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viernes, 8 de abril de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Sobre "Caligrafía de los sueños" y "Teniente Bravo", de Juan Marsé

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La libertad de ser uno mismo

ROSA MONTERO 02/04/2011

   Cuando un maestro de la narración como Juan Marsé escribe con ese placer interior, el resultado es una fiesta. Su escritura es ligera, sedosa, conmovedora, exacta. Caligrafía de los sueños está llena de escenas inolvidables. Una de ellas evoca el espléndido relato Teniente Bravo.

   ¡Cuánto cuesta ser libre! Libre para inventar y para jugar con las palabras, libre de la ansiedad por gustar, del ruido del mercado, del miedo a la crítica, del empeño en adaptarnos a lo que desean de nosotros los demás, en vez de luchar por lo que nosotros deseamos. Creo que la madurez literaria pasa obligatoriamente por esa dificilísima libertad interior, que es un estado de gracia quebradizo que uno puede perder en cualquier momento.
   Cuando un maestro de la narración como Juan Marsé escribe con esa libertad y ese placer interior, el resultado es una fiesta. Marsé es uno de esos novelistas erizo que, según la clasificación de Isaiah Berlin, se enroscan sobre sí mismos y siempre escriben la misma historia (el otro tipo de escritor es el zorro, que camina por la llanura buscando nuevos horizontes). Y así, las novelas de Marsé construyen un mundo reconocible, constante y tan sólido como un edificio, una casa en la que se instala el lector mientras le lee. Marsé se habita.
   No todas sus novelas me gustan lo mismo, como es natural. Pero con la última, Caligrafía de los sueños, volvemos al Marsé más puro, más verdadero. El Marsé de siempre, ¡pero tan hermoso! Seguramente fue más ambicioso con otros libros, como Rabos de lagartija; pero justamente por eso me llegaron menos. Porque eran menos libres, menos auténticos. Caligrafía de los sueños es una historia de vocación modesta, aparentemente menor, en la que el autor se permite narrar un mundo muy cercano a su realidad biográfica. Puede hacerlo: es tan mayor y tan sabio que es capaz de contar su vida sin hablar en realidad de sí mismo, sino de todos. Esto es, se ha liberado incluso del peso de su propio yo. Es una historia de iniciación en la vida y en la escritura; en la mentira, y en las consecuencias que esa mentira tiene. Las palabras pesan y narrar nos salva. Qué hermoso que el protagonista decida convertirse en escritor cuando una máquina le machaca una mano (ya no puede ser joyero, que era su oficio; ni pianista, que era su vocación); de modo que la literatura sería la manera de compensar una mutilación. ¿Y no es exactamente así? ¿No escribimos siempre porque nos sentimos mal (como dice Millás), porque no estamos enteros, porque nos falta algo?
   Y qué bella escritura la de este libro, ligera, sedosa, conmovedora, exacta. Es tan bueno Marsé cuando es bueno que, por ejemplo, en Caligrafía... se describe una visita de los chavales a un burdel, lo cual es uno de los tópicos más aburridos y manidos de la literatura, y, sin embargo, aquí el texto sigue latiendo de vida. La novela está llena de escenas inolvidables, pero quizá mi preferida sea la lucha del pequeño Tito por aprender a montar en bicicleta. Tito es un niño de unos seis años, en camiseta y con el pelo alborotado, que pedalea junto al bordillo de la acera en una pequeña bicicleta con ruedines. Pero a Tito le avergüenzan los ruedines, y después de bregar con la bicicleta un rato largo, consigue quitárselos. Todo esto sucede por detrás de otra escena; es una lucha que el protagonista ve de cuando en cuando a través de la ventana de un bar, y que el niño de alguna manera le dedica, como principal testigo de su proeza. Y así, "observa al niño lanzándose una y otra vez con su bici a tumba abierta calle abajo, resuelto y veloz a pesar de los bandazos y las trompadas, la barbilla pegada al manillar y una fijación maniática en la mirada (...) hasta caer estampado en medio de un enredo de ruedas y piernas y brazos (...) Algunos viandantes le aconsejan que lo deje, pero el chaval no atiende a nadie".
   Ese niño obsesionado, ensangrentado y roto, esa épica minúscula y feroz, me recuerdan el relato de Marsé Teniente Bravo, que es uno de los mejores cuentos que he leído en mi vida. El relato sucede en 1955, en un campamento de la Legión en Ceuta, durante una sesión de gimnasia a la que han de someterse los pobres reclutas que hacen la mili allí. El instructor es el teniente Bravo, un militar meticuloso y petimetre, "un hombre pequeño y envarado, joven, bigote fino y hermoso mentón moreno, algo levantisco, hombros caídos y apariencia frágil, pero fibroso y pechugón". Este teniente, cansado de pedir oficialmente útiles de gimnasia sin resultado alguno, ha comprado un potro de segunda mano, un trasto podrido y zanquilargo, y ahora, con petulante suficiencia, está explicando a los medrosos reclutas cómo se salta ese aparato. "Está bien, yo saltaré primero", dice al fin, compadecido quizá de la aprensión de los chicos o más bien deseoso de lucirse: "Pero sólo una vez, así que fijaos bien porque no habrá repetición".
   El resto es previsible, pero no por ello menos demoledor. Es más: el hecho de saber lo que va a suceder es uno de los ingredientes que aportan densidad a la tragedia. El primer salto lo falla de manera discreta: "Se elevó poco, y además no soltó a tiempo las manos del potro y la bota izquierda tropezó con la muñeca. Llevaba tan poco impulso que casi no fue una caída; se abrazó al potro y se dejó resbalar suavemente del otro lado". Pero ya está perdido. Bravo lo intenta una y otra vez, y en cada ocasión lo hace peor, se hace más daño, se rompe más la crisma y la dignidad. Saltar el potro se convierte en una gesta colosal, en la ordalía que va a decidir el resto de su vida, en un drama ridículo pero espantoso, de manera que, al leer el cuento, no sabes si reír o estremecerte ante ese elocuente ejemplo de la insensatez esencial del ser humano y de lo grotesco de nuestras ambiciones. Y así, el pobre teniente, "asomado a su abismo particular", recorre su vía crucis hasta el final, mientras el sargento intenta inútilmente buscar excusas para librarlo de sí mismo y los reclutas se van quedando mudos del espanto. Y por fin, en su enésimo salto, desarbolado, con la bragueta del pantalón torcida sobre la cadera, corre "el último trecho como si cumpliera una penitencia" y se estampa definitivamente, hasta el punto de que tienen que llevárselo en brazos, derrotado y sangrando. Un relato monumental. Gracias, Marsé.

   Caligrafía de los sueños. Juan Marsé. Lumen. Barcelona, 2011. 384 páginas. 22,90 euros. Teniente Bravo. Juan Marsé. DeBolsillo. Barcelona, 2004. 159 páginas. 8,95 euros.

sábado, 5 de marzo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Puro Marsé impuro", de Luis García Montero

Luis García Montero
   En "Público":
Puro Marsé impuro
Luis García Montero. 13 febrero 2011

   La publicación de cada novela de Juan Marsé convierte la ficción en un acontecimiento real para todos sus lectores. Caligrafía de los sueños (Lumen) es un acontecimiento de primera magnitud por su calidad literaria y por la complicidad que el escritor muestra consigo mismo y con su mundo. Una vez más, nos abre las puertas de una geografía llamada Marsé para recordarnos que forma parte imprescindible de la memoria de nuestra mirada. Un lector es alguien que lleva la memoria en sus ojos.
   Ahí está la Barcelona de posguerra con paredes leprosas y barrios llenos de rincones para sobrevivir y de bares para cultivar la decepción. Ahí están el perdedor y el victorioso, el anarquista que mezcla la militancia con el contrabando, y el fascista que apenas oculta con su insolencia la debilidad que humilla su condición humana. El azul es el color del cielo limpio, los sueños, las camisas de los falangistas y el pelaje de algunas ratas vislumbradas en las alcantarillas de la noche. Ahí está el corro de niños y adolescentes que procuran huir de la miseria. Cuentan historias porque saben que la vida sucede siempre en otra parte. Ahí están las chicas que bajan por la calle para demostrar que la belleza se encarna a veces en un rostro, pero que el deseo está dispuesto a pactar con la realidad en cualquier lugar oscuro y debajo de cualquier falda. Y ahí están el cine y las novelas para juntarlo todo, la verdad y la mentira, la crueldad y la piedad, en ese relato único que escriben a la vez la experiencia y la imaginación. Aprendemos a bailar con la vida, nos apretamos a sus muslos, no es posible evitar algún pisotón. Somos seres necesarios, porque somos seres necesitados. Eso es lo que sabe la literatura. De eso vive.
   Juan Marsé definió su personalidad en la memorable dedicatoria de Un día volveré: “A Pep Marsé, mi padre, que me enseñó a combinar la concienciación con la escalivada”. Cada vida es un relato, no porque responda a designios altos y perfectos, sino porque las imaginaciones se van tejiendo en las manos de una experiencia cotidiana que nos enseña a mirar o a cerrar los ojos. El epílogo de Caligrafía de los sueños lleva una cita de Joseph Roth: “Todo lo que crecía requería mucho tiempo para crecer. Y todo lo que desaparecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado”. Aunque las cosas ocurran de forma vertiginosa, siempre somos una negociación con la lentitud. Si los sueños olvidan esa experiencia lenta, si no nacen de ella, se convierten en la locura de un hidalgo que quiere vivir en el siglo XVII con la moral de las novelas de caballería o en el amor obsesivo de una mujer abandonada que pierde la cabeza por una carta que nunca llega. Cervantes inventó la ficción moderna para no cometer los mismos errores que su personaje.
   La experiencia personal e histórica admite pocos dogmas, se parece mucho más a una ficción tramada por el azar que a la madeja de una esencia. El nombre, la identidad y el paisaje de un niño pueden depender de un hecho casual, alguien levanta la mano y detiene un taxi que acierta a pasar por allí. También los cálculos sobre el futuro están sometidos a las peripecias de un mensajero en una mala noche y a los secretos de cada esperanza. La vida se teje como una ficción, y de ahí el poder de la escritura, que sabe cortar en una historia cerrada los hilos sueltos de la existencia. Comprender que todos somos el resultado de un malentendido otorga a Marsé una conciencia clara de la impostura y un emocionante dominio del humor y del amor para tratar a sus personajes. Cuando la ficción modela la realidad, cualquier dato biográfico pierde su carácter anecdótico para crear un sentido. Las novelas de Marsé nos dicen que la vida no es más que un enredo humilde y mortal, pero que los seres humanos merecen respeto precisamente por su fragilidad. Juan Marsé recurre también a una famosa metáfora de Walter Benjamín: “Así es como imaginamos al ángel de la historia. Vuelto hacia el pasado. Donde vemos una cadena de acontecimientos, él ve una única catástrofe que no hace más que amontonar escombros a sus pies. El ángel desearía quedarse, despertar a los muertos y recomponer lo que se ha venido abajo”. Narra las impurezas de la realidad para legitimar los sueños y despreciar los dogmas. Nos invita al sentido y a la desconfianza. Son las paradojas de un escéptico enamorado de la vida.
Juan Marsé

lunes, 7 de febrero de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Caligrafía de los sueños", última novela de Juan Marsé. Por José-Carlos Mainer

Juan Marsé

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Marsé, calígrafo
JOSÉ-CARLOS MAINER
05/02/2011

   Nada es lo que parece, o lo que la gente quisiera que fuera, en la Barcelona de 1948. El nuevo libro del escritor es una nueva destilación de la autobiografía en forma de novela, en la que ha reelaborado o inventado con ternura y sarcasmo las huellas de su propio pasado.

   Se llama Mingo, que es un ridículo hipocorístico de Domingo, pero quiere que le llamen Ringo, como el personaje de John Wayne en La diligencia, de John Ford. Lo recordará algún lector de esta novela como uno de los adolescentes de Si te dicen que caí, el que tiene un padre más declaradamente "rojo". Aquí ha cumplido quince años, es hijo adoptado y acaba de perder un dedo en el taller de joyería donde trabaja. Y quiere ser pianista. Nada es lo que parece, o lo que la gente quisiera que fuera, en 1948... En la primera escena de Caligrafía de los sueños, una mujer desesperada se tiende sobre las vías del tranvía pero no son más que dos trozos de raíl que sobrevivieron a la retirada del servicio. Y la calle donde sucede todo tiene el nombre evocador de Torrente de las Flores aunque parece que recibió su designación por los dos apellidos de un antiguo propietario, el señor Torrente Flores. También Victoria Mir, la suicida, se hace llamar "quinesióloga y quiromasajista" pero ejerce de curandera en su propia casa y hace sus ungüentos con las hierbas que recoge en la Montaña Pelada. Fue la mujer del alcalde de barrio falangista, que se suicidó; su amante, Benito Alonso, fue futbolista y ahora y siempre será un don nadie fantasioso y con pocos escrúpulos, como lo son casi todos: como el capitán Blay y el señor Sucre a quienes ya conocimos en El embrujo de Shanghai.
   Nada es lo que parece pero todavía es peor en "el culo del mundo" -se repite varias veces- que era la Barcelona de entonces (Ringo y sus amigos no olvidarán nunca que el "malo" de la película El signo del Zorro -era Basil Rathbone; el "bueno" era Tyrone Power y la chica, Linda Darnell; el director, Rouben Mamoulian- había sido profesor de esgrima en Barcelona: jamás pudieron imaginar que el nombre de su ciudad se oyera en un filme de Hollywood). Pero Ringo intuye pronto la inestabilidad fantasmal de lo que le rodea: "Como suele sucederle en los sueños, percibe en todo lo que está pasando aquí una mezcla de veracidad y absurdo", leemos al comienzo de la novela. Es su frase clave, si añadimos también a los ingredientes una tragedia impotente y un choteo resignado. Juan Marsé ha averiguado que la fidelidad a la memoria supone confiar en un material muy frágil que el tiempo y el egoísmo modifican inexorablemente. Novela a novela, el escritor ha descubierto que la memoria es cada vez menos exacta (al menos, desde la vuelta de tuerca que supuso Un día volveré). Pero también sabe que quien la cuenta es el que manda. Y los requisitos son dos, que conoce muy bien: hay que tener fuerza para evocar ("¿te sitúas?", repite aquí el contador de aventis, como si esto fuera una consigna literaria y quizá un recuerdo de aquella compositio loci que recomiendan los Ejercicios Espirituales ignacianos) y el recuerdo debe acompañarse de un cierto rencor justiciero (Ringo "contempla la ciudad que se extiende hasta el mar bajo una levísima neblina y rechina los dientes": en el rechinar de dientes está lo que señalo).
   Posiblemente, en la mutilación del muchacho, el testigo principal, haya algo de simbólico en orden a lo que se viene diciendo; perder el dedo fue una renuncia a su sueño y quizá un autocastigo, pero sabemos que mediante ellos se ganó la toma de posesión de su verdadero destino: tener derecho a narrar. Para alcanzarlo, ha debido soportar la identidad borrosa de un niño adoptado e incluso ser el culpable de pequeñas crueldades imborrables -la muerte de un gorrioncillo, no haber llegado a entregar una carta que se tragó la cloaca, tratar mal a Violeta y aprovecharse sexualmente de su pasividad- que generaron la mala conciencia y el apartamiento un poco soberbio que siempre habrá de tener un narrador conspicuo. En el capítulo homónimo del libro, 'Caligrafía de los sueños', se escenifica la toma de posesión de esa dignidad de testigo: Ringo coge una hoja limpia de la libreta y un lápiz afilado, y sabe que ya no le interesará la sopa de músicas peliculeras en la que vive sino "la melodía de las palabras que ahora vuelven", aquel "mutilado conjunto de notas que la memoria auditiva había guardado y ahora convertía en palabras [...]. Y corrige y concluye el que será, aunque todavía no lo sepa, párrafo seminal". En toda novela de Marsé hay uno de esos párrafos: madeja que se devana, centro que irradia calor e incendia el resto de los párrafos.
   La potestad de narrar hay que merecerla... Juan Marsé lleva más de medio siglo haciéndolo y, por supuesto, Ringo tiene mucho de él. No es una novela autobiográfica. Pero quien sea habitual de los relatos del escritor diría que se trata de nueva destilación de la autobiografía en forma de novela: en El amante bilingüe ya jugó con la doble identidad del personaje central -Faneca y Marés- con ánimo de crear un fantasma suyo en el relato y así burlarse de todos los participantes en la habitual rebatiña de las identidades lingüísticas excluyentes. Aquí, en torno al inicio de una vocación (y de un oficio y de un destino), ha reelaborado o inventado con ternura y sarcasmo las huellas de su propio pasado, lo que incluye el relato de su propio nacimiento y el recuerdo de unos padres adoptivos, que seguramente no tuvieron mucho que ver con los reales: la espléndida Berta de esta novela, siempre confiada en la suerte, y Pep, el Matarratas, anticlerical y republicano, a ratos contrabandista y otros secuaz de un grupo de ayuda a prófugos rojos, que además trabaja en un centro clandestino de torrefacción de café (cuyo olor también impregnaba el cuerpo de Juanita, en Si te dicen que caí, y el de Rosita, en Ronda del Guinardó).
   Después de una novela como Canciones de amor en Lolita's Club, que tenía algo de violento reportaje, de respuesta visceral a lo que ahora mismo está pasando, Juan Marsé nos ha vuelto a contar muchas de las razones por las que persiste su fidelidad a un barrio, a unos tipos humanos y a una manera de narrar: en escenas demoradas cuando se siente a gusto en ellas, calibrando cada adjetivo, sumando bulímicamente cada detalle o cada imagen, hasta lograr la intensidad que se busca. Esta vez el relato tiene un tono más reposado y menos tenso, con algo de piedad bienhumorada y con un manifiesto deseo de final feliz. O casi, ya que, a la postre, lo que parecía una deriva de episodios a medias entre la fantasía y la verdad acaba por revelar su entraña de sordidez. Ringo-Marsé la ha descubierto y tiene de qué seguir escribiendo: por ejemplo, haciéndolo de "los buenos propósitos y su flagrante inanidad"... Lo cual quiere decir que escribirá de la vida misma.