domingo, 18 de octubre de 2009
LECTURA. "Cordero asado", cuento de Roald Dahl
CORDERO ASADO
La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y, pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
—¡Hola, querido! —dijo ella.
—¡Hola! —contestó él.
Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.
—¿Cansado, querido?
—Sí —respondió él—, estoy cansado.
Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.
Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.
—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.
—Siéntate —dijo él secamente.
Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.
—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.
—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.
Él no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.
—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.
—No —dijo él.
—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.
Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.
—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.
—No quiero —dijo él.
Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.
—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.
—No me apetece —dijo él.
—¡Pero, querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.
Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.
—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.
—Vamos —dijo él—, siéntate.
Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.
—Tengo algo que decirte.
—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
Él se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.
—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.
Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.
Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá, si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.
—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.
Esta vez él no contestó.
Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.
Era una pierna de cordero.
Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y, al entrar en el cuarto de estar, encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.
Se detuvo.
—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.
En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.
La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.
Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.
«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»
Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los matan a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?
Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.
Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.
—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.
—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.
Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.
Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.
—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.
—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?
—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.
El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.
—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.
—¿Quiere carne, señora Maloney?
—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.
—¡Oh!
—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?
—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?
—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.
—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?
—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?
El hombre echó una mirada a la tienda.
—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.
—Magnífico —dijo ella—, le encanta.
Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:
—Gracias, Sam. Buenas noches.
Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.
«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»
Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.
Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.
Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:
—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!
—¿Quién habla?
—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.
—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?
—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.
—Iremos en seguida —dijo el hombre.
El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. Él la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O'Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.
—¿Está muerto? —preguntó ella.
—Me temo que sí... ¿Qué ha ocurrido?
Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O'Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.
Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.
Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.
—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.
Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.
«..., parecía normal..., muy contenta..., quería prepararle una buena cena..., guisantes..., pastel de queso..., imposible que ella...»
Transcurrido algún tiempo, el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.
—No —dijo ella.
No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.
—Pero, ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.
—No —dijo ella.
Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.
—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.
Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.
—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?
—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.
—¿Y un atizador?
—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.
La búsqueda continuó.
Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?
—Sí, claro. ¿Quiere whisky?
—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.
—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.
—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.
Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.
El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:
—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?
—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!
—¿Quiere que vaya a apagarlo?
—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.
Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.
—Jack Nooan —dijo.
—¿Sí?
—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?
—Si está en nuestras manos, señora Maloney...
—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.
—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.
—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.
Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.
—¿Quieres más, Charlie?
—No, será mejor que no lo acabemos.
—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.
—Bueno, dame un poco más.
—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.
—Por eso debería ser fácil de encontrar.
—Eso es lo que a mí me parece.
—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:
—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.
—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?
En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.
sábado, 17 de octubre de 2009
NOTICIAS CULTURALES. RECURSOS DIDÁCTICOS. EXPOSICIÓN: "Presas de Franco"
Cartel de la exposición
La exposición Presas de Franco, proyecto y producción ejecutiva de la Fundación de Investigaciones Marxistas, se ha propuesto visibilizar la experiencia penitenciaria femenina de las primeras décadas de la dictadura franquista, a partir de un diálogo continuo entre memoria e historia, donde se han conjugado las imágenes y los documentos con el recuerdo y los testimonios de las mujeres encarceladas.
Fecha: del 14 de octubre al 15 de noviembre de 2009.
Lugar: Facultad de Derecho (Puerta Nueva)
(Texto extraído de la página web de la Diputación de Córdoba).
En este enlace, podemos ver el PROGRAMA DE LA EXPOSICIÓN.
LA GUÍA DIDÁCTICA DE LA EXPOSICIÓN (elaborada por Luis G. Naranjo Cordobés, Francisco Díez Belinchón, Rafael González Requena y Ricardo M. Luque Revuelto) ESTÁ EN LA BIBLIOTECA.
PRENSA CULTURAL. "Babelia". 17 octubre 2009. "La mirada herida de Herta Müller", por Gabriela Adamesteanu
(Herta Müller, retratada el pasado día 8 en Berlín, tras anunciarse la concesión del Nobel.
Philip p Guelland).
En el Babelia de hoy, este artículo sobre la reciente Nobel de Literatura: La mirada herida de Herta Müller.
Lo reproducimos a continuación:
Herta Müller dice que en la cara de las personas se puede leer la región de donde proceden. Así empieza la historia de Lola en La bestia del corazón, el libro que publicó en 1994, siete años después de haber salido de la Rumania de Ceaucescu para ir a la República Federal de Alemania. La narradora, su compañera de universidad, puede ver en el rostro de Lola la región pobre del sur del país a la que pertenece.
Lola se pinta las pestañas con rímel barato y se pone medias finas para sus citas en el parque con hombres cansados, incapaces de amar, que salen por la noche de sus trabajos del matadero o de la fábrica de detergentes; recibe, como si fueran regalos, detergentes u órganos de animales muertos. Lola va a la iglesia, estudia los folletos ideológicos, recoge el carné rojo del partido, y sus compañeros de habitación empiezan a evitar hablar delante de ella con libertad. Ella sueña con un hombre con camisa blanca que la acompañe a su pueblo, pero el único amante que ha tenido con camisa y cuello blanco, el profesor de gimnasia, es un canalla que la empuja a suicidarse. Lola deja en el baúl de la narradora su cuaderno donde anota sus pensamientos más íntimos y coge la cuerda con la que se va a ahorcar del armario. A punto de ser una persona de éxito, se convierte en una vergüenza para un país que obliga a las personas a ser optimistas. El cuaderno de Lola desaparece del baúl de la narradora, será la primera señal de la vigilancia constante que ejerce la Securitate.
La historia de Lola es una especie de prólogo que abre las líneas narrativas de este libro en el que algunos lectores reconocerán los episodios dramáticos de la propia vida de Herta Müller. En primer lugar, su familia suaba (los suabos son una comunidad alemana que llegó a Rumania en el siglo XVII o XVIII y que emigraron bajo el régimen de Ceaucescu): su abuelo, un comerciante a quien el régimen comunista expropió sus tierras; su padre, un SS "que ha llegado a la tierra cantando canciones militares y ha dejado cementerios en el mundo", ahoga sus penas en alcohol y muere prematuramente; su madre, una antigua deportada a Rusia que vive atormentada por el hambre y se lanza a comer patatas cuando las ve.
Otra de las líneas narrativas de La bestia del corazón se ocupa de lo que les ocurre a los amigos de la narradora (Edgar, Kurt y Georg), a quienes, al igual que a ella, la Securitate les vigila, les atormenta. "La Securitate no solamente ha influido en mi vida sino que me ha acompañado a cada minuto, en la calle, en el trabajo, en mi vida privada... La convivencia con la Securitate continuó después de que me fuera de Rumania", ha contado Müller.
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Una de las características de la deslumbrante originalidad de sus escritos es la densidad con que da profundidad a cada frase. De una concreción alucinante, tendiendo a veces hacia lo fantástico, con tintes expresionistas, la prosa de Müller no solamente registra la monografía social del Banato sino que explora sin piedad tanto los detalles físicos como los comportamientos sociales. Pero también permite al lector un espacio suficiente para que él mismo pueda construir las historias, la mayoría de ellas trágicas, de las personas que llevan en su cara la región de donde procede Müller.
Windisch, el protagonista de El hombre es un gran faisán en el mundo, cuenta los años y los días que le quedan para conseguir el pasaporte soñado. Ceaucescu ha recibido el dinero que envía Alemania Federal para aceptar la emigración de la minoría alemana, sajona o suaba. Pero ese dinero no le ha ahorrado de pagar otros gastos a una administración corrupta y de sufrir múltiples humillaciones antes de salir: lleva sacos de harina y dinero al Ayuntamiento, tiene que aceptar que su hija pequeña se acueste con el policía y con el cura del pueblo. Y, cuando regresa de visita y trae objetos del Oeste como muestra de su éxito social, sobre su mejilla cae una lágrima de cristal. Windisch no es un caso aislado. Casi toda la comunidad alemana de Rumanía ha perdido su patria. En la atmósfera crepuscular de la prosa de Müller, los cementerios, los búhos, los ataúdes forman parte de la vida cotidiana que, a menudo, toma un color fantástico si acaso más pesado a causa de las siluetas negras oscuras de los personajes negativos como el odioso capitán de la Securitate, Piele, y su perro, que lleva su mismo nombre.
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"Tuve la suerte de irme de allí. Me fui demasiado tarde, cuando ya estaba destruida", dice Müller. Pero no tan destruida como para escribir 20 libros a sus 56 años y haber recibido el mayor galardón literario del mundo. Aunque sí lo bastante herida como para que cada uno de sus libros cuente la experiencia de su vida en la dictadura. Delgada, frágil, de ojos transparentes, la mirada distante se le instaló cuando, en plena adolescencia, tuvo que defenderse de las investigaciones de la Securitate y de las amenazas de muerte. Müller es muy crítica con la situación de la actual Rumania y también con los intelectuales que no han hecho lo suficiente para dar a conocer el verdadero pasado del país sobre todo durante la dictadura del general Antonescu, el movimiento legionario y el antisemitismo. "En Rumanía se cree que el pasado se ha desvanecido en el aire. El país entero parece sufrir de amnesia...". "Quizás haya algunas personas en Rumanía a las que les gusten mis libros pero yo, como persona, no les soy simpática. Lo más probable es porque continúo diciendo cosas sobre Rumanía que molestan, pero hay que decirlas. La corrupción está en todas partes porque la ex nomenclatura se ha apropiado del país. Todo está privatizado pero, de qué modo... Este sistema funciona tan bien que no me puedo imaginar cómo podría cambiar la situación actual... Es tan estable que hasta parece normal". Es cierto, para muchos rumanos, sobre todo para aquellos que no han podido ver a la gente manifestarse y morir en la calle en diciembre de 1989, la idea de que la revolución persiste. Pero personalmente creo que, gracias a su actitud, Müller es más respetada y más popular de lo que ella piensa.
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Sin embargo, Müller ha reconocido que cuando escribe comparte la lengua rumana con la alemana. En Nitzkydorf, el pueblo donde nació y de donde salió a los 15 años, no había aprendido la lengua rumana sino que la descubrió más tarde, cuando trabajó en una fábrica. Impresionada por la poesía de esta lengua, llena de metáforas y comparaciones, ha insertado algunos poemas populares rumanos en el texto de La bestia del corazón. Entre ellos, uno tradicional a modo de maldición a la traición: "El que no ama y renuncia / Que Dios le dé como castigo / El paso de la cucaracha y de la serpiente / El estremecimiento del viento / El polvo de la tierra". Esta poesía se invoca cuando la narradora cuenta la historia de su amistad con Tereza. Tras salir de Rumanía, muy enferma de cáncer, va a visitar a su amiga con el encargo de espiarla recibido por el capitán de la Securitate. La narradora descubre la traición y echa a Tereza de su casa con gran dolor y sabiendo que es la última vez que ve a su amiga. "La muerte de Tereza ha sido muy dolorosa, como si tuviera dos cabezas que se golpearan una contra la otra. En una estaba el amor, abatido, que sentía por ella y en la otra estaba el odio". Este capítulo también ha tenido una inspiración autobiográfica. Müller pudo comprobar que en su expediente en la Securitate, su mejor amigo había hecho informes sobre su vida diaria.
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Con el Nobel y con su libro El hombre es un gran faisán en el mundo Müller parece haber terminado su misión: una obra centrada obsesivamente en su experiencia dramática así como en el sufrimiento y el desarraigo de la colectividad alemana en Rumanía. Antes de esperar a ver si surgen otros temas en la obra de esta escritora, los lectores descubrirán en sus libros un universo alucinante enriquecido con la trágica historia del siglo pasado.
Traducción de Virginia Solans.
Herta Müller, premio Nobel de Literatura 2009, es autora, entre otros libros, de En tierras bajas (Siruela), El hombre es un gran faisán en el mundo (Siruela y Xerais), La piel del zorro (Plaza & Janés) y La bestia del corazón (Mondadori). Gabriela Adamesteanu es escritora rumana y acaba de publicar en España Una mañana perdida (Lumen).
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PRENSA. 17 octubre 2009
En "El País".
1. "Para liberarnos explotamos a las inmigrantes". Winston Manrique entrevista a Ángeles Caso, reciente ganadora del premio Planeta.
2. Nueve abuelas por niño, y ayudando. Reportaje de Ana Pantaleoni. La crisis y el cambio demográfico multiplican el trabajo de canguro de los mayores. La ayuda familiar se hace clave, aunque algunos ya cobran.
3. Ropa interior a la vista. Columna de Vicente Verdú.
4. En el aula 11. Artículo de Camilo José Cela Conde, en el que relata la concesión a su padre del Nobel de Literatura.
5. Obama, bajo el fuego de los progresistas. Artículo de Bárbara Probst Solomon. Su postura en exceso conciliadora con la derecha política y el mundo financiero más su apoyo a la reelección del alcalde republicano de Nueva York están provocando críticas entre los demócratas. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.
6. Despertar con el dinosaurio. Columna de Francisco G. Basterra, sobre las convulsiones de nuestra sociedad.
7. El presente perpetuo. Columna de Luis García Montero.
1. "Para liberarnos explotamos a las inmigrantes". Winston Manrique entrevista a Ángeles Caso, reciente ganadora del premio Planeta.
2. Nueve abuelas por niño, y ayudando. Reportaje de Ana Pantaleoni. La crisis y el cambio demográfico multiplican el trabajo de canguro de los mayores. La ayuda familiar se hace clave, aunque algunos ya cobran.
3. Ropa interior a la vista. Columna de Vicente Verdú.
4. En el aula 11. Artículo de Camilo José Cela Conde, en el que relata la concesión a su padre del Nobel de Literatura.
5. Obama, bajo el fuego de los progresistas. Artículo de Bárbara Probst Solomon. Su postura en exceso conciliadora con la derecha política y el mundo financiero más su apoyo a la reelección del alcalde republicano de Nueva York están provocando críticas entre los demócratas. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.
6. Despertar con el dinosaurio. Columna de Francisco G. Basterra, sobre las convulsiones de nuestra sociedad.
7. El presente perpetuo. Columna de Luis García Montero.
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viernes, 16 de octubre de 2009
LECTURA. "El reincidente", cuento de Rafael Sánchez Ferlosio
EL REINCIDENTE
El lobo, viejo, desdentado, cano, despeluchado, desmedrado, enfermo, cansado un día de vivir y de hambrear, sintió llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Noche y día caminó por cada vez más extraviados andurriales, cada vez más arriscadas serranías, más empinadas y vertiginosas cuestas, hasta donde el pavoroso rugir del huracán en las talladas cresterías de hielo se trocaba de pronto, como voz sofocada entre algodones, al entrar en la espesa cúpula de niebla, en el blanco silencio de la Cumbre Eterna. Allí, no bien alzó los ojos -nublada la visión, ya por su propia vejez, ya por el recién sufrido rigor de la ventisca, ya en fin por lágrimas mezcladas de autoconmiseración y gratitud- y entrevió las doradas puertas de la Bienaventuranza, oyó la cristalina y penetrante voz del oficial de guardia, que así lo interpelaba:
"¿Cómo te atreves siquiera a aproximarte a estas puertas sacrosantas, con las fauces aún ensangrentadas por tus últimas cruentas refecciones, asesino?".
Anonadado ante tal recibimiento y abrumado de insoportable pesadumbre, volvió el lobo la grupa y, desandando el camino que con tan largo esfuerzo había traído, se reintegró a la tierra y a sus querencias y frecuentaderos, salvo que en adelante se guardó muy bien, no ya de degollar ovejas ni corderos, que eso la pérdida de los colmillos hacía ya tiempo se lo tenía impedido, sino incluso de repasar carroñas o mondar osamentas que otros más jóvenes y con mejores fauces hubiesen dado por suficientemente aprovechadas. Ahora, resuelto a abstenerse de tocar cosa alguna que de lejos tuviese algo que ver con carnes, hubo de hacerse merodeador de aldeas y caseríos, descuidero de hatos y meriendas. Las muelas, que, aunque remeciéndosele ya las más en los alvéolos, con todo, conservaba, le permitían roer el pan; pan de panes recientes cuando la suerte daba en sonreír, pan duro de mendrugos casi siempre. Viviendo y hambreando bajo esta nueva ley permaneció, pues, en la tierra y en la vasta espesura de su monte natal por otro turno entero de inviernos y veranos, hasta que, doblemente extenuado y deseoso de descanso tras esta a modo de segunda vuelta de una antes ya larga existencia, de nuevo le pareció llegado el día de merecer reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Si la ascensión hasta la Cumbre Eterna había sido ya acerba la primera vez, cuánto más no se le habría vuelto ahora, de no ser por el hecho de que la disminución de vigor físico causada por aquel recargo de vejez sobreañadido sería sin duda compensada en mayor o menor parte por el correspondiente aumento del ansia de descanso y bienaventuranza. El caso es que de nuevo llegó a alcanzar la Cumbre Eterna, aunque tan insegura se le había vuelto la mirada que casi no había llegado siquiera a vislumbrar las puertas de la Bienaventuranza cuando sonó la esperada voz del querubín de guardia:
"¿Así es que aquí estás tú otra vez, tratando de ofender, con tu sola presencia ante estas puertas, la dignidad de quienes por sus merecimientos se han hecho acreedores a franquearlas y gozar de la Eterna Bienaventuranza, pretendiéndote igualmente merecedor de postularla? ¿A tanto vuelves a atreverte tú? ¡Tú, ladrón de tahonas, merodeador de despensas, salteador de alacenas! ¡Vete! ¡Escúrrete ya de aquí, tal como siempre, por lo demás, has demostrado que sabes escurrirte, sin que te arredren cepos ni barreras ni perros ni escopetas!".
¡Quién podrá encarecer la desolación, la amargura, el abandono, la miseria, el hambre, la flaqueza, la enfermedad, la roña, que por otros más largos y más desventurados años se siguieron! Aun así, apenas osaba ya despuntar con las encías sin dientes el rizado festón de las lechugas, o limpiar con la punta de la lengua la almibarada gota que pendía del culo de los higos en la rama, o relamer, en fin, una por una, las manchas circulares dejadas por los quesos en las tablas de los anaqueles del almacén vacío. Pisaba sin pisar, como pisa una sombra, pues tan liviano lo había vuelto la flaqueza, que ya nada podía morir bajo su planta por la sola presión de la pisada. Y al cabo volvió a cumplirse un nuevo y prolongado turno de años y, como era tal vez inevitable, amaneció por tercera vez el día en que el lobo consideró llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador.
Partió invisible e ingrávido como una sombra, y era, en efecto, de color de sombra, salvo en las pocas partes en las que la roña no le había hecho caer el pelo; donde lo conservaba, le relucía enteramente cano, como si todo el resto de su cuerpo se hubiese ido convirtiendo en roña, en sombra, en nada, para dejar campear más vivamente, en aquel pelo cano, tan sólo la llamada de las nieves, el inextinto anhelo de la Cumbre Eterna. Pero, si ya en los dos primeros viajes tal ascensión había sido excesiva para un lobo anciano, bien se echará de ver cuán denodado no sería el empeño que por tercera vez lo puso en el camino, teniendo en cuenta cómo, sobre aquella primera y, por así decirlo, natural vejez del primer viaje, había echado encima una segunda y aun una tercera ancianidad, y cuán sobrehumano no sería el esfuerzo con que esta vez también logró llegar. Pisando mansa, dulce, humildemente, ya sólo a tientas reconoció las puertas de la Bienaventuranza; apoyó el esternón en el umbral, dobló y bajó las ancas, adelantó las manos, dejándolas iguales y paralelas ante el pecho, y reposó finalmente sobre ellas la cabeza. Al punto, tal como sospechaba, oyó la metálica voz del querubín de guardia y las palabras exactas que había temido oír:
"Bien, tú has querido, con tu propia obstinación, que hayamos acabado por llegar a una situación que bien podría y debería haberse evitado y que es para ambos igualmente indeseable. Bien lo sabías o lo adivinabas la primera vez; mejor lo supiste y hasta corroboraste la segunda; ¡y a despecho de todo te has empeñado en volver una tercera! ¡Sea, pues! ¡Tú lo has querido! Ahora te irás como las otras veces, pero esta vez no volverás jamás. Ya no es por asesino. Tampoco es por ladrón. Ahora es por lobo".
PRENSA. 16 OCTUBRE 2009
En "El País":
1. Google se mete a editor en la red. Por Carles Geli. El buscador anuncia en la feria de Francfort la creación de una plataforma para vender novedades. La iniciativa se pone en marcha con medio millón de títulos.
2. Ángeles Caso logra el Planeta con un libro sobre emigración. Por Rosa Mora y Winston Manrique. 'Contra el viento' tiene como protagonista a una caboverdiana.
3. El Nacional premia una obra sobre los invernaderos del sur. Por Elsa Fernández-Santos. Paco Bezerra gana con 'Dentro de la tierra', un drama teatral sin estrenar.
4. Nobel de paz ¿o de comunicación? Reportaje de Francesco Manetto. La concesión del galardón a Barack Obama consolida la importancia de los mensajes más allá de los hechos. Los nuevos tiempos priman lo simbólico.
5. Sobre el presente del pasado. Artículo del escritor Félix de Azúa.
6. CINE. El amor en tiempos de la pandemia. Sobre la película Infectados, por Borja Bas. El thriller apocalíptico de los hermanos Pastor, se ha convertido en un estreno maltratado por su productora. Pero Stephen King lo adora.
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jueves, 15 de octubre de 2009
PRENSA. 15 octubre 2009
En "El País":
1. Robert Capa se estrena en Hollywood. Por Gregorio Belinchón. Michael Mann trabaja en la adaptación de una obra de Susana Fortes sobre el fotógrafo. Desde Blasco Ibáñez ninguna novela española se vendía a un estudio.
2. Una novela en euskera inédita en español gana el Premio Nacional. Por Eva Larrauri. Kirmen Uribe logra el galardón con su obra mosaico 'Bilbao-New York-Bilbao'. Podemos leer su primer capítulo.
3. La S con la Ch: ¡Schwarzenegger! Reportaje de Javier Sampedro. Un área clave del cerebro aprende a identificar palabras de un vistazo. Un estudio con ex guerrilleros revela cómo el aprendizaje de la lectura cambia nuestra mente.
4. "Las terapias a la carta serán pronto una realidad". Entrevista a SHOMI BHATTACHARYA, impulsor del Proyecto Genoma Médico. Por Reyes Rincón.
5. Irán, el relojero nuclear. Artículo de Jesús A. Núñez Villlaverde, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH). El régimen de Teherán, hábil en el manejo del juego internacional, va dando pasos hacia el arma nuclear. Está lejos de conseguirla. A día de hoy, y en contra del deseo de Israel, debe descartarse la acción militar.
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miércoles, 14 de octubre de 2009
LECTURA. Mercedes Sosa, en el recuerdo
Ayer, en la prensa argentina, apareció este poema que Joaquín Sabina le escribe a la recientemente fallecida Mercedes Sosa:
Canto ancestral de Argentina,
la más frutal de las minas,
todo es nada,
no sabe cómo la lloro,
desafinando en el coro
de las hadas.
Madrina de los roqueros
más intrusos,
más villeros,
menos brutos,
en calle Melancolía,
mi letra y su melodía
visten de luto.
Militante del futuro,
no pudo con ella el muro
de Berlín.
Martina Fierro de ley
que sin dios, patria ni rey
tiró p'alante,
antes de decir adiós
me propuso un blues
a dos voces distantes,
distintas y, sin embargo,
cerquita del ron amargo
que consuela,
que abruma,
que mortifica,
que suma,
que santifica,
que desvela.
(Fuente: "El País")
Canto ancestral de Argentina,
la más frutal de las minas,
todo es nada,
no sabe cómo la lloro,
desafinando en el coro
de las hadas.
Madrina de los roqueros
más intrusos,
más villeros,
menos brutos,
en calle Melancolía,
mi letra y su melodía
visten de luto.
Militante del futuro,
no pudo con ella el muro
de Berlín.
Martina Fierro de ley
que sin dios, patria ni rey
tiró p'alante,
antes de decir adiós
me propuso un blues
a dos voces distantes,
distintas y, sin embargo,
cerquita del ron amargo
que consuela,
que abruma,
que mortifica,
que suma,
que santifica,
que desvela.
(Fuente: "El País")
MEDINA AZAHARA. Visitas de grupos escolares y talleres
Desde el Servicio de Ordenación Educativa, de la delegación de Córdoba, nos llega información relacionada con la posible visita de grupos escolares a Medina Azahara y actividades de animación sociocultural, complementarias de las propuestas curriculares.
En la siguiente dirección ( https://sites.google.com/site/lecturayactividades/Home/biblioteca ) encontraremos tres archivos adjuntos:
a. Sobre Madinat al Zahra
b. Madinat al-Zahra
c. Petición de visitas para grupos escolares
PRENSA. 14 octubre 2009
En "El País":
1. Vaya losa. Columna de Elvira Lindo sobre los premios Nobel.
2. Francfort se rinde al libro electrónico. Por Carles Geli. El 'e-book' ganará al soporte tradicional en 2018. Un 25% del negocio será digital en dos años, según una encuesta.Los editores españoles toman posiciones.
3. "Gabo se empeñó en ser amigo de Fidel Castro, no su bufón". Entrevista a Gerald Martin, biógrafo de García Márquez.
4. Chequera contra el fracaso escolar. Reportaje de J.A. Aunión. Los ensayos para motivar a los alumnos con dinero tienen muchos detractores. El incentivo económico sólo funciona a corto plazo. ¿Está justificado pagar al que no tiene afán de saber?
5. Corazón arriba, corazón abajo. Artículo del narrador y ensayista Rafael Sánchez Ferlosio. No se organizan unos Juegos Olímpicos con un eslogan estúpidamente sentimental. "Corazonada", escogido para movilizar cierto tipo de patriotismo, debe de haber resultado indignante para el COI.
1. Vaya losa. Columna de Elvira Lindo sobre los premios Nobel.
2. Francfort se rinde al libro electrónico. Por Carles Geli. El 'e-book' ganará al soporte tradicional en 2018. Un 25% del negocio será digital en dos años, según una encuesta.Los editores españoles toman posiciones.
3. "Gabo se empeñó en ser amigo de Fidel Castro, no su bufón". Entrevista a Gerald Martin, biógrafo de García Márquez.
4. Chequera contra el fracaso escolar. Reportaje de J.A. Aunión. Los ensayos para motivar a los alumnos con dinero tienen muchos detractores. El incentivo económico sólo funciona a corto plazo. ¿Está justificado pagar al que no tiene afán de saber?
5. Corazón arriba, corazón abajo. Artículo del narrador y ensayista Rafael Sánchez Ferlosio. No se organizan unos Juegos Olímpicos con un eslogan estúpidamente sentimental. "Corazonada", escogido para movilizar cierto tipo de patriotismo, debe de haber resultado indignante para el COI.
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martes, 13 de octubre de 2009
PRENSA. AVANCE EDITORIAL. "Caín", nueva novela de José Saramago
En "elpais.com", Winston Manrique Sabogal nos presenta esta nueva novela del Nobel José Saramago: Saramago pide cuentas a Dios.
Reproducimos el artículo:
"Cuando el señor, también conocido como dios, se dio cuenta de que a adán y eva, perfectos en todo lo que se mostraba a la vista, no les salía ni una palabra de la boca ni emitían un simple sonido, por primario que fuera, no tuvo otro remedio que irritarse consigo mismo, ya que no había nadie más en el jardín del edén a quien responsabilizar de la gravísima falta...". Con esta escena empieza José Saramago su nueva novela en la que hace una nueva incursión en la Biblia y que ha titulado Caín (Alfaguara). Una obra en la cual el Nobel portugués hace una revisión del Antiguo Testamento y que Babelia adelanta, en ELPAÍS.com, en exclusiva a nivel mundial, ya que la novela llegará a las librerías de España y Portugal este jueves 15 de octubre.
Tras su mirada al nuevo testamento en El evangelio según Jesucristo en 1991, y que aumentó su popularidad en todo el mundo, Saramago va más atrás en el tiempo y a las raíces de la historia del cristianismo al ofrecer una mirada heterodoxa y enfrentar a Dios y sus criaturas.
"Dios, el demonio, el bien, el mal, todo está en nuestra cabeza, no en el Cielo o en el infierno, que también inventamos. No nos damos cuenta de que, habiendo inventado a Dios, inmediatamente nos esclavizamos a él". Esta es una de las reflexiones que ha hecho el escritor sobre su nuevo libro en el que de alguna manera pide cuentas a Dios. Esta reinvención literaria-histórica está cargada de la sutil y elegante ironía y humor de Saramago, con una historia que va más allá del mero hecho narrado y conocido de Dios, Caín y Abel al abordar un tema eterno y ahora muy candente: sobre creer o no creer en un ser supremo y que deriva en cuestiones como la religiosidad, el poder y la tiranía, la existencia o no del destino y su sentido y muchas otras preguntas que asoman en esta mirada heterodoxa de José Saramago.
Aquí podemos leer el primer capítulo de la novela.
Reproducimos el artículo:
"Cuando el señor, también conocido como dios, se dio cuenta de que a adán y eva, perfectos en todo lo que se mostraba a la vista, no les salía ni una palabra de la boca ni emitían un simple sonido, por primario que fuera, no tuvo otro remedio que irritarse consigo mismo, ya que no había nadie más en el jardín del edén a quien responsabilizar de la gravísima falta...". Con esta escena empieza José Saramago su nueva novela en la que hace una nueva incursión en la Biblia y que ha titulado Caín (Alfaguara). Una obra en la cual el Nobel portugués hace una revisión del Antiguo Testamento y que Babelia adelanta, en ELPAÍS.com, en exclusiva a nivel mundial, ya que la novela llegará a las librerías de España y Portugal este jueves 15 de octubre.
Tras su mirada al nuevo testamento en El evangelio según Jesucristo en 1991, y que aumentó su popularidad en todo el mundo, Saramago va más atrás en el tiempo y a las raíces de la historia del cristianismo al ofrecer una mirada heterodoxa y enfrentar a Dios y sus criaturas.
"Dios, el demonio, el bien, el mal, todo está en nuestra cabeza, no en el Cielo o en el infierno, que también inventamos. No nos damos cuenta de que, habiendo inventado a Dios, inmediatamente nos esclavizamos a él". Esta es una de las reflexiones que ha hecho el escritor sobre su nuevo libro en el que de alguna manera pide cuentas a Dios. Esta reinvención literaria-histórica está cargada de la sutil y elegante ironía y humor de Saramago, con una historia que va más allá del mero hecho narrado y conocido de Dios, Caín y Abel al abordar un tema eterno y ahora muy candente: sobre creer o no creer en un ser supremo y que deriva en cuestiones como la religiosidad, el poder y la tiranía, la existencia o no del destino y su sentido y muchas otras preguntas que asoman en esta mirada heterodoxa de José Saramago.
Aquí podemos leer el primer capítulo de la novela.
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PRENSA. CINE: "El tiempo de los zombis", por José Abad
En "El Día de Córdoba", este artículo sobre el cine de zombis, firmado por José Abad: El tiempo de los zombis.
Lo reproducimos a continuación:
Los monstruos jamás aparecen porque sí. El monstruo suele ser expresión de un temor previo, latente o manifiesto, en la sociedad que lo imagina; de no ser así, aparte del sobresalto, no provocaría ninguna reacción. Hagamos un veloz recorrido por la galería de monstruos clásica. La criatura de Frankenstein nació en el XIX en respuesta al pánico que las primeras conquistas científicas inocularon entre las gentes. El vampiro, por su parte, personificaba un ramillete de impulsos reprimidos en la sociedad victoriana: el amante que entraba de noche por la ventana era, en realidad, un pervertido cuyo único afán era derramar la sangre de muchachas vírgenes mientras dormían plácidamente en su alcoba. La Momia representaba lo que venía de una tierra y una edad ajenas al cristianismo, aquello que no habría dado un paso atrás si echabas mano a un crucifijo. En el hombre lobo espanta nuestra animalidad.
Si cada época tiene sus monstruos (sus miedos) propios, en la nuestra ocupa un lugar de honor el zombi, un legado del patrimonio vudú convenientemente occidentalizado, a quien el cinéfilo conoce desde antiguo: todo buen aficionado recordará aquella hermosísima película de Jacques Tourneur, Yo anduve con un zombi (1943), en la que el muerto viviente se presentaba no como amenaza para la protagonista, sino como elemento que dinamitaba sus convicciones; no un peligro para su persona, sino para sus creencias. El responsable de la mutación del zombi en alimaña antropófaga es, como todos sabrán, George A. Romero. En La noche de los muertos vivientes (1968), Romero reemplazó el imaginario vudú por otro de serie B, arropado por un nihilismo muy sesentero, en la que acabó siendo una atroz ilustración de las teorías de Thomas Hobbes. Al igual que éste, Romero ve al hombre como lobo para el hombre, literalmente.
Los zombis de Romero abandonaban sus tumbas para abandonarse, a su vez, a sus instintos primarios (esa hambre voraz jamás saciada) sin respetar vínculos sociales o emocionales; de hecho, los platos fuertes de la función acabaron siendo aquel momento en que una niñita asesinaba limpiamente a sus padres o aquel otro en que un hombre, en una variante gore del incesto, devoraba a su propia hermana. El muerto viviente es un oxímoron, y como tal, una transgresión. Ni conoce reglas ni pueden aplicárselas. Nada pueden contra él las ristras de ajo o las balas de plata, y lo mismo ataca con la luna llena que a plena luz del día. No hay escapatoria. Su punto débil es el sistema nervioso: debes levantarle la tapa de los sesos antes de que te coma el brazo.
George A. Romero convirtió aquel filón en trilogía. En su siguiente película, Zombi (1978), propuso una cínica parábola de la sociedad de consumo: las hordas caníbales, guiadas por una pulsión inapelable, rodeaban un supermercado en busca de alimento: las pocas personas que habían encontrado allí refugio. El día de los muertos (1985) ofrecía otra propuesta radical: la violencia desplegada por los últimos representantes de la especie humana era equiparable a la violencia de las jaurías zombis. Todos eran igual de monstruosos. Dada la buena salud actual de estas criaturas, Romero ha vuelto sobre sus fueros. Lamentablemente, su cuarta aportación a los anales zombis, La tierra de los muertos vivientes (2005), es un relato ramplón y de interés muy limitado. A ésta le han seguido El diario de los muertos (2008) y Survival of the Dead (2009).
¿A qué se debe su éxito? Según una lectura superficial, el zombi personificaría cierta crisis de valores y subrayaría, con trazo grueso, el abandono del individuo a una encarnizada lucha contra sus congéneres, según la cual aguantará hasta el final el más dispuesto a comerse al prójimo. En otro orden de cosas, el zombi satisface con creces la lógica del súper-espectáculo hodierno: ya no nos basta un monstruito para soliviantar la platea, deben ser millares. Pero también, y esto es más interesante, alumbra algunos aspectos ingratos de la globalización o la masificación. En esta aldea planetaria, donde una gripe surgida en los derrumbaderos de un poblacho chino puede contagiar a los príncipes de Wall Street, el zombi personifica la pandemia, la infección fuera de control, la plaga, el imperio del caos.
El boom ha traído consigo varios remakes de títulos clásicos. Zack Snyder debutó en el largometraje con Amanecer de los muertos (2005), una notable puesta al día de Zombi, con una primera media hora excepcional, que introdujo curiosas innovaciones: respecto a los primeros muertos vivientes, de lento caminar y torpes maneras (lógico: el ser redivivo debe vérselas con el rigor mortis), los de Snyder son velocísimos y vigorosos; unos auténticos depredadores. Ha habido interesantes variaciones. La estética zombi está presente en 28 días después (2006), aunque en este filme la enfermedad sea una especie de rabia que convierte al infectado en una criatura histérica, que se agrupa y ataca en bandadas. También España ha hecho una aportación singular, [REC] (2007); aquí, la infección que transforma a los hombres en alimañas, y devuelve los muertos a la vida, está ligada a otro tema caro al cine de terror: las posesiones diabólicas.
[REC] es un relato en un presunto tiempo real muy logrado. Como la película fue un éxito, ahora Jaume Balagueró y Paco Plaza han puesto en pie [REC] 2, que es lo mismo, como decía aquel, pero no es igual. Plaza ha declarado que la idea fundamental de esta secuela es la de "que siga la fiesta", y el filme satisface con creces tal premisa.
PRENSA. 13 octubre 2009
En "El País".
1. Enrique Miret Magdalena, teólogo seglar, escritor y crítico con el poder. Obituario, por Juan G. Bedoya. Un adelantado del Concilio Vaticano II, por Juan José Tamayo.
2. Hollywood, una película de alto riesgo. Por Toni García. Tras la salida de la banca tradicional del negocio se imponen nuevas formas de financiación. Fondos extranjeros de capital se aventuran en la industria española.
3. "'El Gatopardo' rezuma psicoanálisis". Reportaje de Carles Geli. Gioacchino Lanza, hijo adoptivo de Lampedusa, prologa la edición definitiva.
4. Crisis de embarazos. Reportaje de Gabriela Cañas. Los demógrafos advierten que la situación económica reducirá la natalidad. El desempleo y el menor flujo migratorio frenarán los nacimientos.
5. ¡Claro que sí! Artículo de Fernando Savater sobre el nacionalismo vasco.
6. Cal y arena desde Turquía. Columna de Jean-Marie Colombani.
1. Enrique Miret Magdalena, teólogo seglar, escritor y crítico con el poder. Obituario, por Juan G. Bedoya. Un adelantado del Concilio Vaticano II, por Juan José Tamayo.
2. Hollywood, una película de alto riesgo. Por Toni García. Tras la salida de la banca tradicional del negocio se imponen nuevas formas de financiación. Fondos extranjeros de capital se aventuran en la industria española.
3. "'El Gatopardo' rezuma psicoanálisis". Reportaje de Carles Geli. Gioacchino Lanza, hijo adoptivo de Lampedusa, prologa la edición definitiva.
4. Crisis de embarazos. Reportaje de Gabriela Cañas. Los demógrafos advierten que la situación económica reducirá la natalidad. El desempleo y el menor flujo migratorio frenarán los nacimientos.
5. ¡Claro que sí! Artículo de Fernando Savater sobre el nacionalismo vasco.
6. Cal y arena desde Turquía. Columna de Jean-Marie Colombani.
lunes, 12 de octubre de 2009
PRENSA. 12 octubre 2009
En "El País":
1. El barroco del dolor y la tragedia. Por Ángeles García. La National Gallery dedica una retrospectiva al periodo artístico español menos popular en el extranjero. Es el acontecimiento museístico del año en Londres. Breve análisis del crítico Francisco Calvo Serraller: Ejemplos de contraste.
2. Ese bulo sólo quiere capturar su 'e-mail'. Reportaje de Amanda Mars. Los falsos rumores nacen de enemigos de las empresas o de piratas informáticos. La leyenda perjudica la imagen y las ventas de las compañías.
3. Un insólito incendio subterráneo azota las Tablas de Daimiel. Por Rafael Méndez. La turba del subsuelo arde desde agosto tras cuatro años sin agua. Algunos científicos alertan del daño irreversible si no se inunda ya el parque nacional.
En "El Día de Córdoba":
4. "Necesito más personal y medios: hay muchísimo trabajo por hacer". Alfredo Asensi entrevista a Carlota Álvarez Basso. Un año después de su nombramiento, la gallega afronta unos meses decisivos al frente del organismo que gestiona el proyecto de la Capitalidad Cultural que desembocarán en la presentación oficial del dossier.
1. El barroco del dolor y la tragedia. Por Ángeles García. La National Gallery dedica una retrospectiva al periodo artístico español menos popular en el extranjero. Es el acontecimiento museístico del año en Londres. Breve análisis del crítico Francisco Calvo Serraller: Ejemplos de contraste.
2. Ese bulo sólo quiere capturar su 'e-mail'. Reportaje de Amanda Mars. Los falsos rumores nacen de enemigos de las empresas o de piratas informáticos. La leyenda perjudica la imagen y las ventas de las compañías.
3. Un insólito incendio subterráneo azota las Tablas de Daimiel. Por Rafael Méndez. La turba del subsuelo arde desde agosto tras cuatro años sin agua. Algunos científicos alertan del daño irreversible si no se inunda ya el parque nacional.
En "El Día de Córdoba":
4. "Necesito más personal y medios: hay muchísimo trabajo por hacer". Alfredo Asensi entrevista a Carlota Álvarez Basso. Un año después de su nombramiento, la gallega afronta unos meses decisivos al frente del organismo que gestiona el proyecto de la Capitalidad Cultural que desembocarán en la presentación oficial del dossier.
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domingo, 11 de octubre de 2009
CINE. "Luna nueva" (tráiler)
Tráiler de Luna nueva, la continuación de Crepúsculo, inspirada en la saga vampírica adolescente de Stephenie Meyer:
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LECTURA. "El laberinto de Creta", cuento de Marco Denevi
EL LABERINTO DE CRETA
La casa donde nació Teresilda Palomeque tenía cuarenta habitaciones, diez patios y ocho jardines.
Sin prisa y sin pausa se le fueron muriendo los padres, los hermanos todos solteros pero con una picadura en los huesos, las hermanas todas casadas aunque de salud muy frágil.
Teresilda, la menor, no se casó y sin embargo persistió en vivir sola y unánime en la insondable mansión.
Deambulaba por los aposentos, se paseaba por balcones y belvederes, subía y bajaba escaleras, trepaba a los áticos y a las terrazas, descendía a los sótanos, recorría los pasillos, las logias y los diez patios, serpenteaba entre los muebles y mariposeaba en los jardines.
En la vecindad corría el rumor de que Teresilda se había dividido en quince o veinte Teresildas todas iguales, porque costaba creer que una sola abriese tantas puertas y se asomase a tantas ventanas, por no mencionar el hecho increíble de que no tuviera el menor vestigio de fatiga ni alguna sirvienta que la ayudase en los quehaceres.
Una vez al mes los sobrinos la visitaban para aliviarle hoy un marfil y mañana una tetera de plata y le decían:
—Por Dios, tía Teresilda. Es absurdo que te empeñes en vivir sola en este tremendo caserón. El día menos pensado amanecerás muerta de esa misma fatiga que estás acumulando sin darte cuenta pero que en cualquier momento se te caerá encima como una montaña.
Y agregaban con alguna brutalidad, fruto de la preocupación:
—Si es que antes no entran ladrones y te estrangulan o te clavan un puñal en el pecho.
Al fin Teresilda se convenció de que se sentía cansada, aparte de amenazada por la delincuencia. En seguida los sobrinos iniciaron los trámites.
Una mañana Teresilda supo que la llevaban a una escribanía y que le hacían firmar unos papeles. Y esa misma tarde se enteró de que se había mudado a un departamento de la calle Vidt llevándose algunos muebles porque para qué más, Teresilda, por Dios, gemían los sobrinos, quienes en seguida la dejaron sola para distribuirse el resto del mobiliario.
Teresilda estaba habituada a la soledad, así que se sintió a gusto. Pero también estaba acostumbrada a las felices correrías por las habitaciones, y quiso reanudarlas.
Dio un paso y tropezó con una pared. Dio otro paso en dirección contraria y chocó contra otra pared. Volvió a cambiar el rumbo y se llevó por delante una cómoda. Giró y la detuvo una mesa. Volvió a girar y embistió un aparador.
Vio una puerta, la abrió y no era una puerta para salir sino para entrar. Retrocedió, se golpeó con una ventana, quiso abrirla y asomarse, se asomó y del lado de afuera estaba el lado de adentro. Miró y miró y donde miraba los ojos se le hacían pedazos.
Entendió que estaba atrapada en un laberinto, en los vericuetos de una arquitectura caótica, en un dédalo tan enredado que no habría forma de salir, y ella moriría de hambre y de sed o devorada por algún minotauro.
Para qué gritar: nadie la oiría desde la remota calle Vidt.
Un mes después los sobrinos la buscaron por todo el único cuarto del departamento, la buscaron en la cocina americana y en el baño empotrado, la buscaron hasta en el pozo de aire y dentro de los muebles. Pero no la encontraron.
Es un misterio cómo habrá podido Teresilda abandonar el laberinto y fugarse nadie sabe a dónde.
PRENSA. 11 octubre 2009 (3)
En "El País Semanal":
1. Europa tenía tetas. Artículo de Maruja Torres.
2. La mujer que enseñó Arte a Guggenheim. Reportaje de Julia Luzán. Hilla von Rebay, baronesa y pintora abstracta, fue quien mostró a Solomon R. Guggenheim el camino para lograr una de las mejores colecciones de arte del siglo XX. Ninguneada por la familia, su nombre resurge en el 50º aniversario del museo.
3. Ser negro en España. Reportaje de Guillermo Abril. ¿Quién es el camarero? ¿Quién el médico? ¿El inmigrante ilegal? ¿Y el policía? Todos están aquí, entre nosotros. Les hemos quitado el ‘uniforme’ para mostrarlos tal cual, sin prejuicios añadidos. Son sólo un puñado de los 700.000 descendientes de africanos que viven en España. Llevan la diferencia en la piel. Los vemos cada día pero ¿les conocemos? Ésta es su historia, contada por ellos mismos. La de su vida bajo lupa. La de su lucha contra el recelo blanco. Y la de su orgullo de ser quienes son.
4. La herida chechena. Por Jonathan Littell. Desapariciones. Asesinatos. Corrupción. La alargada sombra de Rusia. El autor de ‘Las benévolas’, que trabajó en Chechenia durante las dos guerras de 1996 y 1999, vuelve a un país con dificultades para superar un pasado doloroso. Este texto es el germen de un libro que se publicará a principios de 2010. Traducción de Virginia Solans.
5. Viaje a la infancia de la Tierra. Reportaje de Juan Manuel García-Ruiz. En un remoto desierto de Australia, bautizado con sorna como Polo Norte y que no baja de los 40 grados la mitad del año, se hallan los que quizá sean los vestigios de ‘vida’ más antiguos del planeta. Son unas rocas llamadas estromatolitos y tienen alrededor de 3.500 millones de años. Algunos expertos creen que pudieron ser creadas por seres vivos. Un profesor español del CSIC participa en una expedición para averiguarlo. Y lo cuenta.
6. Palabras de amor. Artículo-relato de Almudena Grandes.
7. Y los robos presentes. Segunda parte del artículo de Javier Marías sobre las descargas ilegales.
1. Europa tenía tetas. Artículo de Maruja Torres.
2. La mujer que enseñó Arte a Guggenheim. Reportaje de Julia Luzán. Hilla von Rebay, baronesa y pintora abstracta, fue quien mostró a Solomon R. Guggenheim el camino para lograr una de las mejores colecciones de arte del siglo XX. Ninguneada por la familia, su nombre resurge en el 50º aniversario del museo.
3. Ser negro en España. Reportaje de Guillermo Abril. ¿Quién es el camarero? ¿Quién el médico? ¿El inmigrante ilegal? ¿Y el policía? Todos están aquí, entre nosotros. Les hemos quitado el ‘uniforme’ para mostrarlos tal cual, sin prejuicios añadidos. Son sólo un puñado de los 700.000 descendientes de africanos que viven en España. Llevan la diferencia en la piel. Los vemos cada día pero ¿les conocemos? Ésta es su historia, contada por ellos mismos. La de su vida bajo lupa. La de su lucha contra el recelo blanco. Y la de su orgullo de ser quienes son.
4. La herida chechena. Por Jonathan Littell. Desapariciones. Asesinatos. Corrupción. La alargada sombra de Rusia. El autor de ‘Las benévolas’, que trabajó en Chechenia durante las dos guerras de 1996 y 1999, vuelve a un país con dificultades para superar un pasado doloroso. Este texto es el germen de un libro que se publicará a principios de 2010. Traducción de Virginia Solans.
5. Viaje a la infancia de la Tierra. Reportaje de Juan Manuel García-Ruiz. En un remoto desierto de Australia, bautizado con sorna como Polo Norte y que no baja de los 40 grados la mitad del año, se hallan los que quizá sean los vestigios de ‘vida’ más antiguos del planeta. Son unas rocas llamadas estromatolitos y tienen alrededor de 3.500 millones de años. Algunos expertos creen que pudieron ser creadas por seres vivos. Un profesor español del CSIC participa en una expedición para averiguarlo. Y lo cuenta.
6. Palabras de amor. Artículo-relato de Almudena Grandes.
7. Y los robos presentes. Segunda parte del artículo de Javier Marías sobre las descargas ilegales.
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PRENSA. 11 octubre 2009 (2)
En el suplemento Domingo, de "El País":
1. ¿Quién oculta a Lorca? Reportaje de Natalia Junquera. A punto de abrirse la fosa donde se cree que yace el poeta, los arqueólogos firman un contrato de silencio. ¿Qué quieren esconder los que se oponen desde hace 13 años a esta exhumación?
2. Más balas que años. Reportaje de Maruxa Ruiz del Árbol. Han matado, cortado extremidades y violado a decenas de mujeres. Los niños soldado cuentan su trágica vida un año después de que la rebelión tutsi estallara en el Congo.
3. La memoria del diablo. Reportaje de Jacinto Antón. Rudolf Höss trazó su autorretrato en 'Yo, comandante de Auschwitz'.
4. Un Quijote sin locura. Reportaje. El precursor de la revolución bolivariana, Francisco de Miranda, definido por Napoleón Bonaparte como "un Quijote que no está loco", fue traicionado al final por el propio Bolívar. Fermín Goñi narra su biografía, en Los sueños de un libertador.
5. "Violación violación". Artículo de Elvira Lindo sobre el caso de roman Polanski.
6. Obama, el negacionismo y el islam. Al afirmar en El Cairo que era inaceptable dudar de la realidad de la Shoah, el presidente estadounidense ofreció una oportunidad inestimable a la reconciliación entre judíos y musulmanes. Un análisis de Jean Daniel, fundador de "Le Nouvel Observateur".
1. ¿Quién oculta a Lorca? Reportaje de Natalia Junquera. A punto de abrirse la fosa donde se cree que yace el poeta, los arqueólogos firman un contrato de silencio. ¿Qué quieren esconder los que se oponen desde hace 13 años a esta exhumación?
2. Más balas que años. Reportaje de Maruxa Ruiz del Árbol. Han matado, cortado extremidades y violado a decenas de mujeres. Los niños soldado cuentan su trágica vida un año después de que la rebelión tutsi estallara en el Congo.
3. La memoria del diablo. Reportaje de Jacinto Antón. Rudolf Höss trazó su autorretrato en 'Yo, comandante de Auschwitz'.
4. Un Quijote sin locura. Reportaje. El precursor de la revolución bolivariana, Francisco de Miranda, definido por Napoleón Bonaparte como "un Quijote que no está loco", fue traicionado al final por el propio Bolívar. Fermín Goñi narra su biografía, en Los sueños de un libertador.
5. "Violación violación". Artículo de Elvira Lindo sobre el caso de roman Polanski.
6. Obama, el negacionismo y el islam. Al afirmar en El Cairo que era inaceptable dudar de la realidad de la Shoah, el presidente estadounidense ofreció una oportunidad inestimable a la reconciliación entre judíos y musulmanes. Un análisis de Jean Daniel, fundador de "Le Nouvel Observateur".
PRENSA. 11 octubre 2009 (1)
En "El País":
1. Caricias. Columna de Manuel Vicent.
2. Las raíces arrancadas de una Nobel. Reportaje de Raúl Sánchez Costa. Viaje a Nitchidorf, escenario de la juventud perseguida por Ceausescu de Herta Müller.
3. La industria cultural prepara una 'macroweb' de descargas 'legales'. Por Ramón Muñoz. Los estudios y las discográficas de EE UU incluirán su catálogo en español.
4. Los olvidados del Nobel. Reportaje de Javier Sampedro. Ni Mendeleyev ni Gandhi ni Tolstói recibieron el premio. La selección implica a 6.000 expertos, y la Academia prefiere omisión a escándalo.
5. Lo público y lo privado. Artículo del escritor Julio Llamazares.
6. La cuidadora de ocas. Artículo del escritor Gustavo Martín Garzo. La publicación de los ensayos de la escritora italiana Natalia Ginzburg nos muestra su inteligencia, ternura y bondad. Al hablarnos del desorden del mundo lo hace también de la extraña luz que descubrimos en él.
7. El excremento del Diablo. Columna de Moisés Naím sobre 'la maldición de los recursos naturales'.
1. Caricias. Columna de Manuel Vicent.
2. Las raíces arrancadas de una Nobel. Reportaje de Raúl Sánchez Costa. Viaje a Nitchidorf, escenario de la juventud perseguida por Ceausescu de Herta Müller.
3. La industria cultural prepara una 'macroweb' de descargas 'legales'. Por Ramón Muñoz. Los estudios y las discográficas de EE UU incluirán su catálogo en español.
4. Los olvidados del Nobel. Reportaje de Javier Sampedro. Ni Mendeleyev ni Gandhi ni Tolstói recibieron el premio. La selección implica a 6.000 expertos, y la Academia prefiere omisión a escándalo.
5. Lo público y lo privado. Artículo del escritor Julio Llamazares.
6. La cuidadora de ocas. Artículo del escritor Gustavo Martín Garzo. La publicación de los ensayos de la escritora italiana Natalia Ginzburg nos muestra su inteligencia, ternura y bondad. Al hablarnos del desorden del mundo lo hace también de la extraña luz que descubrimos en él.
7. El excremento del Diablo. Columna de Moisés Naím sobre 'la maldición de los recursos naturales'.
sábado, 10 de octubre de 2009
PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Pasados interactivos", de Muñoz Molina
En Babelia, Pasados interactivos, de Antonio Muñoz Molina. Lo reproducimos a continuación.
Mi amigo el profesor Thomas Mermall busca en el interior de una bolsa de plástico de supermercado y saca de ella un cuaderno que deja encima de la mesa del café, junto al ventanal por el que entra el sol de una mañana de principios de otoño. Me lo enseña como un objeto frágil y valioso que ha de ser manejado con toda clase de precauciones: es idéntico a los cuadernos de caligrafía y de ejercicios de aritmética que se usaban antes en las escuelas españolas; hasta tiene en el reverso la tabla completa de multiplicar. Las hojas, cuadriculadas, están llenas de una escritura muy tupida, que no deja márgenes ni separaciones de párrafos para aprovechar bien todo el espacio. Casi todas las páginas están escritas con una tinta que se ha vuelto sepia. Algunas están a lápiz. Pero la escritura es siempre regular, inclinada, trazada con una elegancia que resalta más para mí porque está en un idioma impenetrable. Durante varios meses, entre abril y octubre de 1944, el padre del profesor Mermall llenó de anotaciones en húngaro este cuaderno que yo tengo ahora mismo en las manos, mientras vivía escondido en un bosque y luego en un pajar con su hijo de seis años, huyendo de las patrullas de soldados alemanes y húngaros que daban caza a los judíos de la comarca. Un campesino conocido suyo se jugó la vida para ayudarles. El padre, un hombre vigoroso y muy hábil con las manos, armó una choza en lo más profundo del bosque. En su refugio, Gabor Mermelstain, que se llamaría Gabriel Mermall cuando emigrara a los Estados Unidos después de la guerra, no dejaba de anotar en su cuaderno las cosas que muchos años después el hijo recuerda muy fragmentariamente, como imágenes dispersas en niebla, las que me cuenta sesenta y cinco años después, una mañana de septiembre, en un café de la Novena Avenida.
Fugitivo y acosado, ese hombre que ya ha muerto encontraba casi cada día el tiempo y el ánimo para añadir unas líneas a su diario. Escribir era una manera de estar vivo. El niño de entonces es un hombre enjuto y cordial que no aparenta los setenta años que ya ha cumplido. Cuando nos despedimos lo veo alejarse con la bolsa de plástico en la que ha vuelto a guardar el cuaderno de su padre, con sus páginas cuadriculadas llenas de escritura y la tabla de multiplicar en la contraportada, el tesoro secreto y liviano que es a la vez testimonio y prueba material de un tiempo muy alejado del presente. Murió su padre, murió el campesino que los salvó a los dos, y también murieron los verdugos que los perseguían (había muerto su madre, en Auschwitz); pero él vive y recuerda y quiere contar, él también, seguir siendo testigo de lo que vio, la crueldad y también la compasión, la vileza de muchos y el heroísmo de unos pocos, la perseverancia necesaria para sobrevivir.
Pienso en mi amigo unos días después cuando leo en The New York Times la necrológica de Marek Edelman, el último comandante que quedaba vivo de la sublevación del gueto de Varsovia en abril de 1943. Los héroes de verdad siempre son improbables. Marek Edelman era un estudiante de medicina que cuando tomó las armas en 1943 junto a otros poco más de doscientos sublevados lo hizo sin ninguna esperanza de ganar nada ni de vencer a nadie, tan sólo empujado por el deseo de no dejarse matar sin ofrecer resistencia. Tenían unas pocas pistolas, algunas granadas, botellas incendiarias, una metralleta. Aguantaron durante tres semanas, y cuando el gueto fue arrasado por los alemanes habían perecido casi todos, pero Marek Edelman se pudo salvar, y participó al año siguiente en el levantamiento de Varsovia, y también sobrevivió al apocalipsis de destrucción y venganza que el ejército alemán desató sobre la ciudad.
Igual que Gabriel Mermall guardó durante muchos años su cuaderno sin hablar de él a nadie, Marek Edelman se mantuvo en silencio cuando terminó la guerra. Llegó a convertirse en un eminente cardiólogo. Cuando el antisemitismo del gobierno comunista forzaba a muchos judíos polacos a marcharse al exilio, Edelman se quedó en la ciudad en la que estaba tan próximo el recuerdo de sus muertos. En 1976 habló por fin, pero las cosas que contaba no eran halagadoras para nadie. Contó que en el gueto salvar a una persona era también muchas veces dejar morir a otra. Primo Levi ha escrito sobre el remordimiento intolerable de los que sobreviven y sobre la zona gris en la que la víctima se ve despojada de su dignidad ante la complacencia del verdugo, que al forzarla a degradarse obtiene sobre ella su victoria más sórdida. Marek Edelman guardó silencio durante tantos años porque creía que contar era inútil: que alguien que no hubiera vivido en el gueto no podría nunca comprender las decisiones terribles que muchas veces hubieron de tomar los que estaban dentro. Se acordaba con admiración de una enfermera que en el hospital asfixiaba a los recién nacidos, para ahorrarles el espanto que les esperaba, a ellos y a sus madres.
La verdad es demasiado amarga; no consuela casi nunca, desconcierta y asusta, araña como un animal ingobernable. Según se alejan los hechos y mueren los testigos, la verdad, confinada en los libros de historia, deja paso a ficciones sentimentales mucho más llevaderas para la conciencia colectiva. Stalin en Rusia, ahora Mao en China, son como padres gigantes y benévolos, sombras protectoras que ayudan a erigir patriotismos brutales sobre el olvido de los millones de muertos. El Holocausto, en el cine, son parábolas consoladoras de sufrimiento y redención que cada vez intentan menos parecerse a la realidad, sustituyendo su horror por historias edificantes que permiten el halago de despertar sentimientos nobles a cambio de un mal rato y de unas lágrimas: La vita è bella, El niño con el pijama de rayas.
Ahora Quentin Tarantino se suma a la moda con una película en la que la II Guerra Mundial tiene un vacuo atolondramiento de videojuego sanguinario y en la que los judíos se vengan de los nazis reventándoles las cabezas con bates de béisbol y arrancándoles las cabelleras después de ejecutarlos. Agradezco las aclaraciones, pero no las necesito: ya sé que Inglorious Basterds es una comedia. Pero me pregunto qué clase de gratificación ofrece a la cantidad creciente de personas que no saben nada o casi nada sobre lo que pasó de verdad en la II Guerra Mundial y no tienen el menor interés en averiguarlo. La Historia, muertos los testigos, no es el legado inapelable de las generaciones que nos precedieron, sino una variedad de relatos maleables que flotan al azar en la amplitud del olvido y que cada uno adapta, interactivamente, a los caprichos fantasiosos de su narcisismo, personal o colectivo. Hitler era un fantoche que murió en 1944 en un cine de París ametrallado por un comando de temerarios judíos. Lo que Marek Edelman vio y no quiso contar ya no lo sabrá nadie. Al menos en el cajón de un escritorio de Nueva York mi amigo el profesor Mermall custodia un cuaderno escolar con el diario de su padre.
Mi amigo el profesor Thomas Mermall busca en el interior de una bolsa de plástico de supermercado y saca de ella un cuaderno que deja encima de la mesa del café, junto al ventanal por el que entra el sol de una mañana de principios de otoño. Me lo enseña como un objeto frágil y valioso que ha de ser manejado con toda clase de precauciones: es idéntico a los cuadernos de caligrafía y de ejercicios de aritmética que se usaban antes en las escuelas españolas; hasta tiene en el reverso la tabla completa de multiplicar. Las hojas, cuadriculadas, están llenas de una escritura muy tupida, que no deja márgenes ni separaciones de párrafos para aprovechar bien todo el espacio. Casi todas las páginas están escritas con una tinta que se ha vuelto sepia. Algunas están a lápiz. Pero la escritura es siempre regular, inclinada, trazada con una elegancia que resalta más para mí porque está en un idioma impenetrable. Durante varios meses, entre abril y octubre de 1944, el padre del profesor Mermall llenó de anotaciones en húngaro este cuaderno que yo tengo ahora mismo en las manos, mientras vivía escondido en un bosque y luego en un pajar con su hijo de seis años, huyendo de las patrullas de soldados alemanes y húngaros que daban caza a los judíos de la comarca. Un campesino conocido suyo se jugó la vida para ayudarles. El padre, un hombre vigoroso y muy hábil con las manos, armó una choza en lo más profundo del bosque. En su refugio, Gabor Mermelstain, que se llamaría Gabriel Mermall cuando emigrara a los Estados Unidos después de la guerra, no dejaba de anotar en su cuaderno las cosas que muchos años después el hijo recuerda muy fragmentariamente, como imágenes dispersas en niebla, las que me cuenta sesenta y cinco años después, una mañana de septiembre, en un café de la Novena Avenida.
Fugitivo y acosado, ese hombre que ya ha muerto encontraba casi cada día el tiempo y el ánimo para añadir unas líneas a su diario. Escribir era una manera de estar vivo. El niño de entonces es un hombre enjuto y cordial que no aparenta los setenta años que ya ha cumplido. Cuando nos despedimos lo veo alejarse con la bolsa de plástico en la que ha vuelto a guardar el cuaderno de su padre, con sus páginas cuadriculadas llenas de escritura y la tabla de multiplicar en la contraportada, el tesoro secreto y liviano que es a la vez testimonio y prueba material de un tiempo muy alejado del presente. Murió su padre, murió el campesino que los salvó a los dos, y también murieron los verdugos que los perseguían (había muerto su madre, en Auschwitz); pero él vive y recuerda y quiere contar, él también, seguir siendo testigo de lo que vio, la crueldad y también la compasión, la vileza de muchos y el heroísmo de unos pocos, la perseverancia necesaria para sobrevivir.
Pienso en mi amigo unos días después cuando leo en The New York Times la necrológica de Marek Edelman, el último comandante que quedaba vivo de la sublevación del gueto de Varsovia en abril de 1943. Los héroes de verdad siempre son improbables. Marek Edelman era un estudiante de medicina que cuando tomó las armas en 1943 junto a otros poco más de doscientos sublevados lo hizo sin ninguna esperanza de ganar nada ni de vencer a nadie, tan sólo empujado por el deseo de no dejarse matar sin ofrecer resistencia. Tenían unas pocas pistolas, algunas granadas, botellas incendiarias, una metralleta. Aguantaron durante tres semanas, y cuando el gueto fue arrasado por los alemanes habían perecido casi todos, pero Marek Edelman se pudo salvar, y participó al año siguiente en el levantamiento de Varsovia, y también sobrevivió al apocalipsis de destrucción y venganza que el ejército alemán desató sobre la ciudad.
Igual que Gabriel Mermall guardó durante muchos años su cuaderno sin hablar de él a nadie, Marek Edelman se mantuvo en silencio cuando terminó la guerra. Llegó a convertirse en un eminente cardiólogo. Cuando el antisemitismo del gobierno comunista forzaba a muchos judíos polacos a marcharse al exilio, Edelman se quedó en la ciudad en la que estaba tan próximo el recuerdo de sus muertos. En 1976 habló por fin, pero las cosas que contaba no eran halagadoras para nadie. Contó que en el gueto salvar a una persona era también muchas veces dejar morir a otra. Primo Levi ha escrito sobre el remordimiento intolerable de los que sobreviven y sobre la zona gris en la que la víctima se ve despojada de su dignidad ante la complacencia del verdugo, que al forzarla a degradarse obtiene sobre ella su victoria más sórdida. Marek Edelman guardó silencio durante tantos años porque creía que contar era inútil: que alguien que no hubiera vivido en el gueto no podría nunca comprender las decisiones terribles que muchas veces hubieron de tomar los que estaban dentro. Se acordaba con admiración de una enfermera que en el hospital asfixiaba a los recién nacidos, para ahorrarles el espanto que les esperaba, a ellos y a sus madres.
La verdad es demasiado amarga; no consuela casi nunca, desconcierta y asusta, araña como un animal ingobernable. Según se alejan los hechos y mueren los testigos, la verdad, confinada en los libros de historia, deja paso a ficciones sentimentales mucho más llevaderas para la conciencia colectiva. Stalin en Rusia, ahora Mao en China, son como padres gigantes y benévolos, sombras protectoras que ayudan a erigir patriotismos brutales sobre el olvido de los millones de muertos. El Holocausto, en el cine, son parábolas consoladoras de sufrimiento y redención que cada vez intentan menos parecerse a la realidad, sustituyendo su horror por historias edificantes que permiten el halago de despertar sentimientos nobles a cambio de un mal rato y de unas lágrimas: La vita è bella, El niño con el pijama de rayas.
Ahora Quentin Tarantino se suma a la moda con una película en la que la II Guerra Mundial tiene un vacuo atolondramiento de videojuego sanguinario y en la que los judíos se vengan de los nazis reventándoles las cabezas con bates de béisbol y arrancándoles las cabelleras después de ejecutarlos. Agradezco las aclaraciones, pero no las necesito: ya sé que Inglorious Basterds es una comedia. Pero me pregunto qué clase de gratificación ofrece a la cantidad creciente de personas que no saben nada o casi nada sobre lo que pasó de verdad en la II Guerra Mundial y no tienen el menor interés en averiguarlo. La Historia, muertos los testigos, no es el legado inapelable de las generaciones que nos precedieron, sino una variedad de relatos maleables que flotan al azar en la amplitud del olvido y que cada uno adapta, interactivamente, a los caprichos fantasiosos de su narcisismo, personal o colectivo. Hitler era un fantoche que murió en 1944 en un cine de París ametrallado por un comando de temerarios judíos. Lo que Marek Edelman vio y no quiso contar ya no lo sabrá nadie. Al menos en el cajón de un escritorio de Nueva York mi amigo el profesor Mermall custodia un cuaderno escolar con el diario de su padre.
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