miércoles, 6 de agosto de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Ana María Matute

   En "Babelia":

Ana María Matute contra el tiempo

Una conversación inédita sobre el paso del tiempo, la infancia y el dolor de la escritora


Ana María Matute, en su domicilio de Barcelona en 2010. / JOSEP LAGO (AFP)
Ana María Matute cumplía 86 años el 26 de julio de 2011 y con las flores que rebosaban llegamos nosotros para conversar con ella. Sobre el tiempo, contra el tiempo. Había vivido una vida intensa, rota por un matrimonio malo y por el silencio al que fue sometida; en este instante seguía siendo una niña frágil de cabello débil totalmente blanco; en la estantería de su ego desdeñado estaban sus premios y éxitos, entre ellos el Cervantes, la Academia, pero ese día estaba más pendiente de las flores y de los niños (uno le vino a visitar mientras estábamos con ella, “adoro a los niños, este me quiere mucho”) que del brillo que le habían dado los libros y el tiempo. “El tiempo no existe”, me dijo cuando le pregunté por ese escultor grande, como lo llamó Marguerite Yourcenar. “Es una invención nuestra. El tiempo es una cosa inmóvil, que está ahí… El paso del tiempo nos lo pensamos nosotros, y claro, acaba envejeciéndonos”.
Ella no envejeció, no quiso; murió el 25 de junio último cuando estaba a punto de cumplir 89 años; cuando conversamos con ella, para un documental de Pablo Álvarez que permanece inédito, como esta misma entrevista, Ana María Matute tenía aquella voz respetuosa de la que sobresalían el silencio y la ironía, también el sarcasmo hacia sí misma. Estaba con ella su hijo Juan Pablo, que tanta seguridad le dio, ella estaba muy feliz de haber recibido, entre las flores, las que le hizo llegar Carmen Balcells, que la salvó de tantas honduras, y que ayudó decisivamente a convertir Olvidado rey Gudú en un éxito que no tuvo precedentes en la obra completa de Ana María. Pero ella no hablaba de los éxitos, y para los fracasos tenía el desdén de los niños. En su lucha contra el tiempo (ese gran fracaso), prefirió quedarse como una niña, mirando y riendo, vengándose en cierta manera de aquellos años en que el miedo la hizo tartamuda.
Ahora era, por decirlo así, una niña feliz de 86 años. Era, pues, muy tentador, le dije, hablar con ella de la niñez, pues ella había dicho alguna vez que “la infancia dura más que la vida…”. “Sí”, dijo, “la infancia es más larga que la vida. Quizá es una frase un poquito extraña, pero quien entiende, entiende”. ¿Y qué entiende usted en esa frase? “Yo creo que la infancia, y no sólo para mí sino para la mayoría de la gente, es algo que marca para siempre. Aunque la quieras olvidar no puedes… Y todo lo que se ha vivido de niño, por lo menos las cosas más llamativas, las que más te han impresionado, eso perdura a lo largo de los años”.
Adiestrada por la vida a refugiar el drama en la metáfora, Ana María Matute decía que su infancia “fue de papel…”. “Ni sé por qué lo dije… Yo empecé a leer muy muy pronto; empecé a sumergirme en los libros. Para mí ese era y sigue siendo el mundo más importante. De modo que yo recuerdo mi infancia siempre con la cabeza metida en las páginas de un libro. Siempre viviendo lo que yo estaba leyendo. Descubriendo el mundo, o lo que yo creía que era el mundo, porque ya ves que el mundo siempre se deforma”. E inventaba el mundo que tampoco estaba en los libros. “Me lo inventaba y para mí era mejor que el mundo que vivía”.
“Yo tuve una infancia de papel; lo que más me gustaba y más me ayudó a crear un mundo propio fueron los libros”, eso dijo. Ahora creía que entró en ese mundo “de manera muy natural”; lo descubrió con quienes le contaban cuentos en casa, la tata, su madre, su abuela… No había otros sonidos que los de las palabras, “ni televisión ni cine”, así que fue aprendiendo de lo que escuchó y de lo que luego leyó en los libros. “Eran la continuación de la imaginación, o precisamente la razón de la imaginación: todo lo que se descubría, todo lo que te revelaba un libro lo magnificabas luego, hacías con eso lo que querías. Así que primero escuché cuentos, luego oí cómo los leían, después los leí yo y luego los empecé a escribir”.

Cuando me metían en el cuarto oscuro para castigarme, en la niñez, yo veía cosas; ahí supe que era escritora…
A los cinco años empezó a escribirlos. Incansablemente…, hasta que un día la frenó la vida, el estupor, “el miedo a seguir escribiendo…”. Las depresiones, como la que padeció, “te convierten en la indiferencia con patitas… Tanto te da todo: me daba igual escribir como no escribir, me daba lo mismo vivir como morir, me daba igual todo. Seguía teniendo el mismo cariño y el mismo amor por las personas que yo amaba y quería. Pero, aparte de eso, todo me era absolutamente indiferente”. Era un paseo terrible por el lado oscuro de la vida, donde nada parece relevante ni feliz ni bueno, como lo que narra William Styron (lo recordó Ana María) sobre su propia depresión. Pero ahí dentro de ese No que la vida le puso delante (le dijo a Winston Manrique en EL PAÍS) “hay también una luz… Hay muchas clases de luz en la oscuridad”, nos dijo aquel 26 de julio en Barcelona. “Cuando me metían en el cuarto oscuro para castigarme, en la niñez, yo veía cosas; ahí supe que era escritora… Me comunicaba con una pequeña luz interior. Fue cuando me saqué del bolsillo un terrón de azúcar, lo partí y de dentro salió una chispita de color azul. Me dije: soy maga. Todos los escritores son magos. Y brujos también”.
Aquella fue una revelación que se reproduciría más tarde; tras la depresión más aguda de su vida, a principios de los años noventa, reapareció con Olvidado rey Gudú… “Lo tenía en un cajón con ruedas y lo llevaba a todas partes… Me iba de viaje y me lo llevaba. Y entonces Carmen Balcells, a la que debo mucho, muchísimo, me dijo: ‘Este libro tiene que salir’. Yo le puse pegas: ‘Es que yo… ‘Déjamelo mirar’, me dijo. ‘¡Tienes que sacarlo!’, fue su dictamen. Me llevó a su casa, ‘me secuestró’, como dijo ella en broma, y allí terminé la novela. Y gracias a ella, y a partir de ese momento, volví a escribir otra vez como si no hubiera pasado nada…”.
En aquel día de su cumpleaños, Ana María Matute veía en aquel libro decisivo de su vida no sólo el poder de la imaginación que alimentó en la infancia… En aquel periodo alargadísimo de su niñez descubrió que ésta es a la vez asombro, soledad, invención y felicidad… “Pero en la novela había también dolor”. Lo dijo cuando recibió el Cervantes, y lo repitió en esta conversación rodeada de flores en Barcelona: “A la gran literatura, a la literatura verdadera, se entra con dolor. Aunque son muy importantes la alegría y el sentido del humor. Pero se entra con dolor, eso es así…”.

Primero escuché cuentos, luego
oí cómo los leían, después los leí yo
y luego los empecé a escribir
—¿Y de dónde viene su dolor?
—De la vida…, de vivir. El que vive intensamente la vida, el que no la vive a saltitos, sabe lo que es el dolor; yo sé lo que es el dolor, como también sé lo que es la alegría. La profunda felicidad también sé lo que es.
El terrón de azúcar rompiéndose como metáfora del descubrimiento de la escritura, el dolor, la disposición para escribir, pero también la melancolía. Ana María Matute había madurado a estas alturas todas las edades y vivía en una que juntaba la infancia con la vejez, y todas eran la misma; ahora estaba en la edad de la melancolía, en la época de la indiferencia ante el tiempo. “Cuando se llega a mi edad”, me dijo, “muchas veces se tiene mucha melancolía. Es una edad melancólica. Si llegas a esta edad con la cabeza más o menos en su sitio tienes siempre presente momentos de tu vida que nunca jamás se repetirán, y esto lo sabes muy bien. Yo he llegado con la cabeza tan mal como siempre. ¡Eso es para felicitarme!”.
Ana María Matute no era una mujer de aspavientos ni de circunloquios; era, a pesar de la vida compleja que vivió, una mujer sencilla que vivía sencillamente, que hubiera vivido en un ascensor, debajo de un puente, soñando. Esta vez estaba rodeada de flores; en las últimas décadas la habían llenado de flores, y sonreía; en esa sonrisa de cristal que se mantenía en su cara como una resignación alegre la escritora tenía señalada una arruga muy bella, el camino que no se había detenido hacia la edad más hermosa de su vida, la infancia, y la infancia seguía con ella. La conversación siguió, está grabada; aquí queda este trozo inolvidable de la mirada de Ana María Matute.

lunes, 4 de agosto de 2014

POESÍA. "(Tenemos miedo". Félix Grande (1937-2014)

Félix Grande

(Tenemos miedo. Tenéis miedo.
Nosotros, para quienes ni existe
la calderilla del poder, subimos
por la espina dorsal del miedo.
Vosotros, a quienes el poder os es servido
matinalmente junto al desayuno,
descendéis por la espina dorsal del miedo.
Tenemos miedo. Tenéis miedo.
Pero mientras que nuestro espanto
segrega miradas circulares, busca
grietas de humanidad a lo largo de la amenaza,
vuestro pánico graso solamente rezuma
venalidad y odio. Nuestro miedo
es igual que un antílope en el bosque incendiado;
el vuestro, un gato oscuro, arrebujado de arañazos.
Nuestras manos hinchadas de terror
buscan únicamente manos;
las vuestras buscan mapas,
y tórridos decretos y fusiles.
Tenemos miedo. Tenéis miedo. El nuestro
es apesadumbrado y deambulante;
el vuestro, acorazado y tumefacto. Todavía,
pulpos de hipocresía, salamandras bursátiles,
todavía hay clases entre los espantados. Todavía
hay diferencias de matiz que advierten
la víctima en un miedo y en el otro la hiena.)

PRENSA CULTURAL. CÓMIC. "Batman cumple 75 años"

   En "El País":

Batman cumple 75 años

Este miércoles 23 de julio se constituye como el 'Día Batman' en un gran evento en miles de librerías de Estados Unidos


El Batman exclusivo para EL PAÍS que firma el dibujante Carlos Rodríguez.
“Es como un diamante irrompible. Lo podía estrellar contra la pared o el techo sin hacerle ni una muesca. Solo era cuestión de encontrar la faceta que nadie había usado nunca”. La cita, de tono reverente, casi religioso, es del guionista y dibujante Frank Miller (300, Sin city), probablemente la definición más célebre del justiciero de Gotham. Millonario play-boy por el día. Gárgola viviente, azote del mal por la noche. Batman. Un héroe humano entre el Olimpo de dioses del cómic. Un diamante de psique torturada que un sinfín de artistas ha reinterpretado en tebeos, películas y videojuegos sin descanso. Un mito que cumple ahora 75 años.
El año de sus 75 velas encuentra al caballero oscuro en la cúspide de su éxito, en pie y sonriente sobre una de las gárgolas de Gotham desde las que siempre ha velado a su ciudad. Le sobran motivos para estar de buen humor. Una nueva película en marcha, Batman v Superman: Dawn of justice (2016), con la criticada elección de Ben Affleck bajo la máscara. La conclusión de la tetralogía del videojuego Batman Arkham, que lleva más de 12 millones de copias vendidas. Y un macroevento que se celebra hoy, rebautizado como Día de Batman, y que tiene a miles de tiendas de cómic en Estados Unidos coreando el cumpleaños feliz. Pero todo empezó como un sueño humilde. El sueño de un dibujante (Bob Kane) y un zapatero (Bill Finger).

A. RÚA, C. MARTÍNEZ
1938. Una fiesta cualquiera en Nueva York. Finger y Kane estrechan por primera vez la mano. El encuentro es narrado al detalle en el libro Batman serenata nocturna (Timun Mas, 2014) de David Hernando (editor de Batman en España durante seis años) crónica del gran olvidado en la creación del personaje: el zapatero Finger. Hernando describe a un Finger retraído, apasionado del cine y de Mozart y a un Kane fascinado y rapaz que de pronto vio el negocio. Aquel tipo podía darle una fortuna si escribía los tebeos que él dibujara. Kane le ofreció el trabajo y Finger, que no había escrito aún ni una línea, aceptó. Sin saber que Kane ocultaría su importancia capital en la génesis del personaje y acapararía toda la fama. Agravio que DC enmendará hoy, incluyendo por primera vez la firma de Finger en una portada, la del número especial que conmemora el aniversario.


El batman original imaginado por Bob Kane que luego corregiría Bill Finger según lo muestra el cómic: 'Bill, the boy wonder'.
Salto en el tiempo a mayo de 1939.Detective comics #27, primera viñeta. Grandes letras blancas rezan: Batman. Una silueta recortada con lo que parece una capa desplegada y dos pequeñas orejas puntiagudas. Era el ser que evocó un diccionario de psicología consultado por Finger mientras él y Kane, desesperados, intentaban salir del aprieto de crear un nuevo superhéroe después de que Superman hubiera arrasado. “Kane quería crear una copia de Superman. Pero Finger se empeñó en hacer algo mucho más oscuro. Quería a un detective”, desvela Hernando. El diseño original de Kane lejos estaba de la figura icónica mundialmente conocida. Un tipo vestido de rojo, con dos alas de murciélago surgiéndole de la espalda, antifaz y la cara descubierta. Boceto que Finger corregiría hasta la saciedad, inspirándose en otro personaje de seriales muy popular, La sombra, hasta dar con esa silueta que se vislumbraba en la primera viñeta.


Primera página de Batman en el cómic, las viñetas que abren el 'Detective comics #27'.
Los años cuarenta fueron de esplendor para el cruzado oscuro. Nacieron el Joker, Enigma, Dos-Caras o Catwoman, villanos que tenían mucho más que ver con Jung o Freudque con la ciencia ficción desbarrada a la que se enfrentaban otros superhéroes. Nació también el origen del personaje, una de las génesis más dramáticas de un superhéroe. A la salida del cine con sus padres, un chaval hijo de millonarios, Bruce Wayne, se queda huérfano por la codicia de un vulgar ladrón. Dos disparos acaban con sus papás. Son las viñetas del origen del personaje en Detective Comics #33 (1939). De nuevo, una idea de Finger. Las bases del éxito estaban asentadas y todo parecía ir sobre ruedas para el justiciero oscuro. Pero la psicología, que tanto había dado a Batman, estaba a punto de cobrarse su peaje.
“Miles y miles de puestos de trabajo perdidos. Una censura brutal. Fue una debacle. La mayor crisis de la historia del cómic”. Habla Dennis O’Neil (Missouri, 1939), guionista y editor de Batman durante tres décadas. La hecatombe a la que se refiere fue la publicación del best-seller de Fredrick Wertham Seduction of the innocent (Rinehart & Company, 1954), un volumen en el que este psicólogo de raíces alemanas señalaba a los tebeos como uno de los mayores culpables de la alta delincuencia juvenil en Estados Unidos. O’Neil subraya la magnitud de la catástrofe: “Se llegaron a quemar pilas de tebeos en las calles. Se cerraron muchísimas colecciones y la mayoría de las editoriales. El cómic estuvo a punto de morir. De los superhéroes, solo Superman y Batman aguantaron”.

Un libro de psicología provocó la mayor crisis del cómic al acusarlo de corromper a la juventud
Pero de qué manera. Los años cincuenta son los años de oprobio para el personaje. De contar con Robin, pasó a tener una Batfamilia, Bat-perro incluido. De enfrentarse a villanos tan tortuosos como Dos Caras o el Joker, a luchar en otros planetas contra alienígenas. Un botón de lo que era el Batman de aquella época. Portada del Batman # 97 (1956): Batman y Robin con matraces y tubos de ensayo mirando a Bat-Perro que tiene en las fauces una foto de sus identidades secretas. Robin: “¡Mira! ¡Una foto de Bruce Wayne y Dick Grayson, Ace ha descubierto nuestras identidades secretas!”. Batman: “¡Va a ser un gran detective!”.


Portada del 'Batman #97' en la que se ve la sagacidad del detective 'Bat-Perro'.
Los sesenta fueron un años de asomar la cabeza. Y el primer paso en el futuro del personaje y de toda la industria del cómic: ser laboratorio de ideas para lo audiovisual. El 12 de enero de 1966 se emitía el primero de los 120 episodios de Batman, serial para televisión protagonizado por Adam West. Su espíritu era muy camp, en la línea festiva del Batman de aquellos años, pero normalizó la presencia del personaje y de sus villanos. “Se produjo una retroalimentación entre la serie y el tebeo que luego se repetiría con las películas. A la gente de Hollywood solo le interesaba porque era algo con lo que podía hacerse mucho dinero, pero contribuyó a sacar el cómic del ostracismo”, explica O’Neil. El éxito del serial pavimentó la nueva edad dorada que estaba a la vuelta de la esquina.
Batman, veintipocos años, en una Gotham llena de putas, brutales bandas callejeras y policía corrupta. Batman, 50 años, en un futuro distópico estilo Blade runner. Entre estos dos, el chaval sin experiencia (Batman: Año uno) y el maduro que colgó la capa y vuelve años después (Batman: El regreso del caballero oscuro), se fraguó gran parte del boom artístico y comercial del tebeo americano en los años ochenta. Su autor, Frank Miller, un artista, por aquella época, kamikaze, que ya había revolucionado Daredevil, algo así como el Batman de Marvel, y que tenía una idea muy clara de cómo mezclar la reflexión sociopolítica, el futuro orwelliano y la violencia con los superhéroes.


Portada de 'El regreso del caballero oscuro', la distopía futurista con Batman de Frank Miller.
Pero Miller, que se llevó todo el mérito, se benefició del trabajo de desbroce que en la década anterior había asumido Dennis O’Neil como editor y escritor y Neil Adams como revolucionario artista. O’Neil explica cómo dinamitó el personaje: “Me dieron carta blanca. Bill Finger me pasó el testigo y pude tomar decisiones radicales. Primera, Batman en solitario, ni Robin, ni nada. Segunda, los villanos clásicos y oscuros tomaban el protagonismo”. Y un tercer ingrediente para la fórmula mágica: riesgo artístico. De diciembre de 1988 a enero de 1989, O’Neil encabezaría una apuesta radical: Una muerte en la familia. Los lectores, marcando el 1-900-720-2666, debían decidir si el segundo Robin, Jason Todd, debía morir o vivir. 5.271 dijeron que no. Pero 5.343 dieron el sí. El Joker, armado con una palanca de hierro, golpea hasta la muerte a Robin. “Fue la primera vez que sentí el tebeo como algo más que un trabajo. Me di cuenta de que realmente teníamos un impacto emocional enorme en nuestros lectores, de que estábamos haciendo arte”, recuerda O’Neil, emocionado. Resultado, que Hollywood puso el foco sobre Batman, Tim Burton dirigió Batman (1989) y la era del blockbuster superheroico arrancaba.

Frank Miller revolucionó Batman con un cóctel de sociopolítica, futurismo 'orwelliano' y violencia
Hay un puente diáfano que conecta el Batman de 1989 con la reciente trilogía de Christopher Nolan que ha amasado casi 2.000 millones de euros y la situación del personaje hoy en día. La sombra del poder de Hollywood se extiende sobre el cruzado oscuro. A la vez, el videojuego hace una doble pinza con un éxito que vuelve a dejar pequeño todo lo que puede conseguirse en el tebeo. Una película como El caballero oscuro: la leyenda renace (2012), la más taquillera de las nueve películas del personaje, recaudó más de 800 millones de euros. Cifra muy por encima del valor de toda la industria del cómic (menos de 600 millones de euros anuales).

“Es un riesgo muy grande y creo que puede tener un efecto terrible sobre la libertad de los guionistas. Me da mucho miedo”, afirma Brian Azzarello, uno de los creadores que más han revolucionado el personaje en los últimos años, especialmente en Batman: knight of vengeance (2011) una historia en la que los padres de Bruce Wayne sobreviven y se transforman en Batman y Joker. Otros, como Dennis O’Neil o Katie Kubert, la primera mujer en ser editora del personaje, lo ven con más optimismo: “Somos su laboratorio de ideas. El cómic siempre ha sido donde se fraguan las revoluciones que luego llegan al cine”, afirma Kubert. O’Neil es menos romántico: “Les sale bien usarnos como storyboard, porque cuando pones doscientos millones de dólares sobre la mesa no te puedes arriesgar a probar qué tal sale”.

Si a Batman podrá cumplir otros 75 años, queda al albur. Pero los creadores confían en que así sea. “Claro que puede reinventarse otra vez. Superman es mucho más rígido. Pero Batman siempre puede renovarse”, afirma Azzarello. Neil Gaiman, que escribió la muerte definitiva de Batman en Whatever happened to the caped crusader?(2009), lo ve de abuelete centenario por una razón muy sencilla: “Batman funciona. Todo en él encaja. El traje encaja. Sus orígenes encajan. Y hay algo más. Superman viene de un planeta que voló por los aires. Así que cada día que la Tierra continúa intacta, Superman va un paso por delante. A los padres de Batman los asesinaron. Así que cada día que sale a luchar, va un paso por detrás”.

PRENSA CULTURAL. "Un mundo de veranos literarios"

   En "El País":

Un mundo de veranos literarios

Los pasajes de libros relacionados con el estío constituyen una perfecta guía para acceder a la mejor literatura


Pincha en la imagen y descubre algunos de los mejores pasajes veraniegos de la literatura. /ILUSTRACIÓN DE FERNANDO VICENTE.
El verano es la manzana del paraíso literario. No sólo por la tentación que despierta en los autores escribir sobre ese periodo y su eterno efecto vivificador en los lectores, sino porque suele guardar la clave que define el destino del libro, el curso de la historia narrada. Sí, ahí está en muchas obras clásicas cuando...
…Bajo una luna veraniega, después de lunas incontables, el capitán Ahab avistó a Moby Dick… entre sus vientos cálidos se oscureció el destino de la Tierra Media, en El señor de los anillos… al amparo de sus sombras, Sherezada empezó su salvación en Las mil y una noches…por él y durante él, Alonso Quijano emprendió su aventura de desfacer entuertos… en uno de sus atardeceres Humbert Humbert engendró su deseo malsano por las nínfulas en Lolita... y su embrujo trastocó la vida de todos en Sueño de una noche de verano...
Pero, ¿a quién no le gustaría vivir su verano literario favorito? Juan Marsé querría ser invitado a las fiestas de El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, “y, ya puestos, viajar con Gatsby y Daisy a la Costa Azul, con todo lo que eso implica de estar junto a un personaje entrañable, además de un aprendizaje en el ejercicio literario moral”.


Ilustración de Fernando Vicente.
Del verano de Anna Karenina, de Tólstoi, con Vronsky, su amante, le gustaría ser testigo a Nélida Piñón: “Al anticipar los acontecimientos, es el preludio de la felicidad con fracturas sutiles. Los problemas que experimentan los amantes presagian un desenlace trágico, escenas bellas”.
Javier Reverte acompañaría a Ulises a su paso por el mar de las sirenas en la Odisea, de Homero; Clara Sánchez se emociona y conmueve con El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani; Clara Usón sería testigo de cómo Rodolfo seduce a Emma en Madame Bovary, de Flaubert.
Son atajos hacia la felicidad. Y un pasaje hacia algunos de esos veranos literarios ofrece dos rutas: dar la vuelta al mundo, como sugiere el atlas que acompaña este artículo, y hacer un periplo temático y emocional por gran parte de las estaciones de la vida que llevan…

…a la infancia:

Para recordar el descubrimiento de la belleza de la naturaleza,la alegría y la realidad creando un universo propio en los recuerdos de Katherine Mansfield en Nueva Zelanda en el relato En la bahía.

…a la iniciación:

Para enfrentarse a los miedos y la verdadera sociedad y la familia zurcida de prejuicios a través de los tres niños de Matar a un ruiseñor,de Harper Lee, en el condado de Maycomb donde el calor alarga las horas y al que se le había dicho que su único enemigo eran ellos mismos.

…a las travesuras:

Para ser cómplices y disfrutar de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, con la promesa fresca del río Misisipí, e, incluso, compartir su mirada del mundo adulto y reconocer alguna tía Polly alrededor.

…a la aventura:

Para enrolarse con Jim para seguir sus peripecias detrás de un tesoro mientras esquiva y se enfrenta a traidores, rufianes, piratas y filibusteros, según lo contado en La isla del tesoro, por Robert Louis Stevenson.

...al descubrimiento:

Para ser huéspedes del capitán Nemo y disfrutar con él Veinte mil leguas de viaje submarino y, de paso, agradecer a Julio Verne sus billetes literarios que sacan de este mundo a los lectores con sus historias maravillosas que enriquecían la imaginación.

…a la realidad:

Para reconocer la aplastante realidad de la guerra que se precipita y empieza a colonizar y socavar la candidez infantil descrita por Kenzaburo Oé, en La presa, en cuya aldea solo quedan los niños en la calle envueltos por el sol y el aire cargado de malos presagios en medio de las risas.

…a la juventud:

Para comprender que lo que un joven llama la patria de su infancia ya es recuerdo, y da los primeros pasos en la edad adulta, al sentir que el mundo se abre al deseo de conquistar nuevas felicidades y proyectarse en compañía de la libertad y la autonomía como lo cuenta Herman Hesse en El ciclón.

…al arribo del primer amor:

Para evocar cómo un cruce de miradas puede juntar destinos tras despertar emociones y sentimientos desconocidos y extrañamente felices como los de Hatsue y Shinji, en El rumor del oleaje, de Mishima.

…a los deseos:

Para emocionarse con la vida inquietante y turbadora de una adolescente tanteando en sus instintos cuando se enreda en una relación con un rico comerciante chino de 26 años. Y esa joven es Marguerite Duras, en El amante, en la Indochina donde los hilos de sudor seducen.

…a la amistad:

Para reconocer los infinitos horizontes que pueden unir a los amigos, los lazos invisibles entre los afectos y la soledad descritos en el sopor sureño de Estados Unidos por Carson McCullers en El corazón es un cazador solitario, aunque algunos digan que es más una historia de amor no correspondido.

...al placer:

Para reconocer la lujuria, el poder, el deseo, la traición, la infidelidad, la insatisfacción y las pasiones sexuales ocultas y soñadas a través de la sociedad china bajo la dinastía Ming en los ámbitos público y privado, en la primera novela moderna de China: Jin Ping Mei.

…a la búsqueda del yo:

Para saber que seguir el rastro de un padre, por ejemplo, descubre los rostros del mundo, de los demás, de uno mismo, del pasado, del presente, de las promesas, de las ilusiones, y que todo eso vive en un solo tiempo sin tiempo de verano eterno, real, creído y mítico, según Juan Rulfo en Pedro Páramo.

…al río de la vida:

Para dejarse llevar por el fluir de la cotidianidad, la convivencia y los sentimientos con sus meandros y brazos inesperados que en algún punto volverán a juntarse en el caudal principal, como lo refleja Naguib Mahfuz en El callejón de los milagros.

…a los ideales:

Para acompañar Alonso Quijano, más conocido como Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, en una aventura que despierta las ganas de ser su escudero en su intención de acabar con los miedos agazapados en los campos.

…a la prueba de sí mismo:

Para subir a bordo del Pequod y ver los terrores en los ojos de la tripulación y envidiar su osada valentía, y sentir las pulsaciones de la obsesión de Ahab por acabar con Moby Dick, novela homónima de Herman Melville, sobre todo cuando una noche espolvoreada de luna se alzó refulgente el chorro de la ballena.

…a las razones de existir:

Para preguntar y preguntarse sobre los reales motivos por los que vale la pena estar en el mundo, por lo bueno y lo malo, según lo plantea Albert Camus en El extranjero, donde el brillo del cielo es insoportable.

…a la caída del esplendor:

Para ser testigos del ocaso en El Gatopardo, de Tomasi di Lampedusa, cuando Fabrizio, el príncipe de Salina, y su sobrino Tancredi acaben de llegar a Donnafugata. Es agosto. El cambio del mundo de la sociedad siciliana ha empezado en mayo con el desembarco de Garibaldi, y está a punto de ser reforzado por sus estrategias de adaptación y la revolución en sus corazones.

…a la muerte:

Para aprender de Thomas Mann, en Muerte en Venecia, sobre la belleza, la atracción y las sensaciones e ideas que despiertan en el individuo; sobre la existencia y su agonía; sobre lo que rodea cada vida.

…a lo que siempre queda:

Para echar un vistazo atrás como lo hacen dos amigos en El último encuentro, de Sándor Márai, cuyas preguntas resuenan: “¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma, nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión quizás no hayamos vivido en vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandilocuente, así de inhumana es una pasión?... ¿y que quizás no se concrete en una persona en concreto, sino en el deseo mismo?”.
Son veranos literarios en los que sobrevuelan las palabras de Toni Morrison en Jazz, cuando uno de sus personajes dice que hay que morder la manzana por que solo así se conoce su sabor.