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viernes, 17 de junio de 2016

LIBROS. "Aquí están los libros. Que pasen". Luis García Montero

   En "infolibre.es":

Luis García Montero

Aquí están los libros. Que pasen

  • La lectura supone una forma de emancipación no porque nos ayude a evadirnos, sino porque nos aleja del reduccionismo, el cinismo y la indiferencia
  • Cuando sucede, ocurre un proceso de convivencia: el amor, el miedo, la ilusión, la tristeza, la vida del otro, pasan a formar parte de nuestra propia vida
  • LUIS GARCÍA MONTERO   3 junio 2016

Los lectores sentimos una huella de pudor al hablar de los libros en público. Obligados a defender el valor y la utilidad social de la lectura, lo primero que sentimos es que nuestra relación con los libros supone en realidad un placer privado. Así que resulta inevitable sentir el resquemor íntimo de la impostura.

Pero se trata de un pudor que merece la pena vencer. Hay mucha gente que habla de forma repetida sobre la utilidad pública del deporte, o de una determinada opción política, o de la importancia de la buena alimentación, o de la conveniencia de protegerse de los rayos de sol, o de las propiedades del agua de mar. Está muy bien, cada cual tiene su afán, y yo estoy cada vez más convencido de la importancia y utilidad pública de ese placer privado que es la lectura.

Defender el libro implica considerar el hecho de la lectura como el eje y la raíz de las humanidades. Evitemos conflictos falsos. No tengo ninguna duda de que es un mentecato y un peligroso reaccionario quien desprecia la ciencia o la técnica. Los aportes científicos y los avances técnicos dignifican la vida humana, hacen habitable este mundo, siempre que sean destinados —claro está— a dignificar la vida humana y a hacer más habitable este mundo.

La historia del siglo XX nos ha demostrado con especial empeño que la razón práctica alberga su lado oscuro y que los avances científicos y técnicos pueden estar programados para aniquilar la vida, degradar el planeta y configurar una versión industrial del mal y de la muerte. Por eso me parece también decisivo tener muy en cuenta las humanidades dentro del saber democrático, la formación de una conciencia humana dispuesta a utilizar la ciencia y la técnica sin cortar las raíces de la dignidad. Recuerdo dos versos de Federico García Lorca pertenecientes al poema “La aurora” de Poeta en Nueva York: “la luz es sepultada por cadenas y ruidos / en impúdico reto de ciencia sin raíces”. En 1929, bajo la crisis de Wall Street, el poeta observó cómo un enjambre de monedas furiosas devoraba el corazón del futuro. La mercantilización descarnada del saber dejaba a la ciencia sin raíces, rompía el acuerdo por el que todo avance técnico o científico debía ir acompañado de un avance ético.

Edward Said, el admirable filólogo norteamericano de origen palestino, ha escrito mucho sobre la importancia que encierra la lectura, el suceder modesto de la lectura, como ejercicio de emancipación. En un libro titulado Humanismo y crítica democrática (Debate, 2008) defendió que la lectura supone una forma de emancipación no porque nos ayude a evadirnos, sino porque nos aleja del reduccionismo, el cinismo y la indiferencia. Pensemos el sentido radical que adquieren en el mundo de hoy estas palabras. Se utiliza a menudo el adjetivo radical para provocar temor sobre algunos comportamientos o palabras. Si ahora hay algo que merece el calificativo social de radical es la “normalidad” atosigante de una inercia creada por el reduccionismo, el cinismo y la indiferencia, tres amenazas profundas en el saber de una sociedad democrática.

Existen demasiados medios de control de las opiniones, generación de pensamientos dominantes y creación de realidades virtuales como para no temer el efecto manipulador que implica la homologación de las conciencias. Después del fracaso de las grandes utopías y del efecto reduccionista de los fundamentalismos, existen también muchas coartadas para caer en el cinismo del todo vale, nada importa, yo voy a lo mío, tú a lo tuyo y el último que cierre la puerta. El reduccionismo y el cinismo son caminos que conducen a la indiferencia. Nada tiene valor, nada tiene remedio, no soy responsable de nada. Es muy fácil dentro de esta lógica desentenderse del mundo.

Eward Said presenta la lectura como un modesto acto de emancipación ante estos peligros. Y es que el lector no mira como un ser pasivo, sino como una persona que entra en un espacio público, un espacio publicado, para vivir una experiencia colectiva desde su propia historia personal. El poeta catalán Joan Margarit suele matizar que los lectores no se parecen al espectador de un conciento, sino al músico que interpreta con su arte la partitura elaborada por un compositor. Al leer vivimos los sentimientos y las razones que un escritor ha puesto en sus palabras o en la ficción de un protagonista. Cuando sucede el hecho de la lectura, ocurre un proceso de convivencia: el amor, el miedo, la ilusión, la tristeza, la vida del otro, de los otros, pasan a formar parte de nuestra propia vida. Somos, pensamos y sentimos nuestro amor, nuestro miedo, nuestra ilusión o nuestra tristeza. ¿Quíen no ha odiado a Juanito Santa Cruz por portarse de tan mala manera con Fortunata? ¿Quién no ha sentido la fatalidad del destino al leer algunos poemas de Rubén Darío o de Federico García Lorca?

No se me ocurre mejor metáfora del contrato social democrático que la lectura. En un espacio público (el libro), que posibilita el diálogo entre conciencias, alguien (el lector) aprende de sí mismo cuando se pone en el lugar del otro (el autor). Confieso que con la escritura ocurre lo mismo. Un autor aprende mucho de sí mismo cuando se pone en el lugar de los lectores ideales con los que quiere establecer una conversación a través de los libros. La lectura, además, como la escritura, nos permite ponernos en el lugar del otro evitando dejar al otro sin lugar

Los libros son un lugar hospitalario, algo que los escritores preparan, igual que se prepara una casa o un país, para recibir a los que vienen de fuera. Escribir es cuidar y ser cuidado, elegir las palabras para darse a entender y para entenderse. Leer es un vivir mirándose a los ojos. Los buenos fotógrafos no sólo nos enseñan a mirar el mundo; consiguen que el mundo nos mire a los ojos. Eso es también lo que hacen, lo que nos hacen, algunos libros a lo largo de la vida.

Un buen lector no se convierte casi nunca en un sabiondo que confunde la cultura con la pedantería. Me atrevo a decirlo así, aunque en la república de los libros es una temeridad fijar pasaportes y licencias de usos correctos. Pero si merece la pena tomarse en serio la experiencia de los libros es porque en su mundo adquieren autoridad algunas de las perspectivas de los seres humanos que forman parte de las más respetables orillas de nuestra condición. Ya me he atrevido a destacar aquí algunas de esas orillas. Llamo ahora la atención sobre tres asuntos que me parecen de vital importancia en el mundo de hoy: la identidad, la idea del tiempo y la imaginación moral como factores decisivos en la educación sentimental de una convivencia democrática.

La globalización es el tiempo histórico que nos ha tocado vivir. Por lo que se refiere a la cultura, nuestra globalización está produciendo dos situaciones extremas en las sociedades: la identidad fuerte o la soledad del individuo desligado. La identidad fuerte se encarna en fundamentalismos que imponen por encima de la conciencia individual consignas o catecismos de carácter religioso, racial, nacional o político. Son corrientes dogmáticas que te exigen estar siempre al corriente. Evitan el tejido social flexible capaz de integrar y favorecer la convivencia, algo muy necesario en épocas de mezcla entre realidades diferentes. Las identidades fuertes se defienden del mundo abierto con un tiempo sin espera, imponiendo la pureza intolerante de un credo o un pasaporte.

Ante el peligro de las identidades fuertes considero que resulta muy arriesgado limitarse a negar las identidades. Ese es el otro extremo en el que cae la globalización: la soledad del lobo estepario, del individuo que no se siente ligado a nada, que no siente como suyo el problemas de la gente que pasa hambre en su propio país o el dolor de los que huyen de una guerra y no encuentran refugio ni salida en los espinos de una frontera. Los valores en abstracto no son nada, son palabras huecas que se lleva el viento. Palabras como libertad, compromiso, solidaridad o justicia no son nada sin un tejido que las sostenga, sin un sentido de pertenencia que haga vivir como mío el dolor ajeno. No hay libertad o justicia que no sean la libertad de un nosotros.

El conocimiento humanístico y la experiencia de la lectura, esa dinámica que nos hace aprender de nosotros mismos al ponernos en el lugar del otro, son decisivos a la hora de generar identidades flexibles, integradoras, dispuestas para comprender todo lo que se comparte, aquello que funda la legitimidad de los actos y las palabras. La historia viene, nos viene, de lejos. El concepto de ciudadano fue una conquista democrática que pretendía asegurar con una abstracción la igualdad de todas las personas ante la ley. Fue una conquista intelectual de identidades flexibles. La ciudadanía sirve para valorar los derechos universales de una identidad humana concreta, no para borrarla. Si pervertimos esta lógica, si de manera inflexible usamos el concepto de ciudadanía para generar desigualdades humanas, estaremos traicionando la legitimidad de nuestros valores. No se puede utilizar el concepto de ciudadano para negar un derecho humano, los derechos que merece un ser humano.

Nuestra historia viene de lejos. Esa conciencia de lo remoto es el tiempo de la literatura, de la narración, un tiempo con planteamientos, nudos y desenlaces. Se trata de un tiempo compartido que nos vincula a una identidad flexible gracias a la memoria y al conocimiento. El tiempo del consumo y el neoliberalismo fija una concepción muy distinta: el instante, el deseo saciado como imperativo, la mercantilización del usar y tirar.

Este tiempo de la prisa se une a las identidades fuertes porque el dogmatismo es la prisa de las ideas, la inercia de lo blanco o lo negro, de la falta de matices, del titular recortado y tajante a la hora de consumir la realidad, de reducirla a un pensamiento único. La mercantilización del tiempo es lo contrario del tiempo narrativo de la lectura que nos hace herederos de un saber y nos compromete con el futuro de nuestros herederos. Es ese tiempo que une las tres preguntas del famoso cuadro de Paul Gauguin: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?

Conviene tomarse el hecho de la lectura con un poco de filosofía.Rousseau sostuvo en el Emilio que sólo la imaginación moral permite comprender el dolor ajeno. Es la misma idea que esgrime la pedagoga norteamericana Martha C. Nussbaum en sus libros Justicia poética (Bello Editor, 1998) y Sin fines de lucro. ¿Por qué la democracia necesita de las humanidades? (Katz, 2010). No duda en defender la importancia de la poesía en los planes de estudio y de vincular los desastres sociales de la ley del más fuerte con la pérdida de valor social sufrida por las humanidades. 

Enseñar es formar. Ante el peligro de acabar utilizando a las personas como objetos de usar y tirar, parece necesario cultivar la imaginación moral suficiente como para ponerse en el lugar del otro, saber que los individuos tienen su propio interior y que merecen respeto en una historia compartida. Sólo la imaginación moral ayuda a entender el dolor ajeno, ayuda a sentir como nuestros los problemas del ser humano.

Estas son algunas de las cuestiones que entran hoy en juego cuando defendemos el mundo de los libros. No hablamos de un simple entretenimiento, de una moda para quedar bien, de un ritual vacío de contenido. Se trata de afirmarnos en un saber indispensable para la conciencia democrática. Han llegado los libros. Pues que pasen.

*Luis García Montero es escritor. El 6 de junio publica 'Un lector llamado Federico García Lorca' (Taurus, 2016). 

lunes, 21 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "Pérez Reverte y Don Quijote". Víctor Moreno

   En "nuevatribuna.es":

Pérez Reverte y Don Quijote

Víctor Moreno Escritor y profesor
nuevatribuna.es | 09 Diciembre 2014 - 

La instrumentalización del mito don Quijote ha sido una constante procaz a lo largo de la historia
En la feria de Guadalajara (México) de este año, el escritor Pérez Reverte ha arremetido -¡menuda novedad!-, contra los ministros de los gobiernos españoles y mexicanos, pasados y modernos, porque, en su académica opinión, “han maltratado el Quijote”. ¡Toma del frasco, Sansón Carrasco!
Culpar a los ministros de los gobiernos españoles, que se han venido sucediendo desde Cánovas del Castillo hasta hoy, por ser responsables de la desidia lectora de la sociedad española y, en concreto, del desprecio hacia el libro de Cervantes, tiene, cuando menos, su coña marinera de secano. Dando la vuelta al calcetín de su argumento, podría concluirse que el propio Pérez Reverte, al ser uno de los autores que más leen los españoles –según su docta opinión-, tendría su particular responsabilidad por haber trasegado el gusto de los lectores, adocenándolo hasta la más bajas cotas de la exigencia lectora. Y, por tanto, de no leer el Quijote, que exige un tute a las meninge muy superior al que pide Alatriste y sus gónadas.
Pérez Reverte sostuvo en Guadalajara que la lectura del Quijote “debe ser un estímulo para alcanzar el entusiasmo y la fe en que las cosas se pueden cambiar”. Siendo así, seguro que los dirigentes de Podemos han leído el Quijote, una y dos y hasta tres veces.
Para el escritor cartagenero, la importancia del Quijote como “elemento educativo y civil es tan alta” que "da vergüenza que España y México sean de los seis países en los que no se ha sentido que esta obra sea de obligatoria enseñanza y de obligada lectura”. Peor aún: “los ministros ignoran qué es el Quijote, ni saben para qué sirve".
Menos mal que disponemos de un tipo tan versado en Cervantes que lo sabe. Por eso, sorprende que no lo haya denunciado hasta ayer mismo. ¿Por qué será? Pues, ni más ni menos que al hecho de que Pérez Reverte ha publicado una adaptación de la obra de don Quijote para adolescentes, por encargo de la Real Academia.
Hace 102 años, el Gobierno de entonces instó a la Real Academia, asistida por un catedrático y por el director de la Biblioteca Nacional, a que hiciera una adaptación del Quijote. En el tercer centenario del Quijote, en 1905, el escritor Guillaume Apollinairepropuso la promulgación de una Orden Real que obligase a alfabetizar a los españoles leyendo el Quijote. Felizmente, no se llevó a cabo semejante despropósito. Sin embargo, sí se promulgó la odiosa medida de hacer obligatoria la lectura del Quijote en las escuelas. No se sabe qué fue peor.
Ahora, Pérez Reverte sostendrá que su adaptación es una “herramienta muy útil para que los jóvenes tengan acceso a los valores que el Quijote promueve”. Entiéndase, los valores que según Pérez Reverte promueve el Quijote, es decir, “ofrece apoyo y consuelo en estos tiempos en que se reclama justicia cuando las patrias y los sistemas están en cuestión”. No imagina uno cómo la lectura de un libro puede producir valores tan milagrosos en la sociedad, pero, si lo dice Pérez y le apoya Reverte, habrá que callarse.
Por si fuera poco, el Quijote es “un gran patrimonio de la lengua, y la lengua es la única patria que no está puesta en cuestión. Es la única patria por la que es decoroso vivir. Todas las banderas son más o menos sospechosas. Y el Quijote es una bandera fuera de toda sospecha”. Ni el Catecismo Patriótico Español de 1939, escrito por el dominico Menéndez Reigada, lo diría mejor.
El hecho de que la Real Academia se haya decidido por una adaptación de don Quijote en 2014 para adolescentes es un tanto paradójico. Si algo sobra, son adaptaciones quijotescas. Entre otras, figuran las llevadas a cabo por Paula López Hortas (Anaya), de Nuria Ochoa, Carlos Reviejo (SM), José María Plaza (Espasa), Concha López Narváez (Bruño), Rosa Navarro Durán (Edebé), Vicente Muñoz Puelles (Algar) José Luis Giménez Frontín (Lumen), Andrés Amorós (SM), etcétera. Quizás, el escritor Pérez Reverte considerase que ninguna de estas adaptaciones era digna a sus ojos de académico, pues no promovían los valores por los que él suspira: lengua, patria, justicia, sistema, consuelo y la bandera de El Quijote, que ya me dirán cuál es, después de las interpretaciones variopintas recibidas desde 1605.
Hay que ser tan ingenuo como torpe para pensar que uno se hará más demócrata y más ilusionado para “desfacer todo tipo de entuertos”, gracias a la lectura del Quijote. Esta torpeza didáctica conductista no es original. Carlos Fuentes consideraba que era imposible que alguien que leyera el Quijote no saliera de dicha lectura hecho un demócrata. Para ejemplo, él mismo. Nabokov y Mann consideraban, sin embargo, que El Quijote era “una enciclopedia de la crueldad”, así que lo más probable era que quien entrara en la Mancha saliese por Nueva York hecho un sádico o experto en acosos varios. Al fin y al cabo, el Quijote pasa sus aventuras padeciendo la burla cruel de los otros.
En serio. La instrumentalización del mito don Quijote ha sido una constante procaz a lo largo de la historia. Cada quien ha pretendido usarlo en beneficio propio. Pérez Reverte cae en la misma trampa aunque su deseo sea expresión de una supuesta buena voluntad ideológica, ética y moral, además de económica. Pero no hay doctos más imprudentes que quienes pretenden ordeñar la literatura en pro de unos valores que uno considera los mejores del mundo mundial.
Si sirve de advertencia, recordemos que los ideólogos del fascismo y de los golpistas de 1936, explotarían el mito Quijote como legitimación ética, moral y política de sus desvaríos. Aunque la obra de Ramiro Ledesma, El Quijote y nuestro tiempo, fue publicada en 1924, Tomás Borrás la editaría en 1971, asegurando en el nuevo prólogo que “el libro de Ledesma parece anunciar el quijotismo de la Cruzada”. Y no hace falta mucha imaginación qué entuertos desfacería este Quijote fascista: la democracia y la república.
La justificación del saltimbanqui Ernesto Giménez Caballero resulta más alarmante todavía. Su panfleto La vuelta de don Quijote se publicó en 1932. Ahí presenta al héroe manchego universal como “el libro más antinacional, peligroso, inmoral y trágico de España. El libro más desterrable de España. El libro más temible y corrosivo de España. El peor veneno de España. Libro sádico que no termina nunca de estrangularnos y dejarnos morir santamente”. Alucinante, ¿no? Sin embargo, en 1944, sostendrá que “El Quijote de Cervantes significa la cima ejemplar de la Novela: en España y en el Mundo. Es el máximo valor de la Literatura española. Y uno de los supremos en la Universal: con la Biblia, la Ilíada griega, la Eneida, de Virgilio; la Divina Comedia, de Dante; el Hamlet, de Shakespeare; el Fausto, de Goethe.
Lo presentará como “símbolo de una nación española definida por su carácter católico e imperialista” (Lengua y Literatura de España, IV, “La Edad de Oro”, Madrid, Talleres, Tipográficos de Ernesto Giménez, 1953, reimpresión sin cambios de la edición de 1944).
Y así se podría seguir con las opiniones de Pemán, el llamado “juglar de la Cruzada”, que elevaría el Quijote a categoría y numen de la identidad del ser español, como ya hiciera Unamuno, y que es “una identidad mística y metafísica”.
Si alguien considera que la literatura, se llame El Quijote o Hamlet, asegura la transformación ética o moral de un individuo o de una colectividad, no es que no tenga idea de cómo funciona el acto lector, sino el mismo individuo, que este cambia cuando le interesa cambiar, no porque se lo diga Tintín o Tarzán.
La lectura es, puede serlo, un estimulante cognitivo, emocional, ético, político y lo que uno quiera. Pero, los modos de leer afectan tanto a los objetivos como a los métodos, que, al final, dichas lecturas terminan desnaturalizadas, al ser ordeñadas por intereses espurios. Un modo de leer que somete la lectura a unos objetivos previamente determinados por intereses ajenos al lector, lo único que consigue es castrar la posibilidad de una experiencia emocional e intelectual única. Y una adaptación delQuijote, ni te cuento.

lunes, 15 de febrero de 2016

LECTURA. "Leer nos hace más felices". Emma Rodríguez

   En "El País Semanal":

Leer nos hace más felices

Los lectores están más contentos y satisfechos que los no lectores y, en general, son menos agresivos y más optimistas, según un estudio reciente de la Universidad de Roma III

Julio Cortázar, buscando lecturas en París.
Julio Cortázar, buscando lecturas en París.

sábado, 6 de febrero de 2016

CÓMIC. "El tebeo, una apología". Daniel Bernabé

   En "lamarea.com":

El tebeo, una apología

“¿Puede el cómic ayudarnos a conocer el mundo en que vivimos de una forma inesperada, tangencial o por asimilación?”, se pregunta el autor
20 enero 2016
El tebeo, una apología
Detalle de una viñeta del cómic 13, Rue del Percebe, de Francisco Ibáñez.
A leer nos enseña la constancia de los padres y la paciencia de las profesoras. Un día -lo recuerdo perfectamente- esos signos gráficos llamados letras, ya conocidos pero aún misteriosos, empiezan a cobrar significado en nuestra mente. El primer paso, el más difícil, el de atribuir una relación entre la abstracción de la grafía y la realidad del sonido, está dado. El resto es echar a andar.
En ese camino, el de la letra a la palabra, el de la palabra a la frase, el de la frase a la página, mucha gente se pierde. Y creo -sin pretender aquí realizar un estudio pormenorizado de los problemas de lectura del país- que leer no pasa de ser para muchos una especie de herramienta necesaria para desenvolverse en una vida llena de palabras escritas, un fin más que un medio.
Yo tuve la suerte de que, además de mis padres y mis profesoras, aprendí a leer con Ibáñez. Y quien dice Ibáñez dice Escobar, o Víctor Mora y Ambrós, o Boixcar. Aprendí a leer con lo que antes se llamaban tebeos. Aprendí que leer, y aquí viene la indicación que por desgracia muchos se pierden en el camino del que antes les hablaba, era algo más que un fin en sí mismo o una herramienta útil, sino un medio que podía proporcionar horas de uno de los placeres más intensos y humanos que conozco.
El tebeo es insustituible como medio de expresión. Reúne la palabra de la literatura, la ilustración del dibujo, el encuadre de la fotografía e, incluso -esto lo sabrán si los han disfrutado-, el dinamismo secuencial del cine. Sin embargo, el cómic no es ninguna de las disciplinas anteriores. Es una unión de factores que da un elemento cualitativamente diferente.
Además posee la virtud de la sencillez. Su nacimiento moderno, asociado a la prensa regular, junto a unas evidentes limitaciones materiales, hicieron que hubiera que comunicar mucho con muy poco. Aunque su evolución posterior ha ido dotándolo de toda la complejidad artística, tanto en dibujo como en guión, que sus autores le han querido dar, sigue conservando unas reglas inherentes. Y entre ellas está la de la economía narrativa, la de poder transmitir una historia contando con que el lector complete los abismos entre viñetas y de esta forma, casi mágica, componga el resultado final en su cabeza.
Quizá la historieta, además de como cura a los males de lectura de una sociedad, también vale para comprenderla mejor.
Por un lado por su contenido, extrañamente cercano a la persona. Sí, ya sé que hacer esta afirmación en el medio que vio nacer el género de superhéroes, quizá uno de los más significativos, parece arriesgada, pero lean unas líneas más allá. Incluso en este caso el monólogo interior y las tribulaciones, por ligeras y planas que puedan resultar, suelen ser más protagónicas que en otras artes consideradas principales. El superhéroe no es más que el remedo de nuestras esperanzas y miedos, sin dejar de ser un individuo contradictorio, dubitativo o incluso atormentado. Además la cotidianidad material está presente en las viñetas con singular destreza. Es fácil, por ejemplo, imaginar una casa de vecinos de la España de los sesenta leyendo 13, Rue del Percebe o la Nueva York de principios de siglo XX en los dibujos de Contrato con Dios. El esquematismo necesario hace, que más allá de la temática realista, el dibujante tenga que seleccionar muy bien, de entre muchos elementos, cuál es el que aparece en la ilustración, o dicho de otro modo, sería interesante hacer un estudio entre los coches más vendidos en Estados Unidos y los modelos que los mutantes de la Marvel destrozan en sus aventuras.
¿Puede también el cómic ayudarnos a conocer el mundo en que vivimos de una forma inesperada, tangencial o por asimilación?
Vivimos una representación de la realidad cada vez más fragmentada, pero escasamente secuencial. Desde unos grandes medios que adolecen de contexto, o parecen empeñados en atomizar la actualidad hasta hacerla incomprensible, hasta unas nuevas formas de comunicación digital cuya característica unificadora es la parcelación del mensaje en píldoras muy digeribles pero totalmente inconexas. Es decir, un horror afilado que secciona cualquier línea argumental y que hace cada vez más difícil que un ciudadano medio obtenga una imagen clara de su lugar y su momento.
Quizá, la elipsis permanente de la que el tebeo es maestro por naturaleza, es decir, la capacidad para fraccionar un mensaje pero mantener su secuencia y de esta forma su globalidad, puede ser la metáfora perfecta, o incluso siendo más ambiciosos, el entrenamiento cerebral óptimo, que exprese justo el camino inverso por donde transcurren nuestras formas de comunicarnos en la actualidad.
Un camino que nos recuerde que la lectura y la palabra son algo más que artefactos convenientes, que nos recuerde que pueden ser el cemento de nuestra memoria, el cauce de nuestras emociones y la maquinaria de nuestra ética.

domingo, 17 de enero de 2016

PRENSA CULTURAL. "La dignidad de la lectura". J. Ernesto Ayala-Dip


   En "El País":

La dignidad de la lectura

No tiene sentido estigmatizar a quienes defienden las novelas “que te atrapan”


La lectura de un artículo de Luis Goytisolo este verano titulado El canon y la caspa me hizo pensar en dos cuestiones. La primera, que en dicho artículo había expresada una generalización en torno a la literatura de masas que no encajaba (o encajaba mal) con el sustrato del artículo que era, si mucho no me equivoco, hacer una legítima defensa de los progresos estéticos que supuso para la novela española los experimentos formales que se operaron durante los años sesenta y setenta. Nunca, según el autor de Las afueras, suficientemente reconocidas. Evidentemente, con toda justicia poética, de esos progresos formales fue sustancial el mismo Luis Goytisolo, al que creo que nunca nadie en este país osó ignorar. La segunda, su elitista consideración de la literatura de masas, y con ello, sin que a lo mejor el autor se percatara, la estigmatización de los lectores y la lectura en general.
Empecemos por la primera cuestión. Me veo obligado a transcribir el apartado en el que considero que se produce un malentendido. Escribe Goytisolo: “Por otra parte, en los años ochenta, se fue implantando con éxito un nuevo tipo de novela que, debido a su amplia acogida, despertó más respeto que rechazo: la novela de gran público , el best seller, un producto más relacionado con el éxito de ventas que con la calidad literaria”. En los años ochenta se produjeron dos fenómenos simultáneos: se vendían como rosquillas las novelas de Alberto Vázquez Figueroa y se hicieron varias ediciones con unánime celebración crítica de El desorden de tu nombre, de Juan José Millás. Y, además, le acompañaban nada más ni nada menos que Antonio Muñoz Molina, Jesús Ferrero, Manuel de Lope, Alejandro Gándara, Luis Landero, Soledad Puértolas, Almudena Grandes, Cristina Fernández Cubas, Adelaida Morales y un largo etcétera. Estos autores gozaron de un gran predicamento crítico y fueron paradigmas de lo que en esa década el editor Enrique Murillo denominó, muy acertadamente, la década de la narratividad, en contraposición a las décadas anteriores, que lo fueron de la experimentación. Con estos datos, mal puede casar la mala prensa de los best seller con los acreditados nombres que he enumerado. Dice también Luis Goytisolo que la principal característica de esa novela española de los ochenta, de la que curiosamente no da ningún nombre, es “que te atrapa”. Recuerdo que leí El invierno en Lisboa y me atrapó. Cuando uno es un lector exigente, para que un autor te “atrape” (es decir, para que no dejes la novela a los dos segundos de empezarla) debe utilizar todo el arsenal retórico a su disposición, toda la tramoya ilusionista con que cuenta la novela como género al servicio de la historia que se cuenta, del horizonte moral al que aspira y, sobre todo, al servicio del lector. Esa tendría que ser siempre su estética y su ética. A lo mejor habría que inaugurar una nueva catalogación novelística: por ejemplo, “Los libros que atrapan”. De la misma manera que me atraparon en su momento las novelas de Graham Greene y me atrapan ahora las de Emmanuel Carrère, también me atraparon las de Javier Cercas. O las de Vargas Llosa, autores innegablemente tan exitosos en el capítulo de las ventas como en los del reconocimiento crítico. (Conocí gente que me dijo que leyó de un tirón A la búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust y me aseguraron quedar enredados en esa madeja de hilos argumentales, de puntos de vistas, como atrapados en el mismísimo proteico misterio de la vida).
La segunda cuestión a la que aludía El canon y la caspa era la estigmatización del best seller como pernicioso para las sensibilidades sublimes de la literatura. Cuando se plantea esta cuestión, evoco al último pasajero de metro con un libro en la mano que se quedó grabado en mi retina. Lo veo leer apasionadamente un voluminoso best seller, un libro de esos que “atrapan”. Lo veo y me emociona.
Cuando uno lee, sea el que sea nuestro nivel de competencia y exigencia estéticas, lo que está haciendo es aceptar unas reglas que te invitan a entrar en un mundo que no es tu mundo, un mundo paralelo al que vivimos, con aristas emocionales, históricas, sociales y espirituales que no son como los que nosotros vivimos cotidianamente, pero que nos las recuerdan. Ese lector siempre debe merecer nuestro respeto. Porque cuando lee, sea lo que sea, lo que está haciendo esencialmente es ejercitar una dignidad ajena a toda esa rutina desespiritualizada a que el sistema lo aboca.
J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

martes, 12 de enero de 2016

COMPRENSIÓN LECTORA. "Por qué no entendemos lo que leemos"

   En "El País":

Por qué no entendemos lo que leemos

Las lecturas escolares sin guía y la falta de diálogo entre padres e hijos, entre las causas del déficit de comprensión lectora


Quien no domine el lenguaje no será capaz de adaptarse al mercado. / ULY MARTIN

Leer no solo consiste en juntar palabras, ser un buen lector es más difícil de lo que parece. La investigadora de Harvard Paola Uccelli, de 46 años, ha dedicado toda su vida a analizar por qué algunos estudiantes no son capaces de entender los textos técnicos, una destreza de vital importancia para el éxito académico y laboral. Tres parecen ser los factores principales: el desconocimiento de los profesores, que asumen que los alumnos se familiarizan con ese tipo de lenguaje de forma natural y no guían las lecturas; la ausencia de actividades extraescolares, que potencian el aprendizaje de vocabulario no coloquial; y la falta de diálogo entre padres e hijos.
“Se cree que el lenguaje se adquiere hasta los cinco años, pero nuestra investigación ha demostrado que la adolescencia es una etapa clave para asentar estructuras gramaticales complejas”, explica Uccelli. Durante el último lustro ha evaluado, junto a un equipo de seis investigadores de Harvard Graduate School of Education, las destrezas de comprensión lectora y capacidad de expresión de 6.000 estudiantes de 9 a 14 años de Estados Unidos y de 850 de Chile. Una de las principales conclusiones del estudio, que todavía está en marcha, son las “enormes” diferencias individuales entre alumnos de la misma clase.
“Hasta la fecha la mayoría de las investigaciones se habían basado en detectar deficiencias de carácter clínico, patologías que afectan al aprendizaje. Nuestra principal aportación es que hemos analizado las habilidades de los chicos para entender y usar conectores o estructuras gramaticales propias del aula”, señala Uccelli.

Muchos estudiantes no superan de forma espontánea la comprensión de los textos académicos y necesitan lecturas guiadas
¿Por qué es tan importante el lenguaje cuando la demanda de profesionales está cada vez más ligada a las ciencias, la tecnología, las matemáticas y la ingeniería? Los estudiantes de hoy tendrán que adaptarse a las profesiones del futuro que aún no existen, apunta Uccelli, y el aprendizaje autónomo es clave. Quien no domine el lenguaje estará limitado y no será capaz de transformarse y cumplir con las exigencias del mercado, opina.
En España, la comprensión lectora es una de las carencias más señaladas por los expertos. El último informe PISA, la evaluación de la OCDE que mide los conocimientos de los alumnos de 15 años en 65 países, dejó a España en el puesto 31 con 448 puntos. La media se sitúa en 496.
En tercero y cuarto de primaria se empiezan a introducir en las escuelas los textos académicos, piezas que tratan temas que ya no les resultan familiares a los estudiantes y que presentan estructuras más complejas. “Muchos chicos tienen dificultades para superar ese reto, no lo hacen de forma espontánea. Es necesario que los profesores les guíen antes de proceder a la lectura y les avancen con qué se van a encontrar”, asegura Emilio Sanchez, catedrático de Psicología de la Educación en la Universidad de Salamanca y coautor de algunas investigaciones junto a Paola Uccelli.

Los hijos de las familias más humildes son más felices y más independientes. Los de las más pudientes manejan mejor la burocracia 
Tras grabar y analizar las clases de 80 profesores de primaria de centros públicos y privados de diferentes regiones españolas, Sánchez y su equipo concluyeron que en el 60% de los casos los docentes no explican de antemano a sus alumnos el tipo de tema que se va a leer y los elementos que se van a encontrar. “Es esencial que se cuente previamente de qué trata, por ejemplo, del cambio climático, y que hay tres argumentos que explican ese fenómeno, incluso incentivar a los estudiantes a que intenten encontrar el primero, luego el segundo y el tercero, con un orden”, añade el profesor. Ya no vale aquello de “niño, lee”.
Según los resultados de su estudio, en el 40% de los casos los docentes hacen, al menos, una introducción temática. “No estamos juzgando a los profesores, que seguramente no son conscientes de las repercusiones de esa falta de guía. Este país debe fijar qué aspectos de la educación hay que mejorar. En el caso de la compresión lectora, hace falta voluntad política”, destaca.
Uno de los inconvenientes de no procesar bien los textos académicos es la desconexión de los alumnos con las tareas escolares. “No solo se descuelgan, sino que más adelante pueden tener problemas en su acceso a la universidad. Tienen que tener conciencia desde el principio de que los textos tienen diferentes estructuras; deben saber reconocer, por ejemplo, un texto comparativo”, añade.


La investigadora de Harvard Paola Uccelli.
Otro de los factores que, según Paola Uccelli, influyen en la comprensión lectora es la falta de interacción con los padres. No se trata de hablar sobre temas cotidianos como la comida, sino sobre ideas que requieran un lenguaje más preciso. “Por la prisa, las conversaciones en casa se resienten o no tienen lugar. La interacción con adultos es necesaria, los niños se benefician del lenguaje que escuchan”, destaca la investigadora.
En 2012, la estadounidense Shirley Brice Heath, profesora de lingüística de la Universidad de Stanford, publicó un estudio que aseguraba que de los 89 minutos de media que los jóvenes estadounidenses de 14 años pasaban conversando con sus padres en 1979, se había pasado a solo nueve minutos en 2009.
Las actividades extraescolares también afectan en el proceso de adquisición del lenguaje, pero en este punto, juega un papel primordial el nivel socioecónomico de la familia. “No es lo mismo acudir por las tardes a clases de música o de teatro que estar en la calle jugando con otros chicos. El lenguaje se aprende por repetición y se necesita a alguien más experto que guíe la actividad”, precisa Uccelli.
Según una encuesta de Pew Research Center, un think tank sobre tendencias en Estados Unidos con sede en Washington, las familias acomodadas se rigen por calendarios , sus hijos tienen las tardes repletas de actividades extraescolares como ballet o fútbol y los progenitores dedican tiempo a leer con sus niños. En cambio, los niños de las familias con menos recursos, suelen pasar su tiempo libre en casa o en la de otros familiares; disponen de menos tiempo y recursos para dedicar a sus hijos y ello puede conllevar que estén menos preparados para la escuela y el trabajo.
En su libro Unequal Childhood: class, race and family life, la profesora de sociología de la Universidad de Pennsylvania Annette Lareau señala que mientras los padres de clase media intentan que sus hijos desarrollen sus habilidades con una supervisión férrea y con actividades programadas, los de clase obrera les dan mayor independencia y tiempo libre para el juego porque creen que se desarrollarán de forma natural. Mientras los hijos de las familias más humildes son más felices y más independientes, los de las más pudientes esperan que sus padres les solucionen los problemas, pero desarrollan más habilidades para manejar la burocracia y tener éxito académico y laboral. La desigualdad también afecta a la comprensión lectora.

lunes, 15 de junio de 2015

PRENSA. "Las nuevas bibliotecas ya no son iglesias"

   En "El País":

Las nuevas bibliotecas ya no son iglesias

Tres proyectos internacionales revolucionan la gestión de estos centros culturales


Dos jóvenes leen tumbados en la Biblioteca 10, en Helsinki (Finlandia).
En la Biblioteca 10 de Helsinki se puede leer en una hamaca, hacer negocios, coser a máquina, bailar, digitalizar formatos decadentes como casetes y cintas de VHS, tocar la guitarra o echar una siesta. Se puede casi cualquier cosa que jamás habría pensado hacer en una biblioteca. Se puede porque su director, Kari Lämsä, pensó que en el nuevo mundo hay poco espacio para las viejas bibliotecas y mucho para las aventureras: “Tenemos que redefinir el papel que desempeñamos. Tenemos que ayudar a la gente, ser amigables, a veces somos demasiado formales y oficiales. Tenemos que decidir junto a los usuarios que materiales adquirimos y que necesitan. Yo no veo la biblioteca como una sala de estar sino como una cocina, donde cada uno trae ingredientes y cada día sale un menú distinto”. Ellos han dicho definitivamente adiós al almacén de libros.

Países desiguales

Finlandia. Un país de lectores. Tiene unos 5,5 millones de habitantes y una biblioteca pública, al menos, en cada uno de sus 836 municipios. En Helsinki, la capital, residen 600.000 personas, que tienen a su disposición 36 bibliotecas.
Estados Unidos. Hay una red de más de 9.000 bibliotecas públicas —suben hasta 119.000 si se agregan escolares, académicas, militares y gubernamentales— para atender un gigante de 319 millones de habitantes. En California, donde está ubicada San José (un millón de habitantes), se contabilizan 181 bibliotecas públicas. 
Alemania. Con 82 millones de habitantes (en Wuerzburg, localidad bávara, viven 130.000 habitantes), el país tiene 7.875 bibliotecas públicas. 
España. Existen 4.771 bibliotecas públicas (53 estatales, 70 autonómicas y las restantes, municipales) para una población de 46 millones de habitantes.
Lämsä conoce el negocio tradicional: empezó colocando libros en los estantes. Pero lo que ha centrado la atención sobre él es que ha atisbado el futuro. “Teníamos que cambiar la idea de la biblioteca como un espacio pasivo. En lugar de diseñar un espacio para acceder a contenidos, hemos creado un espacio para crear contenidos”, explica poco antes de exponer el modelo de la Biblioteca 10 a medio centenar de bibliotecarios iberoamericanos, que han participado en READIMAGINE, el seminario organizado por Casa del Lector en Matadero, en Madrid, con el respaldo de la Fundación Bill y Melinda Gates, para abordar proyectos de innovación digital relacionados con la lectura y los libros.
El éxito de Lämsä puede medirse: reciben 2.000 usuarios al día en una ciudad con 600.000 habitantes y 36 bibliotecas. La mitad de sus usuarios tienen entre 25 y 35 años. El sueño de cualquier bibliotecario, que observa cómo los grandes lectores que son los niños huyen al crecer. “Es una preocupación de casi todas las bibliotecas, que ven cómo los niños dejan de ir a ellas cuando llegan a la adolescencia”, apunta Luis González, director general adjunto de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
Lämsa, sin embargo, ha logrado atraer a esa franja refractaria a un espacio asociado al silencio. Lo que ha demostrado el director es que sólo rechazan el modelo tradicional. “El 75% de los usuarios vienen para otras cosas distintas al préstamo de materiales. Hemos logrado atraer a nuevos perfiles como trabajadores autónomos, artistas o artesanos”.


Un concierto en la Biblioteca 10 de Helsinki.
En esta década de vida han obtenido varios reconocimientos. El definitivo ha sido el espaldarazo del Gobierno de Finlandia, que abrirá en 2018 la nueva Biblioteca Nacional siguiendo su modelo, tras una inversión de cien millones de euros. Kari Lämsä es uno de los 20 bibliotecarios emergentes elegidos por la Fundación Bill y Melinda Gates dentro de su programa de líderes globales. En esa lista exquisita de visionarios que ya han llevado la teoría a la práctica, figuran también la alemana Anja Flicker y Jill Bourne, considerada una de las 100 mujeres más influyentes de Silicon Valley.
Bourne dirige desde 2013 la biblioteca pública de San José, la décima ciudad de Estados Unidos, donde se ubica la famosa tecnópolis. En menos de dos años ha logrado convencer a los políticos para que aumenten los fondos municipales para la institución y a las compañías para que aporten —gratis— su conocimiento. “Las tecnológicas reinvierten en innovación y desarrollo, no se dedican a regalar dinero, pero nosotros tenemos una reputación y una confianza del público que nos da valor añadido”.


Anja Flicker, Jill Bourne y Kari Lämsä, en la Casa del Lector en Madrid. / SAMUEL SÁNCHEZ
Después de que ingenieros de eBay desarrollasen gratis una aplicación para la biblioteca, nuevas corporaciones como Microsoft, PayPal o Google están negociando algún tipo de colaboración. “El reconocimiento de la biblioteca pública es un reconocimiento del valor del conocimiento. Hay que hacer ver a los políticos que son esenciales”, defiende Bourne, que logró que en junio de 2014 se aprobase un impuesto finalista, sufragado por propietarios inmobiliarios, para financiar la biblioteca de San José.
La revolución de Anja Flicker, al frente de la biblioteca pública de Wuerzburg (Alemania) desde 2010, fue de otra índole. Logró que sus 40 empleados, en los que abundaba un perfil de veteranos desinteresados hacia la cultura digital, afrontasen una inmersión paulatina que ha resultado ejemplar. “No podíamos dejar a nadie atrás. Ha sido un proceso duro y lento, pero no tiene marcha atrás. Como bibliotecarios hemos de ser capaces de formar a nuestros usuarios en tecnologías y antes había que preparar al equipo”, contó Flicker, que recurre a un verso de Hilde Domin, una poeta huida del nazismo, para resumir su filosofía: “Puse el pie en el aire, y él me sostenía”.