viernes, 23 de octubre de 2015

PRENSA. Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (10 octubre 2015):

PRENSA. "El álbum de Himmler en España"

   En "El País Semanal":

El álbum de Himmler en España

En el otoño de 1940, antes de que Hitler y Franco se entrevistaran en Hendaya, Heinrich Himmler pasó tres días entre el País Vasco, Madrid, Toledo y Cataluña

En Montserrat buscó el Santo Grial, acudió a Las Ventas de Madrid y recorrió el Alcázar de Toledo guiado por Moscardó

‘El País Semanal’ ha tenido acceso a un cuaderno del Partido Nazi, escrito con letra gótica, que muestra las fotos de su viaje

REDACCIÓN: JESÚS RUIZ MANTILLA / VÍDEO Y FOTOGRAFÍA: ALBERT JÓDAR

En el monasterio de Montserrat buscó el Santo Grial. Dentro del Museo del Prado, a Goya y a Velázquez. No se resistió a que le brindaran una corrida de toros en Las Ventas, a base de un cartel de lujo y aderezada con su desfile de adeptos. Quiso pisar el derruido Alcázar de Toledo y El Escorial, para ser consciente quizá de lo que restaba de la grandeza de un imperio que entonces supuraba ruina moral y material…
Fueron algunas de las paradas que realizó Heinrich Himmler cuando en octubre de 1940, días antes de que Hitler y Franco acabaran de rubricar su desconfianza mutua en Hendaya, visitó España durante tres jornadas intensas. Un aclamado itinerario que quedó recogido por el entonces Partido Nazi en un álbum de fotografías al que ha tenido acceso El País Semanal. Lo recopilaron lujosamente en un volumen como de libro de caballerías medieval, con letra gótica, y es uno de los documentos que la Fundación Castañé ha cedido a la Residencia de Estudiantes de Madrid, junto a otros referentes al franquismo y la Guerra Civil.
El Reichsführer no merecía menos para la jerarquía franquista. Un tratamiento, visto con distancia, entre ridículo y estelar. Un por si acaso en pleno inicio del conflicto ­europeo, concebido como reflejo de la euforia germanófila que enfebrecía a buena parte de los vencedores de la guerra civil española. La promovida principalmente entonces por el todopoderoso Ramón Serrano Suñer, cuñadísimo y ministro de Asuntos Exteriores de Franco, que le invitó meses antes en Berlín a pasearse por España.
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Según el historiador Paul Preston, que menciona ligeramente el episodio en su biografía sobre Franco, pero lo desarrolla de manera intensa en El holocausto español (Debate), el objetivo prioritario radicaba en preparar el trascendental encuentro entre Hitler y el dictador en Hendaya. “Aunque también Serrano Suñer quiso obtener de él asesoramiento para la nueva policía secreta del régimen”.
Nada mejor para ello que acudir al gran experto en represión de Europa. Himmler se había hecho fuerte en el entorno más próximo de Hitler, gracias a sus pavorosos resultados como responsable de las SS, la Gestapo y la policía alemana desde que los nazis alcanzaron el poder, tal como refleja la monumental y detallada biografía que le dedica Peter Longerich (RBA).

A Carl Wissmann, director del hospital alemán en Madrid, Himmler le dejó una orden: que solo fueran atendidos allí compatriotas de origen ario
Había aterrizado en el meollo del círculo central hitleriano con una buena dosis de complejos, como su jefe. También con la poderosa determinación de llegar a ser en la vida algo más que un mero ingeniero agrónomo sin más empeño que sacar rendimiento a sus modestos terrenos en Baviera. La labor de este muniqués, criado en una familia católica –fe que él llega a repudiar por considerar que estaba en manos de una secta de pederastas–, chico obediente pero seriamente traumatizado por un déficit de atención paternal, fue ejemplar desde el punto de vista más retorcido y abiertamente genocida.
Desde la infancia y muy decisivamente en la adolescencia anduvo marcado por la sombra de un hermano con aura heroica en la familia como soldado en la I Guerra Mundial y un padre que lo ninguneaba. Así que ­Himmler encontró en el reverso más oscuro del terror una siniestra reivindicación de sí mismo. Y eso que cuando aterrizó en España no se había decidido aún la solución final para la aniquilación de judíos, supervisada por él y su personal de extrema confianza. Fue un trabajo para el que el Reichsführer se erigió como máximo responsable y supervisor a tiempo casi completo mientras avanzaba la guerra.
Himmler se sentía por aquella época un bulto viajero, cargado con una maleta que apilaba un inmenso poder. Seguía atentamente, y en primera línea, por toda Europa los avances de las tropas alemanas. Entre la primavera y el otoño de 1940 se reunía a diario con Hitler en los cuarteles ambulantes del Führer por el continente. Visitó Amberes, Bruselas, Róterdam, La Haya, Reims, París…
Su esposa, Marga Siegroth Boden, y sus cuatro hijos se quejaban de no verlo. Aunque por aquel entonces, como recoge el análisis de la correspondencia con su cónyuge que han publicado Michael Wildt y su descendiente Katrin Himmler en la editorial Taurus, ya había comenzado una intensa relación sentimental con Hedwig Potthast, su secretaria. “Mi liebrecilla…”.
Desde Irún se trasladó primero a San Sebastián. Allí lo sitúan las fotografías tomadas paseando por los bulevares del pleno centro, empapados de lluvia gris, e intrigado por la poderosa atracción que los orígenes del pueblo vasco ejercían sobre esa obsesiva forja de la identidad aria que pregonaban los nazis. De la ciudad guipuzcoana viajó con parada en Burgos, atraído por la cuna del Cid, y de ahí, en tren, a la capital.
Peter Besas, autor de Nazis en Madrid (Ediciones La Librería), ha descrito paso a paso la visita: “Sirvió como un gesto de amistad con el régimen franquista (y viceversa), digamos un guiño de relaciones públicas en España para el Reich con el que corresponder el gesto de Serrano Suñer en Berlín. Allí, este se había encontrado con Ribbentrop y Hitler para tratar posibles acuerdos entre ambos países”.


San Sebastián fue la primera parada de Himmler tras su llegada a Irún.
El 20 de octubre entraba en la Estación del Norte. Gigantescas esvásticas, mezcladas con símbolos falangistas y franquistas, se adherían a las vigas y las cristaleras. Le esperaban soldados con uniforme de gala, alineados en el andén. Sonó el himno alemán y presentaron armas tras el saludo de recibimiento de Serrano Suñer, que le aguardaba en la terminal. También le recibieron el entonces embajador de su país, Eberhard von Stohrer, junto a la élite militar y del Gobierno español.
De ahí, montó en un Mercedes negro y fue trasladado al hotel Ritz a lo largo de la Gran Vía, la calle de Alcalá y un paseo del Prado ahogado por símbolos nazis y franquistas. Según Peter Besas, buena parte del viaje de Himmler a Madrid estaba concebido para adular al Caudillo y prepararle de buen ánimo con vistas al encuentro con su líder, programado para tres días después en la frontera franco-española. Lo hizo nada más instalarse en el hotel, de donde partió al poco de dejar su equipaje hasta la residencia del dictador en El Pardo.
Una vez cumplido el deber, no desdeñó el turismo. Con toros incluidos en Las Ventas. Le tenían preparado un cartel de lujo para la época: Marcial Lalanda, Pepe Luis Vázquez y Rafael Ortega, alias Gallito, listos para la faena, pese a la amenaza constante de lluvia, ante un Himmler provisto de prismáticos. Pero el chaparrón arreció y la corrida fue suspendida en el tercer toro. El jerarca nazi no quiso abandonar la plaza sin saludar a los diestros.
Cenas tardías –algo que tampoco debía incomodar a alguien de carácter más bien noctámbulo y poco madrugador, como se desprende de su correspondencia–, aparte de otras obligadas excursiones, le esperaban en el programa. Toledo, El Escorial… El Alcázar, guiado por el propio coronel Moscardó, encargado de su defensa durante el asedio republicano. Un episodio que había sido ensalzado en Alemania mientras se produjo, atizado por la máquina propagandística de Goebbels.
Eso en cuanto a los alrededores. El itinerario madrileño fue rematado con paseos por los museos del Prado y el Arqueológico. O con visitas más informales a lugares de dominio germánico, caso del hospital alemán, dirigido por el doctor Carl Wissmann, del que Himmler se despidió con una orden muy clara: que solo fueran ­atendidos en el recinto los compatriotas de origen ario.


Jordi Catasus, entonces monaguillo del monasterio de El Escorial, fue testigo del acontecimiento. / ALBERT JÓDAR
Wissmann era uno de los más destacados representantes entre los alemanes con residencia en Madrid. Según Besas, la estructura germánica contaba con una bien engrasada organización, perfectamente trabada en pleno auge nazi. “La eficacia de su propaganda ejercía una gran influencia sobre la prensa española. Múltiples dependencias repartidas por toda la ciudad les servían de base. Estas abarcaban desde una agencia de viajes hasta un centro cultural. Contaban con una gran provisión de películas alemanas en los cines, un colegio y publicaciones populares en castellano con grandes tiradas y distribución. Esencialmente, los alemanes tenían bien atados todos los sectores. De hecho, cuando llegó el nuevo embajador estadounidense, Carlton Hayes, durante el primer periodo del franquismo, quedó atónito al comprobar que existían anexos nazis por toda la capital”.
No les faltaban sus buenos apoyos oficiales y la ventaja de contar con influencias determinantes en las altas esferas. Pese a que Franco no se mostrara muy efusivo, sino más bien receloso y abiertamente desconfiado de los alemanes, Serrano Suñer los mantuvo contentos. Desde luego, los jerarcas destacados en España contaban con gran autonomía, según Peter Besas. “Los tres embajadores, sobre todo Eberhard von Stohrer; el jefe de propaganda, Hans Lazar, y el jefe de la Gestapo en Madrid, Paul Winzer, se movían sin apenas trabas. Fueron apoyados sobre todo por el cuñado del dictador, pero también por la familia Primo de Rivera”. Primero por parte de Miguel, que ayudó en el intento de raptar al duque de Windsor cuando estaba en Portugal, y también por medio de Pilar, jefa de la Sección Femenina. “Al final de la II Guerra Mundial, esta mujer ayudó a varios criminales nazis a escapar hacia Latinoamérica”.
Durante su rápida visita por Madrid y a lo largo de las conversaciones con Serrano Suñer, Himmler quedó bastante impresionado ante la escala de la represión de los franquistas en la posguerra. “Le sorprendió su magnitud”, comenta Paul Preston. “Las cárceles rebosantes de detenidos, las ejecuciones silenciosas de prisioneros anónimos a la orden del día. No le pareció práctico. Veía más utilidad en incorporar a los represaliados al nuevo orden que aniquilarlos”.
Según Preston, una de las prioridades del gran gendarme del nazismo era estrechar más lazos entre la Gestapo y los aparatos españoles. “La función de enlace quedó a cargo de Paul Winzer, que aparte de responsable de la Gestapo, oficial de las SS y agregado de seguridad de la embajada en Madrid había participado en el entrenamiento de la policía franquista al final de la guerra”, comenta el historiador. Como resultado del acuerdo, se concedieron mayores facilidades a los alemanes para perseguir enemigos del III Reich en territorio español.
Del centro mesetario, Himmler se trasladó después a Barcelona. Los caminos de Serrano Suñer y el suyo se separaron en Madrid. El español acompañó a Franco rumbo a Hendaya, pero el Reichsführer partió hacia Cataluña con vistas a satisfacer otra obsesión: Montserrat. ¿El Grial…?
Himmler compartía la doctrina wagneriana en torno a la montaña sagrada. El compositor de Parsifal, según la leyenda de muchos adeptos, se inspiró en ella para beber de las fuentes que dan lugar a su última ópera. Se han escrito ríos de tinta acerca de la evidente identificación del monasterio catalán con el templo de Montsalvat, uno de los cruciales escenarios de la obra. Entre Wagner y los nazis persistió la obsesión de convertir en ario a Jesucristo, y así, al parecer, lo dejó dicho Himmler ante los monjes benedictinos que custodian el lugar.
Quizá por eso, su visita causó tan mala impresión en quienes se encargaron de recibirlo por orden directa de Franco. Allí estaba el padre Ripol, al frente de la comitiva, el 23 de octubre de 1940, que en varias entrevistas lo recordaba como un tipo muy maleducado. El abad Marcet se negó a salir por considerarlo un perseguidor cruento para los compañeros de su orden en Alemania. Himmler llegaba al monasterio con la urgencia de que le condujeran a través de pasadizos y subterráneos hacia donde custodiaran la reliquia. Pero no pudo satisfacer sus deseos.

Según un testigo, “Himmler tenía un discurso extraña mezcla de charlatanería marcial, cotorreo de taberna y profecías de sermoneador de secta”
Por entonces, un niño de ocho años, hoy con 83, fue testigo del acontecimiento. Permanecía en las primeras filas. Atento y vestido de monaguillo. Se trata de Jordi Catasus, hijo de los dueños del restaurante que había en el lugar de peregrinaje y que actualmente ejerce de guía en medio de ese destino para turistas incluido de manera preferente en las guías internacionales. “Yo entendía y hablaba alemán, mi niñera lo era y me había enseñado el idioma”, recuerda.
Tampoco olvida cómo Himmler trató de convencer a los monjes de que la Moreneta, pese a su color de piel, ocultaba en la finura de sus facciones rasgos claramente arios. Ni de su obsesión, corroborada por todo tipo de crónicas, estudios y literaturas fantásticas posteriores por el cáliz que iba determinado a rescatar para así dotar al nazismo de poderes mágicos y extraterrenales con los que ganar la guerra y dominar el mundo. Ese tipo de delirios se gastaban. En el caso de Himmler, tomados muy en serio a base de estructuras e instituciones creadas para investigar todo tipo de creencias ocultistas, como la Ahnenerbe.
Salió de vacío. Durante años, Himmler había conformado una ideología con atisbos de fe, aderezada entre lecturas nigromantes y restos revertidos de un cristianismo básico con el ascua llevada a su sardina. Longerich ha tratado de aproximarse en su biografía a los mimbres de doctrina que quiso fabricarse en pro de la supremacía aria con fe en su ­divinidad, Waralda. Anticristianos se declaraban. Pero ateos, ni por asomo. Al menos ­había que creer en esas supersticiones de leyenda pagana que se empeñaban en recuperar a toda costa. 
Albert Krebs, un funcionario nazi de Hamburgo que le escuchó frecuentemente divagar y al que Longerich cita, resumía su capacidad intelectual en estos términos: “Su discurso era una extraña mezcla de charlatanería marcial, cotorreo de taberna ­pequeñoburguesa y profecías de sermoneador de secta”.
No en vano, estaba dispuesto a recorrer el mundo en busca de este tipo de reliquias. Montserrat supuso un chasco evidente en sus intenciones. A las pocas horas regresó a Berlín.

PRENSA. Entrevista al filósofo y escritor Rüdiger Safranski

   En "El País Semanal":

Safranski: “Hoy solo un futbolista alcanzaría la fama de Goethe”

Filósofo y escritor, último vestigio de intelectual sin fronteras enamorado de Europa, Rüdiger Safranski ha escrito monografías sobre Schiller, Heidegger, Nietzsche o Goethe

En esta entrevista, celebrada en su casa de la Selva Negra, disecciona la Alemania actual y a Merkel, a la que define como una mujer sin ideología


El filósofo y escritor Rüdiger Safranski. / ROLF HAID

Si algo queda del maltrecho espíritu europeo, tal vez se esconda en Badenweiler, ciudad termal de la Selva Negra donde lo último que hizo Chéjov antes de morir de tuberculosis fue tomar las aguas. El escritor alemán Rüdiger Safranski compró en 2008 una preciosa casa neoclásica de dos pisos con jardín construida en 1860 frente a las principales atracciones del refinado pueblecito: los baños (“que fueron tan célebres como los de Baden-Baden”, advierte con orgullo el ensayista) y el Grand Hotel Römerbad; su vestíbulo coronado por una cúpula de dos alturas, ideal para la interpretación de música de cámara, es el lugar escogido por Safranski para celebrar la semana próxima la cuarta edición del festival literario temático del que es fundador y director, y que este año está dedicado al “Gran desorden amoroso”.
Aquí, encrucijada de tres países, vive y trabaja entre libros, camafeos de hombres ilustres y cofres integrales de Bach, uno de los faros intelectuales de un país donde la filosofía aparentemente da para pagar las facturas. Tanto su faceta de biógrafo de grandes pensadores que ayudaron a forjar el espíritu nacional (Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger, Schiller…) como sus obras de carácter analítico (sobre el mal, la verdad o la globalización) resultan en libros que compran decenas de miles de lectores y se encaraman en la lista de los más vendidos. En España, donde cuenta con una parroquia fiel, acaba de publicarse Goethe. La vida como obra de arte, mientras que las mesas de novedades alemanas exhiben su nuevo ensayo sobre el tiempo. A la entrevista asistió en calidad de traductor del alemán su editor en Tusquets, José María Ventosa.
Es en cierto modo una vuelta a sus orígenes. Usted nació cerca de aquí. Así es, vine al mundo en Rottweil, en el sur de Alemania. Mis padres eran prusianos del Este. Esto ya se aprecia en el propio apellido: Safranski tiene raíces polacas. En la II Guerra Mundial, mis padres fueron expulsados de Königsberg [actual Kaliningrado]. Hui de los rusos en el vientre de mi madre. Y nací en Rottweil, con tanta tensión, una semana antes de lo previsto… En Alemania, a los que somos del 45 se nos conoce como los expulsados del hogar. Pienso inevitablemente en ello ahora, con estos flujos de inmigración que estamos viendo. Entonces, 12 millones de alemanes tuvieron que desplazarse a consecuencia de una guerra que los propios alemanes provocaron. La integración no resultó sencilla. El oeste acogió a mucha mano de obra procedente de un país destruido, y esto contribuyó al milagro económico de los años cincuenta. Al final fue una historia de éxito. Nosotros [él y su mujer, Gisela Maria, a quien está dedicado el libro con la frase “¿a quién si no?”] hemos vivido en Múnich y Berlín, pero ahora pasamos la mayor parte del tiempo aquí. Cuando queremos volver a sentir la neurosis ciudadana, como diría Woody Allen, vamos a Berlín.
¿Cómo fueron aquellos años de posguerra a los ojos de un niño? Rápidamente me di cuenta de que existían dos sociedades. En la escuela hablaba el dialecto suabo, y en casa, el alto alemán. No los mezclaba. En la universidad, primero en Fráncfort y luego en Berlín, solo hablaba alto alemán. Al menos, me sirvió de algo. Escribí una biografía e hice un documental sobre Heidegger [nacido en la región, más al este], y puedo decir que un pensador como él puede entenderse mejor si se conoce la mentalidad suaba. Los suabos son más lentos, prudentes, ahorradores. Hay pueblos en los que uno de cada dos habitantes tiene un Mercedes.
¿Qué sentido tiene hoy una biografía de Goethe, uno de los hombres más estudiados de la cultura occidental? Escribí un libro sobre Schiller, otro sobre el Romanticismo y un tercero dedicado a la amistad entre Schiller y Goethe, y para mí estaba claro desde el principio que la conclusión de este ciclo tenía que ser un libro sobre Goethe. Tenía el proyecto de describir el renacimiento de la cultura alemana. La época de Goethe fue la más productiva de nuestra historia y tuvo además una gran irradiación europea. Mi intención era describir en su conjunto este extraordinario momento, aclararlo en alguna medida. Es cierto que Goethe es el mayor objeto de estudio de los filólogos y humanistas desde hace 200 años. Es increíble. Mientras que sobre Shakespeare apenas sabemos nada, Goethe está en el otro extremo. El problema no era, pues, la falta de información. Así que lo que pretendí en 2010, cuando empecé a trabajar en esta biografía, fue propiciar mi encuentro, el de Rüdiger Safranski, con Goethe; sobre todo, con su obra. He leído con especial intensidad sus cartas: solo su correspondencia ocupa 54 volúmenes, y cada uno tiene unas 450 páginas. Es imposible leerlo todo, pero si se dispone de la información adecuada, uno sabe a qué fuentes acudir. Un Goethe sin intermediarios, esa era mi idea. Manejé una cantidad enorme de textos. También disponemos de las extraordinarias páginas de las conversaciones. Goethe fue para sus contemporáneos una personalidad tan fascinante que todo aquel que hablaba con él corría a transcribir su charla.


El filósofo y escritor Rüdiger Safranski. /ROLF HAID
¿Qué grado de fama diría que alcanzó en términos contemporáneos? Hoy solo un futbolista alcanzaría una fama semejante. Goethe fue ya en su tiempo alguien muy, muy célebre, una figura carismática; además de un ser de hermosa apariencia, elegante. Cuando publicó Las penas del joven Werther, sin casi medios para darse publicidad, conquistó una gran fama. La gente peregrinaba a Fráncfort, donde vivía entonces, para ver de cerca a aquel monstruo extraordinario, para que les concediera audiencia. Y el propio Goethe, como explico en el libro, se decía: “¿Soy un profeta o un poeta?”. Él no quería ser profeta, pero le tomaron por uno. El problema es que como poeta le resultaba todo demasiado sencillo. Terminó Werther en cuatro semanas, el manuscrito se ha conservado y no luce ninguna corrección. Lo escribió de un tirón. Esto acabó convirtiéndose en un problema para él. En sus años de juventud en Fráncfort siente que se ha hecho famoso, ha escrito una novela, poesía, pero parece que todo esto le ha venido como por descontado. Le atenazaba el sentimiento de no haber hecho nada aún, de no saber apenas lo que es la vida. Entonces atiende a la llamada del duque [Carlos Augusto] y se va a Weimar; necesita hacer cosas, encargarse de la construcción de caminos, de las minas, hacer algo concreto, trabajar en la Administración. Es asombrosa su disposición para aprender. Ese es el tema para Goethe, la conciliación entre vida y obra. Había construido una obra, pero ¿dónde quedaba la vida?
¿Qué debe tener un personaje para atraer su atención de biógrafo? Debo sentir cierta empatía emocional. Un ejemplo: de Schopenhauer me fascinó que desarrolló una filosofía pesimista, pero llevó una vida serena. Quizá no feliz, pero sí equilibrada, sin caer en absoluto en la desesperación. Cómo se produce el equilibrio entre pensamiento y vida es lo que une a los personajes de mis biografías. Goethe fue un maestro a la hora de equilibrar ambos aspectos. De ahí el subtítulo de la obra, “La vida como obra de arte”. Si nos vamos al otro extremo, con Nietzsche se comprueba la forma tan catastrófica en que pueden llegar a oponerse vida y obra, hasta el punto de acabar en la locura. Por eso Nietzsche estaba tan maravillado con Goethe; para él era el ideal de equilibrio entre vida y obra.
Si aquella Alemania de Goethe y Schiller fue un faro cultural…, ¿qué es hoy? ¿Es su país un referente más allá de lo político y lo económico? Goethe estaba convencido de que Alemania no necesitaba ser un Estado nacional, le bastaba ser una potencia cultural. Creía en aquella amalgama de pequeños Estados, no veía la necesidad de construir un gran Estado central. Por eso le gustaba la figura de Napoleón. Significaba el fin de los nacionalismos, como el líder de un nuevo Imperio Romano que pudo ser. Hoy, este es un país poderoso económicamente que usa su fuerza a veces correctamente y otras no tanto. En la crisis de los refugiados está dando un buen ejemplo. Pero culturalmente ya no es nada especial. Es una potencia mediana, no diría que mala, solamente mediana. No hay autores de la categoría de Goethe. No obstante, lo que sigue siendo modélico es el mercado del libro; tenemos una enorme cantidad de espléndidas librerías gracias a la política del precio único y a una defensa frente a las políticas neoliberales, algo que es muy, muy importante. Contamos con una gran red de bibliotecas públicas que funciona, así como una considerable proporción de teatros en relación con la población. Y eso tiene que ver con nuestra historia de pequeños Estados nacionales alemanes. En Francia está París y solo París; en España, Madrid y Barcelona. Pero en Alemania, en cada ciudad había un teatro o una ópera. De la tradición de aquellos pequeños Estados ha surgido este paisaje cultural.
La de Goethe es también la época del nacimiento de la fascinación alemana por la cultura helena. ¿Cómo casa esa fascinación con la actitud de Merkel en la crisis griega?Alemania ha promovido una política de austeridad rigurosa. Pero esta no fue solo un invento de Alemania, sino que también lo fue de Maastricht, un concepto europeo. Se ha comprendido tarde, y esto sí es culpa de Alemania, que esta forma de política de austeridad podía conducir a una nueva catástrofe. Algo sin duda lamentable. Ahora comienza una lenta reorientación, se comienza a entender, pero no lo suficientemente deprisa, que una política así no es sana para un país. Alemania se aplicó especialmente en ser europea, porque a los alemanes no se les permitía liberarse de una historia nacional nefasta. Esta política es nuestra huida hacia Europa, nuestro afán por dejar atrás viejos fantasmas. Se ha planteado como una venganza por parte de Alemania, cuando en realidad se trataba de poner en práctica lo que los europeos habían acordado. Otra cosa es que ahora sepamos que no era en absoluto una política racional y que debe ser modificada. El gran error fue la introducción del euro. No se entendió que el sur es diferente del norte. Además, por culpa de esta economía basada en el euro, la conciencia europea se ha visto envenenada. Se contempla todo a través de las gafas de la economía…
Que no es precisamente la ciencia más empática… Antes de la crisis, Grecia representaba desde el punto de vista alemán el Sur, una forma de vida despreocupada, la gente en los cafés, las mujeres…, todo eso parecía bastante hermoso; ahora todo se ve a través del filtro de la economía, los griegos son, ah, esa gente que no trabaja, que se pasa todo el día en la calle… La tolerancia ante diferentes formas de vida está envenenada. Todos miran a los demás como meros economistas. El propio Goethe nos enseñó que la vida es mucho más rica que lo que las categorías económicas y políticas dictan. Cuando el canciller Konrad Adenauer viajó a Grecia en los años cincuenta, su servicio de seguridad lo formaban siete personas. Cuando Merkel viajó a Grecia, la acompañaron 7.000 agentes de seguridad. Esta es la historia del euro ahora, y por esto Merkel no puede dejarse ver en Grecia.

Lo positivo de Merkel es que, a diferencia de lo que les ocurre a muchos hombres, carece de la vanidad del poder
¿En qué lugar cree que colocará la historia a la canciller? Lo positivo de Merkel es que, a diferencia de lo que les ocurre a muchos hombres, carece de la vanidad del poder. Es muy pragmática y a su manera tiene capacidad para aprender y carece de vínculos ideológicos. No me sorprendería que a la larga, muy poco a poco, muy lentamente, pueda llegar a hacer cambios. Está muy pendiente del sentir de la mayoría de la población y no cree en exigir mucho a la gente. Es una política capaz de aprender, y eso me parece muy positivo. Es una persona que carece absolutamente de ideología. Si se quiere ver negativamente, podría decirse que es una oportunista.
¿Siguen presentes los fantasmas del nazismo en la sociedad alemana? La derecha radical nos condujo a los alemanes al abismo. Por supuesto que hay todavía radicales de derecha, que atacan a los refugiados y queman los centros de acogida. Pero en Alemania, la cuestión del pasado nacionalsocialista se abordó con mucho, muchísimo detenimiento, y quizá también con un poco de ejemplaridad. En este aspecto, ahora tenemos otros peligros, pero no el de que vuelvan esos fantasmas, sino otros nuevos.
¿Cuáles? Que la solidaridad social y la cohesión vayan por separado, que el número de los que lleguen sea demasiado alto y que la sociedad pierda su ensamblaje interno. ¿Qué observamos en Inglaterra o en Francia? Los peligros derivados de esta nueva emigración, que por una parte es un asunto humanitario que atañe a Europa, pero que también supone una amenaza para la cohesión social. El otro gran peligro es el nihilismo espiritual. Estamos en una época aventurera. Vivimos el crepúsculo progresivo del cristianismo, que durante 2.000 años había señalado, por así decir, dónde estaba el cielo sobre la sociedad, la fe, la trascendencia. Todo eso se ha disuelto. En lugar de ello, nos hemos instalado en una dimensión horizontal: la verticalidad se ha perdido. Ahí tenemos Internet; no sabría decir cómo se ha desarrollado esto, pero hay una pérdida de sustancia en la realidad espiritual. A la larga, las sociedades sin cohesión espiritual no pueden sobrevivir. El economicismo solo trae nihilismo.
¿Diría que la revolución de Internet es la más importante a la que ha asistido en su vida? Desde un punto de visto amplio, la revolución digital ha cambiado las bases de la vida entera. En los años sesenta, en cambio, lo que hubo fue un cambio de mentalidad. El trasfondo más importante para la revolución cultural del 68 fue la invención de la píldora. Este es el acontecimiento revolucionario más importante de los últimos 60 o 70 años, la separación de la sexualidad y la reproducción. Sin la píldora no habríamos tenido a los Rolling Stones; sin los Rolling Stones no se habría dado el movimiento del 68; sin la píldora no habría habido comunas, ni liberación sexual, ni feminismo, etcétera. Por tanto, en el 68 hubo un profundo y revolucionario cambio cultural, cuyo siguiente acto es ahora la revolución digital, de la que aún no podemos ver todas sus consecuencias. El mundo es realmente complejo, por una parte tenemos la revolución digital, la comunicación horizontal de todos con todos, y también el movimiento de los refugiados, la descomposición de los Estados de Oriente Próximo. Tenemos tanta emigración como al final del Imperio Romano. En Alemania existe una hermosa expresión: la simultaneidad de lo que no es simultáneo. Aquí coexisten la modernidad más absoluta y también casi el retorno de la Edad Media. La realidad es esta: llegan los refugiados en botes a través del Mediterráneo. Y aquí estamos nosotros, comunicándonos con el mundo entero. Ambas cosas conforman el conjunto de la situación.Otro ejemplo es el del Estado Islámico, que representa las mayores crueldades medievales, que destruye monumentos, pero que está equipado con los más modernos medios de comunicación. Con los medios de comunicación más modernos puedes anclarte absolutamente en la Edad Media. Esta es la realidad. Y un tercer ejemplo: tenemos una increíble densidad de comunicación, que es Internet, pero se ha puesto de manifiesto que la mayoría de los contenidos que se intercambian son pornográficos.
Como alguien que ha estudiado el mal a fondo, ¿cree que lo que representa el Estado Islámico traspasa una frontera inédita en la historia de la humanidad? El mal existía antes del Estado Islámico: el nacionalsocialismo, el asesinato industrializado de los judíos, todas las atrocidades de las guerras mundiales…, pero el Estado Islámico ha inaugurado un nuevo capítulo. Bajo el paraguas de dogmas religiosos, religiosos entre comillas, se ha dado a los jóvenes la oportunidad de cometer las mayores bestialidades. Eso es nuevo. Esta capacidad para el mal y la crueldad está potencialmente en cada uno de nosotros. Depende de las situaciones en que nos veamos el que esa capacidad pueda ser liberada, y no solo liberada, sino también premiada. Basta designar a un enemigo y esa potencialidad se desencadena. Esto demuestra lo preciosa que es la civilización; con sus reglas y sus leyes, es una forma de domesticación. Cuando escribí el libro sobre el mal [El mal o el drama de la libertad, 1997] no pensaba que la situación pudiera empeorar tanto. En teoría, puedes elucubrar con lo que sucedería si se abriera la botella, esto estaba para mí muy claro, pero lo que no pensaba es que la botella fuera a abrirse realmente.

Rüdiger Safranski

Rottweil, 1945. Estudió en los sesenta, en Fráncfort, Filosofía, Germanística, Historia e Historia del Arte con, entre otros, el legendario pensador Theodor W. Adorno. “En sus clases se sentaban miles de alumnos. Dos tercios de los que le escuchaban no entendían una palabra, pero sabían que era importante”, recuerda. Tras unos años en el mundo académico, se estableció como escritor. Su especialidad son las biografías de grandes hombres de la época más gloriosa del pensamiento alemán. Vive en la Selva Negra junto a su mujer, Gisela Maria, a quien dedica su último ensayo sobre Goethe. Habitual de la televisión y los diarios alemanes, también ejerce un activo papel como intelectual interesado por los asuntos de la actualidad.
¿Cuál es su secreto para acercar a miles de lectores ideas tan complejas sobre el mal o la verdad? Escribo solo acerca de lo que yo mismo veo con claridad [risas].
La pregunta se debe también a su experiencia televisiva, aquel ‘Cuarteto filosófico’ que presentó con Peter Sloterdijk en horario nocturno en la cadena pública ZDF durante una década… Algo impensable en España. Fue una hermosa experiencia, me divertí mucho con mi amigo Sloterdijk. Trabajamos muy bien juntos. No nos resultaba complicado: solo teníamos que llamarnos por teléfono para ver a quién invitábamos al programa. En la televisión nunca nos prohibieron nada, nos dieron total libertad. Pero tras 10 años, en la televisión tienen que surgir cosas nuevas, y las emisiones llegaron a su final. Me parece una lástima que no haya ningún programa semejante. Aquel era un buen modelo. Aunque he reducido mis apariciones, intervengo todavía en un programa de la televisión suiza, un club literario que también se emite en Alemania; siempre me muevo entre la literatura y la filosofía. En definitiva, resulta divertido si uno sabe ponerle límites y si se puede compaginar con otras cosas. En la actualidad, con los temas candentes de los refugiados, de la crisis griega, pienso que es una lástima que ya no exista nuestro Cuarteto, era una oportunidad para reflexionar sobre todas estas cuestiones desde un punto de vista filosófico, con un poco de serenidad y sin necesidad de pelearse. Algo así falta ahora lamentablemente.
Su libro más reciente trata sobre el tiempo… ¿Qué diablos hemos hecho con el tiempo? El tiempo es naturalmente un tema mayor, sobre el que, entre otros, han escrito los físicos. Yo quería escribir un libro sobre las diferentes formas en que experimentamos el tiempo, es decir, filosóficamente, desde un punto de vista fenomenológico, no sobre cómo medimos el tiempo, sino sobre cómo lo experimentamos en la realidad. Arranca con el tema del aburrimiento; cuando nos aburrimos, cuando no sucede ningún acontecimiento en el interior del tiempo, es cuando mejor podemos experimentar lo que es el tiempo. A partir de ahí trato la experiencia del comienzo, los mecanismos para socializar el tiempo, para convertirlo en el tiempo rendible de los economistas; el tiempo del mundo de las finanzas, etcétera. Con la muerte nos enfrentamos al tema de la eternidad y la inmortalidad. Desde el aburrimiento hasta la eternidad, he pretendido presentar un panorama de nuestras formas de experimentar el tiempo.
¿Cree a quienes prometen que la tecnología nos acercará a la inmortalidad? Mejor que no [risas]. No, no, es muy importante que tengamos un límite. En una ocasión, tras una conferencia, le preguntaron al gran teólogo Karl Barth si creía realmente en la inmortalidad y que al morir iríamos al cielo, y si allí encontraríamos a todos nuestros seres queridos y a la gente que apreciábamos. Y Karl Barth, fumando de su pipa, respondió: “Sí, a todos los seres queridos, pero también a todos los demás” [risas]. Por otra parte, Woody Allen también dijo que por supuesto que creía en el paraíso. La pregunta es si queda muy lejos del centro y qué horario de apertura tiene.

jueves, 22 de octubre de 2015

PRENSA. Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (16 octubre 2015):

PRENSA. "La invasión del neoespañol". Javier Marías

 
Javier Marías
 En "El País Semanal":

La invasión del neoespañol

Es demasiada la gente que ya no domina la lengua, sino que la zarandea y avanza por ella a tientas


En pocos días he oído o leído, en prensa o en libros, las siguientes expresiones inexistentes y por tanto difícilmente comprensibles: “Le echaron el pato encima”; “Se desvivía en elogios de ella”; “Le dio a la sin lengua”; “Es una mujer-bandera”. Uno trata de “traducir”, y supone que en la primera hay una mezcla de “pagar el pato” y “cargarle el muerto”; en la segunda, de “desvivirse por ella” y “deshacerse en elogios”; en la tercera, una metamorfosis (a la lengua se la llama castizamente “la sin hueso”); en la cuarta, lo que siempre se dijo “una mujer de bandera” ha quedado comprimido en una extraña figura: mujeres que se llevan en un asta, para dolor de ellas. Escribí bastantes artículos comentando estas corrupciones y absurdos, hasta que di la batalla por clamorosamente perdida. Alertar de los imparables maltrato y deterioro del castellano, en España como en Latinoamérica (hay la fama de que allí se habla mejor que aquí, pero es falsa: cada lado del Atlántico, simplemente, destruye a su manera), carecía de sentido cuando los embates son constantes y sañudos y además contradictorios entre sí, no obedecen a un plan ni a un esquema. Los anglicismos superfluos, por supuesto, campan a sus anchas (hoy muchos dicen “campean”). Las concordancias han saltado por los aires: “Quiero decirle a los españoles”, se oye en boca del Presidente del Gobierno y también del último mono, ya que a nadie le importa que el plural “españoles” exija “les” en esa frase. Los modismos son “creativos” y no hay dos personas que coincidan en ellos: el antiguo e invariable “poner la carne de gallina” admite todas las variantes, desde “la piel” hasta “los vellos” hasta “la carne de punta”.

El problema de esta guía es que sólo puede ser descriptiva, porque ¿cómo puede aprenderse a manejar lo que en modo alguno es manejable?
Hice bien en abandonar la lucha, porque la magnitud del desastre es aún mayor de lo que creía, según compruebo en un libro que me llega,Guía práctica de neoespañol, de Ana Durante, veterana profesional de la edición que se ha pasado años observando anomalías, analizándolas y recopilándolas, para llegar a la conclusión de que, sin que nos percatemos mucho, hay una “neolengua” o “Idioma Aproximado” (de ambas formas lo llama) que está suplantando al español tradicional que todavía muchos hablamos y escribimos. Esto no sería demasiado grave si no fuera porque este “neoespañol” no está organizado ni hay acuerdo alguno entre sus usuarios: cada cual dice o escribe lo que le parece; todo vale con tal de que sea incorrecto o inexistente o inventado; cada uno se expresa –en solitario– como le viene en gana. Y aunque la autora se abstiene de identificar sus ejemplos con títulos, nombres y apellidos, para no perjudicar a nadie, tiene razón cuando señala que “bajo ninguna circunstancia tendría imaginación suficiente como para inventar algo ni remotamente parecido” a dichos ejemplos. (Nadie la tendría, en efecto.) Al recorrerlos uno, además, a menudo los reconoce: los ha visto u oído antes, o cosas muy similares. Pero probablemente los ha visto u oído sueltos, sin calibrar la dimensión del destrozo. Al encontrárselos agrupados en los diferentes capítulos de esta Guía de neoespañol, la carcajada es casi continua (para los que aún empleamos el idioma “no aproximado”) y también la desolación (de nuevo para los que preferimos que la lengua sea algo sólido y firme y comprensible para todos, y no una especie de papilla que salpica de diversas maneras a cuantos meten la cuchara en ella).
Sus delirantes, tronchantes y a la vez tristísimos ejemplos están sacados de prensa escrita y hablada, pero también de obras literarias, tanto originales como traducidas. Uno va leyendo, y casi a cada página le da la risa y se lleva las manos a la cabeza, desesperado: “Esa camisa le profería un aire chulesco”, o “Dijo el rey propiciándole un beso en la frente”, o “El religioso ahorcó los hábitos”, o “Habían fletado todo el hotel” son muestras de cómo los verbos se permutan alegremente y de que cualquiera les sirve hoy a muchos hablantes y escritores. Claro que esto no es nada al lado de las “creaciones” enigmáticas: “Su trato a veces puede aminorarse difícil”, o “Lo miró atusando las pestañas”, o “La oyó desertar hondos suspiros”, o “Pifió ella, mirándolo a los ojos”. Hay que ser muy sagaz para traducir todo eso. La autora no pretende serlo. Trata de descifrar lo indescifrable, y reconoce a veces su fracaso, es incapaz de “traducir” de una neolengua cuyos códigos desconocemos, seguramente porque se caracteriza por no tenerlos. Tampoco se rasga las vestiduras, no dice que esta extraña suplantación del español sea en sí buena ni mala, tan sólo da cuenta de ella. Lo hace con resignación y humor: ante la frase “Tan pronto le quitó el ojo, la joven salió corriendo”, se limita a apostillar: “Lo que no es de extrañar, cualquiera de nosotros habría hecho lo mismo”. Apenas se inmuta al leer: “El viento cambió de dirección sin cita previa” o “Intentó besarle los labios de él con los suyos”. Yo maldije, en cambio. Para mí el conjunto es aterrador, pese a lo mucho que me he divertido. Es demasiada la gente (incluidos renombrados autores y traductores) que ya no domina la lengua, sino que la zarandea y avanza por ella a tientas y es zarandeada por ella. Hubo un tiempo en el que podía uno fiarse de lo que alcanzaba la imprenta. Ya no: es tan inseguro y deleznable como lo que se oye en la calle. El problema de esta Guía de neoespañol es que sólo puede ser descriptiva, porque ¿cómo puede aprenderse a manejar lo que en modo alguno es manejable?

miércoles, 21 de octubre de 2015

CORTOMETRAJE. "La vuelta a la tortilla", de Paco León (sobre el cáncer de mama)


Puedes verlo AQUÍ.

POESÍA. "El argumento", de Rafael Cadenas (Venezuela, 1930)

Rafael Cadenas

El argumento

Por la mañana
leemos anestesiados
las noticias
de la guerra (cualquier guerra),
un titular
bien merece algunos combates;
cada bando
desea demostrar que Dios
está de su parte
con el argumento definitivo;
nuestros ojos recorren
las páginas
-buscamos más confirmaciones
de nuestra derrota
y el periódico trae lo que esperamos encontrar.

PRENSA. "Cuando la ciencia es la historia: 'The Martian' y kerbales"

   Enn "jotdown.es":

Cuando la ciencia es la historia: The Martian y kerbales

Publicado por 
Imagen: Twentieth Century Fox.
Imagen: Twentieth Century Fox.
Andy Weir no tenía un plan.
El escritor de The Martian, novela convertida ahora en taquillazo de Ridley Scott y Matt Damon, empezó a escribir la historia sin saber cómo iba a acabarla. La idea de Weir era explicar una historia sobre las desventuras de Mark Watney, un astronauta varado en Marte después de que sus compañeros de expedición lo dejen atrás accidentalmente huyendo de una tormenta. Watney se enfrenta a la enorme tarea de sobrevivir en un planeta totalmente hostil utilizando solo los recursos a mano, ciencia y su enorme creatividad. Los responsables de la NASA mientras tanto, a millones de kilómetros de distancia, deben ingeniárselas para rescatar a su náufrago de la superficie de Marte.
La premisa de la historia es, por lo tanto, simple. Es una novela sin antagonistas, sin batallas, sin enemigos malvados ni tierras que conquistar, ni siquiera conflictos interpersonales. El conflicto es el de un hombre contra la naturaleza, y las únicas reglas son las leyes de la física.
La belleza de The Martian es que el autor toma un punto de partida y deja que la ciencia sea quien guíe la historia. Ambientada en un futuro cercano, la misión que ha llevado a Watney a Marte está cuidadosamente diseñada utilizando tecnologías cercanas o plausibles. Los recursos al alcance del protagonista son escasos, limitados y sin ningún tipo de cachivache mágico o superciencia. Nada de reactores de fusión, hiperespacio, radios hiperlumínicas o motores con empuje imposible. En el mundo de Watney la energía disponible depende de lo que pueda sacar de sus paneles solares, los viajes interplanetarios se miden en meses, los mensajes a la tierra llegan con veintidós minutos de retraso y las naves necesitan cada gota de carburante que tienen a mano para poder entrar y salir de órbita sin estrellarse o perderse en el espacio. Es un universo sin atajos, esclavo de los recursos escasos y la férrea lógica de gravedad, inercia, vectores y trayectorias orbitales. La restricción malthusiana hecha novela de ciencia ficción.
Watney, para empezar, tiene que ingeniárselas para conseguir comida. En su refugio en las desoladas planicies de Marte el náufrago tiene suministros para alimentar a seis personas durante un par de meses. Haciendo números, los alimentos pueden durar casi un año, racionando bien y conservando energía. El problema es que la siguiente misión no estará lista hasta dos años después, y cualquier envío de suministros desde la Tierra necesita al menos cuatrocientos días entre preparación y viaje. Watney está también incomunicado con el resto del mundo tras el temporal, así que debe encontrar una manera de contactar con una NASA que le cree muerto. Necesitará también agua y energía, mantener los generadores, purificadores de aire y demás equipo en marcha, y hacerlo todo solo, sin ayuda, con la esperanza de que alguien venga a buscarle antes de que algo falle de forma catastrófica.
Como toda historia sobre ingeniería, por supuesto, las cosas no acostumbran a salir bien de forma automática. Tanto Watney como la NASA están intentando hacer cosas fuera de los parámetros habituales de diseño de la tecnología empleada, y la novela, para su crédito, no duda en hacer que las cosas salgan mal. Murphy, al fin y al cabo, era un ingeniero aeroespacial, así que hay cosas que explotan, se doblan, rompen o cuelgan precisamente cuando no deberían hacerlo, siempre por buenos motivos. En todo momento son la ciencia y la ingeniería las que dictan la historia, no deus ex machina salidos de ninguna parte. Toda acción y proyecto requiere una base empírica sólida, cada decisión es un riesgo calculado, y toda nueva crisis se deriva de algo que podría salir mal.
The Martian es además una de esas inusuales ocasiones en que un libro y una película se complementan. La novela es entretenida, mordaz y con un ritmo excelente. Cada paso, cada decisión, viene acompañada de la cantidad exacta de explicaciones científicas para ser comprensible y preocupadas conversaciones entre ingenieros para entender los riesgos.
La película no elimina la exposición científica, pero la reduce considerablemente. Ridley Scott sabe que su fuerte no es poner a actores explicando ecuaciones sobre dinámicas orbitales en pantalla, sino dar un espectáculo visual. Todo lo que en el libro falta de grandeza expositiva y panorámicas de Marte a escala, el film lo tiene a espuertas. La historia se basta y se sobra para ser emocionante por sí sola, así que el director, sabiamente, deja que sea la épica visual y las caras de tensión del (estupendo) reparto los que apoyen la trama, no complicados diagramas científicos. Sigue siendo comprensible y los frikis podrán salir del cine señalando con devoción cómo (casi) todo lo que sale en pantalla es científicamente correcto, no como en Gravity.
Cuando leí la novela, hace un par de años, no pude evitar compararla con otro producto de entretenimiento publicado casi a la vez que The Martian, y que parte de unos principios casi idénticos: Kerbal Space Program (KSP). La idea detrás de KSP es poner al jugador al mando del programa espacial del planeta Kerbin, intentando llevar a los kerbales a conquistar su sistema solar.
Para aquellos que llevan jugando a simuladores en PC desde hace tiempo, la idea de KSP no les parecerá especialmente novedosa. Allá en los años noventa, Microsoft publicó un glorioso (y desalmadamente difícil) simulador de vuelo espacial llamado Microsoft Space Simulator. KSP es, en cierto modo, la reencarnación del viejo programa de Microsoft (y otro, aún más antiguo, de Interplay), pero adaptado a sensibilidades modernas: es mucho más rápido, vistoso, directo y fácil de entender, y a la vez otorga una enorme cantidad de opciones al jugador para diseñar naves, planificar misiones y enviar kerbales al espacio.
Vaya por delante: en KSP hay explosiones. De hecho, hay muchas explosiones. Todos los cohetes, motores, depósitos, cápsulas, estabilizadores, generadores, paneles solares, válvulas, soportes, toberas, reactores y lucecitas a disposición de los heroicos kerbales tienen valores de peso, resistencia y empuje, y todos interactúan entre ellos siguiendo las normas de la física. Como en The Martian, en KSP no hay tecnología mágica; las naves que construimos deben tener una estructura medianamente sensata, y los planes de vuelo, maniobras y demás siguen estrictamente la misma lógica que una misión en el espacio real.
Imagen: Twentieth Century Fox.
Imagen: Twentieth Century Fox.
A efectos prácticos, esto quiere decir que la primera vez que intentemos poner una nave en órbita es posible que no llegue. De hecho, es muy probable que el cachivache acabe explotando cerca de la plataforma de lanzamiento, tras que descubramos con horror la necesidad de crear cohetes con algo parecido a simetría y equilibrio estructural. El segundo intento seguramente acabará con el cohete haciendo una bonita trayectoria balística suborbital antes de estrellarse contra el suelo. El tercero quizás acabe en algo parecido a una nave en el espacio, aunque demasiado cerca de la atmósfera para orbitar. Tras una hora de intentos, quizás hayamos sido capaces de colocar un satélite de diez kilos dando vueltas a Kerbin en un ángulo más o menos aleatorio, pero sin combustible suficiente para conseguir que vuelva. La sensación de éxito tras conseguir que tu primer cachivache espacial vuelva a casa sin dejar un cráter humeante es enorme, y es solo el primer paso en una epopeya espacial personal.
Pongamos, por ejemplo, la épica historia de Jeb y mi primera misión tripulada a Mun, la luna de Kerbin. Tras varios intentos con sondas robóticas, mi lanzador Poldavia Mk.IV finalmente era capaz de llevar dos toneladas de carga a la órbita de Mun y devolverla, una vez eliminados los pequeños problemas del menos estable Mk.III y su tendencia a desintegrarse al separar la segunda etapa. Jeb, junto a otros dos aguerridos kerbales, iban a llevar a cabo mi primer amunizaje, utilizando un sistema de dos naves parecido al programa Apolo.
La misión empezó bien. El despegue fue limpio, utilizando la cantidad mínima de combustible para ponerme en órbita. El ángulo fue casi perfecto, así que el escape de la órbita de Kerbin hacia Mun fue sencillo y me dejó en un ángulo en el que apenas tuve que utilizar carburante para frenar y orbitar en el satélite. Los problemas empezaron cuando Jeb se metió en el módulo munar Politikon Mk.I y descubrió con horror que los ingenieros quizás habían ahorrado demasiado peso en combustible. La nave tenía suficiente hidrógeno para aterrizar en Mun sin dejar un cráter humeante, pero no para volver a la órbita munar sin sudar tinta en el proceso.
Fue entonces cuando todo empezó a salir mal. El amunizaje resultó ser un poco más duro de lo esperado, con Jeb cargándose una de las patas de aterrizaje al ser demasiado tacaño en el frenado. Enderezar la nave costó precioso combustible y una trayectoria oblicua que imposibilitó una órbita decente. El Politikon Mk.I acabó cerca de una órbita polar, lejos del módulo de mando, y sin combustible para volver a la Tierra por sí solo. La Poldavia, sin suficiente combustible para ir a buscar a Jeb, tuvo que volver a casa, mientras en Kerbin los ingenieros se apresuraban a preparar una misión de rescate.
En KSP las naves tienen un suministro de oxígeno ilimitado, afortunadamente, ya que la misión de rescate resultó ser más complicada de lo que era de esperar. Para empezar, lo de viajar a Mun requiere habilidad, pero solo hasta cierto punto. Lo que es realmente difícil es hacerlo entrando en una órbita determinada, no en una línea aleatoria salida de tirar naves al espacio al tuntún. Tras varias misiones de rescate fallidas en que nadie consiguió acercarse a Jeb, finalmente conseguí poner a un Poldavia Mk.VI (la HMS Escorbuto) a tiro de mi astronauta a la deriva. El segundo problema es que acoplar naves en el espacio es muchísimo más difícil de lo que me había imaginado, especialmente cuando una de las dos está seca de carburante. La Politikon sufrió algo más de abolladuras en este primer encuentro, dejando a Jeb flotando en la inmensidad del espacio y sus rescatadores volviendo a la tierra derrotados. Fue en el quinto intento cuando el HMS Pequeño Nicolás consiguió rescatar a Jeb y devolverlo a Kerbin, amerizando de mala manera en medio del Ártico.
En cierto sentido, KSP es una especie de generador de películas de The Martian interactivo, solo que con alienígenas adorables. Es un videojuego abierto, sin más trama que los proyectos que uno se autoimponga o los contratos que uno acepte. Las historias salidas de cada misión son pequeños clásicos de la ciencia ficción cotidiana, una especie de The Right Stuff interactivo. Como todo juego difícil basado en reglas complicadas, duras y firmes, cada paso adelante es un éxito, y cada rescate arriesgado, misión a otro planeta o descubrimiento representa un triunfo. Hay muy pocos juegos, poquísimos, que dejen una sensación de victoria más completa que el KSP. Es la sensación de cumplir un reto, de superar un obstáculo complejo a base de ciencia, esfuerzo y una tolerancia considerable a perder astronautas en horribles explosiones de vez en cuando.
The Martian, tanto la película como la novela, y KSP funcionan como historias, como narrativas, porque nos recuerdan un instinto que todos tenemos, aunque sea casi olvidado. Es ese instinto de ver una colina, a lo lejos, y decidir que queremos ir a la cima por el simple hecho de que está ahí, esperándonos. Es ese instinto de querer sobrevivir a toda costa, contra cualquier adversidad. Y es ese instinto de que nunca vamos a dejar nadie atrás, no importa lo difícil que sea el rescate.
Si echáis de menos un programa espacial, conquistar tierras desconocidas o construir naves con Tente/Lego, no sé a qué estáis esperando.