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viernes, 6 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista a la filósofa Victoria Camps

   En la revista "Mercurio":

“Educar es formar espíritus críticos y morales”

GUILLERMO BUSUTIL  |  MERCURIO 175 · TEMAS - NOVIEMBRE 2015


VictoriaCamps. © Ricardo martín
Victoria Camps. © RICARDO MARTÍN
Victoria Camps (Barcelona, 1941) es una de las grandes filósofas españolas del presente. Ha sido catedrática de Ética de la Universidad Autónoma de Barcelona. En su extensa obra destacan La imaginación ética, Virtudes públicas, Los valores de la educación y El gobierno de las emociones, títulos por los que ha obtenido el Premio Espasa de Ensayo 1990 o el Premio Nacional de Ensayo en 2012.
—¿Es necesaria una crisis como la que vivimos para despertar el compromiso con los valores que usted promulga en sus libros?
—No hemos encontrado la forma de educar moralmente a las personas en una sociedad liberal y laica. Se dice que la mejor manera es el ejemplo pero hoy día el ejemplo político, el de las personalidades que aparecen en los medios de comunicación y el de los controladores de la economía, no ayudan a fomentar los valores contrarios al egoísmo, al hedonismo, a las diferentes formas de agresión. Lo que debería ser la ética propia de la ciudadanía sólo se produce con un revulsivo como la crisis que abre los ojos a la gente frente a lo que se hace mal, y pone la atención en la necesidad de un rearme moral.
—El progresivo desarme de la educación no ha contribuido a esa construcción ética que defiende.
“La ética no nos resuelve un conflicto concreto, pero nos da grandes criterios como los principios fundamentales, derechos humanos, virtudes”—El problema de la enseñanza de la ética es que no es sólo teórica sino práctica, como ya advirtieron los griegos. Para que realmente haya una transmisión de valores éticos no sólo hay que pensar en introducir una asignatura en la escuela, también es necesario cambiar las costumbres y los hábitos. Se echa mucho de menos la ética de las virtudes, la manera de ser de las personas dispuestas a cooperar con el bien común. La ética no nos resuelve un conflicto concreto, pero nos da grandes criterios como los principios fundamentales, derechos humanos, virtudes. Al hablar de esto pensamos en la escuela y también en la familia, pero si estos dos agentes educativos tienen que ir siempre a contracorriente, porque los inputs que llegan de la sociedad son contrarios, se hace muy difícil que los valores arraiguen en las personas.
La educación hay que entenderla como una paideia, una transmisión de conocimientos integrados en una cultura y en una dimensión ética a través de la política, de los medios de comunicación, de todo aquello que contribuye a formar el carácter y a promover un mundo más civilizado.
—Pero al poder no suele interesarle promover individuos pensantes.
La educación fomenta el espíritu crítico, la duda, la posibilidad de poner en cuestión el poder establecido. Este pensamiento incordia y estorba. Es evidente que para el poder es mejor que la gente sea borrega. Debemos encontrar el núcleo de la moralidad en eso que llamamos civismo y que consiste en cumplir unas normas que deberían ser el mínimo común ético para cualquier persona que quiera vivir como ciudadano en una democracia. Nadie nace siendo cívico, hay que enseñar a serlo.
—¿Ese espíritu crítico es fruto de que educar es ir siempre a contracorriente, como decía usted antes?
—Si fuese correcto dejarse llevar por las corrientes dominantes no haría falta la educación. Educar es reprimir algunas cosas que uno hace porque lo desea, porque le va mejor. Se trata de orientar y extraer de la persona lo mejor que lleva dentro, convencerla de que lo enseñado es efectivo. Esta labor requiere paciencia y un importante apoyo y reconocimiento de la sociedad en lugar de lo contrario. Educar es hacer seres autónomos, formar espíritus críticos y morales. Sin embargo el poco entusiasmo por la lectura en muchas culturas actuales imposibilita que se conozcan la Historia, los valores éticos universales, y en consecuencia la educación se convierte en un reflejo de la sociedad dominada por la economía y la técnica en la que continuarán los conflictos sociales.
—El individualismo, tan característico de la Modernidad, también tiene su parte de culpa en todo esto.
“Debemos encontrar el núcleo de la moralidad en eso que llamamos civismo y que consiste en cumplir unas normas que deberían ser el mínimo común ético para cualquier persona”—El valor de la libertad ha sido fundamental desde la Modernidad y cada vez tenemos más ámbitos de libertad, pero también se ha cometido el error de entenderla como la mera capacidad de elegir sin ponderar el valor y el sentido de lo que se elige. Esto ha menoscabado el significado moral de la libertad, entendida sólo como un derecho que no incluye obligación de ningún tipo. El individualismo ha hecho perder de vista que las personas nos necesitamos unas a otras, lo que ha dado lugar a sociedades atomizadas donde cada uno va a lo suyo. Y esa no es la mejor base para construir demos, el punto de partida de las democracias. La libertad debe ir acompañada de responsabilidad y también de unos límites que son nuestros propios juicios de valor, los que se nos transmiten a través de la educación y que nos enseñan a no aceptar que todo vale. La falta de responsabilidad en la utilización que hacemos de la libertad es uno de los mayores defectos que tenemos.
—¿Cuál es la virtud que más se ha perdido?
—El respeto. En esta sociedad tan marcada por la competitividad y el individualismo todo lo que no sea el interés propio se convierte en una molestia. Por otra parte la moda de los tuits y del resto de las redes sociales facilita que todo el mundo se atreva a decir cualquier cosa, a descalificar, a crearse adversarios, sin tener en cuenta al otro. El respeto sólo puede cultivarse y difundirse a través de las personas que lo reconocen como un valor. El respeto se aprende y las faltas de respeto se contagian.
—¿Hay más principios éticos de los que estamos dispuestos a cumplir?
—El problema de la ética reside en que se convierta en una práctica. Hace falta lo que los griegos llamaban ethos, una manera de ser colectiva que nos lleva a reconocer lo bueno y a aplaudirlo. Y a rechazar lo que consideramos malo de verdad. Ese ethos no se cultiva. En las sociedades heterogéneas, sin una doctrina religiosa clara, es más difícil construir un ethos colectivo de valores cívicos que estemos decididos a cumplir en nuestra vida diaria.
—Usted también aborda que somos morales no tanto por nuestro raciocinio como por las emociones que debemos aprender a gobernar.
—La moralidad no es sólo una cuestión de raciocinio, necesita también la pasión. Y si esa pasión se basa en una idea, se vuelve un sentimiento que discierne. Gobernar esa pasión, cualquiera de las emociones, implica considerar la función de los sentimientos en la acción moral y no reprimirlos por sistema. Es importante reconocer la función de la razón en cuanto permite la capacidad de discernir entre las emociones adecuadas e inadecuadas. No cualquier sentimiento es adecuado para la convivencia, que es lo que exige de nosotros la ética o la democracia. Todas las emociones y los sentimientos son ambivalentes. El miedo es un sentimiento negativo que nos conduce a huir de la realidad, pero si se trata de un miedo a los fanatismos se vuelve positivo. Lo mismo ocurre con la indignación cuando es una respuesta a lo que estimamos como un abuso del mal. Todas las emociones pueden ser positivas o negativas según el fin bueno o malo al que se adhieran.
—¿Esa ambigüedad se da también en la solidaridad, ahora que vivimos el problema de las corrientes migratorias?
“Todas las emociones y los sentimientos son ambivalentes. El miedo es un sentimiento negativo que nos conduce a huir de la realidad, pero si se trata de un miedo a los fanatismos se vuelve positivo”—La solidaridad tiene una base en la compasión. Los neurocientíficos dicen que ya está incorporada en el cerebro humano cuando nacemos. Lo que ocurre es que ese sentimiento no siempre lo dirigimos hacia los que más merecen la compasión. La razón es la que debe determinar que no sólo la merecen los que están más lejos o llegan desprotegidos, porque a veces nos olvidamos de los que están cerca. Debemos reflexionar sobre si responder al aguijón de la compasión con unos euros o comprando leche para los bancos de alimentos es una forma de acallar la conciencia y creer que el problema está resuelto. El problema se resuelve de verdad cuando se actúa contra las causas y eso solo puede hacerse desde la política, aunque nosotros podemos exigir que se haga.
—En el caso del escritor, ¿su compromiso ético ha de estar vinculado a su obra o a su faceta privada de ciudadano?
—Me cuesta mucho distinguir al ciudadano de lo que hace en su vida profesional. Creo que la ciudadanía se ejerce siempre de alguna forma. Cuando se vota, cuando se pagan impuestos, cuando se realiza la profesión y uno hace aquello que ha decidido hacer de la mejor manera posible. Esto contribuye al bien común. Con la escritura es más difícil determinar el ejercicio responsable de la ciudadanía, pero en cualquier caso la libertad debe ser lo más absoluta posible. Me parece bastante difícil que un escritor no tenga un compromiso con la sociedad que no se refleje en lo que hace. La confusión reside a veces en si un escritor escribe con una clara inmersión política o social o no.
—¿Cree que el desencanto pesará más que el compromiso con los ideales políticos?
—A lo largo de la vida y de la historia de un país, se pasa por épocas de desencanto y por otras en las que volvemos a armarnos políticamente. Hay momentos en los que pensamos que la democracia se deteriora, que la corrupción está generalizada, que la realidad política se aleja de la ciudadanía y actúa contra ella, en lugar de ser un estímulo para su construcción. Estas sensaciones de hartazgo provocan que el desencanto y la indiferencia desaparezcan y sintamos la necesidad de salir a la calle, de unirnos, de defender causas múltiples. La democracia puede producir modorra, como decía Felipe González, porque todo cuadra y transcurre en su cauce, pero cuando algo se rompe uno tiene que volver a encantarse con algo y tiene que moverse para conseguirlo. Siempre hay que luchar contra la tendencia a la apatía.
—¿Puede generar la crisis un nuevo humanismo o una economía social, como defendía Sampedro?
—Sería bueno. Me gusta mucho la idea de la economía del bien común que propone Christian Felber. Creo que es una fórmula no a favor del antisistema, pero sí de ir transformando el capitalismo en algo más cooperativo. Debemos intentar evitar las grandes desigualdades que se producen cuando la transferencia de riqueza está desregularizada y todo se acumula en las manos de unos pocos. Hay que corregir el neoliberalismo evitando las grandes especulaciones financieras que han provocado la crisis, eliminando los paraísos fiscales, y hay que proponérselo desde muy arriba con decisiones políticas.
—¿Qué opina del conflicto nacionalista que vivimos?
—Es preocupante porque la sociedad se ha partido en dos mitades. El nacionalismo es endogámico, sólo mira para adentro, busca una unidad que no es abierta. Prefiero la postura federal que es lo contrario, que busca unir lo que es diverso, emprender un trayecto común. Esto no se ha conseguido con los estatutos de las Autonomías, por eso es importante una reforma de la Constitución.
—Vivimos rodeados de ruidos de toda índole, ¿por eso reivindica usted la calma del silencio?
El silencio es necesario para introducir el pensamiento en la vida. Enseña a aprender a estar uno solo consigo mismo, porque eso es pensar. A distanciarse, como decía Hannah Arendt, porque eso es tener juicio. Y todo esto exige tiempo, calma, silencio.

martes, 24 de marzo de 2015

PRENSA. "Catequesis en la escuela". Victoria Camps

   En "El País":

Catequesis en la escuela

Es posible enseñar religión desde la laicidad, sin comprometerse con su doctrina. La asignatura confesional debiera ser una opción voluntaria sin contrapartida obligada para los que no la quieren


EULOGIA MERLE


La enseñanza de la religión vuelve a ser motivo de debate. Es la señal de que no se ha resuelto bien el paso de la escuela nacionalcatólica a una escuela laica o aconfesional, como la que propicia la Constitución. Que el decreto que fija el currículum de la enseñanza de la religión católica en la educación primaria y secundaria convierte la clase de religión en catequesis es indiscutible, pese a que explícitamente afirme que huye de “la finalidad catequética o del adoctrinamiento” y que sólo busca “ilustrar a los estudiantes sobre la identidad del cristianismo y la vida cristiana”. Mientras la religión sea una materia optativa, dirigida sólo a los padres creyentes, difícilmente estará haciendo algo más que lo que siempre han hecho las catequesis o las clases de catecismo. Tal es, por otra parte, la intención implícita en los contenidos del programa. Y es lógico que sea así. Una clase de religión para católicos ha de enseñar que Dios es el autor de la creación, ha de enseñar a rezar, ha de inculcar la doctrina moral católica, ha de transmitir la idea de que la felicidad no se encuentra en esta vida, pero sí en la otra. Una clase de Religión para creyentes es lo que siempre ha sido: una clase de doctrina cristiana.

Otros artículos de la autora

Es de justicia al hablar de este tema evocar la figura del estimado Luis Gómez Llorente, que, en sus años de diputado socialista, militó enérgicamente para encontrar un equilibrio satisfactorio entre el derecho de los padres a elegir una formación religiosa para sus hijos y la construcción de una escuela laica consecuente con los principios de la laicidad. Gómez Llorente fue testigo directo de los avatares que llevaron a la redacción del artículo 27.3 de la Constitución, que reconoce “el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos”, así como a la ratificación del acuerdo de 1979 sobre temas educativos con la Santa Sede. Ahí vio, a su pesar, cómo se colaba el requisito de que la enseñanza de la religión debía gozar de “condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales” (artículo 2). Un extremo que había de conducir a la prescripción de la religión como una materia evaluable, equiparable a cualquier otra, y, en consecuencia, a la imposición de una asignatura alternativa para aquellos alumnos que no asisten a clase de Religión.
La indignación de quienes apuestan por una laicidad —o aconfesionalidad— manifiesta en la escuela suscita incomprensión por parte de quienes aducen que se trata, a fin de cuentas, de una materia optativa, a elegir libremente por los padres. Nadie está obligado a cursarla, ¿de dónde viene, pues, el descontento? Es para responder a esta inquietud que convendría repasar las ideas que Gómez Llorente vertió en algunos de sus escritos lamentablemente no publicados. La actitud laica, como se define en todas partes, consta de dos ingredientes: libertad de conciencia y neutralidad del Estado en materia religiosa. Cada ciudadano es libre de ser o no religioso y de abrazar la religión que quiera, mientras que el Estado debe abstenerse de preferir una religión a otra y hasta de militar a favor de la ausencia de religión. Desde tal actitud se explica que la enseñanza de la religión sea ofrecida como una opción libre. Incluso puede entenderse que se proponga el ámbito escolar como adecuado para ofrecer ese tipo de formación. Lo que importa es discutir los detalles y la forma de la propuesta.

Nuestra cultura incluye el “hecho religioso”
e ignorarlo es analfabetismo
Hay dos maneras de ofrecer clase de Religión en la escuela: fuera del horario lectivo y del currículum, o incluida en el horario lectivo y equiparable a cualquier otra asignatura. Esta segunda opción, a la que vuelven reiteradamente los grupos conservadores, es la que va acompañada, en nuestros pagos, de la oferta de otra asignatura para los alumnos que no escogen Religión. Pero dicha opción siempre ha sido, en palabras de Gómez Llorente, una “pseudosolución”, por dos razones. La primera, porque la “alternativa” a la religión, sea cual sea, no respeta la “voluntariedad” de los padres que no quieren ni catequesis para sus hijos ni ninguna de las variantes que se proponen obligatoriamente en su lugar. La religión confesional debiera ser una opción voluntaria sin contrapartida obligada para los que no la quieren. Tenemos una red de escuelas concertadas católicas, subvencionadas con fondos públicos, que pueden cubrir la demanda de formación religiosa de los alumnos cuyos padres lo soliciten. Obligar al resto de alumnos a cursar una alternativa a la religión contradice la libertad de conciencia que se atribuye a los ciudadanos de un Estado laico, ya que se suele olvidar que esa libertad no es sólo la de los creyentes, sino también la de los que no lo son, o la de los que profesan religiones minoritarias. Aunque parece que existen decretos similares al de la enseñanza de la religión católica para las otras religiones, es obvio que estas no serán ofrecidas de la misma forma en que lo es la religión católica, que se ampara en el acuerdo con la Santa Sede.
Hay otro elemento que hace de la solución propuesta una pseudo o mala solución al conflicto sobre la enseñanza de la religión. Suscribo la afirmación del decreto cuando dice que “el olvido y la ignorancia de la religión podría tener consecuencias catastróficas para la cultura en general y la memoria colectiva”. Es totalmente cierto. Nuestra cultura incluye el “hecho religioso” e ignorarlo es analfabetismo. Los profesores de Filosofía, Historia del Arte o Literatura comprueban cada día que la falta de cultura religiosa de los estudiantes es un obstáculo para explicar aspectos fundamentales de sus materias. No hace falta saber el Padrenuestro ni recitar el catecismo de corrido; lo que importa es tener referencias bíblicas, de la historia del cristianismo y del culto, que permitan identificar y comprender los símbolos, las imágenes, la arquitectura y el pensamiento cristiano que ha dejado huellas innegables en nuestra cultura, para bien y para mal, pero que deben ser conocidas. Tal es la razón por la que, en distintas ocasiones, se ha abogado por la creación de una asignatura, no alternativa a la doctrina católica, sino imprescindible para la adquisición de la cultura religiosa en general por parte de todos los alumnos. Una asignatura que debería abarcar tanto la historia del cristianismo (la antigua “historia sagrada”), como la de otras religiones, y que profundizara en esa “ética civil” que necesitamos todos, más allá de la moral católica, islámica o evangélica, privativas de cada una de las religiones particulares.

La actitud laica consta de dos ingredientes: libertad de conciencia
y neutralidad del Estado
Tras muchos años de conflicto, habíamos llegado a consensuar una Educación para la Ciudadanía para todos los alumnos, que consistía en esa iniciación cívica indispensable para adquirir un sentido de lo que es comportarse como buen ciudadano. No era la solución óptima, a mi juicio, pero era mejor que la elección entre la religión y su “alternativa”. Comparto de nuevo la afirmación que tantas veces le oí a Gómez Llorente de que la cuestión religiosa debe importarnos a todos y que es posible enseñar religión desde la laicidad, sin comprometerse con su doctrina —lo que hace la catequesis—, pero informando de lo que ha significado y sigue significando la religión en el mundo. Ahora que el islamismo irrumpe con violencia en nuestras sociedades, no es absurdo conocer lo que ocurrió antaño con el cristianismo y lo que ha significado para bien de todos el proceso de secularización. Pero también conviene enseñar lo que le debemos a la religión en materia de costumbres y que forma parte de aquellos valores que consideramos universalizables. Valores no tan distantes de los que hoy configuran las llamadas “virtudes cívicas” fundamentales para la regeneración democrática.
Una vez más hay que lamentar que el equilibrio que se logró al redactar la Constitución no haya perdurado. Habría que restablecer el animus negociandi de que hicieron gala las voluntades que acordaron la Constitución, una tarea cada vez más improbable.
Victoria Camps es filósofa.

domingo, 26 de abril de 2009

PRENSA CULTURAL. 26 abril 2009

En "El País" y suplementos:

1.Cómo se fabrica un 'best seller'. No hay reglas ni recetas mágicas para que un libro se convierta en éxito de ventas. Pero ‘bombazos’ literarios como los de Stieg Larsson o Stephenie Meyer revitalizan el fenómeno ‘best seller’. ¿Por qué?

2. El Negro que sobrevivió a los nazis. Hans J. Massaquoi nació en Hamburgo de madre alemana y padre liberiano. Tenía seis años cuando Hitler llegó al poder. De niño se quedó fascinado con la parafernalia nazi. Incluso quiso entrar en las juventudes hitlerianas. Se salvó por casualidad. Cuenta su extraña historia en el libro "Testigo de raza. Un negro en la Alemania nazi".

3. África, el Far West chino. Dos periodistas franceses, Serge Michel y Michel Beuret, han recorrido el continente africano para contar la creciente presencia de empresas y políticos chinos y las repercusiones globales de esa 'colonización'. El resultado se refleja en su libro 'China en África'. Fragmento para lectura.

4. Epigramas, cotilleos y agudezas. Los diarios inéditos del italiano Indro Montanelli, escritos entre 1957 y 1978, festejan su centenario con un despliegue de periodismo privado. Reportaje.



En "El Día de Córdoba":

6. "La religión no está en crisis, está presente en los debates ideológicos". Filósofa, referente del pensamiento laico en España y autora del libro 'Hablemos de Dios' junto a Amelia Valcárcel, Victoria Camps defiende que el hecho religioso sigue "muy presente" en la vida cotidiana. Entrevista.

7. Eduardo García. Artículo de Salvador Gutiérrez Solís sobre el Premio Nacional de la Crítica.