viernes, 14 de septiembre de 2012

PRENSA. "Un mensaje de Facebook movilizó 340.000 votos en un solo día", reportaje

Sombreritos antiestrés de Facebook repartidos en la Convención Republicana de Tampa. / GLEN STUBBE (CORDON PRESS) ("El país")

   En "El País":

Un mensaje en Facebook movilizó 340.000 votos en un solo día

El primer experimento social con 61 millones de personas revela el poder de la red

La propagación por amigos cercanos es la clave

 Madrid 13 SEP 2012

En solo unas horas del 2 de noviembre de 2010, jornada de votación de las últimas elecciones al Congreso de Estados Unidos, un simple mensaje en Facebook movió a las urnas a 340.000 personas que se habrían abstenido de otro modo. El mayor experimento social de la historia -su muestra fueron los 61 millones de norteamericanos en edad de votar que entraron en Facebook ese día- revela que las redes sociales son un modo eficaz de promover comportamientos en el mundo real. Y el mensaje es casi lo de menos: la clave está en saber lo que ha hecho con él tu lista de amigos.
El experimento es obra de James Fowler y sus colegas de los departamentos de ciencias políticas, psicología y genética médica de la Universidad de California en San Diego. Contaron con la colaboración de Adam Kramer y Cameron Marlow, dos investigadores de Facebook en Menlo Park, California, y presentan sus resultados en Nature.
"La participación electoral es sumamente importante en el proceso democrático", dice Fowler para justificar su experimento. "Nuestro estudio indica que la influencia social es la mejor forma de estimular la participación; y, de forma importante, mostramos que lo que ocurre on line importa un montón para el mundo real".

El estudio muestra que lo que ocurre en la Red importa en el mundo real
En la jornada electoral del 2 de noviembre de 2010 entraron a Facebook 61 millones de estadounidenses en edad de votar. Los investigadores mostraron a 600.000 de ellos, seleccionados al azar, un mensaje de animación al voto, sin sesgos partidarios. Llevaba el encabezamiento "Hoy es día de elecciones", un enlace a los colegios electorales de la zona, un botón pulsable de "yo ya he votado" y un contador con los usuarios de Facebook que ya habían pulsado el botón en ese momento. Ese fue uno de los grupos de control.
Mientras, la inmensa mayoría de los usuarios -60 millones, redondeando un poco- recibían el mismo mensaje, pero con una adición esencial: las fotos de seis amigos que decían "yo ya he votado" (es decir, que ya habían pulsado el botón en ese momento). Y, como segundo grupo de control, otros 600.000 usuarios, también elegidos al azar, no recibieron mensaje de ninguna clase.
Con esa inmensa base de datos, Fowler y sus colegas han podido calcular que el mero mensaje informativo -el control sin amigos- incrementó la participación en 60.000 votantes. Y que el mensaje social (la versión con amigos) la incrementó en otros 280.000 participantes. En total, 340.000 personas que votaron gracias al experimento.
Naturalmente, una cosa es pulsar el botón de "ya he votado" y otra es haberlo hecho realmente. De hecho, hay estudios anteriores que indican que mucha gente miente diciendo que ha votado para quedar bien ante quien le pregunta. Los investigadores eran plenamente conscientes de ello, pero pudieron medir con precisión el desfase entre lo virtual y lo real, o entre lo que la gente dice y lo que hace, gracias a que algunos Estados norteamericanos hacen públicos los registros de votantes, con nombre y apellidos.
Esto permitió al equipo de San Diego calcular que el 4% de los que pulsaron el botón no fueron a votar en realidad. Ese porcentaje de votantes de boquilla, o de botón fácil, ya ha sido descontado de los resultados presentados más arriba. El incremento de participación en 340.000 personas son votos de la vida real, no pulsaciones de botón.
Dando la vuelta al dato, resulta notable que el 96% de quienes dijeron haber votado lo hubieran hecho en verdad. En cuanto al 4% restante, Fowler resalta que esta parte del experimento se preparó de forma que Facebook no pudiera conocer los datos del registro real de votantes. Nadie ha sido delatado en la red social como un pulsador mendaz. Otra cuestión es cuánto podrá durar esa confidencialidad. Y otra más es si se preservará en los -predeciblemente- cientos de experimentos similares que se hagan en el futuro.Esto permitió al equipo de San Diego calcular que el 4% de los que pulsaron el botón no fueron a votar en realidad. Ese porcentaje de votantes de boquilla, o de botón fácil, ya ha sido descontado de los resultados presentados más arriba. El incremento de participación en 340.000 personas son votos de la vida real, no pulsaciones de botón.
La principal lección del experimento no es que las redes sociales sirvan para propagar un comportamiento en el mundo real, sino la forma precisa en que lo hacen. "La influencia de los amigos es lo que juega un papel esencial en la movilización política", dice Fowler. "No es el botón de 'yo he votado', ni la etiqueta de 'hoy es día de elecciones' que todo el mundo ha visto, lo que hace salir a votar a la gente; es la persona vinculada a ello".
Por ejemplo, los amigos de los usuarios que recibieron el mensaje salieron a votar mucho más que los amigos del grupo control, aquellos 600.000 que no recibieron ningún mensaje. El efecto se extiende al "segundo grado" de separación, es decir, a los amigos de los amigos que recibieron el mensaje. Y, tal vez esperablemente, la influencia más poderosa la ejercen los amigos más cercanos, que suelen ser los que uno se encuentra no solo por la red social, sino también por la calle.
Quizá el mundo no haya cambiado tanto, después de todo.

PRENSA. "De ti me fío; de usted, no", por Javier Martín. (Sobre el uso de Facebook y las redes sociales)


   En "El País":

De ti me fío; de usted, no

El sueño de cualquier publicitario es que su mensaje se transmita boca a boca

 12 SEP 2012

Nunca se habían felicitado tantos cumpleaños ni tan puntualmente. Redes sociales, agendas, calendarios han facilitado el recordatorio de fechas señaladas de amigos y familiares. Tampoco se escapa el último ofertón de zapatos de lujo a precios de escándalo porque al conocimiento de nuestros datos y nuestros gustos se añade el arma de la persistencia, el recordatorio permanente e insistente gracias a la omnipresencia de las redes sociales.
Internet no ha superado el arma soñada por cualquier campaña de marketing, el boca a boca. El secreto es cómo generar esa comunicación, a menudo espontánea y desinteresada. Nadie sabe, previamente, si una campaña publicitaria funcionará o no, si triunfará el vídeoclip viral, pero el sueño de cualquier publicitario es que el mensaje, más que verlo en sitios de pago, se transmita boca a boca, entre la gente, de un conocido a otro, de un amigo a otro.
Por el consejo de una persona cercana vamos a ver una película, escogemos dentista, el próximo colegio de los hijos. También nos pone las pilas para ir a la manifestación de turno o para plantarse delante de una vivienda en proceso de desalojo. ¿Por qué no va a tener éxito una campaña para ir a votar si el que me lo dice no es un político?
Así como está por evaluar fehacientemente la efectividad de la publicidad en las redes sociales y en Internet en general, sí se sabe que el impulso de comprar algo, de leer una novela o firmar por una causa justa aumentan drásticamente si la iniciativa parte desde alguien que conocemos y a quien le tenemos crédito. El cambio sustancial es que hoy las amistades se comunican al minuto por las redes sociales.
Finalmente, lo que ha hecho Zuckerberg lo visualizó hace 40 años el gran Roberto Carlos Braga cuando cantaba “Yo quiero tener un millón de amigos”. Probablemente el artista brasileño ya tenía el millón de amigos, ¿pero cómo juntarlos? ¿Cómo comunicarse con ellos? Hoy, gracias a Zuckerberg, todos sus fans estarían conectados. “Y así más fuerte poder cantar”. Y quien dice cantar, dice comprar, firmar o votar.

PRENSA CULTURAL. "Romanticismo del conocimiento", por Antonio Muñoz Molina

   En "El País":


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James Cook en Tahití, en un grabado del siglo XVIII. / DE AGOSTINI / GETTY IMAGES / DEA / G. DAGLI ORTI
Quizás no hay un gran libro que no contenga al menos un gran viaje. Uno de los mejores libros que yo he leído en bastantes años, La edad de los prodigios, del historiador británico Richard Holmes, está atravesado de la primera a la última página por los muchos viajes de la gran época de las exploraciones ilustradas, pero el marco temporal que cubre lo delimitan precisamente dos: dos vueltas al mundo, las dos tan llenas de aventuras que abarcarían cada una al menos una docena de novelas, las dos tan decisivas que cambiaron para siempre las vidas de quienes participaron en ellas y ensancharon en una escala revolucionaria los límites del conocimiento humano. En abril de 1769 el buque Endeavour, al mando del capitán James Cook, llegó a la isla de Tahití, en el curso de un viaje que iba a durar tres años, y cuya misión principal era observar el tránsito de Venus. En diciembre de 1831, el joven Charles Darwin, un naturalista aficionado, se embarcaba en el Beagle con la vaga tarea de hacerle compañía a su capitán y de realizar observaciones geográficas y botánicas en América del Sur. En nuestra época, dominada por la convicción idiota de que el pasado es un mundo de gente aburrida y provecta que a diferencia de nosotros lo ignoraba todo sobre las nuevas tecnologías, sorprende comprobar que los grandes exploradores y descubridores científicos de hace más de dos siglos fuesen gente tan joven: en 1831, Charles Darwin tenía 22 años; en abril de 1769, recién llegado a lo que parecía el paraíso terrenal de Tahití, Joseph Banks, el responsable de las observaciones astronómicas de la expedición de Cook, iba a cumplir 26.
Con un instinto para las simetrías inexactas que parecería más propio de un novelista, Richard Holmes empieza su libro con la llegada del Endeavour a Tahití, después de una travesía de más de seis meses desde Inglaterra, y lo termina con la partida del Beagle. El final de un gran libro es también muchas veces una perspectiva abierta sobre el porvenir que hay más allá de él, porque nos gusta que las historias se completen, pero también que nos recuerden que no hay trama que no sea incesante. Esa despedida narrativa de La edad de los prodigios es el comienzo de otra era en el conocimiento científico que ya es de algún modo la que vivimos nosotros: los cinco años de la vuelta al mundo de Darwin en el Beagle son el gran viaje educativo que dio lugar a El origen de las especies, que sigue estando en el centro de todas nuestras ideas sobre la vida y sobre el lugar de los seres humanos en la naturaleza, y que al cabo de más de siglo y medio, asombrosamente, aún provoca el escándalo de los integristas. Pero la gran ruptura de Darwin no habría sido posible sin una larga tradición de racionalidad y de observación empírica de las cosas que empieza en Inglaterra con Francis Bacon y Robert Hooke y continúa con Newton, y una generación más tarde con ese espíritu a la vez ilustrado y romántico que es el impulso del primer viaje de Cook.
Entre el viaje del Endeavour y el del Beagle, cuenta Richard Holmes, una misma pasión por el conocimiento impulsa a los investigadores que aún no se llaman científicos —el término en inglés, scientist, fue acuñado en 1834— y a los poetas a los que más tarde se llamaría románticos. Las divisiones exageradas más tarde por la miopía de los especialismos académicos nunca existieron. Samuel Taylor Coleridge era amigo de astrónomos, exploradores y químicos, y en su poesía y sus ensayos están presentes los debates científicos que le entusiasmaban tanto como la literatura. Keats y Shelley tuvieron formación médica. Humphry Davy, que hizo descubrimientos fundamentales en química, gustaba de los paseos solitarios por esos paisajes desolados en los que nadie había encontrado belleza hasta la irrupción de la mirada romántica, y escribió poemas casi con la misma fertilidad con que publicaba ensayos científicos. Ningún poeta ejercitó tan temerariamente la imaginación como el astrónomo William Herschel, que descubrió el planeta Urano, el primero que se añadía al Sistema Solar desde la Antigüedad. Fue Herschel quien concibió la idea del universo no como un templo o una bóveda en la que se movían ordenadamente los cuerpos celestes según las leyes de Newton, sino como un espacio de distancias que la luz tardaba millones de años en recorrer y en el que estrellas y galaxias estaban permanentemente formándose y destruyéndose. El devoto Haydn aseguraba que el sobrecogimiento de mirar por el telescopio de Herschel, el más grande construido nunca, le inspiró para componer su oratorio La Creación, que contiene alguna de la música más memorable de aquellos tiempos. Pero mucho antes de El origen de las especies, desde finales del siglo XVIII, las observaciones astronómicas de Herschel desbarataban implícitamente la veracidad obligatoria del relato bíblico: el espacio era mucho más grande de lo que había imaginado nadie y contenía muchos más soles y más mundos; el tiempo no podía medirse por las generaciones de la Biblia sino por la edad de las galaxias y la velocidad de la luz.
El conocimiento puro era una pasión tan heroica como la poesía y también una manera práctica de mejorar la vida de las personas y de establecer una fraternidad que estuviera por encima de las lealtades nacionales. William Herschel era un alemán que hizo toda su carrera en Inglaterra. Científicos británicos y franceses se mantenían en comunicación incluso durante las guerras napoleónicas. Ilustración y Romanticismo se combinan en los viajes de Mungo Park en busca de una Tombuctú que parece inventada en los sueños del opio y en el empeño de Humphry Davy por lograr una lámpara segura para los mineros del carbón, que morían en accidentes terribles cuando las llamas de sus candelas provocaban explosiones de metano, quemándolos o sepultándolos vivos bajo los aludes. El relato meticuloso de la invención de la lámpara de Davy absorbe tanto como el de las aventuras eróticas del joven Joseph Banks en Tahití o las primeras ascensiones en globo o las noches en vela de William Herschel y su hermana Caroline explorando el cielo con el telescopio. En nuestro país, décadas de adoctrinamiento en la ignorancia instigado por una mafia política agresivamente analfabeta han desprestigiado y casi extinguido el amor por el saber, lo han convertido en una especie de antigualla sombría que solo es tolerable si la reduce a unas cuantas pildoritas de colores administradas lúdicamente y con el adecuado envoltorio tecnopedagógico: en La edad de los prodigios Richard Holmes vuelca toda su erudición y todo su talento narrativo en el gran relato épico de la pasión humana por aprender, por descubrir, por explorar, por experimentar, por imaginar con solidez y rigor lo que todavía no se sabe si existe, la atracción del misterio que está en la raíz de la ciencia y de la literatura, la alegría de dedicar la vida a una vocación exigente, tan fértil para uno mismo como para los otros. Miguel Martínez-Lage murió cuando lo estaba traduciendo. Puedo imaginar cómo disfrutaría con ese trabajo, él que amaba tanto la buena prosa en inglés.
La edad de los prodigios. Terror y belleza en la ciencia del Romanticismo. Richard Holmes. Traducción de Miguel Martínez-Lage y Cristina Núñez Pereira. Turner. Madrid, 2012. 686 páginas. 32 euros.

jueves, 13 de septiembre de 2012

POESÍA. "Densos velos te cubren, poesía", de Olga Orozco (Argentina, 1920-1999)

Olga Orozco

Densos velos te cubren, poesía

No es en este volcán que hay debajo de mi lengua falaz donde te busco,
ni en esta espuma azul que hierve y cristaliza en mi cabeza,
sino en esas regiones que cambian de lugar cuando se nombran,
como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo.
Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol,
atisbando en el cielo una señal,
la sombra de un eclipse fulgurante sobre el rostro del tiempo,
una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta.
Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido
Para poder leer en estas piedras mi costado invisible.

Pero ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí.
¡Variaciones del humo, retazos de tinieblas con máscaras de plomo,
meteoros innominados que me sustraen la visión entre un batir de puertas!
Noches y días fortificada en la clausura de esta piel,
escarbando en la sangre como un topo,
removiendo en los huesos las fundaciones y las lápidas,
en busca de un indicio como de un talismán que me revierta la división y la caída.
¿Dónde fue sepultada la semilla de mi pequeño verbo aún sin formular?
¿En que Delfos perdido en la corriente
suben como el vapor las voces desasidas que reclaman mi voz para manifestarse?
¿Y cómo asir el signo a la deriva -ese y no cualquier otro-
en que debe encarnar cada fragmento de este inmenso silencio?
No hay respuesta que estalle como una constelación entre harapos nocturnos.
¡Apenas si fantasmas insondables de las profundidades,
territorios que comunican con pantanos,
astillas de palabras y guijarros que se disuelven en la insoluble nada!

Sin embargo
ahora mismo
o alguna vez
no sé
quién sabe
puede ser
a través de las dobles espesuras que cierran la salida
o acaso suspendida por un error de siglos en la red del instante
creí verte surgir como una isla
quizás como una barca entre las nubes o un castillo en el que alguien canta
o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos encendidos.

¡Ah las manos cortadas,
los ojos que encandilan y el oído que atruena!
¡Un puñado de polvo, mis vocablos!

PRENSA. "¿Qué país es este?", por Manuel Rivas

Manuel Rivas

   En "El País":

¿Qué país es este?

El "matonismo" se propaga como incendio populista cuando se convierte en estilo oficial

 8 SEP 2012
En alguna prensa alemana todavía se habla del “orgullo español” para explicar las reticencias a la hora de pedir un nuevo rescate. Depende. Hay días de orgullo y días de sumisión. Incluso abundan los días en que el servilismo ante el poderoso, como Eurovegas, tiene su reverso en un matonismo de Estado que maltrata y humilla al más débil. Los mismos dirigentes dispuestos a besar los pies y otras anatomías a mister Adelson son los que decretan un apartheid sanitario en España e incumplen las obligaciones humanitarias y los convenios internacionales, como ha ocurrido en Isla de Tierra. Personas indefensas, en absoluto desamparo, son expulsadas del territorio español, con alevosía y nocturnidad, sin intervención judicial, arrojadas como bultos. El matonismo se propaga como incendio populista cuando se convierte en estilo oficial. Dada la pública devoción de nuestros gobernantes, esperamos con ansiedad un milagro de la Conferencia Episcopal, al menos un twitter que diga: “Amarás al prójimo casi como a ti mismo.” Algo así. Yo siempre he creído que no se caerían las vigas del Cielo, pero la destrucción de nuestro modelo de sanidad universal tiene esa equivalencia. Rota esa viga, el tejado empezará a crujir. El matonismode las elites también se contagia al medio ambiente. ¿De dónde han salido esos talibanes castizos que despellejan a la concejal de Los Yébenes, llamándola en la calle “puta” y “zorra”, siendo ella la víctima, a quien han robado su principal pertenencia, su libertad? Pero en contraste con la “hiel sempiterna”, hay una España con el orgullo, este sí, de ser solidaria, como muestra la red asistencial tejida para los “desechados” por el Estado. En la película Los compañeros, Marcello Mastroianni, un profesor huido, se apea en una estación de tren y pregunta: ¿Que paese è queste? Y alguien responde: Queste è un paese di merda. No podemos permitirlo. No podemos resignarnos a que hagan de nuestro país un país de mierda.

PRENSA. Sobre el uso del 'hiyab'. Reportaje

   En "El País":

Cámara, acción... velo

El ‘hiyab’, censurado hasta ahora, llega a la tele pública de Egipto... ¿Para hacerse obligatorio?


Una mujer sin velo es acosada en una calle de El Cairo. / AHMED ABDELATIF (AP) ("El País")
Antes de que Bollywood encarnara una alternativa oriental al cine de masas norteamericano, la industria egipcia ya producía películas y series de televisión que desbordaban las fronteras de su país. En aquella época, los años cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo, las mujeres que aparecían en los inevitablemente melodramáticos celuloides egipcios llevaban minifaldas y sus cabellos lucían unas permanentes de lo más rococó. Solo las actrices que hacían de abuelas o campesinas se cubrían con el hiyab o velo islámico.
En esos tiempos, Nasser bromeaba en público sobre las demandas de los Hermanos Musulmanes para que el hiyab fuera obligatorio en el valle del Nilo. Y la gente reía y aplaudía cuando el carismático rais rechazaba aquellas “anticuadas” ideas como se espanta una mosca.
Hoy, sin embargo, la mayoría de las muchachas que pasean por las riberas cairotas del Nilo llevan pañuelos en la cabeza, aunque sus camisetas y faldas sean sugestivamente ceñidas y sus maquillajes, estridentes. Y, atención, muchas de ellas son estudiantes o licenciadas universitarias que hablan inglés tan bien como el árabe, defienden la igualdad de los géneros, aspiran a casarse con un hombre al que amen de verdad y se comunican con sus amigos por Facebook, Twitter y WhastApp desde teléfonos móviles. Es este un fenómeno que se extiende desde Estambul a Casablanca.
La reislamización desde la base propuesta por movimientos conservadores como los Hermanos Musulmanes egipcios y sus parientes ideológicos en otros países de norte de África y Oriente Próximo, ha funcionado. Para muchos hombres y mujeres ha sido un modo de rebelarse en las últimas décadas contra las autocracias seculares que les asfixiaban y contra sus padrinos occidentales.
Así que era de esperar que ocurriera lo que ocurrió el domingo 2 de septiembre, cuando, por primera vez en la historia de la televisión pública egipcia, una periodista presentó el telediario con un pañuelo blanco que le tapaba la melena y el cuello. Era Fatma Nabil, que lo celebró así en Twitter: “Al fin, la revolución ha llegado a Maspero (la sede de la televisión estatal egipcia)”. Y es que lo que estaba prohibido hasta entonces era lo contrario: que una periodista apareciera en la tele pública con una prenda que hoy usa el 70% de sus congéneres.
Tras la caída del imperio otomano, Ataturk inició en Turquía un proceso de secularización manu militari que, con las independencias obtenidas después de la II Guerra Mundial, siguieron otros dirigentes árabes y musulmanes, fueran de derechas o de izquierdas. Las barbas de los varones y los velos de las mujeres se convirtieron en anacronismos a erradicar en el Túnez de Burguiba, el Egipto de Nasser, la Siria baasista o el Irán del sha. Lamentablemente, aquellos esfuerzos por imponer el laicismo no iban parejos con la democracia. Eran autoritarios.
Los egipcios Nasser, Sadat y Mubarak no querían ver un hiyab en sus telediarios ni en pintura. Las presentadoras debían aplicar un código estético “moderno”: el establecido por las esposas de los presidentes, en particular Yihan el Sadat y Suzanne Mubarak, que vestían trajes occidentales y exhibían un brushing impecable. La propia Fatma Nabil fue expulsada de Maspero por aspirar a usar el velo en la pequeña pantalla.

El poder egipicio dice que normaliza en la pantalla lo que es normal en la calle
El sábado 1 de septiembre, el fin de este medio siglo de proscripción del hiyab fue anunciado por Salah Abdel-Maksud, ministro de Información en el primer gobierno formado por Mohamed Morsi, el dirigente de los Hermanos Musulmanes que ganó en junio las primeras elecciones presidenciales democráticas en la milenaria historia de Egipto. El ministro lo justificó con un argumento “liberal”: las periodistas, dijo, tendrán en adelante libertad para decidir si se tapan o no los cabellos ante las cámaras de la televisión pública.
Dicho así… Lo que ocurre, no obstante, es que los islamistas, por moderados que se pretendan y por mucho que gobiernen como resultado de unas elecciones libres, tienen aun menos credibilidad en materia de tolerancia que la derecha del fundamentalismo cristiano de Estados Unidos. Y ello tanto en el Egipto de los Hermanos Musulmanes como en la Turquía del AKP, el Túnez de En Nahda o el Marruecos del Partido Justicia y Desarrollo. Su defensa de la libertad para taparse el pelo no la aplican a otras cosas. Por ejemplo, a proteger a las mujeres que son acosadas en la calle por no llevar el hiyab, a defender a cristianos, laicos y progresistas de las agresiones salafistas o a despenalizar la blasfemia.
Así que las feministas laicas egipcias han acogido con luz ámbar la novedad aportada por la llegada del velo a la televisión estatal. Sospechan que, bajo el ropaje de la libertad de elección, se esconde un paso más en el empeño de los Hermanos Musulmanes en imponer en el valle del Nilo su visión integrista de la religión revelada en El Corán.
“Hay que admitir que periodistas como Fatma Nabil sufrían una discriminación: tenían todas los requisitos profesionales necesarios para salir en la tele pública, pero no podían hacerlo porque llevaban el hiyab”, dice Saly Zohney, del movimiento de defensa de los derechos de las mujeres Baheya Ya Masr. “Lo que nos inquieta”, añade, “es que ahora el hiyab se convierta en la norma y las profesionales que no lo lleven sean represaliadas”.

Los Hermanos Musulmanes no son creíbles cuando invocan la tolerancia
Los que promovieron la Primavera Árabe no pretendía sustituir un autoritarismo secular por uno islamista. Es el caso de Randa Achmawi, una periodista egipcia con una larga trayectoria como combatiente por los derechos humanos en su país. Achmawi cree que, “en principio”, el que una mujer con un hiyab presenta un noticiero de la televisión pública de su país “no debería suscitar mayor polémica”. “Del mismo que defiendo el derecho a no ser obligada a llevar el pañuelo si no se quiere, tengo que respetar el derecho a llevarlo si se quiere”, dice.
Achmawi añade: “El verdadero problema es que esto ocurre cuando el nuevo presidente, Morsi, está poniendo freno a la libertad de prensa surgida de la revolución de Tahrir, situando a su gente al frente de los medios de comunicación públicos, manipulándolos como lo hacía Mubarak y usándolos para expandir la ideología de los Hermanos Musulmanes. En este contexto, una mujer con hiyab en la tele estatal puede enviar el mensaje de que todas las mujeres deben llevarlo y de que están justificados los ataques contra las que no lo lleven”.
Decenas de miles de mujeres participaron en los movimientos populares tunecino y egipcio que terminaron derrocando a Ben Alí y Mubarak. “Muchas usaban pañuelos u otras señales de conservadurismo religioso, mientras que otras se deleitaban con la libertad de poder besar a un amigo o fumar un cigarrillo en público”, observó en su momento la escritora norteamericana Naomi Wolf. El protagonismo de tuiteras como Mona Seif y Gigi Ibrahim fue ampliamente recogido en los medios internacionales. Y como recordó Gema Martín Muñoz, entonces directora de la Casa Árabe, esto era el resultado de otro fenómeno crucial en los últimos lustros en el norte de África y Oriente Próximo: el progresivo acceso de las mujeres a la educación y el trabajo fuera de casa.
Pero la misoginia no tardó en reaparecer, y con fuerza. Lo recuerda Olga Rodríguez, periodista y autora de Yo muero hoy. Las revueltas en el mundo árabe (Debate, 2012). Tras el momento fraternal de Tahrir, la violencia de género de las fuerzas de seguridad egipcias contra mujeres manifestantes se acentuó. Su episodio más conocido fue la brutalidad con que fue semidesnudada por uniformados la que pasaría a ser universalmente conocida como “la chica del sujetador azul”.

La Primavera Árabe no quería sustituir autoritarismo secular por islamista
Rodríguez rememora: “Otro de los episodios más terribles tuvo lugar el pasado año, también con la Junta Militar en el poder, cuando 17 mujeres detenidas en una manifestación fueron sometidas por los soldados a exámenes de virginidad”. Y prosigue: “Pues bien, esas jóvenes valientes, que siguen batallando para que sus agresores sean juzgados, llevaban hiyab. Conozco personalmente a muchas egipcias que lo llevan y son libres y activas. Esa prenda no es necesariamente sinónimo de sumisión”.
A mediados de la pasada década, la periodista inglesa Allegra Stratton viajó a Oriente Próximo para compartir la vida de sus jóvenes y formarse así su propio criterio. Su conclusión fue el nuevo Oriente Próximo es “joven, cool y devoto”. Joven, porque la mayoría de sus habitantes son menores de 25 años. Cool, porque esa gente está plenamente inmersa en la cultura de las cadenas de televisión musicales vía satélite, la comunicación a través de móviles inteligentes y la socialización en redes ciberespaciales. Y devoto, porque, sí, es más religiosa que lo fueran las generaciones anteriores, las del nasserismo.
Stratton escribió un libro (451 Editores, 2009) en el que sale, por supuesto, el asunto del hiyab; de hecho, el neologismo muhayababes que le da título quiere decir “chicas con pañuelo”. Y sale para informar de que los musulmanes aún discuten sobre si la obligación de llevarlo esté claramente explicitada en el Corán: de hecho, las mujeres de las familias reales de Marruecos y Jordania, que se dicen descendientes de Mahoma, no lo llevan salvo en ceremonias religiosas. Y también para constatar que cada vez son más las jóvenes musulmanas universitarias y profesionales que lo usan. ¿Coaccionadas? “Algunas sí; muchas”, subraya Stratton, “no”.
Lleven los cabellos velados o al aire, a no pocas árabes les parece que existe cierta obsesión europea por el hiyab. Creen más importante continuar con el proceso en marcha de acceso a la educación y de la lucha por la igualdad jurídica y efectiva en los terrenos político, económico, laboral y familiar. “No veo mal que el velo llegue a la televisión pública egipcia; no ha sido una imposición, ha sido la propia Fatma Nabil quien ha aprovechado el contexto para reclamar un derecho”, dice Ouissal El Hajoui, una joven periodista tangerina formada en España.

Aumentan las agresiones callejeras contra chicas con la cabeza descubierta
El Hajoui, que no se cubre, señala algo que suele sorprender a las occidentales: “Muchas feministas musulmanas han hecho del velo una bandera de emancipación”. ¿Feministas musulmanas? Pues sí, no pocas de las jóvenes que hoy se cubren con hiyab en el norte de África y Oriente Próximo no lo hacen forzadas por novios, maridos o padres, sino voluntariamente. Lo asocian tanto con la religiosidad como con el igualitarismo y el feminismo. Por extraño que esto pueda parecer en la ribera septentrional del Mediterráneo, piensan que dificulta diferenciar en público a las mujeres ricas de las pobres, y que pone barreras a la explotación del cuerpo de la mujer por el hombre.
¿Es el uso del velo —hablo del hiyab, no del burka, el nikab u otros instrumentos espectacularmente carcelarios— en sí mismo una manifestación de discriminación y opresión de la mujer? Así lo cree el sentimiento dominante hoy en Occidente, aunque cabe recordar que esta prenda no fue inventada por el islam, sino que ya estaba en las tradiciones de judíos y cristianos (las judías lo siguen usando hoy para rezar en el Muro de las Lamentaciones, y las cristianas si se hacen monjas). El dios de Abraham es duro con las mujeres.
Volvamos a Egipto: la revolución de Tahrir expresó la sed de libertad y dignidad de una amplia parte de su juventud, pero, más organizados y disciplinados, los Hermanos Musulmanes terminaron ganando las primeras elecciones. Y una democracia no son solo comicios, también reglas de juego y cortafuegos institucionales que impidan el abuso del poder por parte de cualquier facción. Lo preocupante es que las urnas hayan dado a los islamistas la tarea de construirlos. Para aquellos hombres y mujeres que luchan por la igualdad de los géneros y consideran que esta es, precisamente, una de las grandes asignaturas pendientes del mundo árabe, eso es un motivo de inquietud.
Y no tranquiliza el que Randa Achmawi informe de que las agresiones callejeras contra egipcias, desde tocamientos hasta linchamientos verbales, aumenten bajo el gobierno de los Hermanos Musulmanes. De preferencia a las que no llevan velo.

PRENSA. "El declive de las clases medias", reportaje

Reparto de alimentos de Cáritas. / REUTERS ("El País")

   En "El País":

El declive de las clases medias

La crisis está echando hacia abajo un estamento esencial para la democracia

Los pobres no serán mayoritarios en 2020 gracias al auge económico de Asia

 1 JUL 2012 

Mientras en las economías emergentes ascienden las clases medias, en las occidentales descienden, aunque los niveles de vida y de seguridad ante el futuro de unas y otras no sean (¿aún?) comparables. Es el resultado desigual de la última fase de la globalización y de la crisis vivida en Europa y en EE UU desde 2007-2008. Pero si el ascenso de las clases medias puede llevar a pedir más apertura política en sus economías emergentes, su declive en el hemisferio norte puede amenazar el consenso político, social y económico que prevalecía hasta ahora y socavar las bases sobre las que se asienta la democracia y los sistemas políticos occidentales, incluida esa construcción básica que es la Unión Europea.
Como indican Heather Boushey y Adam Hersh, del Center for American Progress en Washington respecto a la clase media de EE UU (pero que también es válido para Europa), “la interacción y concurrencia de la creciente desigualdad con el colapso financiero y la Gran Recesión han planteado nuevas cuestiones sobre si una clase media debilitada y la mayor desigualdad deben entrar a formar parte de nuestra forma de pensar sobre los motores del crecimiento económico”. Pues, en efecto, salvo excepciones, este era un asunto de sociólogos y no de economistas, si bien la Economía se está viendo obligada a entrar cada vez en estas cuestiones, pues afectan directamente a su objeto de estudio. Una clase media fuerte, indican estos autores, impulsa el desarrollo del capital humano y de una población educada; crea una fuente estable de demanda de bienes y servicios y de financiación de servicios públicos a través de impuestos; incuba la siguiente generación de emprendedores y apoya instituciones políticas y económicas inclusivas, que a su vez sostienen el crecimiento económico. Y, cabe añadir, vota a opciones políticas moderadas que hacen posible el entramado institucional que da soporte a ello.
Ya el politólogo de Stanford Francis Fukuyama previno recientemente en un artículo en Foreign Affairs que la democracia liberal en el mundo occidental puede no sobrevivir a un declive de las clases medias. Si sigue su curso destructivo, la crisis económica puede llevar a una gran crisis social y política. Ya ocurrió en los años treinta. En esto Fukuyama puede estar más acertado que con su tesis de 1989 sobre el fin de la Historia.
No hay pleno acuerdo entre los especialistas sobre la definición de clase media, cuyos límites son, por definición, ambiguos y relativos. Algunos sociólogos la circunscriben a satisfacer las necesidades básicas más algunos extras: desempeñar una ocupación cualificada en el sector industrial o de cualificación media en el sector servicios y/o tener alguna propiedad. Otros, para comparaciones internacionales, utilizan la medida de un gasto diario entre 10 y 100 dólares al día (62 euros, en paridad de poder de compra).

Una buena posición social se mide por el gasto diario, unos 62 euros
Según el informe sobre Tendencias Globales 2030 del Instituto de Estudios de Seguridad de la UE, la clase media global está creciendo. De 1.800 millones en 2009, llegará a 3.200 millones en 2020, y a 4.900 millones (de un total de 8.300 millones de habitantes) en 2030. Se apunta 2022 como el primer año en el que habrá más gente de clase media que pobres en el mundo. El 85% de este crecimiento social se dará en Asia, y especialmente en China que ya cuenta con 160 millones de consumidores de clase media. Pero también en África o en América Latina. Dos terceras partes de los brasileños, según este estudio, se considerarán en 2030 de clase media. Mientras, las clases medias de Europa y Norteamérica pasarán de representar el 64% del consumo total mundial en 2009 a un 30% en 20 años.
Una razón de esta transformación es que las ocupaciones de las clases medias occidentales están teniendo que competir con las nuevas clases medias de las economías emergentes, con costes laborales más bajos y niveles educativos cada vez más altos. Si la globalización afectaba al principio a los salarios más bajos y menos cualificados en Occidente, en los últimos 10 años ha alcanzado a esas clases medias. La globalización las está convirtiendo en perdedoras de este proceso, como señala el economista Dany Rodrik en su libro La paradoja de la globalización.
Ya antes de la crisis, Massimo Gaggi y Edoardo Natuzzi en un libro titulado El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste describían la situación de los mileuristas, condición que la actual situación está convirtiendo en privilegio ante el desempleo creciente y la reducción salarial. Sin embargo, con los productos y servicios de bajo coste y con el pirateo en Internet de la oferta cultural, la clase media se adapta en una cierta medida.
La crisis ha afectado a la clase media en España y otros países de Europa. Pero no cabe olvidar que es a los más pobres a los que más ha dañado. Con los datos disponibles, es a quienes, en España y otros países de nuestro entorno, más ha golpeado la crisis, pues han perdido más poder de compra y tienen más paro, cuando, además, las clases bajas tienen menos capacidad de movilización y de articular sus demandas.

Los salarios holgados sostienen los servicios públicos
En Estados Unidos, los últimos datos para 2010 de la Encuesta de Finanzas del Consumo de la Reserva Federal (publicados cada tres años) muestran que la riqueza de la familia media ha retrocedido de la mano de la crisis a niveles de 1992, es decir, que dos décadas de prosperidad acumulada se han visto borradas. Esta pérdida de riqueza se debe sobre todo a la depreciación de la vivienda, de un 32% entre 2007 y 2010, una cifra que se asemeja a la española. Hay otros datos preocupantes para las clases medias. Así, en EE UU por vez primera, una mayoría de los parados han pasado por la universidad. Aunque esto se debe más bien al aumento del número de universitarios, no a que la probabilidad de estar en paro sea mayor para los universitarios que para el resto de la población.
En España, según el último informe de la Fundación CYD, la cifra de parados entre 25 y 64 años de edad con un título de grado superior —base de las clases medias— se había multiplicado en España por 2,86 a finales de 2011 en relación con el último trimestre de 2007. Los parados registrados con un título universitario en nuestro país representan un 12,4% de los licenciados (frente a una media de 5,2% en el conjunto de la UE). Es decir, que la educación superior sigue siendo un elemento que favorece el estatus social.
Queda un tema más de fondo que se ha dado en nuestro país de forma más reciente que en otros de nuestro entorno: en España, el proceso de movilidad social ascendente hasta los ochenta tuvo mucho que ver con el cambio estructural, al pasar una mayoría de ocupaciones agrarias e industriales de baja cualificación a otras de mayor cualificación y en servicios. Dado que ese cambio estructural no volverá a producirse en las sociedades avanzadas, las expectativas de movilidad se verán considerablemente reducidas. Los que pertenecen a las clases medias aspiran ahora a no caer, no ya a subir.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

POESÍA. "Se descolgó el silencio...", de Olga Orozco (Argentina, 1920-1999)

Olga Orozco

Se descolgó el silencio...

Se descolgó el silencio,
sus atroces membranas desplegadas como las de un murciélago anterior al diluvio,
su canto como el cuervo de la negación.
Tu boca ya no acierta su alimento.
Se te desencajaron las mandíbulas
igual que las mitades de una cápsula inepta para encerrar la almendra del destino.
Tu lengua es el Sahara retraído en penumbra.
Tus ojos no interrogan las vanas ecuaciones de cosas y de rostros.
Dejaron de copiar con lentejuelas amarillas los fugaces modelos de este mundo.
Son apenas dos pozos de opalina hasta el fin donde se ahoga el tiempo.
Tu cuerpo es una rígida armadura sin nadie,
sin más peso que la luz que lo borra y lo amortaja en lágrimas.
Tus uñas desasidas de la inasible salvación
recorren desgarradoramente el reverso impensable,
el cordaje de un éxodo infinito en su acorde final.
Tu piel es una mancha de carbón sofocado que atraviesa la estera de los días.
Tu muerte fue tan solo un pequeño rumor de mata que se arranca
y después ya no estabas.
Te desertó la tarde;
te arrojó como escoria a la otra orilla,
debajo de una mesa innominada, muda, extrañamente impenetrable,
allí, junto a los desamparados desperdicios,
los torpes inventarios de una casa que rueda hacia el poniente,
que oscila, que se cae,
que se convierte en nube.

PRENSA. "Suicidios", por Almudena Grandes


   En "El País":

Almudena Grandes

Suicidios

Una despiadada maquinaria nos guía hacia la hecatombe con pulso firme

 10 SEP 2012

De un tiempo a esta parte, siento que mis percepciones se tambalean. Mi capacidad para entablar relaciones con la realidad está herida de muerte por la obstinación de unos acontecimientos empeñados en desmentir la experiencia acumulada a lo largo de mi vida. Y me temo que el error no está en mis ojos, sino en el paisaje que contemplan.
Este fenómeno, que comenzó en la última etapa de Zapatero, se ha ido agudizando cruelmente desde entonces. La oposición que ejercía el PP, dispuesto a llevarse por delante lo que fuera con tal de conquistar el poder, me persuadió de que Rajoy contaba con algunas garantías ocultas, capaces de transformar en un golpe magistral lo que parecía un suicidio clamoroso. Consumado el suicidio en toda su implacable magnitud, me enfrento cada día a la incomprensible saña de un moribundo que, después de ahorcarse, se cose a sí mismo a puñaladas. Una despiadada maquinaria nos guía hacia la hecatombe con pulso firme. Las últimas medidas anticrisis del gobierno, liquidación de servicios públicos asociada a una constante escalada de impuestos indirectos, que encogerán aún más el consumo y repercutirán en la ruina de muchas pequeñas empresas y comercios, que enviarán a su vez al paro a más trabajadores para crear no sólo una angustia incomparable en miles de familias, sino un incremento en el pago de subsidios que engrosará la deuda de un estado hipotecado hasta las cejas, arrojan ya datos apocalípticos. En 2020, el pago de los intereses de la deuda equivaldrá al 100% del PIB. En estas condiciones, la sonrisa de Rajoy, las declaraciones de Guindos, las intuiciones de Aguirre, me sumen en una estupefacción para la que no encuentro adjetivos.
Los gobiernos suicidas son muy peligrosos. Cuando no tengan bastante con pedirnos que nos abrochemos el cinturón, empezarán a exigirnos que nos cortemos las venas.

PRENSA. Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (9 septiembre 2012):

PRENSA. "La construcción social de la estupidez", por Daniel Innerarity

Daniel Innerarity

   En "El País":

La construcción social de la estupidez

No hay inteligencia colectiva si las sociedades no gobiernan su futuro

 3 JUL 2012

No podríamos explicar la naturaleza de lo que llamamos la sociedad del conocimiento si no fuéramos capaces de entender por qué se producen también en ella fracasos colectivos de mayor envergadura incluso que los cometidos por sociedades en las que el saber no ocupaba un lugar tan central. ¿Por qué colapsan las sociedades? ¿Qué razones explican el hecho de que, estando en una sociedad que puede ser más inteligente que sus miembros, también podamos ser más estúpidos de lo que lo somos individualmente considerados? En medio de una crisis económica sin precedentes y que es el resultado, no tanto de errores individuales (que también), como de torpezas colectivas, responder a esta cuestión es más necesario y algo previo a todo aquello que se recomienda en los discursos para “salir de la crisis”.
Alguna explicación ha de tener nuestra peculiar exposición a los errores colectivos y las malas decisiones que no cometemos por carecer de los instrumentos adecuados sino que están incluso inducidos por su sofisticación. Pensemos, por ejemplo en la oscilación entre euforia y decepción económica, que no tendría las actuales dimensiones críticas si no fuera por la potencia financiera de nuestros sistemas económicos; la extensión de los rumores se incrementa con nuestra densidad comunicativa y da lugar a fenómenos como el trolling y el flaming en internet; lo que Hardin llamaba “the tragedy of the commons” sintetiza muy bien esa mezcla fatal de interdependencia, contagio e incapacidad organizativa para agregar las decisiones de manera que tengan efectos catastróficos.
Una explicación de los “wiki-errores” es el hecho de que, en toda sociedad, pero más en una sociedad compleja, estamos manejando información de otros y obligados a confiar en otros. Nuestro mundo es de segunda mano, mediado, y no podría ser de otra manera: sabríamos muy poco si solo supiéramos lo que sabemos personalmente. Nos servimos de una gran cantidad de prótesis epistemológicas. Nuestro suplemento cognoscitivo está edificado sobre la confianza y la delegación. No tenemos más remedio que confiar en otros y confiar en la información que otros nos proporcionan. Esta circunstancia es la causa de las grandes conquistas de la humanidad, pero también de los peores errores. La confianza puede demostrarse excesiva o insuficiente, los rumores se propagan sin objetividades que los puedan frenar, el pánico resulta más contagioso en un mundo de apreciaciones difícilmente refutables... La facilidad con la que se quiebra esta confianza (algo que se observa en el pánico económico, la falta de crédito o la desafección política, por ejemplo) pone de manifiesto hasta qué punto son frágiles nuestras sociedades.
Hay buenos motivos para pensar en muchas ocasiones que cuando una opinión es compartida por muchos probablemente debamos tenerla por verdadera. Pero también resulta fascinante la experiencia contraria: los grandes errores colectivos, la reverberación de los errores, desde su forma más inofensiva como lugares comunes hasta la infamia del linchamiento. Muchas personas viven en nichos de información y a veces se crean dinámicas que hacen eco, que extienden los errores, los encadenan e incluso fortalecen, dando lugar a enormes fracasos colectivos. Y no pensemos únicamente que se trata de errores extendidos por los que menos saben del asunto en cuestión. Existen también errores que son típicos de la agregación de los saberes y las decisiones de los expertos, fallos de la gente especializada, que suelen ser más irritantes en la medida en que teníamos derecho a suponer de ellos una especial clarividencia como, por ejemplo, los reguladores, organismos supervisores o agencias de rating.
Otra fuente de torpeza colectiva proviene de lo que podríamos denominar “invisibilidad de lo común”. Para que las interacciones pueden dar lugar a círculos virtuosos debería ser posible que los actores dispusieran de un retorno de impacto de su acción personal sobre el conjunto. Muchos errores colectivos se deben previamente a la dificultad de situar las consecuencias de la acción en su globalidad. En una sociedad compleja lo decisivo es la interconexión, los riesgos sistémicos, y no tanto los comportamientos individuales. Por eso no deberíamos esperar demasiado de las virtudes de sus componentes ni indignarnos en exceso con sus miserias. Nuestra perplejidad se debe a no haber entendido que es esa interacción la que hemos de comprender y gestionar.

El futuro es una construcción que tiene que ser anticipada con cierta coherencia
Buena parte de las malas decisiones que están en el origen de los fracasos colectivos se deben a una mala agregación de decisiones, que no eran más que la mera adición de preferencias individuales a corto plazo. Pensemos, por ejemplo, en el carácter autodestructivo del impulso proteccionista (que fue el verdadero causante de la crisis económica del 1929) o en el problema de las burbujas financieras de 2008 (la dificultad de detener un proceso en el que todos son beneficiarios inmediatos y el desastre se sitúa en el largo plazo). Los mercados, por ejemplo, son sistemas de agregación de conocimiento y preferencias y a estas alturas todos sabemos lo provechoso que suele ser este procedimiento para la coordinación de nuestras acciones, pero también conocemos sus limitaciones, sus derivaciones catastróficas y, sobre todo ahora, el fiasco que suele producirse cuando lo pensamos tan inteligente como para que sea superflua cualquier intervención reguladora. Cuando domina la euforia financiera la hipótesis de una crisis parece lejana y por tanto incapaz de provocar las reacciones que aconsejaría la prudencia.
El instantaneísmo impide tomar decisiones coherentes. Cuando la perspectiva es temporalmente estrecha corremos el riesgo de someternos a la tiranía de las pequeñas decisiones, es decir, ir sumando decisiones que, al final, conducen a una situación que inicialmente no habíamos querido, algo que sabe cualquiera que haya examinado cómo se produce, por ejemplo, un atasco de tráfico. Cada consumidor, mediante su consumo privado, puede estar colaborando a destruir el medio ambiente, y cada votante puede contribuir a destruir el espacio público, lo que no quieren y que, además, haría imposible la satisfacción de sus necesidades. Si hubieran podido anticipar ese resultado y anular o, al menos, moderar, su interés privado inmediato habrían actuado de otra manera.
No hay inteligencia colectiva si las sociedades no aciertan a gobernar razonablemente su futuro. El futuro es una construcción que tiene que ser anticipada con cierta coherencia. Cuando las decisiones son adoptadas con una visión de corto plazo, sin tener en cuenta las externalidades negativas y las implicaciones en el largo plazo, cuando los ciclos de decisión son demasiados cortos, la racionalidad de los agentes es necesariamente miope. Cuando el horizonte temporal se estrecha y sólo es tenido en cuenta el interés más inmediato es muy difícil evitar que las cosas evolucionen catastróficamente.
Hay muchas inercias en la sociedad actual en virtud de las cuales no solamente se impide la maximización del bien común a largo plazo, sino que conducen sistemáticamente a desviarse de ese objetivo. La sociedad contemporánea, pese a su complejidad, no es un reino de poderes incontrolables sino algo hecho por los seres humanos; estamos confrontados a procesos que se sustraen de nuestro control absoluto pero que pueden ser parcialmente regulados. Tampoco en la época de las consecuencias secundarias estamos condenados a la alternativa entre la responsabilidad total y la total irresponsabilidad. La tarea que tenemos por delante es más bien determinar nosotros mismos, mediante procedimientos de legitimación democrática, cómo queremos construir políticamente nuestra responsabilidad, que es la expresión práctica de la inteligencia.
Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y actualmente profesor invitado en el Robert Schuman Centre for Advanced Studies del Instituto Universitario Europeo de Florencia.

martes, 11 de septiembre de 2012

POESÍA. "El retoque final", de Olga Orozco (Argentina, 1920-1999)

Olga Orozco

El retoque final

Es este aquel que amabas.
A este rostro falaz que burla su modelo en la leyenda,
a estos ojos innobles que miden la ventaja de haber volcado a ciegas tu destino,
a estas manos mezquinas que apuestan a pura tierra su  ganancia,
consagraste los años del pesar y de la espera.
Esta es la imagen real que provocó los bellos espejismos de la ausencia:
corredores sedosos encandilados por la repetición del eco,
por las sucesivas efigies del error;
desvanes hasta el cielo, subsuelos hacia el recuperado paraíso,
cuartos a la deriva, cuartos como de plumas y diamante
en los que te probabas cada noche los soles y las lluvias de tu siempre jamás,
mientras él sonreía, extrañamente inmóvil, absorto en el abrazo de la perduración.
Él estaba en lo alto de cualquier escalera,
él salía por todas las ventanas para el vuelo nupcial,
él te llamaba por tu verdadero nombre.
Construcciones en vilo,
sostenidas apenas por el temblor de un beso en la memoria,
por esas vibraciones con que vuelve un adiós;
cárceles de la dicha, cárceles insensatas que el mismo Piranesi envidiaría.
Basta un soplo de arena, un encuentro de lazos desatados,
una palabra fría como la lija y la sospecha,
y esa urdimbre de lámpara y vapor se desmorona con un crujido de alas,
se disuelve como templo de miel, como pirámide de nieve.
Dulzuras para moscas, ruinas para el enjambre de la profanación.
Querrías incendiar los fantasiosos depósitos de ayer,
romper las maquinarias con que fraguó el recuerdo las trampas para hoy,
el inútil y pérfido disfraz para mañana.
O querrías más bien no haber mirado nunca el alevoso rostro,
no haber visto jamás al que no fue.
Porque sabes que al final de los últimos fulgores, de las últimas nieblas,
habrá de desplegarse, voraz como una plaga, otra vez todavía,
la inevitable cinta de toda tu existencia.
Él pasará otra vez en esa ráfaga de veloces visiones, de días migratorios;
él, con su rostro de antaño, con tu historia inconclusa,
con el amor saqueado bajo la insoportable piel de la mentira, bajo esta quemadura.