miércoles, 25 de noviembre de 2015

PRENSA. Viñeta de Forges

   En "El País" (24 noviembre 2015):

ARTE. PINTURA. Cuadros del Romanticismo

   En "jotdown":

¿Cuál es tu pintura favorita del Romanticismo?

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Intimidad, espiritualidad, color y tendencia al infinito, esas son las cualidades que Baudelaire atribuyó a las pinturas del Romanticismo. Ante una descripción tan certera poco más podemos añadir, salvo que algunas de ellas parecen encerrar toda una película en una sola imagen, resultando dignas de ser escrutadas durante horas. Aquí va una breve selección y quien lo desee puede añadir algún otro ejemplo.
(La caja de voto se encuentra al final del artículo)
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La dama de Shallot, de John William Waterhouse
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El cine de animación de Hayao Miyazaki se caracteriza por una sensibilidad y una imaginación desbordantes y un buen ejemplo de ello lo tenemos en la encantadora Ponyo en el acantilado. Pues bien, tal como explicaba en esta entrevista, la inspiración la encontró en el cuadro que ven sobre estas líneas. Una pintura que a su vez se basa en el poeta Alfred Tennyson, que escribió en torno a la leyenda del rey Arturo. La hermosa y lánguida dama es en realidad una bruja que estaba encerrada en un castillo, bajo pena de caer en un hechizo si se asomaba por la ventana. Allí todo el santo día no hacía más que tejer y mirar el espejo, que al menos le servía de televisión. Por él conoce a Lancelot y queda enamorada hasta el punto de asomarse en su busca, el hechizo se cumple y entonces ella escapa en barca dirección a Camelot. Para cuando llega a la orilla la muerte ya la ha alcanzado y encuentran un lirio en una mano y una carta de amor en la otra. Forma parte de una trilogía junto a La dama de Shallot en busca de Camelot y Estoy cansada de las sombras, dijo la dama de Shalott.
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La destrucción de Pompeya, de John Martin
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Si Waterhouse inspiró a Miyazaki, este otro inglés nacido en 1789 parece que directamente pintó pensando en las superproducciones de Hollywood. Su cuadro Fiesta de Belsasar influyó notablemente en los decorados de Babilonia que empleó D.W. Griffith en Intolerancia y el legendario creador de efectos especiales Ray Harryhausen hablaba en esta entrevista de cómo le influyeron sus cuadros e incluso cataloga a Martin nada menos que como el padre del cine moderno. ¿No recuerda esto al mismísimo Senado Galáctico? Además de la destrucción de Pompeya que ven sobre estas líneas pintó magníficas escenas como La destrucción de Sodoma y Gomorra, La séptima plaga de Egipto, Pandemonium e incluso dibujó dinosaurios en feroz combate. Puro espectáculo.
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Crimen de Castillo II, de Francisco de Goya
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Cualquiera de sus pinturas negras merecería estar aquí, pero ya les dedicamos una encuesta, así que por elegir una algo menos conocida —aunque estrechamente vinculada a ellas en estilo y tema— aquí traemos esta. Se centra en el caso real de María Vicenta Mendieta, una madrileña que en complicidad con su amante y primo asesinó a su marido. En una primera obra retrató el momento del crimen, con el amante disfrazado de fraile y en esta, también llamada Interior de prisión, vemos a la protagonista abatida en su celda, esperando que se ejecute la sentencia. Una escena desoladora a la que Goya también le dedicó un capricho muy parecido.
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El Temerario remolcado a dique seco, de J. M. W. Turner
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No podía faltar un atardecer, con sus tonos cálidos, sus largas sombras y su melancolía por otro día que ya se nos escapa, a la que se añade la de contemplar arrastrado hacia el desguace al buque de guerra orgullo de la marina británica, que participó en Trafalgar dando por saco a las tropas españolas. Bien mirado en realidad ya no da tanta pena… aunque para los ingleses, de acuerdo a una encuesta de la BBC, es su mejor pintura nacional. El autor acompañó la pintura con la leyenda «la bandera que desafió la batalla y la brisa ya no le pertenece».
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Pescadores en el mar, de J. M. W. Turner
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Aquí tenemos de nuevo a Turner en una escena marítima en la que la luz juega un papel fundamental, esta vez con unos pescadores navegando iluminados por la luna.
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El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich
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Si tuviéramos que anunciar en televisión la obra de este pintor el título podría ser «Los paisajes que emocionaron a Hitler», pero un artista no merece ser condenado por sus admiradores. Nacido en Dresde en 1774, por la época, temperamento y estilo es inequívocamente romántico. Sus pinturas son extraordinariamente evocadoras e incluso han sido descritas como metafísicas. De hecho esta imagen ha sido empleada como portada en algunos libros de Friedrich Nietzsche y la asociación resulta todo un acierto, pues como es sabido encontraba la inspiración dando largos paseos por el monte y la pintura en sí misma parece evocar su filosofía. Pero en realidad el personaje del centro es el propio pintor, contemplando suponemos que extasiado un grandioso paisaje a sus pies.
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Mar de hielo, de Caspar David Friedrich
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Aquí tenemos otra pintura del mismo autor, que en un primer vistazo recuerda inevitablemente a la Fortaleza de la Soledad. Los paisajes helados suelen transmitir armonía y paz, pero aquí las formas afiladas del hielo resultan hostiles y su amontonamiento sugiere un violento choque, al que el barco (el HMS Griper, famoso en su tiempo por una expedición a Groenlandia, pero que no naufragó) ha sido incapaz de resistir y está a punto de hundirse, asomando levemente su popa a la derecha. Tal vez el aspecto amenazador de la obra esté relacionado con el episodio que el autor vivió en su infancia, cuando se hundió en el hielo y su hermano murió ahogado al rescatarlo. El cuadro está muy relacionado con una pintura encargada por la zarina de Rusia, El naufragio de El Esperanza, hoy perdida y se inspira en un esbozo del deshielo del río Elba que pintó el autor unos años antes.
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Experimento con un pájaro en una bomba de aire, de Joseph Wright
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Este cuadro de excepcional realismo formalmente es etiquetado como neoclasicismo y su autor era un ilustrado que quería dar a la ciencia el protagonismo y la seriedad que hasta entonces había tenido la religión. Vale, de acuerdo. Pero fíjense bien… ¡Todo en él es puro Frankenstein! Los aquelarres que pintaba Goya eran menos tenebrosos que este experimento científico que nos tememos que acabará invocando a fuerzas ignotas del más allá.
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La libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix
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Una obra que no necesita presentación, y menos en estos días.
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El beso, de Francesco Hayez
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El romanticismo sentía predilección entre otras cosas por la época medieval, por el amor apasionado y por los movimientos nacionalistas. Esta pintura encarna las tres cosas, pues según han interpretado algunos sería una representación simbólica del Risorgimento, que desembocaría en la reunificación de Italia.
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La catedral de Salisbury vista a través de los campos, de John Constable
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Este cuadro de 1831 tan recargado nos muestra el turbulento estado de ánimo de su autor, que había quedado viudo poco antes. El hecho de que añada un arcoíris podría indicar que no le sentó mal del todo… aunque al representar a la catedral debajo probablemente quería expresar su esperanza en que algún día, de alguna manera, uno podrá reencontrarse con los seres queridos que perdió.
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La pesadilla, de Johann Heinrich Füssli
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Fue pintada en 1781, en plena Ilustración, pero ya adelanta los temas del romanticismo: su gusto por lo irracional, misterioso y sensual. La joven yace en una postura de entrega muy sugerente y vulnerable, pero en un fuerte contraste un extraño demonio está sentado sobre ella dando a la escena un aire opresivo, que para rematar incluye un caballo fantasmal metiendo la cabeza. El autor creó una segunda versión bastante menos lograda una década después.

martes, 24 de noviembre de 2015

PRENSA. Viñeta de Forges

    En "El País"(13 noviembre 2015):

PRENSA CULTURAL. "César Rendueles pone el capitalismo frente al espejo de la literatura"

   En "El País":

César Rendueles pone el capitalismo frente al espejo de la literatura

El autor de ‘Sociofobia’ critica en ‘Capitalismo canalla’ los excesos de la mercantilización y del consumismo. “La literatura es un trabajo de pocería al margen de discursos dominantes”


César Rendueles, en Madrid. / BERNARDO PÉREZ


La precocidad en literatura parece reservada a los trabajadores de la emoción y la imaginación, es decir, a los poetas. Como mucho, a los novelistas. El pensamiento, mientras, parece exigir tiempo de estudio y de decantación de lo estudiado. De ahí la rareza de que un menor de 40 años publique un primer ensayo que sea original en el fondo y brillante en la forma. Ese fue el caso del filósofo César Rendueles, que en 2013 se estrenó con Sociofobia (Capitán Swing), un trabajo sobre “el cambio político en la era digital” que tanto los críticos como los lectores de EL PAÍS eligieron mejor ensayo del año. Nacido en Girona en 1975 y criado en Gijón, Rendueles ejerce como profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid después de trabajar en el Círculo de Bellas Artes y de formar parte del colectivo Ladinamo, un semillero de la cultura alternativa que algún día será objeto de tesinas y tesis.
Sociofobia mezclaba el rigor de un estudioso de la modernidad con la chispa de un nativo digital y los servía en una prosa clara y bienhumorada destinada a desmontar las promesas de felicidad del fetichismo cibernético. Dos años después, César Rendueles publica Capitalismo canalla (Seix Barral), una “historia personal del capitalismo a través de la literatura” que no pretende ser, avisa su autor, “un canon estético ni ideológico”. Experto en la obra de Walter Benjamin, Rendueles conecta su nuevo ensayo con el Libro de los pasajes del pensador alemán: “Benjamin hablaba de ese trabajo como de ‘un cuento de hadas dialéctico’. Con material procedente de la fotografía, la poesía o la historiografía quería construir una historia alternativa del siglo XIX. Lo mío es mucho más modesto pero comparte esa idea: usar materiales heterogéneos como puertas traseras para acceder a dimensiones de la historia que a veces quedan ocultas”.

Lo que nos permiten las novelas es acceder no al mundo tal y como es sino a cómo lo vemos. Es un trabajo de pocería al margen de los discursos dominantes
Si esas dimensiones son el nihilismo destructivo al que conduce el consumismo o “la subordinación de toda nuestra vida social a las relaciones comerciales”, las puertas traseras para llegar a ellas son novelas como W o el recuerdo de la infancia, de George Perec; El disputado voto del Señor Cayo, de Miguel Delibes; o El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Rendueles sabe que esta última se ha leído como apología del colonialismo y, a la vez, como su crítica más feroz, pero no cree en la literatura como transmisora de las ideas dominantes: “Tal vez tiro piedras contra mi tejado, pero a veces hacemos lecturas demasiado exigentes de los textos literarios desde un punto de vista político. Yo mismo he dicho alguna vez que en la literatura española de los noventa desaparecieron las vivencias de las clases populares, pero creo que eso dice más de los lectores que de los autores. Lo que nos permiten las novelas es acceder no al mundo tal y como es sino a cómo lo vemos. Con ellas hacemos arqueología interior, vamos retirando capas hasta llegar a un magma maloliente. La literatura trabaja con la podredumbre. Es un trabajo de pocería al margen de los discursos dominantes”. ¿Y Conrad? “De Conrad me interesa la dimensión subjetiva de alienación, muchas veces compartida por los colonos y por los colonizados. En él se ve muy claro que la alienación –pasiva, repetitiva, violenta, sin sentido- es lo contrario de esa sensación inimitable de estar siendo uno mismo”.
En Capitalismo canalla reaparece una de las tesis centrales de Sociofobia. Lejos de ser el hábitat natural que nos parece ahora, el mercado fue tradicionalmente una excepción reducida a un lugar y un tiempo determinados: los días de mercado. “Es una idea que tomo de Karl Polanyi, que explica que la mercantilización es algo exótico y reciente. En sí mismo eso no es algo negativo –también la declaración de los derechos humanos lo es-, pero deberíamos pararnos a pensar cuando la mercantilización genera procesos destructivos como los que nos han llevado a esta crisis. Todas las sociedades han tenido relaciones mercantiles, pero siempre han ocupado un lugar si no marginal sí muy limitado. Siempre ha habido espacios que estaban al margen del mercado. Hoy lo único que lo está es la familia”.

Los periodos de mayor progreso social y moral han tenido que ver con el control de la mercantilización
Ajeno a todo adanismo, Rendueles no plantea, dice, un retorno atávico a un momento ideal de sociedades pasadas supuestamente más cordiales y comunitarias: “Para nada. Planteo que pensemos cuál es la dimensión que queremos dar al mercado en nuestra sociedades. Los periodos de mayor progreso social y moral han tenido que ver con el control de la mercantilización. Eso fue el keynesianismo después de la Segunda Guerra Mundial: la desmercantilización parcial de la sanidad, de la educación, del mercado de trabajo... No es extraño que hoy lo subversivo en las facultades de Economía sea Keynes: que el Estado regule el mercado, que paguen más impuestos las clases altas... Sus ideas ponen de los nervios a los neoliberales. Prefieren a un marxista radical explicando la teoría del valor”. De ahí que, al contrario que en mayo del 68, el 15-M no pidiera nada imposible sino una vuelta al Estado del bienestar, algo que ahora parece casi utópico. “En el fondo”, aclara Rendueles, “los revolucionarios siempre han tenido originalmente un objetivo modesto: dar comida y educación a la gente y liberarla del despotismo. No parece excesivo teniendo en cuenta nuestro nivel de desarrollo, ¿no?”.

Balleneros con contrato basura y 'hipsters' del siglo XIX


Gregory Peck en una imagen de la película 'Moby Dick', adaptación de John Huston de la novela de Herman Melville.
George Perec. “Su W es un país cuya vida social gira en torno al deporte. Perec imagina cómo sería una sociedad basada en la competencia extrema. Nos suena, ¿verdad?”.
Herman Melville. “Moby Dick es básicamente la historia de un emprendedor enloquecido, el capitán Ahab, que construye una mitología nihilista en torno a un proyecto de exportaciones extractivas y arrastra en su caída a una plantilla de trabajadores precarios”.
L. F. Céline. “El protagonista de Viaje al fin de la noche comprueba en África la continuidad entre la violencia colonial, el esclavismo y la disciplina laboral”.
Jack Kerouac. “En el camino casi siempre se entiende al revés. Como influyó mucho en la contracultura de los sesenta se lee retrospectivamente como un anticipo de la Era de Acuario y los pantalones de campana. En realidad, se comenzó a escribir en 1948 y es, básicamente, un testimonio del final de la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva eufórica del bando ganador”.
Geoff Dyer. “Yoga para los que pasan del yoga narra la depresión de un periodista cultural. Es un Fausto de hoy porque el Fausto de Goethe es un hípster del siglo XIX: busca satisfacer sus ansias de autorrealización individualista. Hoy todos somos así. En vez de un perro que se convierte en Mefistófeles tenemos escaparates. Nuestras almas ‘rejuvenecen’ con el consumo”.
   En "infolibre":
A la sombra de la dictadura de Franco
Julián Casanova (historiador)      19 noviembre 2015

El dictador Francisco Franco junto a Heinrich Himmler y Ramón Serrano Súñer.  EP

El dictador Francisco Franco junto a Heinrich Himmler y Ramón Serrano Súñer. EP
Se cumplen hoy cuarenta años de la muerte de Francisco Franco, del “Caudillo de España por la gracia de Dios”, del dictador que dominó de forma absoluta durante casi cuatro décadas.

Si se repasa su historia, Franco logró lo que se proponía: una guerra de exterminio y de terror en la que se asesinaba a miles en la retaguardia para que no pudieran levantar cabeza en décadas. Forjado en el africanismo, la contrarrevolución y el anticomunismo, nunca concedió el más mínimo respiro a los vencidos o a sus oponentes. De palabra y de obra. "No sacrificaron nuestros muertos sus preciosas vidas para que nosotros podamos descansar", declaraba en la inauguración del Valle de los Caídos en abril de 1959. Recordar la guerra, siempre en guardia contra el enemigo, no cambiar nada, confiar siempre en esas fuerzas armadas que tan bien habían servido a la nación española, utilizar la religión católica como refugio de su tiranía y crueldad. Ésa era la receta.

Su legado y el de la larga dictadura que presidió no es fácil resumirlo y es objeto de debate entre historiadores y de encontradas opiniones entre la ciudadanía. Franco buscó y consiguió la aniquilación de sus enemigos que, vistos los resultados, fueron en verdad muchos. Gobernó con el terror y la represión, pero también tuvo un importante apoyo social, muy activo por parte de las numerosas personas que se beneficiaron de su victoria en la Guerra Civil y más pasivo de quienes cayeron en la apatía por el miedo o de quienes le agradecieron la mejora del nivel de vida durante sus últimos quince años en el poder. Para muchos españoles, la dictadura significó cuatro décadas de miedo, subordinación, ignorancia y olvido de su propio pasado y del mundo exterior. Para otros, una idea sostenida todavía en la actualidad por una parte de la derecha política, Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes.

La España de 1939 y la de 1975 se parecían, efectivamente, poco. Una profunda transformación económica y social había causado grandes cambios en las clases medias y trabajadoras y en la administración del Estado. Los sindicatos ya no eran agentes de la revolución social sino instrumentos para conseguir libertades democráticas. El proyecto de cambio político y social de la Segunda República quedó sepultado en la gran tumba que el franquismo cavó desde abril de 1939. La república, el anarquismo y el socialismo desaparecieron de las reivindicaciones, como desapareció también el anticlericalismo, el anticapitalismo y el problema de la reforma agraria, algunos de los ejes fundamentales de las luchas sociales y políticas de los años treinta. Los modelos históricos de sociedad y cultura de la derecha y de la izquierda habían quedado atrás, superados por la modernización.

Cuando Franco murió, su dictadura se desmoronaba. La desbandada de los llamados reformistas o “aperturistas” en busca de una nueva identidad política era ya general. Muchos franquistas de siempre, poderosos o no, se convirtieron de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida. La mayoría de las encuestas realizadas en los últimos años de la dictadura mostraban un creciente apoyo a la democracia, aunque nada iba a ser fácil después de la dosis de autoritarismo que había impregnado la sociedad española durante tanto tiempo. Era improbable que el franquismo continuara sin Franco, pero Arias Navarro y su Gobierno mantenían intacto el aparato represivo y tenían a su disposición ese ejército salido de la guerra, educado en la dictadura y fiel a Franco. Ese equilibrio “desigual e inevitable” entre el legado autoritario del franquismo y las aspiraciones democráticas enmarcó los primeros años de la transición.

Tras una compleja transición, sembrada de conflictos y de obstáculos, la democracia cambió el lugar de España en Europa, con su total integración en ella, uno de los sueños de las elites intelectuales españolas desde finales del siglo XIX. El reto de los españoles del siglo XXI ya no consiste tanto en crear una democracia plena con derechos y libertades, caballo de batalla, a veces sangriento, de algunas de las generaciones que nos precedieron, como en seguir cambiando para mejorarla y reforzar la sociedad civil y la participación ciudadana.

Cuarenta años después de la muerte del último dictador de nuestra historia, la sociedad española ha podido dejar atrás algunos de los problemas fundamentales que más la habían preocupado en el pasado. Pero desde su tumba, Franco parece mostrar todavía el camino a seguir en otros no menos importantes. El Valle de los Caídos fue suyo en vida y continúa siéndolo tras su muerte, incapaces los gobiernos democráticos de establecer una política coherente de gestión pública de esa historia. Y las miradas libres a ese pasado traumático, así como la reparación política, jurídica y moral de las víctimas de la violencia franquista, generan el rechazo y el bloqueo de poderosos grupos bien afincados en la judicatura, en la política y en los medios de comunicación.

La dictadura de Franco recordó siempre su victoria en la guerra civil, llenando España de lugares de memoria. Los vencedores ajustaron cuentas con los vencidos, recordándoles durante décadas quiénes eran los patriotas y dónde estaban los traidores. Calles, plazas, colegios y hospitales de cientos de pueblos y ciudades llevaron desde entonces, y en bastantes casos presentes todavía hoy, los nombres de militares golpistas, dirigentes fascistas de primera o segunda fila y políticos católicos.

Los otros muertos, los miles y miles de rojos e infieles asesinados durante la guerra y la posguerra, no existían, porque no se les había registrado o se había falseado la causa de su muerte (“fractura cráneo”, “herida arma fuego”, se escribió en los libros de defunción), asunto en el que algunos obispos y curas tuvieron una responsabilidad destacadísima. Habían sido abandonados en dehesas, extramuros, tapias de cementerios o fosas comunes. Por eso sus familias, sus hijos y nietos, todavía los buscan hoy, ayudados por diferentes asociaciones y foros “para la recuperación de la memoria histórica”. Sólo quieren un poco de recuerdo y dignidad, bastante menos de lo que están obteniendo los cientos de “mártires de la cruzada” que la Iglesia católica española y el Vaticano se han empeñado en beatificar.

Calles, monumentos, símbolos, ritos y víctimas. Todo eso y mucho más nos queda del franquismo, cuarenta años después, sin necesidad de mencionar aquí a los políticos y servidores de la dictadura todavía vivos, a esos que abrazaron con tanto tesón y convicción las ideas autoritarias y represoras. Hay quienes quieren ahora que la memoria saque a la luz hechos y personas que la historia no documentó. Otros dicen estar cansados ya de tanta historia y memoria de guerra y dictadura. El pasado se ha hecho presente, convertido ahora en un campo de batalla político y cultural, donde se da la voz con más fuerza que nunca, en libros, documentos y homenajes, a los supervivientes de aquellas experiencias tan traumáticas.

Pero el registro del desafuero cometido por los militares sublevados y por el franquismo, investigado y divulgado por notables historiadores, ha hecho también reaccionar, por otro lado, a conocidos periodistas, propagandistas de la derecha y aficionados a la historia, que han retomado la vieja cantinela de la manipulación franquista: fue la izquierda la que con su violencia y odio provocó la guerra civil y lo que hizo la derecha y gente de bien, con el golpe militar de julio de 1936, fue responder al “terror frentepopulista”. La propaganda sustituye de nuevo al análisis histórico. Es la sombra alargada del franquismo, otra forma de vengarse años después.

Son varias y poderosas las armas que utiliza esa propaganda. Están, en primer lugar, los seudohistoriadores, los encargados de transmitir en un nuevo formato, con libros bien cocinados y preparados para la divulgación, las viejas tesis franquistas que ya sólo servían para uso de la ultraderecha y de los nostálgicos de la dictadura. Son relatos basados en fuentes secundarias y desprecian datos y hechos que no se adaptan a sus tesis. Sus conclusiones, además, son presentadas como novedosas por el marketing agresivo de sus editores, de quienes les hacen la publicidad y de que quienes les dedican las reseñas, donde suelen destacar su valentía para enfrentarse en solitario a la dictadura de los historiadores universitarios. Aparecen, por último, en el tercer nivel de esa estrategia propagandística, los periodistas y tertulianos de los medios de comunicación que jalean y aplauden sus libros y opiniones e insultan y calumnian al contrario.

Estamos ahora, por lo que al franquismo se refiere, en la “era de la memoria”, tan incómoda para muchos, en el regreso del pasado oculto y reprimido. Es una construcción social del recuerdo, que evoca con otros instrumentos, y a veces deforma, lo que los historiadores descubrimos. No sabemos qué quedará de todo ello para el conocimiento histórico de las generaciones futuras, de aquellos historiadores que ya no habrán vivido la dictadura. Pero para llegar hasta allí , necesitamos, y ésa es la responsabilidad de políticos y gobernantes, preservar los testimonios y documentos, crear un Museo-Archivo de la Memoria, al que deberían incorporarse como propiedad pública los fondos documentales de la Fundación Nacional Francisco Franco, y transmitir una educación democrática que impida que las nuevas generaciones de estudiantes reciban todavía el legado ideológico del autoritarismo. Es un legado pesado, dominante durante mucho tiempo, e imposible de olvidar. Por eso regresa, vuelve con diferentes significados, lo actualizan sus herederos. Cuarenta años después de su final.
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Julián Casanova
 es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y visiting professor de la Central European University de Budapest y autor y editor de Cuarenta años con Franco (Crítica).

lunes, 23 de noviembre de 2015

PRENSA. Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (19 noviembre 2015):

Entrevista al politólogo Sami Naïr

   En "cuartopoder":
13N / ENTREVISTA AL POLITÓLOGO Y FILÓSOFO FRANCÉS SOBRE LOS ATENTADOS DE PARÍS

Sami Naïr: “La respuesta de François Hollande ha sido absolutamente adecuada”

| Publicado: 


Lucía Martín *

Sami_Naïr_Wikipedia
Sami Naïr, en una imagen de archivo. / Wikipedia
Sami Naïr (Tlemcen, Argelia, 1946) es un politólogo y filósofo francés que está considerado como una de las eminencias en temas de inmigración en el país vecino. Nacido en Argelia pero criado en Francia, fue asesor en la materia de Lionel Jospin, de 1997 a 1999 y europarlamentario hasta 2004. Catedrático en Ciencias Políticas, es también director del Centro Mediterráneo Andalusí de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.
– Acabamos de asistir a redadas en barrios de la periferia de Paris, las banlieues, y también ahora en Bruselas, ¿qué pasa en los suburbios franceses, belgas o de Londres?
– Nada, no pasa nada. Sí pasa porque hay una situación de crisis, hay problemas sociales pero no son los suburbios los que están en rebeldía hoy en contra del Estado. Estos terroristas no tienen nada que ver con la inmensa mayoría que vive allí, hay unos grupos que han sido manipulados ideológicamente y se han vinculado a grupos terroristas, a Daesh en concreto, pero no representan para nada a estas poblaciones marginadas, estos barrios de pobreza, prefiero llamarlos así, en Francia. En Bélgica me parece que la situación es igual, no es posible culpar a toda esta población. Que los integristas puedan encontrar en estos barrios un terreno favorable para sus estrategias de reclutamiento, para su proselitismo del odio sí, pero lo pueden también encontrar en otros lugares. Quiero dejar claro que no se puede estigmatizar a los suburbios.
– Pero la falta de integración sí está favoreciendo que se marchen jóvenes de estos entornos para adiestrarse en Siria…
– Hay un problema de integración, pero no solo para esta gente. Las políticas económicas y sociales en Francia desde hace unos 15 años han provocado la desagregación del sistema social y económico. Hay paro, precariedad, y como en otros países, también España, hay una parte importante de la población marginada. Jóvenes que no encuentran trabajo. En las banlieues esa situación es mucho más radical, la pobreza es prácticamente el doble que en el resto de la población francesa. Hay dos, casi tres más parados entre los jóvenes de los suburbios que en el resto de población. Entre ellos hay una parte que acepta esa situación, otra que intenta cambiarla democráticamente y otros que caen en las redes de los terroristas. Éstos juegan sobre un tema de identidad, y esa gente ha perdido toda referencia cultural, ideológica, que en general es el resultado del fracaso escolar. Los terroristas explican a esa gente que si están en esa situación es porque son musulmanes, porque comparten una religión odiada por Occidente y que hay que defenderse para cambiar la situación. Es tan fácil como eso. A partir del momento en que se alistan les lavan el cerebro. Pero repito, esto concierne una minoría de la población, la población de los suburbios en Francia es alrededor de 8 millones de pobres. Los que caen en estas redes no son representativos pero claro que es un problema de seguridad y sobre todo, un problema para los musulmanes en Francia, porque uno de sus objetivos es transformar la relación de integración en relación conflictiva respecto a al país.
– ¿Cómo se puede prevenir que alguien se convierta en hombre o mujer bomba?
– La respuesta es conocida, integración social, profesional. Es un trabajo pedagógico que necesita de un funcionamiento correcto de la escuela, de la familia. Vivimos una crisis profunda de la familia que no juega el papel de transmisión de los valores, del respeto y eso proviene de la pobreza pero también, no hay que negarlo, de que una parte de la población de esos barrios ya no cree en la integración y considera que desde hace 25 años no se ha hecho nada. A partir de ahí hay una desconexión con el conjunto nacional. Son problemas que te puedes encontrar en todas partes, no solo en Francia.
– Pero hace 40 años la banlieue de Paris estaba igual o peor que ahora mismo. No ha habido evolución. La película La Haine sigue siendo actual.
– Evidentemente, porque la política social de los gobiernos, del corte que sean, nunca ha tomado en cuenta estos barrios. La sociedad se ha librado al mercado y el Estado es el principal culpable en este caso. Han invertido estos últimos años mucho dinero, desde 2005, pero, francamente cuando uno los visita ve que no ha funcionado nada. Es un problema generado por las políticas económicas seguidas estos últimos 15 años. Las imposiciones de Bruselas han hecho que el Estado haya abandonado territorios enteros de la nación porque no había dinero para ellos. Eso tiene lugar en Francia y en otros países.
– ¿Cree que los atentados han tenido lugar en París de la misma forma que podrían haber tenido lugar en Nueva York, Londres o Madrid?
– No creo. A los terroristas, al Estado Islámico, la situación de las banlieues le importa un pepino, les viene muy bien de hecho. Los atentados son el resultado de la intervención de la aviación francesa en el conflicto sirio, y por los bombardeos de Francia en Irak y en Siria, hay mucha retórica detrás de todo esto. La eficacia de esos bombardeos no ha sido demostrada aunque ahora creo que sí pueden dañar al estado Islámico. Pero no se podrá acabar con este EI únicamente con bombardeos.
– ¿Qué le parece la respuesta de François Hollande?
– La respuesta de Hollande ha sido adecuada, absolutamente adecuada. Como jefe de Estado considera que es un acto de guerra y declara la guerra al Estado Islámico, tal y como los rusos han hecho. Pero hay que entender que este conflicto va a destrozar completamente la región de Oriente Medio. Vamos a tener ahí un caos generalizado y la única forma de acabar con eso es un acuerdo internacional. La intervención francesa o rusa son los primeros pasos, y estoy convencido de que en los próximos días tendremos otros, pero no son suficiente. La solución es pacífica: hay que reconstruir Siria para que pueda recuperar a sus refugiados, hay que reconstruir Irak y eso supone un gran acuerdo internacional. Oriente Medio se ha vuelto hoy el foco central de una posible III Guerra Mundial, la gente no se da cuenta de lo que está pasando ahí.
– ¿Qué opinión le merecen los que afirman que los yihadistas están entrando con los refugiados? 
– Eso es una manipulación grosera. Se ha demostrado que ese pasaporte no venía de ningún refugiado. Van a seguir manipulando, por supuesto, porque es muy fácil para ellos tensionar cada vez más la situación. Su lógica es la creación del caos, lo que vivimos ahora es el resultado directo de las intervenciones en Irak, ahí nació el Estado Islámico, que es una organización irakí, no siria.
(*) Lucía Martín es periodista.

viernes, 20 de noviembre de 2015

POESÍA. "Crecida", de Blas de Otero (1916-1979)

Blas de Otero

Crecida

Con la sangre hasta la cintura, algunas veces
con la sangre hasta el borde de la boca,
voy
avanzando
lentamente, con la sangre hasta el borde de los labios
algunas veces,
voy
avanzando sobre este viejo suelo, sobre
la tierra hundida en sangre,
voy
avanzando lentamente, hundiendo los brazos
en sangre,
algunas
veces tragando sangre,
voy sobre Europa
como en la proa de un barco desmantelado
que hace sangre,
voy
mirando, algunas veces,
al cielo
bajo,
que refleja
la luz de la sangre roja derramada,
avanzo
muy
penosamente, hundidos los brazos en espesa
sangre,
es
como una esperma roja represada,
mis pies
pisan sangre de hombres vivos
muertos,
cortados de repente, heridos súbitos,
niños
con el pequeño corazón volcado, voy
sumido en sangre
salida,
algunas veces
sube hasta los ojos y no me deja ver,
no
veo más que sangre,
siempre
sangre,
sobre Europa no hay más que
sangre.
Traigo una rosa en sangre entre las manos
ensangrentadas. Porque es que no hay más
que sangre,
y una horrorosa sed
dando gritos en medio de la sangre.
                                       Del libro Ángel fieramente humano (1950)

HISTORIA. "Sin respeto por la historia". Ángel Viñas

   En "publico.es":

Sin respeto por la historia

El siguiente texto es un fragmento de la introducción escrita por Ángel Viñas en la 'Revista de Historia Contemporánea Hispania Nova', que ha dedicado su número, íntegramente, a combatir la biografía de Franco escrita por el catedrático emérito de la Universidad de Wisconsin y conocido hispanista, Stanley G. Payne, y el periodista Jesús Palacios Tapias.  



Serrano Suñer, Franco y Mussolini, en 1941. | Efe
BRUSELAS.- La génesis de este número es bastante simple. Franco. Una biografía personal y política es el título de la obra sobre la que gravitan los artículos que lo componen. Salió al mercado en la segunda mitad de septiembre de 2014. Con ello logró la primicia de adelantarse casi un año al XL aniversario. Los motivos presumibles serán, sin duda, varios. Más adelante aventuraré alguna conjetura. Los autores explican que habían llegado a la conclusión "de que era el mejor momento de hacer un nuevo esfuerzo de descripción y evaluación (....) Nuestros lectores podrán juzgar si aportamos aquí datos significativos para la comprensión de la época de Franco en la historia de España".

Así, pues, Stanley G. Payne y Jesús Palacios (en adelante P/P) afirman inequívocamente que su obra da a conocer algo nuevo sobre una figura "compleja y polarizada". Se basan para ello en dos supuestos: "hemos tenido acceso a un buen número de nuevas fuentes (...) hasta la abundante información procedente de nuevas fuentes primarias". Ruego al lector de estas líneas tener presentes ambas declaraciones sobre las cuales haré algunas precisiones posteriormente.
Servidor procuró adquirir tan prometedora obra tan pronto como le fue humanamente posible. Llevaba años enfrascado en un estudio sobre el comportamiento de Franco, inducido a través de la evidencia primaria relevante de época (EPRE) que había ido recopilando penosamente desde 2010 en diversos archivos, españoles y extranjeros. No extrañará que tuviese el máximo interés en conocer cuanto antes lo que nuestros distinguidos biógrafos habían escrito sobre tan señera figura histórica por si se cruzaba con mi libro en elaboración. Es algo que, en general, los historiadores profesionales suelen hacer. Hay que estar al día, tener humildad y reconocer que uno no detenta la llave del arcón en el que duermen las incógnitas y los problemas de un pasado que no siempre es fácil de desentrañar.

Reconozco sin reserva alguna que mis esperanzas no eran grandes. Años antes los mismos autores habían aprovechado una serie de conversaciones con la hija del Caudillo, hoy duquesa de Franco, para esbozar una imagen biográfica del mismo. Ni el contenido de las conversaciones ni la imagen aportaron, en mi modesta opinión, nada espectacular o novedoso.

Al aparecer, pues, una biografía en buena y debida forma, y tratándose de un segundo intento, pensé que probablemente habrían convencido a la señora duquesa de que les dejase consultar los papeles privados de su padre que no parece que sean los que están ni en los archivos oficiales españoles ni en la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF).
Abrí así el libro en la ingenua creencia de que, si bien el antecedente no era demasiado
alentador, P/P podrían haber escrito en esta segunda ocasión una biografía de tono si no académico por lo menos mínimamente científico, riguroso, analítico. En todo caso algo que supusiera un avance historiográfico con respecto a la canónica obra de Paul Preston.

Confieso, sin tapujos, que mi desilusión fue total. Una rápida lectura, para ver qué es lo que del segundo producto podría incorporar a mi propio estudio sobre Franco, me hizo ver que el esfuerzo, sin duda denodado, que P/P habrán realizado no aportaba absolutamente nada con lo que enriquecer y mejorar mi análisis. Es más, a contrario sensu, a lo más que podía llegar era a verme en la necesidad de poner de relieve algunos de los más flagrantes y, a veces, grotescos errores, omisiones y falaces interpretaciones que chocaban con mi argumentación y sus soportes documentales. Para bien o para mal, esta tarea crítica la he llevado a cabo, aunque necesariamente de refilón, en un libro que se ha puesto en el mercado antes que aparezca en la red este número extraordinario.
La crítica, insisto que de refilón, no me hizo olvidar en ningún momento que la biografía escrita por P/P merecería un análisis más en profundidad. Lo que en ella figura, y lo que en ella se omite, forman un todo destinado, al menos así me pareció, a esculpir una interpretación más o menos presentable y, en el fondo, un tanto redentora del Caudillo y de su dictadura.

Por ejemplo, que P/P hagan de Franco un regeneracionista de, por así decir, última generación me dejó sin aliento. Que disminuyeran en todo lo posible el papel del Caudillo, aunque no puedan negarlo del todo, en quizá la más brutal y duradera represión multimodal que registra la historia española me repugnó profundamente. Que rellenasen centenares de páginas y no abordaran en absoluto los mecanismos de funcionamiento de la dictadura me pareció un fallo analítico imperdonable.

Que echaran salpicaduras aquí y allá, sin la menor trabazón, sobre la conexión de las políticas internas  de Franco con la evolución del entorno exterior me llenó de estupor. Que escribieran parrafadas enteras de una inanidad sobrecogedora sobre su visión del Caudillo de puertas adentro me llevó a pensar qué tipo de biógrafos pueden ser los que tan escasa curiosidad mostraban sobre la dinámica que permitió a SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) hacerse con una cuantiosa fortuna por medios no demasiado éticos en un país ensangrentado por la guerra y en gran parte aterrorizado por la represión.

Su referencia al caso de Jordi Pujol colmó el vaso de mi paciencia. En definitiva en septiembre/octubre de 2014 llegué a tres conclusiones, quizá erróneas, pero de
las que no pude zafarme:

- El valor científico de la biografía escrita por tan notabilísimos y alabados autores es casi igual a cero. Como el de su libro anterior, solo que ahora envuelto en una actitud de gran pretenciosidad y en una supuesta objetividad aireada a los cuatro vientos para encubrir un trabajo banal.
- P/P probablemente lo que habrían querido es "hacer caja", aprovechándose de la cercanía del XL aniversario. Esto de por sí no es nada reprochable. ¿A quién no le gusta que sus libros se vendan cuanto más mejor? Por la caja, por la gloria o por el deseo de que los lectores conozcan sus opiniones, a lo que todo buen historiador aspira.
- Sin embargo, en este caso me pareció que lo que estaba en juego era el intento, un tanto cínico, de explotar al máximo una imagen de "gran hispanista" y ocultar oscuros, pero no borrados, antecedentes ideológicos. ¿Para qué? Verosímilmente para difundir una interpretación que vendiera bien en ciertos círculos de descendientes de quienes en España y en el extranjero siempre ayudaron a Franco.

Reproduzco mis impresiones de hace un año. No pretendo haber estado en lo cierto. Parto, sin embargo, del supuesto de que a los historiadores se nos juzga por nuestras obras y no por nuestras intenciones. A su vez, esas obras se valoran con arreglo a criterios hermenéuticos, metodológicos y heurísticos muy precisos. Para mí, tras una primera y urgente lectura, P/P suspendían en casi todos ellos.

Su afirmación de que la biografía está basada en documentación primaria y en un gran esfuerzo de acopio de la literatura relevante pertenece en buena medida al reino de la fantasía. Tal vez lo habrán anunciado con el fin de pescar incautos, que por desgracia abundan, pero no resiste la menor contrastación hecha con criterios profesionales.
La aseveración de que "casi 40 años después de su muerte, Franco y su larga dictadura aún no han quedado totalmente relegados para la Historia, sino que continúan levantando encendidas pasiones, al menos entre una parte de sus compatriotas" me hizo pensar si estaban realmente pensando en España o en, quizá, otro lugar. Porque me dio la impresión de que el gran hispanista norteamericano parecía haber olvidado el dictum de uno de los grandes literatos de su país, William Faulkner: "The past is never past. It´s not even past"

Pero la reseña crítica que pudiera hacer en alguna revista profesional o incluso en un medio de comunicación de los que también se leen en la red me pareció que no haría justicia a la obra. Si P/P no se han tomado en serio a Franco, la figura del Caudillo sí merece que se la tome muy en serio. Es lo que han hecho numerosos historiadores españoles y extranjeros, con frecuencia no aureolados con las distinciones y glorias académicas y profesionales de que hace gala el profesor Stanley G. Payne.

Conspiración y guerra

El papel de Franco como conspirador contra la República y su actuación en la guerra civil los ha abordado un discípulo y colega del tan llorado Gabriel Cardona. Juan Carlos Losada ha labrado su reputación como historiador militar, ámbito del que P/P no parecen tener demasiada idea. Su contribución es particularmente crítica de las interpretaciones de la biografía y, sin deleitarse en la considerable acumulación de errores en que la obra incurre, llega a un veredicto implacable: el valor de la misma es = cero.

Confieso estar de acuerdo con Losada. Es más, cabe reprochar a tan esforzados biógrafos que, como es habitual en su obra, no se les ocurra profundizar lo más mínimo en su más que pedestre interpretación en lo que toca a la superficialidad de los hechos. No solo no indagan en las interioridades (que ya van conociéndose de la conspiración y que algunos de los protagonistas de la época pusieron desde hace muchos años al descubierto) sino que omiten (una vez más) cualquier análisis crítico de la literatura disponible. Es difícil seguir manteniendo que hasta el último minuto Franco estuvo dubitativo (lo que, sin embargo, sería congruente con su prudencia innata y su dificultad en tomar decisiones) y que, además, quiso cumplir con su juramento de fidelidad a la República. Solo la imparable marcha hacia el estallido de la revolución izquierdista que P/P afirman que se avecinaba y la muerte violenta de Calvo Sotelo no le dejaron otra alternativa.

Naturalmente eluden indagar en las implicaciones de la instrucción reservada de Mola para el Ejército de África de finales de junio y se abstienen de explorar la prehistoria del vuelo del Dragon Rapide y su destino. Todo lo que afirman no tiene una sola referencia documental seria. Sobre el Franco en guerra se ha escrito mucho, pero nuestros autores tampoco están demasiado familiarizados con la moderna y más relevante literatura. Dado que, de nuevo, desarrollan su argumentación al nivel más elemental posible (no más elevado que el que adoptaría un alumno de tercero de grado) todo lo que huela mínimamente a análisis les es extraño. Llama la atención que para todo el período de la guerra solo haya cuatro (quiero decir, 4 y solo 4) referencias a documentos de la FNFF. Es decir que en el terreno más trabajado por la investigación empírica, que ha ido demostrando en los últimos años hasta qué punto habían quedado millares de documentos por explorar, el valor añadido de nuestros autores es o bien nulo o centrado en la tergiversación.

Algún lector pensará que estoy exagerando. Lejos de mí tal pecado. En menos de cinco páginas (pp. 242-246) P/P "despachan" el final de la guerra. Aparte de repetir como papagayos los consabidos mitos de la preponderancia comunista, del carácter lacayuno a los dictados de Moscú del Gobierno republicano y otras lindezas ni se les ocurre mencionar el canónico libro de los profesores Ángel Bahamonde y Javier Cervera (que tiene ya algunos añitos) ni, por supuesto, las investigaciones posteriores. Las referencias oblicuas a supuestas intenciones soviéticas solo tienen como fuente su imaginación. Y, si no, ¿por qué no las documentan? Porque documentarlas sí se podría. Varios historiadores han trabajado sobre documentos soviéticos. Entre ellos un norteamericano, Daniel
Kowalsky, a quien Payne dirigió su tesis doctoral (algunas malas lenguas dicen que también se aprovechó de ella). Pues bien, ¿creerá el lector que lo citan? Sería lo más normal, pero Kowalsky no figura en su larguísima relación de "nuevas" fuentes secundarias, esas que ensalzan tanto en el prólogo. Una casualidad.

Admitamos, a meros efectos dialécticos, que tal vez Payne haya reñido con él y que por
consiguiente haya caído en la fea tentación de ningunearlo. Obviamente no puedo saberlo ni me importa. Pero sí sé que Payne tampoco menciona a otro historiador, esta vez alemán, que al igual que Kowalsky y un servidor se molestó en trabajar en los archivos de Moscú. ¿Acaso no hemos descubierto entre los tres nada nuevo? Porque lo cierto que entre las obras que mencionan los admirables P/P no aparece ninguna que esté basada en la documentación soviética. El autor alemán al que me refiero se llama Frank Schauff. ¿Verá su nombre el lector en la grandiosa bibliografía que nuestros biógrafos dicen haber utilizado? Como el catedrático de Wisconsin cita, ocasionalmente, algún libro en alemán supongo que entenderá tal idioma. Ahora bien, si esto es así todavía en 2014 no se había enterado de que el libro de Schauff, disponible en español, data ya desde hace una buena porrada de años. En estas condiciones ¿cómo otorgar a P/P la menor credibilidad? Y ya, para terminar, ¿por qué no citar, al menos, el libro de los primeros autores españoles en haber trabajado en los archivos de la Komintern? Antonio Elorza es un historiador superfiable y la añorada Marta Bizcarrondo daba sopas con hondas a Payne y a Palacios en lo que atañe a interpretar la izquierda bolchevique española. Quizá es que todos estos temas les producen urticaria.

El vergonzoso tratamiento de la represión franquista

Si las patochadas relacionadas con los malvados negrinistas, comunistas y soviéticos son de antología la aportación de P/P queda a la altura del betún cuando acometen una auténtica "machada" historiográfica. La de intentar blanquear, en lo posible, uno de los "pecados capitales" que, según afirman, ennegrecen la imagen de Franco: su papel en la represión. No pueden evitar, claro es, entrar al toro pero se cuidan muy mucho de cuadrarlo. De entrada el capítulo que dedican a la represión es uno de los más cortos de la biografía (catorce páginas, de la 255 a la 269). La técnica que emplean es muy simple: por un lado practican la omisión masiva, en gran escala; por otro utilizan referencias a presuntas "autoridades" cuidadosamente seleccionadas.

No son muchas. Destacan personajes como Francisco Pilo o Julius Ruiz, profesor de la Universidad de Edimburgo. A este último P/P le caracterizan, nada menos, que como "el principal historiador de la represión de la posguerra" (pág. 693). [En este punto confieso que casi no puedo reprimir una sonrisa de conmiseración en vista de tanta ignorancia o, quizá, de tanta duplicidad].

Lo que cuenta es el efecto que nuestros distinguidos biógrafos quieren obtener. Así, al lector no informado que acuda a tan corto capítulo como fuente de información se le escapará sin duda el que el estudio de la represión franquista, de 1936 a 1975, se ha convertido en el capítulo más vibrante de la historiografía española en los últimos años. La "recuperación de la memoria histórica", unida al escándalo mayúsculo que supone la exhumación de las "fosas del olvido" (nunca expresión de este carácter fue tan ajustada a la realidad), más el hecho de que España disfrute del dudoso honor de ser el país que mayor cantidad alberga tras Cambodia, han avivado las ansias de conocer el negro pasado de muchos años de represión continuada.
No extrañará, por ello, que en este número de HISPANIA NOVA se haya realizado un esfuerzo especial para presentar a los lectores lo que a P/P no les ha pasado por la mente hacer: un resumen, dividido en tres aportaciones, de la panorámica general de la represión, desde 1936 a 1975. Sí, a 1975.

Procedemos cronológicamente. En primer lugar el Doctor José Luis Ledesma, uno de los expertos más notables de la violencia en la guerra civil, tanto franquista como republicana, sintetiza en su artículo sus objeciones a las cortas referencias que P/P dedican al tema. Ledesma publicará dentro de poco su tesis doctoral del Instituto Universitario Europeo (Florencia) pero ya antes de ello había escrito largo y tendido sobre esta temática. En todo caso, incluso el menos informado lector podrá comprobar que la vacuidad y el carácter esquivo y torticero del proceder historiográfico de P/P quedan más que demostrados en este artículo.

En segundo lugar este número ha podido contar con la contribución del profesor Francisco Moreno Gómez. Su último libro, La victoria sangrienta, me impactó de tal manera que le dediqué varios comentarios en mi blog. Moreno lleva años dedicado a la investigación de las modalidades y efectos de la represión y es una de las autoridades en la materia. No Julius Ruiz. Desde el punto de vista cronológico su artículo continúa el de Ledesma. Tras recordar algunos rasgos esenciales de la violencia franquista en la guerra civil Moreno Gómez se centra en las características de la represión multimodal, continuada, que Franco mantuvo durante los años cuarenta. ¿No hablan P/P de la importancia de "sus" fuentes?

Pues bien, leyendo este artículo lo que se pone de manifiesto es que nuestros eminentes biógrafos no tienen ni la más mínima idea de lo que significan las fuentes y la literatura existentes. Esta mera constatación debería servir para, en el plano puramente historiográfico y académico, aniquilar su obra. Punto. Finalmente el Doctor Juan José del Águila, magistrado jubilado, con una larga carrera como jurista en la dictadura, ha seguido la pista de las disposiciones y efectos del mantenimiento de la Jurisdicción de Guerra. Su obra sobre el Tribunal de Orden Público (TOP) es de auténtica referencia pero ni que decir tiene que nuestros eminentes biógrafos la ignoran cuidadosamente. Y digo cuidadosamente porque yo me fío de la afirmación de del Águila de que, en su momento, se la envió a Payne, quizá pensando en que el distinguido catedrático emérito de Wisconsin era un historiador serio.

Los tres autores ponen de relieve no solo las omisiones de P/P sino algo mucho más grave: la distorsión de los hechos, ya sean los encerrados en archivos que jamás han visitado sino, más prosaicamente, en las páginas del Boletín Oficial del Estado, muchas de ellas consultables sin problemas por internet desde Wisconsin y Madrid, a las que Palacios siempre hubiera podido complementar con cualquier ojeada al Aranzadi, disponible fácilmente en numerosas bibliotecas. Este tipo de omisiones, y la preferencia marcada hacia el señor Pilo y el Doctor Ruiz, creo que caracterizan perfectamente la obra cuyo objetivo es la desinformación y su rasgo más acusado la manipulación. Punto.

Anticonclusiones

Es muy de agradecer que P/P hayan, siguiendo la costumbre académica, sintetizado sus "hallazgos" en las páginas 623 a 650. En ocasiones son patéticas y ruego al lector que me disculpe por el reiterado uso de este adjetivo. "Ningún rey tradicional dispuso de los poderes y capacidad de "penetración" (...) que sí tuvo este fuerte dictador del siglo XX". Esto para quitarse el sombrero, la boina o, en honor de la costumbre norteamericana, la gorra de béisbol. Quizá lo mismo podría decirse de Hitler, Stalin, Mussoini, Mao Tse Tung, Ceausescu, entre otros. El argumento es rotundamente ucrónico. Ningún rey necesitaba aplicar el Führerprinzip tan a rajatabla como Franco en una situación de relativa avanzada tecnología y de moldeamiento de la opinión por la imposición de los medios de comunicación de masas. De comparar a Franco con algún rey mi preferencia iría a Fernando VII lo cual no es precisamente un timbre de gloria. Retrasó la evolución política y social española casi tanto como reinó. La caracterización sicológica de Franco que ofrecen P/P (solo tenía una limitada paranoia) es, cuando menos, discutible. Cabe añadir otros rasgos. Para mí el más importante fue su impenitente narcisismo, algo en lo que nuestros estimados autores ni siquiera reparan. Sin embargo es fácil ilustrarlo con ejemplos que naturalmente no identifican.

Que Franco no fuese tan terrorista como Stalin y Hitler es muy de agradecer, sobre todo si el historiador se sitúa en el punto de vista de las víctimas. Pero lo fue mucho más que Mussolini. Esta última comparación no la hacen P/P. Podrían, por ejemplo, haber estimado el número de muertos implicados en el montaje y evolución de la dictadura fascista italiana hasta 1939 y compararlo con la mortandad española de la posguerra. Es una posibilidad. Otra es haber penetrado en las características, tan diferentes, de ambas sociedades. En cualquier caso no cabe escabullir el bulto diciendo simplemente que Franco "nunca mandó ejecutar a una persona que hubiera sido un estrecho colaborador".

Mussolini, es verdad, lo hizo con Ciano. No le salva tal vez pero el Duce tuvo menos
afición al gore que el africanista Franco. Por lo menos hasta muy avanzada su participación en el segundo conflicto mundial. ¿Tuvo más éxito el "Caudillo de España" que Stalin? Nuestros autores dicen que sí pero no identifican los criterios que utilizan. Hay uno muy simple que deberían haber aplicado tras empeñarse a colgar de Franco el timbre de gloria de "regeneracionista". En los años veinte la naciente Unión Soviética era un país atrasado, empobrecido, esquilmado. Tres decenios después se había convertido en una superpotencia. No puede afirmarse que no fuera un éxito. Otra cosa, naturalmente, fue el coste. En general, para un historiador que presume de comparativista como es Payne sus referencias a otras realidades históricas son o banales o distorsionadoras, al querer  examinar bajo su luz la realidad española.

¿Fue la sociedad en el tardofranquismo más feliz, potente y moderna que la que existía cuando Franco empezó su escalada hacia la cúspide? Es obvio que se había desarrollado económicamente. También lo hicieron casi todos los demás países de Europa occidental en los treinta gloriosos años después de la segunda guerra mundial, salvo Portugal y Grecia. España empezó a crecer solo a mitad de los años cincuenta pero ya llevaba tiempo haciéndolo mal y continuó en ello. En cuanto a la felicidad (concepto más bien personal que colectivo) si se tiene en cuenta que la dictadura se asentó sobre una guerra civil no cerrada y una represión sin precedente en la historia española, el aserto de P/P es discutible. Por lo que se refiere a cifras de muertos, huelgas y violencia que se registraron en los primeros años de la transición convendría que hubiesen hecho, siquiera, una mínima referencia. En todo caso, ¿cuál fue el comportamiento colectivo de los españoles en junio de 1977, en las primeras elecciones libres desde 1936? Pues estribó en sentar las bases para echar abajo todo el aparato institucional del franquismo y en dejar en la estacada a sus sucesores y ansiosos continuadores, dentro de lo posible. Franco era imperialista, afirman, "en la época de los imperialismos europeos". ¿Qué imperialismos? Los únicos existentes eran los fascistas porque la URSS bastante tenía conque la dejaran sola o le permitieran participar en la formación del valladar antifascista que la amenazaba tanto, o más, que a las democracias occidentales.

Pero eso sí, concluyen P/P, Franco pronto se dio cuenta de que su destino no estaba ligado al Eje. A mí me da un poco de vergüenza llevar la contraria al distinguido historiador de Wisconsin porque él ha escrito una monografía sobre las relaciones Franco-Hitler y yo no. Sin embargo, como según la costumbre habitual tal monografía no está precisamente muy basada en fuentes primarias novedosas, he de dejar para mejor momento (quizá el año próximo) la demostración de cómo es posible avanzar en ese  ampo que aparentemente está ya tan trillado.

Lo que no entiendo es el emperramiento de Payne (y de Palacios, segundón estrecho) en seguir manteniendo que la guerra de expansión "junto a Alemania fue una tentación común a todos los dictadores europeos, fueran de derechas o de izquierdas" (p. 633). No fue, ciertamente, el caso de Oliveira Salazar. Tampoco de Stalin. Payne se empeña en lo contrario gracias a un reiterado fallo interpretativo de la dinámica que condujo al pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939. La literatura alemana, francesa y anglosajona que lo aclara, junto con sus pormenores, es algo que nuestro internacional autor desconoce pura y simplemente. Tampoco ha trabajado en los archivos que podrían aclarar algo su petición de principio. Los más importantes son los alemanes, los soviéticos, los británicos y los franceses. Así que no le importa nada quedarse tan satisfecho con sus invenciones.

Es muy interesante la mirífica creencia que P/P tienen en las razones que explican la escasa efectividad de la guerrilla (o maquis). Como desconocen la abundante literatura existente (solo citan en la bibliografía una obra que no utilizan para nada) no se les ocurre pensar que fue el único caso en que la resistencia militar contra la incipiente dictadura fue abandonada por las potencias democráticas en guerra (lo que no ocurrió en ningún otro caso de entre los países ocupados por los nazis).

Tampoco han perdido el tiempo indagando en las consecuencias de una política de venganza (Paul Preston) que acoquinó a la población civil ni en los estragos que causó entre los vencidos. Sin apoyo exterior, ¿cuánto podría mantenerse el maquis? Al menos los británicos ayudaron a la resistencia en Francia, Bélgica, Yugoslavia, etc. desde el primer momento. Y luego se unieron los norteamericanos.

Un historiador internacional de la talla de Payne, ¿no ha leído nada sobre el SOE o la OSS?. ¿Sobre la Résistance en Francia? ¿Sobre Vichy? ¿Cuál fue la política de los aliados respecto a la España de Franco? Convendría que, al menos, hubieran indicado algunos de sus rasgos característicos en vez de emborronar páginas sobre la ECONOMÍA. ¡Oh!, la economía... Una "dormida" para el lector casual y no abrumado por la actual crisis que es al que probablemente apuntarán P/P.

Sin embargo lo único que hacen es acentuar a troche y moche la voluntad de su héroe (p. 626) de crear una "economía productiva", !nada menos! así como las presuntas aspiraciones "regeneracionistas" de su tan alabado Caudillo. Al final resulta que a Franco ha de rescatársele por su incomparable aportación al desarrollo económico español. Pues si es así, van listos, porque este es un tema bastante bien estudiado por historiadores y economistas españoles.

Claro es que, no faltaría más, los trabajos más serios y documentados sobre la fase de autarquía y su desembocadura en el plan de estabilización y liberalización de 1959 los desconocen nuestros entendidos autores. No vamos a pedirles que ojeasen el libro de Manuel-Jesús González o los trabajos de Manuel Varela o, ¿por qué no?, los míos propios. Hasta podrían haber consultado alguna vieja edición de los manuales de Ramón Tamames. Pero, en realidad, quizá les habría venido mejor seguir el recio aforismo español del "zapatero, a tus zapatos". O, por lo menos, haber leído algo más que los cuentos de la lechera. Así, sus famosas "nuevas fuentes secundarias" se quedan en un hálito un tanto desvaído o en un autotorpedeamiento en la propia línea de flotación del argumento más reiterado para redimir a Franco. De nuevo, como siempre, manipulación.

Conclusión

Al término del análisis colectivo al que se ha sometido la banal obra de P/P quedan todavía varios aspectos por rectificar. Pero el gato está servido, el tiempo es corto, los apremios profesionales muchos y el pasado ignoto guarda demasiadas cosas por descubrir. Perder el tiempo en una biografía destinada a hacer caja o a tranquilizar a los eventuales lectores de que Franco fue, realmente, un gran hombre al que la izquierda (siempre la maldita izquierda) no quiere hacer justicia es algo que resulta un tanto tedioso.

No obstante, quizá estos ensayos, que no esconden un punto de mordacidad cuando no de ironía, puedan cumplir una función útil. El catedrático de Wisconsin, tan enfrascado en sus estudios sobre la guerra civil y el franquismo y sus comparaciones internacionales, no ha tenido tiempo, me temo, de haber dedicado atención a los principios fundamentales del oficio de historiador. Quizá porque crea que en esa España corroída por la memoria histórica, izquierdismos varios y la corrupción no hay investigadores que sí se los toman en serio. Tal vez porque lo que preocupe desde hace años sea hacerse con un "paquete". Así que no estará de más recordarle algunos de esos principios. No por supuesto de nuestra propia cosecha sino de la pluma de un colega de la Universidad de Harvard de quien probablemente haya leído algo. Ha sido el editor del Journal of the Philosophy of History y del Companion to the Philosophy of History and Historiography. Uno de sus trabajos de síntesis sobre revisión historiográfica y revisionismo ha sido publicado recientemente en España.

Obsérvese que en este número quienes a él hemos contribuido no nos hemos adentrado en la polémica subyacente. Hemos preferido centrarnos en las afirmaciones y omisiones en que incurren nuestros estimados autores.

El primer principio que menciona Tucker es que los historiadores proponen un conocimiento científico falible, es decir, que está basado en la precisión, en la descripción de las evidencias, en el alcance de la capacidad explicativa, en la diligencia en la búsqueda de pruebas, en la coherencia interna, etc. Es un conocimiento que permite elegir entre varias hipótesis o teorías concurrentes. Medido por estos criterios, la metodología de P/P se cae por su propio peso.

El segundo principio es que los historiadores genuinos huyen de revisiones no científicas porque los anteriores criterios se aplican a sus propias construcciones y estas son contingentes y dependen de factores tales como el descubrimiento de nueva evidencia, la evolución teórica para tratar con ella, el discurso intersubjetivo y, en general, la apelación a métodos aceptados desde que la historiografía dejó de basarse en relatos mitológicos o literarios.

Pues bien, lo único que se me ocurre es afirmar que P/P son revisionistas no genuinos y que escriben lo que Tucker denomina "historiografía revisionista ilegítima", es decir, la apegada a valores no cognitivos sino ideológicos y políticos. Comprendo que esto pueda no gustar a muchos cuando se dirige a un historiador de la talla aceptada comúnmente de Stanley G. Payne. Pero su biografía de Franco lo demuestra abundantemente.

De todas maneras, no hay que perder la esperanza. Veremos si P/P se dignan responder a nuestras observaciones con muestras adicionales de su simpar conocimiento de fuentes primarias o, cuando menos, de otras "nuevas fuentes secundarias". Hasta entonces habrá que aplicarles el clásico quousque tandem... abutare patientia nostra.