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Pío Baroja
I
El taller / La vida de Roberto Hasting / Alex Monzón
Roberto se había levantado de la cama y, vestido con su traje de calle y sentado a una mesa llena de papeles, escribía.
El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran ventana a un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de tamaño mayor que el natural, descomunales y estrambóticas, que estaban solamente esbozadas, como si el autor no hubiera querido acabarlas; eran dos gigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada, pecho hundido y vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos parecían agobiados por el abatimiento profundo. Frente a la ventana, ancha, había un sofá tapizado con una percalina floreada; en las sillas y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos; en un ángulo aparecía una caja llena de pedazos secos de escayola, y en un rincón, un lebrillo con barro.
De cuando en cuando, Roberto miraba a un reloj de bolsillo colocado sobre una mesa entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el cuarto. Por la ventana, en las galerías de la casa de enfrente, se veía pasar mujeres desarrapadas y sucias; de la calle subía una barahúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores ambulantes.
A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.
Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en busca de Roberto Hasting.
Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de vida; se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto a seguirla hasta el fin.
Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raída. Además, añadió a la donación una gorra de forma y de color absurdos, un sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes, como el caballo es el más noble de todos los animales, y la ociosidad, la madre de todos los vicios.
Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido a estos buenos y vagos consejos, a esta gorra de forma y color absurdos, a la chaqueta vieja, al sombrero anciano, a la bufanda raída y a los pantalones rotos, una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata o en billetes.
La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede más valor a los bienes materiales que a los espirituales, sin comprender en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia, y las dos cosas pueden perderse, y, en cambio, un buen consejo ni se gasta ni se pierde, ni se reduce a calderilla, y tiene, además, la ventaja de que, sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento ni deterioro. Prefiriese una cosa u otra, hay que confesar que Manuel tuvo que contentarse con lo que le dieron.
Con el lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir, sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que, de todos, el único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.
Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó a buscar a su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña Casiana, la de la casa de huéspedes, a quien Manuel encontró en la calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizá el Superhombre las supiera.
—¿Sigue viviendo en su casa de usted?
—No; estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le encontrará en El Mundo, un periódico de la calle de Valverde, que tiene un letrero en el balcón.
Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en seguida; subió al piso principal de la casa y se detuvo ante una puerta cerrada con un cristal en donde había grabados dos mundos: el antiguo y el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso a repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que llegaba de la calle.
—¿Qué haces aquí? —le dijo el periodista, mirándole de arriba abajo—. ¿Quién eres tú?
—Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se acuerda usted?
—¡Ah, sí!... ¿Y qué quieres?
—Quisiera que me dijese usted si sabe en dónde vive don Roberto, que creo que ahora es periodista.
—¿Y quién es don Roberto?
—El rubio..., el estudiante amigo de don Telmo.
—¿El niño litri aquél...? ¡Yo qué sé!
—¿Ni dónde trabaja tampoco?
—Creo que da lecciones en la Academia de Fischer.
—No sé en qué sitio está esa academia.
—Me parece que en la plaza de Isabel Segunda —contestó el Superhombre de un modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y entraba.
Manuel fue a la academia; aquí, un ordenanza le dijo que Roberto vivía en la calle del Espíritu Santo, en el número 21 o 23, no sabía a punto fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.
Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esa parte de Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila a los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates a voz en grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales blancos; los horteras, recostados en la puerta de la tienda, echaban un párrafo con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con la cesta en equilibrio en la cabeza, y el ir y venir de la gente, el gritar de unos y de otros, formaban una barahúnda ensordecedora y un espectáculo abigarrado y pintoresco.
Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates, preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y enterarse allí.
Después de varias ascensiones dio con el estudio del escultor. En el extremo de una escalera sucia y oscura se encontró con un pasillo en donde charlaban unas cuantas viejas.
—¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?
—Será ahí, en esa puerta.
La entreabrió Manuel, se asomó y vio a Roberto escribiendo.
—¡Hola! ¿Eres tú? —dijo Roberto—. ¿Qué hay?
—Pues venía a verle a usted.
—¿A mí?
—Sí, señor.
—¿Qué te pasa?
—Que me he quedado parado.
—¿Cómo parado?
—Sin trabajo.
—¿Y tu tío?
—¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!
—¿Y cómo ha sido eso?
Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo rápidamente, se calló.
—Puedes seguir —murmuró Hasting—, te oigo mientras escribo; tengo que concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.
Manuel, a pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró a los dos gigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:
—¿Qué te parece eso?
—Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?
—El autor los llama "Los explotados". Quiere dar a entender que son los hombres a quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.
Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus asuntos.
Roberto echó una rápida mirada a su reloj, dejó la pluma, se levantó y paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable del cuarto.
—¿Quién te ha dicho dónde vivía? —preguntó.
—En una academia.
—¿Y quién te ha indicado la academia?
—El Superhombre.
—¡Ah! El divino Langairiños... Y dime, ¿desde cuándo estás sin trabajo?
—Desde hace unos días.
—¿Y qué piensas hacer?
—Pues estar a lo que salga.
—¿Y si no sale nada?
—Creo que algo saldrá.
Roberto sonrió burlonamente.
—¡Qué español es eso! Estar a lo que salga. Siempre esperando... Pero, en fin, tú no tienes la culpa. Oye: si estos días no encuentras sitio donde dormir, quédate aquí.
—Bueno; muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?
—Marchando poco a poco. Antes de un año me ves rico.
—Me alegraré.
Soledad Puértolas
Aliados.
Los personajes secundarios del Quijote. (4)
Marcela irrumpe en el universo caballeresco de la primera parte y deja una huella imborrable. Lo que sorprende a quienes la escuchan, don Quijote incluido, y a los lectores de todos los tiempos, es su firme declaración de libertad. Marcela, a quien precede la fama de cruel e ingrata, inicia su discurso con un razonamiento impecable: «Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aún queréis que esté obligada a amaros [...] mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama» (I, XIIII, 167).
Hacia la mitad del discurso, hace la declaración fundamental: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos» (I, XIIII, 168).
Marcela está íntimamente emparentada con don Quijote. No tiene nada que ver con sus semejantes. Su naturaleza no encaja en la organización social. Si quiere preservar su libertad, no tiene otra opción que la soledad. La idea de la que parte Marcela, la libertad como cualidad innata del ser humano, tiene mucho que ver con la decisión de don Quijote de vivir según las reglas de la andante caballería. Lo tajante de su declaración —«nací libre»— y la extraordinaria coherencia que existe entre su ideas y su forma de vida convierten a Marcela en una aliada implícita del caballero. Tanto ella como don Quijote se proponen vivir de acuerdo con sus propios códigos.
La defensa que Marcela hace de sí misma no admite réplica: «Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito» (I, XIIII, 169).
No ocupa mucho espacio en la novela, pero, cuando aparece, Marcela se convierte en el centro de toda atención. Cervantes le da la palabra y deja que regrese luego a su soledad.
Esta es su voluntad y el narrador, al hacerla desaparecer ante los mismos ojos de don Quijote, la respeta, la respalda. Y es que Marcela va algo más lejos que el caballero. Su apuesta es completamente solitaria. A Cervantes le atraen los seres marginales, las personas que no acaban de encajar en los moldes sociales. Para mayor singularidad, Marcela no desea poner fin a su marginación, sino que la defiende, la reivindica.
La condición femenina del personaje añade un matiz especial a la reivindicación. Si Marcela accede a las demandas de sus enamorados, incluso si acepta el servicio incondicional que don Quijote le brinda, abdicaría de sí misma. La esencia de Marcela está en su soledad, en la autosuficiencia. Los enamorados y el caballero tienen más necesidades. En definitiva, padecen del mismo mal, de la misma carencia: la mujer amada.
Cervantes, con extraordinaria sutileza, sitúa a Marcela, una mujer, en un nivel que está por encima de los ideales caballerescos. Ella alcanza la plenitud a solas, no en función del otro. No, sobre todo, en función del amor.
En acusado contraste con los ideales que inspiran a Marcela, la hija del ventero nos ofrece una buena dosis de realidad.
La línea que separa los sueños del caballero de la vida picaresca que impera en caminos y ventas no es demasiado clara. La hija del ventero, que está muy de acuerdo con su entorno, se encuentra en medio de esa frontera invisible. Su presencia en la novela —intermitente y anónima, pero claramente discernible— viene a dar fe de la ambivalencia: no todo el mundo encaja a la perfección en la categoría de pícaro, malhechor o cobarde, ni mucho menos en la del soñador.
La realidad es sumamente compleja, un personaje puede ser inocente en determinado momento y malintencionado en otro. Como sucede en la vida, hay personas que no se sienten empujadas a una definición constante ni a portarse con entera coherencia.
La hija del ventero no surge ante nuestros ojos con el halo que rodeaba a Marcela. La venta no es el espacio natural y supuestamente ilimitado en el que Marcela se movía. La joven habita en estancias cerradas, que imaginamos oscuras y no demasiado limpias ni aireadas. El narrador la sitúa un poco al lado de la acción, un poco al margen, y casi siempre, callada. Prefiere observar que actuar. Cervantes nos invita a fijarnos en ella cuando algo vagamente, como al desgaire, informa que es de «muy buen parecer» (I, XVI, 182) y, a lo largo de los episodios de la venta, está sumamente atento a las miradas y sonrisas que la joven intercambia con don Quijote quien, por su parte, habiendo transformado la venta en castillo, no se dirige a ella como hija de los venteros, sino que le da tratamiento de señora.
Los ratos de silencio y complicidad que tienen lugar entre don Quijote y la hija del ventero quedan registrados en párrafos enigmáticos. A la puerta de la venta-castillo y tras agitadas aventuras nocturnas, se encuentran los venteros, los huéspedes, los criados y Sancho, mirando todos al caballero.
Nos dice el narrador: «Mirábale también la hija del ventero, y él también no quitaba los ojos della, y de vez en cuando arrojaba un sospiro que parecía que le arrancaba de lo profundo de sus entrañas, y todos pensaban que debía de ser del dolor que sentía en las costillas» (I, XVI, 198).
El tiempo se ha detenido para que podamos captar el brillo de la mirada de la hija del ventero, escuchar los suspiros del caballero y tomar buena nota de lo que nos dice el narrador, ese «todos pensaban» tan elocuente, al que sólo le falta añadir: Y se equivocaban, porque los suspiros del caballero no eran de dolor, sino de amor.
En el transcurso de una noche aún más agitada que la anterior —la que corresponde a la aventura de los cueros de vino—, cuando una lluvia de protestas y reproches cae sobre el caballero, nos encontramos con otra frase enigmática: «La hija callaba y de vez en cuando se sonreía» (I, XXXV, 458). E intuimos cierto entendimiento íntimo entre los dos, como si la joven supiera algo que los demás ignoran.
Al final, la hija del ventero se decanta por el llamado mundo real y participa en la desagradable broma que Maritornes gasta a don Quijote. En este punto, la posible alianza se desvanece. Don Quijote acusa el golpe. Cuando la hija del ventero acude a él en busca de socorro para su padre, que es atacado por unos huéspedes morosos, el caballero alega que ha dado a la princesa Micomicona la palabra de no emprender nuevas aventuras hasta no concluir la suya. Pero en el momento de la despedida, don Quijote vuelve al tratamiento inicial. En perfecto lenguaje caballeresco, se dirige a las tres mujeres de la venta : «No lloréis, mis buenas señoras, que todas estas desdichas son anexas a los que profesan lo que yo profeso [...]». «Perdonadme, fermosas damas, si algún desaguisado por descuido mío os he fecho [...]» . «No se me caerá de la memoria las mercedes que en este castillo me habéis fecho» (I, XLVII, 592-593).
Estos son los recursos del héroe. Ha conseguido darle la vuelta a la cadena de burlas y encantamientos que se ha ido extendiendo durante su azarosa estancia en la venta y hacer encajar las piezas en los estrechos límites de su código de honor.
Aunque las apariencias no le acompañen —ha sido enjaulado en un carro de bueyes—, don Quijote aún tiene en sus manos el control de su vida. No ha renunciado a sus sueños.
Desde el mismo momento de su aparición, la hija del ventero se presenta como un personaje a medio camino entre los sueños de los caballeros andantes y la realidad de los pícaros. Su «buen parecer» y su carácter soñador la alejan de Maritornes, cuya descripción entra de lleno en el plano de lo grotesco, pero la burla se impone sobre el respeto o la simpatía iniciales, y es que la convivencia entre pícaros y soñadores es prácticamente imposible.
No parece casual que Cervantes no dé nombre a la joven y que incluso algunas veces la mencione como hija del ventero y otras, más escasas, como hija de la ventera. La ha situado en un espacio intermedio. No es lo suficientemente soñadora ni lo bastante pícara, se escapa a la definición, el autor no conoce, no recuerda o no quiere recordar su nombre.
Durante la animada estancia en la venta, don Quijote y Sancho han mantenido un revelador diálogo sobre el aspecto de Dulcinea que ha puesto en evidencia la imposible conciliación entre el mundo caballeresco y el de los pícaros. Fue precisamente cuando hicieron referencia a la dama cuando las dos interpretaciones entraron en colisión. La descripción de don Quijote responde a los cánones caballerescos, mientras que la de Sancho es de una vulgaridad grotesca. Pero lo cierto es que Dulcinea no existe, y cada uno se la puede inventar a su modo. El conflicto no llega a la realidad.
En cambio, la hija del ventero, aunque carezca de nombre, sí existe, y el desenlace queda en manos de don Quijote, que decide devolver a la hija al universo de los ideales. Las damas de los caballeros andantes son personajes muy fáciles de manejar, todo es posible dentro del mundo de la fantasía, pero las mujeres de carne y hueso se resisten a ser interpretadas mediante esquemas previos.
Eso es lo que Cervantes le muestra al lector, que es testigo de los hechos y no tiene otro remedio que aceptar la ambigüedad. Nos encontramos en un territorio donde los ideales caballerescos se han mezclado con el mundo de los pícaros. Es el territorio de la novela.
En "El País":
1. Mosca española. Columna de Juan José Millás.
2. Una historia de maquis gana el Nadal. Por Carles Geli. Alicia Giménez Bartlett recupera el ambiguo personaje de la guerrillera La Pastora - La creadora de Petra Delicado consolida su vertiente más literaria. Doble personalidad narrativa. Por el crítico literario J. Ernesto Ayala-Dip.
3. Quiero que Internet se olvide de mí. Reportaje de Rosario G. Gómez. Los ciudadanos reclaman el derecho a borrar datos personales que atenten contra su intimidad y reputación - La UE quiere regular el almacenamiento eterno de información en la Red. El honor, la intimidad, la propia imagen y ... la Red. Por Rosario G. Gómez.
4. El destino deportivo de la cultura. Artículo del filósofo José Luis Pardo. Es peligroso confundir la persecución de la excelencia científica con la ambición de ganar a cualquier precio. El problema es el lamentable estado de la Universidad española, no su lugar en las listas de clasificaciones.
5. Obama contraataca. Artículo de Bruce Ackerman, que ocupa la Cátedra Sterling de Derecho y Ciencia Política en Yale; su último libro es The decline and fall of the American Republic (Harvard University Press). Traducción de Mª Luisa Rguez. Tapia.
6. Cuento de Navidad. Por José Ignacio Torreblanca. Sobre Europa y la inmigración.
7. "Los violadores de Haití no duermen". Por Maye Primera. Amnistía Internacional denuncia que miles de mujeres sufren cada noche la violencia sexual en los campamentos donde se refugian desde el terremoto.
Luis Cernuda
LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS
I
VIGILIA
Melchor
La soledad. La noche. La terraza.
La luna silenciosa en las columnas.
Junto al vino y las frutas, mi cansancio.
Todo lo cansa el tiempo, hasta la dicha,
Perdido su sabor, después amarga,
Y hoy sólo encuentro en los demás mentira,
Aquí en mi pecho aburrimiento y miedo.
Si la leyenda mágica se hiciera
Realidad algún día.
La profética
Estrella, que naciendo de las sombras
Pura y clara, trazara sobre el cielo,
Tal sobre faz etíope una lágrima,
La estela misteriosa de los dioses.
Ha de encarnarse la verdad divina
Donde oriente esa luz.
¿Será la magia,
Ida la juventud con su deseo,
Posible todavía? Si yo pienso
Aquí, bajo los ojos de la noche,
No es menor maravilla; si yo vivo,
Bien puede un Dios vivir sobre nosotros.
Mas nunca nos consuela un pensamiento,
Sino la gracia muda de las cosas.
Qué dulce está la noche. Cuando el aire
A la terraza trae desde lejos
Un aroma de nardo, y, como un eco,
El son adormecido de las aguas,
Siento animarse en mí la forma vaga
De la edad juvenil con su dulzura.
Así el tiempo sin fondo arroja el hombre
Consuelos ilusorios, penas ciertas,
Y así alienta el deseo. Un cuerpo solo,
Arrullando su miedo y su esperanza,
Desde la sombra pasa hacia la sombra.
Mas tengo sed. Lágrimas de la viña,
Frescas al labio con frescor ardiente,
Tal si un rayo de sol atravesara
La neblina. Delicia de los frutos
De piel tersa y oscura, como un cuerpo
Ofrecido en la rama del deseo.
Señor, danos la paz de los deseos
Satisfechos, de las vidas cumplidas.
Ser tal la flor que nace y luego abierta
Respira en paz, cantando bajo el cielo
Con luz de sol, aunque la muerte exista:
La cima ha de anegarse en la ladera.
Demonio
Gloria a Dios en las alturas del cielo,
Tierra sobre los hombres en su infierno.
Melchor
Sin que su abismo lo profane el alba,
Pálida está la noche. Y esa estrella
Más pura que los rayos matinales,
Al dar su luz palpita como sangre
Manando alegremente de la herida.
¡Pronto, Eleazar, aquí!
Hombres que duermen
Y de un sueño de siglos Dios despierta.
Que enciendan las hogueras en los montes,
Llevando el fuego rápido la nueva
A las lindes de reinos tributarios.
Al alba he de partir. Y que la muerte
No me ciegue, mi Dios, sin contemplarte.
Rubén Darío
Los tres Reyes Magos
-Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina estrella!
-Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
La blanca flor tiene sus pies en lodo.
¡Y en el placer hay la melancolía!
-Yo soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe Dios. Él es el grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la Muerte.
-Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa el amor, y a su fiesta os convida.
Cristo resurge, hace la luz del caos
y tiene la corona de la vida.
Soledad Puértolas
Aliados.
Los personajes secundarios del Quijote (3)
Los numerosos senderos que llevan a don Quijote de su casa y su aldea a sus aventuras, sus salidas, sus regresos, los ratos de descanso a un lado del camino, sus estancias en ventas y castillos, propician toda clase de encuentros, unos casuales y tranquilos —los menos—, otros provocados por el mismo caballero y que suelen acabar en aparatosas batallas e indiscriminada lluvia de golpes. Conocemos a personajes que no dudan en calificar de loco a don Quijote y que se enfrentan radicalmente con él, a personajes que, aunque convencidos de la locura del caballero, le siguen la corriente porque se proponen devolverle a casa mediante engaños y ardides, a personajes que se burlan de él o pretenden pasar un rato divertido a su costa. Pero hay también quienes le siguen la corriente de buena fe y quienes no saben qué pensar de la salud mental del caballero y le tienen por un extraño loco entreverado, en ocasiones perfectamente cuerdo y capaz de hablar con extraordinario juicio sobre asuntos de importancia y en otras, las que se refieren a la caballería andante, loco de remate.
El narrador, que está por debajo y por encima de todo lo que se cuenta, y que tantas veces se hace presente, como un personaje más, para dejar caer sus opiniones —muchas de ellas, como se ha dicho, sobre el arte de narrar— tiene el hábito de presentarnos a los personajes antes de que aparezcan en el relato, como si quisiera que el lector se fuera formando una idea de ellos. A fin de cuentas, el Quijote es una novela de ideas. El procedimiento se lleva al extremo en la segunda parte, donde, salvo excepciones, los personajes, antes de conocer a don Quijote, han oído hablar de sus hazañas o incluso han leído el libro que las contiene, este libro del que ahora estamos hablando.
Este complicado juego de espejos, que parece concebido para desconcertar a los magos encantadores enemigos del caballero, muy numerosos y malintencionados, asombrosamente, no le resta amenidad al relato. Los obstáculos no se encuentran en el texto, sino en el itinerario de don Quijote, en su propósito de vivir su vida como si fuera el héroe de una novela de caballerías.
Los enemigos del caballero no aceptan su juego, sin sospechar que para don Quijote se trata de un juego muy serio. El caballero quiere imponer sus reglas y reacciona ante los obstáculos y las hostilidades con inesperada contundencia. No se queda corto ni en el ataque ni en el insulto. Él es el primer intolerante. Con semejante actitud, ¿podrá conseguir algún apoyo?, nos preguntamos, ¿habrá personas que le muestren un mínimo de simpatía, de complicidad, una pequeña posibilidad de entendimiento?
Pero Cervantes se las arregla para proporcionar a don Quijote esos puntos de apoyo sin los cuales su lucha sería mucho más difícil, solitaria e indescifrable. Porque los aliados que de diversas formas sostienen al héroe en su desmedida empresa nos dan pistas para comprender a don Quijote.
Nos acercan al enigma del personaje.
*
No son pocos los personajes femeninos que desfilan por las páginas del Quijote. Cervantes pertenece a la estirpe de escritores que conciben la literatura como indagación y aunque expresa en su obra opiniones sobre muy diversos asuntos, nunca resultan inoportunas o fuera de lugar. Pero es en la narración donde toman cuerpo y fuerza las cuestiones sobre las que se opina. A través del narrador, de don Quijote o de otro personaje, Cervantes expresa sus ideas sobre el papel que tienen las mujeres en la sociedad, pero lo que llama la atención, más allá de estos juicios esporádicos, es la diversidad de tipos femeninos que encontramos en la obra.
La relación de don Quijote con las mujeres viene marcada por la figura de Dulcinea, la dama que todo caballero andante ha de tener, la justificación última de sus hazañas (3).
Don Quijote intenta zanjar el delicado asunto de su relación con las mujeres ateniéndose a un principio caballeresco: el corazón del caballero pertenece a su dama. Pero Cervantes no quiere dejar las cosas así y le brinda al caballero más de una ocasión de demostrar que no es ni mucho menos insensible a los encantos femeninos. Marcela, la hija del ventero, Dorotea, la duquesa, Altisidora ..., son mujeres que producen en don Quijote honda impresión. Cuando le piden ayuda, el caballero no es capaz de negarles nada. Otras veces, desea ponerse al servicio de las damas. O lanza miradas de complicidad, ofrece su mano a una de ellas, sujeta con fuerza a otra, da pie a bromas y engaños y se engaña él mismo para prolongar el juego. A don Quijote le gusta el juego del amor.
NOTA.
3. La no existencia de Dulcinea está en la base del libro y representa el conflicto esencial entre don Quijote y la realidad. La dama es clave para el caballero, como lo declara siempre que tiene ocasión. Para no tener que reconocer su no existencia, o su invención, don Quijote recurre a los encantamientos.
A partir de aquí, todos le imitan y el encantamiento de Dulcinea se constituye en uno de los ejes del libro.
Para el caballero, el mayor oprobio del Quijote apócrifo, ya en la Segunda Parte, es precisamente la ausencia de la dama. En conversación con la duquesa, declara: "Quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira, y el sol con que se alumbra, y el sustento que lo mantiene. Otras muchas veces lo he dicho y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento, y la sombra sin cuerpo que lo cause» (XI, XXXII, 978). Cuando la duquesa le replica —porque ha leído con atención el libro— que Dulcinea es «dama fantástica, que vuestra merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso», don Quijote pone el dedo en la llaga: «En esto hay mucho que decir. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no fantástica, y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo» (XI, XXXII, 980).
Ciertamente, Cervantes nunca sitúa a Dulcinea ante nuestros ojos. A través de Sancho, sabemos que ni él ni su señor la han visto en su vida: «No sabía la casa de Dulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor» (XI, VIII, 757). La opción de Sancho es inventársela, pero no como dama, sino como labradora, y recurre al encantamiento para dar una explicación a don Quijote. Las tres labradoras que, al inicio de la Segunda Parte, juegan, sin saberlo, el papel de Dulcinea y sus amigas (XI, X, 767), están suplantando al personaje creado por don Quijote. En la visión de la cueva de Montesinos, vuelve a aparecer esta Dulcinea encantada, convertida en labradora, cuyo desencantamiento será materia de muchas discusiones entre don Quijote y Sancho. Don Quijote, al fin, consigue imponer su idea. Dulcinea existe, aunque esté encantada.
En "El País":
1. Aute y el amor del otro. Por Vicente Verdú.
2. Somos (casi) iguales. Reportaje de Malen Ruiz de Elvira. Mujeres y hombres tienen distinta anatomía cerebral, pero igual inteligencia - Los últimos estudios científicos reflejan pequeñas diferencias en lenguaje o procesamiento espacial.
3. Maltrato en los matrimonios católicos. Artículo de Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Religión, género y violencia (Sevilla, 2010).
4. La solución europea. Artículo de Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía, investigador "Ikerbasque" en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática (http://www.globernance.com/). Somos una federación monetaria pero sin equivalente presupuestario en el control y supervisión de las finanzas públicas. El reto es construir un espacio en el que se reconcilien lo político, lo económico y lo social.
Ignacio Aldecoa
Un cuento de Reyes
Título inicial: "El tercer mago",
A F. G. de Castro
El ojo del negro es el objetivo de una máquina fotográfica. El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados. El negro Omicrón Rodríguez silba por la calle, hace el visaje de retratar a una pareja, siente un pinchazo doloroso en el estómago. Veintisiete horas y media lleva sin comer; doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar; la mayoría de las de su vida, silbando.
Omicrón vivía en Almería y subió, con el calor del verano pasado, hasta Madrid. Subió con el termómetro. Omicrón toma, cuando tiene dinero, café con leche muy oscuro en los bares de la Puerta del Sol, y copas de anís, vertidas en vasos mediados de agua, en las tabernas de Vallecas, donde todos le conocen. Duerme, huésped, en una casita de Vallecas, porque a Vallecas llega antes que a cualquier otro barrio la noche. Y por la mañana, muy temprano, cuando el sol sale, da en su ventana un rayo tibio que rebota y penetra hasta su cama, hasta su almohada. Omicrón saca una mano de entre las sábanas y la calienta en el rayo de sol, junto a su nariz de boxeador principiante, chata, pero no muy deforme.
Omicrón Rodríguez no tiene abrigo, no tiene gabardina, no tiene otra cosa que un traje claro y una bufanda verde como un lagarto, en la que se envuelve el cuello cuando, a cuerpo limpio, tirita por las calles. A las once de la mañana se esponja, como una mosca gigante, en la acera donde el sol pasea, porque el sol pasea sólo por un lado, calentando a la gente sin abrigo y sin gabardina que no se puede quedar en casa, porque no hay calefacción y vive de vender periódicos, tabaco rubio, lotería, hilos de nylon para collares, juguetes de goma y de hacer fotografías a los forasteros.
Omicrón habla andaluza y onomatopéyicamente. Es feo, muy feo, feísimo, casi horroroso. Y es bueno, muy bueno; por eso aguanta todo lo que le dicen las mujeres de la boca del Metro, compañeras de fatigas.
-Satanás, muerto de hambre, ¿por qué no te enchulas con la Rabona?
-No me llames Satanás, mi nombre es Omicrón.
-¡Bonito nombre! Eso no es cristiano. ¿Quién te lo puso, Satanás?
-Mi señor padre.
-Pues vaya humor. ¿Y era negro tu padre?
Omicrón miraba a la preguntante casi con dulzura:
-Por lo visto.
De la pequeña industria fotográfica, si las cosas iban bien, sacaba Omicrón el dinero suficiente para sostenerse. Le llevaban veintitrés duros por la habitación alquilada en la casita de Vallecas. Comía en restaurantes baratos platos de lentejas y menestras extrañas. Pero días tuvo en que se alimentó con una naranja, enorme, eso sí, pero con una sola naranja. Y otros en que no se alimentó.
Veintisiete horas y media sin comer y doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar son muchas horas hasta para Omicrón. El escorpión le pica una y otra vez en el estómago y le obliga a contraerse. La vendedora de lotería le pregunta:
-¿Qué, bailas?
-No, no bailo.
-Pues, chico, ¡quién lo diría!, parece que bailas.
-Es el estómago.
-¿Hambre?
Omicrón se azoró, poniendo los ojos en blanco, y mintió:
-No, una úlcera.
-¡Ah!
-¿Y por qué no vas al dispensario a que te miren?
Omicrón Rodríguez se azoró aún más:
-Sí, tengo que ir, pero...
-Claro que tienes que ir, eso es muy malo. Yo sé de un señor, que siempre me compraba, que se murió de no cuidarla.
Luego añadió nostálgica y apesadumbrada:
-Perdí un buen cliente.
Omicrón Rodríguez se acercó a una pareja que caminaba velozmente.
-¿Una foto? ¿Les hago una foto? La mujer miró al hombre y sonrió:
-¿Qué te parece, Federico?
-Bueno, como tú quieras...
-Es para tener un recuerdo. Sí, háganos una foto.
Omicrón se apartó unos pasos. Le picó el escorpioncito. Por poco sale movida la fotografía. Le dieron la dirección: Hotel...
La vendedora de lotería le felicitó:
-Vaya, has empezado con suerte, negro.
-Sí, a ver si hoy se hace algo.
Rodríguez hizo un silencio lleno de tirantez.
-Casilda, ¿tú me puedes prestar un duro?
-Sí, hijo, sí; pero con vuelta.
-Bueno, dámelo y te invito a café.
-¿Por quién me has tomado? Te lo doy sin invitación.
-No, es que quiero invitarte.
La vendedora de lotería y el fotógrafo fueron hacia la esquina. La volvieron y se metieron en una pequeña cafetería. Cucarachas pequeñas, pardas, corrían por el mármol donde estaba asentada la cafetera exprés.
-Dos con leche.
Les sirvieron. En las manos de Omicrón temblaba el vaso alto, con una cucharilla amarillenta y mucha espuma. Lo bebió a pequeños sorbos. Casilda dijo:
-Esto reconforta, ¿verdad?
-Sí.
El "sí" fue largo, suspirado.
Un señor, en el otro extremo del mostrador, les miraba insistentemente. La vendedora de lotería se dio cuenta y se amoscó.
-¿Te has fijado, negro, cómo nos mira aquel tipo? Ni que tuviéramos monos en la jeta. Aunque tú, con eso de ser negro, llames la atención, no es para tanto.
Casilda comenzó a mirar al señor con ojos desafiantes. El señor bajó la cabeza, preguntó cuánto debía por la consumición, pagó y se acercó a Omicrón:
-Perdonen ustedes.
Sacó una tarjeta del bolsillo.
-Me llamo Rogelio Fernández Estremera, estoy encargado en el Sindicato de organizar algo en las próximas fiestas de Navidad.
-Bueno -carraspeó-, supongo que no se molestará. Yo le daría veinte duros si usted quisiera hacer el Rey negro en la cabalgata de Reyes.
Omicrón se quedó paralizado.
-¿Yo?
-Sí, usted. Usted es negro y nos vendría muy bien, y si no, tendremos que pintar a uno, y cuando vayan los niños a darle la mano o besarle en el reparto de juguetes se mancharán. ¿Acepta?
Omicrón no reaccionaba. Casilda le dio un codazo:
-Acepta, negro, tonto... Son veinte chulís que te vendrán muy bien.
El señor interrumpió:
-Coja la tarjeta. Lo piensa y me va a ver a esa dirección. ¿Qué quieren ustedes tomar?
-Yo un doble de café con leche -dijo Casilda-, y éste un sencillo y una copa de anís, que tiene esa costumbre. El señor pagó las consumiciones y se despidió.
-Adiós, piénselo y venga a verme.
Casilda le hizo una reverencia de despedida.
-Orrevuar, caballero. ¿Quiere usted un numerito del próximo sorteo?
-No, muchas gracias; adiós.
Cuando desapareció el señor, Casilda soltó la carcajada.
-Cuando cuente a las compañeras que tú vas a ser Rey se van a partir de risa.
-Bueno eso de que voy a ser Rey... -dijo Omicrón
Omicrón Rodríguez apenas se sostenía en el caballo. Iba dando tumbos.
Le dolían las piernas. Casi se mareaba. Las gentes desde las aceras sonreían al verle pasar. Algunos padres alzaban a sus niños.
-Mírale bien, es el rey Baltasar.
A Omicrón Rodríguez le llegó la conversación de dos chicos.
-¿Será de verdad negro o será pintado?
Omicrón Rodríguez se molestó. Dudaban por primera vez en su vida si él era blanco o negro, y precisamente iba haciendo de Rey.
La cabalgata avanzaba. Sentía que se le aflojaba el turbante. Al pasar cercano a la boca del Metro, donde se apostaba cotidianamente, volvió la cabeza, no queriendo ver reírse a Casilda y sus compañeras. La Casilda y sus compañeras estaban allí, esperándole; se adelantaron de la fila; se pusieron frente a él y, cuando esperaba que iban a soltar la risa, sus risas guasonas, temidas y estridentes, oyó a la Casilda decir:
-Pues, chicas, va muy guapo, parece un rey de verdad.
Luego unos guardias las echaron hacia la acera.
Omicrón Rodríguez se estiró en el caballo y comenzó a silbar tenuemente. Un niño le llamaba, haciéndole señales con la mano:
-¡Baltasar, Baltasar!
Omicrón Rodríguez inclinó la cabeza solemnemente. Saludó.
-¡Un momento, Baltasar!
Los flashes de los fotógrafos de Prensa le deslumbraron.
(1953)
Yeats
En inglés y español (estrofa a estrofa)
SAILING TO BYZANTIUM
NAVEGANDO HACIA BIZANCIO
I
That is no country for old men. The young
In one another's arms, birds in the trees
-Those dying generations- at their songs,
The salmon-falls, the mackerel-crowded seas,
Fish, flesh, or fowl, commend all summer long
Whatever is begotten, born, and dies.
Caught in that sensual music all neglect
Monuments of unageing intellect.
Aquel no es un país para hombres viejos. Los jóvenes
Tomados del brazo, las aves en los árboles
-Las generaciones que mueren- cantando,
Las cascadas de salmón, los mares repletos de atún,
Peces, animales, aves, encomian todo el verano,
Todo aquello que se produce, nace, y muere.
Atrapado en esa música sensual todo ignora
Monumentos de intelecto que no envejece.
II
An aged man is but a paltry thing,
A tattered coat upon stick, unless
Soul clap its hands and sing, and louder sing
For every tatter in its mortal dress.
Nor is there singing school but studying
Monuments of its own magnificence;
And therefore I have sailed the seas and come
To the holy city of Bizantium.
Un hombre viejo no es más que una cosa miserable,
Un abrigo andrajoso sobre un bastón, a menos
Que el alma aplauda y cante, y cante más fuerte
Por cada arruga en su traje mortal.
Ni hay otra escuela de canto que el estudio
De monumentos de magnificencia única;
Y por eso he navegado los mares y he venido
A la santa ciudad de Bizancio.
III
O sages standing in God's holy fire
As in the gold mosaic of a wall,
Come from the holy fire, perne in a gyre,
And be the singing-masters of my soul.
Consume my heart away; sick with desire
And fastened to a dying animal
It knows not what it is; and gather me
Into the artifice of eternity.
Oh, sabios que estáis en el fuego sagrado de Dios
Y en el dorado mosaico de un muro,
Venid del fuego sacro, girad hasta mí,
Y sed los maestros de canto de mi alma.
Consumid mi corazón; enfermo de deseo
Y atado a un animal agonizante
No sabe ya lo que es; y llevadme
A la ilusión de la eternidad.
IV
Once out of nature I shall never take
My bodily form from any natural think,
But such a form as Grecian goldsmiths make
Of hammered gold and gold enamelling
To keep a drowsy Emperor awake;
Or set upon a golden bough to sing
To lords and ladies of Bizantium
Of what is past, or passing, or to come.
Una vez fuera de la naturaleza, no he de tomar
Mi forma de ninguna cosa natural,
Sino una forma como la que los herreros griegos hacen
De oro repujado y esmalte dorado
Para mantener despierto a un somnoliento Emperador;
O ponen en una rama dorada para que cante
A los señores y las damas de Bizancio
Sobre lo pasado, lo presente, o lo por venir.
Soledad Puértolas
Aliados
Los personajes secundarios del Quijote (2)
Escogí como tema central de mi discurso los personajes secundarios del Quijote, y lo hice de forma instintiva, nada premeditada. Tengo debilidad por los secundarios, por aquellos a quienes, en los diferentes órdenes de la vida y del arte, les toca ocupar posiciones marginales y a quienes de pronto descubre la mirada de un espectador, un lector, un amigo o un desconocido.
El secundario es poco visible, no se encuentra en el centro de la acción o del discurso, sino en la periferia, en los flecos, en los rincones. Tenemos que hacer un pequeño movimiento, un gesto, mover un poco la cabeza, para verlo.
Estas personas y estos personajes, en la vida y en el arte, han dado mucho que hacer a mi imaginación, que se ha entretenido rescatando historias laterales, apartando la mirada de los personajes y episodios centrales.
Ha sido así en la vida y ha sido así en mi relación con la literatura. De los cuentos que me leyeron en la infancia y los que luego leí y fui escogiendo por mi cuenta, me fijaba sobre todo en aquellos personajes que se quedaban un poco atrás, un sapo desorientado, un elefante patoso, una gallina de plumaje deslucido. Más tarde, cuando entraron en mi vida relatos que trataban de gente parecida a mí, de niñas inquietas y soñadoras que no entendían el mundo de los adultos y que preferían refugiarse en sus fantasías, comprendí que en la vida había muchas pistas que parecían asuntos secundarios y que daban pie a historias verdaderamente principales. Era yo, al escogerlas, al ir descubriéndolas e inventándolas, quien las convertía en principales. Finalmente, eso es lo que hago cuando escribo ficciones, convertir en protagonistas a personajes que, antes de ser escogidos, podían pertenecer al universo de lo secundario.
Lo cierto es que los novelistas, cuando empezamos a escribir un relato, avanzamos entre tinieblas, y es solo al final cuando caemos en la cuenta del camino recorrido y tenemos cierta perspectiva para ver a nuestros personajes, hablar de ellos e incluso hablar con ellos.
Los personajes secundarios del Quijote llamaron mi atención desde que, en la Universidad de California, seguí un curso sobre la obra de Cervantes, dirigido por Arturo Serrano-Plaja. Lejos de España, años después de haber dejado el colegio, cuando el recuerdo de las lecturas obligatorias y fragmentadas que allí se hacían casi se había desvanecido, y se había diluido el poso de angustia que mis esporádicos encuentros con don Quijote me había legado, porque aquel héroe tantas veces humillado y derrotado me encogía el ánimo, vi en la novela de Cervantes lo que nunca había podido ver. Vi la aventura del individuo y la aventura de la lengua, inseparablemente unidas, felizmente el uno al servicio de la otra, y viceversa.
Al agradecimiento que debo a Arturo Serrano-Plaja quiero sumar el que corresponde a Martín de Riquer, a ese Quijote de la editorial Juventud, encuadernado en tela azul y profusamente subrayado y anotado, que me sirvió de iniciación a la obra de Cervantes y que guardo como un talismán.
Mi vocación de escritora, que está unida al universo de los cuentos que me leyeron en la infancia al pie de la cama y los que luego leí yo en innumerables mañanas de domingo, largas siestas de verano y convalecencias de enfermedades, reconoce en ese momento un revelador punto de apoyo.
Los cuentos de la infancia y las aventuras del héroe de Cervantes, disfrutadas en plena juventud, me mostraron mundos muy distintos, pero unos y otras hicieron que mi afición fuera cobrando fuerza. En esa vía que la imaginación, en estrecha alianza con la lengua, me mostró, yo podía transitar a mis anchas, allí era posible perderse sin miedo, y conmoverse, sufrir, reír, pensar, soñar. Decidí que ése era mi lugar.
Mi interés por los personajes secundarios sin duda arranca de aquellas lecturas infantiles. Los protagonistas de aquellos relatos encontraban siempre, a lo largo de sus complicadas y peligrosas empresas, extraños aliados, apoyos inesperados y mágicos. Partían de circunstancias muy difíciles y se topaban con obstáculos que parecían insalvables, pero la intervención de estos personajes cambiaba el curso de las cosas de forma radical y se alcanzaba el final feliz.
Años después, atrapada en la aventura del héroe de Cervantes, yo buscaba en el libro esos elementos inesperados y mágicos, esos aliados que facilitaran su empresa. Por eso he dado el título de «Aliados» a mi discurso. Con él pretendo rendir un pequeño tributo a los personajes en quienes don Quijote, en su lucha por imponer sus ideales, encontró aliento, estímulo, comprensión, amistad, compañía o una clase de complicidad, fugaz o permanente, inmediata o simbólica.
*
En "El País":
1. Humo. Columna de Elvira Lindo.
2. El Cid campea... en papel y en Internet. Por Tereixa Constenla. La RAE fija su canon de literatura clásica en español a través de 111 títulos - Es la primera compilación que ofrecerá una versión digital de obras maestras.
3. Las órdenes de papel no evitan los crímenes. Reportaje de Pere Ríos. La protección judicial a las mujeres no basta contra la violencia machista - Algunas voces cuestionan la eficacia del alejamiento si se dictan a miles y la policía no puede vigilar su cumplimiento.
4. Cuando todo esto pase... Artículo de Manuel Sanchis i Marco, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia.
5. A favor de Internet. Artículo de Jesús Mosterín, profesor de Investigación en el CSIC. La más poderosa herramienta de emancipación cultural inquieta a la clase política por la transparencia y libertad que aporta. En España, el disparate jurídico del canon digital y la 'ley Sinde' son una muestra.
Lope de Vega
El nombre de Jesús
¡Alegría, zagalas,
valles y montes,
que el zagal de María
ya tiene nombre!
Corred, arroyuelos,
cándida leche;
los corderos retocen,
canten las fuentes
y las aves alegren
con sus canciones.
¡Que el zagal de María
ya tiene nombre!