martes, 26 de febrero de 2013

ESCUELA EN LUCHA

   El próximo sábado, 2 de marzo, en el colegio "Ferroviarios", para apoyar al AMPA "El catón", que está luchando contra el cierre de la Escuela Infantil Municipal "Félix Ortega", se celebrará una fiesta cuyo cartel se adjunta.



lunes, 25 de febrero de 2013

POESÍA. "Tiempo de flor", de Carmen Martín Gaite (1925-2000)



                       



    
   


Tiempo de flor

Cuando el tiempo de flor
venga a fundir
la nieve en la montaña,
ya no te esperará mi corazón,
alondra.


¡Ay!, ¿cómo eran sus labios?
-cantará el surtidor.



De nuevo el mismo sol
se vendrá a los tejados, perezoso,
herido por el grito de los niños
que juegan en la plaza.

Y, como hoy,
la mañana despertará encendida
por fuera de mis ojos.


Pero mi corazón, alondra,
ya no te esperará.

PRENSA. "Falible. ExPapa. Un poderoso en retiro". Reportaje

El papa Juan Pablo II (derecha) junto al entonces cardenal Joseph Ratzinger, en 2004. / M. BRAMBATTI (EFE) ("El País")

   En "El País":

Falible. Ex Papa. Un poderoso en retiro

La renuncia de Benedicto XVI suscita loas y críticas entre los expertos

Teólogos e historiadores ven el debate superficial porque disimula los problemas del pontificado

 24 FEB 2013

En los archivos de la municipalidad de Valence (Francia) se conserva la anotación del funcionario encargado de despachar en agosto de 1799 el fallecimiento en esa ciudad del papa Pío VI, de civil conde Angelo Onofrio Melchiorre Natale Giovanni Antonio Braschi dei Bandi. Lo hizo de esta manera tan distraída: “Jean-Ange Bisaschi, que ejerce la profesión de pontífice”. Pío VI había sido un Papa peleón y viajero, pero fue arrollado por los efectos de la Revolución Francesa y, sobre todo, por maquinar contra Napoleón, a uno de cuyos generales mandó fusilar poco antes de ser ocupada Roma por el ejército francés. Salvó la vida huyendo de la capital de los Estados Pontificios disfrazado de mendigo, pero fue tomado prisionero y llevado a Francia de muy mala manera. Su cuerpo regresó décadas más tarde a Roma, donde aún se alza una estatua muy vistosa en su honor.
¿Qué dirá el registro de difuntos sobre Benedicto XVI, de civil Joseph Aloisius Ratzinger, a punto de cumplir 86 años? ¿Cómo firmara el exPapa sus cartas y los mensajes de Twitter, cuando el día 28 abandone el pontificado romano? ¿Seguirá siendo infalible? ¿Continuará asistido por el Espíritu Santo, como cree el tropel de sus afines que están los papas por el solo hecho de serlo? ¿Será un Papa en la sombra, dada la influencia que ya ejerció sobre su predecesor, el polaco Juan Pablo II? El debate está abierto, con respuestas para todos los gustos.
Así lo ve el franciscano José Arregi, profesor de Teología en la Universidad de Deusto (Bilbao). “Que un papa, a los 85 años y enfermo, se despoje de la tiara y descienda del trono, renunciando al poder religioso más arbitrario y absoluto jamás imaginado, ¿qué tiene de extraño? Tiene de extraño que se limite a eso: a una renuncia personal. Y, sin embargo, ha sido celebrada por clérigos y laicos bien intencionados como un gesto de libertad, valentía y dignidad e, incluso, de humildad. No niego que lo sea. Pero ¿su renuncia no constituye a la vez un acto de rendición frente a esa oscura maquinaria de poder que es el Vaticano?”.
Arregi, una de las últimas víctimas de la inquisición romana, dudaba hace tres años, en declaraciones a EL PAÍS, que Benedicto XVI mandase algo en el Vaticano. Ahora lamenta que la Iglesia vuelva a “ser espectáculo, no buena noticia”. Cree que Ratzinger es “un hombre de gran calidad humana” —“No hay más que mirar sus ojos limpios llenos de inteligencia”—, pero subraya que la persona es inseparable del papel que desempeña en un sistema.

Küng: “El dogma de la infalibilidad fue, al principio, una herejía reprobada”
“En el caso del Papa es inevitable que la persona, por admirable que sea, quede aplastada por un papel y un poder desorbitado, dentro de un sistema perverso: un papa elige a los cardenales que elegirán al siguiente Papa, el cual impondrá como voluntad divina lo que son en realidad sus propios criterios. Así es como Benedicto XVI, primero por mano de Juan Pablo II y luego por su propia mano, ha enterrado lo mejor del Vaticano II y ha ahondado el abismo entre la Iglesia y el mundo de hoy. Todo por voluntad divina. Ahora se va dejando intacto un sistema esencialmente corrupto. La tiara y el trono, la terrible infalibilidad, el terrible poder absoluto, siguen intactos, esperando al siguiente candidato. No faltarán aspirantes. Ya se traman oscuras estrategias, ya se urden alianzas. Se maquina y se conspira. Es pura farsa mediática, pornografía religiosa. Cuando salga la fumata blanca dirán: ‘El Espíritu Santo ha elegido’. Más obsceno todavía”, añade Arregi.
¿Infalibles los papas? Cuando el 18 de julio de 1870 Pío IX proclamó el dogma de la infalibilidad en la última jornada del tridentino Concilio Vaticano I, Víctor Hugo hizo una predicción: “Dentro de 100 años, no habrá guerras, no habrá papa”. Se equivocó, pero la decisión de Pío IX ha dejado “en ridículo” al pontificado romano, en palabras del muy católico Lord Acton, que a punto estuvo de ser excomulgado por esa idea. Suya es la frase de que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. También el filósofo Richard Rorty habló de “dogma infame”, y un teólogo tan prudente y sabio como Karl Rahner escribió: “Si de forma irrealmente hipotética, me imagino a mí mismo leyendo en voz alta a Jesús, durante su vida terrestre, la definición del Vaticano I, probablemente él, en su conciencia humana empírica, se habría asombrado y no habría entendido nada en absoluto”.
¿Quién inventó la doctrina de la infalibilidad? El sistema vaticano argumenta que la idea de que el Papa y la Iglesia nunca se equivocan cuando definen doctrinas se remonta siglos, incluso a Pedro, el pescador que se supone como primer Papa romano. No es verdad. Es una idea absurda para tiempos en que el Papa era el sucesor de un pescador judío, no del emperador Constantino.
“No fue con un cheque del banco del César con lo que Jesús envió a sus apóstoles al mundo para anunciar el reino de Dios”, clamó el teólogo francés Robert de Lamennais contra los afanes de poder y riqueza de lo que llama “el Imperio católico”. ¿Infalibles los papas en toda su historia? Incluso para el hombre que más trabajó para erigir el absolutismo papal, Gregorio VII, se trataba de “una doctrina disparatada”. “El Papa puede equivocarse también en materia de fe”, dijo.

Tamayo recuerda que un sector episcopal se negó a apoyar el dogma
El teólogo Hans Küng, que ha escrito un voluminoso libro sobre el tema (¿Infalible? Una pregunta) y fue castigado por Ratzinger retirándole el título de profesor de teología católico, lo explica con la exhibición de un documento que enmudecería a quienes entren en el debate con honradez. Dice: “El inventor [de la doctrina de la infalibilidad] es el excéntrico franciscano Petrus Olivi. Lo que buscaba era que los papas quedasen obligados por un decreto de Nicolás III favorable a la corriente franciscana que exigía pobreza radical. De ahí que, en 1324, Juan XXII condenara esa doctrina como obra del demonio, el padre de la mentira. Consecuencia: ¡el dogma de la infalibilidad papal fue, al principio, una herejía reprobada!”.
Pero aquel 18 de julio de 1870, el Vaticano tenía a sus puertas el ejército de Garibaldi y Pío IX pensaba que solo la definición solemne de su primacía e infalibilidad podría evitar que la nación italiana conquistara el último símbolo de los Estados Pontificios. Era un hombre “emocionalmente inestable, desprovisto de dudas intelectuales que mostraba los síntomas propios de un psicópata” (así lo ve Hans Küng), y quería lanzar, además, una declaración de guerra general a la modernidad, en la esperanza de ganarse el apoyo de reyes y emperadores tan sobresaltados como el Papa. El dogma, en cambio, les asustó, más que los confortó, sobre todo porque el Pontífice lo acompañaba de una encíclica (Quanta cura) y un compendio de errores (Syllabus errorum modernorum) para condenar a los hombres y las ideas más representativos de la modernidad europea. “Lo que una vez fue contrarreforma era ahora contrailustración”, dice Küng.
En el Concilio de Nicea (año 325) se endiosó a Cristo con el beneplácito del emperador Constantino. En el Vaticano I se endiosó a los papas. Pío IX se consideraba a sí mismo un viceDios. Todo se mantiene. En palabras del teólogo Juan José Tamayo, “los papas acumulan en su persona más poder que los faraones egipcios, los emperadores romanos, los reyes del sacro imperio romano-germánico, los califas del imperio otomano y todos los dictadores de la historia. Lo confirma la Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, que concentra los tres poderes en la persona del Papa”. Así lo establece su artículo primero: “El Supremo Pontífice, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, tiene la plenitud de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial”.
Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones en la Universidad Carlos III de Madrid, afirma que ese poder absoluto lo reafirma y refuerza el dogma de la infalibilidad, “que Pío IX, en sus horas más bajas de poder político y de autoridad religiosa, obligó a votar a los obispos reunidos en concilio”. Según dicho dogma, las definiciones del Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, “son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Con ello, el Papa se auto-colocaba en la órbita de lo divino y su palabra se situaba al mismo nivel que la palabra inerrante de Dios”.
Tamayo recuerda que hubo un sector episcopal que se negó a apoyar “tan megalómana imposición papal”. Añade: “La historia les daba la razón, teniendo en cuenta los numerosos errores doctrinales en los que incurrieron algunos papas y los constantes cambios producidos en las verdades de fe”.

El derecho canónico usa un doble rasero para líder y fieles, subraya un experto
Es absurdo debatir sobre si el papa Ratzinger se lleva consigo el don de la infalibilidad, que requiere, para su uso, hablar ex cathedra, es decir, desde la silla de mando. Benedicto XVI se apea de ese trono el próximo jueves. Además, desde su implantación, el dichoso dogma ha sido usado una única vez. Lo hizo Pío XII el primer día de noviembre de 1950, cuando, rodeado de 36 cardenales, proclamó “ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Textual.
Sobre la dimisión del Papa reinante no caben dudas. “Desde la perspectiva del Derecho del Estado, y en el caso español de un Estado laico —ideológica y religiosamente neutral—, se trata de una decisión irrelevante, ya que al final de cuentas se trata simplemente del relevo en la Jefatura de otro Estado”, sostiene Oscar Celador Angón, catedrático de Derecho Eclesiástico en la Universidad Carlos III. Añade: “Desde el siglo XV, era habitual que los papas ejercieran su labor hasta su fallecimiento, con independencia de edad o salud. Se trataba de una especie de contrato informal en virtud del cual, una parte accedía al puesto de máxima responsabilidad, pero a cambio se comprometía a dedicar a su labor todas sus fuerzas y a sacrificar el resto de sus días. A la vista de los hechos, el contrato informal o no existía, o ha sido incumplido por una de las partes”.
Al profesor Celador le parece llamativo el doble rasero que el Derecho canónico utiliza para su líder y sus fieles. Pone como ejemplo el matrimonio. Dice: “El Papa ha renunciado a ostentar un cargo cuyo desempeño aceptó de forma libre, alegando falta de fuerzas. Su decisión es de sentido común. Sin embargo, el matrimonio canónico contraído válidamente y consumado es indisoluble, a lo sumo sus contrayentes pueden separarse pero nunca divorciarse canónicamente, con independencia de la edad que puedan llegar a vivir los cónyuges, su felicidad o estado de ánimos”.
Tampoco caben dudas sobre si seguirá Benedicto XV siendo Papa después de su renuncia. Dice el teólogo Federico Pastor-Ramos, presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII y profesor emérito de la Universidad Pontificia de Comillas: “Una vez que Benedicto XVI ha renunciado al ministerio lo ha dejado definitiva y totalmente. El encargo de Jesús a Pedro está expresado con imágenes metafóricas que no pueden extrapolarse en su sentido, como sería decir, por ejemplo, que la piedra es algo permanente. Sería más consonante con lo que sugiere el Nuevo Testamento pensar en funciones de comunión y un cierto punto de referencia de los seguidores de Jesús, que tiene poco que ver con la hipertrofia de lo papal que se ha ido desarrollando a lo largo de la historia y de la que se podría prescindir sin menoscabo de nada”.
Otra cuestión es si las cosas se miran desde la óptica de la religión popular española, especialmente la practicada por niños y adolescentes. Lo hace Javier López Facal, profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y autor de El declive del Imperio Vaticano, que acaba de publicar en la editorial Catarata: “Los niños suelen encomendarse a santa Rita de Casia cuando a uno se le exige la devolución de un objeto previamente donado, utilizando estas palabras: Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da no se quita. Sabemos desde la Epístola a los Efesios 2.8, una carta supuestamente escrita por san Pablo a aquella floreciente iglesia anatolia, que la fe no depende de uno mismo, sino que es un regalo gratuito de Dios, y es asimismo doctrina aceptada que la gracia santificante y la gracia de estado son dones divinos de carácter gratuito y, por lo tanto, potencialmente efímeros o revisables”.
Así las cosas, cabría pensarse que si el Espíritu Santo otorgó a Ratzinger la gracia de estado para acceder al pontificado y ejercer este magisterio, igualmente ha podido retirarle esta gracia por razones inescrutables e inefables propias del Paráclito.
Ironiza López Facal: “Joseph Ratzinger puede decir, con legitimidad, aquello de Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado, bendito sea Dios, y reivindicar que lo dejen en paz. Lo malo es que los ex se convierten desde el momento mismo de su pérdida del poder en jarrones chinos, en feliz expresión de Felipe González, es decir, en un objeto valioso pero muy difícil de integrar en la decoración de una casa. ¿Qué hace uno con un jarrón chino tan valioso, como incordiante? ¿Qué papel desempeñan hoy González en el PSOE o Aznar en el PP? Ratzinger al que nunca he profesado ni una especial admiración, ni un acendrado cariño, creo que va a llevar su pérdida del poder con mayor dignidad, generosidad y sentido común que los dos ex presidentes mencionados. Se retirará a un convento a rezar, estudiar y tocar el piano, y no va a molestar prácticamente nada a la persona a la que el Espíritu Santo vaya a distinguir ahora con Su gracia. Algo tiene que quedarle de aquel don de Dios del que gozó durante siete años, de tan marcadas connotaciones bíblicas”.

Fatal precedente

Celestino V, el Papa que, antes que Benedicto XVI, renunció al pontificado en plena libertad, tenía también 85 años cuando fue elegido en julio de 1294 y dimitió cinco meses más tarde. Murió de muy mala manera dos años después. De civil se llamaba Pietro Angeleri di Murrone, hijo de un labrador. Se le conoce como el Pastor Angélico. Fue proclamado santo muy pronto y hace unos pocos años ha sido retirado del calendario litúrgico, no se dijo por qué.
Celestino era monje benedictino hasta que se retiró a vivir solo en una cueva del Monte Morrone (Italia), donde adquirió fama de santo y sanador. Por eso fue aclamado Papa después de un cónclave que se prolongaba ya dos años. Murrone llegó a lomos de un burro al templo en el que iba a ser coronado. Cuando abdicó, harto y escandalizado, quiso volver a su vieja ermita, pero el sucesor, el arrogante y tendente al nepotismo Bonifacio VIII, temió que pudiera convertirse en un estorbo, y mandó apresarlo.
Advertido de las torvas intenciones del nuevo pontífice, el pobre Celestino V escapó. Perseguido por todo el sur de Italia, cayó preso cuando intentaba llegar a Grecia. Bonifacio VIII lo recluyó en un castillo cerca de Anagni y allí murió, se dice que a manos de un verdugo del Vaticano.
Fue lo que creyó Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, que ordenó capturar en Roma al Papa reinante, para procesarlo en un concilio general de la Iglesia, acusado, entre otras cosas, de matar a su predecesor. Bonifacio VIII murió poco después. Un cronista definió así su final, quizás envenenado: “Entró como un lobo, gobernó como un león, acabó como un perro”.

PRENSA. ECONOMÍA. "España, destino tercer mundo". Ramón Muñoz


   En "El País":
NOVEDAD EDITORIAL »
España, destino tercer mundo
El brusco fin de de un periodo de bienestar que creíamos eterno. Esta no es una crisis cualquiera, sino una convulsión social.
 11 NOV 2012


Se han escrito muchos libros sobre la crisis, y se han quedado viejos antes incluso de que salieran a la venta. El doble error: aplicarse en un optimismo antropológico basado en la idea de que la historia siempre avanza y evaluar la actual catástrofe financiera y económica como si fuera una crisis cíclica más. Los hechos y el agravamiento de la situación están desmontando ambas falacias.
La confianza histórica en el progreso de la humanidad, con breves recesos, está instalada en la conciencia colectiva. Y se ha trasladado a la economía por inercia. Nada más lejos de la realidad. Como parte del llamado mundo desarrollado, los españoles hemos vivido entre 40 y 50 años de bienestar, una prosperidad inédita desde el comienzo de los tiempos. Ese periodo de riqueza ha sido la excepción, y no la regla como nos han hecho creer y hemos aceptado por comodidad.

Esta no 

... que va 
La clase media como cimiento de esa bonanza es un invento reciente. No tiene ni un siglo de existencia. Y lo mismo puede decirse de la mayor parte de los sistemas de asistencia social —entre ellos, el nuestro— que han permitido la creación de esa especie a medio camino entre ricos y pobres en la que se basan las naciones modernas y desarrolladas. Pero, ¿en qué tablas de la ley está escrito que iba a durar siempre? La clase media está en peligro de extinción. Como a los dinosaurios, que antes que ella dominaron la Tierra, un meteorito la puede barrer de muchas partes del planeta donde se creía a salvo para siempre, como es el caso de España. Llámenle Gran Recesión, Gran Depresión o Gran Cataclismo. Lo de menos es el nombre, pero desde luego no se puede decir que sea una crisis más. Lo que estamos viviendo sólo en sus albores no tiene parangón histórico alguno. Ni siquiera la Gran Depresión de 1929 sirve de referencia. Desgraciadamente, de aquel marasmo se salió gracias a la Segunda Guerra Mundial. No parece previsible que un conflicto bélico vaya a salvarnos ahora. Así que nadie puede aventurar cómo escaparemos de ésta.
España está en el centro de esa vorágine de depresión económica sin salida que amenaza con destruir todos los lazos sociales que dan estabilidad a una nación y el futuro de varias generaciones.
Aunque el detonante ha sido el estallido de la burbuja inmobiliaria, la verdadera causa de que España haya caído en un pozo cuyo fondo no hemos tocado y, peor aún, no se perfile ninguna escapatoria, es que no producimos ya nada. En los últimos 30 años, hemos asistido a un escrupuloso proceso de desmontaje de toda nuestra industria (y de la agricultura) como paladines de la globalización. Algo que todos los países occidentales sufren, pero que ninguno ha celebrado como el nuestro. Todo lo que consumimos viene de mercados exóticos, de China, India, Bangladesh, Vietnam, Egipto…

“España está abocada a una suspensión de pagos y a una quita”
Hemos creado una sociedad low cost (bajo coste), de todo a un euro, productos baratos, vuelos baratos, viajes baratos. Arropados por la fortaleza de la moneda única, y cumplido el sueño de firmar una hipoteca por encima de nuestras posibilidades, los españoles nos hemos dedicado a viajar por los rincones del mundo, a comprarnos el último smartphone, a llenar las autopistas de 4x4… Ese espejismo de nuevos ricos sin ocupación alguna se ha esfumado, y ahora nos damos cuenta de que nos estamos convirtiendo en un país low cost, con sueldos low cost, sanidad y educación low cost, que camina indefectiblemente hacia la penuria. Un país de camareros, guardias de seguridad, funcionarios y albañiles en paro, cuyas generaciones futuras ya no van a viajar sino a emigrar. Y no van a vivir peor que sus padres, como ha acuñado el eslogan. Con suerte, van a sobrevivir como sus abuelos.

Los mercenarios del optimismo, como yo les llamo porque trabajan a sueldo de los que verdaderamente mandan y han arruinado al país, les han estado contando, y aún hoy lo siguen haciendo con total impunidad, que de ésta también saldremos. Y claro que vamos a salir, pero empobrecidos hasta unos niveles que no se recuerdan desde los años 50, con varias generaciones perdidas, trabajo escaso y mal pagado, y unos jubilados que van a ver esfumarse sus cotizaciones y sólo podrán aspirar a pensiones mínimas de caridad.
Pese a los mensajes tranquilizadores de los políticos y los medios de comunicación cómplices, el sistema financiero español está quebrado, con un nivel de endeudamiento brutal, tanto público como privado. Ni la Unión Europea, ni el Fondo Monetario internacional, ni el Banco Central Europeo, ni Alemania pueden engullir una deuda de 2,4 billones de euros para salvarnos. España como país está abocada a la suspensión de pagos, y a una quita sobre la astronómica deuda que ha colocado en los mercados internacionales en forma de letras, bonos y obligaciones y que es imposible devolver. Otros países lo hicieron antes como Tailandia, Rusia o Argentina.
El problema es que ninguno de ellos estaba sometido a una moneda común como el euro. Y es que el siguiente e ineluctable paso al defaultes la salida del euro y la vuelta a la moneda nacional, la peseta (o como quieran denominarla). Ese proceso puede pasar a su vez necesariamente por la palabra que más aterroriza a los ciudadanos: elcorralito. Tarde o temprano, el Gobierno debería decretar una restricción de los fondos que se pueden retirar de los bancos. Inmediatamente después (o al mismo tiempo), decretaría una medida aún más desastrosa para los ahorradores: el corralón. Fijaría un cambio obligatorio entre el euro y la nueva moneda nacional con una devaluación que puede alcanzar e incluso superar el 50%. Automáticamente, los fondos depositados en las entidades financieras se convertirán en pesetas. Y de un plumazo, los depositantes perderán hasta la mitad de sus ahorros.

“Somos un país low cost, con sueldos, sanidad y educación low cost”
Ya ocurrió en Argentina en 2001 que adoptó de forma suicida el dólar como moneda nacional con la misma ligereza que nosotros nos pasamos al euro. La argentinización de España es hoy una realidad. Los jóvenes preparados tienen como única salida la emigración; el resto, es carne de cañón de las villas-miseria que se están levantando a las afueras de nuestras ciudades. Los trabajadores —los que tienen un empleo y los que lo buscan— van camino de convertirse en lumpen, sin conciencia de clase, con salarios de supervivencia, predestinados a jubilaciones con pensiones asistenciales.
España está ya inmersa en un retroceso de sus condiciones de bienestar que nos va a devolver a los estándares de los llamados países en vías de desarrollo, ese eufemismo empleado para definir a las sociedades que viven en un clima de penuria general y desigualdad, en donde sólo unos pocos se benefician de los periodos de crecimiento. No es nada nuevo. Así subsisten desde siempre millones de latinoamericanos, norteafricanos o asiáticos. Y así vivíamos los españoles en los años 40 y en los 50.
Y frente a lo que pueda pensarse, vamos a sufrir ese empobrecimiento con resignación, porque, paradójicamente, ese periodo de bienestar nos ha vacunado contra la revolución, nos ha desarmado para oponer resistencia frente a los poderes establecidos. Éste es un libro que pinta un futuro triste y no cree que haya escapatoria alguna. Por eso, no se lo recomiendo a optimistas o a votantes de partidos mayoritarios. Si acaso va dirigido a algún otro lector inquieto, harto de leer las mentiras patrocinadas que le han estado contando los diarios durante tantos años.

Esta no es una crisis cualquiera, sino una convulsión social...

... que va a dar un vuelco radical y definitivo a nuestro nivel de bienestar, devolviéndonos a épocas pasadas marcadas por la inmigración y la pobreza. Esta es la desencantada tesis de "España, destino tercer mundo" (Deusto), el estreno editorial de Ramón Muñoz, el periodista que desde las páginas de EL PAÍS lleva años alertando a contracorriente de la gravedad de esta recesión, ocultada por los mercenarios del optimismo, desde políticos y financieros hasta periodistas. Negocios publica el prólogo de este libro que sale a la venta el próximo martes, día 13. Un obra sombría pero honesta, que augura catástrofes financieras por venir como una suspensión de pagos de la deuda, o incluso el corralito y la salida del euro.

PRENSA CULTURAL. "Philip Roth, una despedida". Antonio Muñoz Molina


Antonio Muñoz Molina

   En "El País":

Philip Roth, una despedida

Cómo no estar cansado a esa edad, después de tantos años de un trabajo tan asiduo, tan inmenso, tan incierto

 17 NOV 2012 

Hay un momento en que un novelista que percibía muy bien el pulso de su tiempo y se nutría de él para inventar sus ficciones parece perder ese latido que hasta entonces se había confundido sin esfuerzo con el suyo propio. Entonces se refugia en evocaciones más o menos lujosas o nostálgicas de su pasado, o de otros pasados ajenos o más lejanos que lo seducen porque en ellos no parecen existir los agrios conflictos o las realidades fragmentadas y confusas del presente, y porque en esos mundos apartados quedan más verosímiles los estereotipos que ahora urde en vez de personajes una imaginación fatigada.
Les pasa también a los directores de cine, y el efecto es todavía más evidente, porque el cine tiene más capacidad de inmediatez que la literatura. Aunque sigan viviendo en la misma ciudad que retrataban en otros tiempos y que convertían sin aparente esfuerzo en espacio de fábulas contemporáneas, prefieren encerrarse en los hangares de los estudios para reconstruir en ellos con meticulosidad enfermiza escenarios del pasado en los que la intención de autenticidad se confunde con el amontonamiento barroco. Extenuada o perdida la inspiración, queda el amaneramiento y el exhibicionismo de la técnica. Ajeno al mundo que probablemente ya le fatigaba o estaba dejando de entender Fellini se perdía en los laberintos fastuosos y cada vez más opresivos que se hacía construir en Cinecittà: daba igual que fingieran la Roma imperial, la Venecia de Casanova, un transatlántico de lujo de la época del Titanic. Una deriva semejante ha seguido Martin Scorsese, que se había educado admirando el nervio callejero de los directores italianos, y que nos ha dejado el retrato indeleble de la luz sucia de Nueva York en los años setenta, la cualidad lívida de las caras y las cosas bajo los neones excesivos de las cafeterías abiertas toda la noche y la negrura amenazadora y fronteriza que comenzaba entonces al otro lado de casi todas las esquinas, tan sólo un paso más allá de la claridad rojiza de las farolas. Ahora Scorsese hace recreaciones de época que tienen toda la pompa de los decorados de ópera de Franco Zeffirelli. Pero también Rossellini, que había prácticamente inventado la mirada contemporánea en el cine, que había rodado casi sin medios y convertido en ficciones los hechos acuciantes del final de la guerra casi al mismo tiempo y al mismo ritmo en el que sucedían, acabó dirigiendo solemnidades pedagógicas sobre el proceso de Sócrates o la corte de Luis XIV en Versalles.
(Un caso distinto era Visconti: para él la historia del siglo anterior formaba parte del ahora: en su imaginación narrativa y visual los dramas suntuosos del tiempo de la independencia de Italia explicaban el origen de todo lo que había venido después, como para Faulkner la vergüenza irreparable de la esclavitud había seguido infectando la vida en el Sur. En los dos casos el pasado no es un refugio contra las inclemencias del presente, sino la fosa abierta de una excavación en la que siguen encontrándose los despojos de un crimen).
Algunas veces, en los últimos años, leyendo con desilusión creciente algunas de las novelas que publicaba Philip Roth, he pensado en el maleficio de estos directores de cine. El Newark de su infancia y de su primera juventud había sido el territorio central de una serie de novelas en las que se examinaba, con una especie de furiosa lucidez, con una capacidad asombrosamente terrenal de rememoración e invención, las vidas de dos generaciones de judíos americanos, no ya los emigrantes llegados de Europa sino los hijos y los nietos: la generación que había empezado a americanizarse en las escuelas públicas pero todavía hablaba yídish y raramente llegaba a la universidad y sobre todo la siguiente, la del propio Roth; esa fue la primera que no sufrió las barreras invisibles o explícitas del antisemitismo, la que fue a universidades sin cuotas limitadas para judíos y además se hizo adulta en la atmósfera de emancipación y ruptura de los años sesenta, la que ya no habló yídish y se marchó muy lejos de los barrios de emigrantes a los que habían llegado sus abuelos y en los que nacieron sus padres.
El mejor Roth es el cronista de ese mundo, de las personas modeladas por ese tránsito de los tiempos y de las generaciones: los que soñaban con irse, los que se asfixiaban, los que se quedaban atrás, los que se sometían, los que se rebelaban, los que salían adelante y los que caían aplastados, los que sucumbían a la ruina o a la deshonra, los aniquilados por la pura mala suerte.
Quizás fue en La conjura contra América —la grandilocuencia del título lo hacía a uno desconfiar— donde se produjo una mutación. Por primera vez la nostalgia endulzaba lo que hasta entonces había contado sin rastro de sentimentalismo una imaginación fielmente alimentada por la claridad de la memoria. Philip Roth se tomaba el trabajo de inventar una historia alternativa en la que un presidente nazi marginaba y despojaba de sus derechos civiles a los judíos de Estados Unidos sin mencionar ni por un momento que en el país real de esa misma época muchos millones de personas eran marginados y perseguidos por ser negros, y desde luego carecían de derechos civiles. La familia, la comunidad judía, ya no eran el cogollo asfixiante del que hacía falta huir a toda prisa y fuera como fuera: ahora aparecían como los pilares de un orden protector y benéfico, de lazos firmes y valores seguros, amparado al final por los símbolos restablecidos de la legalidad americana. Los retratos de Philip Roth habían tenido a veces una crudeza y un estremecimiento como de Lucien Freud. Ahora parecían ilustraciones deNorman Rockwell.
Cuando narraba el presente, en una tras otra de sus novelas, se concentraba con un éxtasis monótono en la primacía de la enfermedad, de la ruina y la muerte. El paraíso estaba infaliblemente en el pasado. Empecé a leer Némesis y me aburrió pronto la reconstrucción demasiado evidente del Newark intacto, anterior al deterioro y a las imperfecciones de la realidad y del presente, invocado no por el flujo azaroso de la memoria sino por una pericia como de esos directores artísticos que saben ambientar tan bien las películas en los años cuarenta: la calle central del barrio con sus pequeños negocios y sus tiendas, con gente amable en las aceras, la cafetería con un jukebox en el que suena oportunamente I’ll Be Seeing You, momento que aprovecha el narrador para contarnos que era una canción muy popular en la época, etcétera.
Ahora Philip Roth dice que se retira, casi a los 79 años, que no escribirá más novelas, que ni siquiera hablará de ellas. Cómo no estar cansado a esa edad, después de tantos años de un trabajo tan asiduo, tan inmenso, tan incierto. Yo sólo quisiera que alguna vez, ya sin prisa, sin la urgencia de escribir una novela, la Gran Novela, la Gran Novela Americana, Philip Roth se deje llevar por un aire de inspiración, por la libertad y la desvergüenza y la liviandad casi póstumas de algunos grandes viejos, y nos vuelva a contar una historia verdadera y perfecta.

viernes, 22 de febrero de 2013

POESÍA. "Pídeme que esté alegre", de Carmen Martín Gaite (1925-2000)

Carmen Martín Gaite


Pídeme que esté alegre

Aún me entra cielo azul
y lo miro en mis charcos
reflejado a jirones.

Pídeme que esté alegre.
Si tú me lo pidieras,
en un caballo blanco subiría,
en un caballo bravo y montaraz.

Pídeme que esté alegre.
Y correré a ponerme
atavíos de fiesta,
abriré las cien puertas de mi casa
y saldré entre piruetas
y saltos de través
aturdida de sol,
y a las verdes palomas
daré migas de pan.

Pídeme que esté alegre.
En un caballo blanco correría,
en un caballo loco y montaraz,
si tú me lo pidieras.

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Cristina Fernández Cubas, sobre su nueva novela, "La puerta entreabierta"

La escritora barcelonesa Cristina Fernández Cubas. / JOAN SÁNCHEZ ("El país")

   En "El País":

Juego de palabras

Cuentos dentro de cuentos y sueños dentro de sueños. Los límites entre este y el otro mundo no son tan infranqueables como creemos. Fernanda Kubbs suplanta a Cristina Fernández Cubas en 'La puerta entreabierta', su nueva novela tras un largo y doloroso silencio en la ficción

 16 FEB 2013 

A veces para cicatrizar la herida que supone una gran pérdida necesitamos un cambio que nos distraiga del dolor. A Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, 1945, Barcelona) le llevó un tiempo abordarlo. Perdió a su esposo, el escritor Carlos Trías, de un cáncer de pulmón en 2007. La pareja, entre otras complicidades, compartía la pasión por la lectura y la escritura. A medida que pasaban los días, el placer se tornó en martirio. “No podía seguir como si nada hubiera ocurrido. Todo lo que tenía a medio hacer lo mandé a la porra”, cuenta la escritora en un céntrico hotel de Barcelona, decorado en ese estilo minimalista que tanto abunda. La puerta entreabierta, su nueva novela, firmada con el seudónimo de Fernanda Kubbs, rompe un largo silencio en el terreno de la ficción e inaugura una nueva etapa en su carrera que va a mantener en paralelo con su etapa anterior.
Entre la inestabilidad que proporciona uno de esos asientos en los que te hundes, Fernández Cubas alisa su melena revuelta por el viento. De negro, de la cabeza a los pies, solo la espina de una sardina, tallada en plata, pone un destello de color en su atuendo. Habla con voz neutra de su melancolía: “Lo de leer lo solucioné pronto a base de disciplina, pero escribir me inducía a la tristeza. No podía con ello. La bola de cristal (en la que queda atrapada precisamente la protagonista de su novela) estaba allí, de manera perversa en mi cabeza; escribía en círculo y no hacía más que ahondar en la tristeza y, bueno, un poco de melancolía vale, pero no podía seguir con aquello”. La puerta entreabierta no nació como un proyecto, sino como un juego que le permitió “salir, disfrutar y gozar. De repente, surgió Isa, una joven periodista, y la magia. La magia siempre me ha gustado y fue ahí donde me di cuenta de que ese cambio de registro o de mirada me había envuelto y recuperaba las ganas de levantarme. Casi enseguida, creo que al final del primer capítulo, pensé en dos cosas: una, yo tiro para adelante, ya veremos dónde me lleva y, otra, que me llamaría Fernanda Kubbs”.

La magia siempre me
ha gustado y fue ahí donde me di cuenta de que ese cambio de registro
me había envuelto”
Considerada por el público y la crítica como una de nuestras mejores cuentistas, Fernández Cubas ha escrito una novela llena de cuentos en la que la magia ocupa el lugar que antes jugaba lo perverso. Casi todo lo escrito ahora roza lo fantástico. En su obra siempre impera el equilibrio entre lo real y lo irreal, entre lo cotidiano y lo desconocido, quizá lo desconocido había asomado en ocasiones por esa puerta entreabierta, pero ahora bajo el nombre de Fernanda Kubbs, un seudónimo tras el que no se oculta y una distorsión algo extranjerizante de sus apellidos, se ha permitido romper esta línea divisoria y pasarse literalmente a lo otro, para moverse abiertamente entre dos mundos paralelos.
Con esta novela inicia una línea paralela. “No quiero despistar a mi lector de toda la vida. Es algo así como un aviso: ¡Ojo! que voy por otro lado”. ¿Cuál es la diferencia? La narradora tiene claro que Kubbs puede ganarse amigos por sí misma, pero anima a sus lectores anteriores a que prueben. Cuando escribe no tiene la misma actitud. “Fernanda Kubbs es mucho más alegre y desenfadada, más adolescente, pero como los mundos de ambas se parecen mucho, lo diferente ahora es la mirada y el registro”. La puerta entreabierta no acaba con la palabra fin. La voluntad de la autora es convertirlo en una serie, con parte de los misterios y de los personajes que se mueven entre la frontera que separa los dos mundos en los que transcurre la narración.
No hay nada autobiográfico en el texto, aunque, como la protagonista, Fernández Cubas fue periodista durante un corto espacio de tiempo. “Si fuera por mí, los periódicos no saldrían”, añade. Eligió lo atemporal de la literatura, la libertad y no atenerse a horarios ni fechas de entrega, escribir sin presiones. Sin embargo, en la ficción le ha gustado recrear a una periodista de mal humor que es enviada a escribir unas cuartillas sobre la gran pitonisa de paso por la ciudad, Krauza Demirovska, y encuentra una puerta entreabierta, un prodigio, una transformación. Su idea argumental central pasaba por profundizar en el mecanismo de los sueños, en el equilibrio entre lo conocido y lo desconocido, un contrapeso que rompemos cada noche, cuando nos encontramos en un sueño con una realidad incomprensible que se rige por otros códigos y que nosotros tratamos de explicárnosla en la vigilia con nuestra lógica y nuestra forma de razonar.

Las palabras, los adjetivos son lo más importante del mundo"
A medida que avanza el relato, los cuentos se cruzan con los cuentos, como los sueños y sus secretos, en una fórmula, que vagamente nos puede recordar a Manuscrito encontrado en Zaragoza o Las mil y una noches. Crucigramista aficionada, Fernanda Kubbs inventó a mitad del relato una falsa sopa de letras en la que el mensaje o la adivinanza estuvieran contenidos dentro y que además rimara. Recurre también a anagramas de nombres (Rastabla, tarlabás, valsimor). Y se ha permitido, sobre todo, lo que más le gusta: “Jugar con las palabras”. Claro que las fronteras de las que habla en su libro nada tienen que ver con las que tratan de imponer los políticos. No es soberanista. Hay palabras como independencia que puede sonar muy bien, pero su aplicación puede resultar nefasta. “De ahí nace la importancia que le doy a las palabras. Las palabras, los adjetivos son lo más importante del mundo. Un ejemplo que no conviene olvidar, con Franco éramos demócratas, se decía que vivíamos en una democracia orgánica. Por eso me gustan tanto las palabras”. En La puerta entreabierta juega con ellas e incluso dan título a un cuento, protagonizado por una especie de flautista de Hamelín del que todos se ríen y que se venga llevándose las palabras. Sin embargo, no parece nada puntillosa con el mal uso del idioma. “Prefiero mirarlo desde el otro lado y disfrutar ante un texto bien escrito, y ante alguien que me cuenta las cosas con originalidad y arte. Me fijo más en esto, quizá sea una de mis fórmulas para intentar ser feliz”.
La infancia y la adolescencia, con su particular código de valores, centran buena parte de las historias de esta narradora y en ellas ha situado su aprendizaje. Su amor hacia lo inquietante nació, como muchas cosas en la vida, en la infancia. Su hermano le introdujo en Allan Poe, pero las historias truculentas comenzaron antes, con Totó, la niñera, a la que dedicó un capítulo entero en Cosas que ya no existen,su libro de recuerdos. Antes, la había convertido en Olvido, un personaje de El reloj de Bagdad, donde, seguramente, quedaba bien reflejada, pero, de repente, la quiso devolver a la realidad. “En el segundo capítulo, titulado La muerte cautiva, que es un cuento que ella nos contaba siempre, le rindo un homenaje. Me hizo viajar por países imaginarios y ciudades que no había visitado nunca. No creo que se inventara las historias, serían cuentos populares, leyendas o sucesos acaecidos, las cosas que se contaban entonces, a lo mejor aportaba datos de su cosecha, no lo sé”. Criada en la tradición de la narración oral, por la que guarda un profundo respeto, vaticina que seguirá habiendo grandes narradores, aunque la vida de ahora no depara esas tardes de invierno de antes, en los pueblos junto a la chimenea. No siente añoranza del pasado vivido, pero guarda recuerdos nítidos de esas contadoras que conoció, siempre rodeadas de gente. “La narración se hacía sobre la marcha a medida que el público preguntaba y ellas iban metiendo datos de su cosecha”.

Los adjetivos son lo más importante. No conviene olvidar que con Franco
se decía que vivíamos en una democracia orgánica”
Al calor de esas historias desarrolló su sentido mágico de la vida. La primera vez que entrevisté a Cristina Fernández Cubas me contó que había visto al demonio en México DF apoyado en un coche y que aquella visión la condujo, muerta de miedo, al hotel, donde escribió un relato que luego tituló Parientes pobres del diablo; otra vez, en un sueño, vio a una mujer vestida con un escotado traje verde, en pleno invierno, que la saludó desde un escaparte, motivando de nuevo ese impulso que la pone en marcha como narradora.
Capaz de describir sin inmutarse el terror o la violencia, Fernández Cubas oye la palabra Internet y tuerce el gesto. “No soy una gran navegante, me fascina la posibilidad de tener una duda y poder desvanecerla al instante. Internet es un asistente de la memoria maravilloso. Por edad y generación soy de las personas que les gusta el papel y el libro como objeto, me gusta pasar páginas, aprecio y distingo una buena edición, supongo que el libro digital tendrá sus ventajas pero aún no he llegado a ellas”. Como gran parte de los creadores no comparte la filosofía del gratis total que impera con los textos en la Red. Su idea es que existe una gran ignorancia sobre el mundo de los escritores a todos los niveles. Como anécdota cuenta cómo hace unos días le llamaron de una institución para pedirle prestados 20 libros y, muy amablemente, les dijo que no dispone de un almacén. “Si hasta confunden editor con autor, como si los hiciéramos nosotros por la noche”.
No se ha bajado nunca nada de Internet, ni permitido ni no permitido, no sabe cómo se hace. “Soy de una legalidad forzada por mi desconocimiento”, ríe. De Twitter y de Facebook ya no hablamos. “Sencillamente, no soy, lo único que puedo decir es que me supondría un rollazo, una obligación más, no tengo ganas de tener 10.000 amigos, me conformo con los que tengo, aunque reconozco que estoy abierta a más. Estas cosas se llevan su tiempo, hay que alimentar a la bestia, y el tiempo es riqueza, es lo máximo para mí, la mayor riqueza. Ya bastante tengo con el correo electrónico, me volvería loca. ¡Qué horror!”.

PRENSA CULTURAL. Reseña de "La puerta entreabierta", nueva novela de Cristina Fernández Cubas


   En "El País":

Aventura y fabulación

En 'La puerta entreabierta' están las múltiples sendas narrativas transitadas por la autora en un buen puñado de cuentos inolvidables

 16 FEB 2013 

En cuanto supe que a partir de ahora Cristina Fernández Cubas adoptaba como nom de plume el de Fernanda Kubbs, sonreí. Y esa sonrisa no me abandonaría durante la lectura de La puerta entreabierta,mezclada la sensación de gozo y diversión con variadas impresiones y recuerdos e incluso alguna que otra vaga meditación. Porque acordarán conmigo que la transformación del nombre es ingeniosa y juguetona, y parece apelar a la complicidad del lector.
En Fernanda Kubbs está Cristina Fernández Cubas como en La puerta entreabierta están las múltiples sendas narrativas transitadas por la autora en un buen puñado de cuentos inolvidables, la aventura y actualización de un tema clásico pasado por el peculiar tamiz del sueño en la novela El año de Gracia (1985) o los recuerdos y evocaciones de las Cosas que ya no existen (2001) que acaban imponiéndose como un libro de memorias y a la vez conforman un conjunto de relatos sobre la vida de los otros: en apariencia historias sueltas, retazos de memorias, anécdotas de viaje, fotografías que se animaban de repente y, “acabada la función, regresaban a su engañosa inmovilidad de tiempo detenido”. Pero no nos confundamos. No es un totum revolutum lo que ahora nos ofrece la escritora barcelonesa sino un viaje —muy bien organizado pese a la frontera que traspasa y los múltiples territorios de la ficción por los que transita—, a través de sí misma en su faceta de impar fabuladora. Y es también un homenaje a quienes la invitaron —o enseñaron— a recorrer el territorio de la fantasía y la invención literarias: los Grimm, Andersen, Hoffmann, Lewis Carroll, Edgar Allan Poe, Conan Doyle… y Ana María Matute.
La puerta entreabierta arranca con el encargo que recibe Isa —joven periodista un tanto contestona y escéptica— de realizar un reportaje sobre el mundo de la magia, lo que la lleva ante la Gran Demirovska, célebre pitonisa-adivina-vidente con la que mantiene un primer tour de force que se resuelve en desafección y descreimiento, el cual se aprovecha magníficamente —a efectos narrativos— para mechar el relato con una línea de humor irreverente y prosaico, de función similar a la que en el teatro —y recuerden que CFC abordó el género dramático en Hermanas de sangre (1998)— cumplen algunos apartes escénicos y que se mantiene soterradamente, aflorando en situaciones cumbres. Tras el pulso inicial sobreviene enseguida la transmutación o metamorfosis mágica, con una inversión de cada uno de los dos planos: la gran Krauza Demirovska pierde todo su magnetismo e impostación e Isa pasa al otro lado, atrapada en una bola de cristal, inicio de un viaje (aunque parezca mentira, por el absurdo que implica que tan singular peregrinaje en la inmovilidad de un diminuto espacio cerrado) que se revelará como una experiencia iniciática.
Todo transcurre en un altillo, ámbito que ineludiblemente nos remonta al lejano Brumal, con sus objetos —pisapapeles, fósiles, esferas con muñecos en su interior, barcos apresados en botellas—, aunque ahora ese espacio se llame El Baúl de Doble Fondo. Allí irán apareciendo una serie de personajes extravagantes que mantienen entre sí relaciones muy desiguales, y a quienes sólo Isa —Demiurga en ciernes— conoce en su totalidad: las gemelas Luz y Paz -¿Luna y Saray?-; Baltus, el enigmático ¿anticuario? de edad indefinida; Erian el mercader, o tratante de rarezas o viajante de curiosidades; y Miroslav el gitano. Todos tienen en común el ser portadores de una historia. Y así, al modo metarrativo tan acorde con la atmósfera especular que preside La puerta entreabierta se entreveran cinco historias que son sendos homenajes al arte de fabular: la historia de las hermanas Fox o una breve crónica del nacimiento del espiritismo contemporáneo; "El caso que Sherlock Holmes no supo resolver" o las peripecias del último Conan Doyle embarcado en un viaje por medio mundo para hablar de la existencia de las hadas; la terrible historia del tormento conocido por culleum ; el cuento truncado del Dueño de las Palabras cuyo final aventura el auditorio (interactuando); y la autobiografía narrada en tono de épica menor del gitano errante Miroslav.
Y todo transcurre en paralelo. Y ambos planos —el de la aventura y la fabulación— reverbera entre sí: historias incrustadas dentro de otra historia que, "pese a su apariencia protagónica, no era más que un velo, una tapadera, una excusa". Por eso se piensa en "el narrador como parásito en sueño ajeno". Por eso al final de su aventura Isa cruza la frontera, descorre la cortina de agua, y sabe que el azar impulsaba su destino. Y sin más dilaciones, empezará a escribir. Y desplegará para el lector las artes de Sherezade.
La puerta entreabierta. Fernanda Kubbs. Tusquets. Barcelona, 2013. 221 páginas, 17 euros, 10,99 electrónico