lunes, 7 de diciembre de 2015

Sobre la literatura y el mal

   En "Jotdown":

Que tire la primera piedra

Publicado por 
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Ramón María del Valle-Inclán. Fotografía: DP
En el principio todo era claridad en la literatura. Sentimientos puros, moralinas, moralejas y amor más allá de lo concebible. La justicia poética garantizaba que el justo sería salvado y el pecador condenado a muerte, al infierno y la mayoría de las veces a ambos. El Romanticismo trajo sus nubecillas oscuras, claro está, con esos chiquillos revoltosos que gritaban al borde de los acantilados y coqueteaban con quitarse la vida a sí mismos y devolvérsela a otros. Parecía más sensato dejarles que hicieran, porque es lo que tiene la juventud, que es muy escandalosa y le gusta provocar. Y mejor permitir que se desahogaran por escrito, no fueran a liarla como años antes había pasado en la Bastilla. Que Victor Hugo incitara a una nueva revolución en sus novelas o sus piezas teatrales era algo incluso tolerable. El sistema podía hacerse cargo de ello. Las formas no es que fueran las adecuadas, pero de algún modo aquellos ruidosos iconoclastas buscaban algo noble: una nueva jerarquía social que, aun basada en ideas escandalosas, pretendía instaurar una nueva definición de la justicia y el orden.
Todo era, por decirlo así, manejable. Tuvo que ser Baudelaire el que hiciera saltar todo por los aires al escribir que es el diablo quien empuña los hilos que nos mueven. Invocaciones a Satán, cuerpos humanos descomponiéndose en un camino, hombres que se sienten libres tras matar a su esposa o mujeres que maldicen a Dios mientras planean matar a su hijo recién nacido. Un estilo tan novedoso y catárticamente cruel no podía dejar indiferente a nadie: sus seguidores e imitadores surgieron como la espuma en poco tiempo y el mal y el pecado se adueñaron de lo que hasta entonces había sido, por lo general, un inventario controlado de costumbres, hazañas y miserias del ser humano.
Jamás el mundo cambió tanto y tan deprisa como en el periodo que transcurre entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Una globalización 1.0 a la que no todos supieron adaptarse. Al hablar de esta época suelen venirnos a la mente el colonialismo, el avión, el cine, el psicoanálisis… Y es también el momento en que el diablo entra por la puerta grande del arte para ser algo más que un villano de comparsa. La gran literatura comienza a llenarse de protagonistas oscuros y malvados, algo que hasta el momento se reservaba para los mal llamados géneros menores. Los escritores se entregan con ardor a su nuevo objetivo: indagar en las raíces del mal, retratar lo que de podrido tiene nuestra sociedad. Mirar a la cara al diablo para tenerlo como compañero de juegos. En algunos casos no era más que una provocación para epatar beatas y en otros un nuevo modo de reivindicar la bondad y la belleza del mundo dando un gran rodeo, como la vacuna recién descubierta que inocula la enfermedad para poder curarla.
En una categoría especial están los textos en que el pecado y el diablo son el arma con la que el escritor da un golpe sobre la mesa para mandar al cuerno a la sociedad que le ha tocado en suerte. Oscar Wilde lo hizo varias veces tanto con su Salomé, que es el más hermoso canto al exceso de los siete pecados capitales, como con El retrato de Dorian Gray, una reivindicación del horror como forma de escapar de un mundo insensible y enmohecido.
En España, quien mejor y con más elegancia supo llevar el pecado por pancarta fue don Ramón María del Valle-Inclán. Aunque Max Estrella considera a Goya el verdadero autor del esperpento, es en las llamadas obras míticas donde las pinturas negras del sordo de Fuendetodos toman vida en el escenario. Y qué vida, válgame Dios. La Galicia rural de la santa compaña, de los cruceiros y los trasnos, es el marco ideal para recrear las pasiones enajenadas de los héroes clásicos. Si el esperpento —y volvemos a las palabras de Max Estrella— es Aquiles reflejado en los espejos deformes del callejón del Gato, en la Galicia mítica Ulises es un forajido que gusta de matar a sus amantes y Andrómaca una alcohólica lasciva a quien el diablo le lame la entrepierna.
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Puesta en escena de Divinas palabras dirigida por José Tamayo (1961). Reportaje fotográfico de Gyenes. Fotografía: Centro de Documentación Teatral.
Son varias las obras que Valle sitúa en Galicia, siendo su trilogía de Comedias bárbaras el gran canto épico de la avaricia, la lujuria, la soberbia y sus cuatro hermanas en la España profunda. Y sin embargo, pocos textos de la literatura pecaminosa universal pueden presumir de la fuerza expresiva y demoledora que tiene Divinas palabras ya desde su mismo arranque: sentados a la puerta de una parroquia está una pareja, la mujer con su recién nacido en brazos y sangrando tras la bofetada que el hombre le ha dado porque ella se niega a abandonar al crío. Pedro Gailo, el sacristán, sale de la iglesia no para ayudarla sino para echarlos de allí, no sea que espanten a los fieles:
Pedro Gailo —¡A otro lugar era el iros con vuestros malos ejemplos, y no venir con ellos a delante de Dios!
Lucero —Dios no mira lo que hacemos. Tiene la cara vuelta.
Pedro Gailo —¡Descomulgado!
Lucero —¡A mucha honra! ¡Veinte años llevo sin entrar en la iglesia!
Pedro Gailo —¿Te titulas amigo del Diablo?
Lucero —Somos compadres.
Poco después de este diálogo, Lucero matará a la madre y al crío para librarse de ambos. Así, teniendo a uno de los personajes principales sintiéndose libre como el sol cuando amanece sobre las flores del mal, Valle podrá comenzar tranquilamente a plantear la trama principal. La semejanza con lo que hemos contado de Baudelaire en el segundo párrafo no es casual, pero se ve que a este don Ramón de las barbas de chivo tal sarta de pecados y delitos no le parece suficiente. No deja de ser fascinante que la exuberancia demoníaca del poeta francés sirva aquí tan solo de pequeño aperitivo para presentar a un personaje. Estamos en una pieza teatral, recuerden, y sobre el escenario se puede y se debe añadir más chicha que a un poema, por muy diabólico que este sea. Si Baudelaire forjó su obra sin más ayuda que la de su inspiración y un poco bastante de opio, hachís y alguna otra cosa, ¿qué podría conseguir un admirador suyo que además contaba con las pinturas negras de Goya, un entorno tan propicio para la brujería como la tierra de las meigas y un país convulso como lo fue la España de Maura y Alfonso XIII al poco de estallar la Revolución bolchevique? La respuesta, porque no es una pregunta retórica, es todo. Todo lo que se propusiera. Y por suerte, Valle-Inclán se propuso mucho literariamente hablando.
La historia gira en torno a Laureaniño el idiota, un enano hidrocéfalo cuya madre lo lleva en una carreta por ferias y mercados para sacar unas monedas a quien quiera ver al niño de cerca. Cuando ella muere, el niño será la herencia suculenta que se repartirán con avaricia desmedida los hermanos de la difunta. Uno de ellos, el ya mencionado sacristán Pedro Gailo, dejará que sea su esposa Mari-Gaila quien se encargue de continuar sacando tajada de la malformidad del crío en los días que les corresponden de custodia. Pero Lucero, ahora llamado Séptimo Miau tras volver a la soltería, no dejará que se le escapen ni las monedas de los viandantes ni las piernas de Mari-Gaila.
Por si todo esto fuera poco, y para evitar dudas sobre la condenación de las almas de estos personajes, la musa más expresionista de don Ramón se viste de gala para ayudarle a llenar el tablado de engendros demoníacos, lujurias incestuosas y exabruptos en bocas desencajadas. Aún faltan tres años para que Murnau estrene su Nosferatu, pero da un poco igual porque ya sabemos que en el mundo no hay vampiros. Otra cosa, claro, son las meigas de Galicia, que rondan a sus anchas en Viana del Prior y en las pedanías de alrededor, como aquella en la que morirá el pobre Laureaniño por culpa del alcohol que le ofrecen unos cuantos farandules de farra mientras la esposa del sacristán se entrega a Miau. Llegados a este punto, el público comienza a impacientarse esperando a que de un momento a otro llegue el juicio final que borre a tanta calaña de la tierra.
Pero aún estamos a mitad de obra. Aún tenemos que ver al sacristán borracho y muerto de celos que pasa de querer limpiar su honra presentándose ante la justicia con la cabeza rebanada de Mari-Gaila a intentar vengar su cornamenta encamándose con la hija de ambos. Nos queda ver la escena que haría sonreír al Goya que pintó los aquelarres más oscuros, cuando el mismo demonio ayuda a Mari-Gaila a regresar volando a casa con la pesada carreta y el cadáver de Laureaniño a cambio de un viaje entre sus piernas:
El macho cabrío revienta en una risada y desaparece del campanario cabalgando sobre el gallo de la veleta (…) Mari-Gaila se siente llevada en una ráfaga, casi no toca la tierra. El impulso acrece, va suspendida en el aire, se remonta y suspira con deleite carnal. Siente bajo las faldas las sacudidas de una grupa lanuda, tiende los brazos para no caer, y sus manos encuentran la retorcida cuerna del cabrío.
El cabrío —¡Jujurujú!
Mari-Gaila —¿Adónde me llevas, negro?
El cabrío —Vamos al baile (…).
Mari-Gaila —¡Ay, que desvanezco! ¡Temo caer!
El cabrío —Cíñeme las piernas.
Mari-Gaila —¡Qué peludo eres!
Mari-Gaila se desvanece, y desvanecida se siente llevada por las nubes. Cuando tras una larga cabalgada por arcos de luna abre los ojos, está al pie de su puerta. La luna grande, redonda y abobada, cae sobre el dornajo donde el enano hace siempre la misma mueca.
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Divinas palabras (1961). Reportaje fotográfico de Gyenes. Fotografía: Centro de Documentación Teatral.
Hace más de ciento veinte años que se estrenó la Salomé de Wilde mientras su autor estaba en la cárcel por delitos contra la moral pública. Casi cien desde que Valle publicó Divinas palabras, aunque tardó catorce años más en llevarse a escena. Desde entonces, decenas de miles de obras se han escrito en todo el mundo. Unas cuantas de ellas, y algunas muy recientes, pretendieron recuperar esa orgía inexplicable de pecado, destrucción y belleza. La realidad es que muchos de esos textos solo llegaron a ser un modo ridículo e impostado de corear caca y pis para que las señoras que pagaban de más para presumir de perlas falsas se hicieran las escandalizadas removiéndose en sus palcos reservados. No sería justo, sin embargo, decir que ningún dramaturgo ha estado a la altura lírica y diabólica de Wilde o de Valle: bastaría mencionar a Genet o a Koltès para desmontar esa falacia. Aun así, hablamos de obras que, un siglo después, siguen fascinando a un público entregado y quebrando la cabeza a escenógrafos y directores que no terminan de saber bien cómo transmitir esa fuerza teatral y poética al escenario sin que quede ni ridículo ni pasado de rosca. A ver quién es el listo que sabe encontrar el punto medio de la credibilidad en las mieles del exceso.
Al igual que en Baudelaire, el tránsito por el pecado de Valle es una búsqueda de lo eterno. Si el poeta maldito bendecía a Dios por dar el sufrimiento como divino remedio a nuestras impurezas, la obra de Valle termina con Mari-Gaila recibiendo el cálido cobijo de la voz divina tras ser apedreada por los vecinos del pueblo por adúltera. Será su propio marido quien pronuncie las consabidas divinas palabras en latín a las que se refiere el título: «Qui sine peccato est vestrum, primus in illam lapidem mitta». Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y el pueblo, por supuesto, detiene la lapidación. Cómo no hacerlo, si cada uno de los personajes es una radiografía de esa España envidiosa, egoísta y soberbia que tanto conocemos y reconocemos.
Nosotros, público de hoy, seguimos siendo vecinos de Viana del Prior. Es por eso que también bajamos las manos. Nuestras conciencias se vuelven a conmover por aquella emoción litúrgica que no terminamos de comprender. Nuestras viejas almas infantiles respiran un aroma de vida eterna al ser testigos de que otra realidad es posible. Una realidad cruel y escatológica, impregnada del olor dulzón de los pecados más ocultos. Algo más resuena en el aire mientras el telón desciende lentamente. Es un susurro, un eco apenas perceptible pero creciente: el aliento trágico de los héroes míticos que están regresando al hogar de nuestras vidas. Los desterramos de ellas cuando nos metieron en la cabeza aquello del racionalismo y el orden social, y en este tiempo sin nosotros han conocido la imperfección, la gula, la soberbia y el incesto. Es en textos como estos donde aprendieron a sentirse cómodos, donde consiguieron instalar su nuevo reino. Un reino amargo, épico e infernal en el que refugiarnos, por fin, cada vez que necesitemos escapar de este valle de lágrimas y bostezos en que hemos convertido nuestros pasos.
Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada al pecado #JD13
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Divinas palabras (1961). Reportaje fotográfico de Gyenes. Fotografía: Centro de Documentación Teatral.

viernes, 4 de diciembre de 2015

PRENSA. Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (15 noviembre 2015):

Entrevista al escritor Manuel Rivas, a propósito de su nueva novela, "El último día de Terranova"

   En "Babelia":

Manuel Rivas: “España es una democracia amputada”

'El último día de Terranova', del autor gallego, narra la posguerra y la Transición en España a través de la vida en una librería condenada al cierre


Manuel Rivas en A Coruña. / ÓSCAR CORRAL

"Allí es donde quemaron libros en el 36”, dice Manuel Rivas señalando al otro lado de la dársena de A Coruña. En su novela Los libros arden mal hay una foto de ese momento: un grupo de fascistas celebra brazo en alto la hoguera encendida junto al Club Náutico. Muchos coruñeses conocieron aquel episodio por esa novela. “En el escudo de Coruña, sobre la Torre de Hércules, había tradicionalmente un libro”, explica el escritor, nacido en el barrio de Monte Alto en 1957. “Lo quitaron después de la Guerra Civil. La democracia volvió, pero el libro no”. Si aquella novela de 2006 hablaba de la quema de bibliotecas, El último día de Terranova (Xerais en gallego, Alfaguara en castellano) narra ahora la amenaza de desahucio que pende sobre una librería.
PREGUNTA. ¿Quedaban libros por destruir o historias por contar?
RESPUESTA. Yo escribo en círculos concéntricos. Los libros no son cuadrículas ni propiedades separadas. En mi caso, la célula madre es la poesía. En los ochenta escribí un poema sobre la memoria ­—‘Pan negro’— y ahí está la semilla. Después vinieron La lengua de las mariposas, El lápiz del carpintero, Los libros arden mal y ahora este, que parte de la posguerra y llega hasta hoy. Siempre tengo la sensación de que cuando acabo un libro no se acaba la historia. Como en ese cuadro de Millet en el que las espigadoras recogen lo que quedaba debajo de la tierra después de la cosecha, cuando terminas una novela quedan granos que luego rebrotan. Son nuevos círculos con la misma simiente, no una prolongación. Salvo en la línea del horizonte, la recta es un atraso. Hay que romperla.
P. ¿Los círculos de la literatura pueden llenar los vacíos que deja la historia?
R. En parte sí. Hay incluso un camino paralelo entre la literatura y la arqueología. Vas encontrando signos y huellas que conectas hasta construir un relato. Hay un punto que los arqueólogos llaman línea de lo inaccesible. La historia no se detiene, pero los últimos restos suelen ser ceniza, producto de una destrucción o de un fuego. La excavación se detiene, pero la imaginación puede traspasar esa línea, ir más allá de la búsqueda histórica sin perder el principio de realidad. Ese traspasar lo inaccesible es lo propio de la literatura.
P. ¿Llegará un día en que las librerías serán historia y habrá que imaginarlas?
R. De las últimas historias que leí y que me conmocionaron porque coincidió con la muerte de Mankell, hay una en sus memorias del cáncer, Arenas movedizas, que cuenta algo muy inquietante para la especie humana. Hasta el siglo XX, los restos históricos eran monumentos más o menos ruinosos, pero lo que va a dejar nuestra generación no va a tener fin: los vertidos radiactivos. Dentro de 100.000 años, los arqueólogos pueden encontrarse con una pesadilla. Pero en el mismo libro se recoge otra historia. Un hallazgo imprevisto durante unas obras en Suecia: una osamenta que tenía al lado una figura de madera. Llegaron a la conclusión de que era un títere. Claro que el ser humano va a conservar el títere. Estoy convencido…. Bueno, “estoy convencido” [ríe] es una forma de empezar. Claro que va a haber un lugar como lo que hoy llamamos librerías. ¿Cómo serán? Eso para el próximo libro. Mira, es buena idea. Hay gente que nunca ha entrado en una librería.

Parte del viaje literario consiste en luchar contra tus convenciones, contra tu propia estupidez
P. ¿Recuerda la primera vez que entró en una?
R. Sí, se llamaba La Poesía. Luego nos acercamos por allí. Está cerrada, pero conserva algo. Cada vez que paso por ahí pienso: “¿Por qué no me hago librero?, ¿por qué no abro La Poesía?”. Tengo una especie de culpa. En casa no había libros y le compramos uno a mi madre. Siempre se le regalaba algo para la casa —una fregona, una cafetera— y mi hermana María, que era la vanguardia, dijo que le compráramos uno porque en la niñez mi madre había leído mucho. Por casualidad. Murió mi abuela y mi abuelo se quedó con 10 hijos. Era campesino, vivía al lado de la casa rectoral y una sobrina del cura medio adoptó a mi madre, que subía al desván y se pasaba el día leyendo vidas de santos, que es lo que había, pero también estaban los poemas de Rosalía. El primer libro de mi vida fue oír a mi madre recitar a Rosalía. Ella era la boca de la literatura. Total, que nos fuimos a La Poesía y vimos un libro que coincidía bien con el presupuesto. Era un tocho; mucho mejor, un regalo más grande. Se titulaba Cinco mil años de historia. Mi madre lo abrió y, bueno, asomó de una lágrima. Nunca tuve miedo de entrar en las librerías. Si vamos es porque hay gente con la que nos gusta estar, no solo por los libros, aunque los libros también son gente.
P. ¿Por qué ir a una librería si puedes comprar por Internet?
R. Si desaparece el factor humano en los intercambios —y una librería es un lugar donde alguien que te da el libro con la mano—, también va a desaparecer lo humano en el libro. Tal vez es demasiado determinista, pero hay parte de razón. La ciudad existe porque existen librerías, el taller de bicicletas, las tabernas… En Coruña abrieron un centro comercial. La gente se sentaba allí porque llueve. Pensaron: “Si se sientan, no compran”. Quitaron los bancos y la gente se sentaba en las fuentes, así que pusieron unos hierros. En los libros te puedes sentar siempre. La literatura es resistencia, una intervención contra la realidad. Una vez existió esa idea de las vanguardias de que podías cambiar el mundo pintando, cantando, bailando. Lo inútil podía influir en lo útil, cambiar la vida. Ahora se perdió eso. Hubo una renuncia. Asumimos el discurso de lo útil. “Vuestra utilidad es el entretenimiento”, nos dicen. “Dedicaos a eso”. Pero uno sabe que hay libros que le han cambiado la forma de mirar, y eso también es cambiar la realidad, ¿no? Aunque sea por un instante, en un tris. Un tris vale mucho.
P. El librero de su novela se identificaba de joven con David Bowie. ¿Algún músico le influyó tanto como Rosalía de Castro?
R. El salto de las falsas fronteras entre alta y baja cultura lo vivimos a través de la música. La poesía estaba pasada de moda, pero seguía en las letras de las canciones. Estuve muy colgado con Dylan, con la Velvet, con Joy Division, con Patti Smith. Creo que no metí a Patti Smith en el libro porque me quise quedar con ella.


Manuel Rivas en A Coruña. / ÓSCAR CORRAL
P. ¿Cabe la poesía en una novela?
R. Toda escritura es poética porque el lenguaje se pone o no se pone en vilo. Hay palabras que alcanzan esta condición. La lengua se pone en otro tiempo, que no es pasado ni futuro, sino otro tiempo. Esta novela tiene una hermana transgénero que es este libro [saca de la cartera A boca da terra, un poemario publicado en verano por Xerais]. Son hermanos siameses.
P. En sus libros de cuentos incluía poemas.
R. Empecé por ahí. Recuerdo estar escribiendo lo que a mí me parecían poemas en clase de matemáticas, con un profe muy serio. Pasó a mi lado y vio que en medio de las cifras había unos bichos. Me agarró la libreta. Pensaba que me iba a echar una bronca. Cuando me la devolvió dijo: “¿Por qué siempre escriben ustedes cosas tan tristes?”. Pensé: “Así que soy de una especie de club de los tristes”. Aquello me vino bien porque se dio en mí una reacción que es la marca moderna de la literatura: la ironía. Reaccionar contra el estigma de triste me activó el lado irónico. Otro detector de la literatura es que es una creación que no quiere dominar. La diferencia con otros discursos ­—la filosofía, la historia— es que no te quiere dominar. Cuando te quiere dominar notas que pasa algo raro, que está intoxicada.
P. ¿Mantiene activa la ironía para no convertirse en escritor nacional de Galicia?
R. Total. Caes en la caricatura si te consideras el símbolo de algo. Lo más triste que le puede pasar a un escritor es que lo conviertan en un monumento, decía Cortázar. Parte del viaje literario consiste en luchar contra tus convenciones, contra tu propia estupidez. Eso no quita que la literatura tenga una dimensión de activismo, pero no puede caer en la condición de instrumental. Acabaríamos matándola. Eso sí, todo lo que escribes te va a comprometer.
P. Sus protagonistas son muchas veces víctimas de la historia. ¿No se corre el riesgo de embellecer la derrota?
R. Por supuesto, por eso es importante enseñar lo que cada uno tiene de contradictorio. De cada personaje sabes a través de otro. Me lo dijeron de El lápiz del carpintero: los buenos son muy buenos, y los malos, muy malos. No lo creo. Precisamente para evitarlo le di la voz del narrador al verdugo. Pero es un riesgo. Por eso no me gustan los cuadrados. Estamos habitados por varios seres. En esta novela, a uno que es muy estudioso su hijo lo ve como un cobarde. Somos tambaleantes, frágiles. Escribir es estar en una posición de fragilidad.

Nuestra serie negra, esa que dicen que no hemos tenido, está en los libros de la Guerra Civil. La diferencia es que aquí la mafia ocupaba el Estado.
P. Parte de la novela transcurre durante los funerales de Franco y es crítica con lo que vino después.
R. España es una democracia amputada. Ya no tiene sentido discutir quién debía haber ido a la cárcel, pero la gente debe saber que un torturador como Billy el Niño sigue campando y que nunca hubo una comisión de la verdad. Hemos visto en televisión campos de concentración nazis, pero no franquistas, que hubo. Puedes acceder a documentos de EE UU, pero a los de aquí no. A lo que no podemos renunciar es a la verdad. Nunca es tarde. Nuestra serie negra, esa que dicen que no hemos tenido, está en los libros de la Guerra Civil. La diferencia es que aquí la mafia, la organización criminal, ocupaba el Estado.
P. Cuando termina la dictadura en España empieza en Argentina, también muy presente en este libro.
R. La Operación Cóndor se preparó en el funeral de Franco. Además, para mí fue muy importante escribir la historia de la aniquilación de la familia Oesterheld [“El desaparecido HGO”, recogido en A cuerpo abierto]. Les mataron las cuatro hijas sucesivamente. Tenían 24, 23, 19 y 18 años, alguna embarazada. A Héctor Germán Oesterheld todos lo adoraban, y no solo como guionista de los cómics de El Eternauta. Lo desaparecieron. Quedan dos nietos y la abuela, Elsa, que se preguntaba por qué seguía viva. La novela está dedicada a ella.
***
La Poesía sigue cerrada en la calle San Andrés. Rivas repara en que además han borrado el rótulo de la librería: “Mala señal”.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (26 noviembre 2015):

"Repensar a Shakespeare". Marcos Ordóñez. Sobre el ensayo "El mundo, un escenario. Shakespeare, el guionista invisible"


   En "El País":

Es difícil sintetizar un magma tan generoso en vínculos, puentes y ventanas como El mundo, un escenario: Shakespeare, el guionista invisible (Anagrama), donde las múltiples herencias de la obra del Bardo se reflejan en películas, desde los clásicos hasta la más ignota serie B, o en series televisivas, sin dejarse ni un eco, ni un recodo inesperado: Jordi Balló y Xavier Pérez entienden, felizmente, la crítica como juego de espejos o jardín de senderos que convergen.
Que Shakespeare lo inventó todo (o casi todo) se ha dicho ya, pero pocas veces con la claridad, la minuciosidad, la pasión contagiosa y la alegre erudición de este libro. Anoto, entre muchos, cinco conceptos clave: 1) el verbo poético que construye la imagen en el oyente y se hace visión aunque no llegue a visualizarse; 2) la construcción, con Hamlet a la cabeza, de una conciencia que “habla mientras piensa y se escucha a sí misma”; 3) la “poética de democratización”, según la cual sus obras son, en bella frase, “dramaturgias corales en las que no existe secundario que no sea tratado como un monarca”, es decir, con un momento de rotundo protagonismo; 4) los personajes que se convierten en “pura encarnación del exceso y titanes de la obstinación”; 5) los villanos que logran crear, como bien aprendió Hitchcock, una insólita complicidad con el público.
Me encanta que Pérez & Balló, detectives, relacionen la melancolía del diálogo entre Falstaff y Maese Shallow en Enrique IV con la conversación frente al río de James Stewart y Richard Widmark en Dos cabalgan juntos, de Ford. O cuando señalan que la velocidad de la gran screwball comedy americana de los años treinta y cuarenta nace de los duelos de ingenio de las parejas shakesperianas: Benedict y Beatrice, Katharina y Petruccio, Rosalind y Orlando. O que afirmen que una de las aportaciones del teatro isabelino fue el comic relief, “mediante el cual una posible escena trágica o violenta queda diferida a través de un oasis de comicidad autónomo”, y para ilustrar la idea comparan el diálogo inicial de Sansón y Gregorio en Romeo y Julieta con el de John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction. O la noción del vacío paisajístico en El rey Lear como expresión nihilista, que heredan dramaturgos como Beckett o cineastas tan dispares como Nicholas Ray y Monte Hellman.
El mundo, un escenario es auténtico ensayo interactivo. De haberse publicado en el Reino Unido, la BBC no tardaría en filmar una miniserie en la que sus autores dialogasen frente a la cámara esmaltando su conversación con los pasajes de cada obra y las secuencias que ejemplifican su huella: una lección magistral para todos los públicos, a caballo entre Playing Shakespeare, de John Barton, y Changing Stages, de Richard Eyre y Nicholas Wright.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Viñeta de Forges

   En "El País" (29 noviembre 2015):

LITERATURA. "Cervantes y su impostor". Santiago Roncagliolo

Grabado de Gustavo Doré

   En "El País":

Cervantes y su impostor

Avellaneda odiaba al autor de ‘El Quijote’ y se mofaba de su condición social


En la historia universal de la literatura se repite una constante: los escritores se llevan fatal.
Ejemplos sobran: los crueles comentarios de Borges sobre García Lorca, el puñetazo de Mario Vargas Llosa a Gabriel García Márquez, o el amargo libro de Paul Theroux sobre V. S. Naipaul. Y eso por limitarnos al último siglo.
El Quijote de la Mancha, cuya segunda entrega cumple en estos días 400 años, confirma que la mala leche es compañera inseparable de la literatura. Porque este año también cumplió cuatro siglos “otro” Quijote, el apócrifo: una supuesta segunda parte de las aventuras de nuestro héroe publicado meses antes bajo el nombre falso de Alonso Fernández de Avellaneda.
El tal Avellaneda odiaba a Cervantes, y no se molestaba en esconderlo: en su prólogo, se declaraba personalmente ofendido por él, se burlaba de su pobre condición social, y hasta se mofaba de que le faltase una mano. Para colmo, le robaba por puesta de mano el éxito comercial.
Según un estudio de Luis Gómez Canseco, tras el impostor podría esconderse Lope de Vega, el gran dramaturgo que dio al mundo Fuenteovejuna. Sospechosamente, Avellaneda multiplicaba sus elogios y citas de ese autor. Además, en el citado prólogo, sostenía que él mismo había “entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e innumerables comedias”, y se confesaba ministro del Santo Oficio. Pocas personas reunían ambas condiciones, y además, la de escribir libros con nombres ajenos. Lope era una de ellas. Y entre todas, sin duda, la más acostumbrada a manifestar creativamente su envidia. El dramaturgo intercambió poéticos insultos con Quevedo y Góngora, se enredó en trifulcas con sus rivales literarios y, sobre Cervantes en particular, escribió en carta a un amigo: “De poetas no digo; ¡buen siglo es este! Muchos están en ciernes para el año que viene. Pero ninguno hay tan malo como Cervantes; ni tan necio que alabe a Don Quijote”.
Por cierto, en la misma carta, Lope añadió lo que podría ser una confesión de motivos para convertirse en Avellaneda: “Cosa para mí más odiosa que mis librillos a Almendárez y mis comedias a Cervantes. Si allá murmuran de ellas algunos que piensan que las escribo por opinión, desengáñeles vmd., y dígales que por dinero”.
Al genuino autor de El Quijote, en todo caso, le daban igual las razones o el currículum de su impostor. Cervantes se sintió herido por el robo de sus personajes.

Sancho Panza protesta porque el plagiario lo ha retratado como un gordito simplón
Desde sus primeras líneas, la verdadera segunda parte de El Quijote se presenta como una revancha contra Avellaneda. Ya en la dedicatoria, Cervantes subraya que una de las razones para su nueva entrega es “quitar el mal sabor y la náusea que me ha causado otro Don Quijote que con el título de Segunda Parte se ha disfrazado y corrido por el orbe”.
Más adelante, en el prólogo, Cervantes informa al lector de que, aunque le molesta que Avellaneda lo haya llamado viejo y manco, él no se rebajará a insultarlo: “Tú querrías que lo tratara de asno, de mentecato y de atrevido, pero no se me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá él”.
Luego sí lo insulta, pero usando la voz ficticia del Quijote, que en la trama siguiente se revuelve furioso contra el libro apócrifo. En el capítulo LIX, el Caballero de la Triste Figura se queja del insultante prólogo de Avellaneda, y le corrige una errata. Sancho Panza protesta porque el plagiario lo ha retratado como un gordito simplón. Como castigo al impostor, a quien cree aragonés, el Quijote desiste de viajar a Zaragoza, y sigue de largo hasta Barcelona.
Cervantes no lo sabe, pero con su respuesta da un paso fascinante hacia la modernidad literaria: tal juego de cajas chinas entre la realidad y la imaginación, que postula una ficción “verdadera” y una “falsa”, es algo nunca leído antes, un despliegue de metalenguaje inédito en el XVII, que siglos después repetirán autores como Borges o Woody Allen. Su novela ya no sólo se ríe de las novelas de caballería: ahora, El Quijote mismo es una novela, una invención en competencia con una invención de la invención.
Se tratase o no de Lope de Vega, el impostor Avellaneda cayó derrotado por el talento del original. 400 años después, su mayor mérito fue regalarle a Cervantes un motivo más para que sigamos escribiendo sobre él, y de paso, sin querer, demostrar que la gran literatura se fabrica con todos los materiales de la vida, incluyendo las mezquindades, querellas y rencillas.
Santiago Roncagliolo es escritor.

martes, 1 de diciembre de 2015

Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (29 septiembre 2015):

LITERATURA. Entrevista a Enrique Vila-Matas

   En "El País":

Vila-Matas: “No soy nada raro, soy normal; mi yo narrativo es inventado”

El escritor reivindicará su canon literario el sábado en la entrega del premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en México


El escritor Enrique Vila-Matas, retratado la pasada semana en una librería de Barcelona. / CONSUELO BAUTISTA

Camino de la casa de Enrique Vila-Matas en la barcelonesa calle de Travesera de Dalt —la famosa Travesía del Mal de sus escritos— caigo en la cuenta de que ya no vive allí. “Hace cinco años que me cambié”, me riñe benevolentemente cuando trato de justificar el retraso con mucha jeta aduciendo que no encontrarle es un inicio muy vilamatiano. En el nuevo barrio está muy cómodo. “Es un barrio que conocía y frecuentaba ya antes; me resulta muy familiar”.
¿Pero no era la Travesía del Mal su Yoknapatawpha particular? “El nuevo barrio ya está entrando en mis novelas. No tiene nombre, como tantos de Barcelona; es una zona incierta, pero yo lo denomino el barrio del Coyote”. Como suele suceder con las cosas de Vila-Matas, la realidad se abre a una concatenación de casualidades cuya ley, como diría su sosias el doctor Pasavento, se nos escapa. “En este mismo edificio vivía el autor de las novelas de El Coyote, José Mallorquí, y abajo se encontraba la editorial Molino, donde trabajaba. Un amigo me reveló que había estado en el despacho de Mallorquí en su casa y que sobre la mesa tenía desplegado un gran mapa del Far West. Así que tengo la sensación de escribir encima de ese mapa”.
El escritorio de Vila-Matas está muy ordenado como lo están las numerosas librerías en las que por fin ha podido colocar dignamente sus libros después de tantos años de amontonarlos, aunque su biblioteca “crece como un monstruo otra vez”. Reflexiona que hoy mucha gente se extraña de ver librerías, que les parecen, dice, una absurda acumulación de papel. “Impresiona más, por lo visto, tener grifos de oro en la bañera como Escobar que toda La Pléiade”, deplora.

Contra lo previsible

El sábado, le entregan a Vila-Matas en Guadalajara (México) el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2015, “el Cervantes americano”. Es en Guadalajara, aunque la lógica vilamatiana habría pedido que fuera en el barrio del Coyote, que existe en el municipio mexicano de Amealco de Bonfil, en el Estado de Querétaro Arteaga.
La laudatio, explica, se la hará el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael, su descubridor en esas tierras, y él contestará con un discurso de dos mil palabras, “la misma extensión que el de Magris el año pasado”, en el que hablará del futuro, “el futuro del propio discurso, de la novela y de la humanidad”.
Abordará lo que es y lo que le gustaría que fuera la literatura de nuestra época. Ha ido descartando, dice, lo que no le interesa, en su búsqueda de cosas nuevas que nutren su mundo narrativo. “Lo mío ha sido una huida del aburrimiento, una estampida del aburrimiento. Me hace feliz lo que es distinto. No me gustan los tópicos, las frases hechas, la literatura previsible”.
La cultura es la gran obsesión de Vila-Matas, “consumido y habitado por el mal de la literatura”, como lo ha descrito Roberto Brodsky. “La cultura intensifica el sentimiento de estar vivo, te permite encontrar algo interesante en cualquier lugar, incluso en un grano de arena del desierto”.
¿Qué relación hay entre el Yo de sus novelas —su verdadero protagonista— y la realidad? Parece que últimamente marca distancias. “Entiendo que interese el autor. Alguien dijo que el autor sería el único personaje interesante. Muchas veces me preguntan cuánto de auténtico hay en mis escritos. Yo me dedico a la ficción; siempre construyo una ficción. Lo autobiográfico está muy deformado en mis obras. Aunque hay un yo narrativo, es inventado. No cuento mi vida, sería un aburrimiento absoluto. En ese sentido suscribo lo que decía Nabokov: ‘Lo que importa en un escritor no son los datos autobiográficos de su vida, sino la historia de su estilo”.
Vila-Matas se declara muy conectado con la realidad: “No vivo nada aislado. Otra cosa es que tenga un mundo propio. No soy nada raro, soy una persona muy normal, aunque a veces haya quienes se empeñen en verme como alguien extraño, lo que no deja de sorprenderme”.
Bueno, pero no negará que existe una cierta fenomenología vilamatiana. “A veces, cuando cuento algo que me ha sucedido parece increíble, quizá es la manera de contarlo. Juan Marsé dice: ‘Son las cosas de Enrique’. Como la vez que un hombre en el semáforo me preguntó: ‘¿Usted comprende la filosofía?’. O cuando un joven argentino me dijo que si estaba cansado de escribir él podía sustituirme un tiempo. En cambio, hay gente a la que le pasan cosas extraordinarias. pero no lo ve material narrativo".
En fin, próxima parada México. “Me gusta muchísimo. ¿Peligroso? No lo dirás en serio tal y como está Europa ahora. Es un país surrealista, deslumbrante. Recuerdo que una vez para un festival literario me alojaron en un hotel en el Zócalo y pasé dos días emborrachándome con unos mexicanos en la terraza. Al tercero manifesté mi extrañeza porque no hubiera aparecido aún nadie del festival. ‘¿Bromeas, Enrique?’, me contestaron los compañeros de copas, ‘¡Somos nosotros!”.

Los atentados de París y "el monotema catalán"

Para el autor de París no se acaba nunca, el 13-N tiene especial significación: “Ha sido un golpe brutal; me ha afectado mucho. En París descubrí la libertad y que había otros mundos posibles fuera de la España franquista. Es como si tocaran algo muy tuyo. Además, los ataques se han producido en una zona a la que voy mucho con Paula, mi mujer”.
Los atentados han provocado una pausa en lo que Vila-Matas denomina “el monotema catalán”. “Ha sido reconfortante ver caras nuevas en televisión y escuchar a auténticos especialistas hablando de las cosas verdaderamente importantes. Aunque luego han vuelto los tertulianos y el repunte de lo local”.
Desde el punto de vista novelístico, en el procés catalán ve a “una serie de personas que tratan de mantener su puesto de trabajo”. Y añade: “Cuando Mas dijo lo de un sol poble, alguien entendió un sol moble. Y ese mueble es la poltrona”.

Lo que hay que leer, en palabras del autor

¿Tiene un canon Vila-Matas? “Sí, pero no quisiera dar la impresión de ser intransigente. Es un canon de 10 o 12 nombres que he ido construyendo, a la manera del que creó Borges con Stevenson, Wells o Chesterton. Ahí están Robert Walser, mi héroe moral; Marcel Schwob, Borges, Alejandro Rossi, Raymond Roussel, Perec... Mi manera de hacer crítica literaria es proponer un canon no ortodoxo desde la narración. Es lo que he estado haciendo desde hace tiempo”.
“Mi rechazo a según qué no significa que no pueda leer, y con mucho gusto, cosas como la novela del XIX”, matiza el novelista. “Simplemente, pienso que eso está ya hecho y que lo que toca es buscar cosas nuevas. Madame Bovary ya está escrita, y de manera perfecta. Lo que no me gusta es lo que viene años después copiando su estructura”, remata.

lunes, 30 de noviembre de 2015

PRENSA. Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (5 noviembre 2015):

HISTORIA. "¿Quién votó a Hitler?"

   En "jotdown":

¿Quién votó a Hitler?

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Cartel en una calle berlinesa en 1932, «Nosotros queremos trabajo y pan, vota por Hitler». Foto: Corbis.
Cartel en una calle berlinesa en 1932, «Nosotros queremos trabajo y pan, vota por Hitler». Foto: Corbis.
Uno de los debates más comunes de nuestro tiempo, durante estos últimos días aún más frecuente si cabe, es el que contrapone libertad y seguridad. En realidad se trata de una distinción falaz, pues la segunda es condición necesaria de la primera, ya que nada coarta más nuestra libertad que el miedo que provoca la inseguridad. El origen de este malentendido se lo debemos, al menos en parte, a Erich Fromm y a su libro —por otra parte bastante recomendable— El miedo a la libertad. Para quien no lo haya leído venía a decir que el auge del protestantismo en el siglo XVI y del nazismo en el XX tenían una misma raíz, anunciada en el propio título de la obra. La modernidad traería consigo una ruptura de los lazos que ataban al individuo en las sociedades tradicionales, lo que genera tanta independencia como desasosiego. De manera que, expulsado de ese apacible útero a un mundo en el que debe manejarse en plena libertad, el sujeto intentaría rehacer como fuera ese vínculo primitivo, bien a través de un mayor rigorismo religioso o de una ideología totalitaria. 
El nazismo sería un caso paradigmático de esto, con su énfasis en el colectivo por encima del individuo, con sus grandes mítines en los que cualquier personita, con sus miserias, temores y debilidades pasaba a sumergirse en una masa invencible que lo trascendía: Deutschland über alles. El libro se publicó en 1941 después de que el autor, judío alemán, huyera de unos compatriotas que no tenían nada bueno reservado para él, así que pudo verlo todo desde primera fila. Algo hay de cierto en su planteamiento, sin duda, pero con el paso del tiempo hemos podido saber con mucho más detalle los motivos del ascenso de Hitler al poder y hay algunos puntos que matizar. Para ello deberemos conocer quién y por qué se unió al nacionalsocialismo.
El 14 de septiembre de 1930 las elecciones al parlamento alemán ofrecieron un resultado que marcaría la historia del país y del mundo. El partido más votado fue, tal como era de esperar, el socialdemócrata. Pero estaba seguido de cerca —con más de 6,3 millones de votos y el 18,2% del total— por el NSDAP, una formación hasta entonces marginal que había multiplicado por ocho sus votos respecto a las elecciones previas celebradas solo dos años antes. Fue una auténtica sorpresa y un acontecimiento crucial, pues una vez ganada esa posición ya no hubo vuelta atrás: sus resultados irían en aumento en una República de Weimar ya agonizante hasta que el 30 de enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller. ¿Cómo había sido posible? Aunque el partido había sido refundado solo trece años antes, las ideas que en una peculiar mezcolanza lo conformaban ya estaban en el ambiente desde tiempo atrás.
El antisemitismo por ejemplo llevaba siglos firmemente instalado en Europa, aunque en Alemania la población judía (que no llegaba ni al 1%) estaba notablemente asimilada en la vida económica, social y cultural; eran frecuentes los matrimonios mixtos y su identificación patriótica era plena hasta el punto de que muchos se consideraban orgullosos excombatientes de la Primera Guerra Mundial. Curiosamente la Cruz de Hierro al valor que obtuvo Hitler en dicho conflicto fue por recomendación de un oficial judío. Pese a ello el antisemitismo aún era una idea ocasionalmente empleada en algunos discursos políticos, que pasaría a incorporarse con inusual énfasis en el NSDAP, aunque tamizada por un nuevo enfoque que ya no sería religioso sino (pseudo) científico.
Ese nuevo enfoque estaba relacionado con un acontecimiento clave en la historia de la humanidad ocurrido unas décadas antes: la creación en Londres de una red de alcantarillado. Tal vez no suene muy épico, pero aumentó considerablemente la esperanza de vida en todas las ciudades que rápidamente la imitaron. La higiene pasó a ser un principio fundamental, casi obsesivo, de la medicina y de la salud pública, de manera que se extendió a otros ámbitos, se cruzó con otra idea también puesta de moda durante el siglo XIX como el darwinismo y algunos comenzaron a rumiar el concepto de «higiene racial». En 1905 se fundó en Alemania la Sociedad de Higiene Racial, cuyos fundadores reivindicaban la vieja idea espartana de decidir si los recién nacidos debían vivir o ser eliminados si presentaban problemas de salud. Aunque lo debía decidir un médico, ojo, que no eran ningunos bárbaros. El caso es que la eugenesia entusiasmó a todo el mundo de tal forma que los programas de esterilización involuntaria en esa época pasaron a estar activos en nada menos que veintiocho países. En Estados Unidos el simpático doctor Kellogg, por ejemplo, además de promover el desayuno de cereales y los enemas de yogur, también inauguró la Fundación para la Mejora de la Raza. Y por supuesto en el NDSAP la idea también se hizo un hueco. Hitler para 1920 ya había interiorizado a la perfección esa retórica científico-sanitaria para hablar de los judíos: «No creáis que vais a poder combatir una enfermedad sin matar la causa, sin aniquilar el bacilo, y no creáis que podéis combatir la tuberculosis racial si no os esforzáis por que la gente deje de estar expuesta a la causa de la tuberculosis racial».
La Catedral de Luz, ideada por albert Speer con focos antiaéreos para las reuniones del partido en Nuremberg. Foto: DP.
La catedral de luz, ideada por Albert Speer con focos antiaéreos para las reuniones del partido en Nuremberg. Foto: DP.
Como vemos el ideario nazi, aunque exótico y grotesco para la sensibilidad contemporánea, no tenía elementos particularmente lejanos de la cosmovisión de cualquier alemán de su tiempo, que podía votarlo o repudiarlo, pero en ningún caso sentir demasiada extrañeza ante él. Poseía ingredientes tan familiares como por ejemplo el colonialismo, que tanta importancia seguía teniendo para Europa por entonces y que inspiró al geógrafo Karl Haushofer la idea de que Alemania necesitaba expandir sus territorios hacia el este, un «espacio vital» que pasaría a formar parte del ideario del NSDAP por influencia del propio autor, que militó en el partido desde su misma fundación… aunque luego caería en desgracia cuando su hijo participase años después en la Operación Valkiria, el atentado frustrado contra Hitler.
Hablar de colonialismo nos lleva a otro elemento con el que está estrechamente emparentado, el nacionalismo, paradójicamente la seña de identidad más íntima del partido y al mismo tiempo aquello que más extendido estaba en la sociedad alemana, facilitando así su crecimiento explosivo. La reunificación del país llevada a cabo por Bismarck unas décadas antes conocida como Imperio alemán o II Reich era un episodio que encendía muchos corazones germanos, al que añoraban con la misma intensidad con la que expresaban su repudio por lo que hoy llamados República de Weimar. El discurso nacionalista-romántico era hegemónico en las universidades del país (y en parte de la alta cultura, como las óperas de Wagner), y el hecho de que estas ofrecieran además una enseñanza de alto nivel que habían colocado a Alemania en la vanguardia científica y técnica reforzaba su prestigio por asociación y marcaba así a las élites que luego ocupaban posiciones influyentes. Parte de esas élites formaron en Múnich la llamada Sociedad Thule, una agrupación secreta cuyo emblema era una esvástica y cuyos intereses oscilaban entre la investigación de los orígenes de la raza aria, el ocultismo y la lucha contra el comunismo. Este grupo fundaría el DAP en 1919, que un año después de su creación sería refundado por Hitler como NSDAP. Su nacimiento al término de la Primera Guerra Mundial no era casual y de nuevo estamos ante una seña de identidad del partido que al mismo tiempo estaba profundamente enraizada en la sociedad del momento. Como dice Richard J. Evans en La llegada del Tercer Reich:
Los modelos castrenses de conducta habían sido algo generalizado en la cultura y la sociedad alemanas antes de 1914, pero después de la guerra se hicieron omnipresentes. El lenguaje de la política estaba impregnado de metáforas del periodo bélico, el partido rival era un enemigo al que había que aplastar, y la lucha, el terror y la violencia se convirtieron en armas ampliamente aceptadas y perfectamente legítimas en la contienda política. Había uniformes por todas partes. La política, invirtiendo un famoso adagio del teórico militar de principios del siglo XIX Carl von Clausewitz, se convirtió en una continuación de la guerra utilizando otros medios.
Buena parte de los altos cuadros del NSDAP empezando por el propio Hitler, así como de las camisas pardas que ejercían de milicias del partido, eran veteranos que habían quedado irremediablemente marcados por el conflicto. Hasta tal punto era importante esa experiencia vital que Goebbels atribuía en los mítines su cojera a una herida de guerra (en la que nunca participó). En ella habían encontrado su lugar en el mundo, una camaradería, unos valores… y repentinamente todo eso había terminado. La censura del gobierno les hizo creer en todo momento que estaban ganándola, de manera que interpretaron el armisticio como una traición judeo-socialista, fue el mito de «la puñalada por la espalda» que les hizo odiar al nuevo régimen surgido tras ella y, muy especialmente, al Tratado de Versalles que le puso fin. Consideraban una monstruosa afrenta al orgullo nacional la cantidad de territorios (más de la décima parte del país) que el tratado exigía, así como el desarme impuesto y las compensaciones económicas exigidas. 
Dichas compensaciones, junto con la carga que suponían las pensiones a veteranos incapacitados y huérfanos, terminaron estrangulando la economía alemana, que en 1923 sufrió una hiperinflación por la que, por ejemplo, un kilo de pan de centeno paso de costar ciento sesenta y tres marcos a doscientos treinta y tres mil millones en algo más de nueve meses. Con el dinero perdiendo todo su valor llegaron esas imágenes que todos hemos visto alguna vez de niños jugando a construcciones con pilas de billetes, muchos pequeños ahorradores se quedaron en la ruina y la delincuencia —obviamente no para robar dinero sino bienes personales y alimentos— se multiplicó. La economía pudo estabilizarse a partir de 1924, pero años después llegaría el crac del 29 y en torno a un 30% de los trabajadores se quedaría en el paro. Una cifra elevadísima, aunque en España no nos llame mucho la atención.
Finalmente, otro factor que no podemos dejar de mencionar es la revolución rusa de 1917. Las noticias que llegaban de la violencia que estaba desatando no eran nada tranquilizadoras y apenas un año después Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo fundaron el Partido Comunista de Alemania y casi simultáneamente tuvo lugar la Revolución de noviembre, que derivó en el intento de instaurar una república de inspiración soviética. Aunque finalmente resultó frustrado y ambos dirigentes asesinados, los insurrectos secuestraron y mataron a varios miembros de la mencionada Sociedad Thule, que pasaron a ser mártires e impulsaron así la reacción nazi. La escalada en el enfrentamiento entre comunistas y extrema derecha no se detuvo ahí y la Liga de Combatientes del Frente Rojo encontraría la horma de su zapato en las SA o Camisas Pardas. Hay una novela muy interesante al respecto, supuestamente autobiográfica, que se titula La noche quedó atrás y fue escrita con el seudónimo de Jan Valtin. Digo supuestamente porque la cantidad de aventuras que protagoniza este agitador al servicio del Komintern no se viven ni en diez vidas, irradiando tal heroísmo que fascinó a Pío Moa hasta el punto de fundar el grupo terrorista GRAPO para emularlo. 
En cualquier caso el libro recrea muy bien ese ambiente de radicalismo político y lucha callejera con huelgas constantes, sabotajes, asaltos a sedes de otros partidos, peleas multitudinarias y, en definitiva, cientos de muertos con el paso de los años. Un conflicto que iba polarizando la sociedad y que permitió a Hitler mostrarse como el hombre que llegaría para restablecer el orden. Lo cual no deja de ser paradójico pues buena parte de esa violencia fue originada por los propios nazis, verdaderos maestros de la violencia política. Puede decirse que el nacionalsocialismo era, al menos en este punto, marxista. Pero de la escuela de Groucho: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados». Solo que en vez de buscar problemas, los creaban.
Espartaquistas en una barricada en 1919. Foto: DP.
Espartaquistas en una barricada en 1919. Foto: DP.
Los sectores que más lo apoyaron
Este breve esbozo de la doctrina y el contexto del NSDAP visto hasta ahora nos muestran dos cosas, que en parte desmienten o al menos matizan la tesis de Fromm con la que iniciábamos el artículo. El partido tenía arraigo en la mentalidad y las tribulaciones de la sociedad alemana, de manera que no era —al menos de cara al electorado— una organización al servicio exclusivo de un grupo, unos intereses o una psicología determinadas. Era lo que los politólogos llaman hoy un catch-all party con aspiración de ser interclasista y entrar en todos los nichos. No había pues un votante arquetípico de Hitler. En segundo lugar quienes le votaron no es que tuvieran miedo (o no solo) a la libertad. Lo que les daba miedo era la violencia callejera, el desmoronamiento de las instituciones y el caos económico. No se sentían abrumados por las múltiples posibilidades que se abrían ante su futuro, sino por la frustrante ausencia de todas ellas.
Dado que en las elecciones de julio de 1932 lograron acaparar el 37,2% de los votos está claro que llegaron a todos los segmentos sociales, pero aun así pueden señalarse algunos en los que el apoyo fue superior a la media. En primer lugar la población rural, evidentemente muy receptiva al lema de «sangre y tierra» que pregonaban los nacionalsocialistas y que pasaba así a ser la guardiana de las esencias nacionales. De nuevo queda en entredicho la idea de Fromm del votante nazi como un urbanita desarraigado nostálgico de la tribu. De hecho Berlín, una enorme metrópolis de cuatro millones de habitantes, mantuvo hasta que ya no le quedó más remedio unos niveles bajos de adhesión al movimiento.
Otro pilar fundamental fueron los jóvenes. Aquella ocasión en la que Hitler afirmó que «cuando un opositor dice: “no me acercaré a vosotros”, yo le respondo sin inmutarme: “tu hijo ya nos pertenece”» resultó especialmente inquietante y vampírico entre otras cosas porque tenía, además, toda la razón. Su doctrina encajaba como un guante en la mentalidad juvenil y adolescente al primar la acción sobre la reflexión y la visión maniquea de la realidad frente a la escala de grises que suele proporcionar la edad. El énfasis en la fuerza, el vigor, la camaradería y la esperanza en el futuro encandilaba a la chavalería y quedaba reflejado en la importancia que se concedía a la organización de las Juventudes Hitlerianas y en que el mártir oficial del nacionalsocialismo —que dio nombre a su himno y protagonizó infinidad de exequias— fuera Horst Wessel, un joven muerto a los veintitrés años a manos de un comunista. En torno a la cuarta parte de los votos que lograron en 1930 provenían de gente que acudía a las urnas por primera vez.
También logró una gran aceptación entre las mujeres. El propio Hitler se jactaba de ello cuando decía que «las mujeres siempre han estado entre mis apoyos incondicionales» y que «hemos ganado más mujeres para nuestra causa que todos los demás partidos juntos». Cabe suponer que lo apoyaban porque, obviamente, compartían su visión de cómo debía ser el futuro de Alemania. Ahora bien, ¿por qué en una mayor proporción que el sector masculino? Se han planteado varias explicaciones y una de ellas que creo convincente es que se trata de un electorado levemente más conservador. Por poner un ejemplo próximo, en el referéndum escocés el «no» representaba la opción continuista, mientras que el «sí» entrañaba un salto al vacío (o al menos así lo describían sus detractores), de manera que entre los hombres la diferencia fue de seis puntos a favor del no, mientras que entre las mujeres se elevó hasta los doce puntos. Pues bien, en el contexto de violencia desatada en las calles e incertidumbre económica de la República de Weimar, la promesa de orden y autoridad tal vez resultara clave para aquel apoyo incondicional femenino del que hablaba el líder del NSDAP. Para conocer más detalles sobre esta cuestión pueden leer el artículo Our Last Hope: Women’s Votes for Hitler de la historiadora Helen A. Boak.
Por su parte, los protestantes mostraban más del doble de apoyo al partido que los católicos y también tenían mayor representación los funcionarios y la clase media baja, y el norte del país más que el sur. El NSDAP logró atraer a una buena parte de los que previamente votaban a los nacionalistas y a los conservadores aunque su éxito fue menor del que esperaban con los obreros y parados, que permanecieron relativamente fieles a los partidos socialdemócrata y comunista.
En conclusión, en mayor o menor medida en todos los grupos sociales un buen número de electores se inclinaron por esa opción ante la inusual combinación entre unas circunstancias históricas, sociales y económicas excepcionales, el intimidante uso de la fuerza en las calles de las SA y la formidable maquinaria propagandística ideada por Goebbels. La solución que escogieron fue el comienzo de otros muchos problemas y ni con el mayor de los sarcasmos se podría decir que disfrutasen de lo votado pero, de eso no hay duda, hicieron historia.
Hitler da un discurso en la Ópera Kroll. Foto: DP.
Hitler da un discurso en la Ópera Kroll. Foto: DP.