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viernes, 24 de junio de 2016

CINE Y CIENCIA. "Diálogos de ciencia y ficción"

   En "Jotdown":

Diálogos de ciencia y ficción

Publicado por  y 
Interstellar. Imagen: Warner Bros.
Interstellar. Imagen: Warner Bros.
Cristian Campos: Hace tres meses tú y yo publicamos en esta misma revista un debate sobre Interstellar. Quizá sería buena idea ampliar ese debate a otras películas de ciencia ficción de los últimos años que comparten con la película de Christopher Nolan la voluntad de tratar la ciencia desde un punto de vista adulto o, como se dice en determinados sectores, «duro». Y, ya puestos, quizá podríamos ampliar ese debate a la imagen que se da de la ciencia y de la tecnología en los medios de comunicación y de cómo esa imagen influye en la política científica de los gobiernos (y, por lo tanto, en la vida de los ciudadanos). ¿Empezamos por el cine?
Juan José Gómez Cadenas: Las últimas tres películas de ciencia ficción que he visto (GravityInterstellar yMarte) comparten una tendencia muy interesante. A saber: se toman la ciencia en serio, tanto en la narración como en su defensa de lo que yo llamaría el poder redentor de la ciencia.
Aunque en todas ellas hay alguna concesión a factores prácticos o estéticos (si no recuerdo mal a nadie se le ponen los pelos de punta en gravedad cero, algo inevitable pero poco fotogénico), en ninguna se toleran simplezas y errores de bulto, como el ruido de explosiones en el vacío o naves que aceleran a 10 g sin que nadie se despeine. El caso de Interstellar ya lo tratamos en el artículo que has mencionado. Tratándose de una apuesta tan ambiciosa, los registros en los que se mueve la película de Nolan van desde la ciencia de hoy hasta especulaciones bastante arriesgadas, aunque todas con un fundamento sólido. No olvidemos que un tipo de la talla de Kip Thorne ha escrito un libro entero explicando la física que se maneja en la historia.
En ese sentido, tanto Marte como Gravity son más sencillas y se mueven en el registro de la ciencia y la tecnología de hoy. En ambas hay alguna que otra exageración, pero son más que aceptables. Si comparamos este trío con algunas de sus predecesoras más o menos cercanas en el cine de ciencia ficción (por ejemplo las dos películas sobre asteroides destructores, ambas muy pobres desde el punto de vista científico) o la infame Prometheus (¿qué se había metido el amigo Ridley Scott cuando decidió dirigir eso?) la mejora ha sido enorme y creo que va en la dirección correcta, entretener a la vez que educar. ¿Qué opinas?
C. C.: Creo que una película de este tipo podría considerarse una excentricidad. Dos, una casualidad. Pero tres son una tendencia. Y eso es lo que ha pasado con GravityInterstellar y Marte. Es difícil juzgar con distancia crítica un periodo de apenas tres o cuatro años, pero si me he de mojar diría que el cine de ciencia ficción se está poniendo serio porque una parte del público se está poniendo serio. Es un público no masivo pero sí muy influyente: el tipo de espectador que arrastra a otros espectadores al cine. El resultado son cifras de taquilla más que respetables.
El caso es que siempre ha habido películas de ciencia ficción con vocación de respetabilidad desde el punto de vista científico y narrativo, pero es ahora cuando han surgido un puñado de películas que a esos dos factores añaden el que acabo de mencionar: la comercialidad. Tanto Gravity como Interstellar como Marte son películas solventes científica y narrativamente, pero también éxitos de taquilla. Interstellar, por ejemplo, recaudó seiscientos setenta y cinco millones de dólares cuando su coste de producción fue de ciento sesenta y cinco millones. PrimerMoon y Otra tierra, sin ir más lejos, no eran películas comerciales. Y ese, el de la ciencia ficción dura pero solvente en taquilla, es un fenómeno relativamente nuevo (el éxito de 2001: Una odisea del espacio fue una feliz e inesperada excepción a la regla). Y por eso estamos hablando de él en Jot Down
Pero lo importante no es tanto el hecho de que esas películas hayan surgido ahora como el porqué lo han hecho. Y aquí me mojo de nuevo: la ciencia ha entrado en la cultura pop. Científicos como Steven PinkerRichard Dawkins o Lawrence Krauss son ahora tan populares como muchos actores, cantantes y escritores de bestsellers. Todos ellos venden decenas de miles de libros, hacen giras de conferencias con llenos absolutos, aparecen en televisión de forma regular y han logrado borrar la frontera que separaba hace apenas unos años la divulgación científica (es decir los libros de ciencia sin fórmulas) del mundo del espectáculo.
A mí me gustaría preguntarte una cosa. ¿Cómo ven los científicos esta popularización de la ciencia dura? ¿Como una traición inaceptable que frivoliza el trabajo de miles de científicos que no viajarán jamás a Marte o que nunca descubrirán cómo viajar en el tiempo, o como una pequeña concesión en la que el fin (el aumento de las vocaciones científicas y de los presupuestos destinados a investigación) justifica los medios?
J. J. G. C.: Antes de responder a tu pregunta quiero darle una vuelta al argumento de la ciencia ficción seria. Considera 2001: Una odisea del espacio. La película es de 1968, nada menos. La dirigió un monstruo del cine con la ayuda de uno de los más grandes escritores de ciencia ficción de la historia. Casi roza ya el medio siglo. Pero no tiene nada que envidiarle a los excelentes filmes que estamos comentando, se adelanta cinco décadas a ellos en su tratamiento riguroso (y atrevido) de la ciencia, fue un éxito de taquilla y no ha desaparecido de nuestro imaginario colectivo. Interstellar, como bien sabes, se mira en el espejo de Kubrick y Clarke, igual que aquel tatarabuelo nuestro se miraba, asombrado, en el monolito. 
Y, sin embargo, diez años más tarde, George Lucas arrasa con la saga de Star Wars, que no es otra cosa que un wéstern con naves espaciales en lugar de carromatos. ¿Qué ha ocurrido?
Siguiendo con tu ejemplo de arriesgar hipótesis. Durante las dos o tres décadas que siguieron a la II Guerra Mundial, la ciencia adquirió un prestigio enorme en los Estados Unidos (que emergió como potencia victoriosa gracias a su tecnología superior y que inventó la bomba atómica) y por ende en el resto del mundo. Hay que recordar que 2001: Una odisea del espacio se estrena un año antes de que Neil Armstrong pise la superficie de la luna. En la década de los sesenta, la sociedad norteamericana está convencida de que la ciencia puede conseguirlo todo. Es la época en la que se cree que la fisión nuclear puede producir energía ilimitada y que la fusión está a la vuelta de la esquina. La época en que se cree que la exploración de Marte es inminente y que el coche volador será una realidad pasado mañana. Los científicos atómicos en Estados Unidos y otros países avanzados (entre los que, desgraciadamente, no está incluida España) manejan presupuestos enormes. El CERN está en pleno auge, la física de partículas elementales (mi propio campo) o la NASA prosperan, apoyadas por la fe incondicional tanto de los políticos como del público general. 
Pero a finales de los setenta las cosas han cambiado. La sucesivas crisis del petróleo (1973 y 1979) han hecho más que patente que el mundo no funciona gracias a la energía atómica sino gracias al petróleo, cuya producción está en manos de un cartel. El accidente de Three Miles Island, en 1979, sirve como detonador del movimiento antinuclear, que a su vez supone un cambio de actitud en una parte de la población. La ciencia ya no es la panacea universal y comienza a mirarse con desconfianza. El libro La primavera silenciosa de Rachel Carson se ha divulgado ampliamente y el movimiento ecologista toma fuerza, oponiéndose al uso de pesticidas, a la energía nuclear y a lo que se percibe como abusos de la ciencia y/o de la tecnología, en aras de los intereses económicos de las elites.
Para cuando llegan los años ochenta, la ciencia ha perdido su glamur y la tecnología, aunque sigue avanzando y mejorando la vida del ciudadano de a pie, ha perdido su promesa de redención. El programa Apolo termina en 1975 y ya nadie piensa en llegar a Marte en lo que queda de siglo. La ciencia básica se refugia en su torre de marfil, tolerada por los políticos y por el gran público, pero ya no es admirada. El Super Conducting Super Collider, que debía haberse adelantado al LHC del CERN en una década, es cancelado en 1993, en lo que supone un claro bofetón a la hasta entonces sacrosanta física de partículas en los Estados Unidos. Los títulos de ciencia ficción que nos encontramos en los ochenta incluyen la saga de SupermanHeavy MetalBlade RunnerLa zona muertaEl guerrero del mundo perdido, la saga de Star Trek y, cómo no, Terminator.
Los noventa no andan mucho mejor y en 2001 llega El Señor de los Anillos. El público nunca deja de interesarse por aspectos exóticos de la física (como los viajes en el tiempo y las contradicciones asociadas a los bucles temporales), pero la ciencia se ridiculiza (Viaje al futuro), se ignora (Superman y en general todas las sagas de superhéroes que, por cierto, siguen gozando de buena salud) o incluso se sospecha de ella (Terminator es uno de los muchos ejemplos en los que los robots son los malos de la película, en fuerte contraste con los androides de Isaac Asimov). 
Gravity. Imagen Warner Bros. Pictures.
Gravity. Imagen Warner Bros. Pictures.
Entre tanto, los científicos profesionales se dedican a lo suyo. Hasta primeros de siglo había poca divulgación científica y la que había solía ser rigurosa y más bien pensada para un público bastante selecto. Es muy notable que uno de los mayores pioneros de la popularización de la ciencia, el gran Carl Sagan, fuera atacado con bastante saña por sus colegas, precisamente por dedicarse a la divulgación (y por el gran éxito que tuvo, me temo). Sin embargo, Sagan se estaba anticipando al fenómeno que tú comentas.
A día de hoy, hay toda una escuela de divulgadores de gran éxito, muchos de los cuales son o han sido también científicos de primera línea. El fenómeno viene acompañado de otros que le hacen eco. Las universidades empiezan a invertir mucho más dinero en divulgación y los científicos profesionales se encuentran con que se espera de ellos que dediquen una parte de su tiempo a popularizar su ciencia. Recientemente, Emiliano Bruner ha descrito en un artículo muy lúcido las luces y sombras de esta nueva moda.
En cierto modo, creo que nos encontramos con un nuevo cambio de viento. La ciencia vuelve a ser percibida como algo esencial por el ciudadano. En parte por su enorme impacto en áreas como la salud (estoy pensando en la imagen médica, los tratamientos contra el cáncer o la casi total victoria sobre el sida) y en parte porque cada vez se es más consciente de que nuestro estilo de vida está fundamentado en (y depende de) la ciencia y la tecnología. Seguimos funcionando a base de quemar gasolina, pero todo el mundo entiende que el cambio climático es una realidad con la que va a haber que lidiar. Y para ese viaje se precisan las alforjas de la ciencia. 
Y es en ese contexto donde podemos leer el resurgir de las películas de ciencia ficción dura. Interstellar retoma un viejo tema, el de la humanidad arruinada por culpa suya (el cambio climático). Una humanidad que, al renegar de la ciencia, se condena a una extinción de la que solo la ciencia puede salvarla. Y Marte es, en muchos aspectos, un panfleto de la NASA recordándonos que seguimos teniendo pendiente un viaje tripulado a Marte. 
Por fin, respondo a tu pregunta. ¿Cómo ven los científicos la popularización de la ciencia ? Yo creo que bien. Todos comprendemos que es una necesidad (hace falta convencer a los políticos para que nos financien), una obligación (el ciudadano cuyos impuestos pagan mi trabajo tiene todo el derecho del mundo a que le explique lo que hago, por qué y para qué) y, para gente como yo, un placer y una oportunidad.
Hace unos años, el divulgador científico tendía a ser arrogante y a aproximarse al público en plan lección magistral. Hoy, más de uno peca de lo contrario. Se llega a veces a la payasada y el esperpento. Pero se están descubriendo muchas fórmulas interesantes. Por ejemplo, la gente de Naukas monta cada año en España auténticas ferias de la ciencia donde lo mismo te encuentras a un científico de prestigio desgañitándose para explicar lo que hace, que a Natalia Ruiz Zelmanovitch mezclando ciencia con teatro, vodevil y poesía. El Donostia International Physics Center (DIPC) dedica una parte de su presupuesto al proyecto Mestizajes, en el que colaboro y donde se buscan (e incluso se inventan) territorios comunes a la ciencia, la música y la literatura. Emiliano Bruner mantiene un blog de música y antropología y el biólogo teórico Diego Rasskin mantiene en Jot Down un blog, Metáforas de ajedrez, donde conecta diferentes aspectos de la ciencia y la literatura con las sesenta y cuatro casillas. Y estos son solo algunos ejemplos. El país realmente cuenta con una cantidad creciente de excelentes divulgadores, algo casi inexistente hace un lustro.
Volviendo al cine, estoy convencido de que el mercado responde precisamente a ese espectador que quiere saber más de lo que es real (de Marte por ejemplo) y que está un poco harto de rayos láser y batallas galácticas. Por otra parte, me preocupa un poco una tendencia que detecto en los tres filmes, y es que en ellos la ciencia y/o los científicos acaban por operar milagros. El caso de Interstellar es el más claro. En ella asistimos a una salvación en toda regla de la humanidad. Pero también vemos a la protagonista de Gravity y al de Marte salvarse gracias al poder de la ciencia. Creo que las películas responden a un convencimiento por parte del ciudadano de que la ciencia y la tecnología lo pueden todo. Y eso es peligroso. Por poner un ejemplo obvio, todo el mundo está muy contento con unos acuerdos de mínimos para combatir el cambio climático, pero si echas las cuentas verás que el problema está muy lejos de poder resolverse. De hecho, no está claro en absoluto que sepamos cómo resolverlo. Me preocupa esta fe ciega en la ciencia que parece resurgir en estas películas. ¿Tú cómo lo ves?
C. C.: Me parece que la fe ciega en la ciencia (suponiendo que exista algo parecido a la «fe ciega en la ciencia») es preferible a la fe ciega en cualquier tipo de superstición o, aún peor, en todas esas pamemas que pretenden pasar por ciencia alternativa. El propio nombre es absurdo. ¿Alternativa a qué? ¿A la ley de la flotabilidad de Arquímedes? ¿A la de los fluidos dinámicos de Bernoulli? ¿A la de las presiones parciales de Dalton? Si sus defensores demuestran que esa ciencia alternativa refuta alguna de esas leyes recibirán el Nobel. ¿A qué están esperando?
Cada vez que he escrito sobre este tema se ha liado una batalla campal en los comentarios que ríete tú de la II Guerra Mundial. La acusación más frecuente es la de que la ciencia se ha convertido en una religión más. Y en una religión especialmente deshumanizada y falta de empatía. Supongo que lo que se quiere decir en realidad es que la ciencia ha adquirido algunos de los rasgos distintivos de la fe. A mí eso no me preocupa. Creo que lo interesante no es tanto que la ciencia haya ocupado una parte del espacio que antes ocupaban las religiones como el horizonte moral que eso representa: al menos ahora hemos depositado nuestra fe en algo «real».
Lo verdaderamente grave es lo que está haciendo el periodismo con la ciencia. El diario La Vanguardia, por ejemplo, tiene una sección, La Contra, en la que se da cabida a todo tipo de locos, chalados y conspiranoicos. Uno que dice que te puedes alimentar exclusivamente de luz solar, otro que dice que el cáncer es un estado de ánimo, otro que dice que las vacunas matan… El cinismo con el que el periodismo le da voz a estos tipos es nauseabundo. Por supuesto, La Vanguardia es una empresa privada y puede volcar en sus páginas todas las tonterías que le dé la gana. Yo, por mi parte, soy libre para decir que peor que el analfabeto que defiende memeces es el cínico que le da un altavoz para que las esparza a los cuatro vientos. Si se están riendo de esos pobres locos, malo. Y si creen que la opinión de esos locos merece ser escuchada, peor. Y digo peor 1) porque al periodismo se llega alfabetizado de casa, y 2) porque el periodismo se sustenta sobre una única columna: el pacto con el lector de que lo que se dice en las páginas del diario es verdad. Si dinamitas esa columna, que ya está lo suficientemente carcomida por todo tipo de intereses confesos y no tan confesos, ¿quién me dice que lo que se publica en el resto de páginas del diario es cierto? ¿Para qué necesito yo un diario, entonces?
Y por eso, y puesto en la tesitura de escoger entre dos males (el analfabetismo científico y la fe ciega en los hipotéticos milagros de la ciencia), me quedo sin dudarlo con el segundo. En esto hay que ser un poco maquiavélico porque el otro bando tiene a todos los crédulos del mundo a su favor. Y los crédulos suelen tener una fuerza de voluntad a prueba de bomba.
Ahora te lanzo yo una pregunta. ¿Cuáles son las investigaciones científicas en curso con más potencial «peliculero»? Es decir aquellas que convenientemente exageradas y simplificadas podrían sostener el argumento de una película de ciencia ficción. Los aficionados a la ciencia ficción ya estamos cansados de viajes en el tiempo y agujeros negros. ¿Dónde está la ciencia de vanguardia que ha de alimentar la ciencia ficción del siglo XXI?
Marte. Imagen: Twentieth Century Fox.
Marte. Imagen: Twentieth Century Fox.
J. J. G. C.: Estoy esencialmente de acuerdo contigo, aunque, precisamente por mi formación como científico, me cuesta tener fe ciega en nada. Pero creo que la ciencia nos proporciona una buena forma de entender el mundo, incluyéndonos a nosotros mismos. 
En cuanto al periodismo y la ciencia, aquí habría mucho que hablar y nos arriesgamos a llevarnos algunos capones. De entrada, suscribo al 100% lo que cuentas y me parece de una irresponsabilidad criminal que periódicos y revistas promocionen terapias y tratamientos alternativos (¿alternativos a qué?, como bien dices tú) que no son otra cosa que el viejo timo del crecepelo, el ansiado bálsamo de Fierabrás o, para decirlo en plata, burdos timos. El fenómeno de las seudociencias y la indulgencia en el pensamiento mágico va en aumento. De hecho, mi último artículo en Jot Down toca el tema de lleno y acabo de firmar, junto con otros cincuenta científicos, una carta que ha publicado El País.
El problema es grave. Para empezar, porque cuesta vidas, tal como cuento en «Requiem por Mario». Y, para seguir, porque contribuye al estado general de complaciente desinformación en la que parece que nos encanta sumir al ciudadano. La sociedad en la que vivimos no se concibe sin la ciencia. Empezando por la medicina (desde la vacuna a la imagen médica, pasando por el tratamiento contra enfermedades antaño mortales y hoy ya crónicas, como el sida o la diabetes) y siguiendo por las comunicaciones (desde el móvil a san Google) y el transporte (desde el AVE hasta el avión barato pasando por el automóvil que tenemos). Desde la alimentación de calidad (que sería inconcebible sin los avances de los últimos cien años) hasta el acceso a la educación, somos lo que somos gracias a la ciencia y la tecnología que se basa en esta. Pero los políticos cicatean su financiación, determinados grupos ecologistas se oponen de manera irracional a no pocos avances científicos (por poner un ejemplo, la oposición al arroz dorado me parece delictiva) y los periódicos y revistas promocionan el pensamiento mágico y la brujería new age
En España hay que añadir el hecho de que los periodistas tienen una formación muy deficiente en ciencia. Es algo que está empezando a cambiar, pero todavía estamos muy atrás comparado con los países anglosajones. Supongo que esa deficiencia, en el fondo, es parte del analfabetismo científico en España. En los Estados Unidos se publican cada año (y se venden bien) docenas de títulos sobre ciencia. Libros recientes, de excelente nivel y para todos los públicos, que abarcan desde las matemáticas a la robótica, pasando por la física de partículas o la biología molecular. Como los libros se venden aceptablemente bien, no es infrecuente que buenos científicos dediquen una parte de su actividad a escribirlos. Además, hay toda una generación de periodistas-científicos (e incluso de científicos-periodistas) que pueden vivir aceptablemente de divulgar la ciencia. España es un auténtico desierto, te lo digo por experiencia como autor de ficción y de ensayo y como científico profesional. 
En cuanto a la ciencia y sus temas peliculeros. Coincido contigo en que los agujeros negros ya están bastante explotados, pero creo que los viajes espaciales y los encuentros con ET seguirán dando de sí. No podemos evitarlo, nos come la curiosidad, el ansia de viajar y también el miedo a estar solos en la galaxia.
Otro clásico que creo que aún podemos explotar (y la bola ya está rodando) es el de los robots y la inteligencia artificial. Los avances en ese campo están acelerando. Ya hemos visto filmes bastante potables, como el reciente Ex Machina (donde se manejan buenas ideas, aunque a mí me cabreó enormemente el desenlace), por no hablar del clásico de Spielberg I.A. Inteligencia artificial
Otro tema que puede dar de sí en el cine y que ya ha sido bastante bien tratado en la novela es el de la nanotecnología. No me sorprendería ver pronto, por ejemplo, una adaptación de La era del diamante de Neal Stephenson. En general, creo que el cyberpunk y el postcyberpunk son filones de la ciencia ficción escrita que el cine ha explotado poco. 
En el campo de la biología hay muchos otros filones, también tratados en la literatura y menos en el cine. Desde la manipulación genética (ahí tenemos excelentes filmes, como Gattaca) hasta el hombre híbrido, mitad humano, mitad cíborg. Muchos de estos temas han sido tratados por el cine, pero a menudo de manera bastante infantil. Creo que hay bastante espacio para revisitarlos en esta nueva oleada de ciencia ficción seria.
A mí me interesa preguntarte por un tema análogo. La ciencia ficción también ha tenido siempre una componente de avances y retrocesos sociales: las utopías y las distopías. Ahí tenemos desde trabajos tan esenciales como Un mundo feliz de Huxley (que no sé si ha tenido una buena versión cinematográfica) hasta el rudimentario pero taquillero Mad Max, pasando por Blade Runner y tantos otros. Mi última novela (Spartana, publicada por Espasa) es, de hecho, una distopía en la que identifico la ciencia como la única redención posible para una humanidad cada vez más ignorante, pobre y sometida al capricho de las élites. ¿Qué opinas al respecto? ¿Crees que el cine de ciencia ficción seria se atreverá a revisar este terreno? ¿O nos quedan aún muchos Juegos del hambre que sufrir?
Ex Machina. Imagen: DNA Films.
Ex Machina. Imagen: DNA Films.
C. C.: A las utopías hay que cogerlas con pinzas últimamente porque vienen cargadas de ideología. A mí me sorprendió ver cómo a mucha gente le pasaba desapercibida la distopía que plantea Interstellar, que es la de un mundo dominado por el discurso anticientífico y consparanoico. Una buena parte del público se quedó únicamente con la distopía ecologista de las cosechas arrasadas. Pero no captó la distopía ideológica porque para ellos ese mundo, esa distopía, es aceptable. El Roto, el dibujante de El País, tiene por ejemplo decenas de chistes en los que arremete contra las farmacéuticas, las vacunas y la ciencia en general. Intuyo que su utopía es un mundo sin ciencia. Así que lo que para mí es una distopía, para El Roto y otros como él es una utopía: un mundo controlado ideológicamente por los antivacunas, los homeópatas y una burocracia ideológica y no racionalista. Un mundo que se ha rebelado contra las luces de la razón. 
De hecho, esa burocracia ya la tenemos aquí. Es el caso de algunos partidos políticos cuya relación con la ciencia y el racionalismo es conflictiva, por no decir inviable. Unos por prejuicios religiosos y otros por prejuicios redentoristas y magufos. Así que cuando hablamos de utopías y distopías hay que definir primero de qué hablamos. Gattaca, por ejemplo, es ciencia ficción política. No mucha gente lo ve así. Aunque entiendo por qué ese es un terreno tan poco explorado en el cine. Lo entiendo porque, desde el punto de vista del director, no suele salir gratis rebelarte contra la irracionalidad de la masa. Yo a veces digo, medio en serio medio por tocar los cojones, que la ciencia es de derechas. Es una boutade, pero creo que cualquiera con más de dos libros a cuestas puede entender qué quiero decir con esa frase. La realidad suele ser profundamente de derechas. 
J. J. G. C.A tenor de este diálogo decidí revisitar Her y creo que podría incluirla en esa lista de buenas películas de ciencia ficción que sin embargo no renuncian a ser atractivas comercialmente, junto a MarteGravity oInterstellar (aunque creo que Interstellar, sinceramente, juega en otra liga).
Her plantea uno de los problemas asociados a la singularidad: el momento en el que la inteligencia artificial —o el OS, como se le llama en la película— se vuelve tanto más inteligente que su creador que dejamos de interesarle. Pero el enfoque me parece muy inteligente: Samantha no deja de amar a Theodore, incluso cuando tiene que dejarlo atrás. También me interesa la sugerencia final, la posibilidad de que ambos puedan volver a amarse cuando Theodore gets there, es decir cuando los hombres consigan superar sus propias limitaciones y volverse tan inteligentes como sus inteligencias artificiales (de hecho, fundirse con ellas). Todo eso es standard lore transhumanista, pero encuentro el tratamiento en la película muy afortunado.
Otro detalle que me parece realmente bueno es la interpretación de Scarlett Johansson como Samantha. Su maravillosa voz consigue crear un personaje adorable y sugerente, sensual y amigable a pesar de que (o quizás debido a que) no la vemos nunca. Menos afortunado (pero pasable) es la concesión a la galería con los «polvos mentales» entre Samantha y Theodore. En resumen, una película que me parece afortunada, aunque como bien dices, esquiva distopías complejas. 
Respecto a tu comentario de que hay que llevarse cuidado con las distopías, me llevé una gran sorpresa cuando propuse a mi traductora (Cristina) la traducción de Spartana al italiano. Materia Extraña, mi anterior novela, se tradujo y vendió bien. Pero en el caso de Spartana (que considero una obra más interesante) el hecho de tratarse de una distopía bastante crítica la hizo imposible de colocar, según me aseguraba Cristina.
Si te fijas, el cine actual nos vende pocas películas realmente inquietantes. Ciertamente, la serie de Los juegos del hambre es inocua, así como el resto de productos similares: DivergenteEl corredor del laberinto, etcétera. Son fórmulas enlatadas que en el fondo (y no hay que profundizar mucho) participan de la misma posición que en Avatar se ve magníficamente. Los buenos son los «indios» (ecologistas, unidos a la Tierra, conectados al Todo, jinetes de dragones y medio telépatas) y los malos son los «tecnovaqueros», con sus máquinas y sus robocops. Para colmo, en Avatar los científicos son un cliché formidable, unos simples que no se enteran de nada. La fórmula con variantes se repite una y otra vez en las varias distopías y series pretendidamente ciencia ficción que en el fondo se diría que son anticiencia ficción.
C. C.Respecto a Her, aprovecho para preguntarte a ti, que eres el experto. ¿Es posible para un sistema cualquiera, pongamos una inteligencia artificial, comprender nada que sea más complejo que él mismo? O mejor dicho: ¿Puede un sistema cualquiera comprender una realidad superior de la que él mismo forma parte?
Aquí habría que aclarar qué entendemos por «comprender» y por «complejidad», pero vamos a un ejemplo extremo. ¿Puede un ordenador «comprender» el universo cuando ese mismo ordenador es «universo»? ¿Y no es eso exactamente lo que ocurre con la inteligencia artificial? A fin de cuentas, el concepto de inteligencia es una construcción humana. No hay nada de inteligente en un quark o en un electrón, solo fuerzas físicas y pura abstracción matemática. Inteligencia es solo la palabra con la que definimos una serie de interacciones determinadas en detrimento de otras a partir de cierto nivel de complejidad física. Así que, ¿qué queremos decir cuando especulamos con ese momento en el que la inteligencia artificial será más inteligente que aquellos seres que han inventado no solo el concepto de inteligencia artificial sino el mismo concepto de inteligencia? ¿No es eso ontológicamente imposible? ¿Y no debería ser ese el tema por excelencia de la ciencia ficción dura del futuro?
J. J. G. C.: Sobre Her, la pregunta que me planteas es muy interesante. Pero, si te fijas, no necesitas una inteligencia artificial para plantearla, se puede aplicar perfectamente a la inteligencia humana. El cerebro humano (la máquina más compleja del universo conocido) es parte del universo que intenta describir y la noción no es en absoluto baladí.
Para empezar, el universo que percibimos (y del que formamos parte) solo nos es accesible a través de nuestros sentidos y comprensible a través de nuestra maquinaria intelectual. El hecho, en sí mismo, implica un sesgo importante. Los humanos vemos el rojo, pero no el ultravioleta, así que el mundo que percibimos tiene un espectro de colores diferente al de otros animales (u otros posibles seres inteligentes). Nuestro sentido del olfato es relativamente pobre. Comparado con el de un perro somos medio ciegos al mundo de los olores. Todo eso afecta a nuestra forma de percibir el mundo y de describirlo. Somos animales bípedos y terrestres, con manos capaces de sujetar objetos, y nuestra tecnología (que mediatiza nuestra visión del mundo) responde a esos patrones, al igual que nuestra ciencia.
Uno podría preguntarse si los delfines no han evolucionado hacia una inteligencia tecnológica debido a su condición de mamíferos acuáticos. Disponen de un cerebro comparable al nuestro pero no de nuestras extremidades. Desarrollar el fuego (y a partir de ahí la metalurgia) no es fácil en un medio acuático e incluso no resulta obvio interesarse por ciclos y patrones celestiales, que son útiles para la agricultura y que, con el tiempo, darán lugar a la astronomía. En resumen: nuestra inteligencia no es un observador externo de un universo ajeno a ella, sino parte de este. 
En ese sentido, por supuesto, uno tiene que tomarse la palabra «inteligencia» con un grano de sal. Por un lado, nuestra capacidad de reaccionar frente a situaciones inesperadas y manipular el entorno que nos rodea no tiene nada de relativo. Hay un elemento absoluto muy claro en la inteligencia, aunque las mismas modas seudopostmodernas que tanto se complacen en imaginar que tíos de tres metros subidos a un dragón le pueden dar para el pelo a un ejército de mercenarios armados con bombas atómicas también venden el relativismo en la inteligencia. No es infrecuente encontrarte con la opinión de que un tío como Einstein era inteligente solo a su manera pero que cualquier vecino podría superarle en otros aspectos (tales como la célebre inteligencia emocional).
Sin negar en absoluto que lo que llamamos inteligencia describe un conjunto muy amplio de aptitudes y que no es extraño encontrar individuos que sobresalgan en ciertos aspectos y sean deficitarios en otros, hay que llevarse ojo con la tabla rasa. Einstein nos daba sopa con ondas a la mayoría. Los humanos somos más inteligentes que los gorilas, que son más inteligentes que los perros, que son más inteligentes que las ranas, que superan en inteligencia a las moscas. Al final, hay una base física: cuántas neuronas empaquetas en tu cerebro y cuán bien conectadas están. Eso sí: cuando nos comparamos con otras especies dotadas de grandes cerebros, como los cetáceos, aparecen cuestiones más misteriosas, como la que se pregunta si basta con un gran e hiperconectado cerebro (el caso de los delfines o de las orcas) o hace falta algo más para desarrollar los aspectos más sobresalientes de la inteligencia humana, como su capacidad (y su necesidad) de interpretar el mundo e interpretarse a sí misma. 
Y no te digo ya cuando mencionamos la conciencia, ese misterioso sentido del yo que nos hace vernos como entidades autónomas, separadas del resto del universo, como observadores de nuestra propia película. De nuevo, sin duda, hay una cierta gradación que depende de la complejidad. Una mosca es menos consciente que un perro, sin duda. ¿Pero estamos seguros de que un perro es menos consciente que un gorila y este menos que un delfín? ¿Y un delfín menos que un hombre? Yo he tenido muchos perros de pequeño y estoy seguro de que son conscientes. He visitado a los gorilas en Zaire y no me cabe duda de que también lo son. ¿Más o menos que nosotros? ¿Se puede cuantificar? 
Quizás la gran diferencia con todos ellos es nuestro complejo lenguaje. Y de nuevo aparece la paradoja del huevo y la gallina. ¿Es nuestra consciencia y nuestra complejidad emocional la razón por la que desarrollamos el lenguaje (para representar nuestro universo interno) o, por el contrario, son una consecuencia del hecho de que desarrolláramos el lenguaje (quizás un accidente más de la máquina evolutiva)?
Y ya que esto es una conversación sobre cine (y por lo tanto sobre literatura), vale extender la pregunta a los sentimientos. El amor, por ejemplo. ¿Por qué Romeo y Julieta y sus miles de variantes a lo largo de la historia de la literatura y el cine nos emocionan tanto? ¿Porque capta nuestra capacidad para amar o porque Shakespeare, en ese momento, «inventa» un concepto de amor que tiene éxito y que a partir de ahí nos condiciona?
Otro ejemplo que me encanta es la noción del valor, en particular el valor del héroe. Cuando Héctor de Troya (sin duda el mayor valiente de la historia de la literatura) se enfrenta a Aquiles, hay un momento en que le entra el miedo y echa a correr, da vueltas y vueltas en torno a la muralla de Troya, perseguido por Aquiles. Homero no tiene ningún problema en mostrarnos a Héctor muerto de miedo porque en ese momento la noción del héroe que siempre da la cara y nunca huye todavía no ha tomado la forma que tomará después (y a la que contribuye de manera decisiva un personaje como Héctor, que podríamos decir que inventa el héroe, igual que Romeo y Julieta inventan el amor y Otelo inventa los celos).
El lenguaje condiciona nuestros sentimientos igual que nuestras ideas y de ahí la importancia que tiene hablar de cine, por baladí que parezca a veces. Porque hoy en día el cine, la televisión y los espectáculos visuales son la gran máquina de conformar sentimientos e ideas (en plata, de manipular). 
Her. Imagen: Sony Pictures.
Her. Imagen: Sony Pictures.
En cuanto a tu pregunta, para entender una inteligencia artificial deberíamos entender la nuestra, cosa que no es el caso. Esa es la razón por la que la inteligencia artificial juega un poco con fuego, una idea que va calando en los últimos años. Me explico. En las últimas décadas, la explosión tecnológica nos está permitiendo construir ordenadores cada vez más potentes y creo que es factible que en unas pocas décadas podamos construir cerebros artificiales (basados en chips neuronales, de los cuales ya tenemos un ejemplo: el True North de IBM) con cientos o miles de millones de neuronas (True North ya tiene un millón), cada una de las cuales esté conectada a cientos o miles de otras neuronas. Esas neuronas, además, se activan más rápido que las nuestras, así que no es impensable que antes de final de siglo tengamos un cerebro artificial con una capacidad de cálculo en el rango de los exaflops y una paralelización masiva, similar o superior a la nuestra.
Y entonces, ¿qué? La respuesta no está ni mucho menos clara porque hay muchas cosas que ignoramos. ¿Aprenderemos a programar ese cerebro para que haga lo que queremos nosotros o le daremos las herramientas para que se programe a sí mismo? Y, en este último caso, ¿cómo lo controlamos? ¿Surgirá una conciencia en él como fenómeno emergente (el resultado de billones de procesos e interacciones) o hay algo en el cerebro humano que no sabemos captar en un ordenador y sin el cual la conciencia es imposible? ¿Y el lenguaje? ¿Será esa inteligencia emergente plástica como la nuestra y por tanto capaz de adaptarse al lenguaje o simplemente lo manejará sin inmutarse? Es decir, ¿desarrollará sentimientos o le serán ajenos? ¿Empatía? Y todo un largo etcétera. 
El punto clave es el siguiente. Partimos de la hipótesis de que en algún momento (pronto) podremos construir un cerebro artificial con capacidades superiores a las del cerebro humano. Y postulamos que ese cerebro desarrollará una inteligencia superior a la nuestra. No está nada claro ni lo uno ni lo otro. Para empezar, podría ser que nuestra tecnología necesite mucho más tiempo del que creemos para construir una máquina comparable en complejidad a un cerebro humano. Y si eso ocurre, todavía estaremos bastante perdidos. No sabemos exactamente los mecanismos que resultan en eso que llamamos inteligencia (aunque cada día sabemos más) y no sabemos cómo conectar la complejidad cerebral con las vivencias internas, las emociones, la representación del mundo que se hará esa inteligencia artificial, si es que llega a emerger.
Es todo un misterio y la aventura no está exenta de riesgo. No es obvio como comunicarnos con una inteligencia artificial si es que llegamos a construirla ni es obvio cuál será su agenda ni su representación del mundo. En ese sentido, Her toca alguno de los temas, pero siempre mantiene una visión bastante humanizada de la inteligencia artificial, en eso Samantha no se diferencia mucho de Hal, aunque una sea «buena» y el otro «malo». Pero quizás lo más interesante (y lo que más miedo da) de una inteligencia artificial es que su conciencia, si emerge, sea como un alien para la nuestra. 
En todo caso, y para concluir (me da la impresión de que esto se ha alargado ya bastante), creo que explorar la naturaleza de inteligencias diferentes a las nuestras, sea inteligencia artificial o extraterrestre, es un campo fértil y posiblemente el más interesante para la ciencia ficción en este momento. Lo malo es que es más sencillo y vende más Terminator que Her, pero no está todo perdido. Sin ir más lejos, en Battlestar Galactica, a pesar de todas las muchas imperfecciones y bobadas de la serie, hay algunos elementos muy interesantes relacionados con los Cylons e incluso con el futuro híbrido cylon-humano.
En resumen, ¡larga vida a la ciencia y a la (buena) ciencia ficción!

miércoles, 8 de junio de 2016

CINE Y REALIDAD. "Cuando la ficción alteró el mundo real"

   En "jotdown":

Cuando la ficción alteró el mundo real

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Sucedió una noche. Imagen: Columbia Pictures.
Sucedió una noche. Imagen: Columbia Pictures.
La película Sucedió una noche (1934) avivó las entrepiernas de la audiencia con una escena arriesgada donde Clark Gable se quitaba el jersey, la corbata y la camisa delante de Claudette Colbert. Evidentemente en la actualidad aquel topless masculino no tiene mucho de atrevido, pero hay que considerar que igual para la decorosa época el gesto era tan osado como si el personaje de Gable se despelotase por completo y le hiciera unlap dance a la zagala con molinete simulado incluido. Revisitar la secuencia en la actualidad permite descubrir que en aquellos años la línea de flotación de los pantalones se situaba por encima del ombligo, adelantándose a las tendencias estéticas recientes de altos cargos marbellís, y también comprobar un detalle del vestuario de Gable que lo convertiría en un auténtico rebelde de la moda: el galán no llevaba camiseta interior debajo de la camisa. Aquello era rompedor y atrevido, tanto como para que cinco meses después del estreno del film el periódico Lowell Sun aventurase de boquilla que la ausencia de camiseta interior en el vestuario de la estrella iba a ser tendencia entre varones y acabaría provocando el descenso de las ventas de algodón y una remesa de nuevos parados. El texto publicado en el Lowel Sun finalizaba con un rotundo: «Clark Gable está destruyendo deliberadamente a su público en aras de mostrar su pecho desnudo».
Aquella opinión exagerada sobre las tetillas de la estrella de Hollywood y su relevancia en la industria textil acabó convirtiéndose en una bola de nieve: en 1949 la Pittsburgh Post Gazette publicaba que la escena había provocado un descenso del 50% en la venta de camisetas interiores, el Cumberland Evening Times aseguraba en 1955 que la demanda de aquellas prendas se había reducido en un 73%, en 1956 el Daytona Beach Morning Journal acotaba la caída en un 40% y días después el Alton Democrat la elevaba al 80%. En 2008 el Timemencionaba el pecho de Gable como supuesto culpable de un hundimiento del 75% en las ventas del sector textil pero aclarando que dicha afirmación navegaba en el mundo de las leyendas y no había sido verificada. En 1995 el documental de la AMC The Hollywood Fashion Machine daba como válido el rumor y aseguraba que la cinta había provocado pérdidas millonarias a la industria textil. Todos los razonamientos se apoyaban en una idea que parecía lógica, la de imaginar a los caballeros de la época diciendo: «Si Clark Gable no necesita llevar algo debajo de la camisa ¿por qué iba a necesitarlo yo?». Lo cierto es que de haber existido pérdidas importantes en el sector textil lo probable es que se hubiesen sido debidas a la Gran Depresión y no a la película.
Pero lo llamativo de aquel chascarrillo sobre la ropa interior era que reflejaba de alguna manera la influencia que el cine podía ejercer sobre la sociedad. A nadie parecía extrañarle que una película tuviese la capacidad de desplomar una industria ya que Hollywood y su influjo se antojaban algo enorme y todopoderoso. Y tampoco era una idea muy alejada de la realidad: años más tarde Marlon Brando provocaría el efecto inverso, pondría de moda la camiseta como prenda de vestir y reavivaría el mercado gracias a llevarla ceñida en Un tranvía llamado deseo (1951) y como complemento de una chupa de cuero en Salvaje (1953).
Moda y milagros
La protagonista de la película Rebeca de Alfred Hitchcock no se llamaba Rebeca. En realidad, la película (al igual que la novela original) nunca llegaba a mencionar el nombre del personaje principal interpretado porJoan Fontaine y aquella «Rebeca» que titulaba la cinta hacía alusión a una mujer desaparecida cuyo legado atormentaba a la auténtica protagonista. Lo curioso es que por estas tierras dicho nombre acabó bautizando a un tipo de prenda solo porque Fontaine lo vestía durante el largometraje: el cárdigan, la rebequita de entretiempo de toda la vida de Dios, se llamaría así por culpa del éxito cinematográfico de un inglés orondo.
Audrey Hepburn instruiría al planeta en la moda beatnik en Una cara con ángel y cuatro años más tarde gracias a un Desayuno con diamantes establecería que el glamur se hallaba en las gafas gigantescas, las perlas, las diademas, los vestidos de cóctel negros y las boquillas eternas. El armario de Diane Keaton en Annie Hall descubrió al público que no era necesario tener pito para que la ropa masculina te quedase estupendamente. El Gordon Gekko de Wall Street puso de moda entre los brokers con ínfulas ese power suit que quedaría atado a la estética ochentera. Ray-Ban sacó la pasta para meter sus gafas en la película Risky Business y aquel movimiento disparó las ventas de manera tan demencial que los cristales acabaron convertidos también en icono de esa década. Flashdance popularizó las sudaderas de hombro descubierto de manera delicada: con una escena que demostraba lo cómodas que resultaban las mismas a la hora de quitarse el sujetador. Madonna en Buscando a Susan desesperadamente convirtió en moda todo aquello que se puso encima.
Zootrópolis , el efecto Tiburón y el efecto Bambi
Buscando a Nemo. Imagen: Walt Disney Pictures
Buscando a Nemo. Imagen: Walt Disney Pictures
Buscando a Nemo dejaba bastante claro que no le hacían mucha gracia los animales en cautividad y se mostraba poco amiga de la idea de encerrar peces en un acuario: en el fondo se trataba de la historia de un pez payaso tratando de rescatar a un hijo secuestrado por un humano. Pero aquel admirable mensaje se estrellaba contra los deseos de un público infante que al salir del cine reclamaba a sus progenitores un pez payaso como mascota. La demanda provocó que los arrecifes donde habitaban dichos animales sufrieran un descenso bastante bestia de la población con aletas. Para rematar el asunto todas las personas que intentaron librarse de ellos más adelante, junto a los concienciados con la película que decidieron liberar a sus pececillos de acuario, la liaron aún más al soltar pescados en el océano equivocado, una acción que podía perjudicar bastante el ecosistema. Ese tipo de reacción de la gente tampoco era exactamente una sorpresa: los 101 dálmatas de Disney impulsaron las ventas de cachorros de dálmata tras su estreno en el 61 y en los posteriores reestrenos en el 80 y en el 91, repitiéndose el incidente con el estreno de la versión de imagen real en el 96. Lo peor es que aquellas ventas a la larga acabaron provocando abandonos en masa de perros cuando estos dejaban de ser peluches encantadores y comenzaban a requerir de más atenciones.
Las Tortugas ninja de 1990 lograron que los más pequeños adoptasen tortugas que abandonaban pasadas unas semanas al descubrir definitivamente que las criaturas verdes no eran lo que se dice especialmente ágiles con las artes marciales. Los fans de Harry Potter comenzaron a abandonar búhos en masa que habían comprado inspirados por películas y libros cuando J. K. Rowling finiquitó la saga. Ratatouille convenció a muchos de que las ratas podían ser animales de compañía, G-Force ayudó a impulsar la compra de unas cobayas que los niños desatendían al comprobar que no tenían reflejos de agentes secretos. Y según el Vegetarian Times de diciembre de 1995 la industria de la carne de cerdo sufrió ese año un varapalo considerable en las ventas por culpa de un montón de gente que había encontrado encantador a Babe, el cerdito valiente. Un caso especial de animal cinematográfico tremendamente influyente había ocurrido mucho antes de todo esto con la película La cadena invisible (Lassie comes home) de 1943, ya que debido al éxito de aquella los perros de idéntica raza a la de la protagonista dejarían de ser llamados collies y comenzarían a ser referidos como lassies.
El Tiburón de Steven Spielberg impactaría en la sociedad en varios sentidos. Sería responsable de inventar el blockbuster como tal: una película estrenada al mismo tiempo en todas las salas del país (algo inaudito en su momento) que acabó convertida en un fenómeno social, un éxito descomunal y en el camino a seguir para todas las productoras cinematográficas. Pero también cultivaría logros mucho más interesantes, como el tener la culpa de que todo el mundo a partir de entonces metiera los pies en el agua con las gónadas un poco más encogidas. Tiburón extendió el temor a que algo desconocido le pegase un bocado a los bañistas bajo las aguas y, supuestamente, tras su estreno las playas sufrieron un descenso brusco de visitantes. Lo peor de su legado es que también se la considera la principal responsable de ofrecer una visión negativa de los tiburones: al film se le culpa de provocar el llamado efecto Tiburón e inspirar a más de uno, y de dos, a salir a cazar escualos y acabar diezmando la especie hasta casi bordear la extinción.
Tiburón. Imagen: Universal pictures
Tiburón. Imagen: Universal Pictures.
El historiador ambiental Ralph H. Lutts firmaba en 1992 en la revista Forest and Conservation History un artículo titulado «El problema con Bambi», donde asignaba un gran poder a la factoría Disney: «Para bien o para mal el Tío Walt fue pionero en el concepto de instaurar una infancia estándar. Los animales que protagonizaban el mundo Disney se convirtieron en parte de nuestro ADN». Bambi según Lutts fue una obra fundamental a la hora de moldear la percepción que tienen los americanos de la vida salvaje del bosque y, sobre todo, del concepto de la caza. El historiador apunta que la famosa muerte de la madre del protagonista en la película resultaba tan potente (incluso las propias hijas de Walt Disney azuzarían a su progenitor para que no se llevase por delante a la madre de Bambi) que a los espectadores la cabeza les falseaba la realidad y les escribía en el recuerdo una muerte muy gráfica en pantalla cuando en realidad el disparo fatal tenía lugar fuera de plano. El auténtico logro, apuntaba Lutts, es la manera en la que el film, sin pronunciar una sola palabra en contra de la caza, transmitía un poderoso mensaje anticaza de manera emocional, gracias a la simpatía por los personajes. Y parte del éxito de ese mensaje se lograba al encontrarse su público en la edad más impresionable, algo que favorecía que las sensaciones que provocaba esa escena permaneciesen en la memoria durante toda la vida. La repercusión de la cinta hizo que la sociedad viese la caza como algo dañino. Los propios cazadores incluso habían intentado boicotear la película días antes del estreno del film al ser alertados de que no dejaba en muy buen lugar al hobby ese de ir por el mundo disparando a seres vivos.
Pero la concienciación venía acompañada de un curioso fenómeno denominado el efecto Bambi, un término que se aludía a la contradicción moral de aquellas personas que rechazaban de inmediato cualquier tipo de matanza de animales bonitos y adorables, pero que no tenían nada en contra de la aniquilación de criaturas menos agraciadas y más asquerosillas, como por ejemplo las arañas.
Antecedentes criminales
Asalto al tren del dinero contenía una escena donde un hombre rociaba con gasolina el interior de la cabina de un trabajador del metro y amenazaba con prenderle fuego. Tras su estreno un hecho similar tuvo lugar en el metro de Brooklyn, cuando dos hombres incendiaron una cabina de venta de billetes causando la muerte del empleado que se encontraba en su interior. Asumiendo que la inspiración para el crimen la había provocado la cinta protagonizada por Wesley Snipes y Woody Harrelson, los trabajadores del transporte subterráneo neoyorkino solicitaron un boicot a la película al que se sumó el senador republicano Bob Dole. La policía llegaría a sentenciar que los hechos no habían sido inspirados por el film aunque el guionista de la película,Doug Richardson, contempló cómo por culpa de aquel incidente se rechazaría su admisión como miembro de la Academia.
En la comedia Project X tres adolescentes organizaban una fiesta que se les iba de las manos hasta convertirse en un evento con centenares de asistentes y consecuencias cuasi apocalípticas. La cinta tenía la ocurrencia de utilizar el género de metraje encontrado en un marco de comedia desmadrada y estaba rodada con cámara en mano y teléfonos móviles, acercando las imágenes al espíritu de cualquier vídeo amateur de YouTube. El éxito del film, sumado al tamaño de la masa cerebral del americano teenager estándar, propició que unos cuantos chavales zumbados planeasen fiestas similares en el mundo real, farras a las que en varias ocasiones añadían la palabra «Project» para que quedase claro que la intención era liarla al estilo de la película. La moda se extendió  a lo largo del país provocando destrozos importantes, caos en los vecindarios, padres ligeramente cabreados, peleas con la policía, numerosos detenidos, montañas de infracciones, y en alguna ocasión incluso muertos.
Project X. Imagen: Warner Bros.
Project X. Imagen: Warner Bros.
El éxito de El club de la lucha acabaría provocando la aparición de clubs de lucha clandestinos donde varios caballeros se citaban para reordenarse los dientes a hostias. Un chaval llamado Luke Helder sería detenido mientras colocaba bombas en buzones con la sana intención de detonarlos y dibujar un smiley en el mapa de Estados Unidos con las explosiones, una idea que había extraído de una escena del film donde varias bombas pintaban una cara sonriente sobre un edificio. Otro fan de Tyler Durden sería detenido tras hacer explotar una bomba en la fachada de un Starbucks. El zumbado en cuestión tenía diecisiete años, había fundado su propio club de lucha y trataba de crear un movimiento similar al «Project Mayhem» de la cinta de David Fincher.
The Town (Ciudad de ladrones)Asesinos natosEl caballero oscuro Saw son otras de las muchas películas a las que acusaron alegremente de ser culpables de crímenes violentos. Pero en casi todos esos casos la gente, al tratar de encontrar justificación lógica a un hecho ilógico, apuntaba al lugar que no debía a la hora de buscar culpables: Thierry Jaradin, un hombre de veinticuatro años, se calzó la careta del Ghostface que popularizó Scream y apuñaló una treintena de veces a una chica de quince años cuando ella le dio calabazas. Pero la culpa aquí no era de Wes Craven ni de su película, porque si alguien decide matar tras ver Scream está bastante claro que ya era un puto psicópata antes de sentarse frente a la película.
Bautizos
En 2013 se descubrió en tierras tailandesas un nuevo tipo de avispa parásita, una encantadora criatura que inyecta sus huevos en orugas desprevenidas para que sus larvas puedan tener el desayuno a mano cuando decidan venir al mundo. A tan adorable insecto se le denominó Cystomastacoides kiddo en honor a la guerrera Beatrix Kiddo que dejaba un rastro de cadáveres en las dos entregas del Kill Bill de Quentin Tarantino, algo que la nota oficial de prensa dejaba bastante claro: «La naturaleza mortal de la avispa inspiró esta referencia al personaje de Uma Thurman en Kill Bill, donde encarna a una asesina letal maestra de los estilos de kung-fu tigre y grulla». El mismo año un nuevo tipo de araña descubierta en Laos sería nombrada como Ctenus monaghani en honor a Dominic Monaghan, el hobbit Merry en El señor de los anillos, aunque el detalle no estaba tan relacionado con la obra de Peter Jackson como con el hecho de que su descubridor, Peter Jäger, se encontraba trabajando con Monaghan (en la serie Wild Things de la BBC) cuando se tropezó con la arañita. En Venezuela alguien identificaría un nuevo espécimen de rana colorida a la que llamaría Pristimantis james cameroni en un gesto que en lugar de ser una reverencia al James Cameron que dirigió Terminator 2 lo era al Cameron responsable de Avatar, a «sus esfuerzos para alertar al público sobre los problemas ambientales a través de películas y documentales de calidad» y a la paliza que daba el realizador con el tema de la dieta vegana. En Brasil Andre Nemesio descubrió una abeja a la que denominó Euglossa bazinga en honor a The Big Bang Theory y recibió unas bellas palabras de agradecimiento por parte de uno de los productores ejecutivos del programa: «Sheldon estaría muy honrado de descubrir que el nombre de Euglossa bazinga ha sido inspirado por él. De hecho, tras Mothra y los grifos mitológicos, las abejas son sus tercera criatura voladora favorita». También en Brasil, en la Universidade Federal do Ceará, los investigadores decidirían demostrar que no solo tenían títulos científicos sino también largo recorrido en los mundos fantásticos al denominar a un nuevo tipo de babosa marina como Tritonia khaleesi, honrando a cierta Daenerys Targaryen de la saga Canción de hielo y fuego.
Impacto real
Dan Leach entró en una sala de cine para ver la polémica La pasión de Cristo de Mel Gibson y salió con los remordimientos taladrándole la nuca. Poco después se plantó en una comisaría de policía para confesarse culpable del asesinato de su novia. Leach había planeado y ejecutado el asesinato de la chica dos meses antes logrando hacer pasar el crimen por suicidio, y hasta el momento de sentarse ante la película donde a Jesús le daban por todos lados no había demostrado arrepentimiento alguno. Mel Gibson por fin hacía algo por la policía más allá de meterse con el origen judío de ciertos agentes de la ley.
Lincoln. Imagen: 20th Century Fox
Lincoln. Imagen: 20th Century Fox.
El neurobiólogo Ranjan Batra de la Universidad de Mississippi asistió a uno de los pases del Lincoln dirigido por Spielberg y salió fascinado con la historia de cómo se impulsó la enmienda de la Constitución estadounidense que abolía la esclavitud. Por curiosidad investigó en la historia junto a su colega Ken Sullivan y acabaron descubriendo que oficialmente dicha decimotercera enmienda no se había ratificado en su estado, Mississippi. La enmienda en cuestión se aprobó en el Congreso en 1864, al año siguiente la mayoría de los estados la ratificaron y los que no lo hicieron fueron corrigiendo el error durante los años posteriores, en algunos casos —como el de Kentucky en el 76— de modo simbólico porque lo de tener esclavos había dejado de ser socialmente aceptable. En Mississippi se firmó todo el papeleo en 1995, pero a alguien se le olvidó notificar al archivista de Estados Unidos, hecho por el cual la enmienda no se encontraba ratificada oficialmente. Batra y Sullivan informaron al secretario del Estado y cuando este cerró la boca se arregló todo el asunto para que el siete de febrero de 2013 la decimotercera enmienda de la Constitución fuese ratificada en Mississippi y la esclavitud abolida por ley de esas tierras, con ciento cincuenta años de retraso y gracias a Spielberg.
El JFK de Oliver Stone alimentó en 1992 el interés del público estadounidense por las conspiraciones ocultas hasta tal punto de que el Gobierno acabó encontrándose con el buzón saturado de cartas de ciudadanos que creían que la verdad estaba ahí dentro y reclamaban que algunos hombres de negro con pinta de ser sinceros les ofrecieran una explicación. Las autoridades gubernamentales continuaron asegurando oficialmente que Stone tenía mucha imaginación y era muy fan de las fantasías conspiratorias pero ante la insistencia de Norteamérica finalmente el Gobierno se vio obligado a aprobar la President John F. Kennedy Assassination Records Collection Act of 1992, una ley también conocida como JFK Records Act en alusión a la peli de Stone, que hacía públicos numerosos documentos sobre la investigación y conclusiones del asesinato de Kennedy.
Durante los años ochenta Errol Morris, un exdetective privado, se citó con James Grigson, un psiquiatra forense de Texas que era conocido por el apodo de «Doctor Muerte» por culpa de una curiosa coincidencia: en la mayoría de los ciento sesenta y siete juicios donde fueron requeridos sus servicios para evaluar a la persona juzgada el sospechoso acabaría siendo condenado a muerte. El objetivo de Morris era rodar un documental sobre la figura de Grigson, pero durante las entrevistas con el doctor acabó descubriendo el caso de Randall Adams, un chico juzgado por el asesinato de un policía y condenado a morir mediante inyección letal. Cuando Morris conoció a Adams en persona comenzó a dudar de su culpabilidad, y de repente el documental cambió de objetivo. Dos años después, en 1988 se estrenaría The Thin Blue Line, una película documental que repasaba la historia de Randall Adams, con entrevistas a testigos e implicados y que se atrevía a poner en duda la condena a pena de muerte por falta de evidencias. La crítica y el público encontraron la obra fascinante —acabaría considerada como uno de los mejores documentales de la historia— y su puesta en escena acabaría sentando las bases para futuros trabajos de investigación. Pero lo más importante es que el ruido que generó obligó a reabrir el caso y celebrar un nuevo juicio, uno en el que se llegaría a la conclusión de que Adams era inocente de aquel crimen por el que había cumplido doce años entre rejas.

martes, 7 de junio de 2016

CINE. LITERATURA. "Chandler en el cementerio de talentos"

   En "jotdown":

Chandler en el cementerio de talentos

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Raymond Chandler. Foto: Cordon Press.
Raymond Chandler. Foto: Cordon Press.
«Los guiones buenos y originales son tan raros en Hollywood como las vírgenes». Raymond Chandler lo sabía bien. En sus años como guionista pudo comprobar ambas cosas. Consideraba que la producción de películas en serie en nada difería de las cadenas de montaje industrial y pocas vírgenes debió de conocer en sus desesperadas farras feroces que se montó durante esa época. La experiencia del escritor en el mundo del cine no fue precisamente feliz, pero tampoco sería cierto afirmar que no le reportó algunas gratificaciones. Para empezar estaba el dinero. Chandler llegó a Hollywood como un escritor pulp con una cuenta corriente que obligaba a comparar precios en el supermercado. En 1941, su editor había conseguido vender a la RKO los derechos de las novelas protagonizadas por el detective Philip Marlowe en un momento en el que el cine estadounidense, mediante la preeminencia de personajes positivos, buscaba superar la etapa de ensalzamiento de la figura del gánster que había marcado el género negro de los años treinta. Nada mejor que el detective privado, imbuido de un aura romántica, para reconducir los valores morales que debían distinguir a una sociedad a la sazón enfrentada con el terror nazi. Y sin ningún lugar a dudas, Marlowe es el detective romántico por excelencia. De hecho, su construcción casi se diría que es la del añejo chevalier servant con Stetson, cigarrillo en la comisura de los labios y copa de whisky contundente en mano.
A pesar de que Chandler consideraba Hollywood «un cementerio de talentos» fue un acicate importante en su proyección literaria. Había pasado por un largo purgatorio de aprendizaje del oficio de novelista cuando ya tenía más de cuarenta años. Escogió un género popular y se lanzó de cabeza a escribir relatos luctuosos para las publicaciones Black Mask y Dime Detective, que pagaban miserablemente la palabra manchada de sangre. Pacientemente, imbricó su clásica educación british, su afiladísima observación, el sarcasmo acorazado del sentimental, la destreza para urdir diálogos de agilidad gimnástica y ese espíritu idealista que tantas veces chocó con la inmutable realidad. Tipo inteligente y culto, desentrañó el estilo de los mejores en el género, especialmente el de Dashiell Hammett, pero cuando tuvo que apostar por el trago largo de la novela, prefirió olvidar el hierático objetivismo de Hammett basado en la descripción externa (behaviorista) de los personajes apostándolo todo a la narración visceralmente subjetiva e impregnada de amargo lirismo. Así, con cincuenta años, logró terminar El sueño eterno, que inaugura la saga novelística del bueno de Philip Marlowe.
La entrada de Marlowe en Hollywood con los filmes The Falcon Takes Over, de Irving ReisHistoria de un detective, de Edward Dmytryk (ambos adaptaciones de Adiós, muñeca) y Time to Kill, dirigida por Herbert I. Leeds a partir de la novela La ventana siniestra, también supuso la de su creador, que fue contratado como guionista por la Paramount. El trabajo estaba bien pagado y carecía de estrés. Pese a su tendencia al aislamiento y la soledad, el neófito guionista hizo buenas migas con algunos compañeros y buscó la cálida compañía de secretarias. El productor John Houseman recuerda a un Chandler babeante y procaz cuando olía el perfume premeditado de las chicas del estudio, una actitud que chocaba con las atildadas maneras de las que normalmente hacía gala: «El sistema de la escuela pública inglesa, que tanto le gustaba, había dejado en él su marca sexualmente destructora. La presencia de mujeres jóvenes —secretarias y muchachas que entraban y salían de los estudios— le turbaba y excitaba. Su voz era normalmente baja, y hablaba en un ronco susurro al pronunciar esas obscenidades juveniles que él hubiera sido el primero en reprobar de haber sido pronunciadas por otro».
Perdición. Imagen: Paramount Pictures.
Perdición. Imagen: Paramount Pictures.
Para el novelista, Hollywood significó la vuelta al alcohol y las citas clandestinas. Había dejado de beber y vuelto a las faldas de su esposa Cissy —veinte años mayor que él— después de haber sido despedido de su empleo en una empresa petrolera por sus curdas y desapariciones misteriosas. Sobrio pasó años picando piedra y buscando un estilo literario original. Ahora volvía a ser un niño con barra libre en la tienda de chucherías.
Su primer encargó fue convertir la novela Double Indemnity de James M. Cain, de quien en correspondencia dijo que le parecía «un Proust con un mono de trabajo sucio de grasa», en libreto cinematográfico. Para ello se puso a trabajar con el guionista y director Billy Wilder. El odio entre el escritor educado y el cineasta desinhibido no tardó en empañar las horas de trabajo conjunto. Según explica Frank MacShane en La vida de Raymond Chandler, el autor de Adiós, muñeca envió un informe a los responsables de la Paramount detallando todo aquello que, a su criterio, eran ofensas de Wilder hacia su persona. No soportaba que el director deambulara por la habitación blandiendo una fusta o que le ordenara abrir y cerrar la ventana. Más allá de la enemistad fraguada, Perdición se convirtió en una de las mejores obras de Wilder y en referente del género negro.
Extremadamente susceptible, suspicaz y temeroso de que se le tratara con condescendencia, Chandler pasó buena parte de su etapa hollywoodiense inmerso en polémicas con productores y directores. Admiraba a los grandes creadores, de ahí que respetara a Howard Hawks, que se encargó de dirigir El sueño eterno para la Warner. En el guion participó William Faulkner, otro de los novelistas que se embarcaron en la aventura del cine para esquivar estrecheces intrínsecas al arte de escribir. Es bien conocida la anécdota, y significativa de los problemas que siempre tuvo Chandler con las tramas de sus novelas, durante el rodaje de El sueño eterno según la cual Hawks envió un telegrama a Chandler para que le dijera quién había matado a Owen Taylor, el chófer de los Sternwood. La lacónica respuesta fue: «No tengo ni idea». Aunque no contribuyó en el guion, el autor quedó satisfecho con la adaptación de Hawks/Faulkner. Siempre se imaginó a Marlowe en la piel de Cary Grant, pero la presencia de Humphrey Bogart le pareció convincente. «Bogart sabe ser duro sin una pistola. Además tiene aquel sentido de humor que contiene un sutil matiz de desprecio. Bogart es un artículo genuino», escribió.
Alcohol e inyecciones
La dalia azul. Imagen: Paramount Pictures.
La dalia azul. Imagen: Paramount Pictures.
En 1945, Chandler convirtió un relato atragantado en guion de cine.La dalia azul supuso una experiencia angustiante. Para empezar, estaban los recelos por la capacidad artística de George Marshall, artesano de estudio al que se encargó la dirección del film. Y luego no faltaron los encontronazos con los gerifaltes de la Paramount. El guion avanzaba bien hasta las puertas del desenlace, momento en el cual empezaron las dudas y el encallamiento. En nada ayudó que los responsables del estudio ofrecieran una sustanciosa bonificación a Chandler si terminaba el libreto en el plazo estipulado. El inseguro novelista se lo tomó como un insulto y la puesta en duda de su profesionalidad. Por ello propuso al productor Houseman un plan demencial: acabar el guion completamente borracho. Necesitaba varios coches que fueran a su casa a recoger el material que escribía durante el día, la ayuda de seis secretarias que se irían turnando, alcohol a mansalva y un médico que le procurara las inyecciones de vitaminas necesarias para suplir la falta de alimentos. Así fue como el guionista terminó la escritura de La dalia azul. Sin ser una obra de calidades sobresalientes, La dalia azul, protagonizada por Alan Ladd y Veronica Lake, funcionó bien en taquilla, salvaguardó el prestigio de Chandler y le valió una nominación al mejor guion original en los Óscar.
Cada vez más familiarizado con la técnica cinematográfica se atrevió a cuestionar la traslación de su narrativa en primera persona al lenguaje cinematográfico a través de la cámara subjetiva que Robert Montgomeryutilizó en La mujer del lago. Le molestó que, pese a mostrar sus reservas y haber abominado del proyecto, el film de Montgomery se convirtiera en objeto de alabanzas por parte de la crítica y cosechara un notable éxito de público.
En 1947 firmó contrato con la Universal para escribir un guion a cuatro mil dólares semanales. EntregóPlayback, guion que nunca se rodó pero que años más tarde utilizó para escribir la novela del mismo título. Chandler empezaba a estar harto de su trabajo alimenticio en el cine. Sin embargo todavía le esperaba una última colaboración en Hollywood. Esta vez con Alfred Hitchcock y partiendo de material literario de Patricia Highsmith. En principio, Chandler y Hitchcock se llevaron bien. El escritor admiraba el talento del cineasta y su destreza en la narrativa visual. Pronto, no obstante, aparecieron las diferencias y se fraguó el mal rollo. Chandler empezó a irritarse con las visitas a su casa y el control sobre su trabajo por parte de Hitch, así que se dedicó a burlarse del sobrepeso de este. No fue la mejor despedida del mundo del cine. El guionista se sentía incómodo con Extraños en un tren. La encontraba abrumadoramente inverosímil, un aspecto que nunca preocupó demasiado al cineasta. El guion que entregó Chandler fue, como de costumbre en la industria, modificado y maquillado por otros guionistas.
En el artículo «Escritores en Hollywood» el novelista dejó constancia de sus impresiones sobre la ingrata labor de los guionistas:
El arte básico del cine es el guion; es fundamental, sin él no hay nada… Pero en Hollywood el guion lo escribe un escritor asalariado bajo la supervisión de un productor; es decir, un empelado sin poder de decisión sobre el producto de su trabajo, sin derecho de propiedad sobre ello y que, por muy extravagante que sea su paga, apenas recibe honores por ello.
Desentrañó el arte del guion:
El truco de escribir para el cine está en decir mucho con poco, y después suprimir la mitad de ese poco y aun así seguir conservando un efecto de soltura y movimiento natural.
Y no se olvidó de repartir estopa a los ejecutivos de los estudios:
Algunos son humanos y capaces, y otros son individuos abyectos, con la moralidad de una cabra, la integridad artística de una máquina tragaperras y los modales de un jefe de plantilla con delirios de grandeza.
Como en los casos del citado Faulkner, Scott Fitzgerald (destacable Domingos locos. Scott Fitzgerald en Hollywood, de Aaron Lathman), SteinbeckGorki Huxley, la etapa hollywoodiense de Chandler no fue la más feliz de su vida, aunque probablemente fuera necesaria para emprender su etapa de madurez como novelista. Lejos del deslumbrante neón, apartado del trago fácil y las chicas predispuestas, volvió a la silenciosa rutina de la máquina de escribir, a cuidar a su Cissy («Durante treinta años, diez meses y dos días fue la luz de mi vida, mi única ambición. Todo lo demás que hice fue para alimentar el fuego en el que ella pudiera calentarse las manos», escribió el cansado e incurable romántico) y a cultivar un herrumbroso pesimismo siempre al borde del vacío. Fue así como escribió El largo adiós. Su obra maestra. Una obra maestra.