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viernes, 11 de marzo de 2016

LIBROS. "Los libros arden bien"

   En "jotdown":

Los libros arden bien

Publicado por Códice Borgia. (DP)Imagen del códice Borgia. (DP)
Las puertas
Tiene los labios agrietados y una sed que no cesa. Entrecierra los ojos por la claridad intensa y contempla cómo arde el mar, que decía el poeta. No lanza siquiera una tregua, una isla, una costa lejana: el agua devora todo a la vista. La travesía está siendo insoportable. Ya han pasado casi tres meses desde que zarpó. Se apoya con una mano en uno de los mástiles de estribor, mareado por la visión. Ya intuye acaso que nunca jamás regresará a Sevilla. Que este es un viaje sin retorno. Luego desciende despacio la escalinata hacia la bodega y columbra, entre sombras, el bulto, tapado por unas mantas de esparto y cruzado por decenas de cuerdas para que la carga no se mueva con el cimbreo. Lo toca por encima de la manta, con cuidado, casi acariciándolo, como quien pasa la mano por el lomo de un animal…
Cuando Juan Pablos (italiano de nacimiento, su verdadero nombre era Giovanni Paoli) llegó a una naciente Ciudad de México en octubre de 1539, mandado por su jefe, el impresor alemán Juan Cromberger, tal vez no imaginaba que él sería uno de los puntales en la utopía que se estaba construyendo en el Nuevo Mundo. Al menos a los ojos de Juan de Zumárraga, el primer obispo de la diócesis de México y principal impulsor de traer la primera prensa de tipos móviles a la Nueva España, pero no a los nuestros, que vemos en aquel control de los libros (desde en la quema de los cientos de códices prehispanos hasta en el registro e inventario de los libros llegados de Sevilla) uno de los síntomas de una obsesión y de un experimento que salió mal. Una prueba, en fin, de los daños que se producen en nombre de la utopía, un sueño recurrente a lo largo de la historia, y que tiene en el dominio del discurso, en su gestión y dirección, una de sus prácticas más habituales. Ya lo estudió Foucault, aplicado a la confesión y al control del sí mismo en su obra inconclusa Historia de la sexualidad; en el virreinato de la Nueva España, en cambio, la palabra precedió a la carne, un lugar donde más que descubrir se aplicó, sobre todo al principio, la mecánica de la tábula rasa. Es falso afirmar el tópico de que los colonos y los misioneros llegados de los reinos de Castilla destruyeron todo o no tuvieron aprecio por la cultura mexica, como luego explicaremos. Pero de lo que no hay duda es de que las Indias permitieron ejecutar, pocas décadas después de la publicación del libro de Tomás Moro, códigos, modelos y leyes para levantar desde cero la nueva casa de Dios. Si encima contaban con el apoyo de Carlos V, metido de lleno en defender la Reforma católica en Europa, más fácil aún. Las encomiendas arraigaron muy pronto como pago para soldados sin jornal; la evangelización, en cambio, era misión de las órdenes mendicantes, sobre todo franciscanos y dominicos al principio, quienes desembarcaron en la Nueva España después del sometimiento de Tenochtitlán. Todo estaba por hacer en la nueva tierra prometida. Y el control de los libros no se pasó por alto.
Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
Al principio el código de vigilancia era muy sencillo: todos los libros que se embarcaban rumbo a la Nueva España debían pasar varios controles de aduanas, como cualquier otra mercancía, tanto a la salida del puerto en Sevilla (más tarde, en Cádiz), como a la llegada en San Juan de Ulúa, el primer puerto español en la Nueva España, en el actual estado de Veracruz. La revisión corría a cargo de funcionarios de aduanas y más tarde incluso de miembros de la Santa Inquisición: hasta ese punto llegaba la asunción de funciones de los policías de la mente. De todas formas, tal como han revelado varios estudios, ambas aduanas eran un coladero. Por las razones de siempre: sobornos, vista gorda, mala vigilancia. Creer que la autoridad (entonces y ahora) es siempre eficiente es pecar de ignorante. Los libros se controlaban, claro que sí, pero seguramente con menos rigor del que queremos creer, pese a aquel famoso Índice de libros prohibidos promovido por la cristiandad, que fue aumentando sus títulos y autores según avanzaba el siglo XVI.
Lo que está claro es que el coste y el tiempo del flete de la mercancía hacía que los libros, que ya de por sí eran caros, fueran un escaso objeto de lujo en la Nueva España. Y aunque Zumárraga ya había comenzado a adquirir numerosos libros para la biblioteca de lo que posteriormente sería la primera universidad de México, tal vez fue el alto precio de los libros impresos lo que hizo que escribiera a Carlos V para convencerle de la necesidad de que la Nueva España tuviera su propia imprenta.
Otra razón de peso fue que Zumárraga quería imprimir sus propios libros, pues de hecho el primer libro que salió de la imprenta en México lo había escrito él: la Breve y más compendiosa doctrina eclesiástica, escrito en dos lenguas, en castellano y nahuátl, la lengua de los mexicas. Un manual para la evangelización, está claro, pero también una herramienta política. Que el poder no estaba solo en quien controlaba los libros que entraban desde los reinos de Castilla, sino también en qué libros nacían y se diseminaban en la joven Ciudad de México, queda claro repasando la lista de los títulos que se imprimirán durante los años iniciales de la primera imprenta en México, casi todos de contenido religioso y legales, aunque en el año 1541 se cuela algo parecido a un reportaje periodístico: Relación del espantable terremoto, un informe sobre el terremoto que en 1541 destruyó el primer asentamiento de la Ciudad de Guatemala.
En cualquier caso, los libros salidos de la nueva imprenta eran muy pocos. Según sus propias cartas, Juan Pablos se quejaba amargamente de las dificultades y las carencias de su oficio, de que la tinta y el papel (enviados por barco desde la Península) no llegaban. Tal vez los herederos de Juan Cromberger, fallecido en 1540 y quien había recibido la licencia real y la exclusiva para imprimir libros en la Nueva España, no veían por ningún lado el negocio. Curiosamente, Juan Cromberger había pagado solo quinientos ducados, «una suma muy modesta para la época, el equivalente a cinco esclavos negros», según las palabras de «La primera imprenta en México y sus oficiales» de Clive Griffin (el mayor experto en la familia de los impresores Cromberger), quinientos ducados que se fueron en el traslado de la prensa, la tinta, los tipos móviles (muchos de ellos usados y gastados), el papel y en el pasaje de cuatro personas: Juan Pablos, el cajista; Gil Barbero, tirador de prensa; un esclavo llamado Pedro, presumiblemente el batidor de prensa; y por último la mujer de Juan Pablos, Jerónima Gutiérrez, quien se ocupó de la regencia de la imprenta, ubicada en una casa propiedad de Zumárraga (a cuatro pasos de la actual catedral de las ruinas del Templo Mayor). Es cierto que por lo visto Juan Cromberger había recibido a cambio de sus servicios el uso de unas minas de plata en Sultepec y Taxco, pero una vez conseguidas, ¿qué obtenían manteniendo el suministro de materiales para la nueva imprenta? Las ganancias eran escasas y el monopolio del comercio de libros impresos de Sevilla a Nueva España, que también le había ofrecido Zumárraga como pago, no parecía suficiente, así que en 1545 finalizó la exclusiva de impresión de Cromberger (durante la cual los libros impresos en la Nueva España tuvieron el sello de de «imprenta de Juan Cromberger») y Juan Pablos recibió una propia, por lo que pudo imprimir los libros con su propio nombre y no tuvo que rendir cuentas a los hijos de su antiguo patrono. Y aunque la primera imprenta en América no obedecía a un criterio de rentabilidad económica (el cliente principal era Zumárraga, sin duda), en la escasa difusión de los libros no estaba solo el problema de los costos. De hecho, desde que Juan Pablos obtuvo su propia licencia, los títulos y ediciones aumentaron (aunque es imposible saber el tiraje de las impresiones), y tan mal negocio no sería cuando, y según los datos manejados por Griffin, los maestros impresores cobraban cuatro y cinco veces más en la Nueva España que lo que hubieran cobrado en Europa. Un caso claro de fuga de cerebros, diríamos ahora.
En cualquier caso, Zumárraga soñaba con una biblioteca (para la que llegó a acumular cuatrocientos volúmenes) en la que entrara solo lo que él decidiera, como en ese relato de KafkaAnte la ley, en el que las puertas están cerradas al extranjero que llega. O eso cree él.
Fotograma de la película El proceso de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
Fotograma de la película El proceso de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
Fotograma de la película El proceso, de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
La biblioteca
Durante mucho tiempo los pocos libros que circularon por América eran libros viajeros, traídos entre el equipaje, las mercancías y los sacos de víveres de las bodegas de los barcos que cruzaron el Atlántico. Hay un texto fabuloso, Los libros del conquistador (Fondo de Cultura Económica) de Irving Leonard, que recoge algunos de los inventarios de los libros de los que se tiene registro en el Archivo de Indias, y donde podemos constatar que la mayoría eran libros eclesiásticos y legales, pero que también había libros de caballerías. El entretenimiento era fundamental, obviamente, y más cuando sabemos que se leía en voz alta, rodeado de oyentes, muchos de ellos analfabetos. El ensayo de Irving Leonard sostiene de hecho que estas lecturas (o escuchas) de los soldados y primeros colonos de América alimentaron el imaginario del nuevo continente. Ante lo desconocido, ante los mapas que se iban dibujando al paso de los conquistadores, los libros de caballerías fueron decisivos en el trazado mental de los nuevos territorios o en la invención de América, como dijo el mexicano Edmundo O’ Gorman. El argumento clásico es la toponimia: que California, por ejemplo, tomó su nombre de una isla aparecida en Las sergas de Esplandián de García de Montalvo, o que unas supuestas amazonas atacaron a Francisco de Orellana y a sus hombres cuando navegaban un río, y por eso el nombre con el que lo bautizaron. En fin: la ficción precedía al territorio, o dicho de una manera más juguetona, los límites de mis lecturas son los límites de mi pensamiento. Pero no hace falta ponerse tan estupendo: los exploradores llamaban a las cosas con lo que conocían, como no puede ser de otra forma, y ahí intervenía la fabulación de las novelas de caballerías, pero también la toponimia de sus tierras de origen, de Medellín a la Nueva Vizcaya. De todas formas, la tesis de Irving está ya cuestionada (la toponimia tomada de la épica era muy grata y muy útil al poder político), aunque la belleza de su teoría es intachable.
Imagen de la Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México.
Imagen de la Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México.
Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México. Foto: DP.
Libros religiosos y legales, libros de viajes, de fantasía y de caballerías, como muchos de los ejemplares de la primera edición del Quijote, que viajaron a América a acompañar las tardes de los soldados. De lo que no se habla tanto es de que junto a estos libros impresos (y otros miles manuscritos, de los que apenas tenemos constancia) existían rollos de amate que los sacerdotes mexicas atesoraban en sus templos y lugares de culto, lo que nosotros conocemos a secas como «códices», y que eran de alguna manera los libros de los aztecas. Y digo «de alguna manera» porque estos códices aztecas, a diferencia de los manuscritos mayas, carecen de escritura, y los expertos ni siquiera la consideran ideogramática o logosilábica, como la china, o próxima a los jeroglíficos egipcios. Son, básicamente, pictogramas, ilustraciones, o, si prefieren, narraciones gráficas de la época, pues cuentan una historia. Pues bien, casi todos estos códices, que apenas tenían lectores o descifradores, ya digo, que circulaban casi exclusivamente entre los sacerdotes aztecas y los reyes, serán destruidos y quemados. No debería sorprendernos, por supuesto: de la destrucción de los ídolos de la religión azteca es lógico que se pasara a la eliminación de los signos considerados paganos, contrarios al culto cristiano. Sin embargo, claro, a nuestra mentalidad contemporánea esto le espanta, porque dichos códices no dejan de ser cultura, memoria viva, arte, historia. Libros. Para el hombre de la Edad Moderna, en cambio, enfrascado encima en la llamada Reforma católica que iniciaría Carlos V y que continuaría su hijo Felipe II, la intención cuenta más que el objeto y, por tanto, eran concebidos como señales del demonio, como aparece en muchas de las descripciones de Bernal Díaz del Castillo en su crónica Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. No encendían, en fin, la imaginación de los conquistadores solo los libros de caballerías, sino sobre todo la educación cristiana (sustentada tras décadas de guerra religiosa en la Península). Zumárraga, que había sido «represor de brujas» en su Vizcaya natal, sabía bien lo que hacía cuando mandó quemar en una hoguera pública en 1530 cientos de ídolos y códices aztecas. Décadas después, en 1562, en lo que se llamó el Auto de Maní, un inquisidor en la península de Yucatán, Diego de Landa, mandó quemar ídolos mayas y cientos de códices en un acto tan sagrado para los cristianos como cargado de odio y violencia para los que no lo eran.
Hay siempre en estas ceremonias de destrucción (como las famosas quemas de libros emprendidas por Hitler) rasgos de la distopía, pero también algo de la repetitiva abolición del pasado, como en ese famoso texto de Borges titulado La muralla y los libros, acuérdense, en el que el emperador chino que «ordenó construir la casi infinita muralla china» fue el mismo hombre que «dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él». En un proyecto similar se embarcó Zumárraga: este, en dos operaciones «que de un modo secreto se anulan», emprendió el catálogo de una ambiciosa biblioteca y al tiempo mandó quemar todos los libros paganos, en un empeño absurdo que se repite con terquedad a lo largo de nuestra historia, pues una nueva civilización, para asentar sus cimientos, suele nutrirse de las cenizas de la anterior. Suena lírico, pero es estrictamente descriptivo.
La cocina
Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
Este relato de libros viajeros y libros quemados tiene, sin embargo, un desenlace esperanzador, contrario a esas famosas tesis de la historia de Walter Benjamin, porque aquí al final no late la destrucción, sino la resistencia. Es también donde abandona su ropaje histórico para volverse un drama de personajes y pura conjetura narrativa.
Zumárraga mandó quemar los libros, pero no imaginaba que, décadas después, su ceremonial del odio no provocaría la admiración en muchos de los sacerdotes llegados a propagar la palabra de Dios. Más bien, todo lo contrario.
Siempre me ha fascinado en toda esta historia cómo el personal de recursos humanos que eligió a los primeros mandatarios religiosos para el Nuevo Mundo tenía muy en cuenta sus trabajos para la Inquisición. La experiencia en este campo puntuaba alto, por lo visto. Juan de Zumárraga, sin ir más lejos, había comandado exorcismos en tierras vascas; Andrés de Olmos, el autor de la primera gramática en náhuatl, escribió un tratado de hechicería y sortilegios; Diego de Landa, de quien ya hemos hablado, había trabajado también para el Santo Oficio. En fin, aquellos que habían combatido al demonio con ahínco, tenía más posibilidades de ser reclutados para las Indias, parece.
Sin embargo, los hechos se empeñan en demostrarnos que los dogmas siempre chocan con lo humano, pese a las tesis oscurantistas (y ya cuestionadas) de José Toribio Medina, el autor que dedicó más páginas a la historia de la imprenta en América.
El más famoso de todos estos conjurados contra la cerrazón mental fue, por supuesto, Bartolomé de las Casas, cuyos informes en contra de las violaciones de derechos de los indios, su famosa Brevísima relación de la destrucción de las Indias, condujeron a un debate teológico en Salamanca sobre el alma de los indios que dejó, entre tanta cháchara, el compromiso de un mayor respeto de los encomenderos con los indígenas que trabajaban sus tierras. Y aunque se puede discutir la eficacia de dicha resolución, no se puede negar la aprobación de los primeros documentos legales en defensa de los indígenas: Bartolomé de las Casas consiguió más de lo que nuestro pesimismo quiere reconocer.
Por otro lado, un personaje menos famoso que Bartolomé de las Casas persiguió durante años un proyecto tan ambicioso como necesario: una enciclopedia del Nuevo Mundo, un libro que recogiera, desde la agricultura hasta la religión, las maravillas que encerraban las tierras conquistadas. Su artífice, además, comenzó su trabajo en náhuatl porque operaba a la manera de un antropólogo de la época: recogía testimonios y datos de los indígenas, la mayoría alumnos suyos, a los que entrevistaba y consultaba. Ese libro desaforado, compuesto por doce volúmenes, Historia general de las cosas de la Nueva España, lo comenzó un misionero franciscano, Bernardino de Sahagún, cuya humildad material era inversamente proporcional a su hambre de conocimiento. Y aunque su proyecto quedó inconcluso por culpa, parece, de los recortes de la época en el centro religioso de Tlatelolco, o por las acusaciones , según otras teorías, de apología del paganismo, los tres ejemplares que se conservaron (manuscritos, por supuesto) son la prueba palpable de una fascinación por la cultura mexica que estaba recién empezando.
Otro caso interesante es el antiguo inquisidor Diego de Landa, que consagró varios años al estudio de la cultura maya y a la escritura de una relación pionera en el análisis del sistema matemático y del calendario de esa civilización. Curioso que el responsable de la quema de tantos códices en el Auto de Maní luego investigue con rigor a los que él acusó de paganos y salvajes. O ambas acciones eran compatibles en su fe o siempre hay tiempo para el arrepentimiento, como sabe todo cristiano.
Al final, tal como cuenta el historiador cultural Peter Burke en su libro Renacimiento, todo proceso de hegemonía cultural lidia con formas de resistencia, de desobediencia, de traducción libre y creativa de la aculturación colonial. No hay dominación plana o puramente autoritaria. Jamás. El dominado intenta imponer, en la medida de sus posibilidades, como sabemos desde Gramsci, sus preferencias y sus ideas. Y al igual que los hijos de los caciques indígenas, educados en latín y en castellano en Tlatelolco, usaron la herramienta de la escritura del conquistador, el alfabeto romance, para fijar un conocimiento que de otro modo se hubiera perdido o hubiera costado mantener desde la oralidad (y crearon nuevos códices manuscritos), un puñado de hombres dedicados a la palabra combatieron la estrategia inicial de la tierra quemada y la destrucción. Estudiaron, admirados, los engranajes de la cultura azteca y optaron por preservar ese conocimiento y protegerlo.
Juan Pablos murió en 1560, un año después de que uno de sus aprendices, Antonio de Espinosa, se marchara de su taller y consiguiera una licencia para fundar otra imprenta, la segunda en México. El monopolio terminó, aunque no será hasta 1580 cuando se abra la siguiente imprenta en América, en la ciudad de Lima. Como escribió una vez Manuel Rivas parafraseando a Bulgákov, tal vez se dieron cuenta de que los libros arden mal.
(Gracias a Jesús de Prado Plumed por las sugerencias y la revisión historiográfica meticulosa).

Imagen del códice Borgia. (DP)
Imagen del códice Borgia. (DP)

viernes, 25 de septiembre de 2015

PRENSA. ANTROPOLOGÍA. "El extraño caso del decapitado más antiguo de América"

   En "El País":
ANTROPOLOGÍA

El extraño caso del decapitado más antiguo de América

El cadáver de un hombre asesinado hace 9.000 años en un acto ritual desconocido sorprende a los científicos


Los restos del decapitado hallados en la cueva de Lapa do Santo / D.B.

En 2007, en una remota cueva de Lagoa Santa, en el este de Brasil, un equipo de científicos encontró un enterramiento que parecía único en el mundo. Dentro de la cavidad descubrieron un cementerio con decenas de tumbas. Se trataba de cazadores y recolectores que comenzaron a habitar en esta zona de América del Sur hace más de 12.000 años. Eran grupos reducidos que se alimentaban de plantas, frutos y caza. Nada fuera de lo normal. Pero, en una de las tumbas, la número 26, los excavadores encontraron algo que aún hoy no pueden explicar. A medio metro bajo tierra, bajo grandes losas de piedra, hallaron la calavera de un hombre. Sobre su cara, o lo que quedaba de ella, habían colocado sus dos manos tapándole los ojos. En la mandíbula y las vértebras había marcas de corte indicando que fue decapitado.
La decapitación es un comportamiento bien conocido en pueblos ancestrales de América. En este continente, los actos de este tipo más antiguos datan de hace unos 3.000 años. Este y otro tipo de sacrificios formaban parte de los rituales bélicos y religiosos de los incas y otros pueblos. Lo raro de lo encontrado en la cueva brasileña de Lapa do Santo, donde se han realizado los nuevos hallazgos, es, primero, su ubicación. Hasta ahora, todos los decapitados hallados en América del Sur antes de la Conquista estaban en la zona de los Andes y se atribuyen a las civilizaciones que allí se asentaron: incas, nazcas, moche, wari, lo que llevó a pensar que estas prácticas rituales eran exclusivas de los pueblos de la zona. Pero Lagoa Santa está muy lejos de los Andes y su decapitado es mucho más antiguo.

Sobre su cara, o lo que quedaba de ella, habían colocado sus dos manos tapándole los ojos
Eso es lo que dice un estudio de los restos hallados en Brasil publicado ayer en la revista PLoS One. El trabajo lo ha dirigido André Strauss y en él ha participado Domingo Salazar-García, un investigador español que trabaja a caballo entre el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, la Universidad de Valencia y la Universidad de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. Él ha sido el encargado de extraer colágeno de los huesos para datar la muerte gracias a los átomos de carbono-14 que conserva el cadáver. Su veredicto es que el hombre de Lagoa Santa murió hace 9.000 años, lo que le convierte de lejos en el decapitado más antiguo de América y uno de los más viejos del mundo.
“En Europa, durante el periodo Magdaleniense, se conocen casos en los que la parte superior del cráneo era preparada para usarse como recipiente, pero no hay signos de decapitación tan clara como en este caso”, explica. Las marcas de corte que se han hallado en los huesos apuntan a que el corte se hizo con lascas de piedra afilada de unos 2 centímetros. Los investigadores creen que se trataba de un hombre joven, de unos treinta años.


Cráneo completo de la tumba 26
“A partir de aquí barajamos varias hipótesis”, explica Salazar-García. “La decapitación puede ser una medida punitiva dentro del grupo o explicarse en el contexto de una guerra”, señala. “En muchas ocasiones se mutilaba a los enemigos derrotados y sus restos se transforman en trofeos que se lucían en lo alto de un palo o colgados con una cuerda”.
Al analizar el cráneo de la tumba 26, los expertos comprobaron que, más allá de las marcas de corte, no tenía otras lesiones que podrían mostrar que su cabeza fue conservada como trofeo. “Además, estos objetos solían exhibirse durante un largo tiempo y en este caso sabemos que le enterraron poco después de morir”, detalla Salazar-García.

Ritual religioso

Los dientes de aquel hombre han aportado otra prueba importante. Los alimentos y el agua que consume cualquier persona dejan una marca del lugar en el que transcurrió su infancia en forma de isótopos de estroncio. Salazar-García analizó el esmalte dental del decapitado y lo comparó con el del resto de individuos encontrados en el cementerio de Lapa do Santo. Los resultados indican que todos tenían la misma proporción de isótopos, es decir, probablemente todos crecieron en el mismo entorno geográfico y pertenecían al mismo grupo. Así las cosas, la hipótesis de un acto de violencia entre enemigos pierde fuerza. El hecho de que las manos y otras partes del esqueleto apareciesen articuladas junto al cráneo apoyan que se tratara de una forma de transmitir un mensaje, posiblemente religioso.
“Que yo sepa no existe ningún otro enterramiento con estas características”, explica Salazar-García. “No se ha encontrado ningún otro objeto junto al decapitado, por lo que pensamos que, en esta época, la forma de expresar sus principios cosmológicos respecto a la muerte era a través de la manipulación del cadáver”, detalla. “Este individuo no tenía las manos dejadas caer aleatoriamente de cualquier manera, sino que las colocaron, amputadas, sobre la cara, una mirando hacia arriba y otra en posición contraria. Tal vez esta composición corporal podría asociarse a un ritual en el que se utilizara la muerte, algo tan personal, como herramienta de cohesión del grupo al compartirla entre los miembros de la comunidad", añade. Todo esto es importante porque sitúa el comienzo de estos ritos en tiempos anteriores al de las grandes civilizaciones americanas, en un lugar insospechado hasta ahora y por razones diferentes al de otras culturas posteriores, explican los autores del estudio.
Aún quedan muchas dudas sobre el decapitado más antiguo de América. Aunque el estudio antropológico, la disposición de los restos y el carbono apuntan a que las manos y el cráneo son de la misma persona, solo el ADN puede confirmarlo. El equipo de investigación está actualmente realizando esas pruebas, entre otras. También, en la misma cueva, han encontrado otros rastros de rituales, como una calota (parte superior de un cráneo) llena de dientes de varios individuos. Su significado, al igual que el del ritual de las manos y la cabeza cortada, es aún un misterio difícil de aclarar.


Esquema de los restos encontrados /GIL TOKYO
Juan José Ibáñez, investigador del CSIC, ha estudiado otros enterramientos rituales de hace más de 10.000 años hallados en Siria. En su caso encontró varios cráneos a los que se les había machacado la cara y que interpreta como una venganza ritual. En el caso de la investigación en Lapa do Santo, el experto destaca que “es un estudio muy bien elaborado en el aspecto técnico”. Está de acuerdo en que no se trata de un episodio de violencia entre grupos, pero cree que puede haber más explicaciones posibles. “En caso de que se tratara de un ritual de veneración a los ancestros, se esperaría que el cráneo hubiera sido manipulado y expuesto entre su extracción y su deposición en la fosa en que se encontró. ¿Cuándo, si no, se realizó la supuesta veneración?”, se pregunta.
En su opinión, habría una tercera vía para entender aquel acto. “Como interpretábamos en el caso de los depósitos de cráneos de Tell Qarassa Norte [Siria], el enterramiento de Lapa do Santo muestra indicios de que se pretendía limitar la capacidad de interacción del individuo inhumado, quizás con las personas vivas”, opina. “Así se podría explicar que se cortaran sus manos (instrumentos de acción), se tapara su cara (instrumento de relación) y se sellara el conjunto con dos gruesas lajas de piedra. Este tipo de comportamiento de protección de los vivos con respecto a difuntos que se consideran potencialmente dañinos ha sido documentado etnográficamente”, concluye.

viernes, 8 de mayo de 2015

PRENSA. Sobre los desaparecidos durante la dictadura argentina. "Una verdad que quema"

   En "El País Semanal":

Una verdad que quema

Fueron tomados como botín de guerra, despojados de sus identidades y entregados en su mayoría a familias afines al régimen militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983

Cuatro hijos de militantes políticos asesinados narran cómo afrontaron su nueva vida entre dos familias, tras ser recuperados por Abuelas de Plaza de Mayo

Hijos de asesinados y desaparecidos políticos de la dictadura argentina. / MARIANA ELIANO

Llora como un niño, hipando. Matías tiene 37 años y sabe desde hace 25 que es hijo de desaparecidos, víctimas de la dictadura militar argentina, pero se quiebra y tarda varios minutos en recobrarse cuando piensa en cómo va a contarle a Benjamín, su hijo, que no ha cumplido dos aún, que él y su hermano mellizo llamaban papá a Samuel Miara, un torturador que se los apropió en mayo de 1977, pocos días después de que su madre los diera a luz en La Cacha, un centro clandestino de detención ubicado en la cárcel de Caseros, La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. “Si hay algo que no le voy a hacer a mi hijo es mentirle. Te entrenan para mentir, para llevar una doble vida”, cuenta en su apartamento de la ciudad de Rosario, a 300 kilómetros de la capital del país.
Tatiana recuerda que a Mirta, su mamá, la secuestraron frente a sus ojos en una plaza de Villa Ballester, cuando tenía tres años y medio. “La veo como en una película muda. Reconstruyo lo que dice: ‘Cuídense mucho”. Allí quedaron ella y Laura, su hermana de tres meses, hasta que la policía las llevó a un juzgado de menores como NN (Nomen nescio: sin identidad conocida). Adoptadas de buena fe por un matrimonio, fueron las primeras nietas recuperadas por Abuelas de Plaza de Mayo en 1980. “Hasta los 12 años pensaba que mis padres iban a volver”, dirá embarazada de Pedro, su tercer hijo, que habrá nacido cuando este reportaje se publique.
Victoria nació en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los centros clandestinos de detención más emblemáticos de Argentina, durante el cautiverio de su madre, Cori, cuyos ojos ella heredó y también Trilce, su beba de cinco meses. Militante social desde muy joven, Viki vivió hasta los 27 años creyéndose hija de Esther y Juan Antonio Azic, Piraña, exmiembro de las fuerzas de seguridad devenido comerciante, condenado a 18 años de prisión por secuestros y torturas. Fue restituida en 2004, y en 2007 se convirtió en la primera nieta recuperada en ser elegida diputada nacional. Pero sigue visitando en el penal de Ezeiza a su apropiador, a veces con su niña en brazos. “A pesar de lo que hizo y de lo que es, un represor, lo quiero”, definirá con la voz quebrada en el salón de su apartamento del barrio de Boedo, un ambiente pintado de naranja furioso.
Ignacio, músico, vive en Olavarría, a 350 kilómetros al suroeste de la ciudad de Buenos Aires. El 5 de agosto de 2014 se enteró de que es el hijo de Laura Carlotto y nieto de Estela, la presidenta de Abuelas, que lo buscaba desde hacía más de tres décadas cuando supo que su hija lo había parido en una prisión clandestina. “Pobre mujer, ¿lo encontrará?”, llegó a preguntarle a Celeste, su mujer, mirando una entrevista televisiva, sin sospechar que Guido, el pródigo al que buscaba, era él. Y aunque dice que recuperar su identidad a los 36 años ha sido “un sacudón feliz” (“me llovieron dos familias”), reconoce que “lleva tiempo reinterpretar toda tu vida” y que no es fácil asumir “de la noche a la mañana que tu cara se convierte en un póster”. Mientras, la justicia investiga aún su apropiación y la responsabilidad de Clemente Hurban, su padre de crianza, un trabajador rural que apenas terminó la escuela primaria, a quien Ignacio atesora como su “viejo”.
Tomados como botín de guerra por los militares, unos 500 niños nacidos entre 1975 y 1980 fueron despojados en Argentina de sus identidades y entregados en su mayoría a familias afines que los registraron como propios, a fin de evitar que fueran educados en ambientes que el régimen consideraba “subversivos”. Hijos de militantes políticos secuestrados y asesinados por la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983 (algunas fuentes elevan a 30.000 los desaparecidos), Matías Reggiardo Tolosa, Tatiana Sfiligoy, Victoria Donda Pérez e Ignacio Montoya Carlotto representan cuatro casos de los 116 nietos recuperados hasta hoy por Abuelas de Plaza de Mayo, una asociación civil creada en octubre de 1977 por mujeres que encontraron fuerzas para seguir en la ilusión de recuperar a los hijos de sus hijos. El País Semanal entrevistó a los cuatro para saber cómo se vive después de una verdad que escalda y que obliga a reconstruir con retazos y relatos de otros las historias de sus padres, en las que se entreveraron ideales, mentiras, torturas, muerte y terrorismo de Estado. Todos ellos son más viejos hoy que sus padres al ser asesinados.

Ignacio Montoya Carlotto
Hijo de Laura Estela Carlotto y Walmir Óscar Montoya, secuestrados en 1977.
Le dicen “el Messi de los nietos”, un apodo que le pusieron otros jóvenes restituidos medio en broma, reprochándole que desde que él apareció, el 5 de agosto de 2014, los demás quedaron opacados. “Si no estás bien contenido, una noticia como esta te destruye, empezás a hacer pavadas”, dice, mate de por medio, Ignacio, el nieto que Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, esperaba desde hacía 36 años.
La búsqueda de su abuela, Estela, empezó cuando supo por testimonios de sobrevivientes que su hija Laura, militante del grupo armado Montoneros y secuestrada en noviembre de 1977, había dado a luz –esposada, en un hospital militar– a un niño al que llamó Guido, en homenaje a su papá. A las pocas horas los separaron; la joven fue asesinada dos meses más tarde en un falso enfrentamiento. Los militares entregaron a la familia el cuerpo de Laura, pero no el niño.
La búsqueda de Ignacio empezó el 2 de junio del año pasado, el día de su cumpleaños, cuando un allegado a la familia le confirmó a Celeste Madueña, su mujer, algo que él sospechaba: que era adoptado. Entonces, se contactó por correo electrónico con Abuelas. Le dijeron que solo uno de cada mil casos resulta en una confirmación. Entretanto habló con sus “viejos”, Juana y Clemente Hurban, a quienes sigue defendiendo como tales. “Me contaron que Carlos Francisco Aguilar, el dueño del campo donde ellos eran puesteros, sabiendo que no podían tener hijos, les dijo que había una mujer de La Plata que no quería criar al suyo y que podía traerlo. Ellos aceptaron y firmaron papeles que creyeron que eran de adopción. Les dijeron que era mejor que no me contaran nada. Son gente muy humilde, confiaron ciegamente”. Aguilar murió en marzo de 2014 y su ausencia parece haber relajado los pactos de silencio.
El 5 de agosto, tras los cruces de ADN pertinentes, cotejados con las muestras del Banco Nacional de Datos Genéticos creado durante la presidencia de Alfonsín en 1987, el país y el mundo se conmovieron por la aparición de Ignacio, el nieto recuperado número 114, cuya abuela es Estela de Carlotto. Todo argentino recuerda dónde estaba cuando recibió la noticia. Así de movilizador es su caso.


Ignacio Montoya Carlotto, nieto de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas Plaza de Mayo. / MARIANA ELIANO
“Es muy difícil la situación, no solo por lo íntimo y por el peso de la verdad, sino por todo lo que lo acompaña: la portada de las revistas, las cámaras que te siguen y la expectación por lo que vas a decir”, describe. “Es raro, por ejemplo, tener que explicar que sos quien eras y que te llamás como te llamás. Yo no soy Guido. Y a veces recibo cartas de gente que me pide explicaciones: ‘¿Cómo puede ser que no te hagas cargo del símbolo que representás?”. Cree, no obstante, en una responsabilidad cívica, que supera esas molestias: “Yo no soy un militante, pero el derecho a la identidad es fundamental y hago lo que puedo para aportar y alentar a que otros se animen a saber”.
Hace apenas ocho meses que la vida de Ignacio giró 180 grados. La primera vez que se encontró con Estela, su abuela, se abrazaron y se pusieron a llorar. “Fue en La Plata. Nos sentamos y empezaron las charlas. A unas cuadras esperaban mis primos: 14 más sus parejas y sus hijos. Me preguntó si los quería conocer y le pedí tiempo. Fue al día siguiente. La abuela les dijo: ‘No le gusta que lo abracen ni que lo toqueteen como hacemos nosotros’. Cuando llegué habían hecho una fila y estaban duros: ‘Hola, qué tal, yo soy fulano’. Los saludé a todos ¡y una se coló dos veces! Fue gracioso. Vinieron también unas primas por parte de mi papá. Todos nos conocimos ahí, porque no había certeza hasta el ADN de quién era la pareja de mamá. Fue un gran momento”.
Ignacio no habla de pérdidas; sí, de duelo y de una historia con un “inicio dolorosísimo que tiene esta instancia de luminosidad”. “Yo no tuve oportunidad de preguntar nada, me llenaron de información. Cosas que sé que son ciertas, pero que están tamizadas por años de repetir la historia para no olvidarla. Pero de a poco, con todos los viajes que hice en estos meses, encontré anécdotas y fui construyendo una imagen de Laura y de Walmir, que se conocieron en la clandestinidad. Me mostraron por ejemplo una postal que mi papá le mandó a mi abuela Hortensia, que hoy tiene 92 años. Está llena de horrores de ortografía. Y en una época yo era así, un asco escribiendo. Así junto pedacitos, un rompecabezas de cositas lindas. Eso es mío y ahí sí los puedo ver como papá y mamá. Si no, es muy difícil: no los conociste, no tenés registro”.
Lo que más le ha costado es defender su espacio y su intimidad de la invasión que supone convertirse en alguien público. Ahora que han llovido posibilidades “de tocar acá y allá, de vivir en otra parte”, volvió a elegir Olavarría, donde está haciéndose una casa y donde Celeste y él quieren tener un hijo (“estamos en eso”).
A sus dudas de antes las llama “ruidos”. “Yo tuve y tengo una vida feliz. Pero había ciertas cuestiones básicas: los parecidos físicos, por ejemplo. No nos parecíamos. Y la música, porque nosotros vivíamos en el campo, a 45 kilómetros de acá, en un sitio donde no hubo luz eléctrica hasta el año pasado. Ni radio había. Y cuando un día fuimos a una localidad cercana, yo tendría ocho o nueve años, escuché una orquesta típica que tocaba un poquito de todo –pasodoble, rock, pop…–, fue un flash, no pude creer lo que escuchaba”, recuerda. Y empezó a estudiar.
Esa música, lo sabe ahora, corría en la familia. Walmir Montoya, su papá, era baterista: militante montonero secuestrado en 1977 y acribillado en un presunto enfrentamiento, sus restos enterrados como NN en una fosa común, fueron hallados en 2006 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Su abuelo paterno era saxofonista, y su abuelo materno, Guido, un melómano, amante del jazz. “La sangre no es agua”, dice Ignacio. Saborea ese refrán que tiene equivalencias en varias lenguas, mientras toca en el piano Los niños que soñaban en colores, “un valsesito jazzeado”, lánguido y bello, que es lo primero que compuso después de saber quién es.

Tatiana Sfiligoy 
Hija de Mirta Graciela Britos Acevedo y Óscar Ruarte, que continúan desaparecidos.
Habíamos visto en la esquina de casa el operativo, una patota armada. Y mi mamá atinó a ir a la plaza. Nos siguieron y no tuvo alternativa. Comenzó a besarnos y a despedirse. No recuerdo haber tenido miedo. Sí, desconcierto. Esa es la última vez que vi a mi mamá”, cuenta Tatiana volviendo a ese día infernal de 1977.
Tenía tres años y medio. Seis meses después, ella y su media hermana Laura (hija de Alberto Jotar, también desaparecido, pareja de Mirta Britos en ese momento) fueron dadas en guarda a un matrimonio de buena fe, Inés y Carlos Sfiligoy, quienes las adoptaron, cuyo apellido decidió conservar y a quienes llama mamá y papá. “Cuando en 1980 nos citaron al juzgado porque mis abuelas nos localizaron y se produce el encuentro de ambas familias, hubo un entendimiento. ‘Arréglense las partes’, dijo el juez, y lo hicieron. Se estableció un régimen de visitas para mis abuelas, que vivían en Córdoba. Eso me permitió crecer y sostenerme en otros papás sin cortar lazos con ellas ni con mis primos y tíos y sin ocultar la historia de mis padres biológicos. Eso fue atípico”, resume Tatiana. Casos como el suyo –donde no hubo robo de niños ni apropiación de quienes criaron a los chicos– son contados con los dedos.


Tatiana Sfiligoy tenía tres años y medio cuando su madre la abandonó en una plaza junto a su hermanita bebé mientras los perseguían los paramilitares. / MARIANA ELIANO
Hasta los 18 años, Tatiana no preguntó mucho. Un día encontró en un diario un remitido de la Asociación Argentina de Actores que incluía el nombre de sus padres. “Me impactó muchísimo y tardé casi un año en buscar más datos”. Pero lo hizo. Viajó a Córdoba, donde Mirta y Óscar militaban en las organizaciones guerrilleras FAL 22 y el PRT-ERP. “Fue muy fuerte para mí y para sus compañeros. Me miraban como si fuera un fantasma, porque me parezco a mis papás”.
Comenzó entonces para ella una época de activismo por los derechos humanos. Estudió Psicología y participó de los primeros escraches organizados contra represores por la agrupación H.I.J.O.S., creada en 1995 para luchar contra la impunidad. “Los escraches estaban muy mal vistos. Eran momentos muy álgidos para los hijos de desaparecidos. Llevó mucho tiempo, incluso en democracia, que la memoria fuera una política de Estado”, recuerda.
H.I.J.O.S. acaba de poner de manifiesto las divisiones que existen entre los militantes por los derechos humanos en relación con el kirchnerismo, al quemar en La Plata –el último 24 de marzo, a 39 años del golpe de Estado– dos muñecos abrazados de Hebe de Bonafini, líder de las Madres de Plaza de Mayo, y César Milani, actual jefe del Estado Mayor del Ejército argentino. La quema repudió las contradicciones del Gobierno de Cristina Kirchner, que auspicia activamente una política por la memoria, pero nombró en 2013 y aún sostiene a ese militar sospechoso de crímenes de lesa humanidad.
La historia se lleva en la piel. “No juzgo a mis padres. Su generación pensó que era posible un cambio. Era grande el compromiso y poca la conciencia de lo siniestro que se gestaba. Nunca pensaron que los iban a matar”, reflexiona Tatiana. Tras la muerte de sus abuelas, hace cinco años, los contactos con la familia biológica se espaciaron (“casi todo es por Internet”). Con Laura, su hermana, pasa algo similar. “Ella hizo un proceso diferente. Vive en EE UU. Es paradójico porque no conoció a nuestros padres, no los recuerda, pero los padece. No los perdona. Allí es donde se produce el mayor desencuentro. Estamos hablando otro código. Tengo dos sobrinos allá y es complicado”.

Matías Reggiardo Tolosa
Hijo de María Rosa Ana Tolosa y Juan Enrique Reggiardo, desaparecidos en febrero de 1977.
"Yo les preguntaba a las chicas con las que salía: ‘¿Vos sabés quién soy?”, lanza Matías mientras conversamos rodeados de la sillita de comer y los juguetes de Benjamín. “Ahora lo tomo a risa, pero ante esa pregunta, pensaban: a) es un asesino en serie; b) está casado; c) es gay”. En 2009 conoció a María, que no temió explorar la respuesta; se casaron tres años después y nació el chiquilín cuyas fotos tapizan las paredes.
Se considera un hombre feliz e incluso rei­rá varias veces a lo largo de la conversación. Pero nunca pudo acostumbrarse a festejar su cumpleaños el 27 de abril, cuando se presume que nació, durante el cautiverio de María Rosa Tolosa, su mamá, quien continúa desaparecida. Sigue haciéndolo el 16 de mayo, día en que él y su hermano mellizo, Gonzalo, llegaron a la casa del exsubcomisario Samuel Miara, condenado en 2013 a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención Club Atlético, El Banco y Olimpo. Miara y su mujer, Beatriz Castillo, los registraron en 1977 como hijos propios. Hasta 1985 los chicos no sospecharon nada. Ese año huyeron a Paraguay: Abuelas de Plaza de Mayo los descubrió pensando que eran otros mellizos hijos de desaparecidos, los Rossetti Ross.
Los extraditaron en 1989, pero verificar su identidad llevó años (“pensá que no había ADN aún, sino estudios de histocompatibilidad”), durante los cuales siguieron viviendo por decisión judicial con los Miara. Ese tiempo fue muy difícil: “Ellos nos dijeron que habían cometido un delito y que iban a ir presos. La justicia estableció un seguimiento muy cercano. Durante toda mi adolescencia y hasta que cumplí los 18 años, tuve que ir cada 15 días a ver a un psicólogo forense. Nos sentimos como conejillos de Indias y sé que nuestro caso se trata aún hoy en distintas cátedras de psicología”.


Matías Reggiardo Tolosa desapareció en 1977. Supo de adolescente que fue arrebatado de sus padres siendo un bebé. / MARIANA ELIANO
No es lo mismo restituir a un menor de edad que descubrir quién eres de adulto. El caso Miara aún duele. En 1994, los mellizos llegaron a las pantallas de la televisión argentina; tenían 16 años y acababan de mudarse con su tío materno, Eduardo Tolosa. Pedían volver con sus apropiadores, a quienes por entonces sentían y querían como padres. ¿Por qué? “Nos obligaron a cortar todo lazo con nuestra vida anterior: la ciudad, los amigos, el colegio, los Miara. Al principio tratábamos de hablar en forma clandestina con ellos, nos escapábamos. Llegaron a poner policías para seguirnos. Estábamos presionados por ambos lados. Lo que generó todo eso fue un retraso muy significativo en nuestra voluntad de recobrar nuestros orígenes”, recuerda ahora Matías.
Después del escándalo mediático (“todavía me parece una locura que nos hayan dado aire, hoy sacás a un menor sin autorización en la tele y te cierran la emisora”), Eduardo, que no quería negociar un régimen de visitas con los apropiadores, renunció a la guarda de sus sobrinos y los chicos vivieron con una familia sustituta hasta su mayoría de edad. A los 21 años, Matías y Gonzalo decidieron volver a vivir con Beatriz Castillo. “Sentía que no tenía otro lugar a donde ir”, explica Matías. “A ella le decía mamá, pero siempre era consciente de lo que habían hecho. Samuel estaba preso por nuestra apropiación. La distancia se empieza a profundizar a mis 28 años, porque empecé a caer”.
En junio de 2005, la Corte Suprema declara la inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que junto con los indultos del menemismo garantizaban impunidad. Así, militares cuyo enjuiciamiento se había suspendido vuelven a los tribunales. Miara regresa a prisión para ser juzgado por delitos de lesa humanidad. El proceso fue muy lento y los mellizos lo visitaban. “Lo vimos varias veces en la cárcel. Hablábamos de todo, pero hubo momentos en que mi hermano y yo lo acorralamos un poco y esas charlas me hicieron sentir que yo no tenía por qué pasar por eso: estar con una persona que es un psicópata y te lo demuestra, que dice cosas que te hacen daño y que está en la cárcel, además, con otros represores. La última vez que vi a Miara fue en 2007, y a Beatriz, en 2011. Cuando vine a vivir a Rosario, le pedí incluso que no me hablara más. Pero siguió haciéndolo por un tiempo”.
Sabe por relatos que Quique, su papá, tenía un hablar susurrado como el suyo y que amaba como él la literatura. “Cuando te los quitan a sus 24 años no podés pelearte con nada. No podés llegar a esa distancia natural que hay en la adolescencia respecto de los padres. Aunque siempre te preguntás si hubieran podido actuar de otro modo para salvarse”.
Compleja y dolorosa para los hermanos Reggiardo Tolosa, su experiencia supuso un antes y un después en los casos de restitución. Diana Kordon, psicoanalista que trabajó con las Madres de Plaza de Mayo hasta 1990 y que hoy coordina el Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial, especializado en el apoyo a víctimas de traumatismos sociales, recuerda que el consenso en aquel momento era otro: “No solo los medios debatían si había que restituirlos o no. Discutíamos entre profesionales. Era muy fuerte la presión en el sentido de que estábamos estimulando un nuevo trauma en los chicos. Ahora es distinto: hubo una legitimación acerca de que la apropiación existió y es un crimen condenable en términos sociales, pero también en relación con las personas que la sufrieron y sus familias”.
Ese cambio de mirada se evidencia también en la cantidad de consultas anuales que recibe Abuelas, que crecieron más del 600% entre 2001 (109 consultas) y 2014 (678), con un pico de 117 presentaciones el pasado septiembre a raíz del efecto Guido, tras la restitución del nieto de Estela de Carlotto, presidenta de la institución. “La apropiación es una situación traumática porque rompe la cadena genealógica y su transmisión cultural, que va mucho más allá de la sangre. La restitución, en cambio, es un momento de crisis grande, pero también la posibilidad de un gran encuentro con la verdad”, define Kordon. Reconstruir lazos con sus familias de origen llevó años para Matías. El tiempo saneó su relación con Eduardo, su tío materno, a quien reencontró en las audiencias del juicio a Miara, condenado finalmente en 2013.
Aunque con demora, volvió a relacionarse con la familia de su padre: atesora un álbum fotográfico de tapas azules que prepararon en 2009 para él sus tías paternas. En la primera página de ese documento se lee “Memorias de tu papi, Quique, Juan Enrique Reggiardo” y se ve un árbol genealógico dibujado a mano, que pone nombres a los rostros de las fotos.

Victoria Analía Donda Pérez
Hija de María Hilda Pérez y José María Laureano Donda, que continúan desaparecidos.
Su vida cambió para siempre el 24 de julio de 2003, cuando Juan Antonio Azic, a quien llamaba papá, intentó suicidarse volándose la cabeza con su arma reglamentaria. Quedó en coma tres meses. La razón llegó por la prensa: Azic figuraba entre los represores cuya extradición pedía el juez español Baltasar Garzón para juzgarlos por delitos de lesa humanidad fuera de Argentina, donde aún regían las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
Analía (ese era su nombre entonces) sintió que su vida se derrumbaba y llamó a Abuelas de Plaza de Mayo para disculparse por su padre. Pocos días después, la contactó un grupo de H.I.J.O.S. para decirle que sospechaban que había sido apropiada por Azic y su mujer, Esther, y que solo un análisis de ADN podía confirmarlo. “Recuerdo la sensación de estar ante un abismo, que todo se caía. Veía todo negro y temblaba mucho. Supongo que de miedo. Fueron días en los que no paré de temblar”, cuenta ahora Victoria Donda con un hilo de voz, mientras prepara el biberón de Trilce, su beba.


Detalle del mural de los desaparecidos en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro de detención y tortura de la dictadura militar argentina. / MARIANA ELIANO
“Tardé ocho meses en decidirme a hacer el análisis porque sentía que era dar una prueba para que metieran preso a Juan, un hombre al que yo quería mucho. Al que quiero mucho. A pesar de lo que hizo y de las responsabilidades que le caben por ello, porque es un represor y por eso está preso, yo lo quiero”. Aún lo visita en el penal. ¿Cómo son esos encuentros? “Más tranquilos, ya no hay nada que ocultar. De algunas cosas elegimos no hablar, pero es una linda relación”.
Ese análisis demostró que era hija de María Hilda Pérez, Cori, y José María Donda, a quien llamaban Pato, integrantes de Montoneros, secuestrados en 1977. Y también, que su tío no es otro que el marino Adolfo Donda Tigel, hoy preso, responsable de inteligencia de la ESMA, por donde pasaron más de 4.200 detenidos desaparecidos. Allí nació Victoria, separada de su madre con 15 días de vida: fueCori quien le puso el nombre y también quien, ayudada por una compañera a parir, perforó sus orejitas con una aguja quirúrgica y pasó hilitos celestes por ellas, según relatos de algunos sobrevivientes. Esas voces señalan a su tío como el delator de sus padres. Él fue también quien arrebató a Eva Daniela, su hermana mayor, nacida en 1974, que estaba al cuidado de su abuela, Leontina, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo.
Adolfo Donda logró quitarle la guarda de la niña y la crio como hija propia, ahondando una tragedia familiar que representa la de todo un país. Eva siente afecto de hija por ese tío-padre-apropiador que estaba al tanto del secuestro de su cuñada y de su hermano y que la educó a ella, pero permitió –en el colmo de la crueldad o de la contradicción– la entrega de su otra sobrina, Victoria, a quien incluso se negó a conocer.
La relación entre ambas hermanas fue muy difícil durante años. La mayor de las Donda llegó incluso a participar en 2009 en un acto de la asociación de Familiares y Amigos de las Víctimas del Terrorismo en la Argentina, que cuenta los asesinatos de militares a manos de la guerrilla. Recién ahora el vínculo está recomponiéndose, alentado en parte por el deseo de dejarles a sus propios hijos otra realidad afectiva. “Estamos en eso”, dice Victoria. “Nos visitamos, nos vemos. Salimos juntas. Está bueno. Hay cosas que mejor no hablamos. Ella está en un proceso personal también”, define.
La política fue la mejor terapia de Victoria. “Belicosa”, como le gusta definirse, es un rostro de las ideas de izquierdas que brega por la legalización de la droga (“es el único modo de luchar contra el narcotráfico”) y por los derechos de las mujeres. Asegura que cuando Trilce, su beba, pueda entenderlo, le contará todo, con Disney como aliado (mal que le pese a sus compañeros de partido, Libres del Sur). “Tengo pensado ver con ella Enredados. La película habla de una apropiación porque a Rapunzel la alejan de sus padres y le mienten sobre su origen”.
Viki tuvo dos madres. O así lo siente. “Esther, la mujer de Juan, fue mi mamá y va a ser la abuela de Trilce, no importa que haya muerto hace cuatro años. Pero mi mamá biológica, Cori, también me hizo falta: la extrañé mucho durante mi embarazo. Nunca la vi, cierto, pero la necesitaba cerca”.
Y hay cicatrices. Desde 2003 sueña que la secuestran hombres sin cara y falta un sitio donde honrar a sus mayores. “Lo que más duele es la ausencia de la ausencia; no saber dónde están mis padres. Que cuando quiero ir a llevarles una flor tengo que ir a un río”, señala, aludiendo a la muerte de Cori, que fue “trasladada”, eufemismo que usaban los militares para aludir a los prisioneros que eran drogados y tirados al Río de la Plata en los llamados “vuelos de la muerte”.
Mientras la beba sonríe, contentísima con el despliegue de grabadoras y cámaras, Victoria habla del nombre que junto con Pablo, su marido, eligieron para ella: “La canción de Trilce”, de Daniel Viglietti, una de sus favoritas; el sonido, casi un caramelo, que no quiere decir nada y sin embargo “suena a una mezcla de triste y dulce”. Quizás un verso del poema homónimo de César Vallejo encierre otra clave de la elección cuando repite testarudo: “Ya no tengamos pena”.

¿ADN obligatorio?

¿Se puede obligar a alguien a lidiar con una verdad que no quiere conocer? La hermana de crianza de Victoria Donda nació en 1980, también apropiada y llamada Carla por el matrimonio Azic. Su caso se resolvió en 2008 cuando, ante su negativa a hacerse los análisis inmunogenéticos, la justicia ordenó obtener muestras de ADN a través de objetos personales de la joven. El 27 de mayo de ese año se confirmó que se trataba de Laura, tercera hija del matrimonio formado por Silvia Beatriz María Dameri y Orlando Antonio Ruiz, aún desaparecidos. Existen precedentes de la Corte Suprema argentina que declaran inconstitucional la extracción forzosa de sangre. Pero dada la existencia de métodos no invasivos (análisis de muestras de pelo o saliva), la justicia ha fallado priorizando el valor social que tiene restituir la identidad de una persona y la posibilidad de investigar el delito de su apropiación.
Un caso muy controvertido fue el de Marcela y Felipe Noble Herrera, hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble, directora del periódico Clarín, medio al que el kirchnerismo considera opositor. Ante el reclamo de dos familias querellantes (Lanuscou-Miranda y Gualdero-García) que alegaban la presunta condición de hijos de desaparecidos de los jóvenes, se inició un periplo judicial, que incluyó en 2010 el secuestro de la prendas íntimas que los hermanos vestían en ese momento. Para poner fin a lo que vivían como una “inédita persecución política”, los jóvenes solicitaron en 2011 el cotejo de su ADN con todas las muestras existentes en el Banco Nacional de Datos Genéticos. Todos los análisis dieron negativos.
El 10 de marzo de 2014, la jueza federal Sandra Arroyo Salgado dio por terminadas las pericias en la causa. En marzo de este año, Javier Gonzalo Penino Viñas, quien había sido adoptado ilegalmente por el represor Jorge Vildoza y recuperó su identidad en 1999, declaró como testigo de la defensa en el juicio contra su apropiadora, Ana María Grimaldos, esposa de Vildoza, alegando su derecho a mantener ese lazo. La justicia condenó el pasado 14 de abril a la apropiadora a seis años de prisión. El 12 de abril, Abuelas de Plaza de Mayo confirmó el suicidio de Pablo Germán Athanasiu Laschan, quien había recuperado su identidad a los 37 años en agosto de 2013, tras someterse voluntariamente a los análisis. Pablo había sido anotado como hijo propio por un matrimonio con estrecha vinculación con la dictadura. Su apropiador está detenido en el marco de una causa por crímenes de lesa humanidad.