martes, 26 de octubre de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL El "Decamerón", de Boccaccio. JORNADA CUARTA. NOVELA OCTAVA

Cuadro de John William Waterhouse

NOVELA OCTAVA

Girólamo ama a Salvestra; empujado por los ruegos de su madre va a París, vuelve y la encuentra casada; entra a escondidas en su casa y se queda muerto a su lado, y llevado a una iglesia, Salvestra muere a su lado.

Había acabado la historia de Emilia cuando, por orden del rey, Neifile comenzó así:
Algunos, a mi juicio hay, valerosas señoras, que más que la otra gente creen saber, y menos saben; y por esto no solamente a los consejos de los hombres sino también contra la naturaleza de las cosas pretenden oponer su juicio; de la cual presunción han sobrevenido ya grandísimos males y nunca se vio venir ningún bien. Y porque entre las demás cosas naturales es el amor la que menos admite el consejo o la acción que le sean contrarios, y cuya naturaleza es tal que antes puede consumirse por sí mismo que ser arrancado por ningún consejo, me ha venido al ánimo narraros una historia de una señora que, queriendo ser más sabia de lo que debía y no lo era (y también porque no lo soportaba la cosa en que se esforzaba por manifestar su buen juicio) creyendo del enamorado corazón arrancar el amor que tal vez allí habían puesto las estrellas , llegó a arrancarle en un mismo punto el amor y el alma del cuerpo a su hijo.
Hubo, pues, en nuestra ciudad, según los ancianos cuentan, un grandísimo mercader y rico cuyo nombre fue Leonardo Sighieri , que de su mujer tuvo un hijo llamado Girólamo, después de cuyo nacimiento, arreglados ordenadamente sus asuntos, dejó esta vida. Los tutores del niño, junto con la madre, bien y lealmente administraron sus bienes. El niño, creciendo con los niños de sus otros vecinos, más que con ningún otro del barrio con una niña de su edad, hija de un sastre, se familiarizó; y creciendo los años, el trato se convirtió en amor tan grande y fiero que Girólamo no estaba bien si no veía cuanto veía ella; y ciertamente no la amaba menos que era amado por ella.
La madre del muchacho, percatándose de ello, muchas veces se lo reprochó y lo castigó; y luego que a sus tutores (no pudiendo Girólamo contenerse) se quejó y como quien se creía que por la gran riqueza del hijo podía pedir peras al olmo, les dijo:
-Este muchacho nuestro, que todavía no tiene catorce años, está tan enamorado de una hija de un sastre vecino, que se llama Salvestra, que, si no se la quitamos de delante, probablemente la tomará un día por mujer sin que nadie lo sepa, y yo nunca estaré contenta; o se consumirá por ella si la ve casarse con otro; y por ello me parece que para evitar esto lo debíais mandar a alguna parte lejana de aquí, al cuidado de los negocios para que, dejando de ver a ésta, se le salga del ánimo y se le podrá luego dar por mujer alguna joven bien nacida.
Los tutores dijeron que la señora decía bien y que harían aquello que pudiesen, y haciendo llamar al muchacho al almacén, comenzó a decirle uno, muy amorosamente:
-Hijo mío, ya eres grande; bueno será que comiences tú mismo a velar por tus negocios, por lo que nos contentaría mucho que fueses a estar algún tiempo en París, donde verás cómo se trafica con gran parte de tu riqueza; sin contar con que te harás mucho mejor y más cortés y de más valor allí que aquí lo harías, viendo a aquellos señores y a aquellos barones y a aquellos gentileshombres (que allí hay tantos) y aprendiendo sus costumbres; luego podrás venir aquí.
El muchacho escuchó diligentemente y en breve respondió que no quería hacerlo porque pensaba que lo mismo que los demás, podía quedarse en Florencia. Los honrados hombres, al oírle esto, le insistieron con más palabras; pero no pudiendo sacarle otra respuesta, a su madre se lo dijeron. La cual, bravamente enojada, no por no querer irse a París, sino por su enamoramiento, le dijo graves insultos; y luego, con dulces palabras ablandándolo, empezó a halagarlo y a rogarle tiernamente que hiciese aquello que querían sus tutores; y tanto supo decirle que él consintió en irse a estar allí un año y no más; y así se hizo. Yéndose, pues, Girólamo a París vehementemente enamorado, diciéndole hoy no, mañana te irás, allí lo tuvieron dos años; y más enamorado que nunca volviendo encontró a su Salvestra casada con un buen joven que hacía tiendas, de lo que desmesuradamente se entristeció. Pero viendo que de otra manera no podía ser, se esforzó en tranquilizarse; y espiando cuándo estuviese en casa, según la costumbre de los jóvenes enamorados empezó a pasar delante de ella, creyendo que no lo había olvidado sino como él había hecho con ella. Pero el asunto estaba de otra guisa: ella se acordaba de él como si nunca lo hubiera visto, y si por acaso algo se acordaba, mostraba lo contrario. De lo que el joven se apercibió en muy poco espacio de tiempo y no sin grandísimo dolor; pero no por ello dejaba de hacer todo lo que podía por volver a entrar en su pecho; pero como nada parecía conseguir, se dispuso, aunque fuese su muerte, a hablarle él mismo. E informándose por algún vecino sobre cómo su casa estaba dispuesta, una tarde que habían ido de vela ella y el marido a casa de sus vecinos, ocultamente entró dentro en su alcoba, detrás de las lonas de las tiendas que estaban tejidas allí, se escondió; y tanto esperó, que, vueltos ellos y acostados, sintió a su marido dormido, y allá se fue adonde había visto acostada a Salvestra; y poniéndole una mano en el pecho, simplemente dijo:
-¡Oh, alma mía! ¿Duermes ya?
La joven, que no dormía, quiso gritar pero el joven prontamente dijo-:
-Por Dios, no grites, que soy tu Girólamo
Al que oyendo ella toda temblorosa dijo:
-¡Ah, por Dios, Girólamo, vete!; ha pasado aquel tiempo en que éramos muchachos y no era contra el decoro estar enamorados; estoy, como ves casada, por lo que ya no me está bien escuchar a otro hombre que a mi marido; por lo que te ruego por Dios que te vayas, que si mi marido te oyese aunque otro mal no se siguiera, se seguiría que ya no podría vivir nunca con él en paz ni en reposo, mientras que ahora, amada por él, en paz y en tranquilidad con él vivo.
El joven, al oír estas palabras, sintió un terrible dolor, y recordándole el tiempo pasado y su amor nunca por la distancia disminuido, y mezclando muchos ruegos y promesas grandísimas, nada obtuvo; por lo que, deseoso de morir, por último le pidió que en recompensa de tanto amor, sufriese que se acostase a su lado hasta que pudiera calentarse un poco, que se había quedado helado esperándola, prometiéndole que ni le diría nada ni la tocaría, y que en cuanto se hubiera calentado un poco se iría. Salvestra, teniendo un poco de compasión de él, se lo concedió con las condiciones que él había puesto. Se acostó, pues, el joven junto a ella sin tocarla; y recordando en un solo pensamiento el largo amor que le había tenido y su presente dureza y la perdida esperanza, se dispuso a no vivir más y retrayendo en sí los espíritus, sin decir palabra, cerrados los puños junto a ella se quedó muerto. Y luego de algún rato, la joven, maravillándose de su quietud, temiendo que el marido se despertase, comenzó a decir:
-¡Ah, Girólamo! ¿No te vas?
Pero no sintiéndose responder, pensó que se habría quedado dormido; por lo que, extendiendo la mano, empezó a menearlo para que se despertase, y al tocarlo lo encontró frío como el hielo, de lo que se maravilló mucho; y meneándolo con más fuerza y sintiendo que no se movía, luego de tocarlo otra vez conoció que había muerto; por lo que sobremanera angustiada estuvo mucho tiempo sin saber qué hacerse. Al fin, decidió, fingiendo que se trataba de otra persona, ver qué decía su marido que debía hacerse; y despertándolo, lo que acababa de sucederle a ella le dijo que le había sucedido a otra, y luego le preguntó que si le sucediese a él, ella qué tendría que hacer. El buen hombre respondió que le parecía que a aquel que había muerto se le debía calladamente llevar a su casa y dejarlo allí, sin enfurecerse contra la mujer, que no le parecía que hubiese cometido ninguna falta.
Entonces la joven dijo:
-Pues eso tenemos que hacer nosotros.
Y cogiéndole de la mano, le hizo tocar al muerto joven, con lo que él, todo espantado, se puso en pie y, encendiendo una luz, sin entrar con su mujer en otras historias, vestido el cuerpo muerto con sus mismas manos y sin ninguna tardanza, ayudándole su inocencia, echándoselo a las espaldas, a la puerta de su casa lo llevó, y allí lo puso y lo dejó.
Y venido el día y encontrado aquél delante de su puerta muerto, fue hecho un gran alboroto y, especialmente por su madre; y examinado por todas partes y mirado, y no encontrándosele ni herida ni golpe, fue generalmente creído por los médicos que había muerto de dolor, como había sido. Fue, pues, este cuerpo llevado a una iglesia; y allí vino la dolorida madre con muchas otras señoras parientes y vecinas, y sobre él comenzaron a llorar a lágrima viva, y a lamentarse, según nuestras costumbres. Y mientras se hacía un grandísimo duelo, el buen hombre en cuya casa había muerto, dijo a Salvestra:
-Anda, échate algún manto a la cabeza y ve a la iglesia donde ha sido llevado Girólamo y métete entre las mujeres; y escucha lo que se hable sobre este asunto, y yo haré lo mismo entre los hombres, para enterarnos de si se dice algo contra nosotros.
A la joven, que tarde se había hecho piadosa, le plugo, como a quien deseaba ver muerto a quien de vivo no había querido complacer con un solo beso; y allá se fue. ¡Maravillosa cosa es de pensar cuán difícil es descubrir las fuerzas de Amor! Aquel corazón, que la feliz fortuna de Girólamo no había podido abrir lo abrió su desgracia, y resucitando las antiguas llamas todas, súbitamente lo movió a tanta piedad el ver el muerto rostro, que, oculta bajo su manto, abriéndose paso entre las mujeres, no paró hasta llegar al cadáver; y allí, lanzando un fortísimo grito, sobre el muerto joven se arrojó de bruces, y no lo bañó con muchas lágrimas porque, antes de tocarle, el dolor, como al joven le había quitado la vida, a ella se la quitó. Luego, consolándola las mujeres y diciéndole que se levantase, no conociéndola todavía, y como ella no se levantaba, queriendo levantarla, y encontrándola inmóvil, pero levantándola, sin embargo, en un mismo punto conocieron que era Salvestra y estaba muerta. Por lo que todas las mujeres que allí estaban, vencidas de doble compasión, comenzaron un llanto mucho mayor. La noticia se esparció fuera de la iglesia, entre los hombres, y llegando a los oídos de su marido que entre ellos estaba, sin atender consuelo o alivio de nadie, largo espacio lloró, y contando luego a muchos que allí había lo que aquella noche había sucedido entre aquel hombre y aquella mujer abiertamente todos supieron la razón de la muerte de cada uno, lo que dolió a todos.
Tomando, pues, a la muerta joven, y adornándola también como se adorna a los cuerpos muertos, sobre aquel mismo lecho junto al joven la pusieron yacente, y llorándola allí largamente, en una misma sepultura fueron enterrados los dos; y a ellos, a quienes Amor no había podido unir vivos, la muerte unió en inseparable compañía.

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