jueves, 5 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "'Los caprichos de la suerte', el testamento literario de Pío Baroja

   En "El País":

La publicación actual y el original de 'Los caprichos de la suerte', de Pío Baroja. / JAVIER HERNÁNDEZ

Una carpeta gris anudada con dos cintas rojas guarda el testamento literario, sentimental e ideológico de Pío Baroja, que este miércoles se ha presentado en Itzea, casa de los Baroja en Bera (Navarra). Se titula Los caprichos de la suerte (Espasa). Los valores de este obra son múltiples: fue la última novela que escribió el autor donostiarra, es la última novela inédita, es la historia en la cual el escritor recrea su experiencia del comienzo de la Guerra Civil española (su detención, huida a Francia e intención de viajar a América) y con la que cierra su trilogía sobre la Guerra Civil titulada Las saturnales, compuesta por El cantor vagabundo (1950) y Miserias de la guerra (2006), donde aparece por primera vez el personaje protagonista de esta novela inédita y acontecimiento literario.
Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) se centra, esta vez, en la posguerra y los albores de la Segunda Guerra Mundial en París con tintes muy autobiográficos. Narra la travesía que emprende Luis Goyena y Elorrio, un periodista y escritor, una especie de alter egosuyo, para huir de los jirones de vida en que ha quedado convertida España. Primero hace el camino a pie de Madrid a Valencia, hasta que logra llegar a París, con el sueño de terminar en América. Pero luego, en París, aparecerá Pío Baroja, identificado como “un señor viejo del hotel Palais Royal”, que dará su opinión sobre temas como la Alemania de la época, el nazismo o Francia, y se verá su cambio de percepción frente a estas cuestiones.


Retrato de Pío Baroja, sin fecha y sin autor.
Es una novela con pasajes muy barojianos, como ese arranque donde presenta a los personajes de manera muy real y describe el paisaje desolador que él ve a medida que cruza el país. También es una novela de ideas donde en las diferentes conversaciones de los personajes, sobre todo del protagonista, Baroja deja traslucir sus teorías literarias y opiniones sobre el comunismo, lo español y los españoles, la sociedad, los pueblos de la época, el optimismo, la amistad, la mediocridad y el amor y el desamor.
“Los caprichos de la suerte siempre ha estado localizada en mi familia, pero no se había publicado por varios motivos: primero por temor a la censura franquista; luego en 1972 empezamos la edición de toda su obra hasta que apareció en 2006 Miserias de la guerra, censurada por la dictadura a comienzos de los años 50, hasta que hace tres años, cuando José-Carlos Mainer preparaba la biografía de Baroja, le propusimos la edición de esta obra que cerraba Las saturnales”, cuenta Pío Caro-Baroja Jaureguialzo, sobrino nieto del escritor de clásicos del siglo XX como El árbol de la ciencia. Lo hace en la biblioteca que tenía Pío Baroja en el caserón de Itzea, a orillas del arroyo de Xantelerreka. La novela llegará a las librerías el 5 de noviembre.
El original de Los caprichos de la suerte tiene 276 páginas más apéndices, que en la edición de Espasa son 190 páginas más una introducción de José-Carlos Mainer. Es la tercera versión: la primera es el manuscrito perdido, la segunda es la obra mecanografiada con tinta azul y la tercera es esta misma pero con docenas de tachaduras, correcciones, añadiduras y adendas hechas de puño y letra de Pío Baroja con pluma negra. En realidad, las tres primeras páginas están escritas a mano y el resto de folios están mecanografiados de manera apaisada, que era como Baroja solía hacerlo, con lo cual cada línea era más larga y permitía avanzar rápidamente al girar menos el rodillo de la máquina. La transcripción la ha hecho Ernesto Viamonte y la edición e introducción Mainer, editor de las obras completas de Baroja, en Galaxia Gutenberg.

Diferentes ideas de Baroja en 'Los caprichos de la suerte'

Entre las ideas del testamento literario de Pío Baroja se encuentra algunas sobre sus compatriotas: “El español actualmente está cerrado en su utopía y no acepta nada de los demás. Haga lo que haga y diga lo que diga. Así es muy difícil que puedan entenderse”.
Sobre la sociedad: “Vivimos en una época mediocre y cruel. Cuando se llegue a una época mediocre y apacible, la gente estará contenta. Ahora puede suceder que este pobre ideal mediocre no se pueda alcanzar y se repita en la sociedad la historia del anillo de Polícrates”.
Sobre el comunismo: “En Rusia parecer ser que han suprimido todos los leprosos. Cuando supriman los tuberculosos, los escrofulosos, los sifilíticos y con ellos los escritores individualistas que se burlan de Karl Marx o de cualquier otro profeta mesiánico y judaico, entonces Stalin comenzará a edificar su verdadero paraíso soviético. Y quizá en esa época habrá mucha gente que encuentre demasiado aburrido este planeta nuestro”.
Sobre la amistad: “Había muchas clases de amistad, pocas que no tuviesen algún interés egoísta encubierto, más o menos inconsciente. No era fácil creer que hubiera un sentimiento humano que no tuviese su fondo de utilidad”.
Sobre el amor y el desamor: “La canción decía así: ‘Buena suerte en el amor / Elorrio ya no tendrá; / queriendo ser seductor / Elorrio fracasará. / Que vaya al norte o al sur / es lo mismo para él; / honrado, caco o tahúr / no tiene suerte ni ley”.
Baroja escribió esta novela, y el proyecto de Las saturnales, entre 1949 y 1951, en su casa madrileña de la calle Ruiz de Alarcón, número 12. “Allí vivió su exilio interior tras la Guerra Civil que pasó fuera del país. En 1950 publicó El cantor vagabundo, luego pecó de ingenuo y presentó Miserias de la guerra que fue censurada y tal vez por ese motivo decidió no exponerse con Los caprichos de la suerte”, explica Caro-Baroja.
La novela está en Itzea porque es allí donde está todo lo concerniente a los Baroja. Una casa tapizada de unos 40.000 libros en la que los armarios no guardan ropa sino más libros. Impregnado del desencanto de la España de la guerra y posguerra, Pío Baroja solo volvió a su paraíso de Itzea de manera muy esporádica y puntual. La última vez fue en 1955, un año antes de su fallecimiento. Sus caminatas por el campo navarro las sustituyó por las del Parque del Retiro, en Madrid, cercano a su casa.
En Itzea sorprendió a Baroja el alzamiento del 18 de julio de 1936. Quedó en zona nacional. El escritor fue detenido, casi fusilado, pero al final fue puesto en libertad. El 22 de julio, con su sobrino Julio, se fue andando cinco kilómetros hasta cruzar la frontera con Francia. Luego volvería. Pero se instalaría, básicamente, en París. Esa travesía física, intelectual y espiritual es la que novela en Los caprichos de la suerte. Allí están tres de sus temas capitales: su obsesión por el conflicto español y las teorías de sus causas, la presencia de un amor frustrado y su estilo directo, claro y libre de retórica. Y un deseo: viajar a América. “Ese es el debate central de la novela, y que vive el protagonista entre viajar o quedarse”, señala Caro-Baroja.
Los caprichos de la suerte confirma y amplía, según Mainer, “la visión absolutamente negativa de la Guerra Civil. Baroja consideraba que fue una barbaridad y que la culpa la tuvo en buena medida la democratización de la política, y la politización de la sociedad española, incluso la República, donde la gran víctima fue la burguesía”.
Esta novela inédita, dice Mainer, nace y procede de Los caprichos del destino, una novela corta de comienzos de los años cuarenta; se desarrolla y finalmente se hace grande en el libro ahora hallado, Los caprichos de la suerte. De éste nacerán, además, dos nuevas obras barojianas: El hotel del cisne y Aquí, París. Según Caro-Baroja no hay más inéditos de ficción. Quedan algunas semblanzas y ensayos.
Esta obra que cierra Las saturnales, en clara referencia mitológica a Saturno devorando a sus hijos, se abre con un prólogo: “Hay quien sospecha –los emborronadores de papel somos suspicaces- que el que escribió este libro, medio en serio medio en broma, fue Luis Goyena y Elorrio. Se dice que primero le dio el título de la Danza de la muerte…”.

PRENSA CULTURAL. "Marta Sanz gana el Premio Herralde con 'Farándula'"

   En "El País":

Marta Sanz gana el premio Herralde con ‘Farándula’

La novela es "borde con el diagnóstico social, con ese 'buenismo', con ese discurso que nos quiere hacer ver la crisis como una oportunidad", asegura la autora

 Barcelona 2 NOV 2015

  • Marta Sanz, ganadora del premio Herrralde. / SANTI BURGOS


    Ante el silencio clamoroso durante los últimos años en España de los intelectuales, el mundo del cine y del espectáculo se erigió en portavoz de la cultura y las clases desfavorecidas frente a las injusticias del sistema camufladas tras la crisis. Pero ¿hasta qué punto en muchos casos eran sinceras y no se acabaron convirtiendo en estrategias de promoción de los propios artistas? ¿Cuánto hubo o hay de impostura en todo ello? ¿Puede la cultura cambiar algo hoy? ¿Hasta qué punto las ingenuidades pueden ser perniciosas? Con la ironía no exenta de causticidad que caracteriza su obra literaria juega Marta Sanz con todo ello en Farándula, la obra con la que acaba de ganar en Barcelona el 33º premio Herralde de novela, dotado con 18.000 euros, que convoca la editorial Anagrama. También el mundo de la cultura y del arte, pero al servicio de un profesor universitario que revive en EEUU un pasado personal no muy feliz, está presente en El instante de peligro, segundo libro del escritor Miguel Ángel Hernández, que le ha valido para quedar finalista.
    La retranca y la ironía son un arma habitual en la obra de Sanz (Madrid, 1964), como ya ha demostrado en algunas de sus novelas más reconocidas, como Un buen detective no se casa jamás o La lección de anatomía. En el caso de Farándula, el vehículo es un elenco de personajes que va desde una actriz ya veterana que va a visitar a una vieja y olvidada gloria del sector a una joven e impulsiva estrella emergente, pasando por un actor ganador de la prestigiosa Copa Volpi del Festival de Cine de Venecia. Un ictus, las representaciones de Eva al desnudo y la adhesión de todos ellos o no a un manifiesto político harán de catalizador de una obra con la que Sanz, autora de la cuadra Anagrama desde que publicara su paródica con el género detectivesco Black, black, black (ahora ya lleva ahí cinco libros), logra su sexto galardón tras, entre otros, el del Ojo crítico 2001 (Los mejores tiempos) o el Tigre Juan, el Cálamo y el Estado Crítico (Daniela Astor y la caja negra).
    De esa última obra, precisamente, es deudora la novela premiada. “Siempre recojo hilos sueltos de otras novelas y de Daniela Astor…me quedó el interés por ese mundo del espectáculo que se mueve entre lo frívolo y lo político, por esa supuesta banalidad de estos tiempos que ya forma parte de nosotros, esa perturbadora diferencia entre lo visto y lo pintado”, define la doctora en Filología y también crítica literaria del suplemento Babelia de este diario. Tiene interés en que no se malinterpreta el juego que propone en Farándula: “Uso la deformación y la risa para manifestar la indignación”, dice de una novela que no duda en calificar de divertida pero también de “borde”, pero no con quien la aborde: “Hay otras obras mías en las que soy más dura con el lector si se entiende borde por novela exigente; no, aquí lo soy con el diagnóstico social, con ese buenismo, con ese discurso que nos quiere hacer ver la crisis como una oportunidad o que casi concluye que uno se muere de cáncer porque no ha sido suficientemente positivo… Hay ingenuidades que son perniciosas y liman el sentido crítico de esta época”.
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    El ámbito del espectáculo le funciona a Sanz como “la mejor metáfora de un mundo, de una sociedad que hoy brilla por fuera pero que está hueca por dentro"
    Farándula está estructurada a partir de las peripecias y retratos de un grupo de actores “muy reconocibles pero no identificables”, si bien sí cita a su admirada María Asquerino (“defiende que la voz de los actores ha de salir siempre desde abajo”) y a Angelina Jolie, George Clooney o Matt Damon… Ese mundo recoge “dos oxímoros: el amor incondicional y el odio gratuito, de linchar o disparar a un muñeco y que se confunde con la libertad de expresión en un contexto de esa falsa libertad tecnológica en la que creemos vivir, y la contradicción que es que son representantes de un glamur en un oficio que ha llegado a tener en España hasta un 90% de paro”. Un ambiente el del ámbito del espectáculo que para Sanz le funciona como “la mejor metáfora de un mundo, de una sociedad que brilla por fuera pero que está hueca por dentro”.
    En ese escenario, Sanz refleja y denuncia un mundo cambiante, una sociedad con un modelo de actitud y comportamiento muy discutible gracias en buena parte también a lo tecnológico, un proceso que define como “una quiebra analógica, que nos hace ser obsoletos antes de tiempo y que conlleva a repensar palabras como gente, caridad, público, popular, respeto y éxito no sabemos bien hacia dónde”, enumera, colocándose en la estela de un Rafael Chirbes. "Sí quizá los intelectuales hemos perdido prestigio social porque no deberíamos haber estado mudos tanto tiempo y sobre según qué pero también hemos sido un pim.-pam-pum de odio y de resentimiento de mucha gente que tampoco se entiende".

    Es una novela borde con el diagnóstico social, con ese 'buenismo', con ese discurso que nos quiere hacer ver la crisis como una oportunidad… Hay ingenuidades que son perniciosas y liman el sentido crítico de esta época
    Cree también la escritora que Farándula no deja de “reflejar un instante de peligro”, utilizando el título de la obra finalista de Hernández (Murcia, 1977), conocedor también de Anagrama puesto que en ella publicó hace dos años su primera novela, Intento de escalada, asimismo galardonada (premio Ciudad de Alcalá). El profesor de Historia del Arte de la Universidad de Murcia utiliza su oficio y su notable carrera de ensayista para enmarcar el angustiante contexto vital del también profesor Martín Torres, que volverá a una universidad norteamericana donde impartió clases, un escenario que le abocará a un primer balance de urgencia de una vida aún joven pero que ya cuenta con demasiadas frustraciones en lo personal y lo profesional.
    “He descubierto que la narrativa me permite un conocimiento del mundo y del arte con el que puedo ir más allá que en todos mis ensayos”, admite el autor, que fija su segunda novela como reverso con la que debutó en el género hace dos años tras dos libros de relatos y que venía marcada por la decepción. “Ahora se trata de un reencantamiento con la vida: qué queda latente de las ruinas del pasado de uno; hay reflexiones sobre el arte de los años 60 y la fotografía, pero impera una carga emocional, es más una novela de amor, a pesar de lo mal cargado que está el concepto”, define Hernández. El título está entresacado de la tesis de la Historia de Walter Benjamin, que venía a decir que uno articula el pasado no cómo ha sido sino como uno lo recuerda en un instante de peligro, en un momento relámpago. “Hay un instante que todo el pasado se puede perder o ganar para siempre; y aquí el protagonista, a través de las imágenes de una película antigua que ha de estudiar, rescata una parte del pasado y lo salva para hacer más habitable el presente”.

    miércoles, 4 de noviembre de 2015

    PRENSA. Viñeta de EL ROTO

       En "El País" (30 septiembre 2015):

    PRENSA. "Astronautas". Manuel Vicent

    Manuel Vicent 

       En "El País":

    Astronautas

    Los extraterrestres ya están aquí. Son esa gente corriente que trabaja para que este planeta se convierta en un hogar limpio y confortable



    El espíritu humano está generando el sueño de colonizar Marte como una escapatoria para el día, no tan lejano, en que este mundo se convierta definitivamente en un basurero inhabitable. Pero ese sueño no es sino una coartada para seguir destruyendo la Tierra impunemente con la excusa de que en el futuro habrá otro planeta de repuesto. Más allá de la conquista del sistema solar existe una aventura galáctica menos complicada en la que todos podemos ser astronautas. Bastaría con adecentar este mundo, el único que tenemos a mano, para que se convirtiera en un planeta distinto al que se podría viajar sin salir de casa. Solo en nuestra pequeña galaxia hay millones de mundos semejantes a la Tierra que podrían albergar vida, pero es prácticamente imposible que exista un lugar tan maravilloso en el universo donde se den a la vez la sinfonía 41 de Mozart y el pan gallego, una escultura de Fidias y las trufas color violeta del Perigord, los versos de Hörderlin y el balanceo felino de una mulata caminando por la playa de Copacabana, una madona de Rafael y los erizos de enero con vino del Rin, la serenidad de Sócrates ante la muerte y los salmonetes de roca, la duda de Hamlet y la locura de Alonso Quijano. Otro sueño que genera el espíritu humano es la existencia de seres de otras galaxias que un día podrían venir a enseñarnos las fuentes de una energía inimaginable. Pero esos extraterrestres ya están aquí. Son esa gente corriente que trabaja para que este planeta al que estamos condenados se convierta en un hogar limpio y confortable. Los pacifistas, los ecologistas, los naturistas, los esforzados combatientes contra el cambio climático son los astronautas extraterrestres en esta formidable empresa galáctica. Un viaje interestelar a ese planeta fantástico se empieza depositando la basura reciclada en el contenedor apropiado.

    PRENSA CULTURAL. Clara Usón sobre "Valor", su última novela

       En "El País":
    CLARA USÓN

    “La narrativa de Cervantes era más osada que la de hoy”

    'Valor', la séptima novela de la escritora, pone en jaque los valores en los ámbitos político, religioso y económico

     Barcelona 1 NOV 2015  

  • La escritora Clara Usón. / MASSIMILIANO MINOCRI


    Hubo un momento que, al menos en España, parecía que las cosas se podían cambiar “a base de valor y de valores como el honor, la hombría que decían entonces, la dignidad, el respeto, la cultura…”. Clara Usón llegó a esta conclusión tras creer que había hallado el germen de su última novela, historia corta sobre alguien con claroscuros: la de un pariente lejano, Luis Duch, “señorito comunista con final trágico pero heroico que participó en el glorioso fracaso” de la revolución de Jaca de 1930, la que, encabezada por el joven e idealista militar Fermín Galán, había de traer la República a España en 1930. “Me pregunté qué le había llevado a esa entereza final ante el pelotón de fusilamiento, a estar tan enamorado de sus ideales, a ser un santo laico: ¿La desesperación? ¿La dignidad? ¿Y qué era eso? Y todo en un ambiente en el que girar la situación de podredumbre de España, de descrédito institucional como el de hoy, se veía bien posible, que es justo la sensación contraria a la de ahora: nada se puede cambiar ante la inexorabilidad de los mercados. ¿Dónde quedan los ideales?”.
    En ese choque creció la idea de poner en jaque el valor y los valores en el ámbito político (a través de la historia de Galán), en el religioso (vía el triste papel de un fanático monje franciscano croata en el campo de concentración de Jasenovac en la segunda guerra mundial) y en el económico (encarnada en una directora de una sucursal de un banco que vendió preferentes sin escrúpulos a diestro y siniestro, madre incluida). El resultado es Valor (Seix Barral), séptima novela de Usón (Barcelona, 1961) tras su celebrada La hija del Este (premios de la Crítica y Ciutat de Barcelona entre los cinco que cosechó) y que, ella sí cargada de valor, la ofrece además en un ejercicio de feliz pero alto riesgo técnico mezclando personajes y planos de espacios y tiempos sin interrupción.
    Define su pariente Duch en la novela que “El héroe es el que muere por nada”, enunciado que parece hoy, al menos, tragicómico: “El único valor absoluto imperante es el dinero; todo lo medimos por ese parámetro, desde la natalidad hasta la cultura: yo misma no sólo tengo la responsabilidad de escribir una buena novela sino también de que venda”. Sin dinero, prosigue la autora, “eres un paria, un marginado, por ello hay que conservar muy mucho el trabajo, que ya no basta que esté bien hecho sino que ha de genera gran valor económico”. Viviendo, pues, asustados, “hoy no hacemos más que aceptar humillaciones y al entrar en el trabajo colgamos en el perchero el abrigo y los valores morales… Ahí está el escándalo de las preferentes”. En uno de esos juegos de planos contrapicados, las reflexiones de Galán sobre transformar el mundo “con un puñado de pistolas, un manojo de ideas y valor a raudales”, se lee, chocan, punto y seguido, con la esperanza de la hija de la exbanquera de ser guapa, rica y famosa bailando como gogo-girl.
    Concursos entre los ustachas (ultranacionalistas racistas croatas) para ver quién degollaba a más prisioneros serbios; campos de concentración sólo para niños y otros donde se quemaba viva a la gente y leyes raciales contra serbios, gitanos y judíos que ponían nerviosos hasta a los nazis conforman el macabro atrezzo por el que Usón hace deambular a su monje franciscano croata, testimonio del poco divulgado episodio del fantasmal Estado Independiente de Croacia, títere de Hitler, en el que curas armados lograron así convertir en cristianos a más de 250.000 serbios en plena segunda guerra mundial, métodos que el Papa Pío XII nunca recriminó. Ilustra Usón así el reproblable valor del dogma, de nuevo episodio de memoria histórica reciente en Europa a la que la escritora es muy dada: “Tito quiso ocultarlo cuando llegó al poder y, como toda herida mal cicatrizada, supuró con Milosevic, que se alimentó de eso para la venganza serbia en la última guerra de los Balcanes”. Es la otra cara de la sangrienta violencia serbia que reflejó en La hija del Este y que aflora en pleno debate sobre los nacionalismos en España. “Lo de Croacia es un complemento necesario, más bien; cuando oigo hablar de salvación religiosa y de patrias yo me pongo a correr; en cualquier caso, me gusta tocar las narices con ello”.
    A pesar de ese planteamiento, todos los personajes de Valor tienen una vinculación directa o indirecta con la religión o sucedáneos como la cristaloterapia o la magnetoterapia. “Creíamos que con la educación y la ciencia la religión desaparecería pero tenemos una necesidad atávica, un terror al desamparo existencial, creemos y deseamos un final feliz, un sentido a la vida, nos aterra la muerte… y eso lo buscamos en un ser superior o en un ritual mágico porque la ciencia no lo da. Eso siempre ha estado en toda mi obra, como el suicidio como acto de supremo coraje o de desesperación ante la muerte”.
    Como siempre, también, los personajes de la autora de Corazón de napalm dudan, por eso su valor roza en algún caso la ironía. La de Galán, por ejemplo, es una revolución un punto chapucera y de una ingenuidad dramática (“la revolución desfallece y tiembla de frío y pánico en una carretera que no va a ningún sitio (…) A Galán se le antoja que esa zanja de apenas un metro de profundidad es una sima por la que se precipitarán”, metaforiza Usón cuando la columna del revolucionario se atasca en un triste camino de montaña). “Nunca he querido héroes de una pieza en mis novelas, sólo me interesan personajes con claroscuros”, dice. Y lleva a colación a uno de sus ídolos literarios, Chéjov, para contrapesar: “Él no creía en las masas, decía que la naturaleza humana son gestos aislados, individuales, de solidaridad, altruismo y comprensión, y que una sola persona hiciera un solo gesto podía servir para reconciliarte con el ser humano. Y a mí también me sirve”.
    Esos temas y algunos que le son tanto o más queridos, como el de la familia como génesis del bien y del mal, de la culpa que sólo puede ser, pues, heredada (“todos hemos nacido en una familia y venimos determinada por ella: la literatura clásica está llena de ellas y es un tema que comparto con coetáneos como Ignacio Martínez de Pisón”), lo afronta la escritora con una técnica narrativa que se salta las convenciones del espacio y el tiempo, apoyada en un léxico rico. El lector mínimamente exigente estará cómodo. “Esa propuesta ya la hicieron el Faulkner de El ruido y la furia o el Vargas Llosa de Conversaciones en La Catedral. Como persona soy cobarde pero en literatura soy una fanática y me gustan los retos: no puedo escribir igual que en la novela anterior, aunque sé del peligro de eso en la época de las etiquetas”, lanza. Y va más allá en estos tiempos faltos de valor que también salpican a la literatura: “La narrativa de hoy es muy convencional, en los años 70 éramos más osados; hoy aquellas obras de Faulkner o Vargas Llosa tendrían problemas para hallar encaje y lectores; o Tiempo de silencio, de Martín Santos… Somos, literariamente hablando, más conservadores que en la época del Cervantes de El Quijote, que incorpora miles de historias intercaladas; hay excesiva ortodoxia literaria y son tiempos en que no se puede ser heterodoxo ni con las reglas del mercado ni con la novela; pero me da igual entrar o no en el cánon”.
    Buscaba Usón, dice, evitar escenas o personajes de transiciones y un ritmo que recordara “el presente continuo de Google, en el que todo se da a la vez”. Es un desafío técnico al que la combativa autora añade también, más veladamente, el político: “El pueblo no está a la altura de los revolucionarios”, le hace decir a Galán; un argumento que ella, hoy, voltea del todo: “Son los dirigentes españoles los que están muy por debajo del ciudadano medio, la indecencia moral de los que nos mandan, que dice Emilio Lledó, es mayúscula; estamos en el mismo punto que en los años 20 y 30: España ha muerto y hay que reconstruirla”.
    La hija de la exbanquera, aburrida mientras estudia, pintarrajea una foto de Franco, que no sabe quién es. “La sombra de Franco sobrevuela todavía; viendo aquella España de Galán, la del dictador y la actual, uno tiene la sensación de que aquello que dijo de que lo dejó todo bien atado es verdad: nuestra democracia parece una revolución lampedusiana, lo siguen controlando todo los mismos; quizá tardemos al menos una generación más para purificarnos de los posos de la dictadura”, deja caer.
    Habla Usón deprisa pero con aplomo, tanto en lo personal como en lo literario, paso firme que parecen ratificar sus últimas obras. ¿Está construyendo un friso moral, que estrenó con la culpa (Corazón de napalm, La hija del Este) y estaría siguiendo con el valor? “No, eso sería metaliteratura y yo sólo aspiro a narrar, como decía Faulkner, el conflicto del corazón humano consigo mismo”.

    martes, 3 de noviembre de 2015

    PRENSA. Viñeta de EL ROTO

       En "El País" (23 octubre 2015):

    PRENSA. "Matajudíos". Julio Llamazares

    Julio Llamazares
       En "El País":

    Matajudíos

    En el puritanismo lingüístico que asola nuestro país a menudo se ha llegado al disparate


    De todas las formas de puritanismo, la más estúpida quizá sea la lingüística, puesto que ni siquiera se justifica por la educación a veces. El uso reiterado y continuo de eufemismos (“discapacitados”, “internos”, “trabajadores de la limpieza”, “sin techo”), así como de frases y expresiones rebuscadas, algunas de ellas sin significación (“una persona de color” o “de edad”, pongo como ejemplos, carecen de ella salvo que se precisen el color y la edad de esa persona), persiguen más la corrección política que la lingüística, y en ocasiones lo único que pretenden es calmar la propia conciencia. Así cuando alguien dice “individuo de etnia gitana” en lugar de gitano sin más (que es como se llaman los gitanos a sí mismos) o “daños colaterales” para no tener que decir heridos o muertos.
    En el puritanismo lingüístico que asuela nuestro país a menudo se ha llegado al disparate (¿quién no recuerda a aquella ministra que quería que dijéramos “miembra”, “conserja” y “gerenta” en pro de la igualdad de la mujer?) y en no pocas ocasiones se han perpetrado auténticas barbaridades formales y etimológicas. Esta semana pasada, sin ir más lejos, el embajador de Israel y las autoridades de Burgos protagonizaban un acto muy aplaudido por toda la prensa en una localidad cuya denominación molestaba, según parece, a muchas personas: Castrillo Matajudíos. Tras un referéndum entre los vecinos (¿qué iban a decidir los pobres con las bromas que venían soportando desde antiguo, últimamente también acusaciones de xenofobia?), el nombre se mudó por otro nuevo se supone que más respetuoso: Castrillo Mota de Judíos. Lo curioso es que Matajudíos no significa lo que la gente creía al oír el nombre de la misma manera que los cientos de Matas (“porciones de terreno poblados por árboles de la misma especie”, según la RAE) repartidos por España: Mataporquera, Matalascañas, Matalebreras, Matallana, Matilla, Matueca, La Mata en sus múltiples variantes: de la Bérbula, del Páramo, de Morella, de Armuña…, no indican que en ellas se mate a nadie, ni siquiera que se vaya a hacer. Matajudíos era, pues, un topónimo normal, ni xenófobo ni antisemita, una Mata habitada o fundada por judíos en algún momento de la historia, de ahí su nombre.
    Pero el mal ya está hecho, no a los judíos, sino a la toponimia y al nomenclátor de este país. Y a ver quién da marcha atrás ahora. Así que lo mejor es aceptar el nuevo nombre y rezar, eso sí, porque a alguien no se le ocurra cambiar también el del hijo más ilustre de Castrillo Mota de Judíos, antiguo Castrillo Matajudíos, el gran organista y compositor del Renacimiento Antonio de Cabezón, por si también su apellido pudiera molestarle a alguien.

    PRENSA. "Marina pide condicionar el sueldo de los docentes a la evaluación del centro"

       En "El País":

    Marina pide condicionar el sueldo de los docentes a la evaluación del centro

    El experto al que Méndez de Vigo ha encargado el 'Libro blanco de la función docente' dice que "los buenos profesores no pueden cobrar lo mismo que los malos"

     /  Madrid 1 NOV 2015  

  • Una profesora con alumnos de primero de la ESO, en Barcelona en 2010. / J. M. TEJEDERAS


    El filósofo y pedagogo José Antonio Marina, al que el ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, ha encargado el Libro blanco de la función docente, considera que una parte de la retribución del profesorado "podría estar relacionada con la evaluación del centro entero, de manera que se fomente la implicación de todos los profesores en un proyecto educativo". "Ha de evaluarse a los alumnos, pero también a los profesores y a los centros", defiende Marina.
    "Los buenos profesores no pueden cobrar lo mismo que los malos", indica este experto en su reciente libro Despertad al diplodocus. Una conspiración educativa para transformar la escuela.. Y todo lo demás. Marina reclama la formación del docente (y de toda la sociedad) a lo largo de la vida. "Nos parecería criminal que los médicos no actualizaran sus conocimientos, pero somos más condescendientes con los docentes que no lo hacen", escribe en el libro, en el que propone distintas medidas para mejorar el sistema educativo español en un plazo de cinco años. "Hay que evaluar también al profesorado (viéndole actuar dentro del aula), a los directores, a los inspectores, y también a los responsables de la administración que deben comprometerse con objetivos educativos o dimitir", apunta el autor.
    Los profesores españoles son los docentes que pasan menos controles externos, junto con los italianos, según un informe de la OCDE sobre la función docente, el informe Talis publicado en 2014. Un 36% nunca ha sido sometido a una evaluación docente formal y externa de su labor.

    Los inspectores "no son policías"

    Marina reclama cambiar la selección y formación de los inspectores, para que sean un cuerpo de "élite", compuesto por profesionales con gran experiencia. Su papel "no es fiscalizar" porque "no son policías educativos". A su juicio, la tarea de estos profesionales tiene que ir encaminada a "ayudar a los profesores españoles a mejorar sus competencias".
    Este pedagogo indica que le corresponde también al Gobierno fijar el currículo, con la ayuda "imprescindible" de expertos, y advierte de que los currículos españoles, en general, han sido siempre demasiado extensos.
    Como ejemplo, Finlandia. Según Marina, el país nórdico, tras sufrir una crisis educativa hace cuarenta años, creó un currículo muy variado que incluye artes, ciencias, humanidades, idiomas, matemáticas y educación física; dio mucha libertad a las escuelas y distritos para hacerlo; priorizó los estudios profesionales y prácticos; valoró la creatividad; animó a profesores y directores a colaborar; y abrió las escuelas a la comunidad y a las familias de los alumnos.

    Los ministros deben saber de educación

    Asimismo, señala que el Ejecutivo tiene que fijar los criterios de evaluación, aunque reconoce que éste es el tema "más complejo y difícil", pues el sistema educativo español "carece de una cultura de la evaluación" y cuando ha querido implantarla, la ha "confundido" con el aumento de exámenes.
    Para el autor del libro, todos los ministros deberían tener nociones básicas acerca de la educación y del papel que ésta va a jugar en el futuro, independientemente de la cartera que ostenten. "Enviaré este libro a los ministros del gobierno que salga después de las elecciones", asegura. El actual titular de la cartera, Méndez de Vigo, admitió en una entrevista con este diario que no sabía lo suficiente de educación. "Estudio por las noches. Tengo un equipo de colaboradores que se lo saben bien", señaló el ministro.
    Marina también hace mención en este libro al 'pacto de Estado por la educación' y advierte de que "seguirá siendo meramente político" y no tendrá "repercusiones reales" si se ciñe a los partidos políticos y no tiene en cuenta a los grupos sociales "cada vez más amplios". A su entender, el acuerdo debería contemplar presupuesto, objetivos, marco básico de organización escolar, tratamiento del profesorado y acuerdo básico sobre el currículo.

    viernes, 30 de octubre de 2015

    CUENTO-LEYENDA. "El monte de las ánimas", de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)


    El monte de las ánimas

         La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
         Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
         Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
         Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.
    I
         -Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
         -¡Tan pronto!
         -A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
         -¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
         -No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.
         Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
         Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
         -Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
         Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
         Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
         Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
         La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.
    II
         Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
         Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
         Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
         Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
         -Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
         Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
         -Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
         -No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
         El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
         -Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
         Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
         Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.
         Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
         -Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
         -¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
         -¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
         -Sí.
         -Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
         -¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
         -No sé.... en el monte acaso.
         -¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las Ánimas!
         Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
         -Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche... esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
         Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
         -¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!
         Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
         -Adiós Beatriz, adiós... Hasta pronto.
         -¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
         A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
         Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
    III
         Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
         -¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.
         Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
         Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
         -Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.
         Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
         Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.
         Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
         -¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?
         Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
         El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
         Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
         Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!
    IV
         Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.