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domingo, 16 de febrero de 2014

PRENSA CULTURAL. "Admirando a Galdós". Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

Admirando a Galdós

El azar de un encargo me forzó a regresar este verano al autor de 'Misericordia'

 31 AGO 2013

Uno prepara a conciencia sus lecturas de verano y luego se las cambia sin miramiento el azar. El cambio suele ser para bien. Yo no tenía previsto regresar este verano a Galdós, pero intervino el azar de un encargo, que me forzó a dejar en suspenso otras lecturas más premeditadas, y lo que había empezado siendo una obligación ha terminado por convertirse en una aventura lectora que durará más allá de agosto. Empecé leyendo Misericordia, quizás la última obra maestra en el ciclo de las que él mismo llamó “novelas españolas contemporáneas”. El encargo lo saca a uno del cauce de sus prioridades voluntarias, incluso le fuerza a dejar en suspenso tareas que le importan más aún porque es uno mismo y nadie más quien se las ha impuesto. Pero precisamente en ese salirse de lo elegido y de lo previsto es donde el encargo revela a veces su virtud paradójica: impone un quiebro, un cambio brusco de rumbo, y por lo tanto lo deja a uno a merced de lo inesperado, que es el mejor camino para el descubrimiento.

Una novela valiosa
no entrega desde el principio toda su complejidad y menos aún hace obvios sus mejores matices
Leí Misericordia con más atención y con cuaderno y lápiz porque me había encargado un ensayo largo precisamente sobre esa novela, y cuando llegué a la última página hice lo que debería hacer uno cuando le ha impresionado mucho un libro: regresar al principio y leerlo entero otra vez. Sólo así se aprende de verdad algo sobre cómo el libro está hecho; y se aprende también que no hay primera lectura que no sea distraída, y que una novela valiosa, como un poema o una pieza de música, no entrega desde el principio toda su complejidad y menos aún hace obvios sus mejores matices. En una novela, como en una sinfonía, es bueno ir sabiendo en qué dirección vamos, fijarse en lo que hay de anticipación en ciertos pormenores que la primera vez pasaron inadvertidos o parecieron casuales.
En rigor, la literatura o la música, el arte, son antídotos de este mundo aturdido del usar y tirar, de la avidez entre distraída y neurótica por lo nunca visto, lo inusitado que en el momento mismo de brillar ya está desvaneciéndose en el olvido. Lo valioso de verdad no se agota, ni se queda obsoleto. Tiene la persistencia ecológica de las cosas que duran gastándose y que se vuelven mejores cuanto más se usan; no porque sean refractarias al tiempo, y por lo tanto inertes, o inmóviles, sino porque navegan en el flujo del tiempo, de modo que son a la vez antiguas y contemporáneas, el reverso exacto del consumo, de su despilfarro, de su descuido cínico. Una novela, un poema, una canción, un cuadro, una película, cuando se han disfrutado muchas veces a lo largo de una vida y siguen irradiando belleza y verdad en el transcurso de las generaciones adquieren la nobleza práctica de una calle por la que la gente ha paseado desde hace décadas o siglos, siempre cambiando y siempre idéntica, o de una herramienta que ha ido variando en su uso, tan flexible y tan simple, que puede manejarla para fines diversos manos muy distintas.
(Esto suena a anacronismo. Pero estoy seguro de que se acercan tiempos más austeros y cambios de sensibilidad que volverán anacrónico y hasta inexplicable este sometimiento de ahora a la tontería de la moda, en el sentido más amplio de la palabra, incluyendo en ella las baratijas tecnológicas que están programadas para durar cada vez menos y pasar en unos meses de los escaparates de diseño a los muladares de basura tóxica en los países más pobres del mundo).

Encontró su veta más fértil conjugando la novedad de Dickens, Balzac, Flaubert y Zola con la tradición de Cervantes y el Lazarillo
Galdós publicó Misericordia en 1897. La novela, que discurre con ese fluir sinuoso que había alcanzado la perfección diez años antes en Fortunata y Jacinta, como un río muy ancho y como el delta de un río, tiene un final brusco, como sobrevenido, que desconcierta menos en la segunda lectura, sin que disminuya un sentimiento de parcial frustración. Por esa época, y ya muy desengañado políticamente, Galdós, en otros tiempos tan saludablemente anticlerical, se había dejado atraer por un cierto misticismo evangélico, quizás contagiado de Tolstói. Un personaje desgarrado y verdadero, Benina, la criada mendiga, pierde de pronto su espléndida terrenalidad para convertirse de manera apresurada en un símbolo.
Pero tal vez lo que hay en las últimas líneas de Misericordia es menos una capitulación que un derrumbe, el desfallecimiento de un novelista que llevaba nada menos que diecisiete años trabajando en un máximo de tensión creadora, inventando y escribiendo, año tras año, una tras otra, novelas de una riqueza y una ambición narrativa que no habían existido en español desde el Quijote y Persiles, y que estaban a la altura de las obras maestras europeas de las que se alimentaban y con las que aspiraban a medirse. En una de ellas, El doctor Centeno, un aspirante infortunado a escritor, Alejandro Miquis, siente que la obra teatral a la que está dispuesto a dedicar su vida es “como un trozo de cielo caído sobre la frente de un hombre”. Hacia 1880, con menos de cuarenta años, Galdós encontró de golpe, en el arranque de La desheredada, un mundo inagotable y entero y una manera completamente nueva de escribir. Las historias desbordarían sus novelas para enredarse y encadenarse a través de ellas. Los personajes circularían de unas a otras como en la Comedia humana de Balzac. La materia narrativa sería la vida misma que sucedía a su alrededor, que hasta entonces había más o menos eludido, no por falta de valor ni de voluntad, sino de herramientas expresivas. Había vuelto su imaginación al pasado anterior a su vida en las primeras series de los Episodios. Había inventado personajes que eran alegorías de sus preocupaciones políticas, y los había situado en espacios abstractos, ciudades de nombres alegóricos que tenían algo de los paisajes planos de la pintura primitiva.
En La desheredada estalló de una vez por todas el mundo de Galdós igual que estalló el mundo de Faulkner en The Sound and the Fury. Y sólo con la de Faulkner se compara su productividad infatigable durante más de quince años. Esas revelaciones suceden una sola vez en la vida de un novelista y se la cambian y se la colonizan para siempre. Madrid fue el territorio de Galdós como París el de Balzac o Londres el de Dickens. Sus ilusiones y sus desengaños progresistas, su escándalo ante la corrupción y la injusticia, su desaliento por las oportunidades desperdiciadas y los errores repetidos en el devenir del país, se entretejen en las vidas de los personajes con una soltura técnica tan consumada como la que no tenemos reparo en admirar en La educación sentimental. Galdós encontró la veta más fértil de su talento conjugando la novedad cosmopolita de Dickens, Balzac, Flaubert y Zola con la tradición de Cervantes y el Lazarillo.
Me acuerdo de Lázaro de Tormes leyendo el arranque de El doctor Centeno, con la tranquilidad golosa de tener entre manos una trilogía que vino después de La desheredada y un poco antes de Fortunata y Jacinta. Pero la lectura me trae también al presente porque en las primeras páginas de esa novela ya hay una queja amarga sobre el estado de la ciencia en España. Galdós es tan contemporáneo nuestro en su ciudadanía como en su literatura.

lunes, 10 de febrero de 2014

PRENSA CULTURAL. "Chirbes homenajea a Galdós, su gran maestro"

Rafael Chirbes. ("El País")

   En "El País":

Chirbes homenajea a Galdós, su gran maestro

'En la orilla', del autor valenciano ha sido elegido el mejor libro del año. Rafael Chirbes cuenta cómo la cuarta serie de los 'Episodios nacionales', de Galdós, le sirvió de inspiración

 28 DIC 2013

Qué vale más, comer o ser comido? Hay que optar entre estos dos papeles: o el del cocinero o el del pobre animal que cae en la cazuela”.Es el dilema que se le plantea al protagonista de Las tormentas del 48,un joven revolucionario que está a punto de dejar de serlo. Acaba de descubrir el valor del dinero “tan necesario (…) en los días fúnebres como en los alegres días— y, para conseguirlo, se decide a casarse con una mujer a la que no quiere. “Mercantilismo matrimonial”, llama él mismo a su acto. “Esto (es) venderse, no casarse”.En cualquier caso, mejor estar arriba que abajo; mejor comer que ser comido. Nos encontramos al inicio de la cuarta serie de los Episodios nacionales.Volví a leerla mientras escribía En la orilla. Galdós como maestro, modelo para cualquier novelista que, además de saberse síntoma de su tiempo, quiera ser testigo.
En ese tramo de los Episodios,un Galdós sesentón y desengañado vuelve la mirada hacia la España de sus años juveniles. El reinado de Isabel II. Un momento de oportunidades. Los bienes desamortizados sirven para enriquecer a los especuladores inmobiliarios; los usureros y los burgueses de nuevo cuño adquieren títulos de nobleza mientras la vieja aristocracia que no ha sabido adaptarse se arruina, la Iglesia mueve sus hilos entre las sombras, el nepotismo y la corrupción minan la Administración del Estado, los militares se pelean por el poder y manejan la desesperación de los de abajo, que son quienes aportan la ración de sangre en el tiovivo de una España intrascendente y trágica.
Galdós captura el fulgor de la historia tejiendo una telaraña invisible en la que, a la vez, queda apresado el propio lector que cree estar a solas con la verdad, sin intermediación literaria. Es justo lo contrario. Para su propósito, se sirve de todas las técnicas: narrador omnisciente, dialogismo, flujo de conciencia, epistolario, cuaderno de memorias…, discute y se pelea con sus criaturas de ficción (al modo en que pasado el tiempo lo harán Unamuno o Pirandello), y compone capítulos enteros como pequeñas obras de teatro, siguiendo el modelo de La Celestina. El lector se mueve de un lugar a otro, entra en cualquier parte, visita los cuartuchos malolientes del Rastro madrileño; los comedores, cocinas y dormitorios donde discurre la vida de la clase media; los vestidores, los despachos, los salones aristocráticos en los que se celebra una fiesta; los cafés: el aire cargado de humo y su vibrante agitación. Recorre de la mano del narrador los encinares y los campos de olivos y encinares de Toledo y de Córdoba, ve desplegarse desde la ventanilla de un tren los campos “trasquilados y amarillos” de Castilla, las tierras yermas, las borrosas imágenes de los campesinos pobres, un paisaje que es cristalización de una historia de injusticia.
Leyendo a Galdós oímos las voces de un país, nos enfrentamos al reto de discernir entre una pluralidad de puntos de vista: escuchamos las conversaciones de unos y otros, y se nos obliga a descifrar las diversas hablas de los personajes: la retórica de los políticos, el lenguaje castrense, los estilemas de periodistas y literatos, las tiradas verbales de los folletinistas, las divagaciones escatológicas del clero, los parlamentos de los aristócratas, la jerga forense, el argot de las clases bajas madrileñas o el de los campesinos del delta del Ebro. Todo se le convierte a Galdós en pasta narrativa al servicio de su gran proyecto: levantar un país literario trasunto del país real; descubrir, mediante el pequeño artefacto de la novela, los mecanismos que mueven ese gran artefacto que es España: la novela como modelo que permite aprender el engranaje social.
Llevo más de medio siglo leyendo a Galdós y cada día aumenta mi admiración por su maestría a la hora de construir un universo narrativo desde esa aparente falta de estilo que es dominio de todos los estilos. Admiración también por su modestia. Porque su despliegue de recursos literarios lo lleva a cabo con un pudor exquisito, sin que el lector se dé apenas cuenta; sin que note la tramoya, ni advierta sus deslizamientos, sus travestismos, su trabajo en filigrana, siempre atrapado en la invisible telaraña novelesca. Galdós no es un narrador tradicional, sino un narrador total, un maestro que —eso sí— se sitúa en el polo opuesto de los escritores que convierten su trabajo en espectáculo. En las novelas de Galdós las cosas fluyen sin dar nunca la impresión de que son fruto de un gran esfuerzo. Se diría que el escritor no existe, que todo nace inocentemente, con extrema facilidad. Hasta ahí llegan su respeto por el lector y su elegancia.

20 libros de 2013

1. En la orilla. Rafael Chirbes. Anagrama.
2. Limónov. Emmanuel Carrère. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama.
3. Obra completa (1935-1977). Blas Otero. Edición de Sabina de la Cruz con la colaboración de Mario Hernández. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
4. Todo lo que era sólido. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral.
5. Canadá. Richard Ford. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama.
6. Mi vida querida. Alice Munro. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Lumen.
7. 14. Jean Echenoz. Traducción de Javier Albiñana. Anagrama.
8. Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital. César Rendueles. Capitán Swing.
9. Intemperie. Jesús Carrasco. Seix Barral.
10. Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad. José Álvarez Junco (coordinador). Crítica / Marcíal Pons.
11. Lección de anatomía. Danilo Kiš. Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek. Acantilado.
12. Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez. Alfaguara.
13. Técnicas de iluminación. Eloy Tizón. Páginas de Espuma.
14. El héroe discreto. Mario Vargas Llosa. Alfaguara.
15. La transmigración de los cuerpos. Yuri Herrera. Periférica.
16. Daniela Astor y la caja negra. Marta Sanz. Anagrama.
17. El zorro rojo. Biografía de Carrillo. Paul Preston. Traducción de Efrén del Valle. Debate.
18. Libros proféticos I. William Blake. Traducción de Bernardo Santano. Atalanta.
19. 1914. De la paz a la guerra. Margaret MacMillan. Traducción de José Adrian Vitier. Turner.
20. Necesario pero imposible. Javier Gomá Lanzón. Taurus.

lunes, 1 de abril de 2013

Artículo de BENITO PÉREZ GALDÓS. "Soñemos, alma, soñemos". 1903

Benito Pérez Galdós

Soñemos, alma, soñemos

    Aprendamos, con lento estudio, a conocer lo que está muerto y lo que está vivo en el alma nuestra, en el alma española. Aprendámoslo aplicando el oído al palpitar de estos enojos que reclaman justicia, equidad, orden, medios de existencia. Apliquemos todos los sentidos a la observación de los estímulos que apenas nacen se convierten en fuerzas, de los desconsuelos que derivan lentamente hacia la esperanza, de la gestación que actúa en los senos del arte, de la industria, de la ciencia... Observemos cómo el pensamiento trata de buscar los resortes rudimentarios de la acción, y cómo la acción tantea su primer gesto, su primer paso.


Al examinar lo que caducó y lo que germina en el alma nuestra, observemos la triste ventaja que da la tradición a las ideas y formas de la vieja España. Las diputamos muertas, y vemos que no acaban de morirse. Las enterramos y se escapan de sus mal cerradas tumbas. Cuando menos se piensa, salen por ahí cadáveres que nos increpan con voz estertorosa, y arremeten con brío y dureza de huesos sin carne contra todo lo que vive, contra lo que quiere vivir: defendámonos. Respetando lo que la tradición tenga de respetable, rechacemos el espíritu mortuorio que en buena parte de la Nación prevalece aún, «dilettantismo» del morir y de toda destrucción. Tengamos propósito firme de adquirir vida robusta y de creer con todo el vigor y salud que podamos. Declaremos que es innoble y fea cosa el vivir con media vida, y procuremos arrojar del alma todo resabio ascético. Ninguna falta nos hacen sufrimientos ni martirios que no vengan de la Naturaleza por ley superior a nuestra voluntad. Lo primero que tiene que hacer el alma remozada es penetrarse bien de la necesidad de evitar a su cuerpo los enflaquecimientos y desmayos producidos por ayunos voluntarios o forzosos. Detestamos el frío y la desnudez; anhelamos el bienestar, el cómodo arreglo de todas nuestras horas, así las de faena como las de descanso. Creemos que la pobreza es un mal y una injusticia, y la combatiremos dentro de la estricta ley del «tuyo y mío». Trabajaremos metódicamente con el despabilado pensamiento, o con las manos hábiles, atentos siempre a que esta pacienzuda labor nos lleve a poseer cuanto es necesario para una vida modesta y feliz, con todo lo que la sostiene y vigoriza, con todo lo que la recrea y embellece. Opongamos briosamente este propósito al furor de los ministros de la muerte nacional, y declaremos que no nos matarán aunque descarguen sobre nuestras cabezas los más fieros golpes; que no nos acabará tampoco el desprecio asfixiante; que no habrá malicia que nos inutilice ni rayo que nos parta. De todas las especies de muerte que traiga contra nosotros el amojamado esperpento de las viejas rutinas, resucitaremos.
    El pesimismo que la España caduca nos predica para prepararnos a un deshonroso morir, ha generalizado una idea falsa. La catástrofe del 98 sugiere a muchos la idea de un inmenso bajón de la raza y de su energía. No hay tal bajón ni cosa que lo valga. Mirando un poco hacia lo pasado, veremos que, con catástrofe o sin ella, los últimos cincuenta años del siglo anterior marcan un progreso de incalculable significación, progreso puramente espiritual escondido en la vaguedad de las costumbres. Después del 54 y del 68, consumadas las revoluciones que sólo alteraban la superficie de las cosas, el ser doméstico, digámoslo así, de nuestra raza, pobre y ociosa, sin trabajo interior ni política internacional, se caracterizaba por la delegación de toda vitalidad en manos del Estado. El Estado hacía y deshacía la existencia general. La sociedad descansaba en él para el sostenimiento de su consistencia orgánica, y el individuo le pedía la nutrición, el hogar y hasta la luz. Las clases más ilustradas reclamaban y obtenían el socorro del sueldo. Había dos noblezas, la de los pergaminos y la de los expedientes, y los puestos más altos de la burocracia se asimilaban a la grandeza de España. Un socialismo bastardo ponía en manos del Estado la distribución de la sopa y los garbanzos del pobre, de los manjares trufados del rico. Al olor de aquella sopa y de los buenos guisos acudía la juventud dorada, la plateada y la de cobre... Pues de entonces acá, en el lento correr de los días de la Revolución de Septiembre, del reinado de D. Amadeo, de la efímera República, de la Restauración y Regencia, se ha determinado una transformación radical, que ya vieron los despabilados, y ahora empiezan a ver los ciegos. Va siendo general la idea de que se puede vivir sin abonarse por medio de una credencial a los comederos del Estado: de éste se espera muy poco en el sentido de abrir caminos anchos y nuevos a los negocios, a la industria y a las artes. El país se ha mirado en el espejo de su conciencia, horrorizándose de verse compuesto de un rebaño de analfabetos conducido a la miseria por otro rebaño de abogados. Del Estado se espera cada día menos; cada día más del esfuerzo de las colectividades, de la perseverancia y agudeza del individuo. Detrás, o más bien debajo de la vida entera del Estado, alienta otra vida que remusga y crece, y adquiere savia en las capas internas. En cincuenta años, es incalculable el número de los que han aprendido a subsistir sin acercar sus labios a las que un tiempo fueron lozanas ubres, y hoy cuelgan flácidas: los españoles han crecido; comen, ya no maman. Aceptamos al Estado como administrador de lo nuestro, como regulador de la vida de relación; ya no lo queremos como principio vital, ni como fondista y posadero, ni menos como nodriza. ¿No es esto un gran progreso, el mayor que puede imaginarse?
Debajo de esta corteza del mundo oficial, en la cual campan y camparán por mucho tiempo figuras de pura, quizás necesaria representación, y la comparsa vistosa de políticos profesionales, existe una capa viva, en ignición creciente, que es el ser de la nación, realzado, con débil empuje todavía, por la virtud de sus propios intentos y ambiciones, vida inicial, rudimentaria, pero con un poder de crecimiento que pasma. Un día y otro la vemos tirar hacia arriba, dejando asomar por diferentes partes la variedad y hermosura de sus formas recién creadas. Entre estas formas podemos señalar las más próximas: el esfuerzo de la ciencia agrícola para sobreponerse a las prácticas rutinarias, la flamante industria en pequeñas y grandes manifestaciones, el arte que pretende acomodar las formas arcaicas al pensar amplio y al sentir generoso; señalamos también las más lejanas, que son la libre conciencia, el respeto, la disciplina, el orden mismo, la vieja espada que los tiempos pasados legan a los futuros. No quiera Dios que esta capa de formación nueva en parte somera, en parte profunda, suba por súbita erupción. Subirá por alzamientos parciales y consecutivos del terreno, sin sacudidas violentas, para substituir al suelo polvoroso y resquebrajado en que tiene su secular asiento en nuestro país.
   Entre lo mucho que nos traen las nuevas formaciones de terreno, descuellan dos aspiraciones grandes, que han de ser las primeras que busquen la encarnación de la realidad. Necesitamos instrucción para nuestros entendimientos, y agua para nuestros campos. La superficie de esta porción de Europa que habitamos no es bella en todas sus partes, y es necesario que lo sea. Estimulan al amor las gracias y el sonrosado color de un rostro bello. No es fácil que amemos a una patria que nos muestra su cuerpo y semblante cubiertos de lacras lastimosas, y afeados por la sequedad y aspereza de la epidermis. Una nación europea no puede ofrecer a las miradas del mundo, en pleno siglo XX, el espectáculo de las estepas desnudas que dan idea de la ancianidad trémula, pecosa y cubierta de harapos. Preciso es desencantar el viejo terruño, dándole con las aguas corrientes, la frescura, amenidad y alegría de la juventud: preciso es vivificar al tierra, dándole sangre y alma, y vistiéndola de las naturales galas de la agricultura. No queremos nada que sea imagen del yermo solitario, ni tristeza ni sequedad de calaveras mondas. En nombre del bienestar público y de la belleza, inundemos las estepas áridas. No queremos fealdad en ninguna parte, sino hermosura que nos enamore de nuestros campos, para que en ellos podamos vivir y gozar de cuanto da la Naturaleza: lozanos plantíos, risueños bosques, deliciosas alquerías, donde hallemos el ejercicio sano y la paz del alma. Un país reconcentrado en poblaciones oscuras y pestilentes, es un enfermo de congestión crónica. La vida se estanca, la sangre no circula, y el tedio urbano, grave dolencia, estimula todos los vicios.
   Como el agua a los campos, es necesaria la educación a nuestros secos y endurecidos entendimientos. Han dicho que no deseamos instruirnos, puesto que no pedimos la instrucción con el ansia del hambriento que quiere pan. La instrucción no se pide de otro modo que por la voz, o mejor, por los signos de la ignorancia. El ignorante es un niño, y el niño no pide más que el pecho, si es chiquitín, o los juguetes, si es grandullón. Aguardar, para la educación de la criatura, a que esta diga «llévenme a la escuela que tengo muchas ganas de ser sabio», es fiar nuestros planes a la infinita pachorra de la Eternidad. Si así lo hiciéramos demostraríamos que los grandes somos tan cerriles como los pequeños.
   Procuremos grandes y chicos instruirnos y civilizarnos, persiguiendo las tinieblas que el que menos y el que más llevan dentro de su caletre. El cerebro español necesita más que otro alguno de limpiones enérgicos para que no quede huella de las negruras heredadas o adquiridas en la infancia. Y al paso que nos instruimos, cuidémonos mucho de no ser presumidos ni envidiosos, que el orgullo y el desagrado del bien ajeno son dos feísimas excrecencias adheridas a nuestro ser, que piden un formidable esfuerzo para ser arrancadas y arrojadas al fuego como yerba dañosa. La presunción es cosa muy mala, pero todavía que el desprecio de nosotros mismos, cuando nos da por creer que somos unos bárbaros incapaces de benignos sentimientos, de cultura y de vivir en paz unos con otros. Ni esto sirve para nada, ni menos el suponernos únicos poseedores de la verdad, y los más bonitos, los más agudos que en el mundo existen. El odioso remate de estos defectos es la pálida envidia, que nos priva del goce de admirar al que por su ingenio, por su perseverancia o por otra virtud está más alto que nosotros. Seamos modestos, y aprendamos a no estirar la pierna de nuestras iniciativas más allá de lo que alcanza la sábana de nuestras facultades. Hagamos cada cual, dentro de la propia esfera, lo que sepamos y podamos: el que pueda mucho, mucho; poquito el que poquito pueda, y el que no pueda nada, o casi nada, estése callado y circunspecto viendo la labor de los demás. Acostumbrémonos a rematar cumplidamente, con plena conciencia, todo lo que emprendamos; no dejemos a medias lo que reclama el acabamiento de todas sus partes para ser un conjunto orgánico, lógico, eficaz, y conservémonos dentro de la esfera propia, aunque sea de las secundarias, sin intentar colarnos en las superiores, que ya tienen sus legítimos ocupantes. Cada cual en su puesto, cada cual en su obligación, con el propósito de cumplirla estrictamente, será la redención única y posible, poniendo sobre todo, el anhelo, la convicción firme de un vivir honrado y dichoso, en perfecta concordancia con el bienestar y la honradez de los demás.
¿Es esto soñar? ¡Desgraciado el pueblo que no tiene algún ensueño constitutivo y crónico, norma para la realidad, jalón plantado en las lejanías de su camino!

Noviembre de 1903
B. Pérez Galdós

lunes, 4 de marzo de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre la traslación de "Marianela", de Pérez Galdós, al cómic

Una de las ilustraciones del cómic ‘Marianela’. ("El País")

   En "El País":

Pérez Galdós como guionista de cómic

Rayco Pulido crea un tebeo a partir de ‘Marianela’, novela del escritor sobre un pueblo minero

 Madrid 28 FEB 2013

La lista de clásicos de la literatura universal llevada al cómic es larga y variada: de la Odisea a Romeo y Julieta y de Moby Dyck hasta El lazarillo de Tormes se han visto convertidos en personajes de historieta en los últimos años. Sin embargo, hasta ahora nadie había tratado de adaptar al lenguaje del cómic la narrativa discursiva de Benito Pérez Galdós y el argumento de su novela Marianela, ambientada en un pueblo minero del norte de España en la segunda mitad del siglo XIX.
Ha tenido que ser un coterráneo del creador de Fortunata y Jacinta, el historietista Rayco Pulido Rodríguez (Telde, Gran Canaria, 1978) el atrevido dispuesto a meterle tinta y pincel a la belleza interior y de la grandeza del espíritu humano con una gran carga simbólica.
Cuenta Pulido que uno de los motivos que le animó a emprender esta aventura de 170 páginas fue darse cuenta, en los tiempos en que trabajó de profesor, de cuánto le costaba a los jóvenes “entrar” en la obra de Galdós. “A muchos, y a mí mismo cuando lo leí en el colegio, ese estilo nos hacía rechazar la lectura pese al indudable valor de las obras”.
“Su estructura y su sencillez favorecen la adaptación, quizás por eso es uno de sus libros que ha sido más traducido a otros lenguajes —opera, cine, telenovelas, incluso seriales radiofónicos—”. La obra, considerada “menor” por los críticos, en su versión teatral fue la que más éxito cosechó de Galdós adaptada por los hermanos Quintero, y que sirvió a la actriz Margarita Xirgu para dar el salto del circuito catalán al panorama escénico nacional, recuerda Pulido.
Marianela, cuyo título en el cómic de Pulido es simplemente Nela, se desarrolla en la estación minera de Socartes (en realidad, el complejo minero santanderino de Reocín) y cuenta la historia de una chica huérfana y poco agraciada físicamente que es la única amiga de Pablo, un joven ciego de posición social acomodada a quien sirve de lazarillo y de quien se enamora. Pablo sólo conoce el mundo a través de los ojos y descripciones de Nela, y cree estar también enamorado de ella, rechazando los desaires de que ella es objeto por las gentes pueblerinas. Pero la llegada de un oftalmólogo famoso, hermano del ingeniero Teodoro Golfín, lo cambia todo y se desencadena el drama al dar esperanzas a Pablo de que podrá recuperar la visión. Una vez con la capacidad de ver, Pablo se enamora de la belleza de la prima de Nela y ella se deja morir al saber que perderá su única razón para vivir.
En la adaptación se elimina al narrador y la tensión se logra con la acción y los diálogos. “El drama de Nela se ve venir, es muy predecible y por eso mismo funciona muy bien”, afirma el autor.
Pulido considera que su versión de Marianela es fiel al original y “ha respetado al máximo” el texto galdosiano, eliminando sólo algunos fragmentos no esenciales que podían distraer al lector. “Pero del contenido no queda nada fuera”. El autor afirma que sólo se ha permitido una licencia final, ya que la obra termina con la visita de unos turistas a Socartes, que al preguntar por su tumba nadie recuerda la historia de la pequeña joven de bello corazón pero de formas raquíticas. “Me dio pena, ella tenía que obtener al menos una victoria final”.

miércoles, 19 de mayo de 2010

LECTURA. ENSAYO. "Por cuenta propia. Leer y escribir", de Rafael Chirbes (3)

Rafael Chirbes
En el ensayo Por cuenta propia. Leer y escribir, sobre Pérez Galdós:

Lo dice brillantemente Blanco Aguinaga: para Galdós, la cuestión de España no es metafísica, como lo será para los del 98, no tendrá nada que ver con los quejumbrosos lamentos del yo, no es una excusa del alma: es histórica; "el paisaje es histórico", insisten Blanco y Rodríguez Puértolas, y añaden: "como en Machado, como excepción del 98". Galdós es el único entre los grandes escritores españoles -sólo en algunos trechos acompañado por Clarín y Blasco- que plantea esa historicidad del alma: el espíritu como mero depósito sedimentario de la historia, un producto de la economía: en sus novelas de madurez -como en las de Balzac- los caracteres cambian dependiendo de si obtienen o pierden una renta, de si suben o bajan sus acciones en bolsa, de si pueden o no pueden adquirir una butaca en un palco para asistir a la ópera; y todo ese baile social, el cambio de un mundo a otro, de una manera de ser a otra, la frustración de los que se quedan en su sitio o bajan, el orgullo y voracidad de los que suben o quieren subir, es precisamente el núcleo de su narrativa. Para que nadie se permita una lectura torcida, él se encarga de cerrar las vías de fuga del lector, poniéndoles fecha por igual a los acontecimientos históricos y a los movimientos del alma de sus personajes. Hace coincidir los seísmos públicos y los privados, las revoluciones con estados de euforia personal, las caídas en bolsa con los desplomes del alma. (Páginas 141-142)
Editorial Anagrama. Colección Argumentos .

PÉREZ GALDÓS (1843-1920). NOVELA ESPAÑOLA. "Fortunata y Jacinta" (fragmento)

Benito Pérez Galdós



Así comienza Fortunata y Jacinta (1887):
            I
Juanito Santa Cruz

                                                   I
Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez, Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos el mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse en la de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discípulo de Novar, y Villalonga de Coronado. Ni tenían todos el mismo grado de aplicación: Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas señales de asentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz y Villalonga se ponían siempre en la grada más alta, envueltos en sus capas y más parecidos a conspiradores que a estudiantes. Allí pasaban el rato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas o soplándose recíprocamente la lección cuando el catedrático les preguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un día una sartén (no sé si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafísica) y frieron un par de huevos. Otras muchas tonterías de este jaez cuenta Villalonga, las cuales no copio por no alargar este relato. Todos ellos, a excepción de Miquis, que se murió en el 64 soñando con la gloria de Schiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de san Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa ocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganó dos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias. Pero Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibió un sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y llevado a la prevención en una cuerda de presos, compuesta de varios estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra me lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, si de él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bien relacionado.
     ¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es para contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían no volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y se recreaban con inefables goces de padres chochos de cariño, aunque no eran viejos. Cuando el tal Juanito entró en su casa, pálido y hambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes y oliendo a pueblo, su mamá vacilaba entre reñirle y comérsele a besos. El insigne Santa Cruz, que se había enriquecido honradamente en el comercio de paños, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas no era socio de la revoltosa Tertulia, porque las inclinaciones antidinásticas de Olózaga y Prim le hacían muy poca gracia. Su club era el salón de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D. Manuel Cantero, D. Cirilo Álvarez y D. Joaquín Aguirre, y algunas D. Pascual Madoz. No podía ser, pues, D. Baldomero, por razón de afinidades personales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompañó a Gobernación para ver a González Bravo, y éste dio al punto la orden para que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, el descamisado Juanito.
     Cuando el niño estudiaba los últimos años de su carrera, verificose en él uno de esos cambiazos críticos que tan comunes son en la edad juvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismo Zalamero daba quince y raya. Entrole la comezón de cumplir religiosamente sus deberes escolásticos y aun de instruirse por su cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique declamatorio entre amiguitos. No sólo iba a clase puntualísimo y cargado de apuntes, sino que se ponía en la grada primera para mirar al profesor con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia, y aprobar con cabezadas la explicación, como diciendo: "yo también me sé eso y algo más". Al concluir la clase, era de los que le cortan el paso al catedrático para consultarle un punto oscuro del texto o que les resuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibunda aplicación. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traía muy desasosegado. Por aquellos días no era todavía costumbre que fuesen al Ateneo los sabios de pecho que están mamando la leche del conocimiento. Juanito se reunía con otros cachorros en la casa del chico de Tellería (Gustavito) y allí armaban grandes peloteras. Los temas más sutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y de otras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudios experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel) eran para ellos lo que para otros el trompo o la cometa. ¡Qué gran progreso en los entretenimientos de la niñez! ¡Cuando uno piensa que aquellos mismos nenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habrían pasado el tiempo mamándose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberías...!
     Todos los dineros que su papá le daba, dejábalos Juanito en casa de Bailly-Baillière, a cuenta de los libros que iba tomando. Refiere Villalonga que un día fue Barbarita reventando de gozo y orgullo a la librería, y después de saldar los débitos del niño, dio orden de que entregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen caros y tan grandes como misales. La bondadosa y angelical señora quería poner un freno de modestia a la expresión de su vanidad maternal. Figurábase que ofendía a los demás, haciendo ver la supremacía de su hijo entre todos los hijos nacidos y por nacer. No quería tampoco profanar, haciéndolo público, aquel encanto íntimo, aquel himno de la conciencia que podemos llamar los misterios gozosos de Barbarita. Únicamente se clareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadas razones: "¡Ay qué chico!... ¡Cuánto lee! Yo digo que esas cabezas tienen algo, algo, sí señor, que no tienen las demás... En fin, más vale que le dé por ahí".
     Concluyó Santa Cruz la carrera de Derecho, y de añadidura la de Filosofía y Letras. Sus papás eran muy ricos y no querían que el niño fuese comerciante, ni había para qué, pues ellos tampoco lo eran ya. Apenas terminados los estudios académicos, verificose en Juanito un nuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan el misterioso paso o transición de edades en el desarrollo individual. Perdió bruscamente la afición a aquellas furiosas broncas oratorias por un más o un menos en cualquier punto de Filosofía o de Historia; empezó a creer ridículos los sofocones que se había tomado por probar que en las civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era un poquito más ilimitado que el de los reyes, contra la opinión de Gustavito Tellería, el cual sostenía, dando puñetazos sobre la mesa, que lo era un poquitín menos. Dio también en pensar que maldito lo que le importaba que la conciencia fuera la intimidad total del ser racional consigo mismo, o bien otra cosa semejante, como quería probar, hinchándose de convicción airada, Joaquinito Pez. No tardó, pues, en aflojar la cuerda a la manía de las lecturas, hasta llegar a no leer absolutamente nada. Barbarita creía de buena fe que su hijo no leía ya porque había agotado el pozo de la ciencia.
     Tenía Juanito entonces veinticuatro años. Le conocí un día en casa de Federico Cimarra, en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me ha olvidado la fecha exacta; pero debió de ser esta hacia el 69, porque recuerdo que se habló mucho de Figuerola, de la capitación y del derribo de la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muy bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo favores positivos. Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las paradojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia y tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar demasiado. Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero botarate.
     Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, que no se atrevía a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todas las demás señoras habían de tener celos de ella. Si esta pasión de madre daba a Barbarita inefables alegrías, también era causa de zozobras y cavilaciones. Temía que Dios la castigase por su orgullo; temía que el adorado hijo enfermara de la noche a la mañana y se muriera como tantos otros de menos mérito físico y moral. Porque no había que pensar que el mérito fuera una inmunidad. Al contrario, los más brutos, los más feos y los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma muerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a su alma se defendía Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba, una voz interior, susurro dulcísimo como chismes traídos por el Ángel de la Guarda, le decía que su hijo no moriría antes que ella. Los cuidados que al chico prodigaba eran esmeradísimos; pero no tenía aquella buena señora las tonterías dengosas de algunas madres, que hacen de su cariño una manía insoportable para los que la presencian, y corruptora para las criaturas que son objeto de él. No trataba a su hijo con mimo. Su ternura sabía ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce.
     ¿Y por qué le llamaba todo el mundo y le llama todavía casi unánimemente Juanito Santa Cruz? Esto sí que no lo sé. Hay en Madrid muchos casos de esta aplicación del diminutivo o de la fórmula familiar del nombre, aun tratándose de personas que han entrado en la madurez de la vida. Hasta hace pocos años, al autor cien veces ilustre de Pepita Jiménez, le llamaban sus amigos y los que no lo eran, Juanito Valera. En la sociedad madrileña, la más amena del mundo porque ha sabido combinar la cortesía con la confianza, hay algunos Pepes, Manolitos y Pacos que, aun después de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos, continúan nombrados con esta familiaridad democrática que demuestra la llaneza castiza del carácter español. El origen de esto habrá que buscarlo quizá en ternuras domésticas o en hábitos de servidumbre que trascienden sin saber cómo a la vida social. En algunas personas, puede relacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles que nacieron predestinados para ser Manolos toda su vida. Sea lo que quiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doña Bárbara Arnaiz le llamaban Juanito, y Juanito le dicen y le dirán quizá hasta que las canas de él y la muerte de los que le conocieron niño vayan alterando poco a poco la campechana costumbre.
     Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner el rótulo social de brillante, considerara ocioso y hasta ridículo el meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... "Y por último -decía- pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué...?". El mundo tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas sacadas a la fuerza, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por declararse a sí mismo que más sabe el que vive sin querer saber que el que quiere saber sin vivir, o sea aprendiendo en los libros y en las aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que tragaba y el reposo con que digería.

PRENSA. 19 mayo 2010

En "El País":

1. Periodistas. Columna de Elvira Lindo.

2. El evangelio del desierto chileno. Por Javier Rodríguez Marcos. Hernán Rivera Letelier recibe el galardón por 'El arte de la resurrección' - La edición digital de la obra estará disponible en la plataforma Libranda.

3. Marcharse a por tabaco. Por Manuel Rodríguez Rivero. La huida como motivo literario.

4. De dios a bufón en un clic. Reportaje de Miguel Calzado y Santiago Gimeno. La reputación 'online' está en alza - La Red bulle de rumores y las empresas contratan a consultoras para limpiar su nombre. Difamar no siempre sale gratis. Análisis, por Javier Martín.

5. Electra, electricidad. Artículo sobre la obra de Pérez Galdós. Por el escritor chileno Jorge Edwards.

6. Mujeres tras las barricadas. Por José Reinoso, enviado especial. Campesinas y estudiantes desempeñan un papel clave en la protesta de Bangkok.

martes, 18 de mayo de 2010

PÉREZ GALDÓS (1843-1920). NOVELA ESPAÑOLA. "Doña Perfecta" (fragmento)

Benito Pérez Galdós


Así comienza Doña Perfecta (1876):

                                   I
¡Villahorrenda...!, ¡cinco minutos...!


     Cuando el tren mixto descendente, núm. 65 (no es preciso nombrar la línea), se detuvo en la pequeña estación situada entre los kilómetros 171 y 172, casi todos los viajeros de segunda y tercera clase se quedaron durmiendo o bostezando dentro de los coches, porque el frío penetrante de la madrugada no convidaba a pasear por el desamparado andén. El único viajero de primera que en el tren venía bajó apresuradamente, y dirigiéndose a los empleados, preguntoles si aquel era el apeadero de Villahorrenda. (Este nombre, como otros muchos que después se verán, es propiedad del autor.)
     -En Villahorrenda estamos -repuso el conductor, cuya voz se confundía con el cacarear de las gallinas que en aquel momento eran subidas al furgón-. Se me había olvidado llamarle a Vd., señor de Rey. Creo que ahí le esperan a Vd. con las caballerías.
     -¡Pero hace aquí un frío de tres mil demonios! -dijo el viajero envolviéndose en su manta-. ¿No hay en el apeadero algún sitio dónde descansar y reponerse antes de emprender un viaje a caballo por este país de hielo?
     No había concluido de hablar, cuando el conductor, llamado por las apremiantes obligaciones de su oficio, marchose, dejando a nuestro desconocido caballero con la palabra en la boca. Vio este que se acercaba otro empleado con un farol pendiente de la derecha mano, el cual movíase al compás de la marcha, proyectando geométrica serie de ondulaciones luminosas. La luz caía sobre el piso del andén, formando un zig-zag semejante al que describe la lluvia de una regadera.
     -¿Hay fonda o dormitorio en la estación de Villahorrenda? -preguntó el viajero al del farol.
     -Aquí no hay nada -respondió este secamente, corriendo hacia los que cargaban y echándoles tal rociada de votos, juramentos, blasfemias y atroces invocaciones que hasta las gallinas escandalizadas de tan grosera brutalidad, murmuraron dentro de sus cestas.
     -Lo mejor será salir de aquí a toda prisa -dijo el caballero para su capote-. El conductor me anunció que ahí estaban las caballerías.
     Esto pensaba, cuando sintió que una sutil y respetuosa mano le tiraba suavemente del abrigo. Volviose y vio una oscura masa de paño pardo sobre sí misma revuelta y por cuyo principal pliegue asomaba el avellanado rostro astuto de un labriego castellano. Fijose en la desgarbada estatura que recordaba al chopo entre los vegetales; vio los sagaces ojos que bajo el ala de ancho sombrero de terciopelo viejo resplandecían; vio la mano morena y acerada que empuñaba una vara verde, y el ancho pie que, al moverse, hacía sonajear el hierro de la espuela.
     -¿Es Vd. el Sr. D. José de Rey? -preguntó echando mano al sombrero.
     -Sí; y Vd. -repuso el caballero con alegría- será el criado de doña Perfecta que viene a buscarme a este apeadero para conducirme a Orbajosa.
     -El mismo. Cuando Vd. guste marchar... La jaca corre como el viento. Me parece que el señor D. José ha de ser buen jinete. Verdad es que a quien de casta le viene...
     -¿Por dónde se sale? -dijo el viajero con impaciencia-. Vamos, vámonos de aquí, señor... ¿Cómo se llama Vd.?
     -Me llamo Pedro Lucas -respondió el del paño pardo, repitiendo la intención de quitarse el sombrero- pero me llaman el tío Licurgo. ¿En dónde está el equipaje del señorito?
     -Allí bajo el reloj lo veo. Son tres bultos. Dos maletas y un mundo de libros para el Sr. D. Cayetano. Tome Vd. el talón.
     Un momento después señor y escudero hallábanse a espaldas de la barraca llamada estación, frente a un caminejo que partiendo de allí se perdía en las vecinas lomas desnudas, donde confusamente se distinguía el miserable caserío de Villahorrenda. Tres caballerías debían transportar todo, hombres y mundos. Una jaca, de no mala estampa, era destinada al caballero. El tío Licurgo oprimiría los lomos de un cuartago venerable, algo desvencijado aunque seguro, y el macho cuyo freno debía regir un joven zagal de piernas listas y fogosa sangre, cargaría el equipaje.
     Antes de que la caravana se pusiese en movimiento, partió el tren, que se iba escurriendo por la vía con la parsimoniosa cachaza de un tren mixto. Sus pasos, retumbando cada vez más lejanos, producían ecos profundos bajo tierra. Al entrar en el túnel del kilómetro 172, lanzó el vapor por el silbato, y un aullido estrepitoso resonó en los aires. El túnel, echando por su negra boca un hálito blanquecino, clamoreaba como una trompeta, al oír su enorme voz, despertaban aldeas, villas, ciudades, provincias.
     Aquí cantaba un gallo, más allá otro. Principiaba a amanecer.

                               II
Un viaje por el corazón de España

     Cuando, empezada la caminata, dejaron a un lado las casuchas de Villahorrenda, el caballero, que era joven y de muy buen ver, habló de este modo:
     -Dígame Vd., Sr. Solón...
     -Licurgo, para servir a Vd...
     -Eso es, Sr. Licurgo. Bien decía yo que era usted un sabio legislador de la antigüedad. Perdone Vd. la equivocación. Pero vamos al caso. Dígame Vd., ¿cómo está mi señora tía?
     -Siempre tan guapa -repuso el labriego, adelantando algunos pasos su caballería-. Parece que no pasan años por la señora doña Perfecta. Bien dicen que al bueno Dios le da larga vida. Así viviera mil años ese ángel del Señor. Si las bendiciones que le echan en la tierra fueran plumas, la señora no necesitaría más alas para subir al cielo.
     -¿Y mi prima la señorita Rosario?
     -¡Bien haya quien a los suyos parece! -dijo el aldeano-. ¿Qué he de decirle de doña Rosarito, sino que es el vivo retrato de su madre? Buena prenda se lleva Vd., caballero D. José, si es verdad, como dicen, que ha venido para casarse con ella. Tal para cual, y la niña no tiene tampoco por qué quejarse. Poco va de Pedro a Pedro.
     -¿Y el Sr. D. Cayetano?
     -Siempre metidillo en la faena de sus libros. Tiene una biblioteca más grande que la catedral, y también escarba la tierra para buscar piedras llenas de unos demonches de garabatos que dicen escribieron los moros.
     -¿En cuánto tiempo llegaremos a Orbajosa?
     -A las nueve, si Dios quiere. Poco contenta se va a poner la señora cuando vea a su sobrino... ¿Y la señorita Rosarito que estaba ayer disponiendo el cuarto en que Vd. ha de vivir...? Como no le han visto nunca, la madre y la hija están que no viven, pensando en cómo será este Sr. don José. Ya llegó el tiempo de que callen cartas y hablen barbas. La prima verá al primo y todo será fiesta y gloria. Amanecerá Dios y medraremos, como dijo el otro.
     -Como mi tía y mi prima no me conocen todavía -dijo sonriendo el caballero-, no es prudente hacer proyectos.
     -Verdad es; por eso se dijo que uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla -repuso el labriego-. Pero la cara no engaña... ¡Qué alhaja se lleva Vd.! ¡Y qué buen mozo ella!
     El caballero no oyó las últimas palabras del tío Licurgo, porque iba distraído y algo meditabundo. Llegaban a un recodo del camino, cuando el labriego, torciendo la dirección a las caballerías, dijo:
     -Ahora tenemos que echar por esta vereda. El puente está roto y no se puede vadear el río sino por el cerrillo de los Lirios.
     -¡El cerrillo de los Lirios! -dijo el caballero, saliendo de su meditación-. ¡Cómo abundan los nombres poéticos en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras, me sorprende la horrible ironía de los nombres. Tal sitio que se distingue por su árido aspecto y la desolada tristeza del negro paisaje, se llama Valle-ameno. Tal villorrio de adobes que miserablemente se extiende sobre un llano estéril y que de diversos modos pregona su pobreza, tiene la insolencia de nombrarse Villa-rica; y hay un barranco pedregoso y polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y que sin embargo se llama Valdeflores. ¿Eso que tenemos delante es el Cerrillo de los Lirios? ¿Pero dónde están esos lirios, hombre de Dios? Yo no veo más que piedras y yerba descolorida. Llamen a eso el Cerrillo de la Desolación y hablarán a derechas. Exceptuando Villahorrenda, que parece ha recibido al mismo tiempo el nombre y la hechura, todo aquí es ironía. Palabras hermosas realidad prosaica y miserable. Los ciegos serían felices en este país, que para la lengua es paraíso y para los ojos infierno.
     El Sr. Licurgo, o no entendió las palabras del caballero Rey o no hizo caso de ellas. Cuando vadearon el río, que turbio y revuelto corría con impaciente precipitación, como si huyera de sus propias orillas, el labriego extendió el brazo hacia unas tierras que a la siniestra mano en grande y desnuda extensión se veían, y dijo:
     -Estos son los Alamillos de Bustamante.
     -¡Mis tierras! -exclamó con júbilo el caballero, tendiendo la vista por el triste campo que alumbraban las primeras luces de la mañana-. Es la primera vez que veo el patrimonio que heredé de mi madre. La pobre hacía tales ponderaciones de este país, y me contaba tantas maravillas de él, que yo, siendo niño, creía que estar aquí era estar en la gloria. Frutas, flores, caza mayor y menor, montes, lagos, ríos, poéticos arroyos, oteros pastoriles, todo lo había en los Alamillos de Bustamante, en esta tierra bendita, la mejor y más hermosa de todas las tierras... ¡Qué demonio! La gente de este país vive con la imaginación. Si en mi niñez, y cuando vivía con las ideas y con el entusiasmo de mi buena madre, me hubieran traído aquí, también me habrían parecido encantadores estos desnudos cerros, estos llanos polvorientos o encharcados, estas vetustas casas de labor, estas norias desvencijadas, cuyos cangilones lagrimean lo bastante para regar media docena de coles, esta desolación miserable y perezosa que estoy mirando.

lunes, 17 de mayo de 2010

PÉREZ GALDÓS (1843-1920). NOVELA ESPAÑOLA. "Miau" (fragmento)

Benito Pérez Galdós



Primeras páginas de Miau (1888):

     A las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios. Ningún himno a la libertad, entre los muchos que se han compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina escolar y echarse a la calle piando y saltando. La furia insana con que se lanzan a los más arriesgados ejercicios de volatinería, los estropicios que suelen causar a algún pacífico transeúnte, el delirio de la autonomía individual que a veces acaba en porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres... Salieron, como digo, en tropel; el último quería ser el primero, y los pequeños chillaban más que los grandes. Entre ellos había uno de menguada estatura, que se apartó de la bandada para emprender solo y calladito el camino de su casa. Y apenas notado por sus compañeros aquel apartamiento que más bien parecía huida, fueron tras él y le acosaron con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno le cogía del brazo, otro le refregaba la cara con sus manos inocentes, que eran un dechado completo de cuantas porquerías hay en el mundo; pero él logró desasirse y... pies, para qué os quiero. Entonces dos o tres de los más desvergonzados le tiraron piedras, gritando Miau; y toda la partida repitió con infernal zipizape: Miau, Miau.
     El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho años, quizá de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos para devolverlas. Siempre fue el menos arrojado en las travesuras, el más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le impidiera decir bien lo que sabía o disimular lo que ignoraba. Al doblar la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir a su casa, que estaba en la calle de Quiñones, frente a la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra a la espalda, el pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. Llamaban al tal Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo mejor que Cadalso tenía en ella. Su padre, sacristán de la iglesia de Montserrat, le destinaba a seguir la carrera de Derecho, porque se le había metido en la cabeza que el mocoso aquel llegaría a ser personaje, quizás orador célebre, ¿por qué no ministro? La futura celebridad habló así a su compañero:
     "Mia tú, Caarso, si a mí me dieran esas chanzas, de la galleta que les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo que no se deben poner motes a las presonas. ¿Sabes tú quién tie la culpa? Pues Posturitas, el de la casa de empréstamos. Ayer fue contando que su mamá había dicho que a tu abuela y a tus tías las llaman las Miaus, porque tienen la fisonomía de las caras, es a saber, como las de los gatos. Dijo que en el paraíso del Teatro Real les pusieron este mal nombre, y que siempre se sientan en el mismo sitio, y que cuando las ven entrar, dice toda la gente del público: 'Ahí están ya las Miaus'".
     Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de su familia.
     "Posturitas es un ordinario y un disinificante -añadió Silvestre-, y eso de poner motes es de tíos. Su padre es un tío, su madre una tía, y sus tías unas tías. Viven de chuparle la sangre al pobre, y ¿qué te crees?, al que no desempresta la capa, le despluman, es a saber, que se la venden y le dejan que se muera de frío. Mi mamá las llama las arpidas. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón colgando las capas para que les dé el aire? Son más feas que un túmulo, y dice mi papá que con las narices que tienen se podrían hacer las patas de una mesa y sobraba maera... Pues también Posturitas es un buen mico; siempre pintándola y haciendo gestos como los clos del Circo. Claro, como a él le han puesto mote, quiere vengarse, encajándotelo a ti. Lo que es a mí no me lo pone ¡contro!, porque sabe que tengo yo mu malas pulgas, pero mu malas... Como tú eres así tan poquita cosa, es a saber, que no achuchas cuando te dicen algo, vele ahí por qué no te guarda el rispeto".
     Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró a su amigo con tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: "Yo no te llamo Miau, ¡contro!, no tengas cuidado que yo te llame Miau"; y partió a escape hacia Montserrat.
     En el portal de la casa en que Cadalso habitaba, había un memorialista. El biombo o bastidor, forrado de papel imitando jaspes de variadas vetas y colores, ocultaba el hueco del escritorio o agencia donde asuntos de tanta monta se despachaban de continuo. La multiplicidad de ellos se declaraba en manuscrito cartel, que en la puerta de la casa colgaba. Tenía forma de índice y decía de esta manera:


     Casamientos. Se andan los pasos de la Vicaría con prontitud y economía.
     Doncellas. Se proporcionan.
     Mozos de comedor. Se facilitan.
     Cocineras. Se procuran.
     Profesor de acordeón. Se recomienda.
     Nota. Hay escritorio reservado para señoras.


     Abstraído en sus pensamientos, pasaba el buen Cadalso junto al biombo, cuando por el hueco que este tenía hacia el interior del portal, salieron estas palabras: "Luisín, bobillo, estoy aquí". Acercose el muchacho, y una mujerona muy grandona echó los brazos fuera del biombo para cogerle en ellos y acariciarle: "¡Qué tontín! Pasas sin decirme nada. Aquí te tengo la merienda. Mendizábal fue a las diligencias. Estoy sola, cuidando la oficina, por si viene alguien. ¿Me harás compañía?".
     La señora de Mendizábal era de tal corpulencia, que cuando estaba dentro del escritorio parecía que había entrado en él una vaca, acomodando los cuartos traseros en el banquillo y ocupando todo el espacio restante con el desmedido volumen de sus carnes delanteras. No tenía hijos, y se encariñaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con Luisito, merecedor de lástima y mimos por su dulzura humilde, y más que por esto por las hambres que en su casa pasaba, al decir de ella. Todos los días le reservaba una golosina para dársela al volver de la escuela. La de aquella tarde era un bollo (de los que llaman del Santo) que estaba puesto sobre la salvadera, y tenía muchas arenillas pegadas en la costra de azúcar. Pero Cadalsito no reparó en esto al hincarle su diente con gana. "Súbete ahora -le dijo la portera memorialista, mientras él devoraba el bollo con grajea de polvo de escribir-; súbete, cielo, no sea que tu abuela te riña; dejas los libritos, y bajas a hacerme compañía y a jugar con Canelo".
     El chiquillo subió con presteza. Abriole la puerta una señora cuya cara podía dar motivo a controversias numismáticas, como la antigüedad de ciertas monedas que tienen borrada la inscripción, pues unas veces, mirada de perfil y a cierta luz, daban ganas de echarle los sesenta, y otras el observador entendido se contenía en la apreciación de los cuarenta y ocho o los cincuenta bien conservaditos.
     Tenía las facciones menudas y graciosas, del tipo que llaman aniñado, la tez rosada todavía, la cabellera rubia cenicienta, de un color que parecía de alquimia, con cierta efusión extravagante de los mechones próximos a la frente. Veintitantos años antes de lo que aquí se refiere, un periodistín que escribía la cotización de las harinas y las revistas de sociedad, anunciaba de este modo la aparición de aquella dama en los salones del Gobernador de una provincia de tercera clase: "¿Quién es aquella figura arrancada de un cuadro del Beato Angélico, y que viene envuelta en nubes vaporosas y ataviada con el nimbo de oro de la iconografía del siglo XIV?". Las vaporosas nubes eran el vestidillo de gasa que la señora de Villaamil encargó a Madrid por aquellos días, y el áureo nimbo, el demonio me lleve si no era la efusión de la cabellera, que entonces debía de ser rubia, y por tanto cotizable a la par, literariamente, con el oro de Arabia.
     Cuatro o cinco lustros después de estos éxitos de elegancia en aquella ciudad provinciana, cuyo nombre no hace al caso, doña Pura, que así se llamaba la dama, en el momento aquel de abrir la puerta a su nietecillo, llevaba peinador no muy limpio, zapatillas de fieltro no muy nuevas, y bata floja de tartán verde.
     -¡Ah!, eres tú, Luisín -le dijo-. Yo creí que era Ponce con los billetes del Real. ¡Y nos prometió venir a las dos! ¡Qué formalidades las de estos jóvenes del día!
     En este punto apareció otra señora muy parecida a la anterior en la corta estatura, en lo aniñado de las facciones y en la expresión enigmática de la edad. Vestía chaquetón degenerado, descendiente de un gabán de hombre, y un mandil largo de arpillera, prenda de cocina en todas partes. Era la hermana de doña Pura, y se llamaba Milagros. En el comedor, a donde fue Luis para dejar sus libros, estaba una joven cosiendo, pegada a la ventana para aprovechar la última luz del día, breve como día de febrero. También aquella hembra se parecía algo a las otras dos, salvo la diferencia de edad. Era Abelarda, hija de doña Pura, y tía de Luisito Cadalso. La madre de este, Luisa Villaamil, había muerto cuando el pequeñuelo contaba apenas dos años de edad. Del padre de este, Víctor Cadalso, se hablará más adelante.