miércoles, 9 de marzo de 2011

PRENSA. "Las últimas horas del déspota", por Juan Goytisolo

Juan Goytisolo
   En "El País":
Las últimas horas del déspota

JUAN GOYTISOLO 08/03/2011

   ¿Qué pasa por la mente de un dictador en los últimos días, horas y minutos que preceden a su caída e inesperadamente le hunden en el muladar de la historia? ¿Cómo asimila el inimaginable pero real espectáculo de su amado pueblo vociferando contra él y quemando o pisoteando con furia su ubicuo retrato?
   El tema es fascinante y si fuera un autor joven, con el potencial creativo intacto, trataría de expresarlo mediante un monólogo interior que mezclaría tiempos y espacios, imágenes de pasadas glorias y de presente hostil: desfiles victoriosos, tribunas de honor, recepciones palaciegas, besos lanzados al pueblo exultante de dicha, embriaguez de un poder sin límites y por consiguiente sin otro final plausible que el de una apoteosis en el lecho de muerte, rodeado de los suyos y de jefes de Estado en medio de expresiones de dolor y de llanto, ¡todo ello abolido de golpe por lo que Marx denominaba astucias de la historia!
   La idea me tentó durante el derrocamiento y ejecución de los Ceausescu y me acucia de nuevo en ese vendaval de libertad que sacude a los países árabes y derriba como títeres de feria a sus dictadores y sátrapas. No ya a la manera biográfica de excelentes novelas como Yo el Supremo o La Fiesta del Chivo, sino del vértigo de un presente atemporal que discurre entre escabrosidades, remolinos y saltos de agua. El paso brusco de un matrimonio Ben Ali-Trabelsi todo mieles a la imagen desencajada del déspota en sus últimas apariciones ante la cámara, o del faraón benévolo en la plenitud de su magnificencia a la del viejo titubeante empujado a la escalerilla del avión que va a transportarlo a su inseguro destierro, invitan a una creatividad visual que puede transmutarse en literatura mediante el juego de la alternancia: los grandes sillones de respaldo dorado y terciopelo grana, diseñados, se diría, para el grato reposo de nalgas presidenciales o soberanas en contraposición con las chozas misérrimas del pueblo que supuestamente reverencia a quienes se acomodan en ellos; la sonrisa fija, sin destinatario preciso, de un Ben Ali momificado, con corbata y peluquín abrillantado en acorde perfecto, seguida de un plano del agonizante Mohamed Buazizi tendido en el lecho del hospital tras su inmolación crística abren para todo creador un campo de posibilidades casi infinitas.
   Pero es el cambio gradual del joven coronel libio que dio el golpe de Estado contra la monarquía hace 42 años en el mascarón grotesco que incitaba a sus últimos fieles a exterminar a las "ratas" en sus escondrijos y levantaba el puño con rabia el que más y mejor se presta a un soliloquio en la vena del Ulises joyciano: el de un tirano asediado por recuerdos de su ensalzamiento a líder mundial y a quien sus pares, sedientos de petróleo, recibían con sonrisas y abrazos, en un stream of conciousness cuya corriente impetuosa mezclaría atropelladamente sus delirios de rey de África, los cadáveres ahorcados de centenares de opositores, las mazmorras subterráneas de su palacio de Bengasi, las declaraciones de amor a su pueblo, la transformación de la gran república de las masas popular y democrática en patrimonio familiar de él y sus hijos. La acronía del relato y el recurso a la gramática transformativa para transitar de una estructura oracional a otra serían el cauce de esta reproducción aleatoria de las vivencias confusas del autoproclamado 'Padre de los Libios': el terror a las hechiceras de Macbeth y a los complós de sus amados súbditos, el fundido de su jaima instalada en el corazón de las capitales europeas y sus celdas de tortura, del juicio siniestro de las enfermeras búlgaras y el rostro radiante de su cuidadora ucrania. El desafío creativo exigirá mucho esfuerzo y trabajo pero no dudo de que un día u otro algún novelista árabe lo acometerá.
   Entretanto, y mientras se desconoce aún el final previsiblemente sangriento del coronel libio, deberemos contentarnos con los culebrones que tanto gustan en los países árabes y no árabes. ¿Quién encarnará el papel de la expeluquera aupada al rango de reina y señora de Túnez? ¿Acudirá al banco a sacar el dinero que atesora despeinada, convulsa y con el rostro deshecho? ¿Habrá una escena de reproches recíprocos entre ella y el ya achacoso marido? ¿Qué actores desempeñarán la función de mafiosos del todopoderoso clan Trabelsi? ¿Escucharemos sus gritos de cólera en el momento de la estampida? ¿Los veremos, mordiéndose las uñas de despecho, en su deshonroso exilio?
   Y, si de Túnez pasamos a El Cairo, imaginamos ya la telenovela del próximo Ramadán. La ambiciosa señora Mubarak acusando de ineptitud a su marido, el hijo bueno o menos ladrón arremetiendo contra la cleptocracia instaurada por su madre y su hermano Gamal; los fieles que intentan cambiar de chaqueta a última hora y se hunden con el barco; el rostro incrédulo del que se creyó rey de por vida y ve hundida su obra y secuestrados sus bienes en el extremo sur del Sinaí bíblico.
   Un acontecimiento histórico de la magnitud del que hoy vive el mundo árabe hallará un día el creador que con serenidad y maestría dé cuenta de él a los lectores futuros.
                                                                Juan Goytisolo es escritor.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". CRÍTICA DE LIBROS: "La vida, una pasión inútil", de Ana Rodríguez Fischer. Sobre "Tanta pasión para nada", libro de cuentos de Julio Llamazares

Julio Llamazares

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La vida, una pasión inútil

ANA RODRÍGUEZ FISCHER 19/02/2011

   Cuentos. Si la ejemplaridad -trágica o grotesca, más que épica- hermanaba a los personajes de los cuentos de En mitad de ninguna parte (1995), el descubrimiento de la vida como una pasión inútil vertebra -y culmina- las historias que Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) relata en su último libro, que no por casualidad titula Tanta pasión para nada, perseverando así en el nihilismo que el autor leonés reconoce como "una seña de identidad poética personal".
   No espere encontrar aquí el lector acciones trepidantes, grandes intrigas, sucesos espectaculares o hechos misteriosos, ni tampoco personajes llamativos. Hallará pasiones -humanas, demasiado humanas- y momentos decisivos que dan cuenta de una vida entera y, a menudo, la tuercen o la rompen. Así Djukic, el jugador del Depor encargado de lanzar un penalti en el último minuto del último partido de Liga, teniendo en sus pies la posibilidad y responsabilidad de dilucidarla; el viejo Mario, que en su ronda de despedidas reencuentra inesperadamente al gran amor de juventud y se dispone a vivirlo antes de morir; Man, un periodista romántico-aventurero al que las para él detestables fiestas navideñas sorprenden en Madrid cuando vive la desazón y la extrañeza que le produce una repentina prejubilación; Neme, cuya vida (y muerte) encarna como pocas la suerte de Don Tancredo: "Un continuo deslizarse hacia la nada, hacia la pasividad total, hacia la estatua que siempre fue"; la monja fallecida en accidente de coche a la salida misma del pueblo donde se hallaba su convento la primera vez que, en treinta y cinco años, rompía la clausura para acudir al hospital; o la suerte del pobre acordeonista de 'Mírame en la oscuridad'.
   Son vidas tan pegadas a la realidad como presas del tiempo, cuyo transcurso Llamazares puntea a partir de unos pocos hechos significativos (porque las representan y también las transcienden), y enmarca en su peculiar circunstancia (que en algunos casos las determina y condiciona) y en el espacio o escenario, que el autor describe con la pericia a que nos tiene acostumbrados, sea el lilar de un convento o una aldea perdida en las montañas.
   Y es que en Tanta pasión para nada tampoco renuncia Llamazares a su personal poética realista, ofreciendo al lector "fragmentos de vida" o visiones sectoriales de la existencia humana, rastreable en 'Un cuento de encargo', relato metarreferencial donde el autor recupera el humor y la parodia cuando se autorretrata en su atelier y, en contra de la lentitud como manera de vivir y escribir que había hecho suya, se ve obligado a redactar un cuento extenso en pocos días, lo que da pie a hablar de la imaginación, el proceso de escritura, las diferencias entre novela y cuento, más otras cuestiones.
   Ni tampoco se oculta Llamazares tras la figura del narrador, como bien advierte quien haya leído sus reportajes y artículos, sus libros de viaje o sus novelas. Y así, en tres cuentos rescata sendas historias de la Guerra Civil preservadas en la memoria familiar o colectiva (que la hubo), de las que destaco la revelación de la anciana nonagenaria en 'El médico de la noche'. Junto a esta galería de personajes anónimos, de vida sencilla y en apariencia anodina, encontramos al poeta Ángel González y su experiencia como joven maestro en una aldea de la sierra Gistredo, Primout, adonde no vuelve nadie pero sí lo hace él, cincuenta años después.

Tanta pasión para nada
Julio Llamazares
Alfaguara. Madrid, 2011
151 páginas. 17 euros

PRENSA. 9 marzo 2011

   En "El País":

1. El genio. Columna de Elvira Lindo.

2. El 'big bang' de la poesía moderna. Reportaje de Javier Rodríguez Marcos. 'Matemática tiniebla' reúne por primera vez las revolucionarias ideas estéticas de Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry y Eliot - Con ellas nació la lírica del siglo XX.

3. Mi novela es toda tuya. Por Manuel Rodríguez Rivero.

4. Claudio Magris, padre e hijo de la Trieste literaria. Por J. M. Martí Font. El CCCB evoca la ciudad del autor de 'El Danubio'.

5. La crisis no cabe en un bolso de lujo. Reportaje de Patricia Gosálvez. El negocio de productos exclusivos se repone con rapidez - Los ricos tienen menos miedo o vergüenza de gastar en caprichos - China lidera el aumento del consumo.

6. Una madre luchó 13 años intentando recuperar al bebé que dio en adopción. Por Jesús Duva y Natalia Junquera. La mujer, hermana de un sacerdote, se arrepintió de su decisión un mes después.

7. Salvando la revolución egipcia. Artículo de Shlomo Ben Ami, exministro israelí de Asuntos Exteriores; es en la actualidad vicepresidente del 'Centro Internacional Toledo por la Paz'.

8. El censo o el dilema entre realidad y fantasía. Artículo de la periodista y escritora Margarita Riviere.

9. La cultura como propiedad y el anillo de Giges. Artículo de Francisco J. Laporta, catedrático de 'Filosofía del Derecho' de la Universidad Autónoma de Madrid. Todos admiten que una canción es de quien la crea, luego es incongruente que, sentado esto, cualquiera pueda reproducirla o descargarla sin pago alguno. Eso es ignorar que la propiedad no es un título honorífico.

martes, 8 de marzo de 2011

POESÍA. DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER. "Las mujeres hermosas...", de Maya Angelou (EE.UU., 1928)

Maya Angelou

Las mujeres hermosas se preguntan
dónde radica mi secreto.
No soy linda o nacida
para vestir una talla de modelo.
Mas cuando empiezo a decírlo
todos piensan que miento
y digo:
está en el largo de mis brazos,
en el espacio de mis caderas,
en la cadencia de mi paso,
en la curva de mis labios.
Soy una mujer
fenomenalmente.
Mujer fenomenal,
esa soy yo.

Ingreso a cualquier ambiente
tan calma como a ti te gusta,
y en cuanto al hombre
los tipos se ponen de pie o
caen de rodillas.
Luego revolotean a mi alrededor,
una colmena de abejas melíferas.
Y digo:
es el fuego de mis ojos,
y el brillo de mis dientes,
el movimiento de mi cadera,
y la alegría de mis pies.
Soy una mujer
fenomenalmente.
Mujer fenomenal,
esa soy yo.

Los mismos hombres se preguntan
qué ven en mí.
Se esfuerzan mucho
pero no pueden tocar
mi misterio interior.
Cuando intento mostrárselo,
dicen que no logran verlo.
Y digo:
está en la curvatura de mi espalda,
en el sol de mi sonrisa,
en el porte de mis pechos,
en la gracia de mi estilo.
Soy una mujer
fenomenalmente.
Mujer fenomenal,
esa soy yo.

Ahora comprendes
por qué mi cabeza no se inclina.
No grito ni ando a saltos,
no tengo que hablar muy alto.
Cuando me veas pasar
deberías sentirte orgullosa.
Y digo:
está en el sonido de mis talones,
en la onda de mi cabello,
en la palma de mi mano,
en la necesidad de mi cariño.
Porque soy una mujer
fenomenalmente.
Mujer fenomenal,
esa soy yo.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Un invierno propio", nuevo libro de Luis García Montero. Por Ángel L. Prieto de Paula

Luis García Montero

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La razón y los sueños

ÁNGEL L. PRIETO DE PAULA 05/03/2011

   En el cabo de la madurez, Luis García Montero presenta en Un invierno propio la condensación de su universo moral, en el que desembocan sus anteriores libros poéticos y ensayísticos.

   Enfrentado a los melindres garcilasistas y a la lírica de invernadero, Gabriel Celaya abogaba en 1952 por una poesía en la que hubiera barro ("con perdón de los poetas poetísimos"), ideas, calor animal, retórica, argumento y hasta política; en suma, por una poesía impura, que remitía a la propugnada por Neruda en el manifiesto de Caballo verde para la poesía (1935). Aquellas circunstancias respaldaban la existencia de una escritura engagé, aun si ello iba en detrimento de los preciosismos formales y del regodeo en la intimidad. Ya en el tardofranquismo, y más tras la transición democrática, en una época dominada por el individualismo, el hedonismo y el escepticismo epistemológico, la creencia en las capacidades de la poesía para cambiar el mundo parecía cosa de ingenuos irredentos. Entre quienes, a comienzos de los ochenta, se negaron a aceptar la inutilidad de la poesía figura Luis García Montero (Granada, 1958). Epítome de su obra precedente, su último libro, Un invierno propio, defiende la utilidad de la lírica, enlaza autobiografía y compromiso civil, busca el equilibrio entre la razón y los sueños, se opone a la sacralidad y al hieratismo, y ofrece una estampa creativa regida por la claridad expositiva y el discurso ilustrado. Todo ello frente a los milenarismos revolucionarios, pero asimismo frente al conformismo en que se arrellanaron las democracias liberales tras el colapso comunista de 1989. (De hecho, bastaron los atentados del 11-S, por no referirnos a las actuales y todavía inciertas convulsiones del mundo islámico, para que despertaran los jinetes del Apocalipsis: los muertos que Fukuyama y otros profetas del fin de la historia habían matado gozan de buena salud).
   El título de cada poema es un aforismo moral que podría funcionar como epifonema de la composición que encabeza. Esas sentencias no encierran prescripciones o mandamientos, según correspondería a unas tablas de la ley, sino recetas personales en las que se ha decantado éticamente la emoción del autor. Enemigo desde antiguo de "la verdad", entendida como un dogma apriorístico a lomos de religiones o ideologías, García Montero titula uno de los poemas precisamente 'La verdad no es un punto de partida', y el subtítulo del volumen, 'Consideraciones', subraya su condición de recorrido intelectual fluctuante, antidogmático al cabo. Pero Un invierno propio es también un libro de amor, no menos intenso que Completamente viernes (1998). Si los socialrealistas del medio siglo recelaban de los sentimientos individuales, por cuanto que restaban atención a las preocupaciones comunes, aquí el amor conecta con lo colectivo y aparece como cobijo ante las inclemencias de la historia ("A veces una piel es la única razón del optimismo").
   Tiempo atrás el poeta había cancelado los sueños, bien porque alimentan maximalismos y utopías a menudo criminales, bien porque son tan irrealizables que terminan justificando no hacer aquello que sí puede hacerse. En Habitaciones separadas (1994) había puesto en boca de Jovellanos: "Porque sé que los sueños se corrompen, / he dejado los sueños". Un invierno propio expresa el sinsabor que le produce esa renuncia a los sueños, que suele dar en el cinismo; de modo que les abre otra vez la puerta, siempre que se mantengan a la debida distancia. Así, el poema 'Es bueno convivir con nuestros sueños, pero en habitaciones separadas' recrea el ten con ten de la fábula de los puercoespines de Schopenhauer (Parerga y paralipomena, II), que Cernuda convirtió en erizos en el pórtico de Donde habite el olvido: ni tan alejados entre sí que padezcan el frío, ni tan juntos que se pinchen con sus recíprocas púas.
   Todo el libro verbaliza el anhelo de "una modesta / forma de resistir": una forma precaria, y por eso humilde; pero irrenunciable, y por eso orgullosa. Para ese compromiso el poeta se apoya en sus maestros tutelares: Blas de Otero ("¿qué significan / el tú y el yo, la edad y la palabra España?"), Ángel González ("Nadie puede bañarse en lágrimas dos veces / en el mismo aeropuerto"), Gil de Biedma ("Para saber de mí / hago la noche en casa de un amigo")... El resultado es una obra en plena sazón, que corona una trayectoria y presenta el dibujo moral de un hombre que ha armonizado la sentimentalidad cambiante de su yo con el proyecto realizable de un mundo más soportable y más justo.

Un invierno propio
Luis García Montero
Visor. Madrid, 2011
184 páginas. 20 euros

PRENSA. "Esta revolución es por dignidad", por Enric González. (Resumen de lo sucedido en el mundo árabe)

Manifestantes egipcios ondean la bandera del país en la plaza de la Liberación durante las protestas que acabaron con Hosni Mubarak.- PEDRO UGARTE (AFP) ("El País")


   En "El País":
Esta revolución es por dignidad

ENRIC GONZÁLEZ - El Cairo - 06/03/2011

   Estamos en el principio. Pero afecta a tal volumen de personas y territorio, entraña tantos posibles cambios políticos y geoestratégicos, tanto impacto potencial en la economía mundial, tanto desconcierto en las diplomacias, que cuesta imaginar que el siglo XXI depare muchos acontecimientos de este calado. Llamar a lo que está ocurriendo "revolución árabe" resulta reductivo, porque puede acabar afectando a países no árabes como Irán. También es reductivo explicar la revolución por factores económicos, aunque existan. Las revoluciones se hacen por ideas y sentimientos, y la de ahora se alza como emblema la dignidad humana.
   No es casual que el detonante fuera un suceso poderosamente metafórico. La historia de Mohamed Buaziz y su carrito de frutas ha dado la vuelta al mundo. El carrito de Buaziz, un joven de 26 años residente en Sidi Buzid (Túnez), fue confiscado por la policía. Ya le había ocurrido otras veces y con un pequeño soborno podía resolverlo. Pero cuando fue a quejarse, una funcionaria, Fadia Hamdi, le escupió a la cara. Eso, la humillación, fue lo que Buaziz no pudo soportar. Ese mismo día, 17 de diciembre de 2010, se prendió fuego.
   La desgracia de Buaziz conmovió a sus vecinos y provocó una primera manifestación. La indignación se extendió rápidamente al país entero. Conviene resaltar aquí otro factor esencial e innovador de la revolución: Internet y las redes sociales. Cuando casi ningún medio informativo internacional había recogido aún la inmolación del frutero y las incipientes revueltas tunecinas, muchos jóvenes en un país tan lejano como Jordania habían adoptado ya la foto de Buaziz como avatar. La cadena de televisión catarí Al Yazira recogió el suceso porque uno de sus periodistas se enteró a través de Facebook.
   Gracias al ciberespacio, los jóvenes árabes ignoraban las fronteras nacionales. El caso de Buaziz fue de inmediato asumido como propio por los vecinos argelinos. Y por los egipcios, muy sensibles desde el verano anterior. El 6 de junio de 2010, Jaled Said, de 28 años, fue detenido en Alejandría por dos policías de paisano que le golpearon hasta matarle, ante testigos. Varios jóvenes profesionales, bajo la cobertura del Premio Nobel de la Paz y dirigente opositor Mohamed el Baradei, crearon en Facebook un grupo llamado "Todos somos Jaled Said". En pocos días, el grupo congregó a cientos de miles de personas y se convirtió en el principal foco de oposición al régimen de Hosni Mubarak.
   La llama prendió de forma fulminante. A principios de enero, grandes manifestaciones agitaban las principales ciudades de Túnez y Argelia. En Egipto, mientras, la revolución se preparaba con minuciosidad. Wael Ghoneim, ejecutivo comercial de Google y uno de los creadores de "Todos somos Jaled Said", contó semanas más tarde que él y sus compañeros dedicaron las primeras semanas de enero a ensayar manifestaciones en barrios periféricos, estudiando convocatorias inmediatas y formas de despistar a la policía.
   Las revueltas magrebíes fueron generalmente interpretadas como protestas económicas. El presidente tunecino Zine El Abidine Ben Ali creyó que con una visita al hospital donde yacía el agonizante Buaziz (fallecido el 5 de enero) y con algunos subsidios para abaratar los alimentos bastaría para calmar los ánimos. Llevaba 24 años en el poder, había saqueado impunemente el país y estaba habituado a las llamadas revueltas del pan. Como el resto de los dictadores de la región, como los dirigentes y la opinión pública de los países más desarrollados, creía que la represión y el pan barato constituían formas infalibles de someter a las poblaciones árabes, ajenas a otra aspiración que ir sobreviviendo y sin capacidad para vivir en democracia.
   Ese es otro elemento importantísimo: la propia sociedad árabe se sentía indigna y humillada. Tras la descolonización, no había conocido otra cosa que derrotas frente a Israel, dictaduras bochornosas, represión, atraso social, miedo. Y desprecio, mucho desprecio por parte del resto del mundo. Aparentemente, lo único que importaba de los árabes era el petróleo, el gas y la "estabilidad" bajo regímenes tan infames como mimados por Europa y Estados Unidos. Aunque resulte obvio, hay que recordar además que la islamofobia existe. Especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, los musulmanes quedaron bajo sospecha permanente. Un árabe medio no es más religioso que un estadounidense medio, pero su religión se asocia con el integrismo y el terrorismo. En la ecuación occidental, lo que no era una dictadura "moderada" (eufemismo de sumisión a Washington), era Al Qaeda o subversión proiraní. El cóctel de humillaciones, internas y externas, contenía todos los ingredientes.
   Ahora, en 2011, el 68% de los árabes tienen menos de 30 años. Esta inmensa generación de muchachos y muchachas no conoció acontecimientos como la descolonización o la Guerra de los Seis Días, pero gracias a la televisión por satélite siempre estuvo en contacto con la cultura occidental. Vivieron el desastre de la invasión de Irak pero, además de sentir una intensa solidaridad con el sufrimiento de los iraquíes, quedaron marcados por una imagen de 2003: la de Sadam Husein, dictador todopoderoso, detenido en el sótano donde se ocultaba de forma miserable. Ese impacto visual les enseñó lo frágil que puede ser un tirano.
   "No tenemos miedo", gritaban los manifestantes en Túnez. Ben Ali no logró que el Ejército asumiera tareas represivas. En sociedades tan estáticas como las árabes, donde la educación y el trabajo raramente sirven para prosperar porque lo que cuenta es pertenecer a la élite del poder o arrimarse a ella, el Ejército constituye el principal ascensor social. Entre los mandos militares abunda la gente de procedencia humilde. Eso, unido al servicio militar obligatorio, por el que cada familia tiene a alguien de uniforme, explica en gran medida el respeto mutuo entre Ejército y sociedad civil. También es cierto que los generales suelen optar por despedir a un dictador acabado antes que arriesgar sus privilegios en batallas inciertas. Por eso algunos dictadores prefieren tropas mercenarias, caso de Libia, o ejércitos pequeños e ineficientes, caso de Arabia Saudí.
   Después de poner limitaciones adicionales al uso de Internet, después de cerrar escuelas y universidades, después de prometer que bajaría el pan y que no se presentaría a la reelección como presidente, Ben Ali no consiguió otra cosa que el recrudecimiento de las protestas y una inequívoca señal de despedida por parte de los militares. El 14 de enero cargó todo el dinero que cupo en las maletas y escapó a Arabia Saudí.
   Para entonces, los jóvenes egipcios ya habían fijado la fecha de la insurrección: el martes 25 de enero, festivo porque era, irónicamente, el 'Día de la Policía'. La magnitud de las manifestaciones del 25 de enero en El Cairo, Alejandría y otras ciudades sorprendió a los propios organizadores. Mientras la televisión pública emitía películas y programas sobre gloriosas hazañas policiales, la policía cargaba contra la multitud. Hubo cuatro muertos y más de 500 detenidos.
   La espita de la furia estaba abierta. Para el viernes 28 se convocó una 'Jornada de la Ira' que resultó asombrosa. Ese 28 de enero quedó claro que la caída de Mubarak era sólo cuestión de tiempo. Quizá nunca, en tiempos modernos, se registró una batalla tan dura y multitudinaria entre policía y manifestantes. Al caer la tarde, la policía había agotado ya los gases lacrimógenos y las balas de goma y empezaba a disparar fuego real. Mubarak ordenó al Ejército que interviniera y el jefe supremo de los militares, su viejo amigo el mariscal Mohamed Tantaui, respondió negativamente. La policía se retiró y las ciudades, bajo nubes de gas y sacudidas por tiroteos ocasionales, quedaron en manos de la gente.
   Mubarak recurrió a los trucos clásicos del manual del dictador árabe. Bloqueó los teléfonos móviles e Internet. Prometió que su hijo Gamal, multimillonario y heredero designado, no se presentaría a las elecciones presidenciales. Prometió que tampoco se presentaría él. Subió el sueldo de los funcionarios. Delegó "poderes de negociación" en un nuevo vicepresidente, Omar Suleimán, jefe de los servicios secretos, y cambió al primer ministro. Bajo mano, reconvirtió a la policía política en bandas de saqueadores y matones, con la esperanza de que los egipcios se horrorizaran ante el caos y le aceptaran como mal menor.
   El 11 de febrero, Hosni Mubarak, el hombre que desde 1981 garantizaba la "estabilidad" en Oriente Próximo y cooperaba en lo que hiciera falta con Israel, el presidente que en 2004 prometió que seguiría en el cargo mientras respirara, el gran amigo de Occidente, dimitió y escapó a escondidas a su residencia de Sharm el Sheij, junto al mar Rojo. Dejó a sus espaldas más de 300 cadáveres. El Ejército asumió el poder y garantizó que organizaría una rápida transición a la democracia. Hasta ahora, aunque mantiene el estado de excepción, no ha defraudado a los egipcios.
   Lo que más sorprendió a la opinión pública internacional fue que en la plaza de Tahrir se mezclaran hombres y mujeres, laicos y religiosos, jóvenes y ancianos, en una convivencia armónica. Que a nadie se le ocurriera quemar una bandera estadounidense. Que apostaran por la resistencia pacífica. Que pidieran cosas como libertad, democracia y justicia. Los tópicos fallaban uno a uno.
   Muchos siguen queriendo ver tras la revolución egipcia la amenaza de los 'Hermanos Musulmanes', la más influyente organización islámica en el planeta. Puede ser que acaben asumiendo el poder, pero su partido, 'Libertad y Justicia', ya está amenazado por dos escisiones, una juvenil y otra progresista, y su ideología básica es más conservadora y tolerante de lo que piensan los recelosos.
   La caída de Mubarak fue la señal definitiva: los árabes podían alzar la cabeza, conquistar la dignidad y asumir su propio destino. Para desmentir que el despertar árabe tuviera raíces exclusivamente económicas, el 14 de febrero, a través de Facebook, chiíes y suníes del rico emirato de Bahréin convirtieron céntrica la plaza de la Perla en símbolo de su rechazo al absoluto control de la dinastía Al Jalifa sobre la política del emirato. Son de la familia Al Jalifa: el rey, el jefe del Gobierno (40 años en el poder) y 11 ministros.
   El 24 de febrero, el Gobierno argelino dio el primer paso atrás ante la presión popular y acabó con 19 años de estado de excepción. El 26 de febrero comenzaron las manifestaciones en Omán, un pequeño reino que junto al vecino de enfrente, Irán, domina el vital estrecho de Ormuz. El mismo día, bautizado como 'Jornada de la Ira panárabe', hubo manifestaciones en Jordania, donde el rey Abdalá ya había tomado medidas preventivas (cambio de Gobierno, subvenciones a alimentos y gasolina), y en Irak, donde la policía mató a 12 personas.
   En Yemen, un país pobre, dividido y al borde del abismo, las protestas contra el dictador prooccidental Ali Abdalá Saleh (32 años en el poder) habían comenzado ya el 27 de enero.
   En Siria, paradigma de régimen represivo, en Arabia Saudí y en Irán, los conatos de revuelta han sido sofocados por el momento.
   Queda Libia, donde otro dictador anciano, decidido a que el país entero le acompañe en su caída, pelea contra la Historia. De los sucesos de Libia, los más violentos hasta ahora en la cadena de "intifadas", se informa en otras páginas. La gran revolución por la dignidad árabe no ha hecho más que empezar.

PRENSA. 8 marzo 2011

   En "El País":

1. Tras la tumba de Alejandro Magno. Por  Jacinto Antón. El escritor y topógrafo Valerio Manfredi identifica el sepulcro del guerrero con los restos de un túmulo en Alejandría - Su paradero es un enigma para la arqueología.

2. Crujir de dientes. Por Fernando Savater.

3. Quitarse méritos en el currículo abre puertas. Reportaje de Álvaro Romero. El recorte de las oportunidades laborales lleva a los parados cualificados a suavizar su perfil para abrir el abanico de opciones - La clave está en la flexibilidad y en saber prepararse.

4. "El momento de las mujeres es ahora. No volveremos a la cocina". Entrevista a Michele Bachelet. Por Yolanda Monge. El 'Día Internacional de la Mujer' se celebra hoy marcado por el creciente papel femenino en los cambios que se viven en el mundo islámico. La expresidenta chilena acaba de asumir el reto de dirigir el órgano global para la igualdad. CON ENLACES A OTROS TESTIMONIOS.

5. La extraña epidemia de O'Donnell. Reportaje de Natalia Junquera y Jesús Duva. Decenas de bebés constan como muertos en los sesenta en un centro denunciado por robo de niños - "Estoy convencida de que me quitaron a mi hija", afirma una madre.

6. Las últimas horas del déspota. El escritor Juan Goytisolo, sobre los acontecimientos en el mundo árabe.

lunes, 7 de marzo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". POESÍA. Poema del libro "Arte menor"

Juan Ramón Jiménez

   En Babelia, suplemento cultural de "El País": poema del libro Arte menor:

                                                        Lamentos del débil
¡Para nada sirven
mis piernas!

¿A qué rosas de oro
me llevan?

¡El cielo está azul,
y yerran

esencias de pri-
mavera!

Caminos dorados
se alejan,

hay ríos, con naves
que sueñan,

hay pájaros verdes
que vuelan,

hay brisas de música
y seda...

Existe ya todo,
se acercan

los mundos, ¡a todo
se llega!
... Ni rosas, ni carnes,
ni estrellas...

¡Para nada sirven
mis piernas!

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "El alfabeto de los pájaros", novela de Nuria Barrios. Por Lluís Satorras

Nuria Barrios

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Nuestros pájaros

LLUÍS SATORRAS 05/03/2011

   Narrativa. Empezamos bien. Nada más iniciar la lectura nos encontramos con episodios dinámicos y potentes. De nivel alto. Con imaginación desbordante se despliegan varias narraciones protagonizadas por dragones que plantean asuntos graves como la difícil supervivencia humana o el dilema entre la libertad y la opresión. Incluso hay un príncipe que vence al más vil de los dragones con la valentía y la audacia de un san Jorge. Otros animales participan en el festín hasta que el foco principal queda fijado en los pájaros, sus migraciones, sus vuelos graciosos o elegantes, y su función de guías o profetas en nuestro confuso mundo. Nuria Barrios (Madrid, 1962) no renuncia a los asuntos que siempre la han caracterizado, el cuerpo de la mujer y sus transformaciones y las funciones elementales de la naturaleza que condicionan la vida humana. Sin embargo, en esta obra se acoge a un estilo más personal, original, un lenguaje naif, inocente pero sutil, muy adecuado para la ocasión, en que las palabras, como los pájaros, vuelan. A la que uno se descuida se juntan en expresivas frases resumiendo dócilmente una emoción o un pensamiento. Los sucesos más sorprendentes adquieren la sencillez de lo cotidiano y uno puede pensar que los milagros son posibles.
   La autora recoge elementos de los cuentos populares e infantiles, de las leyendas y los mitos de siempre, los agita y los vuelca en el papel con un sentido nuevo. Esos viajes alados en que las personas son pájaros y los pájaros personas como ese "país de los niños sin padres" émulo del de los niños perdidos evocan el mundo de Peter Pan, aunque con propósitos distintos. Nix, la niña china protagonista, sufre, como Alicia, una caída interminable por un túnel misterioso y, como ella, se encuentra con extraños seres y asombrosos escenarios en su búsqueda de una respuesta a los enigmas planteados por la rudeza del mundo real. Y, como es propio de los cuentos tradicionales, hace su aparición un personaje auxiliar para impulsar la narración. Se trata de un armario que tiene vida propia y humanidad desbordante y posee múltiples habilidades.
   Las conversaciones que sostienen madre e hija (ahí donde la autora se encuentra tan a gusto) forman la columna vertebral de la obra. En un estilo coloquial grácil e instintivo, casi alado podríamos decir muy a propósito, las dos interlocutoras hablan largamente y se revelan sin disimulo ante el lector. La madre siempre tiene una historia a punto para ser contada que por triste o dramática que sea produce en la niña la alegría del deslumbramiento. De esos coloquios surgen ideas, sentimientos y nuevas percepciones que conducen a Nix a reflexionar sobre su situación, sobre sus dos países que son diferentes pero iguales, pues como dice el título de un capítulo "En China y en España habla igual el corazón". Y ya verán por qué razón resume su dilema vital en una frase lapidaria que nos lleva nuevamente a Peter Pan: "Todos los niños tienen dos barrigas, menos yo".

El alfabeto de los pájaros
Nuria Barrios
Seix Barral. Barcelona, 2011
254 páginas. 18,50 euros

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "El sueño de JRJ", por José Manuel Caballero Bonald

Juan Ramón Jiménez

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
El sueño de JRJ

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD 19/02/2011

   Se hace realidad uno de los proyectos más anhelados del Nobel español: Arte menor. Son 142 poemas (43 inéditos), la mayoría composiciones de aire popular, que completan la etapa inicial de Juan Ramón Jiménez. El libro dedicado a "la memoria permanente" de Góngora se intentó publicar dos veces. Sus páginas desvelan las influencias juanramonianas en Lorca o Hernández. 'Babelia' ofrece, en primicia, cinco manuscritos.

   La periódica aparición de textos inéditos de Juan Ramón Jiménez ha pasado a convertirse en una peculiar costumbre que favorece de algún modo la evaluación general de la poesía española contemporánea. Nada más acorde con la insaciable, vehemente voluntad creadora del poeta que ese cómputo consecutivamente acrecentado de su "Obra". Es lo que viene a refrendar de nuevo este Arte menor (Ediciones Linteo), preparado y editado por José Antonio Expósito Hernández con puntual solvencia crítica. El libro puede considerarse en puridad inédito, al menos nunca fue publicado como tal volumen independiente, y en él se reúnen 142 poemas breves, de los que 43 se publican ahora por primera vez, con lo que la edición adquiere un manifiesto rango de primicia. Sin duda que este nuevo incremento del caudal poético juanramoniano corrobora una vez más lo consabido: esa dedicación sacral, ese obstinado, exaltado, incesante trabajo creador que hizo posible que sigan sumándose -todavía- nuevas aportaciones al poco menos que abrumador registro de poemas que van de Rimas (1902) a Espacio (1954), dando por preteridos -como arbitró el autor- Ninfeas y Almas de violeta (1900).
   Dentro de esa laberíntica red de ríos y afluentes que suele agobiar a los investigadores de la poesía juanramoniana, la presente edición también reclama por eso la gratitud. Resultan de veras meritorios los esfuerzos llevados a cabo por esa media docena de expertos en Juan Ramón Jiménez, entre los que José Antonio Expósito Hernández ocupa un lugar eminente, para normalizar tan extraordinario corpus poético, siempre sujeto a ordenaciones y reordenaciones consecutivamente sometidas a nuevos planteamientos parciales o generales. "¡Qué lucha, en mí, entre lo completo y lo perfecto!". Resulta también de lo más llamativo que un poeta que afirmó, con singular pedagogía estética, que "escribir poesía es aprender a llegar a no escribirla", se dedicara con excluyente avidez a una elaboración tan sistemáticamente inabarcable de su "Obra".
   Arte menor, datado en 1909, se sitúa cronológicamente en el ámbito inicial de la obra poética de Juan Ramón Jiménez, allí donde se acentúa un lirismo de claro linaje popular, como desglosado de algún cancionero anónimo andaluz, oriundo en sus mejores momentos de cierto modernismo aún contaminado de seducciones románticas. Dentro de los mismos nutrientes sentimentales que comparecen, por ejemplo, en Las hojas verdes (1906) o Baladas de primavera (1907), Arte menor prolonga una idéntica estrategia retórica, pero también anuncia ocasionalmente ese designio poético esencial que va a ir acrecentando su potencia reflexiva a partir de Diario de un poeta recién casado (1916). A medio camino entre la canción de cuño tradicional y una depurada interiorización de la naturaleza, Arte menor se integra en una de las más canónicas fases de la poesía de Juan Ramón, que también fue, con toda probabilidad, la que más notoriamente afectó a los modales neopopularistas del 27, en particular a los de Lorca y Alberti. Junto a canciones de sencilla tonalidad descriptiva, no faltan lo que podrían ser atisbos, perfiles aún inciertos de esa conciencia de penetración en lo absoluto que regula la más visionaria ruta poética de Juan Ramón. Todavía estaba lejos lo que constituye su normativa magistral: la subordinación del pensamiento lógico a la intuición iluminadora. En todo caso, lo que más abundan aquí son las composiciones de común aire popular, tan livianas a veces que dudo que su autor las hubiese salvado de un escrutinio de pocos años después. Siempre se tiene la sospecha de que los textos -los "borradores silvestres"- que por una u otra razón permanecieron inéditos se debe a que su autor no deseaba verlos publicados.
   José Antonio Expósito Hernández, avezado especialista en la obra juanramoniana, ha indagado en aquellos archivos documentales que mejor podían acreditar que este libro alcanzara la condición de impecable. Y, en efecto, la estructura de la presente versión de Arte menor coincide rigurosamente con la que su autor previó, de acuerdo con los borradores ahora desempolvados. La fijación de los textos y la enumeración minuciosa de variantes, así como los apéndices de documentos, álbumes y notas, enriquecen de manera notable la edición, que mantiene las cinco secciones en que dividió el propio Juan Ramón el libro y figuran en distintas antologías, esto es: 1: Cancioncillas, 2: El jardinero sentimental, 3: Quinta cuerda, 4: Música en la sombra y 5: Los rincones plácidos. Entiendo que la más completa edición de este libro publicada con anterioridad a la que ahora comento es la de Francisco Garfias (Libros inéditos de poesía, 1, Aguilar, 1964). He cotejado ambas ediciones y las diferencias son notorias, no sólo por la ordenación general de los textos -algunos de dudosa pertenencia a Arte menor- sino por el número de poemas incluidos, que en el caso de Garfias son justamente 59, esto es, 83 menos, contando con los inéditos, que los reunidos por Expósito Hernández.
   La lectura -o relectura- de este libro nos devuelve a un tramo de la poesía de Juan Ramón que acaso pudo quedar un poco desvanecido por el poderoso aparejo intelectual que determina la plenitud "ética-estética" de Animal de fondo, Dios deseado y deseante y En el otro costado, donde figura Espacio, uno de los grandes poemas de las literaturas europeas medioseculares. Nada de eso debe restringir, sin embargo, el placer del reencuentro con unas canciones y romances donde se articula un modelo lírico de exacerbada delicadeza, de espontánea desnudez, conectado con ese "idealismo krausista" a que se refiere sagazmente Expósito Hernández en su 'Introducción' y que el propio Juan Ramón no tardó en dar por extinguido. En esas composiciones de "arte menor" hay versos muy hábiles -muy sutiles- de sólo una, dos o tres sílabas, aunque a veces se ensanchen hasta el eneasílabo o el endecasílabo, una peculiaridad que, según dictamina el poeta en la nota que encabeza el libro, "no creo que rompan con su rápida aparición el ritmo fugitivo y entrecortado de una cancioncilla". Yo creo que incluso lo mejoran.
   Juan Ramón Jiménez fue elaborando las canciones de Arte menor a su regreso a Moguer, hacia 1905, después de haber superado en parte la hiperestesia tras su paso por sendos sanatorios de Burdeos y Madrid. Tenía entonces 25, 26 años. El retorno a aquellos escenarios nativos que nunca dejarían de alojarse en su memoria estimula en el poeta el gusto por las identificaciones campesinas. Es el mundo expresivo, aunque con otros ecos, que se afianza en Pastorales (1905), en Poemas mágicos y dolientes (1908), y es también la manifestación de una sensibilidad, por momentos quejumbrosa, superpoblada de vagos registros melancólicos, de jardines y penumbras, lunas y fuentes. La experiencia del poeta se centra de modo absorbente en ese recuento de la intimidad cotidiana de Moguer, valiéndose para ello de una decidida vinculación con los reflujos de los cancioneros populares.
   Considero de lo más significativo el hecho de que Arte menor esté dedicado "a la memoria permanente de don Luis de Góngora y Argote, único ético estético de nuestro pasado, señor y dueño de las Piérides". En las fechas en que se escribió este libro -primeros ocho o nueve años del siglo XX- los poemas mayores de Góngora aún continuaban siendo vituperados por la crítica literaria al uso, con Menéndez Pelayo erigido en el más virulento denostador del "ángel de las tinieblas". Juan Ramón se anticipa en este sentido a la rehabilitación del autor de las Soledades promovida por Dámaso Alonso y secundada por los restantes poetas del 27. Que veinte años antes de ese rescate se pronunciara el autor de Arte menor reafirmando su devoción por Góngora, es desde luego un episodio ciertamente revelador. Supone al menos una evidencia más de la perseverante asimilación de las avanzadas estéticas que trasmitió Juan Ramón Jiménez al contínuum de su poesía.

   Arte menor. Juan Ramón Jiménez. Edición crítica, introducción y notas de José Antonio Expósito Hernández. Ediciones Linteo. Ourense, 2011. 372 páginas. 25 euros.

PRENSA. "Los límites de la transparencia", artículo de Daniel Innerarity

Daniel Innerarity

   En "El País":
Los límites de la transparencia

DANIEL INNERARITY 22/02/2011

   El signo de nuestra época es la inmediatez. Nada nos resulta más sospechoso que las mediaciones, los intermediarios, las construcciones y las representaciones. Pensamos que para conocer la verdad basta que los datos estén al alcance; que una democracia solo necesita que nada nos impida decidir. En nuestro inconsciente colectivo consideramos que son más útiles los datos que las interpretaciones y, por el mismo prejuicio, tendemos a pensar que es más democrático participar que delegar. Una similar desconfianza ante las mediaciones nos lleva a suponer automáticamente que algo es verdadero cuando es transparente, que toda representación falsifica y que todo secreto es ilegítimo. No hay nada peor que un intermediario. Por eso nos resulta de entrada más cercano un filtrador que un periodista, un aficionado que un profesional, las ONG que los Gobiernos y, por eso mismo, nuestro mayor desprecio se dirige a quien representa la mayor mediación: como nos recuerdan las encuestas, nuestro gran problema es... la clase política. La actual fascinación por las redes sociales, la participación o la proximidad pone de manifiesto que la única utopía que sigue viva es la de la desin-termediación.
   Estando así las cosas, nadie podía sorprenderse de que las filtraciones de Wikileaks hayan sido recibidas como una confirmación de lo que ya sabíamos: que el sistema es malísimo y nosotros, inocentes. Coincide esto en el tiempo con una crisis económica cuyos exégetas llevan tiempo repitiendo que la estamos pagando los que no la hemos provocado. Afortunadamente, nosotros no formamos parte de ese mercado que se dedica a conspirar y atacar. Identificados los problemas y asignadas las responsabilidades, nos hemos ahorrado casi todo el trabajo de pensar un mundo complejo y adaptar la democracia a las nuevas realidades. La indignación puede seguir sustituyendo cómodamente a la reflexión y al esfuerzo democrático.
   La transparencia es, sin duda, uno de los principales valores democráticos, gracias a la cual la ciudadanía puede controlar la actividad de sus cargos electos, verificar el respeto a los procedimientos legales, comprender los procesos de decisión y confiar en las instituciones políticas. Ahora bien, ¿tan seguros estamos de que disponer libremente de 250.000 documentos de la diplomacia americana nos hace más inteligentes y mejores demócratas? ¿Sabríamos más del mundo si se suprimieran todos los secretos? ¿Somos mejores ciudadanos a medida que vamos descubriendo lo torpes y cínicos que son muchas de nuestras autoridades?
   No deberíamos dejarnos seducir por la idea de que estamos ante un mundo de información disponible, transparente y sin secretos. De entrada, porque somos conscientes de que determinadas negociaciones exitosas del pasado no se hubieran producido si hubieran sido retransmitidas en directo. Existe algo que podríamos denominar los beneficios diplomáticos de la intransparencia. Por supuesto que en este aspecto muchos procedimientos tradicionales están llamados a desaparecer y quien a partir de ahora participe en un proceso diplomático ha de saber que muchas cosas terminarán por saberse. Pero también es cierto que la exigencia de una transparencia total podría paralizar la acción pública en no pocas ocasiones. Hay compromisos que no pueden alcanzarse con luz y taquígrafos, lo que suele provocar que los actores radicalicen sus posiciones. Pese a ciertas celebraciones apresuradas de un inminente mundo sin doblez ni zonas de sombra, la distinción entre escenarios y bastidores sigue siendo necesaria para la política.
   Pero es que hay también una ambigüedad de la transparencia desnuda, no contextualizada. Es una ilusión pensar que basta con que los datos sean públicos para que reine la verdad en política, los poderes se desnuden y la ciudadanía comprenda lo que realmente pasa. Además del acceso a los datos públicos, está la cuestión de su significado. Poner en la red grandes cantidades de datos y documentos no basta para hacer más inteligible la acción pública: hay que interpretarlos, entender las condiciones en las que han sido producidos, sin olvidar que generalmente no dan cuenta más que de una parte de la realidad.
   Además de límites, la transparencia puede tener efectos perversos. No son pocos los que han advertido que Internet se puede convertir en un instrumento de opacidad: al aumentar los datos suministrados a los ciudadanos, complica su trabajo de vigilancia. Es la opacidad y no la falta de transparencia lo que más empobrece las democracias. Obsesionarse con la transparencia descuidando todo lo demás equivale a equivocarse en el foco de atención.
   Y a este respecto cabe mencionar un efecto insólito en virtud del cual la realidad política nos resulta ininteligible no porque nos falten datos o porque no escrutemos atentamente a nuestros representantes, sino porque lo hacemos en exceso, de una manera constante e inmediata. La vigilancia extrema sobre los actores políticos puede llevarles a sobreproteger sus acciones. Un ejemplo de ello es el hecho de que muchos políticos, sabiendo que sus menores actos y declaraciones son examinados y difundidos, tienden a encorsetar su comunicación. La democracia está hoy más empobrecida por los discursos que no dicen nada que por el ocultamiento expreso de información.
   Las sociedades democráticas reclaman con toda razón un mayor y más fácil acceso a la información. Pero la abundancia de datos no garantiza vigilancia democrática; para ello hace falta, además, movilizar comunidades de intérpretes capaces de darles un contexto, un sentido y una valoración crítica. Separar lo esencial de lo anecdótico, analizar y situar en una perspectiva adecuada los datos exige mediadores que dispongan de tiempo y competencias cognitivas. Los partidos políticos son un instrumento imprescindible para reducir esa complejidad. En este trabajo de interpretación de la realidad también son inevitables los periodistas, cuyo trabajo no va a ser superfluo en la era de Internet, sino todo lo contrario. Pero estoy defendiendo la necesidad cognitiva del sistema político y de los medios de comunicación y no a sus representantes que, como todos, también son manifiestamente mejorables.
   Defender hoy este trabajo de mediación equivale a renunciar al grato favor de la corriente, porque casi nadie quiere renunciar a este cauce para el despliegue de la indignación que es la posibilidad de matar al mediador. Frente a todas las promesas de paciencia interpretativa, Internet es un espacio que ofrece participación y democracia directa, expresión y decisión sin intermediarios. Todo lo cual conecta con esa desconfianza democrática hacia el experto y la consiguiente celebración del ciudadano corriente que parece inobjetable democráticamente. La libertad del amateur frente al anquilosamiento del profesional, este vendría a ser el nuevo antagonismo para el que Internet constituye un formidable campo de batalla. La presencia del aficionado, del filtrador escandalizado, es muy importante y contribuye sin duda a democratizar el proceso de creación y circulación de información. Pero en realidad hay una cadena de cooperación muchísimo más compleja entre unos y otros: solo los grandes diarios de referencia tienen las competencias necesarias para explotar esas montañas de información. Al final, terminamos necesitando mediación, profesionalidad y representación. Sin ellas el mundo es menos inteligible y más ingobernable. Juzguemos si estas instancias hacen bien lo que deben y no nos dejemos capturar por la perezosa ilusión de que su mera carencia nos hará libres.

  Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del 'Instituto de Gobernanza Democrática' (http://www.globernance.com/).

PRENSA. 7 marzo 2011

   En "El País":

1. Cabezas. Columna de Almudena Grandes.

2. "La pintura, como Drácula, nunca muere". Reportaje de Javier Rodríguez Marcos. Miquel Barceló y Alberto Manguel conversan sobre arte y literatura en el estudio parisiense del pintor - El mallorquín dirige el último número de la revista 'Matador'.

3. Fuego real en el 'crematorio' de Chirbes. Por Borja Hermoso. El escritor habla de su novela, germen de la serie que hoy estrena Canal +. Antología del pillaje. Por José Manuel Romero.

4. España ya es país de rascacielos. Por Catalina Serra. Hubo quien anunció su final tras el 11-S, pero la fiebre por las torres resurge - Estos edificios hallan recelos en Europa aunque su impacto ambiental es menor. En el bosque de gigantes. Análisis de Anatxu Zabalbeascoa.

5. Trueque de niños en San Ramón. Reportaje de Natalia Junquera y Jesús Duva. Una monja le dijo a Carmen que para darle un bebé debía llevar una embarazada a cambio: "Explicó que lo hacían así para que las madres no dieran la lata buscándolos".

6. ¿Qué pasa en Cuba? Artículo del historiador cubano Rafael Rojas.

7. La UE también tiene que hacer su revolución. Artículo de Djémila Boulasha, presidenta de la asociación francesa 'EuropAnous'. Traducción de Juan Ramón Azaola.

8. Los políticos sobrantes. Artículo de la periodista y escritora Irene Lozano. La ineptitud como gestores de tantos dirigentes, lejos de llevarles a dar paso a alguien mejor, les conduce a empecinarse en su nulidad y desprestigio. Pero la solución al problema no es menos, sino más y mejor política.

9. ¿Cómo echar a Gadafi? Por Jean-Marie Colombani. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

domingo, 6 de marzo de 2011

POESÍA. "Nieve al viento", de Hugo Mújica (Buenos Aires, 1942)

Hugo Mújica

NIEVE AL VIENTO

Copos de nieve al viento,
                    caen desde su ahora,
                                      caen sobre su aquí.

Cuando no hay ayer, cuando
hoy es olvido,
no hay con qué imaginar mañanas:
                             hay sólo lo que siempre hay,
                                                    hay este estar naciendo.

PRENSA. "Leyes", de Luis Manuel Ruiz

Luis Manuel Ruiz

   En "El País" (Andalucía):
Leyes

LUIS MANUEL RUIZ 13/02/2011

   Es una sensación que todos conocemos, y que a todos, alguna vez, nos ha nublado la inteligencia o los sentidos. De pronto, el mundo es una ciénaga hostil y sembrada de enemigos. De pronto, la realidad se opone con bloques de granito, montañas, océanos encrespados, espinas y ácido a la consecución de mis deseos. De pronto los otros, la muchedumbre inmensa de esos entes anónimos que se desdibujan en las ventanillas de los autobuses, se han vuelto unánimemente contra mí y el universo se divide en dos categorías tajantes: yo mismo y todos los demás.
   Con ese acorralamiento empiezan muchas cosas. Unos se hacen santos y se van a lo alto de una columna; otros fundan partidos más o menos radicales; otros, dotados de menos imaginación o talento, sencillamente se empotran en su cuarto y empiezan a destilar veneno, a mimar su inquina contra la humanidad como quien cuida de un invernadero, a planear formas de venganza disparatadas que poco a poco, de modo casi inadvertido, van abandonando el limbo de la imaginación para ingresar en la realidad más doméstica y brutal: estos son los que luego la emprenden a tiros desde el alféizar de su ventana o atropellan a mujeres en los pasos de peatones porque el sistema les ha maltratado. Es lo que le sucede también a José Eugenio Arias, este señor del asador de Marbella que ve una conspiración judeomasónica en el hecho de que le cierren el local por no acatar las normas de sanidad. Morirá matando, ha declarado a los medios, y yo me lo creo. Quién es el universo, a ver, para llevarle la contraria a él.
   Esta civilización en que vivimos ha exaltado hasta tal magnitud el éxito personal y la victoria individual sobre los obstáculos que la frustración ha desaparecido literalmente de sus mapas. No se la menciona, nadie dice que está ahí; y, lo que es peor, si aparece nadie nos informa de cómo reconocerla o gestionarla, de qué hacer con ella.
   En cuanto alguien se va al paro, o pierde el coche en un embargo, o no se marcha de vacaciones a una estación de esquí, no puede mandar el niño al colegio bilingüe de moda, no consigue a la rubia de los muslos de oro, comparece el chivo expiatorio más cómodo de todos: esa entidad neblinosa que llamamos el sistema. El sistema tiene la culpa. El sistema me niega lo que concede a otros. Esos otros son el sistema: esos otros que sí tienen coches y rubias, y niños que hablan inglés con corbata, esos otros a los que les da igual que yo no triunfe, que no obtenga el triunfo que por derecho me pertenece. José Eugenio Arias, el hombre del asador de Marbella, tampoco comprende que la realidad no está hecha de chicle y que no tiene por qué plegarse a la presión de sus músculos. No comprende, o nadie se lo ha explicado, que convive con millones y millones de personas que no son él mismo, que esas personas tienen necesidades, pareceres, gustos y orientaciones distintos a los suyos, y que para que unos y otros no colisionen o simplemente puedan coexistir, han de trazarse rayas de tiza en el pavimento que se llaman leyes. Pero a José Eugenio Arias le dan igual las leyes. Él ha venido a la Tierra a cumplir sus proyectos, y no va a permitir que una conspiración de politicastros empeñados en hundirle el negocio reduzcan su voluntad todopoderosa al tamaño de un pistacho, él, que se ha enfrentado, o eso dice, a mangantes y terroristas.
   Se trata, como todos, de un problema de educación: nadie le explicó a este señor en su día que todos los juguetes de la guardería no eran para él. Y cuando no puede conseguir el sonajero del vecino, la culpa es del sistema. Y aquí me mato yo pero me llevo a todos los niños por delante, faltaría más: por un sonajero.

PRENSA CULTURAL. "Babelia".Crítica de "La señal y otros relatos", de Vsévolod Garshin. Por Víctor Andresco


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La señal y otros relatos


VÍCTOR ANDRESCO 26/02/2011

   Que su calidad y potencia hayan convertido en indiscutibles a Tolstói o Dostoievski no palía la injusticia con que el olvido ha devorado a otros grandes narradores. El caso de Vsévolod Garshin (1855-1888), ahora recuperado, tiene la ventaja de acercarnos a una obra singular en la que se codifican algunas claves de la sociedad zarista y nos permite comprender mejor un fenómeno que ha dado hitos universales de la novela y el cuento pero que, lejos de ser espontáneo, obedece a una peculiar circunstancia histórica y cultural. Este rescate viene a rellenar una laguna que el lector español no cubría desde los años veinte, cuando ediciones populares como la 'Colección Universal' de Calpe lo dieron a conocer, como bien señala Mainer, muy parcialmente y bajo las transcripciones afrancesadas Garchin y hasta Garchine. La antología que nos ocupa reúne tres elementos esenciales que la convierten en un buen libro: una traducción fluida, una selección cabal y un prólogo informativo y estimulante que incita a la lectura y facilita la comprensión de un momento irrepetible de la cultura rusa del siglo XIX. Nacido en Járkov (Ucrania), petersburgués entusiasta y curtido en la guerra ruso-turca de 1877, Garshin conoció bien la violencia, el sometimiento de la vida castrense y la locura, encriptando en sus cuentos -todos distintos y ajenos a las modas literarias- algunos secretos fundamentales sobre la gran aventura de la prosa. Como en 'La flor roja', dedicado a la memoria de Turguénev, aquí encontramos la materia prima que sirvió de base a la literatura redentora: un lugar en el que la espiritualidad lucha contra la obscena injusticia imperante mientras los atavismos que mantienen el atraso secular del pueblo se ven amenazados por la tímida pero iluminada misión de la palabra. Que Garshin, miembro de una estirpe de suicidas, se tirase por el hueco de la escalera a los 33 años no resta un ápice de brío a su fe en la literatura. Leerlo ahora ayuda a entender mejor a los Gógol o Chéjov que se aferraron a la pluma para conjurar el destino de una Rusia construida sobre el dolor, el fatalismo, los delirios de grandeza y una fructífera propensión al mito.

La señal y otros relatos
Vsévolod Garshin
Traducción de Sara Gutiérrez
Prólogo de José-Carlos Mainer
Contraseña. Zaragoza, 2010
251 páginas. 18,90 euros

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Solar", novela de Ian McEwan. Por José María Guelbenzu

Ian McEwan

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Brillante sátira de McEwan

JOSÉ MARÍA GUELBENZU 05/03/2011

   Narrativa. La costumbre de los novelistas ingleses es escribir buenas novelas, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta la tradición que los acoge. Si bien desde el último tercio del siglo XX no podemos encontrar un narrador de la talla de E. M. Forster, lo cierto es que mantienen su buen hacer con evidentes buenos resultados. Ian McEwan es una de las cabezas de la generación que empezó a publicar a finales de los años setenta y alcanzó su máximo reconocimiento con la novela Expiación. Esta vez ha optado decisivamente por el humor -tan propio de un inglés, por otra parte- para construir una sátira realmente eficiente sobre el problema del calentamiento global sin descuidar la caracterización de sus personajes, sobre todo al protagonista.
   Michael Beard es un científico que ha obtenido el Premio Nobel y se encuentra, a sus cincuenta y pico años, en la decadencia que sigue al hecho de haber alcanzado el cénit de una carrera demasiado pronto. Cuando lo conocemos vive dedicado a dar conferencias, asesorar departamentos oficiales y, en general, a vivir sin especial gloria de pasados laureles. En cuanto a su persona, es un tipo desaliñado, bebedor, desordenado y perezoso para la vida cotidiana, y casado cinco veces. Su quinta mujer, Patrice, le engaña concienzudamente con el constructor de su casa, un tipo rudo y elemental, mientras él sólo tiene aventuras esporádicas. Pero el engaño de la mujer le hace desearla y sufre por ello. Es un hombre que siempre ha tenido éxito con las mujeres aunque su aspecto no sea precisamente el de un seductor.
   La novela se divide en tres partes que se corresponden con los años 2000, 2005 y 2009. En el primer lustro -que tiene una componente de thriller cómico que prefiero no detallar por respeto al lector- conoceremos la complicada trama que envuelve a su mujer, su constructor y un alumno aventajado al que Beard contempla con benevolencia de superior. En el segundo, ya desembarazado por carambola de los anteriores debido a una historia rocambolesca, lo hallaremos metido en otra relación amorosa (Melissa) que no está dispuesto a que acabe en boda tras los cinco fiascos anteriores. En el tercero y último, Michael se mete de lleno en un proyecto en Nuevo México destinado a crear energía alternativa sin coste medioambiental a partir de la energía solar y divide su vida entre la fogosa Melissa, de la que tiene una hija que no deseaba, y una no menos fogosa camarera tejana.
   El humor que sostiene toda la novela es de primera clase, con secuencias gloriosas como la del viaje al Polo en compañía de un grupo de artistas e intelectuales para concienciarse del cambio climático, o el desarrollo de la relación con Melissa, o la celebración a la americana alrededor de la inauguración de la planta de energía solar. También está lleno de momentos cómicos extraordinarios (el encuentro con la artista conceptual Stella Polkinhorne, el fiasco con un joven por el que se siente agredido en un compartimento de tren, los líos en que se mete por su impericia al acabar convertido en "científico neonazi" por la prensa...) o ciertos flash backs, como el de su relación con Maisie Farmer, su primera esposa, cuya conquista "le hizo intelectualmente libre" redimiéndolo de una infancia y juventud lastimosas. En el fondo, Beard es un científico que tuvo una intuición genial y ha acabado convertido en una caricatura de sí mismo al que el mundo del cambio climático sólo le interesa en la medida en que desea recuperar su trono y, lo peor, a costa de las brillantes intuiciones de un alumno suyo, tan brillante como lo fuera él en su juventud. Esta situación es la que permite al autor situarse en la distancia justa para sacar el máximo partido a la narración.
   McEwan urde una trama realmente compleja y muy bien resuelta, donde no deja un solo cabo suelto y en la que cada una de las partes engrana perfectamente en el todo.
   La sátira sobre los científicos, el amor mal entendido y el cambio climático poseen la ambigüedad del talento y rehúye cualquier tratamiento superficial o maniqueo. Es un problema de extrema importancia tratado con una admirable comicidad que quizá sea lo que se corresponde, en manos de un buen novelista, con un asunto de semejante envergadura. Tan sólo cabe hacerle un par de reproches: el primero, que carga excesivamente las páginas de informaciones y disquisiciones científicas que no se compadecen bien con la narratividad del texto porque en esos momentos la novela se detiene; no quiero decir que sea prescindible, quede bien claro, sino que es innecesariamente excesivo. El segundo reproche, que resuelva su excelente trabajo con un final de carpetazo, donde cabía exigirle -a la vista de lo realizado hasta ese momento- más brío y más ingenio. Por lo demás, un relato lleno de talento y buen hacer que no va a defraudar a nadie.

Solar
Ian McEwan
Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama. Barcelona, 2011
360 páginas. 19,50 euros

PRENSA (2). 6 marzo 2011

   En "El País Semanal":

1. Egipto y el turismo colonizado. Por Maruja Torres.

2. La historia secreta de la revuelta árabe. Por Javier Cercas.  

3. Las casualidades no existen. Reportaje de psicología. Por Borja Vilaseca. No somos marionetas en manos del azar. La vida no es un accidente regido por la suerte ni las coincidencias. Por más que nos cueste creerlo, recogemos lo que sembramos. Veamos la vida como un continuo aprendizaje.

4. Galería antisistema. Reportaje de Lola Huete Machado. Feministas, pacifistas, ecologistas, campesinos, intelectuales, ciudadanos de todo color que claman justicia social y quieren cambiar el modo de hacer de Gobiernos, empresas e instituciones. Su lema: "Otro mundo es posible". Unos 70.000 se reunieron en Dakar (Senegal) en el '11º Foro Social Mundial'. Esta es una crónica del encuentro.

5. Respirar perjudica seriamente la salud. Reportaje de Mónica G. Salomone. Más allá del protagonismo del cambio climático, estas son las últimas investigaciones -y sorpresas- sobre las agresiones a la atmósfera. Entre ellas, las consecuencias de graves episodios de contaminación urbana, como los sufridos en Madrid y Barcelona en febrero.

6. Dos postdatas. Javier Marías sobre la ortografía y la sintaxis.

   En "El Día de Córdoba":

7. Juan Bernier: erudito, maestro y amigo. Por Ángela Alba. Este año se cumple el centenario del nacimiento del poeta y arqueólogo cordobés, cofundador del Grupo 'Cántico' y gran valedor del patrimonio cultural de la provincia.