Mostrando entradas con la etiqueta Izquierdo José María. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Izquierdo José María. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de noviembre de 2013

PRENSA. "Cómo llegar a ser un político de rompe y rasga". José María Izquierdo

José María Izquierdo

   En "El País":

Cómo llegar a ser un político de rompe y rasga

La autoridad tira de cuchillas para contener a los subsaharianos en la frontera de Melilla. Es escandaloso utilizar las armas de los cazadores de Atapuerca en pleno siglo XXI, el de la ciencia y la informática

 6 NOV 2013

A José K., pobre, le duelen todas las falangetas, falanginas y falanges de todos los dedos de las dos manos. Advierte, en este agitado despertar, que el tormento, además, se transmite a los cinco huesos del metacarpo e incluso a los ocho del carpo —o muñeca— de cada una de ellas. En total, 54 huesecillos, que no son pocos. Pero añadan, por favor, las láminas ungueales, las lúnulas y hasta los hiponiquios, que también le tienen en un ay. Quejido metafórico, afortunadamente, porque nuestro hombre vuelve a mirarse las sarmentosas y manchadas —cosas de la edad— extremidades superiores, y por mucho que se fija, no observa herida, tajo o brecha escandalosa, pero tampoco corte ni incisión ligera. No hay, por tanto, rastro de sangre o cualquier otro líquido orgánico. Será entonces un sufrimiento solo psicológico, se dice, producto de un mal sueño, unas punzadas de angustia de esa pesadilla que poco antes le había hecho despertarse cubierto de sudor frío.
Porque José K. había leído al caer la tarde, en su periódico de siempre, la siguiente noticia: “El Ministerio del Interior español vuelve a colocar cuchillas en la verja de Melilla”. Necesitó una segunda lectura para aceptar lo que estaba ante sus ojos. Y sí, claro que era así: en lo alto de la doble verja que rodea Melilla, 12 kilómetros de sofisticada valla de entre tres y seis metros, la policía —española— ha vuelto a colocar miles de afiladas cuchillas, entremezcladas con los alambres, artilugios salvajes que ya se quitaron en 2007. José K. ha soñado que esas malhadadas concertinas, así las llaman, han vuelto a sajar manos y piernas, a destrozar cartílagos, seccionar venas o arterias, desgarrar músculos, romper huesos. Ha visto en el sueño, aterrorizado, cómo el senegalés Abdoulaye sangraba por ese tajo que se ha hecho en el antebrazo, una herida de más de cinco centímetros de largo y dos de ancho, una boca que no para de manar sangre. O la pierna de Kimbu, camerunés, seccionado el tendón de Aquiles: nunca más volverá a andar normalmente. Y, por último, ha visto la mano derecha destrozada, amputados tres dedos, del nigeriano Okwonkwo. Qué horror. Qué terrible atrocidad.
Esa cuchilla ha sido el punto de no retorno para José K., ya amargado desde aquel 3 de octubre en el que murieron ahogados más de 300 inmigrantes a las puertas de Lampedusa. Ignominia que sumar a la ignominia, salvajada —¿tiene otro nombre la sangrienta maniobra de la policía española?— tras salvajada. Ha dicho el delegado del Gobierno de Mariano Rajoy, de nombre Abdelmalik El Barkani, que “lo que está claro es que hay un mandato que hay que cumplir por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que es que los subsaharianos no consigan entrar”. Bien, bien… A José K. le ha gustado mucho saber que este melillense es neurocirujano: poco le asustan, pues, los instrumentos filosos entrando en la carne viva. Está muy bien que tan insigne profesional se acoja a la obediencia debida que en su descargo ofrecieron los torturadores argentinos o chilenos para arrojar a sus víctimas al mar después de haberles arrancado los testículos. Nuestra misión es impedir que los inmigrantes pasen, dice nuestro galeno político. Y así lo haremos, por supuesto, asegura. ¿Cuchillas, navajas, espadas, tajaderas, pericas, verduguillos? ¿O quizá, en honor de nuestro obediente El Barkani, bisturíes y escalpelos? Cualquier cosa. Las órdenes son las órdenes. Misión cumplida. Nuestra conciencia está a salvo, que no es cosa que nos afecte que Abdoulaye, Kimbu u Okwonkwo deambulen como zombis magullados por el monte Gurugú. A nuestra España no han pasado. La condecoración es mía.

El delegado del Gobierno recibe órdenes de parar el paso a España y lo hace con cualquier cosa
Piensa, repiensa y vuelve a repensar nuestro hombre en cómo es posible que semejante cosa esté pasando. Por qué tanta brutalidad. No encuentra respuesta alguna a las preguntas bastante sencillas —no sabe plantearse otras— que se hace a sí mismo. ¿Cómo es posible, se escandaliza, que en pleno siglo XXI, con millones y millones de ingenieros, de informáticos, de científicos de toda laya y condición, cuando se produce la trasmisión en menos de nanosegundos de todos los conocimientos humanos posibles de un lado a otro del universo, solo sepamos solucionar algo que consideramos un problema con la instalación de estas armas tan crueles que ya utilizaban los cazadores de Atapuerca? ¿Qué políticos ordenan a sus departamentos de compras, con la frialdad del gerente que adquiere rodamientos para sus maquinarias, que se adquieran millones de cuchillas? ¿Cómo se dota ese presupuesto? ¿Qué dice el papel que han firmado esos educados altos cargos? ¿Y cómo se da la orden a la Guardia Civil de que se coloquen esos jamoneros en la valla, con el fin de que unos seres humanos sufran atroces heridas si osan agarrar allá arriba, a seis metros de altura en mitad de cualquier noche de invierno, ese hipotético pase a una vida que se les niega? Porque, ahora, el mundo ha cambiado tras la devastadora crisis; ya no les necesitamos para levantar ladrillo a ladrillo nuestro confortable chalé adosado ni para recoger en invernaderos a temperaturas infernales esas fresitas que tanto lucen en los manteles de los mejores restaurantes.
A raíz de la tragedia de Lampedusa, leyó José K. —vicioso de muchos desenfrenos— en esos medios de la caverna que fungen de derechas, cuando lo son de extrema derecha, que en realidad a quien debíamos culpar de esas terribles situaciones es a los sátrapas africanos, y dejar de exigir heroicidades a Europa. Bien, sea. Paguemos ese peaje. Hay dirigentes africanos corruptos y miserables. ¿Nos basta con citar a nuestro Teodoro Obiang? Además de mafiosos que engañan a los pobres inmigrantes ofreciéndoles unos sórdidos barcos con destino al infierno. Pues ya está dicho, sí. Pero sigamos el mismo camino que sufren tantos y tantos subsaharianos después de sufrir a unos y otros. ¿Cómo calificamos a Silvio Berlusconi, presidente que era del Gobierno italiano en aquel 2002, cuando se proclamó la famosa ley Bossi-Fini que impedía atender a los náufragos en alta mar? ¿Qué nos parece obligar a unos pescadores a permanecer de brazos cruzados y ver morir ante sus ojos a hombres, mujeres y niños, porque tirarles un salvavidas o darles una mano se considera un delito por parte de aquellos políticos tan ricamente alejados de esas pequeñas miserias? A José K. no le resulta excesivo, por qué iba a serlo, llamar canallas –después de hacerlo a tiranos y bandidos africanos si así gustan— a esos civilizadísimos integrantes de partidos que a sí mismos se llaman humanistas, perdonen la risa sardónica de nuestro hombre que oyen de fondo, que ya se le ha puesto la vena de lo que alguien consideraría ira santa.

A un ministro católico hay que preguntarle qué mandamiento señala las  navajas cabriteras
Y como estamos de santos, permitan a nuestro muy encendido amigo que dedique una pequeña coda al señor ministro del Interior, don Jorge Fernández Díaz. Él es el máximo responsable, después del presidente del Gobierno, claro, del regreso de estos instrumentos de tortura a la verja melillense. Conocido José K. por su condición de ateo militante y furioso comecuras —aquí mismo lo ha reconocido en otras ocasiones— le hace mucha gracia preguntarle a quien tanto presume de su acendrado catolicismo —amar al prójimo, proclaman— qué mandamiento señala la conveniencia de utilizar como arma de persuasión las navajas cabriteras. A su papa Francisco le pareció una vergüenza el trágico naufragio de Lampedusa. Podían preguntarle ahora qué opina de ese brazo de Abdoulaye, de la pierna de Kimbu o la mano de Okwonkwo.
Recuerda nuestro hombre que Joseph Conrad o Roger Casement —este último con voz propia o prestada a Mario Vargas Llosa— ya nos han contado que en tiempos de aquel infame y ruin Leopoldo III de Bélgica, se cortaban las manos a los congoleses —niños, hombres y mujeres— que hubieran cometido alguna falta, a juicio de sus negreros, para enseñárselas a sus amos como muestra del cumplimiento del castigo. Ya ven: hemos avanzado mucho en dos siglos.
A José K. se le ocurren algunas cosas más para gritarles a nuestros gobernantes al hilo de tantas manos destrozadas, laceradas o arrancadas. Sobra, cree, enunciarlas.

jueves, 22 de diciembre de 2011

PRENSA. "Si logramos que no nos azoten...", de José María Izquierdo

José María Izquierdo

   En "El País":
Si logramos que no nos azoten...

   Han ganado. Aquí, allá y acullá. Ya nos han vencido, sometido, conquistado. José K. cree que los nuevos amos del universo están convencidos de que lo moderno es volver al siglo XIX y lo antiguo, los avances del siglo XX.

JOSÉ MARÍA IZQUIERDO 21/12/2011

   Confía José K., quizá de forma irresponsablemente ingenua, en que al menos no lleguen a los castigos físicos. Nos recortarán, nos achucharán, nos encogerán, harán papiroflexia -mire qué bonita la pajarita que nos ha salido- con los papeles donde teníamos grabados nuestros derechos, nos cerrarán refugios y si dejan alguno, quizá algún hospital, nos cobrarán la entrada, primero, y cada latido advertido por el estetoscopio sonará con el clic de las cajas registradoras. Pero José K. espera, vaya usted a saber por qué, que no nos apaleen. Algo es algo, se dice mientras ve en el espejo del cuarto de baño esa cara agrietada por los años, sí, pero también por repetir una y otra vez la misma frase: ¿aún quieren más? ¿Aún quieren más? ¿Aún quieren más?
   Mira nuestro hombre, un tanto encorvado, involuntaria muestra de sumisión, a los nuevos amos del mundo, tan triunfadores, tan pavos reales, con esa sonrisa de tampoco es para tanto. Y sí, efectivamente, tampoco es para tanto porque esos que vemos mandan muy poco, que más bien obedecen. ¿Y quiénes son, entonces, se pregunta José K., los que de verdad han conseguido que una señora alemana y un señor francés se repartan un pastel cada vez menos apetitoso y encima nos hagan creer que estamos construyendo una nueva Europa -quiénes, ¿nosotros?-, mientras sus banqueros aguardan a que lleguen los despojos de tanto sucio pig en sus modernos despachos con diseños de la Bauhaus o de Philippe Starck? ¿Quiénes son entonces los que han quitado a un primer ministro -repugnante, bien es cierto- para poner a un obediente empleado de banca? No se sabe, pero lo único que les caracteriza es que siempre, siempre, en cualquier circunstancia, quieren más. Y eso que ya lo tienen todo.
   Así que José K. insiste: puede, incluso, que nos traten bien, piensa, hasta que nos den palmaditas en los mofletes, más bien resecas mejillas según pase el tiempo. Y es que ni tan siquiera necesitan azotarnos o amarrarnos con grilletes. Ya nos han vencido, derrotado, sometido, conquistado. No solo aquí, en este limitado terruño, no. Es sismo de dimensiones apocalípticas por cuanto sacude a todos y cada uno de los continentes. Incluso José K. tiende a pensar que de existir otras galaxias, también en ellas habrían vencido los mismos. Cierto que solo lo han hecho por nuestro bien, que hay que ver cómo hemos gastado tantos años, como unos irresponsables. Por eso vienen ellos -¿quiénes?- a poner orden en este patio de monipodio donde hasta los obreros tenían casa propia -ya ven- y se habían hecho crecer los derechos sociales de las minorías y los más desprotegidos. A tales desmanes, equivocadamente, sin duda alguna, se les había considerado avances de la humanidad. José K., asustado por la velocidad que le arrasa los pensamientos, empieza a verlos como cosas del pasado.
   Y es que ahora ya no necesitan disimular. ¿Para qué? Si ya quitan y ponen primeros ministros y responsables de economía, en un mecanismo de puerta giratoria siempre en movimiento o de alegres, para ellos, tiovivos, hoy en Goldman Sachs o en Lehman Brothers, mañana ministros o gobernadores de bancos centrales para sin solución de continuidad, una vez cumplidos los encargos, retomar sus bien remunerados empleos. José K., con un punto de chulería, producto del enfado, advierte que tiene sus nombres y hasta sus fotos. Aquí están anotados, dice, este, ese otro y aquel de más allá. Y si eso practican esos chafalmejas a escala planetaria, qué no podrán probar en nuestra pequeña granja, minúsculo reducto este en una esquina del muy Viejo Continente.
   Están a punto de lograr, por ejemplo, según ve nuestro hombre, que se haga cierto un sucedido nunca visto a lo largo de la historia: que lleguemos a creer moderno lo que ocurría dos siglos antes y antiguo lo que pasó en el siguiente. Un contradiós. Pero José K. lo ve aquí y allá el siglo XXI. Nos llevan al XIX y abominan del XX. Cuánto mejor aquellos años en que no había regulaciones de sueldos, edades, horarios o contratos. ¿No es excitante comprobar cómo crecía el capitalismo gracias a que aquellos miles de obreros de Manchester se dedicaban a lo suyo, a caerse muertos trabajando, y no a perder el tiempo en vacaciones y horas para el sándwich de pepinillo, que en nada benefician a la producción? Mucho más moderno, dónde va a parar, la vuelta al XIX. Y si me apuran al XVIII, al XVII o al XVI, y no les calienten, ruega José K., que estos nos llevan al antiguo Egipto.
   Convertidos pues contratos, derechos, e incluso los sindicatos, esos entes demoniacos, en antiguallas inservibles del siglo XX que solo retardan el progreso y el futuro, pensemos en su abolición. Cuánto mejor salarios ridículos -400 euros y ya estás dando palmas con las orejas-; olvidarse de convenios colectivos y empieza a picar ahora que ya te diré. Si se me antoja. ¿Dicen que ya ocurre en Alemania, donde empleos a menos de esos 400 euros maquillan de forma vergonzante las cifras de un desempleo muy superior al confesado por el Gobierno de Merkel, mientras los otrora poderosos sindicatos alemanes miran hacia otro lado o quizá ya ni miren porque se han quedado ciegos, mudos y sordos? Pues eso me reafirma en lo que digo, insiste irritado José K., que ellos, esos seres innombrables, nos han desbaratado, pisoteado, laminado, aquí, allá y acullá.
   No quiere nuestro hombre, ya la vena de la frente como una cuerda, perder el tiempo en duques hábiles de manos en distintas disciplinas, ruinosas necrópolis levantadas un día en honor de ridículos caudillos chocarreros, y ni tan siquiera le apetece mencionar lo larga que le quedaba la sisa o corto el tiro en sus galas al presidente pinturero. Prefiere pensar en cómo hemos de levantarnos, unirnos en el lado transparente de la Fuerza, y protegidos por armaduras -yelmo, gorguera, escarcelas-, chalecos antibalas -con kevlar, por supuesto- o trajes NBQ, sin olvidarnos de la imprescindible espada de láser, enfrentarnos, más pronto que tarde, a ese lado oscuro de la Fuerza que ahora todo lo domina y todo lo ensucia.
   ¿Y sabemos quién va a dirigir entonces esta batalla, desde la pura jugada de parchís, dada la desproporción de fuerzas, hasta llegar a la guerra de las galaxias? ¿Quizá el recio agricultor más de izquierdas que nadie será el que nos haga surcar los caminos necesarios para repensarnos la izquierda, española, europea y mundial, necesitada de finas herramientas para desarmar al maligno en este siglo XXI? ¿O será la líder pizpireta, sonrisa amable y compañera de figurillas atirantadas e incluso de raros ejemplares astures con tendencia a la caza del oso? ¿Entonces? ¿Tendremos que dejar nuestras vidas una vez más, tiembla José K., en manos de quienes tanto y tan sonoramente han perdido frente a ese enemigo que ni ahora, después de tan glorioso triunfo, sabe si sube o baja?
   Es posible, es posible, medita pesaroso José K. ¿Y aguardamos el advenimiento de otro querube o volvemos a depositar vida y hacienda en el veterano sarmentoso y tatuado de cicatrices? Cree nuestro hombre que aún queda tiempo para resolver esa pregunta que le quema la lengua nada más plantearla. Ahora, ruega, déjennos un tiempo para llorar a nuestros muertos y rehacer los adentros. Es cosa de poco, lo prometemos. Para calmar el dolor, que un fantasma recorre el universo y la reconquista va a ser inclemente y cuajada de peligros.
   "Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais... atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta Tannhäuser.
   Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
   Es hora de morir".
   (Roy Batty, Blade Runner, Ridley Scott, 1982).
   "Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais... a multitudes despojadas de sus derechos más acá de Orión, y revolverse contra las injusticias y cantar al progreso en esa tierra que habitan los humanos, más allá de la puerta Tannhäuser".
   (Añadido de José K., diciembre 2011).