las caballerías y la vida cotidiana para conseguir un éxito como el del Guzmán. Pero tiene un problema. Lleva veinte años de silencio y el público se ha olvidado de sus comienzos literarios. 

Aunque el problema del tiempo presenta factores más importantes literariamente hablando. Cervantes nos va a contar una historia estrafalaria y absurda, y sin embargo necesita que todos nos la creamos como verdad. Por eso la memoria del presente vuelve a ser decisiva. “No ha mucho tiempo que vivía…”, nos indica en el famoso principio del primer Quijote. Es decir, nos indica que va a contar una vida que pasó ayer mismo, que aún se recuerda en la Mancha y que por tanto debemos creérnosla como verdad, por muy alucinatoria que parezca. 

Claro que Sancho ampliará aún más la cuestión en el capítulo V de la segunda parte al afirmar que en la nueva época ya no cuenta la memoria del pasado sino, como venimos diciendo, la memoria del presente. Y le pone a su mujer un ejemplo clarísimo. Este ejemplo: cuando él sea gobernador y tenga el poder, todo el mundo se olvidará de que antes habían sido meros labradores y destripaterrones.

Como esta afirmación rompía toda la tradición nobiliaria establecida, Cervantes se cuida las espaldas y llama a esta capítulo apócrifo, falso, porque evidentemente esa lectura de Sancho implica una nueva lectura del mundo. Y Cervantes no quiere meterse en problemas. Sólo quiere que su libro sea un libro de burlas y de entretenimiento para que la gente se divierta. Esa es en apariencia la lectura que Cervantes propone y la que perdurará durante casi un par de siglos: el Quijote como un libro de burlas.

II

Ahora bien, ¿qué es lo que leemos nosotros en los dos libros del Quijote? O más aún: ¿quiénes son Sancho, Dulcinea y don Quijote?

Don Quijote es obviamente aquel pobre hidalgo pobre que gracias a la lectura descubre que puede ser otra cosa, que tiene raíz de hidalgo y que allí, en su casa, están arrumbadas las armas de sus bisabuelos, aquella clase de los hidalgos medievales, de un mundo que alguna vez estuvo ordenado por el código caballeresco y por la sacralización feudal. Ahora, con la aparición del primer capitalismo, esa clase social y su mundo están desapareciendo y el hidalgo decide revivirlo. Limpia las armas, le pone un nombre a su rocín, Rocinante (rocín antes, pero ahora antes que ninguno), se hace armar caballero y sale a arreglar el desorden del mundo según el código caballeresco. Trata de darle un sentido al mundo y a su vida, acompañado de Sancho. Mucho ojo: saca su nombre (don Quijote) de su apellido, porque, como decíamos, en el XVII sin apellido no eras nadie, y a la vez se busca lo único que le falta: una dama. Como la única mujer en la que se había fijado cuando adolescente había sido una muchacha del Toboso, Aldonza Lorenzo —que nunca le hizo caso— ahora la convierte en Dulcinea. Es decir, don Quijote se crea su mundo para a partir de ahí leer el mundo. En realidad nadie lee, escribe o vive en el vacío. Y a raíz de ahí, a través de esa imagen con que Cervantes construye a don Quijote, resulta curioso comprobar cómo cualquier escritor, cualquier novelista, ha seguido siempre el mismo procedimiento: ha pretendido crear un mundo a partir de su propia concepción del mundo. 

Don Quijote lo que hace es enfrentar su sentido del mundo al nuevo sentido del mundo establecido. Pero, ¿cómo lo hace? Dando dos pasos atrás y un paso adelante. Dos pasos atrás porque vuelve al mundo de sus abuelos, recupera una memoria perdida y en ese aspecto parece olvidar el presente. Pero no lo olvida en absoluto. Muy al contrario, el nuevo presente (la nueva memoria del presente) es lo que le permite dar el salto hacia delante. El nuevo presente, donde ya está el primer capitalismo, necesita la libertad y don Quijote se encuentra con la libertad y la asume como nadie. Decide elegir su propia vida, como indicábamos, y darle un sentido libre a su vida. Por eso nos fascina. Por esa metamorfosis, por ese paso de pobre hidalgo pobre a caballero libre, a individuo libre, diríamos hoy. Claro que es una libertad brumosa, trucada: lo que nosotros vendemos al capital no es nuestro trabajo, es nuestra fuerza de trabajo, o sea, nuestra vida. Pero con ello (a la vez que se crea el sueño real de la libertad sin explotación) la libertad ha aparecido y de esa libertad se aprovecha don Quijote para elegir su propia vida libre; y de eso se aprovecha Cervantes para intentar ser el primer escritor libre. Claro que libre en sus límites: Cervantes sabe de sobra que su libertad depende del mercado y de ahí que en el primer libro, en el capítulo IX, compre su propio libro en el mercado de Toledo. Pero mucho ojo: lo compra (en vez de encontrarlo mágicamente como ocurría en el Amadís y en los demás libros de caballerías), lo compra, digo, en un momento cumbre de suspense narrativo: lo compra para saber cómo termina la lucha entre don Quijote y el vizcaíno (el vizcaíno pierde porque su mula de alquiler es peor incluso que Rocinante) y para saber el resto de la vida de don Quijote. Cervantes compra, pues, el manuscrito para conocer qué pasa luego, inventándose el suspense y animando así al lector a querer saber más y también a seguir leyendo y comprando el libro. No obstante Cervantes no sabe muy bien lo que se está inventando y tiene miedo de que contar una vida “en largo” (la de don Quijote y Sancho) aburra a los lectores. Y por eso, al llegar a Sierra Morena, hace prácticamente que don Quijote desaparezca hasta que lo volvemos a ver enjaulado como una fiera. Y así Cervantes rellena la última parte del primer libro con historias de diversos tipos pastoriles o de cautivos, etc., las famosas “ensaladas” como se decía en la época. Esto es, mezclar muchas cosas en un mismo plato para que los lectores no se aburrieran con una sola historia, con un solo sabor. Pero este miedo cervantino curiosamente se transmuta en el miedo de don Quijote, caballero aún en aprobación, pues todavía no está en escrito. De ahí que el miedo de don Quijote a tener miedo sea el verdadero protagonista del primer libro: tiene miedo ante los pícaros que mantean a Sancho en la Venta y se excusa luego diciendo que las tapias de la Venta eran muy altas, pero se le olvida decir que la puerta estaba abierta desde que Sancho había salido; tiene miedo ante la procesión nocturna del traslado del muerto, aunque se sobreponga y ataque a aquellos fantasmas nocherniegos y así el propio Sancho se reconcilia con él y a la luz de las antorchas nocturnas lo llama “el caballero de la Triste Figura”, el nuevo nombre. Tiene miedo ante el ruido nocturno de los batanes, el artilugio de madera donde se estiraban las telas con el agua del río a fuerza de golpes, un ruido que hace que Sancho se “cague de miedo” —es literal— y al día siguiente se ría (Sancho) del miedo que “hemos tenido”, un “hemos” que hace que don Quijote se indigne al máximo; tiene miedo, finalmente, de la Santa Hermandad, o sea, de la policía rural del Estado, cuando libera a los presos o galeotes —que son de la Corona— y se refugia en Sierra Morena, aunque explicite a Sancho que no es por miedo sino para hacer penitencia por Dulcinea, como Amadís la hizo con el nombre de Beltenebros en la Peña Pobre por su dama (en verdad don Quijote es declarado “delincuente”y la policía rural intenta detenerlo en el capítulo XLV de la primera parte). Pero, en realidad, en el primer Quijote, si el miedo real o el miedo a tener miedo es el protagonista para el caballero, de hecho Dulcinea apenas pinta nada en este primer libro. En este primer libro lo que cuenta es la lectura del mundo de don Quijote como caballero en aprobación, que supone una lectura dual, una lectura doble o alegórica del mundo: para su código caballeresco es obvio que los encantadores pueden cambiar las apariencias de las cosas, aunque no su sustancia; y por eso pueden transformar la apariencia de los gigantes en apariencia de molinos de viento y pueden cambiar la apariencia de dos ejércitos en apariencia de dos rebaños de ovejas. Y por eso también el yo de Cervantes tiene que estar continuamente apareciendo en este primer libro para explicarnos las cosas. En el segundo Quijote, por el contrario, la cuestión ya no se planteará así. El yo de Cervantes se difumina casi por completo y la objetividad de la narración se impone porque para don Quijote ahora todas las cosas son verdad, sencillamente porque todo está en escrito: ya no verá las ventas como castillos, pagará con dinero cuando haya que pagar y creerá en la verdad de su propia mirada, tocando y viendo las cosas. Si todo está escrito, todo tiene que ser verdad. Y en efecto lo tiene todo: Sancho, Rocinante, sus armas, sus aventuras, su vida libre… ¿Qué le falta? 

Evidentemente Dulcinea, que también tiene que ser verdad. Por eso en esta tercera salida, en este segundo libro, no salen al azar o a la aventura, sino que van directamente al Toboso, pues don Quijote quiere comprobar la verdad de Dulcinea. Y ahí empieza el verdadero hilo conductor del segundo libro, diríamos su otra forma de miedo: si Dulcinea no es verdad, todo el resto de su mundo se derrumbaría. Y empieza el problema de cómo ver a Dulcinea, real y carnalmente, si Dulcinea no existe.

III

Y quizá convendría hacer aquí un breve excurso: en el primer Quijote la sensorialidad de la escritura es completa. Cervantes comienza contándonos lo que el hidalgo come, cómo viste, su cotidianidad diaria. Pero la sexualidad no existe salvo en un caso: Cervantes sí hace un fabuloso juego de espejos entre la imposible sexualidad de Rocinante y la imposible sexualidad de Don Quijote. El capítulo de los yangüeses y/o gallegos de la primera parte nos muestra a un Rocinante “entero” que se despabila al oler a las yeguas y que intenta comunicar su necesidad con “las señoras jacas”. Y el matiz es definitivo: Rocinante es un caballo “entero”, no castrado, porque Cervantes nos quiere acentuar con ello que el pobre rocín seguía siendo, como las armas herrumbrosas, un caballo “de guerra”, no de labranza. Un nuevo símbolo desgastado de una clase en decadencia. Pero la sexualidad de Rocinante servirá para trasladarnos a la escena “de cama” entre Don Quijote y Maritornes. El brillo de la ironía cervantina resulta aquí destellante, pues Rocinante se acerca a las yeguas luciéndose como galán o como escribe Cervantes en filigrana: “con un trotico algo picadillo”. Que las yeguas lo coceen —pues tienen más ganas de pacer que de lo otro— es algo tan lógico como la paliza que recibe luego don Quijote en la venta al “equivocarse” con Maritornes, uno de los personajes más entrañables del primer libro. 

En cambio, en el segundo libro la perspectiva varía: la necesidad de ver real y carnalmente a Dulcinea hace que Don Quijote, en el palacio de los Duques, tema incluso que se le despierten sus “deseos”. Y no se trata sólo de Altisidora. Hasta Cide Hamete se ríe ante la posibilidad de ver cogidos de la mano a doña Rodríguez y nuestro caballero, aproximándose de noche y a oscuras al lecho del dormitorio de Don Quijote.

Pero el problema de la Dulcinea “auténtica” es para Sancho, que se convierte así en el verdadero coprotagonista del libro: ¿cómo encontrar una Dulcinea a la que Don Quijote pueda ver y tocar realmente? Lógicamente Sancho no tiene más que una solución: utiliza ahora él mismo la mirada dual o alegórica, la mirada del hechizo, esa mirada que sabe que sigue latiendo en el inconsciente de Don Quijote. Y así soluciona Sancho el asunto: ve a tres labradoras montadas en tres pollinos o pollinas y decide que una de ellas ha de ser Dulcinea. Así convence a Don Quijote (que está deseando convencerse) de que una de ellas es Dulcinea y Don Quijote se acerca a ella: la chica se asusta o se enfada cuando Don Quijote le habla, incluso se cae de la burra o el burro y vuelve a montarse por la grupa haciendo cabriolas. Pero Sancho ya ha convencido a Don Quijote: aunque haya olido a ajos y a sudor, aquella muchacha es Dulcinea sólo que encantada, y las otras dos eran sus damas, magníficamente vestidas y con magníficas monturas. “Y que yo no haya visto eso, Sancho”, responde lastimeramente Don Quijote, que ya antes le había indicado a Sancho: “Ya te he dicho que no he visto a Dulcinea en todos los días de mi vida”. El problema del tiempo/espacio (carnales ambos) de Dulcinea se convierte así en crucial. Pero el hecho es que, aunque hechizada, Don Quijote ya ha visto a Dulcinea y puede continuar su camino. Volverá a verla, y de nuevo hechizada, en el sueño real, diurno o nocturno, de la Cueva de Montesinos, otra historia decisiva en torno al tiempo de la novela.

Así, en la Cueva, Don Quijote “ve” en efecto que sus pulsiones de vida (el deseo por Dulcinea en cualquier sentido) se configuran de hecho, “cobran forma”, a través de las imágenes de su inconsciente ideológico caballeresco: Montesinos, Durandarte, el palacio de cristal, la figura de Dulcinea desde lejos y su doncella “desde cerca”… Los sueños no son sólo deseos reprimidos sino configuración de deseos. Y eso —ya lo señaló Freud— desde el esclavista Libro de Artemidoro. Id est, también los sueños tienen su “radical historicidad”.

¿Qué otra cosa hay en el segundo libro? El contraste entre la riqueza, la pobreza y la nobleza. Por eso, en las bodas de Camacho, Sancho dice que los linajes ya no cuentan en el mundo, que lo que cuenta es el tener y el no tener. Y enseguida nos encontramos con la nobleza, los Duques aragoneses arruinados pero prepotentes. Y la imagen de Dulcinea continúa. Es la duquesa la que ahora pregunta a Don Quijote si es verdad que no ha visto a Dulcinea en todos los días de su vida. Son los duques los que organizan una farsa teatral al aire libre para indicar cómo se debe desencantar Dulcinea. Es decir, gracias a los más de trescientos azotes que debe darse Sancho. Fijémonos con todo en que esos sádicos duques no se ríen reprimiendo a Don Quijote y a Sancho, sino al contrario, reforzándoles su subjetividad. Sancho será gobernador —aunque al final se escape— y Don Quijote se siente real y verdaderamente caballero tanto ante los duques y las damas como ante sí mismo. Pero lo radical sigue siendo que si al principio del segundo libro sólo le faltaba Dulcinea para que su mundo fuera completo y verdadero, ahora, al final de este libro, tras la derrota de Barcelona, ya no tiene armas y sólo le queda Dulcinea. 

Aunque sin duda la importancia decisiva de Dulcinea se hace más evidente aún en el trauma que supone el descubrimiento del libro de Avellaneda en el capítulo LIX de esta segunda parte. Como sin duda se recuerda, cuando los dos jóvenes caballeros de la habitación de al lado hablan en la venta del “falso Quijote”, del libro de Avellaneda. Don Quijote —que los oye— se queda mudo de asombro pero sólo “estalla” al escuchar que el otro Quijote se ha desenamorado de Dulcinea. Ese es el instante en el que sobreviene el desquiciamiento de nuestro caballero: él jamás podría desenamorarse de Dulcinea porque Dulcinea es —literalmente— la última verdad que necesita alcanzar en su vida. Dado que ni para él (ni para Cervantes) ningún libro puede ser “falso”no queda más que una explicación posible. Usurpando su nombre, alguien ha vivido una vida que no es la suya. Sencillamente le han robado la vida (como en el Prólogo a este segundo volumen Cervantes dirá que Avellaneda le ha intentado robar la fama y el dinero). Con plena lógica, la cuestión del Avellaneda se torna así obsesiva. Tanto que en Barcelona, cuando Don Quijote entra en la imprenta (el lugar en que se imprimen libros) lo hace como si fuera la entrada en “su” cielo —quiere ver y tocar materialmente cómo se compone un libro, ya que su vida está “en escrito”, ya que su vida es un libro— y sin embargo sale de esa imprenta como si saliera del Infierno, sufriendo su mayor dolor. Pues ha comprobado que allí también se está componiendo el Avellaneda. Y del infierno supuestamente real nos habla la “falsa muerta” Altisidora, en la breve segunda visita —forzada— de Sancho y don Quijote al palacio de los Duques. Curiosamente Cervantes no se olvida de anotarnos que, en el umbral del infierno, Altisidora ha visto —lo cuenta ella— a los diablos destrozando a patadas, como en un juego, las páginas de un libro diabólico: el Avellaneda. Y por supuesto el hallazgo más genial: cuando Cervantes “arranca” del Avellaneda a uno de sus protagonistas básicos, a D. Álvaro Tarfe, y lo convierte en persona “real” dentro de su novela. En el mesón, D. Álvaro jurará en privado y en público (ante el alcalde, como en un acta notarial) que este Sancho y este Don Quijote son los “verdaderos” y no los falsos que él había conocido en sus otras andanzas caballerescas. Y digo que ese procedimiento es genial, porque el hecho de arrancar a un personaje de un libro para trasladarlo como persona real a otro libro, confirmará la verdad de la literatura (ya lo estaba haciendo Cervantes con el juego de espejos entre la primera y la segunda parte); una verdad que es la que retomarán decisivamente Fielding y Sterne para consolidar la novela (escribiendo “al modo de Cervantes”) ante la burguesía británica del XVIII. No deja de ser sintomático, a la vez, que Stendhal yFlaubert dijeran siempre que su vocación de escritores la habían descubierto leyendo el Quijote desde niños. Pero volvamos a lo nuestro.

Si Avellaneda es la otra obsesión del final de la segunda parte, evidentemente Dulcinea, repito, constituye su verdadero hilo narrativo pues ahora —tras la derrota en las playas de Barcelona— ella es lo único que le queda a nuestro caballero, ya que ha jurado abandonar las armas. 

Por eso hasta se pelea con Sancho para que Sancho se azote y Dulcinea se desencante. Pero llegan al pueblo —pensando en hacerse pastores— y de pronto se oye la voz de unos muchachos que dicen: “No la has de ver en todos los días de tu vida”. Y llega una liebre temblando y perseguida por los cazadores y Don Quijote piensa que es Dulcinea y que ya no la encontrará nunca. Por eso Don Quijote enferma de melancolía, por la pesadumbre de haber sido vencido y no haber podido desencantar a Dulcinea. Por eso renuncia a las caballerías, nos da su nombre de hidalgo (Alonso Quijano el Bueno: ahí ya no aparece el Don que ha sido “transgresor” en los dos libros) y “dio su espíritu”, o como añade Cervantes con una ironía literal magnífica: “Quiero decir que se murió”. Curiosamente, acordándose del Avellaneda.

Aunque ya que hablamos de finales —y estamos en el final— quisiera sólo recordar otro final del Quijote que suele olvidarse. Cuando tras la desastrosa aventura del barco encantado, al borde del Ebro, Don Quijote se desespera y nos dice: “Todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más”.

Ese impresionante “yo no puedo más” nos lleva directamente a la pluma de Cide Hamete, que es la última que habla en el libro (porque es la única dueña del tiempo/espacio de Don Quijote). Únicamente a partir de esa pluma colgada en la pared —y que nos manda callar— podríamos quizá seguir hablando del Quijote en su lucha por dar sentido a un mundo que jamás lo ha tenido.

El mundo sólo puede tener “historia”, sólo puede tener sentidos: y así surgió el tiempo (los tiempos múltiples) de la novela. Imagino que la aparición de esta escritura/ lectura laica es tan básica como la pregunta que en el segundo libro, en el capítulo II, se hace Sancho, “espantado”, ante Sansón Carrasco: ¿cómo pudo saber, el historiador que las escribió, las cosas que les habían sucedido a Sancho y a Don Quijote si ellos estaban “a solas”? O la no menos magnífica pregunta de Don Quijote, también ante el que luego será su rencoroso enemigo vengativo, el propio Sansón Carrasco, a propósito de si el libro va a continuar, de si promete el autor “segunda parte”. ¡Y ya está en ella! Estas dos cuestiones claves sobre la verdad literaria constituyen evidentemente la deuda más decisiva que Cervantes dejó en herencia a todos los escritores que vinieron después.

Y a los que nos hemos dedicado a leerlo para comprender de qué hablamos cuando hablamos de literatura.

*Juan Carlos Rodríguez es catedrático de Literatura en la Universidad de Granada.