sábado, 27 de noviembre de 2010

POESÍA. "Canción de invierno", de Luis Cernuda (1902-1963)

Luis Cernuda
Canción de invierno

Tan hermoso como el fuego
Late en el ocaso quieto,
Ardiente, dorado.

Tan hermoso como el sueño
Respira dentro del pecho,
Solo, recatado.

Tan hermoso como el silencio
Vibra en torno de los besos,
Alado, sagrado.

BIBLIOBURRO



Gracias a Virginia Molina por su envío.

CÓMIC. INGLÉS. RECURSOS DIDÁCTICOS. "Tarzán" (15), de Edgar Rice Burroughs, por Hal Foster (1892-1982)

Para ampliar texto e imagen, pulsar con el ratón.
Tiras diarias, 1929 (15)

PRENSA. "En boca cerrada", por Aurelio Arteta

Aurelio Arteta
En "El País":
En boca cerrada


AURELIO ARTETA 17/11/2010

Para ocupar espacios públicos de opinión como este, uno tiene que apoyarse en varios supuestos básicos. Que de ciertas áreas de la realidad solo cabe opinión, es decir, conocimiento capaz de persuasión y no de demostración rigurosa. Que lo opinable tiene que ver en especial con la acción o conducta humana, lo mismo individual que colectiva, y se encuadra así en el territorio de la ética y la política. Que las opiniones, y gracias a las emociones que suscitan, orientan el comportamiento humano en un sentido o en otro. Que ya solo por eso nos incumbe el deber de depurar nuestros prejuicios y apuntalar argumentalmente nuestras opiniones. Pero que no todas las opiniones son de igual valor y el sujeto cree que algunas de las suyas serían más valiosas que otras vigentes y por eso se decide a exponerlas al público. Y a dar este último paso le mueve asimismo la confianza de que sabrá escribirlas con cierta eficacia y, para qué ocultarlo, también la necesidad del aplauso ajeno.
Lo extraño es que entre nosotros tantas personas a quienes les sobra el saber preciso para enriquecer la opinión pública desdeñen esta tarea. O bien consideran que entrar en este terreno rebajaría enseguida la altura de sus ideas, forzadas a acomodarse al lector ordinario, o que sus reflexiones nada iban a alterar la conciencia de sus conciudadanos. O bien dan por sentado que conviene evitar los juicios en tribunas públicas para librarse de los diversos riesgos que ello podría acarrear (y entre esos riesgos, el de que "los suyos de toda la vida" comiencen a mirarles con recelo...). Lo cierto es que se contentan con cultivar para sí o entre muy pocos un saber que por su naturaleza es para muchos. Se limitan a contemplar su objeto de estudio desde todos los ángulos, menos desde ese en el que ese objeto muestra el sufrimiento que produce y demanda entonces una acción justa. Así llegan bastantes a tomar por teoría pura lo que es un conocimiento de y para la práctica o la acción. Aristóteles ya nos enseñó que en ética "no investigamos para saber qué es la virtud, sino para hacernos buenos".
Pues bien, déjenme indicarles qué clase de académicos y qué tipo de problemas públicos -entre tantos posibles- echo más en falta en la arena pública de la opinión. Para empezar por uno mismo y sus colegas, mal se comprende que los estudiosos de la democracia dejemos pasar como si tal cosa las palabras que los últimos Sumos Pontífices o las autoridades eclesiásticas de nuestro país suelen dedicar a esta forma de gobierno. En este asunto uno duda si tales palabras encierran una penosa confusión sobre su naturaleza o una dosis notable de cinismo interesado. Siempre desde la convicción de ser los depositarios de esa Verdad que ilumina incluso las instituciones públicas, las recientes encíclicas papales reprochan a la democracia que en ella la verdad sea dictada por la mayoría o varíe según los diversos equilibrios políticos. ¿No habrá que disipar cuanto antes tamaño disparate entre los católicos de este país que acogen esa enseñanza?
Cambiemos de tercio. Salvo los mismos pedagogos y titulados afines, me parece que no hay gremio asociado a la enseñanza en cualquiera de sus escalones que no acumule muy serios reparos contra el despotismo (tan poco ilustrado) de la pedagogía instalada entre nosotros durante los últimos 30 años. A decir verdad, no conozco a nadie que no comparta las críticas de sus dictámenes o, entre sus partidarios, a alguien que sea al menos capaz de replicar estas críticas con cierto fundamento. Y, sin embargo, estos juicios denegatorios por regla general eluden el pronunciamiento público y con él un debate que podría aclarar las cosas. De manera que prosigue boyante el blablablá didáctico, la jerga curricular, la pedantería de las "habilidades" y demás técnicas del vacío. Hace ya algún tiempo que esa marea alcanzó también a la Universidad a la hora de dictar métodos, evaluar méritos y medir rendimientos. Aliada con el proceso de Bolonia, pronto se harán notar aquí sus estragos.
Ítem más. Son legión los historiadores, sociólogos, filólogos o antropólogos locales que se han prestado a lo largo de todo este tiempo de nacionalismo obligatorio a recuperar las señas de identidad de sus respectivas regiones o directamente a su construcción nacional. Han fingido hacer ciencia cuando hacían política, y una política injustificable. De la historia han deducido presuntos derechos históricos, lo mismo que de la toponimia de su tierra han derivado políticas lingüísticas o del folclore en extinción derechos culturales. Pero ahí están también -unos más, otros menos- los que han consentido esos desafueros, pese a disponer de razones para ponerlos en la picota. Conozco a historiadores sabedores de falsas historias que, al no ser desmentidas, han acabado consagrando hitos nacionalistas creídos a pies juntillas; a sociólogos que se avergüenzan de la calidad de tantos sondeos cuyos increíbles resultados sustentan incuestionables derechos lingüísticos..., pero que tampoco chistan. Temen que su carrera profesional y hasta su sosiego personal saldrían malparados en cuanto asomaran la nariz fuera de sus clases universitarias.
Aún está caliente la sentencia sobre el Estatut catalán como para olvidarnos de que antes y después abundaron los comentarios despectivos y hasta amenazantes. Uno de los argumentos más voceados ha sido el de que el Tribunal Constitucional no debía recortar lo más mínimo de un proyecto de reforma estatutaria que había recibido los debidos plácets democráticos. Fue entonces cuando se notó la ausencia de filósofos jurídicos y constitucionalistas, siquiera de los contrarios a aquel argumento, que hubieran enseñado lo que el ciudadano común y políticos no tan comunes seguramente ignoran. En pocas palabras, que como la mera regla de la mayoría puede adoptar decisiones enfrentadas a los principios constitucionales de libertad e igualdad ciudadanas, una revisión judicial del máximo rango se encargará de reponer esos derechos conculcados. Como en tantos otros países, los redactores de nuestra Constitución establecieron que una institución minoritaria podría prevalecer sobre algunas decisiones mayoritarias..., justamente para asegurar entre nosotros la pervivencia del orden democrático. No consta que Cataluña quedara exenta de este cuidado constitucional.
Pero habrá que poner por ahora punto final. No se extrañen si incluyo en esta lista a los fonólogos, esos especialistas en los sonidos y entonación de nuestra lengua común. Lo entenderán a poco que reparen en el tono que han impuesto durante las tres últimas décadas los locutores sin rostro de las noticias en TV (pero también las azafatas de los vuelos e innumerables telefonistas) y lo comparen con el que todos empleamos en la vida diaria. Ha nacido una nueva entonación del español, exclusiva de aquellos profesionales, y nadie parece incomodarse por ello. Le dediqué un artículo en este mismo lugar en 1988 (Darse tono) que no tuvo más eco que el silencio. Que los signos de puntuación -con los ritmos y pausas que marcan- confieren su sentido a lo relatado, que no cabe improvisar altibajos musicales a voluntad y en cualquier lugar de la frase leída, todo ello se ha vuelto normas arcaicas. Mientras los demás hablamos, ellos "locutan", que es un modo de mostrarnos que están por encima del hablante ordinario. Y, puesto que tan horrísono sonsonete no ha podido pasar desapercibido a los oídos de fonólogos o académicos de la Lengua, ¿cómo es que alguno de ellos no levanta su autorizada voz para acabar con esas otras voces que desentonan?
Y así sucesivamente.

Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad Politécnica de Valencia y autor de Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente (Alianza, 2010).

PRENSA. "La sociedad de los intérpretes", de Daniel Innerarity

Daniel Innerarity
En "El País":
La sociedad de los intérpretes

DANIEL INNERARITY 16/11/2010

Nos hemos acostumbrado a entender el mundo como algo inmediato, disponible y de fácil acceso. El discurso habitual acerca de la sociedad del conocimiento y de la información entiende la sociedad en términos de circulación de bienes y datos, cuya apropiación no es problemática. La ideología dominante es la transparencia comunicativa y reproductiva, como si para la lectura correcta de los datos bastara un código correspondiente. Este modo de pensar tiende a menospreciar el momento de interpretación que hay en todo conocimiento, favorece los saberes científicos y fácilmente traducibles en aparatos tecnológicos, la rentabilidad económica inmediata, mientras que infravalora otro tipo de conocimientos como los artísticos, intuitivos, prácticos o relacionales. Conviene examinar este asunto porque no nos jugamos aquí tan solo el porvenir de las humanidades, sino el destino de nuestras comunidades políticas.
Este desencuentro entre las ciencias y las letras -por decirlo con una contraposición antigua pero que todos entendemos- se podría traducir en la oposición de la ciencia económica de los datos y el arte político de la interpretación. Contra la reducción de la comunicación a mera elaboración de información, contra una revolución digital entendida como mera inversión en tecnología o la sociedad de la información como una sociedad de las máquinas, el acento puesto en la interpretación subraya el elemento activo y complejo de todo conocimiento. Este es el verdadero desafío de nuestro tiempo: interpretar para obtener experiencias a partir de los datos y sentido a partir de los discursos. Y es aquí donde las ciencias humanas y sociales se hacen valer como especialistas de sentido, como saberes que producen y evalúan significación.
Hay un lugar común que pone todas las expectativas de progreso colectivo en el desarrollo de un conocimiento entendido a partir del modelo de la exactitud científica y la practicidad tecnológica. Pero lo cierto es que la mayor parte de nuestros actuales debates no giran en torno a datos e informaciones sino sobre su sentido y pertinencia, es decir, acerca de cómo debemos interpretarlos, sobre lo que es deseable, justo, legítimo o conveniente.
Jugando a profetizar, Ray Kurz-weil aseguraba que en 2048 nuestro buzón recibirá un millón de mails cada día, pero un asistente virtual los gestionará sin que tengamos que preocuparnos. Sería incluso posible que unos nanorreceptores-transmisores conectaran directamente nuestras sinapsis con unas supermáquinas que nos harían capaces de pensar un millón de veces más rápido. El problema es qué querrá decir "pensar" en tales condiciones. Contra la reducción de la inteligencia a una lectura de datos o a la aceptación de formas predefinidas, es necesario subrayar que el saber requiere libre acceso a la información, pero también capacidad de eliminar el "ruido" de lo insignificante. Más que almacenar, lo decisivo es interpretar la información. El problema no es la disponibilidad, sino la valoración de la información (su grado de fiabilidad, pertinencia, significación, el uso que de ella puede hacerse).
El conocimiento que se atiene a lo concreto más que a lo general tiene una fuerte dimensión intuitiva. Desde el imperialismo de las ciencias de la universalidad, la intuición interpretativa ha sido presentada como una forma menor de conocimiento, cuando no algo completamente irracional. Pero la experiencia nos muestra que no es sensato prescindir de estos modos de conocimiento, especialmente en contextos de gran complejidad. Si pensamos en casos como la crisis provocada en buena medida por la matematización de la economía o en los desequilibrios ecológicos que implican ciertas tecnologías, lo que tenemos es un cuadro muy contrario: las pretensiones de exactitud han dado lugar a decisiones irracionales y solo las culturas de interpretación (esos entornos críticos en los que se interroga por la inserción social de las tecnologías, se discuten sus aplicaciones sociales, se hacen valer criterios éticos y políticos) han conseguido corregir su inexactitud social. La intuición interpretativa que practican las humanidades tiene un enorme valor epistemológico, heurístico y prudencial en espacios de gran incertidumbre (como son los de las sociedades contemporáneas).
Cuando las certezas son escasas, hacerse una idea general es más importante que la acumulación de datos o el examen pormenorizado de un sector de la realidad. Las interpretaciones generalistas orientan mejor que el saber especializado. Esta es la razón por la cual lo más demandado es adivinar el futuro. Las preguntas más inquietantes que nos planteamos tienen que ver con el posible devenir de las cosas (¿cuándo saldremos de la crisis?, ¿cómo va a evolucionar el terrorismo?, ¿de qué manera se comportarán los electores?). El saber de mayor utilidad no es el que se refiere a una utilidad inmediata o sectorial, sino el que permite hacernos una idea general de lo que va a suceder y gracias a lo cual podemos poner en marcha operaciones tan importantes como anticipar, prevenir, favorecer o asegurar.
La interpretación tiene además un especial valor en contextos dominados por la rapidez y el automatismo. Vivimos en unas sociedades en las que los flujos comunicativos nos atraviesan permanentemente. Pues bien, esa sociedad de flujos requiere filtros para evitar ser arrollado por la información sin sentido o el cliché banal. La verdadera soberanía epistemológica consiste en interrumpir, no reaccionar mecánicamente, no responder rápidamente al mail, resistir contra la aceleración, escapar del esquema estímulo-respuesta, no contribuir ni al pánico ni a la euforia, establecer una distancia, una dilación, posponer la respuesta y posibilitar incluso algo nuevo e imprevisible. La inteligencia y la libertad subjetivas necesitan constituirse, especialmente hoy, como centro de indeterminación e imprevisibilidad.
¿Tiene todo esto algún valor político especial? ¿Cómo se traduce políticamente la cultura de la interpretación? ¿En qué sentido puede afirmarse, como lo hace Martha Nussbaum, que la democracia necesita de las humanidades? Podemos entender esa aportación precisamente a partir del valor político de la interpretación. Nuestro destino colectivo está íntimamente ligado a la capacidad de interpretar nuestros hábitos cotidianos y nuestras necesidades, depende más del acierto a la hora de interpretar qué es una vida propiamente humana que de manejar los datos observables.
Si concebimos nuestras sociedades democráticas como sociedades que se interpretan a sí mismas, entonces tenemos mayores posibilidades de escapar del paradigma dominante que entiende la sociedad del conocimiento como el encuentro vertical entre los expertos y las masas. Puede entenderse la democracia como aquel sistema político que parte del presupuesto de que todos somos intérpretes. La sociedad es la puesta en común, frágil y conflictiva, de nuestras interpretaciones, algo más democratizador que la sumisión a unos datos supuestamente objetivos.
Contra el automatismo de los lectores, la idea de una sociedad de los intérpretes es más discontinua, compleja y conflictiva. A una sociedad así entendida no le corresponde una política entendida a partir del modelo de la mera gestión. Una política de la interpretación supone siempre abandonar los lugares comunes, reconsiderar nuestras prioridades, describir las cosas de otra manera, formular otras preguntas... Frente a esta indeterminación democrática, todos los sedicentes realistas han apelado siempre a los datos para impedir la exploración de las posibilidades. Pero sabemos que esto no es sino una forma sutil de poder que consiste en insistir en los datos sin cuestionar las prácticas hegemónicas a partir de las cuales se obtienen precisamente esos datos y no otros. Esa dimensión crítica de la interpretación la hemos aprendido en el cultivo de eso que llamamos humanidades, que son, por cierto, la mejor educación para la ciudadanía.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática.

CUENTO. "La insignia", de Julio Ramón Ribeyro (Lima, Perú, 1929-1994)

Julio Ramón Ribeyro

La insignia
Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamente de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: "Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo".
Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que decidí usarla.
Aquí empieza realmente el encadenamiento de sucesos extraños que me acontecieron. Lo primero fue un incidente que tuve en una librería de viejo. Me hallaba repasando añejas encuadernaciones cuando el patrón, que desde hacía rato me observaba desde el ángulo más oscuro de su librería, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales, me dijo: "Aquí tenemos libros de Feifer". Yo lo quedé mirando intrigado porque no había preguntado por dicho autor, el cual, por lo demás, aunque mis conocimientos de literatura no son muy amplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido añadió: "Feifer estuvo en Pilsen". Como yo no saliera de mi estupor, el librero terminó con un tono de revelación, de confidencia definitiva: "Debe usted saber que lo mataron. Sí, lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga". Y dicho esto se retiró hacia el ángulo de donde había surgido y permaneció en el más profundo silencio. Yo seguí revisando algunos volúmenes maquinalmente pero mi pensamiento se hallaba preocupado en las palabras enigmáticas del librero. Después de comprar un libro de mecánica salí, desconcertado, del negocio.
Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente, pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios cuando un hombre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y, antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita que rezaba: SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me encontré con varios sujetos extraños que merodeaban y que, por una coincidencia que me sorprendió, tenían una insignia igual a la mía. Me introduje en el círculo y noté que todos me estrechaban la mano con gran familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señalada y en una habitación grande tomamos asiento. Un señor de aspecto grave emergió tras un cortinaje y, desde un estrado, después de saludarnos, empezó a hablar interminablemente. No sé precisamente sobre qué versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una conferencia. Los recuerdos de niñez anduvieron hilvanados con las más agudas especulaciones filosóficas, y a unas disgresiones sobre el cultivo de la remolacha fue aplicado el mismo método expositivo que a la organización del Estado. Recuerdo que finalizó pintando unas rayas rojas en una pizarra, con una tiza que extrajo de su bolsillo.
Cuando hubo terminado, todos se levantaron y comenzaron a retirarse, comentando entusiasmados el buen éxito de la charla. Yo, por condescendencia, sumé mis elogios a los suyos, mas, en el momento en que me disponía a cruzar el umbral, el disertante me pasó la voz con una interjección, y al volverme me hizo una seña para que me acercara.
-Es usted nuevo, ¿verdad? -me interrogó, un poco desconfiado.
-Sí -respondí, después de vacilar un rato, pues me sorprendió que hubiera podido identificarme entre tanta concurrencia-. Tengo poco tiempo.
-¿Y quién lo introdujo?
Me acordé de la librería, con gran suerte de mi parte.
-Estaba en la librería de la calle Amargura, cuando el...
-¿Quién? ¿Martín?
-Sí, Martín.
-¡Ah, es un colaborador nuestro!
-Yo soy un viejo cliente suyo.
-¿Y de qué hablaron?
-Bueno... de Feifer.
-¿Qué le dijo?
-Que había estado en Pilsen. En verdad... yo no lo sabía.
-¿No lo sabía?
-No -repliqué con la mayor tranquilidad.
-¿Y no sabía tampoco que lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga?
-Eso también me lo dijo.
-¡Ah, fue una cosa espantosa para nosotros!
-En efecto -confirmé-. Fue una pérdida irreparable.
Mantuvimos una charla ambigua y ocasional, llena de confidencias imprevistas y de alusiones superficiales, como la que sostienen dos personas extrañas que viajan accidentalmente en el mismo asiento de un ómnibus. Recuerdo que, mientras yo me afanaba en describirle mi operación de las amígdalas, él, con grandes gestos, proclamaba la belleza de los paisajes nórdicos. Por fin, antes de retirarme, me dio un encargo que no dejó de llamarme la atención .
-Tráigame en la próxima semana -dijo- una lista de todos los teléfonos que empiecen con 38.
Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí con la lista.
-¡Admirable! -exclamó-. Trabaja usted con rapidez ejemplar.
Desde aquel día cumplí una serie de encargos semejantes, de lo más extraños. Así, por ejemplo, tuve que conseguir una docena de papagayos a los que ni más volví a ver. Mas tarde fui enviado a una ciudad de provincia a levantar un croquis del edificio municipal. Recuerdo que también me ocupé de arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas residencias escrupulosamente señaladas, de escribir un artículo sobre los cuerpos celestes, que nunca vi publicado, de adiestrar a un memo en gestos parlamentarios, y aun de cumplir ciertas misiones confidenciales, como llevar cartas que jamás leí o espiar a mujeres exóticas que generalmente desaparecían sin dejar rastro.
De este modo, poco a poco, fui ganando cierta consideración. Al cabo de un año, en una ceremonia emocionante, fui elevado de rango. "Ha ascendido usted un grado", me dijo el superior de nuestro círculo, abrazándome efusivamente. Tuve, entonces, que pronunciar una breve alocución, en la que me referí en térmios vagos a nuestra tarea común, no obstante lo cual, fui aclamado con estrépito.
En mi casa, sin embargo, la situación era confusa. No comprendían mis desapariciones imprevistas, mis actos rodeados de misterio, y las veces que me interrogaron evadí las respuestas poque, en realidad, no encontraba una satisfactoria. Algunos parientes me recomendaron, incluso, que me hiciera revisar por un alienista, pues mi conducta no era precisamente la de un hombre sensato. Sobre todo, recuerdo haberlos intrigado mucho un día que me sorprendieron fabricando una gruesa de bigotes postizos, pues había recibido dicho encargo de mi jefe.
Esta beligerancia doméstica no impidió que yo siguiera dedicándome, con una energía que ni yo mismo podría explicarme, a las labores de nuestra sociedad. Pronto fui relator, tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo, y conforme me iba sumiendo en el seno de la organización aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en una secta religiosa o en una agrupación de fabricantes de paños.
A los tres años me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo más intrigante. No tenía yo un céntimo; sin embargo, los barcos me brindaban sus camarotes, en los puertos había siempre alguien que me recibía y me prodigaba atenciones, y en los hoteles me obsequiaban sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades, aprendí lenguas foráneas, pronuncié conferencias, inauguré filiales a nuestra agrupación y vi cómo extendía la insignia de plata por todos los confines del continente. Cuando regresé, después de un año de intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado como cuando ingresé a la librería de Martín.
Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios, sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que viene a mí por las noches sin que yo le llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda inexorablemente en la cábala.

(Lima, 1952)

PRENSA. 27 noviembre 2010

En "El País":

1. Opio del pueblo. Columna de Manuel Rivas.

2. Ana María Fagundo, poeta canaria de la isla y la ausencia. Obituario, por la poeta Cecilia Domínguez Luis.

3. Simón Bolívar de carne y hueso. Por Verónica Calderón. El escritor William Ospina se adentra en la contradictoria personalidad del libertador. Un hombre de su tiempo, no del nuestro. Por Carlos Malamud, catedrático de Historia de América en la UNED y autor de Populismos latinoamericanos (ediciones Nobel).

4. Vicens Vives va a la guerra. Reportaje de Carles Geli. Hallado en Italia un texto de 1954 en el que el historiador critica a la Iglesia.

5. Los remedios de la abuela. Por Vicente Verdú.

6. ¿Qué unión necesita el Mediterráneo? Artículo de Haizam Amirah Fernández y Eduard Soler i Lecha, investigadores principales para el Mediterráneo en el Real Instituto Elcano (Madrid) y Centro de Estudios y Documentación Internacionales de Barcelona (CIDOB), respectivamente.

7. La corrupción ¿bien de interés cultural? Artículo de la periodista y escritora Rosa María Artal.

8. Todos con el paso cambiado. Artículo de Pul Kennedy, que ocupa la cátedra Dilworth de Historia y es director de Estudios de Seguridad Internacional en la Universidad de Yale. Traducción de Juan Ramón Azaola. Las querellas de este otoño sacan a la luz la contradicción que existe entre el cada vez menor peso económico de Estados Unidos en el mundo y el artificialmente alto papel del dólar en el sistema monetario internacional.

viernes, 26 de noviembre de 2010

POESÍA. "Deshaced ese verso...", de León Felipe (1884-1968)

León Felipe

                   II

Deshaced ese verso.
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma...
Aventad las palabras...
y si después queda algo todavía,
eso será la poesía.

                    V
Poeta,
ni de tu corazón,
ni de tu pensamiento,
ni del horno divino de Vulcano
han salido tus alas.
Entre todos los hombres las labraron
y entre todos los hombres en los huesos
de tus costillas las hincaron.
La mano más humilde te ha clavado
un ensueño...
una pluma de amor en el costado.

LECTURA. Recomendación de lectura: "El reino de este mundo", de Alejo Carpentier (Cuba, 1904-1980)

Alejo Carpentier

(Capítulo) V
DE PROFUNDIS

   El veneno se arrastraba por la Llanura del Norte, invadiendo los potreros y los establos. No se sabía cómo avanzaba entre las gramas y alfalfas, cómo se introducía en las pacas de forraje, cómo se subía a los pesebres. El hecho era que las vacas, los bueyes, los novillos, los caballos, las ovejas, reventaban por centenares, cubriendo la comarca entera de un inacabable hedor de carroña. En los crepúsculos se encendían grandes hogueras, que despedían un humo bajo y lardoso, antes de morir sobre montones de bucráneos negros, de costillares carbonizados, de pezuñas enrojecidas por la llama. Los más expertos herbolarios del Cabo buscaban en vano la hoja, la resina, la savia, posibles portadoras del azote. Las bestias seguían desplomándose, con los vientres hinchados, envueltas en un zumbido de moscas verdes. Los techos estaban cubiertos de grandes aves negras, de cabeza pelada, que esperaban su hora para dejarse caer y romper los cueros, demasiado tensos, de un picotazo que liberaba nuevas podredumbres.
   Pronto se supo, con espanto, que el veneno había entrado en las casas. Una tarde, al merendar una ensaimada, el dueño de la hacienda de Coq-Chante se había caído, súbitamente, sin previas dolencias, arrastrando consigo un reloj de pared al que estaba dando cuerda. Antes de que la noticia fuese llevada a las fincas vecinas, otros propietarios habían sido fulminados por el veneno que acechaba, como agazapado para saltar mejor, en los vasos de los veladores, en las cazuelas de sopa, en los frascos de medicinas, en el pan, en el vino, en la fruta y en la sal. A todas horas escuchábase el siniestro claveteo de los ataúdes. A la vuelta de cada camino aparecía un entierro. En las iglesias del Cabo no se cantaban sino Oficios de Difuntos, y las extremaunciones llegaban siempre demasiado tarde, escoltadas por campanas lejanas que tocaban a muertes nuevas. Los sacerdotes habían tenido que abreviar los latines, para poder cumplir con todas las familias enlutadas. En la Llanura sonaba, lúgubre, el mismo responso funerario, que era el gran himno del terror. Porque el terror enflaquecía las caras y apretaba las gargantas. A la sombra de las cruces de plata que iban y venían por los caminos, el veneno verde, el veneno amarillo, o el veneno que no teñía el agua, seguía reptando, bajando por las chimeneas de las cocinas, colándose por las rendijas de las puertas cerradas, como una incontenible enredadera que buscara las sombras para hacer de los cuerpos sombras. De misereres a de profundis proseguía, hora tras hora, la siniestra antífona de los sochantres.
   Exasperados por el miedo, borrachos de vino por no atreverse ya a probar el agua de los pozos, los colonos azotaban y torturaban a sus esclavos, en busca de una explicación. Pero el veneno seguía diezmando las familias, acabando con gentes y crías, sin que las rogativas, los consejos médicos, las promesas a los santos, ni los ensalmos ineficientes de un marinero bretón, nigromante y curandero, lograran detener la subterránea marcha de la muerte. Con prisa involuntaria por ocupar la última fosa que quedaba en el cementerio, Madame Lenormand de Mezy falleció el domingo de Pentecostés, poco después de probar una naranja particularmente hermosa que una rama, demasiado complaciente, había puesto al alcance de sus manos. Se había proclamado el estado de sitio en la Llanura. Todo el que anduviera por los campos, o en cercanía de las casas después de la puesta del sol, era derribado a tiros de mosquete sin previo aviso. La guarnición del Cabo había desfilado por los caminos, en risible advertencia de muerte mayor al enemigo inapresable. Pero el veneno seguía alcanzando el nivel de las bocas por las vías más inesperadas. Un día, los ocho miembros de la familia Du Periguy lo encontraron en una barrica de sidra que ellos mismos habían traído a brazos desde la bodega de un barco recién anclado. La carroña se había adueñado de toda la comarca.

Publicado por Booket. Págs. 35-37

LA COMPRENSIÓN LECTORA (3), por Emilio Sánchez Miguel. Del Informe "La lectura en España, 2008". Coordinador: José Antonio Millán


La comprensión lectora (3)

¿Cómo nos convertimos en lectores competentes?

Sin duda sabemos más sobre cómo se comporta un lector competente que sobre el largo proceso que nos permite llegar a serlo. Veamos qué puede decirse al respecto. En primer lugar, debemos tener en cuenta la naturaleza del reto que deben afrontar los alumnos. Hay aquí dos formas de entenderlo:
Una concepción muy extendida es que los alumnos deben aprender esencialmente a identificar las palabras escritas y a conectar, progresivamente, este logro con su capacidad de comprensión oral. Desde este punto de vista, la alfabetización es igual a codificación + comprensión oral [Gough y Tunmer 1986]. Dicho en otras palabras, lo específico de la lectura es la decodificación, el resto es lenguaje y conocimiento del mundo [Alegría 2006].
Una línea alternativa es asumir que la aparición de la escritura como herramienta cultural cambió nuestra relación con el lenguaje oral y, de rebote, cambió también nuestra mente, hasta hacerla más analítica, auto-consciente y crítica [Olson 1977]. Si asumimos este punto de vista, cabría decir que la comprensión lectora reúne tres competencias distintas: descodificación + comprensión oral + los recursos que requiere operar con formas descontextualizadas y distantes de usar el lenguaje como el ensayo, el texto argumentativo o los manuales de instrucciones; formas que pueden encerrar una complejidad que raramente se encuentran en la comunicación oral. Estos recursos específicos de la comprensión de la lengua escrita pueden agruparse en las siguientes:
1. una sofisticada capacidad de control de la comprensión (recuérdese el experimento sobre la superconducción),
2. el uso de estrategias que permiten reparar los problemas de comprensión que se van detectando durante la lectura, y
3. la competencia retórica, entendida como conocimiento y uso del repertorio de señales y marcadores discursivos («por un lado», «más importante todavía») que es posible insertar en un texto complejo y que, llegado el caso, pueden facilitar el despliegue de esa capacidad de control y de esas mismas estrategias mencionadas en los puntos 1 y 2.
Por supuesto, si eso fuera correcto podríamos esperar encontrar alumnos que descodifican bien y comprenden mensajes escritos no académicos, pero fracasan cuando deben leer para aprender. Creemos que para fines prácticos la segunda visión es la correcta y, por tanto, que alcanzar una buena capacidad de comprensión requiere reunir los tres logros indicados.
Mas es importante considerar que reunir semejante puzzle de competencias requiere muchos años de aprendizaje acumulativo. Tomemos como ejemplo de este último punto lo que ocurre con la competencia aparentemente más elemental de todas: la descodificación. Un proceso que nos permita transformar los signos ortográficos de las palabras escritas en lenguaje, de tal manera que cuando una expresión escrita como «casa» llega a nuestro campo visual, el lector puede acceder a cuanto sabe de dicha palabra: cómo suena, qué significa… Este logro es atendido explícitamente en el sistema educativo en los primeros cursos de la escolaridad pero, como enseguida veremos, su plena adquisición se demora muchos cursos más.
Sabemos así que tanto la precisión como, especialmente, la rapidez con la que se reconocen palabras van mejorando paulatinamente a lo largo de la Educación Primaria y Secundaria. Más importante es saber que incluso al final de la Educación Primaria la velocidad con la que los alumnos leen las palabras predice su nivel de comprensión. De esta manera, si comparamos a dos alumnos con los mismos conocimientos previos, la misma capacidad de memoria de trabajo y la misma habilidad para operar con los marcadores discursivos, el que lea más rápido probablemente comprenderá un poco mejor.
Naturalmente, quien comprende un poco mejor tiene más probabilidades de involucrarse en más experiencias lectoras, y esto, de rebote, ocasionará una mecánica lectora más eficaz que ahondará las diferencias previas de los alumnos.
Estos resultados muestran que estamos ante un proceso acumulativo muy prolongado en el tiempo y en el que las diferencias que se van produciendo entre los alumnos respecto de cualquiera de las habilidades implicadas (incluso las más elementales) repercuten en los logros globales. Sobra añadir en este contexto que el resto de las competencias de las que hemos venido hablando requieren también una prolongada experiencia de aprendizaje. Conocidas las necesidades de los alumnos para llegar a ser lectores competentes, es el momento de prestar atención a la respuesta educativa que encuentran en nuestras aulas. Hay pocas dudas de que los alumnos experimentan una enseñanza explícita y sistemática del código. De hecho, hay evidencias consistentes de que nuestros escolares adquieren con mayor rapidez y facilidad el código debido en gran parte a la sencillez y economía de nuestro sistema de escritura [Alegría 2006]. Los mediocres resultados de nuestros escolares en la comprensión lectora no pueden explicarse por una iniciación deficiente al aprendizaje de la lectura. Otra cuestión muy diferente es el trato que reciben el resto de las competencias implicadas. Los datos observacionales del modo en el que se desarrollan las lecturas de textos en el aula [Sánchez, García, De Sixte, Castellano y Rosales 2008] sugieren que buena parte de las tareas implicadas en esas lecturas pueden resolverse sin que sea estrictamente necesario una comprensión profunda del material. De la misma manera, las ayudas que se proporcionan van dirigidas más a asegurarse de que se encuentra una respuesta correcta que a ayudar a los alumnos a generarla por sí mismos, a enseñarles, por ejemplo, a reparar en inconsistencias.

c Del texto, los autores, 2008
c De la edición, 'Fundación Germán Sánchez Ruipérez' y Federación de Gremios de Editores de España, 2008
ISBN 978-84-89384-75-0
Depósito legal: M-56753-2008
Impreso en España. Printed in Spain

CÓMIC. INGLÉS. RECURSOS DIDÁCTICOS. "Tarzán" (14), de Edgar Rice Burroughs, por Hal Foster (1892-1982)

Para ampliar texto e imagen, pulsar con el ratón.
Tiras diarias, 1929 (14)

PRENSA CULTURAL. MÚSICA. Entrevista a Leo Brouwer

Leo Brouwer

En "El Día de Córdoba":

Brouwer asegura que no le interesa haber ganado un Grammy Latino


El compositor cubano arremete contra EEUU y asevera que le parece "muy raro" que su música haya ganado este premio "porque yo no le soy un negocio a los yanquis"

Concha Barrigós (Efe) / Madrid
Actualizado 24.11.2010

El músico cubano Leo Brouwer tiene 71 años y ni un solo pelo en la lengua; por eso no se inmuta al decir que la zarzuela se canta en el mundo, incluida España, "gritando"; que sus compañeros músicos están empeñados en "ser Beethoven" o que el problema de Cuba son los yanquis, ojo, no los norteamericanos.
"Walt Whitman y William Faulkner son norteamericanos, Bush es un hijo de puta. Perdón, me equivoqué: que me excusen los hijos de puta", dice el compositor, guitarrista y director cubano, que mañana recogerá en Madrid el premio SGAE de la Música Iberoamericana 'Tomás Luis de Victoria', dotado con 60.000 euros. "Las dificultades de Cuba, que existen, podrían comenzar a liquidarse si el Gobierno norteamericano fuera decente, y decente he sido yo al decirle norteamericano y no yanqui", insiste el músico, con una carrera de más de 50 años y reciente ganador de un premio Grammy Latino que ha recibido con frialdad.
Brouwer insiste en que el galardón no le quita el sueño: "Todos sabemos que el Grammy es un negocio. No significa nada", asegura. "El Grammy no me interesa, y lo digo con respeto al jurado, que es altamente profesional. Me parece muy raro que mi música haya ganado un Grammy porque yo no le soy un negocio a los yanquis. Pero está muy bien, me alegro, así se mueve mi nombre", destaca el compositor.
Con el que está "muy honrado" es con el premio de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) porque, dice, el jurado es "muy profesional y conoce mucho". "Por algo me cambié a la SGAE hace años, porque yo estaba antes en la sociedad de autores francesa, y ha sido siempre una defensora del autor no sólo español sino del iberoamericano. Ni recuerdo cuántos años llevo en ella pero lo que no se me olvida es que aquel día coincidí con Miguel Ríos y conversamos como locos", rememora.
No obstante, matiza, "quizá" la SGAE, en su propósito de defensa y recaudación de los derechos, se haya "equivocado", "exagerado algo en alguno de sus renglones, y digo quizá porque no estoy ni tratando de dorarle la píldora ni de justificarlo".
Brouwer estuvo diez años dirigiendo a la Orquesta de Córdoba - "me vine para dar distancia a una cuestión personal, un divorcio"- y guarda un recuerdo excelente de su paso por ella, aunque ahora está "emocionado" con los festivales que organiza con una orquesta de cámara en La Habana con obras casi inéditas de los siglos XX y XXI.
"La música contemporánea se obvia de forma alarmante y todos se concentran en los grandes clásicos. El sueño de los propios intérpretes es ser un gran clásico, Beethoven o Tchaikovsky, y verse en La Fenice, en el Metropolitan...".
A las composiciones del XX y el XXI les pasa, compara, lo que a la zarzuela, que "se mecaniza, se grita, se malinterpreta en un gran por ciento". "Señores, les digo cuando dirijo zarzuela, háganse a la idea de que esto no es Vives o Bretón, sino Mozart o Monteverdi. Se quedan entre ofendidos y sorprendidos pero es entonces cuando comienzan a interpretar: en vez de gritar cantan suave y crece la frase. Eso mismo sucede con la contemporánea, que sólo se solfea", expone el músico cubano.
Leo Brouwer se levanta cada día a las cinco de la mañana, hace gimnasia, camina, desayuna y se pone a componer -tiene obras encargadas hasta 2013-, la actividad que más le gusta y le mantiene vivo.
En su viaje a España, donde estará hasta mediados de diciembre, tiene previsto dar clases en el País Vasco y luego pasar, aunque de "clandestino", por Córdoba, donde vuelve cada año para hacer "cosas" junto a la Orquesta y, cuando coincide, darse lujos como escuchar a Paco de Lucía.
"El que no admire a Paco es porque es un antimúsico. Es un genio y sin él el camino del flamenco tendría otro significado. Es un innovador y, al mismo tiempo, un guardián de las esencias, como Manolo Sanlúcar", piropea.

PRENSA. "De lo real maravilloso", por Julio María Sanguinetti. (Sobre Haití)

Julio María Sanguinetti
En "El País":
De lo real maravilloso

JULIO MARÍA SANGUINETTI 25/11/2010

   A fines de 1943 tuve la suerte de poder visitar el reino de Henri Christophe -las ruinas, tan poéticas, de Sans-Souci; la mole, imponentemente intacta a pesar de rayos y terremotos, de la Ciudadela La Ferriére- y de conocer la todavía normanda ciudad del Cabo -el Cap Français de la antigua colonia-, donde una calle de larguísimos balcones conduce al palacio de cantería habitado antaño por Paulina Bonaparte". Así empieza su deslumbrado y deslumbrante relato sobre Haití Alejo Carpentier, en El reino de este mundo, cuando encontró en el mundo mágico de esa nación su concepto de "lo real maravilloso", ese maridaje asombroso de lo cotidiano con lo mágico, la historia con la leyenda.
   Es natural ese sacudimiento que en el escritor cubano produjera esta nación que alumbró el fulgor de la independencia americana con su primera llamarada. Mucho antes de nuestro 1810 rioplatense, desde 1791 los esclavos negros haitianos luchaban contra los ejércitos franceses, a los que terminaron derrotando y proclamando su independencia en 1804. Ese Henri Christophe que recuerda fue uno de esos revolucionarios que, uniformados a la francesa, ejercieron un errático poder político, en algunos republicanos y en otros monárquicos, como en su caso. El gran hecho histórico -olvidado en estos tiempos bicentenarios- es que Haití es el caso único de una emancipación asociada a la abolición de la esclavitud, hecho memorable que, sin embargo, produjera el recelo de la región, ante la posibilidad de la manumisión general.
   Si hoy Alejo llegara a Haití, después de la crisis política de 2004 que llevara a la intervención de Naciones Unidas, del terremoto de enero de 2010, del huracán Tomas y ahora del cólera, seguramente no encontraría por ningún lado lo maravilloso. Aun en los recónditos repliegues mágicos del vudú o de su música afroantillana, difícil es ver algo más que una realidad de miseria, enfermedad y desorden. El terremoto dejó 230.000 muertos y el huracán volteó lo que quedaba en pie. Buenos edificios de justicia y escuelas hoy son ruinas y pese a sus universidades, la población se arrastra en el más bajo nivel educativo. Francia otorgó 40 becas para jueces o abogados del Estado y de 238 candidatos presentados, ninguno pasó la prueba mínima... Ocurre que la élite ilustrada emigró y solo el heroico esfuerzo de algunos pocos empresarios mantiene en funcionamiento un país cuya exportación es casi exclusivamente de textiles y cuya agricultura no pasa de una producción de subsistencia luego de una salvaje deforestación.
   La comisión que preside Clinton ha reunido fondos y procura generar trabajo, principio de todas las cosas. Apenas ha logrado reflotar alguna maquila de ropa y poco más. Hay empresarios coreanos que proyectan inversiones, pero la falta de garantías todavía demora su empeño. El hecho es que el 80% de la población malvive desempleada o subempleada, en un país con el ingreso per cápita más bajo de la región, unos 770 dólares.
   Si el drama haitiano ha conmovido esta vez al mundo, a quien más preocupa, obviamente, es a la República Dominicana, que comparte el territorio de la isla de Santo Domingo, con unos dos tercios para los hispanoparlantes. En la historia, sin embargo, existe un periodo -1822-1844- en el que Haití dominó el este de la isla, dejando una secuela de resentimientos que la población dominicana no oculta. El Gobierno de Leonel Fernández, el más prestigioso gobernante de toda la región, ha llevado adelante con empeño una política de acercamiento, al punto de visitar a su colega Préval al día siguiente del terremoto, pero hubo de hacerlo sin anuncio para evitar reacciones que podían ser impensadas. Ya le tocó vivirlo cuando, cumpliendo la única visita de Estado de un presidente dominicano en toda la historia, fue ametrallado el palacio por grupos que se supone vinculados al narcotráfico. Ni esta plaga falta en la tragedia.
   La pregunta de todos los días es: ¿la mentada ayuda humanitaria llegó? Arriba razonablemente y con ella es que se atiende a un millón de haitianos que viven en carpas, con disposición de comida y agua potable. ¿Y la reconstrucción? Esto sí es difícil. No hay un Estado organizado con capacidad para administrar esos fondos. La población, por su parte, no siempre colabora, como se ha visto estos días, con la reacción airada ante las tropas nepalesas de Naciones Unidas, a las que se atribuye haber traído el cólera. Nada está probado, pero cualquier prejuicio o rumor se instala fácilmente en gente angustiada y maltratada, que solo ha vivido inestabilidad política o autoritarismos tan crueles como el de los Duvalier, que recién en 1986 cayeron, luego de 29 años de dominio absoluto. Lo que vino después tampoco resultó auspicioso, al punto de que Préval es el único presidente que terminó su mandato.
   Hoy, estamos ante la extraña paradoja de que en medio de esta tragedia, todos se preparan para que el próximo domingo 28 se elija un nuevo presidente y un nuevo Congreso. La campaña puede decirse que es lo más normal de lo que allí se observa y ojalá sirva para recomponer en algo la estructura de este Estado desvertebrado y anómico.

Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay, es abogado y periodista.

PRENSA. 26 noviembre 2010

En "El País":

1. Ánimo, colegas. Columna de Juan José Millás.

2. Vargas Llosa en manos del censor. Por Tereixa Constenla. Las obras del hoy premio Nobel sufrieron múltiples encontronazos con la dictadura, que prohibió 'La ciudad y los perros' y vetó la cubierta de 'Pantaleón y las visitadoras'.

3. Tu vacuna también es por mí. Reportaje de R. Rincón y M. R. Sahuquillo. Un juez de Granada obliga a los padres de un centro a vacunar a sus hijos para frenar un brote de sarampión - El derecho a la salud prima sobre la libertad individual.

4. ¿Demasiadas renovables o demasiado pocas? Artículo de Domingo Jiménez y Joaquín Nieto, patronos fundadores de la 'Fundación Renovables'.

5. La evolución de Savater. Artículo de José Lázaro, profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid. En algunas cosas el filósofo no defiende hoy lo mismo que en su juventud: el constitucionalista fue ácrata, el fustigador de los nacionalismos periféricos fue su defensor. Pensar libremente es también cambiar de ideas.

6. CINE. Crítica de cine. La lucha por la vida (Entrelobos, de Gerardo Olivares. Por Javier Ocaña). (El buen salvaje entre lobos. Reportaje. Por Gregorio Belinchón. Gerardo Olivares evoca en su nueva película la vida del niño cordobés que vivió 12 años solo en Sierra Morena - El filme se inspiró en un reportaje de EL PAÍS). Una flor en invierno (Poesía, de  Lee Chang-dong. Por Jordi Costa). Prostitución en la familia (Chloe, de Atom Egoyan. Por Jordi Costa).

jueves, 25 de noviembre de 2010

IES "MAIMÓNIDES".CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO. Microrrelato de Marina Romero Ruiz (3º ESO)

GANADOR DEL 2º PREMIO DEL "CONCURSO DE LITERATURA HIPERBREVE ILUSTRADA CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO", CONVOCADO POR EL CEP "LUISA REVUELTA".


   Cuando era pequeña, le daban miedo las inyecciones. Su madre le decía que tenía que ser una chica valiente, que no tenía que llorar. Y aunque estaba aterrada, aunque lo único que quería era echar a correr en dirección opuesta, no lloró una sola vez. No pensaba demostrarle, cuando entrase al comedor, donde él recomponía el jarrón que había estrellado sobre su cabeza, que le dolía el alma. No le dejaría romperla por dentro, aunque la hubiera destrozado por fuera. Era una chica valiente.

IES "MAIMÓNIDES". CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO. Microrrelato de Bernardo Ríos (profesor)


Manifestación en Córdoba. 21 noviembre 2010. ("El Día de Córdoba")

¡Volar! Siempre lo había deseado. Ver países exóticos, conocer otros paisajes. ¡Volar!... Éste era su último pensamiento, mientras volaba, con la cara ensangrentada, hacia el asfalto, desde el 5º piso. Esta vez su marido no se había contentado con pegarle, con insultarla. Esta vez la había empujado. Y ella no quería este único vuelo de su vida, este único vuelo de su muerte.

IES "MAIMÓNIDES". CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO. Haiku de Rafael Pareja Donnier (3º ESO)

Busco sonrisas.
Mirándome al espejo,
encuentro dolor.

CÓMIC. Contra el machismo. "Juego limpio", de Bruce Jones y Dave Stevens (1985)





Para ampliar imágenes, pulsar ratón.
Sacado de aquí.

PRENSA. CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO. "Ni un grito más", por Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

En "El Día de Córdoba":
Ni un grito más

Joaquín Pérez Azaústre
Actualizado 24.11.2010

Ni un grito más. Ya no. Ni un refugio más en el cuarto de baño. Que no se haga ya más de la casa el silencio, del temor dormitorio, de la vida un pasillo. Que no se escuchen golpes a través de la puerta, tras el quicio dormido, con la sangre en cuclillas. Que no se tema más la llegada nocturna, su sordina de llaves, el temblor de la cena. Ya no más la mirada enquistada en el suelo, la humanidad mordida, bajo el parecer mudo. Ya nunca más los ojos hundidos en los platos, el temblor de la mesa, el tirón del mantel, sumergida la voz dentro del fregadero. Ya no más el arrastre de la silla en el suelo, con su rabia de lija, su mortero invisible. Ya nunca más el labio ahogado en la bayeta, su mortaja de lluvia, su dolor sin mortaja. Nunca más caminar con las gafas de sol demasiado aparentes, para esconder la sombra de un eclipse marcado que es la zarpa bestial bajo el sol de los ojos. Ya nunca más vergüenza, ya nunca más temor, ya nunca más temblor, para contar la autopsia antes de que suceda, para hilar el relato de los días con horas, cada hora un minuto, y también el segundo, por su punto un dolor, cada dolor un punto, y también un segundo, y todos bien cosidos para cicatrizar una herida de años.
Pedimos todo esto a la mujer maltratada, a la mujer injuriada, a la mujer vejada. Pedimos todo esto, que es una rebelión, frente a ese ataque continuo, colectivo y consciente que es el horror privado del hogar. Pedimos todo esto, pero también sabemos que la mujer que avance realmente no puede hacerlo sola, que necesita amparo: pero no de justicia únicamente, sino de cobertura física efectiva, de una protección de la muerte segura. Por requerir, incluso nos demanda un cambio de lenguaje, porque "violencia de género", sin más, es una cosa neutra, es un crimen sin nombre, es un dolor sin género. Porque ni sólo es "violencia", ni es "de género": es terrorismo contra las mujeres, porque el terror es un arma cargada de pasado que conocemos bien, que va anulando lenta, eficazmente, una dignidad hasta triturarla, una identidad hasta degradarla, la estatura de un ser para volverla gota y rendición, sumisión esclavista, una degradación íntima y oculta, de la puerta hacia dentro, del pasillo hacia ella, en su asfixia de armario.
Ni un chiste más, ni una broma más, sino igualdad honrada, laboral, de derechos. Ningún machismo más, ni una contemplación. Por todo esto es hermoso que hoy presente Pepa Merlo en Córdoba Peces en la tierra, su antología de las poetas del 27: Carmen Conde, Rosa Chacel o Concha Méndez. También sus poemas miran más allá de nosotros. Ni un grito más. Ya no.

CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO. ANUNCIO