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jueves, 29 de noviembre de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre la concesión del Premio Nacional de Historia a Ricardo García Cárcel

Ricardo García Cárcel

   En "El País":

Cuando el poder secuestró la Historia

El catedrático Ricardo García Cárcel gana el Premio Nacional de Historia con un ensayo que desenmascara los sucesivos mitos construidos al servicio de monarcas y políticos

 Madrid 28 NOV 2012

El libro que ha ganado el Premio Nacional de Historia se abre con una cita que apunta maneras. Corresponde a un consejo de la historiadora canadiense Margaret MacMillan: “Úsela, disfrútela, pero trate siempre la historia con cuidado”. MacMillan escribió una aclamada obra sobre los usos y abusos de la historia que parece pensado para los vientos que soplan sobre España: “El pasado puede usarse para casi cualquier cosa que uno quiera hacer en el presente”. Y otra, ideal para escribir en la frente: “Usamos la historia para entendernos a nosotros mismos y deberíamos usarla para entender a otros”.
En La herencia del pasado, la obra galardonada, que fue publicada en marzo de 2011 por Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Ricardo García Cárcel (Requena, Valencia, 1948) viaja hacia atrás para desenmascarar los mitos sobre los que unos y otros han asentado la identidad de España o de los nacionalismos periféricos. “Cada territorio ha construido su propia tradición cargada de mitos y a veces de falsificaciones. Podríamos decir que cada comunidad autónoma se ha montado su propia película historicista. Siempre ha habido presiones de cara a la instrumentalización política de la historia y el reto de los historiadores es intentar no contaminarse políticamente”.
En sus cuatro décadas de vida académica, García Cárcel, catedrático de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Barcelona, ha asistido a sucesivas modas historiográficas (positivismo, Annales, marxismo, historia de las mentalidades…) hasta desembocar en un acusado presentismo. “Hoy, el presente lo invade todo, lo explica todo”, avisa en el prólogo de su ensayo.
Por teléfono, mientras espera un avión que le llevará a Sevilla para sumarse al homenaje a Francisco Márquez Villanueva, catedrático de Harvard, erudito del Siglo de Oro, exiliado “de la grisura del franquismo”, explica por qué rehúye la sobredosis de inmediatez: “Solo se hace la historia desde el propio presente, cada historiador busca cómo trasladar sus propios fantasmas del presente al estudio del pasado”. ¿No es útil la historia del tiempo actual? “Le veo utilidad a estudiar el presente, pero no sé si a eso habría que llamarle historia”.
Un ejemplo de sobredosis se da, escribe en su libro, “en el uso y abuso de la llamada memoria histórica, que en España se ha condensado en la explicación de nuestros traumas más recientes (República, Guerra Civil y franquismo) en clave de alineamiento político actual, demasiadas veces sectario, con connotaciones casi épicas, de memoria-rescate”. Su análisis crítico podría confundir: García Cárcel reivindica la memoria histórica y el estudio de la República y la Guerra Civil desde nuevas perspectivas y fuentes. “Pero reivindico la historia larga. Uno a veces tiene la sensación de que la historia empieza en 1936 o que Franco fue el inventor del concepto de España, cuando probablemente no fue más españolista que el presidente Azaña”.
Recuerda el catedrático que su generación fue educada “en el cultivo de los mitos más rancios de la historia de España”. “Llegamos a la universidad en los años sesenta y nos lanzamos a la caza y derribo de toda esa mitología que cuestionamos de arriba abajo en tanto que la identificamos con la historia oficial producida por el franquismo”, proclama en La herencia del pasado. Una generación que puso en la picota a un discurso secuestrado y al que ahora le ha sucedido otro. “Posiblemente sea necesario pasar por los extremos para valorar y encontrar la justa verdad”, concede.
En el altar de mitos españoles, sin embargo, ve los huecos dejados por la caída de los iconos franquistas. “Los hemos barrido, frente a ese barrido los nacionalismos a escala pequeña no tienen el menor complejo en seguir exhumando sus referentes”.

PRENSA CULTURAL. Reseña del libro galardonado con el Premio Nacional de Historia, de Ricardo García Cárcel

Ricardo García Cárcel

   En "El País":

  • Ricardo García Cárcel
 20 AGO 2011

Historia. La memoria histórica se ha convertido hoy en un objeto de culto por múltiples razones, entre las que destacan la necesidad de superar el Holocausto a escala global y la necesidad de superar la Guerra Civil a escala española. Todo lo cual ha abierto un complejo debate público que es a la vez científico (controversia entre historiadores), político (polémica sobre los derechos de las víctimas) y hasta jurídico (como en el caso Garzón), pero desde luego siempre mediático, dada la profusa celebración de todo evento conmemorativo. Pero es que, además, entre memoria histórica y discurso mediático hay una evidente afinidad electiva, dada la común metodología que ambos géneros emplean para rememorar lo ocurrido.

La herencia del pasado

Ricardo García Cárcel
Galaxia Gutenberg. Madrid, 2011
759 páginas. 30 euros
En efecto, para narrar el pasado hay que recurrir a un procedimiento análogo al montaje cinematográfico. Ante todo, proceder al découpage o fragmentación selectiva de los hechos narrados: ¿qué debe ser recordado (para imprimirlo en la memoria) y qué olvidado (para dejarlo en elipsis)? En segundo lugar, hay que proceder a la edición de los hechos rememorados, empezando por su puntuación secuencial: ¿cuál fue su origen (planteamiento), cuál su sintaxis consecutiva (nudo argumental), cuál su clímax crítico (conflicto dramático), cuál su desenlace? Y hay que elegir un encuadre interpretativo, identificando los vértices del triángulo agonístico (plano-contraplano según el eje de cámara) que oponen a "nosotros" contra "ellos" según la perspectiva del narrador que dirige la mirada del espectador. Un encuadre (framing) que siempre es moral,dado que reinterpreta el conflicto que opone a los antagonistas en términos de justo/injusto, legitimidad/ilegitimidad. Por eso la memoria histórica siempre resulta sectaria, retraduciendo la historia real a una película de buenos y malos.
Pero no es el caso del libro que nos ocupa. Precisamente, para evitar ese posible sesgo tendencioso, su autor contrapone las diversas memorias plurales que se enfrentan entre sí, sin tomar más partido entre ellas que el derivado de la veracidad. Pues en efecto, hay que distinguir entre la memoria veraz de los hechos reales y la memoria falaz de los mitos (falsos hechos históricos), que muchas veces se confunden y revuelven en el relato mediático que tiende a dar gato por liebre. Y tras descartar las falsificaciones, García Cárcel pasa a contrastar las opuestas memorias históricas con que los españoles han venido reinterpretando su pasado, desde sus orígenes fundacionales (en que algunos comenzaron a reconocerse como nosotros los españoles, nosotros los catalanes, etcétera) hasta sus desenlaces provisionales en el presente actual (cuando las memorias están divididas en función del nosotros y ellos ocupados en torno al clímax de la guerra civil). En este último punto es donde quizá se pueda echar de menos alguna mayor atención sobre la memoria histórica de las víctimas del franquismo, ayer elípticamente ignorada por la generación de sus hijos y hoy públicamente reivindicada por la generación de sus nietos, sin encontrar más reparación que la insuficiente Ley aprobada por las Cortes y el indignante procesamiento del juez Garzón.
Entre ambos extremos (planteamiento y desenlace), la crónica de las sucesivas memorias históricas que aquí se ofrece resulta necesariamente sintética, dada la opción pluralista escogida desde un principio que obliga a García Cárcel a seleccionar sólo algunas de las múltiples líneas de conflicto (cleavages) que han dividido las memorias históricas de los españoles. Ante todo, el conflicto entre centro y periferia, es decir, la polémica de la España plural, aquí representada sobre todo por los conflictos vasco y catalán. Después, el conflicto entre derecha e izquierda, o sea la polémica de las dos Españas, que se amplían a tres si consideramos las memorias neutral e imparcial (en la que se sitúa el autor). Y por fin el conflicto más sugestivo de todos entre "adanistas" (voluntaristas que pretenden rehacer la historia a discreción partiendo de cero) e "historicistas" (fatalistas del determinismo teleológico, ya sean conservadores con "memoria auto-satisfecha" que sacralizan el pasado o progresistas con "memoria doliente" que maldicen el fracaso congénito). Y es en esta última polémica entre los dos encuadres antitéticos de quienes propugnan una "historia corta", haciendo de la memoria una mera invención interesada, frente a quienes proyectan una "historia larga", convirtiendo la memoria en una predisposición hereditaria (path dependency), donde destaca a mi juicio lo más brillante de este libro notable.

PRENSA CULTURAL. Algunos mitos de la historia de España

Conmemoración de la toma de Granada por los Reyes Católicos / MIGUEL ÁNGEL MOLINA (EFE). ("el país)

   En "El País":

Don Pelayo salió de la nada

Algunos mitos históricos que no son lo que parecen

 27 NOV 2012

Don Pelayo. “El mito fundacional por excelencia de la historia de España ha sido el de la Reconquista, entendida como el largo y épico proceso de redención o salvación de la perdida España por culpas pretéritas (...). Sobre Don Pelayo no hay referencias hasta el siglo X, en paralelo a la construcción de la idea de Reconquista, se le hace noble godo, preso en Córdoba y refugiado en Asturias. El mito se desarrolla a partir del XII. Alfonso X lo convierte en descendiente del rey Chindasvinto”.
Reyes Católicos. “El matrimonio feliz y armónico como fundamento y a la vez metáfora de la unidad nacional. El ‘tanto monta-monta tanto’ como símbolo del equilibrio doméstico y de poderes (...). La unidad nacional no existió en un sentido literal y solo cabe hablar de un gobierno compartido. No obstante, y pese a la fragilidad del presunto modelo nacional de los Reyes Católicos, este reinado quedará en la memoria de los españoles como una Arcadia feliz, plena de equilibrio y armonía”.
Asalto a Barcelona el 11 de septiembre de 1714. “En el siglo XVIII la cercanía de los hechos pesaba aún demasiado y las menciones al 11 de septiembre fueron escasas (...) La fiesta del 11 de septiembre se empezó a celebrar en 1891 con homenajes anuales a la figura de Casanova. Entonces se inició la tradición de publicar en prensa las esquelas dedicadas a los mártires de 1714 (...) Las dictaduras de Miguel Primo de Rivera y de Francisco Franco hicieron paradójicamente más por la construcción de la memoria nacionalista catalana que los propios nacionalistas. Primo de Rivera prohibió la Diada hasta 1930 (...) La Diada se conmemoró clandestinamente hasta 1976, año en que la celebración en Sant Boi congregó a 100.000 personas”.
La excepcionalidad vasca. “A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII los vascos se creyeron los mejores españoles y el casticismo español encontró su quintaesencia en la identidad vasca. Fue la ideología liberal del XIX la que cuestionó la idea de privilegio y fabricó, a caballo de la experiencia carlista, el arquetipo de la simplicidad y el aldeanismo rural vasco. Después llegó el 98 y la decepción fue entonces vasca mientras se fabricaban todos los tópicos etnicistas y xenófobos contra la inmigración (maquetos). El nacionalismo deslizó a los vascos de su convicción de ser españoles excepcionales, los mejores, los más castizos, a la conciencia de ser la excepción de la mediocre normalidad española”.
La marginación de Galicia. “La primera lírica hispana en lengua romance es la galaico-portuguesa. Pero desde el siglo XIII el uso literario del gallego se fue perdiendo hasta su resurrección en el Rexurdimento del XIX (...) Santiago fue el gran referente que convirtió a Galicia en tierra de peregrinaciones, aunque nunca fue ídolo del galleguismo (...) El problema de Galicia ha sido su marginación periférica. Nunca ha sido sujeto agente de su propia historia. Su conciencia diferencial, más que un discurso ideológico-político sólido, ha generado un ejercicio de melancolía”.