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domingo, 5 de junio de 2016

HISTORIA. Reseña de "SPQR. Una historia de la antigua Roma", de Mary Beard

   En la revista "Mercurio":


Roma, primer milenio

IGNACIO F. GARMENDIA  |  ENSAYO · MERCURIO 182 - JUNIO-JULIO 2016

Mary Beard
Mary Beard.
SPQR. Una historia de la antigua Roma
Mary Beard
Trad. Silvia Furió
Crítica
664 páginas | 27,90 euros
SPQREsta es la historia, tantas veces contada, de cómo una aldea del centro de Italia se apoderó primero de la península y llegó a convertirse, luego de siglos de crecimiento incesante, en el más extenso y formidable imperio de la Antigüedad. La cuenta una prestigiosa catedrática que es también una popular divulgadora, la británica Mary Beard, recién premiada en España y cuyos libros son conocidos entre nosotros gracias a las ediciones de Crítica. Es una historia de conquistas, pero no sólo militares, parte de esa “larga conversación” que generaciones de estudiosos han mantenido con uno de los dos pueblos que dieron a Europa —y no sólo a Europa— su identidad clásica.
A la hora de fijar el marco cronológico de la antigua Roma, se usa como punto de partida la fecha legendaria de 753 a.C. que los propios latinos establecieron como la de la fundación de la ciudad, pero los historiadores no siempre coinciden en lo que respecta al término del itinerario. Beard opta aquí no por la conversión de Constantino al cristianismo, la separación de los Imperios de Oriente y Occidente, el saqueo de Roma por los visigodos o la destitución del último emperador de Occidente, sino por un hito más temprano: la decisión de Caracalla (212 d.C.) de convertir en romanos de pleno derecho a todos los habitantes libres del Imperio, que señalaría el final de un secular proceso de extensión de la ciudadanía. Esta periodización le permite hablar del “primer milenio” —el segundo se extendería hasta la toma de Constantinopla y lo que quedaba de Bizancio por los otomanos— para centrarse en la larga fase de expansión y predominio, dejando fuera lo que Edward Gibbon llamó la decadencia y caída.
La Historia de Beard empieza in medias res, con un capítulo dedicado a Cicerón que lo retrata en su “mejor momento” —guiño a lo que Churchill, émulo mediocre del citado Gibbon, llamó su mejor hora, cuando la batalla de Inglaterra—, esto es, en las décadas postreras de la República y concretamente en 63 a.C., año de la famosa conspiración de Catilina que el orador, entonces cónsul, se jactó siempre de haber desbaratado. Aunque aún es objeto de controversia, se trata de un episodio profusamente documentado que sirve a la autora como preámbulo para retrotraerse a continuación a la más oscura época arcaica, en la que se entrelazan mito e historia y de la que interesa tanto como los hechos probados la fabulación que los romanos hicieron de sí mismos. En adelante Beard apenas se sale del curso lineal para recrear de modo claro y ameno, riguroso pero accesible, el vasto panorama comprendido entre las peripecias atribuidas a los gemelos fundadores y los inicios del siglo III después de la Era.
Roma, dice Beard, es el pasado remoto, pero no se trata sólo de que seamos herederos de aquel mundo en realidad tan ajeno, aunque perviva de muchas formas en el actual, sino de que sus conflictos, sus crisis, sus instituciones, su literatura, siguen planteando cuestiones perfectamente vigentes. La perspectiva cambia con el tiempo, conforme a un desarrollo acumulativo al que se incorporan nuevas fuentes de información o nuevos planteamientos —el que atiende a la vida de las mujeres o de los esclavos o de la gente común, cuyo rastro puede seguirse a partir de pequeños indicios— que amplían los datos conocidos o ponen en entredicho las antiguas certezas. Roma nos concierne y el relato de su devenir, unido al de los interlocutores que nos precedieron, precisa de una constante reescritura, desde una mirada crítica que vaya más allá de la admiración por los indudables logros para tratar también de las contradicciones o las zonas oscuras. Suele afirmarse que no es razonable juzgar a los antepasados desde los criterios de hoy, pero de algún modo hay que hacerlo para no caer —aunque también estos formen parte de la historia— en el ensueño esteticista o la idealización retrospectiva.

martes, 19 de abril de 2016

NOVELA. Reseña de "Esa puta distinguida", de Juan Marsé. José-Carlos Mainer

   En "Babelia":

La persistencia del deseo

'Esa puta tan distinguida' es la memoria. Su protagonista es esta vez un guionista de cine que en 1982, con la Transición de fondo, debe inspirarse en un crimen cometido en 1949

Juan Marsé, retratado en el año 1970.


Juan Marsé, retratado en el año 1970. César Malet

No es frecuente que una novela empiece con las desenvueltas respuestas de su autor a una hipotética entrevista de la que se han suprimido las preguntas. Ahí se nos presenta Juan Marsé, en primera persona, autor y protagonista de esta novela, aunque no sea exactamente autobiográfica. También sabemos que corre el año de 1982, cuando el escritor ha aceptado el encargo de escribir el esbozo de un guion de cine sobre un asesinato que se cometió en un cine de su barrio, el Delicias, en el lejano 1949 (una prostituta, Carolina Bruil, murió a manos del proyeccionista Fermín Sicart, al que frecuentaba, estrangulada con un trozo de celuloide de Gilda, la película que se proyectaba aquel día).


A Marsé le sigue gustando escribir novelas porque es su forma de respirar la vida y de defenderse de lo que la estorba

Estamos en 1982 pero también en 2015, por supuesto. Entonces y ahora Marsé estaba (y sigue) enfadado con la Iglesia católica, los políticos españoles en general y el pleito independentista catalán en particular y con quienes le preguntaban sobre sus opiniones al propósito. En 1982 ya eran así las cosas, pero sólo en 2015 pudo ocurrírsele que —¡en 1949!— actuaran en un programa de variedades del cine Selecto, junto a la protagonista de su novela, Patricia Garbancio, “intérprete de tango-sardana”, y Pilar Rajola, “contorsionista verbal”… En 1982, sin embargo, sentía que todavía había palabras que la censura tachó y que “parece que hay que sacarlas permanentemente una tras otra de un pozo negro”. Eso le ha impedido continuar una novela que no acaba de salirle (¿quizá Un día volveré,que le salió tan espléndida en 1983?) y por eso ha aceptado escribir las notas del guion que dirigirá un tal Héctor Roldán (muy parecido a Juan Antonio Bardem), quien quería “un docudrama con mucho morbo”, pero que acabará siendo una comedia erótica titulada Los ciegos amores de Manolita, que realizará otro veterano director, José Luis de Prada, “momia del viejo cine de pelucones y pupurrutas imperiales de Cifesa”, que puede ser cualquiera aunque se llame como Sáenz de Heredia.
Pero en 2015 Marsé también sigue enfadado con el cine español, con el que cree haber tenido mala suerte. Pero el cine le encanta y son testimonio los fragmentos del guion escrito que reproduce nuestra novela. Allí se plasma ese modo de revelación sensorial —imágenes, hechos, palabras, sutiles movimientos de perspectiva— que Marsé siempre ha asociado a los dos lenguajes: quizá es el modo ideal de intuir la imagen hojaldrada, contradictoria, inacabable que nos da lo que llamamos realidad. Por eso juega a las adivinanzas cinematográficas que le propone la criada Felicia, que cree firmemente que en el cine —en una frase, un actor o un título— está el secreto de vivir. Y en la entrevista inicial, lo ha reconocido: “En mis ficciones la vivencia real se somete a la imaginación que es más racional y creíble. En la parte inventada está mi autobiografía más veraz”.






A Marsé le sigue gustando escribir novelas porque es su forma de respirar la vida y de defenderse de lo que la estorba: en ese sentido son sus autobiografías. Como le sucedió a Pío Baroja, estos últimos relatos son más rapsódicos, más angustiados y a la vez más libres y personales y hasta enfurruñados, porque tiene que saber “qué papel me asigno yo, dónde me sitúo en ese meticuloso recuento de anodinos despropósitos”. Para saberlo ha regresado de nuevo al tiempo de aquella “España triste, remendada y presumidita de la posguerra” y, como siempre también, con el arma que vence a la erosión del tiempo, la memoria (que es, claro, “esa puta distinguida” del provocativo título). De esto habla en largas veladas con su personaje Fermín Sicart, el asesino de la prostituta Carol, que presenta una curiosa paradoja del papel de la memoria. Convicto de su crimen, Fermín fue tratado por un psiquiatra militar, el coronel Tejero-Cámara (transparente contrafigura de Antonio Vallejo-Nájera, una especie de doctor Mengele del franquismo), que logró extirparle todo recuerdo de los motivos del asesinato. El guionista y Sicart dialogan, por tanto, sobre un pasado vivaz pero carente de motivos, lleno de presencias, invenciones, inexactitudes y sospechas pero ausente de culpa. Conoceremos muchas cosas pero no sabremos si Carol era confidente de la policía, si quiso a su marido, o si Fermín Sicart mató a la muchacha porque sospechaba ser hijo de una prostituta. La escena final es cine en estado puro: el autor contempla desde su terraza a Sicart encendiendo un cigarrillo, calada la gabardina, al pie de una “farola cegata” y “fiel a un pasado menesteroso, recosido y funesto del que no sabía o no quería desprenderse”. El autor lo ha dicho en la entrevista inicial: intentó hacer “una película sobre la persistencia del deseo y las estrategias del olvido”. A favor de aquella y contra las añagazas de estas se escriben todas las novelas de Juan Marsé.
Esa puta tan distinguida. Juan Marsé. Lumen. Barcelona, 2016. 240 páginas. 21,90 euros. (digital, 12,99)

jueves, 14 de abril de 2016

NOVELA. Reseña de "Ciudad en llamas", de Garth Risk Hallberg

   En "Babelia":

Portentoso retrato de Nueva York

Garth Risk Hallberg retrata en 'Ciudad en llamas' los submundos de una urbe tan fascinante como peligrosa. Una novela de altura pero no exenta de defectos

Eduardo Lago




Saqueadores en Brooklyn (Nueva York) en 1977. Alon Reininger (Contact Press Images)

Una noche, durante un cóctel en un hotel de moda, un crítico y bloguero que jamás había publicado ningún libro, Garth Hallberg, coincidió con Chris Parris-Lamb, el agente literario del momento, conocido por su habilidad para sellar contratos millonarios. Lamb y Hallberg tenían treinta y tantos años y eran ambos oriundos de Carolina del Norte. Cuando el escritor le contó que acababa de poner fin a una novela de más de un millar de páginas que había tardado nueve años en completar, Parris-Lamb le pidió que se la hiciera llegar. Unas semanas después el manuscrito de Ciudad en llamas obraba en poder de las 12 editoriales más influyentes del país, de las cuales 10 mostraron un interés fuera de lo normal por publicarlo. El forcejeo se saldó a favor de la editorial Knopf, que pagó un adelanto de dos millones de dólares, cifra récord para una primera novela. Una productora de Hollywood desembolsó un millón de dólares más por los derechos cinematográficos.


Por medio de un lenguaje limpio, velocísimo, eficaz, de un virtuosismo que en algún momento puede resultar excesivo, Hallberg logra una visión novelística de gran altura, aunque no exenta de defectos

Son muchos los novelistas que se han ocupado de Nueva York cuya sombra se proyecta sobre la novela de Hallberg, desde clásicos como Fitzgerald y Salinger hasta contemporáneos como Richard Price, Jonathan Lethem y Michael Chabon. Más específicamente, la crítica ha comparado Ciudad en llamas con El jilguero, de Donna Tartt, y La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. Por lo que se refiere a la primera, aunque la deuda con Dickens es en ambos casos muy profunda, las diferencia la ausencia total de concesiones por parte de Hallberg tanto al sentimentalismo fácil como a la voluntad de complacer al gran público, rebajando las exigencias artísticas. Aunque por el tema y por la visión panorámica de Nueva York la novela es comparable a La hoguera de las vanidades, también en este caso hay diferencias abismales. Mientras que la de Wolfe es un reportaje en clave de ficción, la de Hallberg es la obra de un novelista innato que se inscribe dentro de la más alta tradición narrativa de su país. A diferencia de Wolfe y Tartt, Hallberg hace una literatura que está destinada a durar. Ciudad en llamas está mucho más cerca de una novela como Submundo, aunque Hallberg carece aún de una trayectoria que permita augurar si algún día llegará a la altura de Don DeLillo.






El retrato que se hace de Nueva York en Ciudad en llamas es sencillamente portentoso. La acción arranca durante la Nochebuena de 1976 en Central Park, escenario de un crimen que se convierte en el eje de todo el trazado narrativo, y culmina el 13 de julio de 1977, fecha del segundo gran apagón de Nueva York, durante el cual la ciudad se convirtió en una orgía de caos, violencia, saqueos e incendios provocados. La novela retrata los submundos de la droga, el sexo, el punk y la corrupción política a la vez que se adentra en las vidas de una docena de personajes cuyas trayectorias se cruzan de manera vertiginosa. Hallberg recrea una época en la que Nueva York era un lugar tan fascinante como peligroso, recorriendo con visión cinemática los escenarios de una ciudad convulsa: el Bronx en llamas, los solares cubiertos de escombros de Hell’s Kitchen, la desolación de Alphabet City y el East Village, las mansiones de los ricos y los tugurios de los destituidos. Hallberg domina todos los aspectos del buen novelar en su sentido clásico: crea con solvencia una amplia galería de personajes, dando vida a escenas inolvidables y haciendo que se entrecrucen innumerables líneas argumentales.
Ciudad en llamas es una construcción narrativa compleja. En torno al núcleo central gravitan múltiples historias e interludios, algunos de los cuales incorporan elementos como páginas manuscritas, transcripciones, cuadernos artísticos o fanzines. Por medio de un lenguaje limpio, velocísimo, eficaz, de un virtuosismo que en algún momento puede resultar excesivo, Hallberg logra una visión novelística de gran altura, aunque no exenta de defectos: ¿El texto habría ganado si un severo trabajo de edición hubiera eliminado un buen número de páginas? ¿Las sorpresas del argumento resultan en alguna ocasión inverosímiles? ¿La brillantez del lenguaje incurre a veces en manierismos prescindibles? ¿O se trata de una apuesta que hay que aceptar de manera global? Tal vez lo que mejor dé la medida del talento de Hallberg sea su habilidad en el manejo del tiempo como elemento esencial del proceso narrativo, no sólo desde el punto de vista técnico, sino de una manera intuitiva, tanto por lo que se refiere al tiempo interno en el que se mueve la conciencia de los personajes, como (sobre todo) por la manera en que la novela logra atrapar el flujo de la historia.
En Ciudad en llamas la reconstrucción del pasado se configura como premonición del futuro: el apagón remite de manera profética a catástrofes que vendrían después: la crisis del sida, la crisis financiera de 2008, que arrastró tras de sí al resto del mundo, y por supuesto la destrucción de las Torres Gemelas, hecho acaecido en Nueva York que cambiaría el curso de la historia.
Ciudad en llamas. Garth Risk Hallberg. Traducción de Cruz Rodríguez Juiz. Literatura Random House. Barcelona, 2016. 1040 páginas, 24,90 euros

martes, 5 de abril de 2016

LITERATURA. CUENTOS. Reseña de "Mala letra", de Sara Mesa

   En "revistamercurio":


En la cuerda floja

TINO PERTIERRA  |  MERCURIO 179 · NARRATIVA - MARZO 2016

Sara Mesa. © Ricardo Martín
Sara Mesa. © RICARDO MARTÍN
Mala letra
Sara Mesa
Anagrama
200 páginas | 16,90 euros
Mala letraNo hay cicatrices sino heridas que se niegan a cerrarse en las historias de Sara Mesa. De ahí que haya tan pocos finales sellados: el miedo, la inquietud, el dolor y las dudas permanecen ahí, en las fosas comunes de la memoria. Indóciles. El desasosiego tiene en la infancia un terreno fértil y en el primer relato se cuela, entre líneas, una inquietud progresiva que tiene tanto de misterio como de revelación. Pronto sabremos en páginas siguientes que Mala letra no es solo una unión de cuentos sino también una reunión a tiempo parcial de confesiones y confusiones. Descubrir que a la autora le espetaron en el colegio que no sabía escribir como Dios manda (así no se coge el lápiz) permite seguir sin perderse la línea retorcida de unas narraciones extraordinarias que se escapan por la tangente de la aparente normalidad: unas amenazas telefónicas, un compañero que se quita la vida, un niño discapacitado que provoca la crueldad y alimenta la culpa colectiva, un accidente de tráfico que destruye vidas por culpa de una mala decisión… Decía Marguerite Duras que “no hay errores, sólo hay actos extraños”. Y Mala letra tiene sus páginas llenas de actos extraños que, como le pasa a esa publicidad que se convierte en un engrudo en los parabrisas cuando llueve, llegan a ser un rastro incómodo e indeseable con el paso del tiempo.
La fragilidad de la vida está ahí, agazapada en cada pliegue de la existencia, donde las “palabras-piedra” actúan de lastre para adolescentes sometidos al yugo de parientes tóxicos y con demonios siempre al acecho a los que es mejor no despertar. Una historia es especialmente relevante y significativa en el entramado narrativo de Mesa por lo que tiene de modélico mecanismo de turbación para el lector: ese viejo coronel franquista que vive rodeado de suciedad (en todos los sentidos) y decrepitud, esa ruina con un “dolor de siglos” que abre la puerta desnudo a la cartera para entablar una conversación violenta y elocuente. Son páginas de una descarnada transparencia que sirven no solo como autopsia de una vida calcinada sino también como vía de escape para que la autora indague en su propia narración. Y es que la epidemia de dudas que corroe a los personajes no da tregua ni siquiera a la propia escritora, capaz de reivindicar (o confesar o admitir) su escritura como “desagüe” con el que conjurar el peligro escribiendo sobre el peligro. “Dándole forma al horror evitaba la realización del horror”. Escapando y peleando a la vez. De ahí que en sus historias, compartiendo con Patricia Highsmith su interés por las acciones extrañas que pueden arruinar vidas en cuestión de segundos, nada sea previsible, todo puede ocurrir porque, como dice un anuncio de lotería (a Mesa le gusta mucho invocar frases hechas por la publicidad que saltan en los tránsitos cotidianos) la suerte es para mañana. El hoy (no digamos el ayer) es otra cosa: como una “granada mordida y abierta y eterna” las heridas que no admiten cicatrices se hacen visibles cuando menos te lo esperas, consecuencia directa de caminar por “la cuerda floja” sintiendo los empujones de palabras que se desdoblan enigmáticamente en “pequeños instantes” donde “algo se quiebra y todo cambia”. Mesa captura el desconcierto de personajes normales y dolientes y los somete a un escrutinio implacable pero nunca despectivo para desvelar su rabia, su mala con(s)ciencia y sus peores pensamientos (hay quien mata con ellos). Y lo hace con buena letra en renglones retorcidos que, como ocurre en el impresionante relato de los niños y su “papá de goma”, dejan al lector con la mente en vilo.

lunes, 1 de febrero de 2016

ENSAYO. "Stevenson vivo, viajero y escritor". Fernando Savater

   En "Babelia":



Stevenson vivo, viajero y escritor

Tres espléndidos volúmenes recogen los ensayos personales, biográficos y literarios del autor escocés y una antología de sus crónicas de viajes




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El escritor escocés Robert Louis Stevenson.

Hoy, como de sobra sabemos, el género ensayístico abarca desde un esbozo recreativo en una revista literaria hasta un volumen imponente de cientos de páginas sobre un tema trabajado durante décadas. Tampoco es cosa de sublevarse, en imprecisiones más graves buceamos todos los días. Sin embargo, los verdaderos aficionados al ensayo —y que por tanto comemos de todo cuando toca, siempre con buen apetito, sea una imponente fabada o un liviano canapé de caviar— guardamos un especial aprecio a dos características que nunca deberían faltarle: la ligereza desenfadada de trazo (lo que Baldassare Castiglione llamó sprezzatura) y la sorpresa, lo imprevisto de la perspectiva o del giro que toma el asunto planteado inicialmente. Una de las dos nunca está ausente y en la mayoría de los casos se dan ambas en los sucintos ensayos o artículos que a lo largo de su vida “breve y valerosa” (Borges dixit) escribió Robert Louis Stevenson.
RLS es recordado ante todo como narrador de la que quizá sea la mejor novela juvenil de la era modernaLa isla del tesoro, y de uno de los más turbadores relatos de terror psicológico y fisiológico (pionero de la ciencia-ficción), algo posterior: El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Así como otras narraciones largas o breves que alternan un aire vintage neorromántico con formas de contar que prefiguran los experimentos de vanguardia o renuevan la novela histórica y que fueron capaces de atrapar a lectores adolescentes, a nostálgicos de Walter Scott o el capitán Marryatt, junto a maestros del porvenir como Henry James y Marcel Schwob. Pero RLS no es en absoluto un candoroso impulsivo que se deja llevar por los ardores célticos de su corazón escocés, sino un artista que reflexiona con finura sobre el oficio de las letras, sobre las perplejidades tanto de la estética como de la ética, y que cuando recala en las playas de los mares del Sur no se entrega sin más a las exóticas bellezas de su paisaje, sino que también se rebela contra las injusticias de ese aparente paraíso. Cuando debe hablar de las lecturas que más han influido en él, tras la debida reverencia a Shakespeare y al querido D’Artagnan, ese compañero de alma que le regaló Alejandro Dumas, pone inmediatamente en lo más alto a Montaigne, un retratista de la vida “moderado y genial” cuyos lectores, si saben leerlo bien, “sentirán cómo tiemblan sus ortodoxias y se conmueven sus convicciones, y se darán cuenta de que esos movimientos no se han producido sin pretexto ni justificación”. También reconoce que la lectura de uno de los grandes ensayistas de la generación anterior a la suya, William Hazlitt, en particular su ensayo Sobre el espíritu de la obligación, “marcó un hito en su vida”. Estos predecesores dilectos se hacen notar cuando uno lee sus escritos de no ficción.






De la vasta colección de artículos y ensayos breves —RLS escribió mucho, pese al apretado plazo de su vida—, la editorial Páginas de Espuma, nombre muy adecuado al autor, selecciona casi un millar y medio de páginas, ordenados temáticamente en tres volúmenes. Bajo el título Vivir recoge ensayos personales y biográficos. Entre ellos, sus recuerdos familiares acerca de sus mayores que construyeron faros en las costas escocesas, de quienes se encontraba particularmente orgulloso. Y remembranzas de su infancia y juventud, tan determinantes luego en su obra, de sus nada vehementes estudios, de sus primeras impresiones sobre la mortalidad, relevantes en alguien de salud frágil desde su niñez, del islote adolescente que marcó su imaginación hasta llevarle luego a un tesoro y hasta de sus consideraciones reflexivas sobre la vejez ajena, ya que la propia le sería negada, feliz él.






Otro volumen, quizá el más interesante, se titula Escribir y reúne los ensayos dedicados a esa tarea y, no menos importante, a la lectura, pues ambas fueron la viga maestra de la vida de RLS. Aquí se revela como un crítico apasionado y perspicaz de otros, pero sobre todo de sí mismo. Las páginas que dedica a cómo creó La isla del tesoro y algunos más de sus libros son esclarecedoras de modo estimulante: hacen sentir la ilusión de la obra que se abre paso, cuando los obstáculos aún son acicates y no barreras. Sorprende su severidad —que no regatea méritos— con los autores que podríamos suponer que le encantaban, como Edgar Allan Poe (que obviamente tanto le influyó, aunque no lo admita así) o Julio Verne. Y no olvida, desde luego, una reflexión sobre La moralidad del ejercicio de las letras, un texto que merece más atención que muchas consideraciones célebres sobre el “compromiso” del escritor.






El tercer volumen, titulado Viajar,reúne una antología de textos viajeros. ¡Qué estupendo cronista de vagabundeos fue RLS! Sus relatos versan no sólo sobre los lugares a los que iba o desde los que partía —si bien se mira, todos los puntos cardinales son eso, sitios, en los cuales bajo unas u otras luces se vive y se malvive por igual—, sino ante todo acerca de lo que significa viajar, la emoción del desplazamiento y los mitos que obtenemos de ella. Mi preferido es el artículo que dedica a cómo disfrutar de los lugares menos agradables, una lección de resignación creadora… Esta edición de los escritos de no ficción de RLS está hecha con cuidado primoroso, tres tomos en pasta dura, bien ilustrados, ofrecidos en una caja de calidez irresistible. Pueden señalarse algunas leves inconsecuencias en la traducción y lunares menores en la versión de algunos títulos de obras de otros autores: los amantes de Julio Verne, que somos muy irritables, soportamos mal que al héroe abrumadoramente inglés que dio en 80 días la vuelta al mundo se le llame “Phíneas” (que suena a filósofo cínico) en lugar de “Phíleas”, o que se hable de “los supervivientes del canciller” en lugar del Chancellor, cuyo naufragio da pie a la novela. Pero todo eso cuenta poco ante la esplendidez del conjunto. Si el amigo o familiar al que quieren hacer un regalo es aficionado a la lectura, no hay mejor elección que esta edición de los ensayos de RLS. Y si no es aficionado a la lectura, no le regalen nada: que se fastidie.
Vivir. Robert Louis Stevenson. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Páginas de Espuma. Madrid, 2015. 400 páginas. 25 euros.
Viajar. Robert Louis Stevenson. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Páginas de Espuma. Madrid, 2014. 472 páginas. 25 euros.
Escribir. Robert Louis Stevenson. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Páginas de Espuma. Madrid, 2013. 448 páginas. 25 euros.